La verbena de Alma en Pena.

Me está gustando esto de empezar el día con vosotros… A pesar del calor, ahora mismo corre un airecito por mi casa maravilloso, tengo mi té verde preparado y las ganas de comerme el martes a bocaos. No os podéis imaginar las ganas que tengo de escaparme a la playa, cada vez que salgo a la calle en Madrid y siento este calor, pienso lo mucho, muchísimo, que echo de menos el mar, mi tierra y mi casa.

Y claro, hablando de verano, de calor y de playa… Me es inevitable pensar en la ropa y los complementos de estas fechas. Aunque este blog no esté muy relacionado con la moda, no puedo dejar de confesaros que ella me apasiona, me encanta estar al tanto de las tendencias y saber cuáles son las prendas top de la temporada y aunque mi estilo no es muy estricto porque suelo combinar un poco de todo, supongo que tengo un estilo actual que seguramente aunque yo no sea muy consciente, me define ante los demás, y  claro, he de confesar que, al final, siempre acabo picando en las prendas más aclamadas de cada colección, pero bueno, supongo que eso nos es un poco inevitable a todas.

Como amante de la moda, de vez en cuando, me gusta dejarle un espacio en este blog y más si se trata de Alma en Pena.

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Los que me leéis desde hace tiempo, no necesitáis que os presente a esta maravillosa firma. Los que habéis llegado hace poco y no la conocéis, estoy segura que después de este post y ver las fotos, os vais a enamorar de sus diseños.

Hace sólo unas semanas, asistí al evento de la presentación de la colección primavera/verano 2015 de Alma en Pena. Es mi tercer evento con la firma, y es uno de mis preferidos cada temporada, sin ninguna duda. De la mano de Nboca Comunicación (www.nboca.es) , organizaron una fiesta maravillosa dónde el buen ambiente,las flores, las guirnaldas, los colores, las luces y la alegría del verano daban forma a una especie de verbena que no pudo obtener un mejor resultado.

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Música en directo de la mano de Showpai, comida y bebida excelente de la mano de Sobejano Catering y un sin fin de sandalias, cuñas, zapatillas y tacones decoraban el local en pleno Malasaña (mi barrio favorito de Madrid).

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Arancha Martí, Sara Sálamo y Patrick

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Vanesa Romero y Mónica, de Alma en Pena. Imagen de la web de la firma.

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Víctor, de Sobejano Catering. Imagen de la web de la firma.

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Vanesa Romero y Showpai de fondo. Imagen de la web de la firma.

Como ya os he contado otras veces, Alma en Pena es una firma para una mujer fuerte y con fuerza. La firma, cuya seña de identidad son las piedras y brillantes para vestir nuestros pies, se supera  más cada temporada, si cabe. Cuando veo sus zapatos, pienso en una mujer actual, valiente, trabajadora, luchadora, todoterreno, que vive el día a día con ganas, con mil cosas que hacer, que trabaja, que le gusta salir y pararse a tomar un café o una cerveza con amigos, que necesita ir cómoda para llevar este ritmo y sobre todo, necesita ir elegante, sofisticada y sentirse única. Este es el tipo de mujer que me gusta y el tipo de mujer a la que me imagino con unos Alma en Pena en sus pies.

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Mónica de Alma en Pena con las actrices Sara Sálamo y Arancha Martí.

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Arancha Martí

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Sara Sálamo

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Pero la firma va más allá, y está dispuesta a vestir a mujeres de todo tipo, basándose siempre, desde mi punto de vista, en la elegancia, la comodidad y la originalidad.

Numerosos medios de comunicación estuvieron allí para no perderse ni un detalle de esta colección, y numerosas revistas de moda hablaron después sobre el maravilloso evento.

Por supuesto, el evento contó con la presencia de la actriz Vanesa Romero, que es imagen de la firma y estuvo allí posando para la prensa y disfrutando de la fiesta de principio a fin.

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La actriz Vanesa Romero posando para los medios.

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Yo acudí con mis amigos, las maravillosas actrices Sara Sálamo y Arancha Martí, Patricio Rodriguez y Rebeca Marcos, y fue una tarde maravillosa.

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Arancha, Patrick, Sara y yo, con Carmen Barrios de Nboca Comunicación.

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Rebeca, Patrick y yo con Ana y Carmen, de Nboca, y Mónica, de Alma en Pena.

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Sara, Arancha, Patrick y yo.

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Supongo que cuando las cosas se hacen con tanto gusto, tanto cariño y tanta profesionalidad, nada puede salir mal, ¿verdad? Así que una vez más, mil felicidades a Alma en Pena y Nboca Comunicación por dejar el listón tan alto… ¡Nos vemos en la próxima!

Por supuesto, yo ya tengo mis Alma en Pena para pisar con fuerza este verano… Y tú, ¿te vas a quedar sin ellos? No te puedes perder su web porque te vas a enamorar, además cuentan con una tienda online donde sus zapatos pueden llegar hasta donde estés. www.almaenpena.es 

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Feliz martes, amigos.

Lorena.

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Café enfriado, como siempre.

Ya tenía ganas de que la semana se volviese a parar en el martes, pero, de verdad, los días pasan tan rápido, que no parece que hayan pasado tantos desde la última vez que nos leímos. Ha dejado de llover en Madrid y hoy el sol ha querido salir a pasearse por la ciudad, a ver si le dejan quedarse, que las nubes ya sabéis que son muy peleonas, pero bueno, ya sabéis que no me importa. Ayer, por ejemplo, disfruté de una tarde de lluvia maravillosa.

Tenía ganas de volver con un relato, de eso sí que hacía mucho, así que aquí os lo traigo. Es un relato diferente, en la estructura, en la expresión y en la forma. Es un relato en el que seguro más de una persona se sentirá identificada y un relato con el que espero que, al llegar al final, reflexionen sobre cómo quererse a sí mismo por encima del dolor que intenten causar los demás, o que causan sin querer. Como decía Shakira en una de sus canciones: “Siempre supe que es mejor, cuando hay que hablar de dos, empezar por uno mismo…” . Nunca supe si ella lo decía de esta misma forma, pero yo siempre lo entendí así. Cuando te enamores, enamórate mucho y quiere con mucha fuerza, pero no te olvides, si te están haciendo daño, de quererte a ti más.

Hoy te lo quería contar…

Café enfriado, como siempre. 

Creo que empecé a tomar café más bien tarde, no sé a qué edad empiezan normalmente las personas a tomar café, pero yo debería tener, al menos, veinte años. Quizás fue en la facultad, entre clase y clase, en las épocas de exámenes, no sé muy bien cuando ni por qué. Nunca me lo he planteado. Lo que si sé es que siempre me pasaba igual, me gustaba calentar el café hasta el punto en el que al coger la taza con mis manos estuviese bien caliente y su aroma subiese lentamente. Una vez servido, me costaba beberlo así, lo dejaba enfriar y al final, siempre se enfriaba demasiado. Y siempre me pasaba igual. Y siempre me pasa. ¿Te acuerdas?

Hoy miro la taza, que me espera impaciente, caliente, humeante, y sé que todavía no nos podemos encontrar, tendrá que pasar un rato, mientras asimilo todo lo que me está pasando. El teléfono no deja de sonar, un sin fin de mensajes y llamadas que no me apetece contestar. Es más, no me apetece ni si quiera mirar. Necesito soledad. Necesito silencio. Porque me ha costado mucho tiempo encontrarme, pero al final, encontrarse a sí mismo, aunque no sea una tarea fácil, es imposible que salga mal, y  mira que yo, he estado perdida.

Me perdí hace mucho tiempo, todo ese tiempo en el que dejé de sonreír. Porque yo antes sonreía mucho, ¿sabes? Sonreía siempre, cuando me despertaba, cuando bajaba a la calle y me cruzaba con algún vecino en el portal, cuando iba hasta la esquina a comprar el pan recién hecho a primera hora del día, sonreía cuando llegaba al trabajo, aunque odiase trabajar para una compañía de seguros y odiase tener que estar pegada al teléfono todo el día para reclamar a los clientes una gran cantidad de impagos que llevaban a sus espaldas, y todos con la misma historia: no tenían dinero, era la crisis del país, y tenían razón. Aún así yo sonreía, sonreía cuando salía del trabajo, cuando me paraba en el Starbucks a comprar un Mocca Blanco que me iba bebiendo por el camino hasta llegar a casa, sonreía mientras recogía mi casa y la limpiaba, sonreía cuando preparaba la cena, cuando veía la tele o cuando leía un buen libro. A veces también lloraba, pero siempre fui más risueña que melancólica. Los fines de semana me reunía con mis amigos, en alguna terraza del barrio, entre cervezas y risas. Me gustaba mi vida y sonreía porque era feliz.

Cuando te conocí sonreía todavía con más fuerza. No te esperaba, ¿sabes? Llegaste sin avisar, cuando no me apetecían compromisos, cuando no me apetecían explicaciones, ni tenerlas que dar, cuando me apetecía estar sola y disfrutar de una libertad que tú prometías y que con el tiempo traicionaste. Entonces, cuando te conocí, supe que era una sorpresa, un regalo de la vida, una oportunidad de ser más feliz, de encontrar ese amor, que aunque no me apeteciese, tanto anhelaba. Y me enamoré de ti, me enamoré locamente, como seguro que no había hecho antes, y te lo dije, te lo dije una y otra vez, que eras lo mejor que me había pasado jamás, y tu me decías lo mismo, me prometías una y otra vez que nunca habías estado así con nadie, que lo nuestro era fuerte e irrompible, que la vida había cruzado nuestros caminos y no permitiríamos que se separasen jamás. Me mirabas y yo veía en tus ojos todas y cada una de las verdades de tus palabras, estabas locamente enamorado de mí  y sólo me hacía falta adentrarme en tus pupilas para sonreír como nunca antes había sonreído, para sentirme afortunada y especial, para saber que tenía que ser así, para darle fuerza y credibilidad al destino, que había cruzado nuestras vidas y nuestros corazones. ¿Te acuerdas cómo nos mirábamos? Nos mirábamos con tantísima fuerza, con tanta pasión… ¿Te acuerdas cómo nos besábamos? Lo hacíamos constantemente, en cualquier rincón, como una extraña fuerza que se apoderaba de nosotros y no nos dejaba utilizar la razón. Nos rozábamos la piel y ardían nuestras almas, ¿te acuerdas? Éramos puro fuego, deseo y pasión. Recuerdo perfectamente la primera vez que nos tumbamos en una cama. Queríamos hablar y contarnos cada uno de los detalles de nuestras vidas, mientras nos acariciábamos la piel, y no pudimos evitarlo, a los tres segundos nos estábamos devorando. Me besaste con tantas ganas, me cogiste con tanta fuerza… Me llevaste al paraíso mientras yo bordeaba con mis piernas tu cintura, mientras te sentía mío con tanta fuerza que quería gritar y llorar ahí mismo, en aquel instante, en aquella habitación, porque nunca había sido tan feliz. ¿Te acuerdas cómo me acariciabas? Te encantaba pasar tus dedos, finos y delicados, suaves y señoriales, por mi espalda, lentamente, de arriba a abajo, mientras nos reíamos y soñábamos, mientras planeábamos nuestro futuro, nuestras vidas, e imaginábamos el paso del tiempo, mientras imaginábamos cómo íbamos a recorrer el tiempo cogidos de la mano, mientras tus manos acariciaban mi espalda desnuda, entre nuestras sábanas, entre las cuatro paredes de la que habíamos hecho nuestra casa.

¿Te acuerdas cuándo me preparabas sorpresas? Cuando un día, por que sí, me llenabas la casa de flores y el aroma del jazmín se impregnaba en cada rincón, en cada almohada, en cada libro, en cada camisa o en cada canción que sonaba. Cuando otro día, sin motivo alguno, me llenabas las paredes de notas con frases que habías rescatado de conversaciones que yo había olvidado. Cuando, de repente, me sorprendías y me llevabas a cenar a mi restaurante favorito, cuando nos tumbábamos en el sofá a ver películas mientras comíamos palomitas, cuando nos despertábamos un domingo, sin ningún tipo de prisa, y nos pasábamos horas y horas mirándonos a los ojos, acariciándonos las manos, riéndonos a carcajadas, besándonos hasta el alma…

Yo era consciente de que algún día todo podía cambiar, ¿sabes? Claro que lo era, no por nada, sino porque siempre he sido racional y realista. Sabía que nada es eterno y que en las relaciones, la magia del principio hay que aprovecharla con todas las fuerzas que uno tiene, porque cuando menos te lo esperas… Llega la rutina y la arrasa. No sólo la rutina, perdóname, llega también la confianza y la confianza tiene cosas buenas y cosas malas. Desgraciadamente, a veces, ganan las malas. El mal humor se encierra en casa, incluso el que viene de la calle, ese también se queda en casa. Podía haber sido bonito, estoy totalmente segura de ello, porque me conozco, porque sé como soy, porque las mujeres somos así, porque somos más pasionales en todos los aspectos, en las guerras y en el amor, porque le ponemos más ganas a todo, a lo bueno y a lo malo, a la alegría y a una discusión, pero en el fondo, siempre queremos que las historias de amor salgan bien, porque por alguna extraña razón queremos que así sea, porque somos más sensibles, más nostálgicas y porque, joder, de pequeñas todas hemos soñado con un cuento de hadas. Por eso sé que no me han faltado ganas, por eso sé que no me habrían faltado nunca. Pero claro, me quitaste la ilusión, ¿te acuerdas también de eso?

¿Te acuerdas cuando dejaste de mirarme con esa ternura y esa magia? ¿Te acuerdas cuándo empezaste a gritarme? ¿Te acuerdas en qué momento empezaron a molestarte todas y cada una de las cosas que hacía? No sé si te acordarás del momento exacto, pero vamos, acordarte, supongo que te acuerdas. Yo me acuerdo perfectamente, me acuerdo cuando en alguna discusión ni si quiera levantabas la vista del televisor, me acuerdo perfectamente cuando empezaste a llegar tarde a casa y siempre era porque tenías mucho trabajo, menos cuando era porque algún amigo te había insistido para que te quedases a tomar unas cervezas. Me acuerdo perfectamente cuando dejaron de brillarte los ojos al mirarme, cuando dejaste de tocarme con pasión o cuando dejaste de prepararme sorpresas. Me acuerdo cuando los domingos, te molestaba quedarte horas en la cama y el problema era que yo era una aburrida y quería estar siempre en casa, me acuerdo la primera vez que me tumbé boca abajo, entre nuestras sábanas blancas, y mi espalda desnuda se quedó esperando que la recorrieras de arriba a abajo, se quedó sola y fría, esperando tus manos que ya no resultaban ser tan bonitas. Me acuerdo cuando a penas me hablabas, cuando siempre estabas cansado o cuando te pasabas horas y horas enviando mensajes en tu teléfono (e-mails de trabajo, siempre). 

¿Te acuerdas de la mañana en la que me di cuenta de todo? Una camisa blanca llena de maquillaje, incluso restos de pinta labios de un rojo bastante feo, por cierto. ¿Te acuerdas cuándo me decías que todo tenía una explicación? ¿Te acuerdas cómo lloraba? ¿Te acuerdas cómo gritaba de dolor? Y no, no se te caía la cara de vergüenza. Es más, te atrevías a pedir perdón, a decir que había sido un error. Me gustaría recordarte que no dejamos de hacer el amor porque yo me quedaba dormida, me gustaría recordarte que no dejaste de llenar la casa de flores o notas porque yo estaba distante, me gustaría recordarte que no nos quedábamos viendo películas y comiendo palomitas porque ya las hubiésemos visto todas, me gustaría recordarte que pisoteaste mi dignidad, mi confianza, mi respeto, mi amor incondicional, mis besos, mis caricias, mis ilusiones, mis sueños y mis lágrimas. Me gustaría recordarte que me hiciste daño, porque podría decirte que me arruinaste la vida, pero no, no te iba a permitir también eso. Conseguiste que llorase durante muchas noches, eso sí. Pero bueno, ya lloraba durante horas cuando estábamos juntos y tú ni te inmutabas, ¿te acuerdas también de eso?

A veces me he sentido estúpida, ¿sabes? Por no haberme dado cuenta antes, por no haber hecho yo lo mismo… Pero eso sólo lo pensaba cuando estaba muy enfadada, después me daba cuenta que yo no lo había hecho, porque ¡YO NO SOY IGUAL QUE TÚ!

Hace un rato me he dado una ducha lenta, en silencio, con velas, con agua muy, muy caliente, y la he dejado bajar lentamente por mi cuerpo, la he dejado acariciar suavemente mi espalda, porque si ahí, por alguna de esas estúpidas casualidades de la vida, todavía quedaba alguna de tus huellas, las borrase con calma, que se llevase consigo cada una de tus caricias impregnadas en la memoria de mi piel, que se llevase todos y cada uno de los recuerdos que aún guardo tuyos, lentamente, sin prisa, que en ocasiones como esta, a veces, no está mal hacer larga una despedida. 

Tras la ducha he preparado café, muy, muy caliente, que por cierto, ya está completamente frío en la taza, como siempre. Ahora me lo beberé, pero claro, al haber dejado ir cada resquicio de dolor que quedaba en mí, por el desagüe de la bañera, he creído que podía darte las gracias, ¿por qué no? Si yo siempre he sido muy educada. Gracias por cada grito, porque ahora estoy segura que jamás volveré a permitir que nadie me levante la voz, gracias por cada muestra de indiferencia, porque ahora, jamás me entregaré a alguien que no me merezca, gracias por cada falta de cariño, porque ahora, jamás volveré a estar con nadie que no me demuestre cada día que me quiere con todas sus fuerzas. Gracias por todas las lágrimas que he derramado, porque te aseguro que todas y cada una de ellas me han hecho, cada día, un poquito más fuerte, hasta convertirme en alguien invencible. Gracias por las mentiras, porque ahora sé que no podré confiar en el primer cretino que se cruce en mi camino. Gracias por esta experiencia, porque te aseguro que he aprendido muchísimo de ella.

Gracias y, por cierto: buena suerte, porque créeme que tú, la suerte, la vas a necesitar. Es más, vas a necesitar mucha (ya sabes, por eso del karma, que yo siempre he sido de creer en esas cosas, y el karma es muy sabio…)

Por cierto, que he vuelto a sonreír, ¿sabes? Como antes hacía, ¡Qué fuerte! Casi ni lo recordaba, y ahora, que por fin me he encontrado, sé que nada sucede por casualidad y que no puedo ser más feliz. 

Ni un abrazo de cordialidad.

Sara.

Envió aquel e-mail para despedirse de aquella historia, porque a veces, cuando pasa el tiempo y el dolor se suaviza, podemos ver las cosas de otra forma, y muchas veces, es necesario poner un punto final. Cogió la taza de café y dio el primer sorbo, se había enfriado, como siempre.

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Buenas tardes-noches, amigos.

Lorena.

25 de noviembre cada día.

No debería existir. Un día como hoy no tendría que ser necesario. Hoy no te quería contar nada, y en verdad te quería contar todo. Te quería contar el dolor que me produce que existan cosas tan injustas en el día a día, tan dolorosas, tan tristes… Te quería contar que ojalá no hubiesen motivos para que el 25 de noviembre fuese el Día Internacional Contra la Violencia de Género. Ojalá no hubiesen motivos, ojalá…

Pero los hay. Los motivos son cifras escalofriantes, son lágrimas y rabia, son rostros, son familias destrozadas, son nombres y apellidos, son sonrisas apagadas, son miradas desconfiadas, son historias con miedo, son vidas arrancadas. Son mujeres, y son víctimas del machismo, de la irracionalidad, de la barbarie, de lo inhumano… Y los motivos de este día existen, y la sociedad concienciada también. Por eso este día, por eso esta fecha que repudia, que rechaza, que odia, que defiende, que lucha, que da la mano, que abraza, que sonríe, que escucha, que entiende, que habla… Por eso hoy es su día. Es un homenaje, es un no estás sola, es un abrazo desconocido, es un miedo que se quiere curar, es una sonrisa que se quiere encender, son unas lágrimas que se quieren borrar, es una cifra que quiere desaparecer, es una familia que quiere sonreír, es una mirada que quiere volver, es una historia sin miedo, es una vida que simplemente quiere vivir.

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En diciembre de 1999, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó este día como el día mundial contra la violencia de género. La propuesta para la fecha la realizó la República Dominicana por el asesinato de las Hermanas Mirabal. Patria Mirabal, Minerva Mirabal y María Teresa Mirabal fueron tres hermanas dominicanas que se opusieron a la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo y fueron asesinadas el 25 de noviembre de 1960 en una emboscada.

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Muchas veces, mientras ando por Madrid o simplemente cuando voy sentada en el metro, observo a la gente… Y me gusta preguntarme cómo serán sus vidas, si serán felices, si no, si tendrán familia, si estarán enamorados, si viajarán a menudo, si tendrán trabajo, a qué se dedicaran… Me imagino vidas que quizás no les pertenecen, y seguramente detrás de una bufanda, un paraguas o una cabeza cabizbaja existirán historias que simplemente no deberían existir. Se me ponen los pelos de punta cuando leo que en la última década 700 mujeres han sido asesinadas por su pareja o su ex pareja. Y que son ya 43 mujeres asesinadas en los días que corren por el 2013… Me lleno de rabia, de dolor, de impotencia, de incomprensión… Y me resulta terrorífico saber que según un estudio, el 70% de las mujeres experimentan la violencia en algún momento de su vida.

El amor, al menos como yo lo entiendo, y como estoy segura que lo entiendes tú, es algo bonito, que te da felicidad, que te aporta experiencia, sonrisas, enfados tontos, ternura, seguridad, confianza, estabilidad, emoción… Y así debería ser siempre. No puedo imaginar como una mujer  que ha confiado y se ha enamorado de una persona, puede ver o no ver hasta un determinado momento, la violencia de ese hombre hacia ella. El rechazo de una personalidad irracional, que se siente tan sumamente inferior y fracasado, que necesita “dominar” para sentir que está ahí. Y para ese dominio tiene que humillar, golpear, maltratar, violar y sentir que el “poder” es suyo.

Los celos son enfermizos, esto no es una frase hecha, es real. Los celos pueden llegar a ser tan enfermizos que crean historias que no existen, alucinaciones que se alimentan con rabia, y actitudes que viven y evolucionan hasta llegar a destrozar. Hasta matar.  El que es celoso, nunca reconocerá que es un maltratador, ¿por qué? Si no ha pegado a nadie… El maltrato psicológico es uno de los más dolorosos. Es el que se arrastra por el tiempo, en silencio, mientras te va consumiendo. Ese tipo de personas existen, por desgracia, y existen en más casas de las que creemos, y en vidas que seguramente conocemos.

La mujer maltratada debe intentar ser fuerte, levantarse sin miedo, hacerse poco a poco grande y sentir el apoyo de una sociedad que no la va a dejar sola jamás.

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Desgraciadamente, hay historias que tienen que basarse en la realidad para ser contadas y para que muchas veces sean escuchadas… Y entonces me he acordado de una película española que me oprimió el corazón cuando la vi por primera vez hace ya unos cuantos años. Te doy mis ojos fue llevada al cine en el año 2003, de la mano de Icíar Bollaín. Laia Marull da vida a Pilar, una mujer que reside en Toledo y se ve en la obligación de escapar de su casa, en medio de la oscuridad de la noche, con su hijo pequeño, dispuesta a no soportar jamás los malos tratos de su marido. Se refugia en casa de su hermana, y dispuesta a empezar de cero, busca trabajo y se siente feliz y realizada. Luis Tosar encarna a Antonio, el marido de Pilar. El maltratador que va en busca de su esposa pidiéndole una segunda oportunidad, prometiendo que todo va a cambiar y que está dispuesto a ser ayudado por profesionales para modificar su conducta. Pilar y su hijo vuelven a casa, pero las terapias con el psicólogo no son suficientes como para que las humillaciones vuelvan a apoderarse de la personalidad violenta de Antonio. La película acaba como muchas familias y mujeres españolas querrían que acabase la película de su vida. Pilar sale de casa, acompañada por sus compañeras de trabajo, decidida a cerrar la puerta para no volver nunca más.

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Según el director: «Te doy mis ojos cuenta la historia de Pilar y Antonio pero también de quienes los rodean, una madre que consiente, una hermana que no entiende, un hijo que mira y calla, unas amigas, una sociedad y una ciudad como Toledo que añade con su esplendor artístico y su peso histórico y religioso una dimensión más a esta historia de amor, de miedo, de control y de poder.»

Ojalá todas las mujeres que sufren el maltrato diario en sus casas, que sufren la humillación, los golpes, el miedo y la injusticia, consigan decir BASTA YA, consigan salir de sus casas y consigan una vida digna, dónde el amor y la ilusión les devuelvan las ganas y la confianza en sí mismas. Ojalá los políticos se dejen de tanto discurso y ánimo disfrazado, ojalá se apriete la justicia y ojalá todos esos asesinos que han destrozado vidas, sonrisas, almas y corazones no vuelvan a ver jamás la luz del día más allá de los barrotes de una celda. Ojalá no hubiesen motivos para que el 25 de noviembre fuese el día Internacional Contra la Violencia de Género. Pero los hay, y por eso está, y por eso estamos, y por eso gritamos, y por eso nos aliamos, y por eso sufrimos, y por eso apoyamos… Porque estamos en contra de la violencia machista. Porque es 25 de noviembre cada día. 

Buenas noches, amigos.

Lorena.