Libertad.

Madre mía… No os podéis imaginar la felicidad que me produce pensar que a partir de ahora, y durante unos meses, cada vez que me siente frente al ordenador para reencontrarme con vosotros va a ser así. Con el día resistiendo en la ventana, con los niños jugando en mi urbanización, sus risas, sus patines y su pelota. ¡Cómo me gusta la primavera! ¡Cómo me gusta el sol y qué buena energía me dan estos días!

Hoy vengo con un relato, que ya nos tocaba. Siempre digo que existen dos tipos de amor: el bueno y el malo, y siempre pienso que para encontrar el bueno, alguna vez has tenido que conocer el malo, para saber que de ese ya no querrás saber nada nunca más. Hoy os traigo un relato que habla de esto, un relato en el que podéis poner nombre en vuestra cabeza a sus personajes, podréis imaginarles cómo queráis y podéis poner como decorado la ciudad que más os apetezca. Es más, os propongo que me contéis cómo imagináis su físico, qué nombre creéis que podrían tener y en qué ciudad imagináis que se desenvuelve la historia… Será divertido.

Leed despacito, como siempre… 🙂


 

Libertad.

 

Que suene una canción y escucharla en el más absoluto silencio es un verdadero placer. A veces, no nos damos cuenta que tenemos a nuestro alcance el poder disfrutar de pequeños momentos que son capaces de llenar nuestra alma, podemos suspirar tranquilos, podemos disfrutar de algo que se va a meter poco a poco dentro de nosotros. Dejamos salir un poco del dolor que queda dentro a través de un suspiro… y entonces, cuando sentimos ese vacío que ha dejado en nuestro cuerpo y nuestros sentimientos, sabemos que en el momento que empecemos a dedicarnos pequeños momentos y nos dediquemos a lanzar suspiros que se lleven en el aire el daño que nos han hecho, nos sentiremos un poco más libres, nos sentiremos un poco más nosotros mismos y que poco a poco, conseguiremos estar en paz. El tiempo todo lo cura, o eso dicen.

Aquella tarde de viernes estaba cargada de energía fuera de mis ventanas. El sol y la primavera sonreían complacientes, cogidos de la mano, observando a todos aquellos que reían a carcajadas en las terrazas, observando a los que paseaban y a los que andaban con prisa, observaban desde algún lugar a todos los que iban y venían, a los que cogían trenes o aviones, a los que daban por finalizada una semana de trabajo, a los que se besaban en las esquinas o los que abrazaban a sus amigos. En el lado de la ventana en el que estaba yo, se respiraba un aire más bien gris y frío, que poco tenía que ver con la realidad del mundo exterior. En ese lado de la ventana, se respiraba el aire que mi mente y mi corazón guardaban en silencio, queriendo sacarlo todo fuera y sin saber muy bien cómo hacerlo. Un hilo de luz, resplandeciente, se colaba entre las cortinas de mi casa, un hilo de luz que rozaba mi pierna, que acariciaba mi piel, un hilo de luz que quise interpretar como una pequeña esperanza en un alma llena de tinieblas y soledad. Porque siempre, en la más triste oscuridad, hay un hilo de luz que te acompaña.

Me quemaba el corazón, me quemaban las ganas, me quemaba el amor y me quemaba cada poro de la piel, sobre todo en la espalda, quizás porque era el momento en el que iba a renacer, en el que iba a volver a tener alas, en el que podía volver a sentirme libre y en el que iban a volver los resquicios de una libertad que alguna vez sentí inmensa, mía, y fuerte.

Siempre me gustaron las personas entregadas, las que tienen ilusiones y risas constantes en la cara, las que aman sin condición, las que quieren con fuerza y con pasión. Siempre me gustaron las personas que están dispuestas a sorprender y siempre están felices cuando reciben una sorpresa. Siempre me gustaron las personas llenas de energía, de sueños, de anhelos. Siempre me gustaron las personas educadas, alegres, divertidas, inteligentes y apasionadas. Siempre creí ser una de esas personas y todavía me pregunto en qué momento dejé de serlo.

Muchas veces, a lo largo de mi vida, me he preguntado qué era en lo que habíamos fallado los seres humanos a lo largo de la historia para haber convertido el mundo en el que vivimos en un mundo tan vacío de tantas cosas, en un mundo irracional donde la gente asesina, donde personas mueren de hambre y donde una conversación escrita en un teléfono móvil es, para la mayoría, más importante que apartar ese cacharro y disfrutar de un café tranquilo con un amigo. El mundo, el amor, las personas y la vida se volvieron hace tiempo completamente locos… Y en algún momento que no recuerdo, yo me había dejado llevar por esa locura, por esa irracionalidad y ese vacío que tanto me atemorizaba.

No voy a entrar en detalles para contar algo que todos hemos vivido alguna vez: para contar cómo cogieron mi corazón y lo destrozaron en mil pedazos. Todos hemos vivido el desamor, pero por suerte, no todos hemos vivido una historia cómo la que he vivido yo. No entraré en detalles para decir que un día cualquiera, por una casualidad, con un beso apasionado, sellé un amor que yo creía eterno, cómo me dejé llevar por ese amor y cómo entregué mi cuerpo y mi alma hasta tal punto que los vendí a cualquier precio, por partes, como si de una enciclopedia entregada a tomos se tratase.

Me entregué ciegamente a una persona que me hizo creer que yo era lo más importante de su vida, que adoraba todas y cada una de mis virtudes y sonreía ante mis defectos, una persona que me besaba y me acariciaba, que me hacía el amor por las mañanas y me preparaba café los domingos. Una persona a la que le enseñé cada trocito de mi cuerpo, una persona a la que le hice un recorrido por cada resquicio de mi ser, una persona que me llenó de ilusión y vida, una persona que con el tiempo dejó de ser esa persona.

No quiero echarle la culpa a las rutinas, a la confianza y a la convivencia, porque echarle la culpa de lo que nosotros hacemos a algo que simplemente nos envuelve, me parece egoísta y desorbitado. La culpa la tuvo él, por esa personalidad que yo no entendía, y la culpa, sobre todo, la tuve yo, por perder esa personalidad que era sólo mía. Los primeros gritos se asociaron al trabajo, al estrés, y cuando lloraba desconsoladamente y me besaba, cuando me pedía perdón, entonces yo me culpaba por no ser más comprensible, y ahí iba perdiendo un poco de mí, me hacía un poco más pequeña y le iba entregando los primeros tomos de mi existencia. No por ser incomprensible, sino por permitir que alguien me gritase.

Con el tiempo, resulta que todo lo que antes hacía bien, ahora lo hacía mal. Desde elegir la ropa por la mañana, hasta llamar a un amigo para ver qué tal estaba. Incluso el café que preparaba todos los días, ya no tenía el mismo sabor, debía ser eso lo que le hacía tomarlo en silencio y casi sin mirarme a la cara. A veces, aparecía con un ramo de rosas por la puerta, porque sí, por ser un día cualquiera de nuestra historia y nuestra vida juntos, y entonces me daba cuenta de lo afortunada que era. Segunda entrega de mi alma y mi vida.

Me quería tanto que no podía soportar que otros me mirasen, que mis compañeros de trabajo quisiesen que yo les acompañase a tomar unas cañas después de la jornada o que mis amigos de toda la vida me dijesen en un mensaje que me echaban de menos o me querían. ¿Qué despropósito era ese? Me quería tanto que no podía soportar que alguien más me quisiese y por supuesto no podía soportar que yo contestase esos mensajes, que me fuese de cañas o que sonriese si alguien me miraba. Otra vez gritos y lágrimas. ¡Qué sinvergüenza yo, que estaba provocando todo aquello! ¿Esa era mi forma de querer? Eso no era querer y si seguía así me iba a quedar muy sola. Tercera entrega de mi vida, con mil anécdotas que no te voy a contar, porque me moriría de tristeza, no por ti, sino por mí, por haber aguantado algo así… Y me fui haciendo cada vez más pequeña, más desconfiada, más introvertida, más distante, más rara… Y dejé de ser quien era.

Una noche discutimos tanto que se atrevió a pegarme una bofetada. Lloramos los dos y él pidió perdón por haber perdido los papeles y los nervios. Yo no hablé en dos días… Era una sombra vagando entre las paredes de mi casa, que me parecía más triste y fría que nunca. Le perdoné porque él me quería, debía ser que esa si era una buena forma de querer. Debí perder tanta fuerza en mi cabeza que acabé perdonando aquello y entendiendo que sólo había sido por culpa de los nervios y el momento.

Y pasaron los años y mi vida se vio limitada de la oficina a casa, y de casa a la oficina. No recordaba la última vez que había visto a mis amigas o a mis amigos, y por supuesto, hacía mucho que no recibía ningún mensaje de nadie. Por una vez en su vida, él tenía razón: me había quedado sola.

La soledad puede matarte de pena, o puede hacerte fuerte. No lo olvides.

Que suene una canción y escucharla en el más absoluto silencio es un verdadero placer. A veces, no nos damos cuenta que tenemos a nuestro alcance el poder disfrutar de pequeños momentos que son capaces de llenar nuestra alma, podemos suspirar tranquilos, podemos disfrutar de algo que se va a meter poco a poco dentro de nosotros. Dejamos salir un poco del dolor que queda dentro a través de un suspiro… y entonces, cuando sentimos ese vacío que ha dejado en nuestro cuerpo y nuestros sentimientos, sabemos que en el momento que empecemos a dedicarnos pequeños momentos y nos dediquemos a lanzar suspiros que se lleven en el aire el daño que nos han hecho, nos sentiremos un poco más libres, nos sentiremos un poco más nosotros mismos y que poco a poco, conseguiremos estar en paz. El tiempo todo lo cura, o eso dicen.

Aquella tarde de viernes, en la que el sol y la primavera observaban la buena energía que les mandaban a aquellos mortales que paseaban por la tierra, decidí cambiar mi vida. Aquella tarde de viernes escuché una canción en silencio, la escuché tantas veces como lágrimas quedaban en mi cuerpo, suspiré en silencio y fui sacando parte de un dolor que casi no me dejaba respirar: el dolor que producen las faltas de respeto, el dolor que produce la falta de cariño, de confianza y de complicidad, el dolor que produce entregarse tanto a alguien y perder la esencia de uno mismo. Aquella tarde de viernes, la soledad me agarró fuerte de la mano y me pidió que me levantara del sofá. Fuera, había un mundo lleno de sol, de terrazas llenas de gente, de colores alegres, de macetas llenas de flores, de cervezas fresquitas sobre las mesas, de risas sanas, de gente alegre, de la que a mí me gustaba, de la que alguna vez fui. Hice una maleta con pocas cosas. Cuando uno decide cambiar su vida, a veces, es mejor dejar todo atrás, porque es inevitable que los recuerdos te persigan, pero si cambias el decorado, los recuerdos se ven de otro color, y parecen mucho más lejanos.

Un pequeño instante puede cambiar toda una vida. Quizás fue una canción, o fue un rayo de sol entre mis cortinas… Cuando le dije que me marchaba, por supuesto, ardió Troya, pero no lloré y esta vez, cuando me agarró del brazo, le dije que no me volviese a tocar nunca más.

Me instalé en casa de quien siempre había sido mi mejor amigo, aunque yo me hubiese ido, supongo que los buenos amigos se quedan siempre, en silencio, observando los errores que cometemos desde lejos, para salir en nuestra ayuda en el momento que necesitamos que nos rescaten, que nos resuciten, que nos salven.

Hay decisiones que aunque se deberían tomar mucho antes, alguna vez han de ser tomadas. De aquello aprendí muchas cosas, pero sobre todo, en la vida, he aprendido que sólo quiero rodearme de gente que me quiera de verdad, con respeto y cariño, de gente que me coja de la mano y me sonría, quiero mil canciones en silencio y mil suspiros que se lleven el dolor que una vez estuvo dentro. He aprendido que mi personalidad es mía, y una vez se resurge de entre las cenizas nadie puede volver a cortarte las alas, porque nunca más permitirás que te roben, por amor, tu libertad.

Imagen de Google.

Imagen sacada de Google.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

 

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Sueños rotos…

He de reconocer que hoy me ha hecho especial ilusión encontrarme en Twitter una mención de una persona diciéndome que por fin era martes y por fin llegaba nuevo post. Es cierto que, aunque me gustaría poder sentarme tranquilamente frente al ordenador mucho más tiempo, no puedo, y el martes se ha convertido en un encuentro casi sagrado entre mis historias nuevas y vosotros.  A ver si poco a poco consigo ordenar un poco mis horas y puedo venir a contaros algo más a menudo… (Las buenas noticias siguen ahí, y os aseguro que ya queda muy, muy poco para que sepáis qué es ese proyecto tan importante que tengo entre manos).

A medida que nos hacemos mayores y  adquirimos nuevas experiencias, empezamos a valorar cosas que siempre tuvimos y nunca apreciamos como se merecían… Y esas, son las cosas más simples de la vida, como sentarte en el sofá a ver una película con tus padres, como abrazar a la persona que amas en silencio durante un buen rato, como reencontrarte con amigos en un café sin prisa, dejando de lado el teléfono, o como ir a comer a casa de tus abuelos… Esta mañana subía una foto de Mr. Wonderful a mi página de Facebook que decía: “No es más rico el que más tiene, sino el que encuentra aquello que necesita”, y no hay nada más cierto. Tengamos más o tengamos menos, lo esencial de la vida es apreciar con todas nuestras fuerzas las cosas buenas, las que realmente tienen importancia, las que suelen aparentar ser las más simples y las que cuando pase el tiempo, serán las que más recordaremos. Hace mucho tiempo que adquirí ésta como mi forma de vida, la de quedarme con lo bueno y echar lo malo fuera, es sencillo y realmente gratificante. Normalmente, cuando tomas esta decisión es tras una gran decepción.

Hoy te quería contar que para mí hay tres tipos de personas: las que creen querer a los demás más que a sí mismas, las que admiten que se quieren a sí mismas más que a los demás y las que se quieren tanto a sí mismas que no son capaces de querer a los demás, y he de decir que no soporto a estas últimas.

Creo que no hay nada más importante que el amor propio, quererse a uno mismo es esencial para vivir con fuerza, seguridad y felicidad, es el paso básico para conseguir el respeto, el amor y la verdadera amistad. El ser humano es egoísta por naturaleza y aunque muchas veces nos cuentes aceptarlo que eso también forma parte de nosotros, es así. El egoísmo, como todo, tiene límites, y en la personalidad de cada uno está controlarlos o sobrepasarlos… Quererse a sí  mismo es casi tan importante como querer a los demás. Cuidar de las personas que te quieren es de vital importancia para conservarlas. Como dice Jorge Drexler “cada uno da lo que recibe, y luego recibe lo que da, nada es más simple, no hay otra forma….”, la vida no deja de ser un juego constante, un intercambio de cosas, y cuidar y querer a las personas que te cuidan y quieren simplemente es un feed back de sentimientos y cariño.

Hay personas despistadas, que no son capaces de entregar tanto como otras, pero mientras eso sea fruto del despiste y no de la maldad, siempre serán queridas y perdonadas. El problema, para mí, lo tienen aquellas personas que se quieren tanto, tantísimo, a sí mismas, que intentan querer a los demás, pero en el fondo, su egoísmo no les permite actuar con transparencia y naturalidad, y realmente, ese tipo de personas, además de producirme rechazo, me dan pena. Jamás podré entender a esas personas que no son capaces de alegrarse por algo bueno que les ocurra a los demás y sobre todo a aquellas que no son capaces de alegrarse por algo bueno que les ocurra a la gente que les importa, o alguna vez les importó. Hay gente que no es capaz de soportar que la gente de su alrededor sea más feliz que ellos mismos, aunque intenten vender su felicidad y su sonrisa. No hay nada más triste.

Por suerte, hay otras personas infinitamente buenas y por eso mismo, en nuestras manos está rodearnos sólo de ese tipo de gente. Elegir bien. Es crucial que aquellos que te rodeen te quieran de una forma sana, incondicional, limpia, pura… Es crucial mantener y cuidar a los amigos que jamás te van a fallar, a esos a los que no les importará lo ocupado que estés, a los que aunque lleven mucho tiempo sin verte, te harán sentir que sólo han pasado cinco minutos desde la última vez, es crucial querer, cuidar y conservar a aquellos que te hacen sentir especial, a los que te dan confianza con la mirada a la hora de hablar, a esos que jamás te van a juzgar, a los que te enseñarán lo que haces mal simplemente para que aprendas, jamás para reprochar, a esos que llorarán contigo todas tus penas y celebrarán contigo cada uno de tus éxitos como si fuesen suyos. Eso, amigos míos, son los amigos de verdad.

Estos días han sido unos días muy bonitos, de esos de amigos de verdad, de reencuentros con gente a la que veo todos los días y reencuentros con gente a la que llevaba meses sin ver. Estoy muy orgullosa de mis amigos, de esas personas a las que con el tiempo y las experiencias, he elegido como compañeros de vida, como guardianes de secretos, como mi otra familia… Estoy muy orgullosa de que ellos me hayan elegido a mi también y que me dejen ser, como lo hacen, parte de sus vidas.

Y tanto pensar en la amistad, en la gente buena y mala, en el egoísmo y en la decepción… Me he acordado de una película que descubrí hace muchos años, cuando todavía era una niña, que me impactó demasiado. Brokedown Palace (Sueños Rotos en castellano) es una película dramática protagonizada por Claire Danes y Kate Beckinsale. Dirigida por Jonathan Kaplan y escrita por David Arata fue estrenada a nivel mundial entre 1999 y 2000. El film se centra en el sufrimiento de dos estadounidenses en un país extranjero sumando como ingrediente de transfondo la amistad, la esperanza y los sueños truncados.

Alice (Claire Danes) es impulsiva e imprudente, mientras Darlene (Kate Beckinsale) es más reservada. Han terminado el instituto y deciden hacer un viaje exótico que jamás olvidarán. Mientras sus padres creen que sus hijas están en Hawaii, las dos jóvenes, aventureras y llenas de ilusión, se encuentran en Bangkok, Tailandia. Allí, sus vidas cambian para siempre cuando conocen Nick (Daniel Lapaine), un joven  y atractivo australiano del cual ambas se enamoran. El joven, decide querer pasar la noche con Darlene y ante los celos de Alice, ninguna de las dos jóvenes imaginan que sus sueños están a punto de romperse para siempre. Su destino y sus vidas cambian en el momento en el que van a regresar a Estados Unidos y son detenidas por las autoridades por por portar drogas en su equipaje. Lejos de su casa, de sus familias y en pésimas condiciones, la historia transcurre en una cárcel mientras luchan por intentar probar su inocencia antes de que sea demasiado tarde. El final, en medio de la fortaleza de una amistad incondicional, no te dejará indiferente. Recuerdo lo mucho que lloré… Y al pensar en el egoísmo del ser humano, me ha sido inevitable acordarme de aquella película que, si no has visto, tienes que ver.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Volverá…

Creo que septiembre nos trae más o menos las mismas sensaciones a todos… Sobre todo cuando somos niños, septiembre significa que empieza el curso y se acabó el verano. Empieza el año, y el curso escolar es quien decide dónde empieza y cuándo acaba.

Ayer Madrid estaba otra vez llena de gente, corriendo de arriba a abajo, con la prisa en la piel y la depresión post vacacional en la mirada. Dejar atrás las vacaciones no deja buen sabor de boca, pero hay que mirar el lado positivo y saber que con la vuelta a la rutina empiezan nuevos proyectos, nuevas metas y nuevas cosas y eso siempre debe hacernos felices.

Empieza uno de esos meses que llevan consigo el pistoletazo de salida, o la señal de meta que se encuentra al final. Para mí, es el mes que protagoniza los cambios más importantes de mi vida. Hace nueve años que fui a vivir a Elche, que empezaba mi vida universitaria y una de las etapas más bonitas que viviré jamás. En unas semanas, hace cuatro años que me trasladé a Madrid y aunque los primeros meses fueron muy difíciles… ¡Qué poco me costó enamorarme de esta ciudad! Madrid significó otra etapa crucial, de madurez, de amigos incondicionales, de mucha vida social y muchos retos profesionales. Cuatro años se dicen pronto, pero en ellos guardo miles de momentos que hoy me hacen ser quien soy, vivir como quiero vivir y estar dónde y con quienes quiero estar.

Hace nueve años que no vivo en mi pueblo, cerca de las personas más importantes de mi vida, nueve años sin mi día a día en l’Olleria, sin mi familia y mis amigos de siempre. Me sigue sorprendiendo cómo, nueve años después, cada vez que estoy allí, siento que no ha pasado el tiempo y es que tu verdadero hogar siempre sabrá esperarte, con las mismas cosas y el mismo aroma que cuando lo dejaste.

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Esta semana, como muchos sabéis, he estado en las fiestas de mi pueblo. Ojalá os pudiese transmitir a cada uno de vosotros lo importantes que son las fiestas de Moros i Cristians para mí. Las he vivido desde dentro desde muy pequeña y no he dejado de celebrarlas ni un solo año de mi vida. Hace cuatro años que no formo parte de mi filà, Les Popeluses, pero cada vez que voy, ellas me siguen recibiendo con una sonrisa y hacen que me sienta siempre en mi casa. (Gràcies!)

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La música, los trajes, las luces, la pólvora, la elegancia, la historia, las emociones, las risas, los reencuentros, el buen rollo, la amistad… Esos son los ingredientes de mis fiestas, y ellas forman parte de mi cultura y mi historia.

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Mi amiga Patri no se ha separado de mi lado ni un segundo y eso me ha hecho muy feliz… Nos hemos reído tanto, hemos tenido tanto tiempo para nosotras que todo el estrés que mi mente llevaba durante meses acumulando ha desaparecido, al menos, de momento.

Pero, ¿sabéis qué? Hacía mucho, mucho tiempo que no me iba tan triste de mi pueblo. La verdad que no sé muy bien por qué, quizás este viaje ha sido especial. He visto a mucha gente importante de mi vida, he disfrutado mucho de cada reencuentro, de cada sonrisa, de todas y cada una de esas personas que se han alegrado de verme tanto como yo de verlas a ellas… Las personas de mi vida.

No puedo dejar de dar las gracias (infinitas) a las personas con las que no había hablado nunca y se acercaron para decirme que me leen y me siguen, ¡qué sensación tan bonita!

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En una de esas noches de fiesta me pasó algo curioso que hoy te quería contar. Mi amiga Sonia me presentó a su novio y al presentarnos, le dijo “Ella es la chica a la que le encanta Carlos Ruiz Zafón” y claro, tuve que sonreir.
No nos faltó conversación y por unos momentos volvimos a pasear por el Cementerio de los Libros Olvidados, bajamos a la calle Santa Ana y subimos en tranvía hasta la Avenida del Tibidabo. Sé que cada cierto tiempo os hablo de Ruiz Zafón, mi escritor favorito, que os he dicho ya lo mucho que adoro la Sombra del Viento y el amor incondicional que siento por Daniel Sempere, uno de sus protagonistas. Me apetecía recordaros lo importantes que son los libros en nuestras vidas, cómo la magia de la literatura hace que conviertas a unos personajes en parte de tu vida y acaben siendo protagonistas de una conversación en una noche de fiesta, en un rincón cualquiera.

En uno de mis post, “Te querré siempre, Daniel Sempere”, que podéis encontrar en el apartado de “libros y literatura”, ya os hablaba de todo esto.

Siempre me hará feliz hablar de Ruiz Zafón, siempre encontraré en él la forma más dulce de sonreír o la más silenciosa de llorar, porque él y sus palabras sólo son magia… de la de verdad.

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“Barcelona, 1957. Daniel Sempere y su amigo Fermín, los héroes de La Sombra del Viento, regresan de nuevo a la aventura para afrontar el mayor desafío de sus vidas. Justo cuando todo empezaba a sonreírles, un inquietante personaje visita la librería de Sempere y amenaza con desvelar un terrible secreto que lleva enterrado dos décadas en la oscura memoria de la ciudad. Al conocer la verdad, Daniel comprenderá que su destino le arrastra inexorablemente a enfrentarse con la mayor de las sombras: la que está creciendo en su interior”.

Así me recibió la contraportada de El Prisionero del Cielo cuando se publicó en 2011. Este fue el tercer libro de la serie El Cementerio de los Libros Olvidados, el cuarto y último aún está por llegar y os podréis imaginar las ganas que tengo de saborearlo y devorarlo entre mis manos y mis ojos. La Sombra del Viento, El Juego del Angel y El Prisionero del cielo, publicados en este orden en 2005, 2008 y 2011, relativamente, forman un ciclo de novelas unidas entre sí a través de personajes e hilos argumentales que tienden puentes narrativos y temáticos, aunque cada uno de ellos cuenta con una historia cerrada e independiente, que podrás entender perfectamente si leer solamente uno de ellos (por supuesto, debes leer los tres).

Mi ejemplar me lo regalaron mis abuelos, en Navidad, con su dedicatoria y firma, como siempre hacen.

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Sin ninguna duda, el primero es el más especial, pero el tercero puedo decir que me pareció brillante. Volver con los mismos personajes ya fue para mí algo muy emotivo, poder reencontrame con sus vidas después de tanto tiempo y ayudarles a descubrir una historia mágica que estoy segura no deja a nadie indiferente.

Ruiz Zafón sabe escribir magia, sabe hacer de la palabra un absoluto y verdadero placer, no podéis dejar de leerle, por favor. Sólo espero que no tarde en volver.

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Mil besos con la depresión post vacacional en la mirada y las ganas en los dedos.

Gracias por estar siempre.

Buenas noches, amigos.
Lorena.

PD. Lo prometido es deuda: Volverá…

Nuestros sueños, amigos, son sólo nuestros.

¡Por fin sábado! Hoy es uno de esos días que voy a coger con ganas…El té de frutos rojos deja su aroma por toda la habitación y yo me siento frente al ordenador para hablaros de unas historias que ni si quiera son mías, pero creo que es necesario que conozcáis.

Podríamos hablar, de nuevo, de la persecución de los sueños. Ultimamente, es una moda establecida que la gente mande mensajes positivos, que enmarque fotos con frases gritando que el día va a ser estupendo, o que puedes comerte el mundo, si quieres. Una vez más, nos damos cuenta que todos somos excesivamente parecidos. A todos nos encantan esos mensajes. Nos encanta dar consejos de felicidad y nos encanta creer que podemos ser realmente felices, porque como bien sabéis, la esperanza es lo último que se pierde.

Sí es cierto, que las cosas en este país parecen cada vez más feas. Sólo necesitamos echar un vistazo a un periódico, o ponernos a ver un día las noticias de la televisión. La información que nos rodea es realmente lamentable, y no lo son los informadores, lo es el contenido. El otro día escuchaba la noticia de un matrimonio de 80 años que en menos de un mes van a ser expropiados, les van a quitar su casa. ¿Cuándo vives en un país así, puedes sentir otra cosa que no sea vergüenza? ¿Si se atreven a destruir la vida de unos ancianos, que siempre han sido reyes merecedores de respeto, cómo no lo van a hacer con los jóvenes a los que muchas veces no han tomado en serio? Pensé en todos nosotros, en toda nuestra generación, pensé en todos los niños que van a crecer y convertirse en adultos y pensé en lo negro que se les presenta el panorama. A mí lo que más rabia me da en este país, en esta situación económica y social es que no todos estamos en las mismas condiciones. Ricos y pobres han existido siempre, ya no podemos hacer nada frente a eso. El problema es cuando unos cuantos se hacen ricos a causa de los pobres. Ahí, amigos míos, radica el problema y la irracionalidad de todo lo que estamos viviendo. Tenemos unos políticos llenos de corrupción, de sonrisas frías frente a las cámaras, de falsedad, de despreocupación a los que les encanta decir que las cosas se van a solucionar mientras nos roban, mientras siguen con sus vidas caras y dejan que miles de niños en nuestro país sean víctimas de la desnutrición. Vergüenza, rabia, impotencia. Sólo puedo decir eso.

Si ante las cosas vitales, básicas, a las que tenemos derecho, nos estamos quedando desnudos… ¿Cómo se van a ocupar de nuestros sueños? Pues de nuestros sueños, señores, nos ocuparemos nosotros, que para eso son nuestros. El poder de las redes sociales no encuentra fronteras, y cada vez son más los jóvenes que apuestan por buscar ahí una salida, y demostrar ahí sus capacidades, sus ilusiones y su arte.

Mi amiga Alba es una de esas personas que la vida ha querido regalarle al mundo, es la bondad pura en forma de ser humano. Alba es ternura, es dulzura, es delicadeza, es amor, es una dulce fragancia, es una sonrisa sincera y un abrazo puro… Y mientras escribo estas cosas, me doy cuenta lo afortunada que soy teniéndola en mi vida. Instagram es una de las redes sociales más populares actualmente. La gracia consiste en subir una foto, ponerle un título y esperar que tus seguidores le den me gusta o no. En Instagram nos hemos acostumbrado a ver la vida de las personas en fotos, qué comen, a dónde viajan, qué ropa han comprado o cuáles son sus cafeterías favoritas… Muchos artistas han escogido Instagram como escenario de sus trabajos. Miles son los fotógrafos que llegan a todo el mundo a través de esta aplicación de móvil, miles son las personas que muestran su trabajo en imágenes, y Alba es una de ellas. Lo curioso es que Alba no es fotográfa, pero utiliza la fotografía como portada de unos microcuentos que son, sinceramente, maravillosos. Hace unas semanas que decidió empezar con esta aventura y yo, observándola en silencio, entre “me gusta” y comentarios de la gente, sabía que tarde o temprano necesitaría hablar de ella y lo que crea con sus manos.

Hoy te quería contar unos microcuentos que no me pertenecen… Estoy segura que tras leerlos, vas a querer ir a Instagram y seguir su cuenta: @microarte_

Poneos cómodos y disfrutad… Aquí os dejo algunos de ellos.

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“Dónde está el límite, ¿qué se puede considerar ilícito? Todos los días apuntaba en un cuaderno las veces que se engañaba al día. Como si de un juego se tratase, ella sabía que esta vez la máxima puntuación era la que le hacía perdedora. Buscó en el diccionario y leyó en alto: “2.m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda lo contrario a lo que desea.” Sabía que le faltaba algo a esa definición… Una especie de moraleja, cuando recurrimos a esa definición lo más probable es que ya esté sucediendo lo contrario a lo que deseas o ya haya sucedido. Decidió cerrar los ojos, dejar de respirar y esperar. Siempre pensó que en último suspiro la mente se llenaría de imágenes reveladoras, respuestas ocultas y reacciones desconocidad. Algo le rozó la espalda y subió a su pierna. Inmediatamente supo qué tenía que hacer, a veces sólo hace falta que alguien apoye  su mano en tu espalda o, en este caso, su pata en la piel para ayudar a calmar escalofríos, para despejar laberintos sin salida.”

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“Tienen vida propia, saben qué piensas y cómo vas a reaccionar. Cuando estás dejando de creer en ellas aparecen y cuando aparecen, sentencian. O, ¿somos nosotros? ¿Necesitamos creer en algo aparentemente ajeno a nuestras decisiones para poder decidir? Ató desesperadamente su vida a ‘las señales del destino’ como fuerza mayor. Si se enamoraba de alguien, y una foto de esa persona se caía de la pared de su habitación, tenía que alejarse de ella. O, ¿quizás eso sólo la ayudaba a decidir sin sentirse desprotegida? Las señales se lo indicaban… No estaba sola en esta decisión. Ya. Cobardía o cierta fe. No ha tenido más miedo en su vida como el que tiene ahora. Porque ahora sigue viendo señales, pero no van en la dirección que ella quiere ir. ¿Quién nos asegura que la decisión que tomamos es la correcta? Nadie. Eso es lo bueno o malo de la vida. Nosotros, al final, somos los que elegimos, ¿no?”

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“No tengo palabras, de corazón, no las tengo…” Martina hundió sus ganas en el abrazo más largo que supo dar. Leticia le había enseñado un lienzo, hecho para ella, para su nuevo escondite de magia y religión sin Dios. Le quería robar toda la tristeza que tenía en las manos, quería romper esa oscuridad que no le dejaba amasar la vida a su gusto. Las lágrimas de Martina eran señales que anunciaban una calle cortada por Leticia. No sabía cómo salir de allí, y sobre todo, no sabía cómo sacarla… Llevaban años dibujándose, una a la otra, fantasías en el cielo, sin querer saber que la solución era crear realidad en la Tierra”.

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“Todos sabían qué ocurría, nadie quería empezar esa guerra. Una guerra llena de dolor. Con abrazos como curas y con recuerdos dolorosos como armas, tiros en el pecho y cortes en la piel. La guerra de las cicatrices abiertas. De la película con final infeliz e inevitable. Las imágenes se mezclaban en la cámara de su interior, en sus sueños. Hospitales, luces cegadoras, sonidos desagradables, palabras que se apagan, lágrimas que nacen y no morirán nunca. Una vida se apaga y nadie hace nada. Y no hay mayor explicación: nadie hace nada porque no hay nada que pueda hacer nadie. Ante el ladrón de sístoles y diástoles, nadie tiene la carta vencedora, nadie tiene un as en la manga ni otro juego al que recurrir. Bajó la mirada  mientras una lágrima recorría su cara, pidió un minuto de silencio completo. de ojos cerrados y lentos latidos. Un minuto de sol en blanco y negro. Un minuto de silencio como homenaje al silencio eterno que se creó en su cuerpo una vez el corazón de su madre dejó de latir.”

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Porque el arte puede estar en las cosas más pequeñas, porque podemos encontrar arte en aquello que nos emocione, que nos transporte, que nos haga soñar. Porque creo que Alba todavía no es consciente del talento que tiene en esa cabecita y en esas manos que traducen lo que su corazón dicta. Porque creo que todos deberíais seguir su cuenta, y deberíais leerla… Con cada historia, con cada emoción, con cada microcuento. Porque me siento afortunada de rodearme de personas como ella. Porque aunque haya quienes se creen con el poder de arrancarnos nuestros derechos y nuestras vidas… Que nunca crean que podrán arrancarnos nuestros sueños. Porque nuestros sueños, amigos, son sólo nuestros.

Feliz sábado,

Lorena.

Olor a café y emociones en ayunas.

No es muy temprano, pero tampoco demasiado tarde como para dar los buenos días. Al fin y al cabo, para mi el verano es eso. No tener que madrugar demasiado y menos cuando no te tienes que levantar para ir a trabajar. Y siempre que pienso en esto, me acuerdo de mis veranos y mi infancia En el pueblo, en la playa. El despertar y desayunar con mis abuelos, las mañanas frente a las series infantiles que nos regalaba la televisión y que hoy, por desgracia, no encuentro ninguna ni si quiera parecida. Me acuerdo de las horas de piscina, las risas con mi hermano y los juegos en la calle. Esos sí eran unos buenos veranos. Dónde los horarios no existían, donde los sueños permanecían intactos y dónde los problemas quedaban lejos, demasiado lejos.

Esta mañana he puesto la cafetera y con el sonido y el aroma del café, de repente, me ha bombardeado una sensación. ¿No os pasa, a veces, que un olor es capaz de transportaros a un recuerdo? ¿Cómo es esa magia cuando un olor en concreto te transporta a un momento que ocurrió hace años? Yo tengo dos olores favoritos, que siempre me hacen sonreír por encima de todas las cosas. Uno es el olor de casa de mis padres, ese olor que sólo una madre es capaz de impregnar en la ropa, esa dulzura que te hace sentirte feliz, que todo está bien, que estas con los tuyos. Otro, sin duda, es el olor de la piel de la persona que más quiero en mi vida. Porque el amor tiene la capacidad de regalarte el mejor olor y también es capaz de regalarte el olor que se clava a puñaladas, que hace daño. En este caso, el olor que a mi me gusta es el que me transporta la felicidad, la calma, la paz, la tranquilidad y la locura que ríe sin parar.

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Hoy, sin esperarlo, el aroma del café me ha llevado a pensar en el amor, en las horas sin dormir, en los nervios a flor de piel y la ilusión recorriendo con mucha fuerza cada poro de la piel.
No es que sea muy mayor, ni pueda hablar de una trayectoria larga en sentimientos y amores, pero como todo en la vida, cada uno, más joven o más viejo, tiene ya sus recuerdos almacenados, sus sentimientos guardados y sus historias en la espalda.
El ser humano, desde bien temprano cree que tiene la capacidad de haber amado y haber sufrido lo necesario como para reflexionar y aconsejar sobre la vida. En mi caso, echo la vista atrás y puedo contar amores y desamores, sonrisas y lágrimas, locura y rabia, pasión y dolor. Cada vez he amado de una forma distinta, no sé si más o menos, simplemente distinta. No sólo he amado a hombres. También he amado a amigos y amigas, a familiares y profesores, a gente que ha ido pasando por mi vida. Y es entonces cuando el aroma del café me ha hecho pensar en una ciudad que siempre sentí mía y en la que ya no vivo. Me he acordado de gente que estaba y ya no está. Me he acordado de los que a pesar del tiempo y la distancia han sabido seguir con fuerza. Me he acordado de los que amé y de quienes sigo amando. Y me he sonreído en silencio. Me he sonreído a mi misma porque he pensado que soy feliz. Muy feliz. Y es que en la vida, al final, sólo se quedan los que sintieron amor puro desde el principio, sin nada a cambio, sin odio ni maldad. Los que sienten amor del bueno, del de verdad.

El café me ha hecho pensar que quizás nunca me he enamorado como lo estoy ahora. Estoy segura que nunca lo he hecho. Y entonces me he sentido afortunada. Me he sentido la persona más afortunada del mundo. Por querer con fuerza y que me quieran. Por sentir esa fuerza que no tiene explicación, esa magia, esa sensación que crees que jamás existirá y que es invención del cine y la literatura, que nos han engañado y con ella han disfrazado nuestra vida real. Pero resulta que a veces pasa, cuando menos te lo esperas, pasa.

También hay gente que no se enamora jamás. Hay gente que quiere y vive, que sonríe, pero no se enamora con la fuerza que los libros escriben. Pero claro, ¿quienes somos nosotros para juzgar la forma de amar de cada uno?

Entonces he sentido pena y me he acordado de un libro que leí hace años. Este libro me lo prestó una persona tras leer uno de mis relatos, me dijo que me encantaría y lo devoré en cuestión de horas. “Carta de una desconocida”, de Stefan Zweig. En el libro, se narra la historia de un amor solitario, de una amor sin límites y un amor que, aún no siendo correspondido, viaja por el espacio y el tiempo durante una vida entera. Una de esas historias de amor que encogen el corazón y te hacen ver que la vida, muchas veces, resulta realmente jodida. Hay quien no abre los ojos a tiempo, y quien no lucha con fuerza contra el destino.

Hoy el aroma del café ha despertado en mi todo esto. Y te lo quería contar. 

Ahora os dejo, voy a prepararme el desayuno, que aunque no lo parezca, aún tengo las emociones en ayunas.

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Feliz martes, amigos.

Lorena.