Gracias, 2015…

No, no me podía ir del 2015 sin pasar antes por aquí. Y sí, lo sé, en 2016 una de las cosas más importantes es retomar la rutina del blog, las historias de cada semana y empezar a escribir todos esos relatos que aún quedan por contar… Pero no, no me podía ir de 2015 sin pasar por aquí, porque 2015 ha sido un año hecho de sueños (algunos todavía por asimilar), y en 2015, por supuesto, vosotros también habéis sido protagonistas… Y, cómo no podía ser de otro modo, hoy te lo quería contar.

“Para el 2016 quiero un juego de verdad o mentira en el que sólo gane el que tiene el corazón en la mano. Quiero viajar(te) más, coger más aviones, recorrer más carreteras y encontrar nuevos sitios en los que pensar: aquí me quiero casar yo. Quiero beber más agua y aficionarme a algún deporte, running, quizá escalar. Quiero tener menos miedos. Estar más segura de que ya no los tengo. Quiero seguir recordando la voz de los que ya no están y la forma de sus manos. Para el 2016 no quiero prepararme, quiero que me pille por sorpresa, que reviente en luz y en letras por leer y plasmar. Quiero que el 2016 venga en forma de beso, de onza de chocolate, de un tinto de verano en la terraza de un bar. Quiero que me explote en las venas las ganas de más, que la sangre cuente dos historias, la que está y la que vendrá. Quiero un 2016 que cada poco tiempo me escriba en la agenda: “te reto a…”, yo prometo no fallar”, escribía @Microarte_ en su perfil de Instagram y su página de Facebook. Yo, sin duda, no podría haberlo dicho mejor.

2015 me ha regalado cosas realmente mágicas y maravillosas, me ha regalado viajes a ciudades increíbles como Nueva York, París o Barcelona (las calles de La Sombra Del Viento), ratos, por supuesto, en l’Olleria y Madrid. 2015 me ha dado el trabajo que tanto he soñado y deseado y trabajar en Meltyfan me hace mucho más feliz de lo que jamás habría imaginado (Gràcies Javi, per aquella día que vas pensar en mi i em vas canviar la vida!). 2015 me ha dado despedidas, sonrisas y lágrimas, me ha dado la confianza de los amigos que ya estuvieron en 2014, de todos aquellos que año tras año se quedan con tanta fuerza. 2015 me ha dado historias, reencuentros inesperados, emociones a flor de piel, me ha dado sorpresas, sonrisas en la terraza de un bar, risas que alegran el alma, me ha dado recuerdos bonitos que he guardado con llave en la memoria y también se ha llevado otros que, seguro, no volverán jamás. 2015 me ha dado amor incondicional, por parte de aquellos a los que he elegido, poco a poco, para que formen parte de mí, de mi vida y mis días. 2015 me ha seguido dando los abrazos de Cometo, me ha emocionado con alguna canción, me ha hecho llorar con alguna película y me ha hecho perderme en las páginas de unos cuantos libros. 2015 me ha regalado muchas cosas, y en 2015 Me Olvidé Decir Te Quiero, en forma de papel, ha llegado ya a muchos de vosotros, y ese ha sido mi mayor sueño que ahora, por fin, es una realidad.

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2015 me ha acercado a personas que jamás he conocido y posiblemente jamás conoceré, 2015 ha hecho que nos leamos, despacio, para saborearnos bien. En 2015 también me han pasado cosas malas, por supuesto, me he tenido que despedir de personas a las que jamás podré volver a ver, pero que guardaré por siempre en el corazón. Por eso, porque la vida es corta y el tiempo vuela más rápido de lo que a mí me gustaría, de 2015 yo me quedo sólo con lo bueno, con los ratos y las personas que me han regalado su energía y que me han encendido el alma con un abrazo, un beso, una caricia o un simple mensaje de texto. 2015, creí en ti desde el principio, estaba más que convencida de que me ibas a sorprender y he de reconocer, orgullosa, que superaste todas las expectativas.

2016 se acerca, en unas horas está aquí, queridos míos, y a 2016 pienso cogerlo con las mismas ganas, con la misma ilusión, con los mismos sueños, porque sólo así estoy segura que será un año inolvidable. En 2016 tres de mis grandes amigas darán a luz, otra se casará, viviremos momentos mágicos, también vendrán los que nos harán llorar, pero nos quedaremos juntos, superando cada obstáculo y disfrutando cada día como si fuese el último… ¿Estáis preparados? Pues que venga, que venga, que tenemos muchas ganas.

Gracias, 2015, millones de gracias. Nos leemos el año que viene… 😉

Feliz fin de año, felices fiestas y feliz vida, amigos.

Lorena.

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¡Que empiece la aventura!

Desde el 17 de agosto sin actualizar… No debería tener excusa, pero la tengo. Estuve en casa. No recuerdo la última vez que pasé tanto tiempo en l’Olleria, seguramente aquello fue antes de irme a vivir a Elche… Desde entonces, todo en mi vida cambió, aunque siempre he guardado las cosas esenciales de ella, pero a mi alrededor todo empezó a ser distinto. Septiembre es, para mí, como un año nuevo, donde, tras el verano, alguna aventura nueva empieza. En el septiembre de hace diez años dejé mi pueblo y mis calles para empezar a estudiar periodismo en la ciudad de las palmeras, ciudad a la que, casualmente, mañana vuelvo unos días, después de demasiados meses sin visitarla, porque el sábado se casa una de mis amigas más especiales, porque nos hacemos mayores y porque ya sonrío al pensar en toda la gente que me voy a reencontrar desde el momento que el ave me deje en la estación de Alicante. Entonces, te paras a analizarlo todo un segundo y te das cuenta que la vida pasa demasiado rápido y lo que más me reconforta es mirar hacia atrás, mirarme ahora y decir: me gusta, no ha sido nada fácil, pero lo que ahora mismo veo, me gusta, y es más, quiero que mi futuro sea todavía mejor. Vivir con esa ilusión cada día, es el motor que me hace sentir las cosas de forma tan intensa, os lo prometo.

Un septiembre también, de hace ya cinco años, me vine a vivir a Madrid, con una maleta cargada de sueños, de los cuales algunos fueron pisoteados bastante fuerte, pero supieron escaparse y resurgir… ¡Ay, Madrid! La ciudad que me ha dado tantas, tantas cosas, la ciudad que me ha visto crecer, que me ha regalado momentos mágicos, que me ha regalado ilusiones, cafés en solitario, amigos esenciales, tardes de silencio, días de mucho ruido, la ciudad que me ha regalado el amor, en todos los sentidos. Cuando estaba en l’Olleria, hace sólo unas semanas, no quería que agosto se acabase, quería alargarlo más y de hecho, lo hice. Me daba pena dejar atrás a mi familia, el olor de mi casa o a mis amigas de siempre, pero una vez volví aquí, hace sólo unos días, entendí lo mucho que lo había echado de menos. Estoy completamente enamorada de esta ciudad de la que no quiero marcharme, al menos, en mucho tiempo… En verdad, hace tanto que no vengo por aquí, que hoy te quería contar muchas cosas…

Este podría ser un septiembre también especial, de hecho, lo es. Lo único que si intentas mirar un poco al mundo que nos envuelve, te das cuenta lo podrida que está la sociedad y lo podridos que están algunos seres humanos… Entonces, tienes ganas de volver hacia atrás y encerrarte en casa y un segundo después quieres salir a gritar y a decirles a todos esos que se creen con derecho a limitar a los demás, que no lo pueden hacer, que no queremos que lo hagan. Vivimos en un mundo que cada día me da más asco y vergüenza, donde los seres humanos son tratados como objetos sin importancia para los que son capaces de prohibirles la entrada en un país como si fuesen verdaderos delincuentes, o donde un periodista es capaz de tirar al suelo a una persona en el peor momento de su vida, solamente por captar una imagen… Vivimos en un país donde se persigue a un animal por la calle, con lanzas en la mano, como si de la prehistoria se tratase, para torturarlo hasta que agonice, para maltratarlo hasta matarlo, por pura diversión… Y no, por favor, ya no quiero oír la palabra tradición. Entonces me duele el alma, y me duele el corazón… Y tengo náuseas, lo prometo, y siento rabia, impotencia, dolor, asco… Y me enfado, me enfado mucho.

Hoy, tras tanta reivindicación en las redes sociales y tantas lágrimas al ver las noticias, he decidido que yo quería volver a Lo Que Te Quería Contar con una buena noticia. Porque septiembre es un mes especial, es un nuevo año, y es el comienzo de muchas cosas… Y septiembre de 2015 es el inicio de mis sueños hechos realidad, de mi mayor aventura, de la ilusión de mi vida y de algo que muchísimos de vosotros, sin ni si quiera conocerme, habéis vivido con muchas ganas durante meses, al otro lado de la pantalla. Septiembre de 2015 es el pistoletazo de salida… Y hoy, me hace especial ilusión enseñaros a “mi primer hijo”. Me Olvidé Decir Te Quiero y otros relatos cortos va a estar en breve en vuestras manos. Ahora mismo, se está buscando el lugar ideal para hacer su presentación en Madrid y a partir de ahí, podréis acariciarlo con calma, recorrer cada una de sus páginas y hacer que nos sintamos, si cabe, más cerca.

Os presento, muy emocionada, la portada de mi libro, una portada que me encantó al cien por cien en el momento que la vi, cuando supe que los chicos de Círculo Rojo habían hecho una elección perfecta, simbolizando con algo tan sencillo como nuestras manos, todo lo que este libro guarda: amor, desamor, ilusión, sueños, dolor, tristeza, amistad… Una imagen que abarca cualquiera de mis historias, que sabéis de sobra que también son vuestras. Necesitaba volver así, con fuerza, para contrarrestar, al menos por un segundo, todo lo que está pasando ahí fuera…. Me muero por saber qué os parece, me muero por que lo tengáis en vuestras manos o por que me acompañéis el día que lo presente…. Aquí os la dejo, toda vuestra…

Portada de Me Olvidé Decir Te Quiero y otros relatos cortos... ¡Espero que os guste!

Portada de Me Olvidé Decir Te Quiero y otros relatos cortos… ¡Espero que os guste!

Os iré informando de todos los detalles la presentación a través de mis redes sociales, a través de mi perfil en Twitter y mi página de Facebook… Ahora sí, amigos… ¡Que empiece la aventura!

Buenas noches desde Madrid, la ciudad que te enamora y te atrapa para siempre.

Lorena.

Hay un amigo en mí…

Hoy llego tarde, pero llego… En primer lugar, creo que debo avisaros de que a partir de ahora no sé si mi día fijo para publicar será los martes, como hasta el momento. Os explico por qué. Ahora, con mi nuevo trabajo, me paso el día pegada al ordenador y eso hace que, a veces, acabe un poco saturada o simplemente que tenga otras cosas que hacer y no pueda quedarme más horas junto a él. No obstante, lo que tengo claro es que voy a seguir estando con vosotros una vez a la semana, y ojalá me organice y puedan ser más. No sabéis lo feliz que me siento cada vez que nos contamos historias…

Tras el relato de la semana pasada que tanto os gustó y que creo que se convierte en uno de mis favoritos desde ya, hoy vengo con algo mucho más simple pero no menos importante. A veces, la tele nos regala cosas muy bonitas y ayer fue una de esas noches en las que Antena 3 quiso alegrarme el final de julio… Top Story es, sin ninguna, mi película Disney favorita. Cuando era más pequeña adoraba La Cenicienta, La Sirenita y Aladdín, pero desde que conocí a Buddy, Buzz y sus compañeros supe que se habían ganado, con fuerza, mi corazón. Toy Story 2 siempre me recordará a mi hermano Alex, él era muy pequeño cuando salió a la venta y se (nos) la compramos, ¡le encantaba! Se pasaba el día viéndola, una y otra vez, y yo, que sólo quería estar a su lado y mimarle, la veía con él… Nos diferencian 12 años de edad, así que podéis imaginar cómo me moría de amor por él… Sin ninguna duda, Toy Story 3 ya me pilló mayor, pero la viví con la misma ilusión y hoy, te lo quería contar.

Recuerdo que fui a verla al cine, yo todavía vivía en Elche, pero había venido a pasar el fin de semana a Madrid. ¡Tenía tantas ganas de conocer sus nuevas aventuras! Pues bien, cargada de palomitas y refrescos, fui a verla en 3D si no recuerdo mal… ¡Me encantó! Es que me encantó tanto que lloré mucho con el final… Sí, como una niña pequeña. Ya sabéis que soy muy sensible y de lágrima muuuy fácil. La he visto más veces, por supuesto, pero anoche me di cuenta que hacía demasiado tiempo que no lo hacía. La disfruté como el primer día… ¡Es una auténtica obra de arte! ¿Cómo puede haber tanta magia, tantas risas y tantos valores concentrados en aproximadamente dos horas? Lloré de nuevo cuando Andy se despedía de Buddy, Buzz, Jessie, Perdigón, Rex, El señor y la Señora Patata o Slinki… y no lloré porque me acordase de aquellas Barbies que tanto me gustaban o aquellas muñecas que me hacían creerme madre con poco más de seis años… Lloré, como imagino que habéis llorado con ella todos a los que os haya pasado, por las cosas que tiene la vida… Por esa maravilla de darnos cosas que nos hacen felices y un día, de repente, quitárnoslas. Bien sea porque nos hemos hecho mayores, porque hay que cambiar de vida o porque simplemente la vida se acaba… ¿Os dais cuenta que todo lo que tenemos algún día se irá? Todo, absolutamente todo… Y entonces, miré a Cometo, que estaba dormido a mi lado en el sofá, y pensé en la maldad del ser humano.

No sé si alguna vez os he contado algo muy curioso que me pasa (seguro que no soy la única). Cuando de repente pasa algo, ese algo me lleva a pensar en otra cosa, y esa cosa en otra… y así, en cuestión de segundos, puedo pensar en, por ejemplo, diez cosas distintas, donde la primera no tiene nada que ver con la última… Cadena de pensamientos, lo llamo yo. Pues ayer, mi cadena de pensamientos no fue muy extensa, pero de repente pensé en todas esas imágenes que estoy viendo estos días en las redes sociales de tantos, tantísimos, perros que necesitan casas de acogida, de tantos, tantísimos perros que son abandonados por sus dueños por un sinfín de excusas hipócritas y vacías de sentimientos, desde una separación matrimonial a las ganas de irse de vacaciones… pero, ¿en qué asco de mundo vivimos? Os prometo que se me parte el alma y me lleno de rabia cuando pienso en esas cosas. Cuando me regalaron a Cometo, creo que tardé medio segundo en quererle (bueno, quizás un poco más, porque al principio no daba crédito ante tal maravillosa sorpresa), y creo que me fueron suficientes un par de horas para saber que no quería separarme nunca de su lado, para saber que nos íbamos a querer con todas nuestras fuerzas, a acompañar en mil historias, en el tiempo, en los espacios, en las alegrías y las penas y que entre nosotros, de repente, se había creado un vínculo de unión tan sumamente fuerte que creo que sólo son capaces de entender las personas que conviven con una mascota. A veces, le miro y sé que sólo le hace falta hablar, pero es que ni si quiera necesito que me hable para entenderle, en su mirada puedo ver si está cansado, si está triste o si tiene ganas de jugar… Él tampoco entiende mi idioma y os aseguro que conoce mejor que nadie cada uno de mis estados de ánimo. Sabe cuando estoy triste, cuando estoy feliz, cuando necesito que se acurruque a mi lado o cuando necesito un rato de silencio… Os prometo que lo sabe, y os prometo que lo sabe mucho mejor que la mayoría de seres humanos que me rodean, es algo tan mágico y especial que es difícil de explicar.

No puedo entender cómo pueden existir seres humanos que abandonen a sus mascotas, no puedo entender cómo hay personas que pagan una barbaridad de dinero por asesinar a un león en peligro de extinción y que eso se permita, como no entiendo vivir en un país donde maltratar a un animal en medio de una plaza sea catalogado por muchos como “cultura” o “tradición”. Entonces, una vez más, me avergüenzo del planeta en el que vivo… Bueno, me avergüenzo de las personas que viven en él y pienso que ojalá pudiésemos parecernos, sólo un poquito, a ellos. Nosotros, que supuestamente somos “el animal racional”, nosotros que destrozamos el mundo en el que vivimos… Hoy, paseando por el parque (todavía con la resaca Disney de ayer), tarareaba en mi cabeza la conocida canción de Toy Story… y cuando me he escuchado (sin cantar en voz alta, lo prometo) decir: Hay un amigo en mí…” he mirado a Cometo y he entendido que hay muy pocos amigos como él, y eso que tengo la suerte de rodearme de amigos maravillosos, fieles e incondicionales a los que quiero con todo mi corazón.

Por favor, que los padres lo metan en la conciencia de sus hijos, que la educación cambie, que el ser humano aprenda las bases cuando todavía las puede absorber sin poner pegas… Quiero ver un mundo en el que el abandono o maltrato de un animal nos parezca una salvajada a todos y no sólo a unos cuantos, quiero vivir en un mundo donde la irracionalidad del ser humano se castigue y se corrija. Ellos nunca nos fallan, y nosotros les fallamos demasiado. Ojalá vosotros penséis exactamente como yo, en otros temas me da igual, pero en este: ojalá.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Sin Identidad.

Como os contaba en el post de la semana pasada, estas semanas estoy viviendo un montón de cambios y emociones en mi vida. El martes, os anuncié en la página de Facebook que el nuevo post iba a esperar unos días. Lo decidí así porque me había cogido unos días de vacaciones y estaba en mi pueblo, así que decidí disfrutar 100% y en todo momento de mi gente, de los reencuentros, los cafés o las cañas, los días de playa y piscina…

Ayer llegué a Madrid para deshacer una maleta y hacer otra, porque hoy te quería contar que no voy a estar por aquí en unas semanas… Me marcho fuera de España por trabajo, por un nuevo proyecto por el cual estoy muy feliz e ilusionada y quizás puedo encontrar un hueco y ponerme a escribir, pero me conozco y seguro que querré exprimir la experiencia al máximo y en mis ratos libres voy a querer pasear y aprovechar para perderme por las calles de una ciudad tan maravillosa y con tanta magia, tan bonita y bohemia, como lo es París. Os prometo que cuando vuelva, os contaré todo, os hablaré de este nuevo proyecto y de esta nueva etapa profesional de mi vida. 😉

Sabéis de sobra que me encantan las series de televisión, y aunque me gustan tanto las nacionales como las internacionales, sabéis que yo soy de apostar fuerte por lo que tenemos en casa. Creo que en este país tenemos grandes actores y actrices, creo que tenemos grandes directores, grandes guionistas,  y sí, creo que tenemos grandes series de televisión. 

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Ultimamente, y no sé muy bien por qué, me he enganchado a varias series y cada una de ellas han pasado a ser las protagonistas de cada uno de los días que tiene la semana (al menos de lunes a viernes) como cuando era adolescente. Sin ninguna duda, una de las series que más me ha gustado en los últimos tiempos ha sido Sin Identidad. El pasado miércoles, mientras creía que se acercaba el último capítulo, aún creyendo que había muchas tramas por resolver, os aseguro que pasé momentos de verdadera tensión (¡es una maravilla!). Para mi sorpresa (y la de mis amigas, que habíamos decidido cenar y ver el final juntas), la serie continúa la semana que viene, cuando supongo que acabará, y os aseguro que voy a lamentar no estar aquí para verla (aunque obviamente, la veré online lo antes posible).

No me quería marchar sin hablaros de esta maravilla que me ha tenido pegada frente al televisor cada miércoles, semana tras semana.

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María Fuentes (Megan Montaner) es una joven abogada que viene de una de las familias más prestigiosas de Madrid, la familia Vergel. Su vida cambia cuando descubre que es una niña robada y que fue arrebatada de los brazos de su madre biológica para ser vendida de forma ilegal a esos padres refinados que le han mentido durante toda su vida. En ese momento, empieza una lucha contra la familia que la ha visto crecer, mientras no descansa hasta encontrar a su verdadera madre y disfrutar junto a ella y su hermana Amparo (Verónica Sánchez) el tiempo perdido. Las cosas empiezan a complicarse mucho más de lo esperado cuando su tío Enrique (Tito Valverde), un prestigioso ginecólogo, teme que la trama de los niños robados salga a la luz. Decide ordenar el secuestro de María y hacerla desaparecer, con la complicidad de Amparo y su novio Curro (Antonio Hortelano). María es vendida a un árabe y de ahí a la mafia china donde es prostituida durante trece años, hasta que consigue escapar y volver, en un principio, bajo el nombre de Mercedes Dantés, convertida en una persona totalmente distinta, para vengarse de todos aquellos que le arruinaron la vida y le hicieron tanto daño.

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Corrupción, mentiras, maldad, egoísmo, apariencia, falsedad, dinero, sangre y manipulación son los ingredientes que envuelven la personalidad de los diversos personajes de esta serie de Antena 3. Nada es lo que parece, todos tienen algo que esconder, todos tienen desde una pizca de maldad a una maldad infinita… Menos Pablo (Eloy Azorín), el bueno oficial de la serie, un informático locamente enamorado de María, que la ayudó 13 años atrás y seguirá estando ahí, al pie del cañón, cuando ella vuelve, para ayudarla y hacer que todos los culpables paguen lo que hicieron.

Sin Identidad cuenta con un reparto de lujo y creo que hacía mucho tiempo que el trabajo de los actores no me parecía tan impecable, sin ninguna excepción. Todos y cada uno de ellos están brillantes en esta historia de ficción que estoy segura nos va a mantener en vilo hasta el último segundo.

Lydia Bosch, que siempre me ha encantado y vuelve a encantarme una vez más, Miguel Ángel Muñoz, que me ha sorprendido gratamente en este trabajo, Tito Valverde, el malo malísimo que no puede estar más espectacular, Eloy Azorín, que se ha ganado el corazón de gran parte del público femenino, Jordi Rebellón, el bueno del padre de María que quiso luchar contra la familia que tanto daño le había hecho, Daniel Grao, encarnando a Juan que nos ha causado más de una decepción, o Victoria Abril, impecable haciendo de una mujer alcohólica y desesperada, con demasiados palos por parte de la vida… Estoy segura que todos los que habéis seguido la serie estáis de acuerdo conmigo en que se salen, que están brillantes, todos y cada uno de ellos.

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Es verdad que necesito destacar, por un lado, a Megan Montaner, que ha bordado el papel de María desde la dulzura y la calma que la caracterizaban en la primera temporada, a la frialdad y rabia que ha derrochado en cada mirada de la segunda. ¡Bravo!

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Por otro lado, y para mí la más brillante de todo el reparto, está Verónica Sanchez, que con su Amparo, estoy segura que ha disfrutado como nunca. Lo he twitteado durante muchos capítulos, porque no ha dejado de sorprenderme cada semana: este ha sido el papel de su vida. No puede estar más espectacular, más auténtica, más genial… Está ENORME. Verónica Sánchez (eterna Eva de los Serrano) creo que ha marcado un antes y un después en su carrera profesional gracias a este trabajo, que ha conseguido emocionarla más de una vez, tal como ha transmitido en su perfil de Instagram.

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Hace uno o dos meses, me la encontré en una tienda del centro de Madrid, quise darle la enhorabuena, porque cuando alguien hace bien su trabajo, merece que se le feliciten por ello, porque eso alegra a cualquiera, pero había mucha gente y al final, decidí no hacerlo. Lo he lamentado muchas veces.

Se acerca el final de Sin Identidad, una de mis series favoritas de todos los tiempos, una de esas serie que estoy segura recordaré con el paso del tiempo, una de esas serie que, seguro, dentro de unos años, tendré la necesidad de volverla a ver. El último capítulo me pillará fuera de España, pero os aseguro que aunque sea unas horas después, lo disfrutaré y twittearé con la misma intensidad y emoción de siempre.

Si no la has visto, te recomiendo que lo hagas, después de leerme, sabes que no puedo hacer otra cosa. Sabes que me ha encantado y yo estoy segura que te encantará.

Mi más sincera enhorabuena a todas y cada una de las personas que han trabajado en este proyecto… de verdad.

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Nos leemos en unas semanas.

¡Disfrutad del verano!

Feliz sábado, amigos.

Lorena.

Olvidé olvidarme de ti.

Como muchos ya sabéis porque me leéis en mis redes sociales, estoy viviendo un momento de muchos cambios profesionales en mi vida… Cambios muy bonitos que recibo con muchas ganas y energía. Un nuevo trabajo, el placer de haber podido acariciar ya mi primer libro (Me olvidé decir te quiero y otros relatos cortos será vuestro a partir de septiembre y yo me muero de ganas)… Estos están siendo días de emociones muy fuertes para mí, días de lágrimas, risas, miedos y sueños… y no hay una mezcla de sentimientos más bonita. Y hoy, de todas las cosas que te quería contar, no se me ha ocurrido nada mejor que escribir un relato… Para acabar así un martes de sol y verano, de los que el día dura hasta bien tarde y en los que acabarlo leyendo puede resultar la mejor opción.

Leed despacito, como siempre…


 

Olvidé olvidarme de ti.

De entre todas las historias que han ido formando, paso a paso, los capítulos de mi vida, la nuestra siempre me pareció especial, porque tú llegaste de forma especial para hacer de nosotros algo mágico e irrepetible… Aquella noche de junio, entre aquella marea de gente, podría haber conocido a cualquier persona o tú podrías haber conocido a cualquiera, y no sé si fue aquel empujón torpe que tanto te molestó lo que acabó por robarte una sonrisa o simplemente era la magia del lugar… Porque la música es magia y eso lo sabíamos antes de conocernos. Si nos hubiesen preguntado, seguramente no habríamos encontrado un escenario mejor que aquel concierto de aquel grupo que tanto nos gustaba, en una ciudad que solíamos frecuentar, donde el olor a mar se llevaba consigo todas las penas. Aquellas cervezas de más, aquel olor a crema en la piel calmando el reflejo impregnado del sol, aquellas ganas de bailar… Aquella noche de junio.

A medida que pasaron los meses y te fui conociendo, me sonreía a mí mismo y me decía que no había sido una casualidad, porque desde entonces, más que nunca, empecé a afirmar contra todo pronóstico que las casualidades no existen, que la vida está marcada por pequeños detalles que de alguna forma alguien ha preparado para que haya caminos que acaben por encontrarse, que haya vidas que tengan que tocarse… A veces, y tampoco por casualidad, estas vidas se tocan en el momento equivocado, o se tocan de una forma confundida, dejada llevar por la emoción y pasión de las cosas nuevas… A veces, esas vidas se tocan para hacerse daño, aunque tarden un tiempo en saberlo. A veces, un pequeño detalle puede cambiar el rumbo de una vida.

Sin ninguna duda, aquellos fueron los mejores años de mi vida, y tú siempre decías que la vida dura muy poco y que había que celebrarla constantemente, había que celebrarla con una sonrisa, había que celebrar simplemente el estar vivos. Aprendí tantas cosas de ti… Sin ser consciente, me contagiabas tu magia, y no sólo aprendí a ver las cosas desde otro punto de vista, sino que creo que aprendí a ser mejor persona, aprendí a valorar los detalles insignificantes, aprendí a querer más a quienes me rodeaban y aprendí a entregarme sin esperar nada a cambio cuando mi corazón me lo dictaba. No sé si te dije las veces suficientes lo mucho que me gustabas, lo mucho que me gustaba despertar a tu lado, recibir un mensaje imprevisto a cualquier hora del día, u oler tu piel mientras dormías… No sé en qué momento, entre tantas cosas bonitas, empecé a descuidarte para que finalmente te fueses de mi vida, no sé porque no le di importancia cuando me lo advertías… No sé que es lo que hice mal, no sé si me centré demasiado en mi trabajo, no sé si hice de las cosas especiales una simple rutina que acabó consumiéndote a ti, que necesitabas tanta energía diaria para sobrevivir. Tú, que para sonreír, necesitabas estar en todo momento en la cima de una montaña rusa, porque no te gustaban las bajadas y porque, por alguna cosa u otra, no eras capaz de soportar los momentos en los que no se podía ser feliz al cien por cien. No te culpo, cada uno es como es…

Te recuerdo en un final lleno de silencio, apagada, con una mirada que ya no me miraba como antes, con una carcajada que ya no resonaba en toda la casa… No eras capaz de decir nada y cuando te preguntaba me decías que estabas perdiendo la ilusión… Y yo, que te quería más que a mi vida, no sabía como controlar aquello, como cambiarlo, como no dejar que se me fuera de las manos… Te repetía que te quería y me explicabas que eso no te valía y sólo con el tiempo aprendí que no se quiere con palabras… Que los seres humanos, las historias y la vida, están construidos de hechos a los que acompañan las palabras, pero que sin lo primero, lo segundo no tiene ningún sentido. Eso lo aprendí con el tiempo, demasiado tarde, demasiado lento.

Fue aquella mañana de sábado cuando te olvidaste el teléfono en el momento de ir a la ducha y empezó a sonar, vi un nombre que no me sonaba de nada y quizás por esa razón me apuñaló el corazón, quizás fue un sexto sentido, o quizás… quizás a día de hoy todavía no sé lo que fue. Yo, que nunca había estado celoso por nada… Empecé a entender, sin saber cómo ni por qué, que algo fallaba, y que algo estaba pasando, mucho más real y duro de lo que me había imaginado.

No he conocido a nadie más valiente que tú, de verdad lo digo. No es fácil sostener la mirada para explicar que el amor se acaba… para explicar que has dejado de querer, que se te fue la ilusión de tal forma que vació todos tus sentimientos, que no sabías realmente de quien había sido la culpa, que no querías buscar culpables, pero simplemente necesitabas salir de ahí… y cuando dijiste “ahí” no te referías a esa casa que era nuestra, ni a esa habitación que tantos besos y caricias guardaba en la memoria de sus paredes, con ese “ahí” te referías a salir de nuestra historia, necesitabas empezar una tú sola, o con alguien que no era yo… Necesitabas buscar otras formas de ser feliz, de ser feliz de una forma que, según tú, ya ni recordabas.

Entonces lloré. Lloré de rabia y me llené de odio…

Te vi recoger hasta tu última camiseta y vi como esa habitación y esa casa se quedaron completamente sin alma. No supe luchar, porque entendí que la guerra estaba perdida, la guerra había acabado hacía demasiado y yo ni si quiera me había dado cuenta. En vez de reflexionar y preguntarme por qué había pasado aquello, en vez de intentar saber qué había fallado, no fui capaz de asumir culpa alguna y entre todo mi odio y toda mi rabia, decidí olvidarte.

Decidí olvidar cada una de tus risas, decidí olvidar tu forma de andar, decidí olvidar tus lágrimas, tus besos, tus caricias, decidí olvidar tus películas favoritas, tus canciones y los libros que más te gustaba leer, decidí olvidar tu olor, decidí olvidar tu mirada, el tacto de tus manos, los lunares de tu espalda y tu número de teléfono.

Decidí olvidarte entregándome a otras, con rabia y rencor. Decidí olvidarte intentando buscar a alguien que pudiese sustituirte y cuando creía que lo había conseguido, un pequeño detalle o cualquier forma de ver el mundo, me daban una bofetada de realidad insoportable.

Te odié durante mucho tiempo. Intenté no saber nada de ti, pero en el fondo sabía que serías feliz, porque tú eres una de esas personas que no se quedan quietas si no logran ser felices, eres una de esas personas a las que la vida, sin ninguna duda, debe tratar bien.

No sé cuantos años han pasado desde la última vez que te vi… pero hoy, por una de esas jodidas (no) casualidades de la vida, he visto una foto tuya en una red social. Sonreías como cuando yo te conocí, como aquella noche de junio en la que un concierto y un par de cervezas nos presentaron, sonreías como muchos meses después te vi sonreír y como otros muchos después te vi dejar de hacerlo… Y entonces, sólo entonces, me he dado cuenta que a pesar de todo el empeño por odiar y olvidar, lo único que olvidé fue olvidarme de ti.

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Imagen de Google.

*A veces, simplemente hay que saber valorar las cosas que tenemos en nuestras vidas e intentar no descuidarlas ni un sólo día.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

No todos los políticos son iguales.

Nos han hecho tanto daño político que no es extraño escuchar a alguien decir “no confío en ningún político“, “no me creo a ninguno” o “todos los políticos son iguales“. Pero no, no todos los políticos son iguales. Yo, que confío en las personas, tengo esperanza y confío en la razón, siempre estoy segura de que hay excepciones, aunque sólo sea para confirmar la regla. Como en cualquier asunto de la vida. Hoy, te lo quería contar.

Ayer por la noche estuve con mi amiga Lydia y justo le dije que no tenía ni idea sobre qué iba a escribir en el post de hoy. A veces, desgraciadamente, las noticias te sorprenden y te dan el tema a tratar. Hoy, cuando me he despertado, mi mejor amigo me había escrito un mensaje en el que me anunciaba la muerte de Pedro Zerolo y me pedía que escribiese sobre él. Me ha invadido la pena, porque a veces, cuando muere alguien que no conoces, pero de quien sin conocer sabes que tiene un gran corazón, la pena llega de forma inevitable. Me he sumergido en mis redes sociales y todo el mundo se hacía eco de la noticia.

MD35. MADRID, 25/10/08.- El secretario de Movimientos Sociales y Relaciones con las ONG del PSOE, Pedro Zerolo, sostiene una pancarta que condena el machismo, durante la manifestación convocada esta tarde en Atocha, Madrid, por una asamblea de hombres para protestar contra la violencia de género. EFE/VÍCTOR LERENA

La muerte no perdona a nadie, es algo que sabemos que existe desde casi el comienzo de nuestra historia, pero es algo para lo que casi nadie estamos preparados nunca. Yo, personalmente, es a lo único que le temo en la vida. Qué cosas.

Cuando muere alguien que ha luchado por el bienestar social como lo hizo Zerolo, es imposible no sentir un vacío inmenso, y entonces, una vez más, te preguntas por qué no existen más personas así, porque el ser humano, en vez de ser lo contrario en su gran mayoría, no se empapa de la fuerza y buena energía de algunos que parece que simplemente fueron enviados para intentar salvar el mundo o, al menos, mejorarlo en todo lo que esté a su alcance.

Como muchos ya sabéis, soy una gran defensora del colectivo homosexual. Muchas de las personas que forman parte esencial en mi vida son homosexuales, pero no por ello respeto cualquier condición sexual. Respeto cualquier condición sexual porque yo creo en el amor y las personas, porque yo amo la libertad y la felicidad y porque todo ser humano tiene derecho a amar, a ser libre y a ser feliz. Estoy segura que somos muchos los que pensamos así. De hecho, quiero pensar que todos los que me leéis pensáis así.

Zerolo lo pensaba, pero no quiso quedarse de brazos cruzados. Él quiso luchar por el amor, por la libertad, por la felicidad, por la igualdad, por los derechos, por las personas y por un mundo más justo en el que todos vamos a convivir. Porque no todos los políticos son iguales.

Hoy, al verle protagonizar tantas noticias, me he encontrado con un sin fin de imágenes suyas. El cáncer le había consumido, le había quitado fuerza a su cuerpo, pero en cada una de las imágenes, todavía sabía conservar una sonrisa fuerte, llena de ilusión y de esperanza, no por él, que ya era consciente que más bien pronto que tarde se iría, sino esperanza por este mundo que nos dejaba y por el que había luchado sin límites mientras había estado por aquí. Hay personas que tienen magia en el alma, y eso, queridos, ni el maldito cáncer lo sabe destruir. Zerolo brillaba, estoy segura que ha brillado hasta el final.

Mi amigo Tomás compartía en Facebook una entrevista que El Mundo publicaba hace casi un año. Una entrevista maravillosa que me ha hecho emocionarme y de la cual, he creído necesario rescatar algún fragmento.

P. No va a renunciar a trabajar…
R. No, nunca. Acabo de proponer en el Ayuntamiento 10 medidas urgentes para luchar contra la pobreza infantil. Quiero trabajar hasta la victoria final. Y si no hay victoria, es que no es el final.
P. Si naciera otra vez… ¿volvería a ser político?
R. Volvería a ser un servidor público con discurso político. De izquierdas, claro.
P. ¿Y cuando escucha: ‘¡los políticos todos a extinguir!’?
R. Hay una enorme desafección y tiene su explicación. Hay algunos políticos que no han entendido su función como un servicio público. Los que así lo entendemos no hemos tenido mayor problema. Pero sí, hay mucho cabreo e indignación y eso hay que corregirlo. En mi caso, la gente conoce mi trabajo y la pulsión suele ser muy positiva. Creo que hay que recuperar la identidad.

Quizás no ha sido una casualidad que junio haya sido el mes de su despedida, de su incansable lucha, de su batalla perdida, pero tantas cosas ganadas… Junio es un mes importante para muchos homosexuales que en el Orgullo Gay saldrán por las calles de Madrid a alzar banderas llenas de colores y a brindar por la libertad y la igualdad, y estoy segura que este año, todos le llevarán en la memoria. Quizás no ha sido casualidad que haya esperado a ver cómo nuestro país vivía unas elecciones con un cambio notable en el enfoque político, en la ideología, en la necesidad de renovarse, en la esperanza y la ilusión… Quizá, quién sabe.

Hoy no hay colores políticos, hoy sólo hay vacío y una tristeza inmensa al ver como la vida, a veces, es excesivamente injusta, y como el cáncer ataca sin elección ni condición. Hoy hay un vacío y una tristeza inmensa por la pérdida de un hombre que luchó por los derechos de las personas, y vio repercusiones sociales gracias a su lucha. Gracias Pedro, muchísimas gracias.

Estoy segura que hoy, incluso aquellos homosexuales que sin sentido se aferran a partidos políticos que rechazan su condición sexual, miran al cielo en silencio, y aunque no se atrevan a pronunciarlo en voz alta, le están dando las gracias.

Hoy, el periodista Isaías Lafuente twitteaba: “En el más allá Pedro Zerolo ya debe estar peleando para que la igualdad sea eterna. DEP”. Yo también lo creo.

Hoy es un día triste, sin ninguna duda.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Desmonté el mundo.

Queridos míos, os he insistido tanto en que la primavera es mi estación favorita del año que hoy mismo me cuestionó si yo he perdido la razón o la ha perdido el tiempo, porque la primavera, como tal, ha desaparecido. El calor del pleno verano, ha llegado sin avisar, y mientras hace una semana todavía llevaba pantalón largo y chaqueta, hoy visto ropa que me pongo en pleno mes de julio.

He pasado unos días en mi tierra, disfrutando de las fiestas de Palomar con mis amigas, dónde me reencontré, después de diez años, con uno de los profesores que han marcado mi vida y fue para mí algo tan, tan bonito…  y estuve en l’Olleria, disfrutando de la comunión de mi prima Marta (ella es una de mis cosas favoritas de la vida), viviendo un fin de semana súper familiar y especial para nosotros… Porque en l’Olleria, las comuniones, más que un acto de fe, son toda una tradición y celebración y yo he sido muy feliz de verla a ella con tantísima ilusión…

Al llegar a Madrid, me doy cuenta lo bien que se está en el Mediterráneo, porque allí, aunque el calor sea igual de exagerado, el mar está bien cerca. Hoy me reencuentro con vosotros con un post en forma de relato sobre una de las caras del amor, una de esas caras que desde lejos, nos atrevemos siempre a juzgar, sin pensar realmente qué sienten sus protagonistas… Y aunque yo siempre he sido de las de defender que las cosas se pueden evitar y sobre todo, en estos temas, suelo estar en contra de los que se enamoran… Hoy he necesitado ponerme en su piel, porque a veces, la locura y el dolor, son los únicos que nos llevarán a la cordura y la felicidad.

Leed despacito, como siempre.


Desmonté el mundo.

Por aquel entonces yo debía tener unos veintitrés años. Tenía las ganas de vivir aferradas al alma, tenía ganas de comerme el mundo, estaba en mi segundo año de facultad y todo era bonito. Me había trasladado a la ciudad y vivía en un antiguo piso que mi abuela paterna conservaba, un piso deshabitado desde hacía muchísimos años y que mientras a mi madre la horrorizaba, yo vi su encanto desde el minuto uno. Recuerdo la primera vez que entré en él. Aquella casa olía a soledad y polvo, era un lugar oscuro al que sólo hacía falta abrir las ventanas, limpiar a fondo y darle una mano de pintura para convertirlo en un lugar acogedor. Cambié algunas cosas, algunas cortinas, algunos muebles, parte de la decoración, las almohadas, el colchón… Poco más. Me gustaba aquella casa, combinando lo antiguo con lo moderno, lo viejo, lleno de recuerdos y vivencias, con las cosas recién estrenadas. En el salón, un gran ventanal se abría a un pequeño balcón al que le puse una pequeña mesa de madera y un par de sillas, unas flores y mi café cada mañana. Al lado de aquel ventanal, en el interior de la casa, conservé un viejo tocadiscos que me parecía maravilloso, y justo a su lado, una estantería llena de libros e historias que otros habían escrito para que me acompañasen en el camino de la vida. Mi gata Lulú se mudó conmigo y cuando todo estuvo terminado, las dos nos miramos y asentimos. Nos gustaba nuestro nuevo hogar.

Acudía a clase por las mañanas, estudiaba y pasaba apuntes por las tardes. Los fines de semana, trabajaba en una cafetería y en verano aprovechaba para dar clases particulares a aquellos niños que en septiembre tenían que recuperar algunas asignaturas del curso anterior. Desde muy pequeña supe que quería ser abogada, seguramente lo supe antes de saber en qué consistía realmente aquello, pero una vez, viendo una película con mi madre, le dije que yo quería hacer lo mismo que hacía el señor de la pantalla, quería hablar por otros y ayudarles, quería defender a los buenos y meter en la cárcel a los malos, y entonces ella me dijo que para eso, tendría que estudiar mucho y sacar muy buenas notas en el colegio. Así lo hice.

Por aquel entonces yo tenía veintitrés años, veintitrés años recién estrenados y un sin fin de planes en los que por supuesto, él no entraba. Todo cambió aquella tarde de junio en la que se cruzaron nuestras vidas…

Marisa, una señora de voz dulce y educada, me había llamado hacía sólo unos días porque había visto mi anuncio sobre las clases particulares. Su hijo Víctor, necesitaba ayuda en los exámenes finales y además, seguramente, iba a necesitar ayuda durante todo el verano para preparar los exámenes de septiembre. Me avisó que tenía 13 años y la tontería eterna del adolescente que se cree mayor y lo sabe absolutamente todo.  Vivían sólo a dos manzanas de mi casa. Vivían en un quinto piso, en un edificio de color marrón y tostado. Aquella casa me daba paz, quizás por lo silenciosa y sola que estaba. Olía a limpio y tenía las paredes blancas. En el salón, donde daríamos nuestras clases, habían fotos familiares repartidas por estanterías y muebles, algunas en la playa, otras en la nieve, todas ellas enmarcaban sonrisas y felicidad, enmarcaban la infancia de unos niños que ya habían perdido su inocencia. La madre de la criatura me pareció más dulce todavía en persona que por teléfono y el rebelde adolescente, en el fondo, me hacía gracia, se ponía rojo cada vez que le hablaba y no se atrevía a levantar los ojos y mirarme a la cara. Como por aquellas fechas, yo también estaba de exámenes, nos veíamos todas las tardes, de lunes a jueves, una hora y media cada día. Me pagarían al final de cada semana, y a mi me parecía genial para mis gastos y caprichos que llegaban al mismo tiempo que el viernes en el calendario. Víctor tenía un hermano mayor, de dieciséis años que al parecer, aunque no fuese un estudiante brillante, cumplía con sus obligaciones y una hermana pequeña, de ocho años que era una preciosidad y, sin ninguna duda, la princesa de la casa. Una tarde en la que Marisa salió a recoger un vestido que tenía encargado llegó Jaime, el padre. No había coincidido nunca con él y en el momento que se cruzaron nuestras miradas supe que mi vida estaba perdida para siempre.

No podía creer que aquel hombre, que era increíblemente guapo y atractivo, pudiese ser tan mayor como para tener tres hijos y una mujer. Nuestras miradas se cruzaron en silencio, como se cruzan las miradas de dos personas que ya se han visto antes, que se suenan de algo y no saben de qué, se cruzaron como se cruzan las miradas de quienes se devoran con las mismas y sienten que el resto del mundo se ha desvanecido a sus pies. Me levanté para presentarme y en el momento que me dio dos besos se me erizó toda la piel, ni yo misma podía entender qué era lo que estaba sucediendo. Cuando salió del salón, me miró con una delicadeza que no había visto jamás en ningún ser humano y asintió. Entonces supe que él sabía lo que a mí me estaba pasando, y lo que es peor, supe que a él le estaba pasando lo mismo.

Aquella noche no pude dormir. Sin saber cómo, ni por qué, me estaba volviendo loca de rabia, sólo le había visto una vez y sólo quería estar a solas con él, y quizás, como sabía que era imposible todavía lo deseaba más. Desde aquel día, mis clases particulares tenían un motivo de ser, sólo deseaba que fuese la hora para acudir a aquella casa, todas las tardes con la esperanza de volverle a ver. Tardé una semana en volver a coincidir con él, nuestras miradas volvieron a cruzarse, en silencio, calmadas, ardiendo, fuertes, seguras, irracionales, apasionadas… Y sabía que me estaba quemando, pero no quería dejar de jugar. Era una locura, pero necesitaba vivirla. Desde aquel segundo reencuentro, acudía casi todas las tardes, a la misma hora, con una excusa tonta. Su despacho estaba en el piso de abajo, así que era muy fácil para él. No había pasado absolutamente nada, ni habíamos cruzado más de dos palabras, pero empecé a tener miedo de que su mujer me viese mirarle, o que le viese a él mirarme a mí, empecé a temer que me dijese un día que ya no hacía falta que volviese más.

Una tarde, mientras su hijo se había escapado al baño, pasó por el salón y me vio sola, entró a preguntar si quería agua o algún refresco, que hacía mucho calor… Le dije que no se molestase, estaba a punto de marcharme a mi casa, y entonces, en ese instante me preguntó qué estudiaba… Cuando escuchó la palabra derecho le salió una medio sonrisa que a mí me hizo temblar el corazón y entonces me dijo que él era abogado y que cualquier cosa que necesitase, podía contar con él.

Mis ganas de verle, o simplemente de estar a solas con él, crecían por segundos. No me reconocía. No me importaba su familia, ni su mujer, ni nada, sólo quería estar con él y quería vivir, al menos una vez en la vida, las cosas con las que llevaba soñando desde que le había visto por primera vez. Una tarde, al cruzarme con él, le pregunté si podría echarme una mano con un tema que tenía atravesado y sobre el cuál me examinaba una semana después. Me dijo que al terminar la clase, pasase por su despacho. En aquella oficina trabajaban varios abogados, entre todos habían alquilado el local para que les saliese más rentable, y cada una de las habitaciones de aquel piso, eran las oficinas personales de cada uno de ellos. La suya daba a la calle, y el sol entraba con ganas por pequeños espacios que esquivaba a través de las cortinas. Me senté y empecé a exponerle mis dudas, me temblaba la voz y me sudaban las manos. Me miraba fijamente, en silencio, y entonces se puso a mi lado y me acarició la mano. Un silencio nos envolvió, y sin saber cómo, sentí sus labios sobre mi cuello, cogí sus manos y apreté mis senos, le besé cómo jamás había besado a nadie, le desabroché cada botón, le arranqué la camisa, le dejé subirme el vestido y apreté su espalda contra mi cuerpo que reposaba ya contra la pared y sentí como nos convertíamos en solo uno, con fuerza, rabia, pasión y miedo.

Cuando terminamos lloré en silencio, mientras él me abrazaba y me acariciaba el pelo… Aquel día cambió mi vida para siempre. Dejó de subir a su casa cuando yo estaba, nos veíamos en su despacho, con la excusa de mis dudas y su experiencia. A veces, sólo nos abrazábamos y nos besábamos, otras nos pasábamos un buen rato hablando, otras hacíamos el amor, y otras simplemente nos acariciábamos las manos. Me enamoré de él como jamás me he enamorado de nadie. La primera vez que vino a mi casa era un domingo, había dicho en casa que iba a comer con unos amigos, preparé pasta con tomate y bajé las persianas para que la luz del pleno agosto entrase con delicadeza por lo bajo. Alquilé unas películas, y estuvimos tirados todo el día, comiéndonos a besos, saboreando cada poro de nuestra piel, desnudándonos el alma y queriendonos sin límites ni por qués… Lulú nos miraba cómplices, sabía de él sin conocerle y sabía que yo jamás había sido tan feliz. Mi olor favorito era el de su piel, mis caricias favoritas las de sus manos y sabía que ya no quería hacer el amor con alguien que no fuese él…

Aquel fue uno de los veranos más tristes y bonitos de mi vida. Bonito por la pasión y las ganas y tristes por una clandestinidad que me hacía cada vez más daño, por seguir subiendo a aquella casa y ver aquellas fotos en el salón, por pasar por el lado de su mujer y sentirme tan desgraciada de su desgracia, por verle en una familia que no era mía, yo, que era suya… y él, que tanto me quería…

En septiembre mi dolor ya era insoportable y le dije a Marisa que no podía seguir dandole clases a Víctor porque debía centrarme en mi carrera. Nunca supe si lo hice por vergüenza, o por egoísmo, pero necesité salir de allí. Un año después, la situación era insostenible y yo sabía que estábamos locos el uno por el otro. Vivíamos ya dentro de nuestra locura, que era sólo nuestra, pero era la única forma en la que éramos felices. Se divorció. Sus hijos mayores tardaron muchos meses en poder perdonarle lo que le había hecho a su madre y a mí tardaron años en querer hablarme.

Mi madre montó en cólera cuando se enteró, me echó la culpa de absolutamente todo, pero con el tiempo supo entenderme y perdonarme. Nos instalamos en el viejo piso de mi abuela paterna, y lo hicimos nuestro hogar. Terminé mis estudios y nos casamos cinco años después. Olivia llegó a nuestras vidas cuando yo cumplí los veintinueve y Claudia sólo quince meses después. Montamos nuestro propio bufete de abogados y trabajamos juntos formando un equipo que no podría ser mejor.

A veces, me pregunto si algún día la vida me perdonará el daño que hice, o si la vida, mirándonos desde lejos, sonríe y entiende que a veces, no podemos controlar nuestros destinos, nuestros caminos y nuestros actos, y si quizás ella, me ha perdonado ya, entendiendo que el amor, a veces, simplemente nos vuelve locos y necesita desmontar el mundo para que dos almas se lleguen a encontrar. Yo desmonté el mundo, infinitamente egoísta, para buscar mi felicidad.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Los sueños, sueños son.

Empezar el martes ya directamente con vosotros, supongo que va a suponer una buena dosis de energía para todo el día, y eso me gusta. Me hace muy feliz sentarme a contaros alguna historia.

Los que seguís mi página de Facebook (lo que te quería contar) o mi Instagram personal (@lorenacorcoles), habréis visto que sí, una vez más, me estoy perdiendo entre las páginas de La Sombra del Viento. En varias ocasiones os he hablado de este libro, cómo lo descubrí, cómo lo acaricié por primera vez y cómo le declaré amor eterno a Daniel, uno de sus personajes principales. Supongo que al igual que nunca nos cansamos de ver nuestra película favorita, o igual que vemos siempre que echan en la tele alguno de esos clásicos románticos que pasen los años que pasen y los veas las veces que los veas, siempre te apetece, sentarte en el sofá y volver a disfrutarlos, a mí me pasa igual con este libro. Ya no sé cuántas veces lo he leído, pero sé que nunca dejaré de hacerlo. Cada vez que me sumerjo entre sus páginas, que acompaño a Julián, Penélope, Daniel, Bea o a Fermín Romero de Torres a pasear por aquella antigua Barcelona, gris y con el alma destrozada, con olor a miedo y muerte en cada una de sus calles, me encuentro conmigo misma. Siento paz y sonrío… En el libro hay una gran frase que dice: “Los libros son espejos: sólo se ve dentro lo que uno ya lleva dentro“. Supongo que cada vez que lo leo, algo nuevo despierta en mí, o porque quizás, la primera vez que visité El Cementerio de los Libros Olvidados, a principios de 2004, le entregué, sin ser consciente, cual enamorada, un trozo de mi alma para siempre.

Hoy no quería hablaros de la Sombra del Viento, aunque me hace muy feliz saber que muchos lo habéis leído, dejadme, solamente, insistir a los que todavía no lo han hecho. Es una auténtica obra maestra que, creo, debe leerse, al menos, una vez en la vida.

Pero hoy lo que te quería contar va más allá de las páginas de esta novela. Hoy quiero hablarte de los sueños, aunque en otras ocasiones te he hablado de ellos, pero creo que es necesario que nos volvamos a reencontrar, de vez en cuando, con este tema. Sobre todo, quiero aprovechar para recordárselo a todas esas adolescentes o jóvenes que me leen cada semana, porque están empezando prácticamente a caminar “solos” ante la vida, empezarán pronto a conocer la madurez y tendrán que tomar decisiones que les harán elegir caminos profesionales y formas de vida… Y creo que, sobre todas estas decisiones, deben priorizar los sueños y las ilusiones de cada uno.

Del mismo libro del que os acabo de hablar, rescato otra frase que me encanta: “Lo difícil no es ganar dinero sin más. Lo difícil es ganarlo haciendo algo a lo que valga la pena dedicarle la vida.” Creo que no hay nada más cierto. Lo que está claro es que todos tenemos sueños, anhelos y objetivos de futuro, esa es la magia del ser humano: las ilusiones y los deseos, qué queremos ser y cómo vamos a conseguirlo. Lo que está claro es que aquellas metas que te propongas no van a ir a buscarte hasta tu casa, pero tú si saldrás a la calle y lucharás para encontrarlas.

No quiero ni pretendo ser ejemplo de nada, ni para nadie. Pero me gustaría compartir con vosotros un poco de mí. Tengo un trabajo que no me disgusta, pero no me apasiona. Es un trabajo que me da una situación laboral muy estable, y un sueldo fijo cada mes con el que tengo que pagar un alquiler y vivir una vida que me apetece y me hace feliz, pero a mí lo que realmente me apasiona es esto; sentarme frente a un ordenador y dejar que los dedos traduzcan solos lo que mi mente va imaginando y pensando, sin que yo tenga tiempo, prácticamente de reaccionar. Trabajé mientras estudiaba y con eso y las becas que recibía pasé mis cinco años en la facultad. Ahora, si miro hacia atrás y pienso que han pasado casi diez años desde aquello, sé que hay que hacer las cosas de otra forma, porque ha pasado el tiempo y porque mi vida necesita encontrar ese camino y ese trabajo que realmente  me llene como persona.

Como bien sabéis (aunque esté tardando un poco más de lo previsto), en poco tiempo sale a la venta mi primer libro: Me olvidé Decir Te Quiero y otros relatos cortos. Con ello quiero deciros que nadie me ha regalado nada, que he buscado la forma de hacer realidad mis sueños, que he trabajado desde siempre, aunque no me gustase mi trabajo, pero he sido realista y he sabido que la vida vale dinero, aún así, tras mi jornada laboral, he buscado alternativas y he buscado y encontrado otros caminos que realmente me llenan ese vacío profesional que durante mucho tiempo tuve. Está claro que me he encontrado por el camino con gente maravillosa que me ha sonreído y me ha acompañado a conseguirlos, con su apoyo y su magia, y otra gente que no lo ha hecho, pero supongo que, al final, los que me siguen acompañando son los primeros.

No sé cómo ni donde acabará esta historia, si saldrá bien o saldrá mal, pero lo que sé es que es de vital importancia intentarlo. Si no lo intentas, no sabes si vas a ganas o a perder. Perder da fuerzas y ganar te hace querer más, y en la actitud y las ganas está la clave para conseguir aquello que deseamos, sea en el ámbito profesional o personal, desde elegir cómo queremos llevar el camino de nuestro trabajo y cómo buscaremos alternativas si este no nos hace feliz a cómo haremos que sea nuestra vida fuera de él, de qué amigos nos rodearemos y cuánta felicidad necesitaremos que nos dé nuestra pareja. Recordad siempre que vida sólo hay una, y yo, al menos, estoy dispuesta a exprimirla al máximo. ¿Qué vas a hacer tú?

Nunca es tarde y eso es una realidad. Da igual dónde estés o cómo estés y la edad que tengas, si tienes ganas de conseguir algo, y pones el empeño y la lucha necesarios, lo vas a conseguir. Yo creo en la capacidad del ser humano y creo que es capaz de conseguir absolutamente todo lo que se proponga, aunque a veces me decepcione, si no creyese en el ser humano, estaría totalmente perdida.

Descubrí el claro ejemplo de todo esto que os digo hace relativamente poco. Lo descubrí hace menos de tres años, porque fue Sergio quien me presentó esta película de la cual me enamoré la primera vez y la cual ya he disfrutado unas cuantas veces. Million Dollar Baby es una de esas obras del cine (aunque basada en una novela) que te dan una lección de vida, que te hacen mirarte y pensar: ¿qué hago aquí? y, ¿por qué no voy a buscar aquello que quiero llegar a ser?

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Dirigida por Clint Eastwood, quien también participó en la producción, compuso la banda sonora e interpretó uno de los papeles principales, Million Dollar Baby se estrena en el año 2004 y consigue ser galardonada con más de cuarenta premios nacionales e internacionales, entre los que destacan cuatros premios Óscar, incluyendo mejor película, mejor director, mejor actriz principal y mejor actor secundario.  Además de Eastwood, protagonizan la película Hilary Swank y Morgan Freeman (quienes recibieron el Óscar a mejor actriz y mejor actor por estos papeles).

Narra la historia de Frankie Dunn, un veterano entrenador de boxeo ya al final de su carrera, y sus esfuerzos por ayudar a una boxeadora, llamada Maggie Fitzgerald, a llegar hasta lo más alto, aunque entrenar a una mujer esté contra sus criterios. Maggie tiene 31 años y trabaja como camarera. Eso no la hace feliz, ella tiene un sueño y una meta: quiere ser una gran boxeadora, quiere ser reconocida y quiere viajar por el mundo. En el camino hacia su sueño, se encuentra con muchas personas que no creen en ella, pero aunque algunas veces flaquea, la esencia de todo es que ella cree en sí misma y no va a parar hasta conseguirlo.

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Su sueño se convierte en una realidad y se convierte en una aclamada y conocida boxeadora, una mujer con éxito, fama y dinero que la llevarán a encontrarse con la peor de las decepciones: el egoísmo e interés de su propia familia. A veces, los sueños salen mal, y un fatídico golpe cambiará la vida de Maggie para siempre. No os voy a desvelar el final, aunque supongo que muchos lo conocéis, pero los que no, quiero que disfrutéis de esta película y luchéis por aquello que deseáis.

A veces los sueños cumplidos pueden torcerse y podemos encontrar un final que no hubiésemos deseado ni en nuestra peores pesadillas, pero aún así, en algún momento, ese sueño te hará completamente feliz y te dará una felicidad absoluta que el no haber luchado por él no podrá darte jamás.

De mi libro os diré que estamos eligiendo la portada y que muy pronto os traeré novedades. Gracias a los que me decís que tenéis muchas ganas de tenerlo en vuestras manos, no os imagináis las ganas que tengo yo.

” La magia de librar batallas más allá de lo humanamente soportable se basa en lo mágico que resulta arriesgarlo todo por un sueño que nadie más alcanza a ver excepto tú.”
Million Dollar Baby

Luchad siempre.

Feliz martes, amigos.

Lorena.

Me gusta todo, menos tú.

Como cantaba mi amigo Mario en una de sus canciones: algo estamos haciendo mal. No ha sido nuestra culpa, o tal vez sí, pero algo estamos haciendo mal.

Hoy te quería contar algo en lo que todos deberíamos estar de acuerdo, con nuestras diferencias y preferencias, pero con las ideas superficiales, al menos, iguales. El problema es que estamos de acuerdo muchos, pero no todos, y ahí es cuando algo falla, porque algo falla.

Hoy quiero hablarte de lo mucho que me gusta el país en el que vivo y lo poco que me gustas tú. Quizás suena un poco frío, pero es la verdad.

Me gusta mucho mi país, es un país bonito, aparentemente tranquilo… Me gusta su sur, con sus rincones, sus colores, su calorcito, su arte, su acento, su clima, la gracia de su gente… Me encanta su norte, con esos paisajes de ensueño, tan verdes, tan bonitos, su agradecido fresquito en verano, sus lluvias, su comida, la bondad de su gente… Me gusta Barcelona, por ejemplo, la ciudad de mi libro favorito, la ciudad que para mí es un sueño, tan cosmopolita, tan avanzada siempre, me gusta su gente, su idioma, me gustan sus valores… Me gusta (y mucho) la capital de mi país, esta ciudad que he hecho un poco (bastante) mía,  me gustan sus calles, su vida, su mezcla, su cultura, sus pocas ganas de dormir, me gusta su gente, sus costumbres… Me gustan todos los rincones de mi país, unos más bonitos que otros, cada uno con sus cosas, una maravilla en su conjunto… Me gusta, por supuesto, Valencia, mi tierra, mi casa, me gusta el clima del Mediterráneo, su comida (¡viva la paella y la cassola!), me gustan sus playas, sus fiestas de Moros i Cristians, me gusta su lengua, me gusta su gente…

Me gustan tantas, tantísimas cosas… Me gusta todo, menos tú.

Vivo en un país precioso, de verdad te lo digo. Un país donde se hablan varios idiomas, un país que me transmite buen rollo, energía y felicidad. De mi país me gusta casi todo, y digo casi, porque no me gustas tú.

Me gusta mi país, me gustan sus médicos, me gustan sus profesores, me gustan sus periodistas, me gustan sus músicos, me gustan sus actores, sus directores de cine, me gustan sus escritores, me gustan sus deportistas, me gustan sus profesionales, porque los hay, perfectamente preparados y capacitados en cualquiera de los ámbitos. Me gusta su historia, su cultura, sus monumentos, me gusta la Giralda, la Sagrada Familia, la Catedral de Santiago, La Alhambra, El Palacio Real o La Puerta del Sol… Me gusta todo esto que se ha ido conservando y cuidando a lo largo de los siglos, con el paso de la gente y del tiempo.

No me gustas tú, porque lo estás destruyendo casi todo.

Vivo en un país maravilloso, con personas maravillosas… Pero siento una vergüenza extrema cada vez que veo a cualquiera de los políticos que creen que nos representan. Vivo en un país donde la corrupción está a la orden del día, donde nos roban por todos lados y  donde se consiente. Vivo en un país donde roba todo el mundo que tiene el mínimo poder, desde el alcalde de un pequeño pueblo hasta el yerno del rey, y eso me llena de tristeza, de rabia y de impotencia.

Vivo en un país dónde algunos tapan a los que roban, los esconden, y si salen a la luz, se atreven a justificarles. Vivo en un país donde nos han recortado en sanidad, siendo una de las mejores de Europa, donde nos han recortado en educación, tan básica y esencial, vivo en un país donde violan su cultura, manteniendo un IVA del 21%.  Vivo en un país donde siento tanta tristeza…

Supongo que muchos sabéis que mi lengua materna es el valenciano, es mi primer idioma, y en valenciano me he criado y educado. He estudiado en valenciano e incluso hice la selectividad en valenciano. Siempre he defendido mucho mi lengua, tan digna, tan bonita, tan nuestra… El valenciano es mi familia, mi pueblo, mis amigos de siempre, es mi tierra, es mi historia y es mi cultura.

Hace unos meses, al comenzar las fallas, la alcaldesa de Valencia (no voy ni a escribir su nombre, no quiero manchar este post) daba un discurso lamentable inventando todas y cada una de las palabras que pronunciaba en valenciano. Mi lengua, y la de muchos. No pude sentir más vergüenza… ¿Cómo una señora que cobra un sueldo que multiplica el de cualquier trabajador no sabe ni si quiera hablar el idioma de su tierra, el idioma oficial de la ciudad a la que representa? ¿No os parece surrealista? Desgraciadamente, esto no fue lo peor. No lo fue. Mientras las redes sociales se llenaban de comentarios y de videos sobre el discurso, mientras la mayoría de los ciudadanos no daban crédito a lo que había sucedido… Pasó algo realmente alucinante, que os prometo me hace plantearme dónde está la razón del ciudadano y dónde está la cultura de las personas. Lo peor, para mí, fue que hubo gente que se atrevió a salir en su defensa, se plantó ante el balcón del ayuntamiento con pancartas como “¡Viva nuestra alcaldesa!” o “Yo con el valenciano también me lío, pero de Rita me fío” (esta última me mató). Os prometo que tenía ganas de llorar…

Que los políticos nos roban es un secreto a voces, pero que se destapen constantemente tramas de corrupción y que la mayoría de ellos estén tranquilamente en la calle, cobrando sueldos de por vida y riéndose a carcajadas de todos los ciudadanos me da mucho asco. Hace unos días salían a la luz unas facturas de esta misma señora, la alcaldesa de Valencia, en las que se reflejaba que en los peores momentos de la crisis gastaba dinero de forma desorbitada, en cosas innecesarias como suites de hoteles, comidas de lujo, bebidas alcohólicas o coches privados con chófer… Mientras tanto, miles de ciudadanos se preguntaban cómo poder pagar las facturas de luz y agua, cómo comprar los libros de los colegios de sus hijos o cómo poder darles de comer en condiciones. Cuando los periodistas le preguntaron, tuvo la poca vergüenza de responder, para justificar estos elevados gastos, que no quiere “cutrerías” para Valencia. Ay, perdone, ¿es que ese dinero estaba siendo destinado a un colegio, a un hospital, o a un parque infantil? Porque me pierdo.

La alcaldesa de Valencia sólo es una entre cientos. Todos ellos me dan asco, mucho asco,  pero quien no me gusta eres tú. Si, tú, el que les vota, el que aún sabiendo todo eso, les apoya, como si a ti no te estuviesen robando nada, como si sólo me lo estuviesen robando a mí.

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Dentro de unos días empieza mayo, uno de mis meses favoritos, con su día uno como festivo: el día del trabajador. Yo estoy muy contenta porque ese día descanso. Desde hace unos años me acuerdo de todos los que tenemos suerte de tener un trabajo, pero, sobre todo, me acuerdo de todas esas personas que llevan mucho tiempo luchando por un trabajo digno. Me acuerdo de todos esos padres de familia que ya no encuentran trabajo porque “ya son muy mayores”, me acuerdo de todas esas mujeres que luchan incansablemente por poder tener un trabajo y mantener sus familias y sus hogares… Me acuerdo de todos y cada uno de esos jóvenes licenciados, brillantes, con un curriculum impecable, que están trabajando de camareros o limpiando hoteles en cualquier rincón de Europa, me acuerdo de los que tuvieron más “suerte”, y ejercen su profesión y vocación en otro rincón del mundo, con la consecuencia de estar lejos de su gente, de sus familias, de sus casas, de sus ciudades y sus calles… Y entonces, me vuelve a invadir la pena. Entonces me acuerdo de todos estos malditos políticos corruptos, a los que la gente ha elegido para representarles, para que luchen por sus derechos y mejoren su bienestar social, pero no lo han hecho, y aún así, les vuelven a votar. Entonces me acuerdo de esa gente que les vota y me encantaría que me explicasen por qué lo hacen y entonces pienso “tenemos lo que nos merecemos”, pero no, no nos lo merecemos. Se lo merecen los que les apoyan, pero no nosotros, no el resto.

Trabajar es un derecho, pero mientras miles de personas en mi país no tienen un trabajo digno, mientras miles de personas no tienen trabajo, sus políticos roban y viven vidas de lujo.

Vivo en un país muy bonito, te lo prometo… De él me gusta todo, menos tú.

snte

Buenas tardes/noches, amigos.

Lorena.