Suena una canción…

He de reconocer que tenía ganas de un otoño de verdad, de los de sacar abrigos y bufandas, gorros de lana y sombreros, de esos otoños en los que los días libres quieres estar en el sofá, abrazada a la manta, con una peli de fondo o un buen libro entre las manos… Con el frío tras la ventana y el placer absoluto de hacerle frente de este modo. Parece que, por fin, el frío ha llegado de forma permanente a Madrid y parece que va a quedarse con fuerza… Ayer fue una tarde de lluvia que dediqué a leer. Hoy un día nublado, con un tímido sol asomando, con un frío penetrante en la calle… Y me gusta verlo desde dentro, con el olor a café y Cometo a mi lado durmiendo.

Hoy te quería contar algo que me pasó hace unas semanas, a primera hora del día, mientras iba en el autobús…

Cómo muchos ya sabéis, además de la literatura, una de las grandes pasiones de mi vida es la música, mi mayor frustración siempre será no cantar bien (de hecho, Sergio dice que soy la persona que peor canta del mundo. Se pasa, ¿no?) 🙂 Creo que la música es una gran pasión de la vida de la mayoría de las personas. Escuchamos música desde el momento en el que nacemos y de forma inevitable e inconsciente empieza a formar parte de nuestra vida… Con el paso de los años, habrá diferentes tipos de música que elegirás como compañera de momentos, de felicidad y de lamentos.

Siempre he dicho y supongo que diré, porque así lo siento,  que mi canción favorita es La Fuerza del Corazón, de Alejandro Sanz. Quizás porque llegó hace muchos años a mí de una manera muy fuerte, quizás porque sólo era una niña y fue la primera canción en la que me paré detenidamente a entender su letra y dejar, sin límites, que me emocionase. Hay otras canciones que jamás me cansaré de escuchar como El Ruido, de David Bisbal, que es relativamente joven o En el Muelle de San Blas, de Maná. Hay canciones que escucharás en un momento determinado de tu vida y aunque estés años sin volver a saber de ellas, en el momento que vuelvan a aparecer te harán sonreír o te emocionarán.

Será inevitable a lo largo de mi vida que cualquier canción de Bom Bom Chip me arranque una sonrisa, por ser la BSO de mi infancia y por formar parte de mi madurez… Me pasará igual, como te pasará a ti, que sonreiré cuando escuche una canción del verano que me recuerde a mi adolescencia, a aquellas noches en las que la bailé con mis amigas, con la inocencia de la juventud y las ganas en la pista… Habrán canciones que siempre serán especiales, que reflejarán un primer amor, un amor soñado, un amor imposible o un amor olvidado y que cuando vuelvan a ti, te harán pararte unos segundos y asentir.

Hay canciones que siempre me harán quedarme en silencio, por las lágrimas que derramé con ellas en algún momento de mi vida, como Con Las Ganas, de Zahara o A Tientas, de Vega. Habrá canciones que te recordarán a amigos que pasaron por tu vida y ya no están, y otras que te recordarán a esos amigos que siempre estarán… Esa es la magia de la música, que vive contigo el paso de los años, que marca momentos y circunstancias, lugares y personas, que tiene el poder de hacer que miles de personas, en todo el mundo, puedan sentirse identificadas… Porque al final, como siempre digo, no somos tan distintos.

Hace un par de semanas, un lunes a primera hora, sonó una canción en el autobús, que me quitó el sueño de repente para arrancarme una sonrisa, para viajar en mi vida y emocionarme de la forma más bonita…

Soy la mayor de tres hermanos y aunque les quiero a los dos por igual, la diferencia de edad con cada uno de ellos ha hecho en el tiempo que vivamos cosas muy distintas. Miguel nació cuando yo estaba a punto de cumplir dos años y se convirtió en mi primer amigo. Con él compartí mis juguetes, mis peleas, mis risas, mis aficiones y nuestras diferencias… De pequeño, le encantaba hacerme rabiar. Todavía recuerdo el disgusto que me llevé cuando le cortó el pelo a una de mis Barbies… Crecimos juntos, teniendo casi la misma edad y eso, con los años, nos permitió compartir muchas, muchas cosas bonitas, amigos, secretos y experiencias.

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Miguel y yo. 1991.

Alex llegó como un auténtico regalo. Nació cuando yo estaba a punto de cumplir los doce años y se convirtió en mi juguete, en mi aire y mi vida. Doce años de diferencia que me hicieron disfrutarle de una forma muy especial… le bañé, le di biberones, le llevé de la mano en la playa, le acompañé en su primer día de guardería y de colegio, le ayudé a hacer deberes, le disfracé en carnaval, le conté cuentos y le quise proteger y dar todo lo bueno que podía haber en mí…

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Alex y yo. 2001.

Hace un par de semanas, un lunes a primera hora, sonó Sólo tú de Paula Rojo, mientras yo iba en el autobús… Me quitó el sueño para arrancarme una sonrisa, para viajar en mi vida y emocionarme de la forma más bonita… Como muchos de vosotros, a Paula la conocí a través de la televisión en la primera edición de La Voz, su dulzura y su ukelele hicieron que no pasase desapercibida para nadie… Allí, en su primera actuación, pidió cantar un trozo de esta canción, que había compuesto para su hermano pequeño, y desde ese momento me enamoró. Mucho tiempo después, tuve la oportunidad de entrevistarla para La Caja de Música, cuando su éxito ya era una evidencia y sus sueños seguían tan intactos y con tantas ganas como el primer día… Eso la hace especial. Si tuviese que describirla con una palabra sería magia, y esa magia es la que lleva a sus canciones, a su música y a nuestros corazones…

Aquella mañana de lunes, al escuchar su canción, la cual había oído ya muchas veces, me detuve y pensé que hacía mucho que no me volvía a encontrar con esa letra, me fue inevitable sonreír, porque tuve la oportunidad de viajar  por mi vida… Y en cada verso pensé en Alex, en lo pequeño que era la primera vez que le vi cuando sólo tenía unos minutos de vida, pensé en todos los años en los que se dormía conmigo en la cama, en todas aquellas tardes juntos, en nuestros paseos de la mano, en sus fiestas del colegio o sus fiestas de cumpleaños, en su dulzura, en su inocencia… Sentí la canción de una forma muy especial…

Alex ya tiene quince años y es más alto que yo. Me fue imposible no emocionarme, ver, una vez más, lo rápido que corre el tiempo y me sentí feliz por haberle dicho y decirle siempre, a él y a todas las personas importantes de mi vida, lo mucho que las quiero…

Alex y yo. pechón, Cantabria. 2014

Alex y yo. Pechón, Cantabria. 2014

Como en la canción, antes de conocerle, me hice mil preguntas sobre cómo sería, o cómo serían nuestros días..y “ahora lo sé, sólo pregunto el por qué, cómo en apenas segundos cuando te vi la cara, te comencé a querer… Y sólo tú, haces que llore riendo, haces que ría llorando y me pregunto cómo algo tan pequeño puede invadir la caja de mis recuerdos, los que ya apenas recuerdo si tú no estás en ellos… Sólo tú.”

Hoy, que hace una semana que volví a Madrid después de pasar unos días en casa, me he recordado lo afortunada que soy por tener una familia como la que tengo… Y me he acordado de aquel lunes en el autobús en el que Paula Rojo me hizo viajar por mis recuerdos y me emocionó.

Miguel, Álex y yo. 2014.

Miguel, Álex y yo. 2014.

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La vida, sin ninguna duda, no tendría sentido sin la música… Y ahora te toca a ti, ¿Cuál es tu canción favorita?

Feliz tarde, amigos.

Lorena.

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Boyhood (Momentos de una vida)

Me faltan horas al día… ¿No os pasa? Recuerdo cuando era pequeña y escuchaba aquello de que a medida que te haces mayor, el tiempo pasa mucho más rápido, y es verdad. Claro, a medida que creces, las obligaciones en ti también lo hacen, nuestra cabeza está a mil cosas a la vez: nuestra casa, nuestro trabajo, nuestros hobbies, nuestras quedadas con amigos… A veces, siento que me falta mucho tiempo para mí misma y sobre todo, me falta mucho, muchísimo tiempo para escribir. Necesito escribir más, mucho más.

De vez en cuando, es importante que nos dediquemos un día a nosotros mismos, a mimarnos, a ser felices, porque eso nos llenará de paz y eso hará que estemos más contentos con el resto del mundo.

Hace un par de semanas lo hice. Dormí sin prisa, comí mi comida favorita, leí, vi mi peli favorita y mi mente estaba totalmente relajada…

Hay tantas pelis buenas que pueden alegrarte el día…

Creo, sin embargo, que hay muy pocas películas que se basen en una vida real, en la vida de la mayoría de las personas, en la vida de alguien que no vive una gran historia de amor, que no sufre un grave accidente o no tiene una enfermedad. En la mayoría de los casos, el cine trata temas que existen en la vida real, claro, pero siempre con esa pizca de emoción que necesitamos ver en la gran pantalla, ese melodrama que nos hará quedarnos sin lágrimas o esa historia que nos hará soñar y querer vivir una igual.

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Hace justo una semana, estuve en el Matadero de Madrid disfrutando de la premiere de Boyhood (Momentos de una vida), una película que ha tardado doce años en rodarse, así que como mínimo, sabía que me iba a parecer interesante. Doce años y sólo 39 días de rodaje para crear una historia de verdad, para que los personajes de la trama no fuesen sustituidos por otros en el paso del tiempo, para que cada uno de ellos avanzase a través de la cámara como lo hacían en sus vidas cotidianas.

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Dirigida por Richard Linklater, la película se centra en la historia de Mason (Ellar Coltrane), un niño de seis años al que acompañaremos por el recorrido de su vida, le veremos crecer y descubriremos con él la adolescencia: la primera borrachera, el primer beso, el primer amor, la primera ruptura, las discusiones con su hermana, la relación con sus padres, sus amigos, los que van y los que vienen…

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Unos padres divorciados y una hermana mayor son sus compañeros de vida, aunque a lo largo de la historia encontraremos otros personajes y otras nuevas familias que formarán parte de su vida.

Fin. No hay más. Es una vida normal, como la de muchos chicos que se mudan de ciudad, que llegan nuevos a un instituto, que hacen nuevos amigos, que se enamoran y se decepcionan… No hay ni si quiera un mínimo punto en el que la historia se ponga excesivamente emocionante, es una trama lineal porque es como si alguien hubiese estado grabando tu vida (¿Te lo imaginas?).

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Sinceramente, a mí se me hizo un poco larga, pero es verdad, que también me parece un proyecto muy, muy interesante aunque no innovador porque todos sabemos que se han grabado otros documentales de este tipo, pero quizás presentarlo como una película más sin el apodo de documental, y basada en la ficción, es lo diferente en este caso.

Sí, se me hizo larga y es verdad, pero no por ello es una película que no recomendaría. Al contrario, creo que es importante para el espectador acercarse de este modo a una vida normal a través del séptimo arte, porque esto le va a hacer empatizar de una forma muy especial con los personajes y va ayudarle a reír o emocionarse en algunas escenas.

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Si tenéis la oportunidad, tenéis que verla, y sobre todo, no olvidéis nunca de cuidaros a vosotros mismos. Uno debe quererse, mimarse y cuidarse, aunque haya gente dispuesta a hacerlo. Hazme caso y dedícate un día para hacer las cosas que más te gustan, en una soledad voluntaria que traerá paz a tu mente y a tu alma.

Disfrutad del martes y tened siempre ganas de comeros la vida!!!!

Buenos días, amigos.

Lorena.

Segunda oportunidad.

El verano es para eso, para no parar, para ir y venir todo el rato, para pasar mucho tiempo fuera de casa, para llenarte de energía y de cosas buenas, es mi estación favorita del año y por eso me gusta exprimirla al máximo. Después de un fin de semana maravilloso en la playa con mis amigas, y en el pueblo con mi familia, vuelvo para traeros un nuevo post.

Hace un tiempo, una diseñadora a la que admiro y aprecio mucho, me pidió si algún día podía escribir un relato relacionado con la moda… ¿Cómo podría enfocar yo eso? Pues con imaginación, no encuentro otra forma para hablar de un mundo que no me pertenece. Como en todos mis relatos, lo que escribo es pura ficción y espero que a alguien le sirva de ayuda observar la capacidad que tienen algunas cosas de arruinarte la vida. El tema de las drogas es un tema que me produce mucho miedo y respeto.

Ahora, como siempre, desconectad del mundo, y leed despacito….

SEGUNDA OPORTUNIDAD

 

Escuché las sirenas de lejos y la luz de la ambulancia retumbaba en la ciudad…

No sabía si seguía vivo.

Recuerdo una vez, hace muchos años, que un buen amigo de la infancia me preguntó cómo los seres humanos sabían que poseían un don. Él siempre bromeaba y decía que quizás él tenía un don oculto que no había sabido descubrir y que quizás era un gran músico, o un gran jugador de baloncesto… Yo le sonreí y le dije que seguramente quien tiene un don no es consciente de que lo tiene, ese don se desenvuelve dentro de una actividad normal en la que consigues hacer algo extraordinario y seguramente no te das cuenta hasta que varias personas te lo dicen…

Desde muy pequeño la curiosidad por la moda despertó en mí, me gustaba hacerle vestidos a las muñecas de mi hermana y no me di cuenta de la importancia que tenían mis manos cuando se ponían a hacer realidad mis sueños. El primer vestido que hice se lo regalé a mi madre, pronto empezaron a llegarme encargos del resto de familiares…. Mi madre se oponía porque decía que era demasiado pequeño y tenía que centrarme en mis estudios, y mi padre sólo estaba preocupado de que a un hombre le pudiese gustar dibujar y coger una máquina de coser. A ella le prometí hacerlo siempre después de haber terminado los deberes y con él me senté seriamente a hablar para explicarle que me gustaban las mujeres, de hecho, me gustaban mucho, pero también me gustaba la moda e inventar piezas de ropa, era un juego, sólo eso.

Me trasladé a Barcelona para estudiar diseño de moda y pronto empecé a sentir el asombro de compañeros y profesores… Dentro de todo aquello, yo seguía sorprendiéndome. En casa, con mi familia y con mis amigos de siempre, estaba acostumbrado a que me halagasen. Siempre pensé que habían dos motivos: uno, no estaban acostumbrados a ver a alguien haciendo eso y dos, me querían demasiado.

Conseguí una beca para trabajar durante un año en uno de los talleres más prestigiosos de París. Allí conocí a Amaia, mi primer gran amor. Amaia era divertida, risueña, las pecas le envolvían las mejillas bajo unos ojos verdes, su melena rubia y sus labios carnosos eran irresistibles. Nos conocimos en una prueba de vestuario para una firma de renombre en la que empecé a colaborar dando consejos y ultimando detalles. Con ella viví esa inocencia que el amor primerizo tiene. Nos pasábamos el día haciendo el amor, y le encantaba tomar café desnuda, sentada en la cama, con el periódico entre las piernas, cuando amanecía el día. Era preciosa, y era inevitable no querer besarla y acariciarla a cada instante.

Una noche, me pidió que la acompañase a una fiesta, allí habrían personas importantes relacionadas con la jet set parisina, gente de la moda y el espectáculo y podía ser una buena oportunidad para hacer contactos. Todo me parecía grandioso. Desbocado. Brillante. Maravilloso.

Las mujeres danzaban elegantes, de arriba a abajo, con la sonrisa en los labios y siempre preparadas para el lanzamiento de los flashes, los hombres babeaban aguantando el tipo, riendo falsamente sobre conversaciones que no les interesaban, sus miradas se cruzaban constantemente, las de ellos y ellas. Comida carísima que duraba en las bandejas porque nadie comía en aquellos lugares, aquella gente bebía champagne y copas cuyas botellas superaban mi sueldo. Amaia me quería, me sonreía y me daba la mano para que me sintiese seguro. Ella siempre me decía que tenía talento y que el mundo entero debía ver mis diseños, me juraba que iba a triunfar.

En aquella fiesta conocí a Paolo, un empresario con el que pronto entablé una buena amistad. A raíz de él conocí a Jeremy, un modelo francés que con el tiempo se convirtió en mi mejor amigo.

Una noche, me desperté sudando y llorando como un niño. Amaia me miró asustada y me dijo que sólo era una pesadilla… No recordaba qué había pasado, ni qué era lo que tanto me había perturbado, pero supe que debía ponerme a trabajar día y noche para conseguir mis sueños. Mis padres me ayudaron en todo lo que pudieron y con unos ahorros que tenía, lancé mi primera colección. Por aquel entonces tenía pocos pero buenos contactos, y acudieron unas cincuenta personas a la presentación. Dos medios de comunicación se interesaron en pasar a hacer unas fotos y publicar sobre mi firma. Sólo lo hicieron porque habían dos caras conocidas entre los invitados, y al final la publicación apareció en una pequeña esquina de las últimas páginas.

Había invertido mucho dinero y tiempo, mucha ilusión y ganas y creía en mí. Sabía que era esencial creer en mí mismo para que lo hiciese el resto. Gracias a Paolo conseguí vender algunas de mis prendas en tiendas multimarca del centro de París, y eso ya era todo un sueño. Jeremy se encargaba de llevar mis trapos en todos sus eventos y hablaba de mí siempre que alguien le decía lo bonito que era su traje o la elegancia que vestía su camisa. Por supuesto, con la primera colección no gané el suficiente dinero como para pagar todo lo que había invertido y empecé a preocuparme. Amaia, con sus labios carnosos, sus pecas y su rubia melena, me decía que no me preocupase, que no me rindiese y que luchase. Tenía que hacerle el amor cada vez que se ponía a hablarme con esa voz tan dulce…

La segunda colección llegó en verano, y conseguí poner a la venta algunas prendas en la tienda de un amigo de Barcelona. Una mañana, Paolo me llamó entusiasmado. Alguien le había regalado uno de mis vestidos a la maravillosa Claudia Erino, una de las top models más aclamadas del momento, y ella había decidido lucirlo en un evento. El poder de atracción a las masas que tienen las caras conocidas es alucinante. El vestido se agotó en las tiendas de París en cuestión de horas, y había una larguísima lista de personas que lo querían y estaban dispuestas a pagar el doble de lo que valía. Aquellos días reía a carcajadas, no creía nada de todo aquello, y estuve borracho durante tres días sin salir de casa, haciendo el amor con Amaia.

Todo lo demás pasó muy deprisa, la colección tuvo una acogida maravillosa y tuve que contratar a dos modistas para que me ayudasen a crear más prendas como aquellas y poder cubrir la demanda, que no paraba de crecer. Parecía que las cosas empezaban a funcionar.

En tres meses abrí mi primera tienda, y aconsejado por Paolo en todo momento, y publicitado por mi gran amigo Jeremy, subí el precio de la ropa. Mi firma iba a ser algo exclusivo. Mis prendas estaban cuidadas al mínimo detalle, cada una de ellas tenía una elaboración increíble, piedras, gasas y sedas empezaban a ser las protagonistas de unas prendas que cubrirían las pieles más prestigiosas de la ciudad.

La inauguración de la tienda fue un auténtico éxito. Muchísimas modelos quisieron acudir al evento, hombres y mujeres desfilaron para darme la enhorabuena y beber champán de ese caro que Paolo había decidido regalarme para la ocasión. Medios de comunicación y flashes y al día siguiente protagonista de toda la prensa parisina. Estaba en una nube y empezaba a tener miedo.

En tres años tenía cuatro tiendas en París, una en Madrid, dos en Barcelona y otra en Milán. Por aquel entonces ya era imprescindible en los eventos más prestigiosos de Europa. Los flashes sólo querían fotografiarme y los periodistas se empujaban para preguntarme cuáles eran mis próximos proyectos. Era un diseñador reconocido, uno de los mejores.

A Amaia cada vez la veía menos, mi apretada agenda me robaba mucho tiempo, viajaba constantemente y a penas hacíamos el amor. Ella seguía preciosa, como siempre, pero empezábamos a no saber encontrarnos. O más bien, empecé a no saber encontrarla ni encontrarme.

Mi mundo ya era un mundo de mentira. La moda seguía siendo mi pasión, pero mi vida estaba más centrada en las fiestas, en la droga, en las mujeres. Los asesores de Paolo administraban toda mi empresa, mi firma, los contratos, las aperturas, las presentaciones…. Empecé a tener a gente que hacía todo, absolutamente todo por mí, yo sólo tenía que hacer lo que mejor sabía: dar rienda suelta a mis sueños y dibujar vestidos y trajes de infarto.

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Un enero muy frío, acudí con Amaia a una fiesta privada. Un conocido cantante nos abría las puertas de su casa para compartir con nosotros y con unas cincuenta personas más su cumpleaños. En aquella casa, el clima era tan cálido que parecía verano y su espalda estaba al descubierto. Pedí mil veces perdón a mis adentros cuando la vi darse la vuelta, con aquel vestido rojo y aquella trenza despeinada. Amaia sabía desde hacía mucho que le era infiel, que mis fiestas, mis idas y venidas, siempre estaban acompañadas por mujeres, pero ella nunca me decía nada, quería estar conmigo y aquella vida era demasiado atractiva como para plantarle cara. A veces, los seres humanos somos así de estúpidos.

Nos presentaron y me morí. Era la mujer más hermosa que jamás había visto. Jamás, y te prometo que estaba acostumbrado a rodearme de mujeres muy, muy hermosas. Era quince años más joven que yo y tenía la vida y el mundo en los labios. La mirada risueña, la piel delicada, el fuego en el pelo, las ganas en la risa. Quise besarla allí mismo, arrancarle la ropa y prometerle amor eterno. Valeria era un sueño.

No dejé de mirarla y ella me sonreía de reojo, le gustaba gustar y estaba disfrutando de verme, con la copa en la mano, y mi vida centrada en ella, sin importarme el momento ni el lugar.

Recibió la propuesta de mi responsable de prensa y aceptó sin poner precio. Iba a ser la nueva modelo de mi colección. Firmamos un contrato millonario, que por aquel entonces ya me podía permitir. Sabía que la conseguiría cuando no la había visto ni una segunda vez. Le dije a Amaia que lo nuestro no podía seguir, que nos habíamos apagado y que no éramos felices. Ella lloraba y me suplicaba que no lo hiciese, me decía que me estaba equivocando. Le regalé un pequeño apartamento que había comprado hacía un par de años en el centro de París y ella, entre rabia y dolor, me dijo que iba a convertirme en un desgraciado.

La sesión de fotos de Valeria se realizó en un pequeño pueblo italiano. El primer día no salí del hotel, sabía que ella esperaba verme y quise hacerla esperar, aunque me moría por mirarla. El segundo día, acudí mientras la fotografiaban, a mitad de la sesión y vi su sonrisa pícara de niña jugona a través del objetivo de la cámara. Me tenía delante, observando en silencio, y sabía que podía hacer conmigo lo que le diese la gana.

La invité a cenar. Estaba nervioso, La esperé en el hall del hotel y reservé en un restaurante que me habían recomendado como el mejor de la zona. Bajó con un vestido verde y el pelo recogido, unos aritos dorados y los labios rojos. Quise morirme en ese instante, porque sentía que estaba en el cielo. Aquella noche hablamos durante horas, entre vino, texturas y sabores deseando que el tiempo se parase. Subimos al hotel y sin importarme la hora le dije a mi agente que nadie trabajaría al día siguiente, tenían un día de descanso para visitar el lugar, yo corría con los gastos. La miré a los ojos y se lanzó a mi boca, la apreté fuerte contra la pared y le arranqué el vestido, le mordí los senos, le agarré las piernas, envolví mi cintura y la oí gritar de placer en mi oído. Fue la mejor noche de mi vida.

No salimos de la habitación. Comimos y bebimos todo el día, nos drogábamos, reíamos, nos mordíamos los labios y nos prometíamos locuras. Una mes después le pedí matrimonio.

Nos casamos en la más estricta intimidad en una pequeña isla griega, rodeados de nuestros familiares y amigos más cercanos.

Valeria era mi musa, Valeria… El gran amor de mi vida. Después de conocerla, diseñé la mejor colección que he hecho en mi vida. El mundo estaba a mis pies y ella era mi mundo. Estaba totalmente eclipsado, loco de amor, de pasión… Y más tarde que temprano, empecé a volverme loco de celos. Ella era mía, sólo mía y me moría si la miraban, si le sonreían o la rozaban. Me volví un enfermo, un ser insoportable y despreciable.

A veces me encerraba durante días en el estudio, me drogaba para diseñar y empecé a construir el declive de mi vida.

Descuidé mi negocio, mi familia, mis amigos y mi vida… Sólo ella me obsesionaba y sólo ella me mataba. En dos años nuestra relación era insoportable, se quejaba por absolutamente todo y ni las joyas, ni los lujos callaban sus gritos y molestias. Yo iba totalmente colocado cuando me anunció, llorando, que esperábamos un hijo. La abracé, la besé, le prometí amarla y cuidarla y le prometí que buscaría ayuda, dejaría las drogas, dejaría el alcohol, las fiestas y me centraría en mi trabajo y nuestra familia.

No lo cumplí. La droga era mi medicina y yo estaba totalmente perdido. Empecé a fallarme a mí mismo desde mucho tiempo atrás, pero nunca había fallado en mis diseños, seguían siendo tan increíbles como al principio, sólo que el cerebro poco a poco estaba dejando de respirar, me estaba matando a través de la cocaína y mis ideas se iban esfumando con el viento y con los días.

Gabriel nació una noche de mayo y fui el hombre más feliz del mundo. Intenté darle a mi hijo la mejor vida del mundo, intenté cuidarle y quererle, incluso cuando estaba dejando de ser persona. Me ingresaron varias veces en una clínica, y al salir, volvía a caer en el precipicio. Valeria, el gran amor de mi vida, me odiaba. No me dejaba abrazarla y me repetía que le daba asco. Mis colecciones estaban limitadas y la prensa empezaba a hacerse eco de ello, las críticas, en los últimos tiempos, eran siempre negativas.

Supe que estaba perdido cuando Valeria me presentó los papeles del divorcio y cuando me dijo que en mis condiciones, jamás podría hacerme cargo de mi hijo.

Llevaba tres noches sin dormir, encerrado en un apartamento que tenía en la costa francesa. Bebiendo, fumando y drogándome hasta casi perder el conocimiento… ya nada tenía sentido. Yo había destrozado mis sueños.

Cogí el coche, arrastrado, borracho, drogado, moribundo y conduje por una pequeña carretera que bordeaba el mar, quería ir a buscar a Valeria y pedirle perdón, quería abrazar a mi hijo y prometerle un padre mejor.

Escuché un pitido, sentí un volantazo…. No recuerdo nada más.

Escuché las sirenas de lejos y la luz de la ambulancia retumbaba en la ciudad… La historia de mi vida pasó en un segundo por mi cabeza, mis sueños, mis grandes amores, mi pasión, mi familia, mis amigos y la desgracia en la que me había convertido.

Supe que estaba vivo, aunque apenas me podía mover, un pitido fuerte retumbaba en mi oído y escuchaba los gritos de los médicos que no dejaban de correr.

No solamente estaba vivo, sino que la vida me estaba dando una segunda oportunidad.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

 

Sólo a ti te pertenece.

Hoy es uno de esos días en los que llevo todo el día pensando en un nuevo post. Me acabo de sentar frente al ordenador y la verdad que no sé ni sobre qué tema escribir… El otro día, una fiel lectora del blog me pidió a través de Twitter (mi cuenta como muchos ya sabéis es @lorenacorcoles) que escribiese un relato sobre un tema delicado y le prometí intentarlo.

Ojalá pudiese daros un abrazo y un beso a cada uno de vosotros, por hacerme tan feliz cada vez que me comentáis, me compartís o me leéis, cada vez que alimentáis esta ilusión y estas ganas de crear historias y hacer que siempre tenga algo nueva que os quiera contar. 

Leed despacito, como siempre os digo, como siempre hacéis…

Sólo a ti te pertenece.

Recuerdo perfectamente cuando no tenía más de seis años y en el colegio empezaban a hablarnos del cuerpo humano. Aquello me parecía tan fascinante que al volver a casa le dije a mi madre que de mayor quería ser médico, porque pensaba que sólo de esa forma conseguiría conocer cada rincón que se esconde dentro de nosotros. Con el tiempo, y con la idea totalmente metida en mi cabeza, descubrí también que los médicos curaban a las personas, salvaban vidas y además ayudaban a los bebés a nacer y yo quería ser parte de todo aquello.

Siempre fui buena estudiante, con unas notas normales, pero con el esfuerzo y la constancia que mis padres me habían inculcado desde muy niña. Siempre tuve una envidia muy sana de mi amiga Paula. Ella, sólo necesitaba leer por encima los apuntes para sacar una notaza, cuando yo me tiraba tardes enteras entre libros para poder conseguir buenos resultados, nunca excelentes. Mis profesores siempre hablaban de lo orgullosos que se sentían de mi por todos los esfuerzos que hacía. Cuando hice la selectividad, sucedió lo que todos temíamos, mi nota no alcanzaba para que pudiese ir a la facultad de medicina, y como ya sospechábamos que esto pasaría, aposté por mi segundo opción: enfermería. Recuerdo mis años de universidad como los mejores de mi vida. Dicen que esos son los amigos que se quedan para siempre, los que conoces en esa etapa y esos años cruciales de madurez y experiencias. Me esforcé muchísimo, dediqué todo mi tiempo, mi cuerpo y mi alma a sacar buenos resultados y a ir aprobando curso por año. Lo conseguí. De hecho, mi expediente conserva unas notas mucho mejores de las que hubiese imaginado. Mi primer contacto fueron mis prácticas y supe, más que nunca, que aquello era a lo que yo me tenía que dedicar.

Corren unos tiempos difíciles, a veces, incluso me asustan. Las oportunidades laborales son escasas y la mayoría de mis compañeros de promoción no trabajan de aquello que estudiamos juntos, con tantas ganas e ilusión. Muchos de ellos se han ido fuera del país, y algunos trabajan de enfermeros fuera de aquí. Se me parte el alma cuando lo pienso. Son felices, trabajan y aprenden otro idioma. Tienen lejos a su familia, a sus amigos y a su vida, y sé que sufren, como yo sufriría. Desde hace poco más de un año soy muy feliz y me siento afortunada por tener un trabajo al que acudir cada día y un sueldo que llega a mi cuenta de forma puntual a final de mes.

En una residencia de ancianos se ve absolutamente de todo. Desde personas que son plenamente felices por estar allí, rodeadas de personas de su misma edad, personas que sufren y lloran en silencio porque se sienten abandonadas y necesitan y quieren estar ahí fuera, en sus calles, en su casa, haciendo una vida normal, a personas que no son conscientes ni de donde están.

Maribel llegó hace seis meses y desde el primer momento me robó el corazón. Desde siempre, las personas mayores han causado en mi una ternura infinita, sobre todo y no me preguntes por qué, los ancianos con el pelo blanco. En ellos siempre he visto reflejadas a la sabiduría y la bondad. Las personas mayores, sólo por todos los recuerdos y experiencias que llevan consigo mismas, son verdaderos tesoros de la naturaleza, que merecen el cariño y respeto de todo el mundo. Los primeros días Maribel casi no hablaba, se quedaba horas sentada al lado de la ventana y aunque yo insistía e intentaba darle conversación, ella me contestaba con monosílabos. Una tarde, con una sonrisa, me acarició la mano y me dijo que era muy linda.

Uno de sus hijos la visita casi todas las semanas. Sus nietos vienen a verla una o dos veces al mes. Está y se siente sola. Una tarde de domingo, en mi día libre, me vestí y vine a visitarla porque sólo quería estar con ella, sentada con ella y hablar con ella. Quería escuchar sus historias y envolverme de su magia…

Maribel mezcla el tiempo y el espacio y repite la misma historia mil veces. Me habla de su padre, de su madre, de sus hermanas, de sus días en el pueblo, de lo mucho que le habría gustado poder ir al colegio. Y siempre, siempre habla de Antonio, el gran amor de su vida.

Una tarde, cuando su hijo vino a visitarla, le pregunté por su padre, Antonio.

-¿Antonio? Mi padre se llamaba Miguel y falleció hace cinco años.

Asentí en silencio y pedí disculpas por haberme confundido. Al llevarle la cena, aquella noche, le pregunté:

-Maribel, ¿quiere hablarme de Antonio?.- Y a ella se le escapó una sonrisa dulce, pícara, de niña pequeña, como si el tiempo se hubiese detenido muchos años atrás.

Antonio y yo nos conocimos siendo unos críos. Mi padre no lo veía con buenos ojos. Él era más mayor que yo y venía de una familia todavía más pobre que la mía. Mi padre nunca habría visto a nadie bien para mí, porque yo era la niña de sus ojos. Antonio era de mi mismo pueblo y por aquel entonces a penas podíamos vernos. No podían vernos a solas por la calle, ni podíamos cogernos de la mano. Pero yo le quería, le quería tanto que le pedí matrimonio. ¡Fijate tu! Yo, que era una niña, que no sabía de nada y me quería casar con él, y además, no podía esperar a que él me lo pidiese. A mi padre no le quedó otra opción que aceptar mi decisión y desde ese momento quiso a mi novio y futuro esposo como a un hijo suyo. Mi Antonio era el hombre más bueno del mundo, era guapo, trabajador y estaba loquito por mí. Hicimos el amor dos meses antes de la boda, porque a mi me gustaban los retos y yo venía siendo revolucionaria desde la cuna y no entendía esa estupidez de tener que pasar por la iglesia primero. Aquel fue el día más bonito y feliz de mi vida. Mis padres estaban elegantes, mis hermanos muy contentos, y nosotros éramos los novios más guapos del mundo. Nos casamos en la pequeña iglesia de la plaza del pueblo, y después nos fuimos todos a la casa de mis abuelos, que tenían un patio bien grande, a comer chocolate y bizcochos. Eran otros tiempos y con muy poco conseguíamos ser felices. Dos meses, sólo dos meses de casados, cuando una mañana de sábado, tumbados en la cama, mi Antonio no se despertó. Por aquel entonces nadie sabía de qué había sido, no es como ahora que te lo dicen todo, pero sentenciaron que había sido un paro del corazón. Yo me desperté al lado de mi marido muerto y mis gritos se oyeron en todo el pueblo. Grité y lloré durante días y meses, y del disgusto perdí al hijo que llevaba en mis entrañas, sin nosotros saberlo. Mi vida estaba perdida. No quería levantarme de la cama y le suplicaba a ese Dios que me prometían que existía a que se me llevase a mi también, al ladito de mi Antonio, porque él se había llevado mis ganas de vivir y de seguir en este mundo. No quería que los años siguiesen y pasarlos sin él. Y mira bien lo que he aguantado…

Tres años después, y con el luto todavía, me mudé con mi hermano y su mujer a la ciudad para poder cuidar de mi sobrino Juanito. Allí conocí a Miguel, que me devolvió la ilusión y la vida. Él fue el padre de mis hijos y junto a él formé la maravillosa familia que tengo, mis seis hijos preciosos y mis catorce nietos. No ha habido ni un sólo día de mi vida en el que no me haya acordado de mi Antonio y de aquel hijo que no llegó, ni un sólo día en el que no me haya preguntado cómo habría sido mi vida con ellos y en el que no me haya lamentado por no tenerlos. Jamás he superado aquello. Mis hijos, no saben que yo me había casado antes. Miguel y yo decidimos que así fuese. Yo guardaba mi dolor en forma de secreto y ellos creían que su padre era al único hombre al que había amado en mi vida…”

Maribel lloraba a moco tendido como si fuese una niña mientras me miraba a los ojos y me apretaba la mano. Entendí su dolor a través de su mirada y se me partió el alma al ver a esa mujer, que no conseguía recordar prácticamente nada de su vida. Las pocas veces que sus nietos se dignaban a visitarla ella los confundía, incluso, en los días malos, ni si quiera los reconocía.

Maribel me miró sin saber por qué lloraba y me preguntó dónde estaba su hermana, le expliqué que no estaba y que ella estaba hablando de Antonio y su juventud.

-Quién es Antonio?.- Me dijo.

Nunca he sabido si aquella historia era real o no. Desde aquella noche, Maribel jamás volvió a hablarme de Antonio, aunque seguía viajando en el tiempo y mezclado su presente y su pasado. A veces, pensaba que aquella historia había sido producto de su imaginación, y otras veces, pensaba que aquella tarde, tras pronunciar aquellos recuerdos en voz alta, los había eliminado en un suspiro de su alma, había eliminado el dolor callado. Los recuerdos son uno de los tesoros más valiosos que poseemos, y si ahora mismo me preguntasen con qué recuerdo de mi vida me gustaría quedarme, no sabría la respuesta. Por alguna extraña razón, Maribel había querido guardar en su cabeza aquella historia a la perfección, aunque seguidamente no supiese de lo que hablaba, aunque jurase que su hermana había venido a visitarla o aunque repitiese la misma cosa una y mil veces.

Creo que no es justo que el tiempo haga con nuestra mente lo que hace. El Alzheimer es capaz de arrancarnos nuestras vidas, la única vida que tenemos está compuesta por nuestras vivencias, por nuestros recuerdos y por todo lo que hemos ido creando y consiguiendo a lo largo de los años. Pero un día, llega esta enfermedad y de la forma más cruel te lo arrebata, llevándose consigo algo que sólo a ti te pertenece.

Esta mañana, cuando he llegado a trabajar me han anunciado que Maribel murió anoche, mientras dormía, en silencio y soledad, con días a la espalda sin recibir ni una sola visita de esa familia que tanto había querido, esa familia a la que tanto había ayudado y cuidado. He ido a su habitación y con un dolor que me pesaba en el alma y sin poder parar de llorar, he decidido empaquetar sus cosas, guardar en una caja los marcos de fotos que envolvían su habitación, y meter en bolsas su ropa. He visto la Biblia sobre su mesilla, esa Biblia de la que no se separaba nunca. Me he acercado y la he acariciado en silencio, como si algo de ella todavía estuviese en esa habitación, conmigo. Yo, atea hasta la médula, he cogido el libro para guardarlo entre sus cosas cuando algo ha resbalado y ha caído suave y lento. Me he agachado para cogerlo y he tenido que sonreír mientras lloraba… En esa fotografía, en blanco y negro, arrugada por el tiempo, por el dolor y los recuerdos, podía verse a una joven Maribel, con la sonrisa en los labios y la vida en la mirada, feliz e ilusionada,  abrazada a un hombre alto y guapo el día de su boda. Detrás, escrito a boli y con una letra casi borrada por los años e ilegible por la caligrafía he podido llegar a leer: “Siempre tuyo. Antonio.”

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

El juego prohibido, la pasión y la mentira.

Me gusta escuchar historias, me gusta inventarlas, me gusta escribirlas, me gusta contarlas… Hoy os traigo este relato. Para aquellos que tienen en su vida un “qué habría pasado si…”, y eso, amigos míos, lo tenemos todos. Porque hay historias que marcan, otras que se olvidan, algunas que se recuerdan, otras que se entierran… Pero las historias siempre son nuestras, y seguro que todos habéis sufrido alguna vez por haber perdido un tren… Seguro que también habéis sonreído cuando habéis decidido no subir. Porque no olvidéis, que al final, no somos tan distintos.

Os dejo este relato, para que leáis despacito… Que es jueves, y los jueves siempre son bonitos.

EL JUEGO PROHIBIDO, LA PASIÓN Y LA MENTIRA

“Perdóname. Sólo puedo y debo empezar así. Perdóname por aparecer ahora mismo, de la nada, desde la sinrazón, desde dónde esto ya no tiene sentido. Perdóname por el tiempo, por la distancia, por matar los sentimientos. Perdóname por haberme ido, por no saber darte, por no poder hacer, por no encontrar el valor. Perdóname por estas palabras, por empezar como tú lo hiciste, porque ya nada puede empezar, porque ya no queda nada, porque ya no es nuestro, porque sé que siempre creíste que nunca lo fue. Hoy he escuchado tu voz y sin querer, he sentido el aroma de tu piel e inevitablemente he tenido esta estúpida necesidad de decirtelo. Perdóname…”

Releyó tantas veces como pudo, le temblaban las manos, le temblaba el corazón. Cerró los ojos y le dio al botón. Mensaje enviado.

Qué día tan agotador… Parecía que todo estaba demasiado oscuro, el día era gris, el cansancio se le pegaba a las pestañas y las ojeras arrastraban la evidencia de unos días de trabajo interminables. Sonó el móvil, era un correo electrónico y estaba segura que sería alguien de la oficina, esos inoportunos que no saben controlar su reloj, que no saben respetar el horario, que no asimilan el descanso. No quería mirarlo, no le apetecía, así que lo dejó sobre la mesa, se preparó un te verde, su favorito, y se tumbó en el sillón. El gato dormía, y los niños estaban con su padre. En aquella casa tan grande y solitaria se respiraba silencio. Por fin, silencio. Se quedó dormida casi sin querer y cuando se despertó, como una cruel manía que ya  parecía algo innato, cogió el teléfono. Había demasiados mensajes sin leer, y demasiados correos sin abrir. Sólo había dormido un rato y aquello parecía arder. Con uno ojo abierto y el otro incapaz de despertar, miró por encima. Lo que sospechaba era una realidad. E-mails inagotables de trabajos, de dudas y propuestas, hasta que un nombre abrió como platos los ojos aún dormidos y la mirada que se resistía a despertar. No, la verdad es que no dudó en abrirlo, leyó rápidamente mientras el corazón, inconsciente, se aceleraba. Volvió a leer, palabra por palabra. Leyó con calma y sentía cómo le iban temblando las manos. Leyó y volvió a leer hasta casi aprenderse esas palabras, que sin saber por qué estaban acuchillando sus recuerdos, hasta aprendérselas de memoria. Soltó el móvil sobre la mesa y se quedó tumbada. No tenía ningún derecho a escribirle. Ya no.

Habían pasado cinco horas y sabía perfectamente que ese correo había llegado a sus manos. ¿Cómo no iba a llegar, si se pasaba veinticuatro horas pendiente del teléfono? Seguramente lo había leído nada más enviarlo, pero no iba a contestar. Al fin y al cabo, era lógico. Estaba en todo su derecho.

Ya era tarde, y el frío penetrante encerraba a la gente en casa. Aún así decidió dar un paseo, necesitaba darlo. Se puso el gorro de lana que le acababan de regalar por su cumpleaños, unos guantes, el abrigo más caliente que tenía y con las manos en los bolsillos, decidió lamentarse por las calles. ¿Por qué le había escrito? No tenía derecho a entrar en su vida así. Pero, ¿por qué no? Ella hizo lo mismo. No iba a contestar a ese correo, lo sabía, pero había sido inevitable escribirle. Aquella chica… ¡Dios mío! Aquella chica tenía su misma voz. La había oído de lejos, en una simple cola de supermercado, pronunciar a penas dos palabras con la cajera, palabras con una sonrisa que inevitablemente le recordaron a su sonrisa. Como una bomba de recuerdos, en cuestión de segundos, las imágenes habían vuelto a su cabeza, las risas, las lágrimas, su pelo, su piel, sus besos… Su voz.

Es increíble, pero siempre pasa. Un momento, un hecho concreto, un segundo del tiempo, un instante y el mundo se para, la mente viaja y eres capaz de revivir algo que habías enterrado hacía tiempo, demasiado tiempo. Eran jóvenes, y tenían tantos sueños, que creyeron que juntos podrían comerse el mundo, que superarían los obstáculos y que el tiempo sólo era una cuestión que debían atravesar juntos…

Era un domingo por la noche, con un invierno a las espaldas y la primavera casi llamando a la puerta, cuando un mensaje, entre risas, entró en su correo. Ella se estaba riendo, de la situación, de él y de la vida. Era la mejor amiga de alguien demasiado cercano, pero a penas había oído mencionar su nombre. Por entonces, era una absoluta desconocida. Aquel mensaje fue fresco y gracioso, no había maldad, ni intenciones. Hasta que las hubo. Decidió contestarle, sin saber por qué, entrar en su juego. Ni si quiera sabía cómo era, pero le resultaba divertido, poco común, una huída de lo rutinario. Los mensajes se fueron encadenando, y el juego fue demasiado peligroso. No sabía ni cómo, ni por qué, pero a medida que pasaban las semanas sólo necesitaba saber de ella, cada vez más, quería saberlo todo. Qué le divertía, qué le asustaba. La había visto en fotos. Era evidente que le gustaba. Le gustaba mucho más de lo que hubiese deseado.  Llegó a desearla sin ni si quiera haberla visto, sin saber cómo era su voz, cómo caminaba, como sonaba su risa… Pero deseaba acariciar su piel, y morder sus labios. Deseaba abrazarla, dormir junto a ella. La deseaba. 

Dudó si debía contestarle. No podía saber si debía o no. ¿Se lo debía a él? ¿Se lo debía a si misma? ¿Se lo debía al tiempo? Por quién no se lo debía, sin duda, era por él. Él, quién compartía sus sueños con ella. Quien la abrazaba cada día y la cuidaba cada noche…  Había pasado demasiado tiempo, y no lo necesitaba. Pero le temblaban las manos… sólo quería saber cómo estaba, si era feliz, si lo había sido, si estaba bien, si necesitaba algo… A ella siempre le preocupaba si los demás necesitaban algo, aunque últimamente incluso eso descuidaba.

Volvió a leer el e-mail… Habían pasado tantos años…

Pasaron semanas hablando, sin conocerse, sin verse, deseándose, queriéndose, jugando a lo imposible, desafiando a la realidad, burlándose de la lealtad. Ella le deseaba tanto como él la deseaba a ella. Sabía a lo que se exponía, sabía en qué lugar estaría, sabía que sería una mentira, sabía que sería escondida, que sería inexistente, ella, que siempre quería ser protagonista. Le hizo un guiño al tiempo y al dolor que sabía que llegaría, pero se abrazó a la ilusión y a la esperanza de que al final ganaría. Preparó una maleta pequeña, compró un billete de tren y le dijo que estaba de camino. Huía de la ciudad, y de la vida misma. La acompañaba esa persona en común, ese nexo de unión que sin querer había cruzado sus vidas. La acompañaba hasta el destino, que bien lo conocía, y allí, en el momento oportuno desaparecería. Él les esperó con una sonrisa, y hubo una presentación oficial, con dos besos que morían por ser miles en sólo uno, por juntar labios y unir vidas… Se fueron a su casa de la playa, y aquel fue el mejor fin de semana de su vida. La pasión gritaba por toda la casa, las paredes se hacían pequeñas ante tal inmensidad, ante lo que ellos sentían. Hicieron el amor, toda la noche, todo el día, se comían a besos y se comían a risas. Se querían, el juego se les había ido de las manos y volver atrás ya no sabían…

Acabado el fin de semana, volvieron los mensajes, ahora acompañados por un “te echo de menos…”. Pero ella era la sombra, frente a quien ante el mundo, ante familiares y amigos era la protagonista, la oficial, la verdadera. Ante todos menos ante su confidente, su nexo, su cómplice, que empezaba a sufrir demasiado por todo lo que venía… Dos ciudades distintas, una pareja de tres, dónde la tercera era ella, dónde la sobra era ella, era sobra y también sombra. Y ahora, al recordarlo, se daba cuenta que lloraba…

La noche caía con fuerza, y además empezaban a caer los primeros copos de nieve, el invierno venía vestido de tipo duro y decidió volver a casa, aún con las manos en los bolsillos, preguntándose mil veces por qué le había mandado ese correo y recordando lo mucho que le gustaba… Cabizbajo al recordar su cobardía y lo infeliz que le habían resultado los años, y los días. Aquello duró demasiado tiempo, habían sido los mejores meses de su vida. Ella era luz, era vida, era alegría, era risas. Es más, ella era su luz, era su vida, era su alegría, era su risa. Se sentía cobarde, egoísta y era capaz de revivir el juego, el único juego de su vida del que se sentía un absoluto perdedor frente a quienes le consideraban frío y calculador. Habría muerto por ella, no tenía duda. Pero eran unos niños, ella estaba lejos, tenía ganas de comerse el mundo y él se conformaba con comerse su pequeña ciudad de costa, quedarse cómo estaba, con su rutina de siempre, con sus cosas de siempre. Recordaba cómo se sintió totalmente perdido… ¿Realmente había amado a dos mujeres al mismo tiempo? Lo que era real es que a una la había engañado totalmente, y a la otra, sin duda, le había fallado. En las promesas y en los sueños. Sus recuerdos estaban vivos, demasiado vivos. Recordaba cada encuentro, cuando ya no hacían falta cómplices, cuándo sólo estaba ella, ella por encima de todo, por encima de la realidad y la mentira, ella, su risa y su voz. Recordaba cada vez que la había besado, aquí o allí, cada abrazo, cada caricia, cada vez que le había hecho el amor, como no se lo habían hecho nunca, recordaba sus lágrimas, sus noches en vela ante la indecisión, ante dos caminos tan distintos. Uno, le acomodaba. Otro, le atemorizaba. ¿Valiente o cobarde? Esa era la cuestión. Llevaban así muchos meses, mucha distancia, mucho dolor y lo que tendría que haber pasado, más bien pronto que tarde, pasó. Ella le pidió que tomase una decisión.

La amaba, sabía que la amaba y que posiblemente se arrepentiría siempre si no luchaba por demostrarle que esa era su verdad.

Esa noche, su marido no había ido a dormir, las cosas no iban demasiado bien, el trabajo la tenía tan absorbida que había dejado de lado las cosas más importantes de su vida. Su relación se marchitaba poco a poco y había días que él ni si quiera aparecía. A penas pasaba tiempo con sus hijos, y siempre acudía a su ex marido para que se hiciese cargo de ellos, porque había salido a última hora una reunión. Su vida personal se estaba destruyendo mientras la profesional alcanzaba su máximo esplendor, y era una lástima no ser consciente de poder combinar las dos.

Y ahora aquel e-mail… ¿Por qué? ¿Por qué le había escrito? ¿Qué quería? ¿Qué buscaba? Sin saber por qué, al despertar por la mañana fue en lo único que pensó. En él. Él, cobarde y egoísta, que no supo hacer frente a la situación, que salió vencedor del juego, viviendo en la mentira. Él que tomó una decisión, y como todo en su historia esa decisión llegó a través del ordenador. ¡Un correo electrónico a modo de despedida! Un correo electrónico en forma de adiós, para acabar cómo todo había empezado, obviando los besos, las caricias, la complicidad y el amor. Y ahora… ¡Diez años después volvía a enviarle un e-mail! No lo podía creer…

Llamó a la oficina, y sin saber muy bien por qué, le dijo a su secretaria que no se encontraba bien y que no iría a trabajar. Prometía volver al día siguiente y ponerse al día con todo y todos, pero le dijo que ese día no iba a estar disponible para nadie. Se preparó un te y sujetó el móvil en la mano, mientras se paseaba de arriba a abajo por todo el salón.

¿De verdad seguía sintiendo algo? ¿De verdad un simple correo le estaba provocando todo esto? Quería contestarle, quería decirle que le odiaba, que había estado pensando en él durante todo ese tiempo, que se había casado, que tenía dos hijos preciosos y un ex marido engreído al que no soportaba, quería decirle que se había casado por segunda vez con un hombre maravilloso, al que amaba, sólo a él, y que su relación se estaba pudriendo porque ella había conseguido ser dueña de una multinacional que crecía por segundos.

Quería verle. Quería besarle. Ella también quería volver a sentir su voz, a acariciar su piel, a jugar al juego prohibido, a ver sus ojos, a hacer el amor en la casa de la playa, y a decirle al oído que siempre sería suya… Pero al idealizar todo aquello vivido en plena juventud, se acordó de lo mucho que echaba de menos los besos de su marido, las caricias y las risas, las flores frescas, el desayuno de la risa, el color en las paredes y la alegría en su mirada. Las infidelidades le habían dolido demasiado, y el juego prohibido había sido un juego lleno de dolor arrastrado por el tiempo, una cicatriz en la espalda que seguramente no desaparecería jamás. Lo que sí había quedado era el tiempo y la distancia, los recuerdos y el olvido. Cogió el móvil y borró aquel correo.

Salió de casa y cogió el primer taxi que vio. Su marido estaba desayunando, en la cafetería de siempre, en la mesa de siempre.  Ella se sentó con una sonrisa.

-¿Me invitas?.- Le dijo. Y vio como la mirada se le encendió como el primer día.

Borró aquel correo y enterró aquellos recuerdos, sonrío para si misma y supo, más que nunca, que hay trenes que pasan y no vuelven, aunque lo intenten.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Vida sólo tengo esta.

El padre de mi amiga Sara es escritor y hace unas semanas publicó un post en su blog que me hizo reflexionar sobre cosas en las que suelo pensar cada día. Hablaba de la importancia de perseguir los sueños y dedicarse realmente a lo que uno quiere. Entonces existe mi debate moral… Está claro que todo el mundo quiere dedicarse a lo que más le gusta, pero en la mayoría de los casos, y en esta situación económica y social, las oportunidades y los contextos son bastante complicados. No obstante, también sé que uno debe perseguir sin rendimiento aquello que desea para, al menos, llegar lo más cerca posible.

Mi pasión es escribir, y de algún modo, la estoy llevando a cabo compartiendo aquí mis palabras y mis pensamientos. Con esto soy feliz, pero seguramente no es suficiente. Esto no me da para vivir, y obviamente, tengo otro trabajo que ocupa la mayor parte de mi tiempo. No es el trabajo de mi vida, pero claro, es el trabajo que me da un sueldo cada mes, y ahora, lamentablemente, eso es todo un lujo y las circunstancias nos han obligado a tener que dar las gracias. Podría ir más allá, podría sacar tiempo de donde no hay y escribir un libro, moverme de editorial en editorial e intentar que alguien me diese una oportunidad. Podría hacerlo, debería hacerlo, pero no tengo tiempo. Tengo que trabajar, y las horas libres que me quedan las necesito para mí, porque soy persona, sólo por eso.

Ojalá todos pudiesemos dedicarnos realmente a lo que queremos, porque eso significaría que sabríamos amar nuestra profesión, que lo que hacemos nos gusta y seguro que lo haríamos mejor, y de este modo, estoy segura, las cosas nos irían bien. Al menos, mucho más bien de lo que nos van en estos momentos. Formaríamos un mundo, o un país, que ama lo que hace, y el trabajo hecho con dedicación y vocación sólo trae consecuencias positivas. ¿Os imagináis, por ejemplo, cómo nos iría a todos si los políticos amasen su trabajo y su labor fuese la de dedicarse al pueblo?

Algún día buscaré tiempo de dónde no lo hay para poder llevar a cabo mis sueños en su máxima potencia. Algún día tiene que suceder y más me vale que ese día sea más bien pronto que tarde, porque al fin y al cabo, no sé cuánto tiempo me queda, como no lo sabes tú.

Hoy te quería contar un pensamiento que me persigue desde hace demasiados años… La muerte. A veces, intento no pensar en ella, porque es absurdo que uno se pase la vida pensando en la muerte, cuando sabe a ciencia cierta, que la muerte llegará. Es mejor que, al menos, en la vida no esté muy presente. Pero en mi caso lo está. Lamentablemente, la vida sólo es algo en lo que estamos de paso. De hecho, es en lo único en lo que vamos a estar de paso. Es curioso, ¿verdad?. Este será el único día que viva exactamente como lo estoy viviendo. Nunca más volveré a cumplir todos los años que he cumplido y nunca más podré volver atrás.

La vida pasa demasiado rápido, por eso yo, intento siempre ser muy positiva, exprimir todo lo bueno, olvidarme de lo malo. Elegir a los buenos amigos, a los que quiero que se queden en este camino, cuidar el amor verdadero y disfrutar de mi familia cada vez que les veo. Por eso intento llevar a cabo mis sueños, y por eso sé que no quiero que se me quede nada en el tintero. Intento decirles a las personas que me importan lo mucho que las quiero, intento demostrarlo, y siento si a veces no lo consigo. Intento sonreír ante las dificultades y descubrir cada día algo nuevo. Y  a veces, me muero de rabia. Me muero de rabia ante las injusticias, ante los problemas innecesarios, los problemas sociales y económicos que de forma externa hunden al ser humano. Por supuesto hablo de muchos de nosotros, de nuestros familiares o nuestros vecinos, pero hablo mucho más de todos los que mueren de hambre o ven sangre en las personas que más quieren a consecuencia de una guerra. Esta es nuestra única vida, es también su única vida, y es demasiado injusto que se tenga que sufrir tanto.

La muerte marcó mi vida demasiado pronto. El cáncer visitó a una persona muy importante de mi vida cuando yo sólo era una adolescente y él sólo tenía unos años más que yo. Éramos prácticamente unos niños, llenos de vida, de risas, de sueños y de ilusiones. Yo vi como la ilusión de una persona desaparecía y cómo esa persona quiso mantener la sonrisa hasta el último momento. Vi como se apagó la luz de una familia y cómo la vida daba golpes tan duros que te hacía plantearte qué habías hecho mal, o si en algún momento le habías debido algo. No. Simplemente era un hecho desolador que nos había tocado vivir, una enfermedad que cada día está más presente y a la que empecé a temer con todas mis fuerzas.

Estoy segura que conoces a alguien que haya tenido cáncer, estoy segura que has visto a alguien luchar con todas sus fuerzas contra esta enfermedad, estoy segura que conoces a alguien que ha perdido la batalla y ojalá conozcas a varios que la hayan ganado con fuerza. Yo conozco a vencedores y vencidos, pero eso no quita mis miedos. Para que la vida fuese perfecta, debería ser tal y como la plantean. Desarrollarte como persona, crecer, madurar, envejecer y al final, irte, morir. Pero sólo al final. No en mitad de la vida, que vida sólo tengo esta. Y yo quiero vivirla con muchas ganas, y quiero alcanzar mis sueños, y quiero reír envejeciendo y quiero que el tiempo que me queda, ese que no sé cuánto es, sea mucho tiempo, sólo eso.

Hay películas que no son aptas para quienes han sufrido de cerca una experiencia parecida, porque el cine, como cualquier obra de arte, llega tan dentro del alma que a veces es insoportable. De la mano de Javier Fesser, Camino llegó a los cines en el año 2008, y os aseguro que es la película con la que más he llorado en toda mi vida.

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Basada en la vida de Alexia González-Barros, que falleció a los 14 años tras una lucha de diez meses contra el cáncer, Nerea Camacho (Merecidísima ganadora en la XXIII edición del Goya como actriz revelación) da vida a Camino, una niña llena de vida, de alegría, esperanza y sueños, que descubre a la vez aspectos esenciales en la vida como el amor, la amistad o la felicidad, contrastados con el dolor y la enfermedad. La vida de la pequeña, basada en una educación estrechamente vinculada a la religión y procedente de una familia del Opus Dei, se transmite llena de ilusión hasta el final, mostrando sus sueños llenos de color que son capaces de hacerle frente a la oscuridad de cada una de las puertas que se cierran a su paso. La familia González-Barros quiso desvincularse de la película, afirmando que muchos aspectos ni si quiera ocurrieron en la realidad. Ojalá todos esos hechos que no ocurrieron fuesen aquellos que abrazan a la religión desde la más pura irracionalidad, como el sentimiento de la madre que, pese al dolor, se siente orgullosa porque su hija ha sido elegida por Dios, o el aplauso de curas y enfermeras en el momento en el que la niña fallece.

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En su momento, la oficina de información del Opus Dei afirmó: “esta visión cinematográfica ofrece una visión distorsionada de la fe en Dios, de la vida Cristiana y de la realidad del Opus Dei“. Pues ojalá señores, ojalá hubiese más ficción que realidad en esa historia. Pero ya sabéis que de la iglesia me fío más bien poco, y aunque estoy segura que ningún religioso desea la muerte de un familiar, se me ponen los pelos de punta sólo de imaginar que pudiese existir la más mínima posibilidad de que crean que la muerte es una bendición por haber sido elegidos por Dios para ir con él a un mundo mejor. (Amén)

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Camino es una de esas películas que llegan al alma, que te encogen el corazón y te hacen ver la vida de otro modo, dándole prioridad a la vida por encima de todas las cosas. Los momentos difíciles, al final, pasan. Pero la vida es esta, sólo esta y por eso debemos vivirla disfrutando cada día e intentando sonreír a cualquier obstáculo que se nos ponga. Por eso es importante que disfrutemos de lo que tenemos, que nos rodeemos de quienes queremos y nos alimentemos de cosas buenas, porque con el tiempo, estas serán las cosas que nos acompañen. Perseguid vuestros sueños siempre e intentad alcanzar la felicidad en estado puro. Porque eso, al fin y al cabo, es uno de los mayores placeres de la vida y yo lo hago porque vida, sólo tengo esta.

Feliz día, amigos.

Lorena.

Las malas lenguas siempre mueren.

A veces, es mejor guardar silencio. Porque la mayoría de las veces el silencio no es una falta de respuesta, sino que el silencio se convierte en la respuesta más sincera. Hay una frase en una de mis películas favoritas, La Vida es Bella, que me encanta y dice: “El silencio es el grito más fuerte”.

A veces, uno necesita silencio para responderse a sí mismo, para echar un vistazo a su alrededor y sonreír por lo que gusta, e incluso lamentarse por lo que está mal. Nos encontramos en una sociedad llena de ruidos, de relaciones sociales, de tecnología y comunicación durante las veinticuatro horas del día. Yo, personalmente, debo reconocer que soy una adicta a las redes sociales, a internet y la comunicación en general. Donde incluyo, por supuesto, las relaciones personales y la comunicación no verbal.

Hoy te quería contar que he decidido regalarme unos minutos de silencio. Quizás es gracias a un libro que terminé de leer hace unos días. En las fechas señaladas la gente sabe con qué regalo acertar y eso pasó en mi cumpleaños. Muchos de mis amigos me regalaron libros, los cuales, por cierto, aún tengo por leer. Mi amigo Marc me regaló varios, uno de ellos es del que te vengo a hablar. 99 Maneras de ser feliz, de Gottfried Kerstin, una guía de pequeños placeres que te ayudan a iluminar la vida, a valorar las cosas, a verlo todo desde otro punto de vista.

Soy una persona muy positiva, con mucha energía y os prometo que la mayoría de los días me levanto con ganas de comerme el mundo. Intento siempre vestirme con una sonrisa y salir a la calle sin dejarla en casa. Siempre suelo ver el lado bueno de las cosas  y de las cosas malas aprendo, como todos. También me lamento y también me duelen, pero si es cierto que las olvido facilmente. Y no es por nada, pero se vive muy tranquila si te tomas la vida así.  Por eso, quizás, nunca he sido mucho de libros de autoayuda (no porque crea que no los necesito, sino porque muchas veces me olvido de ellos). Pero éste, edición bolsillo, pequeño y fácil de leer, me ha enseñado que la vida hay que gozarla, disfrutarla, hay que vivirla y hay que ser feliz. 

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Otra de mis frases favoritas se la leí una vez a Alejandro Sanz en una dedicatoria de uno de sus discos, y decía: “Si todo el mundo supiera que funciona eso de trabajar codo con codo, en vez de a codazos…” y hoy, al pensar en el libro, hacerle caso y regalarme unos minutos de silencio, la he recordado.

El silencio me ha hecho pensar en la competitividad que no es sana, en la envidia profesional y personal, en la gente que necesita preocuparse e intentar solucionar la vida de los demás. Cuando esto pasa, este intento nefasto de solución no es una ayuda, sino un intento de destrucción. De destrucción que hay veces que afecta, y otras que te hace fuerte. Pues yo soy más de la segunda parte, porque es más saludable y porque hace tiempo decidí echar a la gente mala de mi vida en el momento de detectarla. Decidí rodearme de gente buena, de corazones sanos, de quienes se alegran por los triunfos y no sonríen ante los fracasos. De los que dan la mano, de los que te aprietan fuerte, porque como siempre digo, por suerte, a nuestros amigos los elegimos. 

 

“La envidia es la religión de los mediocres. Los reconforta, responde a las inquietudes que los roen por dentro y, en último término, les pudre el alma y les permite justificar su mezquindad y su codicia hasta creer que son virtudes y que las puertas del cielo solo se abrirán para los infelices como ellos, que pasan por la vida sin dejar más huella que sus traperos intentos de hacer de menos a los demás y de excluir, y a ser posible destruir, a quienes, por el mero hecho de existir y de ser quienes son, ponen en evidencia su pobreza de espíritu. Mente y redaños. Bienaventurado aquel al que ladran los cretinos, porque su alma nunca les pertenecerá”.

Carlos Ruiz Zafón.

 

Hace poco me enteré del daño que las malas lenguas intentaban hacerle a una persona a la que quiero, a la que quiero mucho. Y hoy el silencio me ha llevado a pensar en ella, a querer protegerla y mimarla, a estar a su lado y sonreír mientras aprende, mientras se hace fuerte y no deja que le afecte. A todas esas personas que se preocupan tanto por las vidas ajenas, sin estar en ellas, les aconsejo, desde mi humilde conocimiento, que lean 99 Maneras de Ser Feliz. Quizás sonríen un poco más y quizás la vida no les resulta tan amarga. Porque al final, las malas lenguas siempre mueren.

 

Feliz jueves, amigos.

Lorena.

Arrugas de algodón.

En mi último post os hablaba de Marina, y en Marina Oscar Drai decía: “… desaparecí del mundo durante una semana. Por espacio de siete días y siete noches, nadie supo de mi paradero”.

Yo sólo he desaparecido porque estaba de vacaciones. Porque necesitaba desconectar, mimarme y disfrutar, porque necesitaba recargar energías para volver con fuerza. He estado en mi casa, en las calles que me vieron crecer, con mi gente de siempre, y también me he perdido unos días por Italia, de dónde he vuelto completamente enamorada de cada rincón, de cada esquina.

Pero hoy te quería contar algo que me pasa cada vez que me alejo de casa. Hoy me voy a atrever a reflexionar sobre la vida. Es más, me voy a atrever a reflexionar sobre una vida que ni si quiera es mía, pero estoy segura que quien la vive, no se va a molestar porque lo haga.

Cada vez que paso unos días en mi pueblo y luego me voy, aparece el mismo sentimiento. Tristeza. Nostalgia. Pena. Me enfado con el tiempo, por correr tan rápido. De vez en cuándo me pregunto qué hago aquí, en esta ciudad. Me pregunto si cuando los años sean muchos y eche la vista hacia atrás no me arrepentiré de haberme perdido demasiadas cosas, del día a día, de las personas más importantes de mi vida. Luego se me pasa, y sé que Madrid me da la felicidad que necesito, y que no me imagino, hoy por hoy, en otra ciudad que no sea ésta. Estas calles que he sabido hacer mías. Estos sueños que aún vuelan.

Hace unos días, mientras estaba allí, estuve con una persona a la que conozco desde que nací. Las arrugas le acarician la piel en forma de sonrisas. Su mirada a veces se pierde. A ratos no recuerda qué ha pasado. No sabe dónde está. No sabe quién la cuida y quién la abraza. Otras veces sonríe, y sabe perfectamente lo que pasa en cada instante. Me dijeron que quizás no me recordaba, pero cuando entré en su habitación, la vi sentada junto a la ventana, me sonrió y me dijo que no me había reconocido con las gafas de sol puestas. Creo que ella nunca había producido en mí tanta ternura como aquella tarde. Creo que nunca me había sonreído así.

Sentada en un sillón me acariciaba la mano, me preguntaba qué tal todo y me contaba historias que yo sabía que nunca habían ocurrido. Pero yo también le sonreía, me hacía la sorprendida y le daba a sus relatos la importancia que merecían. Para mí, los recuerdos son uno de los bienes más preciados que posee el ser humano. No seríamos nada sin ellos. Los recuerdos son nuestro recorrido. Quienes somos y quienes hemos sido. Y entonces, me permití el lujo de enfadarme con la vida. Me enfadé porque me parecía injusto verla tan indefensa, perdiendo momentos que la habían hecho sonreír o llorar. Me enfadé con la vida porque no es justo que una persona pase los últimos meses, o años, de su vida estando perdida. Me enfadé con la vida porque no me parece justo que alguien sufra, incluso cuando ya no es capaz de saber diferenciar el sufrimiento de la felicidad.

Pasé una tarde con ella, que creo que ambas nos debíamos. La vi tranquila, cansada, la vi reír, pero también la vi perderse en la tristeza. Ella sabe que nunca más se levantará de ese sillón. Sabe que no volverá a ver el mar, o el pueblo donde nació. Sabe que ahora sólo queda afrontar los días como vienen, disfrutar de las visitas y sonreír mientras se pueda. A veces pide perdón, porque cree que se porta mal cuando no es ella. Pero no sabe que no hace falta, porque ya está todo perdonado. Me enfadé con la vida por hacer de la vejez la más tierna sabiduría y darle luego el trago amargo de arrancarle los días.

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Hoy no he hablado de ninguno de los temas que hasta ahora estaba tratando. Porque hoy quería hacer una reflexión, y te quería contar que me enfadé con la vida. 

Cuando un niño pequeño está sobre protegido se dice que está entre algodones“. Algunas personas mayores vuelven a ser niños. Vuelven a necesitar estar mimados y cuidados. Vuelven a necesitar que les comprendan y les enseñen. Vuelven a empezar. Sólo que esta vez el tiempo ha ido penetrando en su cuerpo y en su mente. Esta vez, el tiempo pone arrugas sobre su piel. Arrugas que son los años, que son las vivencias, que son las lágrimas, que son las sonrisas, que son los bailes, que son el amor, que son la música, que son los paseos, que son la familia, que son los amigos, que son los días, que son los momentos (los que están y los que se fueron)… Porque cambian los escenarios, cambian los tiempos. Pero a todos nos envolverán estas arrugas.  Arrugas que no son más que arrugas de algodón.

Buenas noches, amigos.

Lorena.