Y le quise ver mil veces…

Reconozco mi poca vergüenza. Os prometo que la reconozco, que no tengo excusas, sólo falta de tiempo…

El otoño ha llegado con fuerza a Madrid y si os digo la verdad, a mí me gusta tener que ir sacando ya alguna que otra chaqueta del armario, la chupa de cuero, los botines o los pantalones largos. Esta mañana he empezado mi lunes trabajando desde aquí, mi ciudad adoptiva, que cada día me tiene más enamorada (aunque parezca imposible) y la terminaré trabajando desde Italia, con una compañía inmejorable y eso, además de que no puede sonar mejor, es una auténtica gozada. A estas horas he decidido prepararme un té verde calentito, mientras el fresquito golpea la ventana y yo me reencuentro con vosotros. ¿De qué forma? Pues a través de un relato… No he encontrado otro modo. Es lo único que hoy necesitaba y os quería contar…

Leed despacio, como siempre, acurrucaos en el sofá y dejar, por unos minutos, de lado la realidad.


 

Y le quise ver mil veces…

Aquel día le vi, y fue casi sin querer, pero fue inevitable. Le vi. Y eso que aquella mañana mi amiga Sofía me había advertido de lo que iba a suceder. Ella sabía que yo saldría de casa y que le iba a ver, y yo negaba, y me reía y le decía que no, que tenía otros planes, que no me iba a cruzar con él… Que no iba a hacer por cruzarme con él. Pero lo hice, como lo llevaba haciendo durante meses…

Nos habíamos conocido muchos años atrás. Habíamos coincidido en una academia de verano de esas a las que van los pringados que, de un modo u otro, necesitan tener una obligación para levantarse cada mañana y estudiar para septiembre. Nos caíamos bien, es que eso se notó desde el principio. Por aquel entonces, él tenía novia y yo… Yo no tenía absolutamente nada. A ver, pongámonos en situación… Compartimos unas clases particulares en una academia, un verano, nada más (¿qué más da si tenía novia o no?). Si digo que no me fijé en él, miento. ¿Quién no se fijaba en él? Era prácticamente imposible. No sé muy bien si por esos ojos verdes, si por esa piel tostada, si por ese pelo despeinado o por esa chulería que le hacía irremediablemente adorable (y apetecible). Compartimos risas y buenos momentos, después, obviamente, cada uno siguió su vida. Es más, creo que él se fue de la ciudad… Bueno, no lo creo. Lo sé. Se fue a estudiar fuera y no le volví a ver hasta que no pasaron dos años, en una noche de viernes, por pura casualidad. Los dos nos alegramos de vernos, es verdad. Se notó, incluso desde lejos. Nos dimos un abrazo, nos regalamos las sonrisas que se regalan aquellos que hace tiempo que no se ven y se caen bien y estuvimos un rato charlando, entre risas, entre tonterías y complicidad (imposible negarlo). Dijimos de tomar un café, algún día, ya nos llamaríamos, si eso…

Pues me llamó. Me llamó al día siguiente y acepté. Lo que iba a ser un café se convirtió en horas y horas de cañas, de risas, de miradas, de parar el tiempo, de olvidarse del planeta, de paseos sin objetivo, sin lugar de destino, de entrar a cualquier bar, de no mirar alrededor, de comernos con los ojos y divertirnos… Sobre todo eso. Y me besó. Y yo he de reconocer que aquel beso me gustó, no sé muy bien si me gustó de verdad o si fueron las cañas de más, pero me gustó, aunque casi ni lo recuerde. Después de ahí, creo que no hablamos mucho más, y no porque no nos hubiese gustado aquella tarde… Es más, creo que los dos decidimos guardarla como una tarde especial en nuestros recuerdos y dejarla ahí, bien conservada, para no estropearla… A veces, hay cosas que pasan en un momento concreto y deben quedarse así, como si las guardases dentro de una cajita y mucho tiempo después la volvieses a abrir, para mirar que sigue igual y sonreír y saber que el tiempo no ha estropeado absolutamente nada. Es difícil, pero a veces, hay cosas que deben pasar así. Creo que alguna vez nos volvimos a escribir, cada muchos meses, un qué tal estás o un hoy por casualidad me he acordado de ti… Sin más. Dos frases cordiales llenas de cariño (y pasión) cada cierto tiempo. Y así, durante cuatro años más.

Yo habría seguido tranquilamente con mi vida, con mi rutina, con mi casa y mi pareja. Habría seguido con la tranquilidad, respirando la paz en mi zona de confort. Habría seguido así mucho tiempo, habría seguido así para siempre y seguramente habría sido cobarde, ¿verdad? O quizás aburrida, o quizás jamás habría descubierto que se puede estar mejor. Bueno, olvidemos la última frase, porque realmente siempre se puede estar mejor, y peor, así que a veces, es mejor quedarse como uno está, pero es que otras veces… Es que otras veces el destino te manda una señal y sabes que todo tiene que cambiar, aunque te vuelvas completamente loca.

Cuatro años después nos encontramos en un bar, él con un grupo de amigos solteros y depredadores y yo con un grupo de amigas guapas y divertidas. Obvio, no fue difícil entablar conversación, ni si quiera alargarla a unas horas, ni si quiera acabar todos juntos de copas y fiesta por el centro de la ciudad… Y aquella noche nos reímos, como lo habíamos hecho cuatro años atrás, y nos mirábamos y sabíamos que ocurría algo, algo inexplicable, algo que nadie podía entender, aunque todos lo viesen, seguramente, más claro que nosotros… Insistimos en decirnos que no nos habíamos echado de menos y, entre risas, incluso que habernos reencontrado había sido el error del fin de semana. Y resulta ser que aquel error nos llevó a querer vernos prácticamente cada día.

A medida que le veía a él, mi  rutina se desmoronaba, mi zona de confort se iba haciendo pequeña y empezaba a ahogarme. Cada vez que le veía quería salir corriendo y decirle que me llevase de bar en bar, a tomarnos unas cañas, a reírnos y a besarnos como aquel día en el que sólo queríamos tomar un café. Pero no lo hicimos, nunca lo hicimos. Porque no nos besamos, ni una sola vez. Compartimos muchos cafés, muchas risas y compartimos una complicidad que de forma egoísta nos iba uniendo cada vez más. Una complicidad que pedía a gritos que nos abrazásemos, que nos apretásemos fuerte las manos y que apostasemos por aquello que sentíamos, que era lo que, realmente, nos estaba manteniendo vivos. Y sentíamos miedo, sin decirlo. Porque nunca se lo dije. A veces, no es necesario decirlo. Supongo que me lo leía en la mirada, como yo leía en la suya que quería que fuese suya, sólo suya, para siempre, de nadie más…

Hubo un día en el que no podía más. Llevaba viéndole meses, fingiendo que era mi mejor amigo, fingiendo que era su mejor amiga, fingiendo que no nos queríamos devorar, arrancar la ropa a mordiscos, tocarnos el alma con las manos y desgastarnos los labios y la piel a besos… No podía quitarlo de mi cabeza y sólo sonreía si él me escribía un mensaje. Tenía un problema, un verdadero problema. Aquel día le vi. Y fue casi sin querer, pero fue inevitable. Me había prometido no escribirle, no verle, distanciarme. No hacer daño a quien creía en mí, hacer caso a la razón… Pero, inevitablemente, yo siempre fui más del corazón. Le vi con la excusa de darle algo, su libro favorito, en edición limitada que lo había encontrado por casualidad, cuando se habían agotado todos los ejemplares y yo estuve semanas para comprar uno. Y sólo nos dimos un abrazo, y le sentí temblar como temblaba yo. Y entonces, sólo entonces, supe que había dos caminos: salir corriendo para siempre o quedarme y arriesgar. Pero joder, alguien saldría herido, y yo, sólo yo, sería la culpable.

Aquella noche volví a casa, y ni el abrazo de mi gata me dio el calor que yo esperaba. Encontré mi casa, mi hogar, completamente vacío, desangelado, frío. Miré a la persona que más había querido jamás, a quien más me había querido, y me pregunté cuánto tiempo hacía que habíamos dejado de estar enamorados y le abracé en silencio. Y lloré, lloré mucho. Y no nos hicieron falta las palabras, porque hacía mucho que lo nuestro no funcionaba, porque hacía demasiado que sólo éramos amigos… Y nos hicimos daño. Claro que nos lo hicimos y nos echamos de menos, y seguramente lo haremos el resto de nuestras vidas… Pero, a veces, el destino te manda una señal, y te pone a prueba, y tu eliges cómo jugar, qué hacer, si arriesgar o quedarte cómodo, sin más.

Y yo arriesgué. Y le llamé. Y le vi. Y sólo me hizo falta abrazarle para sentir que ya nada era igual, que todo había cambiado, en cuestión de segundos, que ahora podía ser verdad, que podíamos tener la oportunidad de intentarlo, sin saber si saldría bien o saldría mal… Y me vio llorar, y lo entendió todo. Y me besó. Aquel día me besó. Me volvió a besar, como hacía años que no lo hacía nadie, como si el mundo se acabase allí mismo, y me abrazó y supe que no quería que me soltase jamás… Y tuvimos que intentarlo.

Y pasaron los años. No sólo cuatro, pasaron ocho, y diez… Y un día nos casamos, rodeados de amigos, en una fiesta divertida, sin excentricidades ni extravagancias. Fue una ceremonia bonita, llena de cariño, de pasión y de mucho amor… Y tuvimos dos hijos, y son maravillosos, con los ojos de su padre y la mirada de su madre. Y los miro, y entonces sé que lo hice bien y que hay veces que, simplemente, la vida te manda una señal, un aviso, de la forma que sea… Por un encuentro casual, un tropiezo o una canción. Hay caminos que aunque no los quieras recorrer, si están en tu destino, acabarás por perderte en ellos. Y le vi, y menos mal que le vi. Y que le quise ver mil veces…

destino

Buenas noches, amigos.

Lorena.

Anuncios

Lo que le falta al tiempo.

No sabéis lo mucho que me cuesta levantarme por las mañanas, siempre me ha pasado igual. Siempre he sido un poco vampiro, desde pequeña me ha gustado mucho más la noche que el día. Prefería leer por la noche, incluso estudiar después de cenar… Ahora, aunque el trabajo prefiero hacerlo durante el día, es verdad que nunca tengo prisa por acostarme. Me encanta ver la tele hasta bien tarde o leer un buen libro mientras la calle se queda en silencio y claro, por las mañanas, no hay quien me despegue de las sábanas. Ha sonado la alarma durante más de media hora, he preparado una gran taza de café  y aquí empieza mi miércoles… Aquí empieza lo que hoy te quería contar. 

El otro día, publiqué un relato, Los ojos de Margarita, que me dio muchas sonrisas, que me disteis muchas sonrisas, porque gustó mucho. Obviamente, cuando escribo un relato, lo que escribo en él es ficción, pero creo que  cuando uno escribe es inevitable regalarle algo de sí mismo a alguno de los personajes. En este caso, la frase con la que empezaba la historia podía hablar perfectamente de mi misma. No me gustan las historias de amores imposibles.

A través del cine, la televisión y la literatura, nos hemos acostumbrado a que nos encanten las historias de amor más complicadas, aquellos personajes que encuentran mil y una dificultades para poder amarse con total libertad y tranquilidad, esos personajes que parece que nunca van a conseguir estar juntos y que, al final, como toda buena historia de amor, consiguen reencontrarse para no separarse jamás. En la vida real, la verdad es que me gustan las historias bien distintas.

img_0635

Supongo que es la edad, las experiencias en la piel y las vivencias aferradas ya para siempre en el corazón, pero no me gustan las historias de amores imposibles y sufrimiento aunque tengan un final feliz. Una de mis películas favoritas es El diario de Noah y en ella hay una frase que dice “discutían todo el tiempo, pero tenían algo en común, estaban locos el uno por el otro…“. Muchísimas veces he visto esta frase mencionada por niñas a través de las redes sociales y seguro que en algún momento del pasado quise hacerla mía, ahora pienso que es un horror, aunque adore la historia de Allie y Noah.  ¿Cómo se puede ser feliz con alguien con quien discutes todo el tiempo? La vida real no es una película, ni una novela, las cosas no van a ser maravillosas porque sí, nosotros tenemos que hacer que las cosas sean maravillosas, nosotros somos lo únicos con el poder de elegir cómo van a ser nuestros días y de qué forma queremos vivirlos. No defiendo un amor cómodo. No me gustan, tampoco, esas historias en las que no existe un amor puro, pasional y verdadero, y en la que los protagonistas se aferran a la rutina y a la comodidad y aceptan así su forma de vida. Cada uno es libre de elegir sus días, pero estas historias tampoco me convencen, al menos, no para vivirlas.

El amor, desde la pasión, la confianza y el respeto, es lo más maravilloso del mundo, y se puede alcanzar la felicidad plena y absoluta. Existirán las discusiones, porque somos seres humanos, simplemente por eso, pero mientras no existan las faltas de respeto, las historias podrán ser maravillosas. Quizás es la edad, pero a mi me gustan las historias de amor puro y verdadero que son capaces de transmitirte paz y tranquilidad emocional. No me gustan las historias de amores imposibles. Hay historias de amor tormentosas y otras dolorosas desde el silencio…

El verano pasado, por mi cumpleaños, mi mejor amiga me regaló a Cometo, mi perro (el mejor regalo que me han hecho y me harán en toda mi vida) y además me regaló un libro, un libro que hasta hace unos meses no empecé a leer. Lo devoré en cuestión de días y me enamoré de él, de sus historia y sus personajes. Con Ángela Becerra y sus palabras en Lo que le falta al tiempo, me trasladé a las calles de París para vivir una historia de amor llena de arte, locura, deseo e irracionalidad.

Mazarine es una joven estudiante de pintura que vive sola en el Barrio Latino de París. En su casa encierra un valioso secreto que ha sido conservado a través de generaciones y puede cambiar el rumbo del arte. Su mundo se verá conmocionado por la aparición en su vida de Cádiz, un maduro genio de la pintura, creador de un mo vimiento revolucionario que despierta en ella una pasión sin límites”. 

Unknown

Mazarine, la protagonista, se convierte desde el principio en mi personaje favorito. Es sensible, solitaria, mística, dulce, valiente, atrevida, artista… Está completamente loca. Se enamora locamente de Cádiz, su profesor, un aclamado y reconocido pintor a nivel mundial que accederá a darle clases y a trabajar con ella. Él, casado con una fotógrafa de éxito, no podrá resistirse a la pasión que arde entre sus manos y la piel de la joven aprendiz. Una historia de amor imposible, complicada que se agravará a medida que avanza la trama y aparecen nuevos personajes en ella. Una historia de amor de locura, de miedo, de traición, de deseo, de silencios, de reproches…. Una historia de amor que me encantó descubrir a través de las páginas pero de la cual no me gustaría ser la protagonista. Demasiado sufrimiento. Querer amar y tener que hacerlo en silencio, ser un secreto, ser una sombra, sentir dolor al dar un beso seguido por la esperanza de una caricia, una contradicción de sentimientos, una inestabilidad emocional de la que no quiero ser nunca víctima. Una historia llena de historia, de historia del arte, con un tema principal sobre el cual girará el amor de los personajes, un tema principal relacionado con la religión y sus misterios, un secreto que podría cambiar la historia de muchos años de creencias.

caminando-descalza

Lo que le falta al tiempo es una de esas novelas que te atrapa, que te hace viajar y soñar, sufrir y desear, con un final impactante. Una de esas novelas que yo, desde Lo que te quería contar, te recomiendo que leas. Aprovechad ahora que viene el verano, que los días son más largos, que llegan las vacaciones, que la noche invita a quedarse despierto y perdeos entre sus páginas, entre sus letras, entre la locura de Mazarine y la irracionalidad de Cádiz, entre el amor de dos artistas, completamente locos.

00106520433092___P2_1000x1000

Feliz día, amigos.

Lorena.