Gracias Gabo…

Sé que muchos esperabais que el siguiente post fuese la continuidad del relato que os dejé con el final a medias. Os prometo que la segunda parte de Por amor al arte llegará estos días, pero tras las vacaciones de Semana Santa y un intento fallido por desconectar del mundo, hoy debería dedicar unas humildes palabras a quien me regaló tantas palabras mágicas. Hoy te lo quería contar.

Estos días atrás a penas he estado mirando el móvil, no he visto las noticias en televisión ni un sólo día y no he leído los periódicos. Leía vuestras menciones en Twitter y poco más. La noche del jueves fue la única noche que sin saber muy bien por qué leí unos cuantos Tweets de todos aquellos a los que sigo… Tweets y RT… La noticia ya ocupaba todo el protagonismo en Twitter. No lo podía creer. Me crujió el alma.

Como bien os decía en mi página de Facebook, la vida está inevitablemente condenada a la muerte, pero cuando muere alguien tan grande entre millones y millones de personas… El corazón duele. Inevitablemente me acordé de José Luis Sampedro y ese post que les dedicaba a él y a su Vieja Sirena hace unos meses… Y otra vez la literatura llorando de rabia, y las letras gritando de dolor.

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Como a muchos los grandes, Amparo, mi profesora de literatura del instituto, se encargó de presentarmelo. El amor en los tiempos del cólera fue nuestro primer contacto, nuestras primeras caricias, mi amor incondicional por él, a primera vista. Aquella historia me enamoró por querer hacerla tan mía que quise compararla con un pequeño trozo de mi vida. En el protagonista, Florentino Ariza, enamorado toda su vida de la protagonista, vi un reflejo basado en la inocente y soñadora adolescencia de mi misma. Durante muchos años, le recordé esta historia a un chico que me había gustado desde siempre con el que durante muchos años soñé que me casaría. Con el tiempo, él se convirtió en mi amigo y pude explicarle cómo años atrás leyendo las palabras de García Márquez y una historia de amor que había costado más de 53 años para hacer feliz a su protagonista, había pensado en él y había sonreído al saber que nada es imposible y que el tiempo en el que estemos vivos será nuestra garantía para poder cumplir todo aquello que soñamos, sin importar el cómo y el cuándo. Quizás, simplemente por esto, aquella se convirtió en una de mis obras favoritas de todos los tiempos.

En mi primer año de universidad y con la moda aún creciente de celebrar el “amigo invisible” por Navidad, uno de mis profesores propuso hacer un amigo invisible en el que sólo se pudiesen regalar libros. A Ana, a quién por aquel entonces a penas conocía y con quien unos años después compartiría uno de los mejores viajes de mi vida, no dudé en regalarle un libro de uno de mis escritores favoritos y recuerdo que en la dedicatoria le puse que sólo esperaba que lo disfrutase tanto, como lo había disfrutado yo. La obra elegida fue Noticia de un secuestro.

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García Márquez es uno de esos escritores que forman el boom latinoamericano, uno de esos genios que han dedicado su vida al arte, a las letras y las palabras. Además de escritor, su vida ha tenido una larga trayectoria en el mundo del periodismo, aunque él estudiase derecho. Recuerdo cuando hace años se publicó aquella carta de despedida en la que sólo quería recalcar las cosas importantes de la vida y como mi amiga Norma me la envió en un e-mail para que me emocionase tanto como lo había hecho ella…

Yo, con una ideología bien lejana al catolicismo y a su iglesia, no dudé quien era el verdadero protagonista de este jueves santo que dejaba sin un brazo a la literatura contemporánea. Me emocioné de ver a tantísima gente citándole en las redes sociales y deseé que todos ellos le hubiesen leído, al menos, alguna vez. Me emocioné de ver a la literatura tan viva y saber que muchos genios fueron reconocidos también en vida. A García Márquez su Premio Nobel de Literatura en el año 1982 no le supuso el premio a una carrera literaria finalizada, el reconocimiento a un “ya está todo hecho”. Por el contrario, jamás dejó de escribir. Nos ha dejado una herencia literaria que viajará por los años, por los tiempos y las generaciones, y nosotros, estemos donde estemos, podremos contar, hasta que la vida nos lo permita, que estuvimos vivos en aquellos años en los que él todavía escribía historias, hacía reflexionar al mundo y creaba arte con sus libros y sus cuentos.

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En el año 2000, un año después de que le diagnosticaran un cáncer linfático que finalmente ha acabado con su vida, decía en una entrevista a El Tiempo en Bogotá:

Hace más de un año fui sometido a un tratamiento de tres meses contra un linfoma, y hoy me sorprendo yo mismo de la enorme lotería que ha sido ese tropiezo en mi vida. Por el temor de no tener tiempo para terminar los tres tomos de mis memorias y dos libros de cuentos que tenía a medias, reduje al mínimo las relaciones con mis amigos, desconecté el teléfono, cancelé los viajes y toda clase de compromisos pendientes y futuros, y me encerré a escribir todos los días sin interrupción desde las ocho de la mañana hasta las dos de la tarde. Durante ese tiempo, ya sin medicinas de ninguna clase, mis relaciones con los médicos se redujeron a controles anuales y a una dieta sencilla para no pasarme de peso. Mientras tanto, regresé al periodismo, volví a mi vicio favorito de la música y me puse al día en mis lecturas atrasadas”

Escribió por pasión, por vocación y nos regaló al mundo entero miles de páginas llenas de sabiduría, verdad, crítica, vida, política y amor… Y yo sólo puedo estar agradecida.

Duele el corazón cuando del mundo desaparecen personas tan necesarias, tan sabias. Cruje el alma cuando un genio muere.

“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”

Entre otros, la crónica de una muerte anunciada nos parecerá cien años de soledad en las memorias de sus putas tristes

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GRACIAS GABO. 

Feliz lunes, amigos.

Lorena.

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Tu viniste, yo me voy.

Empezar las vacaciones siempre trae felicidad. Salir de la rutina es liberarse de muchos quebraderos de cabeza que inevitablemente forman parte del día a día.
Por unos días me alejo de la ciudad hechicera, de su ruido, sus luces, sus prisas y su vida. Y sonrio. No sonrío por alejarme, porque a penas la he dejado y ya la echo de menos. Sonrío por la paz que me produce ir a reencontrarme con los míos. Con la gente que conozco desde que mi memoria es capaz de alcanzar, por saborear durante unos días el dulce olor de mi casa o respirar el aroma de la comida de mi abuela. Esos son los pequeños detalles y las pequeñas cosas que a mi me dan la vida.

Te quería contar que me he acordado, de repente, de una columna de opinión que leí hace muchos años en El País. La escribía Susana Fortes y hablaba de los olores de su infancia, de su abuela y su casa.

Todos soñamos y muchos decidimos perseguir nuestros sueños, por eso nos alejamos de nuestras casas y nuestras familias, no es fácil, pero tomamos la decisión de no conformarnos, de buscar nuestra felicidad en otro lugar, lejos de quienes, al fin y al cabo, son las personas más importantes de nuestra vida. Y nos vamos. Y es entonces, cuando estás lejos, cuando te acuerdas de lo bonitas que son las calles de tu pueblo, de lo mucho que te gusta reír con tu familia o de lo bien que sabe la comida que menos te gustaba.
Recuerdo que leí aquella columna de Fortes cuando aún vivía en mi casa y aún no era consciente de lo mucho que se pueden llegar a echar de menos los olores del día a día. Y con el tiempo, aunque eres verdaderamente feliz luchando por lo que quieres y aquello a lo que aspiras, sabes que la felicidad en estado puro les pertenece a los que te arroparon siempre, desde que naciste. Las calles que te vieron crecer tienen el poder de enamorarte en la distancia como nunca fueron capaces de hacerlo y el lugar de donde vienes te hace saber que no debes olvidarlo. No debes olvidar nunca lo que fuiste, de dónde viniste, ni con quién estuviste.

Me quedo en silencio y sé que yo no estoy tan lejos. Y entonces se me encoge el corazón cuando pienso en esos miles de jóvenes que tienen que emigrar a otros países en busca de una, sólo una, simple oportunidad. Pienso en los miles de jóvenes de mi generación que tienen que “huir” a buscar un trabajo, a aprender un idioma, a empezar de cero, con títulos universitarios, con títulos de post grado, o simplemente con las ganas y la necesidad de tener un trabajo. Todo colgado a la espalda, con una maleta llena de sueños y nostalgia.

Se van del país que hasta hace unos años les brindaba becas y apostaba por ellos, les encendía la sonrisa y les decía que estudiasen y se formasen profesionalmente. Podrían comerse el mundo. Les decían, claro. Y en las palabras de quedaron las promesas y se ahogaron las esperanzas.

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La realidad que nos bombardea no nos brinda una oportunidad. Y muchos se marchan con la ilusión de una nueva vida, otros lloran porque no tienen otra salida. Una vez leí en una red social que alguien decía: “Mar, tierra y aire, esas son las salidas tras acabar la universidad”. Y entonces siento mucha pena. Más que pena siento impotencia. Siento tristeza. Siento rabia ante un gobierno que me ahoga, que ahoga a una generación perfectamente preparada, formada, capacitada. Siento rabia ante un gobierno que está recortando mi sanidad, y por tanto mi vida, y también la tuya. Siento rabia ante un gobierno que recorta mi educación, y ante un gobierno al que pudre la corrupción.

Y al mismo tiempo que pienso en todos los que de van, pienso en todos los que un día vinieron. Gente que al igual que nosotros hacemos ahora, tuvo que dejar su familia, su país, su vida por buscar simplemente un trabajo, al que supuestamente todos tenemos derecho. Recuerdo a arquitectos trabajando de albañiles, o la historia de un médico que aquí trabajaba en la obra en pésimas condiciones. Pienso en la “grave enfermedad” que es la xenofobia, en el veneno de la gente que excluye socialmente a quienes vienen de cualquier otro rincón del mundo. En la irracionalidad de quienes de creen seres superiores por el color de su piel, o en la intolerancia de quien rechaza sin saber que quizás un día la vida dé un giro y las cosas se pongan del revés.

“Nihil novum sub sole” me enseñó mi profesor de latín. No hay nada nuevo bajo el sol. Y es que a muchos de les olvidó que la historia siempre se repite, que sus antepasados tuvieron que emigrar y que sus descendientes también lo harán.
Y en este contexto de xenofobia e injusticia social, quiero recomendarte un libro que leí en la facultad. Cabeza de turco, del periodista alemán Günter Walrraff.
En el libro se narra su propia experiencia, al hacerse pasar por un inmigrante turco, para tener acceso a los peores trabajos en la Alemania Occidental de la década de 1980.
Decidió investigar a fondo las calamidades que los inmigrantes soportan argumentando que “hay que enmascararse para desenmascarar a la sociedad”.

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Quizás a más de uno le vendría bien concienciarse a través de estas páginas. Y a todos los demás, a los que sienten pena por los que deben irse y por los que tuvieron que venir, que por suerte somos la mayoría, estoy segura que os encogerá el corazón y tendréis más ganas que nunca de luchar contra la irracionalidad. Porque siempre, para entender cualquier situación, debemos ponernos en el lugar de los demás. Porque no somos tan distintos, porque al igual que tu viniste, yo me voy.

Ya veis que una no descansa ni si quiera en el momento de desconectar, pero la felicidad de volver a casa, aunque sólo sea por unos días, me ha hecho pensar en la tristeza de quienes no pueden hacerlo, ni saben cuando podrán.

Feliz martes, amigos.

Lorena.

Una copa de vino y sexo en Milán.

Teniendo en cuenta que hace sólo un par de semanas pasé unos días en Milán, seguro que a muchos de mis conocidos este titulo les va a confundir. Tranquilo, no vengo a hablarte de mi viaje, ni de mi romance, que podría, pero no. Vengo a hablarte de lo que más me gusta. De páginas y letras.

Los que me conocen saben que soy melodramática por naturaleza, que la vida me ha regalado con generosidad una sensibilidad que me hace vivir las emociones de una forma intensa. Tanto las buenas, como las malas. Cuando cuento algo bueno, la gente me dice: “Por qué te pasan cosas tan emocionantes?”. No saben que quien las hace emocionantes soy yo al contarlas. Las vivencias no son extraordinarias, son normales, como las de cualquiera. Pero claro, cuando me pasa algo malo, lo paso realmente mal, porque todo me afecta, quizás demasiado. Ya sabes, todo tiene su lado positivo y su lado negativo. Por suerte suelo vestirme con una sonrisa cada mañana y afrontar con alegría cada día.

Conocí a Ana Milán a través de la televisión, como quizás también la conociste tú. Un día alguien debió mencionarla en Twitter, algo hizo que ella se cruzase entre los tweets que leía y empecé a seguirla. Me parece divertida y graciosa. Tiene sentido del humor y las palabras adecuadas para cada momento (claro, además de actriz, también es periodista!).  Sexo en Milán comenzaba a ser un tema de actualidad. Ana Milán se hacía eco de las criticas que recibía de sus seguidores a través de la red social. Parecía atractivo. Me picaba la curiosidad y claro, había que leerlo.

Hoy te quería contar que hay libros que merecen ser leídos con una buena copa de vino. Yo suelo ser de novelas largas, de dramas y misterios, de historias de amor imposibles, de momentos clandestinos y sufrimientos románticos. Pero a veces, es necesario leer para reír. Y para sonreír.

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Sexo en Milán es uno de esos libros que me ha hecho reír, mucho. Para estos días de calor lo ideal es tropezar con un libro fresco, entretenido, divertido y ameno. Estos son los ingredientes principales que se entremezclan con recetas de cocina, amistad y amor, entre las páginas de color rosa que ella nos brinda.

Recuerdo que leí este libro en una de esas épocas tontas que a veces el amor (más bien el desamor) te regala. En una de esas épocas tontas en las que los hombres resultan un problema, y sientes que cuanto más lejos les tengas, más feliz serás. Una de esas épocas en las que necesitas que tus amigas te abracen sin parar, en las que necesitas sentarte en un sofá con ellas a reír y a llorar durante horas, hablando tonterías o intentando solucionar el mundo. Una de esas épocas en las que lo único que necesitas es mimarte. Y encontrarte a ti misma.

Me sumergí en las páginas de Ana Milán y me camuflé entre sus palabras, hasta tal punto que podía sentirlas mías. Me sentí identificada y me vi reflejada en muchas anécdotas, vi reflejadas a mis amigas, vi reflejados sentimientos y entendí que podrán cambiar los personajes y los escenarios, pero al final, no somos tan distintas.

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Recuerdo perfectamente cómo me sentí en el momento que acabé el libro. Me apeteció ponerme unos tacones, pintarme los labios rojos, tomarme una copa y comerme el mundo entero, ahí, en ese mismo instante, y en un momento.   Recuerdo que lo escribí en Twitter, y recuerdo que mi amigo Tomás me contestó: “Hazlo“.

Porque Sexo en Milán es “un libro de chicas, para chicas, que deberían leer los chicos“. 

Al final, las épocas tontas del desamor siempre pasan. Y el amor vuelve, con más fuerza que nunca, de la mano de quien menos te lo esperas. Y entonces te quedas en silencio y sonríes, y cuando besas, sientes que estás besando por primera vez. Porque sí, siempre pasa.

Por si no lo conocías, te presento Sexo en Milán porque hay libros que están hechos para mimarte, y merecen que los leas pensando solamente en ti (a veces no está mal ser un poco egoísta), con una sonrisa y una buena copa de vino.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

Adiós dos veces…

Te quería contar que los miércoles siempre me han gustado. Los miércoles saben a esa mitad de la semana que te despierta una sonrisa, te acerca al descanso y te hace sentirte mucho más feliz que el lunes, por ejemplo, aunque sólo los separen un par de días. Pero hoy ha sido un miércoles raro, gris, apagado y muy, muy triste para la cultura de este país.

Hemos empezado el día con la noticia de la muerte de Jesús Robles, fundador de una de las librerías más especiales y con más encanto de Madrid. Robles nos enseñó que el cine también se lee, y fusionó sus dos pasiones en un espacio maravilloso que regentaba junto a su esposa en el centro de la ciudad.

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La librería Ocho y Medio es un lugar emblemático para los amantes del cine. Situada en la Calle Martín de los Heros, se convirtió en el rincón favorito de muchos seguidores del cine y la literatura, así como el de muchos actores, directores y escritores. Según cuentan, Robles se ganó el cariño y respeto de todo el gremio. Su interés y su pasión por el séptimo arte le llevaron a ocupar un lugar privilegiado en el corazón de muchos profesionales. Y así se ha demostrado hoy en las redes sociales, dónde las muestras de cariño han sido interminables.

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Alex de la Iglesia, por ejemplo, escribía en Twitter: “María, ánimo. Te quiero @Libros8ymedio ” (Refiriéndose a la esposa del fallecido), o Maruja Torres, que decía: “La gente como Jesús Robles no muere: se va a la pantalla”.

A la librería Ocho y Medio no le hace falta publicidad. Hace muchos años que eso no es necesario. Pero si te gusta el cine, deberías pasar a echarle un vistazo porque estoy segura que te enamorará. Lamentablemente, no será Jesús Robles quien te atienda, pero estoy segura que esas cuatro paredes han querido empaparse de su magia para siempre.

Además, la librería cuenta con una maravillosa terraza dónde tomar un café rodeado de libros y arte. Sólo recomendado para los verdaderos amantes de la cultura.

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El día ha seguido y unas horas después se confirmaba la muerte de la periodista Concha García Campoy, que ha fallecido en un hospital de Valencia, tras varios años luchando contra la leucemia.

A sus 54 años, y con una carrera profesional más que admirable, la periodista ha dejado un vacío impactante entre compañeros y profesionales.  Tras una vida dedicada a la radio y la televisión, con numerosos premios y galardones como el Premio Ondas o el Micrófono de Oro, entre otros, Campoy trabajaba desde 2011 en la Dirección del Informativo matinal de Tele 5 (Mediaset), siendo éste su último trabajo.

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Como en el caso de Robles, el revuelo en las RRSS no se ha hecho esperar. Conmoción y dolor se mostraba en Twitter por su pérdida. Entre los miles de comentarios, Elvira Lindo, por ejemplo, publicaba: “Se fue Concha García Campoy. Colaboré con ella en la radio. Fue una maravilla, como amiga y como directora. Lo siento mucho”, o el periodista Jordi Évole, que decía:”Uno de mis primeros recuerdos radiofónicos: A vivir que son dos días. Gracias Concha García Campoy. Mucha pena”.

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Decir adiós nunca es agradable. A casi nadie nos gusta. Por suerte, en la vida hay personas que, aunque no conozcamos, son capaces de robarnos un trozo de corazón cuando se marchan, cuando nos tenemos que despedir de ellas. Porque hay personas que son capaces de brillar con fuerza y son admiradas. Mucho. Hoy siento mucha pena, porque no hemos tenido que decir solamente un adiós, sino que hemos dicho adiós dos veces y  hoy no tengo mucho más que añadir.

Ha sido un miércoles raro, gris, apagado y muy, muy triste para la cultura de este país.

 

Buenas noches,

Lorena.