La vuelta al cole depende de ti

Madrid hoy ha amanecido totalmente gris y envuelto por una lluvia que iba siendo ya más que necesaria. Poco ha durado, la verdad, pero parece que, por fin, el calor asfixiante ha pasado y que el otoño, tímidamente, va asomándose por la ventana. Atrás quedan los días de playa y las vacaciones (al menos para mí) y, sin ninguna duda, la rutina va cobrando su forma y un claro ejemplo de ello es la vuelta al cole. Niños y niñas cargados de ilusiones, mochilas, libros nuevos y reencuentros con amigos, llenan las aulas de todo nuestro país y en una fecha tan señalada para ellos es esencial hacer hincapié en algo que realmente me preocupa y que hoy te quería contar… 

No soy madre (bueno madre perruna sí, claro, pero no es el caso), pero tengo primos pequeños, hijos de amigas y niños a los que quiero muchísimo y a los que no me gustaría ver sufrir por nada del mundo. Siempre he pensado que no puede haber nada peor para unos padres que el sufrimiento de sus hijos y aunque haya miles de campañas contra el bullying, desgraciadamente, este tema está a la orden del día, ¿qué podemos hacer frente a eso?

Justo ayer vi un vídeo que alguien compartía en Facebook denunciando el acoso a un niño en el baño de su colegio, sólo era uno el que atacaba, pero varios los que grababan y reían, siendo cómplices de un acoso y un trauma que a mí me encogió el corazón.

Nosotros, los adultos, tenemos el poder de que la vuelta al cole cambie. Creo que sería esencial que los niños vean en su casa el claro ejemplo de tolerancia y que los padres, desde bien pequeños, les acostumbren a no ver diferencias en los demás. Por ejemplo, sé que el día que tenga hijos, ellos crecerán rodeados de chicos que tienen novio, de chicas que tienen novia, y de parejas compuestas por hombres y mujeres porque yo tengo amigos homosexuales, amigas lesbianas y amigos heterosexuales por igual e intentaré desde que sean pequeños que eso sea lo más natural para ellos, que entiendan que el amor es libertad y que hay niños que tienen dos papás, dos mamás o un padre y una madre y entre ellos no hay ninguna diferencia.

Si acostumbramos a nuestros hijos, primos, hermanos, alumnos, si hablamos con ellos y les explicamos que no hay niños raros, que todos somos iguales, que todas las familias valen, quizás ellos lo vean como algo tan normal que no se preocupen en buscar la diferencia. No hay ningún niño que sea inferior por ser más tímido, más bajito, por estar más gordito o más delgado, por llevar gafas, porque le guste jugar con muñecas, por tener otra cultura o por haber nacido en una familia diferente a la nuestra. La educación es esencial y aunque en esta sociedad quedan muchos pasos gigantes por dar, nosotros y nuestros descendientes somos el futuro para mejorarla y ahí es donde tenemos que actuar. Los más pequeños vuelven al cole pero la forma en la que vuelvan, por supuesto, depende de ti, de mí, de nosotros. 

El bullying es un tema que me preocupa muchísimo, de verdad, y ya lo reflejé en un relato que forma parte de mi libro Me Olvidé Decir Te Quiero y otros relatos cortos y estoy segura que quienes ya lo hayáis leído os habéis acordado de inmediato de A Todo Cerdo Le Llega Su San Martín. Por favor, que el respeto, la tolerancia, la diversidad y la educación estén por encima de todo. Nos lo merecemos, se lo merecen.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

 

Inuit, esos músicos de verdad…

He de confesar que estoy muy nerviosa. Como bien sabéis, el 25 de noviembre (sí, dentro de 3 días) presento Me Olvidé Decir Te Quiero y otros relatos cortos en la librería Cervantes (c/Pez, 27), en el céntrico barrio de Malasaña, en Madrid. Presentación a la que estáis invitadísimos todos y que estará llena de sorpresas, libros, cariño y risas… Pero hoy no vengo a hablar de mí. Hoy vengo a hablar de la música, porque no he encontrado mejor forma de empezar un domingo, y porque no conozco a nadie que sepa vivir sin ella.

Hoy te quería contar que mi amigo Mario es uno de esos músicos de verdad, y el por qué de esta afirmación lo iréis entendiendo a lo largo de este post. Pero empecemos por el principio. Todo esto se remonta al 2003 o 2004, no lo recuerdo bien. Él entró en un conocido programa de televisión y yo le conocí a través de él. Quienes me conocen, saben que OT caló muy fuerte en mí, bueno es que Operación Triunfo caló hondo en toda una generación, marcando un antes y un después en la historia de la tele de nuestro país. Su primera edición me pilló con sólo 13 años y claro, fui el objetivo perfecto para entrar dentro de ese fenómeno fan al que, por supuesto, no me quise resistir, y es que yo, siempre he sido muy fan. Mario estuvo en la tercera edición, la última de Televisión Española, por entonces, sólo éramos unos niños, el de Zaragoza, yo de Valencia… Pero la vida, mucho tiempo después, nos convirtió en grandes amigos.

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Nos conocimos por casualidad bastante antes de que yo llegase a Madrid y cuando me instalé en sus calles, él era una de las pocas personas que conocía en esta ciudad. Puedo decir, muy orgullosa y agradecida, que fue uno de esos amigos que me “salvaron la vida” (al menos la social) en esos primeros meses de soledad en la capital. Nos convertimos en muy buenos amigos y compartimos muchas horas de risas, cafés, historias… Y música. Nunca había conocido a nadie que insistiese tanto por conseguir sus sueños, y quizás, de algún modo, consiguió contagiarme su ilusión para luchar, un tiempo después, por los míos, quién sabe. Cuando ni si quiera sabía cómo pagaría las facturas a final de mes, él lo seguía teniendo claro: quería vivir de la música, quería vivir de las canciones, de las melodías, de los conciertos. Y, así, cada mañana, se despertaba y se sentaba con su guitarra frente al ordenador, a componer, a ver, día tras día, cómo se agotaba la esperanza, y cómo, quizás, nadie les daría una oportunidad. Y digo les, porque por aquel entonces, Mario, Toño, Jimmy y Siddartha ya se habían embarcado en el grupo que iba a dar forma a sus sueños y en el grupo que, tarde o temprano, debía hacer que el mundo conociese lo que ellos hacían, música de verdad, de esa que se crea con la ilusión, el esfuerzo, el talento y la magia… como ingredientes principales. Y Inuit, cocinando a fuego lento y sin descanso, hace sólo una semana presentaba su segundo trabajo discográfico, y yo, mientras les escuchaba entre la gente y sus aplausos, me acordé de todo esto y no pude ser más feliz.

Tras ganar un concurso en el estudio TAF de Móstoles, Inuit veía cómo su sueño se iba haciendo realidad y, así, grabaron su primer disco, que tuvo como consecuencia un montón de bolos y conciertos que les ha llevado a recorrer las carreteras de nuestro país. Ellos siguen soñando con algo tan básico y esencial como vivir de lo que saben hacer, de esa pasión que les acelera el corazón, de la música, de esa misma música que el resto de la humanidad tampoco sabemos vivir sin ella. Sin rendirse ni un segundo, llega su nuevo trabajo, Correr Despacio, que se presentó la semana pasada en El Perro De La Parte de Atrás del Coche, una sala de conciertos en Malasaña. Entre amigos, conocidos y las seguidoras de su banda, nos regalaron un concierto increíble, en el que el trabajo bien hecho fue la pieza esencial de ese puzzle que ellos mismos han ido montando.

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Mis ganas de comerme el mundo, Fue un placer, Perfeccionándome, No te escondas y ¿Dónde estás?, son los nuevos temas que componen este proyecto, del cual encontraréis toda la información en su web Inuit.es o en sus redes sociales como Facebook (Inuit) o Twitter (@inuitoficial). Os recomiendo seguirles, porque a pesar de que llevan muchos años dándole duro a todo esto, luchando contra un mundo que cada vez es más complicado, os aseguro que su camino no ha hecho más que empezar, además, tuve la suerte de ir con Sergio a verles (que él de música entiende un buen rato) y al salir sólo me dijo: “¡Son muy buenos!”, y yo afirmé: “Y luchadores”.

Ya sabéis que me enamoro del arte, que me encantan las personas que lo convierten en su forma de vida. Me gustan mucho las personas que luchan por sus sueños, saltando cada obstáculo y, sobre todo, me gusta la gente que trabaja poniendo tanta pasión y consigue, como no puede ser de otro modo, que el resultado final sea, simplemente, brillante. ¡Felicidades y mucha mierda, Inuit!

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Feliz domingo, amigos.

Lorena.

¡Que empiece la aventura!

Desde el 17 de agosto sin actualizar… No debería tener excusa, pero la tengo. Estuve en casa. No recuerdo la última vez que pasé tanto tiempo en l’Olleria, seguramente aquello fue antes de irme a vivir a Elche… Desde entonces, todo en mi vida cambió, aunque siempre he guardado las cosas esenciales de ella, pero a mi alrededor todo empezó a ser distinto. Septiembre es, para mí, como un año nuevo, donde, tras el verano, alguna aventura nueva empieza. En el septiembre de hace diez años dejé mi pueblo y mis calles para empezar a estudiar periodismo en la ciudad de las palmeras, ciudad a la que, casualmente, mañana vuelvo unos días, después de demasiados meses sin visitarla, porque el sábado se casa una de mis amigas más especiales, porque nos hacemos mayores y porque ya sonrío al pensar en toda la gente que me voy a reencontrar desde el momento que el ave me deje en la estación de Alicante. Entonces, te paras a analizarlo todo un segundo y te das cuenta que la vida pasa demasiado rápido y lo que más me reconforta es mirar hacia atrás, mirarme ahora y decir: me gusta, no ha sido nada fácil, pero lo que ahora mismo veo, me gusta, y es más, quiero que mi futuro sea todavía mejor. Vivir con esa ilusión cada día, es el motor que me hace sentir las cosas de forma tan intensa, os lo prometo.

Un septiembre también, de hace ya cinco años, me vine a vivir a Madrid, con una maleta cargada de sueños, de los cuales algunos fueron pisoteados bastante fuerte, pero supieron escaparse y resurgir… ¡Ay, Madrid! La ciudad que me ha dado tantas, tantas cosas, la ciudad que me ha visto crecer, que me ha regalado momentos mágicos, que me ha regalado ilusiones, cafés en solitario, amigos esenciales, tardes de silencio, días de mucho ruido, la ciudad que me ha regalado el amor, en todos los sentidos. Cuando estaba en l’Olleria, hace sólo unas semanas, no quería que agosto se acabase, quería alargarlo más y de hecho, lo hice. Me daba pena dejar atrás a mi familia, el olor de mi casa o a mis amigas de siempre, pero una vez volví aquí, hace sólo unos días, entendí lo mucho que lo había echado de menos. Estoy completamente enamorada de esta ciudad de la que no quiero marcharme, al menos, en mucho tiempo… En verdad, hace tanto que no vengo por aquí, que hoy te quería contar muchas cosas…

Este podría ser un septiembre también especial, de hecho, lo es. Lo único que si intentas mirar un poco al mundo que nos envuelve, te das cuenta lo podrida que está la sociedad y lo podridos que están algunos seres humanos… Entonces, tienes ganas de volver hacia atrás y encerrarte en casa y un segundo después quieres salir a gritar y a decirles a todos esos que se creen con derecho a limitar a los demás, que no lo pueden hacer, que no queremos que lo hagan. Vivimos en un mundo que cada día me da más asco y vergüenza, donde los seres humanos son tratados como objetos sin importancia para los que son capaces de prohibirles la entrada en un país como si fuesen verdaderos delincuentes, o donde un periodista es capaz de tirar al suelo a una persona en el peor momento de su vida, solamente por captar una imagen… Vivimos en un país donde se persigue a un animal por la calle, con lanzas en la mano, como si de la prehistoria se tratase, para torturarlo hasta que agonice, para maltratarlo hasta matarlo, por pura diversión… Y no, por favor, ya no quiero oír la palabra tradición. Entonces me duele el alma, y me duele el corazón… Y tengo náuseas, lo prometo, y siento rabia, impotencia, dolor, asco… Y me enfado, me enfado mucho.

Hoy, tras tanta reivindicación en las redes sociales y tantas lágrimas al ver las noticias, he decidido que yo quería volver a Lo Que Te Quería Contar con una buena noticia. Porque septiembre es un mes especial, es un nuevo año, y es el comienzo de muchas cosas… Y septiembre de 2015 es el inicio de mis sueños hechos realidad, de mi mayor aventura, de la ilusión de mi vida y de algo que muchísimos de vosotros, sin ni si quiera conocerme, habéis vivido con muchas ganas durante meses, al otro lado de la pantalla. Septiembre de 2015 es el pistoletazo de salida… Y hoy, me hace especial ilusión enseñaros a “mi primer hijo”. Me Olvidé Decir Te Quiero y otros relatos cortos va a estar en breve en vuestras manos. Ahora mismo, se está buscando el lugar ideal para hacer su presentación en Madrid y a partir de ahí, podréis acariciarlo con calma, recorrer cada una de sus páginas y hacer que nos sintamos, si cabe, más cerca.

Os presento, muy emocionada, la portada de mi libro, una portada que me encantó al cien por cien en el momento que la vi, cuando supe que los chicos de Círculo Rojo habían hecho una elección perfecta, simbolizando con algo tan sencillo como nuestras manos, todo lo que este libro guarda: amor, desamor, ilusión, sueños, dolor, tristeza, amistad… Una imagen que abarca cualquiera de mis historias, que sabéis de sobra que también son vuestras. Necesitaba volver así, con fuerza, para contrarrestar, al menos por un segundo, todo lo que está pasando ahí fuera…. Me muero por saber qué os parece, me muero por que lo tengáis en vuestras manos o por que me acompañéis el día que lo presente…. Aquí os la dejo, toda vuestra…

Portada de Me Olvidé Decir Te Quiero y otros relatos cortos... ¡Espero que os guste!

Portada de Me Olvidé Decir Te Quiero y otros relatos cortos… ¡Espero que os guste!

Os iré informando de todos los detalles la presentación a través de mis redes sociales, a través de mi perfil en Twitter y mi página de Facebook… Ahora sí, amigos… ¡Que empiece la aventura!

Buenas noches desde Madrid, la ciudad que te enamora y te atrapa para siempre.

Lorena.

Olvidé olvidarme de ti.

Como muchos ya sabéis porque me leéis en mis redes sociales, estoy viviendo un momento de muchos cambios profesionales en mi vida… Cambios muy bonitos que recibo con muchas ganas y energía. Un nuevo trabajo, el placer de haber podido acariciar ya mi primer libro (Me olvidé decir te quiero y otros relatos cortos será vuestro a partir de septiembre y yo me muero de ganas)… Estos están siendo días de emociones muy fuertes para mí, días de lágrimas, risas, miedos y sueños… y no hay una mezcla de sentimientos más bonita. Y hoy, de todas las cosas que te quería contar, no se me ha ocurrido nada mejor que escribir un relato… Para acabar así un martes de sol y verano, de los que el día dura hasta bien tarde y en los que acabarlo leyendo puede resultar la mejor opción.

Leed despacito, como siempre…


 

Olvidé olvidarme de ti.

De entre todas las historias que han ido formando, paso a paso, los capítulos de mi vida, la nuestra siempre me pareció especial, porque tú llegaste de forma especial para hacer de nosotros algo mágico e irrepetible… Aquella noche de junio, entre aquella marea de gente, podría haber conocido a cualquier persona o tú podrías haber conocido a cualquiera, y no sé si fue aquel empujón torpe que tanto te molestó lo que acabó por robarte una sonrisa o simplemente era la magia del lugar… Porque la música es magia y eso lo sabíamos antes de conocernos. Si nos hubiesen preguntado, seguramente no habríamos encontrado un escenario mejor que aquel concierto de aquel grupo que tanto nos gustaba, en una ciudad que solíamos frecuentar, donde el olor a mar se llevaba consigo todas las penas. Aquellas cervezas de más, aquel olor a crema en la piel calmando el reflejo impregnado del sol, aquellas ganas de bailar… Aquella noche de junio.

A medida que pasaron los meses y te fui conociendo, me sonreía a mí mismo y me decía que no había sido una casualidad, porque desde entonces, más que nunca, empecé a afirmar contra todo pronóstico que las casualidades no existen, que la vida está marcada por pequeños detalles que de alguna forma alguien ha preparado para que haya caminos que acaben por encontrarse, que haya vidas que tengan que tocarse… A veces, y tampoco por casualidad, estas vidas se tocan en el momento equivocado, o se tocan de una forma confundida, dejada llevar por la emoción y pasión de las cosas nuevas… A veces, esas vidas se tocan para hacerse daño, aunque tarden un tiempo en saberlo. A veces, un pequeño detalle puede cambiar el rumbo de una vida.

Sin ninguna duda, aquellos fueron los mejores años de mi vida, y tú siempre decías que la vida dura muy poco y que había que celebrarla constantemente, había que celebrarla con una sonrisa, había que celebrar simplemente el estar vivos. Aprendí tantas cosas de ti… Sin ser consciente, me contagiabas tu magia, y no sólo aprendí a ver las cosas desde otro punto de vista, sino que creo que aprendí a ser mejor persona, aprendí a valorar los detalles insignificantes, aprendí a querer más a quienes me rodeaban y aprendí a entregarme sin esperar nada a cambio cuando mi corazón me lo dictaba. No sé si te dije las veces suficientes lo mucho que me gustabas, lo mucho que me gustaba despertar a tu lado, recibir un mensaje imprevisto a cualquier hora del día, u oler tu piel mientras dormías… No sé en qué momento, entre tantas cosas bonitas, empecé a descuidarte para que finalmente te fueses de mi vida, no sé porque no le di importancia cuando me lo advertías… No sé que es lo que hice mal, no sé si me centré demasiado en mi trabajo, no sé si hice de las cosas especiales una simple rutina que acabó consumiéndote a ti, que necesitabas tanta energía diaria para sobrevivir. Tú, que para sonreír, necesitabas estar en todo momento en la cima de una montaña rusa, porque no te gustaban las bajadas y porque, por alguna cosa u otra, no eras capaz de soportar los momentos en los que no se podía ser feliz al cien por cien. No te culpo, cada uno es como es…

Te recuerdo en un final lleno de silencio, apagada, con una mirada que ya no me miraba como antes, con una carcajada que ya no resonaba en toda la casa… No eras capaz de decir nada y cuando te preguntaba me decías que estabas perdiendo la ilusión… Y yo, que te quería más que a mi vida, no sabía como controlar aquello, como cambiarlo, como no dejar que se me fuera de las manos… Te repetía que te quería y me explicabas que eso no te valía y sólo con el tiempo aprendí que no se quiere con palabras… Que los seres humanos, las historias y la vida, están construidos de hechos a los que acompañan las palabras, pero que sin lo primero, lo segundo no tiene ningún sentido. Eso lo aprendí con el tiempo, demasiado tarde, demasiado lento.

Fue aquella mañana de sábado cuando te olvidaste el teléfono en el momento de ir a la ducha y empezó a sonar, vi un nombre que no me sonaba de nada y quizás por esa razón me apuñaló el corazón, quizás fue un sexto sentido, o quizás… quizás a día de hoy todavía no sé lo que fue. Yo, que nunca había estado celoso por nada… Empecé a entender, sin saber cómo ni por qué, que algo fallaba, y que algo estaba pasando, mucho más real y duro de lo que me había imaginado.

No he conocido a nadie más valiente que tú, de verdad lo digo. No es fácil sostener la mirada para explicar que el amor se acaba… para explicar que has dejado de querer, que se te fue la ilusión de tal forma que vació todos tus sentimientos, que no sabías realmente de quien había sido la culpa, que no querías buscar culpables, pero simplemente necesitabas salir de ahí… y cuando dijiste “ahí” no te referías a esa casa que era nuestra, ni a esa habitación que tantos besos y caricias guardaba en la memoria de sus paredes, con ese “ahí” te referías a salir de nuestra historia, necesitabas empezar una tú sola, o con alguien que no era yo… Necesitabas buscar otras formas de ser feliz, de ser feliz de una forma que, según tú, ya ni recordabas.

Entonces lloré. Lloré de rabia y me llené de odio…

Te vi recoger hasta tu última camiseta y vi como esa habitación y esa casa se quedaron completamente sin alma. No supe luchar, porque entendí que la guerra estaba perdida, la guerra había acabado hacía demasiado y yo ni si quiera me había dado cuenta. En vez de reflexionar y preguntarme por qué había pasado aquello, en vez de intentar saber qué había fallado, no fui capaz de asumir culpa alguna y entre todo mi odio y toda mi rabia, decidí olvidarte.

Decidí olvidar cada una de tus risas, decidí olvidar tu forma de andar, decidí olvidar tus lágrimas, tus besos, tus caricias, decidí olvidar tus películas favoritas, tus canciones y los libros que más te gustaba leer, decidí olvidar tu olor, decidí olvidar tu mirada, el tacto de tus manos, los lunares de tu espalda y tu número de teléfono.

Decidí olvidarte entregándome a otras, con rabia y rencor. Decidí olvidarte intentando buscar a alguien que pudiese sustituirte y cuando creía que lo había conseguido, un pequeño detalle o cualquier forma de ver el mundo, me daban una bofetada de realidad insoportable.

Te odié durante mucho tiempo. Intenté no saber nada de ti, pero en el fondo sabía que serías feliz, porque tú eres una de esas personas que no se quedan quietas si no logran ser felices, eres una de esas personas a las que la vida, sin ninguna duda, debe tratar bien.

No sé cuantos años han pasado desde la última vez que te vi… pero hoy, por una de esas jodidas (no) casualidades de la vida, he visto una foto tuya en una red social. Sonreías como cuando yo te conocí, como aquella noche de junio en la que un concierto y un par de cervezas nos presentaron, sonreías como muchos meses después te vi sonreír y como otros muchos después te vi dejar de hacerlo… Y entonces, sólo entonces, me he dado cuenta que a pesar de todo el empeño por odiar y olvidar, lo único que olvidé fue olvidarme de ti.

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Imagen de Google.

*A veces, simplemente hay que saber valorar las cosas que tenemos en nuestras vidas e intentar no descuidarlas ni un sólo día.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Empezar de cero

Por fin martes, día de volver a reencontrarnos. Estos días han sido días de reencuentros muy bonitos, con gente a la que hacía mucho tiempo (años) que no veía, y con la que he sido capaz de sentir que no ha pasado el tiempo. ¡Qué sensación tan bonita!

Hace sólo una semana os anunciaba la publicación de mi primer libro, y sólo puedo daros las gracias por tantos mensajes bonitos en mis redes sociales. Gracias de corazón por tanta ilusión, tanto cariño y tanto amor… Jamás sabré cómo responderos.

Hoy te quería contar que no sé muy bien por qué, necesitaba escribir un relato. Me rondaban varias ideas por la cabeza y tenía la necesidad de convertirlas en historia. Ya sabéis lo que toca… Que se quede todo en silencio y leed despacito…

 

Empezar de cero.

Nos reencontramos en silencio, como se reencuentras en el tiempo dos personas que se han amado y se han odiado. Nos reencontramos con un dolor que ya no era nuestro, porque ya lo habíamos olvidado…

Nunca entendí muy bien algunas actitudes de los seres humanos… Nunca entendí el rencor y el odio, nunca entendí a aquellos que podían pasar de un amor absoluto a un odio sonante, o a una indiferencia lamentable… Nunca entendí esos cambios y nunca entendí porque los experimentamos casi todos.

Con el tiempo, de lo que me he dado cuenta es que el ser humano se acostumbra a la realidad compartida y hace de sus desgracias o alegrías una comparación absurda con el resto del mundo. Creces y asimilas que el amor te fallará, al menos, una vez en la vida, sabes que amarás con todas tus fuerzas y te explican que nunca olvidarás el primer amor, que podrás querer a varias personas a lo largo de tu vida pero no podrás quererlas más o menos, simplemente las querrás de forma diferente, sabes que sufrirás y llorarás, que aprovecharás los principios porque después todo cambia, que experimentarás besos irrepetibles y otros que olvidarás sólo unos instantes después… Sabes que todo eso pasará, porque le pasa a todo el mundo. Porque nos acostumbramos a vivir en un mundo de similitudes, dónde da igual en qué lugar estés y en qué momento hayas nacido, porque hay historias que siempre se repiten, en el tiempo y el espacio.

Ella me enseñó que quería ir en contra de estas teorías, ella me enseñó a crear estas conclusiones, ella me enseñó a vivir de una forma distinta, en un mundo que sólo sería nuestro, que moldearíamos a nuestra manera y dónde creceríamos juntos…

Al final, la realidad le quitó la razón, y nos arrancó la ilusión a ambos.

Nuestra historia fue una historia de esas que arrancan sonrisas, a sus protagonistas y a sus observadores. Nos conocimos siendo muy jóvenes, y convertimos un amor de verano en algo inolvidable. Alargamos nuestro amor hasta llegar el frío, y decidimos quedarnos con él unas cuantas primaveras. Se nos veía felices. Éramos capaces de comernos con la mirada y hablar entre silencios. Nos recuerdo tumbados en la cama, durante horas, acariciándonos la piel y los secretos, la ilusión y las ganas, comiéndonos a besos, abrazados sin decir nada, haciendo el amor sólo con el sonido del choque de nuestros labios y nuestros cuerpos, comiéndonos la vida juntos, jurando amor eterno…

Los primeros meses sucedieron de una forma tan perfecta, que casi daba miedo creer en ellos… Pero ella era así, era magia, era locura, era pasión, era divertida, risueña, era frescura… Era mi vida. Yo, que nunca me había enamorado, que siempre había sentido que mi juventud era para vivirla solo, conociendo a mucha gente… y ella, que había aparecido de la nada, en una fiesta, en la playa, con amigos en común, con la piel tostada, con las pecas en la cara, con la vida en los labios, con aquel vestido blanco, aquellas flores en el pelo que caía suave sobre su espalda… Ella, que bailaba y reía a carcajadas, a ella, que todo el mundo miraba… y que yo, sin saber cómo ni por qué, deseaba… Quería que fuese mía, quería ser suyo, quería besarla, abrazarla… Y sin querer, unos meses después, acabó convirtiéndose en el gran amor de mi vida.

Una mañana me llamó para decirme que había recibido un mensaje, que su ex novio quería verla, y hablar con ella. Le pregunté si quería hacerlo y me dijo que sí. Le dije que lo hiciera, yo confiaba en ella. Se vieron un martes por la noche, un martes en el que no pude dormir, esperando su mensaje, una llamada, un “ya estoy en casa“. Nada, absolutamente nada. No quise llamarla, no quería parecer pesado, ni traicionar mi palabra, mi confianza… Confiaba en ella. Me lo repetí constantemente. No pasaba nada, se habría quedado sin batería, no le apetecería hablar… Podían ser mil cosas.

Hasta el miércoles por la noche no supe de ella. Aquellas fueron las horas más largas de mi vida y por fin el teléfono sonó. Lloraba… Lloraba mucho. Me dijo que lo sentía, que no sabía si seguía enamorada de él, que me quería, que le quería a él, que nos quería a los dos, me pedía perdón porque sabía que me iba a hacer daño… Intenté tranquilizarla mientras apretaba la rabia entre mis manos y mis ojos se llenaban de lágrimas. Quería que fuese feliz, aunque no fuese mía. No quería que fuese mía mientras le quería a él, así que le dije que me apartaría si quería, que buscase su felicidad. Era lo más importante de mi vida, sabía que si la dejaba ir, me iba a volver completamente loco… Pero quería ayudarla de verdad.

No me dejó irme. Si me alejaba, ella luchaba para mantenerme ahí, aunque sólo fuese al otro lado del teléfono. No sé si era egoísmo o de verdad se estaba volviendo loca… Cada vez que hablábamos, acababa llorando… Repitiéndome que me quería y suplicando que le prometiese que no me iría jamás. Lo hice. Me quedé para ser suyo cada vez que ella me necesitase. Prefería ser su amigo, antes que no tenerla en mi vida.

Dos semanas después, dijo que quería verme.

Recuerdo que la invité a cenar a casa. Mis compañeros de piso no estaban y yo me había pasado horas limpiando para convertir mi dulce morada en el lugar más acogedor y bonito del mundo… porque necesitaba poner todo de mi parte, y porque quizás aquella noche, esa casa iba a ser nuestro refugio, testigo de nuestros besos, de nuestras caricias y nuestra historia. Preparé una mesa con velas, puse música suave, enfrié una botella de vino y llené las paredes de notas con mensajes. Cuando abrí la puerta no la dejé decirme nada. La abracé. La abracé con mucha fuerza, deseé quedarme así durante años… Su olor, su piel, su pelo, cerré los ojos y volví a aquellos primeros meses en los que todo estaba intacto, en los que ella se reía a carcajadas y me juraba amor eterno… Vi su cara cuando entró al salón y vio aquellas notas, colgadas en las paredes, con frases que alguna vez nos habíamos dicho, con versos de canciones que siempre serían nuestras… Y la vi derrumbarse de nuevo. No fue capaz de mirarme a la cara, agachó la cabeza y negó, empezó a llorar y a decirme que no merecía nada de todo aquello… Entonces supe que la había perdido para siempre. Le pregunté si se había acostado con él y ella lloraba con más fuerza. Entonces, sentí como una fuerza inmensa, dolorosa y destructiva, me apretaba el corazón. Nada de aquello estaba ya en mis manos, la odié sin ser capaz de odiarla… Ella, que era mía, había estado en brazos de otra persona, otra persona a la que un día le había prometido amor eterno como a mí alguna vez en la vida, una persona que había vuelto cuando ya no tenía que volver, para desmontar algo que era nuestro, donde él no encajaba, donde no cabía… Quería echarla de mi casa y no tuve valor. Me senté en el sofá y me puse a llorar. Me estaba volviendo loco yo también.

Se sentó a mi lado y me abrazó. Nos besamos entre lágrimas, entre “lo sientos” y “perdóname…”, entre “te quieros…” Y nos quitamos la ropa. Nos olvidamos de la cena, del vino y del mundo que nos apuñalaba con su realidad al otro lado de la puerta. La llevé hasta la cama y volvimos a hacer el amor, como hacía sólo unas semanas, cuando todavía era mía, cuando todo era perfecto… Nos volvimos a abrazar en silencio y estuvimos callados durante horas, dándonos besos y apretándonos las manos… Vimos salir el sol y supimos que ya no nos pertenecíamos.

Nuestra relación dejó de ser una relación. Se convirtió en encuentros cada cierto tiempo, entre odios y lágrimas, entre si y no, entre ni contigo, ni sin ti… Y acabamos haciéndonos mucho, mucho daño. Acabé formando parte de un trío amoroso en el que no sabía si la pieza que no encajaba era yo. Me fui destruyendo poco a poco.

Un año después, me dijo que quería intentarlo todo. Quería estar conmigo de nuevo, desde el principio, al cien por cien. Sabía que no iba a ser fácil, pero no podía dejar que pasase el tiempo y no saber qué habría podido ser de nosotros… Seguía locamente enamorado de ella, aunque ya no sabía muy bien de qué parte de ella, ni si era de verdad.

Cometimos el peor error de nuestra vida. Entramos en un bucle de obsesión, desesperación, rencor y reproches que nos hizo convertirnos en dos auténticos desconocidos. Entendí que no habían teorías que fuesen en contra de lo que vive el resto de la humanidad, y que había conocido el amor más puro y había llegado a odiarlo con todas mis fuerzas. La dejé y no supe muy bien por qué.

No era cuestión de buscar culpables, no importaba quien de los dos había acabado con todo aquello, ese mismo día o hacía ya mucho tiempo… La realidad es que no podía seguir así. No había respeto, ni confianza, ni ilusión, ni besos, ni ganas… La dejé sin saber si la quería con todas mis fuerzas o si realmente sólo quería quedarme con la sensación de haber tenido la última palabra, de haber sido yo, y sólo yo, el que había tomado aquella decisión. Durante meses me llamó, me llamaba llorando, me suplicaba verme… Y yo sentí que era tarde.

Con el tiempo jamás conseguí olvidarla. De vez en cuando iba sabiendo cosas de ella, de su vida y sus días. Por lo que había sabido, no había vuelto a saber nada de su ex novio, y no se había vuelto a enamorar. Una buena amiga suya, me dijo una vez que no me había olvidado, y que yo le había hecho mucho, mucho daño cuando la dejé.

Conocí a muchas mujeres, pero realmente me di cuenta que seguía enamorado de ella cuando una mañana, me desperté al lado de Laura, con la que llevaba saliendo unos meses, y me dijo algo que me recordó a ella. Mi corazón dio un vuelvo y deseé con todas mis fuerzas que fuese ella quien estuviese entre mis brazos, recordé su mirada, su risa, aquella noche de verano en la playa, aquel vestido blanco, aquellas flores en el pelo, aquella locura, aquella frescura, aquella juventud… Fui incapaz de acordarme de nada malo. Me levanté de la cama y quise gritar por la ventana.

No sé si la vida y el destino siempre nos miran con una sonrisa  o si realmente las casualidades existen, pero tras años sin saber nada de ella, justo hace dos días recibí un mensaje de whatsapp suyo.

“Te preguntarás qué hago escribiéndote, ni si quiera yo lo sé. No quiero preocuparte. Ha pasado mucho tiempo, y ni si quiera tengo derecho a escribirte esto, pero estoy asustada. Hace unos días llegué a urgencias por un dolor muy fuerte en el estómago, llevan días haciéndome pruebas y no saben muy bien qué es, los médicos intentan tranquilizarme diciéndome que no es nada grave, pero veo los ojos de mi madre y sé que mienten. Tengo miedo. Estos días he pensado demasiado, en mi vida, en el miedo, en qué pasaría si es el final de ella, en lo que he vivido, en lo bueno y en lo malo… Y sólo sé que necesito verte. Abrazarte aunque sólo sea una última vez, pedirte perdón, mirarte en silencio, acariciarte la mano, saber que no me odias, decirte que no te odio. Si me voy, necesito estar en paz contigo… Necesito decirte que nunca te he dejado de querer.”

Lo releí varias veces y sentí cómo se me iba haciendo pequeño el corazón. No le contesté.

Cuando llegué me encontré con su padre en el pasillo, que se puso a llorar nada más verme… Entró a decirle a su madre que saliese y me dejaron pasar a mí. La vi en la cama, pálida, pequeña, frágil, triste, apagada… e intentó esbozar una sonrisa cuando me vio.

Nos reencontramos en silencio, como se reencuentras en el tiempo dos personas que se han amado y se han odiado. Nos reencontramos con un dolor que ya no era nuestro, porque ya lo habíamos olvidado… Me acerqué conteniendo las lágrimas y le acaricié la mano.

-Pensaba que no vendrías… Pensaba que me odiabas.- Vi como una lágrima silenciosa le recorría la mejilla.

La abracé y volví a sentir su olor, el de siempre, y entonces supe que era ella, sólo ella, que la seguía queriendo con todas mis fuerzas y que no, no la odiaba. Seguramente nunca la había odiado de verdad, aunque se lo hubiese repetido muchas veces. Entendí en aquel abrazo que sólo era capaz de recordar lo bueno, las risas, nuestros besos y nuestra vida… La besé en los labios, le dije que la quería y se echó a llorar.

-Tengo miedo…- Me dijo.- No te vayas nunca más…

-No me iré, te lo prometo… De aquí saldremos los dos, juntos, de la mano, nos hemos perdido muchas cosas y esas cosas nos siguen esperando ahí fuera…

La vi asentir.

Dos semanas después y tras una operación en la que le extirparon un tumor, salí con ella de aquel hospital… Empezando de cero, esta vez de verdad.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

¡Te lo cuento, por fin!

Empiezo a escribir esto y ya estoy emocionada, me emociono por toda la ilusión que hay dentro de mí, y porque sé que en el momento que acabe este post y le dé a “publicar” esto que hoy te quería contar ya será una realidad, una realidad a voces, que es mía desde hace meses y ahora será nuestra.

Este va a ser un post cargado de ganas, de ilusión, de esfuerzo, de sueños, de esperanza, de cariño, de creer en uno mismo, consecuencia de que otros hayan creído en mí, un post dónde empieza una aventura, la aventura más importante de mi vida. Hoy, por fin, os puedo contar que ha empezado la maquetación de MI PRIMER LIBRO (necesitaba ponerlo en mayúsculas, porque lo estoy gritando llena de felicidad!) y que en un par de meses aproximadamente estará en vuestras manos.

Hace unos meses que todo esto se está cocinando, a fuego lento, para que todo salga bien. Con cuidado y calma, sin prisa, pero sin pausa. “Me olvidé decir te quiero y otros relatos cortos” será mi primer “hijo”, mi sueño hecho realidad, mis historias acariciadas, páginas con mis letras, con mis relatos y mis palabras… Y viene de la mano de la editorial Círculo Rojo.

En él, he recopilado mis relatos favoritos más uno inédito.

Muchas veces, muchos de vosotros me habéis dicho a través de las redes sociales lo mucho que os gustaría tener mis historias en un libro, en vuestra casa, en vuestras manos… Y no sabéis lo que yo me moría porque eso ocurriese de verdad. Hace unas semanas, un buen amigo me preguntó por qué iba a publicar algo que ya estaba en internet, mi respuesta fue sencilla: porque yo adoro las nuevas tecnologías, pero creo en la magia del papel y quiero formar parte de ella.

Durante estos últimos meses he vivido momentos de muchísima emoción, que me han hecho enormemente feliz, también he pasado miedo, he tenido dudas… pero sobre todo, he tenido ganas (y muchas!). Me habría encantado contaros algo tan simple cómo que había ido a registrar mi obra a la propiedad intelectual, como artista, como escritora, y algo tan normal, a mí ya me hacía muy feliz.

He esperado hasta que la maquetación empezase, porque aquí es donde de verdad arranca todo, y ojalá pudieseis ver mi cara ahora mismo, mientras os cuento esto, y ojalá pudiese ver yo la vuestra mientras lo leéis…

A medida que pasan los días, me emociono más, porque veo cómo este proyecto va cobrando forma, cómo se está construyendo, cómo se está haciendo con tanto cariño y no puedo dejar de sonreír.

La portada del libro todavía no se ha diseñado y no sabéis las ganas que tengo de verla! No puedo parar de imaginar cómo será, pero sé que la profesionalidad de los diseñadores de Círculo Rojo harán que sea justo lo que yo habría querido que fuese.

De momento, no os puedo contar mucho más. El libro estará en papel y también en versión digital para aquellos que tengan e-book, se venderá a nivel nacional y también a nivel internacional a través de Amazon, pero de todo esto ya iremos hablando. Tenemos tiempo.

Os puedo contar también que la presentación del libro será en Madrid (todavía no sé cuándo, ni dónde), y por supuesto, algo haré también en l’Olleria (no habrá nada que me haga más feliz!).

No pretendo que mi libro sea un best seller, ni si quiera ganar mucho dinero con ello, mis pies están bien pegados a la Tierra… Yo sólo quiero hacer mis sueños realidad, quiero luchar por mis ilusiones y me da igual a cuánta gente llegar, sólo quiero que a aquellos a los que llegue, aquellos que acaricien el libro y huelan su papel, que pasen sus páginas y descubran mis relatos o los vuelvan a releer, lo hagan con el corazón, lo hagan despacio y lo saboreen bien…

Quiero dar las gracias a mis amigos más cercanos y a mi familia, que me apoyaron incondicionalmente desde el minuto cero, desde que supieron esta noticia, que creen en mis sueños como si fuesen suyos y que se han emocionado tanto  como yo con esta aventura… Gracias infinitas, no puedo ser más afortunada por teneros.

Pero, sobre todo, quiero dar las gracias a las personas que sin haberme visto nunca, sentís que me conocéis a través de las palabras y no habéis dudado ni un segundo en mostrarme vuestras ganas por saber de qué se trataba este proyecto que me traía entre manos y que todavía no os podía contar, gracias por vuestros mensajes deseándome suerte, por vuestras ganas y vuestro cariño, no tendré tiempo para agradeceros la buena energía que me dais, y lo mucho que habéis aportado para que crea que esto podía ser posible. Ahora lo es. Gracias y mil millones de gracias.

Ahora sí, queridos, empieza la aventura. “Me olvidé decir te quiero y otros relatos cortos” es mío, pero por encima de todas las cosas, es por y para vosotros…

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Buenas noches, amigos.

Lorena.