Contigo en el Mundo

Creo que nunca he cerrado un libro e, inmediatamente, he escrito un post, pero sabía que una vez terminase estas páginas, iba a suceder. Lo supe desde el principio de empezar a devorarlo y claro, hoy te lo quería contar… … Sigue leyendo

Las cosas que no nos dijimos.

Este ya es un martes como los de siempre: una tarde tranquila, con una infusión en la mano, el silencio en mi casa y mi reencuentro con vosotros.

Si os digo la verdad, no sabía muy bien qué iba a escribir hoy… Además, hace un rato, después de estar trabajando en una cosa en el ordenador durante varias horas, no sé qué he hecho, pero lo he borrado todo… ¡Qué rabia da eso! Así que tras el rato de mal humor que he pasado, como si de una señal se tratase, Cometo ha decidido acercarse al mueble dónde tengo algunos libros y extraer uno con sus patitas para intentar cogerlo con su boca y que yo corriese detrás de él… Es su forma de decirme “¡ven a jugar conmigo!“. Así pues, Cometo ha decidido que ese libro sería el protagonista del post de hoy.

No conozco a ningún niño que no le gusten los animales. Los niños, cuando aún son inocentes y no saben ni que existen muchas de las cosas horribles que hacen los adultos, aman sin condiciones, como lo hacen los animales desde que nacen hasta que mueren. He de reconocer que, a pesar de que siempre me han gustado los animales y que desde muy pequeña he tenido perro en casa de mis padres o de mis abuelos, desde que le tengo a él, siento un amor mucho más profundo por todos ellos, entiendo con más fuerza el respeto y compromiso que los seres humanos deberíamos tener con los animales y no puedo dejar de morirme de rabia cuando veo algún caso de maltrato o abandono a un ser que entiende de fidelidad y de amor mucho más de lo que entenderemos nosotros jamás.

Los que me seguís en Instagram (@lorenacorcoles), seguro que ayer visteis una foto que colgué. Ayer Cometo cumplía dos años, pero hasta dentro de tres meses no hará dos años que llegó a mi vida… Quizás os haya explicado ya alguna vez cómo llegó, pero hoy te lo quería contar.

Mi cumpleaños siempre es para mí algo muy especial, me encanta reunir a todos mis amigos, me encanta celebrarlo en Madrid, en l’Olleria, con mis amigos de aquí, con  mis amigos de allí… Me encanta que la gente me acompañe en un día tan especial, en el que celebro un año más de vida, de salud, de aprendizaje, de cosas buenas y malas… Lo que no podía imaginar hace dos años es que iban a hacerme el mejor regalo que me han hecho y me harán jamás.

Me suena raro hablar de Zara como mi amiga, porque realmente es mucho más que eso. Ella es mi hermana, mi mitad, mi alma gemela aún siendo infinitamente distintas, ella es mi confidente y la persona que más consentida me ha tenido nunca. Ella es mi Cometa. Aquel viernes en el que yo celebraba mi cumpleaños, ella me escribió para decirme que me esperaba en mi casa cuando yo saliese de trabajar y que a partir de ahí empezaría mi regalo.

Recuerdo que estaba nerviosa (como una niña pequeña, sí.). Abrí la puerta y en el interior de mi casa sólo se escuchaba silencio y yo me tuve que reír. En el suelo, un paquete cuadrado (del tamaño de un libro), aguardaba envuelto. De repente, unos segundos después, apareció él corriendo por el pasillo, con un lazo rojo, tan pequeño, tan suave, tan travieso, tan lleno de vida… Cometo vino a recibirme como si ya me conociese, como si supiese que iba a ser mío, como si entendiese, de algún modo, que en ese instante, empezaba nuestra historia y nuestra aventura juntos. Lloré, lloré de sorpresa, de felicidad y de emoción.

Hace casi dos años de aquello. Casi dos años de amor incondicional, puro, verdadero, de alegrías, de trastadas (es taaaan travieso), de dormir siestas juntos, de abrazos, de paseos por el parque, de besos… Sólo los que compartís vuestra vida con una mascota, sabéis bien del tipo de amor que hablo.

Aquel día, como os he dicho, un libro envuelto me esperaba en la entrada de mi casa para despistarme, y hoy Cometo, con sus dos años recién cumplidos, lo ha sacado de la estantería para hacerme rabiar y que fuese tras él para jugar. Hoy, sin ninguna duda, tenía que hablar de esto.

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¿Y si tuvieras una segunda oportunidad? Una novela que invita a creer en lo increíble. Cuatro días antes de su boda, Julia recibe una llamada del secretario personal de Anthony Walsh, su padre. Walsh es un brillante hombre de negocios, pero siempre ha sido para Julia un padre ausente, y ahora llevan más de un año sin ver se. Como Julia imaginaba, su padre no podrá asistir a la boda. Pero esta vez tiene una excusa incontestable: su padre ha muerto. Con más de 15 millones de ejemplares de sus novelas vendidos en todo el mundo, Marc Levy se ha convertido en un referente indiscutible de la literatura contemporánea. Con su nueva novela, Las cosas que no nos dijimos, Levy va un paso más allá y arrastra al lector a un universo del que no querrá salir.” (Sinopsis de La Casa del Libro)

Las cosas que no nos dijimos narra una historia increíble, pero de las que atrapan, me gustó mucho, porque ya sabéis que yo doy mucha importancia al tiempo, a no dejar nada en el tintero, a demostrar a aquellos a los que queremos que así es lo que sentimos, le doy mucha importancia al amor, a las historias difíciles pero no imposibles, al cariño, al respeto y al intentar hacer las cosas de la mejor manera posible, porque la vida, amigos míos, pasa demasiado rápida. Este libro, para mí, recoge todos estos ingredientes.

El padre de Julia, aún ausente, intentará demostrarle (aunque tarde) a su hija lo mucho que la ha querido e intentará pedirle perdón, de un modo un tanto inverosímil, por aquellas pequeñas y grandes cosas que se perdió de su vida. Intentará, además, rectificar en uno de los errores que más le pesaron durante el tiempo: separar a su hija del que fue el gran amor de su vida.

Marc Levy nos presenta esta novela para que reflexionemos sobre la vida, para reflexionar sobre aquellas personas que son esenciales y a las que seguramente no se lo demostramos. A través de las páginas y las palabras, nos hace cuestionarnos qué haríamos si pudiésemos volver atrás, y qué queremos hacer realmente con el tiempo que nos queda.

Sinceramente, creo que si no conocéis la novela, os va a gustar mucho.

Porque, dime… ¿Qué harías tú si tu vida se acabase y tuvieras una segunda oportunidad?

Gracias por una semana más.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

 

Cuenta conmigo.

¡Qué tarde se me ha hecho hoy! Desde que cambiaron la hora y el día dura más, siento la necesidad de quedarme todo el tiempo en la calle, disfrutar de mis amigos, de mi Madrid, del ambiente, del buen tiempo… … Sigue leyendo

Volverá…

Creo que septiembre nos trae más o menos las mismas sensaciones a todos… Sobre todo cuando somos niños, septiembre significa que empieza el curso y se acabó el verano. Empieza el año, y el curso escolar es quien decide dónde empieza y cuándo acaba.

Ayer Madrid estaba otra vez llena de gente, corriendo de arriba a abajo, con la prisa en la piel y la depresión post vacacional en la mirada. Dejar atrás las vacaciones no deja buen sabor de boca, pero hay que mirar el lado positivo y saber que con la vuelta a la rutina empiezan nuevos proyectos, nuevas metas y nuevas cosas y eso siempre debe hacernos felices.

Empieza uno de esos meses que llevan consigo el pistoletazo de salida, o la señal de meta que se encuentra al final. Para mí, es el mes que protagoniza los cambios más importantes de mi vida. Hace nueve años que fui a vivir a Elche, que empezaba mi vida universitaria y una de las etapas más bonitas que viviré jamás. En unas semanas, hace cuatro años que me trasladé a Madrid y aunque los primeros meses fueron muy difíciles… ¡Qué poco me costó enamorarme de esta ciudad! Madrid significó otra etapa crucial, de madurez, de amigos incondicionales, de mucha vida social y muchos retos profesionales. Cuatro años se dicen pronto, pero en ellos guardo miles de momentos que hoy me hacen ser quien soy, vivir como quiero vivir y estar dónde y con quienes quiero estar.

Hace nueve años que no vivo en mi pueblo, cerca de las personas más importantes de mi vida, nueve años sin mi día a día en l’Olleria, sin mi familia y mis amigos de siempre. Me sigue sorprendiendo cómo, nueve años después, cada vez que estoy allí, siento que no ha pasado el tiempo y es que tu verdadero hogar siempre sabrá esperarte, con las mismas cosas y el mismo aroma que cuando lo dejaste.

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Esta semana, como muchos sabéis, he estado en las fiestas de mi pueblo. Ojalá os pudiese transmitir a cada uno de vosotros lo importantes que son las fiestas de Moros i Cristians para mí. Las he vivido desde dentro desde muy pequeña y no he dejado de celebrarlas ni un solo año de mi vida. Hace cuatro años que no formo parte de mi filà, Les Popeluses, pero cada vez que voy, ellas me siguen recibiendo con una sonrisa y hacen que me sienta siempre en mi casa. (Gràcies!)

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La música, los trajes, las luces, la pólvora, la elegancia, la historia, las emociones, las risas, los reencuentros, el buen rollo, la amistad… Esos son los ingredientes de mis fiestas, y ellas forman parte de mi cultura y mi historia.

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Mi amiga Patri no se ha separado de mi lado ni un segundo y eso me ha hecho muy feliz… Nos hemos reído tanto, hemos tenido tanto tiempo para nosotras que todo el estrés que mi mente llevaba durante meses acumulando ha desaparecido, al menos, de momento.

Pero, ¿sabéis qué? Hacía mucho, mucho tiempo que no me iba tan triste de mi pueblo. La verdad que no sé muy bien por qué, quizás este viaje ha sido especial. He visto a mucha gente importante de mi vida, he disfrutado mucho de cada reencuentro, de cada sonrisa, de todas y cada una de esas personas que se han alegrado de verme tanto como yo de verlas a ellas… Las personas de mi vida.

No puedo dejar de dar las gracias (infinitas) a las personas con las que no había hablado nunca y se acercaron para decirme que me leen y me siguen, ¡qué sensación tan bonita!

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En una de esas noches de fiesta me pasó algo curioso que hoy te quería contar. Mi amiga Sonia me presentó a su novio y al presentarnos, le dijo “Ella es la chica a la que le encanta Carlos Ruiz Zafón” y claro, tuve que sonreir.
No nos faltó conversación y por unos momentos volvimos a pasear por el Cementerio de los Libros Olvidados, bajamos a la calle Santa Ana y subimos en tranvía hasta la Avenida del Tibidabo. Sé que cada cierto tiempo os hablo de Ruiz Zafón, mi escritor favorito, que os he dicho ya lo mucho que adoro la Sombra del Viento y el amor incondicional que siento por Daniel Sempere, uno de sus protagonistas. Me apetecía recordaros lo importantes que son los libros en nuestras vidas, cómo la magia de la literatura hace que conviertas a unos personajes en parte de tu vida y acaben siendo protagonistas de una conversación en una noche de fiesta, en un rincón cualquiera.

En uno de mis post, “Te querré siempre, Daniel Sempere”, que podéis encontrar en el apartado de “libros y literatura”, ya os hablaba de todo esto.

Siempre me hará feliz hablar de Ruiz Zafón, siempre encontraré en él la forma más dulce de sonreír o la más silenciosa de llorar, porque él y sus palabras sólo son magia… de la de verdad.

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“Barcelona, 1957. Daniel Sempere y su amigo Fermín, los héroes de La Sombra del Viento, regresan de nuevo a la aventura para afrontar el mayor desafío de sus vidas. Justo cuando todo empezaba a sonreírles, un inquietante personaje visita la librería de Sempere y amenaza con desvelar un terrible secreto que lleva enterrado dos décadas en la oscura memoria de la ciudad. Al conocer la verdad, Daniel comprenderá que su destino le arrastra inexorablemente a enfrentarse con la mayor de las sombras: la que está creciendo en su interior”.

Así me recibió la contraportada de El Prisionero del Cielo cuando se publicó en 2011. Este fue el tercer libro de la serie El Cementerio de los Libros Olvidados, el cuarto y último aún está por llegar y os podréis imaginar las ganas que tengo de saborearlo y devorarlo entre mis manos y mis ojos. La Sombra del Viento, El Juego del Angel y El Prisionero del cielo, publicados en este orden en 2005, 2008 y 2011, relativamente, forman un ciclo de novelas unidas entre sí a través de personajes e hilos argumentales que tienden puentes narrativos y temáticos, aunque cada uno de ellos cuenta con una historia cerrada e independiente, que podrás entender perfectamente si leer solamente uno de ellos (por supuesto, debes leer los tres).

Mi ejemplar me lo regalaron mis abuelos, en Navidad, con su dedicatoria y firma, como siempre hacen.

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Sin ninguna duda, el primero es el más especial, pero el tercero puedo decir que me pareció brillante. Volver con los mismos personajes ya fue para mí algo muy emotivo, poder reencontrame con sus vidas después de tanto tiempo y ayudarles a descubrir una historia mágica que estoy segura no deja a nadie indiferente.

Ruiz Zafón sabe escribir magia, sabe hacer de la palabra un absoluto y verdadero placer, no podéis dejar de leerle, por favor. Sólo espero que no tarde en volver.

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Mil besos con la depresión post vacacional en la mirada y las ganas en los dedos.

Gracias por estar siempre.

Buenas noches, amigos.
Lorena.

PD. Lo prometido es deuda: Volverá…

Bajo la misma estrella…

 

Me despedí de Madrid justo una noche antes de mi cumpleaños. He estado de vacaciones. Necesitaba desconectar del mundo entero (y aún así no me resistí a subir alguna foto a mi Instagram). Llevaba unas semanas con una presión mental demasiado fuerte y nada buena, necesitaba desconectar de todo y todos, por eso no he escrito nada estos días, he tenido, incluso, la mayor parte del tiempo el teléfono desconectado (muy raro en mí).

Me encanta celebrar mi cumpleaños, lo celebro durante días, porque ese año ya no se repite y porque nunca más volveré a cumplir 27 años (si me pongo negativa, no sé si cumpliré los 28, como no lo sabes tú). Me gusta reunir a mis amigos y a mi familia, me gusta ver junto a mí a las personas a las que quiero y ver cómo reímos, nos abrazamos y nos queremos… Lo hacemos cada vez que nos vemos, pero ya os digo que mi cumpleaños es especial para mí. Me llenaron de felicidad (y de regalos). Sergio esperó al último momento de la última celebración para sacar sus regalos… El último venía con una nota “No puedo escribir un libro por ti, pero si puedo ayudarte a plasmarlo… Te quiero” Y dentro del paquete venía mi nuevo juguete, con el que hoy os escribo. Después me instalé junto al mar y dejé descansar la mente, me llené de paz y de energía, me olvidé del trabajo, del ruido y del tráfico de Madrid.

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De vez en cuando, me gusta leer libros sobre adolescentes… Supongo que siempre habrá algo en mí de aquella adolescente que fui. A nuestro adolescente interior le tenemos marginado. Nos encanta decir que aún queda algo del niño que fuimos, nos produce ternura y una sonrisa, en cambio, nunca reconocemos que queda algo de adolescentes en nosotros, porque es la época tonta, el paso entre la infancia y la madurez y reconocer que guardamos algo de eso nos pone la etiqueta de no estar preparados para presentarnos al mundo como verdaderos adultos. Soy una persona adulta y madura (creo), pero espero que siempre haya en mí algo de la niña y la adolescente que fui.

En mi adolescencia fui muy feliz, muchísimo. Ya no sé si es que siempre he sido feliz o es que, pasado el tiempo, sólo soy capaz de recordar y guardar las cosas buenas. Creo que más bien es lo segundo y creo que es algo bastante importante que todos deberíamos hacer.

El primer amor llega en la adolescencia y eso es indiscutible (aunque seguramente no el verdadero), pero todos creímos en algún momento que éramos las personas más adultas del mundo cuando sólo teníamos quince años y que jamás podríamos volver a querer tanto como queríamos a ese chico o chica que nos volvía completamente locos. Ese chico o chica por el que después lloramos, por supuesto, y creímos que el dolor era tan grande que jamás podríamos superarlo. Sonríes, ¿verdad? Porque al final lo superamos, y porque no somos tan distintos.

Antes de salir de casa sabía que tenía que escoger un libro. Iba a estar unos días relajada y sólo me apetecía perderme entre páginas de papel y alguna historia que no me pertenecía. Me acerqué a las estanterías del pasillo y eché un ojo a unos cuantos que llegaron hace poco, su portada azul me llamó la atención y al leer el título pensé que me sonaba, segundos después supe que me sonaba. La película está ahora mismo en el cine, lo había visto en los carteles del metro. Prometía ser romántico y bonito, así que… ¿por qué no? Lo metí en la maleta.

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Lo leí en dos días. A veces me reía y Sergio me observaba, yo no alzaba la vista, pero de reojo podía ver como él sonreía sólo por mirarme. Era una historia de adolescentes, en la que en momentos veía reflejada a la adolescente que alguna vez fui y de la que espero aún llevar algo dentro. Me pegué a la sombra de Hazel Grace y seguí, a su lado, cada uno de los pasos de la historia que ha protagonizado.

Hazel es una adolescente que tiene cáncer de pulmón. Dos tubos van enganchados siempre a su nariz desde una botella de oxígeno para ayudarla a respirar y alargar, de este modo, su vida. La vida que ella sabe que más pronto que tarde acabará. Hazel está cargada de sueños, es una chica dura y valiente con una sensibilidad poco común. Inteligente, divertida y coherente. Detesta a muchas personas, y quiere mucho a muchas otras. Una de las tardes en las que acude a un grupo de apoyo de adolescentes con cáncer conoce a Augustus, un chico guapísimo que no deja de mirarla. Su media sonrisa, un paquete de tabaco que nunca se fumará y sus ganas de vida, enamorarán a nuestra protagonista y a los que observemos en silencio. Gus es el chico divertido, bueno, detallista y sorprendente que todas quisimos conocer de adolescentes, un chico hecho de sueños que pocas veces encuentras en la vida real (para nuestra tranquilidad, a veces hay suerte y lo encuentras. Existir, existen).

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El daño colateral de esta historia es el cáncer, del que todos vamos a ser “víctimas” a través de estas páginas. Hospitales, enfermeros, familiares detrozados, sueños arrancados, lágrimas, gemidos de dolor, jóvenes, niños, mayores, enfermos, sanos… Todos tienen cabida en una historia que lamentablemente se encuentra en la vida de muchas personas alrededor del mundo. El final ya se anunciaba triste desde la primera página y yo lloré a mares antes de llegar a las últimas diez.

Os invito a leer el libro, sin ninguna duda.

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Efectivamente, lo he hecho y he visto la película.

Nunca un libro se compara con una película, aunque la obra cinematográfica sea buena, el libro es la historia que conseguirás hacer tuya, visualizando a tu antojo cada rasgo de la cara de sus personajes o cada detalle de su habitación. Esa es la magia de la literatura, que tu imaginación y las palabras se funden para dar rienda suelta a tus sueños.

Yo sabía cómo acababa la historia, y desde la mitad de la película empecé a llorar. Al final, todo el cine lloraba. La película me encantó, casi tanto como el libro. La verdad que es buena. La interpretación de los protagonistas es brillante, y aunque al principio me decepcioné un poco porque no eran la Hazel Grace ni el Augustus que yo tenía en mi mente, pero a medida que avanzaba la trama, supe que Shailene Woodley y Ansel Elgort encajaban perfectamente con los protagonistas del libro. Todas las escenas principales de la novela están representadas en la versión cinematográfica, citando frases textuales del libro en la mayoría de los casos y no dejando nada en el tintero. El libro es más profundo, pero eso ya sabéis que pasa siempre.

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Cuando lees un libro así, con una historia como la de Hazel y Gus, sabes que hay amores adolescentes que son eternos, primeros amores que no se suplantarán bajo ningún concepto. En la vida real, a veces, el verdadero amor llega mucho después de la adolescencia, pero aún así te emociona recordar la inocencia con la que lo sentiste. Cuando lees una historia como la de Hazel y Gus, sabes que la vida es demasiado injusta con quien menos lo merece y que los que merecen ser castigados, muchas veces, acaban disfrutando demasiado. El cáncer no entiende de corazones buenos y malos, llega sin más, eligiendo al azar a sus víctimas, a quien lo padecerá y a todos los que lucharán junto al enfermo. El cáncer me da miedo, mucho miedo.

“Llegará un momento en que todos estaremos muertos. Todos nosotros. Llegará un momento en que no habrán seres humanos que quedan para recordar a alguien que alguna vez existió o que nuestra especie nunca hizo nada. ¡No habrá nadie a quien recordar! Ni Aristóteles o Cleopatra, y mucho menos a ti . Todo lo que hicimos y construimos , escribimos , pensamos y descubrimos será olvidado y todo esto habrá sido en vano. Quizá ese momento es muy pronto y tal vez hay millones de años de distancia, pero incluso si sobrevivimos al colapso de nuestro sol, no vamos a sobrevivir para siempre…”

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Buenos días, amigos.

Lorena.

Lo que le falta al tiempo.

No sabéis lo mucho que me cuesta levantarme por las mañanas, siempre me ha pasado igual. Siempre he sido un poco vampiro, desde pequeña me ha gustado mucho más la noche que el día. Prefería leer por la noche, incluso estudiar después de cenar… Ahora, aunque el trabajo prefiero hacerlo durante el día, es verdad que nunca tengo prisa por acostarme. Me encanta ver la tele hasta bien tarde o leer un buen libro mientras la calle se queda en silencio y claro, por las mañanas, no hay quien me despegue de las sábanas. Ha sonado la alarma durante más de media hora, he preparado una gran taza de café  y aquí empieza mi miércoles… Aquí empieza lo que hoy te quería contar. 

El otro día, publiqué un relato, Los ojos de Margarita, que me dio muchas sonrisas, que me disteis muchas sonrisas, porque gustó mucho. Obviamente, cuando escribo un relato, lo que escribo en él es ficción, pero creo que  cuando uno escribe es inevitable regalarle algo de sí mismo a alguno de los personajes. En este caso, la frase con la que empezaba la historia podía hablar perfectamente de mi misma. No me gustan las historias de amores imposibles.

A través del cine, la televisión y la literatura, nos hemos acostumbrado a que nos encanten las historias de amor más complicadas, aquellos personajes que encuentran mil y una dificultades para poder amarse con total libertad y tranquilidad, esos personajes que parece que nunca van a conseguir estar juntos y que, al final, como toda buena historia de amor, consiguen reencontrarse para no separarse jamás. En la vida real, la verdad es que me gustan las historias bien distintas.

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Supongo que es la edad, las experiencias en la piel y las vivencias aferradas ya para siempre en el corazón, pero no me gustan las historias de amores imposibles y sufrimiento aunque tengan un final feliz. Una de mis películas favoritas es El diario de Noah y en ella hay una frase que dice “discutían todo el tiempo, pero tenían algo en común, estaban locos el uno por el otro…“. Muchísimas veces he visto esta frase mencionada por niñas a través de las redes sociales y seguro que en algún momento del pasado quise hacerla mía, ahora pienso que es un horror, aunque adore la historia de Allie y Noah.  ¿Cómo se puede ser feliz con alguien con quien discutes todo el tiempo? La vida real no es una película, ni una novela, las cosas no van a ser maravillosas porque sí, nosotros tenemos que hacer que las cosas sean maravillosas, nosotros somos lo únicos con el poder de elegir cómo van a ser nuestros días y de qué forma queremos vivirlos. No defiendo un amor cómodo. No me gustan, tampoco, esas historias en las que no existe un amor puro, pasional y verdadero, y en la que los protagonistas se aferran a la rutina y a la comodidad y aceptan así su forma de vida. Cada uno es libre de elegir sus días, pero estas historias tampoco me convencen, al menos, no para vivirlas.

El amor, desde la pasión, la confianza y el respeto, es lo más maravilloso del mundo, y se puede alcanzar la felicidad plena y absoluta. Existirán las discusiones, porque somos seres humanos, simplemente por eso, pero mientras no existan las faltas de respeto, las historias podrán ser maravillosas. Quizás es la edad, pero a mi me gustan las historias de amor puro y verdadero que son capaces de transmitirte paz y tranquilidad emocional. No me gustan las historias de amores imposibles. Hay historias de amor tormentosas y otras dolorosas desde el silencio…

El verano pasado, por mi cumpleaños, mi mejor amiga me regaló a Cometo, mi perro (el mejor regalo que me han hecho y me harán en toda mi vida) y además me regaló un libro, un libro que hasta hace unos meses no empecé a leer. Lo devoré en cuestión de días y me enamoré de él, de sus historia y sus personajes. Con Ángela Becerra y sus palabras en Lo que le falta al tiempo, me trasladé a las calles de París para vivir una historia de amor llena de arte, locura, deseo e irracionalidad.

Mazarine es una joven estudiante de pintura que vive sola en el Barrio Latino de París. En su casa encierra un valioso secreto que ha sido conservado a través de generaciones y puede cambiar el rumbo del arte. Su mundo se verá conmocionado por la aparición en su vida de Cádiz, un maduro genio de la pintura, creador de un mo vimiento revolucionario que despierta en ella una pasión sin límites”. 

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Mazarine, la protagonista, se convierte desde el principio en mi personaje favorito. Es sensible, solitaria, mística, dulce, valiente, atrevida, artista… Está completamente loca. Se enamora locamente de Cádiz, su profesor, un aclamado y reconocido pintor a nivel mundial que accederá a darle clases y a trabajar con ella. Él, casado con una fotógrafa de éxito, no podrá resistirse a la pasión que arde entre sus manos y la piel de la joven aprendiz. Una historia de amor imposible, complicada que se agravará a medida que avanza la trama y aparecen nuevos personajes en ella. Una historia de amor de locura, de miedo, de traición, de deseo, de silencios, de reproches…. Una historia de amor que me encantó descubrir a través de las páginas pero de la cual no me gustaría ser la protagonista. Demasiado sufrimiento. Querer amar y tener que hacerlo en silencio, ser un secreto, ser una sombra, sentir dolor al dar un beso seguido por la esperanza de una caricia, una contradicción de sentimientos, una inestabilidad emocional de la que no quiero ser nunca víctima. Una historia llena de historia, de historia del arte, con un tema principal sobre el cual girará el amor de los personajes, un tema principal relacionado con la religión y sus misterios, un secreto que podría cambiar la historia de muchos años de creencias.

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Lo que le falta al tiempo es una de esas novelas que te atrapa, que te hace viajar y soñar, sufrir y desear, con un final impactante. Una de esas novelas que yo, desde Lo que te quería contar, te recomiendo que leas. Aprovechad ahora que viene el verano, que los días son más largos, que llegan las vacaciones, que la noche invita a quedarse despierto y perdeos entre sus páginas, entre sus letras, entre la locura de Mazarine y la irracionalidad de Cádiz, entre el amor de dos artistas, completamente locos.

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Feliz día, amigos.

Lorena.

Por amor al arte… (Parte I)

Hace días que una historia me viene rondando la mente, una historia que tenía muchas ganas de plasmar y compartirla con vosotros. Una historia que mi mente, que siempre va más allá de la realidad, ha creado para convertirla en relato. Tendríais que verme… Estoy muerta. He llegado de trabajar y mi cuerpo me pedía a gritos que me tumbase en el sofá, que descansase y me pusiese a leer un rato, pero hoy tenía que escribir. Necesitaba hacerlo.

Voy a aventurarme a hacer algo que no sé si saldrá bien… Os traigo un relato para que lo leáis despacito, como a mí me gusta… Pero sólo os traigo la primera parte. Todavía no sé si lo publicaré en dos partes, o en tres, porque os tengo que confesar que aunque ya sé el final, no he tenido tiempo real para poder terminarlo. Quiero leeros, quiero que me digáis cómo creéis que va a acabar la historia, qué creéis qué va a pasar… Hace unas horas he publicado en Twitter lo mucho que me gusta observar a la gente en el metro, lo mucho que me gusta ver lo diferentes que nos creemos y lo parecidos que realmente somos. Con nuestras preocupaciones, nuestras alegrías, nuestros sueños y nuestras realidades… Quiero saber si al final de verdad no somos tan distintos, quiero saber qué pensáis al leer esta historia y qué imagináis que pasará o qué os gustaría que pasase…. No sé si saldrá bien, no sé  si habrá quien lea esto y no lo encuentre interesante y por ello no lea lo que vendrá más adelante…. Pero me apetecía jugar, y hoy te lo quería contar. 

Poneos cómodos, porque empezamos….

POR AMOR AL ARTE

Estaba nerviosa, claro que lo estaba. Era la primera vez que él iba a ir a su casa, y eso para una chica siempre es algo importante. Todo tenía que estar perfecto, el aroma de la casa tenía que saber a paraíso, la cena preparada, buena música de fondo, la mejor ropa interior, las copas relucientes, las ganas gritando, el alma bailando.
Claro que se había enamorado. De hecho, se había enamorado de tantos chicos que ya no sabía cuál había sido el primero, los había ido olvidando, tachando de una lista que guardaba su mente y que sabía que a él no le hacía gracia que conservara. Sin ninguna duda, él era su gran amor, él que había llegado por casualidad y le estaba regalando los mejores meses de su vida… Él que tanto la quería y tanto la protegía…

Fue puntual, la verdad es que siempre lo era. A las nueve y media, como un clavo, un mensaje en el móvil para que le abriese la puerta. Apareció con su mejor sonrisa y en su mano unos pasteles que anunciaban ser lo más light del postre… Él… tan guapo, tan cariñoso, tan carismático, tan atento, él que tan bien olía…

-Bonita casa… ¿Suelen viajar mucho tus padres?

-La verdad es que no… Tenemos una casa en el norte y es al único sitio al que van, se escapan al menos un fin de semana al mes y eso les hace olvidar toda la rutina. Allí desconectan del mundo y sienten paz…

Se puso a mirar las fotos del salón y sabía que la pregunta estaba al caer. Aquella foto en la que ella estaba sola, riendo en la playa, con el cabello flotando abrazándole la cara, su sonrisa siempre intacta, la luz de sus ojos verdes, la piel tostada… Era preciosa. Siempre lo fue.

-¿Quién es esta chica?

-Lucía… Mi hermana.

-¡Vaya! Nunca me habías dicho que tenías una hermana…

-Murió hace cinco años…- Y aún se le encogía el alma.

-Pequeña… lo siento. No sabía nada, ¿por qué no me lo habías contado nunca?

Nunca hablaba del tema, el dolor era tan fuerte que era imposible sacar el tema. Ellas, tan distintas y tan iguales… Lucía, su hermana mayor, su primera amiga, su mayor confidente, su alma gemela… Lucía que enamoró a todos con su simpatía, con su ternura, tan delicada, tan alocada, tan frágil, tan serena, tan dulce, tan risueña, tan divertida, tan inteligente, tan educada… Lucía era la hermana que todos quieren tener, la amiga que todo el mundo desea, la hija perfecta, la alumna ejemplar, la novia ideal, la chica hecha de sueños que vivía llena de ilusión…

-¿Cómo fue? Era preciosa…

-Se suicidó.

Y claro… El silencio inundó su casa. Inundó su velada, su cena perfecta, su cita idealizada… Se deslizó hasta la cocina y él la siguió… La abrazó despacio, la acarició con ternura, sin decir nada la abrazaba a gritos, diciéndole que no pasaba nada, que él estaba ahí, para salvarla de todo…

Aquella noche fue perfecta. Tras la cena, pusieron música y se sirvieron unas copas… Decidieron hablar… Hablar durante horas, abrir sus almas y sus recuerdos, llegar a conocerse cómo no lo habían hecho nunca… Bebieron toda la noche, entre confesiones y lágrimas, entre risas y caricias, entre besos que acabaron en fuego en la cama… manos entre las piernas, fuerza en los cuerpos, locura… eso era su amor. Locura, locura que sentían el uno por el otro.

Le había conocido hacía cinco meses, casi por casualidad. María, su mejor amiga, llevaba días diciéndole que aquel chico no paraba de mirarla… Se conocieron en la biblioteca, entre apuntes y libros, en medio de una agotadora época de exámenes… Era verdad. Aunque no quisiera reconocerlo, ella también se había dado cuenta que aquel chico no dejaba de mirarla. Aquella tarde, María tuvo que llevar a su gata al veterinario y salió antes… Ya había anochecido y sabía que sus padres no soportaban que ella llegase tarde.

Lo que le pasó a su hermana les pilló a todos desprevenidos, nunca habrían imaginado que alguien como ella estuviese sufriendo por algo y que ninguno hubiese sido capaz de saberlo. Sentían la culpa de no poder haberla ayudado. Llevaba un tiempo rara, pero ella sabía que era porque estaba enamorada. Había conocido a un chico del cuál no hablaba. Nunca le había contado nada, a ella, que era su hermana pequeña, en quien siempre confiaba. Jamás le había dicho su nombre, nada. Pero le quería, le quería mucho. Desde que estaba con él estaba cambiada, más distante, más defensiva… Y mientras su madre se preocupaba, su padre siempre decía que la dejara, que era joven y eso eran cosas de la edad…. Aquella noche sonó el teléfono… Se había tirado por el puente… al río, sin decirles nada, sin dejar que le dijesen nada. Todavía recuerda el grito desgarrador que salió de la boca de su madre, recuerda como su padre se hizo pequeño en cuestión de segundos y como ella sintió que la vida se acababa. Jamás podrán superarlo, porque esas cosas no se superan, aunque escuchaba a sus padres decir que tenían que ser fuertes porque les quedaba ella, porque tenían que hacerlo por ella, pero ella sabía que sus padres habían muerto aquella noche, bajo aquel puente y las aguas de ese río… En ocasiones efímeras, llegó a odiar a su hermana, odiaba su egoísmo por haberles destrozado la vida, por haberles dejado sin ella, por haberse marchado cuando más felices eran, cuando todo estaba perfecto y no faltaba absolutamente nada… Luego, se arrepentía de esos pensamientosy lloraba durante días… Jamás podría culparla por aquello… Porque estaba segura que su mente le había jugado una mala pasada y si había sido capaz de hacerlo era porque había dejado de ser ella… La echaba mucho de menos. Su casa no volvería a ser la misma, su habitación, todavía intacta, parecía que seguía guardando su perfume y esa magia que la caracterizaba… Aquello era, sin duda, lo más doloroso que podía pasar en la vida.

Cerró los libros. Salió de la biblioteca antes de que fuese más tarde y mientras andaba, bajo el silencio de la noche y acompañada por la tristeza del frío del invierno, sintió como alguien caminaba justo detrás de su espalda… Paró en seco y sintió como una sonrisa, sin sentido, le iluminaba la cara. El chico de la biblioteca, tímido y con una media sonrisa dibujada en los labios, le preguntó por qué se reía… Y a ella le pareció tan divertido que le dijo que pensaba seguirle, pero ya que lo había hecho él, le parecía todo muy fácil.

-Historia del arte…- Dijo él mirando los libros que ella sostenía.

-Por amor al arte…- Dijo ella jugando a hacerse la interesante.

-¿Me dejarás invitarte a un café?

-Mañana a las cinco, en la puerta de la biblioteca.- Dijo tajante. Dio media vuelta y se fue andando tranquilamente mientras sentía como él, con esa tímida sonrisa, la perseguía con la mirada.

Era muy guapo. Era tan guapo que casi no se lo podía creer. Llamó a María y le contó lo sucedido, le pidió, con ese tono de voz cómplice que sólo ponen las amigas de verdad, que no fuese con ella al día siguiente a la biblioteca. Quería estar con él, y quería conocerle… “Estás loca”, le decía a carcajadas.

A las cinco la esperaba en la puerta. Con su pelo despeinado, su abrigo marrón y sus gafas de sol… Era el chico más guapo que había visto jamás. Dicen que sólo se puede creer en el amor a primera vista en el momento en el que te sucede… Lo suyo, aunque tardó varios días de miradas en dar sus frutos, estaba claro que había sido un flechazo, una locura, una historia de amor que todo el mundo desearía tener… Ángel parecía un regalo que alguien le había querido enviar. Con él olvidaba los problemas, las tristezas, y sentía los revuelos en el estomago que la hacían estar viva, llena de sueños, llena de ilusión, de ganas, de fuerza, de risas…

Aquella noche, en su casa, él le había contado cosas que sólo ella conocería… Cosas que se quedarían enterradas en los besos, la comprensión, las penas, las lágrimas, el amor y el alcohol… Le habló de su soledad, de lo solo que se sentía… Sus padre, empresario de éxito, a penas se daba cuenta que tenía un hijo. Todos sus caprichos y gastos materiales estaban solucionados. Absolutamente todos y de todo tipo, pero estaba solo. Solo frente a un mundo que le atemorizaba y ahora que la había encontrado a ella era feliz… Muy feliz.

Al poco tiempo de conocerla, le regaló un viaje a Roma, a ella que estudiaba historia del arte, por amor al arte, su estancia tendría lugar en una suite maravillosa donde todos sus deseos se harían realidad, dónde sólo existirían ellos y el mundo a sus pies… Sus padres, siempre creyeron que estaba con María en casa de unas amigas cerca de la playa pasando el fin de semana. Le dolía en el alma tener que mentirles, pero si hubiesen sabido la verdad no la habrían dejado irse… Ángel no quería que hablase de él a sus padres, temía las relaciones familiares y creía que serían más felices así… Ella, también prefirió ahorrarse las presentaciones oficiales, en su casa se respiraba un ambiente demasiado gris, totalmente justificado, que contagiaba la tristeza y la clavaba a puñales en el alma.

Sin querer hacerlo, era cierto que hacía demasiado tiempo que no pasaba una tarde con María, pero no le gustaba que ella se lo reprochase. A veces pensaba que su amiga sentía celos de verla tan feliz… Sentía ser así, pero el poco tiempo que tenía después de las clases quería pasarlo con él, deseaba estar a su lado, abrazarle, besarle, verle sonreír…

El sol bañaba los pies de la cama y el olor a jazmín entraba por la ventana, en aquella habitación se respiraba paz…. Se respiraba amor. Cuando él se despertó la encontró mirándole, con aquella sonrisa dulce que tenía, con el pelo enlazado bajo una suave trenza, con los ojos llenos de sueños y la vida en los labios… La besó, se besaron. Hicieron el amor con ternura, con una suavidad que pronto estallaba como un volcán en erupción… Sus cuerpos hechos uno, sus piernas cruzadas, él dentro de ella, ella cabalgando sobre él… Ellos, sólo ellos, convertidos en un solo ser.

-Tengo una sorpresa para ti, pequeña…

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Disfrutad mucho todos aquellos que os vayáis de vacaciones por Semana Santa…

Buenas noches, amigos!!!!

Lorena.

El ser humano es un animal racional, o eso dicen.

Necesité desconectar y no sabéis lo bien que me ha venido… Tener unos días de vacaciones y tomarte los días totalmente para ti y los tuyos es un verdadero placer. Quienes me conocen saben que soy una persona que prácticamente no se separa del teléfono y os aseguro que en estas casi dos semanas que he estado fuera lo he mirado muy poco, y entonces me he dado cuenta que existe más tiempo en el día del que creo, o mejor dicho, el tiempo que hay se puede aprovechar mucho más y mucho mejor de lo que hago y seguramente hacemos. Es curioso, porque todos sabemos que nos hemos convertido en seres totalmente dependientes de la tecnología, y no sé hasta qué punto nos hemos vuelto un poco tontos (muy tontos) con todo esto.

Hace unos días, o quizás unas semanas (no lo sé), el servicio de whatsapp dejó de funcionar unas horas y la gente se volvió loca. ¿Dónde están nuestros límites? Parece que estamos con el móvil y no perdemos nada de nuestro tiempo, porque lo usamos cuando vamos en el metro, mientras andamos por la calle, cuando ya nos tumbamos en el sofá para relajarnos o incluso en la cama antes de dormir… Pero es que también lo usamos cuando estamos en una mesa, tomando algo con unos amigos, o cenando con gente a la que queremos… Y yo, que me considero una de esas personas que lleva a cabo todo esto, soy consciente de que es un verdadero horror.

No decidí mirar el móvil menos de lo habitual, simplemente surgió así… Estos días han sido dedicados para mí, para respirar paz, para reencontrarme con gente a la que no suelo ver, con gente a la que hacía demasiado tiempo que no veía, para conocer nuevas personas y para pasear tranquila por las calles que me han visto crecer… Sonriendo a los de siempre y siendo consciente de que muchos ya no nos reconocemos. Hace demasiados años que me fui de allí.

Cuando vives en un pueblo eres consciente de que a la gente le encanta alimentarse de la vida de los demás. Los que sois de pueblo sé que lo sabéis, y los que no lo sois, estoy segura que me entenderéis… A la gente le preocupa quien está saliendo con quién, qué le ha pasado a este y qué le está preocupando al otro… Lo lamentable, es que la mayoría de las veces, esta preocupación nace de la maldad, del simple “chismorreo”, de la simple necesidad de cotillear que a todos nos persigue… Y es muy triste. Cuando vives en una ciudad, crees que estas cosas no pasan, pero al final, pasan. Los seres humanos somos demasiado parecidos, los de aquí y los de allí, en una ciudad acabas creando un círculo cerrado, que bien podría compararse con un pueblo, y al final, acabas sabiendo sobre la vida de los demás, y la comentas, y te sorprendes, y juzgas. Es cierto que en una ciudad todo es distinto, la mente de las personas es mucho más abierta, y sí en un circulo están hablando de ti, no te preocupa demasiado, porque salir del circulo resulta sencillo… En un pueblo no.

Debo reconocer que desde que vivo fuera de mi pueblo, poco me importa lo que opinen los demás. Incluso, bien poco me importa lo que se hable sobre los demás. No sé si es cuestión de vivir en una ciudad, o simplemente es cuestión de personalidad. Quizás es la segunda. Como os he dicho alguna vez, soy una persona con un defecto (o virtud, según se mire) entre otros muchos, y es el de entregarme demasiado  a las personas. Esto me ha dado las mayores decepciones de mi vida, pero sin ninguna duda, también las mayores alegrías, porque cuando alguien se entrega de corazón a los demás, siempre acabarán pesando más las alegrías que los disgustos. Hace tiempo, sin ni si quiera planearlo, me planteé una forma de vida que estaba segura me haría feliz. Aprendí a echar fuera a los que hacen daño y aprendí a quedarme rodeada de quienes me quieren de verdad. Es increíblemente gratificante estar rodeada de las personas que quieres y te quieren, las personas de las cuales no temes si te fallarán, porque sabes que no lo harán,  las que sabes que te abrazarán en los fracasos y te aplaudirán en los éxitos, sin envidia, sin maldad. Y estos días, sin duda, sólo me he rodeado de ese tipo de personas.

Una de estas tardes, entre café y buen humor, tenía una conversación con alguien esencial en mi vida. Una conversación con alguien que sé que me quiere y con quién tras un debate entendí las cosas que nos hacen diferentes,  y lo maravilloso que es que nuestras diferencias no nos distancien. Intentaba explicarle a este alguien que no se puede vivir con rencor, yo al menos, no lo concibo. Creo que soy tan feliz, que no puedo tener rabia hacia otra persona, no puedo odiar a otros, aunque me hayan hecho daño, a esos sólo les tengo pena, y les deseo mucha suerte, porque a la gente mala le hace falta suerte, sólo eso. Con este alguien hablaba de lo rápido que pasa el tiempo, y de lo insano que es vivir a través de él llenos de pensamientos negativos y energías llenas de odio. Decidme, de verdad, ¿para qué sirve eso? En cada uno está la libre elección de perdonar o no, de seguir con su vida y dedicarse sólo a ella o pensar por qué le han hecho tanto daño y pensar que ojalá los culpables paguen ese mal (Todo dentro de unos límites. Si asesinasen a alguien a quien quiero, me pasaría toda mi vida deseándole lo peor a esa persona. Soy persona, no hay más).

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Seamos realistas y no nos equivoquemos, no somos dioses justicieros, dejad que pase el tiempo, que es más viejo y sabio y pondrá todo en su lugar.

Pero claro, el ser humano es así, estamos llenos de sentimientos buenos y malos. Sé que hay personas realmente nobles, pero también creo que el mundo está lleno de salvajes e irracionales y lo difícil es que aprendamos a convivir los unos con los otros. No olvidemos que el ser humano es un animal (racional, dicen algunos), y educados en sociedad, aparentemente podemos ser normales, pero hay cosas innatas que nadie ni nada puede cambiar. José Saramago escribió una frase que tengo que recordarme a menudo: “Aún está por nacer el primer ser humano desprovisto de esa segunda piel a la que llamamos egoísmo”

Este mismo escritor, genio eterno, publicó en 1995 un libro que llegó a mis manos casi una década después. Un libro que me emocionó, que me hizo sufrir, que me hizo llorar y me hizo comprender lo miserables que somos. Ensayo sobre la ceguera relata la historia de una extraña enfermedad que se expande en todo un país. Poco a poco, la gente se va contagiando y se va quedando completamente ciega. Al principio, deciden poner en cuarentena a los primeros enfermos, encerrándoles en un antiguo manicomio abandonado. Los soldados daban órdenes y actuaban de forma inhumana, y a mí siempre me pareció un guiño a la barbarie nazi y a los campos de concentración. Inevitablemente, la ceguera se expande y todo el mundo acaba contagiado. Todo el mundo es ciego y el instinto animal del ser humano por sobrevivir cometerá verdaderas locuras que no somos capaces de imaginar que haríamos. Hay una esperanza entre tanta locura, porque el ser humano, siempre tiene esperanza. Una mujer todavía ve. Ella es la única que puede ver todo lo que ocurre a su alrededor, y tal como en La libertad guiando al pueblo, de Delacroix, ella será la esperanza de los ciegos y los lectores.

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En el año 2008 se estrenó A ciegas, la película basada en la novela y dirigida por Fernando Meirelles. Recuerdo haberla visto y sé que en su momento no me defraudó, pero como siempre, me quedo con el libro.

El ser humano puede llegar a límites inimaginables, y en su vida cotidiana y dentro de la maldad aceptada, la gente no es consciente del daño que puede llegar a hacer, ni si quiera es consciente que de nada sirve hablar de los demás, así como preocuparse de las vidas ajenas, porque quien es realmente feliz no lo necesita.

Seguro que para algunos seré mala, ¿por qué no? Pero a mí lo que me importa es que la gente que me rodea crea que soy buena, que me quiera y se sienta orgullosa de tenerme en su vida. Sólo eso.

Porque como dijo Mecano una vez… “lo que opinen los demás está demás…”

Buenas noches de nuevo, amigos.

Lorena.

Tan cerca de mi vida…

Podría haber colgado un cartel que dijese “cerrado por vacaciones” y no habría estado, para nada, fuera de lugar. Decidí desconectar de todo y todos para disfrutar de la Navidad, junto a mi familia, mis amigos y todas las personas que me rodean día a día… Era necesario y necesitaba esa paz y relajación en mi mente. La Navidad, como todo lo bueno, se fue esfumando demasiado rápido sin dejar apenas tiempo para decirle “hasta el año que viene…” y sí es cierto que a principios de esta semana podía haber vuelto a conectar, a escribir y a contar alguna historia. Si no lo he hecho, es porque he tenido una semana de trabajo agotadora y hoy, por fin, café en mano y sonrisa dispuesta, me siento ante el ordenador sin saber muy bien qué historia escribir…

Quienes me conocen, saben que nunca me faltan temas de conversación, siempre tengo alguna historia nueva, propia o ajena, que me sorprenda, que me guste, que me decepcione, pero siempre hay algo que explicar, que debatir, hablar y reflexionar. Hoy me ha tocado, también, ponerme al día con e-mails, con historias que me cuentan, seguramente ni quien me escribe sabe realmente por qué necesita hacerlo, ni yo sé muy bien cómo estar a la altura para responderles… Pero a ellos les gusta y a mí sus palabras, motor eterno de ilusión, siempre me hacen muy feliz.

Encender la televisión, echar un vistazo a los periódicos de este país es una bomba asegurada para oprimir el pecho a todos aquellos a los que todavía les queda corazón… Hay tantos, tantísimos temas que podría tratar hoy… La nueva ley sobre el aborto, la imputación de un miembro de la casa real por haber estado robando millones a quienes menos lo merecían, las incansables tramas de corrupción por parte de nuestros políticos que, menos mal, siguen saliendo a la luz, la pérdida de tarjeta sanitaria de todos esos jóvenes que se han visto obligados a tener que salir de aquí para poder trabajar y tener, al menos, una oportunidad… Tantas y tantas cosas de las que podríamos hablar… Está tan feo el mundo, tan irracional y deshumanizado este país, que hoy no me apetece hablar sobre nada de esto. Lo hablaremos, seguro, pero hoy no es el momento.

Hoy me siento demasiado bien como para enfadarme más con esta sociedad en la que vivo, me siento demasiado bien cómo para llorar a través de las palabras por todos los que aquí estamos y por todos los niños que crecerán y vivirán aún peor de lo que nosotros estamos viviendo… Me siento demasiado bien como para hablar de la realidad que nos envuelve.

Me apetece hacerle un guiño al amor, que con sus cosas malas y buenas, sabéis que siempre es un tema que me gusta tratar. Hoy he releído un correo que me escribió una chica hace unas semanas y me contaba lo mucho que había sufrido por amor en los últimos meses, y la ilusión que mis historias y mis fotos en una red social le daban para saber que algún día todo iba a cambiar. Atención, mis fotos. Sí. Más allá de mis palabras, de historias que salen de mi cabeza, mi vida real hace que alguien tenga ilusión y eso es, sin saber cómo explicarlo, realmente sorprendente. No sé muy bien cómo se asimila esto.

Hoy te quería contar que como todo ser humano, he sufrido por amor. Mucho. Pero creo que, llegados a este punto, es el momento de contar mi historia favorita…

Hace unos meses, mi amiga Alba me preguntó por qué no escribía una historia basada en mi relación y le dije que si eso intentaba contarlo como algo ficticio, iba a quedar muy surrealista y peligraría de alcanzar lo cutre, en estado puro. A veces no es necesario intentar que las historias formen parte de la ficción, porque contadas desde la realidad quedan mucho más bonitas…

Yo sólo tenía seis años cuando le vi a él por primera vez. Le vi en televisión y me enamoré de él. ¿Puede enamorarse alguien con seis años? Pues así lo sentí yo, sea amor o no, sentí el amor que una niña de seis años pueda llegar a sentir… Durante mucho tiempo le vi en revistas, le escuchaba a través de la radio, intentaba no perderme ni una sola intervención a través de la pantalla… Incluso llegué a tener fotos suyas colgadas en mi habitación. Bom Bom Chip fue la banda sonora de mi infancia y, sin saberlo, Sergio llegó a mi vida para quedarse a través del tiempo y el espacio…

El tiempo pasaba y ambos nos hacíamos mayores… El grupo desapareció, y dejó de ser la música que frecuentaba mi cassette y mi discman poco después… Pero no dejé de pensar en él. Seguía sus pasos a través de pequeñas intervenciones en series de televisión y, sin dudarlo, me adueñé de una cinta de VHS de una película de adolescentes en la que él era el protagonista. Luego pasó a formar parte de una serie de Disney Channel y con la excusa de que mi hermano pequeño la veía, podía seguir observando, cada vez que iba a casa de mis padres, cómo aquel chico al que siempre había visto desde lejos, y al otro lado de la tele, seguía arrancándome una sonrisa. Llegaron las redes sociales y su poder de acercamiento a aquellos que sentimos más lejanos… Y sobre el año 2008 me puse en contacto con él para hacerle una entrevista que publicaría en uno de mis trabajos de la universidad. Me costó meses que me contestase todas las preguntas, por aquel entonces él estaba en Nueva York estudiando interpretación y el e-mail fue la única forma de tener contacto. Muy poco contacto, la verdad. Acabada la entrevista, no volvimos a hablar.

Yo llevaba un año y medio viviendo en Madrid cuando vi en el Facebook de un buen amigo mío una foto dónde salía un grupo de chicos… Tuve que sonreír. Entre ellos estaba Sergio. Le conté a mi amigo mi historia, mi rol de fan desde la niñez y aquella entrevista a través de un ordenador… Jamás había conseguido verle en persona y más que ilusión, sentía curiosidad. El destino me lo acababa de poner demasiado fácil. Nuestros amigos en común nos pusieron en contacto, otra vez, cuatro años después. Jamás olvidaré la primera noche que le vi. A los dos se nos escapaba una sonrisa tonta… Yo era la chica de la entrevista, y él era el ídolo de mi infancia. Estaba nerviosa y casi no supe de qué hablar. Y tras aquella noche, entre amigos y risas, decidí que había sido curioso, incluso graciosa la situación, pero no me gustaba. Por aquel entonces, yo estaba totalmente destrozada y era la mayor defensora de que el amor no existía y no podría existir jamás. Defendía con uñas y dientes mi territorio, mi cuerpo y mi alma, y me prometía cada día que ningún hombre podría ganarse mi confianza.

Con los días y las semanas fui recuperando una ilusión que tenía totalmente enterrada, volvía a sonreír cómo hacía casi dos años que no lo había hecho, y sentía una paz que absolutamente nadie me había transmitido jamás. Decidimos vernos un par de veces, y pasar horas y horas hablando… riéndonos, compartiendo complicidad. Cuando ni si quiera me había dado un primer beso, me confesó que estaba muy enamorado de mí, que no lo había planeado, que sabía que yo tenía una coraza y que estaba dispuesto a olvidarme, pero a su vez, se sentía totalmente convencido de que valía la pena intentarlo. El primer abrazo me transmitió la paz y la seguridad que me hicieron bajar a la tierra y  el tiempo, los gestos, la bondad y la humildad que le caracterizan hicieron que mi “peor temor” se hiciese realidad. Me estaba enamorando. Es más, me estaba enamorando cómo jamás lo había hecho, y me estaba enamorando de alguien de quien, en cierto modo, siempre lo había estado.

Los miedos se fueron hace ya mucho tiempo, tanto, que ni los recuerdo. El amor que duele sólo es una lección de amor, pero no es amor. El amor bueno es el amor que alimenta, el que te da la pasión, la ilusión y las sonrisas. Sergio es mi otro yo, todo lo que me complementa, en todos los sentidos, y también es, sin ninguna duda, mi mejor amigo. Y no hay nada más mágico que eso.

¿Sabéis por qué os he contado esto? Porque la chica que me escribía el correo me decía que sabía que su sufrimiento sólo era el por qué de algo bueno que le iba a suceder y yo, desde aquí, quiero regalarle esta historia para que sepa que no hay nada más cierto. Para que todos sepan que la vida, al final, pone todo en su lugar. Y que el destino, vayas dónde vayas, siempre sabrá cómo hacer para que encuentres tu camino. Que no os engañe nadie, porque el amor bueno no duele jamás…

Y hablando de todo esto, hablando tan desde dentro y tan cerca de mi vida, me ha sido inevitable acordarme de un libro que me robó el corazón hace ya mucho tiempo. Marguerite Duras lanzó en 1984 un libro que a nadie dejó indiferente. El Amante fue reconocido con el prestigioso Premio Gouncort, ha sido traducido a más de cuarenta idiomas y ha vendido más de tres millones de ejemplares.

Esta narración autobiográfica lleva a la autora a recordar el deseo y la pasión de aquella historia entre una joven de quince años y un rico comerciante de veintiséis. A través de sus páginas recuerda el amor, el odio, las circunstancias que desgarraron a su familia y los hechos que la hicieron madurar demasiado pronto. La novela fue llevada al cine en el año 1992, ni si quiera la he visto, pero por lo que sé la crítica cinematográfica no la dejó en muy buen lugar.

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Si no conocéis  el libro, os invito a viajar a través de sus páginas, a dos culturas totalmente distintas y a una historia de amor secreta y prohibida.

Nunca dejéis de sonreír, amigos.

Lorena.

Nos necesitamos los unos a los otros…

José Saramago decía: “En verdad aún está por nacer el primer humano desprovisto de esa segunda piel que llamamos egoísmo”, y esta se convirtió en una de mis frases favoritas. El ser humano, aún con el corazón más noble que exista, y con la bondad más garantizada, siempre tiende a ser egoísta. Aunque sólo sea por un momento, aunque sólo sea en una ocasión puntual o con alguien en concreto. El egoísmo, inevitablemente, forma parte de nosotros y forma esa segunda piel de la que hablaba Saramago.

El otro día hablaba con Carmen sobre algunas circunstancias de la vida y de las personas, sobre el egoísmo y también sobre la envidia. Cuándo el ser humano se siente plenamente feliz, aún cabe en él el sentimiento de la envidia. Es así. La envidia sana siempre me ha parecido bonita, es una envidia vestida de sonrisa y amiga de la admiración, de las cosas buenas. La envidia mala, sin embargo, es un verdadero problema. El problema es de quien la siente, y no de quien la provoca, no tengo dudas. La envidia puede llevar a cometer locuras, e incluso muchas veces, aunque sólo sea de forma inconsciente, acabará haciendo daño. En la mayoría de los casos, quien siente envidia se autoconvence de que no es cierto, que simplemente siente indiferencia y que el triunfo o bienestar de otros le trae sin cuidado.

Y entonces, tenemos un problema. Es tan sano vivir alejado de todo eso! No puedo predicar que el ser humano viste de egoísmo y envidia y decir que nunca he experimentado estos sentimientos, resultaría bastante absurdo, no es cierto? El egoísmo, aunque suene mal, lo he sentido, como lo has sentido tú. Es cierto que en muchos momentos de la vida he pensado antes en los demás que en mí, y esto muchas veces me ha traído consecuencias satisfactorias y otras me ha hecho mucho daño, por entregarme a causas no merecidas y personas que no lo merecían. Pero inevitablemente, en otras ocasiones, el egoísmo, aludiendo a su propio significado, me ha hecho pensar en mí antes que en los demás, en mi beneficio y mi bienestar. Supongo, que mientras no sea en exceso, es algo normal.

De la envidia… De la envidia quedaría mal decir que nunca la he conocido, sea del lado que sea. Pero es verdad, que pocas cosas en la vida me han producido envidia. Quizás porque soy una persona, que aún no teniendo mucho, siempre he sido muy positiva, muy conformista y siempre he valorado muchísimo las cosas de mi alrededor. Siempre he sido de valorar lo que tengo, antes que de anhelar lo que me falta. Ahora, no es que tenga poco, porque no lo es, sino que lo que tengo me parece mucho, y soy feliz. Y la envidia no forma parte de mis pensamientos, al menos, que yo sepa. Pero claro… supongo que alguna vez en la vida la habré sentido. Tampoco creo que haya sido víctima ni objetivo de envidia. Soy una persona demasiado extrovertida y eso tiene un blanco y negro claro. O caigo muy bien, o caigo muy mal. Los que no me soportan, es porque no lo hacen, sin más, no es porque me tengan envidia. Por suerte, creo que las personas a las que quiero me soportan bastante, al menos de momento.

La envidia y el egoísmo son dos sentimientos  muy negativos, que siempre intentamos ocultar, siempre renegamos de ellos y pocas veces somos capaces de afirmar que están ahí, acompañándonos en el tiempo, en los pasos y en la vida. Pero están, y no nos podemos engañar. Hay una película que me ha encantado desde que soy pequeña. En ella, la envidia, el egoísmo, la maldad y la superficialidad son los ingredientes principales que hacen sombra a una dulce y tierna historia de amor.

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Basada en la novela Amistades Peligrosas del escritor Choderlos de Lactos, Crueles Intenciones llegó a la gran pantalla en el año 1999 de la mano del director Roger Kumble. 

En Manhattan viven los ricos y poderosos hermanastros Sebastian Valmant (Ryan Phillipe) y Kathryn Merteuil (Sarah Michelle Gellar), a quienes les encanta divertirse haciendo daño a las personas y riendose de los fracasos de los demás, sin soportar, bajo ningún concepto, que alguien pueda reírse de ellos. Su juego de calculadores y perversos se ve entremezclado con la obsesión de ambos por poseerse, en todos los aspectos. Sus vidas cambian cuando, poco antes de empezar el curso, Sebastian muestra a Kathryn una entrevista que se ha publicado sobre la hija de su nuevo director. La dulce y angelical Anette Hargove (Reese Witherspoon) defiende a través de sus palabras el amor verdadero y la importancia de mantener relaciones sexuales sólo cuándo se esté plenamente enamorado y entregado, afirmando que es virgen. Sebastian encuentra en ella su nuevo juguetito y no descansará hasta conseguir cambiar su filosofía de vida. Kathryn observa con una sonrisa, asegurando que su hermanastro, esta vez, tiene las de perder… Las cosas darán un giro inesperado cuando Sebastian empiece a interesarse realmente por Anette y consiga encender la ira de su hermana…

Un triángulo amoroso envuelto por la maldad que no deja indiferente cuando te paras a pensar de lo que es capaz el ser humano con tal de salirse con la suya… De lo que muchas veces es capaz de hacer el egoísmo y la envidia, cuando rozan límites que jamás podrán ser racionales.

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En la vida real, la gente debería ser consciente que todo tiene unos límites para encajar dentro de la cordura y de lo natural, pero sobretodo, sería importante que todos aprendiésemos que es mucho más fácil y satisfactorio vivir alejados de los malos pensamientos, alegrándonos por los triunfos de los demás e intentar celebrarlo con una sonrisa, porque la vida siempre es justa y todo lo que desees se te devolverá. Porque quizás algún día necesites que ese que provoca en ti la rabia, te eche una mano y te ayude a caminar. Porque aunque nos creamos autosuficientes, nos necesitamos los unos a los otros. 

Feliz lunes, amigos.

Lorena.