Inevitable

Las redes sociales tienen ese poder de inmediatez que a mí me encanta y muchas veces, me entero de una noticia a través de Twitter. Esta mañana, al despertarme me he enterado de que hoy era el día Internacional de la Sonrisa, y sólo al leerlo me ha salido sonreír. No por nada, sino porque me parece bonito que haya un día dedicado a las sonrisas de todos nosotros, de todos los que nos rodean, de todos aquellos que no conocemos y de todos aquellos que no veremos jamás. Me gusta porque para mí, sonreír es algo esencial en el día a día, como supongo que también lo es para ti.

Quienes me conocen bien, saben que aunque sea melodramática por naturaleza, siempre intento sonreír, y de hecho, me encantan mis amigos y mis amigas porque cuando pienso en cada uno de ellos, sé que son personas que siempre están dispuestas a sonreír, y a recibir una sonrisa. Es esencial para el día a día, para afrontar las cosas y para ver la vida. Recuerda siempre que con una sonrisa todo se ve mucho mejor, así que, por favor, al menos hoy, intentad regalar sonrisas y recibirlas sin dudarlo, aunque vengan de un desconocido. ¿Trato hecho? 🙂

Hoy te quería contar, que entre tanta sonrisa y tan buenos pensamientos me he acordado de una noticia muy triste que leí ayer. Ayer me inundó la pena al enterarme de algo que le había ocurrido a alguien que de un modo u otro sentía que quería, alguien a quién no he conocido nunca en mi vida (o sí, depende de como se mire).

Es curioso como una serie de televisión puede llegar a formar parte de ti  y como unos personajes, que realmente sólo existen en la ficción y unos personajes a quien dan vida unas personas que seguramente no conocerás jamás, pueden llegar a ser parte de tu familia y al menos, de una etapa importante de tu vida.

Estoy segura que todos sabéis de lo que hablo, que hay alguna serie, de ahora o de hace no se cuántos años, que os arranca una sonrisa cuando la recordáis, una serie que recordáis haber vivido desde el otro lado de la pantalla, sentados en el sofá y sintiéndola de una forma tan intensa que habéis acabado queriendo a todos los que viven en ella, como si estuviesen viviendo en vuestra casa, haciéndoles un hueco inexplicable en vuestras familias, sin ningún tipo de peros. Sobre todo, creo que esto pasa cuando somos más pequeños, cuando vivimos las cosas con una ilusión distinta y nuestra mente está  sin contaminar y completamente dispuesta a recibir y dar amor. Estoy segura que todos tenéis esa sensación de pensar en alguna serie de televisión e inevitablemente escuchar en vuestro interior a vuestra propia voz, pronunciando con una sonrisa: “la serie de mi vida”.

Cuando el tiempo pasa, la mente de los seres humanos se va retorciendo y complicando por una serie de compromisos y obligaciones del día a día que hace que el hecho de que esto ocurra sea mucho más complicado, pero cuando somos adultos nos gusta recordar, y al menos siempre nos quedará eso. Sin ninguna duda, una de las series de mi infancia y por supuesto, una de las series de mi vida fue Médico de Familia.

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A finales de 1995, Telecinco nos presentó al doctor Nacho Martín (Emilio Aragón), un médico viudo padre de tres hijos, María (Isabel Aboy), Chechu (Aaron Guerrero) y Anita (Marieta Bielsa) que también se hacía cargo de su sobrino, un adolescente guaperas; Alberto (Iván Santos). Además, en la casa también vivía su padre,  el señor Manolo (Pedro Peña). La historia de amor que se desarrolló a lo largo de cuatro años que duró la serie entre Nacho y su cuñada Alicia (Lydia Bosch) es inolvidable para todos los que la vivimos de cerca, así como el cariño que seguimos guardándole a la cocinera de la casa, la Juani (Luisa Martín).

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¿Cómo olvidarnos de Gertru, Hipólito, Marcial, Julio, Irene, Consuelo, Matías, Susi, Ruth… Y todos aquellos personajes que cada semana se colaban en nuestras casas?

Me sorprendo a mi misma acordándome de sus nombres… Y me es inevitable sonreír.

Aún recuerdo cuando Llorenç, un amigo del colegio, me dijo que se había hecho socio del “Club de amigos” (que no de fans) de Médico de Familia y por ello tenía una taza y una gorra dónde aparecía el nombre de la serie. Yo, que siempre he sido muy fan de aquello que me ha gustado, por supuesto insistí muchísimo a mi madre para que llamase por teléfono y  me inscribiese, y aunque no sé dónde está aquello,porque con el tiempo algunas cosas materiales de forma inevitable desaparecen, recuerdo perfectamente una foto que hay en un viejo álbum en casa de mis padres, en la que yo, con diez años más o menos, llevo una gorra azul marino en la que se lee en letras amarillas: “Médico de Familia”.

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Anoche me enteré a través de Twitter que Pedro Peña, el señor Manolo, aquel hombre que se convirtió, de un modo u otro, en el abuelo de miles de niños de este país, había fallecido, a los 88 años de edad. Por lo que pude leer, llevaba varios meses padeciendo alzheimer y desde hacía unas semanas su estado de salud había empeorado.

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Me recorrió el cuerpo una sensación de tristeza y nostalgia. Sin ninguna duda, se acababa de marchar uno de los actores más dulces y carismáticos de nuestro país. Una vida entregada al teatro y una vez más nuestra cultura llorando de pena…  Aquel señor al que siempre recordaremos gritando: “Cheeeechuuuu” hoy es mi tristeza, en el día Internacional de la Sonrisa, y hoy hablar de él, era algo inevitable.

Hasta siempre, señor Manolo…

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Feliz viernes, amigos.

Lorena.

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Siempre fui de imaginar historias…

Tras unos días nublados y de lluvia, parece que el sol vuelve a salir por Madrid… El calor, que se ha marchado casi sin despedirse, ya no está, pero si os digo la verdad a mí este tiempo de chaquetas finas y, todavía, vaqueros cortos me gusta mucho.

Hace unos días encendí el ordenador y encontré fotografias de hace unos cuantos años, de mi vida en Elche, de las que ya eran escapadas a l’Olleria, incluso de mis amigos del colegio… de mi gente de siempre. Eso me hizo sonreir, ya sabéis lo mucho que me gustan esas cosas. Me gusta reencontrarme con los recuerdos y desde muy pequeña me ha encantado ver fotos. A veces, cuando iba a casa de mis amigas, veía sus álbumes familiares, siempre me ha gustado observar imágenes en las que muchas veces no conocía a las personas que aparecían en ellas. Es una buena oportunidad para imaginar, para tratar de inventar o saber qué pasaba en aquel momento… Siempre fui de imaginar historias.

Estos días, quizás, estoy un poco nostálgica. No sé si ha sido por esas fotos, pero una vez más, he sido consciente de lo rápido que pasa el tiempo, y a veces, incluso me da miedo preguntarme qué he hecho o qué he dejado de hacer. Éstas, en cambio, son preguntas esenciales para saber qué metas quiero cumplir o qué cosas hay que hacer antes de que el tiempo se nos haya ido, de verdad, de las manos y la vida haya corrido tanto que muchas cosas ya no estén a nuestro alcance. Como siempre os digo, los sueños están ahí para perseguirlos, para luchar por ellos y las personas que nos rodean, cuando tienes una edad, son las personas que nosotros queremos que nos rodeen, y esas son para mí las cosas más importantes de la vida. A dónde quiero llegar y con quién quiero hacerlo.

Me siento feliz, bien acompañada en la vida y con unos sueños aún por estrenar. De hecho, viene algo tan importante y bonito que me muero de ganas por contaróslo pero que hasta, al menos, dentro de unas semanas, me voy a tener que guardar. Algo que sé que va a cambiar, al menos, mis ganas y mis días y algo que sé que a muchos de vosotros os va a hacer mucha ilusión, porque los que estamos aquí somos luchadores y perseguidores de sueños, y siempre tenemos algo que queríamos contar…

Como bien sabéis los que me seguís en mis redes sociales, tras publicar el post sobre El Prisionero del Cielo, tuve la necesidad de volver a sacarlo de la estantería y volver a perderme entre sus páginas de la mano de Daniel y Fermín, mis personajes favoritos. Cuando lo terminé (sólo tardé unos días en devorarlo), supe que tenía que volver a leer el que había sido para mí, el más flojo de los tres: El Juego del Ángel. Me gustó más que nunca. Así que si sois amantes de Ruiz Zafón y de su saga del Cementerio de los Libros Olvidados, haceros ese pequeño regalo y favor y releerlos en este orden. Vais a entender muchas cosas y lo vais a disfrutar mucho más.

Como si fuese parte de esta historia, hace unos días me pasó algo curioso. Venía del parque, de pasear con Cometo, cuando al entrar en mi portal vi en la papelera donde acaban agonizando los muchos papeles de propaganda que dejan en nuestros buzones, un libro solitario.

Yo, que amo los libros hasta el punto que la mayoría de vosotros ya conocéis, no daba crédito a ello. Alguien me dijo una vez que hay que leer todo, incluso las etiquetas del detergente, nunca sabremos si algo es bueno o malo si no lo leemos. No creo que aquel fuese un libro malo, y si lo era, quién lo había dejado ahí ni si quiera lo sabía. El libro estaba intacto, olía a nuevo y agonizaba en aquel pequeño espacio verde sin entender por qué ese debía ser su destino. No estaba en medio de pasadizos llenos de estanterías infinitas bajo una gran cúpula, no estaba en mi querido Cementerio de Los Libros Olvidados, pero lo que tenía claro es que él no se iba a quedar ahí.

Esta mañana, al acercarme a mi pequeña estantería antes de tomar el café para elegir quién iba a ser mi nuevo acompañante de horas y sueños, lo he visto ahí, donde lo dejé, con otros que al igual que él, mueren de ganas por ser acariciados, abiertos y devorados, y he sabido que merecía la oportunidad que alguien le había negado.

No he querido buscar en internet sobre él, no sé si me gustará o no, pero El Hombre Sin Rostro y yo hoy empezamos nuestra aventura y muy pronto os contaré qué tal lo hemos pasado juntos.

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Feliz martes, amigos.

Lorena.

Hasta siempre, Robin Williams.

A veces tienes esa necesidad de encender el ordenador y escribir. Lo que te quería contar hoy se pone en marcha por una noticia muy triste que ha conmocionado a la cultura, al arte y a las personas en todo el mundo.

Anoche, echando un vistazo a Twitter poco antes de dormir, miles de usuarios escribían y se hacía eco sobre el fallecimiento del actor Robin Williams. No me lo podía creer… Él fue uno de mis actores favoritos de todos los tiempos… Y me morí de pena.

Es curioso como a veces, sin conocer a alguien, puedes llegar a sentir tanto cariño por esa persona. A Robin Williams le quería mucha, muchísima gente. En cuestión de minutos, las redes sociales se llenaron de fotos suyas, de frases que se hicieron míticas en sus películas y mensajes de amor que demostraron lo grande que fue su trabajo.

Anoche sentí que una parte de mi infancia se iba con él… Yo he crecido con sus películas, como muchos de vosotros, los que me leéis, toda esa generación que hemos crecido acostumbrados a verle en nuestras pantallas, en muchas de nuestras películas favoritas. Muchos de nosotros hemos crecido con esa sonrisa mágica y esa mirada transparante que cautivó a miles de niños a través de varios personajes que ya son clásicos en el cine.

¿Cómo no íbamos a quererle? Si con él compartimos risas, ternura y lágrimas… Y esas cosas, al fin y al cabo, son las que nos hacen estar llenos de vida.

En la historia de mi vida hay muchas películas que vería miles de veces sin cansarme jamás, una de ellas es Señora Doubtfire, recuerdo cuando era niña lo mucho que me gustaba, lo mucho que me reía en la escena en la que se tuvo que hacer una mascarilla con nata o lo mucho que sufría en aquella cena, en dos mesas distintas, en un mismo restaurante, siendo él un rato y siendo ella en otros. Otra de mis películas favoritas de siempre es, sin ninguna duda, Jumanji. Jumanji forma parte de toda una generación, de todos aquellos que sufrimos la desaparición de Alan Parrish y su aparición muchos años después acompañado de monos, mosquitos gigantes, aventuras y un cazador… Vi Jumanji en el cine y me enamoré de ella. Recuerdo que el día antes de que saliese a la venta en VHS, mi madre fue a la tienda a pedir que me reservasen una cinta. La tuve en mis manos desde el primer día de su lanzamiento, y aquel día decidí invitar a medio colegio a casa a verla… Recuerdo a muchos niños sentados en el suelo de mi salón, niños a los que sólo conocía de vista, eran amigos de amigos, y sonrío de pensar la paciencia que tenía mi madre.

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El hombre bicentenario, Hook, El club de los poetas muertos, Patch Adams, Jack, Flubber… o Retratos de una obsesión (que me encantaba), entre otras muchas. Le recuerdo en todas y cada una de ellas y es inevitable no emocionarse. Se nos ha ido uno de los actores más grandes, pero su mirada y su magia permanecerán eternas en cada uno de sus trabajos, en cada uno de sus personajes.

Desde el principio de su carrera, Williams luchó con gran esfuerzo por conservar su personalidad única como humorista y para convertirse, al mismo tiempo, en un excelente actor de carácter. Tenía claro que no debía perder sus cualidades propias, pero que necesitaba dominar la interpretación para ser alguien en el mundo del cine. Consiguió realizar su objetivo. Considerado un actor de gran versatilidad tanto en comedia como en drama, gana finalmente el tardío reconocimiento de la Academia, que le otorga el Óscar por su actuación en Good Will Hunting, filmada en 1997.

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No se han confirmado las causas de la muerte, pero se habla de suicidio. La vida más allá de la pantalla, no deja de ser vida, y los actores no dejan de ser seres humanos… Alguien que ha hecho y hará soñar y sonreír a miles de personas en todo el mundo ha decidido, supuestamente, quitarse la vida, y a mi se me parte el corazón.

Esta mañana he perdido a mi marido y a mi mejor amigo mientras que el mundo ha perdido a uno de sus más queridos artistas y una de sus mejores personas. Tengo el corazón hecho pedazos“, declaraba su esposa.

Hoy siento mucha pena… Hoy el arte, el cine y la cultura lloran… LLoran mucho, y mi alma cruje.

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“Tanta paz lleves como risas nos dejas, Robin Williams”.

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Gracias por todo, señor Williams. Hasta siempre.

Feliz martes, amigos.
Lorena.

Al encuentro de Mr. Banks.

Me parece que este verano os tengo y os voy a tener muy acostumbrados a las idas y venidas… Perdonadme, pero es que no paro y eso me hace muy feliz. El verano es para eso, para no dejar de moverte, para ir a los lugares que te gustan, para reencontrarte con la gente que quieres, para salir, para reír, para disfrutar del día hasta el final de la tarde, para apurar los suspiros de felicidad en la calle.

Estuve en Madrid unos días y volví el fin de semana a l’Olleria. Como habréis visto los que estáis en Instagram, para irme de boda y vivir un fin de semana maravilloso reencontrándome con toda mi familia, con todos esos primos y tíos a los que no suelo ver, y ha sido precioso. He sido muy feliz.
Reencontrarme con mi familia hizo que los recuerdos se pronunciasen en sonrisas, tuvimos la suerte y la capacidad de viajar en el tiempo a través de ellos y como siempre pasa en estos eventos, tuvimos que emocionarnos mucho al echar de menos a todos aquellos que no están.

A veces, me da miedo hacerme mayor y olvidarme de algunos recuerdos. Creo que alguna vez ya os he hablado de esto, pero a mí me encanta recordar algo que alguien me dijo una vez: todos nuestros recuerdos permanecen en nuestra memoria, sólo que algunos son recuerdos dormidos que sólo despiertan cuando un hecho puntual sucede. Un olor, una canción o un lugar que son capaces de despertar ese recuerdo enterrado y transportarte a aquel momento en el que aquello sucedió.
Por supuesto, habrá mil momentos de mi vida que no recuerde, pero los que recuerdo supongo que son los más importantes y quiero recordarlos siempre.
Los veranos de mi infancia fueron tan, tan bonitos. Era feliz con muy poco, porque quienes estaban a mi alrededor hacían que con eso fuese más que suficiente. Recuerdo las tardes en el pequeño coche de mi abuelo, un Seat Fura color rojo que hoy en fotos me sigue sacando una sonrisa. En ese coche iba a la piscina, todas las tardes, porque mientras mi madre trabajaba, mi abuelo me traía y me llevaba, a la piscina, al campo de mis tíos, a jugar con mis amigas… Donde fuese. Él, sin duda, ha sido el mejor padre que la vida me podía haber dado.

Muchas veces os he hablado de lo feliz que fui, y es que ojalá todos los niños pudiesen tener una infancia feliz, ricos o pobres, simplemente que todos tuviesen las necesidades básicas y mucha, mucha felicidad.
Si viajo a mi infancia, hay una protagonista indiscutible con la que pasaba horas y horas desde el otro lado de la televisión. Mary Poppins, entre otros personajes de ficción, fue una de mis favoritas cuando fui niña, y una de mis favoritas en el paso del tiempo.

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Hace unos meses, una tarde de frío tuve un “antojo” inmenso de comer chocolate y ver la película de la niñera más bonita del mundo. Me fui al Fnac, me compré el DVD y me di uno de esos caprichos simples que pueden llegar a hacerte enormemente feliz. Hacía mucho tiempo que no veía la película, pero no dejé de sonreír y sorprenderme al recordar las canciones a la perfección y saberme, todavía, muchos diálogos de memoria. Por eso son tan importantes los recuerdos, los dormidos o no, por esa capacidad de hacerte viajar en el tiempo, por esa capacidad de recorrer tu vida desde un punto concreto y hacerte feliz.

Hace relativamente poco, vi un anuncio en televisión sobre una película enlazada directamente con Mary Poppins, y se me ocurrió pronunciar en voz alta que la quería ver. Como muchos ya sabéis, me suelen tener muy mimada y por mi cumpleaños, uno de los regalos de Sergio fue el DVD de Al encuentro de Mr. Banks.
Con el anuncio, no sé por qué, pensé que esto sería una continuación de la película, que me encontraría con Jane y Michael Banks de mayores y que sabría qué había sucedido en sus vidas cuando Mary Poppins volvió a salir de ellas, pero lo que encontré fue mucho mejor.

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Sin ninguna duda, esta película está hecha por y para aquellos que soñaron con la magia de Mary, aquellos que quisieron recoger sus juguetes y el desastre de su habitación dando palmadas y cantando canciones, aquellos que quisieron subir las escaleras sentados en las barandillas, ser capaces de saltar dentro de un dibujo pintado sobre la acera del parque, aquellos que quisieron dar vida a los caballos de un tiovivo, tomar jarabe para la tos de colores y sabores sorprendentes, aquellos que sabían que con un poco de azúcar todo pasaría mejor o aquellos que saben que supercalifragilisticoespialidoso suena extravagante, raro y espantoso, pero que si lo dices con soltura sonará armonioso… Al encuentro de Mr. Banks es una película dedicada a todos ellos, a todos nosotros, a todos los que nos hemos hecho mayores pero seguimos guardando una sonrisa y mucho amor a la niñera que sacaba miles de cosas de un bolso que aparentemente estaba vacío.

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Tom Hanks y Emma Thompson protagonizan la historia sobre el origen de Mary Poppins, uno de los clásicos de Disney más querido de todos los tiempos. Dirigida por John Lee Hancock, descubrimos la historia de cómo Mary Poppins llegó a la gran pantalla y a las televisiones de muchas generaciones alrededor de todo el mundo.
Walt Disney (Tom Hanks) les prometió hace muchos años a sus hijas que conseguiría llevar al cine la historia de su cuento favorito, y tras veinte años intentando adquirir los derechos del querido libro de P.L Travers (Emma Thompson) consigue reunirse con la obstinada escritora para liberar todos sus miedos, todos los recuerdos que guarda de su infancia y dejar a May Poppins en libertad para contagiar de magia a miles de niños y convertirse, con el tiempo, en una de las historias más entrañables de la historia del cine.

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Nos emocionaremos en el viaje en el tiempo que la escritora de Mary Poppins hace a través de sus recuerdos, nos emocionaremos descubriendo cuál es la verdadera historia que esconde la historia que nosotros conocemos y nos emocionaremos viendo, paso a paso, cómo se fueron ultimando los detalles antes de lanzar la historia al cine, o como se crearon las canciones que posteriormente se convirtieron en parte de la BSO de nuestras vidas.

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Estoy segura que a todos nosotros, los recuerdos de nuestra infancia nos arrancan una sonrisa. Tanto a aquellos a los que los juegos protagonistas de sus días estaban correteando en la calle, con cuerdas y pocas cosas materiales, con risas y muchos años de por medio, como a aquellos que ya hemos crecido en un tiempo totalmente ligado a la tecnología. Nuestra infancia es sólo nuestra y consigue arrancarnos una sonrisa, porque la inocencia de los niños, incluso en aquellos niños que sufren, consigue guardar en la memoria las cosas bonitas que nos hicieron felices.
Si además de ser nostálgico y sonreír al viajar en el tiempo, al recordar las meriendas que te preparaba tu abuela, las tardes de verano en la calle, la piscina o la playa, las risas y los juegos, si además de todo eso, fuiste un gran admirador de Mary Poppins, te pido por favor que te regales una tarde de mimos. Prepárate tu merienda favorita, cómprate el helado que más te guste y vete al encuentro de Mr. Banks, la historia para todos aquellos que ya nos hemos hecho mayores.

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Feliz tarde, amigos.
Lorena.

David Bisbal: “¡Buenas noches, mi Madrid!”

Después de una semana de locura, de no parar, de muchísimo trabajo y las energías agotadas, por fin llega el domingo para darme el descanso que tanto necesitaba.

El jueves por la noche, David Bisbal, conquistaba Madrid con su gira Tu y Yo, con El Palacio de los Deportes completamente lleno y con la energía que le caracteriza. Yo estuve allí y hoy, te lo quería contar.

Como muchos de vosotros, la primera vez que vi a David fue en un programa de televisión en el que él participaba, yo tenía unos trece años y viví aquel fenómeno televisivo de forma muy intenta. Es verdad que, ahora, con el tiempo en la espalda,  recuerdo aquellos momentos, aquel primer disco o aquella primera gira con una sonrisa y miles de recuerdos bonitos. El tiempo pasa y un concierto no se vive igual cuando tienes 14 años que cuando tienes 27, para mí, ya es casi imposible imaginar las muchas horas de cola que antes hacía para poder estar en la primera fila, pero lo que sí es cierto, que cuando un artista te gusta, la magia y la ilusión de un directo, se viven de la misma forma, aunque llegues al recinto del concierto sólo una hora antes de que empiece el espectáculo.

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Tras su gira acústica, de la que acabé locamente enamorada, me costaba asimilar volver a ver al David de siempre, al de las patadas y las volteretas… Efectivamente, incluso en este nuevo formato, al que siempre habíamos estado acostumbrados, aunque lleno de energía, encontramos a un Bisbal más tranquilo sobre el escenario, pero con la misma fuerza de siempre. De los discos del cantante, uno de mis favoritos es Sin Mirar Atrás, el trabajo anterior a su gira acústica.  Tu y Yo no se queda corto. David Bisbal cuenta con un equipo de trabajo que cuida al detalle cada uno de sus pasos y eso se nota. El directo, por supuesto, fue increíble.

Le acompañan unos músicos impecables, y sentí mucha emoción al ver a Ludovico, el guitarrista que le acompaña, sentí emoción por la gran admiración que mi novio siente hacia este hombre, con el que ha tenido oportunidad de dar clases. Y sabía que si hubiese estado allí conmigo, lo habría disfrutado tanto como yo. Ludovico es un grande, y de eso no hay ninguna duda.

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Lydia es periodista, valenciana afincada en Madrid como yo, y hace años, por una casualidad de la vida, nos conocimos de forma “indirecta” gracias a Bisbal. Fui al concierto con ella y con Andrea, otra amiga, y la magia de la música, de los recuerdos y de la felicidad, se apoderaron de nosotras desde el primer momento.

Las luces, el sonido, todos y cada uno de los detalles audiovisuales hicieron que la puesta en escena fuese realmente impresionante. Recuerdo que una vez, hace años, leí algo que decía, más o menos, que David Bisbal no había cumplido su sueño, porque su sueño habría sido vivir, simplemente, encima de un escenario, tener un disco, y dedicarse a la música. David Bisbal no ha cumplido su sueño, porque ha conseguido algo con lo que estoy segura jamás se hubiese atrevido a soñar. Es indiscutible que es uno de los artistas españoles con más alcance internacional, es una auténtica estrella que ya convierte en oro todo aquello que se atreve a tocar. Le miraba en el escenario y pensaba que él ya estaba acostumbrado a esto, a llenar estadios y cantar para miles de personas en todo el mundo, pero a mí me es inevitable acordarme de sus inicios, de su inocencia, de su sorpresa ante todo, y me fue inevitable pensar en las veces que él echará la vista atrás y se verá en su Almería, en su orquesta Expresiones, y creo, a ciencia cierta, que se sigue emocionando y sorprendiendo por todo lo que está pasando, unos cuantos años después.

Las canciones de su nuevo disco con fragmentos del mediometraje Tu y Yo que protagonizó junto a la actriz María Valverde, fueron sin duda, los protagonistas de la noche. No faltaron, por supuesto, sus canciones más sonadas como Ave María, Al.Andalus, Lloraré las penas o Quién me iba a decir, que hicieron poner en pie y bailar a todo el Palacio de los Deportes. Uno de los momentos más emotivos fue el turno de Dígale, cantada por el público. Todavía se me ponen los pelos de punta.

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La noche, además, tuvo sorpresas, como el momento en el que David compartió escenario con India Martínez, la portuguesa Cuca, o Pablo López al piano. El momento con Pablo fue uno de los más emotivos de la noche, además de por ellos dos, por la canción que interpretaron. El Ruido es, para mí, la canción más bonita que tiene Bisbal en toda su discografía. Compuesta por mi querida Vega, esa canción es simplemente una obra de arte.

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Vega no podía dejar de formar parte de este nuevo trabajo, y en Tu y Yo, ha dejado su huella componiendo No Amanece y Culpable, las que son, para mí, las canciones más bonitas de este disco. Culpable es la balada por excelencia y por lo que he podido ir leyendo por las RRSS, la favorita por los seguidores del cantante. Culpable es una canción, que simplemente es magia. Gracias Vega, gracias siempre, por hacer de las emociones más puras, las canciones más bellas…

Como todo en este blog, porque es mi blog, y aquí, inevitablemente, expongo mis puntos de vista sobre las cosas, este post está vacío de objetividad, porque no sé ser objetiva en este tema, porque salí completamente emocionada de ese concierto, con las emociones a flor de piel, y porque el viernes, cuando me desperté, seguía con la misma energía. Pero, amigos míos, esa es, sin ninguna duda, la magia de la música.

Me encantan los conciertos, y creo que cualquier amante de la música disfruta de un directo. Es cierto que los conciertos de David son para mí más especiales, porque son emociones, porque son recuerdos y porque son las canciones que forman parte de la banda sonora de mi vida.

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Su música podrá gustarte más o podrá gustarte menos, pero creo que la mayoría podremos coincidir en que David Bisbal es un tío muy majo. Cuando te dedicas a esto, acabas conociendo o tratando a muchos artistas y con el corazón en la mano, y sólo aquí desde la objetividad,  creo que pocos son los que absolutamente siempre están dispuestos a regalar una sonrisa. David Bisbal es así. No he visto a nadie más agradecido y atento con los medios de comunicación, así como con sus seguidores o todas las personas que se le acercan para mostrarle su cariño o simpatía, y creo que eso, amigos míos, es digno de admirar. Muchos pensaréis que eso forma parte de su trabajo, y soy de las que piensa que en parte sí y en parte no. Un artista se debe a su público, está claro, pero un artista, ante todo, es persona y las personas a veces tenemos días malos en los que no nos apetece ser simpáticos o no nos apetece sonreír, pero parece que muchas veces nos olvidamos de esto.

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Disfruté del concierto con la misma ilusión que lo hacía cuando tenía quince años, porque una vez estás ahí, te das cuenta que el tiempo, frente a la música, no ha pasado.

He tenido la oportunidad de poder compartir momentos muchas veces con él, pero sin duda, uno de los más bonitos de los últimos años fue hace sólo unos meses, cuando acudí con La Caja de Música a la premiere del mediometraje Tu y Yo que se celebró en los cines Callao de Madrid.

La música tiene esa magia infinita que es crear un lenguaje universal y hacer que las sonrisas y las lágrimas sean entendidas por millones de personas. Porque la vida, no tendría sentido sin la música.

Enhorabuena a David Bisbal y a todo su equipo por la maravillosa noche que nos regalaron en Madrid, enhorabuena por los éxitos más que merecidos, por ser una persona que nunca se cansa de trabajar…

Sin ningunda duda… ¡Viva la música!

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Feliz domingo, amigos.

Lorena.

Sólo a ti te pertenece.

Hoy es uno de esos días en los que llevo todo el día pensando en un nuevo post. Me acabo de sentar frente al ordenador y la verdad que no sé ni sobre qué tema escribir… El otro día, una fiel lectora del blog me pidió a través de Twitter (mi cuenta como muchos ya sabéis es @lorenacorcoles) que escribiese un relato sobre un tema delicado y le prometí intentarlo.

Ojalá pudiese daros un abrazo y un beso a cada uno de vosotros, por hacerme tan feliz cada vez que me comentáis, me compartís o me leéis, cada vez que alimentáis esta ilusión y estas ganas de crear historias y hacer que siempre tenga algo nueva que os quiera contar. 

Leed despacito, como siempre os digo, como siempre hacéis…

Sólo a ti te pertenece.

Recuerdo perfectamente cuando no tenía más de seis años y en el colegio empezaban a hablarnos del cuerpo humano. Aquello me parecía tan fascinante que al volver a casa le dije a mi madre que de mayor quería ser médico, porque pensaba que sólo de esa forma conseguiría conocer cada rincón que se esconde dentro de nosotros. Con el tiempo, y con la idea totalmente metida en mi cabeza, descubrí también que los médicos curaban a las personas, salvaban vidas y además ayudaban a los bebés a nacer y yo quería ser parte de todo aquello.

Siempre fui buena estudiante, con unas notas normales, pero con el esfuerzo y la constancia que mis padres me habían inculcado desde muy niña. Siempre tuve una envidia muy sana de mi amiga Paula. Ella, sólo necesitaba leer por encima los apuntes para sacar una notaza, cuando yo me tiraba tardes enteras entre libros para poder conseguir buenos resultados, nunca excelentes. Mis profesores siempre hablaban de lo orgullosos que se sentían de mi por todos los esfuerzos que hacía. Cuando hice la selectividad, sucedió lo que todos temíamos, mi nota no alcanzaba para que pudiese ir a la facultad de medicina, y como ya sospechábamos que esto pasaría, aposté por mi segundo opción: enfermería. Recuerdo mis años de universidad como los mejores de mi vida. Dicen que esos son los amigos que se quedan para siempre, los que conoces en esa etapa y esos años cruciales de madurez y experiencias. Me esforcé muchísimo, dediqué todo mi tiempo, mi cuerpo y mi alma a sacar buenos resultados y a ir aprobando curso por año. Lo conseguí. De hecho, mi expediente conserva unas notas mucho mejores de las que hubiese imaginado. Mi primer contacto fueron mis prácticas y supe, más que nunca, que aquello era a lo que yo me tenía que dedicar.

Corren unos tiempos difíciles, a veces, incluso me asustan. Las oportunidades laborales son escasas y la mayoría de mis compañeros de promoción no trabajan de aquello que estudiamos juntos, con tantas ganas e ilusión. Muchos de ellos se han ido fuera del país, y algunos trabajan de enfermeros fuera de aquí. Se me parte el alma cuando lo pienso. Son felices, trabajan y aprenden otro idioma. Tienen lejos a su familia, a sus amigos y a su vida, y sé que sufren, como yo sufriría. Desde hace poco más de un año soy muy feliz y me siento afortunada por tener un trabajo al que acudir cada día y un sueldo que llega a mi cuenta de forma puntual a final de mes.

En una residencia de ancianos se ve absolutamente de todo. Desde personas que son plenamente felices por estar allí, rodeadas de personas de su misma edad, personas que sufren y lloran en silencio porque se sienten abandonadas y necesitan y quieren estar ahí fuera, en sus calles, en su casa, haciendo una vida normal, a personas que no son conscientes ni de donde están.

Maribel llegó hace seis meses y desde el primer momento me robó el corazón. Desde siempre, las personas mayores han causado en mi una ternura infinita, sobre todo y no me preguntes por qué, los ancianos con el pelo blanco. En ellos siempre he visto reflejadas a la sabiduría y la bondad. Las personas mayores, sólo por todos los recuerdos y experiencias que llevan consigo mismas, son verdaderos tesoros de la naturaleza, que merecen el cariño y respeto de todo el mundo. Los primeros días Maribel casi no hablaba, se quedaba horas sentada al lado de la ventana y aunque yo insistía e intentaba darle conversación, ella me contestaba con monosílabos. Una tarde, con una sonrisa, me acarició la mano y me dijo que era muy linda.

Uno de sus hijos la visita casi todas las semanas. Sus nietos vienen a verla una o dos veces al mes. Está y se siente sola. Una tarde de domingo, en mi día libre, me vestí y vine a visitarla porque sólo quería estar con ella, sentada con ella y hablar con ella. Quería escuchar sus historias y envolverme de su magia…

Maribel mezcla el tiempo y el espacio y repite la misma historia mil veces. Me habla de su padre, de su madre, de sus hermanas, de sus días en el pueblo, de lo mucho que le habría gustado poder ir al colegio. Y siempre, siempre habla de Antonio, el gran amor de su vida.

Una tarde, cuando su hijo vino a visitarla, le pregunté por su padre, Antonio.

-¿Antonio? Mi padre se llamaba Miguel y falleció hace cinco años.

Asentí en silencio y pedí disculpas por haberme confundido. Al llevarle la cena, aquella noche, le pregunté:

-Maribel, ¿quiere hablarme de Antonio?.- Y a ella se le escapó una sonrisa dulce, pícara, de niña pequeña, como si el tiempo se hubiese detenido muchos años atrás.

Antonio y yo nos conocimos siendo unos críos. Mi padre no lo veía con buenos ojos. Él era más mayor que yo y venía de una familia todavía más pobre que la mía. Mi padre nunca habría visto a nadie bien para mí, porque yo era la niña de sus ojos. Antonio era de mi mismo pueblo y por aquel entonces a penas podíamos vernos. No podían vernos a solas por la calle, ni podíamos cogernos de la mano. Pero yo le quería, le quería tanto que le pedí matrimonio. ¡Fijate tu! Yo, que era una niña, que no sabía de nada y me quería casar con él, y además, no podía esperar a que él me lo pidiese. A mi padre no le quedó otra opción que aceptar mi decisión y desde ese momento quiso a mi novio y futuro esposo como a un hijo suyo. Mi Antonio era el hombre más bueno del mundo, era guapo, trabajador y estaba loquito por mí. Hicimos el amor dos meses antes de la boda, porque a mi me gustaban los retos y yo venía siendo revolucionaria desde la cuna y no entendía esa estupidez de tener que pasar por la iglesia primero. Aquel fue el día más bonito y feliz de mi vida. Mis padres estaban elegantes, mis hermanos muy contentos, y nosotros éramos los novios más guapos del mundo. Nos casamos en la pequeña iglesia de la plaza del pueblo, y después nos fuimos todos a la casa de mis abuelos, que tenían un patio bien grande, a comer chocolate y bizcochos. Eran otros tiempos y con muy poco conseguíamos ser felices. Dos meses, sólo dos meses de casados, cuando una mañana de sábado, tumbados en la cama, mi Antonio no se despertó. Por aquel entonces nadie sabía de qué había sido, no es como ahora que te lo dicen todo, pero sentenciaron que había sido un paro del corazón. Yo me desperté al lado de mi marido muerto y mis gritos se oyeron en todo el pueblo. Grité y lloré durante días y meses, y del disgusto perdí al hijo que llevaba en mis entrañas, sin nosotros saberlo. Mi vida estaba perdida. No quería levantarme de la cama y le suplicaba a ese Dios que me prometían que existía a que se me llevase a mi también, al ladito de mi Antonio, porque él se había llevado mis ganas de vivir y de seguir en este mundo. No quería que los años siguiesen y pasarlos sin él. Y mira bien lo que he aguantado…

Tres años después, y con el luto todavía, me mudé con mi hermano y su mujer a la ciudad para poder cuidar de mi sobrino Juanito. Allí conocí a Miguel, que me devolvió la ilusión y la vida. Él fue el padre de mis hijos y junto a él formé la maravillosa familia que tengo, mis seis hijos preciosos y mis catorce nietos. No ha habido ni un sólo día de mi vida en el que no me haya acordado de mi Antonio y de aquel hijo que no llegó, ni un sólo día en el que no me haya preguntado cómo habría sido mi vida con ellos y en el que no me haya lamentado por no tenerlos. Jamás he superado aquello. Mis hijos, no saben que yo me había casado antes. Miguel y yo decidimos que así fuese. Yo guardaba mi dolor en forma de secreto y ellos creían que su padre era al único hombre al que había amado en mi vida…”

Maribel lloraba a moco tendido como si fuese una niña mientras me miraba a los ojos y me apretaba la mano. Entendí su dolor a través de su mirada y se me partió el alma al ver a esa mujer, que no conseguía recordar prácticamente nada de su vida. Las pocas veces que sus nietos se dignaban a visitarla ella los confundía, incluso, en los días malos, ni si quiera los reconocía.

Maribel me miró sin saber por qué lloraba y me preguntó dónde estaba su hermana, le expliqué que no estaba y que ella estaba hablando de Antonio y su juventud.

-Quién es Antonio?.- Me dijo.

Nunca he sabido si aquella historia era real o no. Desde aquella noche, Maribel jamás volvió a hablarme de Antonio, aunque seguía viajando en el tiempo y mezclado su presente y su pasado. A veces, pensaba que aquella historia había sido producto de su imaginación, y otras veces, pensaba que aquella tarde, tras pronunciar aquellos recuerdos en voz alta, los había eliminado en un suspiro de su alma, había eliminado el dolor callado. Los recuerdos son uno de los tesoros más valiosos que poseemos, y si ahora mismo me preguntasen con qué recuerdo de mi vida me gustaría quedarme, no sabría la respuesta. Por alguna extraña razón, Maribel había querido guardar en su cabeza aquella historia a la perfección, aunque seguidamente no supiese de lo que hablaba, aunque jurase que su hermana había venido a visitarla o aunque repitiese la misma cosa una y mil veces.

Creo que no es justo que el tiempo haga con nuestra mente lo que hace. El Alzheimer es capaz de arrancarnos nuestras vidas, la única vida que tenemos está compuesta por nuestras vivencias, por nuestros recuerdos y por todo lo que hemos ido creando y consiguiendo a lo largo de los años. Pero un día, llega esta enfermedad y de la forma más cruel te lo arrebata, llevándose consigo algo que sólo a ti te pertenece.

Esta mañana, cuando he llegado a trabajar me han anunciado que Maribel murió anoche, mientras dormía, en silencio y soledad, con días a la espalda sin recibir ni una sola visita de esa familia que tanto había querido, esa familia a la que tanto había ayudado y cuidado. He ido a su habitación y con un dolor que me pesaba en el alma y sin poder parar de llorar, he decidido empaquetar sus cosas, guardar en una caja los marcos de fotos que envolvían su habitación, y meter en bolsas su ropa. He visto la Biblia sobre su mesilla, esa Biblia de la que no se separaba nunca. Me he acercado y la he acariciado en silencio, como si algo de ella todavía estuviese en esa habitación, conmigo. Yo, atea hasta la médula, he cogido el libro para guardarlo entre sus cosas cuando algo ha resbalado y ha caído suave y lento. Me he agachado para cogerlo y he tenido que sonreír mientras lloraba… En esa fotografía, en blanco y negro, arrugada por el tiempo, por el dolor y los recuerdos, podía verse a una joven Maribel, con la sonrisa en los labios y la vida en la mirada, feliz e ilusionada,  abrazada a un hombre alto y guapo el día de su boda. Detrás, escrito a boli y con una letra casi borrada por los años e ilegible por la caligrafía he podido llegar a leer: “Siempre tuyo. Antonio.”

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Recuerdos.

¡Qué bien sientan los sábados! Hoy me he levantado tras apagar el despertador cada cinco minutos durante más de una hora (siempre lo hago), porque me resistía a despegarme de la almohada… Tras desayunar con mi mejor amiga y dejarla en el sofá viendo la tele, hoy estoy feliz porque me sé que me espera un día muy bonito.

Muchos sabéis lo importantes que son para mí los recuerdos, soy una persona muy sensible y me encanta tenerlos almacenados, ordenados y recurrir a ellos para viajar en el espacio y el tiempo. Supongo que os lo habré dicho alguna vez, pero una de mis cosas favoritas de la vida es la capacidad que tienen los olores para transportarte a un momento y a un lugar determinado. Sin esperarlo, de repente, sientes ese aroma que te hace viajar a tu infancia en un segundo y eres capaz de revivir a través de tus recuerdos exactamente lo que viviste mucho tiempo atrás. El otro día, hablaba con Miriam y Raquel, dos amigas, sobre los recuerdos de nuestra infancia y les contaba lo teatrera que era yo, lo mucho que me gustaba ser la protagonista de todo y a la vez, lo excesivamente sensible que resultaba ser para mi edad. Entonces les hablé de dos momentos que tengo grabados en la mente y el alma, dos momentos en los que recuerdo haber llorado de felicidad absoluta cuando no tenía más de siete años… Hoy te lo quería contar.

El primero que recuerdo fue en la noche de reyes. En mi pueblo, la cabalgata pasa sobre las seis o siete de la tarde y cuando acaba todos los niños corren a sus casas a abrir los regalos que Melchor, Gaspar y Baltasar les han dejado con cariño y cuidado. En Madrid, por ejemplo, los reyes magos llegan mientras duermes y los regalos se abren a la mañana siguiente. Aquella noche, tras la cabalgata mi hermano Miguel y yo llegamos a casa emocionados, nerviosos e ilusionados. Cuando entramos en el salón vimos que debajo del árbol sólo había carbón (del dulce, eso sí) y no quiero imaginarme la cara que pusimos… Lo que sé es que lloramos muchísimo, seguramente durante unos segundos que yo recuerdo eternos, hasta que mi abuela dijo que acababa de escuchar un ruido en la habitación y cuando fuimos, las dos camas que la protagonizaban estaban llenas de cajas y regalos, recuerdo miles de regalos, muchísimos, y lloramos de felicidad… No habíamos sido tan malos.

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Otro de los recuerdos que guardo, de emoción convertida en lágrimas de felicidad también se remonta a una Navidad. Cuando era pequeña, Televisión Española emitía una serie que se llama Celia, de la cual sólo se emitieron seis capítulos pero cuya serie protagonizó mi infancia y todavía la recuerdo con muchísimo cariño. Adaptada a la televisión por la escritora Carmen Martín Gaite y dirigida por José Luis Borau,  la serie fue estrenada en el año 1993 en la 1 de TVE y estaba basada en los libros de Elena Fortún, que se habían publicado sobre los años 30.

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Cristina Cruz Mínguez daba vida a Celia, una niña traviesa de rizos dorados perteneciente a una familia de la alta burguesía madrileña. Celia vivía en uno de los barrios más prestigiosos de Madrid y en sus historias podíamos ver un reflejo de la España de los años 30, los cambios y clases sociales del momento y los conflictos ideológicos de la época. Celia era una niña preciosa, traviesa, amante de los libros y los cuentos y con una cabeza llena de sueños y ganas de acabar con las desigualdades del mundo. Un padre bueno y sensible (Pedro Díez del Corral) y una madre estirada que la adoraba (interpretada por una joven y preciosa Ana Duato) prueban mil formas y varias niñeras para intentar controlar a la niña, pero tras sus intentos fallidos, deciden internarla en un colegio de monjas donde las travesuras de Celia no cesarán. En el capítulo seis, Hasta la vista, las niñas preparan la función de fin de curso y todas están felices por dejar atrás los pupitres y marcharse a la playa a pasar el verano con sus familias. Todas, menos Celia que se ha enterado que sus padres se van a trabajar a China y ella no irá. El capitulo acaba cuando la pequeña conoce a los dueños de un circo que dan la vuelta al mundo para presentar su espectáculo y decide escapar con ellos para ir a buscar a su familia… Un “continuará…” fue el punto final de una serie cuyos capítulos, a día de hoy, aún me sé de memoria.

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La serie fue cancelada por problemas económicos de TVE y en el año 2009 fue reestrenada en la página web de Radio Televisión Española, donde se pueden ver íntegros los seis capítulos que marcaron mi infancia. Antes de esto, muchos años antes, cuando yo todavía era una niña, decidieron lanzar los seis capítulos en VHS acompañados por los seis libros de Elena Fortún sobre Celia (aunque las historias no coincidían con los capítulos y por eso a mí esos libros no terminaron de convencerme) y si algo tenía claro, es que yo los quería.

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De pequeña leía absolutamente todo lo que se cruzase en mi camino, a veces, cuando ya no había qué leer, abría la agenda telefónica que mi abuela guardaba en el primer cajón del mueble donde posaba elegante el teléfono y leía los nombres de las personas que ahí permanecían apuntadas. Lo descubrí en la última página. “Celia, Televisión Española” y un número de teléfono. Habían llamado para comprarme los videos. No aguanté mi emoción y le dije a mi madre que la había descubierto, pero ella, con esas técnicas que a veces los adultos tienen para convencer a los niños, me hizo creer que habían llamado para regalárselo a la sobrina de mi tío, y que lamentablemente ese regalo no era para mí. Me lo creí, aún con toda mi rabia e incomprensión, me creí que los vídeos de Celia no estarían en mis manos.

No sé cuanto tiempo pasó hasta que el día de reyes se volvió a posar en el calendario. Quizás sólo unos días o quizás semanas, los niños tienen esa maravillosa capacidad de no ser conscientes de la magnitud ni la distancia del tiempo y es algo que echo mucho, mucho de menos. Abrí muchos regalos, entre los cuales recuerdo una pulsera de plata con un delfín, libros, muñecas… De pequeña tuve todo lo deseaba. Cuando parecía que los regalos ya habían finalizado, mi madre apareció con una caja grande en el salón de casa de mi tía y yo recuerdo que pesaba mucho… No entendía qué había ahí dentro, ni por qué eso era para mí. Cuando la abrí, me topé con la cara de Celia protagonizando cintas de video, me topé con aquellos libros de colores suaves propios de una niña y no pude ser más feliz… Recuerdo llorar totalmente emocionada, como si de la mayor pena se tratase, pero lloraba de felicidad, de felicidad absoluta y abrazaba fuerte a mi madre porque con sólo seis años descubrí quienes eran los encargados de comprar los regalos de los Reyes Magos y sabía que aquel tesoro que acababa de llegar a mis manos sólo era gracias a ella…

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Durante muchos años vi esos vídeos que aún guardo en casa de mis padres sobre una estantería como un pequeño trofeo, pero os reconozco que más de una vez me escapo a través de internet y Youtube para buscar a Celia, para verla en silencio y recordar lo feliz que fui con ella. Porque lo importante en la vida es saber encontrar de vez en cuando al niño que llevamos dentro, al niño que fuimos y seremos siempre, y sobre todo, lo más importante es saber viajar a través de los recuerdos, porque los recuerdos, amigos, son sólo nuestros.

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Feliz sábado y feliz fin de semana, amigos.

Lorena.

Resaca de emociones y el libro de tu vida.

Los días de desconexión son necesarios. Eso siempre. Y en verano, los días de desconexión son imprescindibles. Para dedicarselos a uno mismo, a mimarse y relajarse. Pero cuando septiembre llega es como empezar un año nuevo, sin los restos de confeti ni el sabor de las uvas… Pero parece que todo empieza de nuevo. El verano se va alejando despacito, suave y sin prisa, y la rutina, vestida con una pícara sonrisa, llega con fuerza para abrazarse al otoño, que pronto empezará a bailar.

Las vacaciones han llegado a su fin, y mañana empieza mi septiembre, en mi Madrid, que me arropa y me vuelve loca, y  aún así, tan enamorada de la capital, no es por nada,  pero pienso que tener pueblo es una suerte. Al menos para mí. Cuando vives en una gran ciudad, es maravilloso tener un pueblo al que escaparte. Entonces, la palabra pueblo consigue ser sinónimo de pequeño paraíso, de destino perfecto para hacer una escapada, de rincón perdido para olvidarte del mundo. Y eso da felicidad. Mucha.

Hoy te quería contar que durante toda la semana pasada, mi pueblo ha estado arropado por sus fiestas. Festes patronals i de Moros i Cristians. La música ha ido sonríendo por las calles, los colores y la alegría iban saltando cogidos de la mano. Luces, trajes, brillos, retumbe de tambores y cornetas, marchas moras, marchas cristianas, ojeras y cansancio, jóvenes y mayores, sonrisas de niños y ancianos, y mucha, mucha ilusión. Si algo caracteriza las fiestas de mi pueblo son la ilusión y la intensidad con la que los componentes de las comparsas las disfrutan.

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Y entonces se mezclan la emoción, la felicidad, y también las lágrimas. Desde muy niña he vivido las fiestas desde dentro, sintiéndolas como son, mías y de mi gente. Y ahora, que me toca verlas desde fuera, siguen despertando en mí las mismas emociones, las mismas alegrías. Veo la ilusión en la cara de muchos amigos y familiares, engalanados, orgullosos, espléndidos. Y sólo hace falta que la música empiece a sonar para que mi piel se erice y para que mis ojos se llenen de lágrimas que se derraman como gotas de cristal, tan propio de mi pueblo. Y claro, eso es algo tan difícil de explicar como de entender. Y es que la fiesta, sin ninguna duda, cada uno la lleva dentro.  Y cada uno la suya, está claro. Pero me gusta saber que esta es mi historia, que son mis orígenes, que es mi cultura, mi pasado, mi vida.

Y claro, pasados los días y con la  resaca de emociones retumbando fuerte en mi cabeza,  pienso una vez más lo importante que son los recuerdos que arrastramos en la vida, los que llevamos pegados a la piel e impregnados en el alma, esos recuerdos que son la historia de nuestros días y nuestros años, y sé que es verdaderamente importante guardarlos y conservarlos, cuidarlos y mimarlos. Al fin y al cabo, nuestros recuerdos sólo son las imágenes que conservamos de nosotros mismos.

Y entonces pienso en un libro que me regaló mi amiga Sara. Un libro distinto y especial. Un libro en blanco. Con preguntas sobre uno mismo. Un libro que hay que ir llenando con los momentos y las vivencias, con los recuerdos y las historias. Y guardarlo. Porque será el almacén de tus emociones escritas y porque si algún día, sea por lo que sea, te olvidas de lo que sentiste o de quién fuiste, quizás sus páginas te permitan reencontrarte. Quizás sea tu guía cuando menos lo creas y más lo necesites. Y quizás sea la guía de tus recuerdos que un día quieras regalarle a alguien especial. Yo, el libro de tu vida. “Es un libro único. Un libro que en realidad son muchos libros, tantos como personas. Un libro que nadie sabe cómo empieza ni cómo acaba, porque todavía no está del todo escrito. Un libro que te propone 100 preguntas a las que sólo tú puedes dar respuesta”.

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Entretenido y divertido, un regalo perfecto, tanto para recibir cómo para entregar. Una forma distinta de almacenar las vivencias a las que quizás no les diste importancia. Un buen lugar dónde guardar recuerdos, sueños y combatir la resaca de emociones.

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Buenas noches, amigos.
Lorena

Arrugas de algodón.

En mi último post os hablaba de Marina, y en Marina Oscar Drai decía: “… desaparecí del mundo durante una semana. Por espacio de siete días y siete noches, nadie supo de mi paradero”.

Yo sólo he desaparecido porque estaba de vacaciones. Porque necesitaba desconectar, mimarme y disfrutar, porque necesitaba recargar energías para volver con fuerza. He estado en mi casa, en las calles que me vieron crecer, con mi gente de siempre, y también me he perdido unos días por Italia, de dónde he vuelto completamente enamorada de cada rincón, de cada esquina.

Pero hoy te quería contar algo que me pasa cada vez que me alejo de casa. Hoy me voy a atrever a reflexionar sobre la vida. Es más, me voy a atrever a reflexionar sobre una vida que ni si quiera es mía, pero estoy segura que quien la vive, no se va a molestar porque lo haga.

Cada vez que paso unos días en mi pueblo y luego me voy, aparece el mismo sentimiento. Tristeza. Nostalgia. Pena. Me enfado con el tiempo, por correr tan rápido. De vez en cuándo me pregunto qué hago aquí, en esta ciudad. Me pregunto si cuando los años sean muchos y eche la vista hacia atrás no me arrepentiré de haberme perdido demasiadas cosas, del día a día, de las personas más importantes de mi vida. Luego se me pasa, y sé que Madrid me da la felicidad que necesito, y que no me imagino, hoy por hoy, en otra ciudad que no sea ésta. Estas calles que he sabido hacer mías. Estos sueños que aún vuelan.

Hace unos días, mientras estaba allí, estuve con una persona a la que conozco desde que nací. Las arrugas le acarician la piel en forma de sonrisas. Su mirada a veces se pierde. A ratos no recuerda qué ha pasado. No sabe dónde está. No sabe quién la cuida y quién la abraza. Otras veces sonríe, y sabe perfectamente lo que pasa en cada instante. Me dijeron que quizás no me recordaba, pero cuando entré en su habitación, la vi sentada junto a la ventana, me sonrió y me dijo que no me había reconocido con las gafas de sol puestas. Creo que ella nunca había producido en mí tanta ternura como aquella tarde. Creo que nunca me había sonreído así.

Sentada en un sillón me acariciaba la mano, me preguntaba qué tal todo y me contaba historias que yo sabía que nunca habían ocurrido. Pero yo también le sonreía, me hacía la sorprendida y le daba a sus relatos la importancia que merecían. Para mí, los recuerdos son uno de los bienes más preciados que posee el ser humano. No seríamos nada sin ellos. Los recuerdos son nuestro recorrido. Quienes somos y quienes hemos sido. Y entonces, me permití el lujo de enfadarme con la vida. Me enfadé porque me parecía injusto verla tan indefensa, perdiendo momentos que la habían hecho sonreír o llorar. Me enfadé con la vida porque no es justo que una persona pase los últimos meses, o años, de su vida estando perdida. Me enfadé con la vida porque no me parece justo que alguien sufra, incluso cuando ya no es capaz de saber diferenciar el sufrimiento de la felicidad.

Pasé una tarde con ella, que creo que ambas nos debíamos. La vi tranquila, cansada, la vi reír, pero también la vi perderse en la tristeza. Ella sabe que nunca más se levantará de ese sillón. Sabe que no volverá a ver el mar, o el pueblo donde nació. Sabe que ahora sólo queda afrontar los días como vienen, disfrutar de las visitas y sonreír mientras se pueda. A veces pide perdón, porque cree que se porta mal cuando no es ella. Pero no sabe que no hace falta, porque ya está todo perdonado. Me enfadé con la vida por hacer de la vejez la más tierna sabiduría y darle luego el trago amargo de arrancarle los días.

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Hoy no he hablado de ninguno de los temas que hasta ahora estaba tratando. Porque hoy quería hacer una reflexión, y te quería contar que me enfadé con la vida. 

Cuando un niño pequeño está sobre protegido se dice que está entre algodones“. Algunas personas mayores vuelven a ser niños. Vuelven a necesitar estar mimados y cuidados. Vuelven a necesitar que les comprendan y les enseñen. Vuelven a empezar. Sólo que esta vez el tiempo ha ido penetrando en su cuerpo y en su mente. Esta vez, el tiempo pone arrugas sobre su piel. Arrugas que son los años, que son las vivencias, que son las lágrimas, que son las sonrisas, que son los bailes, que son el amor, que son la música, que son los paseos, que son la familia, que son los amigos, que son los días, que son los momentos (los que están y los que se fueron)… Porque cambian los escenarios, cambian los tiempos. Pero a todos nos envolverán estas arrugas.  Arrugas que no son más que arrugas de algodón.

Buenas noches, amigos.

Lorena.