Me gusta todo, menos tú.

Como cantaba mi amigo Mario en una de sus canciones: algo estamos haciendo mal. No ha sido nuestra culpa, o tal vez sí, pero algo estamos haciendo mal.

Hoy te quería contar algo en lo que todos deberíamos estar de acuerdo, con nuestras diferencias y preferencias, pero con las ideas superficiales, al menos, iguales. El problema es que estamos de acuerdo muchos, pero no todos, y ahí es cuando algo falla, porque algo falla.

Hoy quiero hablarte de lo mucho que me gusta el país en el que vivo y lo poco que me gustas tú. Quizás suena un poco frío, pero es la verdad.

Me gusta mucho mi país, es un país bonito, aparentemente tranquilo… Me gusta su sur, con sus rincones, sus colores, su calorcito, su arte, su acento, su clima, la gracia de su gente… Me encanta su norte, con esos paisajes de ensueño, tan verdes, tan bonitos, su agradecido fresquito en verano, sus lluvias, su comida, la bondad de su gente… Me gusta Barcelona, por ejemplo, la ciudad de mi libro favorito, la ciudad que para mí es un sueño, tan cosmopolita, tan avanzada siempre, me gusta su gente, su idioma, me gustan sus valores… Me gusta (y mucho) la capital de mi país, esta ciudad que he hecho un poco (bastante) mía,  me gustan sus calles, su vida, su mezcla, su cultura, sus pocas ganas de dormir, me gusta su gente, sus costumbres… Me gustan todos los rincones de mi país, unos más bonitos que otros, cada uno con sus cosas, una maravilla en su conjunto… Me gusta, por supuesto, Valencia, mi tierra, mi casa, me gusta el clima del Mediterráneo, su comida (¡viva la paella y la cassola!), me gustan sus playas, sus fiestas de Moros i Cristians, me gusta su lengua, me gusta su gente…

Me gustan tantas, tantísimas cosas… Me gusta todo, menos tú.

Vivo en un país precioso, de verdad te lo digo. Un país donde se hablan varios idiomas, un país que me transmite buen rollo, energía y felicidad. De mi país me gusta casi todo, y digo casi, porque no me gustas tú.

Me gusta mi país, me gustan sus médicos, me gustan sus profesores, me gustan sus periodistas, me gustan sus músicos, me gustan sus actores, sus directores de cine, me gustan sus escritores, me gustan sus deportistas, me gustan sus profesionales, porque los hay, perfectamente preparados y capacitados en cualquiera de los ámbitos. Me gusta su historia, su cultura, sus monumentos, me gusta la Giralda, la Sagrada Familia, la Catedral de Santiago, La Alhambra, El Palacio Real o La Puerta del Sol… Me gusta todo esto que se ha ido conservando y cuidando a lo largo de los siglos, con el paso de la gente y del tiempo.

No me gustas tú, porque lo estás destruyendo casi todo.

Vivo en un país maravilloso, con personas maravillosas… Pero siento una vergüenza extrema cada vez que veo a cualquiera de los políticos que creen que nos representan. Vivo en un país donde la corrupción está a la orden del día, donde nos roban por todos lados y  donde se consiente. Vivo en un país donde roba todo el mundo que tiene el mínimo poder, desde el alcalde de un pequeño pueblo hasta el yerno del rey, y eso me llena de tristeza, de rabia y de impotencia.

Vivo en un país dónde algunos tapan a los que roban, los esconden, y si salen a la luz, se atreven a justificarles. Vivo en un país donde nos han recortado en sanidad, siendo una de las mejores de Europa, donde nos han recortado en educación, tan básica y esencial, vivo en un país donde violan su cultura, manteniendo un IVA del 21%.  Vivo en un país donde siento tanta tristeza…

Supongo que muchos sabéis que mi lengua materna es el valenciano, es mi primer idioma, y en valenciano me he criado y educado. He estudiado en valenciano e incluso hice la selectividad en valenciano. Siempre he defendido mucho mi lengua, tan digna, tan bonita, tan nuestra… El valenciano es mi familia, mi pueblo, mis amigos de siempre, es mi tierra, es mi historia y es mi cultura.

Hace unos meses, al comenzar las fallas, la alcaldesa de Valencia (no voy ni a escribir su nombre, no quiero manchar este post) daba un discurso lamentable inventando todas y cada una de las palabras que pronunciaba en valenciano. Mi lengua, y la de muchos. No pude sentir más vergüenza… ¿Cómo una señora que cobra un sueldo que multiplica el de cualquier trabajador no sabe ni si quiera hablar el idioma de su tierra, el idioma oficial de la ciudad a la que representa? ¿No os parece surrealista? Desgraciadamente, esto no fue lo peor. No lo fue. Mientras las redes sociales se llenaban de comentarios y de videos sobre el discurso, mientras la mayoría de los ciudadanos no daban crédito a lo que había sucedido… Pasó algo realmente alucinante, que os prometo me hace plantearme dónde está la razón del ciudadano y dónde está la cultura de las personas. Lo peor, para mí, fue que hubo gente que se atrevió a salir en su defensa, se plantó ante el balcón del ayuntamiento con pancartas como “¡Viva nuestra alcaldesa!” o “Yo con el valenciano también me lío, pero de Rita me fío” (esta última me mató). Os prometo que tenía ganas de llorar…

Que los políticos nos roban es un secreto a voces, pero que se destapen constantemente tramas de corrupción y que la mayoría de ellos estén tranquilamente en la calle, cobrando sueldos de por vida y riéndose a carcajadas de todos los ciudadanos me da mucho asco. Hace unos días salían a la luz unas facturas de esta misma señora, la alcaldesa de Valencia, en las que se reflejaba que en los peores momentos de la crisis gastaba dinero de forma desorbitada, en cosas innecesarias como suites de hoteles, comidas de lujo, bebidas alcohólicas o coches privados con chófer… Mientras tanto, miles de ciudadanos se preguntaban cómo poder pagar las facturas de luz y agua, cómo comprar los libros de los colegios de sus hijos o cómo poder darles de comer en condiciones. Cuando los periodistas le preguntaron, tuvo la poca vergüenza de responder, para justificar estos elevados gastos, que no quiere “cutrerías” para Valencia. Ay, perdone, ¿es que ese dinero estaba siendo destinado a un colegio, a un hospital, o a un parque infantil? Porque me pierdo.

La alcaldesa de Valencia sólo es una entre cientos. Todos ellos me dan asco, mucho asco,  pero quien no me gusta eres tú. Si, tú, el que les vota, el que aún sabiendo todo eso, les apoya, como si a ti no te estuviesen robando nada, como si sólo me lo estuviesen robando a mí.

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Dentro de unos días empieza mayo, uno de mis meses favoritos, con su día uno como festivo: el día del trabajador. Yo estoy muy contenta porque ese día descanso. Desde hace unos años me acuerdo de todos los que tenemos suerte de tener un trabajo, pero, sobre todo, me acuerdo de todas esas personas que llevan mucho tiempo luchando por un trabajo digno. Me acuerdo de todos esos padres de familia que ya no encuentran trabajo porque “ya son muy mayores”, me acuerdo de todas esas mujeres que luchan incansablemente por poder tener un trabajo y mantener sus familias y sus hogares… Me acuerdo de todos y cada uno de esos jóvenes licenciados, brillantes, con un curriculum impecable, que están trabajando de camareros o limpiando hoteles en cualquier rincón de Europa, me acuerdo de los que tuvieron más “suerte”, y ejercen su profesión y vocación en otro rincón del mundo, con la consecuencia de estar lejos de su gente, de sus familias, de sus casas, de sus ciudades y sus calles… Y entonces, me vuelve a invadir la pena. Entonces me acuerdo de todos estos malditos políticos corruptos, a los que la gente ha elegido para representarles, para que luchen por sus derechos y mejoren su bienestar social, pero no lo han hecho, y aún así, les vuelven a votar. Entonces me acuerdo de esa gente que les vota y me encantaría que me explicasen por qué lo hacen y entonces pienso “tenemos lo que nos merecemos”, pero no, no nos lo merecemos. Se lo merecen los que les apoyan, pero no nosotros, no el resto.

Trabajar es un derecho, pero mientras miles de personas en mi país no tienen un trabajo digno, mientras miles de personas no tienen trabajo, sus políticos roban y viven vidas de lujo.

Vivo en un país muy bonito, te lo prometo… De él me gusta todo, menos tú.

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Buenas tardes/noches, amigos.

Lorena.

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El Rey León

¡Buenos días a todos! Un jueves con sabor a domingo, a sábado… Un jueves festivo, y a mí, como supongo que nos pasa a todos, los días festivos me encantan. Hoy vengo con un post cargado de unos temas que abrazan la actualidad desde hace unas semanas y que han cobrado protagonismo precisamente esta. Unos temas que a mí, me preocupan un poco.

No es que yo entienda mucho de fútbol, la verdad. No suelo ver partidos porque sí, pero cuando se trata de la selección, siempre que puedo lo veo. Claro que sí, ¿por qué no? El fútbol es un deporte que gusta a mucha gente y yo me alegro cuando el equipo que prefiero que gane gana un partido, me alegro cuando la selección gana un partido, pero no se me va la vida cuando no. Es un juego, es así. Unas veces se pierde, otras se gana. Ayer, tras el partido en el que la selección española fue eliminada del Mundial de Fútbol, aluciné con los comentarios de la gente en Twitter. Aluciné con los insultos, la rabia y la frustración. Para empezar, las faltas de respeto por un partido de fútbol me parecen algo descabellado, y me dan pena aquellos que insultaban a unos jugadores que hace años les hicieron muy felices. Así de irracionales somos. Pero creedme que lo que más me sorprende es que a la mayoría de los ciudadanos sólo les preocupe esto.

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No puedo entender, ni podré entender jamás como la gente lucha incondicionalmente por defender a su equipo en un partido y como no lucha por defender sus derechos sociales, los de sus hijos, los de sus hermanos, los de sus padres, los de sus abuelos o los de sus amigos. Que el ambiente, el buen ambiente, que produce el fútbol es muy divertido, que no lo niego. Obviamente, me gusta ver un partido rodeada de mis amigos, entre cervezas, risas y buen rollo. De ahí, a que el fútbol sea mi máxima preocupación, con la que esta cayendo en mi país, dista muchísimo todo. Insisto, que no quiero que haya confusiones, no critico a los que disfrutan y viven este deporte, a los que lo aman con pasión como yo pueda amar la música o el cine, simplemente estoy diciendo que debemos ser un poco más racionales y coherentes y debemos empezar a asimilar que no podemos darle toda la importancia a un partido cuando a nuestro lado hay mucha gente pasando hambre. Somos egoístas por naturaleza porque somos seres humanos, ahí no hay tema de discusión, pero por favor, vamos a luchar y a dejarnos la vida por lo que realmente nos está pasando.

A mí me da pena que España haya sido eliminada del mundial, claro, pero lo que realmente me preocupa es que a los ancianos les quiten sus pensiones, me da pena que un español tenga que esperar la escalofriante cifra de 67 días de media  para ser atendido por un médico especialista, lo que me da pena es que este verano miles de niños de nuestro país no vayan a poder comer en condiciones porque acaba el curso escolar y cierran los comedores escolares (ya casi sociales), lo que me da pena es la gente que se queda sin casa porque los desahucian, lo que me da pena es que las mujeres no puedan elegir si quieren abortar o no, lo que me da pena es que nuestra población sea casi la única con pobreza infantil de toda Europa, lo que me da pena es que haya padres de familia que no puedan dar de comer a sus hijos, lo que me da pena es que miles y miles de jóvenes recién licenciados, preparados, y con una formación académica brillante se hayan tenido que ir fuera de su país, obligados, para poder tener una oportunidad de trabajo… Esas cosas, amigos míos, esa realidad que nos rodea día tras día, a la que a veces, por dolor, muchos deciden no mirar, esa realidad y esas cosas son las que me preocupan. Estas son las cosas que me duelen, que me hierven la sangre y me hacen morir de pena.

Por suerte, tengo un trabajo estable (no el trabajo de mi vida ni en lo que quiero trabajar, claro), y tengo un sueldo fijo cada mes, y me han hecho asumir que tengo que dar las gracias por tener trabajo, que es un derecho, y han confundido y nos han hecho confundir con un privilegio. Es absurdo repetir la impotencia que me produce la corrupción, los sueldos desorbitados de nuestros políticos, que no contentos con ello, roban y estafan. Pero por encima de todo esto, si no estoy dispuesta a algo, es a retroceder en el tiempo. No quiero recortes en nuestros derechos sociales, en nuestros derechos vitales. Ya está bien, hombre, ya está bien.

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No os imagináis cómo está el centro de Madrid desde hace días. Arreglo de calles, muchísimos policías vestidos de paisano, banderas por todos lados, medidas de seguridad extrema, un gasto que no quiero ni imaginar… Ayer intentaba explicarle a una chica extranjera que hoy el centro iba a estar lleno de gente porque se coronaba al príncipe, que pasaba a ser rey, ella me preguntó si eso era cada cierto tiempo y si lo habíamos elegido nosotros. Con mucha vergüenza le dije que no. Vamos a ver, os prometo que dentro de todo, Felipe y Letizia son personas que no me caen mal del todo, pero de ahí a que quiera que se me impongan como reyes, varía mucho todo.

Vivimos un momento histórico importante, una abdicación, una coronación, infantas que ya no serán nadie, reyes, príncipes y princesas… En el sigo XXI. ¿No os parece un poco medieval todo? Pero como yo, desde aquí, quiero respetar la opinión de todos, lo único que voy a defender es que, al menos, nos dejen elegir al pueblo. Vivimos en un país democrático y si somos mayores para votar unas cosas, digo yo que también lo somos para votar otras, no?

Tras 40 años de monarquía creo que todo ha cambiado. Los tiempos, la sociedad, las personas, las generaciones… Y creo que es el momento de poder tomar decisiones, al menos, tener el derecho a ello. Creo que si hubiese un referéndum seguiría habiendo monarquía, o quizás no, quizás hace unos cuantos años si, pero, ¿sabéis cuál es el problema ahora? Que la gente está cansada. La gente está pasándolo realmente mal. La gente no puede comer, no puede darle una vida digna a sus hijos, hay gente que vive en condiciones infrahumanas y que no tiene casi fuerzas ni ilusión, pregúntale a una de esas personas si está dispuesta a pagar la vida de los reyes, el colegio de sus hijas o la ropa que diseñan exclusivamente para ellas. Me muero de pena, os lo prometo.

El día que el rey hizo pública y oficial su abdicación y anunció que su hijo sería el próximo rey de España, esa misma tarde, miles de personas, en todas las grandes ciudades de nuestro país, se lanzaron a las calles, pidiendo un referéndum y haciendo fuerza sobre su derecho de poder elegir o no. Yo pensé en Letizia. Pensé en Letizia Ortiz como periodista, como ciudadana de a pié, como hasta hace unos años era, pensé en ella profesionalmente y pensé si de verdad no se le estaría encogiendo el corazón.

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El mundial de fútbol y la monarquía invaden nuestras noticias, los kioscos y las portadas de la prensa. Perdonadme si me preocupan más otras cosas que creo que deberían preocuparnos más a todos. Si nosotros tenemos una vida buena, un trabajo estable y no nos falta de nada, pensemos que a miles de personas, a nuestro lado, en nuestra misma calle y en nuestra misma ciudad,  les falta mucho y nada de lo que está pasando es justo.

Perdonadme los más monárquicos, pero yo no quiero una monarquía que se va de safari y mata elefantes por diversión, no quiero una monarquía manchada por la corrupción, no quiero una monarquía impuesta que lo primero que está recortando es la libertad de expresión.

Perdonadme los más monárquicos, pero a mí, si hay un rey que me produce ternura, amor y sonrisas es sólo el Rey León. 

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Feliz jueves, amigos.

Lorena.

¡¡¡Ganamos las chicas!!!!

¡Qué pesados son los lunes y qué poco nos gustan! Yo suelo odiarlos, como estoy segura que los odias tú, pero la verdad que hoy he tenido un lunes muy bonito, lleno de reencuentros con amigos a las que no suelo ver y eso siempre trae mucha paz y felicidad. Además, hoy me he levantado llena de energía positiva y es quizás por todo lo que viví ayer y lo que hoy te quería contar.

Los que me conocen de hace tiempo, se sorprenden cuando saben que he empezado a interesarme por correr y hacer deporte… Pero la verdad es que cada vez me gusta más. Hace un mes me enteré que en Madrid se iba a celebrar la décima edición de la carrera de la mujer y siendo por la causa que era, no me lo quería perder. Más de treinta mil mujeres corriendo juntas por un solo motivo: la lucha contra el cáncer de mama. El centro de Madrid vestido de color rosa y las emociones a flor de piel (ya me conocéis…)

El deporte es capaz de unir muchos corazones y a muchas personas de distintas edades, culturas e ideas… Pero el deporte unido a una causa solidaria es capaz, y me di cuenta ayer, de mover montañas. A las ocho de la mañana los metros estaban abarrotados de chicas vestidas de rosa, a ninguna nos importaba el madrugón, estábamos felices e ilusionadas. Jamás imaginé que una carrera pudiese resultar ser algo tan emotivo…

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Me emocioné al ver a una chica hacerse una foto con una pancarta que decía: “Este año corro por ti, el año que viene correremos juntas” (todavía se me ponen los pelos de punta al recordarlo), me emocioné cuando vi a chicas en sillas de ruedas dispuestas a estar ahí apoyando la causa, me emocioné cuando vi a madres con sus hijas, cuando vi a niñas pequeñas, me emocioné cuando vi a señoras que podrían ser mi abuela, me emocioné cuando vi a gente sosteniendo carteles en los que pedían que no se recortase más en sanidad, me emocioné cuando vi a mujeres con esta maldita enfermedad y su pañuelo rosa sobre la cabeza, me emocioné cuando vi a gente con pancartas dando ánimos desde sus terrazas o desde cualquier punto del recorrido, me emocioné cuando vi a hombres con pelucas apoyando a sus mujeres y amigas, me emocioné cuando vi a mi amiga Pilar ahí a mi lado, embarazada, aunque sólo pudo llegar al quilómetro dos (pero sé que el año que viene correremos juntas empujando el carrito de Jorge), me emocioné de ver a tantas, tantas personas emocionadas, entregadas, unidas y solidarizadas por un tema tan delicado como éste…

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Me emocioné al pensar en todas esas mujeres que padecen ahora mismo esta enfermedad, me emocioné al pensar en todas las que a lo largo de la vida no han podido vencer la batalla, me emocioné al pensar que cualquiera de nosotras podríamos ser cualquiera de ellas… Me emocioné al pensar en las hijas, en las madres, en las amigas, en las tías o las sobrinas de las víctimas del cáncer y sonreí al pensar que ahí estábamos, todas unidas, luchando las unas por las otras.

Cada inscripción valía diez euros, y más de treinta mil personas se inscribieron y a mí eso me hace muy feliz. Somos solidarios y nadie debe hacernos cambiar eso, aunque nos recorten la vida y los sueños. Es realmente triste pensar que todos tenemos algún familiar, una amiga, una vecina o una simple conocida que haya sufrido esta enfermedad. Nos encontramos ante una lucha constante, ante una batalla que todos, hombres y mujeres queremos ganar, queremos unirnos, queremos gritar, queremos luchar con fuerza para vencer… Todos queremos luchar en esta guerra, luchar los unos por los otros, porque esta es la única guerra que debería existir y es la guerra en la que sólo se debería ganar.

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Lamentablemente, el cáncer gana a veces, sin entender de edad, de sexo o emociones… Sin entender situaciones, ni vidas… Da igual, tu y yo, todos somos víctimas, todos podemos serlo. Ayer, hoy y mañana muchas personas lucharán contra el cáncer de mama, lucharán ellas, lucharán sus maridos, sus hijos, sus médicos… Pero sé que ayer, en esa carrera, me llené de emociones, de energía, de ganas de vivir, de ganas de superarme, de disfrutar, de exprimir lo bueno, me llené de sonrisas, de lágrimas, de compañerismo, de buena energía… Porque el maldito cáncer gana a veces, pero ayer el centro de Madrid se vistió de rosa y lo aceptó en silencio, orgulloso y con una sonrisa, lo aceptaron sus calles y su gente… Porque ayer, sin ninguna duda…. ¡¡¡GANAMOS LAS CHICAS!!!!

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Gracias a Sandra, Pilar, Carmen y Sara por hacer que viviésemos juntas esta aventura. Felicidades a todas las participantes, y a las que no han participado nunca os animo a que lo hagáis. Es una experiencia maravillosa y la carrera de la mujer se celebra en cualquier ciudad. Porque juntas debemos correr esta carrera cada día. Mucho ánimo y cariño a todas esas mujeres que luchan cada día, a sus familias y a sus amigos… Correremos por vosotras, correremos con vosotras y lucharemos juntas.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Te querré siempre, Daniel Sempere.

Hoy es uno de esos martes en los que me he levantado con mil cosas que hacer. Mi cabeza ya corría mientras mi cuerpo le pedía a la almohada y a las sábanas que me atrapasen unos minutos más. Con el olor del café y los besos de buenos días he empezado a hacer mil cosas y he pensado en un mensaje que recibí ayer. Pensar en este mensaje me ha hecho trasladarme a hace unos días, cuando un buen amigo citaba en una red social una lista de nombres que habían marcado su vida. Estos nombres eran de profesores y profesoras que encaminaron nuestra educación y nuestra adolescencia, que formaron parte de nuestros pensamientos y decisiones, que formaron parte de nuestros miedos e ilusiones, como alumnos y como personas. Sí, este buen amigo y yo compartimos aula, sillas, sueños y libros, y por tanto, todos estos profesores también son parte de mi vida.

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Me resulta maravilloso como a pesar de los años, muchos de ellos siguen formando parte de mí, de mis anécdotas, de mis experiencias y mis metas. Siguen dándome consejos, ayudándome en las preocupaciones y sonriéndome en los éxitos… Algunos de estos nombres me arrancaron una sonrisa al leerlos, y hoy, al pensar en ellos, me ha bombardeado la imagen de la portada de mi libro favorito. Supongo que se debe a que sigo asociándolo al momento en el que lo descubrí, o quizás es porque hace demasiado que no lo leo…

Hoy te quería contar algo que te quise contar desde el principio. Era diciembre de 2003, o enero de 2004, no lo recuerdo bien, cuando en una entrevista en televisión alguien habló de La Sombra Del Viento. Al día siguiente, le pregunté a mi profesora de literatura si lo conocía. Me sonrió y me dijo que ya era hora de que me apeteciese leerlo. Al día siguiente me prestó su ejemplar. Hoy, millones de personas lo han leído, pero por aquel entonces, la mayoría de la gente que me rodeaba no había oído hablar de él jamás. Me sentí aventurera y pionera en unas páginas que muchos desconocían, y me enamoré desde su “Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados…” hasta su última frase.

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La magia de la literatura, del cine o de la música, es el idioma universal de sus historias. Siempre encontrarás un reflejo de ti en una canción que te encante, en una película que te apasione o un libro que te emocione. Como quién ve su película favorita a menudo, o quien nunca se cansa de escuchar la canción de su vida, yo nunca me canso de leer La Sombra Del Viento. Lo hago una vez al año. Me gusta reencontrarme con sus personajes, verles de nuevo, imaginar sus días, sus preocupaciones y sus sueños. Me gusta descubrir cosas nuevas en mí cada vez que los veo a ellos.

Quizás he leído libros mejores en mi vida, pero todavía no he sido capaz de descubrirlo, ni reconocerlo, y eso sólo hace que los personajes de Carlos Ruíz Zafón sigan siendo mis favoritos entre todos  y cada uno de los que sigo conociendo a través de otras páginas y otras historias… Si eres de los que aún no lo han leído, sólo puedo decirte que lo hagas, y si ya lo has hecho, estoy segura que sonríes cada vez que recuerdas a Daniel Sempere, Beatriz Aguilar, Julián Carax, Penélope Aldaya o a Fermín Romero de Torres…

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Me enamoré de todos ellos cuando sólo tenía 16 años, pero si alguien me robó el corazón desde la primera vez que le descubrí, fue Daniel. Su personaje, su personalidad, su bondad y su pasión por la lectura, me han hecho muchas veces desear dar un paseo con él por una antigua Barcelona, sentarme a tomar un café en Els Quatre Gats, o andar sin prisa hasta la Avenida del Tibidabo y pararme a observar el palacete que se alza en el número 32. Muchas veces he anhelado no poder perderme entre los pasillos y laberintos del Cementerio de los libros Olvidados, o no poder observar el escaparate de la Librería Sempere e hijos, en la calle Santa Ana. Creo que fue este libro quién me hizo enamorarme de Barcelona… de la Barcelona de calles grises y tiempos fríos. Me gusta la Barcelona actual, pero sueño con la magia de aquellas calles y muero de rabia con las injusticias sociales de aquellos tiempos.

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A La Sombra del Viento le siguieron El Juego del Ángel y El Prisionero del Cielo. Maravillosos ambos, pero inigualables al primero. Todos ellos entremezclan una historia y unos personajes… El desenlace de todo llegará en el cuarto libro, que  Ruíz Zafón todavía no ha publicado.

Hoy pensar en mis profesores favoritos me ha hecho querer perderme de nuevo entre una Barcelona de posguerra, para desear el fracaso del inspector Fumero, y luchar por el bienestar social de unos personajes a los que quiero. Unos personajes que reflejan, sea como sea, la historia de miles de personas que vivieron una época de nuestra historia que no debe ser repetida, pero mucho menos olvidada. Ahora más que nunca, debemos ser fuertes y no permitir que nos hagan retroceder en el tiempo, ni permitir jamás que nos quiten nuestros derechos. Gracias a mi amigo Vicent por recordarme los buenos docentes que tuvimos. Gracias a ellos, por enseñarnos a ser mejores personas e inculcarnos valores esenciales. Gracias a ellos, por permanecer en el tiempo y la distancia, por seguir sonriendo y amando su trabajo, a pesar de que les estén recortando sus vidas.  Gracias a Carlos Ruíz Zafón, por despertar mi alma cada vez que me pierdo entre sus palabras.

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A ti sé que ya te había hablado sobre mi pasión sobre el escritor catalán, pero hoy necesitaba contarte cómo me enamoré de sus personajes, y cómo le juré amor eterno a Daniel Sempere.

Feliz martes, amigos.

Lorena.

Tu viniste, yo me voy.

Empezar las vacaciones siempre trae felicidad. Salir de la rutina es liberarse de muchos quebraderos de cabeza que inevitablemente forman parte del día a día.
Por unos días me alejo de la ciudad hechicera, de su ruido, sus luces, sus prisas y su vida. Y sonrio. No sonrío por alejarme, porque a penas la he dejado y ya la echo de menos. Sonrío por la paz que me produce ir a reencontrarme con los míos. Con la gente que conozco desde que mi memoria es capaz de alcanzar, por saborear durante unos días el dulce olor de mi casa o respirar el aroma de la comida de mi abuela. Esos son los pequeños detalles y las pequeñas cosas que a mi me dan la vida.

Te quería contar que me he acordado, de repente, de una columna de opinión que leí hace muchos años en El País. La escribía Susana Fortes y hablaba de los olores de su infancia, de su abuela y su casa.

Todos soñamos y muchos decidimos perseguir nuestros sueños, por eso nos alejamos de nuestras casas y nuestras familias, no es fácil, pero tomamos la decisión de no conformarnos, de buscar nuestra felicidad en otro lugar, lejos de quienes, al fin y al cabo, son las personas más importantes de nuestra vida. Y nos vamos. Y es entonces, cuando estás lejos, cuando te acuerdas de lo bonitas que son las calles de tu pueblo, de lo mucho que te gusta reír con tu familia o de lo bien que sabe la comida que menos te gustaba.
Recuerdo que leí aquella columna de Fortes cuando aún vivía en mi casa y aún no era consciente de lo mucho que se pueden llegar a echar de menos los olores del día a día. Y con el tiempo, aunque eres verdaderamente feliz luchando por lo que quieres y aquello a lo que aspiras, sabes que la felicidad en estado puro les pertenece a los que te arroparon siempre, desde que naciste. Las calles que te vieron crecer tienen el poder de enamorarte en la distancia como nunca fueron capaces de hacerlo y el lugar de donde vienes te hace saber que no debes olvidarlo. No debes olvidar nunca lo que fuiste, de dónde viniste, ni con quién estuviste.

Me quedo en silencio y sé que yo no estoy tan lejos. Y entonces se me encoge el corazón cuando pienso en esos miles de jóvenes que tienen que emigrar a otros países en busca de una, sólo una, simple oportunidad. Pienso en los miles de jóvenes de mi generación que tienen que “huir” a buscar un trabajo, a aprender un idioma, a empezar de cero, con títulos universitarios, con títulos de post grado, o simplemente con las ganas y la necesidad de tener un trabajo. Todo colgado a la espalda, con una maleta llena de sueños y nostalgia.

Se van del país que hasta hace unos años les brindaba becas y apostaba por ellos, les encendía la sonrisa y les decía que estudiasen y se formasen profesionalmente. Podrían comerse el mundo. Les decían, claro. Y en las palabras de quedaron las promesas y se ahogaron las esperanzas.

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La realidad que nos bombardea no nos brinda una oportunidad. Y muchos se marchan con la ilusión de una nueva vida, otros lloran porque no tienen otra salida. Una vez leí en una red social que alguien decía: “Mar, tierra y aire, esas son las salidas tras acabar la universidad”. Y entonces siento mucha pena. Más que pena siento impotencia. Siento tristeza. Siento rabia ante un gobierno que me ahoga, que ahoga a una generación perfectamente preparada, formada, capacitada. Siento rabia ante un gobierno que está recortando mi sanidad, y por tanto mi vida, y también la tuya. Siento rabia ante un gobierno que recorta mi educación, y ante un gobierno al que pudre la corrupción.

Y al mismo tiempo que pienso en todos los que de van, pienso en todos los que un día vinieron. Gente que al igual que nosotros hacemos ahora, tuvo que dejar su familia, su país, su vida por buscar simplemente un trabajo, al que supuestamente todos tenemos derecho. Recuerdo a arquitectos trabajando de albañiles, o la historia de un médico que aquí trabajaba en la obra en pésimas condiciones. Pienso en la “grave enfermedad” que es la xenofobia, en el veneno de la gente que excluye socialmente a quienes vienen de cualquier otro rincón del mundo. En la irracionalidad de quienes de creen seres superiores por el color de su piel, o en la intolerancia de quien rechaza sin saber que quizás un día la vida dé un giro y las cosas se pongan del revés.

“Nihil novum sub sole” me enseñó mi profesor de latín. No hay nada nuevo bajo el sol. Y es que a muchos de les olvidó que la historia siempre se repite, que sus antepasados tuvieron que emigrar y que sus descendientes también lo harán.
Y en este contexto de xenofobia e injusticia social, quiero recomendarte un libro que leí en la facultad. Cabeza de turco, del periodista alemán Günter Walrraff.
En el libro se narra su propia experiencia, al hacerse pasar por un inmigrante turco, para tener acceso a los peores trabajos en la Alemania Occidental de la década de 1980.
Decidió investigar a fondo las calamidades que los inmigrantes soportan argumentando que “hay que enmascararse para desenmascarar a la sociedad”.

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Quizás a más de uno le vendría bien concienciarse a través de estas páginas. Y a todos los demás, a los que sienten pena por los que deben irse y por los que tuvieron que venir, que por suerte somos la mayoría, estoy segura que os encogerá el corazón y tendréis más ganas que nunca de luchar contra la irracionalidad. Porque siempre, para entender cualquier situación, debemos ponernos en el lugar de los demás. Porque no somos tan distintos, porque al igual que tu viniste, yo me voy.

Ya veis que una no descansa ni si quiera en el momento de desconectar, pero la felicidad de volver a casa, aunque sólo sea por unos días, me ha hecho pensar en la tristeza de quienes no pueden hacerlo, ni saben cuando podrán.

Feliz martes, amigos.

Lorena.