Boyhood (Momentos de una vida)

Me faltan horas al día… ¿No os pasa? Recuerdo cuando era pequeña y escuchaba aquello de que a medida que te haces mayor, el tiempo pasa mucho más rápido, y es verdad. Claro, a medida que creces, las obligaciones en ti también lo hacen, nuestra cabeza está a mil cosas a la vez: nuestra casa, nuestro trabajo, nuestros hobbies, nuestras quedadas con amigos… A veces, siento que me falta mucho tiempo para mí misma y sobre todo, me falta mucho, muchísimo tiempo para escribir. Necesito escribir más, mucho más.

De vez en cuando, es importante que nos dediquemos un día a nosotros mismos, a mimarnos, a ser felices, porque eso nos llenará de paz y eso hará que estemos más contentos con el resto del mundo.

Hace un par de semanas lo hice. Dormí sin prisa, comí mi comida favorita, leí, vi mi peli favorita y mi mente estaba totalmente relajada…

Hay tantas pelis buenas que pueden alegrarte el día…

Creo, sin embargo, que hay muy pocas películas que se basen en una vida real, en la vida de la mayoría de las personas, en la vida de alguien que no vive una gran historia de amor, que no sufre un grave accidente o no tiene una enfermedad. En la mayoría de los casos, el cine trata temas que existen en la vida real, claro, pero siempre con esa pizca de emoción que necesitamos ver en la gran pantalla, ese melodrama que nos hará quedarnos sin lágrimas o esa historia que nos hará soñar y querer vivir una igual.

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Hace justo una semana, estuve en el Matadero de Madrid disfrutando de la premiere de Boyhood (Momentos de una vida), una película que ha tardado doce años en rodarse, así que como mínimo, sabía que me iba a parecer interesante. Doce años y sólo 39 días de rodaje para crear una historia de verdad, para que los personajes de la trama no fuesen sustituidos por otros en el paso del tiempo, para que cada uno de ellos avanzase a través de la cámara como lo hacían en sus vidas cotidianas.

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Dirigida por Richard Linklater, la película se centra en la historia de Mason (Ellar Coltrane), un niño de seis años al que acompañaremos por el recorrido de su vida, le veremos crecer y descubriremos con él la adolescencia: la primera borrachera, el primer beso, el primer amor, la primera ruptura, las discusiones con su hermana, la relación con sus padres, sus amigos, los que van y los que vienen…

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Unos padres divorciados y una hermana mayor son sus compañeros de vida, aunque a lo largo de la historia encontraremos otros personajes y otras nuevas familias que formarán parte de su vida.

Fin. No hay más. Es una vida normal, como la de muchos chicos que se mudan de ciudad, que llegan nuevos a un instituto, que hacen nuevos amigos, que se enamoran y se decepcionan… No hay ni si quiera un mínimo punto en el que la historia se ponga excesivamente emocionante, es una trama lineal porque es como si alguien hubiese estado grabando tu vida (¿Te lo imaginas?).

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Sinceramente, a mí se me hizo un poco larga, pero es verdad, que también me parece un proyecto muy, muy interesante aunque no innovador porque todos sabemos que se han grabado otros documentales de este tipo, pero quizás presentarlo como una película más sin el apodo de documental, y basada en la ficción, es lo diferente en este caso.

Sí, se me hizo larga y es verdad, pero no por ello es una película que no recomendaría. Al contrario, creo que es importante para el espectador acercarse de este modo a una vida normal a través del séptimo arte, porque esto le va a hacer empatizar de una forma muy especial con los personajes y va ayudarle a reír o emocionarse en algunas escenas.

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Si tenéis la oportunidad, tenéis que verla, y sobre todo, no olvidéis nunca de cuidaros a vosotros mismos. Uno debe quererse, mimarse y cuidarse, aunque haya gente dispuesta a hacerlo. Hazme caso y dedícate un día para hacer las cosas que más te gustan, en una soledad voluntaria que traerá paz a tu mente y a tu alma.

Disfrutad del martes y tened siempre ganas de comeros la vida!!!!

Buenos días, amigos.

Lorena.

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De esta agua no beberé…

Sabéis que los martes siempre intento volver, es uno de los días en el que más tiempo libre tengo y me gusta sentarme frente al ordenador, con el café en la mano, y algo que te quería contar.

Los relatos cada vez gustan más y a mí cada vez me gusta más escribirlos. Hoy traigo una historia sobre el amor y la pasión, que a veces, traiciona a la razón.

Leed despacito y ya me contaréis qué tal…

De esta agua no beberé…

Entré en el restaurante y el camarero me acompañó a la que iba a ser mi mesa, todavía estaba sola. Aquel era nuestro restaurante favorito, mi restaurante favorito de todo el mundo, su salón parecía transportado de otra época, cuadros gigantes envolvían el salón principal, con sillones y grandes ventanales, música celestial y silencio. Allí se respiraba paz y la comida y atención eran exquisitas. Empezaron a tocar el piano y sonó esa canción que me paró el corazón…

En nuestro primer aniversario de boda, Alberto me llevó allí a cenar. Era una sorpresa. Había oído hablar del lugar, pero nunca imaginé que lo que había en su interior fuese tan bonito. Recuerdo mi cara de sorpresa, la sonrisa que se dibujó en la suya al ver mi expresión, la felicidad que por aquel entonces se respiraba en nuestras miradas, en nuestras caricias, las ganas que teníamos de todo, de comernos y besarnos, de mirarnos y querernos.

Alberto formaba parte de mi familia prácticamente desde que yo nací. En cada uno de mis recuerdos, estaba él. Sus padres, íntimos amigos de los míos, y él, compañero inseparable de cada una de las batallas y juegos de mi hermano mayor, eran parte esencial de nuestra familia. A mi solían excluirme de sus aventuras, no cabía en sus historias de indios y vaqueros y normalmente les molestaba mi presencia.

En el verano de 1981, cuando yo tenía quince años, fuimos todos juntos de vacaciones a Palma de Mallorca. A mi padre le habían recompensado con un sueldo honorífico, por su lealtad y servicio, y aquel año decidieron que saldríamos de la península. Aquel verano, ni si quiera recuerdo por qué, mi hermano no vino con nosotros. Raul, el hermano pequeño de Alberto, que tenía cuatro años menos que yo y nunca hablababa porque su tímidez le provocaba un pánico excesivo a la hora de dirigir la palabra a alguien que estuviese más allá de las personas que vivían en su casa (es decir, su hermano y sus padres), también había venido con nosotros. A Alberto, que por aquel entonces tenía diecisiete años, no le quedaba más compañía para aquel verano la isla que intentar entablar conversación con una adolescente a la que había visto crecer desde la cuna.

El segundo día de estar allí, mientras nuestros padres alargaban la sobremesa con su café, sus risas, las críticas hacia esos amigos a los que fingían apreciar, el tabaco y las primeras copas de whisky, Alberto y yo decidimos irnos a la playa. Todavía estabámos en esa edad en la que las conversaciones de los adultos nos aburrían. Alberto siempre me había tratado del mismo modo que me trataba mi hermano, de hecho, estoy segura que tenían casi los mismos sentimientos. Yo era su hermana pequeña, a la que había visto crecer, a la que tenía que cuidar y proteger.

-Bueno, ¿y qué? ¿Ya tienes novio?.- Me preguntó mientras nos tostabamos bajo el sol del Mediterráneo.

-No.- Contesté en seco y con un tono molesto.

Sonó una carcajada y me preguntó si me había molestado la pregunta, me dijo que no me enfadase y que no iba a decirle nada a mi hermano. Podía contarle todo a él, y decía, entre risas, que el día que tuviese un novio, él tendría que darle el visto bueno, a nuestra familia no podía entrar un miembro nuevo así como así.

Le miré en silencio. Con la madurez que siempre me había caracterizado en la mirada, con la tranquilidad con la que se mira a alguien a quien has mirado toda tu vida, y con una fuerza que ni Dios podría saber de dónde saqué.

-¿Quieres que te cuente algo que nunca te he contado? ¿Algo que callarás y no le contarás a mi hermano, a mis padres, ni a los tuyos?

Asintió victorioso.

-Estoy enamorada de ti desde donde soy capaz de recordar. No sé si me enamoré de ti siendo una niña o si me enamoré ayer, pero sé que siempre has formado parte de mis pensamientos. Sé que cuando veo que mi hermano y tu quedáis con chicas, me muero, y sé que no quiero besar a otro chico que no seas tú.- Su cara iba cambiando de color y parecía que la sangre le había bajado a los pies de un sólo golpe.- No quiero que digas nada, tú querías saberlo y tú guardarás mi secreto. No te preocupes, sobreviviré sin ti, pero creo que ya que me has sacado el tema, y con la confianza que nos une, era importante que te contase lo que sentía.- Terminé mi discurso con un aire irónico que me estaba resultando bastante divertido. Vi su cara y supe que el pobre no sabía qué decir, ni cómo reaccionar, así que le di una palmadita en la espalda y le miré con ojos de piedad, di un suspiro mientras me aguantaba la risa y me metí en el mar.

No me giré a ver si seguía en la toalla, sobre la arena, o si había huído de allí pensando cómo iba a contarle a mi hermano cuando volviesemos a casa lo que le acababa de decir. No me preocupaba, ni si quiera tenía prisa, desde muy pequeña siempre supe que Alberto acabaría enamorado de mí.

No se había fugado de la toalla, cuando salí del agua, un silencio a voces nos envolvía a ambos. Aquellos días él decidió actuar con total normalidad, como si aquella conversación en la playa nunca hubiese existido. Yo me limité a hacer lo mismo, la diferencia es que yo me reía cuando me acercaba a él y sentía como le temblaban las manos. le ponía nervioso y eso me resultaba divertido. Supongo que por aquel entonces, el amor, incluso el verdadero, me parecía un juego, un juego por descubrir y estaba segura con quien quería jugar y ganar la partida.

La noche antes de volver a Madrid, el hotel había organizado una fiesta de esas donde las banderitas de colores, la música y el bronceado de la piel danzaban por la terraza a modo de despedida de verano. Estabámos sentados en una silla mientras nuestros padres bailaban y reían y Alberto me preguntó si me apetecía dar un paseo por la playa. No sabía si aquella invitación era una escapada fugaz de aquel espectáculo que nos aburría o si de verdad le apetecía estar conmigo a solas. Nos sentamos frente al mar en silencio y recuerdo que aquella noche había luna llena.
Esta vez, el silencio me resultaba un tanto incómodo.

-Alberto… Respecto a lo del otro día… Yo… de verdad… No me hagas caso…- Me silenció con la mirada y me selló los labios con un beso. El primer beso de mi vida. Mi estómago estalló con miles de mariposas saliendo a empujones de su interior y mi corazón se aceleraba como si una bomba fuese a explotar llevándoselo con ella. Nos abrazamos en silencio y supe que mi vida acababa de cambiar para siempre.

Tardamos seis meses en contarles a nuestros padres que estábamos enamorados. Seis meses de sonrisas disimuladas y caricias escondidas, seis meses clandestinos y bonitos. La noticia no les pilló por sorpresa y les hizo muy felices a todos, incluso a mi hermano, que no entendía nada. El doce de mayo de 1987 nos convertimos en marido y mujer en la pequeña iglesia de nuestro barrio, con una fiesta y un banquete en los que nuestros padres tiraron la casa por la ventana. Alberto se había convertido en mi mejor amigo, en mi amante, en el amor más puro, en mi mirada más cómplice y unos años después en el padre de mis hijos.

Mi amiga Silvia siempre dice que todo ser humano es infiel por naturaleza, que en algunos casos hay personas que nunca destapan ese deseo y que la razón siempre predomina en sus sentimientos, otras veces, el ser humano decide experimentarlo en algún momento de su vida, cuando sus ganas no pueden reprimirse más y el deseo es más fuerte que la norma establecida y por último están los sinvergüenzas que toman esta faceta como rutina de sus días. Yo siempre me reía y le decía que eso no era verdad, que el infiel es infiel cuando no ama de verdad, cuando su avaricia y egoísmo ganan al amor verdadero, cuando esa necesidad muestra la cobardía y el egocentrismo. Ella me sonreía y me decía siempre lo mismo: “Nunca digas de esta agua no beberé”.

La vida siempre me ha sonreído. Es cierto que siempre he sido una mujer llamativa para el sexo masculino, pero siempre he estado muy, muy enamorada de mi marido. Hace dos años publiqué mi primer libro sobre psicología infantil y la verdad que los resultados fueron mucho más positivos de lo que jamás podría haber imaginado. Una buena editorial, cuyo director era viejo conocido de mi suegro, decidió apostar por mí, por mis teorías y lanzar una publicidad que me resultó muy beneficiosa. Desde entonces, he hecho presentaciones de mi libro por todo el país, en charlas a madres y padres, en facultades y en conferencias de psicología. Puedo decir que no me falta nada en la vida.

Las historias de amor que vemos en el cine o leemos en las novelas, confunden nuestras vidas. El amor, en la realidad, no está vivo de forma eterna. El amor tiene etapas, como cualquier asunto de la vida. Los seres humanos evolucionamos, como lo hacen nuestros sentimientos y nuestras prácticas. Aunque lo desease con todas mis fuerzas, no podía pretender que mi matrimonio, después de más de veinte años siguiese siendo como el primer día. El respeto y la educación nunca habían faltado en mi casa, pero la rutina no mantenía viva la pasión que sentíamos con diecisiete años, cuando aún estábamos descubriendo la vida.

En una de mis conferencias, en la Universidad Autónoma de Barcelona, conocí a Pau, un catedrático de psicología que me parecía el hombre más inteligente del mundo. Lo que empezó siendo una relación profesional, acabó convirtiéndose en una amistad fuerte, tan fuerte que empecé a soñar con él y a desear que nuestro trabajo y nuestro destino nos reuniesen. En uno de sus viajes a Madrid, me invitó a cenar al restaurante que había al lado de su hotel, muy cerca de Atocha. Por alguna extraña razón, hice algo que jamás había hecho. Alberto siempre había confiado en mí, nuestros trabajos nos obligaban a estar con gente y conocer pesonas nuevas, no habría habido ningún problema en decir a dónde iba, pero mis deseos me traicionaban y mi corazón sabía que decir la verdad era gritar a voces unos sentimientos que yo quería callar con fuerza. Le dije que iba con Silvia, a cenar y al teatro y que seguramente llegaría tarde a casa.

Pau me hizo reir como hacía años que no hacía. No recordaba la última vez que Alberto, mi marido y mi mejor amigo, me devoraba con la mirada. No recordaba la última vez que me había desnudado con deseo, o me había besado como si se nos fuese la vida. No sabía si eso era lo que tenía que pasar cuando llevabas veinte años casada o si realmente mi matrimonio se había ido apagando poco a poco, sin que yo lo supiese y sin que nosotros lo hubiesemos evitado.

Aquella noche me sentía especial, única, guapa, radiante, querida y cuidada. Me había puesto un vestido negro, me había recogido el pelo con una coleta y unos pendientes gigantes de plata y piedras negras acompañaban mi mirada, que por unos instantes, se sentía loca y adolescente. Tras una botella de vino, vino otra y cuando me quise dar cuenta estaba en su habitación bebiendo gintonics y con el fuego y la pasión estallando en mi alma. No sé que me pasó, pero me sentía más viva que nunca.

Me acordé de Silvia, de su teoría sobre la infidelidad, sobre el agua que algún día yo también bebería. Dejé que me desnudase, que me besase, que acariciase cada rincón de mi cuerpo, ese cuerpo al que ya le iba pesando el tiempo, dejé que me susurrase cosas bonitas al oído, que me llenase de te quieros y de quiero estar siempre contigo, me dejé llevar por la pasión, por el momento, encerrando la razón en un pequeño bolso plateado que me acompañaba aquella noche, para que no me mirase y yo no me muriese de vergüenza. Me dejé querer y quise.

Cuando llegué a casa, Alberto y mis hijos dormían y yo no sabía si gritar de rabia o de felicidad. Había sido una de las noches más bonitas que recordaba. Me senté en la cocina, con la luz apagada y me puse a llorar.

Alberto sabía que algo me pasaba, era mi marido, me conocía desde que era una niña, me conocía mejor que nadie en el mundo, pero le dije que estaba cansada y un poco confundida en mi vida. No preguntó y estoy segura que sabía que había otra persona en mi cabeza, lo que no imaginó es que había otra persona que acariciaba mi piel y mis sueños.

Mis encuentros con Pau se repitieron durante cuatro meses, en Madrid o Barcelona, unos meses en los que no sabía si estaba más viva o más muerta que nunca, unos meses de deseo y dolor, de felicidad y tristeza, de rabia y amor, de pasión y miedo… Me había enamorado. Estaba enamorada de dos personas al mismo tiempo y esta vez la psicología que tanto dominaba no era capaz de encontrar solución. ¿Cómo me podía haber enamorado a estas alturas de la vida? Me había dejado llevar, por el impulso y el egoísmo, por las ganas de sentirme viva y romper con mi rutina, mi error había sido dar el primer paso y ahora ya no había marcha atrás. ¿Qué iba a hacer? ¿Dejaba mi vida entera, mi familia, mi marido y mis hijos por un hombre al que a penas conocía? ¿Me quedaba con mi marido al que ya había traicionado y engañado de por vida? Me estaba volviendo loca. Podría haberme callado, haber dejado de ver a Pau y haber hecho como si nada. Yo no era así, no podría vivir con esa mentira dentro de mí, no podía enterrar esos sentimientos como si nada, porque yo le quería, también a él le quería.

Alberto y yo firmamos los papeles de separación hace un año. Le destrocé la vida. Le destrocé la vida a mi compañero de vida, a quien me había querido y protegido desde la cuna, a quién había sido mi primer y gran amor, al que había sido mi confidente, mi amigo, mi amante, el padre de mis hijos.

Alquilé un pequeño apartamento en el centro de Madrid, mis hijos repartían su tiempo entre nuestra casa y la que ahora era la mía. Me miraban con reproche y aunque no dejaban de quererme en sus ojos veía la rabia y el odio. Entre Madrid y Barcelona cabalgaba mi vida. Pau era la pasión y el deseo, las ganas de estar viva. No había ni un sólo día en el que no echase de menos a Alberto, nuestra complicidad y nuestra vida. El ser humano es caprichoso y egoísta.

Dicen que la vida siempre pone todo en su lugar, y a veces, en su infinita sabiduría devuelve el dolor que se ha causado, todo lo que entregas, se te devolverá tarde o temprano, como dicen los más sabios, los actos se pagan con la misma moneda. Hace dos meses, Pau decidió volver con su ex mujer, de la que llevaba siete años divorciado y a la que, al estar conmigo, había echado mucho de menos. El día que me lo contó, sonreí en silencio. Entendí que mi capricho, mi irracionalidad, mi deseo por encima de la razón, me había salido muy caro.

En todo un año no volví a ver a Alberto, sé de él por mis hijos. No he visto a mis suegros porque la vergüenza no me lo permite y practicamente no he sido capaz de mirar a la cara a mis padres.
Hace dos semanas, un día antes de firmar nuestros papeles de divorcio, Alberto me envió un mensaje al móvil. En él, una hora y la dirección de un lugar que yo conocía bien.

Entré en el restaurante y el camarero me acompañó a la que iba a ser mi mesa, todavía estaba sola. Aquel era nuestro restaurante favorito, mi restaurante favorito de todo el mundo, su salón parecía transportado de otra época, cuadros gigantes envolvían el salón principal, con sillones y grandes ventanales, música celestial y silencio. Allí se respiraba paz y la comida y atención eran exquisitas. Empezaron a tocar el piano y sonó esa canción que me paró el corazón…

La canción que siempre sonaba, en aquel lugar que era nuestro, en aquella mesa, con aquellos recuerdos, con aquella melodía, con el dolor presente que por aquel entonces no existía… Con su caballerosidad y elegancia, con su saber estar y educación, le vi acercarse a la mesa con una media sonrisa y pude ver en sus ojos que me había echado de menos, como yo a él, pero mientras mi mirada aclamaba, avergonzada, el perdón, la suya derrochaba tristeza y gritaba que no… No podía perdonarme. No iba a hacerlo. Nos miramos en silencio y fue inevitable darnos un abrazo, las lágrimas caían en silencio por mi cara y entendí que aquella era nuestra despedida definitiva. En nuestro lugar favorito, con aquella canción que me paraba el corazón, con el hombre de mi vida, al que había perdido por un capricho del corazón…

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Feliz martes, amigos.

Lorena.

Bajo la misma estrella…

 

Me despedí de Madrid justo una noche antes de mi cumpleaños. He estado de vacaciones. Necesitaba desconectar del mundo entero (y aún así no me resistí a subir alguna foto a mi Instagram). Llevaba unas semanas con una presión mental demasiado fuerte y nada buena, necesitaba desconectar de todo y todos, por eso no he escrito nada estos días, he tenido, incluso, la mayor parte del tiempo el teléfono desconectado (muy raro en mí).

Me encanta celebrar mi cumpleaños, lo celebro durante días, porque ese año ya no se repite y porque nunca más volveré a cumplir 27 años (si me pongo negativa, no sé si cumpliré los 28, como no lo sabes tú). Me gusta reunir a mis amigos y a mi familia, me gusta ver junto a mí a las personas a las que quiero y ver cómo reímos, nos abrazamos y nos queremos… Lo hacemos cada vez que nos vemos, pero ya os digo que mi cumpleaños es especial para mí. Me llenaron de felicidad (y de regalos). Sergio esperó al último momento de la última celebración para sacar sus regalos… El último venía con una nota “No puedo escribir un libro por ti, pero si puedo ayudarte a plasmarlo… Te quiero” Y dentro del paquete venía mi nuevo juguete, con el que hoy os escribo. Después me instalé junto al mar y dejé descansar la mente, me llené de paz y de energía, me olvidé del trabajo, del ruido y del tráfico de Madrid.

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De vez en cuando, me gusta leer libros sobre adolescentes… Supongo que siempre habrá algo en mí de aquella adolescente que fui. A nuestro adolescente interior le tenemos marginado. Nos encanta decir que aún queda algo del niño que fuimos, nos produce ternura y una sonrisa, en cambio, nunca reconocemos que queda algo de adolescentes en nosotros, porque es la época tonta, el paso entre la infancia y la madurez y reconocer que guardamos algo de eso nos pone la etiqueta de no estar preparados para presentarnos al mundo como verdaderos adultos. Soy una persona adulta y madura (creo), pero espero que siempre haya en mí algo de la niña y la adolescente que fui.

En mi adolescencia fui muy feliz, muchísimo. Ya no sé si es que siempre he sido feliz o es que, pasado el tiempo, sólo soy capaz de recordar y guardar las cosas buenas. Creo que más bien es lo segundo y creo que es algo bastante importante que todos deberíamos hacer.

El primer amor llega en la adolescencia y eso es indiscutible (aunque seguramente no el verdadero), pero todos creímos en algún momento que éramos las personas más adultas del mundo cuando sólo teníamos quince años y que jamás podríamos volver a querer tanto como queríamos a ese chico o chica que nos volvía completamente locos. Ese chico o chica por el que después lloramos, por supuesto, y creímos que el dolor era tan grande que jamás podríamos superarlo. Sonríes, ¿verdad? Porque al final lo superamos, y porque no somos tan distintos.

Antes de salir de casa sabía que tenía que escoger un libro. Iba a estar unos días relajada y sólo me apetecía perderme entre páginas de papel y alguna historia que no me pertenecía. Me acerqué a las estanterías del pasillo y eché un ojo a unos cuantos que llegaron hace poco, su portada azul me llamó la atención y al leer el título pensé que me sonaba, segundos después supe que me sonaba. La película está ahora mismo en el cine, lo había visto en los carteles del metro. Prometía ser romántico y bonito, así que… ¿por qué no? Lo metí en la maleta.

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Lo leí en dos días. A veces me reía y Sergio me observaba, yo no alzaba la vista, pero de reojo podía ver como él sonreía sólo por mirarme. Era una historia de adolescentes, en la que en momentos veía reflejada a la adolescente que alguna vez fui y de la que espero aún llevar algo dentro. Me pegué a la sombra de Hazel Grace y seguí, a su lado, cada uno de los pasos de la historia que ha protagonizado.

Hazel es una adolescente que tiene cáncer de pulmón. Dos tubos van enganchados siempre a su nariz desde una botella de oxígeno para ayudarla a respirar y alargar, de este modo, su vida. La vida que ella sabe que más pronto que tarde acabará. Hazel está cargada de sueños, es una chica dura y valiente con una sensibilidad poco común. Inteligente, divertida y coherente. Detesta a muchas personas, y quiere mucho a muchas otras. Una de las tardes en las que acude a un grupo de apoyo de adolescentes con cáncer conoce a Augustus, un chico guapísimo que no deja de mirarla. Su media sonrisa, un paquete de tabaco que nunca se fumará y sus ganas de vida, enamorarán a nuestra protagonista y a los que observemos en silencio. Gus es el chico divertido, bueno, detallista y sorprendente que todas quisimos conocer de adolescentes, un chico hecho de sueños que pocas veces encuentras en la vida real (para nuestra tranquilidad, a veces hay suerte y lo encuentras. Existir, existen).

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El daño colateral de esta historia es el cáncer, del que todos vamos a ser “víctimas” a través de estas páginas. Hospitales, enfermeros, familiares detrozados, sueños arrancados, lágrimas, gemidos de dolor, jóvenes, niños, mayores, enfermos, sanos… Todos tienen cabida en una historia que lamentablemente se encuentra en la vida de muchas personas alrededor del mundo. El final ya se anunciaba triste desde la primera página y yo lloré a mares antes de llegar a las últimas diez.

Os invito a leer el libro, sin ninguna duda.

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Efectivamente, lo he hecho y he visto la película.

Nunca un libro se compara con una película, aunque la obra cinematográfica sea buena, el libro es la historia que conseguirás hacer tuya, visualizando a tu antojo cada rasgo de la cara de sus personajes o cada detalle de su habitación. Esa es la magia de la literatura, que tu imaginación y las palabras se funden para dar rienda suelta a tus sueños.

Yo sabía cómo acababa la historia, y desde la mitad de la película empecé a llorar. Al final, todo el cine lloraba. La película me encantó, casi tanto como el libro. La verdad que es buena. La interpretación de los protagonistas es brillante, y aunque al principio me decepcioné un poco porque no eran la Hazel Grace ni el Augustus que yo tenía en mi mente, pero a medida que avanzaba la trama, supe que Shailene Woodley y Ansel Elgort encajaban perfectamente con los protagonistas del libro. Todas las escenas principales de la novela están representadas en la versión cinematográfica, citando frases textuales del libro en la mayoría de los casos y no dejando nada en el tintero. El libro es más profundo, pero eso ya sabéis que pasa siempre.

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Cuando lees un libro así, con una historia como la de Hazel y Gus, sabes que hay amores adolescentes que son eternos, primeros amores que no se suplantarán bajo ningún concepto. En la vida real, a veces, el verdadero amor llega mucho después de la adolescencia, pero aún así te emociona recordar la inocencia con la que lo sentiste. Cuando lees una historia como la de Hazel y Gus, sabes que la vida es demasiado injusta con quien menos lo merece y que los que merecen ser castigados, muchas veces, acaban disfrutando demasiado. El cáncer no entiende de corazones buenos y malos, llega sin más, eligiendo al azar a sus víctimas, a quien lo padecerá y a todos los que lucharán junto al enfermo. El cáncer me da miedo, mucho miedo.

“Llegará un momento en que todos estaremos muertos. Todos nosotros. Llegará un momento en que no habrán seres humanos que quedan para recordar a alguien que alguna vez existió o que nuestra especie nunca hizo nada. ¡No habrá nadie a quien recordar! Ni Aristóteles o Cleopatra, y mucho menos a ti . Todo lo que hicimos y construimos , escribimos , pensamos y descubrimos será olvidado y todo esto habrá sido en vano. Quizá ese momento es muy pronto y tal vez hay millones de años de distancia, pero incluso si sobrevivimos al colapso de nuestro sol, no vamos a sobrevivir para siempre…”

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Buenos días, amigos.

Lorena.