Quiero

¡Ay, amigos! La verdad es que estos días, entre estar en casa (porque sí, me he venido un mes entero a mi pueblo y ni recordaba la última vez que había paso aquí tanto tiempo), entre tanto trabajo y demás… se me van los días sin actualizar el blog. Supongo, que cuando pase el verano todo será diferente. Hoy es día de reencontrarnos, para empezar así la semana y quiero hacerlo en forma de relato, porque no se me ocurre mejor forma de estar juntos, y hoy, que mi amiga Alba me ha pedido que lo haga, te lo quería contar. Un relato que habla de los sentimientos del ser humano en general porque todos, alguna vez, nos hemos enamorado con tanta fuerza que nos ha sido imposible que nos respondan de la misma manera… y todo, de un modo u otro, acabamos viviendo las mismas historias.

Leed despacio, como siempre…


QUIERO

Quiero que te duela la tripa como me duele a mí cuando pienso en ti, cuando pienso en aquella primera vez que nos vimos o cuando pienso en todas las que, casi por casualidad, nos hemos cruzado en la vida. Quiero que recuerdes aquel día en el que nuestras miradas se cruzaron por primera vez, aquel día en el que alguien pronunció nuestros nombres e hizo de nosotros una presentación oficial, para pasar de desconocidos a ser conocidos de forma cordial. Quiero que recuerdes aquella noche de verano, en la playa, entre música y sonrisas, en la que bailamos sin parar y bebimos juntos alguna copa de más. Quiero que te acuerdes de la ropa que llevaba, de aquel vestido de flores que  cubría con suavidad mi piel. Quiero que recuerdes cómo me mirabas o las primeras palabras que compartimos, quiero que las grabes a fuego en tu memoria y que cada vez que recuerdes esos instantes, una sonrisa tonta se apodere de tu cara. Quiero que recuerdes el momento en el que me pediste mi número de teléfono y que recuerdes aquel primer mensaje que nos encendió el corazón. Quiero que recuerdes esas noches, en las que nos pasábamos horas escribiéndonos, hasta que la fuerza de nuestros ojos por cerrarse se resistía a nuestras ganas, esas noches en las que te quedabas dormido con la pantalla del teléfono encendida, que se apagaba al mismo tiempo que nosotros, sin querer, nos quedábamos dormidos. Quiero que recuerdes cuándo me preguntaste si estaba disponible aquel martes por la tarde, en el que nuestra primera cita marcaría con fuerza el calendario y nuestras vidas.

Quiero que recuerdes el primer café, los nervios de la primera vez, la falta de palabras y las ganas de hablar sin parar. Quiero que recuerdes las ganas de los besos y la vergüenza que te impedía darlos. Quiero que recuerdes aquella primera cena, en la que una hamburguesa en aquel rinconcito de Madrid, pareció el mejor manjar y la velada más romántica. Quiero que recuerdes la primera cerveza, la primera de muchas que acompañaron a todas y cada una de las mariposas que revolotearon en nuestros estómagos. Quiero que recuerdes cada una de las risas a medias, donde temblaban los labios y la voz, donde las miradas se sostenían con la misma fuerza que tenían nuestros corazones por aquel entonces. Quiero que recuerdes el primer paseo por el parque o la primera vez que quisimos hacer un picnic en el Retiro. Quiero que recuerdes la primera vez que patinamos por Madrid Río y me cogiste de la mano, prometiendo que no me soltarías jamás. Quiero que recuerdes el primer helado que compartimos en La Puerta del Sol, paseando hasta la Plaza Mayor y sintiendo que el mundo se paraba y que todo a nuestro alrededor desaparecía. Quiero que recuerdes la primera vez que subiste a casa y te puse aquel disco que tanto me gustaba y que tanto detestabas, aquel disco que aceptaste con una sonrisa y aquel disco por el te burlaste de la música que me apasionaba. Quiero que recuerdes aquella noche en la que decidiste que te quedarías a dormir.

Quiero que recuerdes la primera vez que hicimos el amor, en la que me acariciaste como si mi piel fuese a desaparecer bajo tus dedos. Quiero que recuerdes cada uno de los besos con los que me recorriste el cuerpo y me erizaste el alma. Quiero que recuerdes cada uno de nuestros despertares, entre miradas cómplices y besos, en los que las sábanas eran nuestras mejores aliadas y nada más tenía importancia. Quiero que recuerdes los te quiero porque sí, sin importar el día ni el lugar. Quiero que recuerdes, porque yo todavía no soy capaz de recordarlo, qué fue lo que te impulsó a desaparecer, poco a poco, de mi vida. Quiero que recuerdes qué era lo que te pasaba por la mente cuando no te apetecía escribirme un mensaje o cuando cualquier excusa era suficiente para impedir que nos volviésemos a ver. Quiero que recuerdes si te preguntaste si yo estaría llorando en mi habitación. Quiero que recuerdes si alguna vez me echaste de menos y si alguna vez te preguntaste si la que te echaba de menos era yo. Quiero que recuerdes cuándo fue el momento en el que te fijaste en otra persona y en el que otros besos llenaron tus labios de ilusión. Quiero que recuerdes si alguna vez volviste a mirar a alguien cómo me miraste a mí, si volviste a hacer rabiar, entre sonrisas, a alguien como lo hiciste conmigo, o simplemente, si alguien te llenó de felicidad como yo te llené a ti, o como tú me llenaste a mí.

Quiero que cuando suene tu móvil corras a mirarlo, esperando que quien te haya escrito sea yo. Quiero que mires, de vez en cuando, mi última conexión y que cada vez que me veas en línea, desees con todas tus fuerzas verlo convertido en un escribiendo… que te acelere el corazón. Quiero que si no lo hago, lo hagas tú, que me escribas y quieras sacarme una sonrisa, que quieras volver a ser tú quien me haga sonreír. Quiero que te inventes cualquier excusa para saber de mí, que le hagas una foto a tu cena o compartas conmigo una foto cada vez que veas el mar. Quiero que se te ocurra cualquier tontería que a mí me alegre el día, quiero que lo hagas cada día. Quiero que tengas ganas de luchar por mí y que te dé igual todo lo que haya llegado nuevo a mi vida. Quiero que entiendas que sigo pensando en ti cada vez que me voy a dormir y que si sueño contigo cada noche, no es por pura casualidad. Quiero que te mueras por llamarme y decirme que me vuelves a necesitar, que me echas de menos y que tarde o temprano necesitarás gritar que quieres volver a dormir abrazado a mi piel, a mi respiración, a mi aliento y al aroma de mi piel. Quiero que te pasen todas y cada una de estas cosas, porque son las que me pasan a mí.

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Buenas tardes, amigos.

 

Lorena.

 

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Empezó mi vida…

Cuando me marché y escribí el último post, tenía claro que hoy era el día que iba a volver. A veces, los planes no salen como uno quiere. Hace dos días que llegué a España y en menos de 48 horas he tenido que hacer muchos km para ir hasta casa a arropar a mi familia, para despedirme de un ser querido, y hacerle frente a la muerte, que es lo único que temo en la vida… Hoy ha sido un día muy triste y os prometo que no creía tener fuerzas, pero tras llegar (de nuevo) a Madrid y estar en el sofá, me he dado cuenta que esto era lo único que me podía desahogar: escribir.

Estas dos semanas en París han sido de las mejores de mi vida. Si de por sí esa ciudad enamora, yo he tenido la suerte de conocer y rodearme de personas increíbles que no me han dejado sola en estos quince días, que me han abierto los brazos desde el minuto cero y que me han hecho sonreír constantemente. París es una ciudad que enamora, cada rincón, cada calle desprende una magia inexplicable… y como no podía ser de otro modo, tenía que volver con un relato, con una historia imaginada en esa ciudad de ensueño… Ya había escrito alguna vez sobre ella, sin conocerla, pero esta vez, estoy segura que será diferente. Leed despacito, como siempre…


Empezó mi vida

Las ganas de comerme el mundo siempre me jugaron malas pasadas. Aquel martes no había sido un buen día. Marta gritaba al teléfono, reprochándome un sinfín de historias que a mi ya me cansaban. La quería, la quería con todas mis fuerzas, pero sin embargo, aquella no estaba siendo una buena época. Llevaba meses pensando que todos tenemos malas rachas y que aquello, tarde o temprano, tenía que cambiar. Sólo faltaban dos semanas para que yo volviese a España y seguro que, entonces, con el verano, los planes y el reencuentro, todo volvería a estar en su lugar. Llamé a Antonio esperando que me ofreciese un buen plan, necesitaba salir de casa y París en una tarde de julio tenía toda la vida que yo anhelaba. Sabía que él no me iba a fallar, él siempre sabía cómo organizar los días y cómo hacer de cada uno de ellos una aventura. A las siete en punto nos reuniríamos en Bastille para ir a tomar unas cañas. Decidí salir de casa con la sonrisa puesta, más por necesidad que por casualidad, pero lo que nunca imaginaba es que esa sonrisa iba a ser mi única aliada en los próximos días… Antonio y el resto de gente de la oficina me esperaron puntuales, había alguien a quien yo no conocía. Ni si quiera me fijé bien en ella. Me la presentaron, sin más. Era la hermana de Juan, otro de mis compañeros, y había venido a pasar unas semanas a la ciudad del amor para hacer turismo e intentar buscar un trabajo que le asegurase un futuro mejor. Sigo sin entender qué fue lo que pasó. No sé en que momento empezamos a hablar, no sé en que momento nos empezamos a reír o en qué momento cogimos la confianza suficiente como para gastarnos bromas que nadie más podía entender… Lo único que sé es que unas horas después deseé que el mundo desapareciese y me olvidé de todo lo que había en él.

La mañana siguiente me desperté pensando en ella, sin saber muy bien cómo ni por qué. Sabía que tenía poco tiempo y quizás la debilidad en mi relación con Marta, quizás la novedad y las circunstancias o quizás el destino hicieron que aquel día y todos los que vendrían a continuación me inventase mil excusas y mil planes en grupo para poder volver a verla. Propuse fiestas y turismo, cualquier cosa que a ella le pudiese interesar. Necesitaba, de forma inexplicable, verla y hablar con ella. Conseguí hacer todos esos planes, el verano también ayuda a salir a recorrer la ciudad, a sentarse en los bares, a beber cerveza fría, a ver caer la noche y ver las luces intermitentes que cada hora en punto llenan de magia la Torre Eiffel. ¿Qué me estaba pasando? Yo, que estaba completamente enamorado de mi chica, a la que durante tres años había visto superior a cualquier mujer, con la que sabía que quería compartir el resto de mis días, el resto de mis vidas… Algo cambió y algo falló en aquella tarde de martes en la que tuve que recoger con fuerza mi sonrisa para salir de casa.

Dudé mucho en contarle mis sentimientos o no… ¡Era una locura! Tenía unos cuantos años más que yo, un chico que la esperaba, una vida en otro país, unos planes de futuro sin mí. Pero a veces, en la vida, cuando dos personas se cruzan, sus caminos encuentran un punto de unión tan fuerte que la conexión es brutal, explosiva, inexplicable, irracional… Ni si quiera la conocía realmente y no podía dejar de pensar en ella. Me robó el alma, el corazón y los días. Me conformaba con verla sonreír, con escuchar su voz, con aguantarle la mirada y ver a través de sus ojos que ella sentía exactamente lo mismo que estaba sintiendo yo. A veces, esa conexión es tan fuerte que sobran las palabras… Aquel viernes decidimos salir. El Pont Alexandre III nos acogió bajo sus luces, con toda esa gente que estaba ahí, desde cualquier ciudad de Europa, desde cualquier rincón del mundo, compartiendo risas, botellas de vino y amores de verano… Bebimos más de la cuenta y la noche nos invitó a vivir. Bailamos y reímos casi hasta el amanecer y entonces, todavía me preguntó por qué, le dije:

-No hace falta que te lo diga, ¿verdad?

Sonrió y negó con la cabeza, con una tristeza que en cuestión de milésimas de segundo se había apoderado de  su mirada.

-No… no hace falta, pero sabes que es imposible.

Asentí y le di un abrazo. Me conformé con un abrazo. Yo, que siempre había sido de luchar por los imposibles, de convertirlos en posibles. Yo, que la había conocido hacía solamente tres días y no podía dejar de pensar en ella. Yo, que prefería caer mil veces antes que no haberlo intentado. Yo, que en aquel momento olvidé que tenía que volver a España y que ella volvería a Italia… Yo, que había olvidado que tenía una vida en la que ella no estaba. Yo, que había olvidado que ella tenía otra en la que yo no pintaba nada.

Seguimos viéndonos y coincidiendo, entre miradas cómplices y sonrisas a medias. La sentí distanciarse de mí, la vi alejarse de forma sutil, como se alejan los que no quieren hacer daño… Mientras iba contando los días y sabiendo que cada minuto era uno menos, y que cada día que pasaba ya no iba a volver. Entonces, empecé a sentir miedo porque sabía que sin querer, había empezado a quererla, con todas mis fuerzas, desde aquel martes de julio en el que el destino quiso que nos encontrásemos.

Me estaba volviendo loco, me ponía nervioso si pensaba en ella… Necesitaba salir de trabajar y encontrarla. Necesitaba escuchar su voz.  Me creí el imposible y empecé a querer, simplemente, verla sólo una vez más, porque empecé a tener miedo, empecé a temer no volver a verla y empecé a repetirme, una y otra vez, que me estaba volviendo loco… Me había enamorado, locamente además, de alguien a quien ni si quiera conocía, alguien a quien seguramente había idealizado en mi cabeza y alguien a quien seguramente no podría tener jamás. Me sentía culpable y egoísta… ¿Cómo podía sentir tanto por alguien a quien había visto cuatro veces en mi vida? Y entonces supe que no podemos sentirnos culpables por sentir… Porque sentir amor, sea en la condición que sea, es lo que realmente nos enciende el corazón y nos hace temblar el alma… Y además de París, no hay nada más mágico que eso.

Sabía que podía ser un gran error, pero no pude evitarlo. Faltaban dos días para coger aquel avión que me llevaría de vuelta a unas vacaciones que venían en forma de realidad, una realidad que me estaba atormentando. Le envié un mensaje y la cité en las escaleras de Montmartre para beber unas cervezas, para reírnos de las risas y sentir la ciudad a nuestros pies justo en el momento del atardecer… Apagué el teléfono. No quería ver la respuesta. Cogí el metro y fui hasta allí para estar puntual a la hora prevista. Esperé cinco, diez, quince, veinte minutos… Esperé una hora, esperé dos… Vi a muchas chicas rubias a lo lejos, con la sonrisa en los labios y su imagen se me borraba al tenerlas cerca… Me había equivocado, y lo peor, me había metido en una burbuja de un mundo que no era el mío, en un lugar donde no tenía que estar, suplicando poder ver a la mujer que no tenía que ser… Decidí hacer el camino de vuelta andando, perdiéndome entre la noche parisina, entre los jóvenes que se devoraban a besos y las familias que paseaban disfrutando del verano… Me sentí estúpido y avergonzado. No esperaba encontrar un mensaje cuando encendiese el teléfono. Bueno, miento. Sí lo esperaba. Esperé a llegar a casa y lo encendí. Me había escrito quince minutos antes de la hora a la que yo la había citado, me había escrito un: “Lo siento, me es imposible. Cuídate mucho.”, que me provocó una pequeña carcajada que me quemó el alma y la voz.

No le volví a escribir, pero no podía dejar de pensar en ella. Era incontrolable. El mismo domingo que cogía mi avión de vuelta, me crucé con Antonio y entre risas, estupidez y vergüenza, le conté lo que me había pasado…

-Yo estaba con Juan en ese momento. Ella estaba subiendo a Montmartre cuando su novio la llamó, por sorpresa, para decirle que estaba aquí. Me parece, amigo mío, que si no hubiese sido por ese pequeño detalle, habría acudido a la cita.

Sonreí cabizbajo y quise quitarle importancia. Nada, absolutamente nada, sucede por casualidad. Quizás tenía que ser así, tenía que aparecer él para evitar que yo la viese, para evitar que el mundo se desmontase a nuestro antojo, cuando ambas vidas respiraban tranquilas en su rutina y estabilidad. Me recuerdo perfectamente en el aeropuerto, apurando un cigarro en silencio, respirando el aire de París, sabiendo, a ciencia cierta, que cuando volviese dos meses después, ya nada volvería a ser como antes. La ciudad en la que había vivido los últimos dos años había cobrado vida en sólo dos semanas.

Cuando vi a Marta me sentí un cobarde y el mundo se me vino abajo cuando aquella noche, entre besos y sonrisas, quise hacerle el amor y sólo fui capaz de pensar en Isabella…

Dejé mi vida, dejé mi relación, dejé mi mundo porque me estaba encerrando en una mentira. Dejé todo de lado por una ilusión, por una chica mucho más mayor que yo, a la que sólo había visto sonreír entre cervezas, con la que sólo había hablado de la vida… Dejé todo de lado por una chica a la cual no había acariciado, a la cual ni si quiera le había robado un beso, una chica de la cual no sabía cómo era su aroma, cómo olía su pelo… ni si quiera cual era su película, su canción o su comida favorita… Dejé de lado mi mundo por un amor imposible, por una historia surrealista, por una persona que el destino había cruzado en mi vida para hacerme vivir de una forma que no conocía… Para hacerme sentir, aunque resultase imposible, que me estaba enamorando por primera vez… de alguien a quien no conocía, como las historias de verano, las de cuando tienes quince años. Ella, a la que no sabía si volvería a ver alguna vez en la vida… Hasta aquel día, dos meses después, en el que recibí un mensaje que decía: “No he dejado de pensar en ti… Te espero en Montmartre, esta vez de verdad”.

Y entonces, sólo entonces, empezó mi vida…

HIce esta foto desde el metro, camino a Trocadero y supe, desde aquel instante, que tenía que escribir sobre esta ciudad mágica...

HIce esta foto desde el metro, camino a Trocadero y supe, desde aquel instante, que tenía que escribir sobre esta ciudad mágica…

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Desmonté el mundo.

Queridos míos, os he insistido tanto en que la primavera es mi estación favorita del año que hoy mismo me cuestionó si yo he perdido la razón o la ha perdido el tiempo, porque la primavera, como tal, ha desaparecido. El calor del pleno verano, ha llegado sin avisar, y mientras hace una semana todavía llevaba pantalón largo y chaqueta, hoy visto ropa que me pongo en pleno mes de julio.

He pasado unos días en mi tierra, disfrutando de las fiestas de Palomar con mis amigas, dónde me reencontré, después de diez años, con uno de los profesores que han marcado mi vida y fue para mí algo tan, tan bonito…  y estuve en l’Olleria, disfrutando de la comunión de mi prima Marta (ella es una de mis cosas favoritas de la vida), viviendo un fin de semana súper familiar y especial para nosotros… Porque en l’Olleria, las comuniones, más que un acto de fe, son toda una tradición y celebración y yo he sido muy feliz de verla a ella con tantísima ilusión…

Al llegar a Madrid, me doy cuenta lo bien que se está en el Mediterráneo, porque allí, aunque el calor sea igual de exagerado, el mar está bien cerca. Hoy me reencuentro con vosotros con un post en forma de relato sobre una de las caras del amor, una de esas caras que desde lejos, nos atrevemos siempre a juzgar, sin pensar realmente qué sienten sus protagonistas… Y aunque yo siempre he sido de las de defender que las cosas se pueden evitar y sobre todo, en estos temas, suelo estar en contra de los que se enamoran… Hoy he necesitado ponerme en su piel, porque a veces, la locura y el dolor, son los únicos que nos llevarán a la cordura y la felicidad.

Leed despacito, como siempre.


Desmonté el mundo.

Por aquel entonces yo debía tener unos veintitrés años. Tenía las ganas de vivir aferradas al alma, tenía ganas de comerme el mundo, estaba en mi segundo año de facultad y todo era bonito. Me había trasladado a la ciudad y vivía en un antiguo piso que mi abuela paterna conservaba, un piso deshabitado desde hacía muchísimos años y que mientras a mi madre la horrorizaba, yo vi su encanto desde el minuto uno. Recuerdo la primera vez que entré en él. Aquella casa olía a soledad y polvo, era un lugar oscuro al que sólo hacía falta abrir las ventanas, limpiar a fondo y darle una mano de pintura para convertirlo en un lugar acogedor. Cambié algunas cosas, algunas cortinas, algunos muebles, parte de la decoración, las almohadas, el colchón… Poco más. Me gustaba aquella casa, combinando lo antiguo con lo moderno, lo viejo, lleno de recuerdos y vivencias, con las cosas recién estrenadas. En el salón, un gran ventanal se abría a un pequeño balcón al que le puse una pequeña mesa de madera y un par de sillas, unas flores y mi café cada mañana. Al lado de aquel ventanal, en el interior de la casa, conservé un viejo tocadiscos que me parecía maravilloso, y justo a su lado, una estantería llena de libros e historias que otros habían escrito para que me acompañasen en el camino de la vida. Mi gata Lulú se mudó conmigo y cuando todo estuvo terminado, las dos nos miramos y asentimos. Nos gustaba nuestro nuevo hogar.

Acudía a clase por las mañanas, estudiaba y pasaba apuntes por las tardes. Los fines de semana, trabajaba en una cafetería y en verano aprovechaba para dar clases particulares a aquellos niños que en septiembre tenían que recuperar algunas asignaturas del curso anterior. Desde muy pequeña supe que quería ser abogada, seguramente lo supe antes de saber en qué consistía realmente aquello, pero una vez, viendo una película con mi madre, le dije que yo quería hacer lo mismo que hacía el señor de la pantalla, quería hablar por otros y ayudarles, quería defender a los buenos y meter en la cárcel a los malos, y entonces ella me dijo que para eso, tendría que estudiar mucho y sacar muy buenas notas en el colegio. Así lo hice.

Por aquel entonces yo tenía veintitrés años, veintitrés años recién estrenados y un sin fin de planes en los que por supuesto, él no entraba. Todo cambió aquella tarde de junio en la que se cruzaron nuestras vidas…

Marisa, una señora de voz dulce y educada, me había llamado hacía sólo unos días porque había visto mi anuncio sobre las clases particulares. Su hijo Víctor, necesitaba ayuda en los exámenes finales y además, seguramente, iba a necesitar ayuda durante todo el verano para preparar los exámenes de septiembre. Me avisó que tenía 13 años y la tontería eterna del adolescente que se cree mayor y lo sabe absolutamente todo.  Vivían sólo a dos manzanas de mi casa. Vivían en un quinto piso, en un edificio de color marrón y tostado. Aquella casa me daba paz, quizás por lo silenciosa y sola que estaba. Olía a limpio y tenía las paredes blancas. En el salón, donde daríamos nuestras clases, habían fotos familiares repartidas por estanterías y muebles, algunas en la playa, otras en la nieve, todas ellas enmarcaban sonrisas y felicidad, enmarcaban la infancia de unos niños que ya habían perdido su inocencia. La madre de la criatura me pareció más dulce todavía en persona que por teléfono y el rebelde adolescente, en el fondo, me hacía gracia, se ponía rojo cada vez que le hablaba y no se atrevía a levantar los ojos y mirarme a la cara. Como por aquellas fechas, yo también estaba de exámenes, nos veíamos todas las tardes, de lunes a jueves, una hora y media cada día. Me pagarían al final de cada semana, y a mi me parecía genial para mis gastos y caprichos que llegaban al mismo tiempo que el viernes en el calendario. Víctor tenía un hermano mayor, de dieciséis años que al parecer, aunque no fuese un estudiante brillante, cumplía con sus obligaciones y una hermana pequeña, de ocho años que era una preciosidad y, sin ninguna duda, la princesa de la casa. Una tarde en la que Marisa salió a recoger un vestido que tenía encargado llegó Jaime, el padre. No había coincidido nunca con él y en el momento que se cruzaron nuestras miradas supe que mi vida estaba perdida para siempre.

No podía creer que aquel hombre, que era increíblemente guapo y atractivo, pudiese ser tan mayor como para tener tres hijos y una mujer. Nuestras miradas se cruzaron en silencio, como se cruzan las miradas de dos personas que ya se han visto antes, que se suenan de algo y no saben de qué, se cruzaron como se cruzan las miradas de quienes se devoran con las mismas y sienten que el resto del mundo se ha desvanecido a sus pies. Me levanté para presentarme y en el momento que me dio dos besos se me erizó toda la piel, ni yo misma podía entender qué era lo que estaba sucediendo. Cuando salió del salón, me miró con una delicadeza que no había visto jamás en ningún ser humano y asintió. Entonces supe que él sabía lo que a mí me estaba pasando, y lo que es peor, supe que a él le estaba pasando lo mismo.

Aquella noche no pude dormir. Sin saber cómo, ni por qué, me estaba volviendo loca de rabia, sólo le había visto una vez y sólo quería estar a solas con él, y quizás, como sabía que era imposible todavía lo deseaba más. Desde aquel día, mis clases particulares tenían un motivo de ser, sólo deseaba que fuese la hora para acudir a aquella casa, todas las tardes con la esperanza de volverle a ver. Tardé una semana en volver a coincidir con él, nuestras miradas volvieron a cruzarse, en silencio, calmadas, ardiendo, fuertes, seguras, irracionales, apasionadas… Y sabía que me estaba quemando, pero no quería dejar de jugar. Era una locura, pero necesitaba vivirla. Desde aquel segundo reencuentro, acudía casi todas las tardes, a la misma hora, con una excusa tonta. Su despacho estaba en el piso de abajo, así que era muy fácil para él. No había pasado absolutamente nada, ni habíamos cruzado más de dos palabras, pero empecé a tener miedo de que su mujer me viese mirarle, o que le viese a él mirarme a mí, empecé a temer que me dijese un día que ya no hacía falta que volviese más.

Una tarde, mientras su hijo se había escapado al baño, pasó por el salón y me vio sola, entró a preguntar si quería agua o algún refresco, que hacía mucho calor… Le dije que no se molestase, estaba a punto de marcharme a mi casa, y entonces, en ese instante me preguntó qué estudiaba… Cuando escuchó la palabra derecho le salió una medio sonrisa que a mí me hizo temblar el corazón y entonces me dijo que él era abogado y que cualquier cosa que necesitase, podía contar con él.

Mis ganas de verle, o simplemente de estar a solas con él, crecían por segundos. No me reconocía. No me importaba su familia, ni su mujer, ni nada, sólo quería estar con él y quería vivir, al menos una vez en la vida, las cosas con las que llevaba soñando desde que le había visto por primera vez. Una tarde, al cruzarme con él, le pregunté si podría echarme una mano con un tema que tenía atravesado y sobre el cuál me examinaba una semana después. Me dijo que al terminar la clase, pasase por su despacho. En aquella oficina trabajaban varios abogados, entre todos habían alquilado el local para que les saliese más rentable, y cada una de las habitaciones de aquel piso, eran las oficinas personales de cada uno de ellos. La suya daba a la calle, y el sol entraba con ganas por pequeños espacios que esquivaba a través de las cortinas. Me senté y empecé a exponerle mis dudas, me temblaba la voz y me sudaban las manos. Me miraba fijamente, en silencio, y entonces se puso a mi lado y me acarició la mano. Un silencio nos envolvió, y sin saber cómo, sentí sus labios sobre mi cuello, cogí sus manos y apreté mis senos, le besé cómo jamás había besado a nadie, le desabroché cada botón, le arranqué la camisa, le dejé subirme el vestido y apreté su espalda contra mi cuerpo que reposaba ya contra la pared y sentí como nos convertíamos en solo uno, con fuerza, rabia, pasión y miedo.

Cuando terminamos lloré en silencio, mientras él me abrazaba y me acariciaba el pelo… Aquel día cambió mi vida para siempre. Dejó de subir a su casa cuando yo estaba, nos veíamos en su despacho, con la excusa de mis dudas y su experiencia. A veces, sólo nos abrazábamos y nos besábamos, otras nos pasábamos un buen rato hablando, otras hacíamos el amor, y otras simplemente nos acariciábamos las manos. Me enamoré de él como jamás me he enamorado de nadie. La primera vez que vino a mi casa era un domingo, había dicho en casa que iba a comer con unos amigos, preparé pasta con tomate y bajé las persianas para que la luz del pleno agosto entrase con delicadeza por lo bajo. Alquilé unas películas, y estuvimos tirados todo el día, comiéndonos a besos, saboreando cada poro de nuestra piel, desnudándonos el alma y queriendonos sin límites ni por qués… Lulú nos miraba cómplices, sabía de él sin conocerle y sabía que yo jamás había sido tan feliz. Mi olor favorito era el de su piel, mis caricias favoritas las de sus manos y sabía que ya no quería hacer el amor con alguien que no fuese él…

Aquel fue uno de los veranos más tristes y bonitos de mi vida. Bonito por la pasión y las ganas y tristes por una clandestinidad que me hacía cada vez más daño, por seguir subiendo a aquella casa y ver aquellas fotos en el salón, por pasar por el lado de su mujer y sentirme tan desgraciada de su desgracia, por verle en una familia que no era mía, yo, que era suya… y él, que tanto me quería…

En septiembre mi dolor ya era insoportable y le dije a Marisa que no podía seguir dandole clases a Víctor porque debía centrarme en mi carrera. Nunca supe si lo hice por vergüenza, o por egoísmo, pero necesité salir de allí. Un año después, la situación era insostenible y yo sabía que estábamos locos el uno por el otro. Vivíamos ya dentro de nuestra locura, que era sólo nuestra, pero era la única forma en la que éramos felices. Se divorció. Sus hijos mayores tardaron muchos meses en poder perdonarle lo que le había hecho a su madre y a mí tardaron años en querer hablarme.

Mi madre montó en cólera cuando se enteró, me echó la culpa de absolutamente todo, pero con el tiempo supo entenderme y perdonarme. Nos instalamos en el viejo piso de mi abuela paterna, y lo hicimos nuestro hogar. Terminé mis estudios y nos casamos cinco años después. Olivia llegó a nuestras vidas cuando yo cumplí los veintinueve y Claudia sólo quince meses después. Montamos nuestro propio bufete de abogados y trabajamos juntos formando un equipo que no podría ser mejor.

A veces, me pregunto si algún día la vida me perdonará el daño que hice, o si la vida, mirándonos desde lejos, sonríe y entiende que a veces, no podemos controlar nuestros destinos, nuestros caminos y nuestros actos, y si quizás ella, me ha perdonado ya, entendiendo que el amor, a veces, simplemente nos vuelve locos y necesita desmontar el mundo para que dos almas se lleguen a encontrar. Yo desmonté el mundo, infinitamente egoísta, para buscar mi felicidad.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Libertad.

Madre mía… No os podéis imaginar la felicidad que me produce pensar que a partir de ahora, y durante unos meses, cada vez que me siente frente al ordenador para reencontrarme con vosotros va a ser así. Con el día resistiendo en la ventana, con los niños jugando en mi urbanización, sus risas, sus patines y su pelota. ¡Cómo me gusta la primavera! ¡Cómo me gusta el sol y qué buena energía me dan estos días!

Hoy vengo con un relato, que ya nos tocaba. Siempre digo que existen dos tipos de amor: el bueno y el malo, y siempre pienso que para encontrar el bueno, alguna vez has tenido que conocer el malo, para saber que de ese ya no querrás saber nada nunca más. Hoy os traigo un relato que habla de esto, un relato en el que podéis poner nombre en vuestra cabeza a sus personajes, podréis imaginarles cómo queráis y podéis poner como decorado la ciudad que más os apetezca. Es más, os propongo que me contéis cómo imagináis su físico, qué nombre creéis que podrían tener y en qué ciudad imagináis que se desenvuelve la historia… Será divertido.

Leed despacito, como siempre… 🙂


 

Libertad.

 

Que suene una canción y escucharla en el más absoluto silencio es un verdadero placer. A veces, no nos damos cuenta que tenemos a nuestro alcance el poder disfrutar de pequeños momentos que son capaces de llenar nuestra alma, podemos suspirar tranquilos, podemos disfrutar de algo que se va a meter poco a poco dentro de nosotros. Dejamos salir un poco del dolor que queda dentro a través de un suspiro… y entonces, cuando sentimos ese vacío que ha dejado en nuestro cuerpo y nuestros sentimientos, sabemos que en el momento que empecemos a dedicarnos pequeños momentos y nos dediquemos a lanzar suspiros que se lleven en el aire el daño que nos han hecho, nos sentiremos un poco más libres, nos sentiremos un poco más nosotros mismos y que poco a poco, conseguiremos estar en paz. El tiempo todo lo cura, o eso dicen.

Aquella tarde de viernes estaba cargada de energía fuera de mis ventanas. El sol y la primavera sonreían complacientes, cogidos de la mano, observando a todos aquellos que reían a carcajadas en las terrazas, observando a los que paseaban y a los que andaban con prisa, observaban desde algún lugar a todos los que iban y venían, a los que cogían trenes o aviones, a los que daban por finalizada una semana de trabajo, a los que se besaban en las esquinas o los que abrazaban a sus amigos. En el lado de la ventana en el que estaba yo, se respiraba un aire más bien gris y frío, que poco tenía que ver con la realidad del mundo exterior. En ese lado de la ventana, se respiraba el aire que mi mente y mi corazón guardaban en silencio, queriendo sacarlo todo fuera y sin saber muy bien cómo hacerlo. Un hilo de luz, resplandeciente, se colaba entre las cortinas de mi casa, un hilo de luz que rozaba mi pierna, que acariciaba mi piel, un hilo de luz que quise interpretar como una pequeña esperanza en un alma llena de tinieblas y soledad. Porque siempre, en la más triste oscuridad, hay un hilo de luz que te acompaña.

Me quemaba el corazón, me quemaban las ganas, me quemaba el amor y me quemaba cada poro de la piel, sobre todo en la espalda, quizás porque era el momento en el que iba a renacer, en el que iba a volver a tener alas, en el que podía volver a sentirme libre y en el que iban a volver los resquicios de una libertad que alguna vez sentí inmensa, mía, y fuerte.

Siempre me gustaron las personas entregadas, las que tienen ilusiones y risas constantes en la cara, las que aman sin condición, las que quieren con fuerza y con pasión. Siempre me gustaron las personas que están dispuestas a sorprender y siempre están felices cuando reciben una sorpresa. Siempre me gustaron las personas llenas de energía, de sueños, de anhelos. Siempre me gustaron las personas educadas, alegres, divertidas, inteligentes y apasionadas. Siempre creí ser una de esas personas y todavía me pregunto en qué momento dejé de serlo.

Muchas veces, a lo largo de mi vida, me he preguntado qué era en lo que habíamos fallado los seres humanos a lo largo de la historia para haber convertido el mundo en el que vivimos en un mundo tan vacío de tantas cosas, en un mundo irracional donde la gente asesina, donde personas mueren de hambre y donde una conversación escrita en un teléfono móvil es, para la mayoría, más importante que apartar ese cacharro y disfrutar de un café tranquilo con un amigo. El mundo, el amor, las personas y la vida se volvieron hace tiempo completamente locos… Y en algún momento que no recuerdo, yo me había dejado llevar por esa locura, por esa irracionalidad y ese vacío que tanto me atemorizaba.

No voy a entrar en detalles para contar algo que todos hemos vivido alguna vez: para contar cómo cogieron mi corazón y lo destrozaron en mil pedazos. Todos hemos vivido el desamor, pero por suerte, no todos hemos vivido una historia cómo la que he vivido yo. No entraré en detalles para decir que un día cualquiera, por una casualidad, con un beso apasionado, sellé un amor que yo creía eterno, cómo me dejé llevar por ese amor y cómo entregué mi cuerpo y mi alma hasta tal punto que los vendí a cualquier precio, por partes, como si de una enciclopedia entregada a tomos se tratase.

Me entregué ciegamente a una persona que me hizo creer que yo era lo más importante de su vida, que adoraba todas y cada una de mis virtudes y sonreía ante mis defectos, una persona que me besaba y me acariciaba, que me hacía el amor por las mañanas y me preparaba café los domingos. Una persona a la que le enseñé cada trocito de mi cuerpo, una persona a la que le hice un recorrido por cada resquicio de mi ser, una persona que me llenó de ilusión y vida, una persona que con el tiempo dejó de ser esa persona.

No quiero echarle la culpa a las rutinas, a la confianza y a la convivencia, porque echarle la culpa de lo que nosotros hacemos a algo que simplemente nos envuelve, me parece egoísta y desorbitado. La culpa la tuvo él, por esa personalidad que yo no entendía, y la culpa, sobre todo, la tuve yo, por perder esa personalidad que era sólo mía. Los primeros gritos se asociaron al trabajo, al estrés, y cuando lloraba desconsoladamente y me besaba, cuando me pedía perdón, entonces yo me culpaba por no ser más comprensible, y ahí iba perdiendo un poco de mí, me hacía un poco más pequeña y le iba entregando los primeros tomos de mi existencia. No por ser incomprensible, sino por permitir que alguien me gritase.

Con el tiempo, resulta que todo lo que antes hacía bien, ahora lo hacía mal. Desde elegir la ropa por la mañana, hasta llamar a un amigo para ver qué tal estaba. Incluso el café que preparaba todos los días, ya no tenía el mismo sabor, debía ser eso lo que le hacía tomarlo en silencio y casi sin mirarme a la cara. A veces, aparecía con un ramo de rosas por la puerta, porque sí, por ser un día cualquiera de nuestra historia y nuestra vida juntos, y entonces me daba cuenta de lo afortunada que era. Segunda entrega de mi alma y mi vida.

Me quería tanto que no podía soportar que otros me mirasen, que mis compañeros de trabajo quisiesen que yo les acompañase a tomar unas cañas después de la jornada o que mis amigos de toda la vida me dijesen en un mensaje que me echaban de menos o me querían. ¿Qué despropósito era ese? Me quería tanto que no podía soportar que alguien más me quisiese y por supuesto no podía soportar que yo contestase esos mensajes, que me fuese de cañas o que sonriese si alguien me miraba. Otra vez gritos y lágrimas. ¡Qué sinvergüenza yo, que estaba provocando todo aquello! ¿Esa era mi forma de querer? Eso no era querer y si seguía así me iba a quedar muy sola. Tercera entrega de mi vida, con mil anécdotas que no te voy a contar, porque me moriría de tristeza, no por ti, sino por mí, por haber aguantado algo así… Y me fui haciendo cada vez más pequeña, más desconfiada, más introvertida, más distante, más rara… Y dejé de ser quien era.

Una noche discutimos tanto que se atrevió a pegarme una bofetada. Lloramos los dos y él pidió perdón por haber perdido los papeles y los nervios. Yo no hablé en dos días… Era una sombra vagando entre las paredes de mi casa, que me parecía más triste y fría que nunca. Le perdoné porque él me quería, debía ser que esa si era una buena forma de querer. Debí perder tanta fuerza en mi cabeza que acabé perdonando aquello y entendiendo que sólo había sido por culpa de los nervios y el momento.

Y pasaron los años y mi vida se vio limitada de la oficina a casa, y de casa a la oficina. No recordaba la última vez que había visto a mis amigas o a mis amigos, y por supuesto, hacía mucho que no recibía ningún mensaje de nadie. Por una vez en su vida, él tenía razón: me había quedado sola.

La soledad puede matarte de pena, o puede hacerte fuerte. No lo olvides.

Que suene una canción y escucharla en el más absoluto silencio es un verdadero placer. A veces, no nos damos cuenta que tenemos a nuestro alcance el poder disfrutar de pequeños momentos que son capaces de llenar nuestra alma, podemos suspirar tranquilos, podemos disfrutar de algo que se va a meter poco a poco dentro de nosotros. Dejamos salir un poco del dolor que queda dentro a través de un suspiro… y entonces, cuando sentimos ese vacío que ha dejado en nuestro cuerpo y nuestros sentimientos, sabemos que en el momento que empecemos a dedicarnos pequeños momentos y nos dediquemos a lanzar suspiros que se lleven en el aire el daño que nos han hecho, nos sentiremos un poco más libres, nos sentiremos un poco más nosotros mismos y que poco a poco, conseguiremos estar en paz. El tiempo todo lo cura, o eso dicen.

Aquella tarde de viernes, en la que el sol y la primavera observaban la buena energía que les mandaban a aquellos mortales que paseaban por la tierra, decidí cambiar mi vida. Aquella tarde de viernes escuché una canción en silencio, la escuché tantas veces como lágrimas quedaban en mi cuerpo, suspiré en silencio y fui sacando parte de un dolor que casi no me dejaba respirar: el dolor que producen las faltas de respeto, el dolor que produce la falta de cariño, de confianza y de complicidad, el dolor que produce entregarse tanto a alguien y perder la esencia de uno mismo. Aquella tarde de viernes, la soledad me agarró fuerte de la mano y me pidió que me levantara del sofá. Fuera, había un mundo lleno de sol, de terrazas llenas de gente, de colores alegres, de macetas llenas de flores, de cervezas fresquitas sobre las mesas, de risas sanas, de gente alegre, de la que a mí me gustaba, de la que alguna vez fui. Hice una maleta con pocas cosas. Cuando uno decide cambiar su vida, a veces, es mejor dejar todo atrás, porque es inevitable que los recuerdos te persigan, pero si cambias el decorado, los recuerdos se ven de otro color, y parecen mucho más lejanos.

Un pequeño instante puede cambiar toda una vida. Quizás fue una canción, o fue un rayo de sol entre mis cortinas… Cuando le dije que me marchaba, por supuesto, ardió Troya, pero no lloré y esta vez, cuando me agarró del brazo, le dije que no me volviese a tocar nunca más.

Me instalé en casa de quien siempre había sido mi mejor amigo, aunque yo me hubiese ido, supongo que los buenos amigos se quedan siempre, en silencio, observando los errores que cometemos desde lejos, para salir en nuestra ayuda en el momento que necesitamos que nos rescaten, que nos resuciten, que nos salven.

Hay decisiones que aunque se deberían tomar mucho antes, alguna vez han de ser tomadas. De aquello aprendí muchas cosas, pero sobre todo, en la vida, he aprendido que sólo quiero rodearme de gente que me quiera de verdad, con respeto y cariño, de gente que me coja de la mano y me sonría, quiero mil canciones en silencio y mil suspiros que se lleven el dolor que una vez estuvo dentro. He aprendido que mi personalidad es mía, y una vez se resurge de entre las cenizas nadie puede volver a cortarte las alas, porque nunca más permitirás que te roben, por amor, tu libertad.

Imagen de Google.

Imagen sacada de Google.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

 

Dejar de ser.

Martes 13, siempre me ha gustado. Me gusta el 13 y no soy nada supersticiosa. El 13 es el día que nací y creo que el 13 es un día de buena suerte. También me gusta la manzanilla caliente, con dos cucharadas de azúcar moreno, que tengo ahora a mi lado, el silencio que se respira ahora mismo en mi casa, con el calor del hogar y Cometo a mis pies para despedir este martes con vosotros.

Después de estar todo el día sin saber qué iba a escribir hoy, finalmente he decidido que fuese un relato. Hoy te quería contar una historia que tanto tú como yo sabremos hacer nuestra. Este es mi primer relato de 2015, así que léelo despacio, como siempre…. Espero que te guste.

Gracias, de nuevo, a los que seguís conmigo en este nuevo año y gracias a los que acabáis de llegar…

Dejar de ser

Aquel podría haber sido un día normal, como lo había sido el anterior, como lo podía haber sido el siguiente. Aquel podría haber sido un día más, sin alterar el estado emocional en el que llevaba acomodada muchos meses, con la calma de la rutina y el buen sabor de creer y sentir que en mi vida todo era perfecto. Aquel podía haber sido un día normal… pero no lo fue.

Desde muy pequeña creí que la vida estaba siempre marcada por señales del destino. Recuerdo cuando en mi adolescencia siempre creía que yo iba a vivir un amor de película, cómo me entregaba con fuerza a las causas imposibles y cómo jamás dejé de decirle a un chico que me gustaba lo que sentía por él. Me gustaba creer en el amor, como siguen haciendo los adolescentes y siempre creí que en la vida había que jugar así, sin intentar perder oportunidades, si alguien me gustaba, yo siempre encontraba una señal para saber que debía luchar por él. Unas veces esas señales fueron creíbles, en otros muchos casos no.

Aquel día me levanté bien temprano, tenía una importante reunión de trabajo y no podía llegar tarde. Me duché con prisa mientras el sonido de la cafetera expandía suavemente el olor a café por mi casa. Era el aroma de los buenos días. Me puse unos vaqueros y una camisa blanca, uno zapatos altos de aguja y trencé mi pelo a un lado. Un poco de maquillaje y un color suave en los labios. Me bebí el café de un sorbo, cogí el bolso y salí de casa. Iba bien de tiempo. Cogí un taxi hasta la oficina. Llegué justo al mismo tiempo que Luis, mi jefe, así que decidimos fumarnos un cigarro en la puerta, sonriendo y deseando que aquel fuese un gran día. Mi relación con él era fantástica. Hacía cinco años que había empezado a trabajar allí con un puesto de telefonista que poco a poco fue creciendo. Había ascendido hasta ser responsable de mi departamento y en una hora nos reuníamos con el director de la empresa para saber si me ascendían a responsable de zona. Luis confiaba en mí, siempre lo había hecho. Era un buen hombre, educado, divertido y responsable. Más de una vez había estado cenando o tomando unas copas en su casa, un precioso ático en el que vivía con su marido en una de las zonas más residenciales y caras de la ciudad. Aquella mañana, su mirada me transmitió seguridad y fuerza, y mis ganas me animaban a pensar que ese puesto iba a ser mío, había trabajado muy duro para ello y sabía que lo tenía merecido.

En la reunión me temblaban las piernas, aunque entré con paso firme a la sala, me sudaban las manos y mi sonrisa escondía los nervios que me estaban revolviendo el estomago. Allí había dos chicas más, que trabajaban en la misma ciudad, pero en otras oficinas, ellas optaban a mi mismo puesto y les sonreí sabiendo que, seguramente, estaban tan ilusionadas como yo. Cuando, finalmente, dijeron el nombre de la persona elegida para ascender y ocupar el cargo al que aspirábamos y escuché que no era el mío, he de confesar que no me alegré ni lo más mínimo por ella. No la conocía de absolutamente nada y aunque quería creer que seguramente era porque se lo merecía, sentí mucha pena e impotencia. Luis me miró con la tristeza en la mirada, y negó por lo bajo dándome un abrazo a través de sus ojos y un “lo siento” que leí en sus labios, aunque no lo hubiese pronunciado. Le sonreí para que entendiese que no pasaba nada, que otra vez sería… Y creo que jamás he sonreído de una forma más amarga. Aunque no había querido hacerme ilusiones, me las había hecho. No le había contado a nadie lo de aquella reunión, yo nunca contaba las cosas hasta que no estaba segura que me habían salido bien, siempre me excusaba diciendo que no quería que se gafasen, pero en verdad era porque no me gustaba perder.

Cuando salimos a comer, Luis no sabía qué decirme, sabía lo mucho que me había esforzado para aquello y sabía lo feliz que me hubiese hecho ese ascenso. Me vio tan triste que me dijo si me quería coger la tarde libre, le dije que no. La vida seguía y no pasaba absolutamente nada. Aquel día, le había escrito a mi hermana y a mi cuñado para que viniesen a cenar a casa, porque pensaba que tendríamos algo que celebrar. Le escribí de nuevo para decirle que no me encontraba bien y mejor lo dejábamos para otra ocasión.

A las seis de la tarde salí de trabajar, una manifestación pasaba por el centro y justo habían cortado la calle principal. Ni un coche, ni un taxi. No recordaba la última vez que había ido en metro, no tenía nada en contra de ello, pero me acostumbré a ir en taxi a todos sitios y me autoconvencí que era la forma más rápida de llegar al destino. Normalmente era mentira. Mi hermana Paula siempre me lo echa en cara, a ella le parece fatal que no vaya en transporte público y que yo sea una contribuyente más del tráfico y la contaminación de la ciudad.

En tres minutos exactos, el metro llegó al andén. Ocho paradas hasta mi casa. Cuando la puerta se abrió y me dispuse a salir del vagón, me topé con la gente que iba a entrar en él… Y ahí, de repente, después de años sin saber nada de él, me topé con su mirada, con su cara y con su cuerpo. Estaba exactamente igual, como si nada hubiese cambiado. Nuestras miradas en silencio, enfrentadas, encontradas, con rencor, tristeza, alegría y confusión. Fueron los segundos más largos de mi vida. Ni un hola, ni un gesto con la cabeza, ni una media sonrisa, nos miramos como se miran dos desconocidos que se suenan y no saben de qué, nos miramos como dos personas que se habían querido con fuerza y miedo, con pasión y ganas, que se habían amado y prometido amor eterno y que posteriormente se habían odiado para siempre. Le cedí el paso y sentí su olor, se me paró el corazón y me dio un vuelco al mismo tiempo. Acababa de viajar en el tiempo. Estaba totalmente desubicada, confusa, atontada. Escuché el sonido de las puertas cerrarse a mi espalda y sólo fui capaz de girarme cuando sabía que el tren había desaparecido. No me lo podía creer.

Salí de la estación y las primeras horas de una noche fría de diciembre, caía con calma sobre mí. Pasé por el escaparate de mi pastelería favorita y entré a por un par de milhojas de crema, mis favoritas desde niña. Había sido un día de demasiadas emociones, así que me las comería en casa con calma. Me senté en el sofá mientras Silva, mi gata, se paseaba entre mis piernas dándome la bienvenida al hogar. Seguramente ella sabía que había sido un día raro. Me comí aquellas milhojas todavía en estado de “shock”, en silencio, con el café de la mañana recalentado, con un bombardeo de recuerdos acribillándome con fuerza la cabeza, con mil imágenes pasando como diapositivas borrosas a mil por hora dentro de mi alma. ¿Estaría también él pensando en mí?

Sin ninguna duda, el encuentro nos había pillado a los dos por sorpresa. Hacía años que no sabía nada de él, ni si quiera sabía si seguía en la ciudad, no sabía a qué se dedicaba, si le iba bien, si se habría casado o si tendría hijos. Nada, absolutamente nada. No nos quedaban amigos en común y nos habíamos odiado tanto que decidimos olvidarnos, o al menos intentarlo.

Sabía perfectamente dónde las guardaba. Cogí una silla y me subí para alcanzar el altillo del armario de la habitación de invitados. Allí siempre acababa almacenando todas esas cosas de las que, por una razón u otra, nunca me quería deshacer. Viejas fotografías, un jersey que jamás me pondría pero que era incapaz de tirar, papeles de todo tipo, antiguos discos, pequeños objetos que en algún momento de mi vida habían formado parte de mí. Al fondo, una antigua caja de metal que una vez estuvo llena de galletas de mantequilla. La cogí y la acaricié. Habían pasado ocho años y jamás la había vuelto a abrir. No sabía si sería buena idea, pero estaba segura que nada de aquel día había pasado por casualidad. Ni aquella reunión de la que en esos momentos era incapaz de acordarme, ni aquella manifestación, ni aquel viaje en metro, justo en ese momento, a esa hora, en esa estación…

Me senté y fui releyendo todas y cada una de aquellas cartas. Había pasado tanto tiempo que era incapaz de recordar muchas de ellas, otras, en cambio, me parecía haberlas leído hacía unas horas por última vez. Me di cuenta que nos quisimos de verdad. Nos queríamos mucho, nos queríamos con inocencia, con muchas ganas, con muchas aspiraciones y sueños, nos sentíamos agradecidos por habernos encontrado, por todo lo que nos regalábamos, por los momentos y las risas, nos decíamos que los momentos malos los superaríamos juntos, queríamos una casa en la playa y tener como mínimo tres hijos, nos sentíamos grandes cuando estábamos juntos y jurábamos no haber querido nunca cómo nos queríamos nosotros, nos prometíamos que aunque algún día no estuviéramos juntos siempre pensaríamos el uno en el otro… Incluso nos prometíamos que si lo nuestro fallaba y se acababa, algún día encontraríamos la manera de volvernos a encontrar,  a pesar del tiempo y la distancia…

Nunca dejamos de dejarnos cartas debajo de la almohada en aquellos tres años que compartimos. El último había sido tormentoso. Se le olvidó contarme en una de esas cartas que había conocido a otra persona y que llevaba un par de meses engañándome. Le descubrí y le perdoné, pero no fui capaz de perdonar de verdad. Perdimos el respeto y la pasión, la pureza y la naturalidad que siempre nos había unido, la transparencia y la confianza. Discutimos por absolutamente todo durante mucho tiempo, nos despreciábamos y nos queríamos a la par, con intensidad, por días y momentos. Al final, con una historia que ya no era sana, ni bonita, acabé refugiándome en uno de mis compañeros de la universidad, del que me enamoré y por el que decidí abandonarlo todo, con el que un año después pasé de novio a mejor amigo, porque no sabía quererle, ni olvidar a aquel que me había hecho tanto daño. Me reprochó mil veces aquella ruptura y yo le reproché otras mil aquella aventura, nos hicimos mucho, mucho daño. Nos machacamos psicológicamente el uno al otro. Nos enviábamos mensajes para recordarnos lo mucho que nos odiamos, y fuimos envenenando nuestras almas hasta llegar a ser dos completos desconocidos. Nosotros, que habíamos compartido tanto…

Aquel podía haber sido un día normal… pero no lo fue. Quizás el destino había querido reencontrarnos, con la madurez y la herida curada, o al menos olvidada. A día de hoy, me sigo preguntando si dejé de odiarle, así como me pregunto si dejé de quererle. No me reconocí en aquellas cartas, pero supe lo que había ahí escrito, por su parte y por la mía, eran frases escritas desde el corazón. Me había olvidado de lo mucho que nos habíamos querido. Lo había olvidado hacía mucho tiempo. No me reconocí en aquellas cartas, ni supe qué quedaba de aquella chica que fui en la que soy hoy en día. Entonces me di cuenta que a veces somos alguien cuando estamos con otro alguien, sólo en ese transcurso somos otra versión de nosotros mismos, que nunca volverá, que enterramos cuando todo acaba, para ser capaces de renacer entre las cenizas. Quizás algún día volvamos a parecernos a aquella versión que fuimos, porque seguro que algún día volvemos a querer con las mismas ganas, pero siempre de forma diferente.

A veces, esa versión que fuimos se pierde con el tiempo, porque las experiencias nos hacen convertirnos en alguien diferente o porque a veces, si no estamos con ese alguien, simplemente dejamos de ser.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Invierno de cobardía.

Diciembre siempre ha sido de mis favoritos, siempre lo fue. Diciembre es un mes agridulce, de despedidas y cosas buenas, de dejar atrás todo lo que hemos vivido durante un año y de guardar con fuerza todo aquello que queremos conservar en el siguiente. Diciembre me sabe a sueños, a algunos cumplidos, a otros que no, pero sobre todo, me sabe a sueños por cumplir, a los que vienen con ganas, a los que vas calentando para empezar en enero a darles la explosión y la forma que necesitan para seguir viviendo o, más bien, para empezar a vivir. Diciembre, a pesar de gustarme tanto, también me produce tristeza, por la necesidad de asimilar lo rápido que pasa el tiempo, por asimilar que ha pasado un año más, que queda uno menos, empezar diciembre es empezar el principio del fin.

Diciembre sabe a Navidad y reencuentros, a mi época favorita del año, a frío y luces de colores, a corazones alegres y ciudades encendidas.

Diciembre me gusta mucho y hoy te lo quería contar… Para estrenar el mes de la lotería y las cartas a Papá Noel, he creído que lo mejor era hacerlo con un relato, que ya sabemos que son nuestros favoritos, los tuyos y los míos…

Leed despacito, como siempre, y que los diciembres, aunque lleguen tan rápido, lleguen durante muchos, muchos años…

Invierno de cobardía.

No sabía qué le gustaba más del frío, si el olor a castañas en la calle o el chocolate caliente abrazado bajo una taza entre las manos, tras la ventana. Lo que sabía es que le gustaban las historias de amor, las buenas y las malas, las experiencias de la vida, los juegos de dos, las derrotas y las batallas vencidas… Aquel invierno arrojaba suspiros de nostalgia, de miedo y frustración. Aquel invierno iba a ser un invierno de cobardía, o quizás no.

Le gustaba el chocolate y odiaba el café, le gustaba la música clásica y odiaba la música pop, le gustaba leer en silencio y odiaba los lugares con mucho ruido… Siempre fue de polos opuestos, de blanco y negro, nunca entendió los tonos grises. Le gustaban las personas educadas, solía querer más a los animales que a los seres humanos, pero en su infinita esperanza por creer que el ser humano también podía ser bueno en exceso, le gustaba creer en los demás, confiar en el resto, entregar su corazón y recibir los corazones de otros, con tacto y con cuidado, para no hacer daño y que la vida jamás se lo pudiese devolver, porque ella sabía que la vida lo devolvía todo, hasta el último centavo de un gesto de maldad y que tarde o temprano acabamos sintiendo el daño que hemos provocado, ella no quería eso, no le apetecía sufrir en este paso tan fugaz por el mundo. Le gustaba disfrutar de los pequeños detalles, rodearse de buenos amigos, le gustaba elegirlos bien, le gustaba el dolor de tripa cuando llevas mucho rato riendo, le gustaban las risas y los caramelos, creía en un mundo mejor porque necesitaba pensar que era posible, se negaba a admitir que el mundo en el que vivía estuviese tan lleno de desgracias, de cosas tan malas que sólo el ser humano, con años y siglos de historias y hazañas había ido creando. Siempre creyó que los infieles se arrepentirían de mentir y de hacer daño, y que todos los que hacían llorar a otros volverían algún día para pedir perdón.

Esas cosas nunca solían suceder, pero a ella le gustaba creer que era posible.

Una vez, hace ya mucho tiempo, le habían jurado amor eterno, un amor de ese que se promete con la mirada y con el roce de los labios, de ese que entra suave por el oído y no te deja tener ninguna duda sobre él. Le prometieron cuidarla siempre, no dejar que nunca le sucediese nada malo. Le prometieron preparar chocolate los domingos por la mañana, aunque fuese a las dos de la tarde, le prometieron una vida con dificultades y realidades, pero a la que se haría frente cogidos de la mano, juntos para siempre. Creyó en aquellas palabras, en aquellas caricias y aquellos besos durante días, durante meses y durante años. Se entregó en silencio a noches de pasión, a días de discusiones, a momentos felices, a días de lágrimas, entregó su cuerpo y su alma a la vida misma, a una historia de dos, a una relación que creía que era lo mejor que tenía…

Un día, le fallaron.

Encontró un papel al que no le habría prestado importancia si no hubiese sido porque estaba en el bolsillo de un pantalón que iba a meter en la lavadora, tuvo que cogerlo y se sintió estúpida al ver cómo le temblaban las manos. Creía conocerlo absolutamente todo de él, y se sentía ridícula por dudar que aquella tarjeta de hotel, de la que nunca había oído hablar, no tendría una explicación. Durante horas estuvo dándole vueltas a una cuestión que la estaba matando por dentro mientras se negaba con una sonrisa, era imposible que él hubiese estado en aquel hotel, era imposible que él pudiese tener una amante, era imposible todo aquello que se le pasaba por la mente… Finalmente, y sin saber por qué, actuó con normalidad y no levantó la voz, se convenció tanto de no levantarla que fue incapaz de dejarla susurrar. Prefirió callar que dudar. Su corazón, sin querer, estaba cambiando, y su cabeza empezó a observar hechos que nunca antes había sido capaz de asimilar… Reuniones hasta tarde, cenas con amigos, mañanas de tenis sólo para chicos… Ausencias aparentemente justificadas que ella ya no creía.

Una mañana de sábado decidió seguirle, primero andando, callejeando, dando vueltas sin sentido, hasta coger un taxi. El nombre del hotel reflejaba en el cristal del coche cómo una llama de fuego, de las que queman y hacen daño, de las que carbonizan en alma y derriten los sueños. Se quedó en silencio y contempló el reencuentro. Era guapa, más joven que ella, quizás. Un beso y un abrazo que le parecieron no haber recibido jamás de forma igual, unas sonrisas envenenadas, una traición que ya no podía ser silenciada.

Fue incapaz de humillarse, de gritar y pelear, de escupir por su boca todo lo que pensaba, se llenó de dignidad, el odio se convirtió en fuerza, en frialdad, recogió sus cosas y dejó una nota. Justo al salir, con las maletas cargadas y la impotencia en los ojos, se encontró con aquel que le había prometido un amor eterno. Él no entendía dónde iba, y ella le explicó que tenía que marcharse, que tenía prisa y que cuando subiese a casa lo entendería. No le dejó abrazarla, ni besarla, ni retenerla, ni pedirle explicaciones, no le dejó pronunciar palabra. Le gustó dejarle allí, de pie con la duda, con el miedo y la incomprensión. Una nota le esperaba reposando en la mesa del salón. Le contaba que ella se había enamorado de otra persona, que llevaba años engañándole y que lo sentía, pero el amor que sentía por él sólo había sido una fachada de apariencia, que seguramente nunca le había querido de verdad. Le deseó suerte en la vida y le pidió que jamás intentase ponerse en contacto con ella, le pidió disculpas de forma cordial y le dijo que ahora podía empezar ella su verdadera vida. Ni un beso, ni un te quiero. Era la carta más fría y cruel que se había escrito en la vida.

Jamás volvió a verle. Le odió durante mucho, mucho tiempo, todavía hoy cree que le seguirá odiando de por vida. Jamás supo si aquella mujer había sido siempre la misma, o si las quedadas en aquel hotel habían sido con mujeres distintas. Ella tenía la fuerza y la capacidad de empezar de cero, de sobrevivir, de crear una vida con cosas sinceras y de verdad. Se instaló en un hostal durante unos días, hasta encontrar un pequeño apartamento dónde sentirse cómoda. Una vez quedó finalizada su nueva casa, desempaquetada la pequeña mudanza, y tener todos los detalles colocados en su sitio, se metió en la cama durante siete días, en los que lloró sin parar y descargó la rabia, en los que le maldijo y le deseó todo el desamor del mundo y en los que se juró a sí misma que ni un sólo hombre más la haría llorar, es más, se juró no dejar que nadie le volviese a prometer nada relacionado con la palabra amar…

Ella siempre fue de blanco o negro, nunca entendió los tonos grises, y su extremo en todas las decisiones de su vida, la llevaron a convertirse en una persona solitaria y triste. Se rodeó de amigos que le arrancaban risas, pero en cada una de sus sonrisas, los ojos de tristeza hacían de sombra enfermiza. La gente que la quería intentó ayudarla, intentó que volviese a ser la misma, la de los extremos, la del blanco o negro, pero la que sonreía de verdad, la que reía a carcajadas y la que creía en el amor y las personas. A ella le habían arrancado el alma.

Llevaba meses coincidiendo con él, siempre a la misma hora, en la misma parada de metro, en el mismo andén. Era alto y delgado, guapo, distraído y parecía simpático. Tenía el pelo oscuro y siempre iba un poco despeinado, escuchaba música con unos cascos y siempre llevaba un maletín. Vestía elegante y discreto. Jamás se admitió que empezaba a despertarle curiosidad, ni si quiera se lo contó a nadie. A veces intercambiaban miradas y ella rápidamente las esquivaba. Una vez, él hizo el amago de saludarla con una sonrisa, a lo que ella asintió sin despegar los labios, sin dejar que hiciesen ninguna mueca, con frialdad y miedo. Sabía que él la miraba, y ella no era capaz de volver la cabeza para confirmarlo. No quería acercarse a él y quería dejar de sentirse estúpida por la gracia que le provocaba aquel desconocido. Sin querer, empezó a sentir cómo se miraba dos o tres veces en el espejo antes de salir de casa, quería sentirse guapa. Un lunes por la mañana, a la misma hora de siempre, él no estaba. Empezó a ponerse nerviosa y dejó pasar el metro, no pasaba nada si esperaba al siguiente. Miraba de reojo las escaleras, esperando verle bajar corriendo, por haber llegado tarde a aquella cita diaria que les venía reuniendo desde hacía mucho tiempo. El metro llegó y él no apareció. Subió al metro y se odió a sí misma, por aquellos sentimientos que tenía y que se había prometido hacía mucho tiempo que no volvería a tener. Ni martes, ni miércoles. No estaba. Pensó que quizás había cambiado de trabajo, que quizás había decidido coger otra línea de metro para no tener que cruzársela… O lo que es peor, pensó que le podría haber pasado algo. El jueves se olvidó del tema, pensó que era mejor así, no quería que le gustara, porque no iba a permitir que ningún impulso la hiciese acercarse a él, pero cuando bajó al andén, ahí estaba, como siempre, con su maletín y sus cascos y entonces ella sintió como además de su boca, su corazón sonreía. Se sintió aliviada y se alegró de volver a verle. No hizo ningún gesto, y no se lo demostró.

Durante todo el día estuvo pensando que todo estaba bajo control, que le podía seguir viendo cada mañana. Segundos después se decía a sí misma qué habría pasado si realmente ya no le hubiese vuelto a ver, se preguntó qué habría sentido si realmente hubiese sabido que le había ocurrido algo y supo que ya no habría querido sentirse guapa por las mañanas. Supo que ya no querría estar en ese andén y supo que habría lamentado no haber intentado hablar nunca con él.

El viernes pidió un chocolate caliente, que sujetaba entre las manos bajo el frío de la primera hora del día. Se metió en la estación de tren y bajó las escaleras. Antes de asomarse al andén, se observó a sí misma, observó sus recuerdos, sus miedos y sus dudas y decidió quitarse todo eso de encima, decidió tirarlo a una papelera que vio cerca, y decidió que quería volver a creer en las personas, a creer que en el mundo existían las personas buenas, se quitó las dudas y la tristeza, cargó con la sonrisa y con las ganas. Dejó salir, poco a poco, la felicidad en su mirada y sintió que aquella mañana, estaba más guapa que nunca. Se puso a su lado. al lado del chico del maletín y los cascos y le sonrió. Vio cómo a él se le iluminaba la mirada y cómo se quitaba los auriculares. El metro estaba llegando y entonces ella le dijo:

-¿Tienes algo que hacer esta tarde?

Vio su sonrisa y supo que ya no tenía miedo.

La vida nos regala malas experiencias, nos pone a personas que no se van a quedar con nosotros en el tiempo, nos presenta a personas que nos hacen daño, pero también a otras que nos querrán siempre. La vida nos da una de cal y una de arena, una de blanco y una de negro, eso siempre. Pero los tonos grises, la mayoría de las veces, también están presentes, y entre la felicidad absoluta y la destrucción conviven la confianza, los miedos y las dudas, pero la vida es eso, un aprendizaje, nuevas cosas y nuevas oportunidades.

Aquel podía haber sido un invierno de cobardía, pero no lo fue.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

 

 

Quiero despertar.

Si os digo la verdad, hoy no sabía sobre qué escribir. Llevo varios días con un resfriado que se me ha llevado las energías y quien sabe si quizás en cada estornudo se haya ido también la inspiración…

Hoy te quería contar que mis compañeros del colegio son muy especiales para mí. Con ellos crecí y con ellos tengo la suerte de, todavía hoy, conservar una amistad maravillosa. Quienes me conocen saben que mis sueños son dignos de guión de película americana, mi imaginación es capaz de desvariar y rozar los límites más extremos y lo mejor es que siempre, al despertar, me acuerdo perfectamente de lo que he soñado… Sólo lo olvido cuando han pasado varias horas o varios días. Mis amigos del colegio y yo tenemos un grupo de whatsapp bastante activo en el que seguimos contandonos nuestros proyectos y compartiendo nuestros recuerdos. Hace una semana, más o menos, les escribí a las cinco de la madrugada para decirles que me había despertado llorando de una pesadilla en la que ellos eran los protagonistas. Hoy, he querido convertir ese sueño, adaptando detalles a mi historia, en un relato.

Casual y desgraciadamente, estos últimos días, un trágico accidente de autobús protagoniza las portadas de la prensa de nuestro país. A veces, creo que no somos conscientes de la cantidad de vidas que se cobra la carretera y en la mayoría de los casos, los accidentes son consecuencia de la irresponsabilidad del ser humano.

Aquí te dejo esta historia, para leer despacito, como siempre….

*Per a la classe C, per continuar siguent companys d’aventures més enllà de l’espai i el temps… ;)*

QUIERO DESPERTAR.

Hay momentos en los que quieres cerrar los ojos con fuerza, con tanta fuerza que al despertar nada siga igual, que todo haya cambiado, que todo haya pasado, que los miedos y el dolor sean una mentira, que sean una pesadilla de la que poder despertar. Hay veces, que por mucho que cierres los ojos con fuerza y por mucho que desees que todo haya cambiado, cuando los abres sientes que el dolor aprieta con más ganas y que la realidad te va a consumir, que la pesadilla es real.

Crecimos juntos. Cuando los años pasan y miras hacia atrás sabes que tus compañeros del colegio siempre serán una parte imborrable de tu vida, aquellos con los que tantos años, tantas horas y tantos momentos pasaste, aquellos con los que soñaste, con los que inventaste historias o con los que te peleaste, aquellos con los que celebraste cumpleaños y a los que les prometiste que siempre estarías a su lado… La mayoría de las veces, nuestros compañeros del colegio se quedan como un recuerdo bonito en la memoria, algunos de ellos te acompañan a lo largo de los años como ese “amigo de toda la vida”, pero desgraciadamente, cuando crecemos tomamos caminos tan distintos que pocas veces es fácil seguir conservándoles más allá de unos bonitos momentos almacenados en la mente, como fotografías en blanco y negro.

Hace más o menos cinco años, Rosana nos escribió un e-mail de esos en grupo para preguntarnos qué había sido de nuestras vidas, para contarnos que ella iba a salir del país por mucho tiempo para estudiar un doctorado y le había entrado la nostalgia, para intentar que nos volviésemos a reunir y nos pusiésemos al día en todo. Conseguimos reunirnos la mayoría, fuimos felices de volver a sentarnos, de contarnos cómo nos habían tratado los días, cómo habían sido nuestras épocas universitarias y cómo eran nuestras vidas de adultos. En aquel reencuentro reímos sin parar, nos dimos cuenta que habíamos cambiado, pero algo dentro de cada uno de nosotros seguía igual: el cariño que nos teníamos los unos a los otros.

Hicimos oficiales aquellas quedadas, dos veces al año, en Navidad y en verano, aprovechando las vacaciones en las que siempre volvíamos a casa los que nos habíamos ido hacía ya unos cuantos años. Nuestras vidas eran muy distintas, estaban los que todavía vivían en el pueblo y los que no, los que habían ido a la universidad y los que no, los que ya eran padres y los que no. Entre nosotros, varios músicos, un pintor, una psicóloga, una periodista, una peluquera, una esteticista, una bióloga, una militar, un empresario… Nuestros sueños nos habían llevado bien lejos y compartirlos en el tiempo era todo un privilegio.

Hace seis meses, a Joan se le ocurrió la idea de organizar un viaje juntos, nosotros, sin parejas, sin hijos, sin trabajos, un viaje dedicado a nuestros recuerdos, un viaje inolvidable que seguramente no habíamos podido hacer jamás. Cuando teníamos diez años habíamos viajado a Toledo, una semana y todo gratis, gracias a un concurso que habíamos ganado, y aunque con el tiempo, aquel nos seguía pareciendo uno de los viajes más bonitos de nuestra vida, la idea de hacer una escapada todos juntos empezó a gustarnos. Los destinos se barajaron entre mil posibilidades, desde un fin de semana en Benidorm, hasta unos días en Praga. Iba a ser difícil cuadrar agendas y presupuestos, pero no era imposible. La idea se nos fue tanto de las manos que acabamos contratando el viaje de nuestros sueños: ocho días en el caribe. Como si de una excursión de fin de curso se tratase, vivimos los preparativos como auténticos adolescentes, incluso hicimos mecheros y vendimos lotería para sacar algo de dinero. La situación era tan surrealista…

Convertimos nuestra ilusión en una realidad. Viajamos desde Valencia hasta Madrid en autobús para coger el avión que nos llevaría a las mejores playas de México. Iba a ser inolvidable. Nuestro viaje había salido de una locura, y sabíamos que las locuras son las cosas más divertidas de la vida.

Aquel viaje nos cambió la vida.

Ya no existían los niños que habíamos sido, pero convertidos en adultos, fuimos capaces de crear una convivencia maravillosa y hacer de cada momento algo indescriptible. Creo que a ninguno se nos había olvidado el amor que nos teníamos los unos a los otros, pero si algo allí creció, fue eso, el amor y el cariño. La felicidad de desconectar de la vida real, de la rutina, la felicidad de revivir momentos, la felicidad de compartir algo inolvidable y lo mágico de hacerlo con personas con las cuales unos años antes no lo habríamos imaginado.

Nos dedicamos a hacer excursiones, a ser turistas en estado puro, pero no nos olvidamos de relajarnos, de bañarnos en las playas, de comer libremente en los hoteles, de beber durante todo el día…

En algún momento quisimos volver a ser quienes fuimos, revivir amores que nunca vivieron… La última noche, entre risas, bailes y copas, se me ocurrió decirle a Javi que siempre me había gustado. No sé por qué lo hice, mi vida y mi pareja seguirían estando ahí cuando bajase del avión de vuelta. Me dejé llevar por el momento, por la situación y el estado de mi mente y cuerpo. Él se reía y me abrazaba para bailar. Nos reíamos y nos dejábamos abrazar y encontramos en salir a tomar el aire la excusa perfecta para perder la cabeza. Nunca nos habíamos besado y aquella noche nos besamos cómo si supiésemos que nunca más nos podríamos besar. Nos besamos como adolescentes, con esa pasión y ganas, pero con el miedo que a veces tienen los adultos. Nos dejamos llevar y nos habríamos dejado llevar mucho más allá si no hubiese sido porque escuchamos a Marc, Paco y Jose, tambaleándose a nuestras espaldas. Sólo cuando me separé de sus labios sentí la culpa sobre mí y me arrepentí de lo que había hecho.

A las doce del mediodía, nos encontramos todos en la recepción del hotel. Todos sabían lo que había sucedido, aunque nadie se atreviese a decir nada. Me sentí inmadura e irresponsable, quería morirme de vergüenza y me dije a mi misma que tenía que olvidar que aquello había sucedido. No fui capaz de mirarle a la cara, ni le volví a dirigir la palabra, quizás así podría borrar mi error.

Siempre tuve mucha facilidad para dormir en cualquier medio de transporte y ya había pasado todo el camino de ida durmiendo en el avión, pero esta vez, mi conciencia me lo impedía. A mi lado, Pepi i Jenni dormían plácidamente, combatiendo los estragos que el alcohol había dejado en sus cuerpos la noche anterior. Mientras intentaba leer una revista que no me interesaba lo más mínimo, Javi se me acercó sonriendo para preguntarme si podíamos hablar.

-Lo siento, no quiero hablar. Es mejor que no hablemos. Siento mucho lo que pasó ayer.

-Sólo venía a decirte que no quiero que te preocupes por nada, por mi parte está todo olvidado. Lo que ha pasado en Riviera Maya, se queda en Riviera Maya.

Asentí sin ni si quiera mirarle, pude ver de reojo su cara de indignación y cómo volvía hacia su asiento.

Aquellas doce horas de vuelo se me hicieron eternas, sólo quería llegar a España y que los días pasasen. Es más, quería tardar mucho tiempo en volver a verle, tanto que el olvido ya se hubiese apoderado de mis recuerdos sobre esa noche.

Por otro lado, me era inevitable sonreír. Habían sido unos días maravillosos, habíamos sido muy, muy felices todos. Habíamos viajado en el tiempo y habíamos fortalecido hasta el infinito nuestra amistad del presente.

Cuando llegamos al aeropuerto de Madrid el autobús que nos llevaría de nuevo a Valencia ya nos estaba esperando. En el fondo, aunque todos nos habríamos quedado con aquella maravillosa vida que habíamos tenido en el paraíso, teníamos ganas de ver a nuestras familias, a nuestros perros, y en al caso de algunos, a sus hijos.

La noche guardaba el silencio de la carretera. Me senté en el fondo del autobús, porque por alguna extraña razón siempre me gustaba ir en esa parte. La mayoría se volvieron a dormir en este trayecto… Pasamos por un pueblo pequeño, lleno de luces, en silencio y con frío, con el tostado de nuestra piel y el olor a coco y mar en las maletas, me pareció tan bonito que busqué unos ojos despiertos cerca de mí. Llorenç también miraba por la ventana y me sonrió cuando le dije que aquel pueblo me parecía precioso… No sé si llegué a terminar la frase… No sé muy bien qué pasó después… Escuche un golpe fuerte, empecé a sentir cómo todo a nuestro alrededor se desordenaba, empecé a escuchar gritos de los que dormían y sentí como el autobús empezaba a dar vueltas infinitas… No soy capaz de recordar con claridad.

Lo siguiente que recuerdo es que me desperté en el suelo, rodeada de cristales, de sangre y silencio. No había llantos, ni gritos, ni ruido. Un pitido fuerte penetraba en mis oídos… Quise levantarme, pero no tenía fuerzas. Tenía miedo, mucho miedo. No sé cuánto tiempo pasó hasta que vi a Alex acercarse a mí, arrastrándose por el suelo, fui capaz de incorporarme y decirle que estaba bien. Estaba llena de sangre, me dolía todo el cuerpo, seguramente tenía el brazo roto, pero estaba viva y eso era suficiente como para sentir que estaba bien.

Escuché voces, vi luces de otros coches que se habían detenido, escuché sirenas y supe que las ambulancias corrían rompiendo el silencio de aquella noche y los sueños de aquel viaje… No fui capaz de ponerme de pie hasta que dos médicos me ayudaron a ello, aun así, el silencio me parecía demasiado fuerte…

No les había visto a casi ninguno de ellos. Los vi cuando consiguieron ponerme de pie, los vi tumbados en el suelo, los vi muertos… Me desplomé en ese mismo instante y me desperté en el hospital. Había sobrevivido. Yo era una superviviente. Superviviente de un trágico accidente. Cuando abrí los ojos vi a mi madre, llorando desconsoladamente, vi a mi marido y no me atrevía a preguntar qué había pasado realmente.

Ruth, Álex, Lorena y yo habíamos sido los únicos supervivientes. El conductor se había dormido al volante.

No quería moverme de aquella cama, ni de aquel hospital, no era capaz de ser feliz por seguir con vida, no era capaz de asimilar que aquello no era una pesadilla. La imagen de sus cuerpos, en el suelo, sin vida, me perseguirá cada vez que cierre los ojos el resto de mi vida. Mis amigos, mis amigos de siempre, con quienes compartí sueños, juguetes y peleas, con los que me burlé del paso del tiempo, con los que me volví a reunir, con los que hice el viaje más maravilloso de mi vida… Javi, a quien había deseado no volver a ver en mucho tiempo… Todos ellos ya no estaban, ya no estarían jamás, por la imprudencia de un conductor, por no saber parar a tiempo, por dejarse llevar por el cansancio y el sueño. Mis compañeros, mis amigos…

Hay momentos en los que quieres cerrar los ojos con fuerza, con tanta fuerza que al despertar nada siga igual, que todo haya cambiado, que todo haya pasado, que los miedos y el dolor sean una mentira, que sean una pesadilla de la que poder despertar.

Hay veces, que por mucho que cierres los ojos con fuerza y por mucho que desees que todo haya cambiado, cuando los abres sientes que el dolor aprieta con más ganas y que la realidad te va a consumir, que la pesadilla es real.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Silencio

Qué día más gris ha hecho hoy en Madrid, quizás se ha vestido del color de ánimo y realidad que ahora mismo vive la ciudad, el estado de ánimo, realidad y preocupación que envuelve a nuestro país. Creo que los seres humanos tienen el derecho a equivocarse, porque no somos perfectos, pero cuando un gobierno no hace nada, absolutamente nada bien, cuando tu país está gobernado por una panda de corruptos y sinvergüenzas, entonces te preguntas qué tipo de seres humanos les eligieron para representarnos.

No es noticia ni novedad que os diga lo indignada que estoy por la falta de responsabilidad de una odiosa ministra de sanidad que ha permitido que el ébola haya llegado a nuestro país. La noticia del sacrificio del perro de la pobre enfermera infectada, sin ni si quiera haberle sometido a ningún tipo de análisis y bajo la petición de ciudadanos y expertos de que esto no se llevase a cabo, me ha encogido el corazón desde que me enteré.

Hoy te quería contar que es necesario que escapemos, aunque sea unos minutos, de esta triste realidad que ha superado la ficción. Os traigo un nuevo relato, que no es que no sea triste, es simplemente una fuga a través de las palabras…

Leed despacito, como siempre.

Silencio

Como si de un cuentagotas se tratase, como si esas gotas las pudieses estar observando, mirando fijamente, oyéndolas caer, despacio y lentamente, una a una… pum, pum, pum… Sin ningún sonido más alrededor, más que ese dolor desangrándose y los latidos de tu corazón, entremezclados. Latidos acelerados que se paran en seco para ir despacio sólo un instante después… La sensación más triste y dolorosa de una vida, la sensación de final, de no querer seguir, de no tener ganas, del amor golpeando, haciéndote daño, machacándote el alma, cortándote la respiración, llevándose tu aliento, tus manos dormidas, las piernas temblado…

Desde que empezamos a tener conciencia de la realidad, aun siendo unos niños, sabemos que la vida acabará en la muerte y que ese es un hecho que no puedes evitar, pero por entonces, sabes que tienes mucho tiempo por delante y que aquello, si sigue el orden natural del transcurso del tiempo tardará mucho en llegar. Entonces, todavía no tienes miedo.

Siempre fui una persona valiente y dispuesta, entregada a mi trabajo, a mis familiares y a mis amigos, entregada al amor y dispuesta a recibirlo sin medida. El amor es un ideal tan implantado en la sociedad que crees que sin él, no podrás vivir jamás, y seguramente es verdad, o quizás sólo es a lo que nos han acostumbrado desde que tenemos conciencia de la realidad, como la muerte.

El ser humano tiene la capacidad de enamorarse varias veces en su vida y en algunos casos es capaz de saber quién fue su gran amor y en otros crees que el gran amor ha llegado, pero cuando se va y llega uno nuevo, te auto convences y te cuentas que estabas equivocado y que ésta vez, por fin, será la definitiva.

Yo tenía veintitrés años cuando conocí al amor de mi vida.

Andrés y yo nos conocimos siendo unos adolescentes en uno de esos veranos en la playa que consiguen quedarse atrapados para siempre en la memoria. Uno de esos veranos que seguramente, si los pudieses volver a vivir o, al menos, observar de cerca, te darías cuenta que no es tan idílico como lo habías llegado a guardar en tu cabeza, pero como nunca podrás volver a revivirlo del mismo modo, prefieres que se quede así, como algo precioso y mágico.

Siempre fui una persona muy soñadora y sabía que todo ser humano conoce la sensación de locura que se vive con un amor de verano. Yo sólo era una chica de pueblo, de un pueblo bordeado por el mar, donde el clima siempre era cálido y donde los veranos se llenaban de luz y felicidad, donde las tardes en la playa se alargaban hasta que entraba la noche, cuando no tenías prisa por nada, ni más compromiso que disfrutar aquellos días antes de que el curso volviese a empezar. Él venía de la ciudad, de unos trescientos quilómetros de distancia, de una ciudad de la que yo sólo había oído hablar. Sin querer lo idealicé, me parecía guapo e interesante, me imaginaba su vida en la capital y me gustaba creer que era un revolucionarlo que se manifestaba y luchaba por los derechos en esas quedadas masivas que yo veía a través de la televisión. Por aquel entonces yo tenía los sueños intactos, sin ningún tipo de arañazo y las ganas de comerme el mundo se reflejaban en mis palabras y mis planes. Algún día yo también me trasladaría a la ciudad, quería estudiar derecho y convertirme en una abogada revolucionaria que conseguiría salvar todas las causas perdidas, quería vivir en una gran ciudad para tener muchos casos y muy diversos que solucionar. Él se enamoró de mí, locamente, además. Nos hicimos promesas que jamás pudimos cumplir, como hacen todos los adolescentes. Nos prometimos estar juntos, sin que importase la distancia y nos prometimos visitar todos aquellos países que teníamos en nuestra mente, cogidos de la mano, muchos años después. Con él hice el amor por primera vez, una noche en la playa, sobre una toalla, envueltos por otra, con el sonido del mar y la luz de la luna, con las promesas en los ojos y los te quiero infinitos en los labios, creyéndonos dueños de nuestro destino y sintiendo que teníamos el poder para poder seguir toda la vida juntos. De un modo u otro, nos quisimos. Nos quisimos mucho, nos quisimos con una inocencia que perdimos con el tiempo… Septiembre siempre fue un golpe de realidad, aquel septiembre fue un septiembre lleno de lágrimas, de despedidas amargas y de falsas esperanzas…

Nos escribíamos cartas que todavía guardo en un cajón, porque yo siempre he sido de guardar esas cosas que forman parte de los momentos más importantes de mi vida.

Al volver al instituto, el chico que me había gustado desde hacía mucho tiempo empezó a fijarse en mí, y la distancia sin querer hizo el olvido. Me olvidé de aquel chico de Madrid y empecé a salir con aquel que podía abrazarme cada día. No tenía la edad ni la fortaleza para tener una relación a distancia y sé que le hice mucho daño. Tanto, que jamás volví a hablar con él. Le volví a ver, pero su mirada de odio y rencor siempre miraba hacia otro lado. Perdí al amor más inocente y sano que conocería jamás…

Con el chico del instituto estuve saliendo durante varios años, pero la universidad dividió nuestros caminos y las ganas por conocer mundos nos separó de un modo que no nos dolió demasiado a ninguno. Teníamos ganas de vivir nuevas experiencias y experimentar la vida de la mano de gente nueva. En la universidad conseguí a esos amigos que después me acompañaron por la vida, fortalecí relaciones recién estrenadas que acabaron quedándose a mi lado de forma eterna, supongo que le pasa a mucha gente. Es el principio de una madurez en la que empiezas a elegir quienes van a ser tus compañeros de aventuras, de alegrías y penas.

En el transcurso de mi vida universitaria conocí a varios hombres, pero a pocos amores y era feliz así. Cuando sentía que alguien adquiría un aire de compromiso más elevado que el mío le frenaba los pies y la palabra relación me causaba verdadero terror. A veces, me sorprendía a mí misma por la frialdad que me caracterizaba en cuanto a ellos. En mi vida cotidiana siempre me caractericé por ser una mujer fuerte, divertida y muy, muy cariñosa, simplemente era que los hombres, para más de cuatro ratos, dejaban de parecerme interesantes. Me gustaba ser libre, no dar explicaciones a nadie, hacer y deshacer a mi antojo, sentirme querida, pero no querer y eso sé que es bastante egoísta, pero esa era mi forma de ser feliz.

Cuando terminé la universidad me fui a vivir a Madrid. Mi amiga Sandra, mi mejor amiga de la infancia, vivía allí desde hacía un par de años. Ella era actriz y triunfaba en pequeños teatros de la capital y yo quería empezar mi vida profesional en esa ciudad, era algo que había tenido claro desde siempre. Vivíamos en un pequeño apartamento con otra chica más muy cerca de Tirso de Molina y a los pocos meses en la ciudad conseguí mis primeras prácticas en un bufete de abogados que me sirvió como escuela aunque el sueldo que me pagaban parecía más una limosna que el salario por todo un mes de trabajo, pero con la ayuda de mis padres, conseguí superar aquellos primeros meses profesionales y de penurias. Sólo tenía veintitrés años y me sentía fuerte y valiente, guerrera y luchadora, poderosa frente al resto. Pablo tenía diez años más que yo y era un abogado de éxito, respetado en la profesión y un señor dentro de aquellos despachos, al que todos admiraban y pedían consejos. A pesar de su juventud, era brillante en su trabajo. Me parecía guapo e inteligente y me reía de mi misma cuando pensaba lo mucho que me gustaría acostarme con él sobre la mesa de su oficina.

Yo notaba como él me miraba y una mañana, mientras tomábamos café y apurábamos cigarros en la puerta del edificio, él pasó y nos dio unos buenos días con una sonrisa de galán que me transmitía poca confianza pero, tenía que reconocer, me apasionaba.

-No tienes nada que hacer… Este sólo se junta con mujeres explosivas a las que les promete amor eterno y de las que se olvida sólo una semana después.- Me dijo Rosi, una señora de unos cuarenta y tantos años que llevaba trabajando en esas oficinas desde hacía muchos años.

Me reí.

-Bueno, pues entonces es de los míos… A mí los que me dan miedo son los que prometen amor eterno en la primera semana y después lo cumplen. Eso, finalmente, siempre acaba siendo una mentira.

En aquellos primeros meses de prácticas llegó la Navidad, y como toda empresa, organizamos una fiesta.

Siempre había sido una persona que había conseguido todo aquello que se había propuesto y en cuanto a hombres se trataba, siempre me había encantado tener el poder de la elección y el triunfo en la recompensa. Aquella noche, me apetecía estar especialmente apetecible y si acababa, entre copa y copa, en casa de Pablo, no me iba a importar lo más mínimo.

Cenamos todos juntos en un restaurante y las botellas de vino duraban poco tiempo en las mesas. Risas, bromas y unos compañeros maravillosos… La verdad es que había tenido mucha suerte. Por desgracia, él se había sentado bastante lejos de mí, no podía verle a penas y no hablé con él durante la cena. Tras las copas en el restaurante, algunos decidimos entrar a un local que había cerca de allí, habíamos bebido lo suficiente para que las risas tontas no nos abandonaran y las ganas por mover el cuerpo en la pista de baile se incrementaban por momentos. La noche era joven, demasiado joven. Pablo era uno de los que se animaron a salir y eso hizo que mis ganas de fiesta creciesen por segundos, quería beber mucho y disfrutar. Todos nos reíamos, nos hacíamos fotos y bailábamos unos con otros… Yo le sonreía y él me sonreía. Es más, me sonreía del mismo modo que yo le estaba sonriendo a él, con pasión y deseo, con ganas de comernos a besos. Me acerqué a la barra, tambaleándome divertida, cuando él se puso a mi lado y le dijo a la camarera que le sirviese lo mismo que a mí y que además pagaba él. Le sonreí y asentí, levantando la copa hacia la suya en un gesto de brindis y agradecimiento. Quise hacerme la interesante y sin dejar que hablase más, me volví hacia donde estaban el resto de nuestros compañeros. Al salir de la discoteca, me preguntó si quería que me acercase a casa, él no había bebido mucho y podía conducir y yo desde luego, no estaba en condiciones para irme sola a ningún sitio. Quise asentir cuando tropecé y me caí, de forma literal, sobre sus brazos, mientras escuché las carcajadas divertidas y apestando a alcohol de los demás.

Cuando subí al coche me preguntó dónde vivía, y cómo pude le dije que prefería ir a su casa que a la mía. Él sonrió y arrancó. No sabía ni por qué había dicho eso. Empecé a marearme y tuve que bajar la ventanilla, el aire frío de aquella noche de diciembre no era capaz de devolverme a un estado normal en el que poder resultar una chica interesante si al menos me quería llevar una noche de sexo apasionante. Nada, cada vez me encontraba peor. Subí a su casa cogida de su brazo, riéndome y sin ser capaz de dar dos pasos seguidos en línea recta.

Mi cabeza iba a estallar cuando mis ojos no soportaron más los rayos de sol que entraban por el cristal de la ventana, no reconocía la habitación donde estaba, que por cierto me pareció preciosa, y no sabía cómo había llegado hasta allí… Un maravilloso olor a café se filtraba por debajo de la puerta y decidí salir.

Encontré a Pablo en su salón, que estaba separado por una barra americana de su cocina. Me sonrió y me dio los buenos días. No sabía si salir corriendo o volver hacia atrás y esconderme debajo de las sábanas.

Llevaba puesta una camiseta que por supuesto no era mía y no recordaba absolutamente nada de la noche anterior. Debió ver la confusión en mi mirada, en mi cara demacrada y me dijo sonriendo que había bebido mucho la noche anterior y que después de estar más de media hora vomitando en el baño, me había dado aquella camiseta suya para que me acostase en su cama. Es decir, no había pasado nada entre nosotros, algo que no acabó de sentarme del todo bien. Me senté a su lado en el sofá y le dije que me estaba muriendo de vergüenza y que, por favor, al llegar el lunes a la oficina, olvidase aquel capítulo de mi vida. Nos reímos y me dijo que iba a preparar unos macarrones a la boloñesa y si me apetecía quedarme a comer, sin saber por qué, asentí. Me quedé a comer y me quedé dormida de nuevo en el sofá viendo una película.

Cuando me desperté eran las ocho de la tarde y me sentí una sinvergüenza. Le dije que era hora de marcharme, que ya había abusado demasiado de su hospitalidad. Me vestí con la ropa de la noche anterior que olía a tabaco y alcohol y pensé lo desagradable que podía resultar subir al metro con aquellas pintas. Le pregunté dónde podía coger un taxi y me dijo que me llevaba a casa. Cuando llegamos a la puerta de mi piso no sabía qué decir ni qué hacer para salir de allí como una persona normal, ante uno de mis jefes y uno de los mejores abogados de la ciudad. Me lo puso fácil cuando me sonrió y me dijo: “Hasta mañana…”.

Cuando le conté a mis compañeras de piso lo sucedido fui consciente de lo ridícula que había resultado la situación y me sentía fatal. Le había pedido a un tío que me encantaba, con el que trabajaba, que me llevase a su casa, para acabar vomitando y durmiendo en su cama.

La semana transcurrió con normalidad, me moría cada vez que me lo cruzaba y apenas era capaz de mirarle a la cara. Él sonreía y yo entendí lo divertida que le parecía aquella situación en la que una niña se estaba muriendo de vergüenza cada vez que le miraba, una niña que se le había insinuado, que había acabado entregada a él pero no había sido capaz de hacer absolutamente nada, y entonces me pregunté por qué demonios me estaba preocupando todo aquello, y me di cuenta. Me gustaba más de lo que había imaginado.

Entendí su juego de miradas y sonrisas y decidí aparcar la vergüenza y sacar la garra que siempre me había caracterizado, si quería jugar, jugaríamos. El jueves de la semana siguiente, tuve que quedarme hasta tarde para solucionar un caso que me traía de cabeza desde hacía tiempo. No quedaba casi nadie en la oficina cuando vi luz en su despacho. Me acerqué y di un par de golpes en la puerta antes de abrir. Le encontré frotándose los ojos frente al ordenador y sentí como se le escapaba una sonrisa al verme. Le dije que si no le quedaba más de media hora podíamos ir a tomarnos unas cañas, que nos lo habíamos ganado. Me invitó a pasar y se levantó de la silla. Vi como cerraba la puerta del despacho a mi espalda y vi como clavaba sus ojos en los míos, como acaricio mi cuello y como sus labios se desataron frente a los míos. Apagó la luz y me quitó el jersey, empezó a desabrocharme la camisa y mis manos recorrían su espalda como si nunca hubiese vivido nada igual. Sentí fuego estallando en mis entrañas, sentí un cosquilleo entre las piernas y me dejé llevar por la pasión que explotaba tras muchas semanas contenida.

Cerca de su mesa había un pequeño y señorial sofá, en el que me tumbó y me quitó con fuerza los vaqueros, le sentí sobre mí, recorriendo con su lengua mi vientre y mis secretos. Hice el amor como no lo había hecho con nadie. Me senté sobre su cintura mientras me clavaba los dedos en la espalda, mientras no dejaba de besarme y mientras me hizo sentir el placer más absoluto que podía imaginar. Cuando terminamos, me quedé en silencio abrazada a él, sentada sobre él, con mis piernas ejerciendo de cinturón todavía, cruzadas a su alrededor, fundida en un abrazo y tuve ganas de llorar, de felicidad y pasión. Entonces, supe que estaba perdida.

Pablo y yo nos acostumbramos a vernos fuera del trabajo, a abrir botellas de vino en su sofá y a acabar horas y horas mirándonos a los ojos, con nuestros cuerpos desnudos bajo las sábanas y nuestras manos convirtiendo el tacto en caricias infinitas.

Mis prácticas acabaron y conseguí un puesto de trabajo fijo, con un sueldo mejor de lo que habría imaginado y durante meses nos encantó jugar al secreto, a los encuentros en el despacho, a las caricias aescondidas, a los tropiezos fingidos involuntarios. Nos resultaba muy divertido, y lo era.

Cuando no pudimos esconder nuestro amor y ya era un amor consolidado, me trasladé a vivir con él, en su maravilloso apartamento en plena plaza de Vázquez de Mella. Dos años después y con su ascenso, alquilamos un precioso chalet a las afueras de Madrid, con jardín y piscina, donde criaríamos a nuestros hijos y nos haríamos viejos juntos.

Nueve años de amor y dos hijos en común. Una vida maravillosa, llena de pasión, de deseo, de felicidad, de sexo, de besos, de libertad, de compromiso, de respeto, de cariño… Nunca imaginé que se podía querer tanto. Yo, que no quería compromisos, me había enamorado locamente a mis veintitrés años y cada día que pasaba sentía que mi vida dependía más y más de aquel hombre que me volvía loca cada segundo.

Por alguna extraña razón, hace meses que le noto extraño, que no me mira igual y que apenas me toca. El exceso de trabajo lo está apartando de mí, de nuestra familia y nuestro hogar y a pesar de mis intentos por acercarme a él y regalarle mi amor y mi cuerpo, cada vez le siento más lejos.

¿Alguna vez te han dicho que el amor se acaba? A mí me lo dijeron hace tres días. Con una frialdad disfrazada de tristeza en su mirada, sin ni una sola lágrima y con mi locura y rabia entrelazadas, Pablo me contó que ya no estaba enamorado de mí. El desamor, en este caso, tenía nombre y apellidos, veinte años y un cuerpo de infarto.

Hace tres días que no soy capaz de levantarme de la cama. Hace tres días que Carmen, la niñera de mis hijos, se encarga de ellos, de sus deberes y su colegio, de sus duchas y su comida y mi fuerza agotada no para de repetirme que soy cobarde y egoísta, por no sacar ganas de donde no las tenga, por ellos y por mi vida.

El silencio se ha apoderado de mi mente. Como si de un cuentagotas se tratase, como si esas gotas las pudieses estar observando, mirando fijamente, oyéndolas caer, despacio y lentamente, una a una… pum, pum, pum… Sin ningún sonido más alrededor, más que ese dolor desangrándose y los latidos de tu corazón, entremezclados. Latidos acelerados que se paran en seco para ir despacio sólo un instante después… La sensación más triste y dolorosa de una vida, la sensación de final, de no querer seguir, de no tener ganas, del amor golpeando, haciéndote daño, machacándote el alma, cortándote la respiración, llevándose tu aliento, tus manos dormidas, las piernas temblado…

Se llama egoísmo, pero quiero que el silencio se apodere de mi vida.

desesperacion

Buenas noches, amigos.

Lorena.

Se ahoga el corazón

Me gusta el café de media tarde, tranquilo y en silencio, los que me seguís en Instagram o seguís la página del blog en Facebook, habréis podido ver una foto que he subido hoy, de un regalo muy especial con el cual, a partir de hoy, mis cafés van a saber mucho mejor.

Me gusta el café de media tarde, mientras oigo a niños jugar al otro lado de la ventana, con la energía inagotable y las ganas de jugar y correr toda la tarde.

Hoy vengo con un nuevo relato, sobre un tema que me produce miedo y un total y absoluto rechazo. Porque hoy, todavía en muchos países, se castiga a aquellos que sólo quieren transmitir la información a la que tenemos derecho. Hoy, te lo quería contar.

Leed despacito, como siempre…

SE AHOGA EL CORAZÓN.

Se me ahogaba el corazón y me dolía el alma. Me dolía como sólo es capaz de doler la soledad que sabes que no tiene solución, como duele el amor cuando te mata, duele mucho más que la primera vez que pruebas con tus labios el sabor de la decepción, duele mucho más que una primera caída en bicicleta, o la pérdida de ese juguete que ha sido tu favorito desde donde te llega la memoria, cuando aún ni si quiera sabes cómo es el dolor de verdad…

Se me ahogaba el corazón y me dolía el alma por haber fallado, por haberme fallado a mí mismo y por no haber sabido afrontar con fortaleza una de esas duras pruebas que pone la vida, para simplemente eso, hacerte más fuerte y hacerte aprender. Lo que la vida a veces no se da cuenta es que hay pruebas que sobrepasan la razón, y tu mente queda tan destrozada que no es capaz de obligar a fingir una sonrisa apagada.
Se me ahogaba el corazón y me dolía tanto el alma que mi vida se estaba quedando sin fuerzas…

Desde joven había alzado la bandera de la revolución, en mis actos y pensamientos siempre había estado como prioridad la opción de luchar contra las injusticias, a favor de los menos favorecidos e intentar con un lema de energía positiva pegado a la piel, hacer frente a todos los baches que la vida ponía en mi camino y en el camino de los que estaban a mi alrededor.

Demasiado joven aguanté demasiadas injusticias. Injusticias vitales, que la vida, a la que durante mucho tiempo me pregunté qué era aquello que yo le debía, se empeñaba en castigarme y machacarme en una constante caída que parecía no tener fin. Mi madre me abandonó cuando sólo tenía cuatro años. Mi padre, que nunca tuve la menor duda de que era un buen hombre y me quería, no sabía organizarse bien para demostrarme que así era, no tenía tiempo para una mirada, un abrazo o una sonrisa sincera. Le molestaba que inventase historias, que escribiese hasta altas horas de la madrugada, que leyese libros en vez de intentar tener un oficio de provecho con el que poder trabajar y ganarme la vida. Con mis escritos, siempre decía, no iba a ir a ningún lado. Nos acostumbramos a convivir el uno con el otro. Tuve que aprender, demasiado pronto, a valerme por mí mismo, pero me di cuenta lo mucho que le necesitaba cuando una tarde de julio, cuando yo cumplía veinte años, lo encontré tendido sobre su cama, con una botella de alcohol y un bote de pastillas vació, entregado a un sueño eterno que no fuese capaz de devolverle nunca más a la realidad de sus días. En su puño cerrado encontré una vieja fotografía en la que él observaba a mi madre mientras ella sonreía y yo estaba en sus brazos, con apenas unos meses de vida.
Mi padre se fue sin despedirse de mí y nunca supe cómo debía afrontar aquello. Lloré de rabia durante mucho tiempo, con la culpa dentro de mí cuerpo de que en todos aquellos años no hubiese habido ni un solo motivo por el que se sintiese orgulloso de mí. No sé si fue su culpa, o fue mía.
Por entonces, yo ya estudiaba periodismo y había entregado mi vida, por completo, a las noticias y a la información, quería ser la voz de muchos que no podían levantarla, quería que el mundo cambiase y quería ser yo quien lo consiguiese. Es un pensamiento absurdo que todo ser humano tiene, al menos, una vez en la vida. El problema es que a mí me duró mucho tiempo.
Con un expediente ejemplar y una entrega absoluta a mi vocación y profesión, no tardé mucho tiempo, después de varios meses de prácticas, en encontrar un buen puesto de trabajo en uno de los periódicos más importantes de la ciudad.

Cuando conocí a Alejandra sólo era un joven aprendiz. Ella tenía diecisiete años, la luz en la mirada, la picardía en la sonrisa y la vida en la voz, en el andar y en sus gestos que me hicieron creer que era un ángel bajado del mismo cielo pero con la sensualidad y la cara propia de una actriz de cine, de las de hacía años, de las que deslumbraban con su belleza y misterio. Alejandra era la hija del director del periódico, su única hija.
Habían días en los que visitaba a su padre y con la curiosidad que la caracterizaba se detenía a observar la redacción, los ordenadores y las manos de quienes escribían noticias, atendían el teléfono, sonreían ante un triunfo o se desesperaban ante el fracaso. Otras veces, pasaba corriendo al despacho y volvía a desaparecer en cuestión de minutos, corriendo de arriba abajo, con la inquietud de quien tiene diecisiete años y siente, como yo sentí una vez, que quiere comerse y solucionar el mundo.

Habían pasado siete meses desde que la había visto por primera vez hasta que tuve oportunidad de hablar con ella. Su señor padre, al que con el tiempo aprendí a cogerle cariño, había organizado una cena de Navidad para los empleados en su casa. Alejandra me observaba de reojo mientras sonreía, hasta que se acercó mientras yo me servía una copa para decirme directamente que tenía cara de tener pocos amigos. No se equivocaba. Asentí y a ella le salió una pequeña carcajada. Le sonreí y nos aguantamos durante varios segundos la mirada.

Cuatro años después, nos casábamos en una ceremonia elegante, celebrada por todo lo alto, muy a mi pesar y muy al gusto de mi suegro. Alejandra se licenció en Periodismo y empezó a ser, además de mi esposa, mi compañera de trabajo.

Nuestro amor siempre fue tranquilo y bueno, de los sanos y puros, de los que no gritan ni faltan el respeto, de los que sonríen en silencio cuando hay que callar y los que ríen a carcajadas cuando es el momento. Nuestro amor era un amor de complicidad, amistad, pasión, sexo y promesas eternas, un amor de amigos, amantes y dueños de sueños. Era el hombre más afortunado del mundo.

Nuestra hija Gabriela cumplió siete años hace sólo unos meses y nosotros, cada vez que la miramos, con esa delicadeza que transmite su mirada, esa calidez que regala su sonrisa y esa paz que desprende su alma, nos sentimos los seres más afortunados del planeta por haber sido capaces de crear algo tan hermoso y por seguir queriéndonos cada día como si todavía fuese el primero.

Alejandra, desde hacía mucho tiempo, estaba inmersa en una investigación sobre narcotráfico y prostitución que le estaba robando más horas y energía de la que debía. Cada vez que avanzaba y profundizaba más en el caso, cada vez que descubría algo nuevo, sentía más necesidad de llegar hasta el final, de luchar contra todo aquello que se estaba permitiendo en un mundo en el que ella vivía y en el que estaba dispuesta a dejarse el cuerpo y el alma si era necesario para intentar cambiarlo.
El reportaje final permitió destapar una de las mafias más importantes que se habían detenido en Europa en los últimos años, una mafia dónde gente con mucho peso y renombre había invertido dinero, sudor y maldad. Empresarios, jueces y abogados en una trama de prostitución, drogas y pederastia que consiguió que la policía detuviese a mucha gente y que mi inquieta y justiciera esposa se ganase el respeto de toda una profesión y todo un pueblo que ahora la admiraba y aplaudía… Me sentía muy orgulloso de ella, como compañero de vida y de trabajo. Había estado brillante. La admiraba, seguramente mucho más de lo que ella creía.

Hace dos semanas, salió a cenar con unas amigas, quería celebrar el triunfo y estaba feliz y pletórica. Gabriela y yo nos decantamos por un vestido verde con la espalda escotada y unos buenos tacones entre todas las opciones que nos propuso. Era preciosa. La besé y le dije que se divirtiera, su perfume se me quedó impregnado en la piel al abrazarla antes de que saliese…
No sabía que sería la última vez que lo haría.

A mi esposa la asesinaron en plena calle. Todavía la imagino, riendo, con su caminar y su energía, saliendo de aquel restaurante donde las balas y la vida la pillaron por sorpresa. Cinco tiros acabaron con su risa, con su sonrisa y su energía, acabaron con nuestra vida, le robaron parte de la suya a mi hija.
Mi esposa fue asesinada por transmitir información, por querer luchar contra las injusticias, por contar la verdad, por ser la voz de la noticia… Mi esposa fue asesinada porque todavía hoy vivimos en una sociedad donde el periodismo puede acabar siendo un trabajo de alto riesgo, porque todavía hay demasiados seres humanos que se creen dioses superpoderosos capaces de controlar el mundo, creen tener el poder del dónde, cuándo y cómo.

Mientras espero que se haga justicia y se encuentre a los culpables, he sentido como a poco he ido perdiendo la razón, la fuerza, las energías y la vida, y en el más puro egoísmo, he intentado llevar a cabo el que siempre fue el castigo de mis días. Intenté suicidarme loco de desesperación, sin pensar lo que dejaba. Roto de rabia y egocentrismo, alguien me encontró antes de que fuese demasiado tarde, antes de que pudiese dejar a mi pequeña Gabriela sola en este mundo…

Se me ahoga el corazón y me duele el alma. Me duele como sólo es capaz de doler la soledad que sabes que no tiene solución, como duele el amor cuando te mata, duele mucho más que la mentira en el momento que confías a ciegas, duele mucho más que la primera vez que pruebas con tus labios el sabor de la decepción, duele mucho más que una primera caída en bicicleta, o la pérdida de ese juguete que ha sido tu favorito desde donde te llega la memoria, cuando aún ni si quiera sabes cómo es el dolor…

Se me ahoga el corazón y me duele tanto el alma que la vida se me está quedando sin fuerzas.

periodismo_muerto

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

De esta agua no beberé…

Sabéis que los martes siempre intento volver, es uno de los días en el que más tiempo libre tengo y me gusta sentarme frente al ordenador, con el café en la mano, y algo que te quería contar.

Los relatos cada vez gustan más y a mí cada vez me gusta más escribirlos. Hoy traigo una historia sobre el amor y la pasión, que a veces, traiciona a la razón.

Leed despacito y ya me contaréis qué tal…

De esta agua no beberé…

Entré en el restaurante y el camarero me acompañó a la que iba a ser mi mesa, todavía estaba sola. Aquel era nuestro restaurante favorito, mi restaurante favorito de todo el mundo, su salón parecía transportado de otra época, cuadros gigantes envolvían el salón principal, con sillones y grandes ventanales, música celestial y silencio. Allí se respiraba paz y la comida y atención eran exquisitas. Empezaron a tocar el piano y sonó esa canción que me paró el corazón…

En nuestro primer aniversario de boda, Alberto me llevó allí a cenar. Era una sorpresa. Había oído hablar del lugar, pero nunca imaginé que lo que había en su interior fuese tan bonito. Recuerdo mi cara de sorpresa, la sonrisa que se dibujó en la suya al ver mi expresión, la felicidad que por aquel entonces se respiraba en nuestras miradas, en nuestras caricias, las ganas que teníamos de todo, de comernos y besarnos, de mirarnos y querernos.

Alberto formaba parte de mi familia prácticamente desde que yo nací. En cada uno de mis recuerdos, estaba él. Sus padres, íntimos amigos de los míos, y él, compañero inseparable de cada una de las batallas y juegos de mi hermano mayor, eran parte esencial de nuestra familia. A mi solían excluirme de sus aventuras, no cabía en sus historias de indios y vaqueros y normalmente les molestaba mi presencia.

En el verano de 1981, cuando yo tenía quince años, fuimos todos juntos de vacaciones a Palma de Mallorca. A mi padre le habían recompensado con un sueldo honorífico, por su lealtad y servicio, y aquel año decidieron que saldríamos de la península. Aquel verano, ni si quiera recuerdo por qué, mi hermano no vino con nosotros. Raul, el hermano pequeño de Alberto, que tenía cuatro años menos que yo y nunca hablababa porque su tímidez le provocaba un pánico excesivo a la hora de dirigir la palabra a alguien que estuviese más allá de las personas que vivían en su casa (es decir, su hermano y sus padres), también había venido con nosotros. A Alberto, que por aquel entonces tenía diecisiete años, no le quedaba más compañía para aquel verano la isla que intentar entablar conversación con una adolescente a la que había visto crecer desde la cuna.

El segundo día de estar allí, mientras nuestros padres alargaban la sobremesa con su café, sus risas, las críticas hacia esos amigos a los que fingían apreciar, el tabaco y las primeras copas de whisky, Alberto y yo decidimos irnos a la playa. Todavía estabámos en esa edad en la que las conversaciones de los adultos nos aburrían. Alberto siempre me había tratado del mismo modo que me trataba mi hermano, de hecho, estoy segura que tenían casi los mismos sentimientos. Yo era su hermana pequeña, a la que había visto crecer, a la que tenía que cuidar y proteger.

-Bueno, ¿y qué? ¿Ya tienes novio?.- Me preguntó mientras nos tostabamos bajo el sol del Mediterráneo.

-No.- Contesté en seco y con un tono molesto.

Sonó una carcajada y me preguntó si me había molestado la pregunta, me dijo que no me enfadase y que no iba a decirle nada a mi hermano. Podía contarle todo a él, y decía, entre risas, que el día que tuviese un novio, él tendría que darle el visto bueno, a nuestra familia no podía entrar un miembro nuevo así como así.

Le miré en silencio. Con la madurez que siempre me había caracterizado en la mirada, con la tranquilidad con la que se mira a alguien a quien has mirado toda tu vida, y con una fuerza que ni Dios podría saber de dónde saqué.

-¿Quieres que te cuente algo que nunca te he contado? ¿Algo que callarás y no le contarás a mi hermano, a mis padres, ni a los tuyos?

Asintió victorioso.

-Estoy enamorada de ti desde donde soy capaz de recordar. No sé si me enamoré de ti siendo una niña o si me enamoré ayer, pero sé que siempre has formado parte de mis pensamientos. Sé que cuando veo que mi hermano y tu quedáis con chicas, me muero, y sé que no quiero besar a otro chico que no seas tú.- Su cara iba cambiando de color y parecía que la sangre le había bajado a los pies de un sólo golpe.- No quiero que digas nada, tú querías saberlo y tú guardarás mi secreto. No te preocupes, sobreviviré sin ti, pero creo que ya que me has sacado el tema, y con la confianza que nos une, era importante que te contase lo que sentía.- Terminé mi discurso con un aire irónico que me estaba resultando bastante divertido. Vi su cara y supe que el pobre no sabía qué decir, ni cómo reaccionar, así que le di una palmadita en la espalda y le miré con ojos de piedad, di un suspiro mientras me aguantaba la risa y me metí en el mar.

No me giré a ver si seguía en la toalla, sobre la arena, o si había huído de allí pensando cómo iba a contarle a mi hermano cuando volviesemos a casa lo que le acababa de decir. No me preocupaba, ni si quiera tenía prisa, desde muy pequeña siempre supe que Alberto acabaría enamorado de mí.

No se había fugado de la toalla, cuando salí del agua, un silencio a voces nos envolvía a ambos. Aquellos días él decidió actuar con total normalidad, como si aquella conversación en la playa nunca hubiese existido. Yo me limité a hacer lo mismo, la diferencia es que yo me reía cuando me acercaba a él y sentía como le temblaban las manos. le ponía nervioso y eso me resultaba divertido. Supongo que por aquel entonces, el amor, incluso el verdadero, me parecía un juego, un juego por descubrir y estaba segura con quien quería jugar y ganar la partida.

La noche antes de volver a Madrid, el hotel había organizado una fiesta de esas donde las banderitas de colores, la música y el bronceado de la piel danzaban por la terraza a modo de despedida de verano. Estabámos sentados en una silla mientras nuestros padres bailaban y reían y Alberto me preguntó si me apetecía dar un paseo por la playa. No sabía si aquella invitación era una escapada fugaz de aquel espectáculo que nos aburría o si de verdad le apetecía estar conmigo a solas. Nos sentamos frente al mar en silencio y recuerdo que aquella noche había luna llena.
Esta vez, el silencio me resultaba un tanto incómodo.

-Alberto… Respecto a lo del otro día… Yo… de verdad… No me hagas caso…- Me silenció con la mirada y me selló los labios con un beso. El primer beso de mi vida. Mi estómago estalló con miles de mariposas saliendo a empujones de su interior y mi corazón se aceleraba como si una bomba fuese a explotar llevándoselo con ella. Nos abrazamos en silencio y supe que mi vida acababa de cambiar para siempre.

Tardamos seis meses en contarles a nuestros padres que estábamos enamorados. Seis meses de sonrisas disimuladas y caricias escondidas, seis meses clandestinos y bonitos. La noticia no les pilló por sorpresa y les hizo muy felices a todos, incluso a mi hermano, que no entendía nada. El doce de mayo de 1987 nos convertimos en marido y mujer en la pequeña iglesia de nuestro barrio, con una fiesta y un banquete en los que nuestros padres tiraron la casa por la ventana. Alberto se había convertido en mi mejor amigo, en mi amante, en el amor más puro, en mi mirada más cómplice y unos años después en el padre de mis hijos.

Mi amiga Silvia siempre dice que todo ser humano es infiel por naturaleza, que en algunos casos hay personas que nunca destapan ese deseo y que la razón siempre predomina en sus sentimientos, otras veces, el ser humano decide experimentarlo en algún momento de su vida, cuando sus ganas no pueden reprimirse más y el deseo es más fuerte que la norma establecida y por último están los sinvergüenzas que toman esta faceta como rutina de sus días. Yo siempre me reía y le decía que eso no era verdad, que el infiel es infiel cuando no ama de verdad, cuando su avaricia y egoísmo ganan al amor verdadero, cuando esa necesidad muestra la cobardía y el egocentrismo. Ella me sonreía y me decía siempre lo mismo: “Nunca digas de esta agua no beberé”.

La vida siempre me ha sonreído. Es cierto que siempre he sido una mujer llamativa para el sexo masculino, pero siempre he estado muy, muy enamorada de mi marido. Hace dos años publiqué mi primer libro sobre psicología infantil y la verdad que los resultados fueron mucho más positivos de lo que jamás podría haber imaginado. Una buena editorial, cuyo director era viejo conocido de mi suegro, decidió apostar por mí, por mis teorías y lanzar una publicidad que me resultó muy beneficiosa. Desde entonces, he hecho presentaciones de mi libro por todo el país, en charlas a madres y padres, en facultades y en conferencias de psicología. Puedo decir que no me falta nada en la vida.

Las historias de amor que vemos en el cine o leemos en las novelas, confunden nuestras vidas. El amor, en la realidad, no está vivo de forma eterna. El amor tiene etapas, como cualquier asunto de la vida. Los seres humanos evolucionamos, como lo hacen nuestros sentimientos y nuestras prácticas. Aunque lo desease con todas mis fuerzas, no podía pretender que mi matrimonio, después de más de veinte años siguiese siendo como el primer día. El respeto y la educación nunca habían faltado en mi casa, pero la rutina no mantenía viva la pasión que sentíamos con diecisiete años, cuando aún estábamos descubriendo la vida.

En una de mis conferencias, en la Universidad Autónoma de Barcelona, conocí a Pau, un catedrático de psicología que me parecía el hombre más inteligente del mundo. Lo que empezó siendo una relación profesional, acabó convirtiéndose en una amistad fuerte, tan fuerte que empecé a soñar con él y a desear que nuestro trabajo y nuestro destino nos reuniesen. En uno de sus viajes a Madrid, me invitó a cenar al restaurante que había al lado de su hotel, muy cerca de Atocha. Por alguna extraña razón, hice algo que jamás había hecho. Alberto siempre había confiado en mí, nuestros trabajos nos obligaban a estar con gente y conocer pesonas nuevas, no habría habido ningún problema en decir a dónde iba, pero mis deseos me traicionaban y mi corazón sabía que decir la verdad era gritar a voces unos sentimientos que yo quería callar con fuerza. Le dije que iba con Silvia, a cenar y al teatro y que seguramente llegaría tarde a casa.

Pau me hizo reir como hacía años que no hacía. No recordaba la última vez que Alberto, mi marido y mi mejor amigo, me devoraba con la mirada. No recordaba la última vez que me había desnudado con deseo, o me había besado como si se nos fuese la vida. No sabía si eso era lo que tenía que pasar cuando llevabas veinte años casada o si realmente mi matrimonio se había ido apagando poco a poco, sin que yo lo supiese y sin que nosotros lo hubiesemos evitado.

Aquella noche me sentía especial, única, guapa, radiante, querida y cuidada. Me había puesto un vestido negro, me había recogido el pelo con una coleta y unos pendientes gigantes de plata y piedras negras acompañaban mi mirada, que por unos instantes, se sentía loca y adolescente. Tras una botella de vino, vino otra y cuando me quise dar cuenta estaba en su habitación bebiendo gintonics y con el fuego y la pasión estallando en mi alma. No sé que me pasó, pero me sentía más viva que nunca.

Me acordé de Silvia, de su teoría sobre la infidelidad, sobre el agua que algún día yo también bebería. Dejé que me desnudase, que me besase, que acariciase cada rincón de mi cuerpo, ese cuerpo al que ya le iba pesando el tiempo, dejé que me susurrase cosas bonitas al oído, que me llenase de te quieros y de quiero estar siempre contigo, me dejé llevar por la pasión, por el momento, encerrando la razón en un pequeño bolso plateado que me acompañaba aquella noche, para que no me mirase y yo no me muriese de vergüenza. Me dejé querer y quise.

Cuando llegué a casa, Alberto y mis hijos dormían y yo no sabía si gritar de rabia o de felicidad. Había sido una de las noches más bonitas que recordaba. Me senté en la cocina, con la luz apagada y me puse a llorar.

Alberto sabía que algo me pasaba, era mi marido, me conocía desde que era una niña, me conocía mejor que nadie en el mundo, pero le dije que estaba cansada y un poco confundida en mi vida. No preguntó y estoy segura que sabía que había otra persona en mi cabeza, lo que no imaginó es que había otra persona que acariciaba mi piel y mis sueños.

Mis encuentros con Pau se repitieron durante cuatro meses, en Madrid o Barcelona, unos meses en los que no sabía si estaba más viva o más muerta que nunca, unos meses de deseo y dolor, de felicidad y tristeza, de rabia y amor, de pasión y miedo… Me había enamorado. Estaba enamorada de dos personas al mismo tiempo y esta vez la psicología que tanto dominaba no era capaz de encontrar solución. ¿Cómo me podía haber enamorado a estas alturas de la vida? Me había dejado llevar, por el impulso y el egoísmo, por las ganas de sentirme viva y romper con mi rutina, mi error había sido dar el primer paso y ahora ya no había marcha atrás. ¿Qué iba a hacer? ¿Dejaba mi vida entera, mi familia, mi marido y mis hijos por un hombre al que a penas conocía? ¿Me quedaba con mi marido al que ya había traicionado y engañado de por vida? Me estaba volviendo loca. Podría haberme callado, haber dejado de ver a Pau y haber hecho como si nada. Yo no era así, no podría vivir con esa mentira dentro de mí, no podía enterrar esos sentimientos como si nada, porque yo le quería, también a él le quería.

Alberto y yo firmamos los papeles de separación hace un año. Le destrocé la vida. Le destrocé la vida a mi compañero de vida, a quien me había querido y protegido desde la cuna, a quién había sido mi primer y gran amor, al que había sido mi confidente, mi amigo, mi amante, el padre de mis hijos.

Alquilé un pequeño apartamento en el centro de Madrid, mis hijos repartían su tiempo entre nuestra casa y la que ahora era la mía. Me miraban con reproche y aunque no dejaban de quererme en sus ojos veía la rabia y el odio. Entre Madrid y Barcelona cabalgaba mi vida. Pau era la pasión y el deseo, las ganas de estar viva. No había ni un sólo día en el que no echase de menos a Alberto, nuestra complicidad y nuestra vida. El ser humano es caprichoso y egoísta.

Dicen que la vida siempre pone todo en su lugar, y a veces, en su infinita sabiduría devuelve el dolor que se ha causado, todo lo que entregas, se te devolverá tarde o temprano, como dicen los más sabios, los actos se pagan con la misma moneda. Hace dos meses, Pau decidió volver con su ex mujer, de la que llevaba siete años divorciado y a la que, al estar conmigo, había echado mucho de menos. El día que me lo contó, sonreí en silencio. Entendí que mi capricho, mi irracionalidad, mi deseo por encima de la razón, me había salido muy caro.

En todo un año no volví a ver a Alberto, sé de él por mis hijos. No he visto a mis suegros porque la vergüenza no me lo permite y practicamente no he sido capaz de mirar a la cara a mis padres.
Hace dos semanas, un día antes de firmar nuestros papeles de divorcio, Alberto me envió un mensaje al móvil. En él, una hora y la dirección de un lugar que yo conocía bien.

Entré en el restaurante y el camarero me acompañó a la que iba a ser mi mesa, todavía estaba sola. Aquel era nuestro restaurante favorito, mi restaurante favorito de todo el mundo, su salón parecía transportado de otra época, cuadros gigantes envolvían el salón principal, con sillones y grandes ventanales, música celestial y silencio. Allí se respiraba paz y la comida y atención eran exquisitas. Empezaron a tocar el piano y sonó esa canción que me paró el corazón…

La canción que siempre sonaba, en aquel lugar que era nuestro, en aquella mesa, con aquellos recuerdos, con aquella melodía, con el dolor presente que por aquel entonces no existía… Con su caballerosidad y elegancia, con su saber estar y educación, le vi acercarse a la mesa con una media sonrisa y pude ver en sus ojos que me había echado de menos, como yo a él, pero mientras mi mirada aclamaba, avergonzada, el perdón, la suya derrochaba tristeza y gritaba que no… No podía perdonarme. No iba a hacerlo. Nos miramos en silencio y fue inevitable darnos un abrazo, las lágrimas caían en silencio por mi cara y entendí que aquella era nuestra despedida definitiva. En nuestro lugar favorito, con aquella canción que me paraba el corazón, con el hombre de mi vida, al que había perdido por un capricho del corazón…

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Feliz martes, amigos.

Lorena.