Alma En Pena para un otoño de castañas calentitas…

El otro día me preguntaban en Twitter si es que ya no iba a volver por aquí… 😦 Sí, os prometo que siempre voy a volver. No sé que me pasa últimamente, supongo que es la falta de tiempo y la necesidad de apagar el ordenador cuando llevas todo el día pegada a él, pero no son excusas y prometo que pronto encontraré el equilibrio entre el blog y mi trabajo y volveré a mi rutina, y estaremos aquí compartiendo historias de forma habitual, como siempre hemos hecho… También sois muchos los que me preguntáis por el libro y su presentación. Estoy buscando el lugar ideal, en el centro de Madrid, creo que la fecha se cerrará en unos días, así que paciencia y millones de gracias a todos los que mostráis tanto interés e ilusión (me hacéis muy feliz). Os aseguro que tengo más ganas que nadie…

Hace un rato, he bajado con Cometo al parque, me he encontrado con los charcos, las hojas amarillas y marrones sobre el césped, y me he visto con el frío en la cara, acurrucada tras mi abrigo, con mis botas, combatiendo una estación que he de reconocer que me gusta, y mucho. Porque a mí el otoño me sabe a un té caliente, a un buen cappuccino, un chocolate y el olor a castañas calentitas en el centro de Madrid. El otoño me sabe a luces encendidas, al aroma del hogar y a la manta y el sofá… Y a mí eso  me encanta. Con el otoño, llegó la nueva colección de Alma en Pena, una firma de zapatos que sabéis que me encanta y cómo no, estuve en el evento de su presentación porque no quería perderme nada. Allí, una vez más, la elegancia y sofisticación se unieron a la comodidad para crear un calzado que se convierte, automáticamente, en una obra de arte.

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Vanesa Romero, imagen de la firma

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Mónica, directora de la firma, junto a las actrices Cristina Medina, Vanesa Romero y Eva Isanta, conocidas por sus papeles en La Que Se Avecina

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Mónica, directora de Alma en Pena, junto a las actrices Arancha Martí y Lucía Ramos

Nadie quiso perderse este evento que, esta vez, se dio en el espacio T-Doy La Luna, en pleno corazón de Chamberí, en el centro de Madrid. Pieles, hornas confortables y una confección artesanal son los ingredientes principales que dan formas a un sin fin de botas, botines y zapatillas que no dejaron a nadie indiferente, y es que numerosos periodistas y bloggers especializadas en moda, además de caras conocidas como la actriz Vanessa Romero, imagen de la marca, o las actrices Lucía Ramos y Arancha Martí, estuvieron en uno de los mejores eventos de la temporada. Una tarde fantástica entre moda, buena comida, bebida, risas y amigos que no podían hacer del espacio un lugar más perfecto para conocer las nuevas propuestas de la marca. Como siempre, N-Boca Comunicación, supo estar a la altura organizando un evento que, sin duda, nos encantó a todos los que pudimos disfrutar de él.

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¡Felicidades a las chicas de Nboca Comunicación por una organización excelente!

Alma en Pena nació en el verano de 2006, empezando como un proyecto pequeño y convirtiéndose, en el tiempo, en una empresa fuerte y consolidada, dando nombre al calzado que muchísimas mujeres elegimos para nuestro día a día o para nuestros momentos más especiales. Su venta, además de en un montón de tiendas físicas de todo el mundo, también está disponible online, así que os invito a pasear por su web y descubrir las maravillas que presentan para este otoño-invierno, porque estoy segura que, tras ver las imágenes, querrás hacerte con unas. Así somos nosotras, chicas que queremos pisar muy fuerte, ¿verdad?

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Unos días después de la presentación de la nueva colección, Cometo y yo lucíamos mis nuevas Alma En Pena por las calles de Malasaña, ¡nos encantan!

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

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Y le quise ver mil veces…

Reconozco mi poca vergüenza. Os prometo que la reconozco, que no tengo excusas, sólo falta de tiempo…

El otoño ha llegado con fuerza a Madrid y si os digo la verdad, a mí me gusta tener que ir sacando ya alguna que otra chaqueta del armario, la chupa de cuero, los botines o los pantalones largos. Esta mañana he empezado mi lunes trabajando desde aquí, mi ciudad adoptiva, que cada día me tiene más enamorada (aunque parezca imposible) y la terminaré trabajando desde Italia, con una compañía inmejorable y eso, además de que no puede sonar mejor, es una auténtica gozada. A estas horas he decidido prepararme un té verde calentito, mientras el fresquito golpea la ventana y yo me reencuentro con vosotros. ¿De qué forma? Pues a través de un relato… No he encontrado otro modo. Es lo único que hoy necesitaba y os quería contar…

Leed despacio, como siempre, acurrucaos en el sofá y dejar, por unos minutos, de lado la realidad.


 

Y le quise ver mil veces…

Aquel día le vi, y fue casi sin querer, pero fue inevitable. Le vi. Y eso que aquella mañana mi amiga Sofía me había advertido de lo que iba a suceder. Ella sabía que yo saldría de casa y que le iba a ver, y yo negaba, y me reía y le decía que no, que tenía otros planes, que no me iba a cruzar con él… Que no iba a hacer por cruzarme con él. Pero lo hice, como lo llevaba haciendo durante meses…

Nos habíamos conocido muchos años atrás. Habíamos coincidido en una academia de verano de esas a las que van los pringados que, de un modo u otro, necesitan tener una obligación para levantarse cada mañana y estudiar para septiembre. Nos caíamos bien, es que eso se notó desde el principio. Por aquel entonces, él tenía novia y yo… Yo no tenía absolutamente nada. A ver, pongámonos en situación… Compartimos unas clases particulares en una academia, un verano, nada más (¿qué más da si tenía novia o no?). Si digo que no me fijé en él, miento. ¿Quién no se fijaba en él? Era prácticamente imposible. No sé muy bien si por esos ojos verdes, si por esa piel tostada, si por ese pelo despeinado o por esa chulería que le hacía irremediablemente adorable (y apetecible). Compartimos risas y buenos momentos, después, obviamente, cada uno siguió su vida. Es más, creo que él se fue de la ciudad… Bueno, no lo creo. Lo sé. Se fue a estudiar fuera y no le volví a ver hasta que no pasaron dos años, en una noche de viernes, por pura casualidad. Los dos nos alegramos de vernos, es verdad. Se notó, incluso desde lejos. Nos dimos un abrazo, nos regalamos las sonrisas que se regalan aquellos que hace tiempo que no se ven y se caen bien y estuvimos un rato charlando, entre risas, entre tonterías y complicidad (imposible negarlo). Dijimos de tomar un café, algún día, ya nos llamaríamos, si eso…

Pues me llamó. Me llamó al día siguiente y acepté. Lo que iba a ser un café se convirtió en horas y horas de cañas, de risas, de miradas, de parar el tiempo, de olvidarse del planeta, de paseos sin objetivo, sin lugar de destino, de entrar a cualquier bar, de no mirar alrededor, de comernos con los ojos y divertirnos… Sobre todo eso. Y me besó. Y yo he de reconocer que aquel beso me gustó, no sé muy bien si me gustó de verdad o si fueron las cañas de más, pero me gustó, aunque casi ni lo recuerde. Después de ahí, creo que no hablamos mucho más, y no porque no nos hubiese gustado aquella tarde… Es más, creo que los dos decidimos guardarla como una tarde especial en nuestros recuerdos y dejarla ahí, bien conservada, para no estropearla… A veces, hay cosas que pasan en un momento concreto y deben quedarse así, como si las guardases dentro de una cajita y mucho tiempo después la volvieses a abrir, para mirar que sigue igual y sonreír y saber que el tiempo no ha estropeado absolutamente nada. Es difícil, pero a veces, hay cosas que deben pasar así. Creo que alguna vez nos volvimos a escribir, cada muchos meses, un qué tal estás o un hoy por casualidad me he acordado de ti… Sin más. Dos frases cordiales llenas de cariño (y pasión) cada cierto tiempo. Y así, durante cuatro años más.

Yo habría seguido tranquilamente con mi vida, con mi rutina, con mi casa y mi pareja. Habría seguido con la tranquilidad, respirando la paz en mi zona de confort. Habría seguido así mucho tiempo, habría seguido así para siempre y seguramente habría sido cobarde, ¿verdad? O quizás aburrida, o quizás jamás habría descubierto que se puede estar mejor. Bueno, olvidemos la última frase, porque realmente siempre se puede estar mejor, y peor, así que a veces, es mejor quedarse como uno está, pero es que otras veces… Es que otras veces el destino te manda una señal y sabes que todo tiene que cambiar, aunque te vuelvas completamente loca.

Cuatro años después nos encontramos en un bar, él con un grupo de amigos solteros y depredadores y yo con un grupo de amigas guapas y divertidas. Obvio, no fue difícil entablar conversación, ni si quiera alargarla a unas horas, ni si quiera acabar todos juntos de copas y fiesta por el centro de la ciudad… Y aquella noche nos reímos, como lo habíamos hecho cuatro años atrás, y nos mirábamos y sabíamos que ocurría algo, algo inexplicable, algo que nadie podía entender, aunque todos lo viesen, seguramente, más claro que nosotros… Insistimos en decirnos que no nos habíamos echado de menos y, entre risas, incluso que habernos reencontrado había sido el error del fin de semana. Y resulta ser que aquel error nos llevó a querer vernos prácticamente cada día.

A medida que le veía a él, mi  rutina se desmoronaba, mi zona de confort se iba haciendo pequeña y empezaba a ahogarme. Cada vez que le veía quería salir corriendo y decirle que me llevase de bar en bar, a tomarnos unas cañas, a reírnos y a besarnos como aquel día en el que sólo queríamos tomar un café. Pero no lo hicimos, nunca lo hicimos. Porque no nos besamos, ni una sola vez. Compartimos muchos cafés, muchas risas y compartimos una complicidad que de forma egoísta nos iba uniendo cada vez más. Una complicidad que pedía a gritos que nos abrazásemos, que nos apretásemos fuerte las manos y que apostasemos por aquello que sentíamos, que era lo que, realmente, nos estaba manteniendo vivos. Y sentíamos miedo, sin decirlo. Porque nunca se lo dije. A veces, no es necesario decirlo. Supongo que me lo leía en la mirada, como yo leía en la suya que quería que fuese suya, sólo suya, para siempre, de nadie más…

Hubo un día en el que no podía más. Llevaba viéndole meses, fingiendo que era mi mejor amigo, fingiendo que era su mejor amiga, fingiendo que no nos queríamos devorar, arrancar la ropa a mordiscos, tocarnos el alma con las manos y desgastarnos los labios y la piel a besos… No podía quitarlo de mi cabeza y sólo sonreía si él me escribía un mensaje. Tenía un problema, un verdadero problema. Aquel día le vi. Y fue casi sin querer, pero fue inevitable. Me había prometido no escribirle, no verle, distanciarme. No hacer daño a quien creía en mí, hacer caso a la razón… Pero, inevitablemente, yo siempre fui más del corazón. Le vi con la excusa de darle algo, su libro favorito, en edición limitada que lo había encontrado por casualidad, cuando se habían agotado todos los ejemplares y yo estuve semanas para comprar uno. Y sólo nos dimos un abrazo, y le sentí temblar como temblaba yo. Y entonces, sólo entonces, supe que había dos caminos: salir corriendo para siempre o quedarme y arriesgar. Pero joder, alguien saldría herido, y yo, sólo yo, sería la culpable.

Aquella noche volví a casa, y ni el abrazo de mi gata me dio el calor que yo esperaba. Encontré mi casa, mi hogar, completamente vacío, desangelado, frío. Miré a la persona que más había querido jamás, a quien más me había querido, y me pregunté cuánto tiempo hacía que habíamos dejado de estar enamorados y le abracé en silencio. Y lloré, lloré mucho. Y no nos hicieron falta las palabras, porque hacía mucho que lo nuestro no funcionaba, porque hacía demasiado que sólo éramos amigos… Y nos hicimos daño. Claro que nos lo hicimos y nos echamos de menos, y seguramente lo haremos el resto de nuestras vidas… Pero, a veces, el destino te manda una señal, y te pone a prueba, y tu eliges cómo jugar, qué hacer, si arriesgar o quedarte cómodo, sin más.

Y yo arriesgué. Y le llamé. Y le vi. Y sólo me hizo falta abrazarle para sentir que ya nada era igual, que todo había cambiado, en cuestión de segundos, que ahora podía ser verdad, que podíamos tener la oportunidad de intentarlo, sin saber si saldría bien o saldría mal… Y me vio llorar, y lo entendió todo. Y me besó. Aquel día me besó. Me volvió a besar, como hacía años que no lo hacía nadie, como si el mundo se acabase allí mismo, y me abrazó y supe que no quería que me soltase jamás… Y tuvimos que intentarlo.

Y pasaron los años. No sólo cuatro, pasaron ocho, y diez… Y un día nos casamos, rodeados de amigos, en una fiesta divertida, sin excentricidades ni extravagancias. Fue una ceremonia bonita, llena de cariño, de pasión y de mucho amor… Y tuvimos dos hijos, y son maravillosos, con los ojos de su padre y la mirada de su madre. Y los miro, y entonces sé que lo hice bien y que hay veces que, simplemente, la vida te manda una señal, un aviso, de la forma que sea… Por un encuentro casual, un tropiezo o una canción. Hay caminos que aunque no los quieras recorrer, si están en tu destino, acabarás por perderte en ellos. Y le vi, y menos mal que le vi. Y que le quise ver mil veces…

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Quiero

¡Ay, amigos! La verdad es que estos días, entre estar en casa (porque sí, me he venido un mes entero a mi pueblo y ni recordaba la última vez que había paso aquí tanto tiempo), entre tanto trabajo y demás… se me van los días sin actualizar el blog. Supongo, que cuando pase el verano todo será diferente. Hoy es día de reencontrarnos, para empezar así la semana y quiero hacerlo en forma de relato, porque no se me ocurre mejor forma de estar juntos, y hoy, que mi amiga Alba me ha pedido que lo haga, te lo quería contar. Un relato que habla de los sentimientos del ser humano en general porque todos, alguna vez, nos hemos enamorado con tanta fuerza que nos ha sido imposible que nos respondan de la misma manera… y todo, de un modo u otro, acabamos viviendo las mismas historias.

Leed despacio, como siempre…


QUIERO

Quiero que te duela la tripa como me duele a mí cuando pienso en ti, cuando pienso en aquella primera vez que nos vimos o cuando pienso en todas las que, casi por casualidad, nos hemos cruzado en la vida. Quiero que recuerdes aquel día en el que nuestras miradas se cruzaron por primera vez, aquel día en el que alguien pronunció nuestros nombres e hizo de nosotros una presentación oficial, para pasar de desconocidos a ser conocidos de forma cordial. Quiero que recuerdes aquella noche de verano, en la playa, entre música y sonrisas, en la que bailamos sin parar y bebimos juntos alguna copa de más. Quiero que te acuerdes de la ropa que llevaba, de aquel vestido de flores que  cubría con suavidad mi piel. Quiero que recuerdes cómo me mirabas o las primeras palabras que compartimos, quiero que las grabes a fuego en tu memoria y que cada vez que recuerdes esos instantes, una sonrisa tonta se apodere de tu cara. Quiero que recuerdes el momento en el que me pediste mi número de teléfono y que recuerdes aquel primer mensaje que nos encendió el corazón. Quiero que recuerdes esas noches, en las que nos pasábamos horas escribiéndonos, hasta que la fuerza de nuestros ojos por cerrarse se resistía a nuestras ganas, esas noches en las que te quedabas dormido con la pantalla del teléfono encendida, que se apagaba al mismo tiempo que nosotros, sin querer, nos quedábamos dormidos. Quiero que recuerdes cuándo me preguntaste si estaba disponible aquel martes por la tarde, en el que nuestra primera cita marcaría con fuerza el calendario y nuestras vidas.

Quiero que recuerdes el primer café, los nervios de la primera vez, la falta de palabras y las ganas de hablar sin parar. Quiero que recuerdes las ganas de los besos y la vergüenza que te impedía darlos. Quiero que recuerdes aquella primera cena, en la que una hamburguesa en aquel rinconcito de Madrid, pareció el mejor manjar y la velada más romántica. Quiero que recuerdes la primera cerveza, la primera de muchas que acompañaron a todas y cada una de las mariposas que revolotearon en nuestros estómagos. Quiero que recuerdes cada una de las risas a medias, donde temblaban los labios y la voz, donde las miradas se sostenían con la misma fuerza que tenían nuestros corazones por aquel entonces. Quiero que recuerdes el primer paseo por el parque o la primera vez que quisimos hacer un picnic en el Retiro. Quiero que recuerdes la primera vez que patinamos por Madrid Río y me cogiste de la mano, prometiendo que no me soltarías jamás. Quiero que recuerdes el primer helado que compartimos en La Puerta del Sol, paseando hasta la Plaza Mayor y sintiendo que el mundo se paraba y que todo a nuestro alrededor desaparecía. Quiero que recuerdes la primera vez que subiste a casa y te puse aquel disco que tanto me gustaba y que tanto detestabas, aquel disco que aceptaste con una sonrisa y aquel disco por el te burlaste de la música que me apasionaba. Quiero que recuerdes aquella noche en la que decidiste que te quedarías a dormir.

Quiero que recuerdes la primera vez que hicimos el amor, en la que me acariciaste como si mi piel fuese a desaparecer bajo tus dedos. Quiero que recuerdes cada uno de los besos con los que me recorriste el cuerpo y me erizaste el alma. Quiero que recuerdes cada uno de nuestros despertares, entre miradas cómplices y besos, en los que las sábanas eran nuestras mejores aliadas y nada más tenía importancia. Quiero que recuerdes los te quiero porque sí, sin importar el día ni el lugar. Quiero que recuerdes, porque yo todavía no soy capaz de recordarlo, qué fue lo que te impulsó a desaparecer, poco a poco, de mi vida. Quiero que recuerdes qué era lo que te pasaba por la mente cuando no te apetecía escribirme un mensaje o cuando cualquier excusa era suficiente para impedir que nos volviésemos a ver. Quiero que recuerdes si te preguntaste si yo estaría llorando en mi habitación. Quiero que recuerdes si alguna vez me echaste de menos y si alguna vez te preguntaste si la que te echaba de menos era yo. Quiero que recuerdes cuándo fue el momento en el que te fijaste en otra persona y en el que otros besos llenaron tus labios de ilusión. Quiero que recuerdes si alguna vez volviste a mirar a alguien cómo me miraste a mí, si volviste a hacer rabiar, entre sonrisas, a alguien como lo hiciste conmigo, o simplemente, si alguien te llenó de felicidad como yo te llené a ti, o como tú me llenaste a mí.

Quiero que cuando suene tu móvil corras a mirarlo, esperando que quien te haya escrito sea yo. Quiero que mires, de vez en cuando, mi última conexión y que cada vez que me veas en línea, desees con todas tus fuerzas verlo convertido en un escribiendo… que te acelere el corazón. Quiero que si no lo hago, lo hagas tú, que me escribas y quieras sacarme una sonrisa, que quieras volver a ser tú quien me haga sonreír. Quiero que te inventes cualquier excusa para saber de mí, que le hagas una foto a tu cena o compartas conmigo una foto cada vez que veas el mar. Quiero que se te ocurra cualquier tontería que a mí me alegre el día, quiero que lo hagas cada día. Quiero que tengas ganas de luchar por mí y que te dé igual todo lo que haya llegado nuevo a mi vida. Quiero que entiendas que sigo pensando en ti cada vez que me voy a dormir y que si sueño contigo cada noche, no es por pura casualidad. Quiero que te mueras por llamarme y decirme que me vuelves a necesitar, que me echas de menos y que tarde o temprano necesitarás gritar que quieres volver a dormir abrazado a mi piel, a mi respiración, a mi aliento y al aroma de mi piel. Quiero que te pasen todas y cada una de estas cosas, porque son las que me pasan a mí.

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Buenas tardes, amigos.

 

Lorena.

 

Empezó mi vida…

Cuando me marché y escribí el último post, tenía claro que hoy era el día que iba a volver. A veces, los planes no salen como uno quiere. Hace dos días que llegué a España y en menos de 48 horas he tenido que hacer muchos km para ir hasta casa a arropar a mi familia, para despedirme de un ser querido, y hacerle frente a la muerte, que es lo único que temo en la vida… Hoy ha sido un día muy triste y os prometo que no creía tener fuerzas, pero tras llegar (de nuevo) a Madrid y estar en el sofá, me he dado cuenta que esto era lo único que me podía desahogar: escribir.

Estas dos semanas en París han sido de las mejores de mi vida. Si de por sí esa ciudad enamora, yo he tenido la suerte de conocer y rodearme de personas increíbles que no me han dejado sola en estos quince días, que me han abierto los brazos desde el minuto cero y que me han hecho sonreír constantemente. París es una ciudad que enamora, cada rincón, cada calle desprende una magia inexplicable… y como no podía ser de otro modo, tenía que volver con un relato, con una historia imaginada en esa ciudad de ensueño… Ya había escrito alguna vez sobre ella, sin conocerla, pero esta vez, estoy segura que será diferente. Leed despacito, como siempre…


Empezó mi vida

Las ganas de comerme el mundo siempre me jugaron malas pasadas. Aquel martes no había sido un buen día. Marta gritaba al teléfono, reprochándome un sinfín de historias que a mi ya me cansaban. La quería, la quería con todas mis fuerzas, pero sin embargo, aquella no estaba siendo una buena época. Llevaba meses pensando que todos tenemos malas rachas y que aquello, tarde o temprano, tenía que cambiar. Sólo faltaban dos semanas para que yo volviese a España y seguro que, entonces, con el verano, los planes y el reencuentro, todo volvería a estar en su lugar. Llamé a Antonio esperando que me ofreciese un buen plan, necesitaba salir de casa y París en una tarde de julio tenía toda la vida que yo anhelaba. Sabía que él no me iba a fallar, él siempre sabía cómo organizar los días y cómo hacer de cada uno de ellos una aventura. A las siete en punto nos reuniríamos en Bastille para ir a tomar unas cañas. Decidí salir de casa con la sonrisa puesta, más por necesidad que por casualidad, pero lo que nunca imaginaba es que esa sonrisa iba a ser mi única aliada en los próximos días… Antonio y el resto de gente de la oficina me esperaron puntuales, había alguien a quien yo no conocía. Ni si quiera me fijé bien en ella. Me la presentaron, sin más. Era la hermana de Juan, otro de mis compañeros, y había venido a pasar unas semanas a la ciudad del amor para hacer turismo e intentar buscar un trabajo que le asegurase un futuro mejor. Sigo sin entender qué fue lo que pasó. No sé en que momento empezamos a hablar, no sé en que momento nos empezamos a reír o en qué momento cogimos la confianza suficiente como para gastarnos bromas que nadie más podía entender… Lo único que sé es que unas horas después deseé que el mundo desapareciese y me olvidé de todo lo que había en él.

La mañana siguiente me desperté pensando en ella, sin saber muy bien cómo ni por qué. Sabía que tenía poco tiempo y quizás la debilidad en mi relación con Marta, quizás la novedad y las circunstancias o quizás el destino hicieron que aquel día y todos los que vendrían a continuación me inventase mil excusas y mil planes en grupo para poder volver a verla. Propuse fiestas y turismo, cualquier cosa que a ella le pudiese interesar. Necesitaba, de forma inexplicable, verla y hablar con ella. Conseguí hacer todos esos planes, el verano también ayuda a salir a recorrer la ciudad, a sentarse en los bares, a beber cerveza fría, a ver caer la noche y ver las luces intermitentes que cada hora en punto llenan de magia la Torre Eiffel. ¿Qué me estaba pasando? Yo, que estaba completamente enamorado de mi chica, a la que durante tres años había visto superior a cualquier mujer, con la que sabía que quería compartir el resto de mis días, el resto de mis vidas… Algo cambió y algo falló en aquella tarde de martes en la que tuve que recoger con fuerza mi sonrisa para salir de casa.

Dudé mucho en contarle mis sentimientos o no… ¡Era una locura! Tenía unos cuantos años más que yo, un chico que la esperaba, una vida en otro país, unos planes de futuro sin mí. Pero a veces, en la vida, cuando dos personas se cruzan, sus caminos encuentran un punto de unión tan fuerte que la conexión es brutal, explosiva, inexplicable, irracional… Ni si quiera la conocía realmente y no podía dejar de pensar en ella. Me robó el alma, el corazón y los días. Me conformaba con verla sonreír, con escuchar su voz, con aguantarle la mirada y ver a través de sus ojos que ella sentía exactamente lo mismo que estaba sintiendo yo. A veces, esa conexión es tan fuerte que sobran las palabras… Aquel viernes decidimos salir. El Pont Alexandre III nos acogió bajo sus luces, con toda esa gente que estaba ahí, desde cualquier ciudad de Europa, desde cualquier rincón del mundo, compartiendo risas, botellas de vino y amores de verano… Bebimos más de la cuenta y la noche nos invitó a vivir. Bailamos y reímos casi hasta el amanecer y entonces, todavía me preguntó por qué, le dije:

-No hace falta que te lo diga, ¿verdad?

Sonrió y negó con la cabeza, con una tristeza que en cuestión de milésimas de segundo se había apoderado de  su mirada.

-No… no hace falta, pero sabes que es imposible.

Asentí y le di un abrazo. Me conformé con un abrazo. Yo, que siempre había sido de luchar por los imposibles, de convertirlos en posibles. Yo, que la había conocido hacía solamente tres días y no podía dejar de pensar en ella. Yo, que prefería caer mil veces antes que no haberlo intentado. Yo, que en aquel momento olvidé que tenía que volver a España y que ella volvería a Italia… Yo, que había olvidado que tenía una vida en la que ella no estaba. Yo, que había olvidado que ella tenía otra en la que yo no pintaba nada.

Seguimos viéndonos y coincidiendo, entre miradas cómplices y sonrisas a medias. La sentí distanciarse de mí, la vi alejarse de forma sutil, como se alejan los que no quieren hacer daño… Mientras iba contando los días y sabiendo que cada minuto era uno menos, y que cada día que pasaba ya no iba a volver. Entonces, empecé a sentir miedo porque sabía que sin querer, había empezado a quererla, con todas mis fuerzas, desde aquel martes de julio en el que el destino quiso que nos encontrásemos.

Me estaba volviendo loco, me ponía nervioso si pensaba en ella… Necesitaba salir de trabajar y encontrarla. Necesitaba escuchar su voz.  Me creí el imposible y empecé a querer, simplemente, verla sólo una vez más, porque empecé a tener miedo, empecé a temer no volver a verla y empecé a repetirme, una y otra vez, que me estaba volviendo loco… Me había enamorado, locamente además, de alguien a quien ni si quiera conocía, alguien a quien seguramente había idealizado en mi cabeza y alguien a quien seguramente no podría tener jamás. Me sentía culpable y egoísta… ¿Cómo podía sentir tanto por alguien a quien había visto cuatro veces en mi vida? Y entonces supe que no podemos sentirnos culpables por sentir… Porque sentir amor, sea en la condición que sea, es lo que realmente nos enciende el corazón y nos hace temblar el alma… Y además de París, no hay nada más mágico que eso.

Sabía que podía ser un gran error, pero no pude evitarlo. Faltaban dos días para coger aquel avión que me llevaría de vuelta a unas vacaciones que venían en forma de realidad, una realidad que me estaba atormentando. Le envié un mensaje y la cité en las escaleras de Montmartre para beber unas cervezas, para reírnos de las risas y sentir la ciudad a nuestros pies justo en el momento del atardecer… Apagué el teléfono. No quería ver la respuesta. Cogí el metro y fui hasta allí para estar puntual a la hora prevista. Esperé cinco, diez, quince, veinte minutos… Esperé una hora, esperé dos… Vi a muchas chicas rubias a lo lejos, con la sonrisa en los labios y su imagen se me borraba al tenerlas cerca… Me había equivocado, y lo peor, me había metido en una burbuja de un mundo que no era el mío, en un lugar donde no tenía que estar, suplicando poder ver a la mujer que no tenía que ser… Decidí hacer el camino de vuelta andando, perdiéndome entre la noche parisina, entre los jóvenes que se devoraban a besos y las familias que paseaban disfrutando del verano… Me sentí estúpido y avergonzado. No esperaba encontrar un mensaje cuando encendiese el teléfono. Bueno, miento. Sí lo esperaba. Esperé a llegar a casa y lo encendí. Me había escrito quince minutos antes de la hora a la que yo la había citado, me había escrito un: “Lo siento, me es imposible. Cuídate mucho.”, que me provocó una pequeña carcajada que me quemó el alma y la voz.

No le volví a escribir, pero no podía dejar de pensar en ella. Era incontrolable. El mismo domingo que cogía mi avión de vuelta, me crucé con Antonio y entre risas, estupidez y vergüenza, le conté lo que me había pasado…

-Yo estaba con Juan en ese momento. Ella estaba subiendo a Montmartre cuando su novio la llamó, por sorpresa, para decirle que estaba aquí. Me parece, amigo mío, que si no hubiese sido por ese pequeño detalle, habría acudido a la cita.

Sonreí cabizbajo y quise quitarle importancia. Nada, absolutamente nada, sucede por casualidad. Quizás tenía que ser así, tenía que aparecer él para evitar que yo la viese, para evitar que el mundo se desmontase a nuestro antojo, cuando ambas vidas respiraban tranquilas en su rutina y estabilidad. Me recuerdo perfectamente en el aeropuerto, apurando un cigarro en silencio, respirando el aire de París, sabiendo, a ciencia cierta, que cuando volviese dos meses después, ya nada volvería a ser como antes. La ciudad en la que había vivido los últimos dos años había cobrado vida en sólo dos semanas.

Cuando vi a Marta me sentí un cobarde y el mundo se me vino abajo cuando aquella noche, entre besos y sonrisas, quise hacerle el amor y sólo fui capaz de pensar en Isabella…

Dejé mi vida, dejé mi relación, dejé mi mundo porque me estaba encerrando en una mentira. Dejé todo de lado por una ilusión, por una chica mucho más mayor que yo, a la que sólo había visto sonreír entre cervezas, con la que sólo había hablado de la vida… Dejé todo de lado por una chica a la cual no había acariciado, a la cual ni si quiera le había robado un beso, una chica de la cual no sabía cómo era su aroma, cómo olía su pelo… ni si quiera cual era su película, su canción o su comida favorita… Dejé de lado mi mundo por un amor imposible, por una historia surrealista, por una persona que el destino había cruzado en mi vida para hacerme vivir de una forma que no conocía… Para hacerme sentir, aunque resultase imposible, que me estaba enamorando por primera vez… de alguien a quien no conocía, como las historias de verano, las de cuando tienes quince años. Ella, a la que no sabía si volvería a ver alguna vez en la vida… Hasta aquel día, dos meses después, en el que recibí un mensaje que decía: “No he dejado de pensar en ti… Te espero en Montmartre, esta vez de verdad”.

Y entonces, sólo entonces, empezó mi vida…

HIce esta foto desde el metro, camino a Trocadero y supe, desde aquel instante, que tenía que escribir sobre esta ciudad mágica...

HIce esta foto desde el metro, camino a Trocadero y supe, desde aquel instante, que tenía que escribir sobre esta ciudad mágica…

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Fui al teatro… y me reí mucho.

¿Alguien de l’Olleria podría imaginar que en una obra de teatro, en pleno corazón del centro de Madrid, se pronunciase el nombre de nuestro pueblo? Pues ayer pasó… y hoy te lo quería contar.

Hace sólo unas semanas, publicaba aquí una entrevista a David Laguía, Kirian Sánchez y Lucía Ramos para hablar de su obra de teatro: Porno Star. Ayer, por fin, me acerqué con unas amigas a los Teatros Luchana a disfrutar de ellos.

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Ya sabéis lo mucho que me gusta la gente con talento y lo mucho que me gusta la gente con ganas e ilusión. Ayer, sobre el escenario, vi a ocho actores con ganas de comerse el mundo, entregados, locos, divertidos e impecables, representando una obra que es suya, en todos los sentidos. David Laguía, Kirian Sánchez, Lucía Ramos, Belén CE, Rubén Bernal, Mario Alonso, Laura Calero y Marta Wall, bajo la dirección de Darío Facal, son los guionistas, productores y protagonistas de esta comedia que ayer llenó el teatro e hizo ponerse al público en pie.

Si os digo la verdad, tenía grandes expectativas. Algunos de los actores son muy amigos míos, les conozco desde hace años y sé lo mucho que trabajan y luchan por hacer de su vocación su profesión, es obvio que les quiero mucho y que creo en ellos. Sabía que me iban a gustar. Lo cierto es que mis expectativas se superaron con creces, y no sólo es que me gustasen ellos y me gustase el resultado de su trabajo, de su creación y de su esfuerzo; es que me encantaron. Me encantaron a mí y encantaron a todos los que estaban allí, que llenaron el teatro de carcajadas y buena energía.

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Ellos están brillantes, con unos personajes muy peculiares, cada uno con algo especial… Y la obra no puede ser más divertida. Porno Star es una mezcla de locura, humor, diversión y arte, convertida en una explosión de trabajo bien hecho. No puedo estar más orgullosa de ellos. De verdad.

Los recién estrenados Teatros Luchana se encuentran en la calle Luchana, en pleno centro de Madrid, un espacio moderno que estoy segura se convertirá, con el tiempo, en un clásico de la capital. Llegamos bien justas, pero llegamos cuando la gente todavía estaba en la cola para entrar. Buscamos nuestros asientos, se apagaron las luces, nos quedamos en silencio y empezó la función…

Empezó la función y empezó la magia, la magia del teatro, de ver en directo la ficción, de sentir al artista tan cerca, de ver la cara del público, escuchar las risas, sentir los aplausos, mirar las sonrisas en las caras de todos los que estaban ahí… Vi a un público entregado y vi a mis amigos convertidos en otras personas, les vi crecerse, creérselo y les vi disfrutar, y yo fui muy feliz.

Un prostíbulo sin clientes, unas prostitutas muy peculiares, alocadas, divertidas e inocentes. Un proxeneta con ganas de dinero y un chico tontito que acabará sorprendiendo a todos… Un director de cine, una estrella porno y una flamante joven que sueña con ser actriz… Todos ellos en un mismo escenario, con un proyecto en común: rodar una película porno para que sea un éxito y, sobre todo, para que una banda de la mafia rusa no acabe con todos ellos.

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¿Alguien de l’Olleria podría imaginar que en una obra de teatro, en pleno corazón del centro de Madrid, se pronunciase el nombre de nuestro pueblo? Pues ayer pasó… Una conversación entre dos de los personajes, un viaje al pasado, un intento de unir caminos, vidas y destinos… Un lugar y un nombre, y de repente escucho que aquello pasó en l’Ollera y que ella se llamaba Lorena. No pudo hacerme más ilusión y desde aquí quiero darle las gracias a mi querido David Laguía por un gesto tan, tan bonito y tan especial… Que me hizo soltar una carcajada y morir de ilusión. (Gracias brother, gracias y enhorabuena porque no puedes estar más espectacular…)

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Sentimientos, sueños frustrados, muchas risas, un final sorprendente e incluso alguna que otra historia de amor. Porno Star es una locura… pero alguien me enseñó una vez que sólo hay que arrepentirse de las locuras que no se cometen… así que ¡bendita locura!

Aún quedan dos semanas, hasta  30 de junio podéis encontrarles los lunes y martes a las 20:30 en los Teatros Luchana. Estoy segura que os gustará mucho y que, al menos en ese rato, desconectaréis del mundo y de la vida que hay fuera, para adentraros en una historia única que os hará morir de risa… Y reír, amigos míos, alegra y alarga la vida a cualquiera.

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Kirian Sánchez, David Laguía, Belén CE y yo, tras acabar la función.

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David y yo.

Mi más sincera enhorabuena a todos y cada uno de los actores de esta maravillosa obra, porque al final, las cosas hechas con ganas se notan y ellos están insuperables. ¡Muchísimas felicidades y mucho éxito!

Ayer fui al teatro y me reí mucho, así que muchísimas gracias por contagiarnos vuestra energía y vuestra magia.

Que no paren los sueños…

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Con Patri, Sara, Carmen y Sandra, mis chicas guapas, con las que fui a ver la obra.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

 

Ojalá.

Un té frío con sabor a piña colada, un mugcake de plátano y canela recién sacado de la nevera, Cometo durmiendo a mis pies, el sol fuerte al otro lado de la ventana… Martes, las letras, tú y yo. Mi momento favorito de la semana.

Hoy vengo con un relato, porque ya sabéis que son mi parte favorita, porque me encanta inventar historias y me encanta meterme dentro de los sentimientos y emociones de personas que no conozco, pero acabo haciendo que formen, de un modo u otro, parte de mí.

Este relato viene de forma distinta, en una especie de reflexión o monólogo interno en el que espero que mucha gente se siente identificada o que, al menos, encontréis un momento de vuestras vidas en las que estas líneas podrían haberos descrito perfectamente, porque estoy segura que a lo largo de la vida, todo ser humano conoce a un amor imposible que guarda con cariño en su corazón y entierra en su alma… Hoy te lo quería contar.

Leed despacito y disfrutad…

Ojalá

Ojalá supieses que recuerdo perfectamente la primera vez que te vi. Hace unos cuántos años y en aquel momento no sabía ni si quiera cómo te llamabas. Quién me iba a decir que mucho tiempo después acabarías robándome el sueño y las ganas. Siempre he pensado que no fue una casualidad que fuésemos en el mismo vagón de metro aquella mañana de marzo, como no fue casualidad que bajásemos en la misma parada, como no fue casualidad que aquella vez, perdida entre las páginas de un libro, levantase la mirada y me diese un vuelco el corazón. Aquellos vaqueros desgastados, aquellas zapatillas destrozadas, llenas de caminos hechos y de historias que yo no conocía, aquella camiseta verde que era la compañera perfecta para tus ojos y tu piel tostada… Supe que si quería volver a verte, debía hacer exactamente lo mismo que aquel día, al menos, esa era mi única esperanza. A la misma hora, en la misma zona del andén, para entrar al metro y encontrarte en ese vagón y así fue cómo me aseguré de verte cada mañana, de lunes a viernes, mientras durase el curso escolar. Ni si quiera me mirabas, todavía vestía el uniforme del colegio y tú ya ibas al instituto con los mayores. Nos separaba una calle entre tu instituto y mi colegio, mi amiga Claudia me acompañó a seguirte para confirmarlo. Nunca tuve tantas ganas de ir a clase, ni tantas ganas de despertarme por las mañanas. Ojalá supieses que te miraba cada mañana, que analizaba tus gestos, tu ropa e imaginaba cómo sería tu olor, a qué sonaría tu risa, cuáles serían tus películas favoritas o qué querrías ser de mayor… El cinco de mayo de aquel año hubo una avería en el metro, y estuvimos quince minutos parados en Alonso Martínez que a mí me pareció una maravilla, fue la primera vez en la que nuestras miradas se cruzaron y me sonreíste como quien sonríe a alguien en el metro, seguido de un suspiro, un “¡menudo rollo!” con la mirada… y a mi me tembló el corazón. Empecé a obsesionarme contigo y a saber que quería conocerte. Muchas veces me he preguntado si alguna vez te diste cuenta que estaba ahí todas las mañanas, la niña rubia del uniforme que se ponía nerviosa sólo de sentirte cerca… Jamás me atreví a preguntarlo.

Ojalá supieses que empecé a quererte cuando no sabía ni lo que era querer, que empecé a averiguar quienes eran tus amigos e incluso quien era la chica que te gustaba. Visto desde lejos, resulta obsesivo, pero sé que fue algo inocente y bonito, algo puro y verdadero, fue una necesidad de saber de ti, de querer que nuestros caminos encontrasen el modo de cruzarse… Aquellos primeros meses pasaron como relámpagos, demasiado rápidos, y muy a mi pesar el curso terminó. Por aquel entonces ya sabía tu nombre y sabía que quizás aquellos días serían los últimos de nuestra historia, de una historia que para mí era nuestra y para ti no existía. Aquel verano empecé a salir con mi primer novio, rogándole a la vida que nos volviésemos a cruzar, sólo necesitaba verte una vez más, al menos una.

Llegó septiembre y tras una semana sin coincidir en ese vagón que tanta ilusión me había regalado, me acerqué un día a la puerta de tu instituto y no te vi entrar, vi a tus amigos e incluso a la chica que te gustaba, pero no, no estabas. Podría haber sido más valiente y haberme acercado a preguntar, ¿pero qué les decía si querían saber quién preguntaba por ti? Nunca lo hice.

Ojalá supieses que los años que siguieron fui muy feliz, tuve varios novios en varias relaciones de las que siempre solía cansarme. Empecé la universidad y puedo decirte que no todos los días, pero si de vez en cuando, pensaba en ti. Me preguntaba dónde estarías, qué habría sido de ti, a qué te dedicarías, si tendrías novia o si seguirías en Madrid… Cuando las relaciones y los caminos se cruzan, acabamos pensando lo pequeño que es el mundo, cuando en realidad sabemos que vivimos en un mundo muy grande, donde viven millones de personas, y no nos damos cuenta que estas conexiones no son porque el mundo sea pequeño, son porque simplemente hay vidas y caminos destinados a estar conectados, por coincidencias de la vida o en forma de amigos en común.

En segundo de carrera, organizamos una fiesta maravillosa, con las emociones de los universitarios a flor de piel, con las ganas de comernos el mundo y la seguridad de que nos lo íbamos a comer, con los juramentos de amor eterno a esos compañeros que eran amigos inseparables desde el año anterior. Ojalá alguien me hubiese preparado para aquello, para entrar a aquel garito, con aquellas copas de más y encontrarte en la barra, riendo con unos amigos. Ojalá me hubiesen preparado para ver cómo Olivia, una de mis mejores amigas de la universidad, te daba un abrazo u ojalá alguien me hubiese preparado para asimilar que en aquel primer reencuentro, después de varios años, tú me ibas a devorar con la mirada y a sonreír y pedir que nos presentasen. “Este es mi primo Juan“, cayó en seco sobre mis oídos, intentando asimilar las cosas que tiene la vida, intentando averiguar si quería reírme a carcajadas o salir corriendo porque sentía miedo. Sí, ojalá supieses que aquel día sentí miedo, miedo de tenerte tan cerca, miedo de que me mirases así, miedo de que algo con lo que había soñado durante tantos días e incluso años, fuese una realidad. A veces, los seres humanos somos así.

Ojalá supieses que recuerdo todas y cada una de las veces en las que fuimos coincidiendo, sin coincidencia, después. Empecé a creer que te gustaba, es más, estaba completamente segura de ello, porque era verdad. Ojalá supieses que cuando me enviaste el primer mensaje, yo ya tenía guardado tu número de teléfono y que me dio un vuelco el corazón cuando vi tu nombre en la pantalla de mi teléfono. Ojalá supieses que no te besé la primera vez que quedamos a solas porque no quería estropearlo, aunque me estuviese muriendo por hacerlo. Ojalá supieses que grabé a fuego en mi memoria tu perfume la primera vez que te di un abrazo.

Ojalá supieses que aquella noche, en la que mis padres no estaban y dormiste en mi cama, fue la mejor noche de mi vida. Ojalá supieses que intenté memorizar cada beso, cada caricia, cada risa, cada suspiro, cada gota de sudor y felicidad en nuestros cuerpos… Ojalá supieses que me he alimentado de esos recuerdos en infinitos momentos de mi vida. Ojalá supieses que estaba locamente enamorada de ti, desde que llevaba uniforme e iba al colegio. Ojalá te hubiese contado que cada mañana cogía aquel metro sabiendo que estarías dentro de aquel vagón. Ojalá te hubiese dicho lo importante que eras para mí, y que llevaba media vida soñando contigo. Ojalá no te hubiese idolatrado tanto y hubiese asimilado que eras un ser humano más, normal, corriente, un chico con una vida normal, con ambiciones e inquietudes, con ganas de risas y buen rollo, con ganas de sexo sin compromiso. Ojalá no me hubiese enamorado de ti. Ojalá.

Ojalá no hubiese tenido que escuchar aquello de eres “la mejor amiga del mundo“, cuando habría matado por poner en tus labios “eres el amor de mi vida“. Ojalá hubiese tenido más fuerza para contarte toda la verdad y explicarte toda nuestra historia, sí, que para mí era nuestra y para ti lo era a medias. Ojalá no me hubiese querido comportar como colega, sólo para mantenerte cerca, ojalá no hubiese tenido que acostumbrarme a ello sin poder besarte ni si quiera una vez más, sin tener que tragar un dolor que me estaba quemando el alma, ojalá te hubiese olvidado.

Ojalá me hubiese enamorado de otra persona como tú lo hiciste, ojalá no hubiese encontrado tu nombre y tu cara en mil canciones, en mil novelas de amor o en mil películas que me habría encantado ver contigo. Ojalá hubiese querido al resto de chicos que pasaron por mi vida después, la mitad de lo que te quise a ti. Ojalá, al menos, no te hubieses olvidado también que era tu amiga. Ojalá no la hubieses conocido a ella y ojalá no me hubieses apartado del todo.

Ojalá supieses que sigo mirando el móvil, mientras veo que estás “en linea“, mientras deseo con rabia un “escribiendo…” que no llega ni ha llegado nunca más. Ojalá supieses que sigo mirando tus fotos y que te sigo queriendo como el primer día, como tú nunca pudiste quererme, como tu nunca sabrás que yo te quería…

Ojalá no tuvieses tu vida y ojalá yo no tuviese la mía, ojalá nos hubiésemos encontrado de otra forma, ojalá nos hubiesen acompañado otros sentimientos, ojalá volvamos a vivir otra vida para empezar nuestra historia desde el principio. Ojalá no supiese que mañana te casas y ojalá hoy no hubiese derramado ni una sola lágrima.

Ojalá pudiese volver a aquel vagón, y cambiar todo desde el minuto cero, ojalá pudiese volver a aquel instante y mirar hacia otro lado, sin fijarme en tus vaqueros desgastados o esa camiseta verde que tanto te favorecía. Ojalá pudiese volver y haberme retrasado tres minutos en todos los días de después para coger el siguiente metro…

Ojalá me hubieses querido, como yo te quise, como yo te quiero.

Imagen de Google.

Imagen de Google.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

La verbena de Alma en Pena.

Me está gustando esto de empezar el día con vosotros… A pesar del calor, ahora mismo corre un airecito por mi casa maravilloso, tengo mi té verde preparado y las ganas de comerme el martes a bocaos. No os podéis imaginar las ganas que tengo de escaparme a la playa, cada vez que salgo a la calle en Madrid y siento este calor, pienso lo mucho, muchísimo, que echo de menos el mar, mi tierra y mi casa.

Y claro, hablando de verano, de calor y de playa… Me es inevitable pensar en la ropa y los complementos de estas fechas. Aunque este blog no esté muy relacionado con la moda, no puedo dejar de confesaros que ella me apasiona, me encanta estar al tanto de las tendencias y saber cuáles son las prendas top de la temporada y aunque mi estilo no es muy estricto porque suelo combinar un poco de todo, supongo que tengo un estilo actual que seguramente aunque yo no sea muy consciente, me define ante los demás, y  claro, he de confesar que, al final, siempre acabo picando en las prendas más aclamadas de cada colección, pero bueno, supongo que eso nos es un poco inevitable a todas.

Como amante de la moda, de vez en cuando, me gusta dejarle un espacio en este blog y más si se trata de Alma en Pena.

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Los que me leéis desde hace tiempo, no necesitáis que os presente a esta maravillosa firma. Los que habéis llegado hace poco y no la conocéis, estoy segura que después de este post y ver las fotos, os vais a enamorar de sus diseños.

Hace sólo unas semanas, asistí al evento de la presentación de la colección primavera/verano 2015 de Alma en Pena. Es mi tercer evento con la firma, y es uno de mis preferidos cada temporada, sin ninguna duda. De la mano de Nboca Comunicación (www.nboca.es) , organizaron una fiesta maravillosa dónde el buen ambiente,las flores, las guirnaldas, los colores, las luces y la alegría del verano daban forma a una especie de verbena que no pudo obtener un mejor resultado.

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Música en directo de la mano de Showpai, comida y bebida excelente de la mano de Sobejano Catering y un sin fin de sandalias, cuñas, zapatillas y tacones decoraban el local en pleno Malasaña (mi barrio favorito de Madrid).

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Arancha Martí, Sara Sálamo y Patrick

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Vanesa Romero y Mónica, de Alma en Pena. Imagen de la web de la firma.

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Víctor, de Sobejano Catering. Imagen de la web de la firma.

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Vanesa Romero y Showpai de fondo. Imagen de la web de la firma.

Como ya os he contado otras veces, Alma en Pena es una firma para una mujer fuerte y con fuerza. La firma, cuya seña de identidad son las piedras y brillantes para vestir nuestros pies, se supera  más cada temporada, si cabe. Cuando veo sus zapatos, pienso en una mujer actual, valiente, trabajadora, luchadora, todoterreno, que vive el día a día con ganas, con mil cosas que hacer, que trabaja, que le gusta salir y pararse a tomar un café o una cerveza con amigos, que necesita ir cómoda para llevar este ritmo y sobre todo, necesita ir elegante, sofisticada y sentirse única. Este es el tipo de mujer que me gusta y el tipo de mujer a la que me imagino con unos Alma en Pena en sus pies.

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Mónica de Alma en Pena con las actrices Sara Sálamo y Arancha Martí.

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Arancha Martí

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Sara Sálamo

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Pero la firma va más allá, y está dispuesta a vestir a mujeres de todo tipo, basándose siempre, desde mi punto de vista, en la elegancia, la comodidad y la originalidad.

Numerosos medios de comunicación estuvieron allí para no perderse ni un detalle de esta colección, y numerosas revistas de moda hablaron después sobre el maravilloso evento.

Por supuesto, el evento contó con la presencia de la actriz Vanesa Romero, que es imagen de la firma y estuvo allí posando para la prensa y disfrutando de la fiesta de principio a fin.

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La actriz Vanesa Romero posando para los medios.

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Yo acudí con mis amigos, las maravillosas actrices Sara Sálamo y Arancha Martí, Patricio Rodriguez y Rebeca Marcos, y fue una tarde maravillosa.

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Arancha, Patrick, Sara y yo, con Carmen Barrios de Nboca Comunicación.

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Rebeca, Patrick y yo con Ana y Carmen, de Nboca, y Mónica, de Alma en Pena.

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Sara, Arancha, Patrick y yo.

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Supongo que cuando las cosas se hacen con tanto gusto, tanto cariño y tanta profesionalidad, nada puede salir mal, ¿verdad? Así que una vez más, mil felicidades a Alma en Pena y Nboca Comunicación por dejar el listón tan alto… ¡Nos vemos en la próxima!

Por supuesto, yo ya tengo mis Alma en Pena para pisar con fuerza este verano… Y tú, ¿te vas a quedar sin ellos? No te puedes perder su web porque te vas a enamorar, además cuentan con una tienda online donde sus zapatos pueden llegar hasta donde estés. www.almaenpena.es 

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Feliz martes, amigos.

Lorena.

Libertad.

Madre mía… No os podéis imaginar la felicidad que me produce pensar que a partir de ahora, y durante unos meses, cada vez que me siente frente al ordenador para reencontrarme con vosotros va a ser así. Con el día resistiendo en la ventana, con los niños jugando en mi urbanización, sus risas, sus patines y su pelota. ¡Cómo me gusta la primavera! ¡Cómo me gusta el sol y qué buena energía me dan estos días!

Hoy vengo con un relato, que ya nos tocaba. Siempre digo que existen dos tipos de amor: el bueno y el malo, y siempre pienso que para encontrar el bueno, alguna vez has tenido que conocer el malo, para saber que de ese ya no querrás saber nada nunca más. Hoy os traigo un relato que habla de esto, un relato en el que podéis poner nombre en vuestra cabeza a sus personajes, podréis imaginarles cómo queráis y podéis poner como decorado la ciudad que más os apetezca. Es más, os propongo que me contéis cómo imagináis su físico, qué nombre creéis que podrían tener y en qué ciudad imagináis que se desenvuelve la historia… Será divertido.

Leed despacito, como siempre… 🙂


 

Libertad.

 

Que suene una canción y escucharla en el más absoluto silencio es un verdadero placer. A veces, no nos damos cuenta que tenemos a nuestro alcance el poder disfrutar de pequeños momentos que son capaces de llenar nuestra alma, podemos suspirar tranquilos, podemos disfrutar de algo que se va a meter poco a poco dentro de nosotros. Dejamos salir un poco del dolor que queda dentro a través de un suspiro… y entonces, cuando sentimos ese vacío que ha dejado en nuestro cuerpo y nuestros sentimientos, sabemos que en el momento que empecemos a dedicarnos pequeños momentos y nos dediquemos a lanzar suspiros que se lleven en el aire el daño que nos han hecho, nos sentiremos un poco más libres, nos sentiremos un poco más nosotros mismos y que poco a poco, conseguiremos estar en paz. El tiempo todo lo cura, o eso dicen.

Aquella tarde de viernes estaba cargada de energía fuera de mis ventanas. El sol y la primavera sonreían complacientes, cogidos de la mano, observando a todos aquellos que reían a carcajadas en las terrazas, observando a los que paseaban y a los que andaban con prisa, observaban desde algún lugar a todos los que iban y venían, a los que cogían trenes o aviones, a los que daban por finalizada una semana de trabajo, a los que se besaban en las esquinas o los que abrazaban a sus amigos. En el lado de la ventana en el que estaba yo, se respiraba un aire más bien gris y frío, que poco tenía que ver con la realidad del mundo exterior. En ese lado de la ventana, se respiraba el aire que mi mente y mi corazón guardaban en silencio, queriendo sacarlo todo fuera y sin saber muy bien cómo hacerlo. Un hilo de luz, resplandeciente, se colaba entre las cortinas de mi casa, un hilo de luz que rozaba mi pierna, que acariciaba mi piel, un hilo de luz que quise interpretar como una pequeña esperanza en un alma llena de tinieblas y soledad. Porque siempre, en la más triste oscuridad, hay un hilo de luz que te acompaña.

Me quemaba el corazón, me quemaban las ganas, me quemaba el amor y me quemaba cada poro de la piel, sobre todo en la espalda, quizás porque era el momento en el que iba a renacer, en el que iba a volver a tener alas, en el que podía volver a sentirme libre y en el que iban a volver los resquicios de una libertad que alguna vez sentí inmensa, mía, y fuerte.

Siempre me gustaron las personas entregadas, las que tienen ilusiones y risas constantes en la cara, las que aman sin condición, las que quieren con fuerza y con pasión. Siempre me gustaron las personas que están dispuestas a sorprender y siempre están felices cuando reciben una sorpresa. Siempre me gustaron las personas llenas de energía, de sueños, de anhelos. Siempre me gustaron las personas educadas, alegres, divertidas, inteligentes y apasionadas. Siempre creí ser una de esas personas y todavía me pregunto en qué momento dejé de serlo.

Muchas veces, a lo largo de mi vida, me he preguntado qué era en lo que habíamos fallado los seres humanos a lo largo de la historia para haber convertido el mundo en el que vivimos en un mundo tan vacío de tantas cosas, en un mundo irracional donde la gente asesina, donde personas mueren de hambre y donde una conversación escrita en un teléfono móvil es, para la mayoría, más importante que apartar ese cacharro y disfrutar de un café tranquilo con un amigo. El mundo, el amor, las personas y la vida se volvieron hace tiempo completamente locos… Y en algún momento que no recuerdo, yo me había dejado llevar por esa locura, por esa irracionalidad y ese vacío que tanto me atemorizaba.

No voy a entrar en detalles para contar algo que todos hemos vivido alguna vez: para contar cómo cogieron mi corazón y lo destrozaron en mil pedazos. Todos hemos vivido el desamor, pero por suerte, no todos hemos vivido una historia cómo la que he vivido yo. No entraré en detalles para decir que un día cualquiera, por una casualidad, con un beso apasionado, sellé un amor que yo creía eterno, cómo me dejé llevar por ese amor y cómo entregué mi cuerpo y mi alma hasta tal punto que los vendí a cualquier precio, por partes, como si de una enciclopedia entregada a tomos se tratase.

Me entregué ciegamente a una persona que me hizo creer que yo era lo más importante de su vida, que adoraba todas y cada una de mis virtudes y sonreía ante mis defectos, una persona que me besaba y me acariciaba, que me hacía el amor por las mañanas y me preparaba café los domingos. Una persona a la que le enseñé cada trocito de mi cuerpo, una persona a la que le hice un recorrido por cada resquicio de mi ser, una persona que me llenó de ilusión y vida, una persona que con el tiempo dejó de ser esa persona.

No quiero echarle la culpa a las rutinas, a la confianza y a la convivencia, porque echarle la culpa de lo que nosotros hacemos a algo que simplemente nos envuelve, me parece egoísta y desorbitado. La culpa la tuvo él, por esa personalidad que yo no entendía, y la culpa, sobre todo, la tuve yo, por perder esa personalidad que era sólo mía. Los primeros gritos se asociaron al trabajo, al estrés, y cuando lloraba desconsoladamente y me besaba, cuando me pedía perdón, entonces yo me culpaba por no ser más comprensible, y ahí iba perdiendo un poco de mí, me hacía un poco más pequeña y le iba entregando los primeros tomos de mi existencia. No por ser incomprensible, sino por permitir que alguien me gritase.

Con el tiempo, resulta que todo lo que antes hacía bien, ahora lo hacía mal. Desde elegir la ropa por la mañana, hasta llamar a un amigo para ver qué tal estaba. Incluso el café que preparaba todos los días, ya no tenía el mismo sabor, debía ser eso lo que le hacía tomarlo en silencio y casi sin mirarme a la cara. A veces, aparecía con un ramo de rosas por la puerta, porque sí, por ser un día cualquiera de nuestra historia y nuestra vida juntos, y entonces me daba cuenta de lo afortunada que era. Segunda entrega de mi alma y mi vida.

Me quería tanto que no podía soportar que otros me mirasen, que mis compañeros de trabajo quisiesen que yo les acompañase a tomar unas cañas después de la jornada o que mis amigos de toda la vida me dijesen en un mensaje que me echaban de menos o me querían. ¿Qué despropósito era ese? Me quería tanto que no podía soportar que alguien más me quisiese y por supuesto no podía soportar que yo contestase esos mensajes, que me fuese de cañas o que sonriese si alguien me miraba. Otra vez gritos y lágrimas. ¡Qué sinvergüenza yo, que estaba provocando todo aquello! ¿Esa era mi forma de querer? Eso no era querer y si seguía así me iba a quedar muy sola. Tercera entrega de mi vida, con mil anécdotas que no te voy a contar, porque me moriría de tristeza, no por ti, sino por mí, por haber aguantado algo así… Y me fui haciendo cada vez más pequeña, más desconfiada, más introvertida, más distante, más rara… Y dejé de ser quien era.

Una noche discutimos tanto que se atrevió a pegarme una bofetada. Lloramos los dos y él pidió perdón por haber perdido los papeles y los nervios. Yo no hablé en dos días… Era una sombra vagando entre las paredes de mi casa, que me parecía más triste y fría que nunca. Le perdoné porque él me quería, debía ser que esa si era una buena forma de querer. Debí perder tanta fuerza en mi cabeza que acabé perdonando aquello y entendiendo que sólo había sido por culpa de los nervios y el momento.

Y pasaron los años y mi vida se vio limitada de la oficina a casa, y de casa a la oficina. No recordaba la última vez que había visto a mis amigas o a mis amigos, y por supuesto, hacía mucho que no recibía ningún mensaje de nadie. Por una vez en su vida, él tenía razón: me había quedado sola.

La soledad puede matarte de pena, o puede hacerte fuerte. No lo olvides.

Que suene una canción y escucharla en el más absoluto silencio es un verdadero placer. A veces, no nos damos cuenta que tenemos a nuestro alcance el poder disfrutar de pequeños momentos que son capaces de llenar nuestra alma, podemos suspirar tranquilos, podemos disfrutar de algo que se va a meter poco a poco dentro de nosotros. Dejamos salir un poco del dolor que queda dentro a través de un suspiro… y entonces, cuando sentimos ese vacío que ha dejado en nuestro cuerpo y nuestros sentimientos, sabemos que en el momento que empecemos a dedicarnos pequeños momentos y nos dediquemos a lanzar suspiros que se lleven en el aire el daño que nos han hecho, nos sentiremos un poco más libres, nos sentiremos un poco más nosotros mismos y que poco a poco, conseguiremos estar en paz. El tiempo todo lo cura, o eso dicen.

Aquella tarde de viernes, en la que el sol y la primavera observaban la buena energía que les mandaban a aquellos mortales que paseaban por la tierra, decidí cambiar mi vida. Aquella tarde de viernes escuché una canción en silencio, la escuché tantas veces como lágrimas quedaban en mi cuerpo, suspiré en silencio y fui sacando parte de un dolor que casi no me dejaba respirar: el dolor que producen las faltas de respeto, el dolor que produce la falta de cariño, de confianza y de complicidad, el dolor que produce entregarse tanto a alguien y perder la esencia de uno mismo. Aquella tarde de viernes, la soledad me agarró fuerte de la mano y me pidió que me levantara del sofá. Fuera, había un mundo lleno de sol, de terrazas llenas de gente, de colores alegres, de macetas llenas de flores, de cervezas fresquitas sobre las mesas, de risas sanas, de gente alegre, de la que a mí me gustaba, de la que alguna vez fui. Hice una maleta con pocas cosas. Cuando uno decide cambiar su vida, a veces, es mejor dejar todo atrás, porque es inevitable que los recuerdos te persigan, pero si cambias el decorado, los recuerdos se ven de otro color, y parecen mucho más lejanos.

Un pequeño instante puede cambiar toda una vida. Quizás fue una canción, o fue un rayo de sol entre mis cortinas… Cuando le dije que me marchaba, por supuesto, ardió Troya, pero no lloré y esta vez, cuando me agarró del brazo, le dije que no me volviese a tocar nunca más.

Me instalé en casa de quien siempre había sido mi mejor amigo, aunque yo me hubiese ido, supongo que los buenos amigos se quedan siempre, en silencio, observando los errores que cometemos desde lejos, para salir en nuestra ayuda en el momento que necesitamos que nos rescaten, que nos resuciten, que nos salven.

Hay decisiones que aunque se deberían tomar mucho antes, alguna vez han de ser tomadas. De aquello aprendí muchas cosas, pero sobre todo, en la vida, he aprendido que sólo quiero rodearme de gente que me quiera de verdad, con respeto y cariño, de gente que me coja de la mano y me sonría, quiero mil canciones en silencio y mil suspiros que se lleven el dolor que una vez estuvo dentro. He aprendido que mi personalidad es mía, y una vez se resurge de entre las cenizas nadie puede volver a cortarte las alas, porque nunca más permitirás que te roben, por amor, tu libertad.

Imagen de Google.

Imagen sacada de Google.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

 

Las cosas que no nos dijimos.

Este ya es un martes como los de siempre: una tarde tranquila, con una infusión en la mano, el silencio en mi casa y mi reencuentro con vosotros.

Si os digo la verdad, no sabía muy bien qué iba a escribir hoy… Además, hace un rato, después de estar trabajando en una cosa en el ordenador durante varias horas, no sé qué he hecho, pero lo he borrado todo… ¡Qué rabia da eso! Así que tras el rato de mal humor que he pasado, como si de una señal se tratase, Cometo ha decidido acercarse al mueble dónde tengo algunos libros y extraer uno con sus patitas para intentar cogerlo con su boca y que yo corriese detrás de él… Es su forma de decirme “¡ven a jugar conmigo!“. Así pues, Cometo ha decidido que ese libro sería el protagonista del post de hoy.

No conozco a ningún niño que no le gusten los animales. Los niños, cuando aún son inocentes y no saben ni que existen muchas de las cosas horribles que hacen los adultos, aman sin condiciones, como lo hacen los animales desde que nacen hasta que mueren. He de reconocer que, a pesar de que siempre me han gustado los animales y que desde muy pequeña he tenido perro en casa de mis padres o de mis abuelos, desde que le tengo a él, siento un amor mucho más profundo por todos ellos, entiendo con más fuerza el respeto y compromiso que los seres humanos deberíamos tener con los animales y no puedo dejar de morirme de rabia cuando veo algún caso de maltrato o abandono a un ser que entiende de fidelidad y de amor mucho más de lo que entenderemos nosotros jamás.

Los que me seguís en Instagram (@lorenacorcoles), seguro que ayer visteis una foto que colgué. Ayer Cometo cumplía dos años, pero hasta dentro de tres meses no hará dos años que llegó a mi vida… Quizás os haya explicado ya alguna vez cómo llegó, pero hoy te lo quería contar.

Mi cumpleaños siempre es para mí algo muy especial, me encanta reunir a todos mis amigos, me encanta celebrarlo en Madrid, en l’Olleria, con mis amigos de aquí, con  mis amigos de allí… Me encanta que la gente me acompañe en un día tan especial, en el que celebro un año más de vida, de salud, de aprendizaje, de cosas buenas y malas… Lo que no podía imaginar hace dos años es que iban a hacerme el mejor regalo que me han hecho y me harán jamás.

Me suena raro hablar de Zara como mi amiga, porque realmente es mucho más que eso. Ella es mi hermana, mi mitad, mi alma gemela aún siendo infinitamente distintas, ella es mi confidente y la persona que más consentida me ha tenido nunca. Ella es mi Cometa. Aquel viernes en el que yo celebraba mi cumpleaños, ella me escribió para decirme que me esperaba en mi casa cuando yo saliese de trabajar y que a partir de ahí empezaría mi regalo.

Recuerdo que estaba nerviosa (como una niña pequeña, sí.). Abrí la puerta y en el interior de mi casa sólo se escuchaba silencio y yo me tuve que reír. En el suelo, un paquete cuadrado (del tamaño de un libro), aguardaba envuelto. De repente, unos segundos después, apareció él corriendo por el pasillo, con un lazo rojo, tan pequeño, tan suave, tan travieso, tan lleno de vida… Cometo vino a recibirme como si ya me conociese, como si supiese que iba a ser mío, como si entendiese, de algún modo, que en ese instante, empezaba nuestra historia y nuestra aventura juntos. Lloré, lloré de sorpresa, de felicidad y de emoción.

Hace casi dos años de aquello. Casi dos años de amor incondicional, puro, verdadero, de alegrías, de trastadas (es taaaan travieso), de dormir siestas juntos, de abrazos, de paseos por el parque, de besos… Sólo los que compartís vuestra vida con una mascota, sabéis bien del tipo de amor que hablo.

Aquel día, como os he dicho, un libro envuelto me esperaba en la entrada de mi casa para despistarme, y hoy Cometo, con sus dos años recién cumplidos, lo ha sacado de la estantería para hacerme rabiar y que fuese tras él para jugar. Hoy, sin ninguna duda, tenía que hablar de esto.

Portada-Cosas

¿Y si tuvieras una segunda oportunidad? Una novela que invita a creer en lo increíble. Cuatro días antes de su boda, Julia recibe una llamada del secretario personal de Anthony Walsh, su padre. Walsh es un brillante hombre de negocios, pero siempre ha sido para Julia un padre ausente, y ahora llevan más de un año sin ver se. Como Julia imaginaba, su padre no podrá asistir a la boda. Pero esta vez tiene una excusa incontestable: su padre ha muerto. Con más de 15 millones de ejemplares de sus novelas vendidos en todo el mundo, Marc Levy se ha convertido en un referente indiscutible de la literatura contemporánea. Con su nueva novela, Las cosas que no nos dijimos, Levy va un paso más allá y arrastra al lector a un universo del que no querrá salir.” (Sinopsis de La Casa del Libro)

Las cosas que no nos dijimos narra una historia increíble, pero de las que atrapan, me gustó mucho, porque ya sabéis que yo doy mucha importancia al tiempo, a no dejar nada en el tintero, a demostrar a aquellos a los que queremos que así es lo que sentimos, le doy mucha importancia al amor, a las historias difíciles pero no imposibles, al cariño, al respeto y al intentar hacer las cosas de la mejor manera posible, porque la vida, amigos míos, pasa demasiado rápida. Este libro, para mí, recoge todos estos ingredientes.

El padre de Julia, aún ausente, intentará demostrarle (aunque tarde) a su hija lo mucho que la ha querido e intentará pedirle perdón, de un modo un tanto inverosímil, por aquellas pequeñas y grandes cosas que se perdió de su vida. Intentará, además, rectificar en uno de los errores que más le pesaron durante el tiempo: separar a su hija del que fue el gran amor de su vida.

Marc Levy nos presenta esta novela para que reflexionemos sobre la vida, para reflexionar sobre aquellas personas que son esenciales y a las que seguramente no se lo demostramos. A través de las páginas y las palabras, nos hace cuestionarnos qué haríamos si pudiésemos volver atrás, y qué queremos hacer realmente con el tiempo que nos queda.

Sinceramente, creo que si no conocéis la novela, os va a gustar mucho.

Porque, dime… ¿Qué harías tú si tu vida se acabase y tuvieras una segunda oportunidad?

Gracias por una semana más.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

 

Cuenta conmigo.

¡Qué tarde se me ha hecho hoy! Desde que cambiaron la hora y el día dura más, siento la necesidad de quedarme todo el tiempo en la calle, disfrutar de mis amigos, de mi Madrid, del ambiente, del buen tiempo… … Sigue leyendo