Empezó mi vida…

Cuando me marché y escribí el último post, tenía claro que hoy era el día que iba a volver. A veces, los planes no salen como uno quiere. Hace dos días que llegué a España y en menos de 48 horas he tenido que hacer muchos km para ir hasta casa a arropar a mi familia, para despedirme de un ser querido, y hacerle frente a la muerte, que es lo único que temo en la vida… Hoy ha sido un día muy triste y os prometo que no creía tener fuerzas, pero tras llegar (de nuevo) a Madrid y estar en el sofá, me he dado cuenta que esto era lo único que me podía desahogar: escribir.

Estas dos semanas en París han sido de las mejores de mi vida. Si de por sí esa ciudad enamora, yo he tenido la suerte de conocer y rodearme de personas increíbles que no me han dejado sola en estos quince días, que me han abierto los brazos desde el minuto cero y que me han hecho sonreír constantemente. París es una ciudad que enamora, cada rincón, cada calle desprende una magia inexplicable… y como no podía ser de otro modo, tenía que volver con un relato, con una historia imaginada en esa ciudad de ensueño… Ya había escrito alguna vez sobre ella, sin conocerla, pero esta vez, estoy segura que será diferente. Leed despacito, como siempre…


Empezó mi vida

Las ganas de comerme el mundo siempre me jugaron malas pasadas. Aquel martes no había sido un buen día. Marta gritaba al teléfono, reprochándome un sinfín de historias que a mi ya me cansaban. La quería, la quería con todas mis fuerzas, pero sin embargo, aquella no estaba siendo una buena época. Llevaba meses pensando que todos tenemos malas rachas y que aquello, tarde o temprano, tenía que cambiar. Sólo faltaban dos semanas para que yo volviese a España y seguro que, entonces, con el verano, los planes y el reencuentro, todo volvería a estar en su lugar. Llamé a Antonio esperando que me ofreciese un buen plan, necesitaba salir de casa y París en una tarde de julio tenía toda la vida que yo anhelaba. Sabía que él no me iba a fallar, él siempre sabía cómo organizar los días y cómo hacer de cada uno de ellos una aventura. A las siete en punto nos reuniríamos en Bastille para ir a tomar unas cañas. Decidí salir de casa con la sonrisa puesta, más por necesidad que por casualidad, pero lo que nunca imaginaba es que esa sonrisa iba a ser mi única aliada en los próximos días… Antonio y el resto de gente de la oficina me esperaron puntuales, había alguien a quien yo no conocía. Ni si quiera me fijé bien en ella. Me la presentaron, sin más. Era la hermana de Juan, otro de mis compañeros, y había venido a pasar unas semanas a la ciudad del amor para hacer turismo e intentar buscar un trabajo que le asegurase un futuro mejor. Sigo sin entender qué fue lo que pasó. No sé en que momento empezamos a hablar, no sé en que momento nos empezamos a reír o en qué momento cogimos la confianza suficiente como para gastarnos bromas que nadie más podía entender… Lo único que sé es que unas horas después deseé que el mundo desapareciese y me olvidé de todo lo que había en él.

La mañana siguiente me desperté pensando en ella, sin saber muy bien cómo ni por qué. Sabía que tenía poco tiempo y quizás la debilidad en mi relación con Marta, quizás la novedad y las circunstancias o quizás el destino hicieron que aquel día y todos los que vendrían a continuación me inventase mil excusas y mil planes en grupo para poder volver a verla. Propuse fiestas y turismo, cualquier cosa que a ella le pudiese interesar. Necesitaba, de forma inexplicable, verla y hablar con ella. Conseguí hacer todos esos planes, el verano también ayuda a salir a recorrer la ciudad, a sentarse en los bares, a beber cerveza fría, a ver caer la noche y ver las luces intermitentes que cada hora en punto llenan de magia la Torre Eiffel. ¿Qué me estaba pasando? Yo, que estaba completamente enamorado de mi chica, a la que durante tres años había visto superior a cualquier mujer, con la que sabía que quería compartir el resto de mis días, el resto de mis vidas… Algo cambió y algo falló en aquella tarde de martes en la que tuve que recoger con fuerza mi sonrisa para salir de casa.

Dudé mucho en contarle mis sentimientos o no… ¡Era una locura! Tenía unos cuantos años más que yo, un chico que la esperaba, una vida en otro país, unos planes de futuro sin mí. Pero a veces, en la vida, cuando dos personas se cruzan, sus caminos encuentran un punto de unión tan fuerte que la conexión es brutal, explosiva, inexplicable, irracional… Ni si quiera la conocía realmente y no podía dejar de pensar en ella. Me robó el alma, el corazón y los días. Me conformaba con verla sonreír, con escuchar su voz, con aguantarle la mirada y ver a través de sus ojos que ella sentía exactamente lo mismo que estaba sintiendo yo. A veces, esa conexión es tan fuerte que sobran las palabras… Aquel viernes decidimos salir. El Pont Alexandre III nos acogió bajo sus luces, con toda esa gente que estaba ahí, desde cualquier ciudad de Europa, desde cualquier rincón del mundo, compartiendo risas, botellas de vino y amores de verano… Bebimos más de la cuenta y la noche nos invitó a vivir. Bailamos y reímos casi hasta el amanecer y entonces, todavía me preguntó por qué, le dije:

-No hace falta que te lo diga, ¿verdad?

Sonrió y negó con la cabeza, con una tristeza que en cuestión de milésimas de segundo se había apoderado de  su mirada.

-No… no hace falta, pero sabes que es imposible.

Asentí y le di un abrazo. Me conformé con un abrazo. Yo, que siempre había sido de luchar por los imposibles, de convertirlos en posibles. Yo, que la había conocido hacía solamente tres días y no podía dejar de pensar en ella. Yo, que prefería caer mil veces antes que no haberlo intentado. Yo, que en aquel momento olvidé que tenía que volver a España y que ella volvería a Italia… Yo, que había olvidado que tenía una vida en la que ella no estaba. Yo, que había olvidado que ella tenía otra en la que yo no pintaba nada.

Seguimos viéndonos y coincidiendo, entre miradas cómplices y sonrisas a medias. La sentí distanciarse de mí, la vi alejarse de forma sutil, como se alejan los que no quieren hacer daño… Mientras iba contando los días y sabiendo que cada minuto era uno menos, y que cada día que pasaba ya no iba a volver. Entonces, empecé a sentir miedo porque sabía que sin querer, había empezado a quererla, con todas mis fuerzas, desde aquel martes de julio en el que el destino quiso que nos encontrásemos.

Me estaba volviendo loco, me ponía nervioso si pensaba en ella… Necesitaba salir de trabajar y encontrarla. Necesitaba escuchar su voz.  Me creí el imposible y empecé a querer, simplemente, verla sólo una vez más, porque empecé a tener miedo, empecé a temer no volver a verla y empecé a repetirme, una y otra vez, que me estaba volviendo loco… Me había enamorado, locamente además, de alguien a quien ni si quiera conocía, alguien a quien seguramente había idealizado en mi cabeza y alguien a quien seguramente no podría tener jamás. Me sentía culpable y egoísta… ¿Cómo podía sentir tanto por alguien a quien había visto cuatro veces en mi vida? Y entonces supe que no podemos sentirnos culpables por sentir… Porque sentir amor, sea en la condición que sea, es lo que realmente nos enciende el corazón y nos hace temblar el alma… Y además de París, no hay nada más mágico que eso.

Sabía que podía ser un gran error, pero no pude evitarlo. Faltaban dos días para coger aquel avión que me llevaría de vuelta a unas vacaciones que venían en forma de realidad, una realidad que me estaba atormentando. Le envié un mensaje y la cité en las escaleras de Montmartre para beber unas cervezas, para reírnos de las risas y sentir la ciudad a nuestros pies justo en el momento del atardecer… Apagué el teléfono. No quería ver la respuesta. Cogí el metro y fui hasta allí para estar puntual a la hora prevista. Esperé cinco, diez, quince, veinte minutos… Esperé una hora, esperé dos… Vi a muchas chicas rubias a lo lejos, con la sonrisa en los labios y su imagen se me borraba al tenerlas cerca… Me había equivocado, y lo peor, me había metido en una burbuja de un mundo que no era el mío, en un lugar donde no tenía que estar, suplicando poder ver a la mujer que no tenía que ser… Decidí hacer el camino de vuelta andando, perdiéndome entre la noche parisina, entre los jóvenes que se devoraban a besos y las familias que paseaban disfrutando del verano… Me sentí estúpido y avergonzado. No esperaba encontrar un mensaje cuando encendiese el teléfono. Bueno, miento. Sí lo esperaba. Esperé a llegar a casa y lo encendí. Me había escrito quince minutos antes de la hora a la que yo la había citado, me había escrito un: “Lo siento, me es imposible. Cuídate mucho.”, que me provocó una pequeña carcajada que me quemó el alma y la voz.

No le volví a escribir, pero no podía dejar de pensar en ella. Era incontrolable. El mismo domingo que cogía mi avión de vuelta, me crucé con Antonio y entre risas, estupidez y vergüenza, le conté lo que me había pasado…

-Yo estaba con Juan en ese momento. Ella estaba subiendo a Montmartre cuando su novio la llamó, por sorpresa, para decirle que estaba aquí. Me parece, amigo mío, que si no hubiese sido por ese pequeño detalle, habría acudido a la cita.

Sonreí cabizbajo y quise quitarle importancia. Nada, absolutamente nada, sucede por casualidad. Quizás tenía que ser así, tenía que aparecer él para evitar que yo la viese, para evitar que el mundo se desmontase a nuestro antojo, cuando ambas vidas respiraban tranquilas en su rutina y estabilidad. Me recuerdo perfectamente en el aeropuerto, apurando un cigarro en silencio, respirando el aire de París, sabiendo, a ciencia cierta, que cuando volviese dos meses después, ya nada volvería a ser como antes. La ciudad en la que había vivido los últimos dos años había cobrado vida en sólo dos semanas.

Cuando vi a Marta me sentí un cobarde y el mundo se me vino abajo cuando aquella noche, entre besos y sonrisas, quise hacerle el amor y sólo fui capaz de pensar en Isabella…

Dejé mi vida, dejé mi relación, dejé mi mundo porque me estaba encerrando en una mentira. Dejé todo de lado por una ilusión, por una chica mucho más mayor que yo, a la que sólo había visto sonreír entre cervezas, con la que sólo había hablado de la vida… Dejé todo de lado por una chica a la cual no había acariciado, a la cual ni si quiera le había robado un beso, una chica de la cual no sabía cómo era su aroma, cómo olía su pelo… ni si quiera cual era su película, su canción o su comida favorita… Dejé de lado mi mundo por un amor imposible, por una historia surrealista, por una persona que el destino había cruzado en mi vida para hacerme vivir de una forma que no conocía… Para hacerme sentir, aunque resultase imposible, que me estaba enamorando por primera vez… de alguien a quien no conocía, como las historias de verano, las de cuando tienes quince años. Ella, a la que no sabía si volvería a ver alguna vez en la vida… Hasta aquel día, dos meses después, en el que recibí un mensaje que decía: “No he dejado de pensar en ti… Te espero en Montmartre, esta vez de verdad”.

Y entonces, sólo entonces, empezó mi vida…

HIce esta foto desde el metro, camino a Trocadero y supe, desde aquel instante, que tenía que escribir sobre esta ciudad mágica...

HIce esta foto desde el metro, camino a Trocadero y supe, desde aquel instante, que tenía que escribir sobre esta ciudad mágica…

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Anuncios

Lo que le falta al tiempo.

No sabéis lo mucho que me cuesta levantarme por las mañanas, siempre me ha pasado igual. Siempre he sido un poco vampiro, desde pequeña me ha gustado mucho más la noche que el día. Prefería leer por la noche, incluso estudiar después de cenar… Ahora, aunque el trabajo prefiero hacerlo durante el día, es verdad que nunca tengo prisa por acostarme. Me encanta ver la tele hasta bien tarde o leer un buen libro mientras la calle se queda en silencio y claro, por las mañanas, no hay quien me despegue de las sábanas. Ha sonado la alarma durante más de media hora, he preparado una gran taza de café  y aquí empieza mi miércoles… Aquí empieza lo que hoy te quería contar. 

El otro día, publiqué un relato, Los ojos de Margarita, que me dio muchas sonrisas, que me disteis muchas sonrisas, porque gustó mucho. Obviamente, cuando escribo un relato, lo que escribo en él es ficción, pero creo que  cuando uno escribe es inevitable regalarle algo de sí mismo a alguno de los personajes. En este caso, la frase con la que empezaba la historia podía hablar perfectamente de mi misma. No me gustan las historias de amores imposibles.

A través del cine, la televisión y la literatura, nos hemos acostumbrado a que nos encanten las historias de amor más complicadas, aquellos personajes que encuentran mil y una dificultades para poder amarse con total libertad y tranquilidad, esos personajes que parece que nunca van a conseguir estar juntos y que, al final, como toda buena historia de amor, consiguen reencontrarse para no separarse jamás. En la vida real, la verdad es que me gustan las historias bien distintas.

img_0635

Supongo que es la edad, las experiencias en la piel y las vivencias aferradas ya para siempre en el corazón, pero no me gustan las historias de amores imposibles y sufrimiento aunque tengan un final feliz. Una de mis películas favoritas es El diario de Noah y en ella hay una frase que dice “discutían todo el tiempo, pero tenían algo en común, estaban locos el uno por el otro…“. Muchísimas veces he visto esta frase mencionada por niñas a través de las redes sociales y seguro que en algún momento del pasado quise hacerla mía, ahora pienso que es un horror, aunque adore la historia de Allie y Noah.  ¿Cómo se puede ser feliz con alguien con quien discutes todo el tiempo? La vida real no es una película, ni una novela, las cosas no van a ser maravillosas porque sí, nosotros tenemos que hacer que las cosas sean maravillosas, nosotros somos lo únicos con el poder de elegir cómo van a ser nuestros días y de qué forma queremos vivirlos. No defiendo un amor cómodo. No me gustan, tampoco, esas historias en las que no existe un amor puro, pasional y verdadero, y en la que los protagonistas se aferran a la rutina y a la comodidad y aceptan así su forma de vida. Cada uno es libre de elegir sus días, pero estas historias tampoco me convencen, al menos, no para vivirlas.

El amor, desde la pasión, la confianza y el respeto, es lo más maravilloso del mundo, y se puede alcanzar la felicidad plena y absoluta. Existirán las discusiones, porque somos seres humanos, simplemente por eso, pero mientras no existan las faltas de respeto, las historias podrán ser maravillosas. Quizás es la edad, pero a mi me gustan las historias de amor puro y verdadero que son capaces de transmitirte paz y tranquilidad emocional. No me gustan las historias de amores imposibles. Hay historias de amor tormentosas y otras dolorosas desde el silencio…

El verano pasado, por mi cumpleaños, mi mejor amiga me regaló a Cometo, mi perro (el mejor regalo que me han hecho y me harán en toda mi vida) y además me regaló un libro, un libro que hasta hace unos meses no empecé a leer. Lo devoré en cuestión de días y me enamoré de él, de sus historia y sus personajes. Con Ángela Becerra y sus palabras en Lo que le falta al tiempo, me trasladé a las calles de París para vivir una historia de amor llena de arte, locura, deseo e irracionalidad.

Mazarine es una joven estudiante de pintura que vive sola en el Barrio Latino de París. En su casa encierra un valioso secreto que ha sido conservado a través de generaciones y puede cambiar el rumbo del arte. Su mundo se verá conmocionado por la aparición en su vida de Cádiz, un maduro genio de la pintura, creador de un mo vimiento revolucionario que despierta en ella una pasión sin límites”. 

Unknown

Mazarine, la protagonista, se convierte desde el principio en mi personaje favorito. Es sensible, solitaria, mística, dulce, valiente, atrevida, artista… Está completamente loca. Se enamora locamente de Cádiz, su profesor, un aclamado y reconocido pintor a nivel mundial que accederá a darle clases y a trabajar con ella. Él, casado con una fotógrafa de éxito, no podrá resistirse a la pasión que arde entre sus manos y la piel de la joven aprendiz. Una historia de amor imposible, complicada que se agravará a medida que avanza la trama y aparecen nuevos personajes en ella. Una historia de amor de locura, de miedo, de traición, de deseo, de silencios, de reproches…. Una historia de amor que me encantó descubrir a través de las páginas pero de la cual no me gustaría ser la protagonista. Demasiado sufrimiento. Querer amar y tener que hacerlo en silencio, ser un secreto, ser una sombra, sentir dolor al dar un beso seguido por la esperanza de una caricia, una contradicción de sentimientos, una inestabilidad emocional de la que no quiero ser nunca víctima. Una historia llena de historia, de historia del arte, con un tema principal sobre el cual girará el amor de los personajes, un tema principal relacionado con la religión y sus misterios, un secreto que podría cambiar la historia de muchos años de creencias.

caminando-descalza

Lo que le falta al tiempo es una de esas novelas que te atrapa, que te hace viajar y soñar, sufrir y desear, con un final impactante. Una de esas novelas que yo, desde Lo que te quería contar, te recomiendo que leas. Aprovechad ahora que viene el verano, que los días son más largos, que llegan las vacaciones, que la noche invita a quedarse despierto y perdeos entre sus páginas, entre sus letras, entre la locura de Mazarine y la irracionalidad de Cádiz, entre el amor de dos artistas, completamente locos.

00106520433092___P2_1000x1000

Feliz día, amigos.

Lorena.

Volveré a París, a abrazarla a ella.

Los días de lluvia siempre me han parecido perfectos para escribir. Si os dijese que esta tarde me he sentado con un café calentito y mi perro durmiendo sobre mis piernas a escribir este relato, podría parecer demasiado utópico, pero es real. Ojalá no hubiesen motivos para un día como hoy. Hoy, día mundial contra el cáncer, os dejo este relato, ya sabéis, para leer con calma, despacito, para saborear los rincones, las vidas, las ilusiones, los miedos y la cobardía que a veces nos destroza la vida. Para todos los luchadores que han hecho frente a esta enfermedad, para todos los vencedores, para todos los vencidos, para todas y cada una de esas familias que lo han sufrido… Por todos esos malditos recortes en medicina, en estudios que espero algún día encuentren el triunfo de la batalla, por todos los que lucharán… Por todos los que aman la vida, por los que la aprovechan y por los que no… Hoy, te lo quería contar.

Volveré a París, a abrazarla a ella.

Bajé del taxi temblando, el sudor frío me estaba congelando el alma mientras la lluvia empapaba mi rostro, mi ropa y mi cuerpo… El corazón latía con más fuerza que nunca, sin casi tener fuerzas, pero latía de miedo. Llegué a la entrada de la estación casi sin aliento, miles de personas volaban de arriba a abajo, sin ni si quiera mirar a su alrededor. Prisas, relojes, maletas… Algunos esperaban. Abrazos de felicidad, otros de despedidas y todas esas cosas que forman parte de una estación de tren. No fui capaz de ver ningún rostro, ni escuchar ningún sonido claro, corrí  como pude de arriba a abajo, esperando que no fuese tarde, pero cuando llegué al andén… El andén estaba vacío. Algunos encargados de ser oficialmente acompañantes hasta el punto de partida venían en dirección contraria a la mía, y a lo lejos, entre la lluvia y la oscuridad de aquella mañana de domingo podían verse las luces de un tren que desaparecía. Acababa de perder la batalla más importante de mi vida.

Sólo tenía diecinueve años cuando conocí a Marco. Si todos los cuentos tuviesen que basarse en una historia de amor real, estoy segura que aquella hubiese sido digna de ser escrita. Nos conocimos en Inglaterra, en uno de esos veranos a los que estaba acostumbrada desde niña, conviviendo con otros jóvenes en una exquisita y refinada academia, aprendiendo el idioma y las costumbres. Siempre me pregunté si realmente mis padres estaban interesados en mejorar mi educación y enriquecer mi cultura o simplemente era mucho más cómodo no tenerme como responsabilidad durante dos meses que aprovechaban para ir de viajes con sus amigos. La cuestión es que, en el fondo, tampoco me importaba. Mi relación con ellos había sido más bien fría. Mi madre siempre había deseado tener una niña, para vestirla, peinarla y pasearla, no creo que para nada más. Me eduqué en uno de los colegios más prestigiosos de la ciudad y desde que mis recuerdos alcanzaban, las niñeras habían sido mis compañeras de juegos y deberes. Mi padre era un hombre de negocios que a penas pasaba por casa. No le importaba que mi madre se pasase los días exprimiendo su tarjeta de crédito, y a ella no le importaba saber que él estaba acostumbrado a verse con otras mujeres, mucho más jóvenes y guapas. Frente al mundo, eran el matrimonio perfecto y los padres perfectos. Como otros muchos, matrimonios de esos que pasan los años en la apariencia estando completamente vacíos.

Marco era un chico hecho de sueños. Atento, cariñoso, divertido, sorprendente… Le encantaba viajar, descubrir lugares y culturas, y casualmente vivía en la misma ciudad que yo. Tenía una fiel compañera que nunca le dejaba solo, una maravillosa cámara de fotos con la que inmortalizaba pequeños detalles insignificantes que cobraban vida cuando los veías después de haber pasado por ese objetivo. Su sueño era ser un fotógrafo reconocido mundialmente y exponer su arte en exposiciones casi inimaginables. Me gustaba su sonrisa y su risa, su vitalidad, sus ganas de comerse el mundo. La fotografía me llamaba mucho la atención, y lejos de la carrera de derecho que mi padre me obligó a estudiar, mi sueño habría sido estudiar publicidad, pero claro, eso era una carrera absurda para una familia como la mía.

Éramos unos niños y aún recuerdo con nostalgia y una sonrisa aquella inocencia y aquella pasión que se respiraba en nuestras miradas, en nuestras caricias involuntarias y en un país que no nos pertenecía, pero que estábamos dispuestos a hacer nuestro. Teníamos dos tardes libres a la semana, y aprovechábamos para conocernos y querernos. Me enamoré de él sin ni si quiera haberle dado un beso. Cuando le besé por primera vez, tras una tarde de paseo y helado de vainilla, supe que jamás querría besar otros labios. Una noche, se coló en mi habitación. Y en aquella academia inglesa, que creía tener controlados cada uno de nuestros pasos, le dije que me hiciese el amor como nunca antes se lo había hecho a nadie… Nuestra relación era maravillosa. Nuestras risas, nuestro sexo y nuestros besos. Era, sin duda, el hombre de mi vida.

Cuando volvimos de aquel verano del que sólo fuimos protagonistas, empezamos a convivir en nuestra vida real. Vivíamos en la misma ciudad, proveníamos de una vida con un poder adquisitivo demasiado parecido, sólo que a él, sus padres le apoyaban en sus sueños. A mi madre le encantó desde el primer momento… Marco le encantaba a todo el mundo. Y yo no podía ser más feliz.

Habían pasado casi cuatro años desde que nos conocimos, yo estaba a punto de terminar la carrera y él ya había conseguido algunas exposiciones en salas de renombre de Madrid y Barcelona, de las cuales había salido victorioso. Su fotografía no dejaba a nadie indiferente, y yo temía que algún día su talento nos separase. En el fondo, sabía que eso no podía pasar, nuestro amor era mucho más fuerte que cualquier proyecto, cualquier distancia y cualquier tiempo.

Levábamos un tiempo hablando sobre irnos a vivir juntos, pero yo prefería primero terminar mis estudios. Recuerdo perfectamente aquella noche de viernes en la que habíamos quedado para cenar. El clima era suave y las terrazas invitaban a quedarte horas en la calle.

-¡Va a ser maravilloso! Tú y yo, París, una vida nueva y una vida juntos.

Sonreí y asentí. Marco acababa de recibir una oferta de trabajo de una prestigiosa revista francesa, le ofrecían un sueldo de lujo y un trabajo fijo para, al menos, cinco años. No dudé seguir sus pasos, iría con él al fin del mundo. Un mes después estábamos instalados en un precioso apartamento en 5ème arrondissement-Paris, uno de los barrios más prestigiosos de la ciudad. Estábamos felices e ilusionados. Los primeros meses fueron difíciles, Marco pasaba mucho tiempo trabajando y yo tenía demasiado tiempo libre. Me sentía completamente sola. Echaba mucho de menos mi día a día, mis amigos, mis rutinas… Me dediqué a inspeccionar sola los rincones más extraordinarios de la ciudad. Intentaba visitar diferentes distritos y sobretodo aprender el idioma. Mis padres, en su más incuestionable perfección se habían olvidado de que además de inglés, no habría estado mal que hubiese aprendido algo de francés. Empecé a ver mis películas favoritas en francés, y a leer libros y revistas… Además, me apetecía y necesitaba encontrar un trabajo, porque el tiempo libre me estaba matando, incluso en una ciudad tan increíble como aquella.

Una mañana, paseando por el barrio de Ópera, encontré una pequeña librería con un encanto que llamaba a gritos mi atención. Entré a echar un vistazo, en el mostrador había una chica delgada y sonriente, con los ojos claros y el cabello oscuro, que ordenaba una serie de papeles mientras tarareaba una canción. Cuando me acerqué a pagar me dijo algo en francés que no conseguí entender.

-¿Eres española?- Y a mí se me iluminó la cara.

Empezamos a hablar. Se llamaba Laia y era catalana, hacía años había ido a París a estudiar una beca sobre historia del arte y se había quedado a vivir. Le conté mi situación y los motivos que me habían llevado hasta allí, y sin saber muy bien por qué, le expliqué la soledad que sentía y lo mucho que echaba de menos mi día a día. En poco tiempo, Laia se convirtió en mi mejor amiga. Marco estaba feliz, entusiasmado con su trabajo, y aunque intentaba estar pendiente de mí, le quedaba poco tiempo para ello, en la revista le tenían muy considerado y acababan de ofrecerle viajar por Europa una semana al mes para fotografiar ciudades y noticias.

Laia y yo nos convertimos en inseparables, muchas noches en las que Marco estaba fuera se quedaba conmigo en casa. Las dos teníamos una conexión indescriptible. Sentía que nos conocíamos como si hubiésemos pasado juntas toda la vida, pronto aprendimos a reírnos con las mismas cosas, a entendernos con una mirada y a compartir los mismos sueños. Consiguió que un buen amigo suyo me contratase como camarera en una cafetería que había muy cerca de la librería dónde ella trabajaba, así mejoraría el idioma y me sentiría realizada. No me gustaba nada la idea de vivir de Marco,aunque su sueldo nos lo permitía. Obviamente, mis padres no se enteraron de aquel trabajo nunca.

Echo la vista atrás y visualizo cada uno de los momentos, cada detalle, cada instante, pero mirando desde lejos, creo que las cosas pasaron demasiado deprisa. No sabía muy bien por qué, ni si quiera me atrevía a mencionarlo en voz alta para no asimilar que era real, pero mi necesidad por ver a Laia se fue incrementando cada vez más. Mi amiga, mi confidente, mi consejera y compañera. No sólo  necesitaba verla para contarle mis secretos o preocupaciones, empezaba a tener la necesidad de abrazarla fuerte, de besarla, de acariciarle la piel, de desnudarla, de cuidarla, de quererla… ¿Qué me estaba pasando? ¿Qué locura era esa?

Una tarde de marzo, Laia me dijo que me iba a llevar a un sitio que me iba a encantar. Las dos teníamos la tarde libre, Marco estaba en Roma de viaje, y a las cinco nos encontramos en la puerta de su librería. Aquella tarde me llevó al salón de thé Fauchon, y me enamoré de aquella cafetería. Sin saber muy bien cómo, ni por qué, aquella tarde sentí que el mundo a nuestro alrededor se desvanecía, y que nosotras y nuestras sonrisas estábamos por encima de todo y todos. Le dije que se viniese aquella noche a casa, y creo que ambas sabíamos que aquella noche no sería como las demás. Preparé unas pizzas y nos sentamos en el sofá, preparé unos gintonics con frutos rojos y estuvimos riéndonos, bebiendo y fumando hasta casi el amanecer. Lo evitable ya era inevitable, y entre nosotras ya no existían miradas de comprensión, ahora lo que se reflejaba era pasión… y, ¿por qué no? También amor. Cuando nos tumbamos en la cama, todo me daba vueltas… Laia se me acercó y empezó a acariciar mi espalda, recuerdo perfectamente la suavidad de sus manos rozándome, de arriba a abajo, y las mil mariposas que volaban en mi estomago como, sin yo saberlo, no ocurría desde hacía años. Me besó en el cuello, y a pesar de los escalofríos y la felicidad que en esos momentos sentía, tenía miedo, mucho miedo. Me di la vuelta y la miré a los ojos, entonces entendí que nunca había sido tan feliz. Nos besamos como si el mundo no existiese, nos acariciamos, nos quisimos y nos amamos como estoy segura no habríamos sido capaz de hacer con nadie.

Todo lo demás pasa como diapositivas fugaces por mi mente…

Los miedos, las dudas, las lágrimas, el temor, el daño que le hice a Marco, la cobardía de no contarle nada a mis padres, mi ruptura, mi asimilación de los sentimientos nuevos, la pasión que sentía, la felicidad, la locura, el miedo a una sociedad que cree que está civilizada pero es incapaz de aceptar con normalidad a dos mujeres cogidas de la mano…

Dejamos París a los dos meses de estar juntas. Nos trasladamos a Barcelona, y tras un tiempo con un fuerte dolor en la cabeza, en uno de mis viajes a Madrid, fui al médico al que siempre me había llevado mi madre. Me hicieron pruebas durante días. Un tumor me estaba destrozando la vida. No había casi esperanzas, ni si quiera mucho tiempo. El mundo oscureció de repente, y sentí la rabia y la impotencia, el odio eterno contra la vida, que me estaba fallando en el momento que más la quería. Pensé en Laia, en su dulce voz, en su piel preciosa, y en su eterna sonrisa. Me quedé en casa de mis padres unos días, antes de tomar una decisión, antes de hacerle frente a la realidad… ¿Cómo yo, que tenía tantas ganas de vivir, iba a dejarla a ella sola? Quise contarle lo que pasaba cuando se me quebraba la voz al teléfono pero no tenía valor, no tenía valor para destrozarla. Una muerte nunca se supera, una ruptura acaba curándose con el tiempo. Nadie muere de amor, y eso todos lo sabemos. Nunca me habían gustado las mujeres, hasta que la conocí a ella. Todo había sido tan rápido, tan fugaz, tan bonito, tan nuestro… Un año a su lado me parecía una vida entera que me pertenecía, que nos pertenecía. Intenté hacerlo lo mejor que pude, y cuando volví a Barcelona y la vi, sólo pude echarme en sus brazos a llorar…

-¿Qué pasa? ¿Qué te pasa?.- Repetía una y otra vez mientras lloraba también, sin saber por qué.

Le dije que no podía ser, que mis sentimientos hacia ella habían cambiado, que era maravillosa, que era una de las cosas más bonitas que me habían pasado jamás, pero había estado confundida. Le mentí hasta dónde no se puede ni si quiera llegar a mentir, le dije que necesitaba que nos distanciásemos, que yo iba a volver a Madrid, que nuestros caminos se separaban, que me había dado cuenta que había confundido la amistad con el amor, y que todo había sido un error… Saqué fuerzas de dónde no las había y le pedí cien veces perdón. Se apartó de mis brazos, lloraba en silencio y me miraba. No me estaba creyendo, y me odió, me odió como sólo se puede odiar a alguien a quien en algún momento has amado, dejando atrás todo lo bueno. Me odió y sintió que le había destrozado la vida. En pocos días, sola en aquel piso, recogí todas mis cosas y me marché de allí.

Estuve meses sin saber nada de ella. Volví a casa de mis padres, que parecía que me querían más que nunca y que por primera vez necesitaban demostrarme que se preocupaban por todo lo me pasase. En los meses que siguieron mi vida estaba totalmente apagada, me pasaba el día llorando y quienes me rodeaban me pedían que fuese fuerte ante una enfermedad que me estaba arrancando la vida. Yo no lloraba por eso, yo lloraba porque la echaba mucho de menos y porque sólo necesitaba estar con ella. Mi cuerpo se iba debilitando y mi cara había perdido el color. Pedí que nadie se lo contase a Marco, ya había sufrido demasiado por mí.

Un sábado por la mañana recibí un mensaje de texto.

“Estoy en Madrid, te espero a las dos del mediodía en el metro de Velázquez. Mañana a las once de la mañana cojo un tren a Barcelona y de ahí cojo un avión.  Vuelvo a París.”

Leí y releí mientras el corazón se me rompía en pedazos que dolían. Me dolía el pecho, la cabeza, el cuerpo y el alma. Miré cada segundo el reloj y pensé en acudir a la cita. Estaba al lado de mi casa. Ella estaba allí, había venido por mí, con la última esperanza, con una ilusión a punto de ser enterrada. Me estaba demostrando que no me odiaba tanto como yo pensaba, y me estaba pidiendo a gritos que volviese a su lado. Si me veía se daría cuenta que me quedaba poco tiempo, ya no tenía pelo, no tenía fuerzas, y estaba totalmente destrozada. Le iba a hacer mucho daño. Vi el reloj posarse en las dos, las tres, las cuatro y cada una de las horas de aquel sábado. Lloré cuando ya no me quedaban lágrimas, y me mantuve despierta cuando ya no tenía fuerzas ni para ello. Aquella noche volví a París, entré en aquella librería y la vi ahí, tarareando detrás de un mostrador, aquella noche vi luz, vi su sonrisa y vi sus ojos, aquella noche sentí su piel y el sabor de sus labios, sentí la felicidad abrazándome la espalda, y me vi a mi misma sonreír, bailar, divertirme. Me vi llena de amor, y también de vida. Me desperté con el sudor empapando mi cuerpo, seguramente tenía fiebre. No tenía casi fuerzas para vestirme, mis padres aún dormían, me vestí como pude y bajé a coger un taxi.

-A Atocha, por favor.

Bajé del taxi temblando, el sudor frío me estaba congelando el alma mientras la lluvia empapaba mi rostro, mi ropa y mi cuerpo… El corazón latía con más fuerza que nunca, sin casi tener fuerzas, pero latía de miedo. Llegué a la entrada de la estación casi sin aliento, miles de personas volaban de arriba a abajo, sin ni si quiera mirar a su alrededor. Prisas, relojes, maletas… Algunos esperaban. Abrazos de felicidad, otros de despedidas y todas esas cosas que forman parte de una estación de tren. No fui capaz de ver ningún rostro, ni escuchar ningún sonido claro, corrí  como pude de arriba a abajo, esperando que no fuese tarde, pero cuando llegué al andén… El andén estaba vacío. Algunos encargados de ser oficialmente acompañantes hasta el punto de partida venían en dirección contraria a la mía, y a lo lejos, entre la lluvia y la oscuridad de aquella mañana de domingo podían verse las luces de un tren que desaparecía. Acababa de perder la batalla más importante de mi vida. Sentí como me flaqueaban las piernas, como mi cabeza me estaba matando a martillazos y sentí el fuerte sonido de mi cuerpo al desplomarse contra el suelo.

Dos días después me desperté en el hospital, donde sigo, donde sé que ya no me queda tiempo. Quizás quedan un par de días, quizás unas horas, o quizás unos minutos. El cáncer me ha ganado la batalla, pero sólo me siento perdedora ante la cobardía. Sé que cerraré los ojos, y sólo volveré a París, a abrazarla a ella.

Vive-sin-trabajar-en-Paris

Buenas noches, amigos.

Lorena