Una semana después

Este es el post que podría haber escrito hace una semana pero, a veces, hay cosas que deben llegar a su debido tiempo, con calma, para poder escribirlas sin prisa y describirlas tras asimilar todo lo que han sido. Hoy te lo quería contar…

¿Qué sería de nosotros sin la música? Creo que no hay ni un sólo día en el que no escuche alguna canción que me guste. Sin duda, uno de mis momentos favoritos es el de  irme a la ducha, aunque ésta vaya a ser rápida, una vela y una canción de fondo son esenciales para mí y es que ya sabéis que los detalles hay que cuidarlos, en cualquier instante…

Inevitablemente, e imagino que a muchos de vosotros también os pasará, las canciones que me gustan de verdad marcan momentos súper importantes de mi vida, marcan instantes, olores, sabores y, sobre todo, marcan personas. ¿Quién no tiene una canción que le recuerda a su mejor amigo, a su pareja o, incluso, a un amor que ya se fue? ¿Quién no tiene una canción que siempre le hace bailar, que le hace sonreír en silencio o una que le haga llorar? Esa es la magia del arte y ese es el poder de la música, que es capaz de transportarte a momentos, lugares y situaciones que, a veces, incluso creías que ya habías enterrado en tu memoria.

Hace poco más de un año, alguien me envió una canción que, en ese momento, sabía que significaría mucho para mí. Desde el primer momento la escuché despacio, prestando atención a cada nota y a cada verso y, desde ese instante, supe que Animales, de Marwan, se iba a convertir en una de las imprescindibles en mi lista de favoritas. Él es un poeta de que los hacen sangrar el alma, de los que encogen el corazón y de los que hacen llorar o sonreír en cuestión de segundos y, obviamente, verle en directo se convirtió en uno de mis propósitos que, tarde o temprano, sabía que iba a cumplir.

Tuve la suerte de vivir con gente a la que adoro uno de los conciertos más especiales del artista y es que Marwan daba su primer concierto en uno de mis lugares favoritos de Madrid, el WiZink Center (Palacio de los Deportes para mí), en cuanto a música y músicos se refiere. Cierto es que, desde que frecuento salas pequeñas, he de decir que estoy enamorada de los conciertos íntimos, donde la cercanía entre el público y el cantante se mezclan creando una magia única en el ambiente. No obstante, estar entre más de cuatro mil personas, ante uno de los mejores cantautores de nuestro país, no dejó de ser realmente apasionante.

Él estaba emocionado, feliz, y supo transmitirlo a cada instante. Nos hizo reír con sus monólogos entre canción y canción (¡qué tío más divertido, qué sentido del humor!), nos hizo vibrar con cada acorde, nos hizo llorar y recordar a aquellos que alguna vez nos hicieron daño y nos hizo querer con más fuerza a aquellos que nos quieren y nos cuidan… De verdad, ¡qué barbaridad de concierto! 

Marwan escribe libros y canta canciones y, tras verle en directo, entiendo el porqué de su grandeza, y es que la humildad mezclada con el talento es la bomba más brutal para que el éxito sea más que merecido.

Hace poco más de un año supe que él ya formaría parte de la BSO de mi vida pero, tras verle en concierto, lo confirmé. Qué hombre más increíble… ¿Cómo no iba a enamorarme de su música si, además, compuso una de las canciones más bonitas que nadie le ha escrito a la ciudad de mi vida?

He venido a escribir, una semana después, sobre el concierto que cambió mi vida (además de verdad, pero eso ya os lo contaré más adelante), así que, si todavía no lo habéis escuchado con calma, no tengáis prisa, preparaos un té o un café, que se quede todo en silencio y disfrutad de su magia. Estoy segura de que me lo agradeceréis… Y es que muchas veces no es necesario sonar en la radio para ser uno de los más grandes.

Feliz tarde, amigos.

Lorena.

 

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Contigo en el Mundo

Creo que nunca he cerrado un libro e, inmediatamente, he escrito un post, pero sabía que una vez terminase estas páginas, iba a suceder. Lo supe desde el principio de empezar a devorarlo y claro, hoy te lo quería contar… … Sigue leyendo

Volver

¿A quién no le gusta hacer un repaso del último año una vez éste llega a su fin? A mí, al menos, me ha gustado hacerlo siempre. Un balance, de lo bueno y lo malo, de lo que ha sumado y lo que no, de lo que quiero quedarme para siempre en la memoria y lo que prefiero no acordarme y esta vez, inevitablemente, no es diferente.

Hace un año que no volvía por aquí, con lo feliz que me hacía plasmar las emociones y reencontrarme, a través de letras, con cada uno de vosotros. Creo que ha llegado el momento de volver. Y sí, sé que lo dije la última vez que escribí, y también la anterior, pero, quiero volver de verdad, y hoy te lo quería contar.

Mañana es el cumpleaños de mi amigo David y él es, quizás, la persona que más me ha insistido en todo este tiempo para que esto suceda, y no es que este vaya a ser su regalo por dar una vuelta más al sol, pero ahora mismo me estoy acordando de él porque sé que esto le hará feliz.

No os podéis imaginar cómo quise cerrar 2016… Lo hice de un portazo, fuerte, deseándole suerte en el olvido, porque fue, quizás, el año más raro de mi vida, y eso que por entonces ya tenía La Contentor (pero no en todo su esplendor)… Me prometí que 2017 sería un antes y después y no sé si lo he conseguido, pero creo que puedo decir que ha sido un año maravilloso.

Este año he vivido cosas increíbles, he cambiado de casa, mi mejor amiga de la universidad se ha casado, una de mis mejores amigas de Madrid ha sido madre, he llegado a los 30 y me he visto rodeada de personas increíbles que quisieron, un año más, hacer del día de mi cumpleaños algo inolvidable. He hecho surf por primera vez, me he enamorado de Oporto, ¡e incluso me he tatuado con dos de mis amigos del alma! Me he reencontrado en Sevilla con mis amigas de la vida, al son de la BSO de nuestra adolescencia, me he ido de vacaciones con toda mi familia y me he sentido enormemente afortunada por disfrutar de ellas junto a mis abuelos (que, seamos sinceros, ¡eso sí que es tener suerte en la vida!).

En 2017 ha llegado gente nueva a mi vida, gente que sé que ha venido para quedarse y, lo más importante, los que estuvieron con fuerza el año anterior, han seguido estando en este al pie del cañón… He estado en festivales junto a mis amigas de siempre (ahora he añadido la música de Izal a mi lista de Spotify, soy así de moderna) y, además, mi amiga Sara y yo, sin esperarlo, ¡vivimos el verano de nuestra vida! (Con festivales, viajes, noches de risas infinitas, karaokes y conciertos incluidos). He cumplido un año en el trabajo con el que siempre soñé y que cada día me hace más feliz y sumo otros 365 días más al lado de Cometo (Ay, ¡Cometo de mi vida!) que, aunque nos ha dado un susto grande en los últimos meses, dice que él no piensa moverse de mi lado…

He vuelto a ver películas que me sabía de memoria y he descubierto otras que me han marcado de verdad. Lo mismo me ha pasado con canciones, sigo escuchando aquellas que llevan años sonando en mi cabeza y mis reproductores día tras día, pero también he añadido nuevas como La Mujer de Verde, de Izal,  La Llamada de Leiva u Olvídame de Sidecars, que descubrí hace sólo unos días y que ya me sé de memoria. Pero, sin duda, no puedo dejar de contaros las canciones y, sobre todo, el cantautor que ha marcado mi 2017, Andrés Suarez. ¡Qué manera de ponerle música a la poesía! Necesitaba un Vals para Olvidarte, Ahí Va la Niña, Números Cardinales, 6+4 o No Te Quiero Tanto ya formarán siempre parte de mi vida… (¡Gracias eternas a mi Loly por presentármelo!)

Y, cómo no, ¡los libros! Por supuesto, he vuelto a leer La Sombra del Viento, de Carlos Ruiz Zafón, porque le toca llegar a mis manos una vez al año, y descubierto nuevas historias que me han llegado a fascinar… Como me pasó con La Isla de Alice, de Daniel Sánchez Arévalo, y del cual os hablaré en otro post.

Acabo 2017 con otro libro entre mis dedos, Contigo en el Mundo, de Sara Ballarín, del que no tengo ninguna duda que necesitaré hablaros cuando llegue a su fin. Quizás ella ha sido la culpable de que hoy esté aquí, de nuevo, frente al ordenador, y no me refiero a su autora, sino a Vega, su protagonista. Hay tantas cosas de esta historia que me recuerdan a mí, a mi vida, a mi día a día… Que quizás su pasión por la música me ha recordado la mía por escribir y ha sido el empujón definitivo para retomar esto que me hace tan feliz.

Sin duda, 2017 ha sido un año de avances y cambios, ha sido un buen año y es que cuando una tiene La Contentor no puede evitar ver siempre el lado bueno de las cosas… ¡Esa es la gracia de este lema de vida (que te cambia la vida)!

Me despido de este año llena de amor, del bueno, eligiendo a quienes quiero que me acompañen.

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No os podéis imaginar las ganas que le tengo a 2018, porque sé que me va a sorprender, no os podéis imaginar todo lo que todavía nos queda por contarnos…

¡Feliz año nuevo a todos!

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

 

 

 

Septiembre.

Con el calor tan asfixiante que hace en Madrid (y me consta que en otros puntos de nuestro país), casi no apetece ni salir a la calle. Por alguna extraña razón, cuando volví hace sólo una semana, di por finalizado el verano, pero qué equivocada estaba. Lo que no podemos negar es que septiembre tiene el poder de poner un punto y final, de tener ese sabor a año nuevo que tan apetecible puede resultarnos, al menos a mí. Me gustan las cosas nuevas y, sin ninguna duda, mi vida se enfrenta a un montón de ellas.

En los últimos meses (prácticamente en el último año), además de tener un poco abandonado el blog, me han pasado un montón de cosas que han cambiando el rumbo de mis días, algunas muy bonitas, otras no tanto, pero os aseguro que he cogido, para que se queden conmigo, sólo las buenas experiencias de cada una de ellas. Este ha sido un verano distinto y, de un modo u otro, muy bonito. El mes de agosto lo he pasado entero con mi familia en el campo, entre el silencio de los árboles y la piscina, entre el cariño del hogar, entre las páginas de un libro del que hoy, por supuesto, os tengo que hablar. Hoy, te lo quería contar…

Los que lleváis tiempo aquí ya me vais conociendo un poco y sabéis, casi al mismo nivel que lo saben mis amigos, que leer es la gran pasión de mi vida. Por eso, cuando alguien tiene que hacerme un regalo sabe que hay algo que nunca puede fallar. En julio de 2015 (sí, he tardado un año en cogerlo y devorarlo), mi amiga Rebeca decidió regalarme por mi cumple su libro favorito y aunque por alguna extraña razón lo dejé un poco apartado, ahora sé que él esperó a ser rescatado de mi estantería justo hasta que hubiese llegado el momento perfecto para que nos conociésemos, porque no pude presentarme a Sira Quiroga en un momento más crucial de mi vida…

Quizás algunos, al leer su nombre, ya sabéis que voy a hablaros de El Tiempo Entre Costuras porque quiénes lo hayan leído, estoy segura, no lo olvidarán jamás. Sólo me hicieron falta unos días para conocer la historia de su protagonista de principio a fin, para recorrer las calles de un Madrid gris y triste o para viajar a Tánger y Tetuán y saborear el aroma de sus calles, visualizar el color de sus casas o acariciar la tela de la ropa de sus personajes. Sira Quiroga se ganó mi respeto y mi amor en cuestión de pocas páginas, ¡qué maravilla de mujer! Valiente, guerrera, luchadora, con miedos, por supuesto, pero con la fortaleza de afrontarlos y, sobre todo, superarlos. Marcus Logan consiguió robarme el corazón incluso a mí y la maldad de Ramiro me partió el alma en dos. Una historia llena de magia, vida, almas y personalidades totalmente distintas, personajes históricos vistos desde otro punto de vista, una historia capaz de conquistar a cualquier ser humano, una historia a la que María Dueñas supo darle vida de la forma más exquisita.

Quizás sabéis que la novela tuvo tanto éxito que Antena 3 decidió llevarla a la pequeña pantalla y cuando cerré su última página decidí que también quería verla en esta versión. Siempre que veo una película o una serie basada en un libro que me ha gustado tanto como este, sé que nada podrá ser igual pero en contra de mis prejuicios he de admitir que la adaptación televisiva es una auténtica gozada. He visto ya todos los capítulos y sé que nadie podría haberle dado vida a Sira (y a Arish) como lo hizo Ariana Ugarte. Qué dulzura, qué elegancia, qué fortaleza… ¡Inmensa! Rosalinda Fox y su vitalidad, Dolores y su bondad, La Matutera y su atrevimiento, doña Manuela y su saber estar, Manuel Da Silva y su sonrisa envenenada, Marcus Logan y su amor incondicional (interpretado por un Peter Vives brillante), han sido encarnados tal y como los había imaginado y nada ha podido ser más especial que disfrutarles también de este modo, ¡qué pasada!

Septiembre siempre supo a año nuevo y no encuentro mejor momento para que, si todavía no conoces esta historia ni a sus personajes, corras a cualquier librería y te hagas con un ejemplar de El Tiempo Entre Costuras porque estoy segura que te enamorarás. Si por lo contrario, ya conoces la historia, estaré más que encantada de saber qué te pareció y si te enamoraste de sus páginas tanto como yo.

He vuelto, y esta vez para quedarme.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

 

Las cosas que no nos dijimos.

Este ya es un martes como los de siempre: una tarde tranquila, con una infusión en la mano, el silencio en mi casa y mi reencuentro con vosotros.

Si os digo la verdad, no sabía muy bien qué iba a escribir hoy… Además, hace un rato, después de estar trabajando en una cosa en el ordenador durante varias horas, no sé qué he hecho, pero lo he borrado todo… ¡Qué rabia da eso! Así que tras el rato de mal humor que he pasado, como si de una señal se tratase, Cometo ha decidido acercarse al mueble dónde tengo algunos libros y extraer uno con sus patitas para intentar cogerlo con su boca y que yo corriese detrás de él… Es su forma de decirme “¡ven a jugar conmigo!“. Así pues, Cometo ha decidido que ese libro sería el protagonista del post de hoy.

No conozco a ningún niño que no le gusten los animales. Los niños, cuando aún son inocentes y no saben ni que existen muchas de las cosas horribles que hacen los adultos, aman sin condiciones, como lo hacen los animales desde que nacen hasta que mueren. He de reconocer que, a pesar de que siempre me han gustado los animales y que desde muy pequeña he tenido perro en casa de mis padres o de mis abuelos, desde que le tengo a él, siento un amor mucho más profundo por todos ellos, entiendo con más fuerza el respeto y compromiso que los seres humanos deberíamos tener con los animales y no puedo dejar de morirme de rabia cuando veo algún caso de maltrato o abandono a un ser que entiende de fidelidad y de amor mucho más de lo que entenderemos nosotros jamás.

Los que me seguís en Instagram (@lorenacorcoles), seguro que ayer visteis una foto que colgué. Ayer Cometo cumplía dos años, pero hasta dentro de tres meses no hará dos años que llegó a mi vida… Quizás os haya explicado ya alguna vez cómo llegó, pero hoy te lo quería contar.

Mi cumpleaños siempre es para mí algo muy especial, me encanta reunir a todos mis amigos, me encanta celebrarlo en Madrid, en l’Olleria, con mis amigos de aquí, con  mis amigos de allí… Me encanta que la gente me acompañe en un día tan especial, en el que celebro un año más de vida, de salud, de aprendizaje, de cosas buenas y malas… Lo que no podía imaginar hace dos años es que iban a hacerme el mejor regalo que me han hecho y me harán jamás.

Me suena raro hablar de Zara como mi amiga, porque realmente es mucho más que eso. Ella es mi hermana, mi mitad, mi alma gemela aún siendo infinitamente distintas, ella es mi confidente y la persona que más consentida me ha tenido nunca. Ella es mi Cometa. Aquel viernes en el que yo celebraba mi cumpleaños, ella me escribió para decirme que me esperaba en mi casa cuando yo saliese de trabajar y que a partir de ahí empezaría mi regalo.

Recuerdo que estaba nerviosa (como una niña pequeña, sí.). Abrí la puerta y en el interior de mi casa sólo se escuchaba silencio y yo me tuve que reír. En el suelo, un paquete cuadrado (del tamaño de un libro), aguardaba envuelto. De repente, unos segundos después, apareció él corriendo por el pasillo, con un lazo rojo, tan pequeño, tan suave, tan travieso, tan lleno de vida… Cometo vino a recibirme como si ya me conociese, como si supiese que iba a ser mío, como si entendiese, de algún modo, que en ese instante, empezaba nuestra historia y nuestra aventura juntos. Lloré, lloré de sorpresa, de felicidad y de emoción.

Hace casi dos años de aquello. Casi dos años de amor incondicional, puro, verdadero, de alegrías, de trastadas (es taaaan travieso), de dormir siestas juntos, de abrazos, de paseos por el parque, de besos… Sólo los que compartís vuestra vida con una mascota, sabéis bien del tipo de amor que hablo.

Aquel día, como os he dicho, un libro envuelto me esperaba en la entrada de mi casa para despistarme, y hoy Cometo, con sus dos años recién cumplidos, lo ha sacado de la estantería para hacerme rabiar y que fuese tras él para jugar. Hoy, sin ninguna duda, tenía que hablar de esto.

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¿Y si tuvieras una segunda oportunidad? Una novela que invita a creer en lo increíble. Cuatro días antes de su boda, Julia recibe una llamada del secretario personal de Anthony Walsh, su padre. Walsh es un brillante hombre de negocios, pero siempre ha sido para Julia un padre ausente, y ahora llevan más de un año sin ver se. Como Julia imaginaba, su padre no podrá asistir a la boda. Pero esta vez tiene una excusa incontestable: su padre ha muerto. Con más de 15 millones de ejemplares de sus novelas vendidos en todo el mundo, Marc Levy se ha convertido en un referente indiscutible de la literatura contemporánea. Con su nueva novela, Las cosas que no nos dijimos, Levy va un paso más allá y arrastra al lector a un universo del que no querrá salir.” (Sinopsis de La Casa del Libro)

Las cosas que no nos dijimos narra una historia increíble, pero de las que atrapan, me gustó mucho, porque ya sabéis que yo doy mucha importancia al tiempo, a no dejar nada en el tintero, a demostrar a aquellos a los que queremos que así es lo que sentimos, le doy mucha importancia al amor, a las historias difíciles pero no imposibles, al cariño, al respeto y al intentar hacer las cosas de la mejor manera posible, porque la vida, amigos míos, pasa demasiado rápida. Este libro, para mí, recoge todos estos ingredientes.

El padre de Julia, aún ausente, intentará demostrarle (aunque tarde) a su hija lo mucho que la ha querido e intentará pedirle perdón, de un modo un tanto inverosímil, por aquellas pequeñas y grandes cosas que se perdió de su vida. Intentará, además, rectificar en uno de los errores que más le pesaron durante el tiempo: separar a su hija del que fue el gran amor de su vida.

Marc Levy nos presenta esta novela para que reflexionemos sobre la vida, para reflexionar sobre aquellas personas que son esenciales y a las que seguramente no se lo demostramos. A través de las páginas y las palabras, nos hace cuestionarnos qué haríamos si pudiésemos volver atrás, y qué queremos hacer realmente con el tiempo que nos queda.

Sinceramente, creo que si no conocéis la novela, os va a gustar mucho.

Porque, dime… ¿Qué harías tú si tu vida se acabase y tuvieras una segunda oportunidad?

Gracias por una semana más.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

 

Cuenta conmigo.

¡Qué tarde se me ha hecho hoy! Desde que cambiaron la hora y el día dura más, siento la necesidad de quedarme todo el tiempo en la calle, disfrutar de mis amigos, de mi Madrid, del ambiente, del buen tiempo… … Sigue leyendo

Como agua para chocolate.

“Elige un trabajo que te apasione y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”. Hace un rato estaba en el sofá, era mi momento de relax del día. Un té verde caliente me abrazaba de vez en cuando los labios y el silencio hacía eco en mi casa. Ojeando Facebook me he topado con esta frase, que la compartía mi amiga Stella con una imagen, y me ha hecho sonreír. No hay nada más cierto.

En los últimos tiempos nos han acostumbrado a dos cosas muy distintas. Por un lado, la sociedad nos envuelve con mensajes positivos, en un sinfín de objetos y en un sinfín de mensajes e imágenes en las redes sociales, y por otro lado, los tiempos que corren y la situación del país, te hacen auto-convencerte de que tener un trabajo es un privilegio. Vivimos un momento social en el que los sueños quieren arrancar con fuerza, y la situación, muchas veces los acaricia con pena, los frena, y aquí volvemos a repetirnos que no nos podemos rendir. No queremos hacerlo nunca. Queremos trabajar, y queremos trabajar en aquello que realmente nos hace felices, queremos llevar a cabo nuestros sueños y queremos que nuestro trabajo sea nuestra inspiración, ¿verdad?.

Si todo el mundo pudiese dedicarse a lo que realmente ama, a su verdadera vocación y su trabajo fuese su pasión, viviríamos en un mundo menos complicado, dónde seríamos más eficaces y más felices. Parece fácil, ¿no?

Algunos de los momentos más felices de mi vida los encuentro aquí, cuando todo está en silencio y yo me dispongo a escribir. Cuando me olvido de que todo lo demás existe, cuando me relajo, cuando pienso y hablo a través de palabras a las que otros le pondrán la voz…Pero he de confesaros que hace poco he descubierto algo que me relaja también mucho, algo que hasta el momento me había llamado la atención, pero quizás, no había descubierto de verdad. Hoy te lo quería contar…

A veces me río cuando pienso que esto sólo me está pasando porque me estoy haciendo mayor, pero jamás habría imaginado que cocinar fuese uno de los grandes placeres de mi vida. Hace unos meses empecé a probar recetas que mis amigas me contaban o que encontraba en internet, a encerrarme en la cocina, sin prestar atención al móvil, con algún disco bonito de fondo, podía (y puedo) pasarme incluso horas… y cuando terminaba de elaborar el plato y de recoger y limpiar todo, empecé a darme cuenta de lo bien que me sentía, de lo mucho que me gustaba. He empezado a organizar mi tiempo para que me dé tiempo a cocinar, es más, hay momentos en los que directamente, sé que no puedo hacer algo, porque ya tenía pensado ponerme entre fogones a experimentar cosas nuevas. Me divierte, me relaja… Ultimamente, les mando fotos a mis amigas, a mi madre y a mis tías, de lo que voy haciendo y nos reímos juntas, porque he de reconocer que no se me da nada mal y sí, nos reímos también de lo mayor que estoy haciendo. No os preocupéis, de momento, podéis estar tranquilos. Ni esto se va a convertir en un blog de cocina (que por cierto, me encantan!) ni voy a intentar que cocinar sea mi nueva profesión. Lo pienso seguir disfrutando en mi casa. 😉

Esta mañana, mientras preparaba la comida y picaba una cebolla me he puesto a llorar. Siempre me pasa, como le pasaba a Tita. Cada vez que corto una cebolla y no puedo abrir los ojos porque me pican y porque están llenos de lágrimas, me acuerdo de ella.

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A Tita la conocí en mi época adolescente, cuando en el instituto, mi profesora de literatura me hizo el favor de ponerme como deber leer Como agua para chocolate  (¡Ay, Amparo! Cuántas cosas tengo que agradecerte…). Recuerdo que cuando lo leí en el instituto, no me compré el libro, alguien me lo prestó y que unos años después, mi amiga Mireia me regaló su ejemplar con una dedicatoria bien bonita. Ella sabía que yo estaba enamorada de aquel libro, y os prometo que no sé cómo, hasta hoy, no os he hablado de él.

Hoy me he acordado de Tita, de su historia de amor, de las aventuras de la novela y he pensado que no podría escribir sobre ello porque ya os lo habría contado. Cuál ha sido mi sorpresa cuando al revisar Google y el blog, me he dado cuenta que nunca os he hablado de esta historia. Entonces he sonreído y he sabido que este sería nuestro post de hoy.

La maravillosa Laura Esquivel publicó Como agua para chocolate en el año 1989, yo sólo tenía dos años y jamás podría imaginar que mientras yo iba aprendiendo prácticamente las primeras cosas de la vida, estaba naciendo, al mismo tiempo, el que mucho tiempo después se convertiría en uno de mis libros favoritos. Un libro que es una pieza fundamental de la literatura contemporánea.

La historia gira entorno a Tita, su protagonista, una mujer dulce y valiente. Tita es la menor de tres hermanas y nació de forma prematura en la cocina de su casa, y así pasará el resto de su vida, entre fogones, especias, sopas, leche y cebollas… En esta historia, dónde lo extraordinario se mezcla con lo mundano, la protagonista encuentra a través de sus platos su forma de expresión, transmitiendo a aquellos que los prueban sus sentimientos más profundos, desde la tristeza más grande hasta el más ardiente deseo.

Cada capítulo del libro empieza con una receta de cocina y a través de ellas, el lector se adentra en una historia de amor, injusticia, deseo y desesperación.

En la familia de Tita existe una costumbre que no se puede romper y recuerdo que a mi me impactó muchísimo. La hija menor no podrá casarse, ya que deberá quedarse al cargo y cuidado de sus padres cuando estos sean mayores. Mamá Elena, la madre de Tita, acabe siendo un personaje siniestro y aterrador en esta historia. El problema viene cuando Tita se enamora locamente de Pedro y su familia se opone rotundamente, ya que ella debe seguir la tradición. Pedro, perdidamente enamorado de Tita, se casará con su hermana mayor, Rosaura, para poder estar cerca de ella.

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Ambientada en la revolución mexicana y en su gastronomía, los ingredientes y los platos que cocinan nos servirán de nexo y metáfora a lo largo de la historia, como símbolos de dolor, fe o pasiones incontrolables.

Como agua para chocolate es una de las obras principales del movimiento literario “realismo mágico” y además fue llevada al cine a principios de los años noventa y está considerada como una de las mejores películas mexicanas. Pocas veces, tras leer un libro, me convence su versión cinematográfica, y en este caso, no pude hacer una excepción. Prefiero la novela, la magia de las páginas, las letras acariciadas y sus personajes inventados en mi mente, mil veces.

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Hoy, mientras lloraba picando cebolla, me ha sido inevitable, una vez más, acordarme de ella, a la que también le pasaba, de ella, de su historia de amor y dolor, de esas que me gusta leer, y claro, también escribir.

Os invito a haceros con un ejemplar y a adentraros en esta historia que estoy segura os va a encantar.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

¡Te lo cuento, por fin!

Empiezo a escribir esto y ya estoy emocionada, me emociono por toda la ilusión que hay dentro de mí, y porque sé que en el momento que acabe este post y le dé a “publicar” esto que hoy te quería contar ya será una realidad, una realidad a voces, que es mía desde hace meses y ahora será nuestra.

Este va a ser un post cargado de ganas, de ilusión, de esfuerzo, de sueños, de esperanza, de cariño, de creer en uno mismo, consecuencia de que otros hayan creído en mí, un post dónde empieza una aventura, la aventura más importante de mi vida. Hoy, por fin, os puedo contar que ha empezado la maquetación de MI PRIMER LIBRO (necesitaba ponerlo en mayúsculas, porque lo estoy gritando llena de felicidad!) y que en un par de meses aproximadamente estará en vuestras manos.

Hace unos meses que todo esto se está cocinando, a fuego lento, para que todo salga bien. Con cuidado y calma, sin prisa, pero sin pausa. “Me olvidé decir te quiero y otros relatos cortos” será mi primer “hijo”, mi sueño hecho realidad, mis historias acariciadas, páginas con mis letras, con mis relatos y mis palabras… Y viene de la mano de la editorial Círculo Rojo.

En él, he recopilado mis relatos favoritos más uno inédito.

Muchas veces, muchos de vosotros me habéis dicho a través de las redes sociales lo mucho que os gustaría tener mis historias en un libro, en vuestra casa, en vuestras manos… Y no sabéis lo que yo me moría porque eso ocurriese de verdad. Hace unas semanas, un buen amigo me preguntó por qué iba a publicar algo que ya estaba en internet, mi respuesta fue sencilla: porque yo adoro las nuevas tecnologías, pero creo en la magia del papel y quiero formar parte de ella.

Durante estos últimos meses he vivido momentos de muchísima emoción, que me han hecho enormemente feliz, también he pasado miedo, he tenido dudas… pero sobre todo, he tenido ganas (y muchas!). Me habría encantado contaros algo tan simple cómo que había ido a registrar mi obra a la propiedad intelectual, como artista, como escritora, y algo tan normal, a mí ya me hacía muy feliz.

He esperado hasta que la maquetación empezase, porque aquí es donde de verdad arranca todo, y ojalá pudieseis ver mi cara ahora mismo, mientras os cuento esto, y ojalá pudiese ver yo la vuestra mientras lo leéis…

A medida que pasan los días, me emociono más, porque veo cómo este proyecto va cobrando forma, cómo se está construyendo, cómo se está haciendo con tanto cariño y no puedo dejar de sonreír.

La portada del libro todavía no se ha diseñado y no sabéis las ganas que tengo de verla! No puedo parar de imaginar cómo será, pero sé que la profesionalidad de los diseñadores de Círculo Rojo harán que sea justo lo que yo habría querido que fuese.

De momento, no os puedo contar mucho más. El libro estará en papel y también en versión digital para aquellos que tengan e-book, se venderá a nivel nacional y también a nivel internacional a través de Amazon, pero de todo esto ya iremos hablando. Tenemos tiempo.

Os puedo contar también que la presentación del libro será en Madrid (todavía no sé cuándo, ni dónde), y por supuesto, algo haré también en l’Olleria (no habrá nada que me haga más feliz!).

No pretendo que mi libro sea un best seller, ni si quiera ganar mucho dinero con ello, mis pies están bien pegados a la Tierra… Yo sólo quiero hacer mis sueños realidad, quiero luchar por mis ilusiones y me da igual a cuánta gente llegar, sólo quiero que a aquellos a los que llegue, aquellos que acaricien el libro y huelan su papel, que pasen sus páginas y descubran mis relatos o los vuelvan a releer, lo hagan con el corazón, lo hagan despacio y lo saboreen bien…

Quiero dar las gracias a mis amigos más cercanos y a mi familia, que me apoyaron incondicionalmente desde el minuto cero, desde que supieron esta noticia, que creen en mis sueños como si fuesen suyos y que se han emocionado tanto  como yo con esta aventura… Gracias infinitas, no puedo ser más afortunada por teneros.

Pero, sobre todo, quiero dar las gracias a las personas que sin haberme visto nunca, sentís que me conocéis a través de las palabras y no habéis dudado ni un segundo en mostrarme vuestras ganas por saber de qué se trataba este proyecto que me traía entre manos y que todavía no os podía contar, gracias por vuestros mensajes deseándome suerte, por vuestras ganas y vuestro cariño, no tendré tiempo para agradeceros la buena energía que me dais, y lo mucho que habéis aportado para que crea que esto podía ser posible. Ahora lo es. Gracias y mil millones de gracias.

Ahora sí, queridos, empieza la aventura. “Me olvidé decir te quiero y otros relatos cortos” es mío, pero por encima de todas las cosas, es por y para vosotros…

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Quiero despertar.

Si os digo la verdad, hoy no sabía sobre qué escribir. Llevo varios días con un resfriado que se me ha llevado las energías y quien sabe si quizás en cada estornudo se haya ido también la inspiración…

Hoy te quería contar que mis compañeros del colegio son muy especiales para mí. Con ellos crecí y con ellos tengo la suerte de, todavía hoy, conservar una amistad maravillosa. Quienes me conocen saben que mis sueños son dignos de guión de película americana, mi imaginación es capaz de desvariar y rozar los límites más extremos y lo mejor es que siempre, al despertar, me acuerdo perfectamente de lo que he soñado… Sólo lo olvido cuando han pasado varias horas o varios días. Mis amigos del colegio y yo tenemos un grupo de whatsapp bastante activo en el que seguimos contandonos nuestros proyectos y compartiendo nuestros recuerdos. Hace una semana, más o menos, les escribí a las cinco de la madrugada para decirles que me había despertado llorando de una pesadilla en la que ellos eran los protagonistas. Hoy, he querido convertir ese sueño, adaptando detalles a mi historia, en un relato.

Casual y desgraciadamente, estos últimos días, un trágico accidente de autobús protagoniza las portadas de la prensa de nuestro país. A veces, creo que no somos conscientes de la cantidad de vidas que se cobra la carretera y en la mayoría de los casos, los accidentes son consecuencia de la irresponsabilidad del ser humano.

Aquí te dejo esta historia, para leer despacito, como siempre….

*Per a la classe C, per continuar siguent companys d’aventures més enllà de l’espai i el temps… ;)*

QUIERO DESPERTAR.

Hay momentos en los que quieres cerrar los ojos con fuerza, con tanta fuerza que al despertar nada siga igual, que todo haya cambiado, que todo haya pasado, que los miedos y el dolor sean una mentira, que sean una pesadilla de la que poder despertar. Hay veces, que por mucho que cierres los ojos con fuerza y por mucho que desees que todo haya cambiado, cuando los abres sientes que el dolor aprieta con más ganas y que la realidad te va a consumir, que la pesadilla es real.

Crecimos juntos. Cuando los años pasan y miras hacia atrás sabes que tus compañeros del colegio siempre serán una parte imborrable de tu vida, aquellos con los que tantos años, tantas horas y tantos momentos pasaste, aquellos con los que soñaste, con los que inventaste historias o con los que te peleaste, aquellos con los que celebraste cumpleaños y a los que les prometiste que siempre estarías a su lado… La mayoría de las veces, nuestros compañeros del colegio se quedan como un recuerdo bonito en la memoria, algunos de ellos te acompañan a lo largo de los años como ese “amigo de toda la vida”, pero desgraciadamente, cuando crecemos tomamos caminos tan distintos que pocas veces es fácil seguir conservándoles más allá de unos bonitos momentos almacenados en la mente, como fotografías en blanco y negro.

Hace más o menos cinco años, Rosana nos escribió un e-mail de esos en grupo para preguntarnos qué había sido de nuestras vidas, para contarnos que ella iba a salir del país por mucho tiempo para estudiar un doctorado y le había entrado la nostalgia, para intentar que nos volviésemos a reunir y nos pusiésemos al día en todo. Conseguimos reunirnos la mayoría, fuimos felices de volver a sentarnos, de contarnos cómo nos habían tratado los días, cómo habían sido nuestras épocas universitarias y cómo eran nuestras vidas de adultos. En aquel reencuentro reímos sin parar, nos dimos cuenta que habíamos cambiado, pero algo dentro de cada uno de nosotros seguía igual: el cariño que nos teníamos los unos a los otros.

Hicimos oficiales aquellas quedadas, dos veces al año, en Navidad y en verano, aprovechando las vacaciones en las que siempre volvíamos a casa los que nos habíamos ido hacía ya unos cuantos años. Nuestras vidas eran muy distintas, estaban los que todavía vivían en el pueblo y los que no, los que habían ido a la universidad y los que no, los que ya eran padres y los que no. Entre nosotros, varios músicos, un pintor, una psicóloga, una periodista, una peluquera, una esteticista, una bióloga, una militar, un empresario… Nuestros sueños nos habían llevado bien lejos y compartirlos en el tiempo era todo un privilegio.

Hace seis meses, a Joan se le ocurrió la idea de organizar un viaje juntos, nosotros, sin parejas, sin hijos, sin trabajos, un viaje dedicado a nuestros recuerdos, un viaje inolvidable que seguramente no habíamos podido hacer jamás. Cuando teníamos diez años habíamos viajado a Toledo, una semana y todo gratis, gracias a un concurso que habíamos ganado, y aunque con el tiempo, aquel nos seguía pareciendo uno de los viajes más bonitos de nuestra vida, la idea de hacer una escapada todos juntos empezó a gustarnos. Los destinos se barajaron entre mil posibilidades, desde un fin de semana en Benidorm, hasta unos días en Praga. Iba a ser difícil cuadrar agendas y presupuestos, pero no era imposible. La idea se nos fue tanto de las manos que acabamos contratando el viaje de nuestros sueños: ocho días en el caribe. Como si de una excursión de fin de curso se tratase, vivimos los preparativos como auténticos adolescentes, incluso hicimos mecheros y vendimos lotería para sacar algo de dinero. La situación era tan surrealista…

Convertimos nuestra ilusión en una realidad. Viajamos desde Valencia hasta Madrid en autobús para coger el avión que nos llevaría a las mejores playas de México. Iba a ser inolvidable. Nuestro viaje había salido de una locura, y sabíamos que las locuras son las cosas más divertidas de la vida.

Aquel viaje nos cambió la vida.

Ya no existían los niños que habíamos sido, pero convertidos en adultos, fuimos capaces de crear una convivencia maravillosa y hacer de cada momento algo indescriptible. Creo que a ninguno se nos había olvidado el amor que nos teníamos los unos a los otros, pero si algo allí creció, fue eso, el amor y el cariño. La felicidad de desconectar de la vida real, de la rutina, la felicidad de revivir momentos, la felicidad de compartir algo inolvidable y lo mágico de hacerlo con personas con las cuales unos años antes no lo habríamos imaginado.

Nos dedicamos a hacer excursiones, a ser turistas en estado puro, pero no nos olvidamos de relajarnos, de bañarnos en las playas, de comer libremente en los hoteles, de beber durante todo el día…

En algún momento quisimos volver a ser quienes fuimos, revivir amores que nunca vivieron… La última noche, entre risas, bailes y copas, se me ocurrió decirle a Javi que siempre me había gustado. No sé por qué lo hice, mi vida y mi pareja seguirían estando ahí cuando bajase del avión de vuelta. Me dejé llevar por el momento, por la situación y el estado de mi mente y cuerpo. Él se reía y me abrazaba para bailar. Nos reíamos y nos dejábamos abrazar y encontramos en salir a tomar el aire la excusa perfecta para perder la cabeza. Nunca nos habíamos besado y aquella noche nos besamos cómo si supiésemos que nunca más nos podríamos besar. Nos besamos como adolescentes, con esa pasión y ganas, pero con el miedo que a veces tienen los adultos. Nos dejamos llevar y nos habríamos dejado llevar mucho más allá si no hubiese sido porque escuchamos a Marc, Paco y Jose, tambaleándose a nuestras espaldas. Sólo cuando me separé de sus labios sentí la culpa sobre mí y me arrepentí de lo que había hecho.

A las doce del mediodía, nos encontramos todos en la recepción del hotel. Todos sabían lo que había sucedido, aunque nadie se atreviese a decir nada. Me sentí inmadura e irresponsable, quería morirme de vergüenza y me dije a mi misma que tenía que olvidar que aquello había sucedido. No fui capaz de mirarle a la cara, ni le volví a dirigir la palabra, quizás así podría borrar mi error.

Siempre tuve mucha facilidad para dormir en cualquier medio de transporte y ya había pasado todo el camino de ida durmiendo en el avión, pero esta vez, mi conciencia me lo impedía. A mi lado, Pepi i Jenni dormían plácidamente, combatiendo los estragos que el alcohol había dejado en sus cuerpos la noche anterior. Mientras intentaba leer una revista que no me interesaba lo más mínimo, Javi se me acercó sonriendo para preguntarme si podíamos hablar.

-Lo siento, no quiero hablar. Es mejor que no hablemos. Siento mucho lo que pasó ayer.

-Sólo venía a decirte que no quiero que te preocupes por nada, por mi parte está todo olvidado. Lo que ha pasado en Riviera Maya, se queda en Riviera Maya.

Asentí sin ni si quiera mirarle, pude ver de reojo su cara de indignación y cómo volvía hacia su asiento.

Aquellas doce horas de vuelo se me hicieron eternas, sólo quería llegar a España y que los días pasasen. Es más, quería tardar mucho tiempo en volver a verle, tanto que el olvido ya se hubiese apoderado de mis recuerdos sobre esa noche.

Por otro lado, me era inevitable sonreír. Habían sido unos días maravillosos, habíamos sido muy, muy felices todos. Habíamos viajado en el tiempo y habíamos fortalecido hasta el infinito nuestra amistad del presente.

Cuando llegamos al aeropuerto de Madrid el autobús que nos llevaría de nuevo a Valencia ya nos estaba esperando. En el fondo, aunque todos nos habríamos quedado con aquella maravillosa vida que habíamos tenido en el paraíso, teníamos ganas de ver a nuestras familias, a nuestros perros, y en al caso de algunos, a sus hijos.

La noche guardaba el silencio de la carretera. Me senté en el fondo del autobús, porque por alguna extraña razón siempre me gustaba ir en esa parte. La mayoría se volvieron a dormir en este trayecto… Pasamos por un pueblo pequeño, lleno de luces, en silencio y con frío, con el tostado de nuestra piel y el olor a coco y mar en las maletas, me pareció tan bonito que busqué unos ojos despiertos cerca de mí. Llorenç también miraba por la ventana y me sonrió cuando le dije que aquel pueblo me parecía precioso… No sé si llegué a terminar la frase… No sé muy bien qué pasó después… Escuche un golpe fuerte, empecé a sentir cómo todo a nuestro alrededor se desordenaba, empecé a escuchar gritos de los que dormían y sentí como el autobús empezaba a dar vueltas infinitas… No soy capaz de recordar con claridad.

Lo siguiente que recuerdo es que me desperté en el suelo, rodeada de cristales, de sangre y silencio. No había llantos, ni gritos, ni ruido. Un pitido fuerte penetraba en mis oídos… Quise levantarme, pero no tenía fuerzas. Tenía miedo, mucho miedo. No sé cuánto tiempo pasó hasta que vi a Alex acercarse a mí, arrastrándose por el suelo, fui capaz de incorporarme y decirle que estaba bien. Estaba llena de sangre, me dolía todo el cuerpo, seguramente tenía el brazo roto, pero estaba viva y eso era suficiente como para sentir que estaba bien.

Escuché voces, vi luces de otros coches que se habían detenido, escuché sirenas y supe que las ambulancias corrían rompiendo el silencio de aquella noche y los sueños de aquel viaje… No fui capaz de ponerme de pie hasta que dos médicos me ayudaron a ello, aun así, el silencio me parecía demasiado fuerte…

No les había visto a casi ninguno de ellos. Los vi cuando consiguieron ponerme de pie, los vi tumbados en el suelo, los vi muertos… Me desplomé en ese mismo instante y me desperté en el hospital. Había sobrevivido. Yo era una superviviente. Superviviente de un trágico accidente. Cuando abrí los ojos vi a mi madre, llorando desconsoladamente, vi a mi marido y no me atrevía a preguntar qué había pasado realmente.

Ruth, Álex, Lorena y yo habíamos sido los únicos supervivientes. El conductor se había dormido al volante.

No quería moverme de aquella cama, ni de aquel hospital, no era capaz de ser feliz por seguir con vida, no era capaz de asimilar que aquello no era una pesadilla. La imagen de sus cuerpos, en el suelo, sin vida, me perseguirá cada vez que cierre los ojos el resto de mi vida. Mis amigos, mis amigos de siempre, con quienes compartí sueños, juguetes y peleas, con los que me burlé del paso del tiempo, con los que me volví a reunir, con los que hice el viaje más maravilloso de mi vida… Javi, a quien había deseado no volver a ver en mucho tiempo… Todos ellos ya no estaban, ya no estarían jamás, por la imprudencia de un conductor, por no saber parar a tiempo, por dejarse llevar por el cansancio y el sueño. Mis compañeros, mis amigos…

Hay momentos en los que quieres cerrar los ojos con fuerza, con tanta fuerza que al despertar nada siga igual, que todo haya cambiado, que todo haya pasado, que los miedos y el dolor sean una mentira, que sean una pesadilla de la que poder despertar.

Hay veces, que por mucho que cierres los ojos con fuerza y por mucho que desees que todo haya cambiado, cuando los abres sientes que el dolor aprieta con más ganas y que la realidad te va a consumir, que la pesadilla es real.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Siempre fui de imaginar historias…

Tras unos días nublados y de lluvia, parece que el sol vuelve a salir por Madrid… El calor, que se ha marchado casi sin despedirse, ya no está, pero si os digo la verdad a mí este tiempo de chaquetas finas y, todavía, vaqueros cortos me gusta mucho.

Hace unos días encendí el ordenador y encontré fotografias de hace unos cuantos años, de mi vida en Elche, de las que ya eran escapadas a l’Olleria, incluso de mis amigos del colegio… de mi gente de siempre. Eso me hizo sonreir, ya sabéis lo mucho que me gustan esas cosas. Me gusta reencontrarme con los recuerdos y desde muy pequeña me ha encantado ver fotos. A veces, cuando iba a casa de mis amigas, veía sus álbumes familiares, siempre me ha gustado observar imágenes en las que muchas veces no conocía a las personas que aparecían en ellas. Es una buena oportunidad para imaginar, para tratar de inventar o saber qué pasaba en aquel momento… Siempre fui de imaginar historias.

Estos días, quizás, estoy un poco nostálgica. No sé si ha sido por esas fotos, pero una vez más, he sido consciente de lo rápido que pasa el tiempo, y a veces, incluso me da miedo preguntarme qué he hecho o qué he dejado de hacer. Éstas, en cambio, son preguntas esenciales para saber qué metas quiero cumplir o qué cosas hay que hacer antes de que el tiempo se nos haya ido, de verdad, de las manos y la vida haya corrido tanto que muchas cosas ya no estén a nuestro alcance. Como siempre os digo, los sueños están ahí para perseguirlos, para luchar por ellos y las personas que nos rodean, cuando tienes una edad, son las personas que nosotros queremos que nos rodeen, y esas son para mí las cosas más importantes de la vida. A dónde quiero llegar y con quién quiero hacerlo.

Me siento feliz, bien acompañada en la vida y con unos sueños aún por estrenar. De hecho, viene algo tan importante y bonito que me muero de ganas por contaróslo pero que hasta, al menos, dentro de unas semanas, me voy a tener que guardar. Algo que sé que va a cambiar, al menos, mis ganas y mis días y algo que sé que a muchos de vosotros os va a hacer mucha ilusión, porque los que estamos aquí somos luchadores y perseguidores de sueños, y siempre tenemos algo que queríamos contar…

Como bien sabéis los que me seguís en mis redes sociales, tras publicar el post sobre El Prisionero del Cielo, tuve la necesidad de volver a sacarlo de la estantería y volver a perderme entre sus páginas de la mano de Daniel y Fermín, mis personajes favoritos. Cuando lo terminé (sólo tardé unos días en devorarlo), supe que tenía que volver a leer el que había sido para mí, el más flojo de los tres: El Juego del Ángel. Me gustó más que nunca. Así que si sois amantes de Ruiz Zafón y de su saga del Cementerio de los Libros Olvidados, haceros ese pequeño regalo y favor y releerlos en este orden. Vais a entender muchas cosas y lo vais a disfrutar mucho más.

Como si fuese parte de esta historia, hace unos días me pasó algo curioso. Venía del parque, de pasear con Cometo, cuando al entrar en mi portal vi en la papelera donde acaban agonizando los muchos papeles de propaganda que dejan en nuestros buzones, un libro solitario.

Yo, que amo los libros hasta el punto que la mayoría de vosotros ya conocéis, no daba crédito a ello. Alguien me dijo una vez que hay que leer todo, incluso las etiquetas del detergente, nunca sabremos si algo es bueno o malo si no lo leemos. No creo que aquel fuese un libro malo, y si lo era, quién lo había dejado ahí ni si quiera lo sabía. El libro estaba intacto, olía a nuevo y agonizaba en aquel pequeño espacio verde sin entender por qué ese debía ser su destino. No estaba en medio de pasadizos llenos de estanterías infinitas bajo una gran cúpula, no estaba en mi querido Cementerio de Los Libros Olvidados, pero lo que tenía claro es que él no se iba a quedar ahí.

Esta mañana, al acercarme a mi pequeña estantería antes de tomar el café para elegir quién iba a ser mi nuevo acompañante de horas y sueños, lo he visto ahí, donde lo dejé, con otros que al igual que él, mueren de ganas por ser acariciados, abiertos y devorados, y he sabido que merecía la oportunidad que alguien le había negado.

No he querido buscar en internet sobre él, no sé si me gustará o no, pero El Hombre Sin Rostro y yo hoy empezamos nuestra aventura y muy pronto os contaré qué tal lo hemos pasado juntos.

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Feliz martes, amigos.

Lorena.