Volverá…

Creo que septiembre nos trae más o menos las mismas sensaciones a todos… Sobre todo cuando somos niños, septiembre significa que empieza el curso y se acabó el verano. Empieza el año, y el curso escolar es quien decide dónde empieza y cuándo acaba.

Ayer Madrid estaba otra vez llena de gente, corriendo de arriba a abajo, con la prisa en la piel y la depresión post vacacional en la mirada. Dejar atrás las vacaciones no deja buen sabor de boca, pero hay que mirar el lado positivo y saber que con la vuelta a la rutina empiezan nuevos proyectos, nuevas metas y nuevas cosas y eso siempre debe hacernos felices.

Empieza uno de esos meses que llevan consigo el pistoletazo de salida, o la señal de meta que se encuentra al final. Para mí, es el mes que protagoniza los cambios más importantes de mi vida. Hace nueve años que fui a vivir a Elche, que empezaba mi vida universitaria y una de las etapas más bonitas que viviré jamás. En unas semanas, hace cuatro años que me trasladé a Madrid y aunque los primeros meses fueron muy difíciles… ¡Qué poco me costó enamorarme de esta ciudad! Madrid significó otra etapa crucial, de madurez, de amigos incondicionales, de mucha vida social y muchos retos profesionales. Cuatro años se dicen pronto, pero en ellos guardo miles de momentos que hoy me hacen ser quien soy, vivir como quiero vivir y estar dónde y con quienes quiero estar.

Hace nueve años que no vivo en mi pueblo, cerca de las personas más importantes de mi vida, nueve años sin mi día a día en l’Olleria, sin mi familia y mis amigos de siempre. Me sigue sorprendiendo cómo, nueve años después, cada vez que estoy allí, siento que no ha pasado el tiempo y es que tu verdadero hogar siempre sabrá esperarte, con las mismas cosas y el mismo aroma que cuando lo dejaste.

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Esta semana, como muchos sabéis, he estado en las fiestas de mi pueblo. Ojalá os pudiese transmitir a cada uno de vosotros lo importantes que son las fiestas de Moros i Cristians para mí. Las he vivido desde dentro desde muy pequeña y no he dejado de celebrarlas ni un solo año de mi vida. Hace cuatro años que no formo parte de mi filà, Les Popeluses, pero cada vez que voy, ellas me siguen recibiendo con una sonrisa y hacen que me sienta siempre en mi casa. (Gràcies!)

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La música, los trajes, las luces, la pólvora, la elegancia, la historia, las emociones, las risas, los reencuentros, el buen rollo, la amistad… Esos son los ingredientes de mis fiestas, y ellas forman parte de mi cultura y mi historia.

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Mi amiga Patri no se ha separado de mi lado ni un segundo y eso me ha hecho muy feliz… Nos hemos reído tanto, hemos tenido tanto tiempo para nosotras que todo el estrés que mi mente llevaba durante meses acumulando ha desaparecido, al menos, de momento.

Pero, ¿sabéis qué? Hacía mucho, mucho tiempo que no me iba tan triste de mi pueblo. La verdad que no sé muy bien por qué, quizás este viaje ha sido especial. He visto a mucha gente importante de mi vida, he disfrutado mucho de cada reencuentro, de cada sonrisa, de todas y cada una de esas personas que se han alegrado de verme tanto como yo de verlas a ellas… Las personas de mi vida.

No puedo dejar de dar las gracias (infinitas) a las personas con las que no había hablado nunca y se acercaron para decirme que me leen y me siguen, ¡qué sensación tan bonita!

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En una de esas noches de fiesta me pasó algo curioso que hoy te quería contar. Mi amiga Sonia me presentó a su novio y al presentarnos, le dijo “Ella es la chica a la que le encanta Carlos Ruiz Zafón” y claro, tuve que sonreir.
No nos faltó conversación y por unos momentos volvimos a pasear por el Cementerio de los Libros Olvidados, bajamos a la calle Santa Ana y subimos en tranvía hasta la Avenida del Tibidabo. Sé que cada cierto tiempo os hablo de Ruiz Zafón, mi escritor favorito, que os he dicho ya lo mucho que adoro la Sombra del Viento y el amor incondicional que siento por Daniel Sempere, uno de sus protagonistas. Me apetecía recordaros lo importantes que son los libros en nuestras vidas, cómo la magia de la literatura hace que conviertas a unos personajes en parte de tu vida y acaben siendo protagonistas de una conversación en una noche de fiesta, en un rincón cualquiera.

En uno de mis post, “Te querré siempre, Daniel Sempere”, que podéis encontrar en el apartado de “libros y literatura”, ya os hablaba de todo esto.

Siempre me hará feliz hablar de Ruiz Zafón, siempre encontraré en él la forma más dulce de sonreír o la más silenciosa de llorar, porque él y sus palabras sólo son magia… de la de verdad.

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“Barcelona, 1957. Daniel Sempere y su amigo Fermín, los héroes de La Sombra del Viento, regresan de nuevo a la aventura para afrontar el mayor desafío de sus vidas. Justo cuando todo empezaba a sonreírles, un inquietante personaje visita la librería de Sempere y amenaza con desvelar un terrible secreto que lleva enterrado dos décadas en la oscura memoria de la ciudad. Al conocer la verdad, Daniel comprenderá que su destino le arrastra inexorablemente a enfrentarse con la mayor de las sombras: la que está creciendo en su interior”.

Así me recibió la contraportada de El Prisionero del Cielo cuando se publicó en 2011. Este fue el tercer libro de la serie El Cementerio de los Libros Olvidados, el cuarto y último aún está por llegar y os podréis imaginar las ganas que tengo de saborearlo y devorarlo entre mis manos y mis ojos. La Sombra del Viento, El Juego del Angel y El Prisionero del cielo, publicados en este orden en 2005, 2008 y 2011, relativamente, forman un ciclo de novelas unidas entre sí a través de personajes e hilos argumentales que tienden puentes narrativos y temáticos, aunque cada uno de ellos cuenta con una historia cerrada e independiente, que podrás entender perfectamente si leer solamente uno de ellos (por supuesto, debes leer los tres).

Mi ejemplar me lo regalaron mis abuelos, en Navidad, con su dedicatoria y firma, como siempre hacen.

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Sin ninguna duda, el primero es el más especial, pero el tercero puedo decir que me pareció brillante. Volver con los mismos personajes ya fue para mí algo muy emotivo, poder reencontrame con sus vidas después de tanto tiempo y ayudarles a descubrir una historia mágica que estoy segura no deja a nadie indiferente.

Ruiz Zafón sabe escribir magia, sabe hacer de la palabra un absoluto y verdadero placer, no podéis dejar de leerle, por favor. Sólo espero que no tarde en volver.

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Mil besos con la depresión post vacacional en la mirada y las ganas en los dedos.

Gracias por estar siempre.

Buenas noches, amigos.
Lorena.

PD. Lo prometido es deuda: Volverá…

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A todo cerdo le llega su San Martín.

Como muchos ya sabéis, llevo ya más de una semana de vacaciones y aún me quedan unos días más. Después de haberme perdido durante una semana por un exquisito paraíso como es el norte de España, ayer por fin llegué a mi pueblo para pasar aquí unos días con mi familia y con mis amigos de siempre, para disfrutar de mis queridas fiestas de Moros y Cristianos y para estar en el que siempre será mi lugar favorito del mundo, porque no hay nada como estar en casa.

Me tomé unos días de desconexión, pero aún siguiendo de vacaciones era necesario volver con vosotros, con algo nuevo que hoy te quería contar.

Mi vuelta viene en forma de relato. Hace un tiempo, una lectora del blog me escribió para pedirme que escribiese alguna historia sobre el acoso escolar, algo que ella había sufrido. No sé qué le pasó realmente, por lo tanto, esta historia, como todos mis relatos, es pura ficción. El acoso escolar es un tema que me produce una tristeza infinita y es un tema tan delicado que me daba muchísimo respeto tratarlo. Sólo espero que, como siempre, leáis despacito y saboreéis la historia.

Ya me contaréis qué tal.

A todo cerdo le llega su San Martín

En el momento que el mal de una persona te alegra, sabes que eres mala persona.

Siempre fui una persona más preocupada por el futuro que por el presente. Estaba siempre pensando cómo sería todo dentro de tantos años, o cómo quería que fuese. Quizás, la única razón era que quería escapar de la realidad.

Nunca tuve amigos, la verdad es que no era por qué no quisiese tenerlos. Más bien, el resto de niños decidió rechazarme de una forma totalmente gratuita y a día de hoy me sigo preguntando qué generó todo aquello, dónde, cómo y cuándo empezó… Lo que está claro es que empezó desde donde mi memoria es capaz de empezar los recuerdos de mi vida.

A veces, le preguntaba a mi madre qué era lo que hacía mal para que el resto no me quisiese, a ella se le llenaban los ojos de lágrimas y me decía que yo no hacía nada mal, que eran esos niños que resultaban ser tan estúpidos que se estaban perdiendo la oportunidad de poder conocerme y dejarme formar parte de su vida. Con el tiempo, además de hacerte fuerte y ser capaz de poder vivir sin esas personas, eres consciente de lo mucho que sufren los padres. No hay nada peor que ser un niño marginado o maltratado psicológicamente que el dolor de unos padres que ven cómo marginan y maltratan a su hijo, y luchan contra la impotencia y el dolor que no quieren demostrar en casa.

Me miraba al espejo y me preguntaba a mí misma qué era lo que fallaba… No había nada fuera de lo normal, era una niña como las demás, quizás un poco más gordita, más sensible y más tímida, pero, ¿de verdad eso hacía que no tuviese amigos? Es más, ¿de verdad eso hacía que el resto de niños me insultase y me intimidase? Se reían a carcajadas cuando me ponían la zancadilla y me caía, cuando me insultaban hasta conseguir que empezase a llorar y me fuese corriendo, cuando me robaban el bocadillo en el recreo o cuando me quitaban la mochila y se la pasaban entre ellos cómo si fuese una pelota de baloncesto.

Los profesores daban charlas y castigaban, intentaban hablar con los padres e intentaban concienciar a los alumnos del daño que estaban haciendo, pero a ninguno de ellos les importaba. Después de cada charla, todo se incrementaba, a todo lo demás se añadían “chivata”, “bocazas”, “friki”, “niñata”… Aprendí a refugiarme en libros y música que no hicieron más que hacer mi alma mucho más sensible y, a su vez, mucho más fuerte. Las historias de los cuentos y las canciones me hacían escapar de la realidad y sólo en esos momentos conseguía respirar con tranquilidad y no llorar. No quería ir al colegio, siempre quería estar enferma y a veces soñaba que Marta, la niña más guapa de la clase, se convertía en mi amiga del alma, y otras veces soñaba que yo era quien empujaba a todos y cada uno de mis compañeros del colegio mientras lloraba y les preguntaba cuál era su problema.

El tiempo no consiguió calmar aquello. Tuve la infancia más triste del mundo, a pesar de los esfuerzos incansables de mis padres por darme amor y hacerme sentir especial. Fuera de las paredes de mi casa, una dura y cruel realidad envolvía mi triste vida. Me pusieron gafas cuando cumplí los nueve años. Por supuesto, jamás tuve una fiesta de cumpleaños llena de niños. En mis cumpleaños estaba mi familia, mis abuelos, mis tíos y algunos de mis primos, aunque el más pequeño me sacaba cinco años. Nunca tuve hermanos.

Me miraba al espejo con aquellas gafas de pasta transparente que ya sabía que me iban a causar la ruina. Dos días me duraron, dos días en los que se reían y me llamaban “cuatro ojos”, “cegata”… Dos días hasta que Juan Luis, el graciosillo de la clase, respaldado por el resto, me las quitó de la cara y las estalló contra el suelo… Lloré sin parar y llegué a casa con un ataque de ansiedad porque sabía que mis padres no tendrían dinero para pagar otras, me sentía culpable y quería desaparecer.

Algunas noches, escuchaba a mi madre llorar y mi corazón se encogía. Yo la estaba haciendo sufrir. Su niña pequeña, su única niña, su sueño, y era un bicho raro al que nadie quería, me sentía tan culpable que siempre quise pedirle perdón por existir.

Cuando empezó el instituto, las cosas no mejoraron mucho, pero algo mejoraron. Allí conocí a Sandra, una niña que acababa de llegar nueva al instituto y a la que la gente no le prestó mucha atención. Me acerqué tímidamente y cagada de miedo y le dije mi nombre. Ella me sonrío y mi alma se tranquilizó. Era la primera vez que una niña me sonreía. Se convirtió en mi mejor y única amiga.

Mientras saboreo este café y absorbo un cigarrillo tras otro, se me oprime el corazón por sentirme bien por el mal de otra persona, me siento cruel y aunque no me reconozco, sé que algo dentro de mí esperaba este momento, el momento del dolor ajeno. Me es inevitable no acordarme de aquel día.

Cuando cumplí quince años, la adolescencia hacía un efecto bastante negativo en mi físico. El acné protagonizaba mi cara y la verdad es que estaba mucho más gordita que el resto de mis compañeras del instituto. Con el tiempo, si cabe, fui haciéndome más introvertida y Sandra seguía siendo mi única amiga, el problema es que desde hacía unos meses estaba saliendo con un chico y a penas la veía. Podemos decir que estaba sola, sola con mis libros y mi música. Los demás chicos de mi edad empezaban a salir por la noche y yo me pasaba los días en casa, iba al centro comercial con mis padres e intentaban entretenerme con juegos de mesa el fin de semana después de cenar. Imagina lo divertido que puede resultar eso para un adolescente.
Como cualquier chica de mi edad, empecé a fijarme en los chicos, aunque yo fuese invisible para ellos. Dani me volvía completamente loca. Había llegado dos años antes al instituto porque la empresa de su padre le acababa de trasladar a nuestra ciudad. Era tan, tan guapo… Por supuesto, con ese físico, le costó bien poco colocarse en una posición privilegiada entre el resto de alumnos y sobre todo de alumnas. Estaba segura que jamás me había mirado, no sabía ni que yo existía, y era consciente que jamás podría alcanzar a un chico como él, pero me recordaba tanto a esos chicos que me gustaban de las películas, a los que imaginaba en las historias de los libros que fue inevitable enamorarme de él. Los insultos y las burlas en el instituto casi pasaban desapercibidos, porque ahora tenía un motivo para ir a clase y era poder verle, aunque fuese de lejos.

Una mañana, en el recreo, mientras me comía mi bocadillo al lado de Sandra y su chico, Dani, respaldado por sus amigos, todos esos que durante años me habían hecho la vida imposible, se acercó a mí y me dijo que el sábado iba a hacer una fiesta en su casa y que podía ir si quería. Me temblaron las piernas y el alma y no pude ser más feliz. La suerte estaba de mi lado y parecía que ya podía empezar a tener vida social o al menos la vida normal de cualquier adolescente. Sabía que él era distinto al resto, además de perfecto.

Le conté a mi madre lo que había pasado mientras comíamos un plato de cocido y su mirada se cruzó con la de mi padre en un silencio que me resultó excesivamente molesto. Me dijeron que no creían que fuese apropiado que acudiese a la fiesta. Esa gente me había hecho mucho daño y no se merecían que perdiese tiempo de mi vida con ellos. Me enfadé muchísimo. Les grité y les dije que no entendían nada, que por fin iba a poder tener amigos y que iría a esa fiesta sí o sí. Me levanté de la mesa y me metí en mi habitación tras un sonado portazo. Nunca les había gritado a mis padres y no podía dejar de llorar, del enfado que tenía con ellos y de mi comportamiento injustificado. Seguro que sólo intentaban protegerme, al fin y al cabo, yo siempre había sido un bicho raro y les costaría asimilar que pudiese tener una vida normal.
Mi madre entró en mi habitación y me dijo que había hablado con mi padre, que lo sentían mucho y que si de verdad me apetecía ir a esa fiesta, podría ir. Es más, habían decidido llevarme al centro comercial para que eligiese algo de ropa que estrenar en la ocasión.

Me llevaron en coche hasta la casa de Dani, estaba muy, muy nerviosa. Me dejaron en la puerta y me repitieron una y otra vez que les llamase si no estaba cómoda, que nuestra casa sólo estaba a diez minutos en coche y que podrían venir a recogerme cuando quisiese. Les dije que no se preocupasen porque todo saldría bien. Los hijos siempre creemos que no hay nada por lo que preocuparse.

Me abrió la puerta Ainoa, la chica que peor me caía de todo el instituto. La guapa oficial, la que todo el mundo adoraba y quien me parecía la persona más cruel que había conocido jamás. Con su risita burlona al verme ya me puse nerviosa, tragué saliva y decidí entrar sonriendo, Dani me había invitado y nada podía salir mal. Por supuesto, la gente había llegado mucho antes que yo, estaban bebiendo alcohol, algo que yo nunca había probado, y estaban bailando desenfrenados una música que estaba bien lejos de mis gustos musicales. Nadie, absolutamente nadie me saludó. No veía a Dani por ningún lado, así que decidí sacar valor de donde fuese e integrarme. Era mi oportunidad. Me acerqué a la mesa y observé las botellas, ¿qué me podría gustar de todo aquello? Cogí una botella con un líquido transparente donde ponía “vodka” y miré a mi alrededor, dios mío, había todo tipo de refrescos, así que me arriesgué y eché coca cola. Y ahora, ¿qué? Me negaba a ponerme a bailar con ellos, toda esa gente que tanto daño me había hecho, de forma gratuita, a lo largo de mi infancia, ellos que sin motivo alguno habían hecho que mi paso por el colegio fuese un auténtico infierno. Me quedé de pie al lado de la mesa y vi como Ainoa y su séquito de seguidoras venía hacia mí, me dijeron que Dani me estaba buscando y mi corazón se aceleró. Me indicaron que estaba en la habitación que había al lado de la cocina y que quería que entrase sola.

Abrí la habitación y vi que estaba a oscuras, cuando encendí la luz, la puerta ya estaba cerrada a mi espalda. No daba crédito a lo que veía. Habían fotos mías por todas las paredes, fotos pintadas con cuernos, con palabras como “friki”, “pardilla”, “gorda” y una foto en el centro de Ainoa y Dani besándose. Nunca en mi vida me había sentido peor. Sentí como la oscuridad se desvanecía sobre mis ojos y cómo mis manos y mis piernas temblaban. Escuché sus risas al otro lado de la puerta que se incrementaron en el momento que intenté abrir. Me dejaron encerrada ahí durante horas, mientras lloré y lloré sin parar, mientras me sentía pequeña, ridícula y supe que nunca jamás había sentido tanto miedo, sólo quería estar en mi casa, jugando a un juego de mesa después de cenar.

Jamás entendí por qué necesitaban hacerme daño. Jamás, y te aseguro que me lo pregunté cada día.

Me abrieron la puerta cuatro horas después y cuando salí todos aplaudían y reían, apestando a alcohol, a carcajadas.

Salí de allí corriendo, sin saber a dónde ir. Cuando llegué a casa, lloraba como una niña pequeña y mi madre me abrazaba llorando sin saber ni si quiera por qué. Durante tres días seguidos no me levanté de la cama, no quería volver a salir a la calle, no quería volver al instituto, y deseé sin descanso que todas esas personas estuviesen muertas. Es más, pensé que lo mejor era que me muriese yo y me desperté en el hospital, dónde me habían ingresado tras ingerir un bote de pastillas que esperaba que me quitasen la vida, si resultaba que mi vida molestaba tanto al mundo.

Mi madre no se había separado de mi lado y cuando me desperté me abrazaba llorando y diciéndome que todo había pasado… Hubieron denuncias de por medio por acoso escolar que con el tiempo de poco sirvieron. El dolor estaba hecho, impregnado en mi memoria y mi corazón. No quería hablar con nadie, no quería seguir viviendo, no quería comer, ni si quiera me apetecía leer libros.

Nos mudamos un año después. Mi padre tuvo que dejar su trabajo y empezar una vida de cero y sólo con el tiempo entendí lo injusto que eso había sido. Mis padres habían antepuesto la búsqueda de mi felicidad a sus propias vidas. Y la vida cambió, mejoró y con los años, sin olvidar las cicatrices que permanecerían de forma eterna en mi alma, conseguí ser feliz.

Conseguí tener amigos, algo que había desconocido a lo largo de mi vida, a excepción de Sandra. Conseguí tener amigos de verdad, que quisieron conocerme sin juzgarme, que acabaron queriéndome sin condiciones. Mi físico cambió notablemente con el paso del tiempo y seguramente a eso ayudó que yo, gracias a la ayuda de los psicólogos y mi nueva vida, empecé a creer en mi misma, a quererme poco a poco y a ser más fuerte que el resto.

Empecé a quererme a mí por encima de todas las cosas y entendí que ese era el motor esencial para poder afrontar el dolor que intentan hacer aquellos que resultan insignificantes.

Nunca he sido una chica espectacular físicamente, pero pasada la adolescencia perdí mucho peso, cambió mi forma de vestir, pero jamás perdí mi esencia, mi pasión por perderme entre libros y buena música.

Me licencié en matemáticas y cuatro años después me casé con el mejor hombre del mundo, al que conocí en mi segundo año en la facultad. Mi compañero de clase, mi compañero de vida. Soy madre de una niña, y ahora entiendo el sufrimiento que tuvieron que pasar mis padres por querer protegerme y ver el tiempo pasar escapándose de sus manos el poder de hacerlo más allá de las cuatro paredes de su casa.

A nadie le deseo la infancia que tuve. La educación de los niños es esencial, jamás supe dónde estaba esa inocencia de la que se supone que se posee en la infancia en todos aquellos que me hicieron la vida imposible. Ahora, con los años, entiendo que gran parte de culpa la tuvieron sus padres, que jamás supieron frenar algo tan grave. El acoso escolar es un tema que protagoniza el día a día en la vida de miles de niños, en muchos rincones del mundo. La inocencia de un niño puede ser el arma más cruel.

La vida fue sabia y supo darme aquello que ya me había rendido de pedir. Sólo quería tener una vida normal, ser feliz, y para ser feliz, créeme, que necesitaba muy poco.

En el momento que el mal de una persona te alegra, crees que eres mala persona. A veces, sólo necesitamos que la vida haga por nosotros lo que jamás estuvo en nuestras manos.

Mientras saboreo un café y absorbo un cigarro tras otro, pienso en la noticia que mi madre me ha contado nada más levantarme. Ainoa, aquella líder del instituto, que me encerró en una habitación y se rio de mis lágrimas a carcajadas, consiguió casarse con un hombre rico que le había dado una vida de lujos que siempre vi vacía de sentimientos. Acababa de ser abandonada, se había quedado sin casa, sin oficio, ni beneficio, sola en la vida, sin sus lujos, mientras su marido apresuraba los trámites de divorcio para casarse con una chica mucho más joven y guapa. Ella, por lo que decía la gente, estaba totalmente destrozada y a mí aquella noticia me estaba haciendo muy, muy feliz.

Quizás soy mala persona, pero hoy sonrío y pienso que a todo cerdo le llega su San Martín.

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Feliz tarde, amigos.

Lorena.

Segunda oportunidad.

El verano es para eso, para no parar, para ir y venir todo el rato, para pasar mucho tiempo fuera de casa, para llenarte de energía y de cosas buenas, es mi estación favorita del año y por eso me gusta exprimirla al máximo. Después de un fin de semana maravilloso en la playa con mis amigas, y en el pueblo con mi familia, vuelvo para traeros un nuevo post.

Hace un tiempo, una diseñadora a la que admiro y aprecio mucho, me pidió si algún día podía escribir un relato relacionado con la moda… ¿Cómo podría enfocar yo eso? Pues con imaginación, no encuentro otra forma para hablar de un mundo que no me pertenece. Como en todos mis relatos, lo que escribo es pura ficción y espero que a alguien le sirva de ayuda observar la capacidad que tienen algunas cosas de arruinarte la vida. El tema de las drogas es un tema que me produce mucho miedo y respeto.

Ahora, como siempre, desconectad del mundo, y leed despacito….

SEGUNDA OPORTUNIDAD

 

Escuché las sirenas de lejos y la luz de la ambulancia retumbaba en la ciudad…

No sabía si seguía vivo.

Recuerdo una vez, hace muchos años, que un buen amigo de la infancia me preguntó cómo los seres humanos sabían que poseían un don. Él siempre bromeaba y decía que quizás él tenía un don oculto que no había sabido descubrir y que quizás era un gran músico, o un gran jugador de baloncesto… Yo le sonreí y le dije que seguramente quien tiene un don no es consciente de que lo tiene, ese don se desenvuelve dentro de una actividad normal en la que consigues hacer algo extraordinario y seguramente no te das cuenta hasta que varias personas te lo dicen…

Desde muy pequeño la curiosidad por la moda despertó en mí, me gustaba hacerle vestidos a las muñecas de mi hermana y no me di cuenta de la importancia que tenían mis manos cuando se ponían a hacer realidad mis sueños. El primer vestido que hice se lo regalé a mi madre, pronto empezaron a llegarme encargos del resto de familiares…. Mi madre se oponía porque decía que era demasiado pequeño y tenía que centrarme en mis estudios, y mi padre sólo estaba preocupado de que a un hombre le pudiese gustar dibujar y coger una máquina de coser. A ella le prometí hacerlo siempre después de haber terminado los deberes y con él me senté seriamente a hablar para explicarle que me gustaban las mujeres, de hecho, me gustaban mucho, pero también me gustaba la moda e inventar piezas de ropa, era un juego, sólo eso.

Me trasladé a Barcelona para estudiar diseño de moda y pronto empecé a sentir el asombro de compañeros y profesores… Dentro de todo aquello, yo seguía sorprendiéndome. En casa, con mi familia y con mis amigos de siempre, estaba acostumbrado a que me halagasen. Siempre pensé que habían dos motivos: uno, no estaban acostumbrados a ver a alguien haciendo eso y dos, me querían demasiado.

Conseguí una beca para trabajar durante un año en uno de los talleres más prestigiosos de París. Allí conocí a Amaia, mi primer gran amor. Amaia era divertida, risueña, las pecas le envolvían las mejillas bajo unos ojos verdes, su melena rubia y sus labios carnosos eran irresistibles. Nos conocimos en una prueba de vestuario para una firma de renombre en la que empecé a colaborar dando consejos y ultimando detalles. Con ella viví esa inocencia que el amor primerizo tiene. Nos pasábamos el día haciendo el amor, y le encantaba tomar café desnuda, sentada en la cama, con el periódico entre las piernas, cuando amanecía el día. Era preciosa, y era inevitable no querer besarla y acariciarla a cada instante.

Una noche, me pidió que la acompañase a una fiesta, allí habrían personas importantes relacionadas con la jet set parisina, gente de la moda y el espectáculo y podía ser una buena oportunidad para hacer contactos. Todo me parecía grandioso. Desbocado. Brillante. Maravilloso.

Las mujeres danzaban elegantes, de arriba a abajo, con la sonrisa en los labios y siempre preparadas para el lanzamiento de los flashes, los hombres babeaban aguantando el tipo, riendo falsamente sobre conversaciones que no les interesaban, sus miradas se cruzaban constantemente, las de ellos y ellas. Comida carísima que duraba en las bandejas porque nadie comía en aquellos lugares, aquella gente bebía champagne y copas cuyas botellas superaban mi sueldo. Amaia me quería, me sonreía y me daba la mano para que me sintiese seguro. Ella siempre me decía que tenía talento y que el mundo entero debía ver mis diseños, me juraba que iba a triunfar.

En aquella fiesta conocí a Paolo, un empresario con el que pronto entablé una buena amistad. A raíz de él conocí a Jeremy, un modelo francés que con el tiempo se convirtió en mi mejor amigo.

Una noche, me desperté sudando y llorando como un niño. Amaia me miró asustada y me dijo que sólo era una pesadilla… No recordaba qué había pasado, ni qué era lo que tanto me había perturbado, pero supe que debía ponerme a trabajar día y noche para conseguir mis sueños. Mis padres me ayudaron en todo lo que pudieron y con unos ahorros que tenía, lancé mi primera colección. Por aquel entonces tenía pocos pero buenos contactos, y acudieron unas cincuenta personas a la presentación. Dos medios de comunicación se interesaron en pasar a hacer unas fotos y publicar sobre mi firma. Sólo lo hicieron porque habían dos caras conocidas entre los invitados, y al final la publicación apareció en una pequeña esquina de las últimas páginas.

Había invertido mucho dinero y tiempo, mucha ilusión y ganas y creía en mí. Sabía que era esencial creer en mí mismo para que lo hiciese el resto. Gracias a Paolo conseguí vender algunas de mis prendas en tiendas multimarca del centro de París, y eso ya era todo un sueño. Jeremy se encargaba de llevar mis trapos en todos sus eventos y hablaba de mí siempre que alguien le decía lo bonito que era su traje o la elegancia que vestía su camisa. Por supuesto, con la primera colección no gané el suficiente dinero como para pagar todo lo que había invertido y empecé a preocuparme. Amaia, con sus labios carnosos, sus pecas y su rubia melena, me decía que no me preocupase, que no me rindiese y que luchase. Tenía que hacerle el amor cada vez que se ponía a hablarme con esa voz tan dulce…

La segunda colección llegó en verano, y conseguí poner a la venta algunas prendas en la tienda de un amigo de Barcelona. Una mañana, Paolo me llamó entusiasmado. Alguien le había regalado uno de mis vestidos a la maravillosa Claudia Erino, una de las top models más aclamadas del momento, y ella había decidido lucirlo en un evento. El poder de atracción a las masas que tienen las caras conocidas es alucinante. El vestido se agotó en las tiendas de París en cuestión de horas, y había una larguísima lista de personas que lo querían y estaban dispuestas a pagar el doble de lo que valía. Aquellos días reía a carcajadas, no creía nada de todo aquello, y estuve borracho durante tres días sin salir de casa, haciendo el amor con Amaia.

Todo lo demás pasó muy deprisa, la colección tuvo una acogida maravillosa y tuve que contratar a dos modistas para que me ayudasen a crear más prendas como aquellas y poder cubrir la demanda, que no paraba de crecer. Parecía que las cosas empezaban a funcionar.

En tres meses abrí mi primera tienda, y aconsejado por Paolo en todo momento, y publicitado por mi gran amigo Jeremy, subí el precio de la ropa. Mi firma iba a ser algo exclusivo. Mis prendas estaban cuidadas al mínimo detalle, cada una de ellas tenía una elaboración increíble, piedras, gasas y sedas empezaban a ser las protagonistas de unas prendas que cubrirían las pieles más prestigiosas de la ciudad.

La inauguración de la tienda fue un auténtico éxito. Muchísimas modelos quisieron acudir al evento, hombres y mujeres desfilaron para darme la enhorabuena y beber champán de ese caro que Paolo había decidido regalarme para la ocasión. Medios de comunicación y flashes y al día siguiente protagonista de toda la prensa parisina. Estaba en una nube y empezaba a tener miedo.

En tres años tenía cuatro tiendas en París, una en Madrid, dos en Barcelona y otra en Milán. Por aquel entonces ya era imprescindible en los eventos más prestigiosos de Europa. Los flashes sólo querían fotografiarme y los periodistas se empujaban para preguntarme cuáles eran mis próximos proyectos. Era un diseñador reconocido, uno de los mejores.

A Amaia cada vez la veía menos, mi apretada agenda me robaba mucho tiempo, viajaba constantemente y a penas hacíamos el amor. Ella seguía preciosa, como siempre, pero empezábamos a no saber encontrarnos. O más bien, empecé a no saber encontrarla ni encontrarme.

Mi mundo ya era un mundo de mentira. La moda seguía siendo mi pasión, pero mi vida estaba más centrada en las fiestas, en la droga, en las mujeres. Los asesores de Paolo administraban toda mi empresa, mi firma, los contratos, las aperturas, las presentaciones…. Empecé a tener a gente que hacía todo, absolutamente todo por mí, yo sólo tenía que hacer lo que mejor sabía: dar rienda suelta a mis sueños y dibujar vestidos y trajes de infarto.

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Un enero muy frío, acudí con Amaia a una fiesta privada. Un conocido cantante nos abría las puertas de su casa para compartir con nosotros y con unas cincuenta personas más su cumpleaños. En aquella casa, el clima era tan cálido que parecía verano y su espalda estaba al descubierto. Pedí mil veces perdón a mis adentros cuando la vi darse la vuelta, con aquel vestido rojo y aquella trenza despeinada. Amaia sabía desde hacía mucho que le era infiel, que mis fiestas, mis idas y venidas, siempre estaban acompañadas por mujeres, pero ella nunca me decía nada, quería estar conmigo y aquella vida era demasiado atractiva como para plantarle cara. A veces, los seres humanos somos así de estúpidos.

Nos presentaron y me morí. Era la mujer más hermosa que jamás había visto. Jamás, y te prometo que estaba acostumbrado a rodearme de mujeres muy, muy hermosas. Era quince años más joven que yo y tenía la vida y el mundo en los labios. La mirada risueña, la piel delicada, el fuego en el pelo, las ganas en la risa. Quise besarla allí mismo, arrancarle la ropa y prometerle amor eterno. Valeria era un sueño.

No dejé de mirarla y ella me sonreía de reojo, le gustaba gustar y estaba disfrutando de verme, con la copa en la mano, y mi vida centrada en ella, sin importarme el momento ni el lugar.

Recibió la propuesta de mi responsable de prensa y aceptó sin poner precio. Iba a ser la nueva modelo de mi colección. Firmamos un contrato millonario, que por aquel entonces ya me podía permitir. Sabía que la conseguiría cuando no la había visto ni una segunda vez. Le dije a Amaia que lo nuestro no podía seguir, que nos habíamos apagado y que no éramos felices. Ella lloraba y me suplicaba que no lo hiciese, me decía que me estaba equivocando. Le regalé un pequeño apartamento que había comprado hacía un par de años en el centro de París y ella, entre rabia y dolor, me dijo que iba a convertirme en un desgraciado.

La sesión de fotos de Valeria se realizó en un pequeño pueblo italiano. El primer día no salí del hotel, sabía que ella esperaba verme y quise hacerla esperar, aunque me moría por mirarla. El segundo día, acudí mientras la fotografiaban, a mitad de la sesión y vi su sonrisa pícara de niña jugona a través del objetivo de la cámara. Me tenía delante, observando en silencio, y sabía que podía hacer conmigo lo que le diese la gana.

La invité a cenar. Estaba nervioso, La esperé en el hall del hotel y reservé en un restaurante que me habían recomendado como el mejor de la zona. Bajó con un vestido verde y el pelo recogido, unos aritos dorados y los labios rojos. Quise morirme en ese instante, porque sentía que estaba en el cielo. Aquella noche hablamos durante horas, entre vino, texturas y sabores deseando que el tiempo se parase. Subimos al hotel y sin importarme la hora le dije a mi agente que nadie trabajaría al día siguiente, tenían un día de descanso para visitar el lugar, yo corría con los gastos. La miré a los ojos y se lanzó a mi boca, la apreté fuerte contra la pared y le arranqué el vestido, le mordí los senos, le agarré las piernas, envolví mi cintura y la oí gritar de placer en mi oído. Fue la mejor noche de mi vida.

No salimos de la habitación. Comimos y bebimos todo el día, nos drogábamos, reíamos, nos mordíamos los labios y nos prometíamos locuras. Una mes después le pedí matrimonio.

Nos casamos en la más estricta intimidad en una pequeña isla griega, rodeados de nuestros familiares y amigos más cercanos.

Valeria era mi musa, Valeria… El gran amor de mi vida. Después de conocerla, diseñé la mejor colección que he hecho en mi vida. El mundo estaba a mis pies y ella era mi mundo. Estaba totalmente eclipsado, loco de amor, de pasión… Y más tarde que temprano, empecé a volverme loco de celos. Ella era mía, sólo mía y me moría si la miraban, si le sonreían o la rozaban. Me volví un enfermo, un ser insoportable y despreciable.

A veces me encerraba durante días en el estudio, me drogaba para diseñar y empecé a construir el declive de mi vida.

Descuidé mi negocio, mi familia, mis amigos y mi vida… Sólo ella me obsesionaba y sólo ella me mataba. En dos años nuestra relación era insoportable, se quejaba por absolutamente todo y ni las joyas, ni los lujos callaban sus gritos y molestias. Yo iba totalmente colocado cuando me anunció, llorando, que esperábamos un hijo. La abracé, la besé, le prometí amarla y cuidarla y le prometí que buscaría ayuda, dejaría las drogas, dejaría el alcohol, las fiestas y me centraría en mi trabajo y nuestra familia.

No lo cumplí. La droga era mi medicina y yo estaba totalmente perdido. Empecé a fallarme a mí mismo desde mucho tiempo atrás, pero nunca había fallado en mis diseños, seguían siendo tan increíbles como al principio, sólo que el cerebro poco a poco estaba dejando de respirar, me estaba matando a través de la cocaína y mis ideas se iban esfumando con el viento y con los días.

Gabriel nació una noche de mayo y fui el hombre más feliz del mundo. Intenté darle a mi hijo la mejor vida del mundo, intenté cuidarle y quererle, incluso cuando estaba dejando de ser persona. Me ingresaron varias veces en una clínica, y al salir, volvía a caer en el precipicio. Valeria, el gran amor de mi vida, me odiaba. No me dejaba abrazarla y me repetía que le daba asco. Mis colecciones estaban limitadas y la prensa empezaba a hacerse eco de ello, las críticas, en los últimos tiempos, eran siempre negativas.

Supe que estaba perdido cuando Valeria me presentó los papeles del divorcio y cuando me dijo que en mis condiciones, jamás podría hacerme cargo de mi hijo.

Llevaba tres noches sin dormir, encerrado en un apartamento que tenía en la costa francesa. Bebiendo, fumando y drogándome hasta casi perder el conocimiento… ya nada tenía sentido. Yo había destrozado mis sueños.

Cogí el coche, arrastrado, borracho, drogado, moribundo y conduje por una pequeña carretera que bordeaba el mar, quería ir a buscar a Valeria y pedirle perdón, quería abrazar a mi hijo y prometerle un padre mejor.

Escuché un pitido, sentí un volantazo…. No recuerdo nada más.

Escuché las sirenas de lejos y la luz de la ambulancia retumbaba en la ciudad… La historia de mi vida pasó en un segundo por mi cabeza, mis sueños, mis grandes amores, mi pasión, mi familia, mis amigos y la desgracia en la que me había convertido.

Supe que estaba vivo, aunque apenas me podía mover, un pitido fuerte retumbaba en mi oído y escuchaba los gritos de los médicos que no dejaban de correr.

No solamente estaba vivo, sino que la vida me estaba dando una segunda oportunidad.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

 

Semaforismos y Garabatonías, hechos por amor.

 

¡Por fin viernes! No sabéis lo muchísimo que necesito unas vacaciones que están a punto de comenzar. Necesito paz y organización en mi mente para poder llevar a cabo el que seguramente vaya a ser el proyecto más bonito de mi vida del que poco a poco, cuando vaya cobrando forma, os iré hablando. Hoy vengo a hablaros de dos personas con las que estuve hace un par de días.

Hace ya mucho tiempo, creo que en mi primer año en Madrid, en uno de esos momentos en los que el amor hace un roto tan grande en el corazón que sientes que te duele el alma, una amiga me presento a Zahara (@Zaharapop) a través de una canción. Con las ganas se convirtió durante muchas noches en la melodía de mis lágrimas y en la voz del dolor que no era capaz de pronunciar. Esa canción es para mí una obra de arte y se convirtió en una de mis favoritas, lo sigue siendo a día de hoy, cuando el amor ya no duele. Porque el arte, sigue siendo arte. Me enteré que Zahara acababa de publicar un pequeño libro lleno de frases, con ilustraciones de Rebeca Khamlichi (@RebecaKhamlichi) y me puse en contacto con ellas para que nos sentasemos a hablar y me contasen las historias que envolvían este proyecto. Hoy te lo quería contar.

Nos reunimos en Lolina, un café vintage en pleno corazón de Malasaña, uno de mis rincones favoritos de esta ciudad. La entrevista estuvo llena de anécdotas, de risas y energía positiva, porque esta entrevista ha sido, para mí, un auténtico regalo. Cuando uno se encuentra delante de un artista, de un artista de verdad, la magia que envuelve el momento es indescriptible. Primero, porque el artista es capaz de transmitir su humildad y  su sabiduría y segundo, porque es capaz de transmitir el amor hacia su trabajo, sin ni si quiera ser consciente de ello. Yo tuve la suerte de sentarme frente a dos artistas increíbles. Dos mujeres luchadoras, fuertes, llenas de sueños y sobre todo llenas de amor por todas y cada una de las cosas que hacen. Esta entrevista es para ponerse cómodo y disfrutar, porque es larga, porque han habido muchas cosas que no han cabido y miles que no podían dejar de estar.

Semaforismos y Garabatonías ya está en mis manos y va a formar parte de mí. Una única edición de 500 pequeñas libretas llenas de frases, con una ilustración única en cada una de ellas, hecha sobre el papel, para ti, para mí, para todos aquellos que estén dispuestos a pagar diez euros simbólicos por algo excepcional. Gracias a Zahara y a Rebeca, por contagiarme de sus ilusiones y sus ganas, de sus letras y sus dibujos, por hacer que a partir de ahora los semáforos en rojo me parezcan una oportunidad para reflexionar, y los garabatos mientras se habla por teléfono, un sentimiento que plasmar. Gracias infinitas a Alba Artero (@bita_arte), por acompañarme y ser la mejor fotógrafa del mundo. Gracias chicas, por ser desde ya, parte de aquello que yo quería contar.

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Lo Que Te Quería Contar. En primer lugar, Zahara y Rebeca, bienvenidas a Lo Que Te Quería Contar. Es un placer teneros aquí.

Zahara, Rebeca: Gracias a ti.

LQTQC. “Semaformismos y Garabatonías” es el proyecto que habéis hecho juntas y claro, hay que empezar por esta pregunta. ¿Qué son los semaformismos y qué son las garabatonías?

Z: Los semaforismos como tal son poesías mínimas, yo tengo un blog (zaharapop.blogspot.com.es) que utilizo como folio en blanco, porque además siempre que empiezo a escribir lo tengo que publicar, a veces escribía algún poema o relato más largo y otras veces cositas muy cortas. Las empecé a publicar con el simbolito de hashtag (#) y en una de ellas puse: “Semaforismos: conclusión a la que llegas en un semaforo en rojo”. Me parecían que todas ellas eran un poco esto, pensamientos y conclusiones en un momento de espera, y que luego sigue tu vida y se quedan ahí como apartadas. Algunos son frases que he utilizado en mis canciones, algunos tienen un punto más de humor, otros más picantes o sexuales… Porque en una canción hay cosas que es más brusco decir, y aquí, sin embargo, puedes escribir. Era algo que tenía en el blog, y de repente, una editorial me propuso editarlo. Yo, respeto mucho a los escritores y a los poetas, y me parecía demasiado para mí, entonces dije que si esto se sacaba, se tenía que convertir en otra cosa, no iba a ser un libro de poesía mínima. Entonces fue cuando decidí, con Rebeca, crear esta libreta. Cada semaforismo aparece debajo de cada página en una libreta en la que cada uno podrá escribir luego lo que quiera. Las garabatonías son los garabatos que uno hace mientras habla por teléfono. Yo dibujo muy mal y entonces quise que estos dibujos los hiciese una artista con la que yo confiase y  pensé en Rebeca Khamlichi. Sus garabatos son obras de arte. Sólo hemos hecho una edición de 500 cuadernos y ella dibuja uno en cada uno de ellos.

R: Mis garabatonías dependen siempre del estado de ánimo. Cada una de ellas es una pieza única, tengo una que es sobre una experiencia que tuvimos muy negativa, en la que casi sufrimos un accidente de avión, por ejemplo. He ido dibujando cosas que nos han ido pasando. La idea es poder hacer luego una exposición con los 500 dibujos, que he ido fotografiandolos a medida que los he ido haciendo… Los libros están hechos, pero los dibujos se están creando. En la feria del libro, los iba haciendo a medida que la cola avanzaba y los lectores llegaban a nosotras. Hay de todo, desde corazones, barcos, extraterrestres, calaveras, mariposas… Los semaforismos son ideas geniales. Ella no lo ve, porque al fin y al cabo, son ideas suyas, pero son verdaderas genialidades. Muchas veces no le damos valor a lo que hacemos, pero ella ha creado algo muy grande.

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LQTQC. Vosotras ya habíais trabajado juntas, ¿verdad?

R: Sí, en las ilustraciones. Esto surge de una idea y un momento loco en el que yo me pongo a dibujar frases de sus canciones. He usado muchísimas veces las canciones de Zahara para pintar, escuchaba una misma canción una y otra vez para pintar un sólo cuadro.

Z: Un día se nos ocurrió la idea de ilustrar las frases y nos pareció un proyecto muy guay. Hemos hecho dos series, la primera en la que ella me dibujaba a mí como con la canción o lo que le inspiraba la canción sobre mí. Luego hizo una serie de tres corazones con tres frases, las tres son frases que puedes decirle a alguien, y son : “Me moriré de ganas de decirte que te voy a echar de menos”, “Mi lado favorito de la cama eres tú” y “Todo lo que llevas puesto déjalo en el comedor y quédate sólo con el resto que queda en tu corazón”. Son reproducciones que hacemos para el Mercado Central del Diseño, donde Rebeca está cada primer fin de semana de cada mes. También hemos vendido los originales, y todos los originales los tienen personas muy especiales.

R: Es un proyecto muy curioso porque unes dos cosas que no están, a primera vista, muy relacionadas. La gente que es amante de la música, el arte no es una cosa que le llame tanto la atención, y la gente que es más de arte tampoco es la música lo que más les llama la atención. Hemos hecho que seguidores de una hayan descubierto a la otra.

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LQTQC. ¿Hay posibilidad de ampliar esta edición de 500, o cuando se acabe, “fin”?

R: Creo que yo no he hecho 500 dibujos originales en mi vida (risas). Es mucho trabajo psicológico, porque cuando estoy sola, por ejemplo, y tengo que hacer 30 seguidos, a veces, se acaban las ideas.

Z: Quizás en un futuro sí reedito los semaforismos. De hecho, ya tengo algunos para el siguiente libro. Aquí hay 83 porque es el año en el que nací y los metros del General Sherman, el árbol más grande del mundo, que además hablo de él en una canción. Siempre busco el metalenguaje, que haya información dentro de la información. Nada de lo que hago es al azar. Quizás uniría estos ya editados, con algunos más y buscaría el sentido de ese número, pero ya lo haría sola. A Rebeca le pediría la portada, claro, y ya. (Risas).

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LQTQC. Tras haber estado en varias ferias del libro, ¿Habéis encontrado un público objetivo definido?

Z: Yo sabía que gran parte de ellos iban a ser lectores del blog. Muchas veces me preguntaban cuándo publicaría y en realidad, creo que esto ha sido más pensando en ellos, en esos fans que me quieren tanto y quieren algo más. Ahora mismo, estoy parada en el ámbito musical, estoy preparando mi próximo disco y esto me parecía algo bonito que ofrecer en este momento de espera. En este semáforo en rojo de la vida, regalarles un poquito de mí.

R: Es más bien un regalo. Es un regalo porque ella ha sacado la timidez de sus ideas, que aunque le parezcan pequeñas, repito, son genialidades y además cuentan con el esfuerzo de dibujar para que se lleven algo especial.

Z: Nosotras esto lo hemos hecho por amor, por el amor que nos tenemos nosotras, por el amor que tenemos a nuestros fans… Tenemos mucha ilusión, a pesar de estar quemadas por muchas cosas, seguimos teniendo ilusión. Diez euros es algo simbólico, el dinero se saca de otras cosas.

LQTQC. Zahara, tú que nos tienes tan acostumbrados a la música. ¿Qué diferencia hay entre firmar un libro y firmar un disco?

Z: La verdad que el primero fue complicado. Me daba mucha vergüenza. Pero se me pasó, porque Rebeca ha estado siempre a mi lado. He vivido cada feria del libro como una “fiesta de cumpleaños”, nada era por obligación. Siempre pongo una dedicatoria pensando en lo que estoy firmando, siempre intento que esté relacionado, o incluso muchas veces firmo relacionado con el dibujo que ha hecho ella.

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LQTQC. Vivimos en una época ligada totalmente a la tecnología en la que incluso los libros electrónicos han cobrado protagonismo. ¿Vosotras sois de las que tenéis un ebook en casa o sois fieles al papel?

R: Yo tengo el ipad y se pueden leer libros, pero jamás he leído un libro ahí. Soy fiel al papel y además soy de acumular muchos libros. Me encantan los dibujos anatómicos y tengo muchísimos libros de medicina, por ejemplo. Tengo una grandísima colección.

Z: Yo tengo uno. Cuando me lo regalaron me dijeron: “esto quizás lo odias”, y es cierto que es muy cómodo y demás, pero acabo yendo a la librería a comprar un libro. Soy de dejarme los hombros sujetando el libro en la cama, me gusta pasar páginas, poder tocar el papel.

LQTQC. ¿Creéis que la gente lee lo suficiente?

Z: Creo que esto es muy parecido a la música. Cada vez hay más diferencia entre el que vende y el que no. De repente, el que vende se convierte en un best seller y hay cientos de ediciones y, en cambio, hay libros muy buenos que no pasan de la primera edición. Muy pocas veces esto tiene que ver con el talento. Hay mucha gente que le gusta leer, pero no se preocupa por leer. A mí me encanta leer, hay veces que leo un libro por semana, a veces dos y a veces medio, pero leo constantemente. Parece que ahora con el movimiento hipster se ha puesto muy de moda el leer, pero sigues viendo que es un sector muy pequeño. No hay una educación familiar en los niños para que ese niño crezca leyendo. En mi casa, por ejemplo, yo no recuero a mis padres viendo la tele, les recuerdo leyendo, y yo tengo miles de cuentos infantiles. Un niño que no ve en su casa un libro, es muy difícil que vea esto como algo interesante.

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LQTQC. Imagino que vosotras habéis aprovechado el tirón de las RRSS y vuestro alcance en ellas para promocionar este libro. ¿Habéis sentido el apoyo suficiente por parte de medios de comunicación o creéis que para muchos artistas la única opción es la auto promoción?

Z: En general, creo que la mayoría de los artistas se basan en la auto promoción. Yo lo empecé a hacer hace ocho años sin ser consciente de que lo estaba haciendo. Me comunicaba con mis fans a través de My Space y me di cuenta que eso repercutía en que venía más gente a verme. Esto lo hemos promocionado nosotras, la editorial habrá hecho su trabajo, los medios que se han interesado han sido sobre todo los medios de Úbeda, porque es verdad que se preocupan mucho por todo lo que hago y es muy bonito sentir el apoyo de tu gente. La auto promoción es esencial y lo seguiré haciendo. Pero por un lado, esto me da rabia, porque hay personas que por esto se llevan una comisión, intermediarios que este es su trabajo, y no hablo de mí personalmente, pero muchas veces aprovechan que no es necesario porque los artistas ya movemos nuestra gente gracias a las redes. Creo que todos debemos trabajar juntos.

LQTQC. Muchísimos lectores se estarán preguntando… ¿Cuándo llega el próximo disco de Zahara?

Z: El año que viene. Hasta que no he parado de tocar, no he empezado a escribir. Tengo ya canciones compuestas, de hecho, está practicamente acabado el disco. Ahora viene todo el proceso posterior, todo lo que no depende de mí. Búsqueda de discográfica, productor, grabación del disco, promoción… De aquí a que lo grabe, seguiré haciendo canciones, algunas seguro que todavía no están compuestas, otras que igual se caen… Lo que queda ya no depende tanto de mí, pero me muero de ganas. Estoy trabajando mucho, me gusta hacer las cosas bien. No sigo patrones comerciales, no puedo sacar un disco porque toque, quiero sacar un disco cuando diga “este disco me encanta”, necesito estar segura de que lo que estoy haciendo es lo mejor que he hecho hasta el momento.

LQTQC. ¿Y los próximos proyectos de Rebeca?

R: No se pueden contar (Risas). Soy súper maniática, me da mucho terror contar los proyectos por si se gafan. Conté un proyecto que me hacía muchísima ilusión y finalmente se cayó y ya decidí no volver a contar nada. Me muero por contarlo, pero son tan molones y me hacen tanta ilusión que, de momento, me lo tengo que callar.

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LQTQC. Hemos hablado mucho de vuestro libro, y en Lo Que Te Quería contar siempre se da mucha importancia a los recuerdos porque creo que es uno de los tesoros más valiosos que poseemos los seres humanos. ¿Cuál es el primer libro que recordáis de vuestra vida?

Z: El primer libro que recuerdo formaba parte de una colección de una editorial de cuentos infantiles y juveniles, recuerdo que venían con un casette y podías tanto leer como escuchar el cuento. Mi favorito era sobre un gato negro que vivía en una casa con una señora mayor, y a mí me ponía muy triste porque siempre pensaba que al gato le iba a pasar algo malo. De hecho, cuando yo tenía unos ocho años, le escribí un cuento a mi padre sobre gatos.

R: No recuerdo el primer libro, recuerdo cuentos, pero es verdad que el primer libro que me impactó porque me encantó se llamaba “Los Cretinos”. La historia iba de un matrimonio que todo el rato se hacían putadas el uno al otro. Había una parte que me encantaba, en la que ella se apoyaba en un bastón y él cada día le cortaba un centímetro al bastón para hacerle creer que estaba encogiendo y que iba a desaparecer. Ellos eran horrorosos. (Risas).

LQTQC. ¿Y vuestro libro favorito?

Z: Además de ficción, me gusta mucho leer libros de antropología, divulgación científica, ensayos… Hay un libro que recomiendo a todo el mundo que ojalá yo hubiese descubierto mucho más joven, porque me habría ayudado a entender muchas cosas. La autora, Louann Brizendine, es una neurobiologa y el libro se llama “El cerebro femenino”, también escribió sobre el masculino. Habla sobre la diferencia de géneros y cómo somos hormonalmente distintos. Habla de cómo entendernos, comprendernos y querernos. Además es súper ameno.

R: Yo no te puedo decir un libro favorito, pero hay uno que he leído varias veces, sé que a mucha gente no le gusta y yo no consigo entender. Es un ensayo de David Foster Wallace. Le mandaron a hacer un artículo para una revista de moda sobre un crucero de lujo y se acabó convirtiendo en un libro impresionante que se llama “Algo supuestamente divertido que nunca más volveré a hacer” y es increíble ver cómo le entró la obsesión por cosas muy simples, simplemente por no tener nada que hacer, sólo tenía que disfrutar del crucero. De verdad me parece muy, muy interesante.

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LQTQC. ¿Sobre qué tema nunca escribiría Zahara y sobre qué tema nunca dibujaría Rebeca?

R: No dibujaría nada sexual nunca. Estéticamente no me interesa absolutamente nada. No he pintado nada sexual en mi vida. En cambio, si fuese escultora creo que esculpiría cuerpos desnudos y lo disfrutaría mucho, pero en la pintura no me atrae nada.

Z: Yo nunca escribiría sobre música. No daría mi opinión sobre nada de mi propio gremio, porque le tengo mucho respeto. Ni desde el punto de vista crítico, ni crónico. Escribiría sobre lo que la música me hace sentir. Escribo sobre muchas cosas, algunas sólo las escribo y otras las canto y ahí tengo mucha libertad, porque hay cosas que escritas son muy simples y cantadas son muy fuertes, o al revés, cosas que puedes escribir y que jamás quedaría bien en una canción. Hay gente que sabe mucho sobre música, yo sé de lo que siento con la música, sé que me vuelve loca y que es mi vida, pero jamás escribiría sobre ella.

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LQTQC. Y para ir terminando, ¿un sueño que os quede por cumplir?

R: Como sueño prioritario a corto plazo: adoptar más galgos, y un sueño a lo bestia sería que nos concienciásemos todos. Somos un país que hemos avanzado en muchas cosas pero que tenemos todavía una crueldad con los animales que es inaceptable para el año en el que estamos. Seguimos haciendo cosas sin sentido y eso me entristece muchísimo.

Z: Mi sueño es seguir haciendo cosas, soy incapaz de proyectarme en nada. No me planteo nada por si luego no pasa. Para mí, la decepción es la enfermedad más destructiva, así que voy por la vida sin esperar mucho de ella y así todo lo que va sucediendo me lo llevo como una sorpresa maravillosa. Quiero seguir haciendo cosas y no perder la creatividad, ese es mi sueño.

LQTQC. Muchísimas gracias chicas, muchísima suerte en todos vuestros proyectos y os espero aquí siempre que tengáis algo que contar.

Z, R: Muchas gracias a ti.

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 Feliz viernes, amigos.

Lorena.

 

Juntos, podremos con todo.

No se puede negar que hay días malos, malísimos, en los que no tienes fuerzas para nada. Una vez al mes me pongo enferma, muy enferma, por un tema que sólo a las mujeres nos acontece. Hoy he sido incapaz de moverme del sofá en todo el día pero ahora, aprovechando que me encuentro un poquito mejor, he decidido que os quería regalar a vosotros este momento de fuerza y sentarme frente al ordenador, os quería regalar a vosotros este inicio de semana.

El sábado publiqué una foto en mi página de Facebook, y grité a los cuatro vientos el derecho fundamental que tienen los seres humanos a amar y ser amados. Les dediqué mis palabras a mis amigas, a las que están enamoradas de una mujer y a mis amigos, los que están enamorados de un hombre, les quise mostrar mi apoyo incondicional, mi respeto y todo mi amor a todas esas personas que han tenido que sufrir el rechazo social a lo largo de la historia, y a quienes, a día de hoy, lo siguen sufriendo. Era el día del orgullo gay, y para mí, el amor está por encima de cualquier sexo o condición sexual, el amor es una de las cosas más bonitas de la vida y sabéis que yo, romántica empedernida, no podía dejar de abrazar con mis palabras al colectivo homosexual para que siga recorriendo con fuerza un camino de respeto e igualdad.

Hoy, viendo las noticias, he visto algo que ha pasado este fin de semana en el metro de Barcelona. Un joven asiático era agredido y su agresión era grabada en video y colgada en la red a modo de trofeo, simplemente por ser de otra raza. Según han comentado en los informativos, el agresor, ya detenido, aireaba con orgullo en sus RRSS su afín con la ideología nazi.

No sabéis cómo me duelen estas cosas. De verdad, no os lo podéis imaginar. No puedo sentir más que dolor cuando leo o escucho alguna discriminación social en alguna etapa de la historia, bien sea por racismo o por condición sexual. Me duele porque no entiendo qué pasó por la cabeza de miles de personas a lo largo de los siglos. No entiendo esa necesidad de hacer daño extremo a los demás, esa necesidad de apuntar y castigar las diferencias de las personas, porque para mí la diversidad siempre ha sido la verdadera riqueza de los seres humanos, de la historia y de la vida. Jamás podré entender a quién le puede molestar una persona por su color de piel o los rasgos de sus ojos, jamás podré entender a aquellos a los que les molesta que un hombre bese a otro hombre o que una mujer coja la mano de una mujer, pero lo que no consigo entender, más si cabe, es que esto en pleno siglo XXI, donde parece que todos somos racionales y coherentes, libres y con una buena educación a nuestra espalda, estas cosas sigan sucediendo. Me muero de pena, os lo prometo.

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Desde que llegué a Madrid, es verdad que la mayoría de mis amigos son homosexuales y es algo que veo con la mayor naturalidad del mundo. A veces, me cuestiono si lo veo normal desde que estoy acostumbrada y porque ese es mi día a día y sólo un segundo después me doy cuenta que obviamente no. Creo que desde pequeña, incluso cuando no había salido del pueblo, nunca hice diferencias entre tendencias sexuales, siempre, incluso siendo una niña, para mí el amor y la felicidad de las personas estaba por encima de todo esto.

Hace un año, más o menos por estas fechas, se inauguraba este blog, con el que tantas alegrías me estáis dando, y uno de mis primeros post, fue sobre el orgullo gay en Madrid y sobre Federico García Lorca, a quien fusilaron por ser homosexual. Siempre he sentido la necesidad de defender las injusticias sociales y jamás he sido de las que piensa qué voy a conseguir con ello, si yo sólo soy una entre millones, pero la unión, amigos míos, hace la fuerza, y si todos luchamos por estas injusticias, como se ha hecho muchas veces a lo largo de la historia, seguiremos consiguiendo el progreso y la evolución constante que seguimos viviendo. Hay mucho camino por recorrer, pero juntos lo conseguiremos.

El tema del racismo y el nazismo es algo que, sin ninguna duda, rompe todos los esquemas de mi mente como persona. Soy incapaz de ver una película o leer un libro sobre la II Guerra Mundial y no acabar llorando a mares de pura rabia, incomprensión y dolor. Uno de los libros que más me impactó en mi adolescencia fue El Diario de Ana Frank.

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Este libro recoge la historia contada en primera persona, a través de sus diarios personales (un total de tres cuadernos), de la niña judía Ana Frank entre el 12 de junio de 1942 y el 1 de agosto de 1944, dónde relata su historia como adolescente y los dos años durante los cuales tuvo que ocultarse de los nazis en Amsterdam durante la Segunda Guerra Mundial. 

Oculta con su familia y otra familia judía (los Van Daan), en una buhardilla de unos almacenes de Amsterdam durante la ocupación nazi de Holanda. Ana Frank, con trece años, cuenta en su diario, al que llamó «Kitty», la vida del grupo. Ayudados por varios empleados de la oficina, permanecieron durante más de dos años en el achterhuis (conocido como «la casa de atrás») hasta que, finalmente, fueron delatados y detenidos.  El 4 de agosto de 1944, unos vecinos (se desconocen los nombres) delatan a los ocho escondidos en “la casa de atrás”. Además del Diario escribió varios cuentos que han sido publicados paulatinamente desde 1960. Su hermana, Margot Frank, también escribió un diario, pero nunca se encontró ningún rastro de éste.

El 4 de agosto de 1944, una comisión de agentes de la Gestapo al mando del SS Oberscharführer Karl Silberbauer, detienen a todos los ocupantes y son llevados a diferentes campos de concentración.

Después de permanecer durante un tiempo en los campos de concentración de Westerbork en Holanda y Auschwitz en Polonia, Ana y su hermana mayor, Margot, fueron deportadas a Bergen-Belsen, donde ambas murieron durante una epidemia de tifus entre finales de febrero y mediados de marzo de 1945 (el tifus fue causado por la extrema falta de higiene en el campo de concentración). Edith Holländer (madre de Margot y Ana) muere de inanición en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Su padre, Otto Frank, fue el único de los escondidos que sobrevivió a los campos de concentración. Cuando regresó a Ámsterdam, Miep Gies, una de las personas que les había ayudado durante su estancia en el anexo, le entregó el diario contenido en cinco libros y un cúmulo de hojas sueltas que su hija había escrito mientras estaban escondidos. En 1947 según el deseo de Ana, su padre decide publicar el diario y, desde entonces, se ha convertido en uno de los libros más leídos en todo el mundo.

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ANA FRANK LA NACION

Vivimos en una época en la que en nuestra educación y formación académica se nos muestra la triste realidad que forma parte de la historia de nuestro mundo y me consuela saber que la mayoría de personas sentimos total rechazo y repudiación hacia toda aquella irracionalidad que vivieron los judíos, hacia toda aquella barbarie nazi, y hacia todas aquellas vidas y sueños asesinados en los campos de concentración. Pero, dentro de este consuelo, me duele el alma cada vez que veo en las noticias un indicio de esta irracionalidad y esta locura, cada vez que sé que en nuestros tiempos y en nuestras ciudades, en nuestro país o en nuestro mundo, se siguen dando casos, por suerte ya minoritarios, en los que el racismo, nazismo o la homofobia siguen cobrando protagonismo. Porque no entiendo la mente de algunos seres humanos, porque no entiendo a algunas personas, porque seguiré sintiendo dolor mientras el respeto y la libertad no sean conceptos reales.

Quizás hoy estoy muy sensible, quizás la rabia por lo que he visto en las noticias me ha ayudado a escribir este post en este día en el que no podía ni moverme del sofá, quizás hoy es uno de esos días en los que estoy muy enfadada con el mundo…

Juntos, cogidos de la mano, podremos con todo. No lo olvidéis nunca.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Sólo a ti te pertenece.

Hoy es uno de esos días en los que llevo todo el día pensando en un nuevo post. Me acabo de sentar frente al ordenador y la verdad que no sé ni sobre qué tema escribir… El otro día, una fiel lectora del blog me pidió a través de Twitter (mi cuenta como muchos ya sabéis es @lorenacorcoles) que escribiese un relato sobre un tema delicado y le prometí intentarlo.

Ojalá pudiese daros un abrazo y un beso a cada uno de vosotros, por hacerme tan feliz cada vez que me comentáis, me compartís o me leéis, cada vez que alimentáis esta ilusión y estas ganas de crear historias y hacer que siempre tenga algo nueva que os quiera contar. 

Leed despacito, como siempre os digo, como siempre hacéis…

Sólo a ti te pertenece.

Recuerdo perfectamente cuando no tenía más de seis años y en el colegio empezaban a hablarnos del cuerpo humano. Aquello me parecía tan fascinante que al volver a casa le dije a mi madre que de mayor quería ser médico, porque pensaba que sólo de esa forma conseguiría conocer cada rincón que se esconde dentro de nosotros. Con el tiempo, y con la idea totalmente metida en mi cabeza, descubrí también que los médicos curaban a las personas, salvaban vidas y además ayudaban a los bebés a nacer y yo quería ser parte de todo aquello.

Siempre fui buena estudiante, con unas notas normales, pero con el esfuerzo y la constancia que mis padres me habían inculcado desde muy niña. Siempre tuve una envidia muy sana de mi amiga Paula. Ella, sólo necesitaba leer por encima los apuntes para sacar una notaza, cuando yo me tiraba tardes enteras entre libros para poder conseguir buenos resultados, nunca excelentes. Mis profesores siempre hablaban de lo orgullosos que se sentían de mi por todos los esfuerzos que hacía. Cuando hice la selectividad, sucedió lo que todos temíamos, mi nota no alcanzaba para que pudiese ir a la facultad de medicina, y como ya sospechábamos que esto pasaría, aposté por mi segundo opción: enfermería. Recuerdo mis años de universidad como los mejores de mi vida. Dicen que esos son los amigos que se quedan para siempre, los que conoces en esa etapa y esos años cruciales de madurez y experiencias. Me esforcé muchísimo, dediqué todo mi tiempo, mi cuerpo y mi alma a sacar buenos resultados y a ir aprobando curso por año. Lo conseguí. De hecho, mi expediente conserva unas notas mucho mejores de las que hubiese imaginado. Mi primer contacto fueron mis prácticas y supe, más que nunca, que aquello era a lo que yo me tenía que dedicar.

Corren unos tiempos difíciles, a veces, incluso me asustan. Las oportunidades laborales son escasas y la mayoría de mis compañeros de promoción no trabajan de aquello que estudiamos juntos, con tantas ganas e ilusión. Muchos de ellos se han ido fuera del país, y algunos trabajan de enfermeros fuera de aquí. Se me parte el alma cuando lo pienso. Son felices, trabajan y aprenden otro idioma. Tienen lejos a su familia, a sus amigos y a su vida, y sé que sufren, como yo sufriría. Desde hace poco más de un año soy muy feliz y me siento afortunada por tener un trabajo al que acudir cada día y un sueldo que llega a mi cuenta de forma puntual a final de mes.

En una residencia de ancianos se ve absolutamente de todo. Desde personas que son plenamente felices por estar allí, rodeadas de personas de su misma edad, personas que sufren y lloran en silencio porque se sienten abandonadas y necesitan y quieren estar ahí fuera, en sus calles, en su casa, haciendo una vida normal, a personas que no son conscientes ni de donde están.

Maribel llegó hace seis meses y desde el primer momento me robó el corazón. Desde siempre, las personas mayores han causado en mi una ternura infinita, sobre todo y no me preguntes por qué, los ancianos con el pelo blanco. En ellos siempre he visto reflejadas a la sabiduría y la bondad. Las personas mayores, sólo por todos los recuerdos y experiencias que llevan consigo mismas, son verdaderos tesoros de la naturaleza, que merecen el cariño y respeto de todo el mundo. Los primeros días Maribel casi no hablaba, se quedaba horas sentada al lado de la ventana y aunque yo insistía e intentaba darle conversación, ella me contestaba con monosílabos. Una tarde, con una sonrisa, me acarició la mano y me dijo que era muy linda.

Uno de sus hijos la visita casi todas las semanas. Sus nietos vienen a verla una o dos veces al mes. Está y se siente sola. Una tarde de domingo, en mi día libre, me vestí y vine a visitarla porque sólo quería estar con ella, sentada con ella y hablar con ella. Quería escuchar sus historias y envolverme de su magia…

Maribel mezcla el tiempo y el espacio y repite la misma historia mil veces. Me habla de su padre, de su madre, de sus hermanas, de sus días en el pueblo, de lo mucho que le habría gustado poder ir al colegio. Y siempre, siempre habla de Antonio, el gran amor de su vida.

Una tarde, cuando su hijo vino a visitarla, le pregunté por su padre, Antonio.

-¿Antonio? Mi padre se llamaba Miguel y falleció hace cinco años.

Asentí en silencio y pedí disculpas por haberme confundido. Al llevarle la cena, aquella noche, le pregunté:

-Maribel, ¿quiere hablarme de Antonio?.- Y a ella se le escapó una sonrisa dulce, pícara, de niña pequeña, como si el tiempo se hubiese detenido muchos años atrás.

Antonio y yo nos conocimos siendo unos críos. Mi padre no lo veía con buenos ojos. Él era más mayor que yo y venía de una familia todavía más pobre que la mía. Mi padre nunca habría visto a nadie bien para mí, porque yo era la niña de sus ojos. Antonio era de mi mismo pueblo y por aquel entonces a penas podíamos vernos. No podían vernos a solas por la calle, ni podíamos cogernos de la mano. Pero yo le quería, le quería tanto que le pedí matrimonio. ¡Fijate tu! Yo, que era una niña, que no sabía de nada y me quería casar con él, y además, no podía esperar a que él me lo pidiese. A mi padre no le quedó otra opción que aceptar mi decisión y desde ese momento quiso a mi novio y futuro esposo como a un hijo suyo. Mi Antonio era el hombre más bueno del mundo, era guapo, trabajador y estaba loquito por mí. Hicimos el amor dos meses antes de la boda, porque a mi me gustaban los retos y yo venía siendo revolucionaria desde la cuna y no entendía esa estupidez de tener que pasar por la iglesia primero. Aquel fue el día más bonito y feliz de mi vida. Mis padres estaban elegantes, mis hermanos muy contentos, y nosotros éramos los novios más guapos del mundo. Nos casamos en la pequeña iglesia de la plaza del pueblo, y después nos fuimos todos a la casa de mis abuelos, que tenían un patio bien grande, a comer chocolate y bizcochos. Eran otros tiempos y con muy poco conseguíamos ser felices. Dos meses, sólo dos meses de casados, cuando una mañana de sábado, tumbados en la cama, mi Antonio no se despertó. Por aquel entonces nadie sabía de qué había sido, no es como ahora que te lo dicen todo, pero sentenciaron que había sido un paro del corazón. Yo me desperté al lado de mi marido muerto y mis gritos se oyeron en todo el pueblo. Grité y lloré durante días y meses, y del disgusto perdí al hijo que llevaba en mis entrañas, sin nosotros saberlo. Mi vida estaba perdida. No quería levantarme de la cama y le suplicaba a ese Dios que me prometían que existía a que se me llevase a mi también, al ladito de mi Antonio, porque él se había llevado mis ganas de vivir y de seguir en este mundo. No quería que los años siguiesen y pasarlos sin él. Y mira bien lo que he aguantado…

Tres años después, y con el luto todavía, me mudé con mi hermano y su mujer a la ciudad para poder cuidar de mi sobrino Juanito. Allí conocí a Miguel, que me devolvió la ilusión y la vida. Él fue el padre de mis hijos y junto a él formé la maravillosa familia que tengo, mis seis hijos preciosos y mis catorce nietos. No ha habido ni un sólo día de mi vida en el que no me haya acordado de mi Antonio y de aquel hijo que no llegó, ni un sólo día en el que no me haya preguntado cómo habría sido mi vida con ellos y en el que no me haya lamentado por no tenerlos. Jamás he superado aquello. Mis hijos, no saben que yo me había casado antes. Miguel y yo decidimos que así fuese. Yo guardaba mi dolor en forma de secreto y ellos creían que su padre era al único hombre al que había amado en mi vida…”

Maribel lloraba a moco tendido como si fuese una niña mientras me miraba a los ojos y me apretaba la mano. Entendí su dolor a través de su mirada y se me partió el alma al ver a esa mujer, que no conseguía recordar prácticamente nada de su vida. Las pocas veces que sus nietos se dignaban a visitarla ella los confundía, incluso, en los días malos, ni si quiera los reconocía.

Maribel me miró sin saber por qué lloraba y me preguntó dónde estaba su hermana, le expliqué que no estaba y que ella estaba hablando de Antonio y su juventud.

-Quién es Antonio?.- Me dijo.

Nunca he sabido si aquella historia era real o no. Desde aquella noche, Maribel jamás volvió a hablarme de Antonio, aunque seguía viajando en el tiempo y mezclado su presente y su pasado. A veces, pensaba que aquella historia había sido producto de su imaginación, y otras veces, pensaba que aquella tarde, tras pronunciar aquellos recuerdos en voz alta, los había eliminado en un suspiro de su alma, había eliminado el dolor callado. Los recuerdos son uno de los tesoros más valiosos que poseemos, y si ahora mismo me preguntasen con qué recuerdo de mi vida me gustaría quedarme, no sabría la respuesta. Por alguna extraña razón, Maribel había querido guardar en su cabeza aquella historia a la perfección, aunque seguidamente no supiese de lo que hablaba, aunque jurase que su hermana había venido a visitarla o aunque repitiese la misma cosa una y mil veces.

Creo que no es justo que el tiempo haga con nuestra mente lo que hace. El Alzheimer es capaz de arrancarnos nuestras vidas, la única vida que tenemos está compuesta por nuestras vivencias, por nuestros recuerdos y por todo lo que hemos ido creando y consiguiendo a lo largo de los años. Pero un día, llega esta enfermedad y de la forma más cruel te lo arrebata, llevándose consigo algo que sólo a ti te pertenece.

Esta mañana, cuando he llegado a trabajar me han anunciado que Maribel murió anoche, mientras dormía, en silencio y soledad, con días a la espalda sin recibir ni una sola visita de esa familia que tanto había querido, esa familia a la que tanto había ayudado y cuidado. He ido a su habitación y con un dolor que me pesaba en el alma y sin poder parar de llorar, he decidido empaquetar sus cosas, guardar en una caja los marcos de fotos que envolvían su habitación, y meter en bolsas su ropa. He visto la Biblia sobre su mesilla, esa Biblia de la que no se separaba nunca. Me he acercado y la he acariciado en silencio, como si algo de ella todavía estuviese en esa habitación, conmigo. Yo, atea hasta la médula, he cogido el libro para guardarlo entre sus cosas cuando algo ha resbalado y ha caído suave y lento. Me he agachado para cogerlo y he tenido que sonreír mientras lloraba… En esa fotografía, en blanco y negro, arrugada por el tiempo, por el dolor y los recuerdos, podía verse a una joven Maribel, con la sonrisa en los labios y la vida en la mirada, feliz e ilusionada,  abrazada a un hombre alto y guapo el día de su boda. Detrás, escrito a boli y con una letra casi borrada por los años e ilegible por la caligrafía he podido llegar a leer: “Siempre tuyo. Antonio.”

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Tormenta de verano.

Sábado y el calor bailando ya por las calles de Madrid. No sabéis cuánto echo de menos el mar, mi tierra y mis playas cuando llega el verano. Estos días estoy muy, muy feliz. Vienen cosas muy bonitas de las que todavía no os puedo contar nada, pero siento paz y una felicidad absoluta. Ahora sé, más que nunca, que con trabajo, esfuerzo, empeño, dedicación y gente buena alrededor, los sueños pueden hacerse realidad y que poco a poco, todo ser humano es capaz de conseguir aquello que se propone. No puedo avanzar nada más, pero os adelanto que os va a encantar.

Hoy traigo un nuevo post. Un relato que trata un tema delicado y doloroso. Ya sabéis, quiero que lo leáis despacito y lo disfrutéis… Hoy, te lo quería contar.

TORMENTA DE VERANO

Te acaricio las manos y todavía me tiembla el alma. Hoy hace justo cuatro años. Te acaricio las manos y siento como tu fuerza grita aferrándose a mi piel. Te acaricio las manos y siento como te late el corazón, como tus ojos me miran en silencio, y como tu sonrisa, a medias, todavía es capaz de decir te quiero…

Dicen que no hay ningún amor comparable al primer amor, a la primera sensación de todo, a las primeras experiencias… Hace poco leí algo que un conocido escritor escribió hace tiempo. Hablaba de dos tipos de amores a lo largo de la vida, uno con el que compartiremos nuestros días, y otro al que siempre echaremos de menos. No sé si eres con quien comparto mis días o a quien echo de menos, no lo sé, y eso duele, duele tanto que a veces siento que me muero… El dolor sigue siendo fuerte, y todavía no me creo que hayan pasado cuatro años.

Me gusta tu perfume, siempre me gustó, pero tu perfume de verdad, el de tu piel, tu piel que siempre ha sido dulce, tostada, cálida, frágil… Me gusta tu cabello, que sigue tan bonito como siempre, me gusta tu sonrisa y me encantan tu mirada, me gusta escucharla y saber todo lo que me quieres decir siempre que me miras.

¿Te acuerdas cuando nos conocimos? ¡Qué bonita estabas! Recuerdo como María te tiraba del brazo mientras os reíais y tu decías que no querías venir… Y al final viniste. Esos desconocidos se convirtieron en tus mejores amigos y yo creo que me enamoré de ti aquella misma noche. Recuerdo los días que siguieron… Las tardes en la playa, los mensajes en el móvil, las tímidas sonrisas, los primeros besos, el primer te quiero, las primeras caricias, los primeros enfados, las primeras risas, las primeras promesas… Me acuerdo de todo. Fuiste la primera, fuiste la única. Me moría por ti, estaba loco por ti, estoy loco por ti, quise quererte, protegerte, cuidarte, amarte… Quiero hacerlo, querré hacerlo siempre.

Los dos sabíamos que éramos especiales, eras mi mejor amiga, mi niña pequeña, lo mejor de mí. Prometí cuidarte siempre, prometiste quedarte siempre a mi lado. Eras tú, sólo podías ser tú. Serías mi amor eterno, la mujer con la que me haría viejo, serías la madre de mis hijos, la abuela de mis nietos… Estábamos tan unidos, tan convencidos de que el mundo era nuestro…

Recuerdo perfectamente aquella tarde. El día de antes te habías enfadado. Íbamos a ir a la piscina y llegué tarde, nunca te gustaron los cambios de planes. Organizada, puntual, todo controlado, todo pensado, sabías cómo querías que pasasen las cosas y así hacías funcionar los días… Llegué tan tarde que no querías ni darme un beso. Siempre fuiste muy pequeña para eso, y aún sonrío cuando lo recuerdo. ¿Te acuerdas tu? Me aprietas fuerte la mano… Sé que eres capaz de recordarlo. De saber quien fuiste, quien eres, quienes fuimos y quienes somos.

No fuimos a la piscina y al final, entre risas, me dejaste dormir contigo. Aquel día sólo faltaba una semana para nuestro aniversario… Para prometernos mil años más como los tres que habíamos compartido. Dormí abrazado a ti, porque no había otra forma de dormir contigo, era inevitable. Aquel día, incluso enfadada, estabas preciosa. Decidí compensarte. Mi impuntualidad te había roto los planes y te dejé elegir… podías elegir el día que quisieras, porque tus deseos iban a ser órdenes. Elegiste tu casa de la playa, porque te encantaba que estuviésemos allí. Elegiste ir por la mañana, tostarnos al sol, comer en una bonita terraza, beber un buen vino, dormir una larga siesta, hacer el amor, darte una ducha fría, quedarnos a cenar en algún restaurante donde se pudiese sentir la brisa del mar y después volver a casa. Cogimos la moto e hicimos todo lo que quisiste. Te miraba en silencio y te veía sonreír. ¡Cómo te gustaba que todo saliese como tu querías! Era tu día perfecto, tu lo habías diseñado y yo quería acompañarte y observarte, verte reír y disfrutar. Nadie podía negarte nada. A ti no se te podía negar nada. Tu eras tan bonita, que merecías una vida hecha de deseos y sueños.

Recuerdo cuando saliste de la habitación, con ese vestido verde agua, con la piel recién tostada, con el pelo húmedo y los rizos cayendo sobre tu espalda, con las pecas en la cara y los labios de color fresa. Tuvimos que hacer el amor antes de salir a cenar. Aquella cena fue especial. Quizás no en aquel momento, quizás entonces fue una cena más, de risas y complicidad, de amistad, de confianza, de respeto, de cariño, de broche final para un día perfecto. Con el tiempo, aquella será la cena más bonita y triste que recuerde el resto de mi vida.

Sin esperarlo llovió. Llovió muchísimo y tu sonreías. Me preguntabas si no adoraba aquel olor, aquel olor que sólo tenían las tormentas de verano, y yo asentía… Me obligaste a cerrar los ojos para sentirlo del mismo modo que lo sentías tú y resonaban tus carcajadas cuando los abriste antes que yo. ¿Ves? Todavía te sale una sonrisa.

Nunca te importó subir a la moto con falda. Tú eras así, divertida, loca, todo te daba igual, y aquel día habías sido tan feliz que te agarraste a mi cintura fuerte… Muy fuerte. Sentía tu sonrisa en mi espalda, aún sin poder verte… Cogimos la carretera y volvíamos a casa. Veinte kilómetros eternos que nos destrozaron la vida. Recuerdo aquel coche, en dirección contraria, tambaleándose por la carretera, de lado a lado, vino directo, sin tiempo para reaccionar, su metal contra nuestros cuerpos, tu cuerpo arrancado de mi cintura, mi cuerpo flotando por el aire, tu choque contra el suelo, un pitido fuerte en mi oído, la vista nublada, las lágrimas corriendo, el dolor gritando, el miedo apuñalando, la rabia llorando, la ambulancia volando… No sabía dónde estabas.

Sí, apriétame la mano. Aprieta fuerte, mi vida…

Me desperté en el hospital y vi a mi madre llorando, tenía un brazo roto, me iban a operar de la rodilla y vi el pánico en sus ojos cuando pregunté por ti.

Tardaste tres días en despertar del coma, los tres días más largos de mi vida. Tu cuerpo estaba intacto, sólo arañazos y quemaduras del asfalto. Tu cabeza se había llevado la peor parte. Tenías la mirada perdida y a penas nos reconocías, tu sonrisa estaba completamente apagada y no eras capaz de mover manos, ni piernas. Durante mucho tiempo quise morirme, quise desaparecer del mundo porque nadie sabía qué decirme para poder aguantar el dolor. Nadie tiene cura para esto. Todos los días, cada segundo, odiaba a la vida, al destino, odiaba a la carretera y quería volver a matar a ese conductor borracho que murió en el acto.

Los médicos nos contaron que poco a poco te irías recuperando. Había muchas esperanzas, eras joven y saldrías de esta. Sobreviviste los momentos más duros, y pusiste toda tu fuerza y voluntad, lo mejor que supiste, en poder seguir adelante. Sonríes y esbozas sonidos que yo intento interpretar a la perfección, mientras te sonrío y te aprieto fuerte las manos, mientras te acaricio y tu aprietas fuerte las mías, mientras me dices con la mirada que me quieres y yo te lo susurro con mis labios, pegados a los tuyos… Cuando veo a periodistas en la tele, reporteras por las calles, siempre pienso lo bien que lo habrías hecho. Tenías claro que ese era tu sueño y estoy seguro que lo habrías alcanzado.

Llevo cuatro años viviendo por ti, ayudando a tu madre a darte la comida, llevándote en peso a la ducha y dándote masajes en los pies para que los vuelvas a mover. Sigues estando preciosa. Siempre serás la más bonita, mi niña pequeña. Te seguiré cuidando el resto de mi vida.

Ayúdame a contarte esto y que no me den ganas de tirarme por la ventana… Te noto en la mirada que sabes lo que pasa, y en tu mirada me das la comprensión que necesito, pero sabes que nado en un dolor infinito.

La conocí hace unos meses, empezó a trabajar conmigo en la oficina. No sé si la quiero, no sé si es lo correcto, no sé si alguien merece aguantar toda la pena que yo llevo dentro… Pero creo que debo intentarlo. Tu madre dice que debo seguir haciendo mi vida y yo me derrumbo cuando la oigo. No sonrías, yo quiero estar a tu lado. Quiero quedarme aquí, abrazado a ti como siempre, pero quiero que nos despertemos y te enfades porque te he robado la manta, quiero que te lances a darme un beso, quiero oírte reír a carcajadas, quiero que bailes y cantes en la ducha, que me digas que soy un pesado o que me pidas que te haga cosquillas en los brazos…

Quiero parar el tiempo, quiero volver atrás y quiero quedarme en esa cena en la playa, con los ojos cerrados y el olor a una tormenta de verano.

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Feliz sábado, amigos.

Lorena.

Lo que le falta al tiempo.

No sabéis lo mucho que me cuesta levantarme por las mañanas, siempre me ha pasado igual. Siempre he sido un poco vampiro, desde pequeña me ha gustado mucho más la noche que el día. Prefería leer por la noche, incluso estudiar después de cenar… Ahora, aunque el trabajo prefiero hacerlo durante el día, es verdad que nunca tengo prisa por acostarme. Me encanta ver la tele hasta bien tarde o leer un buen libro mientras la calle se queda en silencio y claro, por las mañanas, no hay quien me despegue de las sábanas. Ha sonado la alarma durante más de media hora, he preparado una gran taza de café  y aquí empieza mi miércoles… Aquí empieza lo que hoy te quería contar. 

El otro día, publiqué un relato, Los ojos de Margarita, que me dio muchas sonrisas, que me disteis muchas sonrisas, porque gustó mucho. Obviamente, cuando escribo un relato, lo que escribo en él es ficción, pero creo que  cuando uno escribe es inevitable regalarle algo de sí mismo a alguno de los personajes. En este caso, la frase con la que empezaba la historia podía hablar perfectamente de mi misma. No me gustan las historias de amores imposibles.

A través del cine, la televisión y la literatura, nos hemos acostumbrado a que nos encanten las historias de amor más complicadas, aquellos personajes que encuentran mil y una dificultades para poder amarse con total libertad y tranquilidad, esos personajes que parece que nunca van a conseguir estar juntos y que, al final, como toda buena historia de amor, consiguen reencontrarse para no separarse jamás. En la vida real, la verdad es que me gustan las historias bien distintas.

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Supongo que es la edad, las experiencias en la piel y las vivencias aferradas ya para siempre en el corazón, pero no me gustan las historias de amores imposibles y sufrimiento aunque tengan un final feliz. Una de mis películas favoritas es El diario de Noah y en ella hay una frase que dice “discutían todo el tiempo, pero tenían algo en común, estaban locos el uno por el otro…“. Muchísimas veces he visto esta frase mencionada por niñas a través de las redes sociales y seguro que en algún momento del pasado quise hacerla mía, ahora pienso que es un horror, aunque adore la historia de Allie y Noah.  ¿Cómo se puede ser feliz con alguien con quien discutes todo el tiempo? La vida real no es una película, ni una novela, las cosas no van a ser maravillosas porque sí, nosotros tenemos que hacer que las cosas sean maravillosas, nosotros somos lo únicos con el poder de elegir cómo van a ser nuestros días y de qué forma queremos vivirlos. No defiendo un amor cómodo. No me gustan, tampoco, esas historias en las que no existe un amor puro, pasional y verdadero, y en la que los protagonistas se aferran a la rutina y a la comodidad y aceptan así su forma de vida. Cada uno es libre de elegir sus días, pero estas historias tampoco me convencen, al menos, no para vivirlas.

El amor, desde la pasión, la confianza y el respeto, es lo más maravilloso del mundo, y se puede alcanzar la felicidad plena y absoluta. Existirán las discusiones, porque somos seres humanos, simplemente por eso, pero mientras no existan las faltas de respeto, las historias podrán ser maravillosas. Quizás es la edad, pero a mi me gustan las historias de amor puro y verdadero que son capaces de transmitirte paz y tranquilidad emocional. No me gustan las historias de amores imposibles. Hay historias de amor tormentosas y otras dolorosas desde el silencio…

El verano pasado, por mi cumpleaños, mi mejor amiga me regaló a Cometo, mi perro (el mejor regalo que me han hecho y me harán en toda mi vida) y además me regaló un libro, un libro que hasta hace unos meses no empecé a leer. Lo devoré en cuestión de días y me enamoré de él, de sus historia y sus personajes. Con Ángela Becerra y sus palabras en Lo que le falta al tiempo, me trasladé a las calles de París para vivir una historia de amor llena de arte, locura, deseo e irracionalidad.

Mazarine es una joven estudiante de pintura que vive sola en el Barrio Latino de París. En su casa encierra un valioso secreto que ha sido conservado a través de generaciones y puede cambiar el rumbo del arte. Su mundo se verá conmocionado por la aparición en su vida de Cádiz, un maduro genio de la pintura, creador de un mo vimiento revolucionario que despierta en ella una pasión sin límites”. 

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Mazarine, la protagonista, se convierte desde el principio en mi personaje favorito. Es sensible, solitaria, mística, dulce, valiente, atrevida, artista… Está completamente loca. Se enamora locamente de Cádiz, su profesor, un aclamado y reconocido pintor a nivel mundial que accederá a darle clases y a trabajar con ella. Él, casado con una fotógrafa de éxito, no podrá resistirse a la pasión que arde entre sus manos y la piel de la joven aprendiz. Una historia de amor imposible, complicada que se agravará a medida que avanza la trama y aparecen nuevos personajes en ella. Una historia de amor de locura, de miedo, de traición, de deseo, de silencios, de reproches…. Una historia de amor que me encantó descubrir a través de las páginas pero de la cual no me gustaría ser la protagonista. Demasiado sufrimiento. Querer amar y tener que hacerlo en silencio, ser un secreto, ser una sombra, sentir dolor al dar un beso seguido por la esperanza de una caricia, una contradicción de sentimientos, una inestabilidad emocional de la que no quiero ser nunca víctima. Una historia llena de historia, de historia del arte, con un tema principal sobre el cual girará el amor de los personajes, un tema principal relacionado con la religión y sus misterios, un secreto que podría cambiar la historia de muchos años de creencias.

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Lo que le falta al tiempo es una de esas novelas que te atrapa, que te hace viajar y soñar, sufrir y desear, con un final impactante. Una de esas novelas que yo, desde Lo que te quería contar, te recomiendo que leas. Aprovechad ahora que viene el verano, que los días son más largos, que llegan las vacaciones, que la noche invita a quedarse despierto y perdeos entre sus páginas, entre sus letras, entre la locura de Mazarine y la irracionalidad de Cádiz, entre el amor de dos artistas, completamente locos.

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Feliz día, amigos.

Lorena.

Los ojos de Margarita.

Esta mañana me he levantado dando los buenos días en mi página de Facebook, anunciando que hoy venía con nuevo post y que vendría en forma de relato. También hablaba de mi necesidad y mis ganas de un cambio político y social en este país. LLevo todo el día tumbada en el sofá, malísima de la tripa, con dolor de piernas y brazos y con la sensación de no tener fuerza ni en los dedos, pero lo prometido es deuda y si yo he prometido un relato, un relato tiene que haber.

Por lo general, los relatos son de vuestros posts favoritos. Tanto, que a veces siento mucha presión a la hora de escribirlos, por si no cumplo vuestras expectativas o por si resulta que acaba siendo malo… Os dejo una nueva historia, para que hagáis como siempre quiero que hagáis, para que la leáis despacito, para que saboreéis las palabras y nos olvidemos durante un ratito de nuestras preocupaciones y nuestras vidas…. Que no paren las letras.

 

Los ojos de Margarita. 

Me resultan demasiado tristes las historias de amores imposibles. Me producen tanta tristeza que a veces prefiero no escucharlas, o no conocerlas. Me da pena la gente que ama de verdad y no consigue estar con la persona a la que desea. A veces, me planteo lo rápido que pasa el tiempo y me pregunto qué hemos hecho para que corra tan deprisa, me pregunto si nos hemos detenido a saborear de verdad la vida, o si simplemente nos hemos pasado la mayor parte de ella sufriendo por unas cosas u otras. Mi padre me dijo una vez que el ser humano es así, que no sabe disfrutar sin más, que la vida nos pone obstáculos para que aprendamos a sobrevivir, a ser fuertes, a superar problemas, miedos y desgracias. A mí, desde pequeño, eso me ha asustado mucho.

Me miro las manos y todavía no soy consciente de que todo ha pasado, las arrugas me recorren la piel, las manchas y los lunares son sólo las manchas de un viejo que lleva corbata y un pañuelo de tela guardado siempre en el bolsillo. Inexplicablemente, hay un momento en tu vida en el que sabes que ya no queda mucho tiempo. El paso de los años es importante en esta idea, por supuesto, pero es verdad cuando sabes que con ochenta años aún te queda toda una vida y cuando sabes que la vida se está acabando… Hace meses que tengo un fuerte dolor en el pecho y los médicos lo sentenciaron como un cáncer de pulmón que me va a arrebatar los suspiros en cuestión de semanas, o meses. Miro a mi alrededor y creo que he podido y he hecho todo lo mejor que he sabido, pero también creo que he tenido un sufrimiento aferrado al alma desde hace demasiados años.

Todavía es pronto, siento que aún tengo muchas cosas por vivir, tengo muchas cosas por hacer y sé que ya no hay remedio. Mi nieta mayor, Patricia, está a punto de dar a luz a su primer hijo, mi primer bisnieto y yo eso no me lo quiero perder. A veces, lloro por la noche porque tengo miedo. A mi edad todavía existe el miedo. Me siento afortunado por conservar mi salud mental en perfecto estado, por ser capaz de recordar cada momento de mi vida. María, mi esposa, murió hace más de una década, dejando a su familia sin el pilar que la sostenía. Mis hijos y nietos vienen a visitarme y mi hija Paquita no deja de cocinar para mí ni un sólo día. Es una santa, una mujer buena y noble, con una vida feliz y un marido que la cuida y la quiere. Era la que más unida estaba a su madre y sé que nunca ha podido, ni podrá, superar su pérdida.

Por alguna extraña razón, llevo varios días soñando con unos días que quedan tan atrás que ahora dudo si de verdad han existido o si los sueños me confunden. En cuestión de segundos sé que fue real, porque todavía recuerdo sus ojos y puedo sentir su aroma. Y eso, también eso, me asusta.

La vida en el pueblo era una vida humilde y tranquila. Sólo tenía siete años cuando oí a mi madre gritar. A mi padre, hombre bueno y trabajador donde los hubiese, lo acababan de encontrar muerto en el campo, mientras labraba la tierra. Un accidente me dijeron que había sido, años después supe que le habían pegado un tiro por tener una ideología distinta a la de sus asesinos, por querer luchar por sus derechos y buscar un futuro mejor para los suyos. Desde niño, acudía a la iglesia sólo para oír el viejo piano que tenía don Raimundo, el párroco de mi pueblo. Una noche, él se presentó en casa y habló con mi madre en la cocina, susurraban y llegué a entender que hablaban de mí, de mi futuro como músico y de mis dotes para ello. Tenía quince años cuando dejé a mi madre y a mis hermanos solos en el pueblo y me trasladé a Valencia capital a vivir con mi tía Remedios, que se había casado con un hombre rico y respetado. Gracias a los contactos de mi tío, al que yo no soportaba, empecé a estudiar música y a dar clases particulares a hijos y vecinos de sus amigos. Con el dinero que ahorraba, conseguía ayudar a mi familia y ser feliz trabajando en lo que más me gustaba.

Conocí a Margarita una tarde de enero. A las cinco estuve puntual en su casa para dar su primera clase de piano. Por aquel entonces, las mujeres de cuna alta, se refinaban a través de la música y finos vestidos de seda que cosían para ellas. La piel, pálida y delicada se escondía bajo una melena aterciopelada de color caoba y en su cara dos ojos verde esmeralda daban luz a aquella estancia. Jamás había visto nada igual, ni mujer más bella, ni mirada más pura. Supe que iba a enamorarme de ella hasta el fin de mis días. Semana a semana fuimos compartiendo melodías, notas y aprendizaje. Era inteligente, divertida, risueña y atrevida. Una tarde, antes de marcharme me preguntó si estaba libre la tarde siguiente y asentí.

Nos encontramos a las cuatro en la Estació del Nord y paseamos por las calles del centro mientras sus padres creían que ella estaba merendando churros con chocolate en casa de una de sus amigas. Tarde a tarde, fuimos haciendo de los encuentros nuestra rutina, y de la rutina nuestras vidas. No nos cogíamos de la mano por la calle, pero reíamos y compartíamos nuestros sueños. La besé por primera vez en una de nuestras clases. La besé durante muchos meses, en el cuello y en los labios, le acaricié el pelo, la piel, las piernas y los secretos. La hice mía tantas veces como la soledad nos lo permitía… Me miraba fijamente a los ojos y yo me perdía en ese mar que me regalaba su mirada. Margarita era el amor, Margarita era mi vida.

Una tarde, al llegar a casa, mi tío me esperaba fumando una pipa al lado de la ventana, mientras mi tía Remedios sollozaba en el sofá. Tenía las maletas listas y no querían volver a verme nunca más. El padre de Margarita, un empresario de renombre y con el poder de tener a toda la ciudad comiendo de su mano, había intentado organizar el matrimonio de su hija, cuando ésta se negó y dijo que ya estaba enamorada. Llamó a mi tío y le aseguró que le arruinaría los negocios y su fortuna si no me hacía desaparecer, juró matarme con sus manos si me veía. A mí, un chico de pueblo, de campo, a cuyo padre habían asesinado por pertenecer a un bando político y no a otro, a mí, a un pobre profesor de piano. No supe qué decir, me volví cobarde y me ahogué en el miedo. Cogí mis cosas y miré a mi tía, alcancé a ver en sus labios un “lo siento” empapado por las lágrimas que corrían en forma de cascada. Me fui de allí.

Durante dos tardes esperé en la puerta de la estación, a las cuatro en punto, como tantas otras veces. Al tercer día volví al pueblo. Me rendí a los tres días, me rendí por amor, por cobardía y por su bienestar. Ella no podría ser feliz conmigo, tenía pocos bienes que ofrecerle, ella estaba en otro mundo, en uno inalcanzable en el que yo sólo entraba para servirle, un mundo donde se aprendía a tocar el piano porque lo marcaba la sociedad y el estatus, un mundo en el que se fabricaban vestidos de seda a medida.

Años me costó superar aquello. A través de mi madre, que seguía hablando con mi tía, a quien nunca más volví a ver, me enteré que Margarita estuvo destrozada, que estuvo meses encerrada, llorando, sin comer, sin ganas de nada. Me enteré que con el tiempo se había casado con un amigo de la infancia, que la amaba, que la hacía feliz y la cuidaba. Me enteré que había sido madre cuando yo ya tenía a Juan, mi segundo hijo.

María fue una buena mujer, era maestra y adoraba el arte. Le encantaba escucharme tocar el piano, aunque a mí cualquier melodía, después de mis años en Valencia capital, me resultaba triste. Fuimos un matrimonio muy feliz. Me quiso con todo su corazón y yo la quise todo lo que pude. La respeté, la cuidé y juntos formamos una familia maravillosa, de gente buena, honrada y trabajadora.

No me gusta escuchar historias de amores imposibles, siempre me ponen muy triste.

Inexplicablemente, llega un momento en tu vida en el que sabes que no queda mucho tiempo. Te planteas qué has hecho mal, qué has hecho bien, y por qué el tiempo y los años han corrido tan deprisa.

Esta mañana, le he pedido a mi hija Paquita que coja el coche y me lleve hasta Valencia capital. Me enteré hace años que había heredado el señorial piso del cetro donde vivía con sus padres, donde tantas tardes de clases de piano compartimos, donde la besé una y mil veces y donde hice el amor como, lamentablemente, no recuerdo haber vuelto a hacer nunca.

Me miro las manos y todavía no soy consciente de que todo ha pasado, las arrugas recorren mi piel y me atrevo a entrar en ese edificio dónde observo un sólo nombre en el buzón. Margarita Martínez. Sólo su nombre. El de nadie más.

Mi hija Paquita ha aprovechado para hacer unas compras en la ciudad y yo he cogido el elegante ascensor hasta el piso tres. El portón de madera y pomo dorado aguarda en silencio. El timbre suena como si no hubiese pasado el tiempo. Tras la puerta abierta una mujer con cabellos blancos, elegante, distinguida, firme, serena, preciosa. Las arrugas le besan las mejillas y un sello imborrable ilumina su cara. Sus ojos verde esmeralda y el mar que en ellos habita me miran en silencio y se llenan de lágrimas. Sólo soy capaz de pronunciar a media voz, con el llanto en el pecho: Margarita

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Recuerdos.

¡Qué bien sientan los sábados! Hoy me he levantado tras apagar el despertador cada cinco minutos durante más de una hora (siempre lo hago), porque me resistía a despegarme de la almohada… Tras desayunar con mi mejor amiga y dejarla en el sofá viendo la tele, hoy estoy feliz porque me sé que me espera un día muy bonito.

Muchos sabéis lo importantes que son para mí los recuerdos, soy una persona muy sensible y me encanta tenerlos almacenados, ordenados y recurrir a ellos para viajar en el espacio y el tiempo. Supongo que os lo habré dicho alguna vez, pero una de mis cosas favoritas de la vida es la capacidad que tienen los olores para transportarte a un momento y a un lugar determinado. Sin esperarlo, de repente, sientes ese aroma que te hace viajar a tu infancia en un segundo y eres capaz de revivir a través de tus recuerdos exactamente lo que viviste mucho tiempo atrás. El otro día, hablaba con Miriam y Raquel, dos amigas, sobre los recuerdos de nuestra infancia y les contaba lo teatrera que era yo, lo mucho que me gustaba ser la protagonista de todo y a la vez, lo excesivamente sensible que resultaba ser para mi edad. Entonces les hablé de dos momentos que tengo grabados en la mente y el alma, dos momentos en los que recuerdo haber llorado de felicidad absoluta cuando no tenía más de siete años… Hoy te lo quería contar.

El primero que recuerdo fue en la noche de reyes. En mi pueblo, la cabalgata pasa sobre las seis o siete de la tarde y cuando acaba todos los niños corren a sus casas a abrir los regalos que Melchor, Gaspar y Baltasar les han dejado con cariño y cuidado. En Madrid, por ejemplo, los reyes magos llegan mientras duermes y los regalos se abren a la mañana siguiente. Aquella noche, tras la cabalgata mi hermano Miguel y yo llegamos a casa emocionados, nerviosos e ilusionados. Cuando entramos en el salón vimos que debajo del árbol sólo había carbón (del dulce, eso sí) y no quiero imaginarme la cara que pusimos… Lo que sé es que lloramos muchísimo, seguramente durante unos segundos que yo recuerdo eternos, hasta que mi abuela dijo que acababa de escuchar un ruido en la habitación y cuando fuimos, las dos camas que la protagonizaban estaban llenas de cajas y regalos, recuerdo miles de regalos, muchísimos, y lloramos de felicidad… No habíamos sido tan malos.

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Otro de los recuerdos que guardo, de emoción convertida en lágrimas de felicidad también se remonta a una Navidad. Cuando era pequeña, Televisión Española emitía una serie que se llama Celia, de la cual sólo se emitieron seis capítulos pero cuya serie protagonizó mi infancia y todavía la recuerdo con muchísimo cariño. Adaptada a la televisión por la escritora Carmen Martín Gaite y dirigida por José Luis Borau,  la serie fue estrenada en el año 1993 en la 1 de TVE y estaba basada en los libros de Elena Fortún, que se habían publicado sobre los años 30.

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Cristina Cruz Mínguez daba vida a Celia, una niña traviesa de rizos dorados perteneciente a una familia de la alta burguesía madrileña. Celia vivía en uno de los barrios más prestigiosos de Madrid y en sus historias podíamos ver un reflejo de la España de los años 30, los cambios y clases sociales del momento y los conflictos ideológicos de la época. Celia era una niña preciosa, traviesa, amante de los libros y los cuentos y con una cabeza llena de sueños y ganas de acabar con las desigualdades del mundo. Un padre bueno y sensible (Pedro Díez del Corral) y una madre estirada que la adoraba (interpretada por una joven y preciosa Ana Duato) prueban mil formas y varias niñeras para intentar controlar a la niña, pero tras sus intentos fallidos, deciden internarla en un colegio de monjas donde las travesuras de Celia no cesarán. En el capítulo seis, Hasta la vista, las niñas preparan la función de fin de curso y todas están felices por dejar atrás los pupitres y marcharse a la playa a pasar el verano con sus familias. Todas, menos Celia que se ha enterado que sus padres se van a trabajar a China y ella no irá. El capitulo acaba cuando la pequeña conoce a los dueños de un circo que dan la vuelta al mundo para presentar su espectáculo y decide escapar con ellos para ir a buscar a su familia… Un “continuará…” fue el punto final de una serie cuyos capítulos, a día de hoy, aún me sé de memoria.

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La serie fue cancelada por problemas económicos de TVE y en el año 2009 fue reestrenada en la página web de Radio Televisión Española, donde se pueden ver íntegros los seis capítulos que marcaron mi infancia. Antes de esto, muchos años antes, cuando yo todavía era una niña, decidieron lanzar los seis capítulos en VHS acompañados por los seis libros de Elena Fortún sobre Celia (aunque las historias no coincidían con los capítulos y por eso a mí esos libros no terminaron de convencerme) y si algo tenía claro, es que yo los quería.

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De pequeña leía absolutamente todo lo que se cruzase en mi camino, a veces, cuando ya no había qué leer, abría la agenda telefónica que mi abuela guardaba en el primer cajón del mueble donde posaba elegante el teléfono y leía los nombres de las personas que ahí permanecían apuntadas. Lo descubrí en la última página. “Celia, Televisión Española” y un número de teléfono. Habían llamado para comprarme los videos. No aguanté mi emoción y le dije a mi madre que la había descubierto, pero ella, con esas técnicas que a veces los adultos tienen para convencer a los niños, me hizo creer que habían llamado para regalárselo a la sobrina de mi tío, y que lamentablemente ese regalo no era para mí. Me lo creí, aún con toda mi rabia e incomprensión, me creí que los vídeos de Celia no estarían en mis manos.

No sé cuanto tiempo pasó hasta que el día de reyes se volvió a posar en el calendario. Quizás sólo unos días o quizás semanas, los niños tienen esa maravillosa capacidad de no ser conscientes de la magnitud ni la distancia del tiempo y es algo que echo mucho, mucho de menos. Abrí muchos regalos, entre los cuales recuerdo una pulsera de plata con un delfín, libros, muñecas… De pequeña tuve todo lo deseaba. Cuando parecía que los regalos ya habían finalizado, mi madre apareció con una caja grande en el salón de casa de mi tía y yo recuerdo que pesaba mucho… No entendía qué había ahí dentro, ni por qué eso era para mí. Cuando la abrí, me topé con la cara de Celia protagonizando cintas de video, me topé con aquellos libros de colores suaves propios de una niña y no pude ser más feliz… Recuerdo llorar totalmente emocionada, como si de la mayor pena se tratase, pero lloraba de felicidad, de felicidad absoluta y abrazaba fuerte a mi madre porque con sólo seis años descubrí quienes eran los encargados de comprar los regalos de los Reyes Magos y sabía que aquel tesoro que acababa de llegar a mis manos sólo era gracias a ella…

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Durante muchos años vi esos vídeos que aún guardo en casa de mis padres sobre una estantería como un pequeño trofeo, pero os reconozco que más de una vez me escapo a través de internet y Youtube para buscar a Celia, para verla en silencio y recordar lo feliz que fui con ella. Porque lo importante en la vida es saber encontrar de vez en cuando al niño que llevamos dentro, al niño que fuimos y seremos siempre, y sobre todo, lo más importante es saber viajar a través de los recuerdos, porque los recuerdos, amigos, son sólo nuestros.

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Feliz sábado y feliz fin de semana, amigos.

Lorena.