Me olvidé decir te quiero…

Es inevitable que nos gusten los días festivos, sin prisa, sin pausa… Anoche escribí un relato y no sabía cuando lo iba a publicar, lo que sé es que me parece uno de los relatos más bonitos que he escrito jamás, espero que a vosotros, al menos os guste.

No he podido aguantar mucho y hoy te lo quería contar.

A dos días de irme de nuevo de vacaciones os dejo esta historia, de amor y desamor, de distancia y sentimientos, de letras y circunstancias, para que lo leáis despacito y lo saboreéis como me gusta que hagáis y como sé que cada vez os gusta más hacerlo…

Gracias por seguir ahí, al pie del cañón, a mi lado, al otro lado de la pantalla… No sabéis lo feliz que soy.

Me olvidé decir te quiero…

“¿Se puede echar de menos algo que nunca has tenido? Muchos os preguntaréis quién soy y quienes me conocéis, al menos de vista, os preguntaréis qué hago aquí. Hoy quiero hablar de mi mejor amigo, de quien llenó de vida mi alma y de sueños mis días…”

Así empezaba aquello que yo había escrito.

Me habría gustado contarle la primera vez que le vi, porque yo la recuerdo. Me habría gustado sonreírle y explicarle que sólo tenía once años cuando jugaba con mis amigas del colegio en la calle y una de ellas me pidió que gritase su nombre, se giró y todas nos reímos. Aquella fue la primera vez, aquel día supe cómo se llamaba y aquel día me enamoré de él. No podíamos tener nada en común, ni amigos, ni aficiones, ni nada. Nuestra diferencia de edad, aunque no era exagerada, era suficiente para separar nuestras vidas e inquietudes. Algún día sería mayor y seguro que algún día podría conseguir estar cerca suya. Me conformaba con ser su amiga, mientras soñaba con sus besos.
Recuerdo las tardes de verano, en la plaza principal, o en la heladería junto a la iglesia, le recuerdo riendo con sus amigos, sobre motos y adolescencia, mientras yo observaba siendo sólo una niña, una niña pequeña. Era el chico más guapo que había visto jamás. Risueño, dulce, simpático, su piel tostada bajo su melena rubia… Estaba hecho de sueños.
Pasé de niña a adolescente y él seguía protagonizando mis pensamientos, protagonizaba con su nombre bajo tinta mis carpetas y libros del instituto, los corazones y las ilusiones. Estaba segura que jamás podría querer a nadie como le quería a él. Le deseaba y ya no quería ser sólo su amiga.

Con el tiempo, la diferencia de edad, aún siendo la misma, se apreciaba menos. Empezábamos a frecuentar los mismos bares e incluso, de vez en cuando, compartíamos amistades. Recuerdo la primera vez que coincidí con él en una discoteca. Yo me sentía muy guapa. Me había puesto mis mejores galas, la minifalda más bonita del momento, con los tacones más altos de mi vida. Le sonreí mientras le saludaba. Me sonreía educado, siempre lo hacía, cordial, carismático. Era la niña a la que llevaba conociendo de vista desde hacía unos cuantos años. Por supuesto, no fue mi primer beso, ni mi primer amor carnal, no perdí la virginidad en sus brazos ni le pude decir te quiero. El destino, con el paso de los años, parecía no estar de mi lado.

Paula era mi mejor amiga desde que íbamos al colegio y llevaba un par de meses saliendo con uno de sus amigos. Paula cumplió 21 años y preparó una fiesta maravillosa en su casa. Sus padres estaban de vacaciones y creíamos que podíamos comernos el mundo. ¡Bendita juventud! Qué felices fuimos. Estábamos radiantes y guapas, con las ganas en las pestañas y los sueños en la mirada, rodeadas de todos nuestros amigos de siempre, entre risas, alcohol y buena música. La sonrisa pícara de Paula me hizo un guiño hacia la puerta y le vi entrar. Él y todos sus amigos también estaban invitados, pero yo no lo sabía.

Por aquel entonces yo acababa de volver de pasar un año en Alemania con una beca Erasmus y además acababa de dejar una relación de dos años con el que le hubiese jurado al mundo que era el amor de mi vida. Cuando le vi entrar a él, me olvidé del mundo, de los amores y la vida, mi corazón estallaba de felicidad y miles de mariposas revoloteaban en mi estómago. Hacía mucho tiempo que no le veía y seguía estando tan guapo como siempre. Creo que aquella fue la primera vez que él se dio cuenta, realmente, de que yo existía, al menos yo como mujer y ya no como niña. Todos bailábamos, reíamos y bebíamos, él se acercaba y yo estaba, con dos copas de más, muy divertida. Mientras aguantaba que su amigo me tirase los trastos, sonreía sabiendo que era él por quien en aquel momento me moría. Se ofreció a llevarme a casa y acabamos en la suya. Había bebido tanto para contener la emoción de la noche y la vergüenza que al día siguiente apenas fui capaz de recordar nada. Siempre lo lamenté. Nos recuerdo besándonos cómo si se nos fuese la vida, nos recuerdo desnudándonos y recuerdo el momento en el que abrí los ojos y le vi durmiendo a mi lado. Nunca había sido tan feliz.

Es cierto que no sé muy bien qué pasó después. Los días siguientes me quedé esperando un mensaje o una llamada que nunca llegaron y supe que lo mejor era aceptar que había sido así, una noche fugaz, de borrachos y besos. Había que aceptar que había conseguido más de lo que unos años atrás habría imaginado, dormir abrazada a él había sido un regalo, un capricho que la vida me había regalado.

Perdimos el contacto, a lo que supongo que ayudó que yo me fuese del país. Había conseguido una beca para estudiar un master en Buenos Aires, la ciudad que acabé haciendo mía. No recuerdo la última vez que le vi, quizás hace seis o siete años, en Navidad, una noche que nos cruzamos por la calle.

Hace dos años recibí un e-mail en mi correo, me dio un vuelco el corazón cuando vi el remitente. Me enlazaba un artículo que acababa de leer sobre publicidad y marketing y creía que me podía interesar. Sabía, incluso, lo que había estudiado. Aproveché aquel correo de vuelta para agradecerle el interés y saber qué había sido de su vida, cómo le habían tratado los días, dónde vivía y a qué se dedicaba. Aquel fue el primer correo de muchos.
Al principio hablábamos de cosas generales, sobre cómo nos trataba la vida, cómo eran mis días en Argentina o cómo seguían los suyos por nuestra ciudad… Hablábamos del tiempo, del trabajo y de los sueños, a veces de los recuerdos, pero jamás hablamos de aquella noche. Nuestra noche. La noche de borrachos y besos. Empezamos a buscar excusas tontas para escribirnos, para saber uno del otro, al principio una o dos veces a la semana, al final todos los días. Acabamos hablando de nuestras preocupaciones, de cómo habíamos amanecido y cómo nos iríamos a dormir, acabamos dependiendo de aquellos correos que en silencio eran la ilusión de mis días. Me despertaba y miraba el móvil y cada mañana me encontraba con una respuesta suya, nunca tonteamos, jamás, pero nos necesitábamos en la distancia. Nos deseábamos sin decirlo y nos arrancábamos sonrisas.

No me atreví a contarle que Julio, mi novio, con quien vivía desde hacía años, me había pedido matrimonio. Nosotros no hablábamos de eso. Yo no quería perderle, perder algo que no tenía, no quería dejar de recibir sus e-mails con la historia de su día a día, no sabía si él tenía novia, y tampoco me interesaba. Julio era un hombre bueno, educado y sereno, un empresario de éxito que me daba la estabilidad, la paz que mi vida y mi nerviosismo necesitaban, pero Julio siempre viajaba, por trabajo, nunca estaba. Muchísimas veces me sentía sola y descuidada, pero cuando él volvía a casa sabía que me adoraba sólo por cómo me miraba. Julio estaba locamente enamorado de mí, era el hombre que más me había querido en mi vida y seguramente nadie sería capaz de quererme tanto como lo hacía él.

Jamás me atreví a enviarle un e-mail y decirle que le quería, que le quería desde aquella primera vez que le vi, en aquella calle, jugando con mis amigas cuando sólo tenía once años. Jamás me atreví a decirle que le quería porque tenía miedo de que él no me quisiese como Julio me quería. Es lo más cobarde y egoísta que he hecho en mi vida.

A veces, soñaba con él, nos imaginaba en una terraza, riéndonos a carcajadas, comiéndonos la vida. No recordaba su voz, hacía demasiado tiempo que no le veía. Jamás nos llamamos por teléfono, pero acabó siendo mi mejor amigo y sus e-mails siendo el motor y la alegría de mi vida. Deseaba abrir la bandeja de entrada, ver su nombre y abrir el correo, deseaba que me dijese que me necesitaba, que me quería y que quería regalarme el mundo, que volviese a España, que estuviese a su lado y que recuperásemos todo el tiempo que se nos había esfumado de los dedos. Nunca lo hizo.

Llevaba dos días sin saber nada de él. Durante dos años, cada día, había recibido un e-mail con su nombre. Dos días sin noticias. Estaba segura que pasaba algo. Busqué a Paula en Facebook, con quien hacía años que había perdido el contacto, pero de quien sabía que se había casado con su mejor amigo, aquel que le trajo aquella noche a aquella fiesta. Le resumí mi historia, la verdad, ella me había conocido, y sabía lo mucho que yo le había querido, ella era la única que podía darme una respuesta. Su mensaje tardó tres horas en llegarme, tres horas que me parecieron eternas. Mi corazón se paró en seco y las letras se me hicieron borrosas. Cogí el primer avión que volaba a Madrid, no me importaba el precio.

Cuando aterricé él ya no estaba. Ya no estaba. Mi mejor amigo, mi primer amor, mi verdadero amor, mi amor platónico, mi ilusión, el motor de mis días ya no estaba. Un accidente de tráfico le había dejado en coma durante cuatro días, había muerto sólo una hora antes de que yo llegase. Abracé a Paula y nos fundimos entre silencios y lágrimas, no nos hacía falta decir nada.

No sabía si ir al tanatorio, no quería ir a ese lugar. No quería verle allí, a quien hacía muchos años que no veía, a quien sólo había abrazado una vez en mi vida, a quien no sabía cómo sonaba su voz, ni su risa, no quería verle allí, no quería ver al guardián de mis secretos e historias, no quería ver allí a mi mejor amigo, al amor de mi adolescencia, al amor de mi vida.

Me esperé en la puerta mientras le incineraban, mientras veía a amigos y familiares, a viejos rostros conocidos con el paso del tiempo pegado en la piel y la tristeza tatuada en el alma… Reconocí a su hermano, y a él se le iluminaron los ojos.
-Clara, ¿verdad?
Asentí con la tristeza gritando en mi sonrisa apagada.
-Dios mío… Estás aquí… Él te quería, ¿sabes? Estaba enamorado de ti.
Mi corazón se estrujaba, el dolor gritaba.
-Pronunció tu nombre cuando llegó la ambulancia…

Mi mundo se derrumbó y me cagué en la vida. Me cagué en esa vida en la que él me había enseñado a no cagarme, a no enfadarme con ella, en esa vida en la que él me había enseñado a querer, a tranquilizar y a cuidar…

Paula me dio un codazo y la miré atontada, me hizo un gesto con la cabeza y miré al frente. El cura que conducía el funeral me sonreía con los ojos, me tocaba hablar, tenía que leer aquello que había escrito para él. Le miré con el dolor encendido en la mirada y le negué con la cabeza, le supliqué con la misma que siguiera y que entendiese que no tenía fuerzas… Agarré el papel que había escrito, destinado a los que no sabían quién era y a aquellos que me conocían de vista, aquel papel en el que hablaba de mi mejor amigo, y lo guardé en el bolsillo. Paula me acarició la mano.

Decidieron expandir sus cenizas en la montaña, en la montaña que envolvía nuestra pequeña ciudad, donde tanto le gustaba perderse y donde tanto disfrutaba. No fui capaz de acudir a su despedida.

He pasado dos semanas en España, luchando contra el dolor, reencontrándome con mi familia y mis amigos, sin explicarle a nadie por qué estaba aquí. Mañana vuelvo a Buenos Aires, a mi vida real, a mi rutina, a mis días de soledad, donde ya no habrá e-mails de buenos días…

He subido a la montaña y he roto el papel que escribí para su despedida, me he sentado en el suelo y lo he roto en tantos pedazos como he podido, he abierto las manos y he visto como corrían, risueños, miles de papelitos, a través del viento, ese viento que también le lleva, ese viento que acaricia mi cara y me abraza… Esta es nuestra historia, mezclada con el viento, con su aliento, para que sea sólo nuestra.
Me olvidé decir te quiero…

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Feliz fin de semana, amigos.

Lorena.

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Los ojos de Margarita.

Esta mañana me he levantado dando los buenos días en mi página de Facebook, anunciando que hoy venía con nuevo post y que vendría en forma de relato. También hablaba de mi necesidad y mis ganas de un cambio político y social en este país. LLevo todo el día tumbada en el sofá, malísima de la tripa, con dolor de piernas y brazos y con la sensación de no tener fuerza ni en los dedos, pero lo prometido es deuda y si yo he prometido un relato, un relato tiene que haber.

Por lo general, los relatos son de vuestros posts favoritos. Tanto, que a veces siento mucha presión a la hora de escribirlos, por si no cumplo vuestras expectativas o por si resulta que acaba siendo malo… Os dejo una nueva historia, para que hagáis como siempre quiero que hagáis, para que la leáis despacito, para que saboreéis las palabras y nos olvidemos durante un ratito de nuestras preocupaciones y nuestras vidas…. Que no paren las letras.

 

Los ojos de Margarita. 

Me resultan demasiado tristes las historias de amores imposibles. Me producen tanta tristeza que a veces prefiero no escucharlas, o no conocerlas. Me da pena la gente que ama de verdad y no consigue estar con la persona a la que desea. A veces, me planteo lo rápido que pasa el tiempo y me pregunto qué hemos hecho para que corra tan deprisa, me pregunto si nos hemos detenido a saborear de verdad la vida, o si simplemente nos hemos pasado la mayor parte de ella sufriendo por unas cosas u otras. Mi padre me dijo una vez que el ser humano es así, que no sabe disfrutar sin más, que la vida nos pone obstáculos para que aprendamos a sobrevivir, a ser fuertes, a superar problemas, miedos y desgracias. A mí, desde pequeño, eso me ha asustado mucho.

Me miro las manos y todavía no soy consciente de que todo ha pasado, las arrugas me recorren la piel, las manchas y los lunares son sólo las manchas de un viejo que lleva corbata y un pañuelo de tela guardado siempre en el bolsillo. Inexplicablemente, hay un momento en tu vida en el que sabes que ya no queda mucho tiempo. El paso de los años es importante en esta idea, por supuesto, pero es verdad cuando sabes que con ochenta años aún te queda toda una vida y cuando sabes que la vida se está acabando… Hace meses que tengo un fuerte dolor en el pecho y los médicos lo sentenciaron como un cáncer de pulmón que me va a arrebatar los suspiros en cuestión de semanas, o meses. Miro a mi alrededor y creo que he podido y he hecho todo lo mejor que he sabido, pero también creo que he tenido un sufrimiento aferrado al alma desde hace demasiados años.

Todavía es pronto, siento que aún tengo muchas cosas por vivir, tengo muchas cosas por hacer y sé que ya no hay remedio. Mi nieta mayor, Patricia, está a punto de dar a luz a su primer hijo, mi primer bisnieto y yo eso no me lo quiero perder. A veces, lloro por la noche porque tengo miedo. A mi edad todavía existe el miedo. Me siento afortunado por conservar mi salud mental en perfecto estado, por ser capaz de recordar cada momento de mi vida. María, mi esposa, murió hace más de una década, dejando a su familia sin el pilar que la sostenía. Mis hijos y nietos vienen a visitarme y mi hija Paquita no deja de cocinar para mí ni un sólo día. Es una santa, una mujer buena y noble, con una vida feliz y un marido que la cuida y la quiere. Era la que más unida estaba a su madre y sé que nunca ha podido, ni podrá, superar su pérdida.

Por alguna extraña razón, llevo varios días soñando con unos días que quedan tan atrás que ahora dudo si de verdad han existido o si los sueños me confunden. En cuestión de segundos sé que fue real, porque todavía recuerdo sus ojos y puedo sentir su aroma. Y eso, también eso, me asusta.

La vida en el pueblo era una vida humilde y tranquila. Sólo tenía siete años cuando oí a mi madre gritar. A mi padre, hombre bueno y trabajador donde los hubiese, lo acababan de encontrar muerto en el campo, mientras labraba la tierra. Un accidente me dijeron que había sido, años después supe que le habían pegado un tiro por tener una ideología distinta a la de sus asesinos, por querer luchar por sus derechos y buscar un futuro mejor para los suyos. Desde niño, acudía a la iglesia sólo para oír el viejo piano que tenía don Raimundo, el párroco de mi pueblo. Una noche, él se presentó en casa y habló con mi madre en la cocina, susurraban y llegué a entender que hablaban de mí, de mi futuro como músico y de mis dotes para ello. Tenía quince años cuando dejé a mi madre y a mis hermanos solos en el pueblo y me trasladé a Valencia capital a vivir con mi tía Remedios, que se había casado con un hombre rico y respetado. Gracias a los contactos de mi tío, al que yo no soportaba, empecé a estudiar música y a dar clases particulares a hijos y vecinos de sus amigos. Con el dinero que ahorraba, conseguía ayudar a mi familia y ser feliz trabajando en lo que más me gustaba.

Conocí a Margarita una tarde de enero. A las cinco estuve puntual en su casa para dar su primera clase de piano. Por aquel entonces, las mujeres de cuna alta, se refinaban a través de la música y finos vestidos de seda que cosían para ellas. La piel, pálida y delicada se escondía bajo una melena aterciopelada de color caoba y en su cara dos ojos verde esmeralda daban luz a aquella estancia. Jamás había visto nada igual, ni mujer más bella, ni mirada más pura. Supe que iba a enamorarme de ella hasta el fin de mis días. Semana a semana fuimos compartiendo melodías, notas y aprendizaje. Era inteligente, divertida, risueña y atrevida. Una tarde, antes de marcharme me preguntó si estaba libre la tarde siguiente y asentí.

Nos encontramos a las cuatro en la Estació del Nord y paseamos por las calles del centro mientras sus padres creían que ella estaba merendando churros con chocolate en casa de una de sus amigas. Tarde a tarde, fuimos haciendo de los encuentros nuestra rutina, y de la rutina nuestras vidas. No nos cogíamos de la mano por la calle, pero reíamos y compartíamos nuestros sueños. La besé por primera vez en una de nuestras clases. La besé durante muchos meses, en el cuello y en los labios, le acaricié el pelo, la piel, las piernas y los secretos. La hice mía tantas veces como la soledad nos lo permitía… Me miraba fijamente a los ojos y yo me perdía en ese mar que me regalaba su mirada. Margarita era el amor, Margarita era mi vida.

Una tarde, al llegar a casa, mi tío me esperaba fumando una pipa al lado de la ventana, mientras mi tía Remedios sollozaba en el sofá. Tenía las maletas listas y no querían volver a verme nunca más. El padre de Margarita, un empresario de renombre y con el poder de tener a toda la ciudad comiendo de su mano, había intentado organizar el matrimonio de su hija, cuando ésta se negó y dijo que ya estaba enamorada. Llamó a mi tío y le aseguró que le arruinaría los negocios y su fortuna si no me hacía desaparecer, juró matarme con sus manos si me veía. A mí, un chico de pueblo, de campo, a cuyo padre habían asesinado por pertenecer a un bando político y no a otro, a mí, a un pobre profesor de piano. No supe qué decir, me volví cobarde y me ahogué en el miedo. Cogí mis cosas y miré a mi tía, alcancé a ver en sus labios un “lo siento” empapado por las lágrimas que corrían en forma de cascada. Me fui de allí.

Durante dos tardes esperé en la puerta de la estación, a las cuatro en punto, como tantas otras veces. Al tercer día volví al pueblo. Me rendí a los tres días, me rendí por amor, por cobardía y por su bienestar. Ella no podría ser feliz conmigo, tenía pocos bienes que ofrecerle, ella estaba en otro mundo, en uno inalcanzable en el que yo sólo entraba para servirle, un mundo donde se aprendía a tocar el piano porque lo marcaba la sociedad y el estatus, un mundo en el que se fabricaban vestidos de seda a medida.

Años me costó superar aquello. A través de mi madre, que seguía hablando con mi tía, a quien nunca más volví a ver, me enteré que Margarita estuvo destrozada, que estuvo meses encerrada, llorando, sin comer, sin ganas de nada. Me enteré que con el tiempo se había casado con un amigo de la infancia, que la amaba, que la hacía feliz y la cuidaba. Me enteré que había sido madre cuando yo ya tenía a Juan, mi segundo hijo.

María fue una buena mujer, era maestra y adoraba el arte. Le encantaba escucharme tocar el piano, aunque a mí cualquier melodía, después de mis años en Valencia capital, me resultaba triste. Fuimos un matrimonio muy feliz. Me quiso con todo su corazón y yo la quise todo lo que pude. La respeté, la cuidé y juntos formamos una familia maravillosa, de gente buena, honrada y trabajadora.

No me gusta escuchar historias de amores imposibles, siempre me ponen muy triste.

Inexplicablemente, llega un momento en tu vida en el que sabes que no queda mucho tiempo. Te planteas qué has hecho mal, qué has hecho bien, y por qué el tiempo y los años han corrido tan deprisa.

Esta mañana, le he pedido a mi hija Paquita que coja el coche y me lleve hasta Valencia capital. Me enteré hace años que había heredado el señorial piso del cetro donde vivía con sus padres, donde tantas tardes de clases de piano compartimos, donde la besé una y mil veces y donde hice el amor como, lamentablemente, no recuerdo haber vuelto a hacer nunca.

Me miro las manos y todavía no soy consciente de que todo ha pasado, las arrugas recorren mi piel y me atrevo a entrar en ese edificio dónde observo un sólo nombre en el buzón. Margarita Martínez. Sólo su nombre. El de nadie más.

Mi hija Paquita ha aprovechado para hacer unas compras en la ciudad y yo he cogido el elegante ascensor hasta el piso tres. El portón de madera y pomo dorado aguarda en silencio. El timbre suena como si no hubiese pasado el tiempo. Tras la puerta abierta una mujer con cabellos blancos, elegante, distinguida, firme, serena, preciosa. Las arrugas le besan las mejillas y un sello imborrable ilumina su cara. Sus ojos verde esmeralda y el mar que en ellos habita me miran en silencio y se llenan de lágrimas. Sólo soy capaz de pronunciar a media voz, con el llanto en el pecho: Margarita

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Buenas noches, amigos.

Lorena.