Y le quise ver mil veces…

Reconozco mi poca vergüenza. Os prometo que la reconozco, que no tengo excusas, sólo falta de tiempo…

El otoño ha llegado con fuerza a Madrid y si os digo la verdad, a mí me gusta tener que ir sacando ya alguna que otra chaqueta del armario, la chupa de cuero, los botines o los pantalones largos. Esta mañana he empezado mi lunes trabajando desde aquí, mi ciudad adoptiva, que cada día me tiene más enamorada (aunque parezca imposible) y la terminaré trabajando desde Italia, con una compañía inmejorable y eso, además de que no puede sonar mejor, es una auténtica gozada. A estas horas he decidido prepararme un té verde calentito, mientras el fresquito golpea la ventana y yo me reencuentro con vosotros. ¿De qué forma? Pues a través de un relato… No he encontrado otro modo. Es lo único que hoy necesitaba y os quería contar…

Leed despacio, como siempre, acurrucaos en el sofá y dejar, por unos minutos, de lado la realidad.


 

Y le quise ver mil veces…

Aquel día le vi, y fue casi sin querer, pero fue inevitable. Le vi. Y eso que aquella mañana mi amiga Sofía me había advertido de lo que iba a suceder. Ella sabía que yo saldría de casa y que le iba a ver, y yo negaba, y me reía y le decía que no, que tenía otros planes, que no me iba a cruzar con él… Que no iba a hacer por cruzarme con él. Pero lo hice, como lo llevaba haciendo durante meses…

Nos habíamos conocido muchos años atrás. Habíamos coincidido en una academia de verano de esas a las que van los pringados que, de un modo u otro, necesitan tener una obligación para levantarse cada mañana y estudiar para septiembre. Nos caíamos bien, es que eso se notó desde el principio. Por aquel entonces, él tenía novia y yo… Yo no tenía absolutamente nada. A ver, pongámonos en situación… Compartimos unas clases particulares en una academia, un verano, nada más (¿qué más da si tenía novia o no?). Si digo que no me fijé en él, miento. ¿Quién no se fijaba en él? Era prácticamente imposible. No sé muy bien si por esos ojos verdes, si por esa piel tostada, si por ese pelo despeinado o por esa chulería que le hacía irremediablemente adorable (y apetecible). Compartimos risas y buenos momentos, después, obviamente, cada uno siguió su vida. Es más, creo que él se fue de la ciudad… Bueno, no lo creo. Lo sé. Se fue a estudiar fuera y no le volví a ver hasta que no pasaron dos años, en una noche de viernes, por pura casualidad. Los dos nos alegramos de vernos, es verdad. Se notó, incluso desde lejos. Nos dimos un abrazo, nos regalamos las sonrisas que se regalan aquellos que hace tiempo que no se ven y se caen bien y estuvimos un rato charlando, entre risas, entre tonterías y complicidad (imposible negarlo). Dijimos de tomar un café, algún día, ya nos llamaríamos, si eso…

Pues me llamó. Me llamó al día siguiente y acepté. Lo que iba a ser un café se convirtió en horas y horas de cañas, de risas, de miradas, de parar el tiempo, de olvidarse del planeta, de paseos sin objetivo, sin lugar de destino, de entrar a cualquier bar, de no mirar alrededor, de comernos con los ojos y divertirnos… Sobre todo eso. Y me besó. Y yo he de reconocer que aquel beso me gustó, no sé muy bien si me gustó de verdad o si fueron las cañas de más, pero me gustó, aunque casi ni lo recuerde. Después de ahí, creo que no hablamos mucho más, y no porque no nos hubiese gustado aquella tarde… Es más, creo que los dos decidimos guardarla como una tarde especial en nuestros recuerdos y dejarla ahí, bien conservada, para no estropearla… A veces, hay cosas que pasan en un momento concreto y deben quedarse así, como si las guardases dentro de una cajita y mucho tiempo después la volvieses a abrir, para mirar que sigue igual y sonreír y saber que el tiempo no ha estropeado absolutamente nada. Es difícil, pero a veces, hay cosas que deben pasar así. Creo que alguna vez nos volvimos a escribir, cada muchos meses, un qué tal estás o un hoy por casualidad me he acordado de ti… Sin más. Dos frases cordiales llenas de cariño (y pasión) cada cierto tiempo. Y así, durante cuatro años más.

Yo habría seguido tranquilamente con mi vida, con mi rutina, con mi casa y mi pareja. Habría seguido con la tranquilidad, respirando la paz en mi zona de confort. Habría seguido así mucho tiempo, habría seguido así para siempre y seguramente habría sido cobarde, ¿verdad? O quizás aburrida, o quizás jamás habría descubierto que se puede estar mejor. Bueno, olvidemos la última frase, porque realmente siempre se puede estar mejor, y peor, así que a veces, es mejor quedarse como uno está, pero es que otras veces… Es que otras veces el destino te manda una señal y sabes que todo tiene que cambiar, aunque te vuelvas completamente loca.

Cuatro años después nos encontramos en un bar, él con un grupo de amigos solteros y depredadores y yo con un grupo de amigas guapas y divertidas. Obvio, no fue difícil entablar conversación, ni si quiera alargarla a unas horas, ni si quiera acabar todos juntos de copas y fiesta por el centro de la ciudad… Y aquella noche nos reímos, como lo habíamos hecho cuatro años atrás, y nos mirábamos y sabíamos que ocurría algo, algo inexplicable, algo que nadie podía entender, aunque todos lo viesen, seguramente, más claro que nosotros… Insistimos en decirnos que no nos habíamos echado de menos y, entre risas, incluso que habernos reencontrado había sido el error del fin de semana. Y resulta ser que aquel error nos llevó a querer vernos prácticamente cada día.

A medida que le veía a él, mi  rutina se desmoronaba, mi zona de confort se iba haciendo pequeña y empezaba a ahogarme. Cada vez que le veía quería salir corriendo y decirle que me llevase de bar en bar, a tomarnos unas cañas, a reírnos y a besarnos como aquel día en el que sólo queríamos tomar un café. Pero no lo hicimos, nunca lo hicimos. Porque no nos besamos, ni una sola vez. Compartimos muchos cafés, muchas risas y compartimos una complicidad que de forma egoísta nos iba uniendo cada vez más. Una complicidad que pedía a gritos que nos abrazásemos, que nos apretásemos fuerte las manos y que apostasemos por aquello que sentíamos, que era lo que, realmente, nos estaba manteniendo vivos. Y sentíamos miedo, sin decirlo. Porque nunca se lo dije. A veces, no es necesario decirlo. Supongo que me lo leía en la mirada, como yo leía en la suya que quería que fuese suya, sólo suya, para siempre, de nadie más…

Hubo un día en el que no podía más. Llevaba viéndole meses, fingiendo que era mi mejor amigo, fingiendo que era su mejor amiga, fingiendo que no nos queríamos devorar, arrancar la ropa a mordiscos, tocarnos el alma con las manos y desgastarnos los labios y la piel a besos… No podía quitarlo de mi cabeza y sólo sonreía si él me escribía un mensaje. Tenía un problema, un verdadero problema. Aquel día le vi. Y fue casi sin querer, pero fue inevitable. Me había prometido no escribirle, no verle, distanciarme. No hacer daño a quien creía en mí, hacer caso a la razón… Pero, inevitablemente, yo siempre fui más del corazón. Le vi con la excusa de darle algo, su libro favorito, en edición limitada que lo había encontrado por casualidad, cuando se habían agotado todos los ejemplares y yo estuve semanas para comprar uno. Y sólo nos dimos un abrazo, y le sentí temblar como temblaba yo. Y entonces, sólo entonces, supe que había dos caminos: salir corriendo para siempre o quedarme y arriesgar. Pero joder, alguien saldría herido, y yo, sólo yo, sería la culpable.

Aquella noche volví a casa, y ni el abrazo de mi gata me dio el calor que yo esperaba. Encontré mi casa, mi hogar, completamente vacío, desangelado, frío. Miré a la persona que más había querido jamás, a quien más me había querido, y me pregunté cuánto tiempo hacía que habíamos dejado de estar enamorados y le abracé en silencio. Y lloré, lloré mucho. Y no nos hicieron falta las palabras, porque hacía mucho que lo nuestro no funcionaba, porque hacía demasiado que sólo éramos amigos… Y nos hicimos daño. Claro que nos lo hicimos y nos echamos de menos, y seguramente lo haremos el resto de nuestras vidas… Pero, a veces, el destino te manda una señal, y te pone a prueba, y tu eliges cómo jugar, qué hacer, si arriesgar o quedarte cómodo, sin más.

Y yo arriesgué. Y le llamé. Y le vi. Y sólo me hizo falta abrazarle para sentir que ya nada era igual, que todo había cambiado, en cuestión de segundos, que ahora podía ser verdad, que podíamos tener la oportunidad de intentarlo, sin saber si saldría bien o saldría mal… Y me vio llorar, y lo entendió todo. Y me besó. Aquel día me besó. Me volvió a besar, como hacía años que no lo hacía nadie, como si el mundo se acabase allí mismo, y me abrazó y supe que no quería que me soltase jamás… Y tuvimos que intentarlo.

Y pasaron los años. No sólo cuatro, pasaron ocho, y diez… Y un día nos casamos, rodeados de amigos, en una fiesta divertida, sin excentricidades ni extravagancias. Fue una ceremonia bonita, llena de cariño, de pasión y de mucho amor… Y tuvimos dos hijos, y son maravillosos, con los ojos de su padre y la mirada de su madre. Y los miro, y entonces sé que lo hice bien y que hay veces que, simplemente, la vida te manda una señal, un aviso, de la forma que sea… Por un encuentro casual, un tropiezo o una canción. Hay caminos que aunque no los quieras recorrer, si están en tu destino, acabarás por perderte en ellos. Y le vi, y menos mal que le vi. Y que le quise ver mil veces…

destino

Buenas noches, amigos.

Lorena.

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Desmonté el mundo.

Queridos míos, os he insistido tanto en que la primavera es mi estación favorita del año que hoy mismo me cuestionó si yo he perdido la razón o la ha perdido el tiempo, porque la primavera, como tal, ha desaparecido. El calor del pleno verano, ha llegado sin avisar, y mientras hace una semana todavía llevaba pantalón largo y chaqueta, hoy visto ropa que me pongo en pleno mes de julio.

He pasado unos días en mi tierra, disfrutando de las fiestas de Palomar con mis amigas, dónde me reencontré, después de diez años, con uno de los profesores que han marcado mi vida y fue para mí algo tan, tan bonito…  y estuve en l’Olleria, disfrutando de la comunión de mi prima Marta (ella es una de mis cosas favoritas de la vida), viviendo un fin de semana súper familiar y especial para nosotros… Porque en l’Olleria, las comuniones, más que un acto de fe, son toda una tradición y celebración y yo he sido muy feliz de verla a ella con tantísima ilusión…

Al llegar a Madrid, me doy cuenta lo bien que se está en el Mediterráneo, porque allí, aunque el calor sea igual de exagerado, el mar está bien cerca. Hoy me reencuentro con vosotros con un post en forma de relato sobre una de las caras del amor, una de esas caras que desde lejos, nos atrevemos siempre a juzgar, sin pensar realmente qué sienten sus protagonistas… Y aunque yo siempre he sido de las de defender que las cosas se pueden evitar y sobre todo, en estos temas, suelo estar en contra de los que se enamoran… Hoy he necesitado ponerme en su piel, porque a veces, la locura y el dolor, son los únicos que nos llevarán a la cordura y la felicidad.

Leed despacito, como siempre.


Desmonté el mundo.

Por aquel entonces yo debía tener unos veintitrés años. Tenía las ganas de vivir aferradas al alma, tenía ganas de comerme el mundo, estaba en mi segundo año de facultad y todo era bonito. Me había trasladado a la ciudad y vivía en un antiguo piso que mi abuela paterna conservaba, un piso deshabitado desde hacía muchísimos años y que mientras a mi madre la horrorizaba, yo vi su encanto desde el minuto uno. Recuerdo la primera vez que entré en él. Aquella casa olía a soledad y polvo, era un lugar oscuro al que sólo hacía falta abrir las ventanas, limpiar a fondo y darle una mano de pintura para convertirlo en un lugar acogedor. Cambié algunas cosas, algunas cortinas, algunos muebles, parte de la decoración, las almohadas, el colchón… Poco más. Me gustaba aquella casa, combinando lo antiguo con lo moderno, lo viejo, lleno de recuerdos y vivencias, con las cosas recién estrenadas. En el salón, un gran ventanal se abría a un pequeño balcón al que le puse una pequeña mesa de madera y un par de sillas, unas flores y mi café cada mañana. Al lado de aquel ventanal, en el interior de la casa, conservé un viejo tocadiscos que me parecía maravilloso, y justo a su lado, una estantería llena de libros e historias que otros habían escrito para que me acompañasen en el camino de la vida. Mi gata Lulú se mudó conmigo y cuando todo estuvo terminado, las dos nos miramos y asentimos. Nos gustaba nuestro nuevo hogar.

Acudía a clase por las mañanas, estudiaba y pasaba apuntes por las tardes. Los fines de semana, trabajaba en una cafetería y en verano aprovechaba para dar clases particulares a aquellos niños que en septiembre tenían que recuperar algunas asignaturas del curso anterior. Desde muy pequeña supe que quería ser abogada, seguramente lo supe antes de saber en qué consistía realmente aquello, pero una vez, viendo una película con mi madre, le dije que yo quería hacer lo mismo que hacía el señor de la pantalla, quería hablar por otros y ayudarles, quería defender a los buenos y meter en la cárcel a los malos, y entonces ella me dijo que para eso, tendría que estudiar mucho y sacar muy buenas notas en el colegio. Así lo hice.

Por aquel entonces yo tenía veintitrés años, veintitrés años recién estrenados y un sin fin de planes en los que por supuesto, él no entraba. Todo cambió aquella tarde de junio en la que se cruzaron nuestras vidas…

Marisa, una señora de voz dulce y educada, me había llamado hacía sólo unos días porque había visto mi anuncio sobre las clases particulares. Su hijo Víctor, necesitaba ayuda en los exámenes finales y además, seguramente, iba a necesitar ayuda durante todo el verano para preparar los exámenes de septiembre. Me avisó que tenía 13 años y la tontería eterna del adolescente que se cree mayor y lo sabe absolutamente todo.  Vivían sólo a dos manzanas de mi casa. Vivían en un quinto piso, en un edificio de color marrón y tostado. Aquella casa me daba paz, quizás por lo silenciosa y sola que estaba. Olía a limpio y tenía las paredes blancas. En el salón, donde daríamos nuestras clases, habían fotos familiares repartidas por estanterías y muebles, algunas en la playa, otras en la nieve, todas ellas enmarcaban sonrisas y felicidad, enmarcaban la infancia de unos niños que ya habían perdido su inocencia. La madre de la criatura me pareció más dulce todavía en persona que por teléfono y el rebelde adolescente, en el fondo, me hacía gracia, se ponía rojo cada vez que le hablaba y no se atrevía a levantar los ojos y mirarme a la cara. Como por aquellas fechas, yo también estaba de exámenes, nos veíamos todas las tardes, de lunes a jueves, una hora y media cada día. Me pagarían al final de cada semana, y a mi me parecía genial para mis gastos y caprichos que llegaban al mismo tiempo que el viernes en el calendario. Víctor tenía un hermano mayor, de dieciséis años que al parecer, aunque no fuese un estudiante brillante, cumplía con sus obligaciones y una hermana pequeña, de ocho años que era una preciosidad y, sin ninguna duda, la princesa de la casa. Una tarde en la que Marisa salió a recoger un vestido que tenía encargado llegó Jaime, el padre. No había coincidido nunca con él y en el momento que se cruzaron nuestras miradas supe que mi vida estaba perdida para siempre.

No podía creer que aquel hombre, que era increíblemente guapo y atractivo, pudiese ser tan mayor como para tener tres hijos y una mujer. Nuestras miradas se cruzaron en silencio, como se cruzan las miradas de dos personas que ya se han visto antes, que se suenan de algo y no saben de qué, se cruzaron como se cruzan las miradas de quienes se devoran con las mismas y sienten que el resto del mundo se ha desvanecido a sus pies. Me levanté para presentarme y en el momento que me dio dos besos se me erizó toda la piel, ni yo misma podía entender qué era lo que estaba sucediendo. Cuando salió del salón, me miró con una delicadeza que no había visto jamás en ningún ser humano y asintió. Entonces supe que él sabía lo que a mí me estaba pasando, y lo que es peor, supe que a él le estaba pasando lo mismo.

Aquella noche no pude dormir. Sin saber cómo, ni por qué, me estaba volviendo loca de rabia, sólo le había visto una vez y sólo quería estar a solas con él, y quizás, como sabía que era imposible todavía lo deseaba más. Desde aquel día, mis clases particulares tenían un motivo de ser, sólo deseaba que fuese la hora para acudir a aquella casa, todas las tardes con la esperanza de volverle a ver. Tardé una semana en volver a coincidir con él, nuestras miradas volvieron a cruzarse, en silencio, calmadas, ardiendo, fuertes, seguras, irracionales, apasionadas… Y sabía que me estaba quemando, pero no quería dejar de jugar. Era una locura, pero necesitaba vivirla. Desde aquel segundo reencuentro, acudía casi todas las tardes, a la misma hora, con una excusa tonta. Su despacho estaba en el piso de abajo, así que era muy fácil para él. No había pasado absolutamente nada, ni habíamos cruzado más de dos palabras, pero empecé a tener miedo de que su mujer me viese mirarle, o que le viese a él mirarme a mí, empecé a temer que me dijese un día que ya no hacía falta que volviese más.

Una tarde, mientras su hijo se había escapado al baño, pasó por el salón y me vio sola, entró a preguntar si quería agua o algún refresco, que hacía mucho calor… Le dije que no se molestase, estaba a punto de marcharme a mi casa, y entonces, en ese instante me preguntó qué estudiaba… Cuando escuchó la palabra derecho le salió una medio sonrisa que a mí me hizo temblar el corazón y entonces me dijo que él era abogado y que cualquier cosa que necesitase, podía contar con él.

Mis ganas de verle, o simplemente de estar a solas con él, crecían por segundos. No me reconocía. No me importaba su familia, ni su mujer, ni nada, sólo quería estar con él y quería vivir, al menos una vez en la vida, las cosas con las que llevaba soñando desde que le había visto por primera vez. Una tarde, al cruzarme con él, le pregunté si podría echarme una mano con un tema que tenía atravesado y sobre el cuál me examinaba una semana después. Me dijo que al terminar la clase, pasase por su despacho. En aquella oficina trabajaban varios abogados, entre todos habían alquilado el local para que les saliese más rentable, y cada una de las habitaciones de aquel piso, eran las oficinas personales de cada uno de ellos. La suya daba a la calle, y el sol entraba con ganas por pequeños espacios que esquivaba a través de las cortinas. Me senté y empecé a exponerle mis dudas, me temblaba la voz y me sudaban las manos. Me miraba fijamente, en silencio, y entonces se puso a mi lado y me acarició la mano. Un silencio nos envolvió, y sin saber cómo, sentí sus labios sobre mi cuello, cogí sus manos y apreté mis senos, le besé cómo jamás había besado a nadie, le desabroché cada botón, le arranqué la camisa, le dejé subirme el vestido y apreté su espalda contra mi cuerpo que reposaba ya contra la pared y sentí como nos convertíamos en solo uno, con fuerza, rabia, pasión y miedo.

Cuando terminamos lloré en silencio, mientras él me abrazaba y me acariciaba el pelo… Aquel día cambió mi vida para siempre. Dejó de subir a su casa cuando yo estaba, nos veíamos en su despacho, con la excusa de mis dudas y su experiencia. A veces, sólo nos abrazábamos y nos besábamos, otras nos pasábamos un buen rato hablando, otras hacíamos el amor, y otras simplemente nos acariciábamos las manos. Me enamoré de él como jamás me he enamorado de nadie. La primera vez que vino a mi casa era un domingo, había dicho en casa que iba a comer con unos amigos, preparé pasta con tomate y bajé las persianas para que la luz del pleno agosto entrase con delicadeza por lo bajo. Alquilé unas películas, y estuvimos tirados todo el día, comiéndonos a besos, saboreando cada poro de nuestra piel, desnudándonos el alma y queriendonos sin límites ni por qués… Lulú nos miraba cómplices, sabía de él sin conocerle y sabía que yo jamás había sido tan feliz. Mi olor favorito era el de su piel, mis caricias favoritas las de sus manos y sabía que ya no quería hacer el amor con alguien que no fuese él…

Aquel fue uno de los veranos más tristes y bonitos de mi vida. Bonito por la pasión y las ganas y tristes por una clandestinidad que me hacía cada vez más daño, por seguir subiendo a aquella casa y ver aquellas fotos en el salón, por pasar por el lado de su mujer y sentirme tan desgraciada de su desgracia, por verle en una familia que no era mía, yo, que era suya… y él, que tanto me quería…

En septiembre mi dolor ya era insoportable y le dije a Marisa que no podía seguir dandole clases a Víctor porque debía centrarme en mi carrera. Nunca supe si lo hice por vergüenza, o por egoísmo, pero necesité salir de allí. Un año después, la situación era insostenible y yo sabía que estábamos locos el uno por el otro. Vivíamos ya dentro de nuestra locura, que era sólo nuestra, pero era la única forma en la que éramos felices. Se divorció. Sus hijos mayores tardaron muchos meses en poder perdonarle lo que le había hecho a su madre y a mí tardaron años en querer hablarme.

Mi madre montó en cólera cuando se enteró, me echó la culpa de absolutamente todo, pero con el tiempo supo entenderme y perdonarme. Nos instalamos en el viejo piso de mi abuela paterna, y lo hicimos nuestro hogar. Terminé mis estudios y nos casamos cinco años después. Olivia llegó a nuestras vidas cuando yo cumplí los veintinueve y Claudia sólo quince meses después. Montamos nuestro propio bufete de abogados y trabajamos juntos formando un equipo que no podría ser mejor.

A veces, me pregunto si algún día la vida me perdonará el daño que hice, o si la vida, mirándonos desde lejos, sonríe y entiende que a veces, no podemos controlar nuestros destinos, nuestros caminos y nuestros actos, y si quizás ella, me ha perdonado ya, entendiendo que el amor, a veces, simplemente nos vuelve locos y necesita desmontar el mundo para que dos almas se lleguen a encontrar. Yo desmonté el mundo, infinitamente egoísta, para buscar mi felicidad.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Libertad.

Madre mía… No os podéis imaginar la felicidad que me produce pensar que a partir de ahora, y durante unos meses, cada vez que me siente frente al ordenador para reencontrarme con vosotros va a ser así. Con el día resistiendo en la ventana, con los niños jugando en mi urbanización, sus risas, sus patines y su pelota. ¡Cómo me gusta la primavera! ¡Cómo me gusta el sol y qué buena energía me dan estos días!

Hoy vengo con un relato, que ya nos tocaba. Siempre digo que existen dos tipos de amor: el bueno y el malo, y siempre pienso que para encontrar el bueno, alguna vez has tenido que conocer el malo, para saber que de ese ya no querrás saber nada nunca más. Hoy os traigo un relato que habla de esto, un relato en el que podéis poner nombre en vuestra cabeza a sus personajes, podréis imaginarles cómo queráis y podéis poner como decorado la ciudad que más os apetezca. Es más, os propongo que me contéis cómo imagináis su físico, qué nombre creéis que podrían tener y en qué ciudad imagináis que se desenvuelve la historia… Será divertido.

Leed despacito, como siempre… 🙂


 

Libertad.

 

Que suene una canción y escucharla en el más absoluto silencio es un verdadero placer. A veces, no nos damos cuenta que tenemos a nuestro alcance el poder disfrutar de pequeños momentos que son capaces de llenar nuestra alma, podemos suspirar tranquilos, podemos disfrutar de algo que se va a meter poco a poco dentro de nosotros. Dejamos salir un poco del dolor que queda dentro a través de un suspiro… y entonces, cuando sentimos ese vacío que ha dejado en nuestro cuerpo y nuestros sentimientos, sabemos que en el momento que empecemos a dedicarnos pequeños momentos y nos dediquemos a lanzar suspiros que se lleven en el aire el daño que nos han hecho, nos sentiremos un poco más libres, nos sentiremos un poco más nosotros mismos y que poco a poco, conseguiremos estar en paz. El tiempo todo lo cura, o eso dicen.

Aquella tarde de viernes estaba cargada de energía fuera de mis ventanas. El sol y la primavera sonreían complacientes, cogidos de la mano, observando a todos aquellos que reían a carcajadas en las terrazas, observando a los que paseaban y a los que andaban con prisa, observaban desde algún lugar a todos los que iban y venían, a los que cogían trenes o aviones, a los que daban por finalizada una semana de trabajo, a los que se besaban en las esquinas o los que abrazaban a sus amigos. En el lado de la ventana en el que estaba yo, se respiraba un aire más bien gris y frío, que poco tenía que ver con la realidad del mundo exterior. En ese lado de la ventana, se respiraba el aire que mi mente y mi corazón guardaban en silencio, queriendo sacarlo todo fuera y sin saber muy bien cómo hacerlo. Un hilo de luz, resplandeciente, se colaba entre las cortinas de mi casa, un hilo de luz que rozaba mi pierna, que acariciaba mi piel, un hilo de luz que quise interpretar como una pequeña esperanza en un alma llena de tinieblas y soledad. Porque siempre, en la más triste oscuridad, hay un hilo de luz que te acompaña.

Me quemaba el corazón, me quemaban las ganas, me quemaba el amor y me quemaba cada poro de la piel, sobre todo en la espalda, quizás porque era el momento en el que iba a renacer, en el que iba a volver a tener alas, en el que podía volver a sentirme libre y en el que iban a volver los resquicios de una libertad que alguna vez sentí inmensa, mía, y fuerte.

Siempre me gustaron las personas entregadas, las que tienen ilusiones y risas constantes en la cara, las que aman sin condición, las que quieren con fuerza y con pasión. Siempre me gustaron las personas que están dispuestas a sorprender y siempre están felices cuando reciben una sorpresa. Siempre me gustaron las personas llenas de energía, de sueños, de anhelos. Siempre me gustaron las personas educadas, alegres, divertidas, inteligentes y apasionadas. Siempre creí ser una de esas personas y todavía me pregunto en qué momento dejé de serlo.

Muchas veces, a lo largo de mi vida, me he preguntado qué era en lo que habíamos fallado los seres humanos a lo largo de la historia para haber convertido el mundo en el que vivimos en un mundo tan vacío de tantas cosas, en un mundo irracional donde la gente asesina, donde personas mueren de hambre y donde una conversación escrita en un teléfono móvil es, para la mayoría, más importante que apartar ese cacharro y disfrutar de un café tranquilo con un amigo. El mundo, el amor, las personas y la vida se volvieron hace tiempo completamente locos… Y en algún momento que no recuerdo, yo me había dejado llevar por esa locura, por esa irracionalidad y ese vacío que tanto me atemorizaba.

No voy a entrar en detalles para contar algo que todos hemos vivido alguna vez: para contar cómo cogieron mi corazón y lo destrozaron en mil pedazos. Todos hemos vivido el desamor, pero por suerte, no todos hemos vivido una historia cómo la que he vivido yo. No entraré en detalles para decir que un día cualquiera, por una casualidad, con un beso apasionado, sellé un amor que yo creía eterno, cómo me dejé llevar por ese amor y cómo entregué mi cuerpo y mi alma hasta tal punto que los vendí a cualquier precio, por partes, como si de una enciclopedia entregada a tomos se tratase.

Me entregué ciegamente a una persona que me hizo creer que yo era lo más importante de su vida, que adoraba todas y cada una de mis virtudes y sonreía ante mis defectos, una persona que me besaba y me acariciaba, que me hacía el amor por las mañanas y me preparaba café los domingos. Una persona a la que le enseñé cada trocito de mi cuerpo, una persona a la que le hice un recorrido por cada resquicio de mi ser, una persona que me llenó de ilusión y vida, una persona que con el tiempo dejó de ser esa persona.

No quiero echarle la culpa a las rutinas, a la confianza y a la convivencia, porque echarle la culpa de lo que nosotros hacemos a algo que simplemente nos envuelve, me parece egoísta y desorbitado. La culpa la tuvo él, por esa personalidad que yo no entendía, y la culpa, sobre todo, la tuve yo, por perder esa personalidad que era sólo mía. Los primeros gritos se asociaron al trabajo, al estrés, y cuando lloraba desconsoladamente y me besaba, cuando me pedía perdón, entonces yo me culpaba por no ser más comprensible, y ahí iba perdiendo un poco de mí, me hacía un poco más pequeña y le iba entregando los primeros tomos de mi existencia. No por ser incomprensible, sino por permitir que alguien me gritase.

Con el tiempo, resulta que todo lo que antes hacía bien, ahora lo hacía mal. Desde elegir la ropa por la mañana, hasta llamar a un amigo para ver qué tal estaba. Incluso el café que preparaba todos los días, ya no tenía el mismo sabor, debía ser eso lo que le hacía tomarlo en silencio y casi sin mirarme a la cara. A veces, aparecía con un ramo de rosas por la puerta, porque sí, por ser un día cualquiera de nuestra historia y nuestra vida juntos, y entonces me daba cuenta de lo afortunada que era. Segunda entrega de mi alma y mi vida.

Me quería tanto que no podía soportar que otros me mirasen, que mis compañeros de trabajo quisiesen que yo les acompañase a tomar unas cañas después de la jornada o que mis amigos de toda la vida me dijesen en un mensaje que me echaban de menos o me querían. ¿Qué despropósito era ese? Me quería tanto que no podía soportar que alguien más me quisiese y por supuesto no podía soportar que yo contestase esos mensajes, que me fuese de cañas o que sonriese si alguien me miraba. Otra vez gritos y lágrimas. ¡Qué sinvergüenza yo, que estaba provocando todo aquello! ¿Esa era mi forma de querer? Eso no era querer y si seguía así me iba a quedar muy sola. Tercera entrega de mi vida, con mil anécdotas que no te voy a contar, porque me moriría de tristeza, no por ti, sino por mí, por haber aguantado algo así… Y me fui haciendo cada vez más pequeña, más desconfiada, más introvertida, más distante, más rara… Y dejé de ser quien era.

Una noche discutimos tanto que se atrevió a pegarme una bofetada. Lloramos los dos y él pidió perdón por haber perdido los papeles y los nervios. Yo no hablé en dos días… Era una sombra vagando entre las paredes de mi casa, que me parecía más triste y fría que nunca. Le perdoné porque él me quería, debía ser que esa si era una buena forma de querer. Debí perder tanta fuerza en mi cabeza que acabé perdonando aquello y entendiendo que sólo había sido por culpa de los nervios y el momento.

Y pasaron los años y mi vida se vio limitada de la oficina a casa, y de casa a la oficina. No recordaba la última vez que había visto a mis amigas o a mis amigos, y por supuesto, hacía mucho que no recibía ningún mensaje de nadie. Por una vez en su vida, él tenía razón: me había quedado sola.

La soledad puede matarte de pena, o puede hacerte fuerte. No lo olvides.

Que suene una canción y escucharla en el más absoluto silencio es un verdadero placer. A veces, no nos damos cuenta que tenemos a nuestro alcance el poder disfrutar de pequeños momentos que son capaces de llenar nuestra alma, podemos suspirar tranquilos, podemos disfrutar de algo que se va a meter poco a poco dentro de nosotros. Dejamos salir un poco del dolor que queda dentro a través de un suspiro… y entonces, cuando sentimos ese vacío que ha dejado en nuestro cuerpo y nuestros sentimientos, sabemos que en el momento que empecemos a dedicarnos pequeños momentos y nos dediquemos a lanzar suspiros que se lleven en el aire el daño que nos han hecho, nos sentiremos un poco más libres, nos sentiremos un poco más nosotros mismos y que poco a poco, conseguiremos estar en paz. El tiempo todo lo cura, o eso dicen.

Aquella tarde de viernes, en la que el sol y la primavera observaban la buena energía que les mandaban a aquellos mortales que paseaban por la tierra, decidí cambiar mi vida. Aquella tarde de viernes escuché una canción en silencio, la escuché tantas veces como lágrimas quedaban en mi cuerpo, suspiré en silencio y fui sacando parte de un dolor que casi no me dejaba respirar: el dolor que producen las faltas de respeto, el dolor que produce la falta de cariño, de confianza y de complicidad, el dolor que produce entregarse tanto a alguien y perder la esencia de uno mismo. Aquella tarde de viernes, la soledad me agarró fuerte de la mano y me pidió que me levantara del sofá. Fuera, había un mundo lleno de sol, de terrazas llenas de gente, de colores alegres, de macetas llenas de flores, de cervezas fresquitas sobre las mesas, de risas sanas, de gente alegre, de la que a mí me gustaba, de la que alguna vez fui. Hice una maleta con pocas cosas. Cuando uno decide cambiar su vida, a veces, es mejor dejar todo atrás, porque es inevitable que los recuerdos te persigan, pero si cambias el decorado, los recuerdos se ven de otro color, y parecen mucho más lejanos.

Un pequeño instante puede cambiar toda una vida. Quizás fue una canción, o fue un rayo de sol entre mis cortinas… Cuando le dije que me marchaba, por supuesto, ardió Troya, pero no lloré y esta vez, cuando me agarró del brazo, le dije que no me volviese a tocar nunca más.

Me instalé en casa de quien siempre había sido mi mejor amigo, aunque yo me hubiese ido, supongo que los buenos amigos se quedan siempre, en silencio, observando los errores que cometemos desde lejos, para salir en nuestra ayuda en el momento que necesitamos que nos rescaten, que nos resuciten, que nos salven.

Hay decisiones que aunque se deberían tomar mucho antes, alguna vez han de ser tomadas. De aquello aprendí muchas cosas, pero sobre todo, en la vida, he aprendido que sólo quiero rodearme de gente que me quiera de verdad, con respeto y cariño, de gente que me coja de la mano y me sonría, quiero mil canciones en silencio y mil suspiros que se lleven el dolor que una vez estuvo dentro. He aprendido que mi personalidad es mía, y una vez se resurge de entre las cenizas nadie puede volver a cortarte las alas, porque nunca más permitirás que te roben, por amor, tu libertad.

Imagen de Google.

Imagen sacada de Google.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

 

Como agua para chocolate.

“Elige un trabajo que te apasione y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”. Hace un rato estaba en el sofá, era mi momento de relax del día. Un té verde caliente me abrazaba de vez en cuando los labios y el silencio hacía eco en mi casa. Ojeando Facebook me he topado con esta frase, que la compartía mi amiga Stella con una imagen, y me ha hecho sonreír. No hay nada más cierto.

En los últimos tiempos nos han acostumbrado a dos cosas muy distintas. Por un lado, la sociedad nos envuelve con mensajes positivos, en un sinfín de objetos y en un sinfín de mensajes e imágenes en las redes sociales, y por otro lado, los tiempos que corren y la situación del país, te hacen auto-convencerte de que tener un trabajo es un privilegio. Vivimos un momento social en el que los sueños quieren arrancar con fuerza, y la situación, muchas veces los acaricia con pena, los frena, y aquí volvemos a repetirnos que no nos podemos rendir. No queremos hacerlo nunca. Queremos trabajar, y queremos trabajar en aquello que realmente nos hace felices, queremos llevar a cabo nuestros sueños y queremos que nuestro trabajo sea nuestra inspiración, ¿verdad?.

Si todo el mundo pudiese dedicarse a lo que realmente ama, a su verdadera vocación y su trabajo fuese su pasión, viviríamos en un mundo menos complicado, dónde seríamos más eficaces y más felices. Parece fácil, ¿no?

Algunos de los momentos más felices de mi vida los encuentro aquí, cuando todo está en silencio y yo me dispongo a escribir. Cuando me olvido de que todo lo demás existe, cuando me relajo, cuando pienso y hablo a través de palabras a las que otros le pondrán la voz…Pero he de confesaros que hace poco he descubierto algo que me relaja también mucho, algo que hasta el momento me había llamado la atención, pero quizás, no había descubierto de verdad. Hoy te lo quería contar…

A veces me río cuando pienso que esto sólo me está pasando porque me estoy haciendo mayor, pero jamás habría imaginado que cocinar fuese uno de los grandes placeres de mi vida. Hace unos meses empecé a probar recetas que mis amigas me contaban o que encontraba en internet, a encerrarme en la cocina, sin prestar atención al móvil, con algún disco bonito de fondo, podía (y puedo) pasarme incluso horas… y cuando terminaba de elaborar el plato y de recoger y limpiar todo, empecé a darme cuenta de lo bien que me sentía, de lo mucho que me gustaba. He empezado a organizar mi tiempo para que me dé tiempo a cocinar, es más, hay momentos en los que directamente, sé que no puedo hacer algo, porque ya tenía pensado ponerme entre fogones a experimentar cosas nuevas. Me divierte, me relaja… Ultimamente, les mando fotos a mis amigas, a mi madre y a mis tías, de lo que voy haciendo y nos reímos juntas, porque he de reconocer que no se me da nada mal y sí, nos reímos también de lo mayor que estoy haciendo. No os preocupéis, de momento, podéis estar tranquilos. Ni esto se va a convertir en un blog de cocina (que por cierto, me encantan!) ni voy a intentar que cocinar sea mi nueva profesión. Lo pienso seguir disfrutando en mi casa. 😉

Esta mañana, mientras preparaba la comida y picaba una cebolla me he puesto a llorar. Siempre me pasa, como le pasaba a Tita. Cada vez que corto una cebolla y no puedo abrir los ojos porque me pican y porque están llenos de lágrimas, me acuerdo de ella.

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A Tita la conocí en mi época adolescente, cuando en el instituto, mi profesora de literatura me hizo el favor de ponerme como deber leer Como agua para chocolate  (¡Ay, Amparo! Cuántas cosas tengo que agradecerte…). Recuerdo que cuando lo leí en el instituto, no me compré el libro, alguien me lo prestó y que unos años después, mi amiga Mireia me regaló su ejemplar con una dedicatoria bien bonita. Ella sabía que yo estaba enamorada de aquel libro, y os prometo que no sé cómo, hasta hoy, no os he hablado de él.

Hoy me he acordado de Tita, de su historia de amor, de las aventuras de la novela y he pensado que no podría escribir sobre ello porque ya os lo habría contado. Cuál ha sido mi sorpresa cuando al revisar Google y el blog, me he dado cuenta que nunca os he hablado de esta historia. Entonces he sonreído y he sabido que este sería nuestro post de hoy.

La maravillosa Laura Esquivel publicó Como agua para chocolate en el año 1989, yo sólo tenía dos años y jamás podría imaginar que mientras yo iba aprendiendo prácticamente las primeras cosas de la vida, estaba naciendo, al mismo tiempo, el que mucho tiempo después se convertiría en uno de mis libros favoritos. Un libro que es una pieza fundamental de la literatura contemporánea.

La historia gira entorno a Tita, su protagonista, una mujer dulce y valiente. Tita es la menor de tres hermanas y nació de forma prematura en la cocina de su casa, y así pasará el resto de su vida, entre fogones, especias, sopas, leche y cebollas… En esta historia, dónde lo extraordinario se mezcla con lo mundano, la protagonista encuentra a través de sus platos su forma de expresión, transmitiendo a aquellos que los prueban sus sentimientos más profundos, desde la tristeza más grande hasta el más ardiente deseo.

Cada capítulo del libro empieza con una receta de cocina y a través de ellas, el lector se adentra en una historia de amor, injusticia, deseo y desesperación.

En la familia de Tita existe una costumbre que no se puede romper y recuerdo que a mi me impactó muchísimo. La hija menor no podrá casarse, ya que deberá quedarse al cargo y cuidado de sus padres cuando estos sean mayores. Mamá Elena, la madre de Tita, acabe siendo un personaje siniestro y aterrador en esta historia. El problema viene cuando Tita se enamora locamente de Pedro y su familia se opone rotundamente, ya que ella debe seguir la tradición. Pedro, perdidamente enamorado de Tita, se casará con su hermana mayor, Rosaura, para poder estar cerca de ella.

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Ambientada en la revolución mexicana y en su gastronomía, los ingredientes y los platos que cocinan nos servirán de nexo y metáfora a lo largo de la historia, como símbolos de dolor, fe o pasiones incontrolables.

Como agua para chocolate es una de las obras principales del movimiento literario “realismo mágico” y además fue llevada al cine a principios de los años noventa y está considerada como una de las mejores películas mexicanas. Pocas veces, tras leer un libro, me convence su versión cinematográfica, y en este caso, no pude hacer una excepción. Prefiero la novela, la magia de las páginas, las letras acariciadas y sus personajes inventados en mi mente, mil veces.

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Hoy, mientras lloraba picando cebolla, me ha sido inevitable, una vez más, acordarme de ella, a la que también le pasaba, de ella, de su historia de amor y dolor, de esas que me gusta leer, y claro, también escribir.

Os invito a haceros con un ejemplar y a adentraros en esta historia que estoy segura os va a encantar.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Dejar de ser.

Martes 13, siempre me ha gustado. Me gusta el 13 y no soy nada supersticiosa. El 13 es el día que nací y creo que el 13 es un día de buena suerte. También me gusta la manzanilla caliente, con dos cucharadas de azúcar moreno, que tengo ahora a mi lado, el silencio que se respira ahora mismo en mi casa, con el calor del hogar y Cometo a mis pies para despedir este martes con vosotros.

Después de estar todo el día sin saber qué iba a escribir hoy, finalmente he decidido que fuese un relato. Hoy te quería contar una historia que tanto tú como yo sabremos hacer nuestra. Este es mi primer relato de 2015, así que léelo despacio, como siempre…. Espero que te guste.

Gracias, de nuevo, a los que seguís conmigo en este nuevo año y gracias a los que acabáis de llegar…

Dejar de ser

Aquel podría haber sido un día normal, como lo había sido el anterior, como lo podía haber sido el siguiente. Aquel podría haber sido un día más, sin alterar el estado emocional en el que llevaba acomodada muchos meses, con la calma de la rutina y el buen sabor de creer y sentir que en mi vida todo era perfecto. Aquel podía haber sido un día normal… pero no lo fue.

Desde muy pequeña creí que la vida estaba siempre marcada por señales del destino. Recuerdo cuando en mi adolescencia siempre creía que yo iba a vivir un amor de película, cómo me entregaba con fuerza a las causas imposibles y cómo jamás dejé de decirle a un chico que me gustaba lo que sentía por él. Me gustaba creer en el amor, como siguen haciendo los adolescentes y siempre creí que en la vida había que jugar así, sin intentar perder oportunidades, si alguien me gustaba, yo siempre encontraba una señal para saber que debía luchar por él. Unas veces esas señales fueron creíbles, en otros muchos casos no.

Aquel día me levanté bien temprano, tenía una importante reunión de trabajo y no podía llegar tarde. Me duché con prisa mientras el sonido de la cafetera expandía suavemente el olor a café por mi casa. Era el aroma de los buenos días. Me puse unos vaqueros y una camisa blanca, uno zapatos altos de aguja y trencé mi pelo a un lado. Un poco de maquillaje y un color suave en los labios. Me bebí el café de un sorbo, cogí el bolso y salí de casa. Iba bien de tiempo. Cogí un taxi hasta la oficina. Llegué justo al mismo tiempo que Luis, mi jefe, así que decidimos fumarnos un cigarro en la puerta, sonriendo y deseando que aquel fuese un gran día. Mi relación con él era fantástica. Hacía cinco años que había empezado a trabajar allí con un puesto de telefonista que poco a poco fue creciendo. Había ascendido hasta ser responsable de mi departamento y en una hora nos reuníamos con el director de la empresa para saber si me ascendían a responsable de zona. Luis confiaba en mí, siempre lo había hecho. Era un buen hombre, educado, divertido y responsable. Más de una vez había estado cenando o tomando unas copas en su casa, un precioso ático en el que vivía con su marido en una de las zonas más residenciales y caras de la ciudad. Aquella mañana, su mirada me transmitió seguridad y fuerza, y mis ganas me animaban a pensar que ese puesto iba a ser mío, había trabajado muy duro para ello y sabía que lo tenía merecido.

En la reunión me temblaban las piernas, aunque entré con paso firme a la sala, me sudaban las manos y mi sonrisa escondía los nervios que me estaban revolviendo el estomago. Allí había dos chicas más, que trabajaban en la misma ciudad, pero en otras oficinas, ellas optaban a mi mismo puesto y les sonreí sabiendo que, seguramente, estaban tan ilusionadas como yo. Cuando, finalmente, dijeron el nombre de la persona elegida para ascender y ocupar el cargo al que aspirábamos y escuché que no era el mío, he de confesar que no me alegré ni lo más mínimo por ella. No la conocía de absolutamente nada y aunque quería creer que seguramente era porque se lo merecía, sentí mucha pena e impotencia. Luis me miró con la tristeza en la mirada, y negó por lo bajo dándome un abrazo a través de sus ojos y un “lo siento” que leí en sus labios, aunque no lo hubiese pronunciado. Le sonreí para que entendiese que no pasaba nada, que otra vez sería… Y creo que jamás he sonreído de una forma más amarga. Aunque no había querido hacerme ilusiones, me las había hecho. No le había contado a nadie lo de aquella reunión, yo nunca contaba las cosas hasta que no estaba segura que me habían salido bien, siempre me excusaba diciendo que no quería que se gafasen, pero en verdad era porque no me gustaba perder.

Cuando salimos a comer, Luis no sabía qué decirme, sabía lo mucho que me había esforzado para aquello y sabía lo feliz que me hubiese hecho ese ascenso. Me vio tan triste que me dijo si me quería coger la tarde libre, le dije que no. La vida seguía y no pasaba absolutamente nada. Aquel día, le había escrito a mi hermana y a mi cuñado para que viniesen a cenar a casa, porque pensaba que tendríamos algo que celebrar. Le escribí de nuevo para decirle que no me encontraba bien y mejor lo dejábamos para otra ocasión.

A las seis de la tarde salí de trabajar, una manifestación pasaba por el centro y justo habían cortado la calle principal. Ni un coche, ni un taxi. No recordaba la última vez que había ido en metro, no tenía nada en contra de ello, pero me acostumbré a ir en taxi a todos sitios y me autoconvencí que era la forma más rápida de llegar al destino. Normalmente era mentira. Mi hermana Paula siempre me lo echa en cara, a ella le parece fatal que no vaya en transporte público y que yo sea una contribuyente más del tráfico y la contaminación de la ciudad.

En tres minutos exactos, el metro llegó al andén. Ocho paradas hasta mi casa. Cuando la puerta se abrió y me dispuse a salir del vagón, me topé con la gente que iba a entrar en él… Y ahí, de repente, después de años sin saber nada de él, me topé con su mirada, con su cara y con su cuerpo. Estaba exactamente igual, como si nada hubiese cambiado. Nuestras miradas en silencio, enfrentadas, encontradas, con rencor, tristeza, alegría y confusión. Fueron los segundos más largos de mi vida. Ni un hola, ni un gesto con la cabeza, ni una media sonrisa, nos miramos como se miran dos desconocidos que se suenan y no saben de qué, nos miramos como dos personas que se habían querido con fuerza y miedo, con pasión y ganas, que se habían amado y prometido amor eterno y que posteriormente se habían odiado para siempre. Le cedí el paso y sentí su olor, se me paró el corazón y me dio un vuelco al mismo tiempo. Acababa de viajar en el tiempo. Estaba totalmente desubicada, confusa, atontada. Escuché el sonido de las puertas cerrarse a mi espalda y sólo fui capaz de girarme cuando sabía que el tren había desaparecido. No me lo podía creer.

Salí de la estación y las primeras horas de una noche fría de diciembre, caía con calma sobre mí. Pasé por el escaparate de mi pastelería favorita y entré a por un par de milhojas de crema, mis favoritas desde niña. Había sido un día de demasiadas emociones, así que me las comería en casa con calma. Me senté en el sofá mientras Silva, mi gata, se paseaba entre mis piernas dándome la bienvenida al hogar. Seguramente ella sabía que había sido un día raro. Me comí aquellas milhojas todavía en estado de “shock”, en silencio, con el café de la mañana recalentado, con un bombardeo de recuerdos acribillándome con fuerza la cabeza, con mil imágenes pasando como diapositivas borrosas a mil por hora dentro de mi alma. ¿Estaría también él pensando en mí?

Sin ninguna duda, el encuentro nos había pillado a los dos por sorpresa. Hacía años que no sabía nada de él, ni si quiera sabía si seguía en la ciudad, no sabía a qué se dedicaba, si le iba bien, si se habría casado o si tendría hijos. Nada, absolutamente nada. No nos quedaban amigos en común y nos habíamos odiado tanto que decidimos olvidarnos, o al menos intentarlo.

Sabía perfectamente dónde las guardaba. Cogí una silla y me subí para alcanzar el altillo del armario de la habitación de invitados. Allí siempre acababa almacenando todas esas cosas de las que, por una razón u otra, nunca me quería deshacer. Viejas fotografías, un jersey que jamás me pondría pero que era incapaz de tirar, papeles de todo tipo, antiguos discos, pequeños objetos que en algún momento de mi vida habían formado parte de mí. Al fondo, una antigua caja de metal que una vez estuvo llena de galletas de mantequilla. La cogí y la acaricié. Habían pasado ocho años y jamás la había vuelto a abrir. No sabía si sería buena idea, pero estaba segura que nada de aquel día había pasado por casualidad. Ni aquella reunión de la que en esos momentos era incapaz de acordarme, ni aquella manifestación, ni aquel viaje en metro, justo en ese momento, a esa hora, en esa estación…

Me senté y fui releyendo todas y cada una de aquellas cartas. Había pasado tanto tiempo que era incapaz de recordar muchas de ellas, otras, en cambio, me parecía haberlas leído hacía unas horas por última vez. Me di cuenta que nos quisimos de verdad. Nos queríamos mucho, nos queríamos con inocencia, con muchas ganas, con muchas aspiraciones y sueños, nos sentíamos agradecidos por habernos encontrado, por todo lo que nos regalábamos, por los momentos y las risas, nos decíamos que los momentos malos los superaríamos juntos, queríamos una casa en la playa y tener como mínimo tres hijos, nos sentíamos grandes cuando estábamos juntos y jurábamos no haber querido nunca cómo nos queríamos nosotros, nos prometíamos que aunque algún día no estuviéramos juntos siempre pensaríamos el uno en el otro… Incluso nos prometíamos que si lo nuestro fallaba y se acababa, algún día encontraríamos la manera de volvernos a encontrar,  a pesar del tiempo y la distancia…

Nunca dejamos de dejarnos cartas debajo de la almohada en aquellos tres años que compartimos. El último había sido tormentoso. Se le olvidó contarme en una de esas cartas que había conocido a otra persona y que llevaba un par de meses engañándome. Le descubrí y le perdoné, pero no fui capaz de perdonar de verdad. Perdimos el respeto y la pasión, la pureza y la naturalidad que siempre nos había unido, la transparencia y la confianza. Discutimos por absolutamente todo durante mucho tiempo, nos despreciábamos y nos queríamos a la par, con intensidad, por días y momentos. Al final, con una historia que ya no era sana, ni bonita, acabé refugiándome en uno de mis compañeros de la universidad, del que me enamoré y por el que decidí abandonarlo todo, con el que un año después pasé de novio a mejor amigo, porque no sabía quererle, ni olvidar a aquel que me había hecho tanto daño. Me reprochó mil veces aquella ruptura y yo le reproché otras mil aquella aventura, nos hicimos mucho, mucho daño. Nos machacamos psicológicamente el uno al otro. Nos enviábamos mensajes para recordarnos lo mucho que nos odiamos, y fuimos envenenando nuestras almas hasta llegar a ser dos completos desconocidos. Nosotros, que habíamos compartido tanto…

Aquel podía haber sido un día normal… pero no lo fue. Quizás el destino había querido reencontrarnos, con la madurez y la herida curada, o al menos olvidada. A día de hoy, me sigo preguntando si dejé de odiarle, así como me pregunto si dejé de quererle. No me reconocí en aquellas cartas, pero supe lo que había ahí escrito, por su parte y por la mía, eran frases escritas desde el corazón. Me había olvidado de lo mucho que nos habíamos querido. Lo había olvidado hacía mucho tiempo. No me reconocí en aquellas cartas, ni supe qué quedaba de aquella chica que fui en la que soy hoy en día. Entonces me di cuenta que a veces somos alguien cuando estamos con otro alguien, sólo en ese transcurso somos otra versión de nosotros mismos, que nunca volverá, que enterramos cuando todo acaba, para ser capaces de renacer entre las cenizas. Quizás algún día volvamos a parecernos a aquella versión que fuimos, porque seguro que algún día volvemos a querer con las mismas ganas, pero siempre de forma diferente.

A veces, esa versión que fuimos se pierde con el tiempo, porque las experiencias nos hacen convertirnos en alguien diferente o porque a veces, si no estamos con ese alguien, simplemente dejamos de ser.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

El miedo.

Cuando salgo de Madrid, me gusta desconectar de todo. Aparezco menos en las redes sociales, y apago el ordenador. He estado unos días en mi casa, en mi pueblo, entre sus calles y mi gente, con reencuentros, con cariño y sonrisas, y he sido muy feliz. Ya estoy de vuelta, en la ciudad y aquí, con una historia nueva que te quería contar.

Traigo nuevo post, que ya tocaba, y viene en forma de relato… Para que leáis despacito, para que el miedo no se apodere de vosotros y para que intentéis arriesgar y luchar en la vida por aquello que deseáis… Muchas veces, como le pasa a la protagonista, no somos capaces de afrontarlo.

El miedo

Suena una canción triste de fondo, lenta, suave y melancólica, de esas en las que es esencial que reine el silencio, para que sólo se la escuche a ella, para que entre dentro de ti, para que la vivas y la sientas.

Me miro al espejo mientras voy borrando con un trozo de algodón embadurnado de leche limpiadora la apariencia de mi rostro. Voy quitando poco a poco la capa que me cubre, la capa de belleza y fortaleza, de mujer guerrera y valiente y siento cómo me voy quedando desnuda. Veo cómo reaparecen mis pecas, escondidas, camufladas, cómo salen tímidamente, cómo me cubren el rostro, y las voy recorriendo una a una, dejándolas libres, sabiendo que son parte de mí.

Voy borrando poco a poco el rojo pasión que cubre mis labios, ese rojo permanente que ha estado ahí durante todo el día, dueño de sonrisa imborrable y de tristeza escondida. Lo voy borrando y observo mis labios, pienso en todos esos besos que han regalado y pienso en todos esos besos que le quedan por regalar, en aquellos besos que siempre serán recordados o aquellos que se olvidaron sólo unas horas después… Pienso en esos besos que nunca han dado y esos besos que nunca darán. Esbozo una sonrisa y siento una lágrima juguetona y triste llegar hasta mi boca. Me observo y tengo miedo. Me tiemblan las manos. No sé si lo estoy haciendo bien o lo estoy haciendo mal, y la incertidumbre, en la mayoría de los casos, me mata. Me observo y me pregunto quién soy, quien quiero ser y pienso que no importa lo que piensen los demás. Hace mucho tiempo que eso dejó de darme miedo.

La canción ha acabado, pero el silencio sigue reinando, y acordes con mi vida, siguen sonando las baladas, las canciones lentas y melancólicas, de historias con finales tristes o de historias que ni si quiera han tenido un principio…
Oigo el sonido del vino caer contra el cristal, una copa más, he escogido un buen vino, porque hoy es día de eso, de tomar un buen vino en silencio y pensar… Con la música de fondo.

Siempre he querido solucionar el mundo, siempre he querido ganar y siempre he querido tener más. Nunca he sabido conformarme, siempre he regalado amor y siempre he sido un poco egoísta, siempre he sido una luchadora y siempre he tenido muchas aspiraciones profesionales, siempre he conseguido todo aquello que me he propuesto y nunca he tenido miedo. Nunca. Hasta que le conocí. Y ahora, de nuevo.
El silencio invade mi casa y mi vida, el silencio y la soledad son necesarias a lo largo de la vida, siempre que se necesiten y siempre que no hagan daño. Hoy el silencio duele, y la soledad también. Y yo, que nunca he sido de llorar, hoy lloro. Lloro mucho.

Nos conocimos hace tiempo, hace unos años que a mí me parecen toda una vida, por todo lo vivido y por el amor regalado. Dafne quiso celebrar su despedida de soltera en Ibiza, por todo lo alto, durante días en los que reímos, comimos, bebimos y nos divertimos como si se nos fuese a acabar la vida. Cuando estás con tus amigas, las de siempre, las que te conocen de verdad, las que te explican en qué te estás equivocando y lo hacen con cariño, las que sienten tus éxitos como los suyos, cuando todo eso ocurre, una no puede estar más feliz. Estábamos en uno de los mejores hoteles de la isla. La verdad, que hacía muchos años que no nos dedicábamos unos días a nosotras solas, a recordar viejos momentos y a brindar por los que todavía están por llegar. La vida nos ha tratado con cuidado, como nosotras la hemos tratado a ella, y a ninguna nos ha ido nada mal. Una de las noches, una de esas noches en las que el cuerpo sigue pidiendo más, conocimos a un grupo de chicos con los que compartimos risas y poco más. Al día siguiente nos los volvimos a encontrar. Sin ni si quiera saber cómo, ni por qué, Álvaro y yo compartimos sonrisas y miradas esquivas, y cuando nos pusimos a hablar, nos dimos cuenta que teníamos más cosas en común de las que habríamos imaginado. Casualmente era actor, y yo trabajaba para una agencia de actores. Le di mi tarjeta y le dije que se pusiese en contacto conmigo, le ayudaría en todo lo que estuviese en mis manos.

Los primeros mensajes fueron más bien cordiales, y dos semanas después de haber vuelto de Ibiza, vino a verme a Barcelona, porque le había conseguido una entrevista con la directora de la agencia, para ver si encajaba en nuestro perfil y saber si podríamos llevar su trabajo e intentar darle oportunidades en un mundo cada vez más complicado. Álvaro conquistaba solamente con sonreír, pero sólo bastaban diez minutos a su lado para quedar totalmente enganchada a él, a su risa y su sentido del humor, a su desparpajo y humildad. No tenía un trabajo fijo y su economía no sobrepasaba los límites de la supervivencia mensual, así que le invité a quedarse en mi casa. A las afueras de Barcelona, tenía un piso maravilloso en el que sentía que me sobraba espacio, así que podía ocupar la habitación de invitados siempre que lo desease.

Llegó un martes por la tarde y su entrevista sería al día siguiente. Le recogí en la Estació de Sants y fuimos en coche hasta mi casa. He de reconocer que me ponía nerviosa tener a un hombre tan guapo a mi lado, pero como siempre, guardé la compostura y me disfracé de distanciamiento y cierto aire de frialdad. Preparé una cena básica para no llevar a confusiones y le dije que teníamos que descansar, nos esperaba un día largo a la mañana siguiente. Le dejé toallas limpias y puse unas sábanas que olían a limpieza y soledad sobre la que iba a ser su cama, le deseé buenas noches y caí rendida entre mis almohadas.

La reunión fue mejor de lo que pensamos y a la directora de la agencia le encantó. Pronto se organizó una sesión de fotos para crear su imagen de presentación para nuestra web, y le aseguramos que en menos de lo que esperaba, estaría trabajando. Se sentía completamente agradecido, estaba feliz e ilusionado, sus ojos brillaban de entusiasmo y eso hacía que resultase más apetecible. Intentaba mantenerme distante y ser una mujer profesional, decliné su invitación para cenar y le dije que prepararíamos cualquier cosa en mi casa. Preparé una ensalada y compré un par de pizzas, me obligó a abrir una botella de vino y me hizo brindar varias veces para celebrar el futuro que le habían prometido y que yo, en cierto modo, le había presentado. Dos botellas de vino cayeron rendidas a nuestros pies y el calor y las risas llenaron de color mi casa. Me miró a los ojos y no pude decir nada. Me besó con fuerza y me dejé besar. Nos tambaleamos hasta mi cama y le dejé desnudarme con pasión, le quité la camiseta con fuerza e hice el amor como si fuese la última vez de mi vida.

Pasamos cinco días conviviendo en mi casa, entre sexo y risas, y tras la sesión de fotos y trámites finalizados, volvió a su casa, un pequeño pueblo de Castellón, al menos, hasta que consiguiese su primer trabajo.

Durante las semanas siguientes nos dedicamos a enviarnos dos tipos de e-mails, los profesionales por parte de la agencia y los personales llenos de “te echo de menos” y “me muero por volver a verte…”. Nunca había mezclado lo profesional con lo personal, pero poco a poco, la historia se me fue yendo de las manos. Un mes después, tuve que llamarle para anunciarle que iba a hacer su primer casting para una obra de teatro muy importante en Barcelona. Aquella fue la segunda vez que le vi y aunque en la agencia creían que se hospedaba en un hostal del centro, esta segunda vez, también se instaló en mi casa. Le ayudé a repasar el guion y a preparar aquella prueba que tanta ilusión le hacía. El papel fue suyo. Tenía un talento indiscutible y un carisma que no dejaba a nadie indiferente. Supe desde el primer momento que iba a llegar muy lejos.

Los ensayos empezaban un mes después y me pidió que le ayudase a buscar piso. En un principio, le dije que podía quedarse en casa y entonces me di cuenta que ya estaba locamente enamorada de él. Fue entonces cuando me escribió un correo que cambió mi vida y mis ilusiones. Pedía perdón no sé cuántas veces, tantas, que yo ya no las alcanzaba a leer. Se le había olvidado contarme que llevaba cuatro años con su chica y que aunque yo le gustaba muchísimo y conmigo había pasado los mejores momentos de su vida, ella había decidido trasladarse con él a su nueva aventura y que él no tenía valor para decirle que no. Lloré tanto, de rabia y traición que me prometí que esa sería la última vez que lloraría por un hombre. Durante unas semanas mi estado de ánimo cambió, estaba triste, desolada y no quería volver a verle nunca más. Por desgracia, comenzábamos a trabajar juntos y le vería más de lo que hubiese deseado. Intenté, una vez más, separar lo personal de lo profesional, y una vez más, no supe. En la agencia todo el mundo hablaba de su talento, de lo guapo y bueno que era y yo tragaba en silencio un dolor que no era capaz de argumentar con lógica. Tres meses después, el día del estreno, la conocí. Era tímida y dulce y aunque entendí que ella no tenía la culpa, la odié con todas mis fuerzas. No supe llevar la situación y me fui consumiendo poco a poco, los días se me hicieron tan insoportables que decidí pedir un traslado en la agencia e irme a trabajar a la sede que teníamos en Madrid. Era buena y respetada en mi trabajo. Mucho. Al mes y medio me vi instalada en la capital de nuestro país, mirando de lejos su éxito y deseando que no volviésemos a coincidir, empezando mi vida de cero, de la forma más cobarde: llena de miedo.

Nunca me he vuelto a enamorar de nadie como me enamoré de él. Él, con quien sólo compartí una pequeña parte de mi vida, unos días, unas semanas o unos meses, nada comparado a todos los años que llevaba sobre la espalda. Pero a veces, hay historias que entran tan fuertes que se quedan, de un modo u otro, para siempre dentro de ti. Pensé que no volvería a confiar en nadie y lo hice, volví a querer y renací. Me centré en mi trabajo, en nuevas amistades y no dejé de estar, aún en la distancia, con las amistades de siempre. Con el tiempo, volví a tener ilusión y ganas y yo, que estaba en contra del matrimonio y toda esa parafernalia, me casé tres años después y mi matrimonio duró apenas seis meses, porque nunca fui capaz de volver a querer de verdad. Me casé con un chico normal, con un trabajo normal, mientras veía, en la sombra, cómo la carrera de Álvaro iba creciendo, cómo le iban adorando, y cómo se le habían relacionado un sinfín de relaciones tras dejar a su novia de siempre. Le seguía odiando cada vez que le veía en la prensa o la televisión, y a pesar, de seguir trabajando en mi misma agencia, cada vez que venía a Madrid, me las apañaba para no coincidir con él. Nunca me había gustado perder y sabía que jamás podría perdonarle.

No dejamos de ser simplemente seres humanos, que no somos capaces de controlar absolutamente todo, que nos equivocamos y cometemos errores.

Hace un par de meses, acudí al teatro con unas amigas, nos habían invitado a un estreno, y allí, entre los invitados, sin querer, mi corazón se paró cuando le vi a lo lejos. Quise irme en aquel mismo instante y me reí de mí misma, por no ser capaz de aguantar algo que había pasado hacía ya demasiados años. Me quedé. Intenté no estar pendiente, no saber ni dónde se sentaba, ni con quién hablaba, pero estaba tan nerviosa que empecé a encontrarme mal de verdad. Conseguí aguantar hasta el final de la obra y antes de que la gente empezase a salir, me excusé y me fui a la puerta para coger el primer taxi que pasase. La Gran Vía iluminada, ella que siempre vive y sonríe, pero aquella noche a mí me pareció triste y apagada.

Horas después recibí un mensaje. Me había visto y quería volver a verme. No contesté, pero a él la vida ya le había concedido el poder de creerse capaz de tener todos sus caprichos, de no aceptar un no por respuesta y creer que podía con todo lo que se propusiese. Como yo lo creía de mí misma, como siempre lo había creído, menos cuando le conocí a él. En varias ocasiones me citó en sitios distintos, desde cualquier cafetería hasta la habitación de un hotel, sin obtener respuesta, sin obtener mi presencia. Él sabía dónde podría encontrarme, pero le gustaba jugar y yo no se lo iba a permitir.

Empecé a recibir flores en la agencia. El primer día fueron seis, los años que llevábamos sin vernos, y cada semana se sumaba una más, como el paso del tiempo. La situación empezaba a ahogarme, y aunque me muriese por verle, le odiaba con todas mis fuerzas y jamás iba a darle ni una sola oportunidad.

Esta tarde, al salir por la puerta, un coche flamante me esperaba. Un conductor sonriente me hacía señas para que me acercase y él esperaba en el asiento trasero con una tímida sonrisa en los labios, donde he querido leer un “lo siento”. Iba a pasar de largo, pero he sabido que la situación no podía alargarse más. Sin pronunciar palabra, he abierto la puerta y me he sentado dentro. Le he visto asentir, con tristeza en los ojos y ha intentado acariciarme la mano. La he quitado bruscamente y le he indicado yo al chofer dónde quería ir. No podía ir a ningún hotel, ni aparecer en cualquier sitio, por desgracia, la prensa vive pegada a sus talones y salir en ella sería lo último que yo querría en mi vida. Hemos venido a mi casa, un pequeño apartamento en el barrio Salamanca, y él me ha seguido sin decir palabra. He cerrado la puerta a sus espaldas, mientras me temblaba la vida, y he servido dos copas de vino sin ser capaz de mirarle a la cara. Le he indicado con un gesto que se sentase en el sofá y le he dicho que tenía media hora para explicarme el porqué de todo en las últimas semanas.

He querido ver en él el arrepentimiento, pero no me lo he creído. Me ha jurado que nunca ha dejado de pensar en mí y que al haberme visto aquella noche en el teatro se había dado cuenta que tenía que luchar hasta que no le quedasen fuerzas para que yo le diese otra oportunidad. Le he escuchado en silencio, con mi mirada clavada en la suya, con una frialdad y entereza que no me creía ni yo, con los labios rojos y unos tacones de aguja que me dan el poder de una mujer fuerte, y esconden el dolor y la tristeza que hay dentro de mí. Le he visto llorar, y he visto en mi sofá, la escena que he deseado ver durante muchos años de mi vida. No le he dejado ni rozarme, aunque me moría por besarle, desnudarle y entregarme en cuerpo y alma a él, entregarle mi vida y mis ganas, como ya hice una vez. Cuando ha terminado su discurso, sollozando como un niño, al que me he dado cuenta que el éxito y la fama, hacen muy infeliz, al que me he dado cuenta que le faltan las cosas más básicas de la vida como amigos y cariño, le he invitado a marcharse. Le he explicado que ha conseguido que le escuchase, pero le he dicho que no quería volver a tener ningún tipo de relación con él. No quiero ser su amiga y no quiero tenerle en mi vida, lo he dicho mientras mi voz interior gritaba: ¡Cásate conmigo ahora mismo!

Le he visto salir, con su copa de vino intacta sobre la mesa, con los ojos inundados en un mar de lágrimas, que nunca sabré si eran ciertas o no. A veces, no somos tan fuertes como nos gusta aparentar, y yo sólo sé que he sentido miedo. Miedo a volver a ser traicionada por la única persona a la que he amado en toda mi vida. Miedo a volver a tener y volver a perder, miedo a arriesgar y no ganar, miedo a volverme a sentir vacía. Miedo a volver a tocar sus labios o besar su espalda desnuda, miedo a volver a abrazarle y querer que el mundo se pare. Miedo a no volver a saber vivir sin él, miedo a volver a entregarme, miedo a volver a despertar junto a él, miedo a compartir sus sueños… Y aunque realmente es lo único que deseo, el miedo, a veces, no nos deja elegir bien.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Tormenta de verano.

Sábado y el calor bailando ya por las calles de Madrid. No sabéis cuánto echo de menos el mar, mi tierra y mis playas cuando llega el verano. Estos días estoy muy, muy feliz. Vienen cosas muy bonitas de las que todavía no os puedo contar nada, pero siento paz y una felicidad absoluta. Ahora sé, más que nunca, que con trabajo, esfuerzo, empeño, dedicación y gente buena alrededor, los sueños pueden hacerse realidad y que poco a poco, todo ser humano es capaz de conseguir aquello que se propone. No puedo avanzar nada más, pero os adelanto que os va a encantar.

Hoy traigo un nuevo post. Un relato que trata un tema delicado y doloroso. Ya sabéis, quiero que lo leáis despacito y lo disfrutéis… Hoy, te lo quería contar.

TORMENTA DE VERANO

Te acaricio las manos y todavía me tiembla el alma. Hoy hace justo cuatro años. Te acaricio las manos y siento como tu fuerza grita aferrándose a mi piel. Te acaricio las manos y siento como te late el corazón, como tus ojos me miran en silencio, y como tu sonrisa, a medias, todavía es capaz de decir te quiero…

Dicen que no hay ningún amor comparable al primer amor, a la primera sensación de todo, a las primeras experiencias… Hace poco leí algo que un conocido escritor escribió hace tiempo. Hablaba de dos tipos de amores a lo largo de la vida, uno con el que compartiremos nuestros días, y otro al que siempre echaremos de menos. No sé si eres con quien comparto mis días o a quien echo de menos, no lo sé, y eso duele, duele tanto que a veces siento que me muero… El dolor sigue siendo fuerte, y todavía no me creo que hayan pasado cuatro años.

Me gusta tu perfume, siempre me gustó, pero tu perfume de verdad, el de tu piel, tu piel que siempre ha sido dulce, tostada, cálida, frágil… Me gusta tu cabello, que sigue tan bonito como siempre, me gusta tu sonrisa y me encantan tu mirada, me gusta escucharla y saber todo lo que me quieres decir siempre que me miras.

¿Te acuerdas cuando nos conocimos? ¡Qué bonita estabas! Recuerdo como María te tiraba del brazo mientras os reíais y tu decías que no querías venir… Y al final viniste. Esos desconocidos se convirtieron en tus mejores amigos y yo creo que me enamoré de ti aquella misma noche. Recuerdo los días que siguieron… Las tardes en la playa, los mensajes en el móvil, las tímidas sonrisas, los primeros besos, el primer te quiero, las primeras caricias, los primeros enfados, las primeras risas, las primeras promesas… Me acuerdo de todo. Fuiste la primera, fuiste la única. Me moría por ti, estaba loco por ti, estoy loco por ti, quise quererte, protegerte, cuidarte, amarte… Quiero hacerlo, querré hacerlo siempre.

Los dos sabíamos que éramos especiales, eras mi mejor amiga, mi niña pequeña, lo mejor de mí. Prometí cuidarte siempre, prometiste quedarte siempre a mi lado. Eras tú, sólo podías ser tú. Serías mi amor eterno, la mujer con la que me haría viejo, serías la madre de mis hijos, la abuela de mis nietos… Estábamos tan unidos, tan convencidos de que el mundo era nuestro…

Recuerdo perfectamente aquella tarde. El día de antes te habías enfadado. Íbamos a ir a la piscina y llegué tarde, nunca te gustaron los cambios de planes. Organizada, puntual, todo controlado, todo pensado, sabías cómo querías que pasasen las cosas y así hacías funcionar los días… Llegué tan tarde que no querías ni darme un beso. Siempre fuiste muy pequeña para eso, y aún sonrío cuando lo recuerdo. ¿Te acuerdas tu? Me aprietas fuerte la mano… Sé que eres capaz de recordarlo. De saber quien fuiste, quien eres, quienes fuimos y quienes somos.

No fuimos a la piscina y al final, entre risas, me dejaste dormir contigo. Aquel día sólo faltaba una semana para nuestro aniversario… Para prometernos mil años más como los tres que habíamos compartido. Dormí abrazado a ti, porque no había otra forma de dormir contigo, era inevitable. Aquel día, incluso enfadada, estabas preciosa. Decidí compensarte. Mi impuntualidad te había roto los planes y te dejé elegir… podías elegir el día que quisieras, porque tus deseos iban a ser órdenes. Elegiste tu casa de la playa, porque te encantaba que estuviésemos allí. Elegiste ir por la mañana, tostarnos al sol, comer en una bonita terraza, beber un buen vino, dormir una larga siesta, hacer el amor, darte una ducha fría, quedarnos a cenar en algún restaurante donde se pudiese sentir la brisa del mar y después volver a casa. Cogimos la moto e hicimos todo lo que quisiste. Te miraba en silencio y te veía sonreír. ¡Cómo te gustaba que todo saliese como tu querías! Era tu día perfecto, tu lo habías diseñado y yo quería acompañarte y observarte, verte reír y disfrutar. Nadie podía negarte nada. A ti no se te podía negar nada. Tu eras tan bonita, que merecías una vida hecha de deseos y sueños.

Recuerdo cuando saliste de la habitación, con ese vestido verde agua, con la piel recién tostada, con el pelo húmedo y los rizos cayendo sobre tu espalda, con las pecas en la cara y los labios de color fresa. Tuvimos que hacer el amor antes de salir a cenar. Aquella cena fue especial. Quizás no en aquel momento, quizás entonces fue una cena más, de risas y complicidad, de amistad, de confianza, de respeto, de cariño, de broche final para un día perfecto. Con el tiempo, aquella será la cena más bonita y triste que recuerde el resto de mi vida.

Sin esperarlo llovió. Llovió muchísimo y tu sonreías. Me preguntabas si no adoraba aquel olor, aquel olor que sólo tenían las tormentas de verano, y yo asentía… Me obligaste a cerrar los ojos para sentirlo del mismo modo que lo sentías tú y resonaban tus carcajadas cuando los abriste antes que yo. ¿Ves? Todavía te sale una sonrisa.

Nunca te importó subir a la moto con falda. Tú eras así, divertida, loca, todo te daba igual, y aquel día habías sido tan feliz que te agarraste a mi cintura fuerte… Muy fuerte. Sentía tu sonrisa en mi espalda, aún sin poder verte… Cogimos la carretera y volvíamos a casa. Veinte kilómetros eternos que nos destrozaron la vida. Recuerdo aquel coche, en dirección contraria, tambaleándose por la carretera, de lado a lado, vino directo, sin tiempo para reaccionar, su metal contra nuestros cuerpos, tu cuerpo arrancado de mi cintura, mi cuerpo flotando por el aire, tu choque contra el suelo, un pitido fuerte en mi oído, la vista nublada, las lágrimas corriendo, el dolor gritando, el miedo apuñalando, la rabia llorando, la ambulancia volando… No sabía dónde estabas.

Sí, apriétame la mano. Aprieta fuerte, mi vida…

Me desperté en el hospital y vi a mi madre llorando, tenía un brazo roto, me iban a operar de la rodilla y vi el pánico en sus ojos cuando pregunté por ti.

Tardaste tres días en despertar del coma, los tres días más largos de mi vida. Tu cuerpo estaba intacto, sólo arañazos y quemaduras del asfalto. Tu cabeza se había llevado la peor parte. Tenías la mirada perdida y a penas nos reconocías, tu sonrisa estaba completamente apagada y no eras capaz de mover manos, ni piernas. Durante mucho tiempo quise morirme, quise desaparecer del mundo porque nadie sabía qué decirme para poder aguantar el dolor. Nadie tiene cura para esto. Todos los días, cada segundo, odiaba a la vida, al destino, odiaba a la carretera y quería volver a matar a ese conductor borracho que murió en el acto.

Los médicos nos contaron que poco a poco te irías recuperando. Había muchas esperanzas, eras joven y saldrías de esta. Sobreviviste los momentos más duros, y pusiste toda tu fuerza y voluntad, lo mejor que supiste, en poder seguir adelante. Sonríes y esbozas sonidos que yo intento interpretar a la perfección, mientras te sonrío y te aprieto fuerte las manos, mientras te acaricio y tu aprietas fuerte las mías, mientras me dices con la mirada que me quieres y yo te lo susurro con mis labios, pegados a los tuyos… Cuando veo a periodistas en la tele, reporteras por las calles, siempre pienso lo bien que lo habrías hecho. Tenías claro que ese era tu sueño y estoy seguro que lo habrías alcanzado.

Llevo cuatro años viviendo por ti, ayudando a tu madre a darte la comida, llevándote en peso a la ducha y dándote masajes en los pies para que los vuelvas a mover. Sigues estando preciosa. Siempre serás la más bonita, mi niña pequeña. Te seguiré cuidando el resto de mi vida.

Ayúdame a contarte esto y que no me den ganas de tirarme por la ventana… Te noto en la mirada que sabes lo que pasa, y en tu mirada me das la comprensión que necesito, pero sabes que nado en un dolor infinito.

La conocí hace unos meses, empezó a trabajar conmigo en la oficina. No sé si la quiero, no sé si es lo correcto, no sé si alguien merece aguantar toda la pena que yo llevo dentro… Pero creo que debo intentarlo. Tu madre dice que debo seguir haciendo mi vida y yo me derrumbo cuando la oigo. No sonrías, yo quiero estar a tu lado. Quiero quedarme aquí, abrazado a ti como siempre, pero quiero que nos despertemos y te enfades porque te he robado la manta, quiero que te lances a darme un beso, quiero oírte reír a carcajadas, quiero que bailes y cantes en la ducha, que me digas que soy un pesado o que me pidas que te haga cosquillas en los brazos…

Quiero parar el tiempo, quiero volver atrás y quiero quedarme en esa cena en la playa, con los ojos cerrados y el olor a una tormenta de verano.

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Feliz sábado, amigos.

Lorena.

Lo que le falta al tiempo.

No sabéis lo mucho que me cuesta levantarme por las mañanas, siempre me ha pasado igual. Siempre he sido un poco vampiro, desde pequeña me ha gustado mucho más la noche que el día. Prefería leer por la noche, incluso estudiar después de cenar… Ahora, aunque el trabajo prefiero hacerlo durante el día, es verdad que nunca tengo prisa por acostarme. Me encanta ver la tele hasta bien tarde o leer un buen libro mientras la calle se queda en silencio y claro, por las mañanas, no hay quien me despegue de las sábanas. Ha sonado la alarma durante más de media hora, he preparado una gran taza de café  y aquí empieza mi miércoles… Aquí empieza lo que hoy te quería contar. 

El otro día, publiqué un relato, Los ojos de Margarita, que me dio muchas sonrisas, que me disteis muchas sonrisas, porque gustó mucho. Obviamente, cuando escribo un relato, lo que escribo en él es ficción, pero creo que  cuando uno escribe es inevitable regalarle algo de sí mismo a alguno de los personajes. En este caso, la frase con la que empezaba la historia podía hablar perfectamente de mi misma. No me gustan las historias de amores imposibles.

A través del cine, la televisión y la literatura, nos hemos acostumbrado a que nos encanten las historias de amor más complicadas, aquellos personajes que encuentran mil y una dificultades para poder amarse con total libertad y tranquilidad, esos personajes que parece que nunca van a conseguir estar juntos y que, al final, como toda buena historia de amor, consiguen reencontrarse para no separarse jamás. En la vida real, la verdad es que me gustan las historias bien distintas.

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Supongo que es la edad, las experiencias en la piel y las vivencias aferradas ya para siempre en el corazón, pero no me gustan las historias de amores imposibles y sufrimiento aunque tengan un final feliz. Una de mis películas favoritas es El diario de Noah y en ella hay una frase que dice “discutían todo el tiempo, pero tenían algo en común, estaban locos el uno por el otro…“. Muchísimas veces he visto esta frase mencionada por niñas a través de las redes sociales y seguro que en algún momento del pasado quise hacerla mía, ahora pienso que es un horror, aunque adore la historia de Allie y Noah.  ¿Cómo se puede ser feliz con alguien con quien discutes todo el tiempo? La vida real no es una película, ni una novela, las cosas no van a ser maravillosas porque sí, nosotros tenemos que hacer que las cosas sean maravillosas, nosotros somos lo únicos con el poder de elegir cómo van a ser nuestros días y de qué forma queremos vivirlos. No defiendo un amor cómodo. No me gustan, tampoco, esas historias en las que no existe un amor puro, pasional y verdadero, y en la que los protagonistas se aferran a la rutina y a la comodidad y aceptan así su forma de vida. Cada uno es libre de elegir sus días, pero estas historias tampoco me convencen, al menos, no para vivirlas.

El amor, desde la pasión, la confianza y el respeto, es lo más maravilloso del mundo, y se puede alcanzar la felicidad plena y absoluta. Existirán las discusiones, porque somos seres humanos, simplemente por eso, pero mientras no existan las faltas de respeto, las historias podrán ser maravillosas. Quizás es la edad, pero a mi me gustan las historias de amor puro y verdadero que son capaces de transmitirte paz y tranquilidad emocional. No me gustan las historias de amores imposibles. Hay historias de amor tormentosas y otras dolorosas desde el silencio…

El verano pasado, por mi cumpleaños, mi mejor amiga me regaló a Cometo, mi perro (el mejor regalo que me han hecho y me harán en toda mi vida) y además me regaló un libro, un libro que hasta hace unos meses no empecé a leer. Lo devoré en cuestión de días y me enamoré de él, de sus historia y sus personajes. Con Ángela Becerra y sus palabras en Lo que le falta al tiempo, me trasladé a las calles de París para vivir una historia de amor llena de arte, locura, deseo e irracionalidad.

Mazarine es una joven estudiante de pintura que vive sola en el Barrio Latino de París. En su casa encierra un valioso secreto que ha sido conservado a través de generaciones y puede cambiar el rumbo del arte. Su mundo se verá conmocionado por la aparición en su vida de Cádiz, un maduro genio de la pintura, creador de un mo vimiento revolucionario que despierta en ella una pasión sin límites”. 

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Mazarine, la protagonista, se convierte desde el principio en mi personaje favorito. Es sensible, solitaria, mística, dulce, valiente, atrevida, artista… Está completamente loca. Se enamora locamente de Cádiz, su profesor, un aclamado y reconocido pintor a nivel mundial que accederá a darle clases y a trabajar con ella. Él, casado con una fotógrafa de éxito, no podrá resistirse a la pasión que arde entre sus manos y la piel de la joven aprendiz. Una historia de amor imposible, complicada que se agravará a medida que avanza la trama y aparecen nuevos personajes en ella. Una historia de amor de locura, de miedo, de traición, de deseo, de silencios, de reproches…. Una historia de amor que me encantó descubrir a través de las páginas pero de la cual no me gustaría ser la protagonista. Demasiado sufrimiento. Querer amar y tener que hacerlo en silencio, ser un secreto, ser una sombra, sentir dolor al dar un beso seguido por la esperanza de una caricia, una contradicción de sentimientos, una inestabilidad emocional de la que no quiero ser nunca víctima. Una historia llena de historia, de historia del arte, con un tema principal sobre el cual girará el amor de los personajes, un tema principal relacionado con la religión y sus misterios, un secreto que podría cambiar la historia de muchos años de creencias.

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Lo que le falta al tiempo es una de esas novelas que te atrapa, que te hace viajar y soñar, sufrir y desear, con un final impactante. Una de esas novelas que yo, desde Lo que te quería contar, te recomiendo que leas. Aprovechad ahora que viene el verano, que los días son más largos, que llegan las vacaciones, que la noche invita a quedarse despierto y perdeos entre sus páginas, entre sus letras, entre la locura de Mazarine y la irracionalidad de Cádiz, entre el amor de dos artistas, completamente locos.

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Feliz día, amigos.

Lorena.

Pura casualidad.

Qué bonitos están siendo estos días, a pesar de volver de puente, de que ayer fue lunes, del trabajo, de todo… Qué energía me da la primavera! Me encanta el calor, el olor a verano, la gente en las terrazas, las calles llenas, los colores en la ropa… Y hoy tenía muchas ganas de escribir. Por eso os traigo un nuevo post, en forma de relato, para leer despacito, ya sabéis, como siempre hacemos… 🙂

Pura casualidad

No le gustaban los gatos, ni el chocolate, ni el verano. Últimamente se había olvidado de lo qué le gustaba y sólo le daba por recordar lo que no.

Aquella mañana los niños corrían en la plaza, se escuchaban sus voces tras la pelota y sus risas y gritos llenos de inocencia y vida. Echo la vista atrás y la nostalgia se le pegó a la piel aferrándose con tanta fuerza que parecía que ya no iba a desaparecer. Echó de menos su casa, el olor de aquellas sábanas, la voz de su madre, los ronquidos de su padre y las discusiones con su hermana. Echaba de menos su vida.

Su historia era una entre otras muchas, entre muchos jóvenes que habían dejado atrás una vida entera para buscar nuevas oportunidades que se prometían en el aire en una ciudad encantada. Sin apenas planteárselo, se había instalado en esa ciudad para buscar las oportunidades que estaba seguro no podían llegar si se quedaba para siempre en su pequeño pueblo del alma, al que nunca había conseguido verle nada especial y al que ahora echaba de menos en exceso. Sus calles, su gente, sus paellas y su mar. Habían pasado mucho tiempo y aún recordaba con una tímida sonrisa el día que se sentó en el sofá a contarle por primera vez a su madre que se había enamorado. Ella, como siempre, le miraba con ternura, le regalaba comprensión en cada gesto y le abrazaba con firmeza para demostrarle lo orgullosa que se sentía y el amor incondicional que sólo pueden prometer las madres con la mirada.

Nunca le gustaron las personas atrevidas, era más bien de observar y callar, por eso se dedicaba a estar detrás de los focos, de las cámaras y los objetivos. Cuando sólo era un niño le regalaron su primera cámara, aquel aparatoso instrumento que le hizo crecerse y sentir que era grande frente a todo lo que allí quedaba inmortalizado. Las cámaras digitales ya le parecieron lo más maravilloso del mundo y se lamentaba que no hubiesen llegado mucho antes, cuando era joven y viajaba. Ahora, incluso, había dejado de viajar.

A veces, se preguntaba si el verdadero motivo de no estar en su casa había sido la necesidad de huir. Huir de los rumores, de los chismes y susurros que sonaban fuertes y hacían daño, a él y a su familia. La mayoría de las veces la gente habla y se toma el derecho de juzgar, de sentir y valorar sin saber el daño que pueden llegar a causar. Siempre pensó en lo aburridas que serían sus vidas para que tuviesen que hablar de las de los demás. Por supuesto, la infancia sólo fue bonita dentro de su casa, en su mundo, dónde nadie hablaba ni reía, dónde nadie se burlaba. Los niños tienen esa maldita inocencia de no controlar los límites y no ser conscientes del daño y los traumas que son capaces de generar y en la mayoría de los casos los padres son los culpables por no sentarse a explicar que todo entra dentro de la normalidad, y que el respeto hacia los demás es el valor que más debe predominar. La adolescencia siguió el mismo camino y realmente en la universidad, en aquella gran ciudad y en aquellas calles gigantes, entre cientos de desconocidos, fue donde realmente empezó a ser feliz. Quizás sí, quizás había huido más por buscar su felicidad personal que por conseguir su sueño profesional.

Estudió publicidad y antes de terminar su carrera, fue contratado como becario en una agencia de comunicación donde finalmente acabó siendo contratado, en aquella época en la que los becarios todavía conseguían un contrato después de sus esfuerzos. Habían pasado quince años desde aquello y en ocasiones parecía que la vida hubiese corrido tanto, que el tiempo le había sido robado.

Se había enamorado muchas veces, aunque nunca como esta vez. Como todo ser humano, se había enamorado en la adolescencia donde no había sido correspondido y donde había sufrido tanto por ese desamor que sentía que la vida no tenía sentido. Menos mal, que con el tiempo podía reírse de aquellos sentimientos primerizos de un aprendiz de la vida. Realmente aquella historia le marcó y le acompañó durante muchos años, pero eso siempre pasa con el primer amor, al que se le acaba tachando de platónico e imposible. Había tenido amores de verano, de hecho, de esos había tenido unos cuantos. Se había enamorado en la ciudad, de jóvenes y maduros, de guapos y listos, de estúpidos e increíbles, incluso una vez se enamoró de alguien a quien nunca llegó a contárselo y al que siempre prefirió tener como amigo.

Su vida profesional era estable y satisfactoria, su trabajo estaba bien valorado y adoraba a las personas con las que compartía trabajo, oficina y objetivos cada día. Lejos de aquella triste época de pocos amigos y soledad, el tiempo había sabido recompensarle y su vida social era maravillosa, contaba con un teléfono siempre sonando y planes sobre planes dispuestos a ser devorados cada día.

Le conoció casi por casualidad. Aquella mañana, Beatriz, su compañera, su mejor amiga y la mejor fotógrafa que él conocía, se encontraba con fiebre y una infección en las anginas que le impedían levantarse de la cama. Tuvo que cubrir una sesión de fotos para una firma de relojes que se vendían como churros, a pesar de sus precios desorbitados. El modelo, por supuesto, era el actor de moda del momento y la campaña sería lanzada en televisiones y revistas, así que él se encargaría de las fotos. Por temas de caché, las fotografías donde no se viese la conocida cara del actor las haría otro chico, que cobraba mucho menos por dejarse fotografiar las manos. Se notaba que era joven e inexperto, pero era quizás el hombre más guapo que había visto en su vida. Empezaron a hablar cordialmente, y al final, tras una larga jornada de trabajo, entre risas y bromas, decidieron ir a tomar unas cañas. A día de hoy se sigue preguntando cómo y por qué y sin encontrar explicación alguna, aquella noche acabaron en la misma cama, entre besos, caricias y una pasión que arañaba las paredes de la casa. Había sido maravilloso y le habría prometido amor eterno en aquel mismo instante. De hecho, cuando se despertó a su lado, deseó con todas sus fuerzas que aquella mañana durase para siempre. Podría haber sido una noche de locura más, aquel joven modelo podría haber salido de su casa y no haber vuelto a dar señales de vida. Podría haber sacado su teléfono de la base de datos de la agencia y podría haberle buscado, pero no hizo falta, porque el modelo se encargó del resto. Dos días habían pasado sin que se lo hubiese quitado de la cabeza cuando abrió el buzón para retirar toda la publicidad que se había ido almacenando durante semanas, y encontró un pequeño papel, una pequeña nota en la que se le indicaba hora y lugar para volverle a ver.

Le contó a sus amigas lo sucedido y lo excitante que le parecía haber encontrado aquella nota ahí, cuando unas horas antes había decidido no buscarle si no era él quien le quisiese ver. Aquella tarde, volvieron a terminar en la cama. A penas hablaban, sólo se besaban, se abrazaban y se deseaban. Se mordían con la mirada y se mataban con las caricias, se resucitaban con los besos, las lenguas entrelazadas y la saliva. Durante semanas dejaron que las cosas sucediesen así, con notas en un buzón que ahora era revisado cada instante, con encuentros apasionados y emociones encendidas. Empezaron a escribirse e-mails y a contarse poco a poco cómo eran sus vidas, sus ilusiones, sus trabajos, su pasado y su presente, sus preocupaciones y sus alegrías. Pasaban tardes en la cama, abrazados y en silencio. A veces se reía de la locura en la que se estaba convirtiendo su vida, ni si quiera tenía su número de teléfono, ni se había hecho junto a él una fotografía. Por su cumpleaños, en el buzón y como vieja costumbre, le regaló una escapada de fin de semana, sólo para ellos, alejados de la rutina, experimentando otra forma de encontrarse en sus vidas. Aquel fin de semana fue maravilloso. Extraño, pero maravilloso.

Intentó cogerle de la mano. Llevaban meses compartiendo sábanas casi todos los días y nunca había paseado de su mano, pero sintió como ésta se separó suavemente, en un desliz que le golpeó la seguridad que empezaba a tener en aquella historia y en aquel joven modelo al que había conocido en una sesión de fotos, por pura casualidad.

-Lo siento, es que hay algo que no te he contado…- Por el tono, entendió lo que pasaba y se acordó de la ternura que había sentido cuando su madre le escuchó aquella primera vez en la que le dijo que se había enamorado. Le dejó continuar.- Es la primera vez que estoy con un chico…

Lo entendió todo. Su timidez, su desenfreno y pasión como si el mundo se acabase, sus miedos, sus largas conversaciones a través de los e-mails, desde el otro lado de un ordenador, tras el cual poder esconderse y no encontrar miradas que le juzgasen… Le sonrió.

-No pasa nada, absolutamente nada.- Y le contó con la mirada que estaría a su lado, queriéndole y apoyándole en todo.

Aquel fin de semana fue maravilloso y cuando volvieron a la realidad supo que no quería separarse de su lado. Se había enamorado.

Sus encuentros siguieron siendo como siempre, en casa, en la cama. Había pasado un año y desde hacía semanas le decía que no era normal que no hiciesen vida más allá de aquellas cuatro paredes. Le notaba triste y distante. Se negaba a darle su número de teléfono, no quería agregarle en sus redes sociales y en él empezaba a aflorar una inquietud que les estaba matando.

Una mañana, tras haberse despertado a su lado, se marchó a la oficina. Aquella mañana hubo un cambio de planes en la jornada, acababa de llegar un correo, a primera hora, en el que se convocaba a los medios de comunicación esa misma tarde para cubrir la inauguración de una tienda de moda. Se negaba rotundamente, pero al final le tocó ir. Acabó  casi a las diez de la noche, estaba agotado y muy lejos de casa. Cargó con la cámara y decidió recorrer un par de calles para ahorrarse unos euros en el taxi. Como si de una extraña fuerza se tratase, su mirada se giró hacia la terraza de un restaurante que no había visto en su vida, y en la terraza cenaba, entre otros, una pareja de jóvenes que se besaban y abrazaban. Escuchó su risa y se le paró el corazón. Se quedó en silencio, mirándoles, viendo como se devoraban los labios y se acariciaban las piernas, y sintió como el corazón le estallaba en mil pedazos. No podía decir nada y el sonido de la cámara contra el suelo paralizó en seco al joven modelo de la rubia despampanante. Se encontraron sus miradas, perdidas, rabiosas, agonizantes, asesinas. La chica les miró extrañada y le dijo a su acompañante:

-¿Conoces a ese hombre?

Él negó con la cabeza y le miró con desprecio.

-Eh, tú, ¿Qué coño miras?

Le quemó el alma. Recogió su cámara, rota, como le hubiese gustado recoger el corazón, que estaba gritando de dolor, tirado en el suelo, pisoteado y moribundo. Se dio la vuelta y se marchó de allí. Aquella noche tuvo un ataque de ansiedad, aquella noche y todas las siguientes durante varias semanas. Recibía e-mails diciendo que todo tenía una explicación, notas y flores pidiendo perdón y comprensión. Aquella rubia era su esposa, con la que se había casado hacía sólo tres meses, pero a la que aseguraba no querer. El joven modelo juraba tener mucho miedo, no podía decir que era gay.

Desactivó aquella cuenta de correo electrónico y decidió no abrir, al menos durante un tiempo, el buzón. Se negó a ir a sesiones de fotos con modelos masculinos durante mucho tiempo.

Aquella mañana los niños corrían en la plaza, se escuchaban sus voces tras la pelota y sus risas y gritos llenos de inocencia y vida. Echo la vista atrás y la nostalgia se le pegó a la piel aferrándose con tanta fuerza que parecía que ya no iba a desaparecer. Echó de menos su casa, el olor de aquellas sábanas, la voz de su madre, los ronquidos de su padre y las discusiones con su hermana. Echaba de menos su vida.

Últimamente se había olvidado de lo qué le gustaba y sólo le daba por recordar lo que no. No le gustaban los gatos, ni el chocolate, ni el verano. Pero sin duda, lo que menos le gustaba era la gente que jugaba con los sentimientos de los demás.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Tan cerca de mi vida…

Podría haber colgado un cartel que dijese “cerrado por vacaciones” y no habría estado, para nada, fuera de lugar. Decidí desconectar de todo y todos para disfrutar de la Navidad, junto a mi familia, mis amigos y todas las personas que me rodean día a día… Era necesario y necesitaba esa paz y relajación en mi mente. La Navidad, como todo lo bueno, se fue esfumando demasiado rápido sin dejar apenas tiempo para decirle “hasta el año que viene…” y sí es cierto que a principios de esta semana podía haber vuelto a conectar, a escribir y a contar alguna historia. Si no lo he hecho, es porque he tenido una semana de trabajo agotadora y hoy, por fin, café en mano y sonrisa dispuesta, me siento ante el ordenador sin saber muy bien qué historia escribir…

Quienes me conocen, saben que nunca me faltan temas de conversación, siempre tengo alguna historia nueva, propia o ajena, que me sorprenda, que me guste, que me decepcione, pero siempre hay algo que explicar, que debatir, hablar y reflexionar. Hoy me ha tocado, también, ponerme al día con e-mails, con historias que me cuentan, seguramente ni quien me escribe sabe realmente por qué necesita hacerlo, ni yo sé muy bien cómo estar a la altura para responderles… Pero a ellos les gusta y a mí sus palabras, motor eterno de ilusión, siempre me hacen muy feliz.

Encender la televisión, echar un vistazo a los periódicos de este país es una bomba asegurada para oprimir el pecho a todos aquellos a los que todavía les queda corazón… Hay tantos, tantísimos temas que podría tratar hoy… La nueva ley sobre el aborto, la imputación de un miembro de la casa real por haber estado robando millones a quienes menos lo merecían, las incansables tramas de corrupción por parte de nuestros políticos que, menos mal, siguen saliendo a la luz, la pérdida de tarjeta sanitaria de todos esos jóvenes que se han visto obligados a tener que salir de aquí para poder trabajar y tener, al menos, una oportunidad… Tantas y tantas cosas de las que podríamos hablar… Está tan feo el mundo, tan irracional y deshumanizado este país, que hoy no me apetece hablar sobre nada de esto. Lo hablaremos, seguro, pero hoy no es el momento.

Hoy me siento demasiado bien como para enfadarme más con esta sociedad en la que vivo, me siento demasiado bien cómo para llorar a través de las palabras por todos los que aquí estamos y por todos los niños que crecerán y vivirán aún peor de lo que nosotros estamos viviendo… Me siento demasiado bien como para hablar de la realidad que nos envuelve.

Me apetece hacerle un guiño al amor, que con sus cosas malas y buenas, sabéis que siempre es un tema que me gusta tratar. Hoy he releído un correo que me escribió una chica hace unas semanas y me contaba lo mucho que había sufrido por amor en los últimos meses, y la ilusión que mis historias y mis fotos en una red social le daban para saber que algún día todo iba a cambiar. Atención, mis fotos. Sí. Más allá de mis palabras, de historias que salen de mi cabeza, mi vida real hace que alguien tenga ilusión y eso es, sin saber cómo explicarlo, realmente sorprendente. No sé muy bien cómo se asimila esto.

Hoy te quería contar que como todo ser humano, he sufrido por amor. Mucho. Pero creo que, llegados a este punto, es el momento de contar mi historia favorita…

Hace unos meses, mi amiga Alba me preguntó por qué no escribía una historia basada en mi relación y le dije que si eso intentaba contarlo como algo ficticio, iba a quedar muy surrealista y peligraría de alcanzar lo cutre, en estado puro. A veces no es necesario intentar que las historias formen parte de la ficción, porque contadas desde la realidad quedan mucho más bonitas…

Yo sólo tenía seis años cuando le vi a él por primera vez. Le vi en televisión y me enamoré de él. ¿Puede enamorarse alguien con seis años? Pues así lo sentí yo, sea amor o no, sentí el amor que una niña de seis años pueda llegar a sentir… Durante mucho tiempo le vi en revistas, le escuchaba a través de la radio, intentaba no perderme ni una sola intervención a través de la pantalla… Incluso llegué a tener fotos suyas colgadas en mi habitación. Bom Bom Chip fue la banda sonora de mi infancia y, sin saberlo, Sergio llegó a mi vida para quedarse a través del tiempo y el espacio…

El tiempo pasaba y ambos nos hacíamos mayores… El grupo desapareció, y dejó de ser la música que frecuentaba mi cassette y mi discman poco después… Pero no dejé de pensar en él. Seguía sus pasos a través de pequeñas intervenciones en series de televisión y, sin dudarlo, me adueñé de una cinta de VHS de una película de adolescentes en la que él era el protagonista. Luego pasó a formar parte de una serie de Disney Channel y con la excusa de que mi hermano pequeño la veía, podía seguir observando, cada vez que iba a casa de mis padres, cómo aquel chico al que siempre había visto desde lejos, y al otro lado de la tele, seguía arrancándome una sonrisa. Llegaron las redes sociales y su poder de acercamiento a aquellos que sentimos más lejanos… Y sobre el año 2008 me puse en contacto con él para hacerle una entrevista que publicaría en uno de mis trabajos de la universidad. Me costó meses que me contestase todas las preguntas, por aquel entonces él estaba en Nueva York estudiando interpretación y el e-mail fue la única forma de tener contacto. Muy poco contacto, la verdad. Acabada la entrevista, no volvimos a hablar.

Yo llevaba un año y medio viviendo en Madrid cuando vi en el Facebook de un buen amigo mío una foto dónde salía un grupo de chicos… Tuve que sonreír. Entre ellos estaba Sergio. Le conté a mi amigo mi historia, mi rol de fan desde la niñez y aquella entrevista a través de un ordenador… Jamás había conseguido verle en persona y más que ilusión, sentía curiosidad. El destino me lo acababa de poner demasiado fácil. Nuestros amigos en común nos pusieron en contacto, otra vez, cuatro años después. Jamás olvidaré la primera noche que le vi. A los dos se nos escapaba una sonrisa tonta… Yo era la chica de la entrevista, y él era el ídolo de mi infancia. Estaba nerviosa y casi no supe de qué hablar. Y tras aquella noche, entre amigos y risas, decidí que había sido curioso, incluso graciosa la situación, pero no me gustaba. Por aquel entonces, yo estaba totalmente destrozada y era la mayor defensora de que el amor no existía y no podría existir jamás. Defendía con uñas y dientes mi territorio, mi cuerpo y mi alma, y me prometía cada día que ningún hombre podría ganarse mi confianza.

Con los días y las semanas fui recuperando una ilusión que tenía totalmente enterrada, volvía a sonreír cómo hacía casi dos años que no lo había hecho, y sentía una paz que absolutamente nadie me había transmitido jamás. Decidimos vernos un par de veces, y pasar horas y horas hablando… riéndonos, compartiendo complicidad. Cuando ni si quiera me había dado un primer beso, me confesó que estaba muy enamorado de mí, que no lo había planeado, que sabía que yo tenía una coraza y que estaba dispuesto a olvidarme, pero a su vez, se sentía totalmente convencido de que valía la pena intentarlo. El primer abrazo me transmitió la paz y la seguridad que me hicieron bajar a la tierra y  el tiempo, los gestos, la bondad y la humildad que le caracterizan hicieron que mi “peor temor” se hiciese realidad. Me estaba enamorando. Es más, me estaba enamorando cómo jamás lo había hecho, y me estaba enamorando de alguien de quien, en cierto modo, siempre lo había estado.

Los miedos se fueron hace ya mucho tiempo, tanto, que ni los recuerdo. El amor que duele sólo es una lección de amor, pero no es amor. El amor bueno es el amor que alimenta, el que te da la pasión, la ilusión y las sonrisas. Sergio es mi otro yo, todo lo que me complementa, en todos los sentidos, y también es, sin ninguna duda, mi mejor amigo. Y no hay nada más mágico que eso.

¿Sabéis por qué os he contado esto? Porque la chica que me escribía el correo me decía que sabía que su sufrimiento sólo era el por qué de algo bueno que le iba a suceder y yo, desde aquí, quiero regalarle esta historia para que sepa que no hay nada más cierto. Para que todos sepan que la vida, al final, pone todo en su lugar. Y que el destino, vayas dónde vayas, siempre sabrá cómo hacer para que encuentres tu camino. Que no os engañe nadie, porque el amor bueno no duele jamás…

Y hablando de todo esto, hablando tan desde dentro y tan cerca de mi vida, me ha sido inevitable acordarme de un libro que me robó el corazón hace ya mucho tiempo. Marguerite Duras lanzó en 1984 un libro que a nadie dejó indiferente. El Amante fue reconocido con el prestigioso Premio Gouncort, ha sido traducido a más de cuarenta idiomas y ha vendido más de tres millones de ejemplares.

Esta narración autobiográfica lleva a la autora a recordar el deseo y la pasión de aquella historia entre una joven de quince años y un rico comerciante de veintiséis. A través de sus páginas recuerda el amor, el odio, las circunstancias que desgarraron a su familia y los hechos que la hicieron madurar demasiado pronto. La novela fue llevada al cine en el año 1992, ni si quiera la he visto, pero por lo que sé la crítica cinematográfica no la dejó en muy buen lugar.

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Si no conocéis  el libro, os invito a viajar a través de sus páginas, a dos culturas totalmente distintas y a una historia de amor secreta y prohibida.

Nunca dejéis de sonreír, amigos.

Lorena.