Hay un amigo en mí…

Hoy llego tarde, pero llego… En primer lugar, creo que debo avisaros de que a partir de ahora no sé si mi día fijo para publicar será los martes, como hasta el momento. Os explico por qué. Ahora, con mi nuevo trabajo, me paso el día pegada al ordenador y eso hace que, a veces, acabe un poco saturada o simplemente que tenga otras cosas que hacer y no pueda quedarme más horas junto a él. No obstante, lo que tengo claro es que voy a seguir estando con vosotros una vez a la semana, y ojalá me organice y puedan ser más. No sabéis lo feliz que me siento cada vez que nos contamos historias…

Tras el relato de la semana pasada que tanto os gustó y que creo que se convierte en uno de mis favoritos desde ya, hoy vengo con algo mucho más simple pero no menos importante. A veces, la tele nos regala cosas muy bonitas y ayer fue una de esas noches en las que Antena 3 quiso alegrarme el final de julio… Top Story es, sin ninguna, mi película Disney favorita. Cuando era más pequeña adoraba La Cenicienta, La Sirenita y Aladdín, pero desde que conocí a Buddy, Buzz y sus compañeros supe que se habían ganado, con fuerza, mi corazón. Toy Story 2 siempre me recordará a mi hermano Alex, él era muy pequeño cuando salió a la venta y se (nos) la compramos, ¡le encantaba! Se pasaba el día viéndola, una y otra vez, y yo, que sólo quería estar a su lado y mimarle, la veía con él… Nos diferencian 12 años de edad, así que podéis imaginar cómo me moría de amor por él… Sin ninguna duda, Toy Story 3 ya me pilló mayor, pero la viví con la misma ilusión y hoy, te lo quería contar.

Recuerdo que fui a verla al cine, yo todavía vivía en Elche, pero había venido a pasar el fin de semana a Madrid. ¡Tenía tantas ganas de conocer sus nuevas aventuras! Pues bien, cargada de palomitas y refrescos, fui a verla en 3D si no recuerdo mal… ¡Me encantó! Es que me encantó tanto que lloré mucho con el final… Sí, como una niña pequeña. Ya sabéis que soy muy sensible y de lágrima muuuy fácil. La he visto más veces, por supuesto, pero anoche me di cuenta que hacía demasiado tiempo que no lo hacía. La disfruté como el primer día… ¡Es una auténtica obra de arte! ¿Cómo puede haber tanta magia, tantas risas y tantos valores concentrados en aproximadamente dos horas? Lloré de nuevo cuando Andy se despedía de Buddy, Buzz, Jessie, Perdigón, Rex, El señor y la Señora Patata o Slinki… y no lloré porque me acordase de aquellas Barbies que tanto me gustaban o aquellas muñecas que me hacían creerme madre con poco más de seis años… Lloré, como imagino que habéis llorado con ella todos a los que os haya pasado, por las cosas que tiene la vida… Por esa maravilla de darnos cosas que nos hacen felices y un día, de repente, quitárnoslas. Bien sea porque nos hemos hecho mayores, porque hay que cambiar de vida o porque simplemente la vida se acaba… ¿Os dais cuenta que todo lo que tenemos algún día se irá? Todo, absolutamente todo… Y entonces, miré a Cometo, que estaba dormido a mi lado en el sofá, y pensé en la maldad del ser humano.

No sé si alguna vez os he contado algo muy curioso que me pasa (seguro que no soy la única). Cuando de repente pasa algo, ese algo me lleva a pensar en otra cosa, y esa cosa en otra… y así, en cuestión de segundos, puedo pensar en, por ejemplo, diez cosas distintas, donde la primera no tiene nada que ver con la última… Cadena de pensamientos, lo llamo yo. Pues ayer, mi cadena de pensamientos no fue muy extensa, pero de repente pensé en todas esas imágenes que estoy viendo estos días en las redes sociales de tantos, tantísimos, perros que necesitan casas de acogida, de tantos, tantísimos perros que son abandonados por sus dueños por un sinfín de excusas hipócritas y vacías de sentimientos, desde una separación matrimonial a las ganas de irse de vacaciones… pero, ¿en qué asco de mundo vivimos? Os prometo que se me parte el alma y me lleno de rabia cuando pienso en esas cosas. Cuando me regalaron a Cometo, creo que tardé medio segundo en quererle (bueno, quizás un poco más, porque al principio no daba crédito ante tal maravillosa sorpresa), y creo que me fueron suficientes un par de horas para saber que no quería separarme nunca de su lado, para saber que nos íbamos a querer con todas nuestras fuerzas, a acompañar en mil historias, en el tiempo, en los espacios, en las alegrías y las penas y que entre nosotros, de repente, se había creado un vínculo de unión tan sumamente fuerte que creo que sólo son capaces de entender las personas que conviven con una mascota. A veces, le miro y sé que sólo le hace falta hablar, pero es que ni si quiera necesito que me hable para entenderle, en su mirada puedo ver si está cansado, si está triste o si tiene ganas de jugar… Él tampoco entiende mi idioma y os aseguro que conoce mejor que nadie cada uno de mis estados de ánimo. Sabe cuando estoy triste, cuando estoy feliz, cuando necesito que se acurruque a mi lado o cuando necesito un rato de silencio… Os prometo que lo sabe, y os prometo que lo sabe mucho mejor que la mayoría de seres humanos que me rodean, es algo tan mágico y especial que es difícil de explicar.

No puedo entender cómo pueden existir seres humanos que abandonen a sus mascotas, no puedo entender cómo hay personas que pagan una barbaridad de dinero por asesinar a un león en peligro de extinción y que eso se permita, como no entiendo vivir en un país donde maltratar a un animal en medio de una plaza sea catalogado por muchos como “cultura” o “tradición”. Entonces, una vez más, me avergüenzo del planeta en el que vivo… Bueno, me avergüenzo de las personas que viven en él y pienso que ojalá pudiésemos parecernos, sólo un poquito, a ellos. Nosotros, que supuestamente somos “el animal racional”, nosotros que destrozamos el mundo en el que vivimos… Hoy, paseando por el parque (todavía con la resaca Disney de ayer), tarareaba en mi cabeza la conocida canción de Toy Story… y cuando me he escuchado (sin cantar en voz alta, lo prometo) decir: Hay un amigo en mí…” he mirado a Cometo y he entendido que hay muy pocos amigos como él, y eso que tengo la suerte de rodearme de amigos maravillosos, fieles e incondicionales a los que quiero con todo mi corazón.

Por favor, que los padres lo metan en la conciencia de sus hijos, que la educación cambie, que el ser humano aprenda las bases cuando todavía las puede absorber sin poner pegas… Quiero ver un mundo en el que el abandono o maltrato de un animal nos parezca una salvajada a todos y no sólo a unos cuantos, quiero vivir en un mundo donde la irracionalidad del ser humano se castigue y se corrija. Ellos nunca nos fallan, y nosotros les fallamos demasiado. Ojalá vosotros penséis exactamente como yo, en otros temas me da igual, pero en este: ojalá.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

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Las cosas que no nos dijimos.

Este ya es un martes como los de siempre: una tarde tranquila, con una infusión en la mano, el silencio en mi casa y mi reencuentro con vosotros.

Si os digo la verdad, no sabía muy bien qué iba a escribir hoy… Además, hace un rato, después de estar trabajando en una cosa en el ordenador durante varias horas, no sé qué he hecho, pero lo he borrado todo… ¡Qué rabia da eso! Así que tras el rato de mal humor que he pasado, como si de una señal se tratase, Cometo ha decidido acercarse al mueble dónde tengo algunos libros y extraer uno con sus patitas para intentar cogerlo con su boca y que yo corriese detrás de él… Es su forma de decirme “¡ven a jugar conmigo!“. Así pues, Cometo ha decidido que ese libro sería el protagonista del post de hoy.

No conozco a ningún niño que no le gusten los animales. Los niños, cuando aún son inocentes y no saben ni que existen muchas de las cosas horribles que hacen los adultos, aman sin condiciones, como lo hacen los animales desde que nacen hasta que mueren. He de reconocer que, a pesar de que siempre me han gustado los animales y que desde muy pequeña he tenido perro en casa de mis padres o de mis abuelos, desde que le tengo a él, siento un amor mucho más profundo por todos ellos, entiendo con más fuerza el respeto y compromiso que los seres humanos deberíamos tener con los animales y no puedo dejar de morirme de rabia cuando veo algún caso de maltrato o abandono a un ser que entiende de fidelidad y de amor mucho más de lo que entenderemos nosotros jamás.

Los que me seguís en Instagram (@lorenacorcoles), seguro que ayer visteis una foto que colgué. Ayer Cometo cumplía dos años, pero hasta dentro de tres meses no hará dos años que llegó a mi vida… Quizás os haya explicado ya alguna vez cómo llegó, pero hoy te lo quería contar.

Mi cumpleaños siempre es para mí algo muy especial, me encanta reunir a todos mis amigos, me encanta celebrarlo en Madrid, en l’Olleria, con mis amigos de aquí, con  mis amigos de allí… Me encanta que la gente me acompañe en un día tan especial, en el que celebro un año más de vida, de salud, de aprendizaje, de cosas buenas y malas… Lo que no podía imaginar hace dos años es que iban a hacerme el mejor regalo que me han hecho y me harán jamás.

Me suena raro hablar de Zara como mi amiga, porque realmente es mucho más que eso. Ella es mi hermana, mi mitad, mi alma gemela aún siendo infinitamente distintas, ella es mi confidente y la persona que más consentida me ha tenido nunca. Ella es mi Cometa. Aquel viernes en el que yo celebraba mi cumpleaños, ella me escribió para decirme que me esperaba en mi casa cuando yo saliese de trabajar y que a partir de ahí empezaría mi regalo.

Recuerdo que estaba nerviosa (como una niña pequeña, sí.). Abrí la puerta y en el interior de mi casa sólo se escuchaba silencio y yo me tuve que reír. En el suelo, un paquete cuadrado (del tamaño de un libro), aguardaba envuelto. De repente, unos segundos después, apareció él corriendo por el pasillo, con un lazo rojo, tan pequeño, tan suave, tan travieso, tan lleno de vida… Cometo vino a recibirme como si ya me conociese, como si supiese que iba a ser mío, como si entendiese, de algún modo, que en ese instante, empezaba nuestra historia y nuestra aventura juntos. Lloré, lloré de sorpresa, de felicidad y de emoción.

Hace casi dos años de aquello. Casi dos años de amor incondicional, puro, verdadero, de alegrías, de trastadas (es taaaan travieso), de dormir siestas juntos, de abrazos, de paseos por el parque, de besos… Sólo los que compartís vuestra vida con una mascota, sabéis bien del tipo de amor que hablo.

Aquel día, como os he dicho, un libro envuelto me esperaba en la entrada de mi casa para despistarme, y hoy Cometo, con sus dos años recién cumplidos, lo ha sacado de la estantería para hacerme rabiar y que fuese tras él para jugar. Hoy, sin ninguna duda, tenía que hablar de esto.

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¿Y si tuvieras una segunda oportunidad? Una novela que invita a creer en lo increíble. Cuatro días antes de su boda, Julia recibe una llamada del secretario personal de Anthony Walsh, su padre. Walsh es un brillante hombre de negocios, pero siempre ha sido para Julia un padre ausente, y ahora llevan más de un año sin ver se. Como Julia imaginaba, su padre no podrá asistir a la boda. Pero esta vez tiene una excusa incontestable: su padre ha muerto. Con más de 15 millones de ejemplares de sus novelas vendidos en todo el mundo, Marc Levy se ha convertido en un referente indiscutible de la literatura contemporánea. Con su nueva novela, Las cosas que no nos dijimos, Levy va un paso más allá y arrastra al lector a un universo del que no querrá salir.” (Sinopsis de La Casa del Libro)

Las cosas que no nos dijimos narra una historia increíble, pero de las que atrapan, me gustó mucho, porque ya sabéis que yo doy mucha importancia al tiempo, a no dejar nada en el tintero, a demostrar a aquellos a los que queremos que así es lo que sentimos, le doy mucha importancia al amor, a las historias difíciles pero no imposibles, al cariño, al respeto y al intentar hacer las cosas de la mejor manera posible, porque la vida, amigos míos, pasa demasiado rápida. Este libro, para mí, recoge todos estos ingredientes.

El padre de Julia, aún ausente, intentará demostrarle (aunque tarde) a su hija lo mucho que la ha querido e intentará pedirle perdón, de un modo un tanto inverosímil, por aquellas pequeñas y grandes cosas que se perdió de su vida. Intentará, además, rectificar en uno de los errores que más le pesaron durante el tiempo: separar a su hija del que fue el gran amor de su vida.

Marc Levy nos presenta esta novela para que reflexionemos sobre la vida, para reflexionar sobre aquellas personas que son esenciales y a las que seguramente no se lo demostramos. A través de las páginas y las palabras, nos hace cuestionarnos qué haríamos si pudiésemos volver atrás, y qué queremos hacer realmente con el tiempo que nos queda.

Sinceramente, creo que si no conocéis la novela, os va a gustar mucho.

Porque, dime… ¿Qué harías tú si tu vida se acabase y tuvieras una segunda oportunidad?

Gracias por una semana más.

Buenas noches, amigos.

Lorena.