Al encuentro de Mr. Banks.

Me parece que este verano os tengo y os voy a tener muy acostumbrados a las idas y venidas… Perdonadme, pero es que no paro y eso me hace muy feliz. El verano es para eso, para no dejar de moverte, para ir a los lugares que te gustan, para reencontrarte con la gente que quieres, para salir, para reír, para disfrutar del día hasta el final de la tarde, para apurar los suspiros de felicidad en la calle.

Estuve en Madrid unos días y volví el fin de semana a l’Olleria. Como habréis visto los que estáis en Instagram, para irme de boda y vivir un fin de semana maravilloso reencontrándome con toda mi familia, con todos esos primos y tíos a los que no suelo ver, y ha sido precioso. He sido muy feliz.
Reencontrarme con mi familia hizo que los recuerdos se pronunciasen en sonrisas, tuvimos la suerte y la capacidad de viajar en el tiempo a través de ellos y como siempre pasa en estos eventos, tuvimos que emocionarnos mucho al echar de menos a todos aquellos que no están.

A veces, me da miedo hacerme mayor y olvidarme de algunos recuerdos. Creo que alguna vez ya os he hablado de esto, pero a mí me encanta recordar algo que alguien me dijo una vez: todos nuestros recuerdos permanecen en nuestra memoria, sólo que algunos son recuerdos dormidos que sólo despiertan cuando un hecho puntual sucede. Un olor, una canción o un lugar que son capaces de despertar ese recuerdo enterrado y transportarte a aquel momento en el que aquello sucedió.
Por supuesto, habrá mil momentos de mi vida que no recuerde, pero los que recuerdo supongo que son los más importantes y quiero recordarlos siempre.
Los veranos de mi infancia fueron tan, tan bonitos. Era feliz con muy poco, porque quienes estaban a mi alrededor hacían que con eso fuese más que suficiente. Recuerdo las tardes en el pequeño coche de mi abuelo, un Seat Fura color rojo que hoy en fotos me sigue sacando una sonrisa. En ese coche iba a la piscina, todas las tardes, porque mientras mi madre trabajaba, mi abuelo me traía y me llevaba, a la piscina, al campo de mis tíos, a jugar con mis amigas… Donde fuese. Él, sin duda, ha sido el mejor padre que la vida me podía haber dado.

Muchas veces os he hablado de lo feliz que fui, y es que ojalá todos los niños pudiesen tener una infancia feliz, ricos o pobres, simplemente que todos tuviesen las necesidades básicas y mucha, mucha felicidad.
Si viajo a mi infancia, hay una protagonista indiscutible con la que pasaba horas y horas desde el otro lado de la televisión. Mary Poppins, entre otros personajes de ficción, fue una de mis favoritas cuando fui niña, y una de mis favoritas en el paso del tiempo.

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Hace unos meses, una tarde de frío tuve un “antojo” inmenso de comer chocolate y ver la película de la niñera más bonita del mundo. Me fui al Fnac, me compré el DVD y me di uno de esos caprichos simples que pueden llegar a hacerte enormemente feliz. Hacía mucho tiempo que no veía la película, pero no dejé de sonreír y sorprenderme al recordar las canciones a la perfección y saberme, todavía, muchos diálogos de memoria. Por eso son tan importantes los recuerdos, los dormidos o no, por esa capacidad de hacerte viajar en el tiempo, por esa capacidad de recorrer tu vida desde un punto concreto y hacerte feliz.

Hace relativamente poco, vi un anuncio en televisión sobre una película enlazada directamente con Mary Poppins, y se me ocurrió pronunciar en voz alta que la quería ver. Como muchos ya sabéis, me suelen tener muy mimada y por mi cumpleaños, uno de los regalos de Sergio fue el DVD de Al encuentro de Mr. Banks.
Con el anuncio, no sé por qué, pensé que esto sería una continuación de la película, que me encontraría con Jane y Michael Banks de mayores y que sabría qué había sucedido en sus vidas cuando Mary Poppins volvió a salir de ellas, pero lo que encontré fue mucho mejor.

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Sin ninguna duda, esta película está hecha por y para aquellos que soñaron con la magia de Mary, aquellos que quisieron recoger sus juguetes y el desastre de su habitación dando palmadas y cantando canciones, aquellos que quisieron subir las escaleras sentados en las barandillas, ser capaces de saltar dentro de un dibujo pintado sobre la acera del parque, aquellos que quisieron dar vida a los caballos de un tiovivo, tomar jarabe para la tos de colores y sabores sorprendentes, aquellos que sabían que con un poco de azúcar todo pasaría mejor o aquellos que saben que supercalifragilisticoespialidoso suena extravagante, raro y espantoso, pero que si lo dices con soltura sonará armonioso… Al encuentro de Mr. Banks es una película dedicada a todos ellos, a todos nosotros, a todos los que nos hemos hecho mayores pero seguimos guardando una sonrisa y mucho amor a la niñera que sacaba miles de cosas de un bolso que aparentemente estaba vacío.

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Mary Poppins

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Tom Hanks y Emma Thompson protagonizan la historia sobre el origen de Mary Poppins, uno de los clásicos de Disney más querido de todos los tiempos. Dirigida por John Lee Hancock, descubrimos la historia de cómo Mary Poppins llegó a la gran pantalla y a las televisiones de muchas generaciones alrededor de todo el mundo.
Walt Disney (Tom Hanks) les prometió hace muchos años a sus hijas que conseguiría llevar al cine la historia de su cuento favorito, y tras veinte años intentando adquirir los derechos del querido libro de P.L Travers (Emma Thompson) consigue reunirse con la obstinada escritora para liberar todos sus miedos, todos los recuerdos que guarda de su infancia y dejar a May Poppins en libertad para contagiar de magia a miles de niños y convertirse, con el tiempo, en una de las historias más entrañables de la historia del cine.

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Nos emocionaremos en el viaje en el tiempo que la escritora de Mary Poppins hace a través de sus recuerdos, nos emocionaremos descubriendo cuál es la verdadera historia que esconde la historia que nosotros conocemos y nos emocionaremos viendo, paso a paso, cómo se fueron ultimando los detalles antes de lanzar la historia al cine, o como se crearon las canciones que posteriormente se convirtieron en parte de la BSO de nuestras vidas.

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Estoy segura que a todos nosotros, los recuerdos de nuestra infancia nos arrancan una sonrisa. Tanto a aquellos a los que los juegos protagonistas de sus días estaban correteando en la calle, con cuerdas y pocas cosas materiales, con risas y muchos años de por medio, como a aquellos que ya hemos crecido en un tiempo totalmente ligado a la tecnología. Nuestra infancia es sólo nuestra y consigue arrancarnos una sonrisa, porque la inocencia de los niños, incluso en aquellos niños que sufren, consigue guardar en la memoria las cosas bonitas que nos hicieron felices.
Si además de ser nostálgico y sonreír al viajar en el tiempo, al recordar las meriendas que te preparaba tu abuela, las tardes de verano en la calle, la piscina o la playa, las risas y los juegos, si además de todo eso, fuiste un gran admirador de Mary Poppins, te pido por favor que te regales una tarde de mimos. Prepárate tu merienda favorita, cómprate el helado que más te guste y vete al encuentro de Mr. Banks, la historia para todos aquellos que ya nos hemos hecho mayores.

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Feliz tarde, amigos.
Lorena.

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Arrugas de algodón.

En mi último post os hablaba de Marina, y en Marina Oscar Drai decía: “… desaparecí del mundo durante una semana. Por espacio de siete días y siete noches, nadie supo de mi paradero”.

Yo sólo he desaparecido porque estaba de vacaciones. Porque necesitaba desconectar, mimarme y disfrutar, porque necesitaba recargar energías para volver con fuerza. He estado en mi casa, en las calles que me vieron crecer, con mi gente de siempre, y también me he perdido unos días por Italia, de dónde he vuelto completamente enamorada de cada rincón, de cada esquina.

Pero hoy te quería contar algo que me pasa cada vez que me alejo de casa. Hoy me voy a atrever a reflexionar sobre la vida. Es más, me voy a atrever a reflexionar sobre una vida que ni si quiera es mía, pero estoy segura que quien la vive, no se va a molestar porque lo haga.

Cada vez que paso unos días en mi pueblo y luego me voy, aparece el mismo sentimiento. Tristeza. Nostalgia. Pena. Me enfado con el tiempo, por correr tan rápido. De vez en cuándo me pregunto qué hago aquí, en esta ciudad. Me pregunto si cuando los años sean muchos y eche la vista hacia atrás no me arrepentiré de haberme perdido demasiadas cosas, del día a día, de las personas más importantes de mi vida. Luego se me pasa, y sé que Madrid me da la felicidad que necesito, y que no me imagino, hoy por hoy, en otra ciudad que no sea ésta. Estas calles que he sabido hacer mías. Estos sueños que aún vuelan.

Hace unos días, mientras estaba allí, estuve con una persona a la que conozco desde que nací. Las arrugas le acarician la piel en forma de sonrisas. Su mirada a veces se pierde. A ratos no recuerda qué ha pasado. No sabe dónde está. No sabe quién la cuida y quién la abraza. Otras veces sonríe, y sabe perfectamente lo que pasa en cada instante. Me dijeron que quizás no me recordaba, pero cuando entré en su habitación, la vi sentada junto a la ventana, me sonrió y me dijo que no me había reconocido con las gafas de sol puestas. Creo que ella nunca había producido en mí tanta ternura como aquella tarde. Creo que nunca me había sonreído así.

Sentada en un sillón me acariciaba la mano, me preguntaba qué tal todo y me contaba historias que yo sabía que nunca habían ocurrido. Pero yo también le sonreía, me hacía la sorprendida y le daba a sus relatos la importancia que merecían. Para mí, los recuerdos son uno de los bienes más preciados que posee el ser humano. No seríamos nada sin ellos. Los recuerdos son nuestro recorrido. Quienes somos y quienes hemos sido. Y entonces, me permití el lujo de enfadarme con la vida. Me enfadé porque me parecía injusto verla tan indefensa, perdiendo momentos que la habían hecho sonreír o llorar. Me enfadé con la vida porque no es justo que una persona pase los últimos meses, o años, de su vida estando perdida. Me enfadé con la vida porque no me parece justo que alguien sufra, incluso cuando ya no es capaz de saber diferenciar el sufrimiento de la felicidad.

Pasé una tarde con ella, que creo que ambas nos debíamos. La vi tranquila, cansada, la vi reír, pero también la vi perderse en la tristeza. Ella sabe que nunca más se levantará de ese sillón. Sabe que no volverá a ver el mar, o el pueblo donde nació. Sabe que ahora sólo queda afrontar los días como vienen, disfrutar de las visitas y sonreír mientras se pueda. A veces pide perdón, porque cree que se porta mal cuando no es ella. Pero no sabe que no hace falta, porque ya está todo perdonado. Me enfadé con la vida por hacer de la vejez la más tierna sabiduría y darle luego el trago amargo de arrancarle los días.

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Hoy no he hablado de ninguno de los temas que hasta ahora estaba tratando. Porque hoy quería hacer una reflexión, y te quería contar que me enfadé con la vida. 

Cuando un niño pequeño está sobre protegido se dice que está entre algodones“. Algunas personas mayores vuelven a ser niños. Vuelven a necesitar estar mimados y cuidados. Vuelven a necesitar que les comprendan y les enseñen. Vuelven a empezar. Sólo que esta vez el tiempo ha ido penetrando en su cuerpo y en su mente. Esta vez, el tiempo pone arrugas sobre su piel. Arrugas que son los años, que son las vivencias, que son las lágrimas, que son las sonrisas, que son los bailes, que son el amor, que son la música, que son los paseos, que son la familia, que son los amigos, que son los días, que son los momentos (los que están y los que se fueron)… Porque cambian los escenarios, cambian los tiempos. Pero a todos nos envolverán estas arrugas.  Arrugas que no son más que arrugas de algodón.

Buenas noches, amigos.

Lorena.