Los ojos de Margarita.

Esta mañana me he levantado dando los buenos días en mi página de Facebook, anunciando que hoy venía con nuevo post y que vendría en forma de relato. También hablaba de mi necesidad y mis ganas de un cambio político y social en este país. LLevo todo el día tumbada en el sofá, malísima de la tripa, con dolor de piernas y brazos y con la sensación de no tener fuerza ni en los dedos, pero lo prometido es deuda y si yo he prometido un relato, un relato tiene que haber.

Por lo general, los relatos son de vuestros posts favoritos. Tanto, que a veces siento mucha presión a la hora de escribirlos, por si no cumplo vuestras expectativas o por si resulta que acaba siendo malo… Os dejo una nueva historia, para que hagáis como siempre quiero que hagáis, para que la leáis despacito, para que saboreéis las palabras y nos olvidemos durante un ratito de nuestras preocupaciones y nuestras vidas…. Que no paren las letras.

 

Los ojos de Margarita. 

Me resultan demasiado tristes las historias de amores imposibles. Me producen tanta tristeza que a veces prefiero no escucharlas, o no conocerlas. Me da pena la gente que ama de verdad y no consigue estar con la persona a la que desea. A veces, me planteo lo rápido que pasa el tiempo y me pregunto qué hemos hecho para que corra tan deprisa, me pregunto si nos hemos detenido a saborear de verdad la vida, o si simplemente nos hemos pasado la mayor parte de ella sufriendo por unas cosas u otras. Mi padre me dijo una vez que el ser humano es así, que no sabe disfrutar sin más, que la vida nos pone obstáculos para que aprendamos a sobrevivir, a ser fuertes, a superar problemas, miedos y desgracias. A mí, desde pequeño, eso me ha asustado mucho.

Me miro las manos y todavía no soy consciente de que todo ha pasado, las arrugas me recorren la piel, las manchas y los lunares son sólo las manchas de un viejo que lleva corbata y un pañuelo de tela guardado siempre en el bolsillo. Inexplicablemente, hay un momento en tu vida en el que sabes que ya no queda mucho tiempo. El paso de los años es importante en esta idea, por supuesto, pero es verdad cuando sabes que con ochenta años aún te queda toda una vida y cuando sabes que la vida se está acabando… Hace meses que tengo un fuerte dolor en el pecho y los médicos lo sentenciaron como un cáncer de pulmón que me va a arrebatar los suspiros en cuestión de semanas, o meses. Miro a mi alrededor y creo que he podido y he hecho todo lo mejor que he sabido, pero también creo que he tenido un sufrimiento aferrado al alma desde hace demasiados años.

Todavía es pronto, siento que aún tengo muchas cosas por vivir, tengo muchas cosas por hacer y sé que ya no hay remedio. Mi nieta mayor, Patricia, está a punto de dar a luz a su primer hijo, mi primer bisnieto y yo eso no me lo quiero perder. A veces, lloro por la noche porque tengo miedo. A mi edad todavía existe el miedo. Me siento afortunado por conservar mi salud mental en perfecto estado, por ser capaz de recordar cada momento de mi vida. María, mi esposa, murió hace más de una década, dejando a su familia sin el pilar que la sostenía. Mis hijos y nietos vienen a visitarme y mi hija Paquita no deja de cocinar para mí ni un sólo día. Es una santa, una mujer buena y noble, con una vida feliz y un marido que la cuida y la quiere. Era la que más unida estaba a su madre y sé que nunca ha podido, ni podrá, superar su pérdida.

Por alguna extraña razón, llevo varios días soñando con unos días que quedan tan atrás que ahora dudo si de verdad han existido o si los sueños me confunden. En cuestión de segundos sé que fue real, porque todavía recuerdo sus ojos y puedo sentir su aroma. Y eso, también eso, me asusta.

La vida en el pueblo era una vida humilde y tranquila. Sólo tenía siete años cuando oí a mi madre gritar. A mi padre, hombre bueno y trabajador donde los hubiese, lo acababan de encontrar muerto en el campo, mientras labraba la tierra. Un accidente me dijeron que había sido, años después supe que le habían pegado un tiro por tener una ideología distinta a la de sus asesinos, por querer luchar por sus derechos y buscar un futuro mejor para los suyos. Desde niño, acudía a la iglesia sólo para oír el viejo piano que tenía don Raimundo, el párroco de mi pueblo. Una noche, él se presentó en casa y habló con mi madre en la cocina, susurraban y llegué a entender que hablaban de mí, de mi futuro como músico y de mis dotes para ello. Tenía quince años cuando dejé a mi madre y a mis hermanos solos en el pueblo y me trasladé a Valencia capital a vivir con mi tía Remedios, que se había casado con un hombre rico y respetado. Gracias a los contactos de mi tío, al que yo no soportaba, empecé a estudiar música y a dar clases particulares a hijos y vecinos de sus amigos. Con el dinero que ahorraba, conseguía ayudar a mi familia y ser feliz trabajando en lo que más me gustaba.

Conocí a Margarita una tarde de enero. A las cinco estuve puntual en su casa para dar su primera clase de piano. Por aquel entonces, las mujeres de cuna alta, se refinaban a través de la música y finos vestidos de seda que cosían para ellas. La piel, pálida y delicada se escondía bajo una melena aterciopelada de color caoba y en su cara dos ojos verde esmeralda daban luz a aquella estancia. Jamás había visto nada igual, ni mujer más bella, ni mirada más pura. Supe que iba a enamorarme de ella hasta el fin de mis días. Semana a semana fuimos compartiendo melodías, notas y aprendizaje. Era inteligente, divertida, risueña y atrevida. Una tarde, antes de marcharme me preguntó si estaba libre la tarde siguiente y asentí.

Nos encontramos a las cuatro en la Estació del Nord y paseamos por las calles del centro mientras sus padres creían que ella estaba merendando churros con chocolate en casa de una de sus amigas. Tarde a tarde, fuimos haciendo de los encuentros nuestra rutina, y de la rutina nuestras vidas. No nos cogíamos de la mano por la calle, pero reíamos y compartíamos nuestros sueños. La besé por primera vez en una de nuestras clases. La besé durante muchos meses, en el cuello y en los labios, le acaricié el pelo, la piel, las piernas y los secretos. La hice mía tantas veces como la soledad nos lo permitía… Me miraba fijamente a los ojos y yo me perdía en ese mar que me regalaba su mirada. Margarita era el amor, Margarita era mi vida.

Una tarde, al llegar a casa, mi tío me esperaba fumando una pipa al lado de la ventana, mientras mi tía Remedios sollozaba en el sofá. Tenía las maletas listas y no querían volver a verme nunca más. El padre de Margarita, un empresario de renombre y con el poder de tener a toda la ciudad comiendo de su mano, había intentado organizar el matrimonio de su hija, cuando ésta se negó y dijo que ya estaba enamorada. Llamó a mi tío y le aseguró que le arruinaría los negocios y su fortuna si no me hacía desaparecer, juró matarme con sus manos si me veía. A mí, un chico de pueblo, de campo, a cuyo padre habían asesinado por pertenecer a un bando político y no a otro, a mí, a un pobre profesor de piano. No supe qué decir, me volví cobarde y me ahogué en el miedo. Cogí mis cosas y miré a mi tía, alcancé a ver en sus labios un “lo siento” empapado por las lágrimas que corrían en forma de cascada. Me fui de allí.

Durante dos tardes esperé en la puerta de la estación, a las cuatro en punto, como tantas otras veces. Al tercer día volví al pueblo. Me rendí a los tres días, me rendí por amor, por cobardía y por su bienestar. Ella no podría ser feliz conmigo, tenía pocos bienes que ofrecerle, ella estaba en otro mundo, en uno inalcanzable en el que yo sólo entraba para servirle, un mundo donde se aprendía a tocar el piano porque lo marcaba la sociedad y el estatus, un mundo en el que se fabricaban vestidos de seda a medida.

Años me costó superar aquello. A través de mi madre, que seguía hablando con mi tía, a quien nunca más volví a ver, me enteré que Margarita estuvo destrozada, que estuvo meses encerrada, llorando, sin comer, sin ganas de nada. Me enteré que con el tiempo se había casado con un amigo de la infancia, que la amaba, que la hacía feliz y la cuidaba. Me enteré que había sido madre cuando yo ya tenía a Juan, mi segundo hijo.

María fue una buena mujer, era maestra y adoraba el arte. Le encantaba escucharme tocar el piano, aunque a mí cualquier melodía, después de mis años en Valencia capital, me resultaba triste. Fuimos un matrimonio muy feliz. Me quiso con todo su corazón y yo la quise todo lo que pude. La respeté, la cuidé y juntos formamos una familia maravillosa, de gente buena, honrada y trabajadora.

No me gusta escuchar historias de amores imposibles, siempre me ponen muy triste.

Inexplicablemente, llega un momento en tu vida en el que sabes que no queda mucho tiempo. Te planteas qué has hecho mal, qué has hecho bien, y por qué el tiempo y los años han corrido tan deprisa.

Esta mañana, le he pedido a mi hija Paquita que coja el coche y me lleve hasta Valencia capital. Me enteré hace años que había heredado el señorial piso del cetro donde vivía con sus padres, donde tantas tardes de clases de piano compartimos, donde la besé una y mil veces y donde hice el amor como, lamentablemente, no recuerdo haber vuelto a hacer nunca.

Me miro las manos y todavía no soy consciente de que todo ha pasado, las arrugas recorren mi piel y me atrevo a entrar en ese edificio dónde observo un sólo nombre en el buzón. Margarita Martínez. Sólo su nombre. El de nadie más.

Mi hija Paquita ha aprovechado para hacer unas compras en la ciudad y yo he cogido el elegante ascensor hasta el piso tres. El portón de madera y pomo dorado aguarda en silencio. El timbre suena como si no hubiese pasado el tiempo. Tras la puerta abierta una mujer con cabellos blancos, elegante, distinguida, firme, serena, preciosa. Las arrugas le besan las mejillas y un sello imborrable ilumina su cara. Sus ojos verde esmeralda y el mar que en ellos habita me miran en silencio y se llenan de lágrimas. Sólo soy capaz de pronunciar a media voz, con el llanto en el pecho: Margarita

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

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Victor Elías: “Siempre arriesgo todo”

Tras unos días muy grises, por fin sale de nuevo el sol… El invierno acabó como primavera y la primavera ha llegado en forma de invierno. El frío vuelve a las calles de Madrid y hoy os traigo un nuevo post en forma de entrevista.

Os hablaba hace muy poco de Cosas de Tríos, la obra de teatro que está ahora mismo en la Sala Nada de Madrid, y no he querido perderme lo que piensa sobre ella y qué proyectos tiene uno de sus protagonistas. Hoy, te lo quería contar.

Victor Elías nace el 3 de marzo de 1991 en Madrid. Con sólo cuatro años empieza a trabajar en varias obras de teatro como La vida breve, El cerco de Numancia o Mariana Pineda, pero no es hasta el año 1999 cuando aparece por primera vez en televisión en Ellas son así. Sin ninguna duda, interpretar el papel de Guille, uno de los personajes de la conocida serie de Telecinco Los Serrano, marca un antes y un después en su vida y en su carrera profesional.

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Victor no ha dejado de trabajar, su escuela en la interpretación ha sido su trabajo y los papeles que ha desarrollado en su vida, pero más allá del teatro y la televisión hay algo que sin duda, hoy por hoy, protagoniza su vida: la música. Le conozco desde hace tiempo y creo que cada persona que ha coincidido con él estará de acuerdo en que su simpatía y su sonrisa siempre dispuesta le hacen especial. Victor lleva toda su vida trabajando en lo que más le gusta y sabéis que para mí, eso sólo puede dar felicidad. Los que no le conocéis, espero que os acerquéis un poco más a él a través de esta entrevista.

Nos encontramos en una terraza del centro de Madrid, y entre café y risas pasamos un rato lleno de anécdotas que Victor quiso compartir con nosotros y que tú no te puedes perder.

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LO QUE TE QUERÍA CONTAR: Buenos días Victor, bienvenido a Lo que te quería contar. Un placer tenerte aquí.

Víctor Elías: El placer es mío, muchas gracias a ti.

LQTQC: Vamos a empezar por el principio de todo. Con sólo cuatro años empiezas a trabajar en el mundo de la interpretación… ¿Qué recuerdas de todo aquello?

V.E: Recuerdo que me lo pasaba muy bien, para mi era como un juego. La primera vez que hice teatro era en vacaciones de verano, fue como “mi campamento de verano”.

LQTQC: ¿A esa edad un niño puede tener claro lo que quiere hacer, o podemos decir que se te impuso y resultó ser algo que te gustaba?

V.E: Es verdad que me llegó porque mi madre es actriz y fue algo que viví siempre de cerca. No llegó un día en el que dije “quiero ser actor”, pero evidentemente me gustaba y mis padres siempre han intentado que lo hiciese de una forma muy paulatina, respetando el colegio y mis estudios… Para mí era un juego y  me encantaba.

LQTQC: Sin ninguna duda, un momento crucial en tu vida personal y profesional fue ser uno de los protagonistas de Los Serrano. ¿Qué cambió a partir de ahí?

V.E: Pues no sé, muchas cosas… el salto a la fama, estar cinco años seguidos en un trabajo… Yo siempre digo que esa fue mi carrera, los cinco años de mi universidad, te cambia la percepción de las cosas y sobre todo aprendí mucho.

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LQTQC: En ningún momento has estudiado interpretación… Podemos decir que la práctica ha sido tu escuela.

V.E: Sin ninguna duda. En el trabajo es donde yo me he formado y he aprendido esta profesión.

LQTQC: Cine, teatro, televisión… Y más allá de la interpretación, tu vida está volcada a la música. ¿Cómo es tu vida como músico y qué proyectos tienes ahora mismo?

V.E: Si… Mi vida como músico es normal, toco el piano y ahora mismo estoy viviendo más de la música que de la interpretación. Soy un músico mercenario, es decir, me voy con quien me llame. No tengo ningun proyecto en concreto, podemos decir que tengo muchos.

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LQTQC: Si tuvieses que elegir… ¿Música o interpretación?

V.E: Siempre digo que no soy capaz de elegir, porque para mí las dos representan lo mismo: subir a un escenario y transmitir unos sentimientos. Es verdad que quizás la música tiene un punto en el que tienes más libertad, te permite jugar un poco más que el teatro y esa libertad me gusta, pero, sinceramente, no podría elegir.

LQTQC: ¿Qué es lo único que no arriesgarías jamás por tu profesión, bien sea la de músico o la de actor?

V.E: No sé… Creo que arriesgaría todo, siempre arriesgo todo.

LQTQC: Ahora mismo te podemos ver en el teatro con Cosas de tríos. ¿Contento con los resultados? ¿Qué nos puedes avanzar de la segunda parte?

V.E: La verdad que estoy muy contento… Tanto con mis compañeros como con el público. El público está respondiendo muy bien y a todo el mundo se le hace muy corto… Así que estoy muy feliz. Y de la segunda parte no puedo avanzarte mucho (risas) porque me acaba de llegar el guión. Puedo decirte que mi personaje en vez de estar con el personaje que interpreta Luisber, va a estar al lado del personaje de Alex.

LQTQC: ¿Por qué la gente tiene que ir a ver la obra?

V.E: Porque se lo van a pasar muy bien y se van a reír mucho… Creo que es una obra con un lenguaje muy televisivo y hace que el espectador esté muy a gusto. Es una obra cortita y muy divertida.

LQTQC: Vais a estar ahora de gira. Acabáis de estar hace una semana en Murcia… ¿Podemos anunciar ya más ciudades o todavía no está cerrado?

V.E: Nos han comentado un par de cosas… se baraja Gandia, Vigo… Estaremos en varias ciudades, pero la gira todavía no está cerrada.

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LQTQC: Eres una persona muy conocida en nuestro país, e incluso han habido momentos de tu vida en los que eras un personaje público muy reclamado por los medios de comunicación, como fue la época en la que rodabas la serie de la que hemos hablado antes… ¿Cómo afecta esto a nivel personal? ¿La fama asusta?

V.E: Hay momentos para todo. Hay momentos en los que la fama gusta mucho y se agradece, pero también hay momentos duros, como por ejemplo cuando sólo tenía 14 o 15 años y no podía ir con mis amigos a cualquier sitio, o no podía hacer algo tan simple como subir en metro… Pero todo lo que te aporta bueno supera siempre a todo lo malo, sin duda. El problema que tenemos en este país, para mí, es que la fama tiene un sentido como que “todo el mundo es famoso”. Me duele que la gente me diga “eres famoso”, porque no soy famoso, soy actor. Creo que es la única putada de este país y la presión mediática, porque esto no sucede en otros países.

LQTQC: ¿Cómo imaginas tu vida dentro de diez años?

V.E: Pues la verdad que siempre digo que quiero tener una casa en Miami, así que supongo y espero que dentro de diez años la tendré… Me gustaría vivir en Estados Unidos y espero seguir tanto en la música como en la interpretación.

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LQTQC: Cuando acabe Cosas de Tríos, ¿hay ya algún proyecto pendiente?

V.E: Hay varios proyectos, pero todavía nada cerrado. Así que de momento aún no puedo decir nada.

LQTQC: Para ir terminando, ¿Eres feliz, Victor?

V.E: Mucho, soy muy, muy feliz.

LQTQC: Muchísimas gracias por haber estado en Lo Que Te Quería Contar, por haber compartido con nosotros tus sueños, tu trabajo y tu tiempo. 

V.E: Mil gracias a ti.

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Fotografía de la entrevista: Miriam Agudo de Blas

Feliz miércoles, amigos!!!

Lorena.