La verbena de Alma en Pena.

Me está gustando esto de empezar el día con vosotros… A pesar del calor, ahora mismo corre un airecito por mi casa maravilloso, tengo mi té verde preparado y las ganas de comerme el martes a bocaos. No os podéis imaginar las ganas que tengo de escaparme a la playa, cada vez que salgo a la calle en Madrid y siento este calor, pienso lo mucho, muchísimo, que echo de menos el mar, mi tierra y mi casa.

Y claro, hablando de verano, de calor y de playa… Me es inevitable pensar en la ropa y los complementos de estas fechas. Aunque este blog no esté muy relacionado con la moda, no puedo dejar de confesaros que ella me apasiona, me encanta estar al tanto de las tendencias y saber cuáles son las prendas top de la temporada y aunque mi estilo no es muy estricto porque suelo combinar un poco de todo, supongo que tengo un estilo actual que seguramente aunque yo no sea muy consciente, me define ante los demás, y  claro, he de confesar que, al final, siempre acabo picando en las prendas más aclamadas de cada colección, pero bueno, supongo que eso nos es un poco inevitable a todas.

Como amante de la moda, de vez en cuando, me gusta dejarle un espacio en este blog y más si se trata de Alma en Pena.

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Los que me leéis desde hace tiempo, no necesitáis que os presente a esta maravillosa firma. Los que habéis llegado hace poco y no la conocéis, estoy segura que después de este post y ver las fotos, os vais a enamorar de sus diseños.

Hace sólo unas semanas, asistí al evento de la presentación de la colección primavera/verano 2015 de Alma en Pena. Es mi tercer evento con la firma, y es uno de mis preferidos cada temporada, sin ninguna duda. De la mano de Nboca Comunicación (www.nboca.es) , organizaron una fiesta maravillosa dónde el buen ambiente,las flores, las guirnaldas, los colores, las luces y la alegría del verano daban forma a una especie de verbena que no pudo obtener un mejor resultado.

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Música en directo de la mano de Showpai, comida y bebida excelente de la mano de Sobejano Catering y un sin fin de sandalias, cuñas, zapatillas y tacones decoraban el local en pleno Malasaña (mi barrio favorito de Madrid).

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Arancha Martí, Sara Sálamo y Patrick

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Vanesa Romero y Mónica, de Alma en Pena. Imagen de la web de la firma.

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Víctor, de Sobejano Catering. Imagen de la web de la firma.

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Vanesa Romero y Showpai de fondo. Imagen de la web de la firma.

Como ya os he contado otras veces, Alma en Pena es una firma para una mujer fuerte y con fuerza. La firma, cuya seña de identidad son las piedras y brillantes para vestir nuestros pies, se supera  más cada temporada, si cabe. Cuando veo sus zapatos, pienso en una mujer actual, valiente, trabajadora, luchadora, todoterreno, que vive el día a día con ganas, con mil cosas que hacer, que trabaja, que le gusta salir y pararse a tomar un café o una cerveza con amigos, que necesita ir cómoda para llevar este ritmo y sobre todo, necesita ir elegante, sofisticada y sentirse única. Este es el tipo de mujer que me gusta y el tipo de mujer a la que me imagino con unos Alma en Pena en sus pies.

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Mónica de Alma en Pena con las actrices Sara Sálamo y Arancha Martí.

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Arancha Martí

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Sara Sálamo

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Pero la firma va más allá, y está dispuesta a vestir a mujeres de todo tipo, basándose siempre, desde mi punto de vista, en la elegancia, la comodidad y la originalidad.

Numerosos medios de comunicación estuvieron allí para no perderse ni un detalle de esta colección, y numerosas revistas de moda hablaron después sobre el maravilloso evento.

Por supuesto, el evento contó con la presencia de la actriz Vanesa Romero, que es imagen de la firma y estuvo allí posando para la prensa y disfrutando de la fiesta de principio a fin.

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La actriz Vanesa Romero posando para los medios.

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Yo acudí con mis amigos, las maravillosas actrices Sara Sálamo y Arancha Martí, Patricio Rodriguez y Rebeca Marcos, y fue una tarde maravillosa.

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Arancha, Patrick, Sara y yo, con Carmen Barrios de Nboca Comunicación.

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Rebeca, Patrick y yo con Ana y Carmen, de Nboca, y Mónica, de Alma en Pena.

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Sara, Arancha, Patrick y yo.

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Supongo que cuando las cosas se hacen con tanto gusto, tanto cariño y tanta profesionalidad, nada puede salir mal, ¿verdad? Así que una vez más, mil felicidades a Alma en Pena y Nboca Comunicación por dejar el listón tan alto… ¡Nos vemos en la próxima!

Por supuesto, yo ya tengo mis Alma en Pena para pisar con fuerza este verano… Y tú, ¿te vas a quedar sin ellos? No te puedes perder su web porque te vas a enamorar, además cuentan con una tienda online donde sus zapatos pueden llegar hasta donde estés. www.almaenpena.es 

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Feliz martes, amigos.

Lorena.

Desmonté el mundo.

Queridos míos, os he insistido tanto en que la primavera es mi estación favorita del año que hoy mismo me cuestionó si yo he perdido la razón o la ha perdido el tiempo, porque la primavera, como tal, ha desaparecido. El calor del pleno verano, ha llegado sin avisar, y mientras hace una semana todavía llevaba pantalón largo y chaqueta, hoy visto ropa que me pongo en pleno mes de julio.

He pasado unos días en mi tierra, disfrutando de las fiestas de Palomar con mis amigas, dónde me reencontré, después de diez años, con uno de los profesores que han marcado mi vida y fue para mí algo tan, tan bonito…  y estuve en l’Olleria, disfrutando de la comunión de mi prima Marta (ella es una de mis cosas favoritas de la vida), viviendo un fin de semana súper familiar y especial para nosotros… Porque en l’Olleria, las comuniones, más que un acto de fe, son toda una tradición y celebración y yo he sido muy feliz de verla a ella con tantísima ilusión…

Al llegar a Madrid, me doy cuenta lo bien que se está en el Mediterráneo, porque allí, aunque el calor sea igual de exagerado, el mar está bien cerca. Hoy me reencuentro con vosotros con un post en forma de relato sobre una de las caras del amor, una de esas caras que desde lejos, nos atrevemos siempre a juzgar, sin pensar realmente qué sienten sus protagonistas… Y aunque yo siempre he sido de las de defender que las cosas se pueden evitar y sobre todo, en estos temas, suelo estar en contra de los que se enamoran… Hoy he necesitado ponerme en su piel, porque a veces, la locura y el dolor, son los únicos que nos llevarán a la cordura y la felicidad.

Leed despacito, como siempre.


Desmonté el mundo.

Por aquel entonces yo debía tener unos veintitrés años. Tenía las ganas de vivir aferradas al alma, tenía ganas de comerme el mundo, estaba en mi segundo año de facultad y todo era bonito. Me había trasladado a la ciudad y vivía en un antiguo piso que mi abuela paterna conservaba, un piso deshabitado desde hacía muchísimos años y que mientras a mi madre la horrorizaba, yo vi su encanto desde el minuto uno. Recuerdo la primera vez que entré en él. Aquella casa olía a soledad y polvo, era un lugar oscuro al que sólo hacía falta abrir las ventanas, limpiar a fondo y darle una mano de pintura para convertirlo en un lugar acogedor. Cambié algunas cosas, algunas cortinas, algunos muebles, parte de la decoración, las almohadas, el colchón… Poco más. Me gustaba aquella casa, combinando lo antiguo con lo moderno, lo viejo, lleno de recuerdos y vivencias, con las cosas recién estrenadas. En el salón, un gran ventanal se abría a un pequeño balcón al que le puse una pequeña mesa de madera y un par de sillas, unas flores y mi café cada mañana. Al lado de aquel ventanal, en el interior de la casa, conservé un viejo tocadiscos que me parecía maravilloso, y justo a su lado, una estantería llena de libros e historias que otros habían escrito para que me acompañasen en el camino de la vida. Mi gata Lulú se mudó conmigo y cuando todo estuvo terminado, las dos nos miramos y asentimos. Nos gustaba nuestro nuevo hogar.

Acudía a clase por las mañanas, estudiaba y pasaba apuntes por las tardes. Los fines de semana, trabajaba en una cafetería y en verano aprovechaba para dar clases particulares a aquellos niños que en septiembre tenían que recuperar algunas asignaturas del curso anterior. Desde muy pequeña supe que quería ser abogada, seguramente lo supe antes de saber en qué consistía realmente aquello, pero una vez, viendo una película con mi madre, le dije que yo quería hacer lo mismo que hacía el señor de la pantalla, quería hablar por otros y ayudarles, quería defender a los buenos y meter en la cárcel a los malos, y entonces ella me dijo que para eso, tendría que estudiar mucho y sacar muy buenas notas en el colegio. Así lo hice.

Por aquel entonces yo tenía veintitrés años, veintitrés años recién estrenados y un sin fin de planes en los que por supuesto, él no entraba. Todo cambió aquella tarde de junio en la que se cruzaron nuestras vidas…

Marisa, una señora de voz dulce y educada, me había llamado hacía sólo unos días porque había visto mi anuncio sobre las clases particulares. Su hijo Víctor, necesitaba ayuda en los exámenes finales y además, seguramente, iba a necesitar ayuda durante todo el verano para preparar los exámenes de septiembre. Me avisó que tenía 13 años y la tontería eterna del adolescente que se cree mayor y lo sabe absolutamente todo.  Vivían sólo a dos manzanas de mi casa. Vivían en un quinto piso, en un edificio de color marrón y tostado. Aquella casa me daba paz, quizás por lo silenciosa y sola que estaba. Olía a limpio y tenía las paredes blancas. En el salón, donde daríamos nuestras clases, habían fotos familiares repartidas por estanterías y muebles, algunas en la playa, otras en la nieve, todas ellas enmarcaban sonrisas y felicidad, enmarcaban la infancia de unos niños que ya habían perdido su inocencia. La madre de la criatura me pareció más dulce todavía en persona que por teléfono y el rebelde adolescente, en el fondo, me hacía gracia, se ponía rojo cada vez que le hablaba y no se atrevía a levantar los ojos y mirarme a la cara. Como por aquellas fechas, yo también estaba de exámenes, nos veíamos todas las tardes, de lunes a jueves, una hora y media cada día. Me pagarían al final de cada semana, y a mi me parecía genial para mis gastos y caprichos que llegaban al mismo tiempo que el viernes en el calendario. Víctor tenía un hermano mayor, de dieciséis años que al parecer, aunque no fuese un estudiante brillante, cumplía con sus obligaciones y una hermana pequeña, de ocho años que era una preciosidad y, sin ninguna duda, la princesa de la casa. Una tarde en la que Marisa salió a recoger un vestido que tenía encargado llegó Jaime, el padre. No había coincidido nunca con él y en el momento que se cruzaron nuestras miradas supe que mi vida estaba perdida para siempre.

No podía creer que aquel hombre, que era increíblemente guapo y atractivo, pudiese ser tan mayor como para tener tres hijos y una mujer. Nuestras miradas se cruzaron en silencio, como se cruzan las miradas de dos personas que ya se han visto antes, que se suenan de algo y no saben de qué, se cruzaron como se cruzan las miradas de quienes se devoran con las mismas y sienten que el resto del mundo se ha desvanecido a sus pies. Me levanté para presentarme y en el momento que me dio dos besos se me erizó toda la piel, ni yo misma podía entender qué era lo que estaba sucediendo. Cuando salió del salón, me miró con una delicadeza que no había visto jamás en ningún ser humano y asintió. Entonces supe que él sabía lo que a mí me estaba pasando, y lo que es peor, supe que a él le estaba pasando lo mismo.

Aquella noche no pude dormir. Sin saber cómo, ni por qué, me estaba volviendo loca de rabia, sólo le había visto una vez y sólo quería estar a solas con él, y quizás, como sabía que era imposible todavía lo deseaba más. Desde aquel día, mis clases particulares tenían un motivo de ser, sólo deseaba que fuese la hora para acudir a aquella casa, todas las tardes con la esperanza de volverle a ver. Tardé una semana en volver a coincidir con él, nuestras miradas volvieron a cruzarse, en silencio, calmadas, ardiendo, fuertes, seguras, irracionales, apasionadas… Y sabía que me estaba quemando, pero no quería dejar de jugar. Era una locura, pero necesitaba vivirla. Desde aquel segundo reencuentro, acudía casi todas las tardes, a la misma hora, con una excusa tonta. Su despacho estaba en el piso de abajo, así que era muy fácil para él. No había pasado absolutamente nada, ni habíamos cruzado más de dos palabras, pero empecé a tener miedo de que su mujer me viese mirarle, o que le viese a él mirarme a mí, empecé a temer que me dijese un día que ya no hacía falta que volviese más.

Una tarde, mientras su hijo se había escapado al baño, pasó por el salón y me vio sola, entró a preguntar si quería agua o algún refresco, que hacía mucho calor… Le dije que no se molestase, estaba a punto de marcharme a mi casa, y entonces, en ese instante me preguntó qué estudiaba… Cuando escuchó la palabra derecho le salió una medio sonrisa que a mí me hizo temblar el corazón y entonces me dijo que él era abogado y que cualquier cosa que necesitase, podía contar con él.

Mis ganas de verle, o simplemente de estar a solas con él, crecían por segundos. No me reconocía. No me importaba su familia, ni su mujer, ni nada, sólo quería estar con él y quería vivir, al menos una vez en la vida, las cosas con las que llevaba soñando desde que le había visto por primera vez. Una tarde, al cruzarme con él, le pregunté si podría echarme una mano con un tema que tenía atravesado y sobre el cuál me examinaba una semana después. Me dijo que al terminar la clase, pasase por su despacho. En aquella oficina trabajaban varios abogados, entre todos habían alquilado el local para que les saliese más rentable, y cada una de las habitaciones de aquel piso, eran las oficinas personales de cada uno de ellos. La suya daba a la calle, y el sol entraba con ganas por pequeños espacios que esquivaba a través de las cortinas. Me senté y empecé a exponerle mis dudas, me temblaba la voz y me sudaban las manos. Me miraba fijamente, en silencio, y entonces se puso a mi lado y me acarició la mano. Un silencio nos envolvió, y sin saber cómo, sentí sus labios sobre mi cuello, cogí sus manos y apreté mis senos, le besé cómo jamás había besado a nadie, le desabroché cada botón, le arranqué la camisa, le dejé subirme el vestido y apreté su espalda contra mi cuerpo que reposaba ya contra la pared y sentí como nos convertíamos en solo uno, con fuerza, rabia, pasión y miedo.

Cuando terminamos lloré en silencio, mientras él me abrazaba y me acariciaba el pelo… Aquel día cambió mi vida para siempre. Dejó de subir a su casa cuando yo estaba, nos veíamos en su despacho, con la excusa de mis dudas y su experiencia. A veces, sólo nos abrazábamos y nos besábamos, otras nos pasábamos un buen rato hablando, otras hacíamos el amor, y otras simplemente nos acariciábamos las manos. Me enamoré de él como jamás me he enamorado de nadie. La primera vez que vino a mi casa era un domingo, había dicho en casa que iba a comer con unos amigos, preparé pasta con tomate y bajé las persianas para que la luz del pleno agosto entrase con delicadeza por lo bajo. Alquilé unas películas, y estuvimos tirados todo el día, comiéndonos a besos, saboreando cada poro de nuestra piel, desnudándonos el alma y queriendonos sin límites ni por qués… Lulú nos miraba cómplices, sabía de él sin conocerle y sabía que yo jamás había sido tan feliz. Mi olor favorito era el de su piel, mis caricias favoritas las de sus manos y sabía que ya no quería hacer el amor con alguien que no fuese él…

Aquel fue uno de los veranos más tristes y bonitos de mi vida. Bonito por la pasión y las ganas y tristes por una clandestinidad que me hacía cada vez más daño, por seguir subiendo a aquella casa y ver aquellas fotos en el salón, por pasar por el lado de su mujer y sentirme tan desgraciada de su desgracia, por verle en una familia que no era mía, yo, que era suya… y él, que tanto me quería…

En septiembre mi dolor ya era insoportable y le dije a Marisa que no podía seguir dandole clases a Víctor porque debía centrarme en mi carrera. Nunca supe si lo hice por vergüenza, o por egoísmo, pero necesité salir de allí. Un año después, la situación era insostenible y yo sabía que estábamos locos el uno por el otro. Vivíamos ya dentro de nuestra locura, que era sólo nuestra, pero era la única forma en la que éramos felices. Se divorció. Sus hijos mayores tardaron muchos meses en poder perdonarle lo que le había hecho a su madre y a mí tardaron años en querer hablarme.

Mi madre montó en cólera cuando se enteró, me echó la culpa de absolutamente todo, pero con el tiempo supo entenderme y perdonarme. Nos instalamos en el viejo piso de mi abuela paterna, y lo hicimos nuestro hogar. Terminé mis estudios y nos casamos cinco años después. Olivia llegó a nuestras vidas cuando yo cumplí los veintinueve y Claudia sólo quince meses después. Montamos nuestro propio bufete de abogados y trabajamos juntos formando un equipo que no podría ser mejor.

A veces, me pregunto si algún día la vida me perdonará el daño que hice, o si la vida, mirándonos desde lejos, sonríe y entiende que a veces, no podemos controlar nuestros destinos, nuestros caminos y nuestros actos, y si quizás ella, me ha perdonado ya, entendiendo que el amor, a veces, simplemente nos vuelve locos y necesita desmontar el mundo para que dos almas se lleguen a encontrar. Yo desmonté el mundo, infinitamente egoísta, para buscar mi felicidad.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Los sueños, sueños son.

Empezar el martes ya directamente con vosotros, supongo que va a suponer una buena dosis de energía para todo el día, y eso me gusta. Me hace muy feliz sentarme a contaros alguna historia.

Los que seguís mi página de Facebook (lo que te quería contar) o mi Instagram personal (@lorenacorcoles), habréis visto que sí, una vez más, me estoy perdiendo entre las páginas de La Sombra del Viento. En varias ocasiones os he hablado de este libro, cómo lo descubrí, cómo lo acaricié por primera vez y cómo le declaré amor eterno a Daniel, uno de sus personajes principales. Supongo que al igual que nunca nos cansamos de ver nuestra película favorita, o igual que vemos siempre que echan en la tele alguno de esos clásicos románticos que pasen los años que pasen y los veas las veces que los veas, siempre te apetece, sentarte en el sofá y volver a disfrutarlos, a mí me pasa igual con este libro. Ya no sé cuántas veces lo he leído, pero sé que nunca dejaré de hacerlo. Cada vez que me sumerjo entre sus páginas, que acompaño a Julián, Penélope, Daniel, Bea o a Fermín Romero de Torres a pasear por aquella antigua Barcelona, gris y con el alma destrozada, con olor a miedo y muerte en cada una de sus calles, me encuentro conmigo misma. Siento paz y sonrío… En el libro hay una gran frase que dice: “Los libros son espejos: sólo se ve dentro lo que uno ya lleva dentro“. Supongo que cada vez que lo leo, algo nuevo despierta en mí, o porque quizás, la primera vez que visité El Cementerio de los Libros Olvidados, a principios de 2004, le entregué, sin ser consciente, cual enamorada, un trozo de mi alma para siempre.

Hoy no quería hablaros de la Sombra del Viento, aunque me hace muy feliz saber que muchos lo habéis leído, dejadme, solamente, insistir a los que todavía no lo han hecho. Es una auténtica obra maestra que, creo, debe leerse, al menos, una vez en la vida.

Pero hoy lo que te quería contar va más allá de las páginas de esta novela. Hoy quiero hablarte de los sueños, aunque en otras ocasiones te he hablado de ellos, pero creo que es necesario que nos volvamos a reencontrar, de vez en cuando, con este tema. Sobre todo, quiero aprovechar para recordárselo a todas esas adolescentes o jóvenes que me leen cada semana, porque están empezando prácticamente a caminar “solos” ante la vida, empezarán pronto a conocer la madurez y tendrán que tomar decisiones que les harán elegir caminos profesionales y formas de vida… Y creo que, sobre todas estas decisiones, deben priorizar los sueños y las ilusiones de cada uno.

Del mismo libro del que os acabo de hablar, rescato otra frase que me encanta: “Lo difícil no es ganar dinero sin más. Lo difícil es ganarlo haciendo algo a lo que valga la pena dedicarle la vida.” Creo que no hay nada más cierto. Lo que está claro es que todos tenemos sueños, anhelos y objetivos de futuro, esa es la magia del ser humano: las ilusiones y los deseos, qué queremos ser y cómo vamos a conseguirlo. Lo que está claro es que aquellas metas que te propongas no van a ir a buscarte hasta tu casa, pero tú si saldrás a la calle y lucharás para encontrarlas.

No quiero ni pretendo ser ejemplo de nada, ni para nadie. Pero me gustaría compartir con vosotros un poco de mí. Tengo un trabajo que no me disgusta, pero no me apasiona. Es un trabajo que me da una situación laboral muy estable, y un sueldo fijo cada mes con el que tengo que pagar un alquiler y vivir una vida que me apetece y me hace feliz, pero a mí lo que realmente me apasiona es esto; sentarme frente a un ordenador y dejar que los dedos traduzcan solos lo que mi mente va imaginando y pensando, sin que yo tenga tiempo, prácticamente de reaccionar. Trabajé mientras estudiaba y con eso y las becas que recibía pasé mis cinco años en la facultad. Ahora, si miro hacia atrás y pienso que han pasado casi diez años desde aquello, sé que hay que hacer las cosas de otra forma, porque ha pasado el tiempo y porque mi vida necesita encontrar ese camino y ese trabajo que realmente  me llene como persona.

Como bien sabéis (aunque esté tardando un poco más de lo previsto), en poco tiempo sale a la venta mi primer libro: Me olvidé Decir Te Quiero y otros relatos cortos. Con ello quiero deciros que nadie me ha regalado nada, que he buscado la forma de hacer realidad mis sueños, que he trabajado desde siempre, aunque no me gustase mi trabajo, pero he sido realista y he sabido que la vida vale dinero, aún así, tras mi jornada laboral, he buscado alternativas y he buscado y encontrado otros caminos que realmente me llenan ese vacío profesional que durante mucho tiempo tuve. Está claro que me he encontrado por el camino con gente maravillosa que me ha sonreído y me ha acompañado a conseguirlos, con su apoyo y su magia, y otra gente que no lo ha hecho, pero supongo que, al final, los que me siguen acompañando son los primeros.

No sé cómo ni donde acabará esta historia, si saldrá bien o saldrá mal, pero lo que sé es que es de vital importancia intentarlo. Si no lo intentas, no sabes si vas a ganas o a perder. Perder da fuerzas y ganar te hace querer más, y en la actitud y las ganas está la clave para conseguir aquello que deseamos, sea en el ámbito profesional o personal, desde elegir cómo queremos llevar el camino de nuestro trabajo y cómo buscaremos alternativas si este no nos hace feliz a cómo haremos que sea nuestra vida fuera de él, de qué amigos nos rodearemos y cuánta felicidad necesitaremos que nos dé nuestra pareja. Recordad siempre que vida sólo hay una, y yo, al menos, estoy dispuesta a exprimirla al máximo. ¿Qué vas a hacer tú?

Nunca es tarde y eso es una realidad. Da igual dónde estés o cómo estés y la edad que tengas, si tienes ganas de conseguir algo, y pones el empeño y la lucha necesarios, lo vas a conseguir. Yo creo en la capacidad del ser humano y creo que es capaz de conseguir absolutamente todo lo que se proponga, aunque a veces me decepcione, si no creyese en el ser humano, estaría totalmente perdida.

Descubrí el claro ejemplo de todo esto que os digo hace relativamente poco. Lo descubrí hace menos de tres años, porque fue Sergio quien me presentó esta película de la cual me enamoré la primera vez y la cual ya he disfrutado unas cuantas veces. Million Dollar Baby es una de esas obras del cine (aunque basada en una novela) que te dan una lección de vida, que te hacen mirarte y pensar: ¿qué hago aquí? y, ¿por qué no voy a buscar aquello que quiero llegar a ser?

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Dirigida por Clint Eastwood, quien también participó en la producción, compuso la banda sonora e interpretó uno de los papeles principales, Million Dollar Baby se estrena en el año 2004 y consigue ser galardonada con más de cuarenta premios nacionales e internacionales, entre los que destacan cuatros premios Óscar, incluyendo mejor película, mejor director, mejor actriz principal y mejor actor secundario.  Además de Eastwood, protagonizan la película Hilary Swank y Morgan Freeman (quienes recibieron el Óscar a mejor actriz y mejor actor por estos papeles).

Narra la historia de Frankie Dunn, un veterano entrenador de boxeo ya al final de su carrera, y sus esfuerzos por ayudar a una boxeadora, llamada Maggie Fitzgerald, a llegar hasta lo más alto, aunque entrenar a una mujer esté contra sus criterios. Maggie tiene 31 años y trabaja como camarera. Eso no la hace feliz, ella tiene un sueño y una meta: quiere ser una gran boxeadora, quiere ser reconocida y quiere viajar por el mundo. En el camino hacia su sueño, se encuentra con muchas personas que no creen en ella, pero aunque algunas veces flaquea, la esencia de todo es que ella cree en sí misma y no va a parar hasta conseguirlo.

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Su sueño se convierte en una realidad y se convierte en una aclamada y conocida boxeadora, una mujer con éxito, fama y dinero que la llevarán a encontrarse con la peor de las decepciones: el egoísmo e interés de su propia familia. A veces, los sueños salen mal, y un fatídico golpe cambiará la vida de Maggie para siempre. No os voy a desvelar el final, aunque supongo que muchos lo conocéis, pero los que no, quiero que disfrutéis de esta película y luchéis por aquello que deseáis.

A veces los sueños cumplidos pueden torcerse y podemos encontrar un final que no hubiésemos deseado ni en nuestra peores pesadillas, pero aún así, en algún momento, ese sueño te hará completamente feliz y te dará una felicidad absoluta que el no haber luchado por él no podrá darte jamás.

De mi libro os diré que estamos eligiendo la portada y que muy pronto os traeré novedades. Gracias a los que me decís que tenéis muchas ganas de tenerlo en vuestras manos, no os imagináis las ganas que tengo yo.

” La magia de librar batallas más allá de lo humanamente soportable se basa en lo mágico que resulta arriesgarlo todo por un sueño que nadie más alcanza a ver excepto tú.”
Million Dollar Baby

Luchad siempre.

Feliz martes, amigos.

Lorena.

Me gusta todo, menos tú.

Como cantaba mi amigo Mario en una de sus canciones: algo estamos haciendo mal. No ha sido nuestra culpa, o tal vez sí, pero algo estamos haciendo mal.

Hoy te quería contar algo en lo que todos deberíamos estar de acuerdo, con nuestras diferencias y preferencias, pero con las ideas superficiales, al menos, iguales. El problema es que estamos de acuerdo muchos, pero no todos, y ahí es cuando algo falla, porque algo falla.

Hoy quiero hablarte de lo mucho que me gusta el país en el que vivo y lo poco que me gustas tú. Quizás suena un poco frío, pero es la verdad.

Me gusta mucho mi país, es un país bonito, aparentemente tranquilo… Me gusta su sur, con sus rincones, sus colores, su calorcito, su arte, su acento, su clima, la gracia de su gente… Me encanta su norte, con esos paisajes de ensueño, tan verdes, tan bonitos, su agradecido fresquito en verano, sus lluvias, su comida, la bondad de su gente… Me gusta Barcelona, por ejemplo, la ciudad de mi libro favorito, la ciudad que para mí es un sueño, tan cosmopolita, tan avanzada siempre, me gusta su gente, su idioma, me gustan sus valores… Me gusta (y mucho) la capital de mi país, esta ciudad que he hecho un poco (bastante) mía,  me gustan sus calles, su vida, su mezcla, su cultura, sus pocas ganas de dormir, me gusta su gente, sus costumbres… Me gustan todos los rincones de mi país, unos más bonitos que otros, cada uno con sus cosas, una maravilla en su conjunto… Me gusta, por supuesto, Valencia, mi tierra, mi casa, me gusta el clima del Mediterráneo, su comida (¡viva la paella y la cassola!), me gustan sus playas, sus fiestas de Moros i Cristians, me gusta su lengua, me gusta su gente…

Me gustan tantas, tantísimas cosas… Me gusta todo, menos tú.

Vivo en un país precioso, de verdad te lo digo. Un país donde se hablan varios idiomas, un país que me transmite buen rollo, energía y felicidad. De mi país me gusta casi todo, y digo casi, porque no me gustas tú.

Me gusta mi país, me gustan sus médicos, me gustan sus profesores, me gustan sus periodistas, me gustan sus músicos, me gustan sus actores, sus directores de cine, me gustan sus escritores, me gustan sus deportistas, me gustan sus profesionales, porque los hay, perfectamente preparados y capacitados en cualquiera de los ámbitos. Me gusta su historia, su cultura, sus monumentos, me gusta la Giralda, la Sagrada Familia, la Catedral de Santiago, La Alhambra, El Palacio Real o La Puerta del Sol… Me gusta todo esto que se ha ido conservando y cuidando a lo largo de los siglos, con el paso de la gente y del tiempo.

No me gustas tú, porque lo estás destruyendo casi todo.

Vivo en un país maravilloso, con personas maravillosas… Pero siento una vergüenza extrema cada vez que veo a cualquiera de los políticos que creen que nos representan. Vivo en un país donde la corrupción está a la orden del día, donde nos roban por todos lados y  donde se consiente. Vivo en un país donde roba todo el mundo que tiene el mínimo poder, desde el alcalde de un pequeño pueblo hasta el yerno del rey, y eso me llena de tristeza, de rabia y de impotencia.

Vivo en un país dónde algunos tapan a los que roban, los esconden, y si salen a la luz, se atreven a justificarles. Vivo en un país donde nos han recortado en sanidad, siendo una de las mejores de Europa, donde nos han recortado en educación, tan básica y esencial, vivo en un país donde violan su cultura, manteniendo un IVA del 21%.  Vivo en un país donde siento tanta tristeza…

Supongo que muchos sabéis que mi lengua materna es el valenciano, es mi primer idioma, y en valenciano me he criado y educado. He estudiado en valenciano e incluso hice la selectividad en valenciano. Siempre he defendido mucho mi lengua, tan digna, tan bonita, tan nuestra… El valenciano es mi familia, mi pueblo, mis amigos de siempre, es mi tierra, es mi historia y es mi cultura.

Hace unos meses, al comenzar las fallas, la alcaldesa de Valencia (no voy ni a escribir su nombre, no quiero manchar este post) daba un discurso lamentable inventando todas y cada una de las palabras que pronunciaba en valenciano. Mi lengua, y la de muchos. No pude sentir más vergüenza… ¿Cómo una señora que cobra un sueldo que multiplica el de cualquier trabajador no sabe ni si quiera hablar el idioma de su tierra, el idioma oficial de la ciudad a la que representa? ¿No os parece surrealista? Desgraciadamente, esto no fue lo peor. No lo fue. Mientras las redes sociales se llenaban de comentarios y de videos sobre el discurso, mientras la mayoría de los ciudadanos no daban crédito a lo que había sucedido… Pasó algo realmente alucinante, que os prometo me hace plantearme dónde está la razón del ciudadano y dónde está la cultura de las personas. Lo peor, para mí, fue que hubo gente que se atrevió a salir en su defensa, se plantó ante el balcón del ayuntamiento con pancartas como “¡Viva nuestra alcaldesa!” o “Yo con el valenciano también me lío, pero de Rita me fío” (esta última me mató). Os prometo que tenía ganas de llorar…

Que los políticos nos roban es un secreto a voces, pero que se destapen constantemente tramas de corrupción y que la mayoría de ellos estén tranquilamente en la calle, cobrando sueldos de por vida y riéndose a carcajadas de todos los ciudadanos me da mucho asco. Hace unos días salían a la luz unas facturas de esta misma señora, la alcaldesa de Valencia, en las que se reflejaba que en los peores momentos de la crisis gastaba dinero de forma desorbitada, en cosas innecesarias como suites de hoteles, comidas de lujo, bebidas alcohólicas o coches privados con chófer… Mientras tanto, miles de ciudadanos se preguntaban cómo poder pagar las facturas de luz y agua, cómo comprar los libros de los colegios de sus hijos o cómo poder darles de comer en condiciones. Cuando los periodistas le preguntaron, tuvo la poca vergüenza de responder, para justificar estos elevados gastos, que no quiere “cutrerías” para Valencia. Ay, perdone, ¿es que ese dinero estaba siendo destinado a un colegio, a un hospital, o a un parque infantil? Porque me pierdo.

La alcaldesa de Valencia sólo es una entre cientos. Todos ellos me dan asco, mucho asco,  pero quien no me gusta eres tú. Si, tú, el que les vota, el que aún sabiendo todo eso, les apoya, como si a ti no te estuviesen robando nada, como si sólo me lo estuviesen robando a mí.

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Dentro de unos días empieza mayo, uno de mis meses favoritos, con su día uno como festivo: el día del trabajador. Yo estoy muy contenta porque ese día descanso. Desde hace unos años me acuerdo de todos los que tenemos suerte de tener un trabajo, pero, sobre todo, me acuerdo de todas esas personas que llevan mucho tiempo luchando por un trabajo digno. Me acuerdo de todos esos padres de familia que ya no encuentran trabajo porque “ya son muy mayores”, me acuerdo de todas esas mujeres que luchan incansablemente por poder tener un trabajo y mantener sus familias y sus hogares… Me acuerdo de todos y cada uno de esos jóvenes licenciados, brillantes, con un curriculum impecable, que están trabajando de camareros o limpiando hoteles en cualquier rincón de Europa, me acuerdo de los que tuvieron más “suerte”, y ejercen su profesión y vocación en otro rincón del mundo, con la consecuencia de estar lejos de su gente, de sus familias, de sus casas, de sus ciudades y sus calles… Y entonces, me vuelve a invadir la pena. Entonces me acuerdo de todos estos malditos políticos corruptos, a los que la gente ha elegido para representarles, para que luchen por sus derechos y mejoren su bienestar social, pero no lo han hecho, y aún así, les vuelven a votar. Entonces me acuerdo de esa gente que les vota y me encantaría que me explicasen por qué lo hacen y entonces pienso “tenemos lo que nos merecemos”, pero no, no nos lo merecemos. Se lo merecen los que les apoyan, pero no nosotros, no el resto.

Trabajar es un derecho, pero mientras miles de personas en mi país no tienen un trabajo digno, mientras miles de personas no tienen trabajo, sus políticos roban y viven vidas de lujo.

Vivo en un país muy bonito, te lo prometo… De él me gusta todo, menos tú.

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Buenas tardes/noches, amigos.

Lorena.

Libertad.

Madre mía… No os podéis imaginar la felicidad que me produce pensar que a partir de ahora, y durante unos meses, cada vez que me siente frente al ordenador para reencontrarme con vosotros va a ser así. Con el día resistiendo en la ventana, con los niños jugando en mi urbanización, sus risas, sus patines y su pelota. ¡Cómo me gusta la primavera! ¡Cómo me gusta el sol y qué buena energía me dan estos días!

Hoy vengo con un relato, que ya nos tocaba. Siempre digo que existen dos tipos de amor: el bueno y el malo, y siempre pienso que para encontrar el bueno, alguna vez has tenido que conocer el malo, para saber que de ese ya no querrás saber nada nunca más. Hoy os traigo un relato que habla de esto, un relato en el que podéis poner nombre en vuestra cabeza a sus personajes, podréis imaginarles cómo queráis y podéis poner como decorado la ciudad que más os apetezca. Es más, os propongo que me contéis cómo imagináis su físico, qué nombre creéis que podrían tener y en qué ciudad imagináis que se desenvuelve la historia… Será divertido.

Leed despacito, como siempre… 🙂


 

Libertad.

 

Que suene una canción y escucharla en el más absoluto silencio es un verdadero placer. A veces, no nos damos cuenta que tenemos a nuestro alcance el poder disfrutar de pequeños momentos que son capaces de llenar nuestra alma, podemos suspirar tranquilos, podemos disfrutar de algo que se va a meter poco a poco dentro de nosotros. Dejamos salir un poco del dolor que queda dentro a través de un suspiro… y entonces, cuando sentimos ese vacío que ha dejado en nuestro cuerpo y nuestros sentimientos, sabemos que en el momento que empecemos a dedicarnos pequeños momentos y nos dediquemos a lanzar suspiros que se lleven en el aire el daño que nos han hecho, nos sentiremos un poco más libres, nos sentiremos un poco más nosotros mismos y que poco a poco, conseguiremos estar en paz. El tiempo todo lo cura, o eso dicen.

Aquella tarde de viernes estaba cargada de energía fuera de mis ventanas. El sol y la primavera sonreían complacientes, cogidos de la mano, observando a todos aquellos que reían a carcajadas en las terrazas, observando a los que paseaban y a los que andaban con prisa, observaban desde algún lugar a todos los que iban y venían, a los que cogían trenes o aviones, a los que daban por finalizada una semana de trabajo, a los que se besaban en las esquinas o los que abrazaban a sus amigos. En el lado de la ventana en el que estaba yo, se respiraba un aire más bien gris y frío, que poco tenía que ver con la realidad del mundo exterior. En ese lado de la ventana, se respiraba el aire que mi mente y mi corazón guardaban en silencio, queriendo sacarlo todo fuera y sin saber muy bien cómo hacerlo. Un hilo de luz, resplandeciente, se colaba entre las cortinas de mi casa, un hilo de luz que rozaba mi pierna, que acariciaba mi piel, un hilo de luz que quise interpretar como una pequeña esperanza en un alma llena de tinieblas y soledad. Porque siempre, en la más triste oscuridad, hay un hilo de luz que te acompaña.

Me quemaba el corazón, me quemaban las ganas, me quemaba el amor y me quemaba cada poro de la piel, sobre todo en la espalda, quizás porque era el momento en el que iba a renacer, en el que iba a volver a tener alas, en el que podía volver a sentirme libre y en el que iban a volver los resquicios de una libertad que alguna vez sentí inmensa, mía, y fuerte.

Siempre me gustaron las personas entregadas, las que tienen ilusiones y risas constantes en la cara, las que aman sin condición, las que quieren con fuerza y con pasión. Siempre me gustaron las personas que están dispuestas a sorprender y siempre están felices cuando reciben una sorpresa. Siempre me gustaron las personas llenas de energía, de sueños, de anhelos. Siempre me gustaron las personas educadas, alegres, divertidas, inteligentes y apasionadas. Siempre creí ser una de esas personas y todavía me pregunto en qué momento dejé de serlo.

Muchas veces, a lo largo de mi vida, me he preguntado qué era en lo que habíamos fallado los seres humanos a lo largo de la historia para haber convertido el mundo en el que vivimos en un mundo tan vacío de tantas cosas, en un mundo irracional donde la gente asesina, donde personas mueren de hambre y donde una conversación escrita en un teléfono móvil es, para la mayoría, más importante que apartar ese cacharro y disfrutar de un café tranquilo con un amigo. El mundo, el amor, las personas y la vida se volvieron hace tiempo completamente locos… Y en algún momento que no recuerdo, yo me había dejado llevar por esa locura, por esa irracionalidad y ese vacío que tanto me atemorizaba.

No voy a entrar en detalles para contar algo que todos hemos vivido alguna vez: para contar cómo cogieron mi corazón y lo destrozaron en mil pedazos. Todos hemos vivido el desamor, pero por suerte, no todos hemos vivido una historia cómo la que he vivido yo. No entraré en detalles para decir que un día cualquiera, por una casualidad, con un beso apasionado, sellé un amor que yo creía eterno, cómo me dejé llevar por ese amor y cómo entregué mi cuerpo y mi alma hasta tal punto que los vendí a cualquier precio, por partes, como si de una enciclopedia entregada a tomos se tratase.

Me entregué ciegamente a una persona que me hizo creer que yo era lo más importante de su vida, que adoraba todas y cada una de mis virtudes y sonreía ante mis defectos, una persona que me besaba y me acariciaba, que me hacía el amor por las mañanas y me preparaba café los domingos. Una persona a la que le enseñé cada trocito de mi cuerpo, una persona a la que le hice un recorrido por cada resquicio de mi ser, una persona que me llenó de ilusión y vida, una persona que con el tiempo dejó de ser esa persona.

No quiero echarle la culpa a las rutinas, a la confianza y a la convivencia, porque echarle la culpa de lo que nosotros hacemos a algo que simplemente nos envuelve, me parece egoísta y desorbitado. La culpa la tuvo él, por esa personalidad que yo no entendía, y la culpa, sobre todo, la tuve yo, por perder esa personalidad que era sólo mía. Los primeros gritos se asociaron al trabajo, al estrés, y cuando lloraba desconsoladamente y me besaba, cuando me pedía perdón, entonces yo me culpaba por no ser más comprensible, y ahí iba perdiendo un poco de mí, me hacía un poco más pequeña y le iba entregando los primeros tomos de mi existencia. No por ser incomprensible, sino por permitir que alguien me gritase.

Con el tiempo, resulta que todo lo que antes hacía bien, ahora lo hacía mal. Desde elegir la ropa por la mañana, hasta llamar a un amigo para ver qué tal estaba. Incluso el café que preparaba todos los días, ya no tenía el mismo sabor, debía ser eso lo que le hacía tomarlo en silencio y casi sin mirarme a la cara. A veces, aparecía con un ramo de rosas por la puerta, porque sí, por ser un día cualquiera de nuestra historia y nuestra vida juntos, y entonces me daba cuenta de lo afortunada que era. Segunda entrega de mi alma y mi vida.

Me quería tanto que no podía soportar que otros me mirasen, que mis compañeros de trabajo quisiesen que yo les acompañase a tomar unas cañas después de la jornada o que mis amigos de toda la vida me dijesen en un mensaje que me echaban de menos o me querían. ¿Qué despropósito era ese? Me quería tanto que no podía soportar que alguien más me quisiese y por supuesto no podía soportar que yo contestase esos mensajes, que me fuese de cañas o que sonriese si alguien me miraba. Otra vez gritos y lágrimas. ¡Qué sinvergüenza yo, que estaba provocando todo aquello! ¿Esa era mi forma de querer? Eso no era querer y si seguía así me iba a quedar muy sola. Tercera entrega de mi vida, con mil anécdotas que no te voy a contar, porque me moriría de tristeza, no por ti, sino por mí, por haber aguantado algo así… Y me fui haciendo cada vez más pequeña, más desconfiada, más introvertida, más distante, más rara… Y dejé de ser quien era.

Una noche discutimos tanto que se atrevió a pegarme una bofetada. Lloramos los dos y él pidió perdón por haber perdido los papeles y los nervios. Yo no hablé en dos días… Era una sombra vagando entre las paredes de mi casa, que me parecía más triste y fría que nunca. Le perdoné porque él me quería, debía ser que esa si era una buena forma de querer. Debí perder tanta fuerza en mi cabeza que acabé perdonando aquello y entendiendo que sólo había sido por culpa de los nervios y el momento.

Y pasaron los años y mi vida se vio limitada de la oficina a casa, y de casa a la oficina. No recordaba la última vez que había visto a mis amigas o a mis amigos, y por supuesto, hacía mucho que no recibía ningún mensaje de nadie. Por una vez en su vida, él tenía razón: me había quedado sola.

La soledad puede matarte de pena, o puede hacerte fuerte. No lo olvides.

Que suene una canción y escucharla en el más absoluto silencio es un verdadero placer. A veces, no nos damos cuenta que tenemos a nuestro alcance el poder disfrutar de pequeños momentos que son capaces de llenar nuestra alma, podemos suspirar tranquilos, podemos disfrutar de algo que se va a meter poco a poco dentro de nosotros. Dejamos salir un poco del dolor que queda dentro a través de un suspiro… y entonces, cuando sentimos ese vacío que ha dejado en nuestro cuerpo y nuestros sentimientos, sabemos que en el momento que empecemos a dedicarnos pequeños momentos y nos dediquemos a lanzar suspiros que se lleven en el aire el daño que nos han hecho, nos sentiremos un poco más libres, nos sentiremos un poco más nosotros mismos y que poco a poco, conseguiremos estar en paz. El tiempo todo lo cura, o eso dicen.

Aquella tarde de viernes, en la que el sol y la primavera observaban la buena energía que les mandaban a aquellos mortales que paseaban por la tierra, decidí cambiar mi vida. Aquella tarde de viernes escuché una canción en silencio, la escuché tantas veces como lágrimas quedaban en mi cuerpo, suspiré en silencio y fui sacando parte de un dolor que casi no me dejaba respirar: el dolor que producen las faltas de respeto, el dolor que produce la falta de cariño, de confianza y de complicidad, el dolor que produce entregarse tanto a alguien y perder la esencia de uno mismo. Aquella tarde de viernes, la soledad me agarró fuerte de la mano y me pidió que me levantara del sofá. Fuera, había un mundo lleno de sol, de terrazas llenas de gente, de colores alegres, de macetas llenas de flores, de cervezas fresquitas sobre las mesas, de risas sanas, de gente alegre, de la que a mí me gustaba, de la que alguna vez fui. Hice una maleta con pocas cosas. Cuando uno decide cambiar su vida, a veces, es mejor dejar todo atrás, porque es inevitable que los recuerdos te persigan, pero si cambias el decorado, los recuerdos se ven de otro color, y parecen mucho más lejanos.

Un pequeño instante puede cambiar toda una vida. Quizás fue una canción, o fue un rayo de sol entre mis cortinas… Cuando le dije que me marchaba, por supuesto, ardió Troya, pero no lloré y esta vez, cuando me agarró del brazo, le dije que no me volviese a tocar nunca más.

Me instalé en casa de quien siempre había sido mi mejor amigo, aunque yo me hubiese ido, supongo que los buenos amigos se quedan siempre, en silencio, observando los errores que cometemos desde lejos, para salir en nuestra ayuda en el momento que necesitamos que nos rescaten, que nos resuciten, que nos salven.

Hay decisiones que aunque se deberían tomar mucho antes, alguna vez han de ser tomadas. De aquello aprendí muchas cosas, pero sobre todo, en la vida, he aprendido que sólo quiero rodearme de gente que me quiera de verdad, con respeto y cariño, de gente que me coja de la mano y me sonría, quiero mil canciones en silencio y mil suspiros que se lleven el dolor que una vez estuvo dentro. He aprendido que mi personalidad es mía, y una vez se resurge de entre las cenizas nadie puede volver a cortarte las alas, porque nunca más permitirás que te roben, por amor, tu libertad.

Imagen de Google.

Imagen sacada de Google.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

 

Las cosas que no nos dijimos.

Este ya es un martes como los de siempre: una tarde tranquila, con una infusión en la mano, el silencio en mi casa y mi reencuentro con vosotros.

Si os digo la verdad, no sabía muy bien qué iba a escribir hoy… Además, hace un rato, después de estar trabajando en una cosa en el ordenador durante varias horas, no sé qué he hecho, pero lo he borrado todo… ¡Qué rabia da eso! Así que tras el rato de mal humor que he pasado, como si de una señal se tratase, Cometo ha decidido acercarse al mueble dónde tengo algunos libros y extraer uno con sus patitas para intentar cogerlo con su boca y que yo corriese detrás de él… Es su forma de decirme “¡ven a jugar conmigo!“. Así pues, Cometo ha decidido que ese libro sería el protagonista del post de hoy.

No conozco a ningún niño que no le gusten los animales. Los niños, cuando aún son inocentes y no saben ni que existen muchas de las cosas horribles que hacen los adultos, aman sin condiciones, como lo hacen los animales desde que nacen hasta que mueren. He de reconocer que, a pesar de que siempre me han gustado los animales y que desde muy pequeña he tenido perro en casa de mis padres o de mis abuelos, desde que le tengo a él, siento un amor mucho más profundo por todos ellos, entiendo con más fuerza el respeto y compromiso que los seres humanos deberíamos tener con los animales y no puedo dejar de morirme de rabia cuando veo algún caso de maltrato o abandono a un ser que entiende de fidelidad y de amor mucho más de lo que entenderemos nosotros jamás.

Los que me seguís en Instagram (@lorenacorcoles), seguro que ayer visteis una foto que colgué. Ayer Cometo cumplía dos años, pero hasta dentro de tres meses no hará dos años que llegó a mi vida… Quizás os haya explicado ya alguna vez cómo llegó, pero hoy te lo quería contar.

Mi cumpleaños siempre es para mí algo muy especial, me encanta reunir a todos mis amigos, me encanta celebrarlo en Madrid, en l’Olleria, con mis amigos de aquí, con  mis amigos de allí… Me encanta que la gente me acompañe en un día tan especial, en el que celebro un año más de vida, de salud, de aprendizaje, de cosas buenas y malas… Lo que no podía imaginar hace dos años es que iban a hacerme el mejor regalo que me han hecho y me harán jamás.

Me suena raro hablar de Zara como mi amiga, porque realmente es mucho más que eso. Ella es mi hermana, mi mitad, mi alma gemela aún siendo infinitamente distintas, ella es mi confidente y la persona que más consentida me ha tenido nunca. Ella es mi Cometa. Aquel viernes en el que yo celebraba mi cumpleaños, ella me escribió para decirme que me esperaba en mi casa cuando yo saliese de trabajar y que a partir de ahí empezaría mi regalo.

Recuerdo que estaba nerviosa (como una niña pequeña, sí.). Abrí la puerta y en el interior de mi casa sólo se escuchaba silencio y yo me tuve que reír. En el suelo, un paquete cuadrado (del tamaño de un libro), aguardaba envuelto. De repente, unos segundos después, apareció él corriendo por el pasillo, con un lazo rojo, tan pequeño, tan suave, tan travieso, tan lleno de vida… Cometo vino a recibirme como si ya me conociese, como si supiese que iba a ser mío, como si entendiese, de algún modo, que en ese instante, empezaba nuestra historia y nuestra aventura juntos. Lloré, lloré de sorpresa, de felicidad y de emoción.

Hace casi dos años de aquello. Casi dos años de amor incondicional, puro, verdadero, de alegrías, de trastadas (es taaaan travieso), de dormir siestas juntos, de abrazos, de paseos por el parque, de besos… Sólo los que compartís vuestra vida con una mascota, sabéis bien del tipo de amor que hablo.

Aquel día, como os he dicho, un libro envuelto me esperaba en la entrada de mi casa para despistarme, y hoy Cometo, con sus dos años recién cumplidos, lo ha sacado de la estantería para hacerme rabiar y que fuese tras él para jugar. Hoy, sin ninguna duda, tenía que hablar de esto.

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¿Y si tuvieras una segunda oportunidad? Una novela que invita a creer en lo increíble. Cuatro días antes de su boda, Julia recibe una llamada del secretario personal de Anthony Walsh, su padre. Walsh es un brillante hombre de negocios, pero siempre ha sido para Julia un padre ausente, y ahora llevan más de un año sin ver se. Como Julia imaginaba, su padre no podrá asistir a la boda. Pero esta vez tiene una excusa incontestable: su padre ha muerto. Con más de 15 millones de ejemplares de sus novelas vendidos en todo el mundo, Marc Levy se ha convertido en un referente indiscutible de la literatura contemporánea. Con su nueva novela, Las cosas que no nos dijimos, Levy va un paso más allá y arrastra al lector a un universo del que no querrá salir.” (Sinopsis de La Casa del Libro)

Las cosas que no nos dijimos narra una historia increíble, pero de las que atrapan, me gustó mucho, porque ya sabéis que yo doy mucha importancia al tiempo, a no dejar nada en el tintero, a demostrar a aquellos a los que queremos que así es lo que sentimos, le doy mucha importancia al amor, a las historias difíciles pero no imposibles, al cariño, al respeto y al intentar hacer las cosas de la mejor manera posible, porque la vida, amigos míos, pasa demasiado rápida. Este libro, para mí, recoge todos estos ingredientes.

El padre de Julia, aún ausente, intentará demostrarle (aunque tarde) a su hija lo mucho que la ha querido e intentará pedirle perdón, de un modo un tanto inverosímil, por aquellas pequeñas y grandes cosas que se perdió de su vida. Intentará, además, rectificar en uno de los errores que más le pesaron durante el tiempo: separar a su hija del que fue el gran amor de su vida.

Marc Levy nos presenta esta novela para que reflexionemos sobre la vida, para reflexionar sobre aquellas personas que son esenciales y a las que seguramente no se lo demostramos. A través de las páginas y las palabras, nos hace cuestionarnos qué haríamos si pudiésemos volver atrás, y qué queremos hacer realmente con el tiempo que nos queda.

Sinceramente, creo que si no conocéis la novela, os va a gustar mucho.

Porque, dime… ¿Qué harías tú si tu vida se acabase y tuvieras una segunda oportunidad?

Gracias por una semana más.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

 

Ju(z)gando.

¿Sabéis que suelen aburrirme bastante las rutinas? Al final, con el tiempo, siempre me pasa: me aburro de todo. No sé si es porque siempre quiero más, porque soy tan nerviosa que necesito movimiento constante y necesito cambios, pero lo cierto es que cada X tiempo, necesito cambiar un poco las cosas, por eso mismo, hoy he decidido publicar por la mañana, aunque supongo que sólo será hoy, como excepción, porque me apetecía hacerlo así, y porque a la hora de escribir, siempre prefiero la noche.

Pasada la Semana Santa, las escapadas, los reencuentros con amigos o familiares, disfrutar la playa y el pueblo o la felicidad de la desconexión, la vuelta a la rutina tiene un sabor agridulce. Por un lado, te sientes con las pilas totalmente recargadas y llenas de energía y por otro, lamentas que el tiempo haya pasado tan rápido.

Además de las rutinas, muchas veces, los seres humanos también me aburren. Nos pasamos la vida juzgando a los demás, y eso, amigos míos, me aburre bastante. 

Nos encanta convertirnos en justicieros y creer que sabemos toda la verdad y creemos tener el poder para hablar y sentenciar, para opinar con toda libertad y razón y juzgar las actitudes de los demás ante la vida, como si además de nuestra vida,  también la de ellos nos perteneciese.

En los pueblos, estos juicios se incrementan y a la hora de opinar, todos son capaces de hacerlo. En las ciudades también pasa, a menor escala, pero pasa.

Juzgamos a esa persona que ha dejado a su pareja porque se ha enamorado de otra, sin saber lo más mínimo de cómo ha sido su relación o su vida, pero juzgamos que lo hagan, porque… ¡Qué poca vergüenza!

Juzgamos a aquellos que se acaban de conocer y gritan su amor a los cuatro vientos, que suben fotos constantemente a las redes sociales y nos resultan un poco pesados… Sin saber si realmente están viviendo la etapa más bonita de su vida y compartirla con los demás les hace felices…

Juzgamos a aquellos que se pasan la vida de fiesta, como si su diversión nos estuviese molestando. Nos encanta opinar y cuestionar.

Juzgamos a esa pareja que lo dejó hace tiempo, pero se siguen viendo a escondidas, mientras esos encuentros son un secreto a voces, les juzgamos y comentamos, y si nos paramos a pensar… ¿Qué más nos da?

Juzgamos a esas personas que deciden tener un amante distinto cada semana, sin pararnos a pensar que el sexo es uno de los placeres más absolutos  y que cada uno decide qué hacer con su cuerpo y su vida… Pero nos encanta juzgar.

Cuando somos pequeños, juzgamos a ese niño que le encanta jugar con muñecas, o a esa niña que juega al fútbol, sin entender que lo único que podría faltar en nuestra sociedad para que fuese totalmente irracional, es que siendo niños no se pudiese jugar a lo que uno quiere…

Juzgamos a las personas por su forma de vestir, como si esas prendas estuviesen dañando nuestra vista de forma real.

Juzgamos a nuestros vecinos, a nuestros conocidos, a nuestros compañeros de clase o compañeros de trabajo, algunas personas se atreven a juzgar a sus amigos, e incluso, juzgamos a los desconocidos.

¿En qué mundo vivimos? ¿Dónde están nuestros límites? Juzgamos por juzgar, juzgamos porque creemos que tenemos derecho a hacerlo, porque creemos que nos da poder y control, juzgamos por pasar el rato, por tener una conversación (y después nos quejamos de que a la gente le guste ver telebasura y morbo en televisión) y siempre, siempre, diremos que nos da igual lo que hagan los demás, es más, solemos insistir, sobre todo, en que nos da igual lo que piensen los demás de nosotros, pero en la mayoría de los casos es mentira.

Nos encanta juzgar y nos creemos justicieros cada vez que abrimos la boca para dar nuestra opinión, pero sin embargo, no soportamos a aquellos que se creen jueces cuestionando y juzgando nuestras vidas. Eso nos molesta, nos incomoda y nos enfada. ¿Qué sabrá ese de mi vida para hablar así de ella? A todos nos ha pasado alguna vez, ¿verdad?

Nos encanta juzgar, pero odiamos ser juzgados y no nos damos cuenta que ninguno de nosotros, absolutamente ninguno, somos jueces y que las vidas de las personas, sus rutinas y su día a día, en ningún momento están siendo sometidas a ningún tipo de juicio, no nos damos cuenta que no conocemos ni una mínima parte de las cosas que cuestionamos y juzgamos, y no nos damos cuenta que aunque la conozcamos, son cosas que realmente no nos interesan.

El ser humano se aburre demasiado, con la de cosas que hay por las que realmente preocuparse ahora mismo en este mundo que está tan loco.

Nos acostumbramos a juzgar desde pequeños y no nos damos cuenta que juzgando, estamos jugando con los sentimientos de los demás.

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El día que consigamos ser libres de juicios, de ser jueces, testigos y juzgados, estoy segura que todos conseguiremos ser un poquito más felices.

Supongo que ha sido un post diferente, pero como hoy necesitaba cambiar mi rutina, me parecía necesario.

Feliz martes, amigos.

Lorena.

Cuenta conmigo.

¡Qué tarde se me ha hecho hoy! Desde que cambiaron la hora y el día dura más, siento la necesidad de quedarme todo el tiempo en la calle, disfrutar de mis amigos, de mi Madrid, del ambiente, del buen tiempo… … Sigue leyendo

Café enfriado, como siempre.

Ya tenía ganas de que la semana se volviese a parar en el martes, pero, de verdad, los días pasan tan rápido, que no parece que hayan pasado tantos desde la última vez que nos leímos. Ha dejado de llover en Madrid y hoy el sol ha querido salir a pasearse por la ciudad, a ver si le dejan quedarse, que las nubes ya sabéis que son muy peleonas, pero bueno, ya sabéis que no me importa. Ayer, por ejemplo, disfruté de una tarde de lluvia maravillosa.

Tenía ganas de volver con un relato, de eso sí que hacía mucho, así que aquí os lo traigo. Es un relato diferente, en la estructura, en la expresión y en la forma. Es un relato en el que seguro más de una persona se sentirá identificada y un relato con el que espero que, al llegar al final, reflexionen sobre cómo quererse a sí mismo por encima del dolor que intenten causar los demás, o que causan sin querer. Como decía Shakira en una de sus canciones: “Siempre supe que es mejor, cuando hay que hablar de dos, empezar por uno mismo…” . Nunca supe si ella lo decía de esta misma forma, pero yo siempre lo entendí así. Cuando te enamores, enamórate mucho y quiere con mucha fuerza, pero no te olvides, si te están haciendo daño, de quererte a ti más.

Hoy te lo quería contar…

Café enfriado, como siempre. 

Creo que empecé a tomar café más bien tarde, no sé a qué edad empiezan normalmente las personas a tomar café, pero yo debería tener, al menos, veinte años. Quizás fue en la facultad, entre clase y clase, en las épocas de exámenes, no sé muy bien cuando ni por qué. Nunca me lo he planteado. Lo que si sé es que siempre me pasaba igual, me gustaba calentar el café hasta el punto en el que al coger la taza con mis manos estuviese bien caliente y su aroma subiese lentamente. Una vez servido, me costaba beberlo así, lo dejaba enfriar y al final, siempre se enfriaba demasiado. Y siempre me pasaba igual. Y siempre me pasa. ¿Te acuerdas?

Hoy miro la taza, que me espera impaciente, caliente, humeante, y sé que todavía no nos podemos encontrar, tendrá que pasar un rato, mientras asimilo todo lo que me está pasando. El teléfono no deja de sonar, un sin fin de mensajes y llamadas que no me apetece contestar. Es más, no me apetece ni si quiera mirar. Necesito soledad. Necesito silencio. Porque me ha costado mucho tiempo encontrarme, pero al final, encontrarse a sí mismo, aunque no sea una tarea fácil, es imposible que salga mal, y  mira que yo, he estado perdida.

Me perdí hace mucho tiempo, todo ese tiempo en el que dejé de sonreír. Porque yo antes sonreía mucho, ¿sabes? Sonreía siempre, cuando me despertaba, cuando bajaba a la calle y me cruzaba con algún vecino en el portal, cuando iba hasta la esquina a comprar el pan recién hecho a primera hora del día, sonreía cuando llegaba al trabajo, aunque odiase trabajar para una compañía de seguros y odiase tener que estar pegada al teléfono todo el día para reclamar a los clientes una gran cantidad de impagos que llevaban a sus espaldas, y todos con la misma historia: no tenían dinero, era la crisis del país, y tenían razón. Aún así yo sonreía, sonreía cuando salía del trabajo, cuando me paraba en el Starbucks a comprar un Mocca Blanco que me iba bebiendo por el camino hasta llegar a casa, sonreía mientras recogía mi casa y la limpiaba, sonreía cuando preparaba la cena, cuando veía la tele o cuando leía un buen libro. A veces también lloraba, pero siempre fui más risueña que melancólica. Los fines de semana me reunía con mis amigos, en alguna terraza del barrio, entre cervezas y risas. Me gustaba mi vida y sonreía porque era feliz.

Cuando te conocí sonreía todavía con más fuerza. No te esperaba, ¿sabes? Llegaste sin avisar, cuando no me apetecían compromisos, cuando no me apetecían explicaciones, ni tenerlas que dar, cuando me apetecía estar sola y disfrutar de una libertad que tú prometías y que con el tiempo traicionaste. Entonces, cuando te conocí, supe que era una sorpresa, un regalo de la vida, una oportunidad de ser más feliz, de encontrar ese amor, que aunque no me apeteciese, tanto anhelaba. Y me enamoré de ti, me enamoré locamente, como seguro que no había hecho antes, y te lo dije, te lo dije una y otra vez, que eras lo mejor que me había pasado jamás, y tu me decías lo mismo, me prometías una y otra vez que nunca habías estado así con nadie, que lo nuestro era fuerte e irrompible, que la vida había cruzado nuestros caminos y no permitiríamos que se separasen jamás. Me mirabas y yo veía en tus ojos todas y cada una de las verdades de tus palabras, estabas locamente enamorado de mí  y sólo me hacía falta adentrarme en tus pupilas para sonreír como nunca antes había sonreído, para sentirme afortunada y especial, para saber que tenía que ser así, para darle fuerza y credibilidad al destino, que había cruzado nuestras vidas y nuestros corazones. ¿Te acuerdas cómo nos mirábamos? Nos mirábamos con tantísima fuerza, con tanta pasión… ¿Te acuerdas cómo nos besábamos? Lo hacíamos constantemente, en cualquier rincón, como una extraña fuerza que se apoderaba de nosotros y no nos dejaba utilizar la razón. Nos rozábamos la piel y ardían nuestras almas, ¿te acuerdas? Éramos puro fuego, deseo y pasión. Recuerdo perfectamente la primera vez que nos tumbamos en una cama. Queríamos hablar y contarnos cada uno de los detalles de nuestras vidas, mientras nos acariciábamos la piel, y no pudimos evitarlo, a los tres segundos nos estábamos devorando. Me besaste con tantas ganas, me cogiste con tanta fuerza… Me llevaste al paraíso mientras yo bordeaba con mis piernas tu cintura, mientras te sentía mío con tanta fuerza que quería gritar y llorar ahí mismo, en aquel instante, en aquella habitación, porque nunca había sido tan feliz. ¿Te acuerdas cómo me acariciabas? Te encantaba pasar tus dedos, finos y delicados, suaves y señoriales, por mi espalda, lentamente, de arriba a abajo, mientras nos reíamos y soñábamos, mientras planeábamos nuestro futuro, nuestras vidas, e imaginábamos el paso del tiempo, mientras imaginábamos cómo íbamos a recorrer el tiempo cogidos de la mano, mientras tus manos acariciaban mi espalda desnuda, entre nuestras sábanas, entre las cuatro paredes de la que habíamos hecho nuestra casa.

¿Te acuerdas cuándo me preparabas sorpresas? Cuando un día, por que sí, me llenabas la casa de flores y el aroma del jazmín se impregnaba en cada rincón, en cada almohada, en cada libro, en cada camisa o en cada canción que sonaba. Cuando otro día, sin motivo alguno, me llenabas las paredes de notas con frases que habías rescatado de conversaciones que yo había olvidado. Cuando, de repente, me sorprendías y me llevabas a cenar a mi restaurante favorito, cuando nos tumbábamos en el sofá a ver películas mientras comíamos palomitas, cuando nos despertábamos un domingo, sin ningún tipo de prisa, y nos pasábamos horas y horas mirándonos a los ojos, acariciándonos las manos, riéndonos a carcajadas, besándonos hasta el alma…

Yo era consciente de que algún día todo podía cambiar, ¿sabes? Claro que lo era, no por nada, sino porque siempre he sido racional y realista. Sabía que nada es eterno y que en las relaciones, la magia del principio hay que aprovecharla con todas las fuerzas que uno tiene, porque cuando menos te lo esperas… Llega la rutina y la arrasa. No sólo la rutina, perdóname, llega también la confianza y la confianza tiene cosas buenas y cosas malas. Desgraciadamente, a veces, ganan las malas. El mal humor se encierra en casa, incluso el que viene de la calle, ese también se queda en casa. Podía haber sido bonito, estoy totalmente segura de ello, porque me conozco, porque sé como soy, porque las mujeres somos así, porque somos más pasionales en todos los aspectos, en las guerras y en el amor, porque le ponemos más ganas a todo, a lo bueno y a lo malo, a la alegría y a una discusión, pero en el fondo, siempre queremos que las historias de amor salgan bien, porque por alguna extraña razón queremos que así sea, porque somos más sensibles, más nostálgicas y porque, joder, de pequeñas todas hemos soñado con un cuento de hadas. Por eso sé que no me han faltado ganas, por eso sé que no me habrían faltado nunca. Pero claro, me quitaste la ilusión, ¿te acuerdas también de eso?

¿Te acuerdas cuando dejaste de mirarme con esa ternura y esa magia? ¿Te acuerdas cuándo empezaste a gritarme? ¿Te acuerdas en qué momento empezaron a molestarte todas y cada una de las cosas que hacía? No sé si te acordarás del momento exacto, pero vamos, acordarte, supongo que te acuerdas. Yo me acuerdo perfectamente, me acuerdo cuando en alguna discusión ni si quiera levantabas la vista del televisor, me acuerdo perfectamente cuando empezaste a llegar tarde a casa y siempre era porque tenías mucho trabajo, menos cuando era porque algún amigo te había insistido para que te quedases a tomar unas cervezas. Me acuerdo perfectamente cuando dejaron de brillarte los ojos al mirarme, cuando dejaste de tocarme con pasión o cuando dejaste de prepararme sorpresas. Me acuerdo cuando los domingos, te molestaba quedarte horas en la cama y el problema era que yo era una aburrida y quería estar siempre en casa, me acuerdo la primera vez que me tumbé boca abajo, entre nuestras sábanas blancas, y mi espalda desnuda se quedó esperando que la recorrieras de arriba a abajo, se quedó sola y fría, esperando tus manos que ya no resultaban ser tan bonitas. Me acuerdo cuando a penas me hablabas, cuando siempre estabas cansado o cuando te pasabas horas y horas enviando mensajes en tu teléfono (e-mails de trabajo, siempre). 

¿Te acuerdas de la mañana en la que me di cuenta de todo? Una camisa blanca llena de maquillaje, incluso restos de pinta labios de un rojo bastante feo, por cierto. ¿Te acuerdas cuándo me decías que todo tenía una explicación? ¿Te acuerdas cómo lloraba? ¿Te acuerdas cómo gritaba de dolor? Y no, no se te caía la cara de vergüenza. Es más, te atrevías a pedir perdón, a decir que había sido un error. Me gustaría recordarte que no dejamos de hacer el amor porque yo me quedaba dormida, me gustaría recordarte que no dejaste de llenar la casa de flores o notas porque yo estaba distante, me gustaría recordarte que no nos quedábamos viendo películas y comiendo palomitas porque ya las hubiésemos visto todas, me gustaría recordarte que pisoteaste mi dignidad, mi confianza, mi respeto, mi amor incondicional, mis besos, mis caricias, mis ilusiones, mis sueños y mis lágrimas. Me gustaría recordarte que me hiciste daño, porque podría decirte que me arruinaste la vida, pero no, no te iba a permitir también eso. Conseguiste que llorase durante muchas noches, eso sí. Pero bueno, ya lloraba durante horas cuando estábamos juntos y tú ni te inmutabas, ¿te acuerdas también de eso?

A veces me he sentido estúpida, ¿sabes? Por no haberme dado cuenta antes, por no haber hecho yo lo mismo… Pero eso sólo lo pensaba cuando estaba muy enfadada, después me daba cuenta que yo no lo había hecho, porque ¡YO NO SOY IGUAL QUE TÚ!

Hace un rato me he dado una ducha lenta, en silencio, con velas, con agua muy, muy caliente, y la he dejado bajar lentamente por mi cuerpo, la he dejado acariciar suavemente mi espalda, porque si ahí, por alguna de esas estúpidas casualidades de la vida, todavía quedaba alguna de tus huellas, las borrase con calma, que se llevase consigo cada una de tus caricias impregnadas en la memoria de mi piel, que se llevase todos y cada uno de los recuerdos que aún guardo tuyos, lentamente, sin prisa, que en ocasiones como esta, a veces, no está mal hacer larga una despedida. 

Tras la ducha he preparado café, muy, muy caliente, que por cierto, ya está completamente frío en la taza, como siempre. Ahora me lo beberé, pero claro, al haber dejado ir cada resquicio de dolor que quedaba en mí, por el desagüe de la bañera, he creído que podía darte las gracias, ¿por qué no? Si yo siempre he sido muy educada. Gracias por cada grito, porque ahora estoy segura que jamás volveré a permitir que nadie me levante la voz, gracias por cada muestra de indiferencia, porque ahora, jamás me entregaré a alguien que no me merezca, gracias por cada falta de cariño, porque ahora, jamás volveré a estar con nadie que no me demuestre cada día que me quiere con todas sus fuerzas. Gracias por todas las lágrimas que he derramado, porque te aseguro que todas y cada una de ellas me han hecho, cada día, un poquito más fuerte, hasta convertirme en alguien invencible. Gracias por las mentiras, porque ahora sé que no podré confiar en el primer cretino que se cruce en mi camino. Gracias por esta experiencia, porque te aseguro que he aprendido muchísimo de ella.

Gracias y, por cierto: buena suerte, porque créeme que tú, la suerte, la vas a necesitar. Es más, vas a necesitar mucha (ya sabes, por eso del karma, que yo siempre he sido de creer en esas cosas, y el karma es muy sabio…)

Por cierto, que he vuelto a sonreír, ¿sabes? Como antes hacía, ¡Qué fuerte! Casi ni lo recordaba, y ahora, que por fin me he encontrado, sé que nada sucede por casualidad y que no puedo ser más feliz. 

Ni un abrazo de cordialidad.

Sara.

Envió aquel e-mail para despedirse de aquella historia, porque a veces, cuando pasa el tiempo y el dolor se suaviza, podemos ver las cosas de otra forma, y muchas veces, es necesario poner un punto final. Cogió la taza de café y dio el primer sorbo, se había enfriado, como siempre.

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Buenas tardes-noches, amigos.

Lorena.