Ju(z)gando.

¿Sabéis que suelen aburrirme bastante las rutinas? Al final, con el tiempo, siempre me pasa: me aburro de todo. No sé si es porque siempre quiero más, porque soy tan nerviosa que necesito movimiento constante y necesito cambios, pero lo cierto es que cada X tiempo, necesito cambiar un poco las cosas, por eso mismo, hoy he decidido publicar por la mañana, aunque supongo que sólo será hoy, como excepción, porque me apetecía hacerlo así, y porque a la hora de escribir, siempre prefiero la noche.

Pasada la Semana Santa, las escapadas, los reencuentros con amigos o familiares, disfrutar la playa y el pueblo o la felicidad de la desconexión, la vuelta a la rutina tiene un sabor agridulce. Por un lado, te sientes con las pilas totalmente recargadas y llenas de energía y por otro, lamentas que el tiempo haya pasado tan rápido.

Además de las rutinas, muchas veces, los seres humanos también me aburren. Nos pasamos la vida juzgando a los demás, y eso, amigos míos, me aburre bastante. 

Nos encanta convertirnos en justicieros y creer que sabemos toda la verdad y creemos tener el poder para hablar y sentenciar, para opinar con toda libertad y razón y juzgar las actitudes de los demás ante la vida, como si además de nuestra vida,  también la de ellos nos perteneciese.

En los pueblos, estos juicios se incrementan y a la hora de opinar, todos son capaces de hacerlo. En las ciudades también pasa, a menor escala, pero pasa.

Juzgamos a esa persona que ha dejado a su pareja porque se ha enamorado de otra, sin saber lo más mínimo de cómo ha sido su relación o su vida, pero juzgamos que lo hagan, porque… ¡Qué poca vergüenza!

Juzgamos a aquellos que se acaban de conocer y gritan su amor a los cuatro vientos, que suben fotos constantemente a las redes sociales y nos resultan un poco pesados… Sin saber si realmente están viviendo la etapa más bonita de su vida y compartirla con los demás les hace felices…

Juzgamos a aquellos que se pasan la vida de fiesta, como si su diversión nos estuviese molestando. Nos encanta opinar y cuestionar.

Juzgamos a esa pareja que lo dejó hace tiempo, pero se siguen viendo a escondidas, mientras esos encuentros son un secreto a voces, les juzgamos y comentamos, y si nos paramos a pensar… ¿Qué más nos da?

Juzgamos a esas personas que deciden tener un amante distinto cada semana, sin pararnos a pensar que el sexo es uno de los placeres más absolutos  y que cada uno decide qué hacer con su cuerpo y su vida… Pero nos encanta juzgar.

Cuando somos pequeños, juzgamos a ese niño que le encanta jugar con muñecas, o a esa niña que juega al fútbol, sin entender que lo único que podría faltar en nuestra sociedad para que fuese totalmente irracional, es que siendo niños no se pudiese jugar a lo que uno quiere…

Juzgamos a las personas por su forma de vestir, como si esas prendas estuviesen dañando nuestra vista de forma real.

Juzgamos a nuestros vecinos, a nuestros conocidos, a nuestros compañeros de clase o compañeros de trabajo, algunas personas se atreven a juzgar a sus amigos, e incluso, juzgamos a los desconocidos.

¿En qué mundo vivimos? ¿Dónde están nuestros límites? Juzgamos por juzgar, juzgamos porque creemos que tenemos derecho a hacerlo, porque creemos que nos da poder y control, juzgamos por pasar el rato, por tener una conversación (y después nos quejamos de que a la gente le guste ver telebasura y morbo en televisión) y siempre, siempre, diremos que nos da igual lo que hagan los demás, es más, solemos insistir, sobre todo, en que nos da igual lo que piensen los demás de nosotros, pero en la mayoría de los casos es mentira.

Nos encanta juzgar y nos creemos justicieros cada vez que abrimos la boca para dar nuestra opinión, pero sin embargo, no soportamos a aquellos que se creen jueces cuestionando y juzgando nuestras vidas. Eso nos molesta, nos incomoda y nos enfada. ¿Qué sabrá ese de mi vida para hablar así de ella? A todos nos ha pasado alguna vez, ¿verdad?

Nos encanta juzgar, pero odiamos ser juzgados y no nos damos cuenta que ninguno de nosotros, absolutamente ninguno, somos jueces y que las vidas de las personas, sus rutinas y su día a día, en ningún momento están siendo sometidas a ningún tipo de juicio, no nos damos cuenta que no conocemos ni una mínima parte de las cosas que cuestionamos y juzgamos, y no nos damos cuenta que aunque la conozcamos, son cosas que realmente no nos interesan.

El ser humano se aburre demasiado, con la de cosas que hay por las que realmente preocuparse ahora mismo en este mundo que está tan loco.

Nos acostumbramos a juzgar desde pequeños y no nos damos cuenta que juzgando, estamos jugando con los sentimientos de los demás.

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El día que consigamos ser libres de juicios, de ser jueces, testigos y juzgados, estoy segura que todos conseguiremos ser un poquito más felices.

Supongo que ha sido un post diferente, pero como hoy necesitaba cambiar mi rutina, me parecía necesario.

Feliz martes, amigos.

Lorena.

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Empezar de cero

Por fin martes, día de volver a reencontrarnos. Estos días han sido días de reencuentros muy bonitos, con gente a la que hacía mucho tiempo (años) que no veía, y con la que he sido capaz de sentir que no ha pasado el tiempo. ¡Qué sensación tan bonita!

Hace sólo una semana os anunciaba la publicación de mi primer libro, y sólo puedo daros las gracias por tantos mensajes bonitos en mis redes sociales. Gracias de corazón por tanta ilusión, tanto cariño y tanto amor… Jamás sabré cómo responderos.

Hoy te quería contar que no sé muy bien por qué, necesitaba escribir un relato. Me rondaban varias ideas por la cabeza y tenía la necesidad de convertirlas en historia. Ya sabéis lo que toca… Que se quede todo en silencio y leed despacito…

 

Empezar de cero.

Nos reencontramos en silencio, como se reencuentras en el tiempo dos personas que se han amado y se han odiado. Nos reencontramos con un dolor que ya no era nuestro, porque ya lo habíamos olvidado…

Nunca entendí muy bien algunas actitudes de los seres humanos… Nunca entendí el rencor y el odio, nunca entendí a aquellos que podían pasar de un amor absoluto a un odio sonante, o a una indiferencia lamentable… Nunca entendí esos cambios y nunca entendí porque los experimentamos casi todos.

Con el tiempo, de lo que me he dado cuenta es que el ser humano se acostumbra a la realidad compartida y hace de sus desgracias o alegrías una comparación absurda con el resto del mundo. Creces y asimilas que el amor te fallará, al menos, una vez en la vida, sabes que amarás con todas tus fuerzas y te explican que nunca olvidarás el primer amor, que podrás querer a varias personas a lo largo de tu vida pero no podrás quererlas más o menos, simplemente las querrás de forma diferente, sabes que sufrirás y llorarás, que aprovecharás los principios porque después todo cambia, que experimentarás besos irrepetibles y otros que olvidarás sólo unos instantes después… Sabes que todo eso pasará, porque le pasa a todo el mundo. Porque nos acostumbramos a vivir en un mundo de similitudes, dónde da igual en qué lugar estés y en qué momento hayas nacido, porque hay historias que siempre se repiten, en el tiempo y el espacio.

Ella me enseñó que quería ir en contra de estas teorías, ella me enseñó a crear estas conclusiones, ella me enseñó a vivir de una forma distinta, en un mundo que sólo sería nuestro, que moldearíamos a nuestra manera y dónde creceríamos juntos…

Al final, la realidad le quitó la razón, y nos arrancó la ilusión a ambos.

Nuestra historia fue una historia de esas que arrancan sonrisas, a sus protagonistas y a sus observadores. Nos conocimos siendo muy jóvenes, y convertimos un amor de verano en algo inolvidable. Alargamos nuestro amor hasta llegar el frío, y decidimos quedarnos con él unas cuantas primaveras. Se nos veía felices. Éramos capaces de comernos con la mirada y hablar entre silencios. Nos recuerdo tumbados en la cama, durante horas, acariciándonos la piel y los secretos, la ilusión y las ganas, comiéndonos a besos, abrazados sin decir nada, haciendo el amor sólo con el sonido del choque de nuestros labios y nuestros cuerpos, comiéndonos la vida juntos, jurando amor eterno…

Los primeros meses sucedieron de una forma tan perfecta, que casi daba miedo creer en ellos… Pero ella era así, era magia, era locura, era pasión, era divertida, risueña, era frescura… Era mi vida. Yo, que nunca me había enamorado, que siempre había sentido que mi juventud era para vivirla solo, conociendo a mucha gente… y ella, que había aparecido de la nada, en una fiesta, en la playa, con amigos en común, con la piel tostada, con las pecas en la cara, con la vida en los labios, con aquel vestido blanco, aquellas flores en el pelo que caía suave sobre su espalda… Ella, que bailaba y reía a carcajadas, a ella, que todo el mundo miraba… y que yo, sin saber cómo ni por qué, deseaba… Quería que fuese mía, quería ser suyo, quería besarla, abrazarla… Y sin querer, unos meses después, acabó convirtiéndose en el gran amor de mi vida.

Una mañana me llamó para decirme que había recibido un mensaje, que su ex novio quería verla, y hablar con ella. Le pregunté si quería hacerlo y me dijo que sí. Le dije que lo hiciera, yo confiaba en ella. Se vieron un martes por la noche, un martes en el que no pude dormir, esperando su mensaje, una llamada, un “ya estoy en casa“. Nada, absolutamente nada. No quise llamarla, no quería parecer pesado, ni traicionar mi palabra, mi confianza… Confiaba en ella. Me lo repetí constantemente. No pasaba nada, se habría quedado sin batería, no le apetecería hablar… Podían ser mil cosas.

Hasta el miércoles por la noche no supe de ella. Aquellas fueron las horas más largas de mi vida y por fin el teléfono sonó. Lloraba… Lloraba mucho. Me dijo que lo sentía, que no sabía si seguía enamorada de él, que me quería, que le quería a él, que nos quería a los dos, me pedía perdón porque sabía que me iba a hacer daño… Intenté tranquilizarla mientras apretaba la rabia entre mis manos y mis ojos se llenaban de lágrimas. Quería que fuese feliz, aunque no fuese mía. No quería que fuese mía mientras le quería a él, así que le dije que me apartaría si quería, que buscase su felicidad. Era lo más importante de mi vida, sabía que si la dejaba ir, me iba a volver completamente loco… Pero quería ayudarla de verdad.

No me dejó irme. Si me alejaba, ella luchaba para mantenerme ahí, aunque sólo fuese al otro lado del teléfono. No sé si era egoísmo o de verdad se estaba volviendo loca… Cada vez que hablábamos, acababa llorando… Repitiéndome que me quería y suplicando que le prometiese que no me iría jamás. Lo hice. Me quedé para ser suyo cada vez que ella me necesitase. Prefería ser su amigo, antes que no tenerla en mi vida.

Dos semanas después, dijo que quería verme.

Recuerdo que la invité a cenar a casa. Mis compañeros de piso no estaban y yo me había pasado horas limpiando para convertir mi dulce morada en el lugar más acogedor y bonito del mundo… porque necesitaba poner todo de mi parte, y porque quizás aquella noche, esa casa iba a ser nuestro refugio, testigo de nuestros besos, de nuestras caricias y nuestra historia. Preparé una mesa con velas, puse música suave, enfrié una botella de vino y llené las paredes de notas con mensajes. Cuando abrí la puerta no la dejé decirme nada. La abracé. La abracé con mucha fuerza, deseé quedarme así durante años… Su olor, su piel, su pelo, cerré los ojos y volví a aquellos primeros meses en los que todo estaba intacto, en los que ella se reía a carcajadas y me juraba amor eterno… Vi su cara cuando entró al salón y vio aquellas notas, colgadas en las paredes, con frases que alguna vez nos habíamos dicho, con versos de canciones que siempre serían nuestras… Y la vi derrumbarse de nuevo. No fue capaz de mirarme a la cara, agachó la cabeza y negó, empezó a llorar y a decirme que no merecía nada de todo aquello… Entonces supe que la había perdido para siempre. Le pregunté si se había acostado con él y ella lloraba con más fuerza. Entonces, sentí como una fuerza inmensa, dolorosa y destructiva, me apretaba el corazón. Nada de aquello estaba ya en mis manos, la odié sin ser capaz de odiarla… Ella, que era mía, había estado en brazos de otra persona, otra persona a la que un día le había prometido amor eterno como a mí alguna vez en la vida, una persona que había vuelto cuando ya no tenía que volver, para desmontar algo que era nuestro, donde él no encajaba, donde no cabía… Quería echarla de mi casa y no tuve valor. Me senté en el sofá y me puse a llorar. Me estaba volviendo loco yo también.

Se sentó a mi lado y me abrazó. Nos besamos entre lágrimas, entre “lo sientos” y “perdóname…”, entre “te quieros…” Y nos quitamos la ropa. Nos olvidamos de la cena, del vino y del mundo que nos apuñalaba con su realidad al otro lado de la puerta. La llevé hasta la cama y volvimos a hacer el amor, como hacía sólo unas semanas, cuando todavía era mía, cuando todo era perfecto… Nos volvimos a abrazar en silencio y estuvimos callados durante horas, dándonos besos y apretándonos las manos… Vimos salir el sol y supimos que ya no nos pertenecíamos.

Nuestra relación dejó de ser una relación. Se convirtió en encuentros cada cierto tiempo, entre odios y lágrimas, entre si y no, entre ni contigo, ni sin ti… Y acabamos haciéndonos mucho, mucho daño. Acabé formando parte de un trío amoroso en el que no sabía si la pieza que no encajaba era yo. Me fui destruyendo poco a poco.

Un año después, me dijo que quería intentarlo todo. Quería estar conmigo de nuevo, desde el principio, al cien por cien. Sabía que no iba a ser fácil, pero no podía dejar que pasase el tiempo y no saber qué habría podido ser de nosotros… Seguía locamente enamorado de ella, aunque ya no sabía muy bien de qué parte de ella, ni si era de verdad.

Cometimos el peor error de nuestra vida. Entramos en un bucle de obsesión, desesperación, rencor y reproches que nos hizo convertirnos en dos auténticos desconocidos. Entendí que no habían teorías que fuesen en contra de lo que vive el resto de la humanidad, y que había conocido el amor más puro y había llegado a odiarlo con todas mis fuerzas. La dejé y no supe muy bien por qué.

No era cuestión de buscar culpables, no importaba quien de los dos había acabado con todo aquello, ese mismo día o hacía ya mucho tiempo… La realidad es que no podía seguir así. No había respeto, ni confianza, ni ilusión, ni besos, ni ganas… La dejé sin saber si la quería con todas mis fuerzas o si realmente sólo quería quedarme con la sensación de haber tenido la última palabra, de haber sido yo, y sólo yo, el que había tomado aquella decisión. Durante meses me llamó, me llamaba llorando, me suplicaba verme… Y yo sentí que era tarde.

Con el tiempo jamás conseguí olvidarla. De vez en cuando iba sabiendo cosas de ella, de su vida y sus días. Por lo que había sabido, no había vuelto a saber nada de su ex novio, y no se había vuelto a enamorar. Una buena amiga suya, me dijo una vez que no me había olvidado, y que yo le había hecho mucho, mucho daño cuando la dejé.

Conocí a muchas mujeres, pero realmente me di cuenta que seguía enamorado de ella cuando una mañana, me desperté al lado de Laura, con la que llevaba saliendo unos meses, y me dijo algo que me recordó a ella. Mi corazón dio un vuelvo y deseé con todas mis fuerzas que fuese ella quien estuviese entre mis brazos, recordé su mirada, su risa, aquella noche de verano en la playa, aquel vestido blanco, aquellas flores en el pelo, aquella locura, aquella frescura, aquella juventud… Fui incapaz de acordarme de nada malo. Me levanté de la cama y quise gritar por la ventana.

No sé si la vida y el destino siempre nos miran con una sonrisa  o si realmente las casualidades existen, pero tras años sin saber nada de ella, justo hace dos días recibí un mensaje de whatsapp suyo.

“Te preguntarás qué hago escribiéndote, ni si quiera yo lo sé. No quiero preocuparte. Ha pasado mucho tiempo, y ni si quiera tengo derecho a escribirte esto, pero estoy asustada. Hace unos días llegué a urgencias por un dolor muy fuerte en el estómago, llevan días haciéndome pruebas y no saben muy bien qué es, los médicos intentan tranquilizarme diciéndome que no es nada grave, pero veo los ojos de mi madre y sé que mienten. Tengo miedo. Estos días he pensado demasiado, en mi vida, en el miedo, en qué pasaría si es el final de ella, en lo que he vivido, en lo bueno y en lo malo… Y sólo sé que necesito verte. Abrazarte aunque sólo sea una última vez, pedirte perdón, mirarte en silencio, acariciarte la mano, saber que no me odias, decirte que no te odio. Si me voy, necesito estar en paz contigo… Necesito decirte que nunca te he dejado de querer.”

Lo releí varias veces y sentí cómo se me iba haciendo pequeño el corazón. No le contesté.

Cuando llegué me encontré con su padre en el pasillo, que se puso a llorar nada más verme… Entró a decirle a su madre que saliese y me dejaron pasar a mí. La vi en la cama, pálida, pequeña, frágil, triste, apagada… e intentó esbozar una sonrisa cuando me vio.

Nos reencontramos en silencio, como se reencuentras en el tiempo dos personas que se han amado y se han odiado. Nos reencontramos con un dolor que ya no era nuestro, porque ya lo habíamos olvidado… Me acerqué conteniendo las lágrimas y le acaricié la mano.

-Pensaba que no vendrías… Pensaba que me odiabas.- Vi como una lágrima silenciosa le recorría la mejilla.

La abracé y volví a sentir su olor, el de siempre, y entonces supe que era ella, sólo ella, que la seguía queriendo con todas mis fuerzas y que no, no la odiaba. Seguramente nunca la había odiado de verdad, aunque se lo hubiese repetido muchas veces. Entendí en aquel abrazo que sólo era capaz de recordar lo bueno, las risas, nuestros besos y nuestra vida… La besé en los labios, le dije que la quería y se echó a llorar.

-Tengo miedo…- Me dijo.- No te vayas nunca más…

-No me iré, te lo prometo… De aquí saldremos los dos, juntos, de la mano, nos hemos perdido muchas cosas y esas cosas nos siguen esperando ahí fuera…

La vi asentir.

Dos semanas después y tras una operación en la que le extirparon un tumor, salí con ella de aquel hospital… Empezando de cero, esta vez de verdad.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Boyhood (Momentos de una vida)

Me faltan horas al día… ¿No os pasa? Recuerdo cuando era pequeña y escuchaba aquello de que a medida que te haces mayor, el tiempo pasa mucho más rápido, y es verdad. Claro, a medida que creces, las obligaciones en ti también lo hacen, nuestra cabeza está a mil cosas a la vez: nuestra casa, nuestro trabajo, nuestros hobbies, nuestras quedadas con amigos… A veces, siento que me falta mucho tiempo para mí misma y sobre todo, me falta mucho, muchísimo tiempo para escribir. Necesito escribir más, mucho más.

De vez en cuando, es importante que nos dediquemos un día a nosotros mismos, a mimarnos, a ser felices, porque eso nos llenará de paz y eso hará que estemos más contentos con el resto del mundo.

Hace un par de semanas lo hice. Dormí sin prisa, comí mi comida favorita, leí, vi mi peli favorita y mi mente estaba totalmente relajada…

Hay tantas pelis buenas que pueden alegrarte el día…

Creo, sin embargo, que hay muy pocas películas que se basen en una vida real, en la vida de la mayoría de las personas, en la vida de alguien que no vive una gran historia de amor, que no sufre un grave accidente o no tiene una enfermedad. En la mayoría de los casos, el cine trata temas que existen en la vida real, claro, pero siempre con esa pizca de emoción que necesitamos ver en la gran pantalla, ese melodrama que nos hará quedarnos sin lágrimas o esa historia que nos hará soñar y querer vivir una igual.

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Hace justo una semana, estuve en el Matadero de Madrid disfrutando de la premiere de Boyhood (Momentos de una vida), una película que ha tardado doce años en rodarse, así que como mínimo, sabía que me iba a parecer interesante. Doce años y sólo 39 días de rodaje para crear una historia de verdad, para que los personajes de la trama no fuesen sustituidos por otros en el paso del tiempo, para que cada uno de ellos avanzase a través de la cámara como lo hacían en sus vidas cotidianas.

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Dirigida por Richard Linklater, la película se centra en la historia de Mason (Ellar Coltrane), un niño de seis años al que acompañaremos por el recorrido de su vida, le veremos crecer y descubriremos con él la adolescencia: la primera borrachera, el primer beso, el primer amor, la primera ruptura, las discusiones con su hermana, la relación con sus padres, sus amigos, los que van y los que vienen…

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Unos padres divorciados y una hermana mayor son sus compañeros de vida, aunque a lo largo de la historia encontraremos otros personajes y otras nuevas familias que formarán parte de su vida.

Fin. No hay más. Es una vida normal, como la de muchos chicos que se mudan de ciudad, que llegan nuevos a un instituto, que hacen nuevos amigos, que se enamoran y se decepcionan… No hay ni si quiera un mínimo punto en el que la historia se ponga excesivamente emocionante, es una trama lineal porque es como si alguien hubiese estado grabando tu vida (¿Te lo imaginas?).

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Sinceramente, a mí se me hizo un poco larga, pero es verdad, que también me parece un proyecto muy, muy interesante aunque no innovador porque todos sabemos que se han grabado otros documentales de este tipo, pero quizás presentarlo como una película más sin el apodo de documental, y basada en la ficción, es lo diferente en este caso.

Sí, se me hizo larga y es verdad, pero no por ello es una película que no recomendaría. Al contrario, creo que es importante para el espectador acercarse de este modo a una vida normal a través del séptimo arte, porque esto le va a hacer empatizar de una forma muy especial con los personajes y va ayudarle a reír o emocionarse en algunas escenas.

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Si tenéis la oportunidad, tenéis que verla, y sobre todo, no olvidéis nunca de cuidaros a vosotros mismos. Uno debe quererse, mimarse y cuidarse, aunque haya gente dispuesta a hacerlo. Hazme caso y dedícate un día para hacer las cosas que más te gustan, en una soledad voluntaria que traerá paz a tu mente y a tu alma.

Disfrutad del martes y tened siempre ganas de comeros la vida!!!!

Buenos días, amigos.

Lorena.

Duele, pero aceptamos.

La verdad que nunca he sido de madrugar mucho, ni en verano, ni en invierno, pero es cierto que cuando hace frío, estar bajo las sabanas es algo que alargaría durante toda la mañana. En verano, me gusta el aire fresquito que entra a primera hora de la mañana, tener que levantarme a bajar la persiana y seguir durmiendo hasta que mi cuerpo dice basta. Hoy ha sido uno de esos días, sin mucha prisa por levantarme, y me gusta.

Sabéis que soy una persona que muchas veces se enfada con el mundo, sufro y me da mucha rabia ver cómo los seres humanos destrozamos el mundo en el que vivimos, cómo destrozamos nuestros valores y derechos y cómo, muchísimas veces, nos pisoteamos los unos a los otros.

Hoy te quería contar algo que me pasó hace unos días… Eran sobre las nueve de la mañana, café en la mano, salí del Starbucks de Callao, en Madrid, cuando vi como una de las camareras, con un aspirador pequeñito, de esos de mano, se lo acercaba a la cara a un señor que estaba sentado en el suelo, en la puerta de su establecimiento, medio dormido y pidiendo dinero. Él, como es lógico, se sobresaltó con el ruido del aspirador y la camarera empezó a reirse a carcajadas diciéndole a una de sus compañeras “‘¡Lo he asustado!“. No sabéis la pena que me produjo esa escena. ¿Cómo no iba a asustarle si a las nueve de la mañana vamos todos medio dormidos por la calle? ¿Cómo podía reírse de esa forma de una persona que bastante tristeza tendrá por tener que dormir en la calle?

Avancé la Gran Vía con el corazón en un puño… Habían pasado más de 5 minutos y miré el reloj, tenía tiempo de sobra. Di media vuelta y volví a Callao. Justo cuando llegué encontré a la misma camarera entrando por la puerta y la llamé con un, “Perdona…“, ella, con una sonrisa, me quiso atender.

Le expliqué que había dado media vuelta sólo para decirle lo mal que me había parecido su actitud, que me había parecido cruel y cobarde. Ella, me pidió mil veces perdón y me explicó que conocía al hombre en cuestión, que siempre estaba en la puerta y a veces, incluso, le daban agua (Oh! Gracias.), me dijo que lo del aspirador había sido una broma entre ellos, que no podía dejarle estar en su puerta, pero que si no hubiese “confianza” no lo habría hecho así. Me pidió perdón si esa era la imagen que había dado y me agradeció que hubiese vuelto para decírselo. Le expliqué que efectivamente había causado muy mala imagen, como persona y como empleada de ese establecimiento, pero sobre todo, como lo primero. Su gesto y sus risas me habían parecido muy crueles y le dije que estaba cansada de que los seres humanos veamos cosas que nos parecen mal y nos callemos la boca.

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Me fui más tranquila. Si era verdad su historia o no, no lo sé, pero al menos, lo que pude hacer por mi parte lo hice. ¿Sabéis qué pasa? Que he llegado a un punto en mi vida en el que las injusticias sociales (y son muchas) me hacen daño en el corazón, como estoy segura que a ti te pasa. Lo que me duele realmente es que hayamos aceptado a vivir con ese dolor.

Estoy segura que nos duele a todos (quiero pensar que a todos) que haya guerras en el mundo y niños muriendo de hambre… Nos duele, pero lo aceptamos porque creemos que no podemos hacer nada. Nos duele que haya políticos que nos roban y nos recortan derechos, eso nos enciende la sangre y nos llena de rabia, pero aceptamos que eso existe y creemos que no podemos hacer nada. Nos duele que haya niños maltratados y violados en el mundo, en nuestro país, o al otro lado del planeta, nos duele mucho, pero aceptamos que eso existe y creemos que no podemos hacer nada. Nos duele que cada día se abandonen animales, que haya racismo, que exista el maltrato físico a las personas… Hay miles de cosas que nos duelen, pero hemos acabado aceptando que existen y hemos acabado aceptando no podemos luchar contra ellas.

Muchas historias nos duelen cada día, porque las vemos en las noticias, las leemos en la prensa o las vemos en televisión, pero su disfunción narcotizante han hecho que nos acostumbremos a verlas, a saber que existen y nuestra mente ha acabado aceptando que eso forma parte de nuestro mundo, aunque nos llene de sufrimiento.

Me duele vivir en un mundo así. Me duele vivir en un mundo dónde los seres humanos tenemos la capacidad de solucionar los problemas, porque sólo nosotros tenemos esa capacidad y ver que no hacemos nada. No es que no hagamos nada por las cosas que pasan en un país a millones de quilómetros, es que no hacemos nada por las cosas que pasan en nuestra misma ciudad. Somos egoístas por naturaleza y conformistas por costumbre, y eso me da muchísima pena.
Tenemos la capacidad de cambiar el mundo, ese poder sólo es nuestro, así que sólo faltan ganas y unión para intentar mejorar las cosas, sólo eso, porque una vez más tengo que recordar una de mis frases favoritas, que una vez escribió Alejandro Sanz: “Si la gente supiese lo fácil que es trabajar codo con codo, en vez de a codazos…”

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Feliz lunes, amigos.
Lorena.