Y le quise ver mil veces…

Reconozco mi poca vergüenza. Os prometo que la reconozco, que no tengo excusas, sólo falta de tiempo…

El otoño ha llegado con fuerza a Madrid y si os digo la verdad, a mí me gusta tener que ir sacando ya alguna que otra chaqueta del armario, la chupa de cuero, los botines o los pantalones largos. Esta mañana he empezado mi lunes trabajando desde aquí, mi ciudad adoptiva, que cada día me tiene más enamorada (aunque parezca imposible) y la terminaré trabajando desde Italia, con una compañía inmejorable y eso, además de que no puede sonar mejor, es una auténtica gozada. A estas horas he decidido prepararme un té verde calentito, mientras el fresquito golpea la ventana y yo me reencuentro con vosotros. ¿De qué forma? Pues a través de un relato… No he encontrado otro modo. Es lo único que hoy necesitaba y os quería contar…

Leed despacio, como siempre, acurrucaos en el sofá y dejar, por unos minutos, de lado la realidad.


 

Y le quise ver mil veces…

Aquel día le vi, y fue casi sin querer, pero fue inevitable. Le vi. Y eso que aquella mañana mi amiga Sofía me había advertido de lo que iba a suceder. Ella sabía que yo saldría de casa y que le iba a ver, y yo negaba, y me reía y le decía que no, que tenía otros planes, que no me iba a cruzar con él… Que no iba a hacer por cruzarme con él. Pero lo hice, como lo llevaba haciendo durante meses…

Nos habíamos conocido muchos años atrás. Habíamos coincidido en una academia de verano de esas a las que van los pringados que, de un modo u otro, necesitan tener una obligación para levantarse cada mañana y estudiar para septiembre. Nos caíamos bien, es que eso se notó desde el principio. Por aquel entonces, él tenía novia y yo… Yo no tenía absolutamente nada. A ver, pongámonos en situación… Compartimos unas clases particulares en una academia, un verano, nada más (¿qué más da si tenía novia o no?). Si digo que no me fijé en él, miento. ¿Quién no se fijaba en él? Era prácticamente imposible. No sé muy bien si por esos ojos verdes, si por esa piel tostada, si por ese pelo despeinado o por esa chulería que le hacía irremediablemente adorable (y apetecible). Compartimos risas y buenos momentos, después, obviamente, cada uno siguió su vida. Es más, creo que él se fue de la ciudad… Bueno, no lo creo. Lo sé. Se fue a estudiar fuera y no le volví a ver hasta que no pasaron dos años, en una noche de viernes, por pura casualidad. Los dos nos alegramos de vernos, es verdad. Se notó, incluso desde lejos. Nos dimos un abrazo, nos regalamos las sonrisas que se regalan aquellos que hace tiempo que no se ven y se caen bien y estuvimos un rato charlando, entre risas, entre tonterías y complicidad (imposible negarlo). Dijimos de tomar un café, algún día, ya nos llamaríamos, si eso…

Pues me llamó. Me llamó al día siguiente y acepté. Lo que iba a ser un café se convirtió en horas y horas de cañas, de risas, de miradas, de parar el tiempo, de olvidarse del planeta, de paseos sin objetivo, sin lugar de destino, de entrar a cualquier bar, de no mirar alrededor, de comernos con los ojos y divertirnos… Sobre todo eso. Y me besó. Y yo he de reconocer que aquel beso me gustó, no sé muy bien si me gustó de verdad o si fueron las cañas de más, pero me gustó, aunque casi ni lo recuerde. Después de ahí, creo que no hablamos mucho más, y no porque no nos hubiese gustado aquella tarde… Es más, creo que los dos decidimos guardarla como una tarde especial en nuestros recuerdos y dejarla ahí, bien conservada, para no estropearla… A veces, hay cosas que pasan en un momento concreto y deben quedarse así, como si las guardases dentro de una cajita y mucho tiempo después la volvieses a abrir, para mirar que sigue igual y sonreír y saber que el tiempo no ha estropeado absolutamente nada. Es difícil, pero a veces, hay cosas que deben pasar así. Creo que alguna vez nos volvimos a escribir, cada muchos meses, un qué tal estás o un hoy por casualidad me he acordado de ti… Sin más. Dos frases cordiales llenas de cariño (y pasión) cada cierto tiempo. Y así, durante cuatro años más.

Yo habría seguido tranquilamente con mi vida, con mi rutina, con mi casa y mi pareja. Habría seguido con la tranquilidad, respirando la paz en mi zona de confort. Habría seguido así mucho tiempo, habría seguido así para siempre y seguramente habría sido cobarde, ¿verdad? O quizás aburrida, o quizás jamás habría descubierto que se puede estar mejor. Bueno, olvidemos la última frase, porque realmente siempre se puede estar mejor, y peor, así que a veces, es mejor quedarse como uno está, pero es que otras veces… Es que otras veces el destino te manda una señal y sabes que todo tiene que cambiar, aunque te vuelvas completamente loca.

Cuatro años después nos encontramos en un bar, él con un grupo de amigos solteros y depredadores y yo con un grupo de amigas guapas y divertidas. Obvio, no fue difícil entablar conversación, ni si quiera alargarla a unas horas, ni si quiera acabar todos juntos de copas y fiesta por el centro de la ciudad… Y aquella noche nos reímos, como lo habíamos hecho cuatro años atrás, y nos mirábamos y sabíamos que ocurría algo, algo inexplicable, algo que nadie podía entender, aunque todos lo viesen, seguramente, más claro que nosotros… Insistimos en decirnos que no nos habíamos echado de menos y, entre risas, incluso que habernos reencontrado había sido el error del fin de semana. Y resulta ser que aquel error nos llevó a querer vernos prácticamente cada día.

A medida que le veía a él, mi  rutina se desmoronaba, mi zona de confort se iba haciendo pequeña y empezaba a ahogarme. Cada vez que le veía quería salir corriendo y decirle que me llevase de bar en bar, a tomarnos unas cañas, a reírnos y a besarnos como aquel día en el que sólo queríamos tomar un café. Pero no lo hicimos, nunca lo hicimos. Porque no nos besamos, ni una sola vez. Compartimos muchos cafés, muchas risas y compartimos una complicidad que de forma egoísta nos iba uniendo cada vez más. Una complicidad que pedía a gritos que nos abrazásemos, que nos apretásemos fuerte las manos y que apostasemos por aquello que sentíamos, que era lo que, realmente, nos estaba manteniendo vivos. Y sentíamos miedo, sin decirlo. Porque nunca se lo dije. A veces, no es necesario decirlo. Supongo que me lo leía en la mirada, como yo leía en la suya que quería que fuese suya, sólo suya, para siempre, de nadie más…

Hubo un día en el que no podía más. Llevaba viéndole meses, fingiendo que era mi mejor amigo, fingiendo que era su mejor amiga, fingiendo que no nos queríamos devorar, arrancar la ropa a mordiscos, tocarnos el alma con las manos y desgastarnos los labios y la piel a besos… No podía quitarlo de mi cabeza y sólo sonreía si él me escribía un mensaje. Tenía un problema, un verdadero problema. Aquel día le vi. Y fue casi sin querer, pero fue inevitable. Me había prometido no escribirle, no verle, distanciarme. No hacer daño a quien creía en mí, hacer caso a la razón… Pero, inevitablemente, yo siempre fui más del corazón. Le vi con la excusa de darle algo, su libro favorito, en edición limitada que lo había encontrado por casualidad, cuando se habían agotado todos los ejemplares y yo estuve semanas para comprar uno. Y sólo nos dimos un abrazo, y le sentí temblar como temblaba yo. Y entonces, sólo entonces, supe que había dos caminos: salir corriendo para siempre o quedarme y arriesgar. Pero joder, alguien saldría herido, y yo, sólo yo, sería la culpable.

Aquella noche volví a casa, y ni el abrazo de mi gata me dio el calor que yo esperaba. Encontré mi casa, mi hogar, completamente vacío, desangelado, frío. Miré a la persona que más había querido jamás, a quien más me había querido, y me pregunté cuánto tiempo hacía que habíamos dejado de estar enamorados y le abracé en silencio. Y lloré, lloré mucho. Y no nos hicieron falta las palabras, porque hacía mucho que lo nuestro no funcionaba, porque hacía demasiado que sólo éramos amigos… Y nos hicimos daño. Claro que nos lo hicimos y nos echamos de menos, y seguramente lo haremos el resto de nuestras vidas… Pero, a veces, el destino te manda una señal, y te pone a prueba, y tu eliges cómo jugar, qué hacer, si arriesgar o quedarte cómodo, sin más.

Y yo arriesgué. Y le llamé. Y le vi. Y sólo me hizo falta abrazarle para sentir que ya nada era igual, que todo había cambiado, en cuestión de segundos, que ahora podía ser verdad, que podíamos tener la oportunidad de intentarlo, sin saber si saldría bien o saldría mal… Y me vio llorar, y lo entendió todo. Y me besó. Aquel día me besó. Me volvió a besar, como hacía años que no lo hacía nadie, como si el mundo se acabase allí mismo, y me abrazó y supe que no quería que me soltase jamás… Y tuvimos que intentarlo.

Y pasaron los años. No sólo cuatro, pasaron ocho, y diez… Y un día nos casamos, rodeados de amigos, en una fiesta divertida, sin excentricidades ni extravagancias. Fue una ceremonia bonita, llena de cariño, de pasión y de mucho amor… Y tuvimos dos hijos, y son maravillosos, con los ojos de su padre y la mirada de su madre. Y los miro, y entonces sé que lo hice bien y que hay veces que, simplemente, la vida te manda una señal, un aviso, de la forma que sea… Por un encuentro casual, un tropiezo o una canción. Hay caminos que aunque no los quieras recorrer, si están en tu destino, acabarás por perderte en ellos. Y le vi, y menos mal que le vi. Y que le quise ver mil veces…

destino

Buenas noches, amigos.

Lorena.

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Por amor al arte (Parte II)

Dia de Sant Jordi. Un llibre i una rosa per a tothom…

¿Cómo no me tiene que hacer feliz que haya un día del libro? Un día oficial en el que los libros son los verdaderos protagonistas…  Hoy y siempre. No debemos dejar de leer nunca, porque la ignorancia es lo único que nos podrá hacer débiles. Hoy, en mi pueblo, se celebra el día del libro y como anuncié ayer en mi Twitter y en mi página de Facebook, espero que todos los que estéis por allí paséis por la biblioteca de l’Olleria, donde se van a celebrar muchas actividades y vais a poder encontrar una sorpresa (micro)literaria de la cual, junto a otro autor, Angel Cano Mateu, he sido cómplice. Cuando pase el día, os cuento al resto de qué se trata.

Hoy en el día del libro yo no podía dejar de escribir… Y aquí traigo la segunda y última parte del relato que os dejé a medias hace unos días, Por amor al arte. Recibí comentarios, recibí respuestas y creo que aunque hubo quién tuvo sus sospechas y a quién el protagonista no le daba muy buena espina… Creo que nadie esperaba el final que aquí os espera. Leed despacito, con calma, que hoy el día es para ello…. Hoy te lo quería contar.

FELIZ DÍA DEL LIBRO. FELIÇ SANT JORDI.

Por amor al arte (Parte II)

 

-¿Una sorpresa?.- Dijo ella con una tímida sonrisa muriéndose de ganas por saber de qué se trataba.

-Te lo contaré en París.

-¿París?- Gritó entre risas, asombro y besos.

En dos semanas viajarían juntos a la ciudad del amor, pasearían por sus calles y podrían disfrutar de todo el arte que a ella le apasionaba, por amor al arte.

Recibió la llamada de Jorge el lunes a primera hora, no lo podía creer. ¡Su mejor amigo estaba aquí! Jorge se había ido el año anterior a Alemania con una beca erasmus y allí conoció a Ana, de la cual se había enamorado locamente y con quien había empezado una maravillosa historia de amor quedándose a vivir junto a ella en Berlín, pero Jorge había vuelto durante unos días y ella se moría por verle. Jorge era uno de esos amigos que la vida te regala para guardarlos y mimarlos, él había sido su mayor cómplice desde niña, junto a María, eran los tres inseparables. Él fue su gran apoyo cuando ocurrió el trágico accidente de la muerte de su hermana. Él, más que un amigo, era un hermano.

-¡Me ducho y nos vemos enseguida!

Aquel día quedaría con Ángel por la tarde, así que la mañana ya estaba adjudicada a su mejor amigo, a sus historias y a que se contasen absolutamente todas las novedades de sus vidas. No les hizo falta decir donde reunirían, los dos acudieron a la misma cafetería de siempre, al verse, se fundieron en un abrazo eterno y en miles “qué ganas tenía de verte…”. Pasaron juntos tres horas que parecieron tres minutos y se dieron cuenta que la amistad verdadera está basada en eso, en que cada encuentro, aunque estuviese separado por tiempo y distancia, pareciese pegado al anterior. Le preguntó por María y ella sintió pena, mucha pena… Hacía tiempo que no se veían y sabía que tenía que llamarla. ¡Qué feliz fue aquella mañana! ¡Qué bonito estaba siendo todo en su vida!

A Ángel no le gustó, no le gustó absolutamente nada.

-No entiendo qué te pasa… Es mi mejor amigo.

Le estaba faltando el respeto, la miraba a los ojos y le pedía explicaciones, que le jurase mientras la miraba que no había nada entre ese chico y ella, le hacía jurar que no se habían mirado, ni tocado, y le aseguraba que Jorge estaba enamorado de ella, no había otra explicación para que hubiese querido verla después de tanto tiempo… Ella lloraba, en silencio y a gritos, de rabia, de frustración. No entendía nada, no le reconocía, no sabía qué pasaba. Él se fue, enfadado, y ella se quedó sola. Se quedó llorando, llorando y llorando durante horas, llamándole por teléfono mientras él no contestaba. Quizás él tenía razón y debería haberle avisado de que iba a quedar con su mejor amigo.

Cuando consiguió hablar con él, le pidió perdón mil veces. Ella, que ya no sabía ni lo que hacía, le suplicaba que le perdonase aunque en el fondo de su alma se preguntase qué tendrían que perdonarle… ¿Cuál había sido el crimen? Ángel la perdonó, la volvió a llenar de besos y caricias, de amor, le explicó que la amaba tanto que la posibilidad de perderla o imaginarla con otro le volvía loco, y ella lo entendió. Asintió y le amó, sin reproches. Entregando su corazón, su alma y su personalidad a otro cuerpo y otro ser.

Viajaron a París. Esta vez, quería decírselo a sus padres.Cuando les dijo que viajaría con su novio, sus padres quisieron conocerle. Ellos, desde hacía años, vivían atemorizados por todo. De hecho, ella sabía aunque no se lo dijesen, que vivían con miedo cada vez que ella salía por la puerta de su casa. Les pareció encantador. Guapo, educado, alegre, simpático, cordial, respetuoso… Y la quería, en los ojos se le notaba que la quería mucho. Sin ninguna duda, dieron el visto bueno para que los enamorados viajasen a la ciudad del amor.

París, el viaje perfecto, la ciudad perfecta, el hotel perfecto, los museos perfectos, el chico perfecto… Nada tendría que haber fallado y falló. Desde aquella mañana en la que vio a Jorge, al que por supuesto, no había vuelto a ver antes de que volviese a Berlín, él había cambiado y ella se sentía culpable. Había perdido su confianza y por más que lo intentase no la recuperaba. Estaban bien sólo cuando él quería y poco a poco ella iba perdiendo la fuerza en demostrar que él era el único y gran amor de su vida. Entre altibajos, enfados y risas, besos y faltas de respeto, pasaron aquellos días en la capital francesa. Días de sueños mezclados con pesadillas que ella quería borrar y olvidar, siempre dispuesta a perdonar. Sin saber cómo ni por qué, estaba totalmente sujeta a él, a su estado de ánimo, a sus caricias y sus enfados. Había dejado de ser quien fue.

El tiempo pasaba sin más, pero ella era feliz, siempre se lo decía a sí misma. Los buenos momentos siempre superaban a los malos y ella prefería quedarse con eso. Estaría entregada a él en cuerpo y alma, no soportaría perderle. Una noche discutieron tanto que ya ni sabía cuál había sido el motivo inicial. Siempre había un motivo, si no era un mensaje que recibía en su móvil, era porque había sonreído cordialmente a algún conocido, o porque no le estaba queriendo cómo le quería antes, aunque ella en nada hubiese cambiado… Bajó del coche llorando mientras él aceleraba. No quería ir a casa, no sabía que hacer. Se acordó de su hermana y deseó con todas sus fuerzas poder abrazarla, poder hablar con ella, pedirle un consejo, un “dime que tengo que hacer…”. Llamó a María y le preguntó si podía dormir con ella. Pasó la noche en casa de su mejor amiga, llorando, escribiéndole mensajes que él no contestaba, preguntándose qué había hecho mal…

-Tienes que parar esto, por favor. No puedes permitir que te trate así. ¿Cuánto tiempo lleváis mal? ¿Cuánto tiempo llevas llorando? ¿Por qué nunca me has dicho nada? No puedo verte así…- María hablaba sin parar creando un monólogo que ella era incapaz de escuchar… Necesitaba verle y estar con él, como una maldita droga de la que no se podía desenganchar.

Quedaron por la tarde y el día se hizo eterno. Dieron un paseo y fueron a cenar. Ella intentaba quererle, pero había algo entre ellos que les separaba demasiado. ya no reconocía esa mirada, los besos no sabían igual y las caricias le daban miedo.

-Creo que deberíamos dejarlo… -Dijo mientras le quemaba la voz.

Él no contestó, sólo levantó la mirada del plato y la clavó sobre ella. No sabía quién era, esos ojos estaban llenos de odio, y sintió como un dolor espantoso le penetraba el pecho. Él pidió la cuenta y se levantó de la silla esperando que ella le siguiese, subieron al coche y aceleró. Aceleró mientras ella, llorando, le pedía que fuese más despacio y entonces el horror se fue reflejando en su cara… No podía creer lo que sus ojos veían.

-¿Qué es esto? ¿A qué estás jugando? ¿Qué tipo de broma es esta?- Ella lloraba y gritaba, estaba aterrorizada.

-Baja del coche. ¡Baja del coche he dicho!

La arrastró hasta el puente, ella lloraba, lloraba como una niña perdida. Aquel puente, aquel lugar. Aquel río que se había llevado la felicidad de su familia, que se había llevado la mitad de su corazón, aquel puente que les había arrancado la alegría, que les había destrozado la vida…. La sujetaba frente a su cara, con el cuerpo apoyado en la piedra fría que desembocaba en el vació, a muchos metros del agua, la miraba con desprecio y con una mirada que jamás habría sido capaz de reconocer…

-Te di una oportunidad, te di muchas. Te puse el mundo a tus pies, te regalé viajes, te llevé a los mejores restaurantes, te compré toda la ropa que te gustaba, todos los malditos libros de arte que querías, te llené de amor… Y tú, ¿qué hiciste? fallarme, fallarme una vez más. Mirar a otros, no quererme, despreciarme… ¿Crees que eres mejor que yo? ¡Contéstame!.- Estaba fuera de sí. Las venas del cuello parecía que iban a estallar y en sus ojos el fuego del odio parecía que los iba a quemar.

Ella lloraba y suplicaba que él la llevase a casa… cuando escuchó una cruel y desgarradora carcajada.

Le dio la vuelta y la puso mirando al vacío, la sujetaba con fuerza y el temblor de su cuerpo ni si quiera se notaba entre la fuerza de sus brazos. Ya tenía medio cuerpo fuera. Ella sentía su aliento sobre su oído, ese aliento del que había estado locamente enamorada, al que le había entregado su vida, ahora le mordía, le quemaba el pelo y el alma.

-Eres igualita que la zorra de tu hermana… Aunque tu tengas amor al arte.- Y la empujó.

Una caída de segundos que se hicieron eternos, una caída al vacío que iba a llevarla a la muerte. Una caída que le regaló mil imágenes en su mente. Él, su amor, su odio, sus padres, Jorge, María… Lucía. Su hermana, su hermana. Él había sido el chico del que se había enamorado. Él la había asesinado. Boom. El golpe seco contra el agua le arrancó la vida y los suspiros.

Miró desde lo alto. Pobre familia. Otro suicidio. Arrancó el coche y se fue de allí. Los últimos caprichos le estaban saliendo demasiado caros.

Quizás fue la ira, fue el dolor, fue la rabia,fue la injusticia… A penas podía un brazo y el otro sin duda estaba roto. Las piernas pataleaban con toda su fuerza y a penas podían luchar contra el agua, y consiguió moverse, arrastrarse y llegar hasta una orilla fangosa, llena de matorrales, con el cuerpo lleno de heridas y el alma hecha jirones. Allí, en tierra sólida y húmeda dio los últimos suspiros, miró la noche, llena de estrellas y le pidió perdón. Sintió como su alma se desvanecía y como la vida se apagaba.

Pasaron minutos, horas y días… Años, incluso, le habían parecido a ella. Ocho horas le confirmaron después. Escuchó unos gritos… “¡Está aquí!” Decía la voz de una chica a la que no conocía. Sirenas, luces, lágrimas, alientos de felicidad… Acababa de volver a la vida.

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Feliz miércoles, amigos.

Lorena.

El juego prohibido, la pasión y la mentira.

Me gusta escuchar historias, me gusta inventarlas, me gusta escribirlas, me gusta contarlas… Hoy os traigo este relato. Para aquellos que tienen en su vida un “qué habría pasado si…”, y eso, amigos míos, lo tenemos todos. Porque hay historias que marcan, otras que se olvidan, algunas que se recuerdan, otras que se entierran… Pero las historias siempre son nuestras, y seguro que todos habéis sufrido alguna vez por haber perdido un tren… Seguro que también habéis sonreído cuando habéis decidido no subir. Porque no olvidéis, que al final, no somos tan distintos.

Os dejo este relato, para que leáis despacito… Que es jueves, y los jueves siempre son bonitos.

EL JUEGO PROHIBIDO, LA PASIÓN Y LA MENTIRA

“Perdóname. Sólo puedo y debo empezar así. Perdóname por aparecer ahora mismo, de la nada, desde la sinrazón, desde dónde esto ya no tiene sentido. Perdóname por el tiempo, por la distancia, por matar los sentimientos. Perdóname por haberme ido, por no saber darte, por no poder hacer, por no encontrar el valor. Perdóname por estas palabras, por empezar como tú lo hiciste, porque ya nada puede empezar, porque ya no queda nada, porque ya no es nuestro, porque sé que siempre creíste que nunca lo fue. Hoy he escuchado tu voz y sin querer, he sentido el aroma de tu piel e inevitablemente he tenido esta estúpida necesidad de decirtelo. Perdóname…”

Releyó tantas veces como pudo, le temblaban las manos, le temblaba el corazón. Cerró los ojos y le dio al botón. Mensaje enviado.

Qué día tan agotador… Parecía que todo estaba demasiado oscuro, el día era gris, el cansancio se le pegaba a las pestañas y las ojeras arrastraban la evidencia de unos días de trabajo interminables. Sonó el móvil, era un correo electrónico y estaba segura que sería alguien de la oficina, esos inoportunos que no saben controlar su reloj, que no saben respetar el horario, que no asimilan el descanso. No quería mirarlo, no le apetecía, así que lo dejó sobre la mesa, se preparó un te verde, su favorito, y se tumbó en el sillón. El gato dormía, y los niños estaban con su padre. En aquella casa tan grande y solitaria se respiraba silencio. Por fin, silencio. Se quedó dormida casi sin querer y cuando se despertó, como una cruel manía que ya  parecía algo innato, cogió el teléfono. Había demasiados mensajes sin leer, y demasiados correos sin abrir. Sólo había dormido un rato y aquello parecía arder. Con uno ojo abierto y el otro incapaz de despertar, miró por encima. Lo que sospechaba era una realidad. E-mails inagotables de trabajos, de dudas y propuestas, hasta que un nombre abrió como platos los ojos aún dormidos y la mirada que se resistía a despertar. No, la verdad es que no dudó en abrirlo, leyó rápidamente mientras el corazón, inconsciente, se aceleraba. Volvió a leer, palabra por palabra. Leyó con calma y sentía cómo le iban temblando las manos. Leyó y volvió a leer hasta casi aprenderse esas palabras, que sin saber por qué estaban acuchillando sus recuerdos, hasta aprendérselas de memoria. Soltó el móvil sobre la mesa y se quedó tumbada. No tenía ningún derecho a escribirle. Ya no.

Habían pasado cinco horas y sabía perfectamente que ese correo había llegado a sus manos. ¿Cómo no iba a llegar, si se pasaba veinticuatro horas pendiente del teléfono? Seguramente lo había leído nada más enviarlo, pero no iba a contestar. Al fin y al cabo, era lógico. Estaba en todo su derecho.

Ya era tarde, y el frío penetrante encerraba a la gente en casa. Aún así decidió dar un paseo, necesitaba darlo. Se puso el gorro de lana que le acababan de regalar por su cumpleaños, unos guantes, el abrigo más caliente que tenía y con las manos en los bolsillos, decidió lamentarse por las calles. ¿Por qué le había escrito? No tenía derecho a entrar en su vida así. Pero, ¿por qué no? Ella hizo lo mismo. No iba a contestar a ese correo, lo sabía, pero había sido inevitable escribirle. Aquella chica… ¡Dios mío! Aquella chica tenía su misma voz. La había oído de lejos, en una simple cola de supermercado, pronunciar a penas dos palabras con la cajera, palabras con una sonrisa que inevitablemente le recordaron a su sonrisa. Como una bomba de recuerdos, en cuestión de segundos, las imágenes habían vuelto a su cabeza, las risas, las lágrimas, su pelo, su piel, sus besos… Su voz.

Es increíble, pero siempre pasa. Un momento, un hecho concreto, un segundo del tiempo, un instante y el mundo se para, la mente viaja y eres capaz de revivir algo que habías enterrado hacía tiempo, demasiado tiempo. Eran jóvenes, y tenían tantos sueños, que creyeron que juntos podrían comerse el mundo, que superarían los obstáculos y que el tiempo sólo era una cuestión que debían atravesar juntos…

Era un domingo por la noche, con un invierno a las espaldas y la primavera casi llamando a la puerta, cuando un mensaje, entre risas, entró en su correo. Ella se estaba riendo, de la situación, de él y de la vida. Era la mejor amiga de alguien demasiado cercano, pero a penas había oído mencionar su nombre. Por entonces, era una absoluta desconocida. Aquel mensaje fue fresco y gracioso, no había maldad, ni intenciones. Hasta que las hubo. Decidió contestarle, sin saber por qué, entrar en su juego. Ni si quiera sabía cómo era, pero le resultaba divertido, poco común, una huída de lo rutinario. Los mensajes se fueron encadenando, y el juego fue demasiado peligroso. No sabía ni cómo, ni por qué, pero a medida que pasaban las semanas sólo necesitaba saber de ella, cada vez más, quería saberlo todo. Qué le divertía, qué le asustaba. La había visto en fotos. Era evidente que le gustaba. Le gustaba mucho más de lo que hubiese deseado.  Llegó a desearla sin ni si quiera haberla visto, sin saber cómo era su voz, cómo caminaba, como sonaba su risa… Pero deseaba acariciar su piel, y morder sus labios. Deseaba abrazarla, dormir junto a ella. La deseaba. 

Dudó si debía contestarle. No podía saber si debía o no. ¿Se lo debía a él? ¿Se lo debía a si misma? ¿Se lo debía al tiempo? Por quién no se lo debía, sin duda, era por él. Él, quién compartía sus sueños con ella. Quien la abrazaba cada día y la cuidaba cada noche…  Había pasado demasiado tiempo, y no lo necesitaba. Pero le temblaban las manos… sólo quería saber cómo estaba, si era feliz, si lo había sido, si estaba bien, si necesitaba algo… A ella siempre le preocupaba si los demás necesitaban algo, aunque últimamente incluso eso descuidaba.

Volvió a leer el e-mail… Habían pasado tantos años…

Pasaron semanas hablando, sin conocerse, sin verse, deseándose, queriéndose, jugando a lo imposible, desafiando a la realidad, burlándose de la lealtad. Ella le deseaba tanto como él la deseaba a ella. Sabía a lo que se exponía, sabía en qué lugar estaría, sabía que sería una mentira, sabía que sería escondida, que sería inexistente, ella, que siempre quería ser protagonista. Le hizo un guiño al tiempo y al dolor que sabía que llegaría, pero se abrazó a la ilusión y a la esperanza de que al final ganaría. Preparó una maleta pequeña, compró un billete de tren y le dijo que estaba de camino. Huía de la ciudad, y de la vida misma. La acompañaba esa persona en común, ese nexo de unión que sin querer había cruzado sus vidas. La acompañaba hasta el destino, que bien lo conocía, y allí, en el momento oportuno desaparecería. Él les esperó con una sonrisa, y hubo una presentación oficial, con dos besos que morían por ser miles en sólo uno, por juntar labios y unir vidas… Se fueron a su casa de la playa, y aquel fue el mejor fin de semana de su vida. La pasión gritaba por toda la casa, las paredes se hacían pequeñas ante tal inmensidad, ante lo que ellos sentían. Hicieron el amor, toda la noche, todo el día, se comían a besos y se comían a risas. Se querían, el juego se les había ido de las manos y volver atrás ya no sabían…

Acabado el fin de semana, volvieron los mensajes, ahora acompañados por un “te echo de menos…”. Pero ella era la sombra, frente a quien ante el mundo, ante familiares y amigos era la protagonista, la oficial, la verdadera. Ante todos menos ante su confidente, su nexo, su cómplice, que empezaba a sufrir demasiado por todo lo que venía… Dos ciudades distintas, una pareja de tres, dónde la tercera era ella, dónde la sobra era ella, era sobra y también sombra. Y ahora, al recordarlo, se daba cuenta que lloraba…

La noche caía con fuerza, y además empezaban a caer los primeros copos de nieve, el invierno venía vestido de tipo duro y decidió volver a casa, aún con las manos en los bolsillos, preguntándose mil veces por qué le había mandado ese correo y recordando lo mucho que le gustaba… Cabizbajo al recordar su cobardía y lo infeliz que le habían resultado los años, y los días. Aquello duró demasiado tiempo, habían sido los mejores meses de su vida. Ella era luz, era vida, era alegría, era risas. Es más, ella era su luz, era su vida, era su alegría, era su risa. Se sentía cobarde, egoísta y era capaz de revivir el juego, el único juego de su vida del que se sentía un absoluto perdedor frente a quienes le consideraban frío y calculador. Habría muerto por ella, no tenía duda. Pero eran unos niños, ella estaba lejos, tenía ganas de comerse el mundo y él se conformaba con comerse su pequeña ciudad de costa, quedarse cómo estaba, con su rutina de siempre, con sus cosas de siempre. Recordaba cómo se sintió totalmente perdido… ¿Realmente había amado a dos mujeres al mismo tiempo? Lo que era real es que a una la había engañado totalmente, y a la otra, sin duda, le había fallado. En las promesas y en los sueños. Sus recuerdos estaban vivos, demasiado vivos. Recordaba cada encuentro, cuando ya no hacían falta cómplices, cuándo sólo estaba ella, ella por encima de todo, por encima de la realidad y la mentira, ella, su risa y su voz. Recordaba cada vez que la había besado, aquí o allí, cada abrazo, cada caricia, cada vez que le había hecho el amor, como no se lo habían hecho nunca, recordaba sus lágrimas, sus noches en vela ante la indecisión, ante dos caminos tan distintos. Uno, le acomodaba. Otro, le atemorizaba. ¿Valiente o cobarde? Esa era la cuestión. Llevaban así muchos meses, mucha distancia, mucho dolor y lo que tendría que haber pasado, más bien pronto que tarde, pasó. Ella le pidió que tomase una decisión.

La amaba, sabía que la amaba y que posiblemente se arrepentiría siempre si no luchaba por demostrarle que esa era su verdad.

Esa noche, su marido no había ido a dormir, las cosas no iban demasiado bien, el trabajo la tenía tan absorbida que había dejado de lado las cosas más importantes de su vida. Su relación se marchitaba poco a poco y había días que él ni si quiera aparecía. A penas pasaba tiempo con sus hijos, y siempre acudía a su ex marido para que se hiciese cargo de ellos, porque había salido a última hora una reunión. Su vida personal se estaba destruyendo mientras la profesional alcanzaba su máximo esplendor, y era una lástima no ser consciente de poder combinar las dos.

Y ahora aquel e-mail… ¿Por qué? ¿Por qué le había escrito? ¿Qué quería? ¿Qué buscaba? Sin saber por qué, al despertar por la mañana fue en lo único que pensó. En él. Él, cobarde y egoísta, que no supo hacer frente a la situación, que salió vencedor del juego, viviendo en la mentira. Él que tomó una decisión, y como todo en su historia esa decisión llegó a través del ordenador. ¡Un correo electrónico a modo de despedida! Un correo electrónico en forma de adiós, para acabar cómo todo había empezado, obviando los besos, las caricias, la complicidad y el amor. Y ahora… ¡Diez años después volvía a enviarle un e-mail! No lo podía creer…

Llamó a la oficina, y sin saber muy bien por qué, le dijo a su secretaria que no se encontraba bien y que no iría a trabajar. Prometía volver al día siguiente y ponerse al día con todo y todos, pero le dijo que ese día no iba a estar disponible para nadie. Se preparó un te y sujetó el móvil en la mano, mientras se paseaba de arriba a abajo por todo el salón.

¿De verdad seguía sintiendo algo? ¿De verdad un simple correo le estaba provocando todo esto? Quería contestarle, quería decirle que le odiaba, que había estado pensando en él durante todo ese tiempo, que se había casado, que tenía dos hijos preciosos y un ex marido engreído al que no soportaba, quería decirle que se había casado por segunda vez con un hombre maravilloso, al que amaba, sólo a él, y que su relación se estaba pudriendo porque ella había conseguido ser dueña de una multinacional que crecía por segundos.

Quería verle. Quería besarle. Ella también quería volver a sentir su voz, a acariciar su piel, a jugar al juego prohibido, a ver sus ojos, a hacer el amor en la casa de la playa, y a decirle al oído que siempre sería suya… Pero al idealizar todo aquello vivido en plena juventud, se acordó de lo mucho que echaba de menos los besos de su marido, las caricias y las risas, las flores frescas, el desayuno de la risa, el color en las paredes y la alegría en su mirada. Las infidelidades le habían dolido demasiado, y el juego prohibido había sido un juego lleno de dolor arrastrado por el tiempo, una cicatriz en la espalda que seguramente no desaparecería jamás. Lo que sí había quedado era el tiempo y la distancia, los recuerdos y el olvido. Cogió el móvil y borró aquel correo.

Salió de casa y cogió el primer taxi que vio. Su marido estaba desayunando, en la cafetería de siempre, en la mesa de siempre.  Ella se sentó con una sonrisa.

-¿Me invitas?.- Le dijo. Y vio como la mirada se le encendió como el primer día.

Borró aquel correo y enterró aquellos recuerdos, sonrío para si misma y supo, más que nunca, que hay trenes que pasan y no vuelven, aunque lo intenten.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.