Libertad.

Madre mía… No os podéis imaginar la felicidad que me produce pensar que a partir de ahora, y durante unos meses, cada vez que me siente frente al ordenador para reencontrarme con vosotros va a ser así. Con el día resistiendo en la ventana, con los niños jugando en mi urbanización, sus risas, sus patines y su pelota. ¡Cómo me gusta la primavera! ¡Cómo me gusta el sol y qué buena energía me dan estos días!

Hoy vengo con un relato, que ya nos tocaba. Siempre digo que existen dos tipos de amor: el bueno y el malo, y siempre pienso que para encontrar el bueno, alguna vez has tenido que conocer el malo, para saber que de ese ya no querrás saber nada nunca más. Hoy os traigo un relato que habla de esto, un relato en el que podéis poner nombre en vuestra cabeza a sus personajes, podréis imaginarles cómo queráis y podéis poner como decorado la ciudad que más os apetezca. Es más, os propongo que me contéis cómo imagináis su físico, qué nombre creéis que podrían tener y en qué ciudad imagináis que se desenvuelve la historia… Será divertido.

Leed despacito, como siempre… 🙂


 

Libertad.

 

Que suene una canción y escucharla en el más absoluto silencio es un verdadero placer. A veces, no nos damos cuenta que tenemos a nuestro alcance el poder disfrutar de pequeños momentos que son capaces de llenar nuestra alma, podemos suspirar tranquilos, podemos disfrutar de algo que se va a meter poco a poco dentro de nosotros. Dejamos salir un poco del dolor que queda dentro a través de un suspiro… y entonces, cuando sentimos ese vacío que ha dejado en nuestro cuerpo y nuestros sentimientos, sabemos que en el momento que empecemos a dedicarnos pequeños momentos y nos dediquemos a lanzar suspiros que se lleven en el aire el daño que nos han hecho, nos sentiremos un poco más libres, nos sentiremos un poco más nosotros mismos y que poco a poco, conseguiremos estar en paz. El tiempo todo lo cura, o eso dicen.

Aquella tarde de viernes estaba cargada de energía fuera de mis ventanas. El sol y la primavera sonreían complacientes, cogidos de la mano, observando a todos aquellos que reían a carcajadas en las terrazas, observando a los que paseaban y a los que andaban con prisa, observaban desde algún lugar a todos los que iban y venían, a los que cogían trenes o aviones, a los que daban por finalizada una semana de trabajo, a los que se besaban en las esquinas o los que abrazaban a sus amigos. En el lado de la ventana en el que estaba yo, se respiraba un aire más bien gris y frío, que poco tenía que ver con la realidad del mundo exterior. En ese lado de la ventana, se respiraba el aire que mi mente y mi corazón guardaban en silencio, queriendo sacarlo todo fuera y sin saber muy bien cómo hacerlo. Un hilo de luz, resplandeciente, se colaba entre las cortinas de mi casa, un hilo de luz que rozaba mi pierna, que acariciaba mi piel, un hilo de luz que quise interpretar como una pequeña esperanza en un alma llena de tinieblas y soledad. Porque siempre, en la más triste oscuridad, hay un hilo de luz que te acompaña.

Me quemaba el corazón, me quemaban las ganas, me quemaba el amor y me quemaba cada poro de la piel, sobre todo en la espalda, quizás porque era el momento en el que iba a renacer, en el que iba a volver a tener alas, en el que podía volver a sentirme libre y en el que iban a volver los resquicios de una libertad que alguna vez sentí inmensa, mía, y fuerte.

Siempre me gustaron las personas entregadas, las que tienen ilusiones y risas constantes en la cara, las que aman sin condición, las que quieren con fuerza y con pasión. Siempre me gustaron las personas que están dispuestas a sorprender y siempre están felices cuando reciben una sorpresa. Siempre me gustaron las personas llenas de energía, de sueños, de anhelos. Siempre me gustaron las personas educadas, alegres, divertidas, inteligentes y apasionadas. Siempre creí ser una de esas personas y todavía me pregunto en qué momento dejé de serlo.

Muchas veces, a lo largo de mi vida, me he preguntado qué era en lo que habíamos fallado los seres humanos a lo largo de la historia para haber convertido el mundo en el que vivimos en un mundo tan vacío de tantas cosas, en un mundo irracional donde la gente asesina, donde personas mueren de hambre y donde una conversación escrita en un teléfono móvil es, para la mayoría, más importante que apartar ese cacharro y disfrutar de un café tranquilo con un amigo. El mundo, el amor, las personas y la vida se volvieron hace tiempo completamente locos… Y en algún momento que no recuerdo, yo me había dejado llevar por esa locura, por esa irracionalidad y ese vacío que tanto me atemorizaba.

No voy a entrar en detalles para contar algo que todos hemos vivido alguna vez: para contar cómo cogieron mi corazón y lo destrozaron en mil pedazos. Todos hemos vivido el desamor, pero por suerte, no todos hemos vivido una historia cómo la que he vivido yo. No entraré en detalles para decir que un día cualquiera, por una casualidad, con un beso apasionado, sellé un amor que yo creía eterno, cómo me dejé llevar por ese amor y cómo entregué mi cuerpo y mi alma hasta tal punto que los vendí a cualquier precio, por partes, como si de una enciclopedia entregada a tomos se tratase.

Me entregué ciegamente a una persona que me hizo creer que yo era lo más importante de su vida, que adoraba todas y cada una de mis virtudes y sonreía ante mis defectos, una persona que me besaba y me acariciaba, que me hacía el amor por las mañanas y me preparaba café los domingos. Una persona a la que le enseñé cada trocito de mi cuerpo, una persona a la que le hice un recorrido por cada resquicio de mi ser, una persona que me llenó de ilusión y vida, una persona que con el tiempo dejó de ser esa persona.

No quiero echarle la culpa a las rutinas, a la confianza y a la convivencia, porque echarle la culpa de lo que nosotros hacemos a algo que simplemente nos envuelve, me parece egoísta y desorbitado. La culpa la tuvo él, por esa personalidad que yo no entendía, y la culpa, sobre todo, la tuve yo, por perder esa personalidad que era sólo mía. Los primeros gritos se asociaron al trabajo, al estrés, y cuando lloraba desconsoladamente y me besaba, cuando me pedía perdón, entonces yo me culpaba por no ser más comprensible, y ahí iba perdiendo un poco de mí, me hacía un poco más pequeña y le iba entregando los primeros tomos de mi existencia. No por ser incomprensible, sino por permitir que alguien me gritase.

Con el tiempo, resulta que todo lo que antes hacía bien, ahora lo hacía mal. Desde elegir la ropa por la mañana, hasta llamar a un amigo para ver qué tal estaba. Incluso el café que preparaba todos los días, ya no tenía el mismo sabor, debía ser eso lo que le hacía tomarlo en silencio y casi sin mirarme a la cara. A veces, aparecía con un ramo de rosas por la puerta, porque sí, por ser un día cualquiera de nuestra historia y nuestra vida juntos, y entonces me daba cuenta de lo afortunada que era. Segunda entrega de mi alma y mi vida.

Me quería tanto que no podía soportar que otros me mirasen, que mis compañeros de trabajo quisiesen que yo les acompañase a tomar unas cañas después de la jornada o que mis amigos de toda la vida me dijesen en un mensaje que me echaban de menos o me querían. ¿Qué despropósito era ese? Me quería tanto que no podía soportar que alguien más me quisiese y por supuesto no podía soportar que yo contestase esos mensajes, que me fuese de cañas o que sonriese si alguien me miraba. Otra vez gritos y lágrimas. ¡Qué sinvergüenza yo, que estaba provocando todo aquello! ¿Esa era mi forma de querer? Eso no era querer y si seguía así me iba a quedar muy sola. Tercera entrega de mi vida, con mil anécdotas que no te voy a contar, porque me moriría de tristeza, no por ti, sino por mí, por haber aguantado algo así… Y me fui haciendo cada vez más pequeña, más desconfiada, más introvertida, más distante, más rara… Y dejé de ser quien era.

Una noche discutimos tanto que se atrevió a pegarme una bofetada. Lloramos los dos y él pidió perdón por haber perdido los papeles y los nervios. Yo no hablé en dos días… Era una sombra vagando entre las paredes de mi casa, que me parecía más triste y fría que nunca. Le perdoné porque él me quería, debía ser que esa si era una buena forma de querer. Debí perder tanta fuerza en mi cabeza que acabé perdonando aquello y entendiendo que sólo había sido por culpa de los nervios y el momento.

Y pasaron los años y mi vida se vio limitada de la oficina a casa, y de casa a la oficina. No recordaba la última vez que había visto a mis amigas o a mis amigos, y por supuesto, hacía mucho que no recibía ningún mensaje de nadie. Por una vez en su vida, él tenía razón: me había quedado sola.

La soledad puede matarte de pena, o puede hacerte fuerte. No lo olvides.

Que suene una canción y escucharla en el más absoluto silencio es un verdadero placer. A veces, no nos damos cuenta que tenemos a nuestro alcance el poder disfrutar de pequeños momentos que son capaces de llenar nuestra alma, podemos suspirar tranquilos, podemos disfrutar de algo que se va a meter poco a poco dentro de nosotros. Dejamos salir un poco del dolor que queda dentro a través de un suspiro… y entonces, cuando sentimos ese vacío que ha dejado en nuestro cuerpo y nuestros sentimientos, sabemos que en el momento que empecemos a dedicarnos pequeños momentos y nos dediquemos a lanzar suspiros que se lleven en el aire el daño que nos han hecho, nos sentiremos un poco más libres, nos sentiremos un poco más nosotros mismos y que poco a poco, conseguiremos estar en paz. El tiempo todo lo cura, o eso dicen.

Aquella tarde de viernes, en la que el sol y la primavera observaban la buena energía que les mandaban a aquellos mortales que paseaban por la tierra, decidí cambiar mi vida. Aquella tarde de viernes escuché una canción en silencio, la escuché tantas veces como lágrimas quedaban en mi cuerpo, suspiré en silencio y fui sacando parte de un dolor que casi no me dejaba respirar: el dolor que producen las faltas de respeto, el dolor que produce la falta de cariño, de confianza y de complicidad, el dolor que produce entregarse tanto a alguien y perder la esencia de uno mismo. Aquella tarde de viernes, la soledad me agarró fuerte de la mano y me pidió que me levantara del sofá. Fuera, había un mundo lleno de sol, de terrazas llenas de gente, de colores alegres, de macetas llenas de flores, de cervezas fresquitas sobre las mesas, de risas sanas, de gente alegre, de la que a mí me gustaba, de la que alguna vez fui. Hice una maleta con pocas cosas. Cuando uno decide cambiar su vida, a veces, es mejor dejar todo atrás, porque es inevitable que los recuerdos te persigan, pero si cambias el decorado, los recuerdos se ven de otro color, y parecen mucho más lejanos.

Un pequeño instante puede cambiar toda una vida. Quizás fue una canción, o fue un rayo de sol entre mis cortinas… Cuando le dije que me marchaba, por supuesto, ardió Troya, pero no lloré y esta vez, cuando me agarró del brazo, le dije que no me volviese a tocar nunca más.

Me instalé en casa de quien siempre había sido mi mejor amigo, aunque yo me hubiese ido, supongo que los buenos amigos se quedan siempre, en silencio, observando los errores que cometemos desde lejos, para salir en nuestra ayuda en el momento que necesitamos que nos rescaten, que nos resuciten, que nos salven.

Hay decisiones que aunque se deberían tomar mucho antes, alguna vez han de ser tomadas. De aquello aprendí muchas cosas, pero sobre todo, en la vida, he aprendido que sólo quiero rodearme de gente que me quiera de verdad, con respeto y cariño, de gente que me coja de la mano y me sonría, quiero mil canciones en silencio y mil suspiros que se lleven el dolor que una vez estuvo dentro. He aprendido que mi personalidad es mía, y una vez se resurge de entre las cenizas nadie puede volver a cortarte las alas, porque nunca más permitirás que te roben, por amor, tu libertad.

Imagen de Google.

Imagen sacada de Google.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

 

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El juego prohibido, la pasión y la mentira.

Me gusta escuchar historias, me gusta inventarlas, me gusta escribirlas, me gusta contarlas… Hoy os traigo este relato. Para aquellos que tienen en su vida un “qué habría pasado si…”, y eso, amigos míos, lo tenemos todos. Porque hay historias que marcan, otras que se olvidan, algunas que se recuerdan, otras que se entierran… Pero las historias siempre son nuestras, y seguro que todos habéis sufrido alguna vez por haber perdido un tren… Seguro que también habéis sonreído cuando habéis decidido no subir. Porque no olvidéis, que al final, no somos tan distintos.

Os dejo este relato, para que leáis despacito… Que es jueves, y los jueves siempre son bonitos.

EL JUEGO PROHIBIDO, LA PASIÓN Y LA MENTIRA

“Perdóname. Sólo puedo y debo empezar así. Perdóname por aparecer ahora mismo, de la nada, desde la sinrazón, desde dónde esto ya no tiene sentido. Perdóname por el tiempo, por la distancia, por matar los sentimientos. Perdóname por haberme ido, por no saber darte, por no poder hacer, por no encontrar el valor. Perdóname por estas palabras, por empezar como tú lo hiciste, porque ya nada puede empezar, porque ya no queda nada, porque ya no es nuestro, porque sé que siempre creíste que nunca lo fue. Hoy he escuchado tu voz y sin querer, he sentido el aroma de tu piel e inevitablemente he tenido esta estúpida necesidad de decirtelo. Perdóname…”

Releyó tantas veces como pudo, le temblaban las manos, le temblaba el corazón. Cerró los ojos y le dio al botón. Mensaje enviado.

Qué día tan agotador… Parecía que todo estaba demasiado oscuro, el día era gris, el cansancio se le pegaba a las pestañas y las ojeras arrastraban la evidencia de unos días de trabajo interminables. Sonó el móvil, era un correo electrónico y estaba segura que sería alguien de la oficina, esos inoportunos que no saben controlar su reloj, que no saben respetar el horario, que no asimilan el descanso. No quería mirarlo, no le apetecía, así que lo dejó sobre la mesa, se preparó un te verde, su favorito, y se tumbó en el sillón. El gato dormía, y los niños estaban con su padre. En aquella casa tan grande y solitaria se respiraba silencio. Por fin, silencio. Se quedó dormida casi sin querer y cuando se despertó, como una cruel manía que ya  parecía algo innato, cogió el teléfono. Había demasiados mensajes sin leer, y demasiados correos sin abrir. Sólo había dormido un rato y aquello parecía arder. Con uno ojo abierto y el otro incapaz de despertar, miró por encima. Lo que sospechaba era una realidad. E-mails inagotables de trabajos, de dudas y propuestas, hasta que un nombre abrió como platos los ojos aún dormidos y la mirada que se resistía a despertar. No, la verdad es que no dudó en abrirlo, leyó rápidamente mientras el corazón, inconsciente, se aceleraba. Volvió a leer, palabra por palabra. Leyó con calma y sentía cómo le iban temblando las manos. Leyó y volvió a leer hasta casi aprenderse esas palabras, que sin saber por qué estaban acuchillando sus recuerdos, hasta aprendérselas de memoria. Soltó el móvil sobre la mesa y se quedó tumbada. No tenía ningún derecho a escribirle. Ya no.

Habían pasado cinco horas y sabía perfectamente que ese correo había llegado a sus manos. ¿Cómo no iba a llegar, si se pasaba veinticuatro horas pendiente del teléfono? Seguramente lo había leído nada más enviarlo, pero no iba a contestar. Al fin y al cabo, era lógico. Estaba en todo su derecho.

Ya era tarde, y el frío penetrante encerraba a la gente en casa. Aún así decidió dar un paseo, necesitaba darlo. Se puso el gorro de lana que le acababan de regalar por su cumpleaños, unos guantes, el abrigo más caliente que tenía y con las manos en los bolsillos, decidió lamentarse por las calles. ¿Por qué le había escrito? No tenía derecho a entrar en su vida así. Pero, ¿por qué no? Ella hizo lo mismo. No iba a contestar a ese correo, lo sabía, pero había sido inevitable escribirle. Aquella chica… ¡Dios mío! Aquella chica tenía su misma voz. La había oído de lejos, en una simple cola de supermercado, pronunciar a penas dos palabras con la cajera, palabras con una sonrisa que inevitablemente le recordaron a su sonrisa. Como una bomba de recuerdos, en cuestión de segundos, las imágenes habían vuelto a su cabeza, las risas, las lágrimas, su pelo, su piel, sus besos… Su voz.

Es increíble, pero siempre pasa. Un momento, un hecho concreto, un segundo del tiempo, un instante y el mundo se para, la mente viaja y eres capaz de revivir algo que habías enterrado hacía tiempo, demasiado tiempo. Eran jóvenes, y tenían tantos sueños, que creyeron que juntos podrían comerse el mundo, que superarían los obstáculos y que el tiempo sólo era una cuestión que debían atravesar juntos…

Era un domingo por la noche, con un invierno a las espaldas y la primavera casi llamando a la puerta, cuando un mensaje, entre risas, entró en su correo. Ella se estaba riendo, de la situación, de él y de la vida. Era la mejor amiga de alguien demasiado cercano, pero a penas había oído mencionar su nombre. Por entonces, era una absoluta desconocida. Aquel mensaje fue fresco y gracioso, no había maldad, ni intenciones. Hasta que las hubo. Decidió contestarle, sin saber por qué, entrar en su juego. Ni si quiera sabía cómo era, pero le resultaba divertido, poco común, una huída de lo rutinario. Los mensajes se fueron encadenando, y el juego fue demasiado peligroso. No sabía ni cómo, ni por qué, pero a medida que pasaban las semanas sólo necesitaba saber de ella, cada vez más, quería saberlo todo. Qué le divertía, qué le asustaba. La había visto en fotos. Era evidente que le gustaba. Le gustaba mucho más de lo que hubiese deseado.  Llegó a desearla sin ni si quiera haberla visto, sin saber cómo era su voz, cómo caminaba, como sonaba su risa… Pero deseaba acariciar su piel, y morder sus labios. Deseaba abrazarla, dormir junto a ella. La deseaba. 

Dudó si debía contestarle. No podía saber si debía o no. ¿Se lo debía a él? ¿Se lo debía a si misma? ¿Se lo debía al tiempo? Por quién no se lo debía, sin duda, era por él. Él, quién compartía sus sueños con ella. Quien la abrazaba cada día y la cuidaba cada noche…  Había pasado demasiado tiempo, y no lo necesitaba. Pero le temblaban las manos… sólo quería saber cómo estaba, si era feliz, si lo había sido, si estaba bien, si necesitaba algo… A ella siempre le preocupaba si los demás necesitaban algo, aunque últimamente incluso eso descuidaba.

Volvió a leer el e-mail… Habían pasado tantos años…

Pasaron semanas hablando, sin conocerse, sin verse, deseándose, queriéndose, jugando a lo imposible, desafiando a la realidad, burlándose de la lealtad. Ella le deseaba tanto como él la deseaba a ella. Sabía a lo que se exponía, sabía en qué lugar estaría, sabía que sería una mentira, sabía que sería escondida, que sería inexistente, ella, que siempre quería ser protagonista. Le hizo un guiño al tiempo y al dolor que sabía que llegaría, pero se abrazó a la ilusión y a la esperanza de que al final ganaría. Preparó una maleta pequeña, compró un billete de tren y le dijo que estaba de camino. Huía de la ciudad, y de la vida misma. La acompañaba esa persona en común, ese nexo de unión que sin querer había cruzado sus vidas. La acompañaba hasta el destino, que bien lo conocía, y allí, en el momento oportuno desaparecería. Él les esperó con una sonrisa, y hubo una presentación oficial, con dos besos que morían por ser miles en sólo uno, por juntar labios y unir vidas… Se fueron a su casa de la playa, y aquel fue el mejor fin de semana de su vida. La pasión gritaba por toda la casa, las paredes se hacían pequeñas ante tal inmensidad, ante lo que ellos sentían. Hicieron el amor, toda la noche, todo el día, se comían a besos y se comían a risas. Se querían, el juego se les había ido de las manos y volver atrás ya no sabían…

Acabado el fin de semana, volvieron los mensajes, ahora acompañados por un “te echo de menos…”. Pero ella era la sombra, frente a quien ante el mundo, ante familiares y amigos era la protagonista, la oficial, la verdadera. Ante todos menos ante su confidente, su nexo, su cómplice, que empezaba a sufrir demasiado por todo lo que venía… Dos ciudades distintas, una pareja de tres, dónde la tercera era ella, dónde la sobra era ella, era sobra y también sombra. Y ahora, al recordarlo, se daba cuenta que lloraba…

La noche caía con fuerza, y además empezaban a caer los primeros copos de nieve, el invierno venía vestido de tipo duro y decidió volver a casa, aún con las manos en los bolsillos, preguntándose mil veces por qué le había mandado ese correo y recordando lo mucho que le gustaba… Cabizbajo al recordar su cobardía y lo infeliz que le habían resultado los años, y los días. Aquello duró demasiado tiempo, habían sido los mejores meses de su vida. Ella era luz, era vida, era alegría, era risas. Es más, ella era su luz, era su vida, era su alegría, era su risa. Se sentía cobarde, egoísta y era capaz de revivir el juego, el único juego de su vida del que se sentía un absoluto perdedor frente a quienes le consideraban frío y calculador. Habría muerto por ella, no tenía duda. Pero eran unos niños, ella estaba lejos, tenía ganas de comerse el mundo y él se conformaba con comerse su pequeña ciudad de costa, quedarse cómo estaba, con su rutina de siempre, con sus cosas de siempre. Recordaba cómo se sintió totalmente perdido… ¿Realmente había amado a dos mujeres al mismo tiempo? Lo que era real es que a una la había engañado totalmente, y a la otra, sin duda, le había fallado. En las promesas y en los sueños. Sus recuerdos estaban vivos, demasiado vivos. Recordaba cada encuentro, cuando ya no hacían falta cómplices, cuándo sólo estaba ella, ella por encima de todo, por encima de la realidad y la mentira, ella, su risa y su voz. Recordaba cada vez que la había besado, aquí o allí, cada abrazo, cada caricia, cada vez que le había hecho el amor, como no se lo habían hecho nunca, recordaba sus lágrimas, sus noches en vela ante la indecisión, ante dos caminos tan distintos. Uno, le acomodaba. Otro, le atemorizaba. ¿Valiente o cobarde? Esa era la cuestión. Llevaban así muchos meses, mucha distancia, mucho dolor y lo que tendría que haber pasado, más bien pronto que tarde, pasó. Ella le pidió que tomase una decisión.

La amaba, sabía que la amaba y que posiblemente se arrepentiría siempre si no luchaba por demostrarle que esa era su verdad.

Esa noche, su marido no había ido a dormir, las cosas no iban demasiado bien, el trabajo la tenía tan absorbida que había dejado de lado las cosas más importantes de su vida. Su relación se marchitaba poco a poco y había días que él ni si quiera aparecía. A penas pasaba tiempo con sus hijos, y siempre acudía a su ex marido para que se hiciese cargo de ellos, porque había salido a última hora una reunión. Su vida personal se estaba destruyendo mientras la profesional alcanzaba su máximo esplendor, y era una lástima no ser consciente de poder combinar las dos.

Y ahora aquel e-mail… ¿Por qué? ¿Por qué le había escrito? ¿Qué quería? ¿Qué buscaba? Sin saber por qué, al despertar por la mañana fue en lo único que pensó. En él. Él, cobarde y egoísta, que no supo hacer frente a la situación, que salió vencedor del juego, viviendo en la mentira. Él que tomó una decisión, y como todo en su historia esa decisión llegó a través del ordenador. ¡Un correo electrónico a modo de despedida! Un correo electrónico en forma de adiós, para acabar cómo todo había empezado, obviando los besos, las caricias, la complicidad y el amor. Y ahora… ¡Diez años después volvía a enviarle un e-mail! No lo podía creer…

Llamó a la oficina, y sin saber muy bien por qué, le dijo a su secretaria que no se encontraba bien y que no iría a trabajar. Prometía volver al día siguiente y ponerse al día con todo y todos, pero le dijo que ese día no iba a estar disponible para nadie. Se preparó un te y sujetó el móvil en la mano, mientras se paseaba de arriba a abajo por todo el salón.

¿De verdad seguía sintiendo algo? ¿De verdad un simple correo le estaba provocando todo esto? Quería contestarle, quería decirle que le odiaba, que había estado pensando en él durante todo ese tiempo, que se había casado, que tenía dos hijos preciosos y un ex marido engreído al que no soportaba, quería decirle que se había casado por segunda vez con un hombre maravilloso, al que amaba, sólo a él, y que su relación se estaba pudriendo porque ella había conseguido ser dueña de una multinacional que crecía por segundos.

Quería verle. Quería besarle. Ella también quería volver a sentir su voz, a acariciar su piel, a jugar al juego prohibido, a ver sus ojos, a hacer el amor en la casa de la playa, y a decirle al oído que siempre sería suya… Pero al idealizar todo aquello vivido en plena juventud, se acordó de lo mucho que echaba de menos los besos de su marido, las caricias y las risas, las flores frescas, el desayuno de la risa, el color en las paredes y la alegría en su mirada. Las infidelidades le habían dolido demasiado, y el juego prohibido había sido un juego lleno de dolor arrastrado por el tiempo, una cicatriz en la espalda que seguramente no desaparecería jamás. Lo que sí había quedado era el tiempo y la distancia, los recuerdos y el olvido. Cogió el móvil y borró aquel correo.

Salió de casa y cogió el primer taxi que vio. Su marido estaba desayunando, en la cafetería de siempre, en la mesa de siempre.  Ella se sentó con una sonrisa.

-¿Me invitas?.- Le dijo. Y vio como la mirada se le encendió como el primer día.

Borró aquel correo y enterró aquellos recuerdos, sonrío para si misma y supo, más que nunca, que hay trenes que pasan y no vuelven, aunque lo intenten.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Te querré siempre, Daniel Sempere.

Hoy es uno de esos martes en los que me he levantado con mil cosas que hacer. Mi cabeza ya corría mientras mi cuerpo le pedía a la almohada y a las sábanas que me atrapasen unos minutos más. Con el olor del café y los besos de buenos días he empezado a hacer mil cosas y he pensado en un mensaje que recibí ayer. Pensar en este mensaje me ha hecho trasladarme a hace unos días, cuando un buen amigo citaba en una red social una lista de nombres que habían marcado su vida. Estos nombres eran de profesores y profesoras que encaminaron nuestra educación y nuestra adolescencia, que formaron parte de nuestros pensamientos y decisiones, que formaron parte de nuestros miedos e ilusiones, como alumnos y como personas. Sí, este buen amigo y yo compartimos aula, sillas, sueños y libros, y por tanto, todos estos profesores también son parte de mi vida.

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Me resulta maravilloso como a pesar de los años, muchos de ellos siguen formando parte de mí, de mis anécdotas, de mis experiencias y mis metas. Siguen dándome consejos, ayudándome en las preocupaciones y sonriéndome en los éxitos… Algunos de estos nombres me arrancaron una sonrisa al leerlos, y hoy, al pensar en ellos, me ha bombardeado la imagen de la portada de mi libro favorito. Supongo que se debe a que sigo asociándolo al momento en el que lo descubrí, o quizás es porque hace demasiado que no lo leo…

Hoy te quería contar algo que te quise contar desde el principio. Era diciembre de 2003, o enero de 2004, no lo recuerdo bien, cuando en una entrevista en televisión alguien habló de La Sombra Del Viento. Al día siguiente, le pregunté a mi profesora de literatura si lo conocía. Me sonrió y me dijo que ya era hora de que me apeteciese leerlo. Al día siguiente me prestó su ejemplar. Hoy, millones de personas lo han leído, pero por aquel entonces, la mayoría de la gente que me rodeaba no había oído hablar de él jamás. Me sentí aventurera y pionera en unas páginas que muchos desconocían, y me enamoré desde su “Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados…” hasta su última frase.

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La magia de la literatura, del cine o de la música, es el idioma universal de sus historias. Siempre encontrarás un reflejo de ti en una canción que te encante, en una película que te apasione o un libro que te emocione. Como quién ve su película favorita a menudo, o quien nunca se cansa de escuchar la canción de su vida, yo nunca me canso de leer La Sombra Del Viento. Lo hago una vez al año. Me gusta reencontrarme con sus personajes, verles de nuevo, imaginar sus días, sus preocupaciones y sus sueños. Me gusta descubrir cosas nuevas en mí cada vez que los veo a ellos.

Quizás he leído libros mejores en mi vida, pero todavía no he sido capaz de descubrirlo, ni reconocerlo, y eso sólo hace que los personajes de Carlos Ruíz Zafón sigan siendo mis favoritos entre todos  y cada uno de los que sigo conociendo a través de otras páginas y otras historias… Si eres de los que aún no lo han leído, sólo puedo decirte que lo hagas, y si ya lo has hecho, estoy segura que sonríes cada vez que recuerdas a Daniel Sempere, Beatriz Aguilar, Julián Carax, Penélope Aldaya o a Fermín Romero de Torres…

La Sombra del Viento imagen sobre el libro

Me enamoré de todos ellos cuando sólo tenía 16 años, pero si alguien me robó el corazón desde la primera vez que le descubrí, fue Daniel. Su personaje, su personalidad, su bondad y su pasión por la lectura, me han hecho muchas veces desear dar un paseo con él por una antigua Barcelona, sentarme a tomar un café en Els Quatre Gats, o andar sin prisa hasta la Avenida del Tibidabo y pararme a observar el palacete que se alza en el número 32. Muchas veces he anhelado no poder perderme entre los pasillos y laberintos del Cementerio de los libros Olvidados, o no poder observar el escaparate de la Librería Sempere e hijos, en la calle Santa Ana. Creo que fue este libro quién me hizo enamorarme de Barcelona… de la Barcelona de calles grises y tiempos fríos. Me gusta la Barcelona actual, pero sueño con la magia de aquellas calles y muero de rabia con las injusticias sociales de aquellos tiempos.

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A La Sombra del Viento le siguieron El Juego del Ángel y El Prisionero del Cielo. Maravillosos ambos, pero inigualables al primero. Todos ellos entremezclan una historia y unos personajes… El desenlace de todo llegará en el cuarto libro, que  Ruíz Zafón todavía no ha publicado.

Hoy pensar en mis profesores favoritos me ha hecho querer perderme de nuevo entre una Barcelona de posguerra, para desear el fracaso del inspector Fumero, y luchar por el bienestar social de unos personajes a los que quiero. Unos personajes que reflejan, sea como sea, la historia de miles de personas que vivieron una época de nuestra historia que no debe ser repetida, pero mucho menos olvidada. Ahora más que nunca, debemos ser fuertes y no permitir que nos hagan retroceder en el tiempo, ni permitir jamás que nos quiten nuestros derechos. Gracias a mi amigo Vicent por recordarme los buenos docentes que tuvimos. Gracias a ellos, por enseñarnos a ser mejores personas e inculcarnos valores esenciales. Gracias a ellos, por permanecer en el tiempo y la distancia, por seguir sonriendo y amando su trabajo, a pesar de que les estén recortando sus vidas.  Gracias a Carlos Ruíz Zafón, por despertar mi alma cada vez que me pierdo entre sus palabras.

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A ti sé que ya te había hablado sobre mi pasión sobre el escritor catalán, pero hoy necesitaba contarte cómo me enamoré de sus personajes, y cómo le juré amor eterno a Daniel Sempere.

Feliz martes, amigos.

Lorena.

Las malas lenguas siempre mueren.

A veces, es mejor guardar silencio. Porque la mayoría de las veces el silencio no es una falta de respuesta, sino que el silencio se convierte en la respuesta más sincera. Hay una frase en una de mis películas favoritas, La Vida es Bella, que me encanta y dice: “El silencio es el grito más fuerte”.

A veces, uno necesita silencio para responderse a sí mismo, para echar un vistazo a su alrededor y sonreír por lo que gusta, e incluso lamentarse por lo que está mal. Nos encontramos en una sociedad llena de ruidos, de relaciones sociales, de tecnología y comunicación durante las veinticuatro horas del día. Yo, personalmente, debo reconocer que soy una adicta a las redes sociales, a internet y la comunicación en general. Donde incluyo, por supuesto, las relaciones personales y la comunicación no verbal.

Hoy te quería contar que he decidido regalarme unos minutos de silencio. Quizás es gracias a un libro que terminé de leer hace unos días. En las fechas señaladas la gente sabe con qué regalo acertar y eso pasó en mi cumpleaños. Muchos de mis amigos me regalaron libros, los cuales, por cierto, aún tengo por leer. Mi amigo Marc me regaló varios, uno de ellos es del que te vengo a hablar. 99 Maneras de ser feliz, de Gottfried Kerstin, una guía de pequeños placeres que te ayudan a iluminar la vida, a valorar las cosas, a verlo todo desde otro punto de vista.

Soy una persona muy positiva, con mucha energía y os prometo que la mayoría de los días me levanto con ganas de comerme el mundo. Intento siempre vestirme con una sonrisa y salir a la calle sin dejarla en casa. Siempre suelo ver el lado bueno de las cosas  y de las cosas malas aprendo, como todos. También me lamento y también me duelen, pero si es cierto que las olvido facilmente. Y no es por nada, pero se vive muy tranquila si te tomas la vida así.  Por eso, quizás, nunca he sido mucho de libros de autoayuda (no porque crea que no los necesito, sino porque muchas veces me olvido de ellos). Pero éste, edición bolsillo, pequeño y fácil de leer, me ha enseñado que la vida hay que gozarla, disfrutarla, hay que vivirla y hay que ser feliz. 

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Otra de mis frases favoritas se la leí una vez a Alejandro Sanz en una dedicatoria de uno de sus discos, y decía: “Si todo el mundo supiera que funciona eso de trabajar codo con codo, en vez de a codazos…” y hoy, al pensar en el libro, hacerle caso y regalarme unos minutos de silencio, la he recordado.

El silencio me ha hecho pensar en la competitividad que no es sana, en la envidia profesional y personal, en la gente que necesita preocuparse e intentar solucionar la vida de los demás. Cuando esto pasa, este intento nefasto de solución no es una ayuda, sino un intento de destrucción. De destrucción que hay veces que afecta, y otras que te hace fuerte. Pues yo soy más de la segunda parte, porque es más saludable y porque hace tiempo decidí echar a la gente mala de mi vida en el momento de detectarla. Decidí rodearme de gente buena, de corazones sanos, de quienes se alegran por los triunfos y no sonríen ante los fracasos. De los que dan la mano, de los que te aprietan fuerte, porque como siempre digo, por suerte, a nuestros amigos los elegimos. 

 

“La envidia es la religión de los mediocres. Los reconforta, responde a las inquietudes que los roen por dentro y, en último término, les pudre el alma y les permite justificar su mezquindad y su codicia hasta creer que son virtudes y que las puertas del cielo solo se abrirán para los infelices como ellos, que pasan por la vida sin dejar más huella que sus traperos intentos de hacer de menos a los demás y de excluir, y a ser posible destruir, a quienes, por el mero hecho de existir y de ser quienes son, ponen en evidencia su pobreza de espíritu. Mente y redaños. Bienaventurado aquel al que ladran los cretinos, porque su alma nunca les pertenecerá”.

Carlos Ruiz Zafón.

 

Hace poco me enteré del daño que las malas lenguas intentaban hacerle a una persona a la que quiero, a la que quiero mucho. Y hoy el silencio me ha llevado a pensar en ella, a querer protegerla y mimarla, a estar a su lado y sonreír mientras aprende, mientras se hace fuerte y no deja que le afecte. A todas esas personas que se preocupan tanto por las vidas ajenas, sin estar en ellas, les aconsejo, desde mi humilde conocimiento, que lean 99 Maneras de Ser Feliz. Quizás sonríen un poco más y quizás la vida no les resulta tan amarga. Porque al final, las malas lenguas siempre mueren.

 

Feliz jueves, amigos.

Lorena.