Bajo la misma estrella…

 

Me despedí de Madrid justo una noche antes de mi cumpleaños. He estado de vacaciones. Necesitaba desconectar del mundo entero (y aún así no me resistí a subir alguna foto a mi Instagram). Llevaba unas semanas con una presión mental demasiado fuerte y nada buena, necesitaba desconectar de todo y todos, por eso no he escrito nada estos días, he tenido, incluso, la mayor parte del tiempo el teléfono desconectado (muy raro en mí).

Me encanta celebrar mi cumpleaños, lo celebro durante días, porque ese año ya no se repite y porque nunca más volveré a cumplir 27 años (si me pongo negativa, no sé si cumpliré los 28, como no lo sabes tú). Me gusta reunir a mis amigos y a mi familia, me gusta ver junto a mí a las personas a las que quiero y ver cómo reímos, nos abrazamos y nos queremos… Lo hacemos cada vez que nos vemos, pero ya os digo que mi cumpleaños es especial para mí. Me llenaron de felicidad (y de regalos). Sergio esperó al último momento de la última celebración para sacar sus regalos… El último venía con una nota “No puedo escribir un libro por ti, pero si puedo ayudarte a plasmarlo… Te quiero” Y dentro del paquete venía mi nuevo juguete, con el que hoy os escribo. Después me instalé junto al mar y dejé descansar la mente, me llené de paz y de energía, me olvidé del trabajo, del ruido y del tráfico de Madrid.

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De vez en cuando, me gusta leer libros sobre adolescentes… Supongo que siempre habrá algo en mí de aquella adolescente que fui. A nuestro adolescente interior le tenemos marginado. Nos encanta decir que aún queda algo del niño que fuimos, nos produce ternura y una sonrisa, en cambio, nunca reconocemos que queda algo de adolescentes en nosotros, porque es la época tonta, el paso entre la infancia y la madurez y reconocer que guardamos algo de eso nos pone la etiqueta de no estar preparados para presentarnos al mundo como verdaderos adultos. Soy una persona adulta y madura (creo), pero espero que siempre haya en mí algo de la niña y la adolescente que fui.

En mi adolescencia fui muy feliz, muchísimo. Ya no sé si es que siempre he sido feliz o es que, pasado el tiempo, sólo soy capaz de recordar y guardar las cosas buenas. Creo que más bien es lo segundo y creo que es algo bastante importante que todos deberíamos hacer.

El primer amor llega en la adolescencia y eso es indiscutible (aunque seguramente no el verdadero), pero todos creímos en algún momento que éramos las personas más adultas del mundo cuando sólo teníamos quince años y que jamás podríamos volver a querer tanto como queríamos a ese chico o chica que nos volvía completamente locos. Ese chico o chica por el que después lloramos, por supuesto, y creímos que el dolor era tan grande que jamás podríamos superarlo. Sonríes, ¿verdad? Porque al final lo superamos, y porque no somos tan distintos.

Antes de salir de casa sabía que tenía que escoger un libro. Iba a estar unos días relajada y sólo me apetecía perderme entre páginas de papel y alguna historia que no me pertenecía. Me acerqué a las estanterías del pasillo y eché un ojo a unos cuantos que llegaron hace poco, su portada azul me llamó la atención y al leer el título pensé que me sonaba, segundos después supe que me sonaba. La película está ahora mismo en el cine, lo había visto en los carteles del metro. Prometía ser romántico y bonito, así que… ¿por qué no? Lo metí en la maleta.

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Lo leí en dos días. A veces me reía y Sergio me observaba, yo no alzaba la vista, pero de reojo podía ver como él sonreía sólo por mirarme. Era una historia de adolescentes, en la que en momentos veía reflejada a la adolescente que alguna vez fui y de la que espero aún llevar algo dentro. Me pegué a la sombra de Hazel Grace y seguí, a su lado, cada uno de los pasos de la historia que ha protagonizado.

Hazel es una adolescente que tiene cáncer de pulmón. Dos tubos van enganchados siempre a su nariz desde una botella de oxígeno para ayudarla a respirar y alargar, de este modo, su vida. La vida que ella sabe que más pronto que tarde acabará. Hazel está cargada de sueños, es una chica dura y valiente con una sensibilidad poco común. Inteligente, divertida y coherente. Detesta a muchas personas, y quiere mucho a muchas otras. Una de las tardes en las que acude a un grupo de apoyo de adolescentes con cáncer conoce a Augustus, un chico guapísimo que no deja de mirarla. Su media sonrisa, un paquete de tabaco que nunca se fumará y sus ganas de vida, enamorarán a nuestra protagonista y a los que observemos en silencio. Gus es el chico divertido, bueno, detallista y sorprendente que todas quisimos conocer de adolescentes, un chico hecho de sueños que pocas veces encuentras en la vida real (para nuestra tranquilidad, a veces hay suerte y lo encuentras. Existir, existen).

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El daño colateral de esta historia es el cáncer, del que todos vamos a ser “víctimas” a través de estas páginas. Hospitales, enfermeros, familiares detrozados, sueños arrancados, lágrimas, gemidos de dolor, jóvenes, niños, mayores, enfermos, sanos… Todos tienen cabida en una historia que lamentablemente se encuentra en la vida de muchas personas alrededor del mundo. El final ya se anunciaba triste desde la primera página y yo lloré a mares antes de llegar a las últimas diez.

Os invito a leer el libro, sin ninguna duda.

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Efectivamente, lo he hecho y he visto la película.

Nunca un libro se compara con una película, aunque la obra cinematográfica sea buena, el libro es la historia que conseguirás hacer tuya, visualizando a tu antojo cada rasgo de la cara de sus personajes o cada detalle de su habitación. Esa es la magia de la literatura, que tu imaginación y las palabras se funden para dar rienda suelta a tus sueños.

Yo sabía cómo acababa la historia, y desde la mitad de la película empecé a llorar. Al final, todo el cine lloraba. La película me encantó, casi tanto como el libro. La verdad que es buena. La interpretación de los protagonistas es brillante, y aunque al principio me decepcioné un poco porque no eran la Hazel Grace ni el Augustus que yo tenía en mi mente, pero a medida que avanzaba la trama, supe que Shailene Woodley y Ansel Elgort encajaban perfectamente con los protagonistas del libro. Todas las escenas principales de la novela están representadas en la versión cinematográfica, citando frases textuales del libro en la mayoría de los casos y no dejando nada en el tintero. El libro es más profundo, pero eso ya sabéis que pasa siempre.

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Cuando lees un libro así, con una historia como la de Hazel y Gus, sabes que hay amores adolescentes que son eternos, primeros amores que no se suplantarán bajo ningún concepto. En la vida real, a veces, el verdadero amor llega mucho después de la adolescencia, pero aún así te emociona recordar la inocencia con la que lo sentiste. Cuando lees una historia como la de Hazel y Gus, sabes que la vida es demasiado injusta con quien menos lo merece y que los que merecen ser castigados, muchas veces, acaban disfrutando demasiado. El cáncer no entiende de corazones buenos y malos, llega sin más, eligiendo al azar a sus víctimas, a quien lo padecerá y a todos los que lucharán junto al enfermo. El cáncer me da miedo, mucho miedo.

“Llegará un momento en que todos estaremos muertos. Todos nosotros. Llegará un momento en que no habrán seres humanos que quedan para recordar a alguien que alguna vez existió o que nuestra especie nunca hizo nada. ¡No habrá nadie a quien recordar! Ni Aristóteles o Cleopatra, y mucho menos a ti . Todo lo que hicimos y construimos , escribimos , pensamos y descubrimos será olvidado y todo esto habrá sido en vano. Quizá ese momento es muy pronto y tal vez hay millones de años de distancia, pero incluso si sobrevivimos al colapso de nuestro sol, no vamos a sobrevivir para siempre…”

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Buenos días, amigos.

Lorena.

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El amor bueno merece ser feliz.

Hay situaciones que merecen ser mimadas, como hay personas que lo merecen también. Hace unos días me senté con una amiga en una terraza del centro de Madrid, nos acompañaban dos copas de vino y unos cigarrillos. Dejamos de lado nuestros teléfonos móviles y nos dejamos llevar por las confidencias, los secretos y las risas… Porque a veces es necesario mimar los momentos.

Empezamos a hablar de historias, de las que recordábamos, de las de ahora, de las de siempre… Y acabamos debatiendo sobre el amor y las personas. El amor… Aún recuerdo cuando en plena adolescencia un profesor me decía que el amor era un ideal, y yo defendía con uñas y dientes que el amor era una realidad y la más bonita del mundo, sin ni si quiera haberlo conocido. Está claro, que recibimos el amor como un sentimiento, como la forma de querer a alguien. No sólo podemos hablar del amor hacia una pareja… Yo estoy enamorada de tantas cosas!!! Estoy enamorada de un hombre maravilloso, de mi familia, de mi perro, de mis amigas y mis amigos… Incluso estoy enamorada de algunos sabores, olores y lugares. El amor es demasiado amplio, y el amor puro y sano, sin duda, es maravilloso.

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Otras veces, el amor duele. Claro, el ser humano experimenta siempre el lado positivo y negativo de las mejores cosas y a veces, el amor duele. A mi también me ha dolido. Tanto y hasta tal punto que pensé que ya nada tendría solución… Pero es verdad que pasado el tiempo, te das cuenta que el drama no fue para tanto y que al final fue una cosa más, a la que con el tiempo aprendes a quitarle importancia y además aprendes a sonreírle por todo lo bueno que ha nacido del momento más oscuro.

Entre vinos y tabaco hablábamos del amor como obsesión, de esa necesidad que muchas personas sienten por aferrarse fuerte a un recuerdo y no ser capaces de limpiarse los ojos ante la realidad. El amor hace cometer locuras, está claro. Francisco de Quevedo decía: “No hay amor sin temor de ofender o perder lo que se ama.” Y es verdad. Cuando uno ama, se niega a perder lo que ama, lo que quiere, lo que está alimentando su vida y sus ilusiones… Esto sucede incluso en las relaciones dónde el amor ofende y hace daño. Pero si es cierto, y esto no lo podemos discutir, es que alguien debe intentar luchar por lo que quiere, pero sobretodo debe saber hasta qué punto y qué momento puede hacerlo. El problema, sin duda, viene cuando alguien arrastra una ilusión más allá de lo que permite el tiempo. Mi amiga y yo, entre complicidad y comprensión, nos contamos una historia que más bien parece sacada de una película americana… y que obviamente a una película me recordó.

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Hablábamos de una persona a la que conocimos, que siempre tuvo miedo de si misma, y quizás si se hubiese valorado un poco más habría sabido llevar las cosas de otro modo. (Es tan importante que confiemos y nos queramos a nosotros mismos!)… Esta persona luchó con todas sus armas para impedir que otras dos se conociesen. Sabía, de algún modo, que si esto ocurría, estas personas se enamorarían. Intuiciones que a veces se tienen, aunque no gusten. Lo impidió y lo consiguió. Pero claro… lo consiguió durante un tiempo. Consiguió que dos personas estuviesen alejadas en el espacio y el tiempo, y evitó que sus vidas se cruzasen, aunque sólo fuese andando por la misma calle.

Y aquí viene la cuestión… ¿El destino es capaz de jugar las cartas del amor? Pues a veces pasa. Esas dos personas, muchos años después, se conocieron por casualidad. Y no hubo remedio, ni nadie lo pudo evitar. Tenían que conocerse, y eso había sido así desde muchos años atrás. Se enamoraron. Se enamoraron como jamás habían logrado hacer. Fusionaron risas, sueños y vida. De estas dos personas, una es buena amiga mía, de esas con las que comparto vinos y cigarrillos… Y os prometo que jamás he visto a nadie mirarse cómo lo hacen ellos. Y entonces, sé que la magia entre las personas existe, que el destino se ríe ante la maldad de la gente, y que todo ocurre cuando y dónde tiene que ocurrir. Entonces sonrío, porque sé que el amor bueno existe, el puro y verdadero, y que al final, siempre supera al que hace daño. O al menos intenta hacer daño (como veis, no siempre lo consigue).

Quienes hayáis visto la película, la habréis visualizado al leer esto… No tan lejos de la realidad, OBSESIÓN fue llevada al cine de la mano de Paul McGuigan en el año 2004. Con un reparto de lujo, Josh Harnett, Diane Kuger y Rose Byme forman ese trío amoroso en un film de etapas retrospectivas, de corte mixto, dramático y romántico a la vez.

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Matt es un joven que vive en Chicago cuando ve por casualidad a Lisa, una joven y atractiva bailarina. Hará todo lo posible por conocerla y conseguir que ella le conceda una cita. Lo consigue. Desde ese momento son inseparables. Se aman locamente y saben que ya no podrían estar el uno sin el otro. Todo cambia cuando, a punto de irse a vivir juntos, Lisa desaparece sin decir nada. Matt, destrozado, abandona la ciudad y decide empezar de cero. Dos años más tarde, y prometido con otra joven, la casualidad y el destino les brindan una oportunidad juntándoles de nuevo en la misma ciudad. Lo que Matt no sabe es que Lisa lleva dos años sintiendo la misma sensación de abandono, lleva dos años sin una explicación y que sigue tan enamorada de él como lo está él de ella. Alex, la mejor amiga de Lisa, y enamorada de Matt en la sombra, ha hecho y hará todo lo posible para que ellos no se vuelvan a encontrar.

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Si no la habéis visto, os la recomiendo para una de estas tardes grises y frías que ya han llegado. Porque a veces, hay gente mala que lucha por hacer daño a los demás, y porque la mayoría de las veces, el destino sabe cómo jugar.  Porque a todas esas personas, que siguen obsesionadas con una realidad que no les corresponde, la vida las sabe frenar, y yo desde esa terraza del centro de Madrid, con una copa de vino y un cigarrillo en la mano, les quise sonreír. Y desearles suerte, que les hace y les hará mucha falta.

Porque sin ninguna duda, el amor bueno se merece ser feliz.

Feliz martes, amigos.

Lorena.