Desmonté el mundo.

Queridos míos, os he insistido tanto en que la primavera es mi estación favorita del año que hoy mismo me cuestionó si yo he perdido la razón o la ha perdido el tiempo, porque la primavera, como tal, ha desaparecido. El calor del pleno verano, ha llegado sin avisar, y mientras hace una semana todavía llevaba pantalón largo y chaqueta, hoy visto ropa que me pongo en pleno mes de julio.

He pasado unos días en mi tierra, disfrutando de las fiestas de Palomar con mis amigas, dónde me reencontré, después de diez años, con uno de los profesores que han marcado mi vida y fue para mí algo tan, tan bonito…  y estuve en l’Olleria, disfrutando de la comunión de mi prima Marta (ella es una de mis cosas favoritas de la vida), viviendo un fin de semana súper familiar y especial para nosotros… Porque en l’Olleria, las comuniones, más que un acto de fe, son toda una tradición y celebración y yo he sido muy feliz de verla a ella con tantísima ilusión…

Al llegar a Madrid, me doy cuenta lo bien que se está en el Mediterráneo, porque allí, aunque el calor sea igual de exagerado, el mar está bien cerca. Hoy me reencuentro con vosotros con un post en forma de relato sobre una de las caras del amor, una de esas caras que desde lejos, nos atrevemos siempre a juzgar, sin pensar realmente qué sienten sus protagonistas… Y aunque yo siempre he sido de las de defender que las cosas se pueden evitar y sobre todo, en estos temas, suelo estar en contra de los que se enamoran… Hoy he necesitado ponerme en su piel, porque a veces, la locura y el dolor, son los únicos que nos llevarán a la cordura y la felicidad.

Leed despacito, como siempre.


Desmonté el mundo.

Por aquel entonces yo debía tener unos veintitrés años. Tenía las ganas de vivir aferradas al alma, tenía ganas de comerme el mundo, estaba en mi segundo año de facultad y todo era bonito. Me había trasladado a la ciudad y vivía en un antiguo piso que mi abuela paterna conservaba, un piso deshabitado desde hacía muchísimos años y que mientras a mi madre la horrorizaba, yo vi su encanto desde el minuto uno. Recuerdo la primera vez que entré en él. Aquella casa olía a soledad y polvo, era un lugar oscuro al que sólo hacía falta abrir las ventanas, limpiar a fondo y darle una mano de pintura para convertirlo en un lugar acogedor. Cambié algunas cosas, algunas cortinas, algunos muebles, parte de la decoración, las almohadas, el colchón… Poco más. Me gustaba aquella casa, combinando lo antiguo con lo moderno, lo viejo, lleno de recuerdos y vivencias, con las cosas recién estrenadas. En el salón, un gran ventanal se abría a un pequeño balcón al que le puse una pequeña mesa de madera y un par de sillas, unas flores y mi café cada mañana. Al lado de aquel ventanal, en el interior de la casa, conservé un viejo tocadiscos que me parecía maravilloso, y justo a su lado, una estantería llena de libros e historias que otros habían escrito para que me acompañasen en el camino de la vida. Mi gata Lulú se mudó conmigo y cuando todo estuvo terminado, las dos nos miramos y asentimos. Nos gustaba nuestro nuevo hogar.

Acudía a clase por las mañanas, estudiaba y pasaba apuntes por las tardes. Los fines de semana, trabajaba en una cafetería y en verano aprovechaba para dar clases particulares a aquellos niños que en septiembre tenían que recuperar algunas asignaturas del curso anterior. Desde muy pequeña supe que quería ser abogada, seguramente lo supe antes de saber en qué consistía realmente aquello, pero una vez, viendo una película con mi madre, le dije que yo quería hacer lo mismo que hacía el señor de la pantalla, quería hablar por otros y ayudarles, quería defender a los buenos y meter en la cárcel a los malos, y entonces ella me dijo que para eso, tendría que estudiar mucho y sacar muy buenas notas en el colegio. Así lo hice.

Por aquel entonces yo tenía veintitrés años, veintitrés años recién estrenados y un sin fin de planes en los que por supuesto, él no entraba. Todo cambió aquella tarde de junio en la que se cruzaron nuestras vidas…

Marisa, una señora de voz dulce y educada, me había llamado hacía sólo unos días porque había visto mi anuncio sobre las clases particulares. Su hijo Víctor, necesitaba ayuda en los exámenes finales y además, seguramente, iba a necesitar ayuda durante todo el verano para preparar los exámenes de septiembre. Me avisó que tenía 13 años y la tontería eterna del adolescente que se cree mayor y lo sabe absolutamente todo.  Vivían sólo a dos manzanas de mi casa. Vivían en un quinto piso, en un edificio de color marrón y tostado. Aquella casa me daba paz, quizás por lo silenciosa y sola que estaba. Olía a limpio y tenía las paredes blancas. En el salón, donde daríamos nuestras clases, habían fotos familiares repartidas por estanterías y muebles, algunas en la playa, otras en la nieve, todas ellas enmarcaban sonrisas y felicidad, enmarcaban la infancia de unos niños que ya habían perdido su inocencia. La madre de la criatura me pareció más dulce todavía en persona que por teléfono y el rebelde adolescente, en el fondo, me hacía gracia, se ponía rojo cada vez que le hablaba y no se atrevía a levantar los ojos y mirarme a la cara. Como por aquellas fechas, yo también estaba de exámenes, nos veíamos todas las tardes, de lunes a jueves, una hora y media cada día. Me pagarían al final de cada semana, y a mi me parecía genial para mis gastos y caprichos que llegaban al mismo tiempo que el viernes en el calendario. Víctor tenía un hermano mayor, de dieciséis años que al parecer, aunque no fuese un estudiante brillante, cumplía con sus obligaciones y una hermana pequeña, de ocho años que era una preciosidad y, sin ninguna duda, la princesa de la casa. Una tarde en la que Marisa salió a recoger un vestido que tenía encargado llegó Jaime, el padre. No había coincidido nunca con él y en el momento que se cruzaron nuestras miradas supe que mi vida estaba perdida para siempre.

No podía creer que aquel hombre, que era increíblemente guapo y atractivo, pudiese ser tan mayor como para tener tres hijos y una mujer. Nuestras miradas se cruzaron en silencio, como se cruzan las miradas de dos personas que ya se han visto antes, que se suenan de algo y no saben de qué, se cruzaron como se cruzan las miradas de quienes se devoran con las mismas y sienten que el resto del mundo se ha desvanecido a sus pies. Me levanté para presentarme y en el momento que me dio dos besos se me erizó toda la piel, ni yo misma podía entender qué era lo que estaba sucediendo. Cuando salió del salón, me miró con una delicadeza que no había visto jamás en ningún ser humano y asintió. Entonces supe que él sabía lo que a mí me estaba pasando, y lo que es peor, supe que a él le estaba pasando lo mismo.

Aquella noche no pude dormir. Sin saber cómo, ni por qué, me estaba volviendo loca de rabia, sólo le había visto una vez y sólo quería estar a solas con él, y quizás, como sabía que era imposible todavía lo deseaba más. Desde aquel día, mis clases particulares tenían un motivo de ser, sólo deseaba que fuese la hora para acudir a aquella casa, todas las tardes con la esperanza de volverle a ver. Tardé una semana en volver a coincidir con él, nuestras miradas volvieron a cruzarse, en silencio, calmadas, ardiendo, fuertes, seguras, irracionales, apasionadas… Y sabía que me estaba quemando, pero no quería dejar de jugar. Era una locura, pero necesitaba vivirla. Desde aquel segundo reencuentro, acudía casi todas las tardes, a la misma hora, con una excusa tonta. Su despacho estaba en el piso de abajo, así que era muy fácil para él. No había pasado absolutamente nada, ni habíamos cruzado más de dos palabras, pero empecé a tener miedo de que su mujer me viese mirarle, o que le viese a él mirarme a mí, empecé a temer que me dijese un día que ya no hacía falta que volviese más.

Una tarde, mientras su hijo se había escapado al baño, pasó por el salón y me vio sola, entró a preguntar si quería agua o algún refresco, que hacía mucho calor… Le dije que no se molestase, estaba a punto de marcharme a mi casa, y entonces, en ese instante me preguntó qué estudiaba… Cuando escuchó la palabra derecho le salió una medio sonrisa que a mí me hizo temblar el corazón y entonces me dijo que él era abogado y que cualquier cosa que necesitase, podía contar con él.

Mis ganas de verle, o simplemente de estar a solas con él, crecían por segundos. No me reconocía. No me importaba su familia, ni su mujer, ni nada, sólo quería estar con él y quería vivir, al menos una vez en la vida, las cosas con las que llevaba soñando desde que le había visto por primera vez. Una tarde, al cruzarme con él, le pregunté si podría echarme una mano con un tema que tenía atravesado y sobre el cuál me examinaba una semana después. Me dijo que al terminar la clase, pasase por su despacho. En aquella oficina trabajaban varios abogados, entre todos habían alquilado el local para que les saliese más rentable, y cada una de las habitaciones de aquel piso, eran las oficinas personales de cada uno de ellos. La suya daba a la calle, y el sol entraba con ganas por pequeños espacios que esquivaba a través de las cortinas. Me senté y empecé a exponerle mis dudas, me temblaba la voz y me sudaban las manos. Me miraba fijamente, en silencio, y entonces se puso a mi lado y me acarició la mano. Un silencio nos envolvió, y sin saber cómo, sentí sus labios sobre mi cuello, cogí sus manos y apreté mis senos, le besé cómo jamás había besado a nadie, le desabroché cada botón, le arranqué la camisa, le dejé subirme el vestido y apreté su espalda contra mi cuerpo que reposaba ya contra la pared y sentí como nos convertíamos en solo uno, con fuerza, rabia, pasión y miedo.

Cuando terminamos lloré en silencio, mientras él me abrazaba y me acariciaba el pelo… Aquel día cambió mi vida para siempre. Dejó de subir a su casa cuando yo estaba, nos veíamos en su despacho, con la excusa de mis dudas y su experiencia. A veces, sólo nos abrazábamos y nos besábamos, otras nos pasábamos un buen rato hablando, otras hacíamos el amor, y otras simplemente nos acariciábamos las manos. Me enamoré de él como jamás me he enamorado de nadie. La primera vez que vino a mi casa era un domingo, había dicho en casa que iba a comer con unos amigos, preparé pasta con tomate y bajé las persianas para que la luz del pleno agosto entrase con delicadeza por lo bajo. Alquilé unas películas, y estuvimos tirados todo el día, comiéndonos a besos, saboreando cada poro de nuestra piel, desnudándonos el alma y queriendonos sin límites ni por qués… Lulú nos miraba cómplices, sabía de él sin conocerle y sabía que yo jamás había sido tan feliz. Mi olor favorito era el de su piel, mis caricias favoritas las de sus manos y sabía que ya no quería hacer el amor con alguien que no fuese él…

Aquel fue uno de los veranos más tristes y bonitos de mi vida. Bonito por la pasión y las ganas y tristes por una clandestinidad que me hacía cada vez más daño, por seguir subiendo a aquella casa y ver aquellas fotos en el salón, por pasar por el lado de su mujer y sentirme tan desgraciada de su desgracia, por verle en una familia que no era mía, yo, que era suya… y él, que tanto me quería…

En septiembre mi dolor ya era insoportable y le dije a Marisa que no podía seguir dandole clases a Víctor porque debía centrarme en mi carrera. Nunca supe si lo hice por vergüenza, o por egoísmo, pero necesité salir de allí. Un año después, la situación era insostenible y yo sabía que estábamos locos el uno por el otro. Vivíamos ya dentro de nuestra locura, que era sólo nuestra, pero era la única forma en la que éramos felices. Se divorció. Sus hijos mayores tardaron muchos meses en poder perdonarle lo que le había hecho a su madre y a mí tardaron años en querer hablarme.

Mi madre montó en cólera cuando se enteró, me echó la culpa de absolutamente todo, pero con el tiempo supo entenderme y perdonarme. Nos instalamos en el viejo piso de mi abuela paterna, y lo hicimos nuestro hogar. Terminé mis estudios y nos casamos cinco años después. Olivia llegó a nuestras vidas cuando yo cumplí los veintinueve y Claudia sólo quince meses después. Montamos nuestro propio bufete de abogados y trabajamos juntos formando un equipo que no podría ser mejor.

A veces, me pregunto si algún día la vida me perdonará el daño que hice, o si la vida, mirándonos desde lejos, sonríe y entiende que a veces, no podemos controlar nuestros destinos, nuestros caminos y nuestros actos, y si quizás ella, me ha perdonado ya, entendiendo que el amor, a veces, simplemente nos vuelve locos y necesita desmontar el mundo para que dos almas se lleguen a encontrar. Yo desmonté el mundo, infinitamente egoísta, para buscar mi felicidad.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

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Pura casualidad.

Qué bonitos están siendo estos días, a pesar de volver de puente, de que ayer fue lunes, del trabajo, de todo… Qué energía me da la primavera! Me encanta el calor, el olor a verano, la gente en las terrazas, las calles llenas, los colores en la ropa… Y hoy tenía muchas ganas de escribir. Por eso os traigo un nuevo post, en forma de relato, para leer despacito, ya sabéis, como siempre hacemos… 🙂

Pura casualidad

No le gustaban los gatos, ni el chocolate, ni el verano. Últimamente se había olvidado de lo qué le gustaba y sólo le daba por recordar lo que no.

Aquella mañana los niños corrían en la plaza, se escuchaban sus voces tras la pelota y sus risas y gritos llenos de inocencia y vida. Echo la vista atrás y la nostalgia se le pegó a la piel aferrándose con tanta fuerza que parecía que ya no iba a desaparecer. Echó de menos su casa, el olor de aquellas sábanas, la voz de su madre, los ronquidos de su padre y las discusiones con su hermana. Echaba de menos su vida.

Su historia era una entre otras muchas, entre muchos jóvenes que habían dejado atrás una vida entera para buscar nuevas oportunidades que se prometían en el aire en una ciudad encantada. Sin apenas planteárselo, se había instalado en esa ciudad para buscar las oportunidades que estaba seguro no podían llegar si se quedaba para siempre en su pequeño pueblo del alma, al que nunca había conseguido verle nada especial y al que ahora echaba de menos en exceso. Sus calles, su gente, sus paellas y su mar. Habían pasado mucho tiempo y aún recordaba con una tímida sonrisa el día que se sentó en el sofá a contarle por primera vez a su madre que se había enamorado. Ella, como siempre, le miraba con ternura, le regalaba comprensión en cada gesto y le abrazaba con firmeza para demostrarle lo orgullosa que se sentía y el amor incondicional que sólo pueden prometer las madres con la mirada.

Nunca le gustaron las personas atrevidas, era más bien de observar y callar, por eso se dedicaba a estar detrás de los focos, de las cámaras y los objetivos. Cuando sólo era un niño le regalaron su primera cámara, aquel aparatoso instrumento que le hizo crecerse y sentir que era grande frente a todo lo que allí quedaba inmortalizado. Las cámaras digitales ya le parecieron lo más maravilloso del mundo y se lamentaba que no hubiesen llegado mucho antes, cuando era joven y viajaba. Ahora, incluso, había dejado de viajar.

A veces, se preguntaba si el verdadero motivo de no estar en su casa había sido la necesidad de huir. Huir de los rumores, de los chismes y susurros que sonaban fuertes y hacían daño, a él y a su familia. La mayoría de las veces la gente habla y se toma el derecho de juzgar, de sentir y valorar sin saber el daño que pueden llegar a causar. Siempre pensó en lo aburridas que serían sus vidas para que tuviesen que hablar de las de los demás. Por supuesto, la infancia sólo fue bonita dentro de su casa, en su mundo, dónde nadie hablaba ni reía, dónde nadie se burlaba. Los niños tienen esa maldita inocencia de no controlar los límites y no ser conscientes del daño y los traumas que son capaces de generar y en la mayoría de los casos los padres son los culpables por no sentarse a explicar que todo entra dentro de la normalidad, y que el respeto hacia los demás es el valor que más debe predominar. La adolescencia siguió el mismo camino y realmente en la universidad, en aquella gran ciudad y en aquellas calles gigantes, entre cientos de desconocidos, fue donde realmente empezó a ser feliz. Quizás sí, quizás había huido más por buscar su felicidad personal que por conseguir su sueño profesional.

Estudió publicidad y antes de terminar su carrera, fue contratado como becario en una agencia de comunicación donde finalmente acabó siendo contratado, en aquella época en la que los becarios todavía conseguían un contrato después de sus esfuerzos. Habían pasado quince años desde aquello y en ocasiones parecía que la vida hubiese corrido tanto, que el tiempo le había sido robado.

Se había enamorado muchas veces, aunque nunca como esta vez. Como todo ser humano, se había enamorado en la adolescencia donde no había sido correspondido y donde había sufrido tanto por ese desamor que sentía que la vida no tenía sentido. Menos mal, que con el tiempo podía reírse de aquellos sentimientos primerizos de un aprendiz de la vida. Realmente aquella historia le marcó y le acompañó durante muchos años, pero eso siempre pasa con el primer amor, al que se le acaba tachando de platónico e imposible. Había tenido amores de verano, de hecho, de esos había tenido unos cuantos. Se había enamorado en la ciudad, de jóvenes y maduros, de guapos y listos, de estúpidos e increíbles, incluso una vez se enamoró de alguien a quien nunca llegó a contárselo y al que siempre prefirió tener como amigo.

Su vida profesional era estable y satisfactoria, su trabajo estaba bien valorado y adoraba a las personas con las que compartía trabajo, oficina y objetivos cada día. Lejos de aquella triste época de pocos amigos y soledad, el tiempo había sabido recompensarle y su vida social era maravillosa, contaba con un teléfono siempre sonando y planes sobre planes dispuestos a ser devorados cada día.

Le conoció casi por casualidad. Aquella mañana, Beatriz, su compañera, su mejor amiga y la mejor fotógrafa que él conocía, se encontraba con fiebre y una infección en las anginas que le impedían levantarse de la cama. Tuvo que cubrir una sesión de fotos para una firma de relojes que se vendían como churros, a pesar de sus precios desorbitados. El modelo, por supuesto, era el actor de moda del momento y la campaña sería lanzada en televisiones y revistas, así que él se encargaría de las fotos. Por temas de caché, las fotografías donde no se viese la conocida cara del actor las haría otro chico, que cobraba mucho menos por dejarse fotografiar las manos. Se notaba que era joven e inexperto, pero era quizás el hombre más guapo que había visto en su vida. Empezaron a hablar cordialmente, y al final, tras una larga jornada de trabajo, entre risas y bromas, decidieron ir a tomar unas cañas. A día de hoy se sigue preguntando cómo y por qué y sin encontrar explicación alguna, aquella noche acabaron en la misma cama, entre besos, caricias y una pasión que arañaba las paredes de la casa. Había sido maravilloso y le habría prometido amor eterno en aquel mismo instante. De hecho, cuando se despertó a su lado, deseó con todas sus fuerzas que aquella mañana durase para siempre. Podría haber sido una noche de locura más, aquel joven modelo podría haber salido de su casa y no haber vuelto a dar señales de vida. Podría haber sacado su teléfono de la base de datos de la agencia y podría haberle buscado, pero no hizo falta, porque el modelo se encargó del resto. Dos días habían pasado sin que se lo hubiese quitado de la cabeza cuando abrió el buzón para retirar toda la publicidad que se había ido almacenando durante semanas, y encontró un pequeño papel, una pequeña nota en la que se le indicaba hora y lugar para volverle a ver.

Le contó a sus amigas lo sucedido y lo excitante que le parecía haber encontrado aquella nota ahí, cuando unas horas antes había decidido no buscarle si no era él quien le quisiese ver. Aquella tarde, volvieron a terminar en la cama. A penas hablaban, sólo se besaban, se abrazaban y se deseaban. Se mordían con la mirada y se mataban con las caricias, se resucitaban con los besos, las lenguas entrelazadas y la saliva. Durante semanas dejaron que las cosas sucediesen así, con notas en un buzón que ahora era revisado cada instante, con encuentros apasionados y emociones encendidas. Empezaron a escribirse e-mails y a contarse poco a poco cómo eran sus vidas, sus ilusiones, sus trabajos, su pasado y su presente, sus preocupaciones y sus alegrías. Pasaban tardes en la cama, abrazados y en silencio. A veces se reía de la locura en la que se estaba convirtiendo su vida, ni si quiera tenía su número de teléfono, ni se había hecho junto a él una fotografía. Por su cumpleaños, en el buzón y como vieja costumbre, le regaló una escapada de fin de semana, sólo para ellos, alejados de la rutina, experimentando otra forma de encontrarse en sus vidas. Aquel fin de semana fue maravilloso. Extraño, pero maravilloso.

Intentó cogerle de la mano. Llevaban meses compartiendo sábanas casi todos los días y nunca había paseado de su mano, pero sintió como ésta se separó suavemente, en un desliz que le golpeó la seguridad que empezaba a tener en aquella historia y en aquel joven modelo al que había conocido en una sesión de fotos, por pura casualidad.

-Lo siento, es que hay algo que no te he contado…- Por el tono, entendió lo que pasaba y se acordó de la ternura que había sentido cuando su madre le escuchó aquella primera vez en la que le dijo que se había enamorado. Le dejó continuar.- Es la primera vez que estoy con un chico…

Lo entendió todo. Su timidez, su desenfreno y pasión como si el mundo se acabase, sus miedos, sus largas conversaciones a través de los e-mails, desde el otro lado de un ordenador, tras el cual poder esconderse y no encontrar miradas que le juzgasen… Le sonrió.

-No pasa nada, absolutamente nada.- Y le contó con la mirada que estaría a su lado, queriéndole y apoyándole en todo.

Aquel fin de semana fue maravilloso y cuando volvieron a la realidad supo que no quería separarse de su lado. Se había enamorado.

Sus encuentros siguieron siendo como siempre, en casa, en la cama. Había pasado un año y desde hacía semanas le decía que no era normal que no hiciesen vida más allá de aquellas cuatro paredes. Le notaba triste y distante. Se negaba a darle su número de teléfono, no quería agregarle en sus redes sociales y en él empezaba a aflorar una inquietud que les estaba matando.

Una mañana, tras haberse despertado a su lado, se marchó a la oficina. Aquella mañana hubo un cambio de planes en la jornada, acababa de llegar un correo, a primera hora, en el que se convocaba a los medios de comunicación esa misma tarde para cubrir la inauguración de una tienda de moda. Se negaba rotundamente, pero al final le tocó ir. Acabó  casi a las diez de la noche, estaba agotado y muy lejos de casa. Cargó con la cámara y decidió recorrer un par de calles para ahorrarse unos euros en el taxi. Como si de una extraña fuerza se tratase, su mirada se giró hacia la terraza de un restaurante que no había visto en su vida, y en la terraza cenaba, entre otros, una pareja de jóvenes que se besaban y abrazaban. Escuchó su risa y se le paró el corazón. Se quedó en silencio, mirándoles, viendo como se devoraban los labios y se acariciaban las piernas, y sintió como el corazón le estallaba en mil pedazos. No podía decir nada y el sonido de la cámara contra el suelo paralizó en seco al joven modelo de la rubia despampanante. Se encontraron sus miradas, perdidas, rabiosas, agonizantes, asesinas. La chica les miró extrañada y le dijo a su acompañante:

-¿Conoces a ese hombre?

Él negó con la cabeza y le miró con desprecio.

-Eh, tú, ¿Qué coño miras?

Le quemó el alma. Recogió su cámara, rota, como le hubiese gustado recoger el corazón, que estaba gritando de dolor, tirado en el suelo, pisoteado y moribundo. Se dio la vuelta y se marchó de allí. Aquella noche tuvo un ataque de ansiedad, aquella noche y todas las siguientes durante varias semanas. Recibía e-mails diciendo que todo tenía una explicación, notas y flores pidiendo perdón y comprensión. Aquella rubia era su esposa, con la que se había casado hacía sólo tres meses, pero a la que aseguraba no querer. El joven modelo juraba tener mucho miedo, no podía decir que era gay.

Desactivó aquella cuenta de correo electrónico y decidió no abrir, al menos durante un tiempo, el buzón. Se negó a ir a sesiones de fotos con modelos masculinos durante mucho tiempo.

Aquella mañana los niños corrían en la plaza, se escuchaban sus voces tras la pelota y sus risas y gritos llenos de inocencia y vida. Echo la vista atrás y la nostalgia se le pegó a la piel aferrándose con tanta fuerza que parecía que ya no iba a desaparecer. Echó de menos su casa, el olor de aquellas sábanas, la voz de su madre, los ronquidos de su padre y las discusiones con su hermana. Echaba de menos su vida.

Últimamente se había olvidado de lo qué le gustaba y sólo le daba por recordar lo que no. No le gustaban los gatos, ni el chocolate, ni el verano. Pero sin duda, lo que menos le gustaba era la gente que jugaba con los sentimientos de los demás.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Por amor al arte (Parte II)

Dia de Sant Jordi. Un llibre i una rosa per a tothom…

¿Cómo no me tiene que hacer feliz que haya un día del libro? Un día oficial en el que los libros son los verdaderos protagonistas…  Hoy y siempre. No debemos dejar de leer nunca, porque la ignorancia es lo único que nos podrá hacer débiles. Hoy, en mi pueblo, se celebra el día del libro y como anuncié ayer en mi Twitter y en mi página de Facebook, espero que todos los que estéis por allí paséis por la biblioteca de l’Olleria, donde se van a celebrar muchas actividades y vais a poder encontrar una sorpresa (micro)literaria de la cual, junto a otro autor, Angel Cano Mateu, he sido cómplice. Cuando pase el día, os cuento al resto de qué se trata.

Hoy en el día del libro yo no podía dejar de escribir… Y aquí traigo la segunda y última parte del relato que os dejé a medias hace unos días, Por amor al arte. Recibí comentarios, recibí respuestas y creo que aunque hubo quién tuvo sus sospechas y a quién el protagonista no le daba muy buena espina… Creo que nadie esperaba el final que aquí os espera. Leed despacito, con calma, que hoy el día es para ello…. Hoy te lo quería contar.

FELIZ DÍA DEL LIBRO. FELIÇ SANT JORDI.

Por amor al arte (Parte II)

 

-¿Una sorpresa?.- Dijo ella con una tímida sonrisa muriéndose de ganas por saber de qué se trataba.

-Te lo contaré en París.

-¿París?- Gritó entre risas, asombro y besos.

En dos semanas viajarían juntos a la ciudad del amor, pasearían por sus calles y podrían disfrutar de todo el arte que a ella le apasionaba, por amor al arte.

Recibió la llamada de Jorge el lunes a primera hora, no lo podía creer. ¡Su mejor amigo estaba aquí! Jorge se había ido el año anterior a Alemania con una beca erasmus y allí conoció a Ana, de la cual se había enamorado locamente y con quien había empezado una maravillosa historia de amor quedándose a vivir junto a ella en Berlín, pero Jorge había vuelto durante unos días y ella se moría por verle. Jorge era uno de esos amigos que la vida te regala para guardarlos y mimarlos, él había sido su mayor cómplice desde niña, junto a María, eran los tres inseparables. Él fue su gran apoyo cuando ocurrió el trágico accidente de la muerte de su hermana. Él, más que un amigo, era un hermano.

-¡Me ducho y nos vemos enseguida!

Aquel día quedaría con Ángel por la tarde, así que la mañana ya estaba adjudicada a su mejor amigo, a sus historias y a que se contasen absolutamente todas las novedades de sus vidas. No les hizo falta decir donde reunirían, los dos acudieron a la misma cafetería de siempre, al verse, se fundieron en un abrazo eterno y en miles “qué ganas tenía de verte…”. Pasaron juntos tres horas que parecieron tres minutos y se dieron cuenta que la amistad verdadera está basada en eso, en que cada encuentro, aunque estuviese separado por tiempo y distancia, pareciese pegado al anterior. Le preguntó por María y ella sintió pena, mucha pena… Hacía tiempo que no se veían y sabía que tenía que llamarla. ¡Qué feliz fue aquella mañana! ¡Qué bonito estaba siendo todo en su vida!

A Ángel no le gustó, no le gustó absolutamente nada.

-No entiendo qué te pasa… Es mi mejor amigo.

Le estaba faltando el respeto, la miraba a los ojos y le pedía explicaciones, que le jurase mientras la miraba que no había nada entre ese chico y ella, le hacía jurar que no se habían mirado, ni tocado, y le aseguraba que Jorge estaba enamorado de ella, no había otra explicación para que hubiese querido verla después de tanto tiempo… Ella lloraba, en silencio y a gritos, de rabia, de frustración. No entendía nada, no le reconocía, no sabía qué pasaba. Él se fue, enfadado, y ella se quedó sola. Se quedó llorando, llorando y llorando durante horas, llamándole por teléfono mientras él no contestaba. Quizás él tenía razón y debería haberle avisado de que iba a quedar con su mejor amigo.

Cuando consiguió hablar con él, le pidió perdón mil veces. Ella, que ya no sabía ni lo que hacía, le suplicaba que le perdonase aunque en el fondo de su alma se preguntase qué tendrían que perdonarle… ¿Cuál había sido el crimen? Ángel la perdonó, la volvió a llenar de besos y caricias, de amor, le explicó que la amaba tanto que la posibilidad de perderla o imaginarla con otro le volvía loco, y ella lo entendió. Asintió y le amó, sin reproches. Entregando su corazón, su alma y su personalidad a otro cuerpo y otro ser.

Viajaron a París. Esta vez, quería decírselo a sus padres.Cuando les dijo que viajaría con su novio, sus padres quisieron conocerle. Ellos, desde hacía años, vivían atemorizados por todo. De hecho, ella sabía aunque no se lo dijesen, que vivían con miedo cada vez que ella salía por la puerta de su casa. Les pareció encantador. Guapo, educado, alegre, simpático, cordial, respetuoso… Y la quería, en los ojos se le notaba que la quería mucho. Sin ninguna duda, dieron el visto bueno para que los enamorados viajasen a la ciudad del amor.

París, el viaje perfecto, la ciudad perfecta, el hotel perfecto, los museos perfectos, el chico perfecto… Nada tendría que haber fallado y falló. Desde aquella mañana en la que vio a Jorge, al que por supuesto, no había vuelto a ver antes de que volviese a Berlín, él había cambiado y ella se sentía culpable. Había perdido su confianza y por más que lo intentase no la recuperaba. Estaban bien sólo cuando él quería y poco a poco ella iba perdiendo la fuerza en demostrar que él era el único y gran amor de su vida. Entre altibajos, enfados y risas, besos y faltas de respeto, pasaron aquellos días en la capital francesa. Días de sueños mezclados con pesadillas que ella quería borrar y olvidar, siempre dispuesta a perdonar. Sin saber cómo ni por qué, estaba totalmente sujeta a él, a su estado de ánimo, a sus caricias y sus enfados. Había dejado de ser quien fue.

El tiempo pasaba sin más, pero ella era feliz, siempre se lo decía a sí misma. Los buenos momentos siempre superaban a los malos y ella prefería quedarse con eso. Estaría entregada a él en cuerpo y alma, no soportaría perderle. Una noche discutieron tanto que ya ni sabía cuál había sido el motivo inicial. Siempre había un motivo, si no era un mensaje que recibía en su móvil, era porque había sonreído cordialmente a algún conocido, o porque no le estaba queriendo cómo le quería antes, aunque ella en nada hubiese cambiado… Bajó del coche llorando mientras él aceleraba. No quería ir a casa, no sabía que hacer. Se acordó de su hermana y deseó con todas sus fuerzas poder abrazarla, poder hablar con ella, pedirle un consejo, un “dime que tengo que hacer…”. Llamó a María y le preguntó si podía dormir con ella. Pasó la noche en casa de su mejor amiga, llorando, escribiéndole mensajes que él no contestaba, preguntándose qué había hecho mal…

-Tienes que parar esto, por favor. No puedes permitir que te trate así. ¿Cuánto tiempo lleváis mal? ¿Cuánto tiempo llevas llorando? ¿Por qué nunca me has dicho nada? No puedo verte así…- María hablaba sin parar creando un monólogo que ella era incapaz de escuchar… Necesitaba verle y estar con él, como una maldita droga de la que no se podía desenganchar.

Quedaron por la tarde y el día se hizo eterno. Dieron un paseo y fueron a cenar. Ella intentaba quererle, pero había algo entre ellos que les separaba demasiado. ya no reconocía esa mirada, los besos no sabían igual y las caricias le daban miedo.

-Creo que deberíamos dejarlo… -Dijo mientras le quemaba la voz.

Él no contestó, sólo levantó la mirada del plato y la clavó sobre ella. No sabía quién era, esos ojos estaban llenos de odio, y sintió como un dolor espantoso le penetraba el pecho. Él pidió la cuenta y se levantó de la silla esperando que ella le siguiese, subieron al coche y aceleró. Aceleró mientras ella, llorando, le pedía que fuese más despacio y entonces el horror se fue reflejando en su cara… No podía creer lo que sus ojos veían.

-¿Qué es esto? ¿A qué estás jugando? ¿Qué tipo de broma es esta?- Ella lloraba y gritaba, estaba aterrorizada.

-Baja del coche. ¡Baja del coche he dicho!

La arrastró hasta el puente, ella lloraba, lloraba como una niña perdida. Aquel puente, aquel lugar. Aquel río que se había llevado la felicidad de su familia, que se había llevado la mitad de su corazón, aquel puente que les había arrancado la alegría, que les había destrozado la vida…. La sujetaba frente a su cara, con el cuerpo apoyado en la piedra fría que desembocaba en el vació, a muchos metros del agua, la miraba con desprecio y con una mirada que jamás habría sido capaz de reconocer…

-Te di una oportunidad, te di muchas. Te puse el mundo a tus pies, te regalé viajes, te llevé a los mejores restaurantes, te compré toda la ropa que te gustaba, todos los malditos libros de arte que querías, te llené de amor… Y tú, ¿qué hiciste? fallarme, fallarme una vez más. Mirar a otros, no quererme, despreciarme… ¿Crees que eres mejor que yo? ¡Contéstame!.- Estaba fuera de sí. Las venas del cuello parecía que iban a estallar y en sus ojos el fuego del odio parecía que los iba a quemar.

Ella lloraba y suplicaba que él la llevase a casa… cuando escuchó una cruel y desgarradora carcajada.

Le dio la vuelta y la puso mirando al vacío, la sujetaba con fuerza y el temblor de su cuerpo ni si quiera se notaba entre la fuerza de sus brazos. Ya tenía medio cuerpo fuera. Ella sentía su aliento sobre su oído, ese aliento del que había estado locamente enamorada, al que le había entregado su vida, ahora le mordía, le quemaba el pelo y el alma.

-Eres igualita que la zorra de tu hermana… Aunque tu tengas amor al arte.- Y la empujó.

Una caída de segundos que se hicieron eternos, una caída al vacío que iba a llevarla a la muerte. Una caída que le regaló mil imágenes en su mente. Él, su amor, su odio, sus padres, Jorge, María… Lucía. Su hermana, su hermana. Él había sido el chico del que se había enamorado. Él la había asesinado. Boom. El golpe seco contra el agua le arrancó la vida y los suspiros.

Miró desde lo alto. Pobre familia. Otro suicidio. Arrancó el coche y se fue de allí. Los últimos caprichos le estaban saliendo demasiado caros.

Quizás fue la ira, fue el dolor, fue la rabia,fue la injusticia… A penas podía un brazo y el otro sin duda estaba roto. Las piernas pataleaban con toda su fuerza y a penas podían luchar contra el agua, y consiguió moverse, arrastrarse y llegar hasta una orilla fangosa, llena de matorrales, con el cuerpo lleno de heridas y el alma hecha jirones. Allí, en tierra sólida y húmeda dio los últimos suspiros, miró la noche, llena de estrellas y le pidió perdón. Sintió como su alma se desvanecía y como la vida se apagaba.

Pasaron minutos, horas y días… Años, incluso, le habían parecido a ella. Ocho horas le confirmaron después. Escuchó unos gritos… “¡Está aquí!” Decía la voz de una chica a la que no conocía. Sirenas, luces, lágrimas, alientos de felicidad… Acababa de volver a la vida.

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Feliz miércoles, amigos.

Lorena.