Asesinos.

Nunca pensé que llegaría a gustarme tanto el sabor de la manzanilla… Últimamente estaba tomando demasiado café y aunque bebo manzanilla de vez en cuando desde hace años, es verdad que en las últimas semanas se ha convertido en una infusión casi diaria, y me encanta. Con una manzanilla caliente y el gris tras la ventana, con el frío temprano que ha llegado con tanta fuerza a la capital, hay algo que hoy te quería contar.

Hoy me he reafirmado en algo que llevo pensando desde hace mucho tiempo, y es que… la mayor parte de mi tiempo libre la invierto en el móvil, y me parece un absoluto error (¡y horror!). Me gusta estar enterada de todo al momento, los que me conocéis de verdad y los que sólo me conocéis a través de internet, sabéis de sobra que soy una gran adicta a las redes sociales y a la comunicación. Cuando decido coger el día con calma, sin ningún tipo de prisa, cojo el teléfono y abro una red social, empiezo a leer noticias o a ver fotos de amigos y conocidos… y así, sin querer, quedo totalmente absorbida y soy incapaz de controlar el tiempo. La verdad es que me preocupa, y sobre todo me preocupa pensar que no soy la única y que somos esa nueva generación de la tecnología que vivimos rodeados de mensajes instantáneos, redes sociales y móviles en nuestras manos…

Mi cuenta de Facebook personal la uso para compartir fotos más personales con mis amigos, para ver las suyas, para escribirnos y comentarnos y Twitter es la red social que utilizo para leer noticias, para leer y hablar con gente que no conozco, para informarme, para hablar sobre el blog y por supuesto, muchísimas veces para dar mi opinión sobre temas de actualidad y otros que no lo son.

Al abrir Facebook hoy, me he encontrado, como siempre, con un montón de fotos de amigos con sus mascotas, me he encontrado con fotos de protectoras de animales que no paran de subir cada día casos nuevos sobre perros abandonados que necesitan adopción… Y al abrir Twitter, la noticia que predomina la gran parte de los medios de comunicación que sigo es la llegada del ébola a España, el contagio de la enfermera y su evolución. Inmediatamente, he mezclado estos dos temas y me he acordado de su perro.

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Durante toda esta semana, aunque hablé del tema de forma breve en mis redes sociales, he estado pensando mucho sobre si escribir o no sobre ello, pero hoy, he sentido la necesidad de hacerlo.

La noticia sobre el contagio de otra enfermera en Estados Unidos y el protocolo que se ha seguido con su perro (al que han puesto en cuarentena y observación para poder analizarlo y hacerle pruebas), deja claro, una vez más, la falta de cordura de las personas que gobiernan este país. Deja claro, una vez más, que somos el hazme reír del mundo. Los pardillos por excelencia.

Cuando me enteré que iban a sacrificar a Excalibur, el perro de la enfermera española, sin ni si quiera hacerle ningún tipo de prueba para saber si había contraído la enfermedad, se me paró el corazón. Cuando escuché a su marido, en una intervención telefónica en un programa de televisión pidiendo a los ciudadanos que, por favor, hiciesen campaña y no dejasen que esto ocurriese, cuando explicaba que su perro llevaba doce años con ellos y que era, sin ninguna duda, parte de su familia, cuando explicaba el dolor que sentían, desde un hospital en el que están ingresados sin poder salir, entendí su rabia y se me partió el alma. El alma se me partió de dolor, de impotencia y de indignación.

Me da mucha vergüenza el país en el que vivo. Muchísima. Mi país es precioso, si intento observarlo, veo un país lleno de color, de gente cálida, alegre, con su encanto del norte y su gracia del sur, un país dónde se come de maravilla, un país maravilloso. Pero resulta que mi país lo están destruyendo. Lo están destruyendo una panda de políticos corruptos, incompetentes, egoístas, sin escrúpulos, y no, no me refiero que estén destruyendo sus ciudades y sus calles, están destruyendo a TODOS los ciudadanos que representan (Sí, incluso a aquellos que todavía se atreven a defenderles). Están destruyendo las ilusiones de las personas, los sueños, las ganas, la economía y su bienestar social, pero se ríen. Ellos roban nuestro dinero, viven en casas de lujo, visten ropa carísima y comen en restaurantes que muchos españoles jamás podrán pagar. Así es España, un país de desigualdad, de un gobierno sinvergüenza que nos está quitando la vida (nunca mejor dicho).

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Siempre he sido una gran defensora de que cualquier ser humano puede equivocarse, claro, no somos perfectos, pero cuando unos políticos se equivocan en absolutamente todo y no hacen nada, nada bien, es que algo está fallando, ¿no? Pero tranquilos, ellos no sufren. Les da igual que un país entero esté desesperado pidiendo su dimisión, les da igual todo eso, lo que yo me pregunto es a qué tipo de personas representan, porque a mí, desde luego, NO.

Me puede dar mucha pena que un señor español se haya ido a realizar una labor humana a un país tercermundista y haya contraído una enfermedad, puedo entender que sus familiares quieran que vuelva a casa para darle su último adiós, pero ojo, lo entenderé siempre y cuando esto no ponga en peligro la vida de miles y miles de personas. ¿En qué momento al gobierno se le ocurrió traer a un enfermo de ébola a Madrid cuando ningún hospital estaba preparado para ello? ¿En qué momento pusieron en peligro la vida de trabajadores y ciudadanos? ¿En qué momento nos prometieron que estaba todo controlado? ¿Habrían hecho lo mismo si los enfermos en vez de ser curas, hubiesen sido voluntarios, militares, o periodistas, por ejemplo?

Hijos de puta.

Si mi amigo Fermín me viese ahora mismo, me diría que no es bueno tener tanta rabia dentro, pero en cuanto a esto, no sé sentir otra cosa.

La realidad es que hay una enfermera enferma, en estado grave, que seguramente no sobreviva, un marido destrozado, una familia rota, un país consternado. Además de ello, porque les corría mucha prisa, asesinaron a su perro. Sin ningún tipo de prueba, sin ningún tipo de escrúpulos. Un país entero gritando y haciendo ruido en las redes sociales, expertos pidiendo que por favor no se hiciese, asociaciones de animales queriendo hacerse responsables del animal, pero nada, una vez más, nuestra voz no importaba. Sinvergüenzas, asesinos.

Cuando mataron a Excalibur, tuve ganas de llorar todo el día. Quienes tenemos mascotas, no es que pensemos que son parte de nuestra familia, es que sentimos que es así. Quien conoce el amor de un animal sabe que es puro, incondicional, fiel… Quien conoce el amor de un animal, sabe que es mucho mejor que el de los seres humanos, que aunque nos duela, somos egoístas por naturaleza. Quienes conocemos el amor de un animal sentimos la muerte de Excalibur como una descabellada e injustificada noticia. Habían opciones, porque las había. Quienes sentimos el amor de un animal, aquel día sentimos como la rabia se apoderaba de nuestros corazones y como el odio hacia aquellos que nos gobiernan (que no representan, insisto) se incrementaba por momentos.

Aquella misma noche, leí algo que me sorprendió muchísimo, algo que a mi amigo Antonio le sorprendió tanto como a mí, y con quien pude estar un buen rato hablando sobre ello. Resulta que hubo (y hay, supongo) gente que publicaba en sus redes sociales que mientras miles de niños se mueren de hambre o sida en el mundo, la gente se estaba preocupando por un perro, y  eso les parecía insensato. No daba crédito a lo que leía.

Vamos a ver, todos aquellos que publicasteis cosas similares, ¿qué nos preocupemos por el sacrificio de un animal inocente, del cual no había ninguna prueba de que estuviese enfermo, significa que no nos importe que muera gente en el mundo? ¿Me explica alguien qué tiene que ver una cosa con la otra? ¿Me explica alguien el por qué de esos comentarios absurdos? ¿Estamos locos? Desgraciadamente, muere muchísima gente diariamente en el mundo, gente inocente, gente sin recursos, niños pequeños… y a mí, por supuesto, se me rompe el alma. Pero entonces, ¿si defiendo la vida de un animal es que están dejando de importarme la vida de las personas? Perdonadme, pero me parece ridículo.

Pero bueno, como todo en la vida, siempre habrá gente a la que no le parezca bien lo que hagas. Por suerte, a raíz de este tema, me he dado cuenta, una vez más, que queda todavía mucha gente buena, gente con corazón, gente con ganas de gritar las injusticias y gente con ganas de acabar con esta maldita situación de corrupción  e incompetencia.

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Hoy, sin ninguna duda, os he escrito desde la rabia y el corazón, intentaré volver con un post más alegre.

Feliz tarde, amigos.
Lorena.

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Inevitable

Las redes sociales tienen ese poder de inmediatez que a mí me encanta y muchas veces, me entero de una noticia a través de Twitter. Esta mañana, al despertarme me he enterado de que hoy era el día Internacional de la Sonrisa, y sólo al leerlo me ha salido sonreír. No por nada, sino porque me parece bonito que haya un día dedicado a las sonrisas de todos nosotros, de todos los que nos rodean, de todos aquellos que no conocemos y de todos aquellos que no veremos jamás. Me gusta porque para mí, sonreír es algo esencial en el día a día, como supongo que también lo es para ti.

Quienes me conocen bien, saben que aunque sea melodramática por naturaleza, siempre intento sonreír, y de hecho, me encantan mis amigos y mis amigas porque cuando pienso en cada uno de ellos, sé que son personas que siempre están dispuestas a sonreír, y a recibir una sonrisa. Es esencial para el día a día, para afrontar las cosas y para ver la vida. Recuerda siempre que con una sonrisa todo se ve mucho mejor, así que, por favor, al menos hoy, intentad regalar sonrisas y recibirlas sin dudarlo, aunque vengan de un desconocido. ¿Trato hecho? 🙂

Hoy te quería contar, que entre tanta sonrisa y tan buenos pensamientos me he acordado de una noticia muy triste que leí ayer. Ayer me inundó la pena al enterarme de algo que le había ocurrido a alguien que de un modo u otro sentía que quería, alguien a quién no he conocido nunca en mi vida (o sí, depende de como se mire).

Es curioso como una serie de televisión puede llegar a formar parte de ti  y como unos personajes, que realmente sólo existen en la ficción y unos personajes a quien dan vida unas personas que seguramente no conocerás jamás, pueden llegar a ser parte de tu familia y al menos, de una etapa importante de tu vida.

Estoy segura que todos sabéis de lo que hablo, que hay alguna serie, de ahora o de hace no se cuántos años, que os arranca una sonrisa cuando la recordáis, una serie que recordáis haber vivido desde el otro lado de la pantalla, sentados en el sofá y sintiéndola de una forma tan intensa que habéis acabado queriendo a todos los que viven en ella, como si estuviesen viviendo en vuestra casa, haciéndoles un hueco inexplicable en vuestras familias, sin ningún tipo de peros. Sobre todo, creo que esto pasa cuando somos más pequeños, cuando vivimos las cosas con una ilusión distinta y nuestra mente está  sin contaminar y completamente dispuesta a recibir y dar amor. Estoy segura que todos tenéis esa sensación de pensar en alguna serie de televisión e inevitablemente escuchar en vuestro interior a vuestra propia voz, pronunciando con una sonrisa: “la serie de mi vida”.

Cuando el tiempo pasa, la mente de los seres humanos se va retorciendo y complicando por una serie de compromisos y obligaciones del día a día que hace que el hecho de que esto ocurra sea mucho más complicado, pero cuando somos adultos nos gusta recordar, y al menos siempre nos quedará eso. Sin ninguna duda, una de las series de mi infancia y por supuesto, una de las series de mi vida fue Médico de Familia.

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A finales de 1995, Telecinco nos presentó al doctor Nacho Martín (Emilio Aragón), un médico viudo padre de tres hijos, María (Isabel Aboy), Chechu (Aaron Guerrero) y Anita (Marieta Bielsa) que también se hacía cargo de su sobrino, un adolescente guaperas; Alberto (Iván Santos). Además, en la casa también vivía su padre,  el señor Manolo (Pedro Peña). La historia de amor que se desarrolló a lo largo de cuatro años que duró la serie entre Nacho y su cuñada Alicia (Lydia Bosch) es inolvidable para todos los que la vivimos de cerca, así como el cariño que seguimos guardándole a la cocinera de la casa, la Juani (Luisa Martín).

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¿Cómo olvidarnos de Gertru, Hipólito, Marcial, Julio, Irene, Consuelo, Matías, Susi, Ruth… Y todos aquellos personajes que cada semana se colaban en nuestras casas?

Me sorprendo a mi misma acordándome de sus nombres… Y me es inevitable sonreír.

Aún recuerdo cuando Llorenç, un amigo del colegio, me dijo que se había hecho socio del “Club de amigos” (que no de fans) de Médico de Familia y por ello tenía una taza y una gorra dónde aparecía el nombre de la serie. Yo, que siempre he sido muy fan de aquello que me ha gustado, por supuesto insistí muchísimo a mi madre para que llamase por teléfono y  me inscribiese, y aunque no sé dónde está aquello,porque con el tiempo algunas cosas materiales de forma inevitable desaparecen, recuerdo perfectamente una foto que hay en un viejo álbum en casa de mis padres, en la que yo, con diez años más o menos, llevo una gorra azul marino en la que se lee en letras amarillas: “Médico de Familia”.

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Anoche me enteré a través de Twitter que Pedro Peña, el señor Manolo, aquel hombre que se convirtió, de un modo u otro, en el abuelo de miles de niños de este país, había fallecido, a los 88 años de edad. Por lo que pude leer, llevaba varios meses padeciendo alzheimer y desde hacía unas semanas su estado de salud había empeorado.

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Me recorrió el cuerpo una sensación de tristeza y nostalgia. Sin ninguna duda, se acababa de marchar uno de los actores más dulces y carismáticos de nuestro país. Una vida entregada al teatro y una vez más nuestra cultura llorando de pena…  Aquel señor al que siempre recordaremos gritando: “Cheeeechuuuu” hoy es mi tristeza, en el día Internacional de la Sonrisa, y hoy hablar de él, era algo inevitable.

Hasta siempre, señor Manolo…

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Feliz viernes, amigos.

Lorena.

Juntos, podremos con todo.

No se puede negar que hay días malos, malísimos, en los que no tienes fuerzas para nada. Una vez al mes me pongo enferma, muy enferma, por un tema que sólo a las mujeres nos acontece. Hoy he sido incapaz de moverme del sofá en todo el día pero ahora, aprovechando que me encuentro un poquito mejor, he decidido que os quería regalar a vosotros este momento de fuerza y sentarme frente al ordenador, os quería regalar a vosotros este inicio de semana.

El sábado publiqué una foto en mi página de Facebook, y grité a los cuatro vientos el derecho fundamental que tienen los seres humanos a amar y ser amados. Les dediqué mis palabras a mis amigas, a las que están enamoradas de una mujer y a mis amigos, los que están enamorados de un hombre, les quise mostrar mi apoyo incondicional, mi respeto y todo mi amor a todas esas personas que han tenido que sufrir el rechazo social a lo largo de la historia, y a quienes, a día de hoy, lo siguen sufriendo. Era el día del orgullo gay, y para mí, el amor está por encima de cualquier sexo o condición sexual, el amor es una de las cosas más bonitas de la vida y sabéis que yo, romántica empedernida, no podía dejar de abrazar con mis palabras al colectivo homosexual para que siga recorriendo con fuerza un camino de respeto e igualdad.

Hoy, viendo las noticias, he visto algo que ha pasado este fin de semana en el metro de Barcelona. Un joven asiático era agredido y su agresión era grabada en video y colgada en la red a modo de trofeo, simplemente por ser de otra raza. Según han comentado en los informativos, el agresor, ya detenido, aireaba con orgullo en sus RRSS su afín con la ideología nazi.

No sabéis cómo me duelen estas cosas. De verdad, no os lo podéis imaginar. No puedo sentir más que dolor cuando leo o escucho alguna discriminación social en alguna etapa de la historia, bien sea por racismo o por condición sexual. Me duele porque no entiendo qué pasó por la cabeza de miles de personas a lo largo de los siglos. No entiendo esa necesidad de hacer daño extremo a los demás, esa necesidad de apuntar y castigar las diferencias de las personas, porque para mí la diversidad siempre ha sido la verdadera riqueza de los seres humanos, de la historia y de la vida. Jamás podré entender a quién le puede molestar una persona por su color de piel o los rasgos de sus ojos, jamás podré entender a aquellos a los que les molesta que un hombre bese a otro hombre o que una mujer coja la mano de una mujer, pero lo que no consigo entender, más si cabe, es que esto en pleno siglo XXI, donde parece que todos somos racionales y coherentes, libres y con una buena educación a nuestra espalda, estas cosas sigan sucediendo. Me muero de pena, os lo prometo.

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Desde que llegué a Madrid, es verdad que la mayoría de mis amigos son homosexuales y es algo que veo con la mayor naturalidad del mundo. A veces, me cuestiono si lo veo normal desde que estoy acostumbrada y porque ese es mi día a día y sólo un segundo después me doy cuenta que obviamente no. Creo que desde pequeña, incluso cuando no había salido del pueblo, nunca hice diferencias entre tendencias sexuales, siempre, incluso siendo una niña, para mí el amor y la felicidad de las personas estaba por encima de todo esto.

Hace un año, más o menos por estas fechas, se inauguraba este blog, con el que tantas alegrías me estáis dando, y uno de mis primeros post, fue sobre el orgullo gay en Madrid y sobre Federico García Lorca, a quien fusilaron por ser homosexual. Siempre he sentido la necesidad de defender las injusticias sociales y jamás he sido de las que piensa qué voy a conseguir con ello, si yo sólo soy una entre millones, pero la unión, amigos míos, hace la fuerza, y si todos luchamos por estas injusticias, como se ha hecho muchas veces a lo largo de la historia, seguiremos consiguiendo el progreso y la evolución constante que seguimos viviendo. Hay mucho camino por recorrer, pero juntos lo conseguiremos.

El tema del racismo y el nazismo es algo que, sin ninguna duda, rompe todos los esquemas de mi mente como persona. Soy incapaz de ver una película o leer un libro sobre la II Guerra Mundial y no acabar llorando a mares de pura rabia, incomprensión y dolor. Uno de los libros que más me impactó en mi adolescencia fue El Diario de Ana Frank.

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Este libro recoge la historia contada en primera persona, a través de sus diarios personales (un total de tres cuadernos), de la niña judía Ana Frank entre el 12 de junio de 1942 y el 1 de agosto de 1944, dónde relata su historia como adolescente y los dos años durante los cuales tuvo que ocultarse de los nazis en Amsterdam durante la Segunda Guerra Mundial. 

Oculta con su familia y otra familia judía (los Van Daan), en una buhardilla de unos almacenes de Amsterdam durante la ocupación nazi de Holanda. Ana Frank, con trece años, cuenta en su diario, al que llamó «Kitty», la vida del grupo. Ayudados por varios empleados de la oficina, permanecieron durante más de dos años en el achterhuis (conocido como «la casa de atrás») hasta que, finalmente, fueron delatados y detenidos.  El 4 de agosto de 1944, unos vecinos (se desconocen los nombres) delatan a los ocho escondidos en “la casa de atrás”. Además del Diario escribió varios cuentos que han sido publicados paulatinamente desde 1960. Su hermana, Margot Frank, también escribió un diario, pero nunca se encontró ningún rastro de éste.

El 4 de agosto de 1944, una comisión de agentes de la Gestapo al mando del SS Oberscharführer Karl Silberbauer, detienen a todos los ocupantes y son llevados a diferentes campos de concentración.

Después de permanecer durante un tiempo en los campos de concentración de Westerbork en Holanda y Auschwitz en Polonia, Ana y su hermana mayor, Margot, fueron deportadas a Bergen-Belsen, donde ambas murieron durante una epidemia de tifus entre finales de febrero y mediados de marzo de 1945 (el tifus fue causado por la extrema falta de higiene en el campo de concentración). Edith Holländer (madre de Margot y Ana) muere de inanición en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Su padre, Otto Frank, fue el único de los escondidos que sobrevivió a los campos de concentración. Cuando regresó a Ámsterdam, Miep Gies, una de las personas que les había ayudado durante su estancia en el anexo, le entregó el diario contenido en cinco libros y un cúmulo de hojas sueltas que su hija había escrito mientras estaban escondidos. En 1947 según el deseo de Ana, su padre decide publicar el diario y, desde entonces, se ha convertido en uno de los libros más leídos en todo el mundo.

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ANA FRANK LA NACION

Vivimos en una época en la que en nuestra educación y formación académica se nos muestra la triste realidad que forma parte de la historia de nuestro mundo y me consuela saber que la mayoría de personas sentimos total rechazo y repudiación hacia toda aquella irracionalidad que vivieron los judíos, hacia toda aquella barbarie nazi, y hacia todas aquellas vidas y sueños asesinados en los campos de concentración. Pero, dentro de este consuelo, me duele el alma cada vez que veo en las noticias un indicio de esta irracionalidad y esta locura, cada vez que sé que en nuestros tiempos y en nuestras ciudades, en nuestro país o en nuestro mundo, se siguen dando casos, por suerte ya minoritarios, en los que el racismo, nazismo o la homofobia siguen cobrando protagonismo. Porque no entiendo la mente de algunos seres humanos, porque no entiendo a algunas personas, porque seguiré sintiendo dolor mientras el respeto y la libertad no sean conceptos reales.

Quizás hoy estoy muy sensible, quizás la rabia por lo que he visto en las noticias me ha ayudado a escribir este post en este día en el que no podía ni moverme del sofá, quizás hoy es uno de esos días en los que estoy muy enfadada con el mundo…

Juntos, cogidos de la mano, podremos con todo. No lo olvidéis nunca.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.