No todos los políticos son iguales.

Nos han hecho tanto daño político que no es extraño escuchar a alguien decir “no confío en ningún político“, “no me creo a ninguno” o “todos los políticos son iguales“. Pero no, no todos los políticos son iguales. Yo, que confío en las personas, tengo esperanza y confío en la razón, siempre estoy segura de que hay excepciones, aunque sólo sea para confirmar la regla. Como en cualquier asunto de la vida. Hoy, te lo quería contar.

Ayer por la noche estuve con mi amiga Lydia y justo le dije que no tenía ni idea sobre qué iba a escribir en el post de hoy. A veces, desgraciadamente, las noticias te sorprenden y te dan el tema a tratar. Hoy, cuando me he despertado, mi mejor amigo me había escrito un mensaje en el que me anunciaba la muerte de Pedro Zerolo y me pedía que escribiese sobre él. Me ha invadido la pena, porque a veces, cuando muere alguien que no conoces, pero de quien sin conocer sabes que tiene un gran corazón, la pena llega de forma inevitable. Me he sumergido en mis redes sociales y todo el mundo se hacía eco de la noticia.

MD35. MADRID, 25/10/08.- El secretario de Movimientos Sociales y Relaciones con las ONG del PSOE, Pedro Zerolo, sostiene una pancarta que condena el machismo, durante la manifestación convocada esta tarde en Atocha, Madrid, por una asamblea de hombres para protestar contra la violencia de género. EFE/VÍCTOR LERENA

La muerte no perdona a nadie, es algo que sabemos que existe desde casi el comienzo de nuestra historia, pero es algo para lo que casi nadie estamos preparados nunca. Yo, personalmente, es a lo único que le temo en la vida. Qué cosas.

Cuando muere alguien que ha luchado por el bienestar social como lo hizo Zerolo, es imposible no sentir un vacío inmenso, y entonces, una vez más, te preguntas por qué no existen más personas así, porque el ser humano, en vez de ser lo contrario en su gran mayoría, no se empapa de la fuerza y buena energía de algunos que parece que simplemente fueron enviados para intentar salvar el mundo o, al menos, mejorarlo en todo lo que esté a su alcance.

Como muchos ya sabéis, soy una gran defensora del colectivo homosexual. Muchas de las personas que forman parte esencial en mi vida son homosexuales, pero no por ello respeto cualquier condición sexual. Respeto cualquier condición sexual porque yo creo en el amor y las personas, porque yo amo la libertad y la felicidad y porque todo ser humano tiene derecho a amar, a ser libre y a ser feliz. Estoy segura que somos muchos los que pensamos así. De hecho, quiero pensar que todos los que me leéis pensáis así.

Zerolo lo pensaba, pero no quiso quedarse de brazos cruzados. Él quiso luchar por el amor, por la libertad, por la felicidad, por la igualdad, por los derechos, por las personas y por un mundo más justo en el que todos vamos a convivir. Porque no todos los políticos son iguales.

Hoy, al verle protagonizar tantas noticias, me he encontrado con un sin fin de imágenes suyas. El cáncer le había consumido, le había quitado fuerza a su cuerpo, pero en cada una de las imágenes, todavía sabía conservar una sonrisa fuerte, llena de ilusión y de esperanza, no por él, que ya era consciente que más bien pronto que tarde se iría, sino esperanza por este mundo que nos dejaba y por el que había luchado sin límites mientras había estado por aquí. Hay personas que tienen magia en el alma, y eso, queridos, ni el maldito cáncer lo sabe destruir. Zerolo brillaba, estoy segura que ha brillado hasta el final.

Mi amigo Tomás compartía en Facebook una entrevista que El Mundo publicaba hace casi un año. Una entrevista maravillosa que me ha hecho emocionarme y de la cual, he creído necesario rescatar algún fragmento.

P. No va a renunciar a trabajar…
R. No, nunca. Acabo de proponer en el Ayuntamiento 10 medidas urgentes para luchar contra la pobreza infantil. Quiero trabajar hasta la victoria final. Y si no hay victoria, es que no es el final.
P. Si naciera otra vez… ¿volvería a ser político?
R. Volvería a ser un servidor público con discurso político. De izquierdas, claro.
P. ¿Y cuando escucha: ‘¡los políticos todos a extinguir!’?
R. Hay una enorme desafección y tiene su explicación. Hay algunos políticos que no han entendido su función como un servicio público. Los que así lo entendemos no hemos tenido mayor problema. Pero sí, hay mucho cabreo e indignación y eso hay que corregirlo. En mi caso, la gente conoce mi trabajo y la pulsión suele ser muy positiva. Creo que hay que recuperar la identidad.

Quizás no ha sido una casualidad que junio haya sido el mes de su despedida, de su incansable lucha, de su batalla perdida, pero tantas cosas ganadas… Junio es un mes importante para muchos homosexuales que en el Orgullo Gay saldrán por las calles de Madrid a alzar banderas llenas de colores y a brindar por la libertad y la igualdad, y estoy segura que este año, todos le llevarán en la memoria. Quizás no ha sido casualidad que haya esperado a ver cómo nuestro país vivía unas elecciones con un cambio notable en el enfoque político, en la ideología, en la necesidad de renovarse, en la esperanza y la ilusión… Quizá, quién sabe.

Hoy no hay colores políticos, hoy sólo hay vacío y una tristeza inmensa al ver como la vida, a veces, es excesivamente injusta, y como el cáncer ataca sin elección ni condición. Hoy hay un vacío y una tristeza inmensa por la pérdida de un hombre que luchó por los derechos de las personas, y vio repercusiones sociales gracias a su lucha. Gracias Pedro, muchísimas gracias.

Estoy segura que hoy, incluso aquellos homosexuales que sin sentido se aferran a partidos políticos que rechazan su condición sexual, miran al cielo en silencio, y aunque no se atrevan a pronunciarlo en voz alta, le están dando las gracias.

Hoy, el periodista Isaías Lafuente twitteaba: “En el más allá Pedro Zerolo ya debe estar peleando para que la igualdad sea eterna. DEP”. Yo también lo creo.

Hoy es un día triste, sin ninguna duda.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

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Ju(z)gando.

¿Sabéis que suelen aburrirme bastante las rutinas? Al final, con el tiempo, siempre me pasa: me aburro de todo. No sé si es porque siempre quiero más, porque soy tan nerviosa que necesito movimiento constante y necesito cambios, pero lo cierto es que cada X tiempo, necesito cambiar un poco las cosas, por eso mismo, hoy he decidido publicar por la mañana, aunque supongo que sólo será hoy, como excepción, porque me apetecía hacerlo así, y porque a la hora de escribir, siempre prefiero la noche.

Pasada la Semana Santa, las escapadas, los reencuentros con amigos o familiares, disfrutar la playa y el pueblo o la felicidad de la desconexión, la vuelta a la rutina tiene un sabor agridulce. Por un lado, te sientes con las pilas totalmente recargadas y llenas de energía y por otro, lamentas que el tiempo haya pasado tan rápido.

Además de las rutinas, muchas veces, los seres humanos también me aburren. Nos pasamos la vida juzgando a los demás, y eso, amigos míos, me aburre bastante. 

Nos encanta convertirnos en justicieros y creer que sabemos toda la verdad y creemos tener el poder para hablar y sentenciar, para opinar con toda libertad y razón y juzgar las actitudes de los demás ante la vida, como si además de nuestra vida,  también la de ellos nos perteneciese.

En los pueblos, estos juicios se incrementan y a la hora de opinar, todos son capaces de hacerlo. En las ciudades también pasa, a menor escala, pero pasa.

Juzgamos a esa persona que ha dejado a su pareja porque se ha enamorado de otra, sin saber lo más mínimo de cómo ha sido su relación o su vida, pero juzgamos que lo hagan, porque… ¡Qué poca vergüenza!

Juzgamos a aquellos que se acaban de conocer y gritan su amor a los cuatro vientos, que suben fotos constantemente a las redes sociales y nos resultan un poco pesados… Sin saber si realmente están viviendo la etapa más bonita de su vida y compartirla con los demás les hace felices…

Juzgamos a aquellos que se pasan la vida de fiesta, como si su diversión nos estuviese molestando. Nos encanta opinar y cuestionar.

Juzgamos a esa pareja que lo dejó hace tiempo, pero se siguen viendo a escondidas, mientras esos encuentros son un secreto a voces, les juzgamos y comentamos, y si nos paramos a pensar… ¿Qué más nos da?

Juzgamos a esas personas que deciden tener un amante distinto cada semana, sin pararnos a pensar que el sexo es uno de los placeres más absolutos  y que cada uno decide qué hacer con su cuerpo y su vida… Pero nos encanta juzgar.

Cuando somos pequeños, juzgamos a ese niño que le encanta jugar con muñecas, o a esa niña que juega al fútbol, sin entender que lo único que podría faltar en nuestra sociedad para que fuese totalmente irracional, es que siendo niños no se pudiese jugar a lo que uno quiere…

Juzgamos a las personas por su forma de vestir, como si esas prendas estuviesen dañando nuestra vista de forma real.

Juzgamos a nuestros vecinos, a nuestros conocidos, a nuestros compañeros de clase o compañeros de trabajo, algunas personas se atreven a juzgar a sus amigos, e incluso, juzgamos a los desconocidos.

¿En qué mundo vivimos? ¿Dónde están nuestros límites? Juzgamos por juzgar, juzgamos porque creemos que tenemos derecho a hacerlo, porque creemos que nos da poder y control, juzgamos por pasar el rato, por tener una conversación (y después nos quejamos de que a la gente le guste ver telebasura y morbo en televisión) y siempre, siempre, diremos que nos da igual lo que hagan los demás, es más, solemos insistir, sobre todo, en que nos da igual lo que piensen los demás de nosotros, pero en la mayoría de los casos es mentira.

Nos encanta juzgar y nos creemos justicieros cada vez que abrimos la boca para dar nuestra opinión, pero sin embargo, no soportamos a aquellos que se creen jueces cuestionando y juzgando nuestras vidas. Eso nos molesta, nos incomoda y nos enfada. ¿Qué sabrá ese de mi vida para hablar así de ella? A todos nos ha pasado alguna vez, ¿verdad?

Nos encanta juzgar, pero odiamos ser juzgados y no nos damos cuenta que ninguno de nosotros, absolutamente ninguno, somos jueces y que las vidas de las personas, sus rutinas y su día a día, en ningún momento están siendo sometidas a ningún tipo de juicio, no nos damos cuenta que no conocemos ni una mínima parte de las cosas que cuestionamos y juzgamos, y no nos damos cuenta que aunque la conozcamos, son cosas que realmente no nos interesan.

El ser humano se aburre demasiado, con la de cosas que hay por las que realmente preocuparse ahora mismo en este mundo que está tan loco.

Nos acostumbramos a juzgar desde pequeños y no nos damos cuenta que juzgando, estamos jugando con los sentimientos de los demás.

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El día que consigamos ser libres de juicios, de ser jueces, testigos y juzgados, estoy segura que todos conseguiremos ser un poquito más felices.

Supongo que ha sido un post diferente, pero como hoy necesitaba cambiar mi rutina, me parecía necesario.

Feliz martes, amigos.

Lorena.

Café enfriado, como siempre.

Ya tenía ganas de que la semana se volviese a parar en el martes, pero, de verdad, los días pasan tan rápido, que no parece que hayan pasado tantos desde la última vez que nos leímos. Ha dejado de llover en Madrid y hoy el sol ha querido salir a pasearse por la ciudad, a ver si le dejan quedarse, que las nubes ya sabéis que son muy peleonas, pero bueno, ya sabéis que no me importa. Ayer, por ejemplo, disfruté de una tarde de lluvia maravillosa.

Tenía ganas de volver con un relato, de eso sí que hacía mucho, así que aquí os lo traigo. Es un relato diferente, en la estructura, en la expresión y en la forma. Es un relato en el que seguro más de una persona se sentirá identificada y un relato con el que espero que, al llegar al final, reflexionen sobre cómo quererse a sí mismo por encima del dolor que intenten causar los demás, o que causan sin querer. Como decía Shakira en una de sus canciones: “Siempre supe que es mejor, cuando hay que hablar de dos, empezar por uno mismo…” . Nunca supe si ella lo decía de esta misma forma, pero yo siempre lo entendí así. Cuando te enamores, enamórate mucho y quiere con mucha fuerza, pero no te olvides, si te están haciendo daño, de quererte a ti más.

Hoy te lo quería contar…

Café enfriado, como siempre. 

Creo que empecé a tomar café más bien tarde, no sé a qué edad empiezan normalmente las personas a tomar café, pero yo debería tener, al menos, veinte años. Quizás fue en la facultad, entre clase y clase, en las épocas de exámenes, no sé muy bien cuando ni por qué. Nunca me lo he planteado. Lo que si sé es que siempre me pasaba igual, me gustaba calentar el café hasta el punto en el que al coger la taza con mis manos estuviese bien caliente y su aroma subiese lentamente. Una vez servido, me costaba beberlo así, lo dejaba enfriar y al final, siempre se enfriaba demasiado. Y siempre me pasaba igual. Y siempre me pasa. ¿Te acuerdas?

Hoy miro la taza, que me espera impaciente, caliente, humeante, y sé que todavía no nos podemos encontrar, tendrá que pasar un rato, mientras asimilo todo lo que me está pasando. El teléfono no deja de sonar, un sin fin de mensajes y llamadas que no me apetece contestar. Es más, no me apetece ni si quiera mirar. Necesito soledad. Necesito silencio. Porque me ha costado mucho tiempo encontrarme, pero al final, encontrarse a sí mismo, aunque no sea una tarea fácil, es imposible que salga mal, y  mira que yo, he estado perdida.

Me perdí hace mucho tiempo, todo ese tiempo en el que dejé de sonreír. Porque yo antes sonreía mucho, ¿sabes? Sonreía siempre, cuando me despertaba, cuando bajaba a la calle y me cruzaba con algún vecino en el portal, cuando iba hasta la esquina a comprar el pan recién hecho a primera hora del día, sonreía cuando llegaba al trabajo, aunque odiase trabajar para una compañía de seguros y odiase tener que estar pegada al teléfono todo el día para reclamar a los clientes una gran cantidad de impagos que llevaban a sus espaldas, y todos con la misma historia: no tenían dinero, era la crisis del país, y tenían razón. Aún así yo sonreía, sonreía cuando salía del trabajo, cuando me paraba en el Starbucks a comprar un Mocca Blanco que me iba bebiendo por el camino hasta llegar a casa, sonreía mientras recogía mi casa y la limpiaba, sonreía cuando preparaba la cena, cuando veía la tele o cuando leía un buen libro. A veces también lloraba, pero siempre fui más risueña que melancólica. Los fines de semana me reunía con mis amigos, en alguna terraza del barrio, entre cervezas y risas. Me gustaba mi vida y sonreía porque era feliz.

Cuando te conocí sonreía todavía con más fuerza. No te esperaba, ¿sabes? Llegaste sin avisar, cuando no me apetecían compromisos, cuando no me apetecían explicaciones, ni tenerlas que dar, cuando me apetecía estar sola y disfrutar de una libertad que tú prometías y que con el tiempo traicionaste. Entonces, cuando te conocí, supe que era una sorpresa, un regalo de la vida, una oportunidad de ser más feliz, de encontrar ese amor, que aunque no me apeteciese, tanto anhelaba. Y me enamoré de ti, me enamoré locamente, como seguro que no había hecho antes, y te lo dije, te lo dije una y otra vez, que eras lo mejor que me había pasado jamás, y tu me decías lo mismo, me prometías una y otra vez que nunca habías estado así con nadie, que lo nuestro era fuerte e irrompible, que la vida había cruzado nuestros caminos y no permitiríamos que se separasen jamás. Me mirabas y yo veía en tus ojos todas y cada una de las verdades de tus palabras, estabas locamente enamorado de mí  y sólo me hacía falta adentrarme en tus pupilas para sonreír como nunca antes había sonreído, para sentirme afortunada y especial, para saber que tenía que ser así, para darle fuerza y credibilidad al destino, que había cruzado nuestras vidas y nuestros corazones. ¿Te acuerdas cómo nos mirábamos? Nos mirábamos con tantísima fuerza, con tanta pasión… ¿Te acuerdas cómo nos besábamos? Lo hacíamos constantemente, en cualquier rincón, como una extraña fuerza que se apoderaba de nosotros y no nos dejaba utilizar la razón. Nos rozábamos la piel y ardían nuestras almas, ¿te acuerdas? Éramos puro fuego, deseo y pasión. Recuerdo perfectamente la primera vez que nos tumbamos en una cama. Queríamos hablar y contarnos cada uno de los detalles de nuestras vidas, mientras nos acariciábamos la piel, y no pudimos evitarlo, a los tres segundos nos estábamos devorando. Me besaste con tantas ganas, me cogiste con tanta fuerza… Me llevaste al paraíso mientras yo bordeaba con mis piernas tu cintura, mientras te sentía mío con tanta fuerza que quería gritar y llorar ahí mismo, en aquel instante, en aquella habitación, porque nunca había sido tan feliz. ¿Te acuerdas cómo me acariciabas? Te encantaba pasar tus dedos, finos y delicados, suaves y señoriales, por mi espalda, lentamente, de arriba a abajo, mientras nos reíamos y soñábamos, mientras planeábamos nuestro futuro, nuestras vidas, e imaginábamos el paso del tiempo, mientras imaginábamos cómo íbamos a recorrer el tiempo cogidos de la mano, mientras tus manos acariciaban mi espalda desnuda, entre nuestras sábanas, entre las cuatro paredes de la que habíamos hecho nuestra casa.

¿Te acuerdas cuándo me preparabas sorpresas? Cuando un día, por que sí, me llenabas la casa de flores y el aroma del jazmín se impregnaba en cada rincón, en cada almohada, en cada libro, en cada camisa o en cada canción que sonaba. Cuando otro día, sin motivo alguno, me llenabas las paredes de notas con frases que habías rescatado de conversaciones que yo había olvidado. Cuando, de repente, me sorprendías y me llevabas a cenar a mi restaurante favorito, cuando nos tumbábamos en el sofá a ver películas mientras comíamos palomitas, cuando nos despertábamos un domingo, sin ningún tipo de prisa, y nos pasábamos horas y horas mirándonos a los ojos, acariciándonos las manos, riéndonos a carcajadas, besándonos hasta el alma…

Yo era consciente de que algún día todo podía cambiar, ¿sabes? Claro que lo era, no por nada, sino porque siempre he sido racional y realista. Sabía que nada es eterno y que en las relaciones, la magia del principio hay que aprovecharla con todas las fuerzas que uno tiene, porque cuando menos te lo esperas… Llega la rutina y la arrasa. No sólo la rutina, perdóname, llega también la confianza y la confianza tiene cosas buenas y cosas malas. Desgraciadamente, a veces, ganan las malas. El mal humor se encierra en casa, incluso el que viene de la calle, ese también se queda en casa. Podía haber sido bonito, estoy totalmente segura de ello, porque me conozco, porque sé como soy, porque las mujeres somos así, porque somos más pasionales en todos los aspectos, en las guerras y en el amor, porque le ponemos más ganas a todo, a lo bueno y a lo malo, a la alegría y a una discusión, pero en el fondo, siempre queremos que las historias de amor salgan bien, porque por alguna extraña razón queremos que así sea, porque somos más sensibles, más nostálgicas y porque, joder, de pequeñas todas hemos soñado con un cuento de hadas. Por eso sé que no me han faltado ganas, por eso sé que no me habrían faltado nunca. Pero claro, me quitaste la ilusión, ¿te acuerdas también de eso?

¿Te acuerdas cuando dejaste de mirarme con esa ternura y esa magia? ¿Te acuerdas cuándo empezaste a gritarme? ¿Te acuerdas en qué momento empezaron a molestarte todas y cada una de las cosas que hacía? No sé si te acordarás del momento exacto, pero vamos, acordarte, supongo que te acuerdas. Yo me acuerdo perfectamente, me acuerdo cuando en alguna discusión ni si quiera levantabas la vista del televisor, me acuerdo perfectamente cuando empezaste a llegar tarde a casa y siempre era porque tenías mucho trabajo, menos cuando era porque algún amigo te había insistido para que te quedases a tomar unas cervezas. Me acuerdo perfectamente cuando dejaron de brillarte los ojos al mirarme, cuando dejaste de tocarme con pasión o cuando dejaste de prepararme sorpresas. Me acuerdo cuando los domingos, te molestaba quedarte horas en la cama y el problema era que yo era una aburrida y quería estar siempre en casa, me acuerdo la primera vez que me tumbé boca abajo, entre nuestras sábanas blancas, y mi espalda desnuda se quedó esperando que la recorrieras de arriba a abajo, se quedó sola y fría, esperando tus manos que ya no resultaban ser tan bonitas. Me acuerdo cuando a penas me hablabas, cuando siempre estabas cansado o cuando te pasabas horas y horas enviando mensajes en tu teléfono (e-mails de trabajo, siempre). 

¿Te acuerdas de la mañana en la que me di cuenta de todo? Una camisa blanca llena de maquillaje, incluso restos de pinta labios de un rojo bastante feo, por cierto. ¿Te acuerdas cuándo me decías que todo tenía una explicación? ¿Te acuerdas cómo lloraba? ¿Te acuerdas cómo gritaba de dolor? Y no, no se te caía la cara de vergüenza. Es más, te atrevías a pedir perdón, a decir que había sido un error. Me gustaría recordarte que no dejamos de hacer el amor porque yo me quedaba dormida, me gustaría recordarte que no dejaste de llenar la casa de flores o notas porque yo estaba distante, me gustaría recordarte que no nos quedábamos viendo películas y comiendo palomitas porque ya las hubiésemos visto todas, me gustaría recordarte que pisoteaste mi dignidad, mi confianza, mi respeto, mi amor incondicional, mis besos, mis caricias, mis ilusiones, mis sueños y mis lágrimas. Me gustaría recordarte que me hiciste daño, porque podría decirte que me arruinaste la vida, pero no, no te iba a permitir también eso. Conseguiste que llorase durante muchas noches, eso sí. Pero bueno, ya lloraba durante horas cuando estábamos juntos y tú ni te inmutabas, ¿te acuerdas también de eso?

A veces me he sentido estúpida, ¿sabes? Por no haberme dado cuenta antes, por no haber hecho yo lo mismo… Pero eso sólo lo pensaba cuando estaba muy enfadada, después me daba cuenta que yo no lo había hecho, porque ¡YO NO SOY IGUAL QUE TÚ!

Hace un rato me he dado una ducha lenta, en silencio, con velas, con agua muy, muy caliente, y la he dejado bajar lentamente por mi cuerpo, la he dejado acariciar suavemente mi espalda, porque si ahí, por alguna de esas estúpidas casualidades de la vida, todavía quedaba alguna de tus huellas, las borrase con calma, que se llevase consigo cada una de tus caricias impregnadas en la memoria de mi piel, que se llevase todos y cada uno de los recuerdos que aún guardo tuyos, lentamente, sin prisa, que en ocasiones como esta, a veces, no está mal hacer larga una despedida. 

Tras la ducha he preparado café, muy, muy caliente, que por cierto, ya está completamente frío en la taza, como siempre. Ahora me lo beberé, pero claro, al haber dejado ir cada resquicio de dolor que quedaba en mí, por el desagüe de la bañera, he creído que podía darte las gracias, ¿por qué no? Si yo siempre he sido muy educada. Gracias por cada grito, porque ahora estoy segura que jamás volveré a permitir que nadie me levante la voz, gracias por cada muestra de indiferencia, porque ahora, jamás me entregaré a alguien que no me merezca, gracias por cada falta de cariño, porque ahora, jamás volveré a estar con nadie que no me demuestre cada día que me quiere con todas sus fuerzas. Gracias por todas las lágrimas que he derramado, porque te aseguro que todas y cada una de ellas me han hecho, cada día, un poquito más fuerte, hasta convertirme en alguien invencible. Gracias por las mentiras, porque ahora sé que no podré confiar en el primer cretino que se cruce en mi camino. Gracias por esta experiencia, porque te aseguro que he aprendido muchísimo de ella.

Gracias y, por cierto: buena suerte, porque créeme que tú, la suerte, la vas a necesitar. Es más, vas a necesitar mucha (ya sabes, por eso del karma, que yo siempre he sido de creer en esas cosas, y el karma es muy sabio…)

Por cierto, que he vuelto a sonreír, ¿sabes? Como antes hacía, ¡Qué fuerte! Casi ni lo recordaba, y ahora, que por fin me he encontrado, sé que nada sucede por casualidad y que no puedo ser más feliz. 

Ni un abrazo de cordialidad.

Sara.

Envió aquel e-mail para despedirse de aquella historia, porque a veces, cuando pasa el tiempo y el dolor se suaviza, podemos ver las cosas de otra forma, y muchas veces, es necesario poner un punto final. Cogió la taza de café y dio el primer sorbo, se había enfriado, como siempre.

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Buenas tardes-noches, amigos.

Lorena.

Como agua para chocolate.

“Elige un trabajo que te apasione y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”. Hace un rato estaba en el sofá, era mi momento de relax del día. Un té verde caliente me abrazaba de vez en cuando los labios y el silencio hacía eco en mi casa. Ojeando Facebook me he topado con esta frase, que la compartía mi amiga Stella con una imagen, y me ha hecho sonreír. No hay nada más cierto.

En los últimos tiempos nos han acostumbrado a dos cosas muy distintas. Por un lado, la sociedad nos envuelve con mensajes positivos, en un sinfín de objetos y en un sinfín de mensajes e imágenes en las redes sociales, y por otro lado, los tiempos que corren y la situación del país, te hacen auto-convencerte de que tener un trabajo es un privilegio. Vivimos un momento social en el que los sueños quieren arrancar con fuerza, y la situación, muchas veces los acaricia con pena, los frena, y aquí volvemos a repetirnos que no nos podemos rendir. No queremos hacerlo nunca. Queremos trabajar, y queremos trabajar en aquello que realmente nos hace felices, queremos llevar a cabo nuestros sueños y queremos que nuestro trabajo sea nuestra inspiración, ¿verdad?.

Si todo el mundo pudiese dedicarse a lo que realmente ama, a su verdadera vocación y su trabajo fuese su pasión, viviríamos en un mundo menos complicado, dónde seríamos más eficaces y más felices. Parece fácil, ¿no?

Algunos de los momentos más felices de mi vida los encuentro aquí, cuando todo está en silencio y yo me dispongo a escribir. Cuando me olvido de que todo lo demás existe, cuando me relajo, cuando pienso y hablo a través de palabras a las que otros le pondrán la voz…Pero he de confesaros que hace poco he descubierto algo que me relaja también mucho, algo que hasta el momento me había llamado la atención, pero quizás, no había descubierto de verdad. Hoy te lo quería contar…

A veces me río cuando pienso que esto sólo me está pasando porque me estoy haciendo mayor, pero jamás habría imaginado que cocinar fuese uno de los grandes placeres de mi vida. Hace unos meses empecé a probar recetas que mis amigas me contaban o que encontraba en internet, a encerrarme en la cocina, sin prestar atención al móvil, con algún disco bonito de fondo, podía (y puedo) pasarme incluso horas… y cuando terminaba de elaborar el plato y de recoger y limpiar todo, empecé a darme cuenta de lo bien que me sentía, de lo mucho que me gustaba. He empezado a organizar mi tiempo para que me dé tiempo a cocinar, es más, hay momentos en los que directamente, sé que no puedo hacer algo, porque ya tenía pensado ponerme entre fogones a experimentar cosas nuevas. Me divierte, me relaja… Ultimamente, les mando fotos a mis amigas, a mi madre y a mis tías, de lo que voy haciendo y nos reímos juntas, porque he de reconocer que no se me da nada mal y sí, nos reímos también de lo mayor que estoy haciendo. No os preocupéis, de momento, podéis estar tranquilos. Ni esto se va a convertir en un blog de cocina (que por cierto, me encantan!) ni voy a intentar que cocinar sea mi nueva profesión. Lo pienso seguir disfrutando en mi casa. 😉

Esta mañana, mientras preparaba la comida y picaba una cebolla me he puesto a llorar. Siempre me pasa, como le pasaba a Tita. Cada vez que corto una cebolla y no puedo abrir los ojos porque me pican y porque están llenos de lágrimas, me acuerdo de ella.

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A Tita la conocí en mi época adolescente, cuando en el instituto, mi profesora de literatura me hizo el favor de ponerme como deber leer Como agua para chocolate  (¡Ay, Amparo! Cuántas cosas tengo que agradecerte…). Recuerdo que cuando lo leí en el instituto, no me compré el libro, alguien me lo prestó y que unos años después, mi amiga Mireia me regaló su ejemplar con una dedicatoria bien bonita. Ella sabía que yo estaba enamorada de aquel libro, y os prometo que no sé cómo, hasta hoy, no os he hablado de él.

Hoy me he acordado de Tita, de su historia de amor, de las aventuras de la novela y he pensado que no podría escribir sobre ello porque ya os lo habría contado. Cuál ha sido mi sorpresa cuando al revisar Google y el blog, me he dado cuenta que nunca os he hablado de esta historia. Entonces he sonreído y he sabido que este sería nuestro post de hoy.

La maravillosa Laura Esquivel publicó Como agua para chocolate en el año 1989, yo sólo tenía dos años y jamás podría imaginar que mientras yo iba aprendiendo prácticamente las primeras cosas de la vida, estaba naciendo, al mismo tiempo, el que mucho tiempo después se convertiría en uno de mis libros favoritos. Un libro que es una pieza fundamental de la literatura contemporánea.

La historia gira entorno a Tita, su protagonista, una mujer dulce y valiente. Tita es la menor de tres hermanas y nació de forma prematura en la cocina de su casa, y así pasará el resto de su vida, entre fogones, especias, sopas, leche y cebollas… En esta historia, dónde lo extraordinario se mezcla con lo mundano, la protagonista encuentra a través de sus platos su forma de expresión, transmitiendo a aquellos que los prueban sus sentimientos más profundos, desde la tristeza más grande hasta el más ardiente deseo.

Cada capítulo del libro empieza con una receta de cocina y a través de ellas, el lector se adentra en una historia de amor, injusticia, deseo y desesperación.

En la familia de Tita existe una costumbre que no se puede romper y recuerdo que a mi me impactó muchísimo. La hija menor no podrá casarse, ya que deberá quedarse al cargo y cuidado de sus padres cuando estos sean mayores. Mamá Elena, la madre de Tita, acabe siendo un personaje siniestro y aterrador en esta historia. El problema viene cuando Tita se enamora locamente de Pedro y su familia se opone rotundamente, ya que ella debe seguir la tradición. Pedro, perdidamente enamorado de Tita, se casará con su hermana mayor, Rosaura, para poder estar cerca de ella.

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Ambientada en la revolución mexicana y en su gastronomía, los ingredientes y los platos que cocinan nos servirán de nexo y metáfora a lo largo de la historia, como símbolos de dolor, fe o pasiones incontrolables.

Como agua para chocolate es una de las obras principales del movimiento literario “realismo mágico” y además fue llevada al cine a principios de los años noventa y está considerada como una de las mejores películas mexicanas. Pocas veces, tras leer un libro, me convence su versión cinematográfica, y en este caso, no pude hacer una excepción. Prefiero la novela, la magia de las páginas, las letras acariciadas y sus personajes inventados en mi mente, mil veces.

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Hoy, mientras lloraba picando cebolla, me ha sido inevitable, una vez más, acordarme de ella, a la que también le pasaba, de ella, de su historia de amor y dolor, de esas que me gusta leer, y claro, también escribir.

Os invito a haceros con un ejemplar y a adentraros en esta historia que estoy segura os va a encantar.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Infiel.

Vengo con una semana de retraso. Los que me seguís en mis redes sociales, sabéis que la semana pasada me escapé unos días a mi casa y por eso no hubo post el martes anterior. Me fui tres días que como bien podréis imaginar supieron a muy poco, pero exprimí mi tiempo al máximo. Estuve con mis amigas, con mi familia, en casa de mis abuelos, fui a comer a la playa, paseé por las calles de l’Olleria, aproveché para recoger a mi prima Marta del colegio… pequeños detalles que, al final, son los que a mí, al menos, me dan la vida. Es cierto, también, que prometí que aplazaba el post para el fin de semana, pero al volver a Madrid, un catarro se apoderó de mí y en mis ratos libres sólo necesitaba un sofá, una manta y un caldo bien caliente. Así que, por fin, hoy, me vuelvo a reencontrar con vosotros, y os aseguro que os he echado de menos.

Hoy te quería contar algo de lo que me he dado cuenta hace algún tiempo. Para muchos de vosotros, los relatos son vuestra parte favorita del blog, y he de decir, como ya he dicho otras veces, que también son la mía. Me gusta tanto escribirlos e inventarlos, como reencontrarme con ellos un tiempo después, me gusta, sobre todo, ver vuestra respuesta ante ellos, los sentimientos que os han provocado, hasta dónde os han hecho viajar por vuestra memoria y vuestra reflexión, me gusta que os sintáis, de vez en cuando, identificados con ellos y me gusta que rescatéis frases que cuando las leo en vuestros mensajes o vuestros tweets es cuando me doy cuenta de lo bien que suenan, porque las habéis hecho vuestras, y sin ninguna duda, de una forma mágica e inconsciente, hemos conectado.

Cuando invento alguna historia, es inevitable no escribir sobre el amor, y en esta semana, que se acerca San Valentín, es imposible no ver mensajes publicitarios llenos de corazones y amor por todas partes. Yo, a pesar de ser muy romántica, no soy mucho de celebrar esta fecha, no por nada, sino porque es algo que está impuesto y que me hacía mucha ilusión, quizás, con quince años, pero ya no. (Menos mal que no me ha pasado lo mismo con el día de los Reyes Magos!).

He de reconocer que no soy de celebrar San Valentín, no soy de hacer regalos, ni de esperar recibirlos, seguramente saldré a cenar, pero como cualquier otro día, como algo normal, no me esforzaré en tener que hacerlo porque el calendario lo indica. Al final, eso acaba pareciéndome algo incómodo.  He de reconocer que, a pesar de ello, me gusta que haya un día dedicado al amor, como me gusta que haya un día dedicado a la lucha contra el cáncer, un día contra la violencia de género, un día de la sonrisa… Porque es importante que se dediquen días a algo que forma parte de nuestra historia, de nuestra sociedad, o de nosotros como personas. Es bonito que se celebre San Valentín y me encanta que haya gente que lo viva con ilusión y prepare su celebración como algo especial, sólo espero que quien así lo viva, se acuerde de vivirlo de esta misma forma el resto del año, porque, al final, es lo que enriquecerá nuestro corazón y acabará siendo importante en nuestras vidas.

Una vez, hace mucho, mi amigo Pepe me dijo que era una luchadora en el amor, y aunque ahora lo recordemos entre risas, razón no le faltaba. El amor es uno de los ingredientes esenciales en mi vida, y aunque ya haya dedicado algún post a hablar de ello, creo que es bueno recordarlo de vez en cuando. El amor nos complementa desde que no somos conscientes de ello, desde el amor de tu madre que es la primera persona a la que te aferras cuando comienzas el minuto cero de tu historia, el resto de tu familia, hasta el amor de los amigos que irán pasando por tu lado a lo largo de la vida. El amor de tu pareja acabará de formarte como persona en un punto exacto de tu vida. Supongo que los chicos que han pasado por mi vida, de los que alguna vez me he enamorado, me han enseñado muchas cosas. Algunas de ellas, cosas que sé que nunca más querré que se repitan, y otras que rescataré y seguiré haciendo una y mil veces, pero, sin duda, me han dado eso: aprendizaje y momentos que me han hecho crecer y acabar de crear mi personalidad, mi actitud y mi posición frente a las relaciones y el amor, y aunque algunos se queden para siempre en la memoria y otros hayan sido olvidados hace tanto que ni me acuerdo, forman parte de mí como mujer, de mi historia y mis sentimientos.

Llega un momento, en el que sólo necesitas una cosa del amor: que te dé paz. Hace casi tres años que sentí por primera vez una unión indescriptible con otra persona y entonces empezamos una aventura juntos: la aventura de ser amigos, de querernos, cuidarnos, protegernos, entender nuestros más y nuestros menos, la aventura de arrancarnos sonrisas, de dar abrazos en silencio, de secar lágrimas, de apoyar sueños, de respetarnos, de entregarnos toda la confianza del mundo, de darnos libertad, de crear complicidad, de aprender a convivir, a crecer, y a recorrer el tiempo cogidos de la mano… Eso es para mí el amor. Así, tan simple y fuerte cada día, todo el año, y no solamente porque se acerque el 14 de febrero.

En las historias que escribo tengo el poder de decidir qué quiero que les suceda a cada uno de los personajes, me gusta ponerles dificultades que no querría en mi vida real, y me gusta hacerles sufrir para regalarles, algunas veces, un final feliz. En el tiempo y la vida, aprendes a vivir con el amor bueno y el amor malo, porque el malo, aunque no lo quieras, lo conocerás. El amor malo es aquel que hace daño y hace llorar, el que no sale bien o ni si quiera empieza con buen pie, el que ahoga y mata, hasta que llega el que sonríe y salva, y eso, amigos míos, siempre pasa.

Hace tiempo me di cuenta que en muchas de mis historias escribo sobre amores imposibles, sobre infidelidades y sobre historias que aparentemente son perfectas pero acaban siendo algo totalmente roto en pedazos. Esas historias existen, y aunque no nos gusten, nos cuesta menos implicarnos en ellas, porque sabemos que hablan sobre la vida misma, sobre las rutinas, sobre las pasiones, sobre las vidas estancadas y las ilusiones momentáneas, sobre la pasión olvidada y la recién estrenada, sobre el renacer…  Sobre historias que quizás alguna vez hemos vivido, sobre historias que quizás algún día viviremos, sobre historias que han vivido nuestros amigos, o sobre historias que aún de lejos, te resultan familiares. Hace poco me topé de nuevo con una película que hacía muchos años que no veía. La disfruté en silencio y cuando terminó, pensé que ojalá la hubiese escrito yo. Porque a mí me gusta escribir sobre el amor, en todas sus variedades, sobre el amor bueno y el amor malo, sobre el que da paz y el que hace daño.

Dirigida por Adrian Lyne, Infiel se estrenó en el año 2002. Edward (Richard Gere) y Connie Summer (Diane Lane) son el matrimonio perfecto: tienen dinero, un buen trabajo, un hijo al que adoran y una casa preciosa a las afueras de Nueva York. Un día, por pura casualidad, Connie conoce en el centro a Paul (Olivier Martinez), un joven francés que colecciona libros y que resulta ser muy atractivo. Entre ellos empieza una fuerte relación de pasión y juego que acabará destrozando la vida de todos.

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No es una película que vería cada día, pero me gustó verla de nuevo. No es la película más apropiada para recomendar en la maravillosa semana del amor, pero me apetecía hablar de ella. Si no la habéis visto, ya sabéis.

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Para los más románticos, os diré algo que me acaba de llegar ahora mismo en un mensaje de whatsapp. Me lo envía mi tía Ivana, que me conoce bien y sabe que es una de mis favoritas. Esta noche, en Nova, podremos disfrutar de El diario de Noah, que quienes me lleváis leyendo mucho tiempo, ya sabéis que es una historia que me apasiona. Una película que siempre me emociona, que nunca me canso de ver y para mí, una de las películas de amor más bonitas de la historia. Además, está basada en un hecho real y eso hace creer, aún más, en las historias mágicas, en el amor que puede doler y salvar a la vez, aunque tenga que esperar mucho tiempo.  Esa sí me habría gustado, de verdad, escribirla yo. Es más, esa me habría, incluso, encantado vivirla. 😉

A veces, el amor duele, a veces es maravilloso, y a veces nos hace volvernos completamente locos.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

No lo podía evitar.

Hoy me he despertado pensando que debía anunciar que a pesar de ser martes, un nuevo post tendría que esperar… Iba a aplazarlo hasta mañana, pero finalmente, he podido organizarme para sentarme con vosotros una semana más. Con la resaca de descanso de estos días de puente maravillosos en los que he aprovechado para estar con mi gente, para pasear bajo las luces de Navidad de Madrid, para dormir sin prisa y comer con calma… Vuelvo con un post que ya sé que no os va a emocionar.Hoy no toca un post de esos que mueven los sentimientos, de esos en los que me comentáis que habéis llorado, que habéis reído, que os ha hecho viajar, recordar… Porque el post de hoy sólo es una opinión sobre un artículo que se ha publicado en un medio de comunicación, con él sólo espero que me entendáis, que me comentéis qué opináis sobre estos temas, que hablemos y debatamos…  Hoy, te lo quería contar.

Ante todo, voy a recalcar que no vengo a cuestionar ni criticar la profesionalidad de nadie a la hora de hacer su trabajo, sólo quiero hablar de algo que he estado pensando estos días y sobre lo que finalmente me he decidido a escribir.

A finales de la semana pasada, mi amigo Oscar me envió unos pantallazos por whatsapp. En una conocida página web habían publicado un artículo en los que se hablaba de la vida actual de algunos que fueron niños prodigio de nuestro país. Por supuesto, salía Bom Bom Chip. No dudé en compartirlo en mis redes sociales, añadiendo y dándole todo el protagonismo a Cometo, mi perro, que aparecía en la publicación, y no porque fuese niño prodigio, no. Cometo salía en brazos de Sergio, vestido el perro de Papá Noel, muy acertado para la fecha, y me hizo mucha gracia.

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En el artículo se describía brevemente qué había sido de María Isabel (“Antes muerta que sencilla”), Bom Bom Chip o los hijos del doctor Nacho Martín en Médico de Familia, entre otros. En el caso de los actores de la conocida serie de Telecinco, las imágenes de su actualidad, eran imágenes de apariciones públicas que ellos habían hecho recientemente. En el caso de Bom Bom Chip no. ¿Por qué? Porque no las hay. ¿Por qué? Porque Bom Bom Chip no ha querido volver a aparecer en ningún programa de televisión, ni en ningún medio de comunicación. ¿Por qué? Porque estamos hablando de algo que sucedió hace más de veinte años, algo que por supuesto les emociona recordar, algo que guardan con muchísimo cariño, algo que marcó sus vidas, su infancia, pero algo que forma parte del pasado, porque a día de hoy, sus vidas están alejadas de todo aquello, y aquello sólo es un precioso recuerdo.

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Quienes me conocen, saben que he sido la fan más fan de Bom Bom Chip y como tal, si no les conociese, también me encantaría saber que ha sido de ellos con los años… Claro que sí, pero me habría gustado saber realmente qué ha sido de ellos y sobre todo si ellos estuviesen dispuestos a que se supiese. En el artículo, en ningún momento se les falta al respeto, ni mucho menos, se les ha tratado con “cariño” y se ha intentado escribir sobre sus profesiones actuales. ¿La pena? Que se hayan basado sólo en perfiles de Facebook para ello y se hayan alejado un poco de la realidad.

Está claro que para escribir este tipo de artículo no vas a hacer la investigación periodística de tu vida, porque yo tampoco la haría, pero al menos, habría intentado documentarme, dedicarle unas cuantas horas, intentar hablar con ellos , contrastar información… Al menos, es lo que me enseñaron mis profesores en la facultad.

Lo que más me ha sorprendido de todo, y por ello, estoy aquí sentada, es el origen de las fotos de la actualidad de Bom Bom Chip. Dos de esas fotos (las de Sergio, claro) están publicadas por mí en nuestros Facebooks personales y privados. No tenemos a quién ha escrito el artículo entre nuestros amigos en esta red social, y las fotos no son públicas, no creo que se hayan encontrado en Google, la verdad. Sólo es curiosidad saber cómo han llegado hasta ellas. Le escribí dos veces a través de twitter al periodista que firmaba el artículo, sólo por curiosidad, de verdad. Dos tweets que no tuvieron respuesta y estoy casi segura que leyó.

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Tanto Twitter como Instagram son redes sociales que tengo abiertas y sé que cualquier información o foto que suba ahí está al alcance de todo el mundo, sé que muchas fotos de Sergio se pueden coger directamente de ahí, pero por eso subo lo que quiero y lo que me apetece compartir con gente a la que no conozco de nada. Aunque me haga gracia que mi perro esté en un medio de comunicación, es verdad que las dos fotos que se han publicado son personales y ambas muy familiares. ¿De verdad perdemos toda nuestra intimidad cuando subimos algo a internet? ¿Aunque sea para compartirlo con nuestros amigos más cercanos?

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El caso de María Isabel va más allá. Ayer, a través de Twitter, me di cuenta que tanto ella, como sus fans, estaban muy, muy enfadados por este artículo. El calificativo “choni” es un calificativo despectivo que a nadie nos haría gracia que nos adjudicasen, como no le ha hecho ningún tipo de gracia a ella. Podría haber sido un artículo gracioso y ha sido un artículo que ha hecho daño. De su foto en Eurojunior pasaron a una foto de ella detrás de la barra de un bar de copas. No pasaría nada si fuese camarera, es un trabajo muy, muy digno y sacrificado y la verdad, muy poco valorado, pero al parecer no lo es y, además, la foto tiene varios años. Al parecer aquella niña tan graciosa que nos hizo bailar al son de “Antes muerta que sencilla”, sigue en la actualidad luchando y persiguiendo sus sueños y al parecer, entre sus proyectos más inmediatos está el lanzamiento de un nuevo trabajo discográfico. Creo que no habría costado nada preguntarle, por lo que he visto, tiene mucha actividad e interacción en su cuenta personal de Twitter y no creo que le hubiese importado responder a un par de preguntas con tal de que posteriormente se publicase algo que ella considerase ajustado a su realidad.

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De verdad, no he venido a cuestionar el trabajo de nadie, porque no soy quién para hacerlo, por supuesto. Simplemente he dado mi opinión sobre cómo yo habría hecho las cosas. Si he decidido escribir este post es porque no es la primera vez que se escribe sobre la vida actual de los chicos de Bom Bom Chip sin ningún tipo de información más allá de cuatro características de algún perfil en alguna red social.  Hace unos meses descubrí un blog en el que publicaban un post muy similar a esto, un antes y un después de muchos niños que habían pasado hacía años por la pequeña pantalla, y no daba crédito a lo que leía, ninguna información era verídica. Aquel post sí era horrible de verdad. Insisto en que en este artículo en ningún momento se les falta el respeto, ni nada por el estilo, simplemente he pensado en nuestra intimidad como usuarios de internet, de todos y cada uno de nosotros, también los que estáis leyendo esto y le he dado muchas vueltas, pero finalmente he sabido que escribir sobre ello era algo que no podía evitar. 

Del artículo por el que hoy escribo, he de decir que sí es cierto que de todos ellos, sólo Sergio sigue dedicándose a la música, es un gran guitarrista (yo entiendo poco de música, pero sé lo que comentan los músicos que le oyen tocar), tiene un grupo de latin jazz, sí, Obatalá, entre cuyos músicos también está el actor Víctor Elías. Además, tiene entre manos un proyecto musical increíble sobre el cual ojalá muy pronto me deje entrevistarle y os lo pueda contar todo.

Sergio, José Luis, Cristina, Estela y Rebeca siempre serán los niños de Bom Bom Chip, pero estos niños hoy son adultos que trabajan y viven alejados de la televisión y el espectáculo. Vuelvo a repetir que siguen guardando aquellos años entre sonrisas y anécdotas con mucho, muchísimo, cariño, y que a día de hoy, todos y cada uno de ellos son personas sencillas, humildes, profesionales en lo suyo y sobre todo, son personas maravillosas. Si algún día deciden contar realmente cómo son sus vidas veinte años después, lo harán, pero por favor, que la gente pare de inventar trabajos y profesiones y que paren de subir sus fotos personales.

Esta imagen está subida a mi Instagram desde hace meses, así que es publica desde hace mucho. Os la dejo porque estoy segura que a muchos os va a hacer ilusión, y porque cuando se publicó, ellos estaban de acuerdo.

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De izquierda a derecha: José Luis, Cristina, Rebeca, yo, Estela y Sergio.

Feliz martes y “comienzo de semana”, amigos.

Lorena.

Queremos luchar con ellas.

Durante estos días he estado casi sin conexión a internet, el wifi de casa había dejado de funcionar y los datos en mi móvil estaban totalmente agotados… He pasado unos días bastante desconectada de mis redes sociales. No he podido actualizar mi página de Facebook del blog, no podía ver fotos en Instagram y apenas podía publicar algún tweet… he de reconocer que lo he echado de menos. Nos quejamos por vivir en una sociedad totalmente ligada a las nuevas tecnologías, y nos parece triste que nuestras vidas sean tan dependientes de las redes sociales, de los mensajes instantáneos y de internet… Pero nos guste o no, para muchos, (claro está que más para unos que para otros), estas herramientas son parte de nuestro trabajo, nuestro día a día, nuestra fuente de información y nuestra interacción con personas a las que no podemos ver. Sea bueno o malo, yo necesitaba “volver”.

Temía que llegase el martes y no poder actualizar, pero la buena suerte ha estado de mi lado y ayer, por fin, pudieron venir a arreglar la conexión de casa, y yo, como cada martes, estoy aquí para escribir sobre algo que te quería contar…

Esta mañana, al abrir Twitter e Instagram me he dado cuenta que hoy era un día marcado con fuerza en el calendario, un día de dolor, de rabia, de impotencia, de dar la mano, de secar lágrimas, de mostrarnos enfadados con algunas personas y regalarles una sonrisa a otras cuantas. Día internacional contra la violencia de género. Qué sensación tan agridulce… Es muy triste que la violencia de género forme parte de nuestra sociedad, de este mundo tan raro y loco que nos rodea… Y es confortable saber que haya un día contra ella, oficialmente declarado y a nivel mundial… Eso significa que el tema nos preocupa, nos importa, y que queremos luchar contra él… Hoy y cada día.

Una vez, hace mucho tiempo, cuando era adolescente, estaba cenando con unos amigos y con el que en aquel entonces era mi novio. Yo tendría unos diecisiete años… Estábamos en la terraza de un centro comercial, en un conocido restaurante, en la mesa de al lado, un grupo de gente más mayor cenaba también. Había una niña, tendría unos cinco años más o menos, soy una persona a la que le encantan los niños y siempre que tengo a alguno cerca me es inevitable saludarles o hablar con ellos. La niña me preguntó si el chico que estaba a mi lado era mi novio, le dije que sí, a lo que ella me respondió Y te pega?, me quedé paralizada y horrorizada. Le dije que no, que los novios no pegan. Aquella pequeña conversación se grabó a fuego en mi memoria y cada vez que la recuerdo me muero de pena y me pregunto qué era lo que veía ella en su casa para plantear aquello con total normalidad…

Recuerdo perfectamente que el año pasado escribí ya sobre esto y recuerdo que os recomendé Te doy mis ojos, una película española que trata este tema y que a mí me impactó mucho en mi adolescencia. Recuerdo perfectamente cómo unos días después recibí un e-mail de una lectora que me contaba lo mucho que había llorado leyendo el post, por haber sido víctima del maltrato, por haber sido una víctima de la violencia de género y por haberse sentido identificada con mis palabras. Recuerdo que me daba las gracias y recuerdo que a mí se me encogió el corazón…

Hace unos meses vi en las noticias el caso de una joven que había recibido una brutal paliza de su exnovio, creo recordar que ambos eran menores de edad. Cuando pienso en estas cosas, pienso el miedo que me provoca el ser humano. Tendemos a pensar que sólo las mujeres son maltratadas, porque por lo general, conocemos muchos más casos de víctimas femeninas que masculinas, pero no podemos olvidarnos que también muchos de ellos sufren el maltrato físico y psicológico contra el cual hoy levantamos la voz. No sé si alguno de vosotros vio un vídeo que se compartió durante varios días en Facebook… En él, dos actores interpretaban una fuerte y violenta discusión en plena calle. Cuando la agredida era la mujer, otros hombres y mujeres la defendían. Cuando la víctima era el hombre, ni una sola persona se paró a defenderle. Es más, la gente se reía. Cuando vi ese video entendí que tenemos un problema en cuanto al concepto de violencia de género y entendí que las noticias nos han acostumbrado a que sólo ellas son víctimas, y no es así. Empecemos también a cambiar eso.

De todos modos, sea él o ella, me preocupa mucho que esto siga existiendo, me preocupa que un ser humano que ha confiado en otro, que le ha regalado su amor, su tiempo, su cuerpo y sus besos, acabe siendo víctima de malos tratos de esa persona que una vez le hacía sonreír, esa persona que ahora le produce miedo. Creo que no somos conscientes del gran número de personas que son víctimas de este tipo de abuso. Me preocupa, me da rabia, me repugna, me da miedo.

Me da asco el ser humano que se cree superior y más fuerte que otro como para agredirle físicamente o machacarle psicológicamente . Me da mucha, mucha pena, la gente que tiene miedo a levantar la voz, que se autoconvence en que todo pasará, en que los malos días son sólo una mala racha y cuando pasan los años, se sienten tan destruidos que son incapaces de pedir ayuda. Hoy y cada día creo que debemos gritar que estamos con todas y cada una de esas víctimas, que no están solas, y que además hay muchas asociaciones y organizaciones que las van a ayudar de una forma incondicional. Por suerte, es una de las pocas cosas que funcionan en este país.

dia-internacional-contra-la-violencia-de-generoUna vez más, necesito recalcar la importancia de que nos queramos mucho a nosotros mismos, que nos queramos más que a nadie, sin egoísmo, sólo por autoestima, que nos sintamos fuertes, que no soportemos ni una mínima falta de respeto… Porque el amor, el amor bueno, no duele, no grita, no golpea, no insulta, no hace llorar de impotencia, no intimida, no te hace sentir inferior… El amor bueno no duele jamás, y cuando duele, es cuando nosotros mismos debemos pensar que nos merecemos algo mucho mejor, sin miedos.

Hace un año os hablé de Te doy mis ojos, y hoy os quiero hablar de una película que vi hace muchos, muchos años y que aún recuerdo bastante bien, seguramente por lo mucho que me impactó. Dirigida por Joseph Ruben,  Durmiendo con su enemigo se estrena en febrero de 1991. Laura Burney (Julia Roberts) es una joven casada con un maduro y destacado asesor financiero, Martin Burney (Patrick Bergin). Laura y Martin viven en una preciosa casa frente al mar y parecen el matrimonio perfecto. Más allá de las apariencias, el amor que Martin siente por Laura se convierte en una obsesión enfermiza y la maltrata constantemente. Una tarde, mientras la pareja sale con un vecino a pasear en yate, les sorprende una tormenta y ella cae al mar, donde desaparece.

Mientras todos la dan por muerta, Laura ha fingido su caída para salvar su vida y empezar de cero. Se traslada a otra ciudad, cambia de identidad y conoce a un hombre del que acaba enamorada.  Ben es un profesor de Artes Dramáticas que ayudará a Laura a volver a creer en sí misma, mientras tanto y por una casualidad, Martin descubrirá que su mujer sigue viva y no parará hasta encontrarla.

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Como bien sabéis, la realidad supera la ficción y la violencia de género forma parte de la vida de demasiadas personas. Gritemos con ellas, no están solas, hoy el 016 (teléfono de atención a malos tratos) inundaba las redes sociales, que las víctimas no lo olviden ni un sólo día. No están solas,  esta lucha es de todos y queremos luchar con ellas.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

 

Asesinos.

Nunca pensé que llegaría a gustarme tanto el sabor de la manzanilla… Últimamente estaba tomando demasiado café y aunque bebo manzanilla de vez en cuando desde hace años, es verdad que en las últimas semanas se ha convertido en una infusión casi diaria, y me encanta. Con una manzanilla caliente y el gris tras la ventana, con el frío temprano que ha llegado con tanta fuerza a la capital, hay algo que hoy te quería contar.

Hoy me he reafirmado en algo que llevo pensando desde hace mucho tiempo, y es que… la mayor parte de mi tiempo libre la invierto en el móvil, y me parece un absoluto error (¡y horror!). Me gusta estar enterada de todo al momento, los que me conocéis de verdad y los que sólo me conocéis a través de internet, sabéis de sobra que soy una gran adicta a las redes sociales y a la comunicación. Cuando decido coger el día con calma, sin ningún tipo de prisa, cojo el teléfono y abro una red social, empiezo a leer noticias o a ver fotos de amigos y conocidos… y así, sin querer, quedo totalmente absorbida y soy incapaz de controlar el tiempo. La verdad es que me preocupa, y sobre todo me preocupa pensar que no soy la única y que somos esa nueva generación de la tecnología que vivimos rodeados de mensajes instantáneos, redes sociales y móviles en nuestras manos…

Mi cuenta de Facebook personal la uso para compartir fotos más personales con mis amigos, para ver las suyas, para escribirnos y comentarnos y Twitter es la red social que utilizo para leer noticias, para leer y hablar con gente que no conozco, para informarme, para hablar sobre el blog y por supuesto, muchísimas veces para dar mi opinión sobre temas de actualidad y otros que no lo son.

Al abrir Facebook hoy, me he encontrado, como siempre, con un montón de fotos de amigos con sus mascotas, me he encontrado con fotos de protectoras de animales que no paran de subir cada día casos nuevos sobre perros abandonados que necesitan adopción… Y al abrir Twitter, la noticia que predomina la gran parte de los medios de comunicación que sigo es la llegada del ébola a España, el contagio de la enfermera y su evolución. Inmediatamente, he mezclado estos dos temas y me he acordado de su perro.

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Durante toda esta semana, aunque hablé del tema de forma breve en mis redes sociales, he estado pensando mucho sobre si escribir o no sobre ello, pero hoy, he sentido la necesidad de hacerlo.

La noticia sobre el contagio de otra enfermera en Estados Unidos y el protocolo que se ha seguido con su perro (al que han puesto en cuarentena y observación para poder analizarlo y hacerle pruebas), deja claro, una vez más, la falta de cordura de las personas que gobiernan este país. Deja claro, una vez más, que somos el hazme reír del mundo. Los pardillos por excelencia.

Cuando me enteré que iban a sacrificar a Excalibur, el perro de la enfermera española, sin ni si quiera hacerle ningún tipo de prueba para saber si había contraído la enfermedad, se me paró el corazón. Cuando escuché a su marido, en una intervención telefónica en un programa de televisión pidiendo a los ciudadanos que, por favor, hiciesen campaña y no dejasen que esto ocurriese, cuando explicaba que su perro llevaba doce años con ellos y que era, sin ninguna duda, parte de su familia, cuando explicaba el dolor que sentían, desde un hospital en el que están ingresados sin poder salir, entendí su rabia y se me partió el alma. El alma se me partió de dolor, de impotencia y de indignación.

Me da mucha vergüenza el país en el que vivo. Muchísima. Mi país es precioso, si intento observarlo, veo un país lleno de color, de gente cálida, alegre, con su encanto del norte y su gracia del sur, un país dónde se come de maravilla, un país maravilloso. Pero resulta que mi país lo están destruyendo. Lo están destruyendo una panda de políticos corruptos, incompetentes, egoístas, sin escrúpulos, y no, no me refiero que estén destruyendo sus ciudades y sus calles, están destruyendo a TODOS los ciudadanos que representan (Sí, incluso a aquellos que todavía se atreven a defenderles). Están destruyendo las ilusiones de las personas, los sueños, las ganas, la economía y su bienestar social, pero se ríen. Ellos roban nuestro dinero, viven en casas de lujo, visten ropa carísima y comen en restaurantes que muchos españoles jamás podrán pagar. Así es España, un país de desigualdad, de un gobierno sinvergüenza que nos está quitando la vida (nunca mejor dicho).

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Siempre he sido una gran defensora de que cualquier ser humano puede equivocarse, claro, no somos perfectos, pero cuando unos políticos se equivocan en absolutamente todo y no hacen nada, nada bien, es que algo está fallando, ¿no? Pero tranquilos, ellos no sufren. Les da igual que un país entero esté desesperado pidiendo su dimisión, les da igual todo eso, lo que yo me pregunto es a qué tipo de personas representan, porque a mí, desde luego, NO.

Me puede dar mucha pena que un señor español se haya ido a realizar una labor humana a un país tercermundista y haya contraído una enfermedad, puedo entender que sus familiares quieran que vuelva a casa para darle su último adiós, pero ojo, lo entenderé siempre y cuando esto no ponga en peligro la vida de miles y miles de personas. ¿En qué momento al gobierno se le ocurrió traer a un enfermo de ébola a Madrid cuando ningún hospital estaba preparado para ello? ¿En qué momento pusieron en peligro la vida de trabajadores y ciudadanos? ¿En qué momento nos prometieron que estaba todo controlado? ¿Habrían hecho lo mismo si los enfermos en vez de ser curas, hubiesen sido voluntarios, militares, o periodistas, por ejemplo?

Hijos de puta.

Si mi amigo Fermín me viese ahora mismo, me diría que no es bueno tener tanta rabia dentro, pero en cuanto a esto, no sé sentir otra cosa.

La realidad es que hay una enfermera enferma, en estado grave, que seguramente no sobreviva, un marido destrozado, una familia rota, un país consternado. Además de ello, porque les corría mucha prisa, asesinaron a su perro. Sin ningún tipo de prueba, sin ningún tipo de escrúpulos. Un país entero gritando y haciendo ruido en las redes sociales, expertos pidiendo que por favor no se hiciese, asociaciones de animales queriendo hacerse responsables del animal, pero nada, una vez más, nuestra voz no importaba. Sinvergüenzas, asesinos.

Cuando mataron a Excalibur, tuve ganas de llorar todo el día. Quienes tenemos mascotas, no es que pensemos que son parte de nuestra familia, es que sentimos que es así. Quien conoce el amor de un animal sabe que es puro, incondicional, fiel… Quien conoce el amor de un animal, sabe que es mucho mejor que el de los seres humanos, que aunque nos duela, somos egoístas por naturaleza. Quienes conocemos el amor de un animal sentimos la muerte de Excalibur como una descabellada e injustificada noticia. Habían opciones, porque las había. Quienes sentimos el amor de un animal, aquel día sentimos como la rabia se apoderaba de nuestros corazones y como el odio hacia aquellos que nos gobiernan (que no representan, insisto) se incrementaba por momentos.

Aquella misma noche, leí algo que me sorprendió muchísimo, algo que a mi amigo Antonio le sorprendió tanto como a mí, y con quien pude estar un buen rato hablando sobre ello. Resulta que hubo (y hay, supongo) gente que publicaba en sus redes sociales que mientras miles de niños se mueren de hambre o sida en el mundo, la gente se estaba preocupando por un perro, y  eso les parecía insensato. No daba crédito a lo que leía.

Vamos a ver, todos aquellos que publicasteis cosas similares, ¿qué nos preocupemos por el sacrificio de un animal inocente, del cual no había ninguna prueba de que estuviese enfermo, significa que no nos importe que muera gente en el mundo? ¿Me explica alguien qué tiene que ver una cosa con la otra? ¿Me explica alguien el por qué de esos comentarios absurdos? ¿Estamos locos? Desgraciadamente, muere muchísima gente diariamente en el mundo, gente inocente, gente sin recursos, niños pequeños… y a mí, por supuesto, se me rompe el alma. Pero entonces, ¿si defiendo la vida de un animal es que están dejando de importarme la vida de las personas? Perdonadme, pero me parece ridículo.

Pero bueno, como todo en la vida, siempre habrá gente a la que no le parezca bien lo que hagas. Por suerte, a raíz de este tema, me he dado cuenta, una vez más, que queda todavía mucha gente buena, gente con corazón, gente con ganas de gritar las injusticias y gente con ganas de acabar con esta maldita situación de corrupción  e incompetencia.

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Hoy, sin ninguna duda, os he escrito desde la rabia y el corazón, intentaré volver con un post más alegre.

Feliz tarde, amigos.
Lorena.

Inevitable

Las redes sociales tienen ese poder de inmediatez que a mí me encanta y muchas veces, me entero de una noticia a través de Twitter. Esta mañana, al despertarme me he enterado de que hoy era el día Internacional de la Sonrisa, y sólo al leerlo me ha salido sonreír. No por nada, sino porque me parece bonito que haya un día dedicado a las sonrisas de todos nosotros, de todos los que nos rodean, de todos aquellos que no conocemos y de todos aquellos que no veremos jamás. Me gusta porque para mí, sonreír es algo esencial en el día a día, como supongo que también lo es para ti.

Quienes me conocen bien, saben que aunque sea melodramática por naturaleza, siempre intento sonreír, y de hecho, me encantan mis amigos y mis amigas porque cuando pienso en cada uno de ellos, sé que son personas que siempre están dispuestas a sonreír, y a recibir una sonrisa. Es esencial para el día a día, para afrontar las cosas y para ver la vida. Recuerda siempre que con una sonrisa todo se ve mucho mejor, así que, por favor, al menos hoy, intentad regalar sonrisas y recibirlas sin dudarlo, aunque vengan de un desconocido. ¿Trato hecho? 🙂

Hoy te quería contar, que entre tanta sonrisa y tan buenos pensamientos me he acordado de una noticia muy triste que leí ayer. Ayer me inundó la pena al enterarme de algo que le había ocurrido a alguien que de un modo u otro sentía que quería, alguien a quién no he conocido nunca en mi vida (o sí, depende de como se mire).

Es curioso como una serie de televisión puede llegar a formar parte de ti  y como unos personajes, que realmente sólo existen en la ficción y unos personajes a quien dan vida unas personas que seguramente no conocerás jamás, pueden llegar a ser parte de tu familia y al menos, de una etapa importante de tu vida.

Estoy segura que todos sabéis de lo que hablo, que hay alguna serie, de ahora o de hace no se cuántos años, que os arranca una sonrisa cuando la recordáis, una serie que recordáis haber vivido desde el otro lado de la pantalla, sentados en el sofá y sintiéndola de una forma tan intensa que habéis acabado queriendo a todos los que viven en ella, como si estuviesen viviendo en vuestra casa, haciéndoles un hueco inexplicable en vuestras familias, sin ningún tipo de peros. Sobre todo, creo que esto pasa cuando somos más pequeños, cuando vivimos las cosas con una ilusión distinta y nuestra mente está  sin contaminar y completamente dispuesta a recibir y dar amor. Estoy segura que todos tenéis esa sensación de pensar en alguna serie de televisión e inevitablemente escuchar en vuestro interior a vuestra propia voz, pronunciando con una sonrisa: “la serie de mi vida”.

Cuando el tiempo pasa, la mente de los seres humanos se va retorciendo y complicando por una serie de compromisos y obligaciones del día a día que hace que el hecho de que esto ocurra sea mucho más complicado, pero cuando somos adultos nos gusta recordar, y al menos siempre nos quedará eso. Sin ninguna duda, una de las series de mi infancia y por supuesto, una de las series de mi vida fue Médico de Familia.

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A finales de 1995, Telecinco nos presentó al doctor Nacho Martín (Emilio Aragón), un médico viudo padre de tres hijos, María (Isabel Aboy), Chechu (Aaron Guerrero) y Anita (Marieta Bielsa) que también se hacía cargo de su sobrino, un adolescente guaperas; Alberto (Iván Santos). Además, en la casa también vivía su padre,  el señor Manolo (Pedro Peña). La historia de amor que se desarrolló a lo largo de cuatro años que duró la serie entre Nacho y su cuñada Alicia (Lydia Bosch) es inolvidable para todos los que la vivimos de cerca, así como el cariño que seguimos guardándole a la cocinera de la casa, la Juani (Luisa Martín).

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¿Cómo olvidarnos de Gertru, Hipólito, Marcial, Julio, Irene, Consuelo, Matías, Susi, Ruth… Y todos aquellos personajes que cada semana se colaban en nuestras casas?

Me sorprendo a mi misma acordándome de sus nombres… Y me es inevitable sonreír.

Aún recuerdo cuando Llorenç, un amigo del colegio, me dijo que se había hecho socio del “Club de amigos” (que no de fans) de Médico de Familia y por ello tenía una taza y una gorra dónde aparecía el nombre de la serie. Yo, que siempre he sido muy fan de aquello que me ha gustado, por supuesto insistí muchísimo a mi madre para que llamase por teléfono y  me inscribiese, y aunque no sé dónde está aquello,porque con el tiempo algunas cosas materiales de forma inevitable desaparecen, recuerdo perfectamente una foto que hay en un viejo álbum en casa de mis padres, en la que yo, con diez años más o menos, llevo una gorra azul marino en la que se lee en letras amarillas: “Médico de Familia”.

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Anoche me enteré a través de Twitter que Pedro Peña, el señor Manolo, aquel hombre que se convirtió, de un modo u otro, en el abuelo de miles de niños de este país, había fallecido, a los 88 años de edad. Por lo que pude leer, llevaba varios meses padeciendo alzheimer y desde hacía unas semanas su estado de salud había empeorado.

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Me recorrió el cuerpo una sensación de tristeza y nostalgia. Sin ninguna duda, se acababa de marchar uno de los actores más dulces y carismáticos de nuestro país. Una vida entregada al teatro y una vez más nuestra cultura llorando de pena…  Aquel señor al que siempre recordaremos gritando: “Cheeeechuuuu” hoy es mi tristeza, en el día Internacional de la Sonrisa, y hoy hablar de él, era algo inevitable.

Hasta siempre, señor Manolo…

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Feliz viernes, amigos.

Lorena.

Muertos de hambre.

Me gusta el otoño, me recuerda y no sé muy bien por qué a mis años en el colegio, a hojas que empiezan a cambiar de color en los árboles, a tonos amarillos y marrones…. Y ya sabéis que todo lo que venga acompañado de recuerdos, me resultará especial.

Hace un par de semanas, unos amigos vinieron a cenar a casa. David, Diego y Kirian son actores. El caso de kirian, del que muy pronto hablaremos con calma en el blog, es un caso particular porque cuando os diga quién es lo vais a recordar al instante. Le hemos visto crecer en televisión en una de las series más largas y conocidas de nuestro país, empezó siendo un niño y ha trabajado en la profesión prácticamente toda su vida. Hace años que no consigue trabajo. En la cena, en la sobremesa y en la tertulia, también estaba Sergio, actor y músico, al que muchos ya conocéis. Nos juntamos un grupo de buenos amigos y sobre todo, un grupo de personas que aman el arte y no se rinden ante los sueños, y hoy te lo quería contar,

De las personas que nos reunimos, dos viven un buen momento profesional, uno de ellos es protagonista de una serie que se emite en medio mundo y el otro no deja de tocar y vivir de su música, pero nos fue inevitable hablar de cómo se encontraban la mayoría de las personas, muchos de nuestros amigos y conocidos, que quieren entregar su vida al arte. En este país, nos encontramos, desde hace mucho tiempo, en un momento lamentable en el que ni jóvenes ni mayores tienen oportunidad de desarrollar sus capacidades y vivir de su verdadera vocación y profesión.

Si te preguntan a qué te dedicas y dices que eres médico, abogado, psicólogo o profesor… Nadie va a dudar de tu capacidad, y no quiero decir con esto que estos sectores tengan el trabajo más fácil ahora mismo, para nada, sólo quiero explicar que esas profesiones son aceptadas sin cuestionar hasta qué punto eres médico, abogado, psicólogo o profesor. En cambio, cuando vives en una sociedad que entiende el arte como ocio y cuando vives en un país dónde el gobierno intenta machacar la cultura, acabas cuestionando la capacidad de profesionalidad de una persona que te dice que es actor, músico, escritor, pintor, diseñador  o director de cine… Y al final, han hecho que lo cuestionemos, que lo infravaloremos y que entremos en ese bucle de mentes  vacías, aletargadas y lamentables.

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La mayoría de las personas vivimos equivocadas cuando creemos que un actor es sólo aquel que sale en televisión, que un músico es aquel que llena estadios y vende millones de discos, que un pintor es aquel que murió hace años y ahora se expone en las mejores salas de todo el mundo, que un director de cine es aquel que revienta las expectativas en taquilla, que un diseñador es aquel que llena su pase en la Fashion Week y vende sus obras a un precio inalcanzable en las mejores tiendas del mundo o que un escritor es el que vende miles de libros y consigue una cola inmensa en El Corte Inglés ante miles de personas que esperan llevarse su ejemplar firmado a casa. Estamos muy, muy equivocados.

Conozco a muchísimos actores que trabajan en teatro, que no tienen miles de seguidores en las redes sociales pero viven de su trabajo, conozco a músicos que tocan en bares donde no hay más de veinte personas pero componen y son, seguramente, mucho más buenos que algunos que llenan estadios, conozco pintores que venden cuadros y pueden vivir de eso, directores que quizás no han conseguido ser millonarios con su trabajo, pero no por ello dejan de hacerlo, diseñadores de moda que venden sus prendas a precios asequibles a pesar de ser verdaderas obras de arte y conozco a escritores que llevan media vida escribiendo sin vender miles de libros.

Pero lo que es peor aún, conozco a muchísimos actores, músicos, pintores, directores, diseñadores o escritores que tienen que trabajar en muchas otras cosas más allá de su vocación (porque hablamos de vocación, señores) para conseguir poder pagar un alquiler, pagar unas facturas y poder tener una vida normal. ¿Cuántos de ellos trabajan de camareros en un bar, o de dependientes en una tienda de ropa? Así como miles y miles de jóvenes licenciados, con la esperanza casi destruida de que sus años por la facultad sólo les va a servir por el conocimiento que han adquirido y guardarán como un pequeño tesoro en su cabeza, porque ponerlo en práctica, desgraciadamente, está complicado.

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Hace poco alguien me dijo una frase que se me grabó a fuego en la memoria (y en el corazón): “Son muy pocos puestos de trabajo para muchos candidatos…”. Esto es España y esto me llena de tristeza y desesperación.

Mi amiga, la diseñadora Laura Daluna, compartió en su Facebook un video y no dudó en mencionarme, porque al verlo, supo que me iba a encantar. Me conoce bien y no se equivocaba. Quiero que veáis este video, con la cabeza y el corazón, y quiero que todos aquellos que aún tengáis los sueños intactos no dejéis que os los rompan. A los que tenéis los sueños arañados, sabéis que siempre hay tiritas y que con ganas e ilusión, nunca vamos a dejar que acaben con nosotros… Somos unos muertos de hambre, pero nuestras almas están muy bien alimentadas.

Feliz comienzo de semana, amigos.

Lorena,