Café enfriado, como siempre.

Ya tenía ganas de que la semana se volviese a parar en el martes, pero, de verdad, los días pasan tan rápido, que no parece que hayan pasado tantos desde la última vez que nos leímos. Ha dejado de llover en Madrid y hoy el sol ha querido salir a pasearse por la ciudad, a ver si le dejan quedarse, que las nubes ya sabéis que son muy peleonas, pero bueno, ya sabéis que no me importa. Ayer, por ejemplo, disfruté de una tarde de lluvia maravillosa.

Tenía ganas de volver con un relato, de eso sí que hacía mucho, así que aquí os lo traigo. Es un relato diferente, en la estructura, en la expresión y en la forma. Es un relato en el que seguro más de una persona se sentirá identificada y un relato con el que espero que, al llegar al final, reflexionen sobre cómo quererse a sí mismo por encima del dolor que intenten causar los demás, o que causan sin querer. Como decía Shakira en una de sus canciones: “Siempre supe que es mejor, cuando hay que hablar de dos, empezar por uno mismo…” . Nunca supe si ella lo decía de esta misma forma, pero yo siempre lo entendí así. Cuando te enamores, enamórate mucho y quiere con mucha fuerza, pero no te olvides, si te están haciendo daño, de quererte a ti más.

Hoy te lo quería contar…

Café enfriado, como siempre. 

Creo que empecé a tomar café más bien tarde, no sé a qué edad empiezan normalmente las personas a tomar café, pero yo debería tener, al menos, veinte años. Quizás fue en la facultad, entre clase y clase, en las épocas de exámenes, no sé muy bien cuando ni por qué. Nunca me lo he planteado. Lo que si sé es que siempre me pasaba igual, me gustaba calentar el café hasta el punto en el que al coger la taza con mis manos estuviese bien caliente y su aroma subiese lentamente. Una vez servido, me costaba beberlo así, lo dejaba enfriar y al final, siempre se enfriaba demasiado. Y siempre me pasaba igual. Y siempre me pasa. ¿Te acuerdas?

Hoy miro la taza, que me espera impaciente, caliente, humeante, y sé que todavía no nos podemos encontrar, tendrá que pasar un rato, mientras asimilo todo lo que me está pasando. El teléfono no deja de sonar, un sin fin de mensajes y llamadas que no me apetece contestar. Es más, no me apetece ni si quiera mirar. Necesito soledad. Necesito silencio. Porque me ha costado mucho tiempo encontrarme, pero al final, encontrarse a sí mismo, aunque no sea una tarea fácil, es imposible que salga mal, y  mira que yo, he estado perdida.

Me perdí hace mucho tiempo, todo ese tiempo en el que dejé de sonreír. Porque yo antes sonreía mucho, ¿sabes? Sonreía siempre, cuando me despertaba, cuando bajaba a la calle y me cruzaba con algún vecino en el portal, cuando iba hasta la esquina a comprar el pan recién hecho a primera hora del día, sonreía cuando llegaba al trabajo, aunque odiase trabajar para una compañía de seguros y odiase tener que estar pegada al teléfono todo el día para reclamar a los clientes una gran cantidad de impagos que llevaban a sus espaldas, y todos con la misma historia: no tenían dinero, era la crisis del país, y tenían razón. Aún así yo sonreía, sonreía cuando salía del trabajo, cuando me paraba en el Starbucks a comprar un Mocca Blanco que me iba bebiendo por el camino hasta llegar a casa, sonreía mientras recogía mi casa y la limpiaba, sonreía cuando preparaba la cena, cuando veía la tele o cuando leía un buen libro. A veces también lloraba, pero siempre fui más risueña que melancólica. Los fines de semana me reunía con mis amigos, en alguna terraza del barrio, entre cervezas y risas. Me gustaba mi vida y sonreía porque era feliz.

Cuando te conocí sonreía todavía con más fuerza. No te esperaba, ¿sabes? Llegaste sin avisar, cuando no me apetecían compromisos, cuando no me apetecían explicaciones, ni tenerlas que dar, cuando me apetecía estar sola y disfrutar de una libertad que tú prometías y que con el tiempo traicionaste. Entonces, cuando te conocí, supe que era una sorpresa, un regalo de la vida, una oportunidad de ser más feliz, de encontrar ese amor, que aunque no me apeteciese, tanto anhelaba. Y me enamoré de ti, me enamoré locamente, como seguro que no había hecho antes, y te lo dije, te lo dije una y otra vez, que eras lo mejor que me había pasado jamás, y tu me decías lo mismo, me prometías una y otra vez que nunca habías estado así con nadie, que lo nuestro era fuerte e irrompible, que la vida había cruzado nuestros caminos y no permitiríamos que se separasen jamás. Me mirabas y yo veía en tus ojos todas y cada una de las verdades de tus palabras, estabas locamente enamorado de mí  y sólo me hacía falta adentrarme en tus pupilas para sonreír como nunca antes había sonreído, para sentirme afortunada y especial, para saber que tenía que ser así, para darle fuerza y credibilidad al destino, que había cruzado nuestras vidas y nuestros corazones. ¿Te acuerdas cómo nos mirábamos? Nos mirábamos con tantísima fuerza, con tanta pasión… ¿Te acuerdas cómo nos besábamos? Lo hacíamos constantemente, en cualquier rincón, como una extraña fuerza que se apoderaba de nosotros y no nos dejaba utilizar la razón. Nos rozábamos la piel y ardían nuestras almas, ¿te acuerdas? Éramos puro fuego, deseo y pasión. Recuerdo perfectamente la primera vez que nos tumbamos en una cama. Queríamos hablar y contarnos cada uno de los detalles de nuestras vidas, mientras nos acariciábamos la piel, y no pudimos evitarlo, a los tres segundos nos estábamos devorando. Me besaste con tantas ganas, me cogiste con tanta fuerza… Me llevaste al paraíso mientras yo bordeaba con mis piernas tu cintura, mientras te sentía mío con tanta fuerza que quería gritar y llorar ahí mismo, en aquel instante, en aquella habitación, porque nunca había sido tan feliz. ¿Te acuerdas cómo me acariciabas? Te encantaba pasar tus dedos, finos y delicados, suaves y señoriales, por mi espalda, lentamente, de arriba a abajo, mientras nos reíamos y soñábamos, mientras planeábamos nuestro futuro, nuestras vidas, e imaginábamos el paso del tiempo, mientras imaginábamos cómo íbamos a recorrer el tiempo cogidos de la mano, mientras tus manos acariciaban mi espalda desnuda, entre nuestras sábanas, entre las cuatro paredes de la que habíamos hecho nuestra casa.

¿Te acuerdas cuándo me preparabas sorpresas? Cuando un día, por que sí, me llenabas la casa de flores y el aroma del jazmín se impregnaba en cada rincón, en cada almohada, en cada libro, en cada camisa o en cada canción que sonaba. Cuando otro día, sin motivo alguno, me llenabas las paredes de notas con frases que habías rescatado de conversaciones que yo había olvidado. Cuando, de repente, me sorprendías y me llevabas a cenar a mi restaurante favorito, cuando nos tumbábamos en el sofá a ver películas mientras comíamos palomitas, cuando nos despertábamos un domingo, sin ningún tipo de prisa, y nos pasábamos horas y horas mirándonos a los ojos, acariciándonos las manos, riéndonos a carcajadas, besándonos hasta el alma…

Yo era consciente de que algún día todo podía cambiar, ¿sabes? Claro que lo era, no por nada, sino porque siempre he sido racional y realista. Sabía que nada es eterno y que en las relaciones, la magia del principio hay que aprovecharla con todas las fuerzas que uno tiene, porque cuando menos te lo esperas… Llega la rutina y la arrasa. No sólo la rutina, perdóname, llega también la confianza y la confianza tiene cosas buenas y cosas malas. Desgraciadamente, a veces, ganan las malas. El mal humor se encierra en casa, incluso el que viene de la calle, ese también se queda en casa. Podía haber sido bonito, estoy totalmente segura de ello, porque me conozco, porque sé como soy, porque las mujeres somos así, porque somos más pasionales en todos los aspectos, en las guerras y en el amor, porque le ponemos más ganas a todo, a lo bueno y a lo malo, a la alegría y a una discusión, pero en el fondo, siempre queremos que las historias de amor salgan bien, porque por alguna extraña razón queremos que así sea, porque somos más sensibles, más nostálgicas y porque, joder, de pequeñas todas hemos soñado con un cuento de hadas. Por eso sé que no me han faltado ganas, por eso sé que no me habrían faltado nunca. Pero claro, me quitaste la ilusión, ¿te acuerdas también de eso?

¿Te acuerdas cuando dejaste de mirarme con esa ternura y esa magia? ¿Te acuerdas cuándo empezaste a gritarme? ¿Te acuerdas en qué momento empezaron a molestarte todas y cada una de las cosas que hacía? No sé si te acordarás del momento exacto, pero vamos, acordarte, supongo que te acuerdas. Yo me acuerdo perfectamente, me acuerdo cuando en alguna discusión ni si quiera levantabas la vista del televisor, me acuerdo perfectamente cuando empezaste a llegar tarde a casa y siempre era porque tenías mucho trabajo, menos cuando era porque algún amigo te había insistido para que te quedases a tomar unas cervezas. Me acuerdo perfectamente cuando dejaron de brillarte los ojos al mirarme, cuando dejaste de tocarme con pasión o cuando dejaste de prepararme sorpresas. Me acuerdo cuando los domingos, te molestaba quedarte horas en la cama y el problema era que yo era una aburrida y quería estar siempre en casa, me acuerdo la primera vez que me tumbé boca abajo, entre nuestras sábanas blancas, y mi espalda desnuda se quedó esperando que la recorrieras de arriba a abajo, se quedó sola y fría, esperando tus manos que ya no resultaban ser tan bonitas. Me acuerdo cuando a penas me hablabas, cuando siempre estabas cansado o cuando te pasabas horas y horas enviando mensajes en tu teléfono (e-mails de trabajo, siempre). 

¿Te acuerdas de la mañana en la que me di cuenta de todo? Una camisa blanca llena de maquillaje, incluso restos de pinta labios de un rojo bastante feo, por cierto. ¿Te acuerdas cuándo me decías que todo tenía una explicación? ¿Te acuerdas cómo lloraba? ¿Te acuerdas cómo gritaba de dolor? Y no, no se te caía la cara de vergüenza. Es más, te atrevías a pedir perdón, a decir que había sido un error. Me gustaría recordarte que no dejamos de hacer el amor porque yo me quedaba dormida, me gustaría recordarte que no dejaste de llenar la casa de flores o notas porque yo estaba distante, me gustaría recordarte que no nos quedábamos viendo películas y comiendo palomitas porque ya las hubiésemos visto todas, me gustaría recordarte que pisoteaste mi dignidad, mi confianza, mi respeto, mi amor incondicional, mis besos, mis caricias, mis ilusiones, mis sueños y mis lágrimas. Me gustaría recordarte que me hiciste daño, porque podría decirte que me arruinaste la vida, pero no, no te iba a permitir también eso. Conseguiste que llorase durante muchas noches, eso sí. Pero bueno, ya lloraba durante horas cuando estábamos juntos y tú ni te inmutabas, ¿te acuerdas también de eso?

A veces me he sentido estúpida, ¿sabes? Por no haberme dado cuenta antes, por no haber hecho yo lo mismo… Pero eso sólo lo pensaba cuando estaba muy enfadada, después me daba cuenta que yo no lo había hecho, porque ¡YO NO SOY IGUAL QUE TÚ!

Hace un rato me he dado una ducha lenta, en silencio, con velas, con agua muy, muy caliente, y la he dejado bajar lentamente por mi cuerpo, la he dejado acariciar suavemente mi espalda, porque si ahí, por alguna de esas estúpidas casualidades de la vida, todavía quedaba alguna de tus huellas, las borrase con calma, que se llevase consigo cada una de tus caricias impregnadas en la memoria de mi piel, que se llevase todos y cada uno de los recuerdos que aún guardo tuyos, lentamente, sin prisa, que en ocasiones como esta, a veces, no está mal hacer larga una despedida. 

Tras la ducha he preparado café, muy, muy caliente, que por cierto, ya está completamente frío en la taza, como siempre. Ahora me lo beberé, pero claro, al haber dejado ir cada resquicio de dolor que quedaba en mí, por el desagüe de la bañera, he creído que podía darte las gracias, ¿por qué no? Si yo siempre he sido muy educada. Gracias por cada grito, porque ahora estoy segura que jamás volveré a permitir que nadie me levante la voz, gracias por cada muestra de indiferencia, porque ahora, jamás me entregaré a alguien que no me merezca, gracias por cada falta de cariño, porque ahora, jamás volveré a estar con nadie que no me demuestre cada día que me quiere con todas sus fuerzas. Gracias por todas las lágrimas que he derramado, porque te aseguro que todas y cada una de ellas me han hecho, cada día, un poquito más fuerte, hasta convertirme en alguien invencible. Gracias por las mentiras, porque ahora sé que no podré confiar en el primer cretino que se cruce en mi camino. Gracias por esta experiencia, porque te aseguro que he aprendido muchísimo de ella.

Gracias y, por cierto: buena suerte, porque créeme que tú, la suerte, la vas a necesitar. Es más, vas a necesitar mucha (ya sabes, por eso del karma, que yo siempre he sido de creer en esas cosas, y el karma es muy sabio…)

Por cierto, que he vuelto a sonreír, ¿sabes? Como antes hacía, ¡Qué fuerte! Casi ni lo recordaba, y ahora, que por fin me he encontrado, sé que nada sucede por casualidad y que no puedo ser más feliz. 

Ni un abrazo de cordialidad.

Sara.

Envió aquel e-mail para despedirse de aquella historia, porque a veces, cuando pasa el tiempo y el dolor se suaviza, podemos ver las cosas de otra forma, y muchas veces, es necesario poner un punto final. Cogió la taza de café y dio el primer sorbo, se había enfriado, como siempre.

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Buenas tardes-noches, amigos.

Lorena.

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Por Siempre Jamás.

He de reconocer que os he echado de menos… y mucho, pero también he de reconocer que me hubiese quedado de vacaciones dos semanas más. Volver a la rutina siempre cuesta, aunque esta vez he de decir que mi vuelta a la realidad ha sido menos dolorosa, quizás porque estos meses van a ser muy bonitos, con toda la preparación del libro, con la llegada de la primavera que es mi época favorita del año, con todas las cosas buenas que están por venir.

Volví de Nueva York completamente enamorada de esa ciudad. Ya sabía que me ocurriría, de hecho, ¿habrá alguien que la haya visitado y piense lo contrario? sólo puedo decir que fue un viaje maravilloso en el que pasé mucho frío y en el que comí muchísimo. Cuando volví, aproveché para ir unos días a mi pueblo y disfrutar de mi familia. Ahora, instalada de nuevo en Madrid y con las pilas totalmente recargadas, me toca ponerme, de nuevo, a escribir para vosotros.

No sé si alguna vez os he contado (seguro que sí) que de pequeña era una niña muy extrovertida, me encantaba estar en todos los “saraos”, me encantaba bailar, cantar, ser la protagonista en las obras de teatro del colegio, siempre era la primera en levantar la mano cuando tocaba leer en voz alta… Era una niña muy viva y con mucha energía. Hoy te quería contar que cuando era pequeña, como a cualquier otra niña, me encantaba imaginar cómo iba a ser mi vida cuando fuese mayor, yo quería historias bonitas, quería ganar siempre las batallas contra las cosas malas que me fuese encontrando por el camino, soñaba con un amor de los de verdad, de los de película y cuentos. Me encantaba leer todo tipo de historias: de misterio, de miedo, de aventuras… Pero en cuanto a películas se trataba, es cierto que siempre me decantaba por el cine en el que había princesas de por medio… Claro, Disney fue gran protagonista de mi infancia, cómo seguramente también lo fue de la tuya.

Recuerdo cuando nació mi hermano Alex (yo tenía doce años), cómo viví tan consciente sus primeros pasos de la vida, sus descubrimientos, sus gustos y preferencias… Y recuerdo, perfectamente, cómo le encantaba Toy Story 2 (a mi también!). Podía ver la película absolutamente todos los días, una vez detrás de otra… Y yo me preguntaba por qué no se cansaba nunca. Los que tenéis hijos o hermanos pequeños, o incluso los que sois capaces de recordarlo de vuestra propia infancia, sabréis que los niños son capaces de ver una y otra vez sus dibujos favoritos y seguir viéndolo con la misma pasión y entusiasmo que cuando los descubrieron. Es la magia de la infancia: que lo que sienten, lo sienten de verdad, y que tienen mucho tiempo libre.

Pues bien, yo recuerdo perfectamente algunas de las películas que veía una y otra vez sin cansarme nunca. Me acuerdo perfectamente cuando llegaba el fin de semana y mi madre me llevaba al videoclub (en el caso de mi pueblo, en aquella época, era una pequeña tienda que bien podía ser una réplica en miniatura de algún centro comercial. Allí se alquilaban películas, había gominolas de todo tipo, bollería, zona de papelería e incluso joyería y zapatería. Os lo prometo. Estoy segura que la gente de l’Olleria sabe de qué tienda hablo. Con el tiempo, dejó de existir, nada dura para siempre. Ya lo sabéis.). Una vez estaba ahí, delante de todas esas películas sabiendo que podía elegir la que quisiese, me sentía nerviosa y emocionada, era tan divertido tener la posibilidad de tener al alcance todas aquellas maravillas… Normalmente elegía dos. Una distinta cada fin de semana, y otra que siempre era la misma: La Sirenia o La Cenicienta. Claro, con el tiempo, a mi madre le salió mucho más rentable comprarme un ejemplar de cada una. La Sirenita no recuerdo muy bien cómo llegó a mí, pero sí recuerdo que La Cenicienta me la regalaron mis abuelos un año por Papá Noel. (Ambas, en VHS, por supuesto, siguen en casa de mis padres). Entre las pelis de mi infancia puedo rescatar unas cuentas que vi una y otra vez: Mary Poppins, El Rey León, Jumanji, La Princesa Cisne, El niño invisible (la película de Bom BOm Chip!), Aladdín, Dos por el precio de una, Willow… Pero entre todas ellas, los dos clásicos de Disney de los que os hablo se llevan la palma.

La Cenicienta me encantaba por el triunfo ante la maldad desorbitada. No podía creer que la mujer que se había casado con su padre le hiciese todo aquello a esa pobre muchacha, en su propia casa y me encantaba que al final ella le hubiese dado dónde más le dolía a su madrastra, casándose y siendo feliz con el aclamado príncipe. Unos cuantos años después, descubrí esta misma historia en película, con personajes de carne y hueso y he de reconocer que me encantó muchísimo más.

El día que volví de Nueva York, en el avión, tenía una especie de tablet delante de mi asiento en la que podía elegir entre muchas películas, e incluso se podía jugar a videojuegos (la última vez que hice un viaje tan largo, la tele era la misma para todo el mundo. No hace tantos años, pero todo avanza). De repente la vi ahí, entre todas las candidatas a la reproducción y tuve que sonreír. Hacía años que no la veía y, por supuesto, no dudé que ella me iba a acompañar durante un trozo de vuelo.

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Dirigida por Andy Tennant y protagonizada por Drew Barrymore, Anjelica Huston y Dougray Scott en los papeles principales, Por Siempre Jamás, se estrenó en el año 1998.

“En el siglo XIX, la Gran Dama Marie Thérèse hace llamar a los hermanos Grimm a su palacio, donde debaten sobre la interpretación del cuento de ‘’Cenicienta’’ y observan un retrato en la habitación. María enseña entonces un zapato de cristal y les cuenta la historia de Danielle de Barbarac, la verdadera historia de ‘’Cenicienta’’.

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En la Francia del siglo XVI, Auguste de Barbarac, padre de una joven Danielle, contrae matrimonio con Rodmilla de Ghent, una rica baronesa con dos hijas, Marguerite y Jaqueline,  pero muere de un ataque al corazón poco después. Esto causa que la Baronesa sienta envidia de la afección que tenía Auguste por su hija Danielle, y la trata miserablemente.  Para cuando Danielle cumple los 18, se ha convertido en una sirvienta en su propio hogar, cuidando de abejas y huertos, y sin separarse del último regalo de su padre, una copia de Utopía de Tomás Moro. Mientras está recogiendo manzanas, Danielle ve a un hombre robar el caballo de su padre y lo desbanca con una de las manzanas. Al reconocer que es el Príncipe Enrique, se avergüenza de sus actos. El príncipe le da un saco de oro a cambio de su silencia, que ella utiliza para rescatar a su sirviente, Maurice, al cual la Baronesa vendió para hacer frente a sus deudas.

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La huida de Enrique de sus responsabilidades en la corte se ve frustrada cuando se encuentra con un grupo de gitanos robando a un hombre. El hombre es Leonardo da Vinci, que ha sido llamado a la corte, y vuelve con él. Mientras tanto, Danielle se ha preparado como una “señora de la corte” y ha ido a comprar a Maurice, pero los guardas se niegan alegando que ha sido deportado a las colonias del Nuevo Mundo. Discute por su liberación, y cuando el Príncipe Enrique escucha la conversación, ordena que lo liberen. Asombrado por la inteligencia de Danielle, suplica por su nombre. Danielle, en su lugar, le da el nombre de su madre, ‘’Contesa Nicole de Lancret’’.

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El Rey Francis y la Reina Marie de Francia le dicen a Enrique que debe elegir una mujer antes de la fiesta de máscaras que han organizado, o tendrá que casarse con la princesa española Gabriella. Todas las familias de la nobleza reciben una invitación.  Momentos después de que Danielle llegue al baile, con “hada madrina” incluida, la Baronesa descubre la verdad de su identidad frente a Enrique y toda la corte. Enfadado y en shock por su mentira, Enrique se niega a escuchar cualquier explicación por su parte. Cuando sale corriendo del castillo, Danielle cae y pierde uno de sus zapatos, que más tarde encontrará Leonardo…

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Marie cuenta a los hermanos Grimm que Danielle era su tatarabuela y que aunque su historia se vio reducida a un cuento de hadas y que Danielle y Enrique vivieran felices para siempre, lo cierto era que existieron. Los hermanos dejan el palacio de Marie para contar al mundo la verdadera historia de ‘’Cenicienta’’.

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Es una historia muy similar a la que conocemos, pero con aspectos muy distintos. Quizás su toque de “realidad” hizo que me encantase de aquella forma. La aparición de Da Vinci en esta versión es uno de mis puntos favoritos. El final lo conocéis, aunque en esta película el final viene con más detalles que el cuento que conocemos de siempre, y el verdadero castigo hacia su madrastra y su hermanastra se disfruta por parte del espectador (una de las hermanastras es buena).

Ya sé que esto va a atraer más a las chicas que a los chicos, pero a todas aquellas o aquellos que de pequeñas/os disfrutabais con las películas de princesas y castillos, a todos aquellos que seguís recordando La Cenicienta con una sonrisa y la seguís viendo de vez en cuando, no os perdáis Por Siempre Jamás, porque estoy segura que os va a encantar. Ya me contaréis.

Este post se lo dedico a mi amiga Marta, que sé seguro que sonríe tanto como yo al recordar esta película.

Me alegro de haber vuelto. 🙂

Buenas noches, amigos.

Lorena.

Bajo Sospecha.

¡Qué bonitos son los domingos cuando no se tiene prisa! Y los domingos, son más bonitos aún cuando una está de vacaciones y sabe que tiene que preparar maletas.

Como bien os dije a través de la página de Facebook, este es el segundo post de la semana y hoy te quería contar por qué. El blog se cierra durante unos días en los que salgo fuera de España, me voy de viaje y voy a estar desconectada (seguro que no lo puedo evitar y hago alguna aparición por alguna red social, sobre todo por Instagram!), voy a desconectar de la rutina, del ordenador, del whatsapp, de los e-mails y de todo en general… Para hacer millones de fotos, morirme de frío y patear de arriba a abajo las calles de Nueva York. Por eso estoy aquí, reencontrándome contigo, como adelanto o sustitución del martes que viene.

Hoy estoy plenamente feliz, ayer me reencontré con personas muy importantes de mi vida que hacía meses que no veía, hoy tengo a amigos esenciales como invitados para comer y presentarles el plato típico de l’Olleria, mi casa está en silencio, el arroz está en el horno y os aseguro que ahora mismo estoy respirando paz.

Creo que una vez ya os hablé de lo mucho que me impactan y me afectan las desapariciones de las personas, lo mucho que me impacta que haya seres humanos que se crean con el derecho de poder poseer a una persona, arrancarla de su vida, de su familia y de su entorno, lo mucho que me impacta que haya seres humanos que crean que pueden violar a una mujer, a una niña o a un niño, lo mucho que me impacta que secuestren a niños como si de un objeto se tratase… Estos temas me producen el mayor de los horrores, me producen un miedo descomunal y una impotencia infinita.

Sin embargo, y estoy segura que no es por masoquismo, me encantan las películas de desapariciones y secuestros, de suspense, de detectives y héroes… Seguramente porque todas ellas, aún con su sabor agridulce, tienen un final feliz. Supongo que me gusta ver ganas a los buenos y que en cada una de esas historias de ficción me gusta ver que ojalá la realidad se ajustase a ella, que los malos fuesen siempre los que pierden y que las historias trágicas acaben con una recompensa al final: salvar a las víctimas.

Seguramente, los que me seguís en Twitter sabéis que Mentes Criminales es una de mis series favoritas. Os aseguro que me paso cada capítulo con tensión en el cuerpo, con rechazo hacia los asesinos y con unas ganas increíbles de que el equipo de análisis de conducta del FBI resuelva el caso. Esta serie me gusta por cómo un grupo de especialistas pueden llegar hasta un asesino sólo a través de las señales que va dejando en sus asesinatos, cómo desarrollan un perfil psicológico que les conduce a frenar una serie de asesinatos que en muchos casos se han producido durante décadas por una misma persona.

El martes pasado, lejos de parecerse a la serie que acabo de mencionar, pero al fin y al cabo, con una temática muy similar, Antena 3 estrenaba el que ya ha anunciado que ha sido el estreno más visto de la temporada. Una nueva serie de policías, de víctimas y verdugos.

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Mientras la anunciaban, ya sabía que no me la podía perder, sólo esperaba que no me decepcionase y he de reconocer que, al menos, el primer capítulo me encantó. Bajo Sospecha ha llegado pisando fuerte, y aunque he de añadir algunos peros, he de reconocer que me mantuvo con la intriga y los nervios a flor de piel durante su emisión.

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Bajo Sospecha, narra la investigación de los dos policías designados al caso, Víctor (Yon González) y Laura (Blanca Romero), y su superior, el comisario Casas (Lluis Homar) en la desaparición de una niña. El día de su primera comunión, Alicia Vega, una niña de 7 años, desaparece sin dejar rastro. Tras dos semanas de intensa búsqueda, la policía solo tiene una cosa en claro: el culpable es uno de los invitados a la ceremonia y miembro de la familia de la niña. Los agentes Víctor y Laura se hacen pasar por matrimonio y se infiltran en el pueblo con el objetivo de acercarse a la familia Vega y al resto de sospechosos. Mientras ellos dos permanecen en la sombra, el comisario Casas es la parte oficial de la investigación y la única persona que conoce la verdadera identidad de nuestros protagonistas. Tras la desaparición de Alicia Vega, la vida no volverá a ser igual para ninguno de ellos. Laura y Víctor no se conocían antes de ser enviados al pueblo y… la primera impresión es clara. Son el día y la noche. Laura es firme, ordenada y siempre se ciñe a las normas. Víctor es impulsivo, caradura y está dispuesto a lo que sea para descubrir la verdad. Dos personalidades opuestas condenadas a entenderse y hacerse pasar por una pareja enamorada. El tiempo juega en su contra y encontrar al culpable resultará más complicado de lo que ellos imaginaban. Y es que la familia de la pequeña ha tejido una red de secretos difícil de desenmarañar para llegar a la verdad. Una verdad que supondrá un auténtico impacto en las vidas de la familia Vega, pero también en la de los agentes infiltrados.”

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Mi primer “pero” es, quizás, por correr demasiado rápido, ya que tanto en el primer capítulo cómo en el avance del siguiente se dan demasiadas pistas al espectador sobre dónde está la niña, sólo espero que sepan tratar bien esta trama, para seguir manteniéndonos en vilo. Los actores están maravillosos y sin ninguna duda, ahora mismo, quienes vimos el inicio de la serie desdes nuestro sofá, sospechamos de todos y cada uno de los miembros de la familia Vega. Parece que todos tienen algo que esconder y que nadie es inocente. ¡Qué intriga!

Sin ninguna duda, tengo que destacar dos trabajos que me parecieron espectaculares. Yon González, que siempre me gusta, y sobre todo, el trabajo de Alicia Borrachero, que interpreta a la madre de la niña. ¡Qué papelón! Está increíble, inmejorable.

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Veré el segundo capítulo cuando vuelva de viaje, pero no podía dejar de contaros esto, porque aquellos que no la visteis, todavía estáis a tiempo. Esta serie acaba de empezar y estoy segura que viene pisando fuerte. Los que visteis el primer capítulo, contadme qué os pareció.

Nos leemos muy, muy pronto, pero ahora sí que sí… ¡¡LO QUE TE QUERÍA CONTAR, CIERRA POR VACACIONES!!

Os echaré de menos.

Feliz domingo, amigos.

Lorena.

Como agua para chocolate.

“Elige un trabajo que te apasione y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”. Hace un rato estaba en el sofá, era mi momento de relax del día. Un té verde caliente me abrazaba de vez en cuando los labios y el silencio hacía eco en mi casa. Ojeando Facebook me he topado con esta frase, que la compartía mi amiga Stella con una imagen, y me ha hecho sonreír. No hay nada más cierto.

En los últimos tiempos nos han acostumbrado a dos cosas muy distintas. Por un lado, la sociedad nos envuelve con mensajes positivos, en un sinfín de objetos y en un sinfín de mensajes e imágenes en las redes sociales, y por otro lado, los tiempos que corren y la situación del país, te hacen auto-convencerte de que tener un trabajo es un privilegio. Vivimos un momento social en el que los sueños quieren arrancar con fuerza, y la situación, muchas veces los acaricia con pena, los frena, y aquí volvemos a repetirnos que no nos podemos rendir. No queremos hacerlo nunca. Queremos trabajar, y queremos trabajar en aquello que realmente nos hace felices, queremos llevar a cabo nuestros sueños y queremos que nuestro trabajo sea nuestra inspiración, ¿verdad?.

Si todo el mundo pudiese dedicarse a lo que realmente ama, a su verdadera vocación y su trabajo fuese su pasión, viviríamos en un mundo menos complicado, dónde seríamos más eficaces y más felices. Parece fácil, ¿no?

Algunos de los momentos más felices de mi vida los encuentro aquí, cuando todo está en silencio y yo me dispongo a escribir. Cuando me olvido de que todo lo demás existe, cuando me relajo, cuando pienso y hablo a través de palabras a las que otros le pondrán la voz…Pero he de confesaros que hace poco he descubierto algo que me relaja también mucho, algo que hasta el momento me había llamado la atención, pero quizás, no había descubierto de verdad. Hoy te lo quería contar…

A veces me río cuando pienso que esto sólo me está pasando porque me estoy haciendo mayor, pero jamás habría imaginado que cocinar fuese uno de los grandes placeres de mi vida. Hace unos meses empecé a probar recetas que mis amigas me contaban o que encontraba en internet, a encerrarme en la cocina, sin prestar atención al móvil, con algún disco bonito de fondo, podía (y puedo) pasarme incluso horas… y cuando terminaba de elaborar el plato y de recoger y limpiar todo, empecé a darme cuenta de lo bien que me sentía, de lo mucho que me gustaba. He empezado a organizar mi tiempo para que me dé tiempo a cocinar, es más, hay momentos en los que directamente, sé que no puedo hacer algo, porque ya tenía pensado ponerme entre fogones a experimentar cosas nuevas. Me divierte, me relaja… Ultimamente, les mando fotos a mis amigas, a mi madre y a mis tías, de lo que voy haciendo y nos reímos juntas, porque he de reconocer que no se me da nada mal y sí, nos reímos también de lo mayor que estoy haciendo. No os preocupéis, de momento, podéis estar tranquilos. Ni esto se va a convertir en un blog de cocina (que por cierto, me encantan!) ni voy a intentar que cocinar sea mi nueva profesión. Lo pienso seguir disfrutando en mi casa. 😉

Esta mañana, mientras preparaba la comida y picaba una cebolla me he puesto a llorar. Siempre me pasa, como le pasaba a Tita. Cada vez que corto una cebolla y no puedo abrir los ojos porque me pican y porque están llenos de lágrimas, me acuerdo de ella.

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A Tita la conocí en mi época adolescente, cuando en el instituto, mi profesora de literatura me hizo el favor de ponerme como deber leer Como agua para chocolate  (¡Ay, Amparo! Cuántas cosas tengo que agradecerte…). Recuerdo que cuando lo leí en el instituto, no me compré el libro, alguien me lo prestó y que unos años después, mi amiga Mireia me regaló su ejemplar con una dedicatoria bien bonita. Ella sabía que yo estaba enamorada de aquel libro, y os prometo que no sé cómo, hasta hoy, no os he hablado de él.

Hoy me he acordado de Tita, de su historia de amor, de las aventuras de la novela y he pensado que no podría escribir sobre ello porque ya os lo habría contado. Cuál ha sido mi sorpresa cuando al revisar Google y el blog, me he dado cuenta que nunca os he hablado de esta historia. Entonces he sonreído y he sabido que este sería nuestro post de hoy.

La maravillosa Laura Esquivel publicó Como agua para chocolate en el año 1989, yo sólo tenía dos años y jamás podría imaginar que mientras yo iba aprendiendo prácticamente las primeras cosas de la vida, estaba naciendo, al mismo tiempo, el que mucho tiempo después se convertiría en uno de mis libros favoritos. Un libro que es una pieza fundamental de la literatura contemporánea.

La historia gira entorno a Tita, su protagonista, una mujer dulce y valiente. Tita es la menor de tres hermanas y nació de forma prematura en la cocina de su casa, y así pasará el resto de su vida, entre fogones, especias, sopas, leche y cebollas… En esta historia, dónde lo extraordinario se mezcla con lo mundano, la protagonista encuentra a través de sus platos su forma de expresión, transmitiendo a aquellos que los prueban sus sentimientos más profundos, desde la tristeza más grande hasta el más ardiente deseo.

Cada capítulo del libro empieza con una receta de cocina y a través de ellas, el lector se adentra en una historia de amor, injusticia, deseo y desesperación.

En la familia de Tita existe una costumbre que no se puede romper y recuerdo que a mi me impactó muchísimo. La hija menor no podrá casarse, ya que deberá quedarse al cargo y cuidado de sus padres cuando estos sean mayores. Mamá Elena, la madre de Tita, acabe siendo un personaje siniestro y aterrador en esta historia. El problema viene cuando Tita se enamora locamente de Pedro y su familia se opone rotundamente, ya que ella debe seguir la tradición. Pedro, perdidamente enamorado de Tita, se casará con su hermana mayor, Rosaura, para poder estar cerca de ella.

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Ambientada en la revolución mexicana y en su gastronomía, los ingredientes y los platos que cocinan nos servirán de nexo y metáfora a lo largo de la historia, como símbolos de dolor, fe o pasiones incontrolables.

Como agua para chocolate es una de las obras principales del movimiento literario “realismo mágico” y además fue llevada al cine a principios de los años noventa y está considerada como una de las mejores películas mexicanas. Pocas veces, tras leer un libro, me convence su versión cinematográfica, y en este caso, no pude hacer una excepción. Prefiero la novela, la magia de las páginas, las letras acariciadas y sus personajes inventados en mi mente, mil veces.

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Hoy, mientras lloraba picando cebolla, me ha sido inevitable, una vez más, acordarme de ella, a la que también le pasaba, de ella, de su historia de amor y dolor, de esas que me gusta leer, y claro, también escribir.

Os invito a haceros con un ejemplar y a adentraros en esta historia que estoy segura os va a encantar.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Infiel.

Vengo con una semana de retraso. Los que me seguís en mis redes sociales, sabéis que la semana pasada me escapé unos días a mi casa y por eso no hubo post el martes anterior. Me fui tres días que como bien podréis imaginar supieron a muy poco, pero exprimí mi tiempo al máximo. Estuve con mis amigas, con mi familia, en casa de mis abuelos, fui a comer a la playa, paseé por las calles de l’Olleria, aproveché para recoger a mi prima Marta del colegio… pequeños detalles que, al final, son los que a mí, al menos, me dan la vida. Es cierto, también, que prometí que aplazaba el post para el fin de semana, pero al volver a Madrid, un catarro se apoderó de mí y en mis ratos libres sólo necesitaba un sofá, una manta y un caldo bien caliente. Así que, por fin, hoy, me vuelvo a reencontrar con vosotros, y os aseguro que os he echado de menos.

Hoy te quería contar algo de lo que me he dado cuenta hace algún tiempo. Para muchos de vosotros, los relatos son vuestra parte favorita del blog, y he de decir, como ya he dicho otras veces, que también son la mía. Me gusta tanto escribirlos e inventarlos, como reencontrarme con ellos un tiempo después, me gusta, sobre todo, ver vuestra respuesta ante ellos, los sentimientos que os han provocado, hasta dónde os han hecho viajar por vuestra memoria y vuestra reflexión, me gusta que os sintáis, de vez en cuando, identificados con ellos y me gusta que rescatéis frases que cuando las leo en vuestros mensajes o vuestros tweets es cuando me doy cuenta de lo bien que suenan, porque las habéis hecho vuestras, y sin ninguna duda, de una forma mágica e inconsciente, hemos conectado.

Cuando invento alguna historia, es inevitable no escribir sobre el amor, y en esta semana, que se acerca San Valentín, es imposible no ver mensajes publicitarios llenos de corazones y amor por todas partes. Yo, a pesar de ser muy romántica, no soy mucho de celebrar esta fecha, no por nada, sino porque es algo que está impuesto y que me hacía mucha ilusión, quizás, con quince años, pero ya no. (Menos mal que no me ha pasado lo mismo con el día de los Reyes Magos!).

He de reconocer que no soy de celebrar San Valentín, no soy de hacer regalos, ni de esperar recibirlos, seguramente saldré a cenar, pero como cualquier otro día, como algo normal, no me esforzaré en tener que hacerlo porque el calendario lo indica. Al final, eso acaba pareciéndome algo incómodo.  He de reconocer que, a pesar de ello, me gusta que haya un día dedicado al amor, como me gusta que haya un día dedicado a la lucha contra el cáncer, un día contra la violencia de género, un día de la sonrisa… Porque es importante que se dediquen días a algo que forma parte de nuestra historia, de nuestra sociedad, o de nosotros como personas. Es bonito que se celebre San Valentín y me encanta que haya gente que lo viva con ilusión y prepare su celebración como algo especial, sólo espero que quien así lo viva, se acuerde de vivirlo de esta misma forma el resto del año, porque, al final, es lo que enriquecerá nuestro corazón y acabará siendo importante en nuestras vidas.

Una vez, hace mucho, mi amigo Pepe me dijo que era una luchadora en el amor, y aunque ahora lo recordemos entre risas, razón no le faltaba. El amor es uno de los ingredientes esenciales en mi vida, y aunque ya haya dedicado algún post a hablar de ello, creo que es bueno recordarlo de vez en cuando. El amor nos complementa desde que no somos conscientes de ello, desde el amor de tu madre que es la primera persona a la que te aferras cuando comienzas el minuto cero de tu historia, el resto de tu familia, hasta el amor de los amigos que irán pasando por tu lado a lo largo de la vida. El amor de tu pareja acabará de formarte como persona en un punto exacto de tu vida. Supongo que los chicos que han pasado por mi vida, de los que alguna vez me he enamorado, me han enseñado muchas cosas. Algunas de ellas, cosas que sé que nunca más querré que se repitan, y otras que rescataré y seguiré haciendo una y mil veces, pero, sin duda, me han dado eso: aprendizaje y momentos que me han hecho crecer y acabar de crear mi personalidad, mi actitud y mi posición frente a las relaciones y el amor, y aunque algunos se queden para siempre en la memoria y otros hayan sido olvidados hace tanto que ni me acuerdo, forman parte de mí como mujer, de mi historia y mis sentimientos.

Llega un momento, en el que sólo necesitas una cosa del amor: que te dé paz. Hace casi tres años que sentí por primera vez una unión indescriptible con otra persona y entonces empezamos una aventura juntos: la aventura de ser amigos, de querernos, cuidarnos, protegernos, entender nuestros más y nuestros menos, la aventura de arrancarnos sonrisas, de dar abrazos en silencio, de secar lágrimas, de apoyar sueños, de respetarnos, de entregarnos toda la confianza del mundo, de darnos libertad, de crear complicidad, de aprender a convivir, a crecer, y a recorrer el tiempo cogidos de la mano… Eso es para mí el amor. Así, tan simple y fuerte cada día, todo el año, y no solamente porque se acerque el 14 de febrero.

En las historias que escribo tengo el poder de decidir qué quiero que les suceda a cada uno de los personajes, me gusta ponerles dificultades que no querría en mi vida real, y me gusta hacerles sufrir para regalarles, algunas veces, un final feliz. En el tiempo y la vida, aprendes a vivir con el amor bueno y el amor malo, porque el malo, aunque no lo quieras, lo conocerás. El amor malo es aquel que hace daño y hace llorar, el que no sale bien o ni si quiera empieza con buen pie, el que ahoga y mata, hasta que llega el que sonríe y salva, y eso, amigos míos, siempre pasa.

Hace tiempo me di cuenta que en muchas de mis historias escribo sobre amores imposibles, sobre infidelidades y sobre historias que aparentemente son perfectas pero acaban siendo algo totalmente roto en pedazos. Esas historias existen, y aunque no nos gusten, nos cuesta menos implicarnos en ellas, porque sabemos que hablan sobre la vida misma, sobre las rutinas, sobre las pasiones, sobre las vidas estancadas y las ilusiones momentáneas, sobre la pasión olvidada y la recién estrenada, sobre el renacer…  Sobre historias que quizás alguna vez hemos vivido, sobre historias que quizás algún día viviremos, sobre historias que han vivido nuestros amigos, o sobre historias que aún de lejos, te resultan familiares. Hace poco me topé de nuevo con una película que hacía muchos años que no veía. La disfruté en silencio y cuando terminó, pensé que ojalá la hubiese escrito yo. Porque a mí me gusta escribir sobre el amor, en todas sus variedades, sobre el amor bueno y el amor malo, sobre el que da paz y el que hace daño.

Dirigida por Adrian Lyne, Infiel se estrenó en el año 2002. Edward (Richard Gere) y Connie Summer (Diane Lane) son el matrimonio perfecto: tienen dinero, un buen trabajo, un hijo al que adoran y una casa preciosa a las afueras de Nueva York. Un día, por pura casualidad, Connie conoce en el centro a Paul (Olivier Martinez), un joven francés que colecciona libros y que resulta ser muy atractivo. Entre ellos empieza una fuerte relación de pasión y juego que acabará destrozando la vida de todos.

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No es una película que vería cada día, pero me gustó verla de nuevo. No es la película más apropiada para recomendar en la maravillosa semana del amor, pero me apetecía hablar de ella. Si no la habéis visto, ya sabéis.

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Para los más románticos, os diré algo que me acaba de llegar ahora mismo en un mensaje de whatsapp. Me lo envía mi tía Ivana, que me conoce bien y sabe que es una de mis favoritas. Esta noche, en Nova, podremos disfrutar de El diario de Noah, que quienes me lleváis leyendo mucho tiempo, ya sabéis que es una historia que me apasiona. Una película que siempre me emociona, que nunca me canso de ver y para mí, una de las películas de amor más bonitas de la historia. Además, está basada en un hecho real y eso hace creer, aún más, en las historias mágicas, en el amor que puede doler y salvar a la vez, aunque tenga que esperar mucho tiempo.  Esa sí me habría gustado, de verdad, escribirla yo. Es más, esa me habría, incluso, encantado vivirla. 😉

A veces, el amor duele, a veces es maravilloso, y a veces nos hace volvernos completamente locos.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

¡Te lo cuento, por fin!

Empiezo a escribir esto y ya estoy emocionada, me emociono por toda la ilusión que hay dentro de mí, y porque sé que en el momento que acabe este post y le dé a “publicar” esto que hoy te quería contar ya será una realidad, una realidad a voces, que es mía desde hace meses y ahora será nuestra.

Este va a ser un post cargado de ganas, de ilusión, de esfuerzo, de sueños, de esperanza, de cariño, de creer en uno mismo, consecuencia de que otros hayan creído en mí, un post dónde empieza una aventura, la aventura más importante de mi vida. Hoy, por fin, os puedo contar que ha empezado la maquetación de MI PRIMER LIBRO (necesitaba ponerlo en mayúsculas, porque lo estoy gritando llena de felicidad!) y que en un par de meses aproximadamente estará en vuestras manos.

Hace unos meses que todo esto se está cocinando, a fuego lento, para que todo salga bien. Con cuidado y calma, sin prisa, pero sin pausa. “Me olvidé decir te quiero y otros relatos cortos” será mi primer “hijo”, mi sueño hecho realidad, mis historias acariciadas, páginas con mis letras, con mis relatos y mis palabras… Y viene de la mano de la editorial Círculo Rojo.

En él, he recopilado mis relatos favoritos más uno inédito.

Muchas veces, muchos de vosotros me habéis dicho a través de las redes sociales lo mucho que os gustaría tener mis historias en un libro, en vuestra casa, en vuestras manos… Y no sabéis lo que yo me moría porque eso ocurriese de verdad. Hace unas semanas, un buen amigo me preguntó por qué iba a publicar algo que ya estaba en internet, mi respuesta fue sencilla: porque yo adoro las nuevas tecnologías, pero creo en la magia del papel y quiero formar parte de ella.

Durante estos últimos meses he vivido momentos de muchísima emoción, que me han hecho enormemente feliz, también he pasado miedo, he tenido dudas… pero sobre todo, he tenido ganas (y muchas!). Me habría encantado contaros algo tan simple cómo que había ido a registrar mi obra a la propiedad intelectual, como artista, como escritora, y algo tan normal, a mí ya me hacía muy feliz.

He esperado hasta que la maquetación empezase, porque aquí es donde de verdad arranca todo, y ojalá pudieseis ver mi cara ahora mismo, mientras os cuento esto, y ojalá pudiese ver yo la vuestra mientras lo leéis…

A medida que pasan los días, me emociono más, porque veo cómo este proyecto va cobrando forma, cómo se está construyendo, cómo se está haciendo con tanto cariño y no puedo dejar de sonreír.

La portada del libro todavía no se ha diseñado y no sabéis las ganas que tengo de verla! No puedo parar de imaginar cómo será, pero sé que la profesionalidad de los diseñadores de Círculo Rojo harán que sea justo lo que yo habría querido que fuese.

De momento, no os puedo contar mucho más. El libro estará en papel y también en versión digital para aquellos que tengan e-book, se venderá a nivel nacional y también a nivel internacional a través de Amazon, pero de todo esto ya iremos hablando. Tenemos tiempo.

Os puedo contar también que la presentación del libro será en Madrid (todavía no sé cuándo, ni dónde), y por supuesto, algo haré también en l’Olleria (no habrá nada que me haga más feliz!).

No pretendo que mi libro sea un best seller, ni si quiera ganar mucho dinero con ello, mis pies están bien pegados a la Tierra… Yo sólo quiero hacer mis sueños realidad, quiero luchar por mis ilusiones y me da igual a cuánta gente llegar, sólo quiero que a aquellos a los que llegue, aquellos que acaricien el libro y huelan su papel, que pasen sus páginas y descubran mis relatos o los vuelvan a releer, lo hagan con el corazón, lo hagan despacio y lo saboreen bien…

Quiero dar las gracias a mis amigos más cercanos y a mi familia, que me apoyaron incondicionalmente desde el minuto cero, desde que supieron esta noticia, que creen en mis sueños como si fuesen suyos y que se han emocionado tanto  como yo con esta aventura… Gracias infinitas, no puedo ser más afortunada por teneros.

Pero, sobre todo, quiero dar las gracias a las personas que sin haberme visto nunca, sentís que me conocéis a través de las palabras y no habéis dudado ni un segundo en mostrarme vuestras ganas por saber de qué se trataba este proyecto que me traía entre manos y que todavía no os podía contar, gracias por vuestros mensajes deseándome suerte, por vuestras ganas y vuestro cariño, no tendré tiempo para agradeceros la buena energía que me dais, y lo mucho que habéis aportado para que crea que esto podía ser posible. Ahora lo es. Gracias y mil millones de gracias.

Ahora sí, queridos, empieza la aventura. “Me olvidé decir te quiero y otros relatos cortos” es mío, pero por encima de todas las cosas, es por y para vosotros…

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Dejar de ser.

Martes 13, siempre me ha gustado. Me gusta el 13 y no soy nada supersticiosa. El 13 es el día que nací y creo que el 13 es un día de buena suerte. También me gusta la manzanilla caliente, con dos cucharadas de azúcar moreno, que tengo ahora a mi lado, el silencio que se respira ahora mismo en mi casa, con el calor del hogar y Cometo a mis pies para despedir este martes con vosotros.

Después de estar todo el día sin saber qué iba a escribir hoy, finalmente he decidido que fuese un relato. Hoy te quería contar una historia que tanto tú como yo sabremos hacer nuestra. Este es mi primer relato de 2015, así que léelo despacio, como siempre…. Espero que te guste.

Gracias, de nuevo, a los que seguís conmigo en este nuevo año y gracias a los que acabáis de llegar…

Dejar de ser

Aquel podría haber sido un día normal, como lo había sido el anterior, como lo podía haber sido el siguiente. Aquel podría haber sido un día más, sin alterar el estado emocional en el que llevaba acomodada muchos meses, con la calma de la rutina y el buen sabor de creer y sentir que en mi vida todo era perfecto. Aquel podía haber sido un día normal… pero no lo fue.

Desde muy pequeña creí que la vida estaba siempre marcada por señales del destino. Recuerdo cuando en mi adolescencia siempre creía que yo iba a vivir un amor de película, cómo me entregaba con fuerza a las causas imposibles y cómo jamás dejé de decirle a un chico que me gustaba lo que sentía por él. Me gustaba creer en el amor, como siguen haciendo los adolescentes y siempre creí que en la vida había que jugar así, sin intentar perder oportunidades, si alguien me gustaba, yo siempre encontraba una señal para saber que debía luchar por él. Unas veces esas señales fueron creíbles, en otros muchos casos no.

Aquel día me levanté bien temprano, tenía una importante reunión de trabajo y no podía llegar tarde. Me duché con prisa mientras el sonido de la cafetera expandía suavemente el olor a café por mi casa. Era el aroma de los buenos días. Me puse unos vaqueros y una camisa blanca, uno zapatos altos de aguja y trencé mi pelo a un lado. Un poco de maquillaje y un color suave en los labios. Me bebí el café de un sorbo, cogí el bolso y salí de casa. Iba bien de tiempo. Cogí un taxi hasta la oficina. Llegué justo al mismo tiempo que Luis, mi jefe, así que decidimos fumarnos un cigarro en la puerta, sonriendo y deseando que aquel fuese un gran día. Mi relación con él era fantástica. Hacía cinco años que había empezado a trabajar allí con un puesto de telefonista que poco a poco fue creciendo. Había ascendido hasta ser responsable de mi departamento y en una hora nos reuníamos con el director de la empresa para saber si me ascendían a responsable de zona. Luis confiaba en mí, siempre lo había hecho. Era un buen hombre, educado, divertido y responsable. Más de una vez había estado cenando o tomando unas copas en su casa, un precioso ático en el que vivía con su marido en una de las zonas más residenciales y caras de la ciudad. Aquella mañana, su mirada me transmitió seguridad y fuerza, y mis ganas me animaban a pensar que ese puesto iba a ser mío, había trabajado muy duro para ello y sabía que lo tenía merecido.

En la reunión me temblaban las piernas, aunque entré con paso firme a la sala, me sudaban las manos y mi sonrisa escondía los nervios que me estaban revolviendo el estomago. Allí había dos chicas más, que trabajaban en la misma ciudad, pero en otras oficinas, ellas optaban a mi mismo puesto y les sonreí sabiendo que, seguramente, estaban tan ilusionadas como yo. Cuando, finalmente, dijeron el nombre de la persona elegida para ascender y ocupar el cargo al que aspirábamos y escuché que no era el mío, he de confesar que no me alegré ni lo más mínimo por ella. No la conocía de absolutamente nada y aunque quería creer que seguramente era porque se lo merecía, sentí mucha pena e impotencia. Luis me miró con la tristeza en la mirada, y negó por lo bajo dándome un abrazo a través de sus ojos y un “lo siento” que leí en sus labios, aunque no lo hubiese pronunciado. Le sonreí para que entendiese que no pasaba nada, que otra vez sería… Y creo que jamás he sonreído de una forma más amarga. Aunque no había querido hacerme ilusiones, me las había hecho. No le había contado a nadie lo de aquella reunión, yo nunca contaba las cosas hasta que no estaba segura que me habían salido bien, siempre me excusaba diciendo que no quería que se gafasen, pero en verdad era porque no me gustaba perder.

Cuando salimos a comer, Luis no sabía qué decirme, sabía lo mucho que me había esforzado para aquello y sabía lo feliz que me hubiese hecho ese ascenso. Me vio tan triste que me dijo si me quería coger la tarde libre, le dije que no. La vida seguía y no pasaba absolutamente nada. Aquel día, le había escrito a mi hermana y a mi cuñado para que viniesen a cenar a casa, porque pensaba que tendríamos algo que celebrar. Le escribí de nuevo para decirle que no me encontraba bien y mejor lo dejábamos para otra ocasión.

A las seis de la tarde salí de trabajar, una manifestación pasaba por el centro y justo habían cortado la calle principal. Ni un coche, ni un taxi. No recordaba la última vez que había ido en metro, no tenía nada en contra de ello, pero me acostumbré a ir en taxi a todos sitios y me autoconvencí que era la forma más rápida de llegar al destino. Normalmente era mentira. Mi hermana Paula siempre me lo echa en cara, a ella le parece fatal que no vaya en transporte público y que yo sea una contribuyente más del tráfico y la contaminación de la ciudad.

En tres minutos exactos, el metro llegó al andén. Ocho paradas hasta mi casa. Cuando la puerta se abrió y me dispuse a salir del vagón, me topé con la gente que iba a entrar en él… Y ahí, de repente, después de años sin saber nada de él, me topé con su mirada, con su cara y con su cuerpo. Estaba exactamente igual, como si nada hubiese cambiado. Nuestras miradas en silencio, enfrentadas, encontradas, con rencor, tristeza, alegría y confusión. Fueron los segundos más largos de mi vida. Ni un hola, ni un gesto con la cabeza, ni una media sonrisa, nos miramos como se miran dos desconocidos que se suenan y no saben de qué, nos miramos como dos personas que se habían querido con fuerza y miedo, con pasión y ganas, que se habían amado y prometido amor eterno y que posteriormente se habían odiado para siempre. Le cedí el paso y sentí su olor, se me paró el corazón y me dio un vuelco al mismo tiempo. Acababa de viajar en el tiempo. Estaba totalmente desubicada, confusa, atontada. Escuché el sonido de las puertas cerrarse a mi espalda y sólo fui capaz de girarme cuando sabía que el tren había desaparecido. No me lo podía creer.

Salí de la estación y las primeras horas de una noche fría de diciembre, caía con calma sobre mí. Pasé por el escaparate de mi pastelería favorita y entré a por un par de milhojas de crema, mis favoritas desde niña. Había sido un día de demasiadas emociones, así que me las comería en casa con calma. Me senté en el sofá mientras Silva, mi gata, se paseaba entre mis piernas dándome la bienvenida al hogar. Seguramente ella sabía que había sido un día raro. Me comí aquellas milhojas todavía en estado de “shock”, en silencio, con el café de la mañana recalentado, con un bombardeo de recuerdos acribillándome con fuerza la cabeza, con mil imágenes pasando como diapositivas borrosas a mil por hora dentro de mi alma. ¿Estaría también él pensando en mí?

Sin ninguna duda, el encuentro nos había pillado a los dos por sorpresa. Hacía años que no sabía nada de él, ni si quiera sabía si seguía en la ciudad, no sabía a qué se dedicaba, si le iba bien, si se habría casado o si tendría hijos. Nada, absolutamente nada. No nos quedaban amigos en común y nos habíamos odiado tanto que decidimos olvidarnos, o al menos intentarlo.

Sabía perfectamente dónde las guardaba. Cogí una silla y me subí para alcanzar el altillo del armario de la habitación de invitados. Allí siempre acababa almacenando todas esas cosas de las que, por una razón u otra, nunca me quería deshacer. Viejas fotografías, un jersey que jamás me pondría pero que era incapaz de tirar, papeles de todo tipo, antiguos discos, pequeños objetos que en algún momento de mi vida habían formado parte de mí. Al fondo, una antigua caja de metal que una vez estuvo llena de galletas de mantequilla. La cogí y la acaricié. Habían pasado ocho años y jamás la había vuelto a abrir. No sabía si sería buena idea, pero estaba segura que nada de aquel día había pasado por casualidad. Ni aquella reunión de la que en esos momentos era incapaz de acordarme, ni aquella manifestación, ni aquel viaje en metro, justo en ese momento, a esa hora, en esa estación…

Me senté y fui releyendo todas y cada una de aquellas cartas. Había pasado tanto tiempo que era incapaz de recordar muchas de ellas, otras, en cambio, me parecía haberlas leído hacía unas horas por última vez. Me di cuenta que nos quisimos de verdad. Nos queríamos mucho, nos queríamos con inocencia, con muchas ganas, con muchas aspiraciones y sueños, nos sentíamos agradecidos por habernos encontrado, por todo lo que nos regalábamos, por los momentos y las risas, nos decíamos que los momentos malos los superaríamos juntos, queríamos una casa en la playa y tener como mínimo tres hijos, nos sentíamos grandes cuando estábamos juntos y jurábamos no haber querido nunca cómo nos queríamos nosotros, nos prometíamos que aunque algún día no estuviéramos juntos siempre pensaríamos el uno en el otro… Incluso nos prometíamos que si lo nuestro fallaba y se acababa, algún día encontraríamos la manera de volvernos a encontrar,  a pesar del tiempo y la distancia…

Nunca dejamos de dejarnos cartas debajo de la almohada en aquellos tres años que compartimos. El último había sido tormentoso. Se le olvidó contarme en una de esas cartas que había conocido a otra persona y que llevaba un par de meses engañándome. Le descubrí y le perdoné, pero no fui capaz de perdonar de verdad. Perdimos el respeto y la pasión, la pureza y la naturalidad que siempre nos había unido, la transparencia y la confianza. Discutimos por absolutamente todo durante mucho tiempo, nos despreciábamos y nos queríamos a la par, con intensidad, por días y momentos. Al final, con una historia que ya no era sana, ni bonita, acabé refugiándome en uno de mis compañeros de la universidad, del que me enamoré y por el que decidí abandonarlo todo, con el que un año después pasé de novio a mejor amigo, porque no sabía quererle, ni olvidar a aquel que me había hecho tanto daño. Me reprochó mil veces aquella ruptura y yo le reproché otras mil aquella aventura, nos hicimos mucho, mucho daño. Nos machacamos psicológicamente el uno al otro. Nos enviábamos mensajes para recordarnos lo mucho que nos odiamos, y fuimos envenenando nuestras almas hasta llegar a ser dos completos desconocidos. Nosotros, que habíamos compartido tanto…

Aquel podía haber sido un día normal… pero no lo fue. Quizás el destino había querido reencontrarnos, con la madurez y la herida curada, o al menos olvidada. A día de hoy, me sigo preguntando si dejé de odiarle, así como me pregunto si dejé de quererle. No me reconocí en aquellas cartas, pero supe lo que había ahí escrito, por su parte y por la mía, eran frases escritas desde el corazón. Me había olvidado de lo mucho que nos habíamos querido. Lo había olvidado hacía mucho tiempo. No me reconocí en aquellas cartas, ni supe qué quedaba de aquella chica que fui en la que soy hoy en día. Entonces me di cuenta que a veces somos alguien cuando estamos con otro alguien, sólo en ese transcurso somos otra versión de nosotros mismos, que nunca volverá, que enterramos cuando todo acaba, para ser capaces de renacer entre las cenizas. Quizás algún día volvamos a parecernos a aquella versión que fuimos, porque seguro que algún día volvemos a querer con las mismas ganas, pero siempre de forma diferente.

A veces, esa versión que fuimos se pierde con el tiempo, porque las experiencias nos hacen convertirnos en alguien diferente o porque a veces, si no estamos con ese alguien, simplemente dejamos de ser.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

¡Qué orgullosa estoy de ti!

Esta semana he tenido que cambiar el jueves por el martes. Como muchos ya sabéis, el martes fue el Día de Reyes en España y por lo tanto fue festivo, así que lo dediqué a vivirlo con ilusión tras abrir regalos, a ver pelis y a comer mucho roscón… Ayer tuve que asimilar la vuelta a la rutina después de las Navidades y hoy, por fin, estoy aquí con vosotros.

Ayer por la mañana publiqué en mi Twitter que el post llegaba hoy. Lo que no podía imaginar es que el día de ayer acabaría siendo tan feo para el mundo. Es necesario que comparta con vosotros mi conmoción, mi dolor y mi impotencia ante lo ocurrido en el periódico Francés Charlie Hebdo. Como bien dije en mi página de Facebook anoche, el periodismo se basa en el derecho a informar y el derecho a ser informados. El humor forma parte de los seres humanos y la religión y el fanatismo son opcionales en la forma de vida y, a veces, acaban siendo algo totalmente enfermizo. No sabéis la tristeza que tengo. Se ha atentado contra una profesión y sobre todo contra un derecho como es la libertad de expresión.

Ahora sí, hoy te quería contar que la exitosa serie de Disney Channel, Violetta, ha empezado su gira mundial de conciertos y lo ha hecho en Madrid, y claro, no me lo podía perder.

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Hace poco más de un año, ya pude disfrutar del espectáculo en esta ciudad, en el mismo lugar, y sabéis que para mí fue algo muy especial. Este año, si cabe, lo ha sido más.

Unos días antes del concierto me reencontraba con uno de mis mejores amigos, con mi “hermanito” pequeño, ese hermano que he elegido en la vida. Diego y todo el elenco de Violetta, acababan de llegar a Madrid para empezar los ensayos de la esperada gira. Disfruté de él durante esos días, disfrutamos de ponernos al día, de parar el tiempo, de recordar momentos, de contarnos nuevos sueños… Y una vez más, entendimos que la distancia no ha cambiado nada entre nosotros.

El domingo por la mañana, mi otro “hermano” elegido, David, y yo, desayunamos al sol en una terraza al lado del Palacio de los Deportes, mientras esperábamos a nuestro amigo Marc. El día era espectacular, y el sol había salido sonriente para recibir el espectáculo en su ciudad. Entramos cuando sólo faltaban diez minutos para que empezase todo. Con las luces todavía encendidas pudimos comprobar, una vez más, el poder de masas del fenómeno Violetta. El Barclaycad Center estaba completamente lleno. Pista y todas y cada una de sus gradas estaban completas, llenas de niños y niñas llenos de ilusión, padres sonrientes y orgullosos, camisetas, globos, diademas, bolsos, vestidos y un sinfin de complementos de la serie y cientos de pancartas con fotos y nombres de sus ídolos adornaban el recinto. Miramos al escenario, uno de nuestros mejores amigos era parte de eso y en sólo unos minutos iba a estar aclamado y adorado por miles de personas. Sonreímos.

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David Laguía, Marc Suárez y yo

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David, Marc y yo

Se apagaron las luces… ¡Y comenzó el show!

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No podemos olvidar que Violetta Live es un concierto para que sobre todo disfruten los niños, pero es tan grande y espectacular el montaje que lleva que es imposible que no impacte también a los mayores. Juego de luces, escenas en las pantallas, vestuarios… Ni un solo detalle podía dejarte indiferente. Música, sonrisas, sueños… Magia. Eso es lo que se respiró ahí dentro. Desde nuestros asientos bailamos las canciones y aplaudimos con fuerza y enormemente orgullosos las actuaciones de Diego, que no podía estar más guapo.

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Por supuesto, la estrella indiscutible del show es Martina Stoessel, que encarna a Violetta, la protagonista de la historia en la ficción. Dulce y emocionada, se ganó un poco más el corazón de todas esas niñas que sueñan con su música y sueñan ser como ella. (Sigo sorprendiéndome al ver el “boom” que se ha creado con esta serie).

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Si el arranque de gira estaba siendo especial de por sí, para Diego Domínguez y Alba Rico, los dos españoles de la serie, era muy emotivo poder estar en su país y arrancar aquí esta nueva aventura. Así lo mostraron y compartieron con su público desde el escenario.

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Nosotros sabíamos que Diego estaba enormemente feliz, estaba disfrutando desde ahí arriba y nosotros estábamos disfrutando con él en medio del público. Madrid fue su ciudad adoptiva, su segunda casa, donde vivió años muy importantes de su vida justo antes de irse a Argentina.

Al acabar el concierto, pudimos reunirnos con él para abrazarle muy fuerte, para aplaudirle, para despedirnos hasta dentro de unos meses y para recordarle, una vez más, lo orgullosos que estamos de él y lo grande que es en todo lo que hace. Diego es un luchador y perseguidor de sueños, ya lo sabéis, y no podía tener una recompensa más grande. Violetta acaba en unos meses, pero estoy segura que su carrera profesional, que empezó hace ya muchos años pese a su corta edad, no va a dejar de sorprenderle, ni de sorprendernos. (Eres grande, hermano!)

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Marc, Diego, David y yo

Aunque no estuve allí, no puedo dejar de mencionar el que fue uno de los mejores días de su vida. Violetta Live aterrizó hace un par de días en Zaragoza, la ciudad de Diego, su tierra, su casa y su gente. Un día inolvidable para él. Su familia y sus amigos entre un público donde el calor de sus paisanos le llegó al corazón. Se emocionó (y mucho) al ver el cariño de toda su ciudad y se siente muy, muy orgulloso de todos ellos.

“Estar en Zaragoza y sentirme querido por doce mil personas que gritaban mi nombre… Sentir que estaba en el lugar dónde había nacido, estar con mi familia y mi abuela… Fue uno de los días más bonitos de mi vida, sin duda”. Me dijo Diego.

Ya sabéis que Violetta Live acaba de arrancar, todavía quedan algunos conciertos en España antes de que vayan a viajar por Europa y posteriormente por toda Latinoamérica. Si tenéis la oportunidad, no dejéis de ir a verles. Nunca olvidaré la cara de ilusión de los niños que estaban allí. David, Marc y yo nunca olvidaremos la cara de Paula y de su madre, para quienes aquel día fuimos sus Reyes Magos y a las que sabemos que hicimos muy, muy felices.

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David, Martina, Marc y yo

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Marc, Samu, David y yo

Me quedé con las ganas de que todo el público cantase “Chachi Piruli…”, pero me tendré que esperar a volver a verle y cantárselo entre amigos y risas… Aun así, no sabéis lo bonito y mágico que fue ver un lugar tan emblemático de Madrid a reventar de gente y ver a una de las personas más importantes de tu vida sobre el escenario. Me sigo emocionando.

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Gracias Diego, por ser como eres, por seguir siendo quien eras. Por tu sonrisa constante y tus sueños ansiosos, por tu magia… Déjame gritar… ¡Qué orgullosa estoy de ti! Te queremos hasta el infinito. Ya lo sabes. Mucha suerte en esta nueva gira y hasta pronto, hermanito.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Le hablaré al 2015 de ti…

 

 

Último martes del año y no podía empezarlo de otra forma que no fuese a vuestro lado, que sois los protagonistas de mis martes y parte de las historias que aquí cuento.

Hoy te quería contar que recuerdo perfectamente cómo, hace ya un año, repasé mi 2013 para coger con ganas el 2014, con muchísimas ganas. Muchas veces, escuchamos a mucha gente decir que cuando se espera algo, más vale no hacerse ilusiones por si no sale, para que la decepción sea menor. Yo nunca he estado de acuerdo con esta afirmación. Yo soy de las que piensa que hay que poner toda la ilusión, las esperanzas y las ganas en algo, siendo conscientes de que puede salir mal, pero si todas tus energías positivas se concentran en ello, te ayudará seguro. Así que decidí recibir el 2014 llena de sueños, de ilusiones y de ganas. Me atreví a soñar muy fuerte porque es la única forma de poder hacer de los sueños una realidad. Algunas cosas se cumplieron, otras no, vinieron las alegrías que no esperaba y las decepciones que hicieron daño, pero la vida está compuesta de las cosas buenas y las cosas malas y debemos aprender a convivir con ellas. De lo bueno, intento guardar siempre todo lo bueno que pueda, y de lo malo, aprendo, como hacemos todos. Pero sin ganas, ilusiones y sueños, no vamos a ningún lado. No lo olvidéis nunca.

Al cerrar los últimos años, es cierto que cada vez que quería hacer balance sobre ellos, debía dar las gracias a muchas personas que habían llegado nuevas a mi vida en el transcurso de esos meses. Ahora, con cuatro años a la espalda en esta ciudad que me tiene tan enamorada, mis amigos están sentados cómodamente en mi vida, mi vida está estable y tranquila y con los que he recorrido 2014 de la mano, seguramente ya estaban en 2013 a mi lado.

Tengo y tenemos la suerte de poder elegir a los amigos que se quedarán a nuestro lado, tenemos el poder de elegir a quienes queremos que nos acompañen en una aventura tan única e irrepetible como es la vida y poder elegir también a aquellos que no queremos que sigan con nosotros. Es importante elegir bien, para quedarte con lo bueno, con el amor de verdad, del que te cuida y quiere, el que no tiene rencor, ni celos, ni una pizca de malos sentimientos hacia ti (aunque a veces quizás sean involuntarios), es importante rescatar a esas personas que te cuidan y cuidarlas, para que el amor sea puro y la amistad se fortalezca. Es importante saber alejarse de los que nos hacen daño, de los que nos hacen llorar por capricho, de los que no nos cuidan, de los que no nos quieren de verdad… Nosotros tenemos el poder de construir nuestra vida y tenemos el poder de escoger con quienes la vamos a construir. Para mí, esta es una de las cosas más importantes que he aprendido con los años y el tiempo.

Si miro hacia atrás, por unas razones u otras, sé que los que siguen estando son los que tienen que estar y los que ya no lo hacen forman parte de recuerdos, y no por ello dejan de ser importantes. En algún momento también elegí a esas personas para que me acompañasen, con algunas de ellas seguramente viví momentos increíbles, con otras seguramente compartí el alma e incluso el cuerpo, en algún momento fuimos felices juntos, en algún momento compartimos risas, secretos y sueños, así que esas personas que hoy ya no están, en algún momento estuvieron y, por tanto, forman parte de un trozo de mi historia, de la historia de mi vida, a algunos guardaré siempre en el corazón con más o menos cariño, y a otros, seguramente, no olvidaré, pero me acabarán siendo indiferentes en el tiempo. Triste, pero real.

Hoy, sin duda, quienes merecen el mayor protagonismo son los “otros”, los que están, los que se han quedado.

Gracias a la vida por haberme dado a aquellos amigos que una vez aparecieron, seguramente de casualidad, pero que lo hicieron con fuerza y me cogieron de la mano, los que sonríen, los que me aprietan fuerte cada vez que me ven, los que me aprietan fuerte sin poder verme, los que no entienden de horas para recibir o escribir un mensaje, los que aunque pasen meses sin vernos, cada reencuentro es especial porque hacen que no haya pasado el tiempo, los que me abrazan con la mirada y encierran con llave mis secretos, los que me apoyan en mis locuras y viven con fuerza mis sueños, los que disfrutan de mis alegrías cómo si fuesen suyas o los que si algún día he sufrido, no han dudado estar a mi lado, los que pueden estarlo de forma física y los que se mantienen a pesar de los kilómetros (e incluso los océanos). Gracias a todos esos amigos que son la familia que he elegido, a los que me conocen tanto que no puedo ocultarles nada, a los que me aguatan durante horas frente a un café, a los que me ayudan a ser feliz y a los que hacen que este paso por el mundo resulte ser algo apasionante y maravilloso. Gracias a todos y cada uno de vosotros. No voy a decir nombres, porque no nos hacen falta, porque no quiero olvidarme a nadie, y porque vosotros, al leerlo, sabréis quienes sois. Gracias por ser parte de mi corazón, de mi historia, de las historias de siempre, las que han pasado y las que vendrán, gracias por quererme tanto y dejar que os quiera todavía más. Gracias a los que lleváis tantos años que me habéis visto crecer, gracias a los que os sabéis de memoria cada una de mis batallas, las que vivisteis conmigo o las que os he ido contando, gracias a los que lleváis media vida a mi lado y gracias a los que lleváis menos tiempo. Gracias a los que una vez estuvieron y el tiempo les hizo volver, gracias a quienes han sabido volver y gracias a los que no han querido irse nunca y nunca lo van a hacer.

Gracias a la vida por haberme dado una familia maravillosa que hacen que cada vez que vaya a l’Olleria sea algo mágico, un recuerdo intacto, todo en el mismo lugar, la misma gente, los mismos olores y la misma felicidad. Gracias a mi familia por ser millonaria en valores, en amor y respeto. Gracias por dar todo sin tener nada.

Gracias a la vida por haber cruzado mi destino con alguien como él, por celebrar estos recuerdos y este fin de año, una vez más, al lado de mi compañero, de mi mejor amigo, de mi complemento más perfecto. Y gracias a quien es más que mi hermana por haberme regalado hace ya un año y medio a Cometo, mi perro, mi felicidad, mi amor más puro. Gracias a Sergio y gracias a Cometo, a ellos por ser mi hogar, mi casa y mi familia, en una ciudad que no es mía, y en cualquier rincón del mundo.

No puedo olvidarme de vosotros. Es fácil querer y cuidar a tus amigos, a los que has conocido, a los que conoces y con los que compartes tu vida. No es fácil cuidar a alguien que no conoces de nada, no es fácil dar cariño a alguien que no ves, que no has visto jamás y no es fácil llegar a transmitirlo y que el destinatario reciba ese cariño en un estado intacto. Vosotros lo hacéis. Sigo emocionándome cada vez que me enviáis un e-mail, que comentáis algún post, cada vez que lo compartís, que lo recomendáis, que hacéis que dé vueltas y llegue a toda la gente posible. Me regaláis un amor tan bonito que no sé si podéis ser conscientes, pero, sin ninguna duda, vosotros (sobre todo vosotras), habéis sido parte de mi 2014, sois parte de Lo Que Te Quería Contar, sois parte de mis historias, de mi vida, de mis letras y mis palabras, y eso, os aseguro, siempre, siempre, va a formar parte de mí, de mi corazón, de mis ilusiones y mis sueños. Nada de esto sería posible si no estuvieseis al otro lado de la pantalla, en cualquier rincón del mundo. No tengo palabras suficientes… Gracias, gracias infinitas… Ojalá os quedéis mucho tiempo, ojalá me quede yo a vuestro lado y sigamos sumando años, recuerdos y momentos.

2014 acaba como un año bonito, del que no soy capaz de recordar ningún momento realmente tormentoso, ha sido un año todoterreno, en el que he aprendido mucho y en el que, sobre todo, he crecido mucho, como persona y como profesional, un año en el que mucha gente se ha empeñado en hacerme ver que los sueños pueden ser una realidad, un año en el que mucha gente me ha hecho creer en mí y un año en el que me he dado cuenta que todo ser humano es capaz de conseguir aquello que se proponga. Soñar está al alcance de todos, la capacidad de conseguir hacer realidad esos sueños, está en las ganas de cada uno. 2014 ha sido un año increíble para mí y para el blog, un año en el que habéis hecho que esta aventura sea muy, muy bonita. Un año de momentos especiales, de historias compartidas, de entrevistas que me han hecho mucha, muchísima ilusión, un año de letras, de relatos, de reivindicaciones, de enfados, de amor, de cariño, de ganas… Un año que hemos sabido hacer nuestro. 2014 acaba con proyectos que no están en el aire, proyectos que son reales, proyectos que lleváis tiempo queriendo saber y proyectos que falta muy poco para que conozcáis. 2014 acaba con el proyecto más importante de mi vida en caliente, para que sea una realidad en 2015, un proyecto que sé que os va a hacer ilusión y un proyecto que espero, vivamos juntos.

Me asusta que el tiempo pase tan rápido y no quiero dejarme nada por hacer. Desde aquí pido perdón a aquellas personas que alguna vez hayan podido sentir que yo les he hecho daño y desde aquí quiero olvidar el daño que otras me han hecho a mí.

La vida es corta, así que hagamos para vivirla de forma intensa. Saborea cada momento, disfruta, sonríe, aprende, tranquilízate, disfruta la calma, abraza a las personas que son especiales para ti, aprieta con pasión y ganas al amor, cuida la amistad, repite los te quiero sin importarte cuantas veces los has dicho ya, escucha tu música favorita siempre que te apetezca, lee, come, date pequeños caprichos que quizás un día no estarán… Exprime los segundos, los minutos y los días. Aprende de los enfados y sobre todo aprende a rectificar y pedir perdón, trágate el orgullo y cuida a aquellos que quieres que cuando acabe el próximo año sigan estando ahí, con la misma fuerza que están ahora.
Coged fuerza que nos vamos a comer a bocaícos este año nuevo, dejemos atrás lo malo y vamos a seguir con lo bueno… Igual que escribió Microarte en uno de sus microcuentos “Le hablaré al 2015 de ti…” Le hablaré de vosotros.

Gracias.
Salud y felicidad, siempre!

FELIZ AÑO NUEVO, AMIGOS!!!!
Lorena.

Pd. Hoy es el cumpleaños de una de las personas más especiales de mi vida, ayer lo celebramos juntos y nos dedicamos a recordar todos los momentos bonitos que hemos vivido desde que nos conocimos. Le prometí que hoy le felicitaría desde aquí. Él es uno de esos hermanos que me ha regalado el destino, uno de esos amigos que se quedarán siempre. Felicidades David. Te quiero, brother.

Me gusta…

Hoy vengo con prisa. No porque no me apetezca quedarme un buen rato con vosotros, sino porque necesito exprimir el tiempo al máximo para mí. El egoísmo es algo innato, ya lo sabéis, pero estoy segura que me entenderéis.

Hoy te quería contar que la Navidad es mi época favorita del año… Seguro que algunos de vosotros ya lo sabéis, porque lo he mencionado en alguna de mis redes sociales y porque el año pasado seguro que ya os hablé de esto.

La Navidad es para mí un momento de reencontrarme con los de siempre, de volver a casa, de que todo el mundo vuelva, es un momento de reencuentros, de familia y de amigos… Y a mí me encanta. Tengo la suerte de tener una familia maravillosa que cada vez que vengo a casa no me deja sola ni un momento, que organizan reuniones para que yo sea feliz viéndoles a todos a mi alrededor. Pero estas fechas, inevitablemente, despiertan en mí una ternura infinita.

Me encanta decorar mi casa, montar el árbol, sacar esas cajas que reposan en silencio durante todo el año dentro de un armario, guardando brillos, colores, renos y algún que otro Papá Noel en distintos tamaños y versiones. Me encanta el momento de comprar regalos… Preparar detalles para todas las personas a las que quiero, envolver los paquetes, escribir postales y seguir enviándolas con su sello y sobre, olvidándome, al menos por una vez, que los e-mails existen.

Tree, Snowman, Rudolph, Santa & Angel Gift Red

Me gusta el 22 de diciembre, ese día en el que sabes que no te va a tocar la lotería, pero la compras porque quieres optar a la improbabilidad. Me gusta despertarme y pasar esa mañana pendiente de los números premiados, me gusta tener la ilusión y desear con fuerza que me toque algo. Me gusta acabar la mañana y ver que sigo teniendo exactamente lo mismo, y entonces sonrío y pienso lo afortunada que soy un año más, por tener a mi familia, por saber que volvemos a estar todos juntos y que nos acompaña la salud. Me gusta pensar que los premios se han ido a las casas dónde los necesitaban, que han devuelto la ilusión y las ganas a aquellos que las tenían olvidadas, porque se las habían robado.

Me sigo poniendo nerviosa cuando después de la cena de Nochebuena toca repartir y recibir regalos, aunque ya haya llegado a ese punto en el que vivo con más ilusión lo primero. Me gusta cantar villancicos, que hagamos sobremesas de horas, que nos riamos y todos pensemos en silencio lo afortunados que somos, los pocos bienes materiales que tenemos y lo millonarios que somos en todo lo demás, en lo esencial, aquello que como bien dijo un viejo amigo, es invisible a los ojos.

Me gusta salir con mis amigas esa noche, y reencontrarme con toda la gente de mi pueblo, a los que veo cada vez que vengo y a los que pasan muchos meses hasta el siguiente reencuentro. Me gusta levantarme muerta de sueño el día de Navidad y me gusta volver a reunirme con los mismos, dormir después la siesta al lado de mi abuelo en el sofá o irme a pasar la tarde al cine con mis primos.

Me gustan las tardes en el sofá, con la manta y el “brasero” debajo de la mesa, me gustan las pelis que son clásicos en estas fechas, que suelen ser aquellas que formaron parte de mi infancia, como Mujercitas, Cariño, he encogido a los niños, Vaya Santa Claus o Eduardo Manostijeras…

Hoy vengo con prisa porque os escribo desde l’Olleria, desde donde soy muy feliz cada vez que vengo, desde dónde me hace feliz pasear por las calles y cruzarme con sonrisas y gente de siempre. Sólo voy a estar aquí unos días, así que necesito olvidarme del ordenador, pasar fugazmente por las redes y dejarme mimar por las personas más importantes de mi vida.

No quería dejar de pasar a saludaros, a agradeceros todo lo que hacéis por mí, siempre estaré agradecida a todos y cada uno de vosotros, desde los que leéis en silencio a todos los que comentáis, compartís y me ayudáis a llegar a tanta gente…. La semana que viene hablaremos de 2014, y de los sueños que vendrán en 2015.

Gracias… Gracias infinitas. Os mando un abrazo enorme, todos mis buenos deseos para estos días y todos los que vienen. Gracias por formar parte de mi aventura y gracias por dejarme ser parte de la vuestra.

Exprimid los buenos momentos, aquellos que habéis vuelto a casa, como el anuncio de televisión, o como yo, disfrutad de lo que no podéis disfrutar en vuestros día a día. No os olvidéis de vivir con ilusión y saborear los te quiero, los pronunciados y escuchados…

24-05

bon-nadal-z

¡Felices fiestas, amigos!

¡Bon Nadal!

Lorena.