Sus Números Cardinales y mi primera vez

Voy a volver a escribir sobre música, sobre talento y humildad. Poneros cómodos porque vengo tan intensa como de costumbre… Bueno, quizás esta vez más.

¿Sabéis cómo es esa sensación de cuando una canción se te mete dentro del alma y te estruja el corazón? ¿Os podéis imaginar cómo es cuando un mismo artista consigue crear en ti esa sensación con la mayoría de sus canciones? Os aseguro que puede pasar, pero creo que debo empezar por el principio… Y hoy te lo quería contar.

Esta historia empieza con la voz de mi amiga Lydia (mi Loly) diciéndome muy emocionada tras un concierto: “Tía, que yo le he visto cantar en Libertad para 30 personas y hoy le he visto llenar el Palacio de los Deportes. No puedo estar más feliz…”. Me había hablado de él y de su música tantas veces que estaba claro que, tarde o temprano, alguna canción tendría que escuchar. Aquella noche llovía, lo recuerdo perfectamente, yo estaba en el teatro viendo a mi amiga Sara actuar y Lydia en el concierto del que un tiempo después se convertiría en uno de mis cantautores favoritos, pero claro, por entonces no lo sabía. Entre sus viajes de Valencia a Madrid, aquella noche en la que llovía, Lydia vino a dormir a casa y precisamente fue en la mañana siguiente cuando no pudo aguantarse más, me pidió que prestase atención y dejó sonar en su móvil los primeros acordes de Números Cardinales. Cuando acabó el último verso supe que necesitaba más y más. Después sonó Ya Verás, con Funambulista y se convirtió también en una de mis favoritas desde entonces, para siempre.

Cuando acabó 2017 y decidí volver al blog ya os hablé de Andrés Suárez y de cómo algunas de sus canciones se habían convertido en la auténtica BSO de mi año, y así fue (nunca mejor dicho). No supe parar, no quería parar. No sé si fue poco a poco o si fue todo a la vez, lo único que sé es que desde aquel día no ha habido ni uno solo (y os prometo que no exagero) en el que no le haya escuchado. No sé en qué momento empecé a aprenderme todas las letras de memoria y empecé a recuperar el tiempo que había perdido, descubriendo cada uno de los temas de los discos anteriores. No sé en qué momento él cambió, por completo, lo que sonaba en mis reproductores.

Unos meses después llegó Desde una Ventana y, como no podía ser de otro modo, Lydia me lo regaló. Aquella noche hicimos un viaje de Madrid a Valencia y fuimos descubriendo su nuevo trabajo emocionándonos y sonriéndonos en el coche. Ya no había escapatoria, me declaré fan absoluta de su talento, de su voz y de su música. 

Desde aquel entonces, obviamente se había creado una necesidad en mí que tenía que solucionar y cuando compré las entradas para ir a verle en el Circo Price tuve que sonreír.

No sabéis lo que sentí el pasado jueves cuando le vi salir al escenario, cuando la banda empezó a tocar y cuando pude escuchar en directo todas y cada una de las letras y melodías que me han hecho reír, llorar e incluso bailar (de verdad) en los últimos meses de mi vida… Y es que él, aunque escriba poemas de los que duelen y encogen el corazón, también me da muchísima Contentor... Así es la magia y en sus canciones de eso hay para un buen rato.

Vivir durante dos horas en ese concierto, olvidándome del mundo y grabando algún que otro stories para Instagram (bueno, unos cuantos. Bastantes. Muchos) fue algo que no voy a olvidar jamás. Se creo un ambiente tan bonito que, en algunas canciones, aunque me sabía la letra de principio a fin, fui incapaz de cantar. Solo quería escucharle a él y guardar en la memoria esa primera vez. Nuestra primera vez. La primera de muchas, no me cabe ninguna duda.

Me gusta mucho escuchar a los músicos hablar entre canción y canción, me gusta ver esa cercanía, esas bromas con el público, esas risas… Y aquella noche pasaron cosas realmente mágicas. Que hace un tiempo le llegase, por casualidad, un vídeo en el que un joven interpretaba una de sus canciones y que él luchase por localizarle, que esa noche le invitase a subir al escenario con él, que consiguiese que el teatro entero se pusiese en pie para aplaudirle y que le regalase así una de las experiencias más bonitas, seguro, de su vida, fue algo muy especial. No obstante, he de decir que de ese momento me quedo con la lección que Suárez nos quiso dar, de cómo nos hizo más conscientes de que hay mucho talento por descubrir y que no es más artista aquel al que le rodean los escenarios y los focos. El talento, queridos míos, no se mide de ese modo… Si ese momento consiguió emocionarme, no os puedo explicar lo que sentí cuando Diego Cantero, de Funambulista, salió a cantar esa canción que hace poco más de un año sonó en el móvil de mi amiga Lydia justo el día en el que descubrí al cantante de Más de un 36. Wow, aún se me ponen los pelos de punta…

Lloré con Rosa y Manuel, suspiré con Walt Disney y una exquisita Elvira Sastre recitando para nosotros, bailé con Ahí Va La Niña, canté con Ahora ya Fue y me llené de recuerdos y nostalgia con Te Di Vida y Media, entre muchas otras.

No hay vuelta atrás. La música de Andrés Suárez me ha conquistado a niveles insospechados. Este es el principio de nuestra historia, mi primer año, mi primer concierto… Y ahora ya sé que no me quiero perder ninguno.

¿Podéis haceros el favor de escucharle en silencio? Gracias. Contadme luego… 🙂

Feliz tarde, amigos.

Lorena.

 

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Contigo en el Mundo

Creo que nunca he cerrado un libro e, inmediatamente, he escrito un post, pero sabía que una vez terminase estas páginas, iba a suceder. Lo supe desde el principio de empezar a devorarlo y claro, hoy te lo quería contar… … Sigue leyendo

Volver

¿A quién no le gusta hacer un repaso del último año una vez éste llega a su fin? A mí, al menos, me ha gustado hacerlo siempre. Un balance, de lo bueno y lo malo, de lo que ha sumado y lo que no, de lo que quiero quedarme para siempre en la memoria y lo que prefiero no acordarme y esta vez, inevitablemente, no es diferente.

Hace un año que no volvía por aquí, con lo feliz que me hacía plasmar las emociones y reencontrarme, a través de letras, con cada uno de vosotros. Creo que ha llegado el momento de volver. Y sí, sé que lo dije la última vez que escribí, y también la anterior, pero, quiero volver de verdad, y hoy te lo quería contar.

Mañana es el cumpleaños de mi amigo David y él es, quizás, la persona que más me ha insistido en todo este tiempo para que esto suceda, y no es que este vaya a ser su regalo por dar una vuelta más al sol, pero ahora mismo me estoy acordando de él porque sé que esto le hará feliz.

No os podéis imaginar cómo quise cerrar 2016… Lo hice de un portazo, fuerte, deseándole suerte en el olvido, porque fue, quizás, el año más raro de mi vida, y eso que por entonces ya tenía La Contentor (pero no en todo su esplendor)… Me prometí que 2017 sería un antes y después y no sé si lo he conseguido, pero creo que puedo decir que ha sido un año maravilloso.

Este año he vivido cosas increíbles, he cambiado de casa, mi mejor amiga de la universidad se ha casado, una de mis mejores amigas de Madrid ha sido madre, he llegado a los 30 y me he visto rodeada de personas increíbles que quisieron, un año más, hacer del día de mi cumpleaños algo inolvidable. He hecho surf por primera vez, me he enamorado de Oporto, ¡e incluso me he tatuado con dos de mis amigos del alma! Me he reencontrado en Sevilla con mis amigas de la vida, al son de la BSO de nuestra adolescencia, me he ido de vacaciones con toda mi familia y me he sentido enormemente afortunada por disfrutar de ellas junto a mis abuelos (que, seamos sinceros, ¡eso sí que es tener suerte en la vida!).

En 2017 ha llegado gente nueva a mi vida, gente que sé que ha venido para quedarse y, lo más importante, los que estuvieron con fuerza el año anterior, han seguido estando en este al pie del cañón… He estado en festivales junto a mis amigas de siempre (ahora he añadido la música de Izal a mi lista de Spotify, soy así de moderna) y, además, mi amiga Sara y yo, sin esperarlo, ¡vivimos el verano de nuestra vida! (Con festivales, viajes, noches de risas infinitas, karaokes y conciertos incluidos). He cumplido un año en el trabajo con el que siempre soñé y que cada día me hace más feliz y sumo otros 365 días más al lado de Cometo (Ay, ¡Cometo de mi vida!) que, aunque nos ha dado un susto grande en los últimos meses, dice que él no piensa moverse de mi lado…

He vuelto a ver películas que me sabía de memoria y he descubierto otras que me han marcado de verdad. Lo mismo me ha pasado con canciones, sigo escuchando aquellas que llevan años sonando en mi cabeza y mis reproductores día tras día, pero también he añadido nuevas como La Mujer de Verde, de Izal,  La Llamada de Leiva u Olvídame de Sidecars, que descubrí hace sólo unos días y que ya me sé de memoria. Pero, sin duda, no puedo dejar de contaros las canciones y, sobre todo, el cantautor que ha marcado mi 2017, Andrés Suarez. ¡Qué manera de ponerle música a la poesía! Necesitaba un Vals para Olvidarte, Ahí Va la Niña, Números Cardinales, 6+4 o No Te Quiero Tanto ya formarán siempre parte de mi vida… (¡Gracias eternas a mi Loly por presentármelo!)

Y, cómo no, ¡los libros! Por supuesto, he vuelto a leer La Sombra del Viento, de Carlos Ruiz Zafón, porque le toca llegar a mis manos una vez al año, y descubierto nuevas historias que me han llegado a fascinar… Como me pasó con La Isla de Alice, de Daniel Sánchez Arévalo, y del cual os hablaré en otro post.

Acabo 2017 con otro libro entre mis dedos, Contigo en el Mundo, de Sara Ballarín, del que no tengo ninguna duda que necesitaré hablaros cuando llegue a su fin. Quizás ella ha sido la culpable de que hoy esté aquí, de nuevo, frente al ordenador, y no me refiero a su autora, sino a Vega, su protagonista. Hay tantas cosas de esta historia que me recuerdan a mí, a mi vida, a mi día a día… Que quizás su pasión por la música me ha recordado la mía por escribir y ha sido el empujón definitivo para retomar esto que me hace tan feliz.

Sin duda, 2017 ha sido un año de avances y cambios, ha sido un buen año y es que cuando una tiene La Contentor no puede evitar ver siempre el lado bueno de las cosas… ¡Esa es la gracia de este lema de vida (que te cambia la vida)!

Me despido de este año llena de amor, del bueno, eligiendo a quienes quiero que me acompañen.

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No os podéis imaginar las ganas que le tengo a 2018, porque sé que me va a sorprender, no os podéis imaginar todo lo que todavía nos queda por contarnos…

¡Feliz año nuevo a todos!

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

 

 

 

OTra vez

Lo vi hace unos días y todavía me sale una sonrisa cuando lo recuerdo. No lo puedo evitar. De hecho, me pasé la mayor parte del tiempo llorando… Muchos no entenderéis nada de todo esto, simplemente, porque ya crecisteis más … Sigue leyendo

La vuelta al cole depende de ti

Madrid hoy ha amanecido totalmente gris y envuelto por una lluvia que iba siendo ya más que necesaria. Poco ha durado, la verdad, pero parece que, por fin, el calor asfixiante ha pasado y que el otoño, tímidamente, va asomándose por la ventana. Atrás quedan los días de playa y las vacaciones (al menos para mí) y, sin ninguna duda, la rutina va cobrando su forma y un claro ejemplo de ello es la vuelta al cole. Niños y niñas cargados de ilusiones, mochilas, libros nuevos y reencuentros con amigos, llenan las aulas de todo nuestro país y en una fecha tan señalada para ellos es esencial hacer hincapié en algo que realmente me preocupa y que hoy te quería contar… 

No soy madre (bueno madre perruna sí, claro, pero no es el caso), pero tengo primos pequeños, hijos de amigas y niños a los que quiero muchísimo y a los que no me gustaría ver sufrir por nada del mundo. Siempre he pensado que no puede haber nada peor para unos padres que el sufrimiento de sus hijos y aunque haya miles de campañas contra el bullying, desgraciadamente, este tema está a la orden del día, ¿qué podemos hacer frente a eso?

Justo ayer vi un vídeo que alguien compartía en Facebook denunciando el acoso a un niño en el baño de su colegio, sólo era uno el que atacaba, pero varios los que grababan y reían, siendo cómplices de un acoso y un trauma que a mí me encogió el corazón.

Nosotros, los adultos, tenemos el poder de que la vuelta al cole cambie. Creo que sería esencial que los niños vean en su casa el claro ejemplo de tolerancia y que los padres, desde bien pequeños, les acostumbren a no ver diferencias en los demás. Por ejemplo, sé que el día que tenga hijos, ellos crecerán rodeados de chicos que tienen novio, de chicas que tienen novia, y de parejas compuestas por hombres y mujeres porque yo tengo amigos homosexuales, amigas lesbianas y amigos heterosexuales por igual e intentaré desde que sean pequeños que eso sea lo más natural para ellos, que entiendan que el amor es libertad y que hay niños que tienen dos papás, dos mamás o un padre y una madre y entre ellos no hay ninguna diferencia.

Si acostumbramos a nuestros hijos, primos, hermanos, alumnos, si hablamos con ellos y les explicamos que no hay niños raros, que todos somos iguales, que todas las familias valen, quizás ellos lo vean como algo tan normal que no se preocupen en buscar la diferencia. No hay ningún niño que sea inferior por ser más tímido, más bajito, por estar más gordito o más delgado, por llevar gafas, porque le guste jugar con muñecas, por tener otra cultura o por haber nacido en una familia diferente a la nuestra. La educación es esencial y aunque en esta sociedad quedan muchos pasos gigantes por dar, nosotros y nuestros descendientes somos el futuro para mejorarla y ahí es donde tenemos que actuar. Los más pequeños vuelven al cole pero la forma en la que vuelvan, por supuesto, depende de ti, de mí, de nosotros. 

El bullying es un tema que me preocupa muchísimo, de verdad, y ya lo reflejé en un relato que forma parte de mi libro Me Olvidé Decir Te Quiero y otros relatos cortos y estoy segura que quienes ya lo hayáis leído os habéis acordado de inmediato de A Todo Cerdo Le Llega Su San Martín. Por favor, que el respeto, la tolerancia, la diversidad y la educación estén por encima de todo. Nos lo merecemos, se lo merecen.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

 

Septiembre.

Con el calor tan asfixiante que hace en Madrid (y me consta que en otros puntos de nuestro país), casi no apetece ni salir a la calle. Por alguna extraña razón, cuando volví hace sólo una semana, di por finalizado el verano, pero qué equivocada estaba. Lo que no podemos negar es que septiembre tiene el poder de poner un punto y final, de tener ese sabor a año nuevo que tan apetecible puede resultarnos, al menos a mí. Me gustan las cosas nuevas y, sin ninguna duda, mi vida se enfrenta a un montón de ellas.

En los últimos meses (prácticamente en el último año), además de tener un poco abandonado el blog, me han pasado un montón de cosas que han cambiando el rumbo de mis días, algunas muy bonitas, otras no tanto, pero os aseguro que he cogido, para que se queden conmigo, sólo las buenas experiencias de cada una de ellas. Este ha sido un verano distinto y, de un modo u otro, muy bonito. El mes de agosto lo he pasado entero con mi familia en el campo, entre el silencio de los árboles y la piscina, entre el cariño del hogar, entre las páginas de un libro del que hoy, por supuesto, os tengo que hablar. Hoy, te lo quería contar…

Los que lleváis tiempo aquí ya me vais conociendo un poco y sabéis, casi al mismo nivel que lo saben mis amigos, que leer es la gran pasión de mi vida. Por eso, cuando alguien tiene que hacerme un regalo sabe que hay algo que nunca puede fallar. En julio de 2015 (sí, he tardado un año en cogerlo y devorarlo), mi amiga Rebeca decidió regalarme por mi cumple su libro favorito y aunque por alguna extraña razón lo dejé un poco apartado, ahora sé que él esperó a ser rescatado de mi estantería justo hasta que hubiese llegado el momento perfecto para que nos conociésemos, porque no pude presentarme a Sira Quiroga en un momento más crucial de mi vida…

Quizás algunos, al leer su nombre, ya sabéis que voy a hablaros de El Tiempo Entre Costuras porque quiénes lo hayan leído, estoy segura, no lo olvidarán jamás. Sólo me hicieron falta unos días para conocer la historia de su protagonista de principio a fin, para recorrer las calles de un Madrid gris y triste o para viajar a Tánger y Tetuán y saborear el aroma de sus calles, visualizar el color de sus casas o acariciar la tela de la ropa de sus personajes. Sira Quiroga se ganó mi respeto y mi amor en cuestión de pocas páginas, ¡qué maravilla de mujer! Valiente, guerrera, luchadora, con miedos, por supuesto, pero con la fortaleza de afrontarlos y, sobre todo, superarlos. Marcus Logan consiguió robarme el corazón incluso a mí y la maldad de Ramiro me partió el alma en dos. Una historia llena de magia, vida, almas y personalidades totalmente distintas, personajes históricos vistos desde otro punto de vista, una historia capaz de conquistar a cualquier ser humano, una historia a la que María Dueñas supo darle vida de la forma más exquisita.

Quizás sabéis que la novela tuvo tanto éxito que Antena 3 decidió llevarla a la pequeña pantalla y cuando cerré su última página decidí que también quería verla en esta versión. Siempre que veo una película o una serie basada en un libro que me ha gustado tanto como este, sé que nada podrá ser igual pero en contra de mis prejuicios he de admitir que la adaptación televisiva es una auténtica gozada. He visto ya todos los capítulos y sé que nadie podría haberle dado vida a Sira (y a Arish) como lo hizo Ariana Ugarte. Qué dulzura, qué elegancia, qué fortaleza… ¡Inmensa! Rosalinda Fox y su vitalidad, Dolores y su bondad, La Matutera y su atrevimiento, doña Manuela y su saber estar, Manuel Da Silva y su sonrisa envenenada, Marcus Logan y su amor incondicional (interpretado por un Peter Vives brillante), han sido encarnados tal y como los había imaginado y nada ha podido ser más especial que disfrutarles también de este modo, ¡qué pasada!

Septiembre siempre supo a año nuevo y no encuentro mejor momento para que, si todavía no conoces esta historia ni a sus personajes, corras a cualquier librería y te hagas con un ejemplar de El Tiempo Entre Costuras porque estoy segura que te enamorarás. Si por lo contrario, ya conoces la historia, estaré más que encantada de saber qué te pareció y si te enamoraste de sus páginas tanto como yo.

He vuelto, y esta vez para quedarme.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

 

Nada que decir (y tanto que contar…)

No hay nada que me parezca más bonito y mágico que las casualidades, ni nada que me guste más que la gente que tiene ilusión y pone todo su empeño por conseguir hacer de sus sueños el marcapasos de su … Sigue leyendo

La Habitación

Cada vez que oigo decir “La Habitación” me es inevitable acordarme de esa preciosa canción de Vega que llegó a mi vida cuando sólo era una adolescente. Esa canción que me hizo sonreír y llorar durante años y que todavía hoy me llega al alma cuando suena en mi radio…

La Habitación de la que habrás oído hablar estos días, seguro, es esa película que se ha llevado grandes premios como Globo de Oro o el Óscar a Mejor Actriz para Brie Larson, que está brillante. Hoy es de esta obra de arte de la que quiero hablar, hoy te lo quería contar…

Quienes me conocen bien saben que los casos de secuestros me traumatizan de verdad, me duelen en el alma y me producen escalofríos. Estos hechos hacen que me pregunte durante mucho tiempo qué impulsa a un ser humano a creerse con el derecho de robarle a una persona su vida, de robar a esa persona de la vida de quienes la rodean y de robar la libertad de alguien, bajo el sufrimiento y el dolor. No lo puedo entender. Me supera, me parte el corazón. ¿Qué derecho tiene nadie de robarle un hijo a sus padres? ¿Qué derecho? Es algo tan salvaje que se escapa de mi mente y lo triste es que es algo que se repite cada día en cualquier rincón del mundo. La irracionalidad del ser humano, una vez más.

Últimamente veo muchas películas, porque me encanta ver películas (aunque mi amiga Valeria crea que no). Es cierto que no suelo ir mucho al cine, que soy más de disfrutar del séptimo arte en casa, con el sofá y la manta, es un placer absoluto para mí. Mi mejor opción (y si es con chocolate o helado, mejor, para qué negarlo). No obstante, no significa que no me guste, de vez en cuando, el plan de disfrutarlo a lo grande, en una pantalla inmensa que te hace estar más cerca de la historia, si cabe, con unas palomitas, un refresco y una sala llena de desconocidos (bueno, “llena”). Cuando vi el tráiler de La Habitación supe que necesitaba verla, asocié de inmediato la historia a un caso real que vio la luz hace unos años y no me equivoqué. La película, basada en la novela de Emma Donoghue que lleva el mismo nombre, hace referencia a la terrible historia de Elisabeth Fritzl, la austriaca que estuvo secuestrada durante 24 años por su padre, con siete hijos como una de las consecuencias. Aterrador. La historia llevada al cine es mucho más light, pero no menos dolorosa, sobre todo, porque han cuidado hasta el mínimo detalle y porque la interpretación de sus protagonistas es tan brutal que hace que se te vaya encogiendo el corazón a medida que la historia avanza y te deshaces entre sonrisas tristes y lágrimas.

Jacob Tremblay, el pequeño actor que da vida a Jack, es el ángel y alma de la película, sin desprestigiar, bajo ningún concepto, el trabajo de Larson. Os prometo que lloré tanto viendo su historia… Viviendo, como si fuese mío, el sufrimiento de ese encierro, el horror de cada noche y admirando a una madre llena de fuerza para hacer que, a pesar de todo, su hijo crezca inmensamente feliz, olvidando que vive encerrado en unos escasos metros cuadrados. Salí del cine con el corazón encogido, lo tuve así durante días… Y esa es la magia del arte, la de crear historias que se te quedan dentro, que te remueven las entrañas, que te hacen preguntarte aunque sea durante segundos por qué la vida, a veces, es tan jodidamente jodida. Y entonces te das cuenta que no puedes quejarte, que tienes todo para ser feliz, que tienes suerte, que eres libre…

Por favor, no dejéis de verla. Disfrutad con ellos del dolor y la felicidad, de la buena energía que las personas son capaces de desprender, a pesar de cómo es su vida. Disfrutad la experiencia de vivir una de esas historias que se te clavan dentro, de esas que aunque pase el tiempo, siempre te removerán el corazón… ¡Es maravillosa!

Buenas noches, amigos.

Lorena.

 

 

 

 

Gracias, 2015…

No, no me podía ir del 2015 sin pasar antes por aquí. Y sí, lo sé, en 2016 una de las cosas más importantes es retomar la rutina del blog, las historias de cada semana y empezar a escribir todos esos relatos que aún quedan por contar… Pero no, no me podía ir de 2015 sin pasar por aquí, porque 2015 ha sido un año hecho de sueños (algunos todavía por asimilar), y en 2015, por supuesto, vosotros también habéis sido protagonistas… Y, cómo no podía ser de otro modo, hoy te lo quería contar.

“Para el 2016 quiero un juego de verdad o mentira en el que sólo gane el que tiene el corazón en la mano. Quiero viajar(te) más, coger más aviones, recorrer más carreteras y encontrar nuevos sitios en los que pensar: aquí me quiero casar yo. Quiero beber más agua y aficionarme a algún deporte, running, quizá escalar. Quiero tener menos miedos. Estar más segura de que ya no los tengo. Quiero seguir recordando la voz de los que ya no están y la forma de sus manos. Para el 2016 no quiero prepararme, quiero que me pille por sorpresa, que reviente en luz y en letras por leer y plasmar. Quiero que el 2016 venga en forma de beso, de onza de chocolate, de un tinto de verano en la terraza de un bar. Quiero que me explote en las venas las ganas de más, que la sangre cuente dos historias, la que está y la que vendrá. Quiero un 2016 que cada poco tiempo me escriba en la agenda: “te reto a…”, yo prometo no fallar”, escribía @Microarte_ en su perfil de Instagram y su página de Facebook. Yo, sin duda, no podría haberlo dicho mejor.

2015 me ha regalado cosas realmente mágicas y maravillosas, me ha regalado viajes a ciudades increíbles como Nueva York, París o Barcelona (las calles de La Sombra Del Viento), ratos, por supuesto, en l’Olleria y Madrid. 2015 me ha dado el trabajo que tanto he soñado y deseado y trabajar en Meltyfan me hace mucho más feliz de lo que jamás habría imaginado (Gràcies Javi, per aquella día que vas pensar en mi i em vas canviar la vida!). 2015 me ha dado despedidas, sonrisas y lágrimas, me ha dado la confianza de los amigos que ya estuvieron en 2014, de todos aquellos que año tras año se quedan con tanta fuerza. 2015 me ha dado historias, reencuentros inesperados, emociones a flor de piel, me ha dado sorpresas, sonrisas en la terraza de un bar, risas que alegran el alma, me ha dado recuerdos bonitos que he guardado con llave en la memoria y también se ha llevado otros que, seguro, no volverán jamás. 2015 me ha dado amor incondicional, por parte de aquellos a los que he elegido, poco a poco, para que formen parte de mí, de mi vida y mis días. 2015 me ha seguido dando los abrazos de Cometo, me ha emocionado con alguna canción, me ha hecho llorar con alguna película y me ha hecho perderme en las páginas de unos cuantos libros. 2015 me ha regalado muchas cosas, y en 2015 Me Olvidé Decir Te Quiero, en forma de papel, ha llegado ya a muchos de vosotros, y ese ha sido mi mayor sueño que ahora, por fin, es una realidad.

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2015 me ha acercado a personas que jamás he conocido y posiblemente jamás conoceré, 2015 ha hecho que nos leamos, despacio, para saborearnos bien. En 2015 también me han pasado cosas malas, por supuesto, me he tenido que despedir de personas a las que jamás podré volver a ver, pero que guardaré por siempre en el corazón. Por eso, porque la vida es corta y el tiempo vuela más rápido de lo que a mí me gustaría, de 2015 yo me quedo sólo con lo bueno, con los ratos y las personas que me han regalado su energía y que me han encendido el alma con un abrazo, un beso, una caricia o un simple mensaje de texto. 2015, creí en ti desde el principio, estaba más que convencida de que me ibas a sorprender y he de reconocer, orgullosa, que superaste todas las expectativas.

2016 se acerca, en unas horas está aquí, queridos míos, y a 2016 pienso cogerlo con las mismas ganas, con la misma ilusión, con los mismos sueños, porque sólo así estoy segura que será un año inolvidable. En 2016 tres de mis grandes amigas darán a luz, otra se casará, viviremos momentos mágicos, también vendrán los que nos harán llorar, pero nos quedaremos juntos, superando cada obstáculo y disfrutando cada día como si fuese el último… ¿Estáis preparados? Pues que venga, que venga, que tenemos muchas ganas.

Gracias, 2015, millones de gracias. Nos leemos el año que viene… 😉

Feliz fin de año, felices fiestas y feliz vida, amigos.

Lorena.

Inuit, esos músicos de verdad…

He de confesar que estoy muy nerviosa. Como bien sabéis, el 25 de noviembre (sí, dentro de 3 días) presento Me Olvidé Decir Te Quiero y otros relatos cortos en la librería Cervantes (c/Pez, 27), en el céntrico barrio de Malasaña, en Madrid. Presentación a la que estáis invitadísimos todos y que estará llena de sorpresas, libros, cariño y risas… Pero hoy no vengo a hablar de mí. Hoy vengo a hablar de la música, porque no he encontrado mejor forma de empezar un domingo, y porque no conozco a nadie que sepa vivir sin ella.

Hoy te quería contar que mi amigo Mario es uno de esos músicos de verdad, y el por qué de esta afirmación lo iréis entendiendo a lo largo de este post. Pero empecemos por el principio. Todo esto se remonta al 2003 o 2004, no lo recuerdo bien. Él entró en un conocido programa de televisión y yo le conocí a través de él. Quienes me conocen, saben que OT caló muy fuerte en mí, bueno es que Operación Triunfo caló hondo en toda una generación, marcando un antes y un después en la historia de la tele de nuestro país. Su primera edición me pilló con sólo 13 años y claro, fui el objetivo perfecto para entrar dentro de ese fenómeno fan al que, por supuesto, no me quise resistir, y es que yo, siempre he sido muy fan. Mario estuvo en la tercera edición, la última de Televisión Española, por entonces, sólo éramos unos niños, el de Zaragoza, yo de Valencia… Pero la vida, mucho tiempo después, nos convirtió en grandes amigos.

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Nos conocimos por casualidad bastante antes de que yo llegase a Madrid y cuando me instalé en sus calles, él era una de las pocas personas que conocía en esta ciudad. Puedo decir, muy orgullosa y agradecida, que fue uno de esos amigos que me “salvaron la vida” (al menos la social) en esos primeros meses de soledad en la capital. Nos convertimos en muy buenos amigos y compartimos muchas horas de risas, cafés, historias… Y música. Nunca había conocido a nadie que insistiese tanto por conseguir sus sueños, y quizás, de algún modo, consiguió contagiarme su ilusión para luchar, un tiempo después, por los míos, quién sabe. Cuando ni si quiera sabía cómo pagaría las facturas a final de mes, él lo seguía teniendo claro: quería vivir de la música, quería vivir de las canciones, de las melodías, de los conciertos. Y, así, cada mañana, se despertaba y se sentaba con su guitarra frente al ordenador, a componer, a ver, día tras día, cómo se agotaba la esperanza, y cómo, quizás, nadie les daría una oportunidad. Y digo les, porque por aquel entonces, Mario, Toño, Jimmy y Siddartha ya se habían embarcado en el grupo que iba a dar forma a sus sueños y en el grupo que, tarde o temprano, debía hacer que el mundo conociese lo que ellos hacían, música de verdad, de esa que se crea con la ilusión, el esfuerzo, el talento y la magia… como ingredientes principales. Y Inuit, cocinando a fuego lento y sin descanso, hace sólo una semana presentaba su segundo trabajo discográfico, y yo, mientras les escuchaba entre la gente y sus aplausos, me acordé de todo esto y no pude ser más feliz.

Tras ganar un concurso en el estudio TAF de Móstoles, Inuit veía cómo su sueño se iba haciendo realidad y, así, grabaron su primer disco, que tuvo como consecuencia un montón de bolos y conciertos que les ha llevado a recorrer las carreteras de nuestro país. Ellos siguen soñando con algo tan básico y esencial como vivir de lo que saben hacer, de esa pasión que les acelera el corazón, de la música, de esa misma música que el resto de la humanidad tampoco sabemos vivir sin ella. Sin rendirse ni un segundo, llega su nuevo trabajo, Correr Despacio, que se presentó la semana pasada en El Perro De La Parte de Atrás del Coche, una sala de conciertos en Malasaña. Entre amigos, conocidos y las seguidoras de su banda, nos regalaron un concierto increíble, en el que el trabajo bien hecho fue la pieza esencial de ese puzzle que ellos mismos han ido montando.

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Mis ganas de comerme el mundo, Fue un placer, Perfeccionándome, No te escondas y ¿Dónde estás?, son los nuevos temas que componen este proyecto, del cual encontraréis toda la información en su web Inuit.es o en sus redes sociales como Facebook (Inuit) o Twitter (@inuitoficial). Os recomiendo seguirles, porque a pesar de que llevan muchos años dándole duro a todo esto, luchando contra un mundo que cada vez es más complicado, os aseguro que su camino no ha hecho más que empezar, además, tuve la suerte de ir con Sergio a verles (que él de música entiende un buen rato) y al salir sólo me dijo: “¡Son muy buenos!”, y yo afirmé: “Y luchadores”.

Ya sabéis que me enamoro del arte, que me encantan las personas que lo convierten en su forma de vida. Me gustan mucho las personas que luchan por sus sueños, saltando cada obstáculo y, sobre todo, me gusta la gente que trabaja poniendo tanta pasión y consigue, como no puede ser de otro modo, que el resultado final sea, simplemente, brillante. ¡Felicidades y mucha mierda, Inuit!

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Feliz domingo, amigos.

Lorena.