Sueños rotos…

He de reconocer que hoy me ha hecho especial ilusión encontrarme en Twitter una mención de una persona diciéndome que por fin era martes y por fin llegaba nuevo post. Es cierto que, aunque me gustaría poder sentarme tranquilamente frente al ordenador mucho más tiempo, no puedo, y el martes se ha convertido en un encuentro casi sagrado entre mis historias nuevas y vosotros.  A ver si poco a poco consigo ordenar un poco mis horas y puedo venir a contaros algo más a menudo… (Las buenas noticias siguen ahí, y os aseguro que ya queda muy, muy poco para que sepáis qué es ese proyecto tan importante que tengo entre manos).

A medida que nos hacemos mayores y  adquirimos nuevas experiencias, empezamos a valorar cosas que siempre tuvimos y nunca apreciamos como se merecían… Y esas, son las cosas más simples de la vida, como sentarte en el sofá a ver una película con tus padres, como abrazar a la persona que amas en silencio durante un buen rato, como reencontrarte con amigos en un café sin prisa, dejando de lado el teléfono, o como ir a comer a casa de tus abuelos… Esta mañana subía una foto de Mr. Wonderful a mi página de Facebook que decía: “No es más rico el que más tiene, sino el que encuentra aquello que necesita”, y no hay nada más cierto. Tengamos más o tengamos menos, lo esencial de la vida es apreciar con todas nuestras fuerzas las cosas buenas, las que realmente tienen importancia, las que suelen aparentar ser las más simples y las que cuando pase el tiempo, serán las que más recordaremos. Hace mucho tiempo que adquirí ésta como mi forma de vida, la de quedarme con lo bueno y echar lo malo fuera, es sencillo y realmente gratificante. Normalmente, cuando tomas esta decisión es tras una gran decepción.

Hoy te quería contar que para mí hay tres tipos de personas: las que creen querer a los demás más que a sí mismas, las que admiten que se quieren a sí mismas más que a los demás y las que se quieren tanto a sí mismas que no son capaces de querer a los demás, y he de decir que no soporto a estas últimas.

Creo que no hay nada más importante que el amor propio, quererse a uno mismo es esencial para vivir con fuerza, seguridad y felicidad, es el paso básico para conseguir el respeto, el amor y la verdadera amistad. El ser humano es egoísta por naturaleza y aunque muchas veces nos cuentes aceptarlo que eso también forma parte de nosotros, es así. El egoísmo, como todo, tiene límites, y en la personalidad de cada uno está controlarlos o sobrepasarlos… Quererse a sí  mismo es casi tan importante como querer a los demás. Cuidar de las personas que te quieren es de vital importancia para conservarlas. Como dice Jorge Drexler “cada uno da lo que recibe, y luego recibe lo que da, nada es más simple, no hay otra forma….”, la vida no deja de ser un juego constante, un intercambio de cosas, y cuidar y querer a las personas que te cuidan y quieren simplemente es un feed back de sentimientos y cariño.

Hay personas despistadas, que no son capaces de entregar tanto como otras, pero mientras eso sea fruto del despiste y no de la maldad, siempre serán queridas y perdonadas. El problema, para mí, lo tienen aquellas personas que se quieren tanto, tantísimo, a sí mismas, que intentan querer a los demás, pero en el fondo, su egoísmo no les permite actuar con transparencia y naturalidad, y realmente, ese tipo de personas, además de producirme rechazo, me dan pena. Jamás podré entender a esas personas que no son capaces de alegrarse por algo bueno que les ocurra a los demás y sobre todo a aquellas que no son capaces de alegrarse por algo bueno que les ocurra a la gente que les importa, o alguna vez les importó. Hay gente que no es capaz de soportar que la gente de su alrededor sea más feliz que ellos mismos, aunque intenten vender su felicidad y su sonrisa. No hay nada más triste.

Por suerte, hay otras personas infinitamente buenas y por eso mismo, en nuestras manos está rodearnos sólo de ese tipo de gente. Elegir bien. Es crucial que aquellos que te rodeen te quieran de una forma sana, incondicional, limpia, pura… Es crucial mantener y cuidar a los amigos que jamás te van a fallar, a esos a los que no les importará lo ocupado que estés, a los que aunque lleven mucho tiempo sin verte, te harán sentir que sólo han pasado cinco minutos desde la última vez, es crucial querer, cuidar y conservar a aquellos que te hacen sentir especial, a los que te dan confianza con la mirada a la hora de hablar, a esos que jamás te van a juzgar, a los que te enseñarán lo que haces mal simplemente para que aprendas, jamás para reprochar, a esos que llorarán contigo todas tus penas y celebrarán contigo cada uno de tus éxitos como si fuesen suyos. Eso, amigos míos, son los amigos de verdad.

Estos días han sido unos días muy bonitos, de esos de amigos de verdad, de reencuentros con gente a la que veo todos los días y reencuentros con gente a la que llevaba meses sin ver. Estoy muy orgullosa de mis amigos, de esas personas a las que con el tiempo y las experiencias, he elegido como compañeros de vida, como guardianes de secretos, como mi otra familia… Estoy muy orgullosa de que ellos me hayan elegido a mi también y que me dejen ser, como lo hacen, parte de sus vidas.

Y tanto pensar en la amistad, en la gente buena y mala, en el egoísmo y en la decepción… Me he acordado de una película que descubrí hace muchos años, cuando todavía era una niña, que me impactó demasiado. Brokedown Palace (Sueños Rotos en castellano) es una película dramática protagonizada por Claire Danes y Kate Beckinsale. Dirigida por Jonathan Kaplan y escrita por David Arata fue estrenada a nivel mundial entre 1999 y 2000. El film se centra en el sufrimiento de dos estadounidenses en un país extranjero sumando como ingrediente de transfondo la amistad, la esperanza y los sueños truncados.

Alice (Claire Danes) es impulsiva e imprudente, mientras Darlene (Kate Beckinsale) es más reservada. Han terminado el instituto y deciden hacer un viaje exótico que jamás olvidarán. Mientras sus padres creen que sus hijas están en Hawaii, las dos jóvenes, aventureras y llenas de ilusión, se encuentran en Bangkok, Tailandia. Allí, sus vidas cambian para siempre cuando conocen Nick (Daniel Lapaine), un joven  y atractivo australiano del cual ambas se enamoran. El joven, decide querer pasar la noche con Darlene y ante los celos de Alice, ninguna de las dos jóvenes imaginan que sus sueños están a punto de romperse para siempre. Su destino y sus vidas cambian en el momento en el que van a regresar a Estados Unidos y son detenidas por las autoridades por por portar drogas en su equipaje. Lejos de su casa, de sus familias y en pésimas condiciones, la historia transcurre en una cárcel mientras luchan por intentar probar su inocencia antes de que sea demasiado tarde. El final, en medio de la fortaleza de una amistad incondicional, no te dejará indiferente. Recuerdo lo mucho que lloré… Y al pensar en el egoísmo del ser humano, me ha sido inevitable acordarme de aquella película que, si no has visto, tienes que ver.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

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El ser humano es un animal racional, o eso dicen.

Necesité desconectar y no sabéis lo bien que me ha venido… Tener unos días de vacaciones y tomarte los días totalmente para ti y los tuyos es un verdadero placer. Quienes me conocen saben que soy una persona que prácticamente no se separa del teléfono y os aseguro que en estas casi dos semanas que he estado fuera lo he mirado muy poco, y entonces me he dado cuenta que existe más tiempo en el día del que creo, o mejor dicho, el tiempo que hay se puede aprovechar mucho más y mucho mejor de lo que hago y seguramente hacemos. Es curioso, porque todos sabemos que nos hemos convertido en seres totalmente dependientes de la tecnología, y no sé hasta qué punto nos hemos vuelto un poco tontos (muy tontos) con todo esto.

Hace unos días, o quizás unas semanas (no lo sé), el servicio de whatsapp dejó de funcionar unas horas y la gente se volvió loca. ¿Dónde están nuestros límites? Parece que estamos con el móvil y no perdemos nada de nuestro tiempo, porque lo usamos cuando vamos en el metro, mientras andamos por la calle, cuando ya nos tumbamos en el sofá para relajarnos o incluso en la cama antes de dormir… Pero es que también lo usamos cuando estamos en una mesa, tomando algo con unos amigos, o cenando con gente a la que queremos… Y yo, que me considero una de esas personas que lleva a cabo todo esto, soy consciente de que es un verdadero horror.

No decidí mirar el móvil menos de lo habitual, simplemente surgió así… Estos días han sido dedicados para mí, para respirar paz, para reencontrarme con gente a la que no suelo ver, con gente a la que hacía demasiado tiempo que no veía, para conocer nuevas personas y para pasear tranquila por las calles que me han visto crecer… Sonriendo a los de siempre y siendo consciente de que muchos ya no nos reconocemos. Hace demasiados años que me fui de allí.

Cuando vives en un pueblo eres consciente de que a la gente le encanta alimentarse de la vida de los demás. Los que sois de pueblo sé que lo sabéis, y los que no lo sois, estoy segura que me entenderéis… A la gente le preocupa quien está saliendo con quién, qué le ha pasado a este y qué le está preocupando al otro… Lo lamentable, es que la mayoría de las veces, esta preocupación nace de la maldad, del simple “chismorreo”, de la simple necesidad de cotillear que a todos nos persigue… Y es muy triste. Cuando vives en una ciudad, crees que estas cosas no pasan, pero al final, pasan. Los seres humanos somos demasiado parecidos, los de aquí y los de allí, en una ciudad acabas creando un círculo cerrado, que bien podría compararse con un pueblo, y al final, acabas sabiendo sobre la vida de los demás, y la comentas, y te sorprendes, y juzgas. Es cierto que en una ciudad todo es distinto, la mente de las personas es mucho más abierta, y sí en un circulo están hablando de ti, no te preocupa demasiado, porque salir del circulo resulta sencillo… En un pueblo no.

Debo reconocer que desde que vivo fuera de mi pueblo, poco me importa lo que opinen los demás. Incluso, bien poco me importa lo que se hable sobre los demás. No sé si es cuestión de vivir en una ciudad, o simplemente es cuestión de personalidad. Quizás es la segunda. Como os he dicho alguna vez, soy una persona con un defecto (o virtud, según se mire) entre otros muchos, y es el de entregarme demasiado  a las personas. Esto me ha dado las mayores decepciones de mi vida, pero sin ninguna duda, también las mayores alegrías, porque cuando alguien se entrega de corazón a los demás, siempre acabarán pesando más las alegrías que los disgustos. Hace tiempo, sin ni si quiera planearlo, me planteé una forma de vida que estaba segura me haría feliz. Aprendí a echar fuera a los que hacen daño y aprendí a quedarme rodeada de quienes me quieren de verdad. Es increíblemente gratificante estar rodeada de las personas que quieres y te quieren, las personas de las cuales no temes si te fallarán, porque sabes que no lo harán,  las que sabes que te abrazarán en los fracasos y te aplaudirán en los éxitos, sin envidia, sin maldad. Y estos días, sin duda, sólo me he rodeado de ese tipo de personas.

Una de estas tardes, entre café y buen humor, tenía una conversación con alguien esencial en mi vida. Una conversación con alguien que sé que me quiere y con quién tras un debate entendí las cosas que nos hacen diferentes,  y lo maravilloso que es que nuestras diferencias no nos distancien. Intentaba explicarle a este alguien que no se puede vivir con rencor, yo al menos, no lo concibo. Creo que soy tan feliz, que no puedo tener rabia hacia otra persona, no puedo odiar a otros, aunque me hayan hecho daño, a esos sólo les tengo pena, y les deseo mucha suerte, porque a la gente mala le hace falta suerte, sólo eso. Con este alguien hablaba de lo rápido que pasa el tiempo, y de lo insano que es vivir a través de él llenos de pensamientos negativos y energías llenas de odio. Decidme, de verdad, ¿para qué sirve eso? En cada uno está la libre elección de perdonar o no, de seguir con su vida y dedicarse sólo a ella o pensar por qué le han hecho tanto daño y pensar que ojalá los culpables paguen ese mal (Todo dentro de unos límites. Si asesinasen a alguien a quien quiero, me pasaría toda mi vida deseándole lo peor a esa persona. Soy persona, no hay más).

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Seamos realistas y no nos equivoquemos, no somos dioses justicieros, dejad que pase el tiempo, que es más viejo y sabio y pondrá todo en su lugar.

Pero claro, el ser humano es así, estamos llenos de sentimientos buenos y malos. Sé que hay personas realmente nobles, pero también creo que el mundo está lleno de salvajes e irracionales y lo difícil es que aprendamos a convivir los unos con los otros. No olvidemos que el ser humano es un animal (racional, dicen algunos), y educados en sociedad, aparentemente podemos ser normales, pero hay cosas innatas que nadie ni nada puede cambiar. José Saramago escribió una frase que tengo que recordarme a menudo: “Aún está por nacer el primer ser humano desprovisto de esa segunda piel a la que llamamos egoísmo”

Este mismo escritor, genio eterno, publicó en 1995 un libro que llegó a mis manos casi una década después. Un libro que me emocionó, que me hizo sufrir, que me hizo llorar y me hizo comprender lo miserables que somos. Ensayo sobre la ceguera relata la historia de una extraña enfermedad que se expande en todo un país. Poco a poco, la gente se va contagiando y se va quedando completamente ciega. Al principio, deciden poner en cuarentena a los primeros enfermos, encerrándoles en un antiguo manicomio abandonado. Los soldados daban órdenes y actuaban de forma inhumana, y a mí siempre me pareció un guiño a la barbarie nazi y a los campos de concentración. Inevitablemente, la ceguera se expande y todo el mundo acaba contagiado. Todo el mundo es ciego y el instinto animal del ser humano por sobrevivir cometerá verdaderas locuras que no somos capaces de imaginar que haríamos. Hay una esperanza entre tanta locura, porque el ser humano, siempre tiene esperanza. Una mujer todavía ve. Ella es la única que puede ver todo lo que ocurre a su alrededor, y tal como en La libertad guiando al pueblo, de Delacroix, ella será la esperanza de los ciegos y los lectores.

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En el año 2008 se estrenó A ciegas, la película basada en la novela y dirigida por Fernando Meirelles. Recuerdo haberla visto y sé que en su momento no me defraudó, pero como siempre, me quedo con el libro.

El ser humano puede llegar a límites inimaginables, y en su vida cotidiana y dentro de la maldad aceptada, la gente no es consciente del daño que puede llegar a hacer, ni si quiera es consciente que de nada sirve hablar de los demás, así como preocuparse de las vidas ajenas, porque quien es realmente feliz no lo necesita.

Seguro que para algunos seré mala, ¿por qué no? Pero a mí lo que me importa es que la gente que me rodea crea que soy buena, que me quiera y se sienta orgullosa de tenerme en su vida. Sólo eso.

Porque como dijo Mecano una vez… “lo que opinen los demás está demás…”

Buenas noches de nuevo, amigos.

Lorena.