Septiembre.

Con el calor tan asfixiante que hace en Madrid (y me consta que en otros puntos de nuestro país), casi no apetece ni salir a la calle. Por alguna extraña razón, cuando volví hace sólo una semana, di por finalizado el verano, pero qué equivocada estaba. Lo que no podemos negar es que septiembre tiene el poder de poner un punto y final, de tener ese sabor a año nuevo que tan apetecible puede resultarnos, al menos a mí. Me gustan las cosas nuevas y, sin ninguna duda, mi vida se enfrenta a un montón de ellas.

En los últimos meses (prácticamente en el último año), además de tener un poco abandonado el blog, me han pasado un montón de cosas que han cambiando el rumbo de mis días, algunas muy bonitas, otras no tanto, pero os aseguro que he cogido, para que se queden conmigo, sólo las buenas experiencias de cada una de ellas. Este ha sido un verano distinto y, de un modo u otro, muy bonito. El mes de agosto lo he pasado entero con mi familia en el campo, entre el silencio de los árboles y la piscina, entre el cariño del hogar, entre las páginas de un libro del que hoy, por supuesto, os tengo que hablar. Hoy, te lo quería contar…

Los que lleváis tiempo aquí ya me vais conociendo un poco y sabéis, casi al mismo nivel que lo saben mis amigos, que leer es la gran pasión de mi vida. Por eso, cuando alguien tiene que hacerme un regalo sabe que hay algo que nunca puede fallar. En julio de 2015 (sí, he tardado un año en cogerlo y devorarlo), mi amiga Rebeca decidió regalarme por mi cumple su libro favorito y aunque por alguna extraña razón lo dejé un poco apartado, ahora sé que él esperó a ser rescatado de mi estantería justo hasta que hubiese llegado el momento perfecto para que nos conociésemos, porque no pude presentarme a Sira Quiroga en un momento más crucial de mi vida…

Quizás algunos, al leer su nombre, ya sabéis que voy a hablaros de El Tiempo Entre Costuras porque quiénes lo hayan leído, estoy segura, no lo olvidarán jamás. Sólo me hicieron falta unos días para conocer la historia de su protagonista de principio a fin, para recorrer las calles de un Madrid gris y triste o para viajar a Tánger y Tetuán y saborear el aroma de sus calles, visualizar el color de sus casas o acariciar la tela de la ropa de sus personajes. Sira Quiroga se ganó mi respeto y mi amor en cuestión de pocas páginas, ¡qué maravilla de mujer! Valiente, guerrera, luchadora, con miedos, por supuesto, pero con la fortaleza de afrontarlos y, sobre todo, superarlos. Marcus Logan consiguió robarme el corazón incluso a mí y la maldad de Ramiro me partió el alma en dos. Una historia llena de magia, vida, almas y personalidades totalmente distintas, personajes históricos vistos desde otro punto de vista, una historia capaz de conquistar a cualquier ser humano, una historia a la que María Dueñas supo darle vida de la forma más exquisita.

Quizás sabéis que la novela tuvo tanto éxito que Antena 3 decidió llevarla a la pequeña pantalla y cuando cerré su última página decidí que también quería verla en esta versión. Siempre que veo una película o una serie basada en un libro que me ha gustado tanto como este, sé que nada podrá ser igual pero en contra de mis prejuicios he de admitir que la adaptación televisiva es una auténtica gozada. He visto ya todos los capítulos y sé que nadie podría haberle dado vida a Sira (y a Arish) como lo hizo Ariana Ugarte. Qué dulzura, qué elegancia, qué fortaleza… ¡Inmensa! Rosalinda Fox y su vitalidad, Dolores y su bondad, La Matutera y su atrevimiento, doña Manuela y su saber estar, Manuel Da Silva y su sonrisa envenenada, Marcus Logan y su amor incondicional (interpretado por un Peter Vives brillante), han sido encarnados tal y como los había imaginado y nada ha podido ser más especial que disfrutarles también de este modo, ¡qué pasada!

Septiembre siempre supo a año nuevo y no encuentro mejor momento para que, si todavía no conoces esta historia ni a sus personajes, corras a cualquier librería y te hagas con un ejemplar de El Tiempo Entre Costuras porque estoy segura que te enamorarás. Si por lo contrario, ya conoces la historia, estaré más que encantada de saber qué te pareció y si te enamoraste de sus páginas tanto como yo.

He vuelto, y esta vez para quedarme.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

 

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Las cosas que no nos dijimos.

Este ya es un martes como los de siempre: una tarde tranquila, con una infusión en la mano, el silencio en mi casa y mi reencuentro con vosotros.

Si os digo la verdad, no sabía muy bien qué iba a escribir hoy… Además, hace un rato, después de estar trabajando en una cosa en el ordenador durante varias horas, no sé qué he hecho, pero lo he borrado todo… ¡Qué rabia da eso! Así que tras el rato de mal humor que he pasado, como si de una señal se tratase, Cometo ha decidido acercarse al mueble dónde tengo algunos libros y extraer uno con sus patitas para intentar cogerlo con su boca y que yo corriese detrás de él… Es su forma de decirme “¡ven a jugar conmigo!“. Así pues, Cometo ha decidido que ese libro sería el protagonista del post de hoy.

No conozco a ningún niño que no le gusten los animales. Los niños, cuando aún son inocentes y no saben ni que existen muchas de las cosas horribles que hacen los adultos, aman sin condiciones, como lo hacen los animales desde que nacen hasta que mueren. He de reconocer que, a pesar de que siempre me han gustado los animales y que desde muy pequeña he tenido perro en casa de mis padres o de mis abuelos, desde que le tengo a él, siento un amor mucho más profundo por todos ellos, entiendo con más fuerza el respeto y compromiso que los seres humanos deberíamos tener con los animales y no puedo dejar de morirme de rabia cuando veo algún caso de maltrato o abandono a un ser que entiende de fidelidad y de amor mucho más de lo que entenderemos nosotros jamás.

Los que me seguís en Instagram (@lorenacorcoles), seguro que ayer visteis una foto que colgué. Ayer Cometo cumplía dos años, pero hasta dentro de tres meses no hará dos años que llegó a mi vida… Quizás os haya explicado ya alguna vez cómo llegó, pero hoy te lo quería contar.

Mi cumpleaños siempre es para mí algo muy especial, me encanta reunir a todos mis amigos, me encanta celebrarlo en Madrid, en l’Olleria, con mis amigos de aquí, con  mis amigos de allí… Me encanta que la gente me acompañe en un día tan especial, en el que celebro un año más de vida, de salud, de aprendizaje, de cosas buenas y malas… Lo que no podía imaginar hace dos años es que iban a hacerme el mejor regalo que me han hecho y me harán jamás.

Me suena raro hablar de Zara como mi amiga, porque realmente es mucho más que eso. Ella es mi hermana, mi mitad, mi alma gemela aún siendo infinitamente distintas, ella es mi confidente y la persona que más consentida me ha tenido nunca. Ella es mi Cometa. Aquel viernes en el que yo celebraba mi cumpleaños, ella me escribió para decirme que me esperaba en mi casa cuando yo saliese de trabajar y que a partir de ahí empezaría mi regalo.

Recuerdo que estaba nerviosa (como una niña pequeña, sí.). Abrí la puerta y en el interior de mi casa sólo se escuchaba silencio y yo me tuve que reír. En el suelo, un paquete cuadrado (del tamaño de un libro), aguardaba envuelto. De repente, unos segundos después, apareció él corriendo por el pasillo, con un lazo rojo, tan pequeño, tan suave, tan travieso, tan lleno de vida… Cometo vino a recibirme como si ya me conociese, como si supiese que iba a ser mío, como si entendiese, de algún modo, que en ese instante, empezaba nuestra historia y nuestra aventura juntos. Lloré, lloré de sorpresa, de felicidad y de emoción.

Hace casi dos años de aquello. Casi dos años de amor incondicional, puro, verdadero, de alegrías, de trastadas (es taaaan travieso), de dormir siestas juntos, de abrazos, de paseos por el parque, de besos… Sólo los que compartís vuestra vida con una mascota, sabéis bien del tipo de amor que hablo.

Aquel día, como os he dicho, un libro envuelto me esperaba en la entrada de mi casa para despistarme, y hoy Cometo, con sus dos años recién cumplidos, lo ha sacado de la estantería para hacerme rabiar y que fuese tras él para jugar. Hoy, sin ninguna duda, tenía que hablar de esto.

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¿Y si tuvieras una segunda oportunidad? Una novela que invita a creer en lo increíble. Cuatro días antes de su boda, Julia recibe una llamada del secretario personal de Anthony Walsh, su padre. Walsh es un brillante hombre de negocios, pero siempre ha sido para Julia un padre ausente, y ahora llevan más de un año sin ver se. Como Julia imaginaba, su padre no podrá asistir a la boda. Pero esta vez tiene una excusa incontestable: su padre ha muerto. Con más de 15 millones de ejemplares de sus novelas vendidos en todo el mundo, Marc Levy se ha convertido en un referente indiscutible de la literatura contemporánea. Con su nueva novela, Las cosas que no nos dijimos, Levy va un paso más allá y arrastra al lector a un universo del que no querrá salir.” (Sinopsis de La Casa del Libro)

Las cosas que no nos dijimos narra una historia increíble, pero de las que atrapan, me gustó mucho, porque ya sabéis que yo doy mucha importancia al tiempo, a no dejar nada en el tintero, a demostrar a aquellos a los que queremos que así es lo que sentimos, le doy mucha importancia al amor, a las historias difíciles pero no imposibles, al cariño, al respeto y al intentar hacer las cosas de la mejor manera posible, porque la vida, amigos míos, pasa demasiado rápida. Este libro, para mí, recoge todos estos ingredientes.

El padre de Julia, aún ausente, intentará demostrarle (aunque tarde) a su hija lo mucho que la ha querido e intentará pedirle perdón, de un modo un tanto inverosímil, por aquellas pequeñas y grandes cosas que se perdió de su vida. Intentará, además, rectificar en uno de los errores que más le pesaron durante el tiempo: separar a su hija del que fue el gran amor de su vida.

Marc Levy nos presenta esta novela para que reflexionemos sobre la vida, para reflexionar sobre aquellas personas que son esenciales y a las que seguramente no se lo demostramos. A través de las páginas y las palabras, nos hace cuestionarnos qué haríamos si pudiésemos volver atrás, y qué queremos hacer realmente con el tiempo que nos queda.

Sinceramente, creo que si no conocéis la novela, os va a gustar mucho.

Porque, dime… ¿Qué harías tú si tu vida se acabase y tuvieras una segunda oportunidad?

Gracias por una semana más.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

 

Cuenta conmigo.

¡Qué tarde se me ha hecho hoy! Desde que cambiaron la hora y el día dura más, siento la necesidad de quedarme todo el tiempo en la calle, disfrutar de mis amigos, de mi Madrid, del ambiente, del buen tiempo… … Sigue leyendo

Como agua para chocolate.

“Elige un trabajo que te apasione y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”. Hace un rato estaba en el sofá, era mi momento de relax del día. Un té verde caliente me abrazaba de vez en cuando los labios y el silencio hacía eco en mi casa. Ojeando Facebook me he topado con esta frase, que la compartía mi amiga Stella con una imagen, y me ha hecho sonreír. No hay nada más cierto.

En los últimos tiempos nos han acostumbrado a dos cosas muy distintas. Por un lado, la sociedad nos envuelve con mensajes positivos, en un sinfín de objetos y en un sinfín de mensajes e imágenes en las redes sociales, y por otro lado, los tiempos que corren y la situación del país, te hacen auto-convencerte de que tener un trabajo es un privilegio. Vivimos un momento social en el que los sueños quieren arrancar con fuerza, y la situación, muchas veces los acaricia con pena, los frena, y aquí volvemos a repetirnos que no nos podemos rendir. No queremos hacerlo nunca. Queremos trabajar, y queremos trabajar en aquello que realmente nos hace felices, queremos llevar a cabo nuestros sueños y queremos que nuestro trabajo sea nuestra inspiración, ¿verdad?.

Si todo el mundo pudiese dedicarse a lo que realmente ama, a su verdadera vocación y su trabajo fuese su pasión, viviríamos en un mundo menos complicado, dónde seríamos más eficaces y más felices. Parece fácil, ¿no?

Algunos de los momentos más felices de mi vida los encuentro aquí, cuando todo está en silencio y yo me dispongo a escribir. Cuando me olvido de que todo lo demás existe, cuando me relajo, cuando pienso y hablo a través de palabras a las que otros le pondrán la voz…Pero he de confesaros que hace poco he descubierto algo que me relaja también mucho, algo que hasta el momento me había llamado la atención, pero quizás, no había descubierto de verdad. Hoy te lo quería contar…

A veces me río cuando pienso que esto sólo me está pasando porque me estoy haciendo mayor, pero jamás habría imaginado que cocinar fuese uno de los grandes placeres de mi vida. Hace unos meses empecé a probar recetas que mis amigas me contaban o que encontraba en internet, a encerrarme en la cocina, sin prestar atención al móvil, con algún disco bonito de fondo, podía (y puedo) pasarme incluso horas… y cuando terminaba de elaborar el plato y de recoger y limpiar todo, empecé a darme cuenta de lo bien que me sentía, de lo mucho que me gustaba. He empezado a organizar mi tiempo para que me dé tiempo a cocinar, es más, hay momentos en los que directamente, sé que no puedo hacer algo, porque ya tenía pensado ponerme entre fogones a experimentar cosas nuevas. Me divierte, me relaja… Ultimamente, les mando fotos a mis amigas, a mi madre y a mis tías, de lo que voy haciendo y nos reímos juntas, porque he de reconocer que no se me da nada mal y sí, nos reímos también de lo mayor que estoy haciendo. No os preocupéis, de momento, podéis estar tranquilos. Ni esto se va a convertir en un blog de cocina (que por cierto, me encantan!) ni voy a intentar que cocinar sea mi nueva profesión. Lo pienso seguir disfrutando en mi casa. 😉

Esta mañana, mientras preparaba la comida y picaba una cebolla me he puesto a llorar. Siempre me pasa, como le pasaba a Tita. Cada vez que corto una cebolla y no puedo abrir los ojos porque me pican y porque están llenos de lágrimas, me acuerdo de ella.

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A Tita la conocí en mi época adolescente, cuando en el instituto, mi profesora de literatura me hizo el favor de ponerme como deber leer Como agua para chocolate  (¡Ay, Amparo! Cuántas cosas tengo que agradecerte…). Recuerdo que cuando lo leí en el instituto, no me compré el libro, alguien me lo prestó y que unos años después, mi amiga Mireia me regaló su ejemplar con una dedicatoria bien bonita. Ella sabía que yo estaba enamorada de aquel libro, y os prometo que no sé cómo, hasta hoy, no os he hablado de él.

Hoy me he acordado de Tita, de su historia de amor, de las aventuras de la novela y he pensado que no podría escribir sobre ello porque ya os lo habría contado. Cuál ha sido mi sorpresa cuando al revisar Google y el blog, me he dado cuenta que nunca os he hablado de esta historia. Entonces he sonreído y he sabido que este sería nuestro post de hoy.

La maravillosa Laura Esquivel publicó Como agua para chocolate en el año 1989, yo sólo tenía dos años y jamás podría imaginar que mientras yo iba aprendiendo prácticamente las primeras cosas de la vida, estaba naciendo, al mismo tiempo, el que mucho tiempo después se convertiría en uno de mis libros favoritos. Un libro que es una pieza fundamental de la literatura contemporánea.

La historia gira entorno a Tita, su protagonista, una mujer dulce y valiente. Tita es la menor de tres hermanas y nació de forma prematura en la cocina de su casa, y así pasará el resto de su vida, entre fogones, especias, sopas, leche y cebollas… En esta historia, dónde lo extraordinario se mezcla con lo mundano, la protagonista encuentra a través de sus platos su forma de expresión, transmitiendo a aquellos que los prueban sus sentimientos más profundos, desde la tristeza más grande hasta el más ardiente deseo.

Cada capítulo del libro empieza con una receta de cocina y a través de ellas, el lector se adentra en una historia de amor, injusticia, deseo y desesperación.

En la familia de Tita existe una costumbre que no se puede romper y recuerdo que a mi me impactó muchísimo. La hija menor no podrá casarse, ya que deberá quedarse al cargo y cuidado de sus padres cuando estos sean mayores. Mamá Elena, la madre de Tita, acabe siendo un personaje siniestro y aterrador en esta historia. El problema viene cuando Tita se enamora locamente de Pedro y su familia se opone rotundamente, ya que ella debe seguir la tradición. Pedro, perdidamente enamorado de Tita, se casará con su hermana mayor, Rosaura, para poder estar cerca de ella.

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Ambientada en la revolución mexicana y en su gastronomía, los ingredientes y los platos que cocinan nos servirán de nexo y metáfora a lo largo de la historia, como símbolos de dolor, fe o pasiones incontrolables.

Como agua para chocolate es una de las obras principales del movimiento literario “realismo mágico” y además fue llevada al cine a principios de los años noventa y está considerada como una de las mejores películas mexicanas. Pocas veces, tras leer un libro, me convence su versión cinematográfica, y en este caso, no pude hacer una excepción. Prefiero la novela, la magia de las páginas, las letras acariciadas y sus personajes inventados en mi mente, mil veces.

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Hoy, mientras lloraba picando cebolla, me ha sido inevitable, una vez más, acordarme de ella, a la que también le pasaba, de ella, de su historia de amor y dolor, de esas que me gusta leer, y claro, también escribir.

Os invito a haceros con un ejemplar y a adentraros en esta historia que estoy segura os va a encantar.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

¡Te lo cuento, por fin!

Empiezo a escribir esto y ya estoy emocionada, me emociono por toda la ilusión que hay dentro de mí, y porque sé que en el momento que acabe este post y le dé a “publicar” esto que hoy te quería contar ya será una realidad, una realidad a voces, que es mía desde hace meses y ahora será nuestra.

Este va a ser un post cargado de ganas, de ilusión, de esfuerzo, de sueños, de esperanza, de cariño, de creer en uno mismo, consecuencia de que otros hayan creído en mí, un post dónde empieza una aventura, la aventura más importante de mi vida. Hoy, por fin, os puedo contar que ha empezado la maquetación de MI PRIMER LIBRO (necesitaba ponerlo en mayúsculas, porque lo estoy gritando llena de felicidad!) y que en un par de meses aproximadamente estará en vuestras manos.

Hace unos meses que todo esto se está cocinando, a fuego lento, para que todo salga bien. Con cuidado y calma, sin prisa, pero sin pausa. “Me olvidé decir te quiero y otros relatos cortos” será mi primer “hijo”, mi sueño hecho realidad, mis historias acariciadas, páginas con mis letras, con mis relatos y mis palabras… Y viene de la mano de la editorial Círculo Rojo.

En él, he recopilado mis relatos favoritos más uno inédito.

Muchas veces, muchos de vosotros me habéis dicho a través de las redes sociales lo mucho que os gustaría tener mis historias en un libro, en vuestra casa, en vuestras manos… Y no sabéis lo que yo me moría porque eso ocurriese de verdad. Hace unas semanas, un buen amigo me preguntó por qué iba a publicar algo que ya estaba en internet, mi respuesta fue sencilla: porque yo adoro las nuevas tecnologías, pero creo en la magia del papel y quiero formar parte de ella.

Durante estos últimos meses he vivido momentos de muchísima emoción, que me han hecho enormemente feliz, también he pasado miedo, he tenido dudas… pero sobre todo, he tenido ganas (y muchas!). Me habría encantado contaros algo tan simple cómo que había ido a registrar mi obra a la propiedad intelectual, como artista, como escritora, y algo tan normal, a mí ya me hacía muy feliz.

He esperado hasta que la maquetación empezase, porque aquí es donde de verdad arranca todo, y ojalá pudieseis ver mi cara ahora mismo, mientras os cuento esto, y ojalá pudiese ver yo la vuestra mientras lo leéis…

A medida que pasan los días, me emociono más, porque veo cómo este proyecto va cobrando forma, cómo se está construyendo, cómo se está haciendo con tanto cariño y no puedo dejar de sonreír.

La portada del libro todavía no se ha diseñado y no sabéis las ganas que tengo de verla! No puedo parar de imaginar cómo será, pero sé que la profesionalidad de los diseñadores de Círculo Rojo harán que sea justo lo que yo habría querido que fuese.

De momento, no os puedo contar mucho más. El libro estará en papel y también en versión digital para aquellos que tengan e-book, se venderá a nivel nacional y también a nivel internacional a través de Amazon, pero de todo esto ya iremos hablando. Tenemos tiempo.

Os puedo contar también que la presentación del libro será en Madrid (todavía no sé cuándo, ni dónde), y por supuesto, algo haré también en l’Olleria (no habrá nada que me haga más feliz!).

No pretendo que mi libro sea un best seller, ni si quiera ganar mucho dinero con ello, mis pies están bien pegados a la Tierra… Yo sólo quiero hacer mis sueños realidad, quiero luchar por mis ilusiones y me da igual a cuánta gente llegar, sólo quiero que a aquellos a los que llegue, aquellos que acaricien el libro y huelan su papel, que pasen sus páginas y descubran mis relatos o los vuelvan a releer, lo hagan con el corazón, lo hagan despacio y lo saboreen bien…

Quiero dar las gracias a mis amigos más cercanos y a mi familia, que me apoyaron incondicionalmente desde el minuto cero, desde que supieron esta noticia, que creen en mis sueños como si fuesen suyos y que se han emocionado tanto  como yo con esta aventura… Gracias infinitas, no puedo ser más afortunada por teneros.

Pero, sobre todo, quiero dar las gracias a las personas que sin haberme visto nunca, sentís que me conocéis a través de las palabras y no habéis dudado ni un segundo en mostrarme vuestras ganas por saber de qué se trataba este proyecto que me traía entre manos y que todavía no os podía contar, gracias por vuestros mensajes deseándome suerte, por vuestras ganas y vuestro cariño, no tendré tiempo para agradeceros la buena energía que me dais, y lo mucho que habéis aportado para que crea que esto podía ser posible. Ahora lo es. Gracias y mil millones de gracias.

Ahora sí, queridos, empieza la aventura. “Me olvidé decir te quiero y otros relatos cortos” es mío, pero por encima de todas las cosas, es por y para vosotros…

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Quiero despertar.

Si os digo la verdad, hoy no sabía sobre qué escribir. Llevo varios días con un resfriado que se me ha llevado las energías y quien sabe si quizás en cada estornudo se haya ido también la inspiración…

Hoy te quería contar que mis compañeros del colegio son muy especiales para mí. Con ellos crecí y con ellos tengo la suerte de, todavía hoy, conservar una amistad maravillosa. Quienes me conocen saben que mis sueños son dignos de guión de película americana, mi imaginación es capaz de desvariar y rozar los límites más extremos y lo mejor es que siempre, al despertar, me acuerdo perfectamente de lo que he soñado… Sólo lo olvido cuando han pasado varias horas o varios días. Mis amigos del colegio y yo tenemos un grupo de whatsapp bastante activo en el que seguimos contandonos nuestros proyectos y compartiendo nuestros recuerdos. Hace una semana, más o menos, les escribí a las cinco de la madrugada para decirles que me había despertado llorando de una pesadilla en la que ellos eran los protagonistas. Hoy, he querido convertir ese sueño, adaptando detalles a mi historia, en un relato.

Casual y desgraciadamente, estos últimos días, un trágico accidente de autobús protagoniza las portadas de la prensa de nuestro país. A veces, creo que no somos conscientes de la cantidad de vidas que se cobra la carretera y en la mayoría de los casos, los accidentes son consecuencia de la irresponsabilidad del ser humano.

Aquí te dejo esta historia, para leer despacito, como siempre….

*Per a la classe C, per continuar siguent companys d’aventures més enllà de l’espai i el temps… ;)*

QUIERO DESPERTAR.

Hay momentos en los que quieres cerrar los ojos con fuerza, con tanta fuerza que al despertar nada siga igual, que todo haya cambiado, que todo haya pasado, que los miedos y el dolor sean una mentira, que sean una pesadilla de la que poder despertar. Hay veces, que por mucho que cierres los ojos con fuerza y por mucho que desees que todo haya cambiado, cuando los abres sientes que el dolor aprieta con más ganas y que la realidad te va a consumir, que la pesadilla es real.

Crecimos juntos. Cuando los años pasan y miras hacia atrás sabes que tus compañeros del colegio siempre serán una parte imborrable de tu vida, aquellos con los que tantos años, tantas horas y tantos momentos pasaste, aquellos con los que soñaste, con los que inventaste historias o con los que te peleaste, aquellos con los que celebraste cumpleaños y a los que les prometiste que siempre estarías a su lado… La mayoría de las veces, nuestros compañeros del colegio se quedan como un recuerdo bonito en la memoria, algunos de ellos te acompañan a lo largo de los años como ese “amigo de toda la vida”, pero desgraciadamente, cuando crecemos tomamos caminos tan distintos que pocas veces es fácil seguir conservándoles más allá de unos bonitos momentos almacenados en la mente, como fotografías en blanco y negro.

Hace más o menos cinco años, Rosana nos escribió un e-mail de esos en grupo para preguntarnos qué había sido de nuestras vidas, para contarnos que ella iba a salir del país por mucho tiempo para estudiar un doctorado y le había entrado la nostalgia, para intentar que nos volviésemos a reunir y nos pusiésemos al día en todo. Conseguimos reunirnos la mayoría, fuimos felices de volver a sentarnos, de contarnos cómo nos habían tratado los días, cómo habían sido nuestras épocas universitarias y cómo eran nuestras vidas de adultos. En aquel reencuentro reímos sin parar, nos dimos cuenta que habíamos cambiado, pero algo dentro de cada uno de nosotros seguía igual: el cariño que nos teníamos los unos a los otros.

Hicimos oficiales aquellas quedadas, dos veces al año, en Navidad y en verano, aprovechando las vacaciones en las que siempre volvíamos a casa los que nos habíamos ido hacía ya unos cuantos años. Nuestras vidas eran muy distintas, estaban los que todavía vivían en el pueblo y los que no, los que habían ido a la universidad y los que no, los que ya eran padres y los que no. Entre nosotros, varios músicos, un pintor, una psicóloga, una periodista, una peluquera, una esteticista, una bióloga, una militar, un empresario… Nuestros sueños nos habían llevado bien lejos y compartirlos en el tiempo era todo un privilegio.

Hace seis meses, a Joan se le ocurrió la idea de organizar un viaje juntos, nosotros, sin parejas, sin hijos, sin trabajos, un viaje dedicado a nuestros recuerdos, un viaje inolvidable que seguramente no habíamos podido hacer jamás. Cuando teníamos diez años habíamos viajado a Toledo, una semana y todo gratis, gracias a un concurso que habíamos ganado, y aunque con el tiempo, aquel nos seguía pareciendo uno de los viajes más bonitos de nuestra vida, la idea de hacer una escapada todos juntos empezó a gustarnos. Los destinos se barajaron entre mil posibilidades, desde un fin de semana en Benidorm, hasta unos días en Praga. Iba a ser difícil cuadrar agendas y presupuestos, pero no era imposible. La idea se nos fue tanto de las manos que acabamos contratando el viaje de nuestros sueños: ocho días en el caribe. Como si de una excursión de fin de curso se tratase, vivimos los preparativos como auténticos adolescentes, incluso hicimos mecheros y vendimos lotería para sacar algo de dinero. La situación era tan surrealista…

Convertimos nuestra ilusión en una realidad. Viajamos desde Valencia hasta Madrid en autobús para coger el avión que nos llevaría a las mejores playas de México. Iba a ser inolvidable. Nuestro viaje había salido de una locura, y sabíamos que las locuras son las cosas más divertidas de la vida.

Aquel viaje nos cambió la vida.

Ya no existían los niños que habíamos sido, pero convertidos en adultos, fuimos capaces de crear una convivencia maravillosa y hacer de cada momento algo indescriptible. Creo que a ninguno se nos había olvidado el amor que nos teníamos los unos a los otros, pero si algo allí creció, fue eso, el amor y el cariño. La felicidad de desconectar de la vida real, de la rutina, la felicidad de revivir momentos, la felicidad de compartir algo inolvidable y lo mágico de hacerlo con personas con las cuales unos años antes no lo habríamos imaginado.

Nos dedicamos a hacer excursiones, a ser turistas en estado puro, pero no nos olvidamos de relajarnos, de bañarnos en las playas, de comer libremente en los hoteles, de beber durante todo el día…

En algún momento quisimos volver a ser quienes fuimos, revivir amores que nunca vivieron… La última noche, entre risas, bailes y copas, se me ocurrió decirle a Javi que siempre me había gustado. No sé por qué lo hice, mi vida y mi pareja seguirían estando ahí cuando bajase del avión de vuelta. Me dejé llevar por el momento, por la situación y el estado de mi mente y cuerpo. Él se reía y me abrazaba para bailar. Nos reíamos y nos dejábamos abrazar y encontramos en salir a tomar el aire la excusa perfecta para perder la cabeza. Nunca nos habíamos besado y aquella noche nos besamos cómo si supiésemos que nunca más nos podríamos besar. Nos besamos como adolescentes, con esa pasión y ganas, pero con el miedo que a veces tienen los adultos. Nos dejamos llevar y nos habríamos dejado llevar mucho más allá si no hubiese sido porque escuchamos a Marc, Paco y Jose, tambaleándose a nuestras espaldas. Sólo cuando me separé de sus labios sentí la culpa sobre mí y me arrepentí de lo que había hecho.

A las doce del mediodía, nos encontramos todos en la recepción del hotel. Todos sabían lo que había sucedido, aunque nadie se atreviese a decir nada. Me sentí inmadura e irresponsable, quería morirme de vergüenza y me dije a mi misma que tenía que olvidar que aquello había sucedido. No fui capaz de mirarle a la cara, ni le volví a dirigir la palabra, quizás así podría borrar mi error.

Siempre tuve mucha facilidad para dormir en cualquier medio de transporte y ya había pasado todo el camino de ida durmiendo en el avión, pero esta vez, mi conciencia me lo impedía. A mi lado, Pepi i Jenni dormían plácidamente, combatiendo los estragos que el alcohol había dejado en sus cuerpos la noche anterior. Mientras intentaba leer una revista que no me interesaba lo más mínimo, Javi se me acercó sonriendo para preguntarme si podíamos hablar.

-Lo siento, no quiero hablar. Es mejor que no hablemos. Siento mucho lo que pasó ayer.

-Sólo venía a decirte que no quiero que te preocupes por nada, por mi parte está todo olvidado. Lo que ha pasado en Riviera Maya, se queda en Riviera Maya.

Asentí sin ni si quiera mirarle, pude ver de reojo su cara de indignación y cómo volvía hacia su asiento.

Aquellas doce horas de vuelo se me hicieron eternas, sólo quería llegar a España y que los días pasasen. Es más, quería tardar mucho tiempo en volver a verle, tanto que el olvido ya se hubiese apoderado de mis recuerdos sobre esa noche.

Por otro lado, me era inevitable sonreír. Habían sido unos días maravillosos, habíamos sido muy, muy felices todos. Habíamos viajado en el tiempo y habíamos fortalecido hasta el infinito nuestra amistad del presente.

Cuando llegamos al aeropuerto de Madrid el autobús que nos llevaría de nuevo a Valencia ya nos estaba esperando. En el fondo, aunque todos nos habríamos quedado con aquella maravillosa vida que habíamos tenido en el paraíso, teníamos ganas de ver a nuestras familias, a nuestros perros, y en al caso de algunos, a sus hijos.

La noche guardaba el silencio de la carretera. Me senté en el fondo del autobús, porque por alguna extraña razón siempre me gustaba ir en esa parte. La mayoría se volvieron a dormir en este trayecto… Pasamos por un pueblo pequeño, lleno de luces, en silencio y con frío, con el tostado de nuestra piel y el olor a coco y mar en las maletas, me pareció tan bonito que busqué unos ojos despiertos cerca de mí. Llorenç también miraba por la ventana y me sonrió cuando le dije que aquel pueblo me parecía precioso… No sé si llegué a terminar la frase… No sé muy bien qué pasó después… Escuche un golpe fuerte, empecé a sentir cómo todo a nuestro alrededor se desordenaba, empecé a escuchar gritos de los que dormían y sentí como el autobús empezaba a dar vueltas infinitas… No soy capaz de recordar con claridad.

Lo siguiente que recuerdo es que me desperté en el suelo, rodeada de cristales, de sangre y silencio. No había llantos, ni gritos, ni ruido. Un pitido fuerte penetraba en mis oídos… Quise levantarme, pero no tenía fuerzas. Tenía miedo, mucho miedo. No sé cuánto tiempo pasó hasta que vi a Alex acercarse a mí, arrastrándose por el suelo, fui capaz de incorporarme y decirle que estaba bien. Estaba llena de sangre, me dolía todo el cuerpo, seguramente tenía el brazo roto, pero estaba viva y eso era suficiente como para sentir que estaba bien.

Escuché voces, vi luces de otros coches que se habían detenido, escuché sirenas y supe que las ambulancias corrían rompiendo el silencio de aquella noche y los sueños de aquel viaje… No fui capaz de ponerme de pie hasta que dos médicos me ayudaron a ello, aun así, el silencio me parecía demasiado fuerte…

No les había visto a casi ninguno de ellos. Los vi cuando consiguieron ponerme de pie, los vi tumbados en el suelo, los vi muertos… Me desplomé en ese mismo instante y me desperté en el hospital. Había sobrevivido. Yo era una superviviente. Superviviente de un trágico accidente. Cuando abrí los ojos vi a mi madre, llorando desconsoladamente, vi a mi marido y no me atrevía a preguntar qué había pasado realmente.

Ruth, Álex, Lorena y yo habíamos sido los únicos supervivientes. El conductor se había dormido al volante.

No quería moverme de aquella cama, ni de aquel hospital, no era capaz de ser feliz por seguir con vida, no era capaz de asimilar que aquello no era una pesadilla. La imagen de sus cuerpos, en el suelo, sin vida, me perseguirá cada vez que cierre los ojos el resto de mi vida. Mis amigos, mis amigos de siempre, con quienes compartí sueños, juguetes y peleas, con los que me burlé del paso del tiempo, con los que me volví a reunir, con los que hice el viaje más maravilloso de mi vida… Javi, a quien había deseado no volver a ver en mucho tiempo… Todos ellos ya no estaban, ya no estarían jamás, por la imprudencia de un conductor, por no saber parar a tiempo, por dejarse llevar por el cansancio y el sueño. Mis compañeros, mis amigos…

Hay momentos en los que quieres cerrar los ojos con fuerza, con tanta fuerza que al despertar nada siga igual, que todo haya cambiado, que todo haya pasado, que los miedos y el dolor sean una mentira, que sean una pesadilla de la que poder despertar.

Hay veces, que por mucho que cierres los ojos con fuerza y por mucho que desees que todo haya cambiado, cuando los abres sientes que el dolor aprieta con más ganas y que la realidad te va a consumir, que la pesadilla es real.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Siempre fui de imaginar historias…

Tras unos días nublados y de lluvia, parece que el sol vuelve a salir por Madrid… El calor, que se ha marchado casi sin despedirse, ya no está, pero si os digo la verdad a mí este tiempo de chaquetas finas y, todavía, vaqueros cortos me gusta mucho.

Hace unos días encendí el ordenador y encontré fotografias de hace unos cuantos años, de mi vida en Elche, de las que ya eran escapadas a l’Olleria, incluso de mis amigos del colegio… de mi gente de siempre. Eso me hizo sonreir, ya sabéis lo mucho que me gustan esas cosas. Me gusta reencontrarme con los recuerdos y desde muy pequeña me ha encantado ver fotos. A veces, cuando iba a casa de mis amigas, veía sus álbumes familiares, siempre me ha gustado observar imágenes en las que muchas veces no conocía a las personas que aparecían en ellas. Es una buena oportunidad para imaginar, para tratar de inventar o saber qué pasaba en aquel momento… Siempre fui de imaginar historias.

Estos días, quizás, estoy un poco nostálgica. No sé si ha sido por esas fotos, pero una vez más, he sido consciente de lo rápido que pasa el tiempo, y a veces, incluso me da miedo preguntarme qué he hecho o qué he dejado de hacer. Éstas, en cambio, son preguntas esenciales para saber qué metas quiero cumplir o qué cosas hay que hacer antes de que el tiempo se nos haya ido, de verdad, de las manos y la vida haya corrido tanto que muchas cosas ya no estén a nuestro alcance. Como siempre os digo, los sueños están ahí para perseguirlos, para luchar por ellos y las personas que nos rodean, cuando tienes una edad, son las personas que nosotros queremos que nos rodeen, y esas son para mí las cosas más importantes de la vida. A dónde quiero llegar y con quién quiero hacerlo.

Me siento feliz, bien acompañada en la vida y con unos sueños aún por estrenar. De hecho, viene algo tan importante y bonito que me muero de ganas por contaróslo pero que hasta, al menos, dentro de unas semanas, me voy a tener que guardar. Algo que sé que va a cambiar, al menos, mis ganas y mis días y algo que sé que a muchos de vosotros os va a hacer mucha ilusión, porque los que estamos aquí somos luchadores y perseguidores de sueños, y siempre tenemos algo que queríamos contar…

Como bien sabéis los que me seguís en mis redes sociales, tras publicar el post sobre El Prisionero del Cielo, tuve la necesidad de volver a sacarlo de la estantería y volver a perderme entre sus páginas de la mano de Daniel y Fermín, mis personajes favoritos. Cuando lo terminé (sólo tardé unos días en devorarlo), supe que tenía que volver a leer el que había sido para mí, el más flojo de los tres: El Juego del Ángel. Me gustó más que nunca. Así que si sois amantes de Ruiz Zafón y de su saga del Cementerio de los Libros Olvidados, haceros ese pequeño regalo y favor y releerlos en este orden. Vais a entender muchas cosas y lo vais a disfrutar mucho más.

Como si fuese parte de esta historia, hace unos días me pasó algo curioso. Venía del parque, de pasear con Cometo, cuando al entrar en mi portal vi en la papelera donde acaban agonizando los muchos papeles de propaganda que dejan en nuestros buzones, un libro solitario.

Yo, que amo los libros hasta el punto que la mayoría de vosotros ya conocéis, no daba crédito a ello. Alguien me dijo una vez que hay que leer todo, incluso las etiquetas del detergente, nunca sabremos si algo es bueno o malo si no lo leemos. No creo que aquel fuese un libro malo, y si lo era, quién lo había dejado ahí ni si quiera lo sabía. El libro estaba intacto, olía a nuevo y agonizaba en aquel pequeño espacio verde sin entender por qué ese debía ser su destino. No estaba en medio de pasadizos llenos de estanterías infinitas bajo una gran cúpula, no estaba en mi querido Cementerio de Los Libros Olvidados, pero lo que tenía claro es que él no se iba a quedar ahí.

Esta mañana, al acercarme a mi pequeña estantería antes de tomar el café para elegir quién iba a ser mi nuevo acompañante de horas y sueños, lo he visto ahí, donde lo dejé, con otros que al igual que él, mueren de ganas por ser acariciados, abiertos y devorados, y he sabido que merecía la oportunidad que alguien le había negado.

No he querido buscar en internet sobre él, no sé si me gustará o no, pero El Hombre Sin Rostro y yo hoy empezamos nuestra aventura y muy pronto os contaré qué tal lo hemos pasado juntos.

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Feliz martes, amigos.

Lorena.

Volverá…

Creo que septiembre nos trae más o menos las mismas sensaciones a todos… Sobre todo cuando somos niños, septiembre significa que empieza el curso y se acabó el verano. Empieza el año, y el curso escolar es quien decide dónde empieza y cuándo acaba.

Ayer Madrid estaba otra vez llena de gente, corriendo de arriba a abajo, con la prisa en la piel y la depresión post vacacional en la mirada. Dejar atrás las vacaciones no deja buen sabor de boca, pero hay que mirar el lado positivo y saber que con la vuelta a la rutina empiezan nuevos proyectos, nuevas metas y nuevas cosas y eso siempre debe hacernos felices.

Empieza uno de esos meses que llevan consigo el pistoletazo de salida, o la señal de meta que se encuentra al final. Para mí, es el mes que protagoniza los cambios más importantes de mi vida. Hace nueve años que fui a vivir a Elche, que empezaba mi vida universitaria y una de las etapas más bonitas que viviré jamás. En unas semanas, hace cuatro años que me trasladé a Madrid y aunque los primeros meses fueron muy difíciles… ¡Qué poco me costó enamorarme de esta ciudad! Madrid significó otra etapa crucial, de madurez, de amigos incondicionales, de mucha vida social y muchos retos profesionales. Cuatro años se dicen pronto, pero en ellos guardo miles de momentos que hoy me hacen ser quien soy, vivir como quiero vivir y estar dónde y con quienes quiero estar.

Hace nueve años que no vivo en mi pueblo, cerca de las personas más importantes de mi vida, nueve años sin mi día a día en l’Olleria, sin mi familia y mis amigos de siempre. Me sigue sorprendiendo cómo, nueve años después, cada vez que estoy allí, siento que no ha pasado el tiempo y es que tu verdadero hogar siempre sabrá esperarte, con las mismas cosas y el mismo aroma que cuando lo dejaste.

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Esta semana, como muchos sabéis, he estado en las fiestas de mi pueblo. Ojalá os pudiese transmitir a cada uno de vosotros lo importantes que son las fiestas de Moros i Cristians para mí. Las he vivido desde dentro desde muy pequeña y no he dejado de celebrarlas ni un solo año de mi vida. Hace cuatro años que no formo parte de mi filà, Les Popeluses, pero cada vez que voy, ellas me siguen recibiendo con una sonrisa y hacen que me sienta siempre en mi casa. (Gràcies!)

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La música, los trajes, las luces, la pólvora, la elegancia, la historia, las emociones, las risas, los reencuentros, el buen rollo, la amistad… Esos son los ingredientes de mis fiestas, y ellas forman parte de mi cultura y mi historia.

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Mi amiga Patri no se ha separado de mi lado ni un segundo y eso me ha hecho muy feliz… Nos hemos reído tanto, hemos tenido tanto tiempo para nosotras que todo el estrés que mi mente llevaba durante meses acumulando ha desaparecido, al menos, de momento.

Pero, ¿sabéis qué? Hacía mucho, mucho tiempo que no me iba tan triste de mi pueblo. La verdad que no sé muy bien por qué, quizás este viaje ha sido especial. He visto a mucha gente importante de mi vida, he disfrutado mucho de cada reencuentro, de cada sonrisa, de todas y cada una de esas personas que se han alegrado de verme tanto como yo de verlas a ellas… Las personas de mi vida.

No puedo dejar de dar las gracias (infinitas) a las personas con las que no había hablado nunca y se acercaron para decirme que me leen y me siguen, ¡qué sensación tan bonita!

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En una de esas noches de fiesta me pasó algo curioso que hoy te quería contar. Mi amiga Sonia me presentó a su novio y al presentarnos, le dijo “Ella es la chica a la que le encanta Carlos Ruiz Zafón” y claro, tuve que sonreir.
No nos faltó conversación y por unos momentos volvimos a pasear por el Cementerio de los Libros Olvidados, bajamos a la calle Santa Ana y subimos en tranvía hasta la Avenida del Tibidabo. Sé que cada cierto tiempo os hablo de Ruiz Zafón, mi escritor favorito, que os he dicho ya lo mucho que adoro la Sombra del Viento y el amor incondicional que siento por Daniel Sempere, uno de sus protagonistas. Me apetecía recordaros lo importantes que son los libros en nuestras vidas, cómo la magia de la literatura hace que conviertas a unos personajes en parte de tu vida y acaben siendo protagonistas de una conversación en una noche de fiesta, en un rincón cualquiera.

En uno de mis post, “Te querré siempre, Daniel Sempere”, que podéis encontrar en el apartado de “libros y literatura”, ya os hablaba de todo esto.

Siempre me hará feliz hablar de Ruiz Zafón, siempre encontraré en él la forma más dulce de sonreír o la más silenciosa de llorar, porque él y sus palabras sólo son magia… de la de verdad.

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“Barcelona, 1957. Daniel Sempere y su amigo Fermín, los héroes de La Sombra del Viento, regresan de nuevo a la aventura para afrontar el mayor desafío de sus vidas. Justo cuando todo empezaba a sonreírles, un inquietante personaje visita la librería de Sempere y amenaza con desvelar un terrible secreto que lleva enterrado dos décadas en la oscura memoria de la ciudad. Al conocer la verdad, Daniel comprenderá que su destino le arrastra inexorablemente a enfrentarse con la mayor de las sombras: la que está creciendo en su interior”.

Así me recibió la contraportada de El Prisionero del Cielo cuando se publicó en 2011. Este fue el tercer libro de la serie El Cementerio de los Libros Olvidados, el cuarto y último aún está por llegar y os podréis imaginar las ganas que tengo de saborearlo y devorarlo entre mis manos y mis ojos. La Sombra del Viento, El Juego del Angel y El Prisionero del cielo, publicados en este orden en 2005, 2008 y 2011, relativamente, forman un ciclo de novelas unidas entre sí a través de personajes e hilos argumentales que tienden puentes narrativos y temáticos, aunque cada uno de ellos cuenta con una historia cerrada e independiente, que podrás entender perfectamente si leer solamente uno de ellos (por supuesto, debes leer los tres).

Mi ejemplar me lo regalaron mis abuelos, en Navidad, con su dedicatoria y firma, como siempre hacen.

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Sin ninguna duda, el primero es el más especial, pero el tercero puedo decir que me pareció brillante. Volver con los mismos personajes ya fue para mí algo muy emotivo, poder reencontrame con sus vidas después de tanto tiempo y ayudarles a descubrir una historia mágica que estoy segura no deja a nadie indiferente.

Ruiz Zafón sabe escribir magia, sabe hacer de la palabra un absoluto y verdadero placer, no podéis dejar de leerle, por favor. Sólo espero que no tarde en volver.

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Mil besos con la depresión post vacacional en la mirada y las ganas en los dedos.

Gracias por estar siempre.

Buenas noches, amigos.
Lorena.

PD. Lo prometido es deuda: Volverá…

A todo cerdo le llega su San Martín.

Como muchos ya sabéis, llevo ya más de una semana de vacaciones y aún me quedan unos días más. Después de haberme perdido durante una semana por un exquisito paraíso como es el norte de España, ayer por fin llegué a mi pueblo para pasar aquí unos días con mi familia y con mis amigos de siempre, para disfrutar de mis queridas fiestas de Moros y Cristianos y para estar en el que siempre será mi lugar favorito del mundo, porque no hay nada como estar en casa.

Me tomé unos días de desconexión, pero aún siguiendo de vacaciones era necesario volver con vosotros, con algo nuevo que hoy te quería contar.

Mi vuelta viene en forma de relato. Hace un tiempo, una lectora del blog me escribió para pedirme que escribiese alguna historia sobre el acoso escolar, algo que ella había sufrido. No sé qué le pasó realmente, por lo tanto, esta historia, como todos mis relatos, es pura ficción. El acoso escolar es un tema que me produce una tristeza infinita y es un tema tan delicado que me daba muchísimo respeto tratarlo. Sólo espero que, como siempre, leáis despacito y saboreéis la historia.

Ya me contaréis qué tal.

A todo cerdo le llega su San Martín

En el momento que el mal de una persona te alegra, sabes que eres mala persona.

Siempre fui una persona más preocupada por el futuro que por el presente. Estaba siempre pensando cómo sería todo dentro de tantos años, o cómo quería que fuese. Quizás, la única razón era que quería escapar de la realidad.

Nunca tuve amigos, la verdad es que no era por qué no quisiese tenerlos. Más bien, el resto de niños decidió rechazarme de una forma totalmente gratuita y a día de hoy me sigo preguntando qué generó todo aquello, dónde, cómo y cuándo empezó… Lo que está claro es que empezó desde donde mi memoria es capaz de empezar los recuerdos de mi vida.

A veces, le preguntaba a mi madre qué era lo que hacía mal para que el resto no me quisiese, a ella se le llenaban los ojos de lágrimas y me decía que yo no hacía nada mal, que eran esos niños que resultaban ser tan estúpidos que se estaban perdiendo la oportunidad de poder conocerme y dejarme formar parte de su vida. Con el tiempo, además de hacerte fuerte y ser capaz de poder vivir sin esas personas, eres consciente de lo mucho que sufren los padres. No hay nada peor que ser un niño marginado o maltratado psicológicamente que el dolor de unos padres que ven cómo marginan y maltratan a su hijo, y luchan contra la impotencia y el dolor que no quieren demostrar en casa.

Me miraba al espejo y me preguntaba a mí misma qué era lo que fallaba… No había nada fuera de lo normal, era una niña como las demás, quizás un poco más gordita, más sensible y más tímida, pero, ¿de verdad eso hacía que no tuviese amigos? Es más, ¿de verdad eso hacía que el resto de niños me insultase y me intimidase? Se reían a carcajadas cuando me ponían la zancadilla y me caía, cuando me insultaban hasta conseguir que empezase a llorar y me fuese corriendo, cuando me robaban el bocadillo en el recreo o cuando me quitaban la mochila y se la pasaban entre ellos cómo si fuese una pelota de baloncesto.

Los profesores daban charlas y castigaban, intentaban hablar con los padres e intentaban concienciar a los alumnos del daño que estaban haciendo, pero a ninguno de ellos les importaba. Después de cada charla, todo se incrementaba, a todo lo demás se añadían “chivata”, “bocazas”, “friki”, “niñata”… Aprendí a refugiarme en libros y música que no hicieron más que hacer mi alma mucho más sensible y, a su vez, mucho más fuerte. Las historias de los cuentos y las canciones me hacían escapar de la realidad y sólo en esos momentos conseguía respirar con tranquilidad y no llorar. No quería ir al colegio, siempre quería estar enferma y a veces soñaba que Marta, la niña más guapa de la clase, se convertía en mi amiga del alma, y otras veces soñaba que yo era quien empujaba a todos y cada uno de mis compañeros del colegio mientras lloraba y les preguntaba cuál era su problema.

El tiempo no consiguió calmar aquello. Tuve la infancia más triste del mundo, a pesar de los esfuerzos incansables de mis padres por darme amor y hacerme sentir especial. Fuera de las paredes de mi casa, una dura y cruel realidad envolvía mi triste vida. Me pusieron gafas cuando cumplí los nueve años. Por supuesto, jamás tuve una fiesta de cumpleaños llena de niños. En mis cumpleaños estaba mi familia, mis abuelos, mis tíos y algunos de mis primos, aunque el más pequeño me sacaba cinco años. Nunca tuve hermanos.

Me miraba al espejo con aquellas gafas de pasta transparente que ya sabía que me iban a causar la ruina. Dos días me duraron, dos días en los que se reían y me llamaban “cuatro ojos”, “cegata”… Dos días hasta que Juan Luis, el graciosillo de la clase, respaldado por el resto, me las quitó de la cara y las estalló contra el suelo… Lloré sin parar y llegué a casa con un ataque de ansiedad porque sabía que mis padres no tendrían dinero para pagar otras, me sentía culpable y quería desaparecer.

Algunas noches, escuchaba a mi madre llorar y mi corazón se encogía. Yo la estaba haciendo sufrir. Su niña pequeña, su única niña, su sueño, y era un bicho raro al que nadie quería, me sentía tan culpable que siempre quise pedirle perdón por existir.

Cuando empezó el instituto, las cosas no mejoraron mucho, pero algo mejoraron. Allí conocí a Sandra, una niña que acababa de llegar nueva al instituto y a la que la gente no le prestó mucha atención. Me acerqué tímidamente y cagada de miedo y le dije mi nombre. Ella me sonrío y mi alma se tranquilizó. Era la primera vez que una niña me sonreía. Se convirtió en mi mejor y única amiga.

Mientras saboreo este café y absorbo un cigarrillo tras otro, se me oprime el corazón por sentirme bien por el mal de otra persona, me siento cruel y aunque no me reconozco, sé que algo dentro de mí esperaba este momento, el momento del dolor ajeno. Me es inevitable no acordarme de aquel día.

Cuando cumplí quince años, la adolescencia hacía un efecto bastante negativo en mi físico. El acné protagonizaba mi cara y la verdad es que estaba mucho más gordita que el resto de mis compañeras del instituto. Con el tiempo, si cabe, fui haciéndome más introvertida y Sandra seguía siendo mi única amiga, el problema es que desde hacía unos meses estaba saliendo con un chico y a penas la veía. Podemos decir que estaba sola, sola con mis libros y mi música. Los demás chicos de mi edad empezaban a salir por la noche y yo me pasaba los días en casa, iba al centro comercial con mis padres e intentaban entretenerme con juegos de mesa el fin de semana después de cenar. Imagina lo divertido que puede resultar eso para un adolescente.
Como cualquier chica de mi edad, empecé a fijarme en los chicos, aunque yo fuese invisible para ellos. Dani me volvía completamente loca. Había llegado dos años antes al instituto porque la empresa de su padre le acababa de trasladar a nuestra ciudad. Era tan, tan guapo… Por supuesto, con ese físico, le costó bien poco colocarse en una posición privilegiada entre el resto de alumnos y sobre todo de alumnas. Estaba segura que jamás me había mirado, no sabía ni que yo existía, y era consciente que jamás podría alcanzar a un chico como él, pero me recordaba tanto a esos chicos que me gustaban de las películas, a los que imaginaba en las historias de los libros que fue inevitable enamorarme de él. Los insultos y las burlas en el instituto casi pasaban desapercibidos, porque ahora tenía un motivo para ir a clase y era poder verle, aunque fuese de lejos.

Una mañana, en el recreo, mientras me comía mi bocadillo al lado de Sandra y su chico, Dani, respaldado por sus amigos, todos esos que durante años me habían hecho la vida imposible, se acercó a mí y me dijo que el sábado iba a hacer una fiesta en su casa y que podía ir si quería. Me temblaron las piernas y el alma y no pude ser más feliz. La suerte estaba de mi lado y parecía que ya podía empezar a tener vida social o al menos la vida normal de cualquier adolescente. Sabía que él era distinto al resto, además de perfecto.

Le conté a mi madre lo que había pasado mientras comíamos un plato de cocido y su mirada se cruzó con la de mi padre en un silencio que me resultó excesivamente molesto. Me dijeron que no creían que fuese apropiado que acudiese a la fiesta. Esa gente me había hecho mucho daño y no se merecían que perdiese tiempo de mi vida con ellos. Me enfadé muchísimo. Les grité y les dije que no entendían nada, que por fin iba a poder tener amigos y que iría a esa fiesta sí o sí. Me levanté de la mesa y me metí en mi habitación tras un sonado portazo. Nunca les había gritado a mis padres y no podía dejar de llorar, del enfado que tenía con ellos y de mi comportamiento injustificado. Seguro que sólo intentaban protegerme, al fin y al cabo, yo siempre había sido un bicho raro y les costaría asimilar que pudiese tener una vida normal.
Mi madre entró en mi habitación y me dijo que había hablado con mi padre, que lo sentían mucho y que si de verdad me apetecía ir a esa fiesta, podría ir. Es más, habían decidido llevarme al centro comercial para que eligiese algo de ropa que estrenar en la ocasión.

Me llevaron en coche hasta la casa de Dani, estaba muy, muy nerviosa. Me dejaron en la puerta y me repitieron una y otra vez que les llamase si no estaba cómoda, que nuestra casa sólo estaba a diez minutos en coche y que podrían venir a recogerme cuando quisiese. Les dije que no se preocupasen porque todo saldría bien. Los hijos siempre creemos que no hay nada por lo que preocuparse.

Me abrió la puerta Ainoa, la chica que peor me caía de todo el instituto. La guapa oficial, la que todo el mundo adoraba y quien me parecía la persona más cruel que había conocido jamás. Con su risita burlona al verme ya me puse nerviosa, tragué saliva y decidí entrar sonriendo, Dani me había invitado y nada podía salir mal. Por supuesto, la gente había llegado mucho antes que yo, estaban bebiendo alcohol, algo que yo nunca había probado, y estaban bailando desenfrenados una música que estaba bien lejos de mis gustos musicales. Nadie, absolutamente nadie me saludó. No veía a Dani por ningún lado, así que decidí sacar valor de donde fuese e integrarme. Era mi oportunidad. Me acerqué a la mesa y observé las botellas, ¿qué me podría gustar de todo aquello? Cogí una botella con un líquido transparente donde ponía “vodka” y miré a mi alrededor, dios mío, había todo tipo de refrescos, así que me arriesgué y eché coca cola. Y ahora, ¿qué? Me negaba a ponerme a bailar con ellos, toda esa gente que tanto daño me había hecho, de forma gratuita, a lo largo de mi infancia, ellos que sin motivo alguno habían hecho que mi paso por el colegio fuese un auténtico infierno. Me quedé de pie al lado de la mesa y vi como Ainoa y su séquito de seguidoras venía hacia mí, me dijeron que Dani me estaba buscando y mi corazón se aceleró. Me indicaron que estaba en la habitación que había al lado de la cocina y que quería que entrase sola.

Abrí la habitación y vi que estaba a oscuras, cuando encendí la luz, la puerta ya estaba cerrada a mi espalda. No daba crédito a lo que veía. Habían fotos mías por todas las paredes, fotos pintadas con cuernos, con palabras como “friki”, “pardilla”, “gorda” y una foto en el centro de Ainoa y Dani besándose. Nunca en mi vida me había sentido peor. Sentí como la oscuridad se desvanecía sobre mis ojos y cómo mis manos y mis piernas temblaban. Escuché sus risas al otro lado de la puerta que se incrementaron en el momento que intenté abrir. Me dejaron encerrada ahí durante horas, mientras lloré y lloré sin parar, mientras me sentía pequeña, ridícula y supe que nunca jamás había sentido tanto miedo, sólo quería estar en mi casa, jugando a un juego de mesa después de cenar.

Jamás entendí por qué necesitaban hacerme daño. Jamás, y te aseguro que me lo pregunté cada día.

Me abrieron la puerta cuatro horas después y cuando salí todos aplaudían y reían, apestando a alcohol, a carcajadas.

Salí de allí corriendo, sin saber a dónde ir. Cuando llegué a casa, lloraba como una niña pequeña y mi madre me abrazaba llorando sin saber ni si quiera por qué. Durante tres días seguidos no me levanté de la cama, no quería volver a salir a la calle, no quería volver al instituto, y deseé sin descanso que todas esas personas estuviesen muertas. Es más, pensé que lo mejor era que me muriese yo y me desperté en el hospital, dónde me habían ingresado tras ingerir un bote de pastillas que esperaba que me quitasen la vida, si resultaba que mi vida molestaba tanto al mundo.

Mi madre no se había separado de mi lado y cuando me desperté me abrazaba llorando y diciéndome que todo había pasado… Hubieron denuncias de por medio por acoso escolar que con el tiempo de poco sirvieron. El dolor estaba hecho, impregnado en mi memoria y mi corazón. No quería hablar con nadie, no quería seguir viviendo, no quería comer, ni si quiera me apetecía leer libros.

Nos mudamos un año después. Mi padre tuvo que dejar su trabajo y empezar una vida de cero y sólo con el tiempo entendí lo injusto que eso había sido. Mis padres habían antepuesto la búsqueda de mi felicidad a sus propias vidas. Y la vida cambió, mejoró y con los años, sin olvidar las cicatrices que permanecerían de forma eterna en mi alma, conseguí ser feliz.

Conseguí tener amigos, algo que había desconocido a lo largo de mi vida, a excepción de Sandra. Conseguí tener amigos de verdad, que quisieron conocerme sin juzgarme, que acabaron queriéndome sin condiciones. Mi físico cambió notablemente con el paso del tiempo y seguramente a eso ayudó que yo, gracias a la ayuda de los psicólogos y mi nueva vida, empecé a creer en mi misma, a quererme poco a poco y a ser más fuerte que el resto.

Empecé a quererme a mí por encima de todas las cosas y entendí que ese era el motor esencial para poder afrontar el dolor que intentan hacer aquellos que resultan insignificantes.

Nunca he sido una chica espectacular físicamente, pero pasada la adolescencia perdí mucho peso, cambió mi forma de vestir, pero jamás perdí mi esencia, mi pasión por perderme entre libros y buena música.

Me licencié en matemáticas y cuatro años después me casé con el mejor hombre del mundo, al que conocí en mi segundo año en la facultad. Mi compañero de clase, mi compañero de vida. Soy madre de una niña, y ahora entiendo el sufrimiento que tuvieron que pasar mis padres por querer protegerme y ver el tiempo pasar escapándose de sus manos el poder de hacerlo más allá de las cuatro paredes de su casa.

A nadie le deseo la infancia que tuve. La educación de los niños es esencial, jamás supe dónde estaba esa inocencia de la que se supone que se posee en la infancia en todos aquellos que me hicieron la vida imposible. Ahora, con los años, entiendo que gran parte de culpa la tuvieron sus padres, que jamás supieron frenar algo tan grave. El acoso escolar es un tema que protagoniza el día a día en la vida de miles de niños, en muchos rincones del mundo. La inocencia de un niño puede ser el arma más cruel.

La vida fue sabia y supo darme aquello que ya me había rendido de pedir. Sólo quería tener una vida normal, ser feliz, y para ser feliz, créeme, que necesitaba muy poco.

En el momento que el mal de una persona te alegra, crees que eres mala persona. A veces, sólo necesitamos que la vida haga por nosotros lo que jamás estuvo en nuestras manos.

Mientras saboreo un café y absorbo un cigarro tras otro, pienso en la noticia que mi madre me ha contado nada más levantarme. Ainoa, aquella líder del instituto, que me encerró en una habitación y se rio de mis lágrimas a carcajadas, consiguió casarse con un hombre rico que le había dado una vida de lujos que siempre vi vacía de sentimientos. Acababa de ser abandonada, se había quedado sin casa, sin oficio, ni beneficio, sola en la vida, sin sus lujos, mientras su marido apresuraba los trámites de divorcio para casarse con una chica mucho más joven y guapa. Ella, por lo que decía la gente, estaba totalmente destrozada y a mí aquella noticia me estaba haciendo muy, muy feliz.

Quizás soy mala persona, pero hoy sonrío y pienso que a todo cerdo le llega su San Martín.

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Feliz tarde, amigos.

Lorena.

Segunda oportunidad.

El verano es para eso, para no parar, para ir y venir todo el rato, para pasar mucho tiempo fuera de casa, para llenarte de energía y de cosas buenas, es mi estación favorita del año y por eso me gusta exprimirla al máximo. Después de un fin de semana maravilloso en la playa con mis amigas, y en el pueblo con mi familia, vuelvo para traeros un nuevo post.

Hace un tiempo, una diseñadora a la que admiro y aprecio mucho, me pidió si algún día podía escribir un relato relacionado con la moda… ¿Cómo podría enfocar yo eso? Pues con imaginación, no encuentro otra forma para hablar de un mundo que no me pertenece. Como en todos mis relatos, lo que escribo es pura ficción y espero que a alguien le sirva de ayuda observar la capacidad que tienen algunas cosas de arruinarte la vida. El tema de las drogas es un tema que me produce mucho miedo y respeto.

Ahora, como siempre, desconectad del mundo, y leed despacito….

SEGUNDA OPORTUNIDAD

 

Escuché las sirenas de lejos y la luz de la ambulancia retumbaba en la ciudad…

No sabía si seguía vivo.

Recuerdo una vez, hace muchos años, que un buen amigo de la infancia me preguntó cómo los seres humanos sabían que poseían un don. Él siempre bromeaba y decía que quizás él tenía un don oculto que no había sabido descubrir y que quizás era un gran músico, o un gran jugador de baloncesto… Yo le sonreí y le dije que seguramente quien tiene un don no es consciente de que lo tiene, ese don se desenvuelve dentro de una actividad normal en la que consigues hacer algo extraordinario y seguramente no te das cuenta hasta que varias personas te lo dicen…

Desde muy pequeño la curiosidad por la moda despertó en mí, me gustaba hacerle vestidos a las muñecas de mi hermana y no me di cuenta de la importancia que tenían mis manos cuando se ponían a hacer realidad mis sueños. El primer vestido que hice se lo regalé a mi madre, pronto empezaron a llegarme encargos del resto de familiares…. Mi madre se oponía porque decía que era demasiado pequeño y tenía que centrarme en mis estudios, y mi padre sólo estaba preocupado de que a un hombre le pudiese gustar dibujar y coger una máquina de coser. A ella le prometí hacerlo siempre después de haber terminado los deberes y con él me senté seriamente a hablar para explicarle que me gustaban las mujeres, de hecho, me gustaban mucho, pero también me gustaba la moda e inventar piezas de ropa, era un juego, sólo eso.

Me trasladé a Barcelona para estudiar diseño de moda y pronto empecé a sentir el asombro de compañeros y profesores… Dentro de todo aquello, yo seguía sorprendiéndome. En casa, con mi familia y con mis amigos de siempre, estaba acostumbrado a que me halagasen. Siempre pensé que habían dos motivos: uno, no estaban acostumbrados a ver a alguien haciendo eso y dos, me querían demasiado.

Conseguí una beca para trabajar durante un año en uno de los talleres más prestigiosos de París. Allí conocí a Amaia, mi primer gran amor. Amaia era divertida, risueña, las pecas le envolvían las mejillas bajo unos ojos verdes, su melena rubia y sus labios carnosos eran irresistibles. Nos conocimos en una prueba de vestuario para una firma de renombre en la que empecé a colaborar dando consejos y ultimando detalles. Con ella viví esa inocencia que el amor primerizo tiene. Nos pasábamos el día haciendo el amor, y le encantaba tomar café desnuda, sentada en la cama, con el periódico entre las piernas, cuando amanecía el día. Era preciosa, y era inevitable no querer besarla y acariciarla a cada instante.

Una noche, me pidió que la acompañase a una fiesta, allí habrían personas importantes relacionadas con la jet set parisina, gente de la moda y el espectáculo y podía ser una buena oportunidad para hacer contactos. Todo me parecía grandioso. Desbocado. Brillante. Maravilloso.

Las mujeres danzaban elegantes, de arriba a abajo, con la sonrisa en los labios y siempre preparadas para el lanzamiento de los flashes, los hombres babeaban aguantando el tipo, riendo falsamente sobre conversaciones que no les interesaban, sus miradas se cruzaban constantemente, las de ellos y ellas. Comida carísima que duraba en las bandejas porque nadie comía en aquellos lugares, aquella gente bebía champagne y copas cuyas botellas superaban mi sueldo. Amaia me quería, me sonreía y me daba la mano para que me sintiese seguro. Ella siempre me decía que tenía talento y que el mundo entero debía ver mis diseños, me juraba que iba a triunfar.

En aquella fiesta conocí a Paolo, un empresario con el que pronto entablé una buena amistad. A raíz de él conocí a Jeremy, un modelo francés que con el tiempo se convirtió en mi mejor amigo.

Una noche, me desperté sudando y llorando como un niño. Amaia me miró asustada y me dijo que sólo era una pesadilla… No recordaba qué había pasado, ni qué era lo que tanto me había perturbado, pero supe que debía ponerme a trabajar día y noche para conseguir mis sueños. Mis padres me ayudaron en todo lo que pudieron y con unos ahorros que tenía, lancé mi primera colección. Por aquel entonces tenía pocos pero buenos contactos, y acudieron unas cincuenta personas a la presentación. Dos medios de comunicación se interesaron en pasar a hacer unas fotos y publicar sobre mi firma. Sólo lo hicieron porque habían dos caras conocidas entre los invitados, y al final la publicación apareció en una pequeña esquina de las últimas páginas.

Había invertido mucho dinero y tiempo, mucha ilusión y ganas y creía en mí. Sabía que era esencial creer en mí mismo para que lo hiciese el resto. Gracias a Paolo conseguí vender algunas de mis prendas en tiendas multimarca del centro de París, y eso ya era todo un sueño. Jeremy se encargaba de llevar mis trapos en todos sus eventos y hablaba de mí siempre que alguien le decía lo bonito que era su traje o la elegancia que vestía su camisa. Por supuesto, con la primera colección no gané el suficiente dinero como para pagar todo lo que había invertido y empecé a preocuparme. Amaia, con sus labios carnosos, sus pecas y su rubia melena, me decía que no me preocupase, que no me rindiese y que luchase. Tenía que hacerle el amor cada vez que se ponía a hablarme con esa voz tan dulce…

La segunda colección llegó en verano, y conseguí poner a la venta algunas prendas en la tienda de un amigo de Barcelona. Una mañana, Paolo me llamó entusiasmado. Alguien le había regalado uno de mis vestidos a la maravillosa Claudia Erino, una de las top models más aclamadas del momento, y ella había decidido lucirlo en un evento. El poder de atracción a las masas que tienen las caras conocidas es alucinante. El vestido se agotó en las tiendas de París en cuestión de horas, y había una larguísima lista de personas que lo querían y estaban dispuestas a pagar el doble de lo que valía. Aquellos días reía a carcajadas, no creía nada de todo aquello, y estuve borracho durante tres días sin salir de casa, haciendo el amor con Amaia.

Todo lo demás pasó muy deprisa, la colección tuvo una acogida maravillosa y tuve que contratar a dos modistas para que me ayudasen a crear más prendas como aquellas y poder cubrir la demanda, que no paraba de crecer. Parecía que las cosas empezaban a funcionar.

En tres meses abrí mi primera tienda, y aconsejado por Paolo en todo momento, y publicitado por mi gran amigo Jeremy, subí el precio de la ropa. Mi firma iba a ser algo exclusivo. Mis prendas estaban cuidadas al mínimo detalle, cada una de ellas tenía una elaboración increíble, piedras, gasas y sedas empezaban a ser las protagonistas de unas prendas que cubrirían las pieles más prestigiosas de la ciudad.

La inauguración de la tienda fue un auténtico éxito. Muchísimas modelos quisieron acudir al evento, hombres y mujeres desfilaron para darme la enhorabuena y beber champán de ese caro que Paolo había decidido regalarme para la ocasión. Medios de comunicación y flashes y al día siguiente protagonista de toda la prensa parisina. Estaba en una nube y empezaba a tener miedo.

En tres años tenía cuatro tiendas en París, una en Madrid, dos en Barcelona y otra en Milán. Por aquel entonces ya era imprescindible en los eventos más prestigiosos de Europa. Los flashes sólo querían fotografiarme y los periodistas se empujaban para preguntarme cuáles eran mis próximos proyectos. Era un diseñador reconocido, uno de los mejores.

A Amaia cada vez la veía menos, mi apretada agenda me robaba mucho tiempo, viajaba constantemente y a penas hacíamos el amor. Ella seguía preciosa, como siempre, pero empezábamos a no saber encontrarnos. O más bien, empecé a no saber encontrarla ni encontrarme.

Mi mundo ya era un mundo de mentira. La moda seguía siendo mi pasión, pero mi vida estaba más centrada en las fiestas, en la droga, en las mujeres. Los asesores de Paolo administraban toda mi empresa, mi firma, los contratos, las aperturas, las presentaciones…. Empecé a tener a gente que hacía todo, absolutamente todo por mí, yo sólo tenía que hacer lo que mejor sabía: dar rienda suelta a mis sueños y dibujar vestidos y trajes de infarto.

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Un enero muy frío, acudí con Amaia a una fiesta privada. Un conocido cantante nos abría las puertas de su casa para compartir con nosotros y con unas cincuenta personas más su cumpleaños. En aquella casa, el clima era tan cálido que parecía verano y su espalda estaba al descubierto. Pedí mil veces perdón a mis adentros cuando la vi darse la vuelta, con aquel vestido rojo y aquella trenza despeinada. Amaia sabía desde hacía mucho que le era infiel, que mis fiestas, mis idas y venidas, siempre estaban acompañadas por mujeres, pero ella nunca me decía nada, quería estar conmigo y aquella vida era demasiado atractiva como para plantarle cara. A veces, los seres humanos somos así de estúpidos.

Nos presentaron y me morí. Era la mujer más hermosa que jamás había visto. Jamás, y te prometo que estaba acostumbrado a rodearme de mujeres muy, muy hermosas. Era quince años más joven que yo y tenía la vida y el mundo en los labios. La mirada risueña, la piel delicada, el fuego en el pelo, las ganas en la risa. Quise besarla allí mismo, arrancarle la ropa y prometerle amor eterno. Valeria era un sueño.

No dejé de mirarla y ella me sonreía de reojo, le gustaba gustar y estaba disfrutando de verme, con la copa en la mano, y mi vida centrada en ella, sin importarme el momento ni el lugar.

Recibió la propuesta de mi responsable de prensa y aceptó sin poner precio. Iba a ser la nueva modelo de mi colección. Firmamos un contrato millonario, que por aquel entonces ya me podía permitir. Sabía que la conseguiría cuando no la había visto ni una segunda vez. Le dije a Amaia que lo nuestro no podía seguir, que nos habíamos apagado y que no éramos felices. Ella lloraba y me suplicaba que no lo hiciese, me decía que me estaba equivocando. Le regalé un pequeño apartamento que había comprado hacía un par de años en el centro de París y ella, entre rabia y dolor, me dijo que iba a convertirme en un desgraciado.

La sesión de fotos de Valeria se realizó en un pequeño pueblo italiano. El primer día no salí del hotel, sabía que ella esperaba verme y quise hacerla esperar, aunque me moría por mirarla. El segundo día, acudí mientras la fotografiaban, a mitad de la sesión y vi su sonrisa pícara de niña jugona a través del objetivo de la cámara. Me tenía delante, observando en silencio, y sabía que podía hacer conmigo lo que le diese la gana.

La invité a cenar. Estaba nervioso, La esperé en el hall del hotel y reservé en un restaurante que me habían recomendado como el mejor de la zona. Bajó con un vestido verde y el pelo recogido, unos aritos dorados y los labios rojos. Quise morirme en ese instante, porque sentía que estaba en el cielo. Aquella noche hablamos durante horas, entre vino, texturas y sabores deseando que el tiempo se parase. Subimos al hotel y sin importarme la hora le dije a mi agente que nadie trabajaría al día siguiente, tenían un día de descanso para visitar el lugar, yo corría con los gastos. La miré a los ojos y se lanzó a mi boca, la apreté fuerte contra la pared y le arranqué el vestido, le mordí los senos, le agarré las piernas, envolví mi cintura y la oí gritar de placer en mi oído. Fue la mejor noche de mi vida.

No salimos de la habitación. Comimos y bebimos todo el día, nos drogábamos, reíamos, nos mordíamos los labios y nos prometíamos locuras. Una mes después le pedí matrimonio.

Nos casamos en la más estricta intimidad en una pequeña isla griega, rodeados de nuestros familiares y amigos más cercanos.

Valeria era mi musa, Valeria… El gran amor de mi vida. Después de conocerla, diseñé la mejor colección que he hecho en mi vida. El mundo estaba a mis pies y ella era mi mundo. Estaba totalmente eclipsado, loco de amor, de pasión… Y más tarde que temprano, empecé a volverme loco de celos. Ella era mía, sólo mía y me moría si la miraban, si le sonreían o la rozaban. Me volví un enfermo, un ser insoportable y despreciable.

A veces me encerraba durante días en el estudio, me drogaba para diseñar y empecé a construir el declive de mi vida.

Descuidé mi negocio, mi familia, mis amigos y mi vida… Sólo ella me obsesionaba y sólo ella me mataba. En dos años nuestra relación era insoportable, se quejaba por absolutamente todo y ni las joyas, ni los lujos callaban sus gritos y molestias. Yo iba totalmente colocado cuando me anunció, llorando, que esperábamos un hijo. La abracé, la besé, le prometí amarla y cuidarla y le prometí que buscaría ayuda, dejaría las drogas, dejaría el alcohol, las fiestas y me centraría en mi trabajo y nuestra familia.

No lo cumplí. La droga era mi medicina y yo estaba totalmente perdido. Empecé a fallarme a mí mismo desde mucho tiempo atrás, pero nunca había fallado en mis diseños, seguían siendo tan increíbles como al principio, sólo que el cerebro poco a poco estaba dejando de respirar, me estaba matando a través de la cocaína y mis ideas se iban esfumando con el viento y con los días.

Gabriel nació una noche de mayo y fui el hombre más feliz del mundo. Intenté darle a mi hijo la mejor vida del mundo, intenté cuidarle y quererle, incluso cuando estaba dejando de ser persona. Me ingresaron varias veces en una clínica, y al salir, volvía a caer en el precipicio. Valeria, el gran amor de mi vida, me odiaba. No me dejaba abrazarla y me repetía que le daba asco. Mis colecciones estaban limitadas y la prensa empezaba a hacerse eco de ello, las críticas, en los últimos tiempos, eran siempre negativas.

Supe que estaba perdido cuando Valeria me presentó los papeles del divorcio y cuando me dijo que en mis condiciones, jamás podría hacerme cargo de mi hijo.

Llevaba tres noches sin dormir, encerrado en un apartamento que tenía en la costa francesa. Bebiendo, fumando y drogándome hasta casi perder el conocimiento… ya nada tenía sentido. Yo había destrozado mis sueños.

Cogí el coche, arrastrado, borracho, drogado, moribundo y conduje por una pequeña carretera que bordeaba el mar, quería ir a buscar a Valeria y pedirle perdón, quería abrazar a mi hijo y prometerle un padre mejor.

Escuché un pitido, sentí un volantazo…. No recuerdo nada más.

Escuché las sirenas de lejos y la luz de la ambulancia retumbaba en la ciudad… La historia de mi vida pasó en un segundo por mi cabeza, mis sueños, mis grandes amores, mi pasión, mi familia, mis amigos y la desgracia en la que me había convertido.

Supe que estaba vivo, aunque apenas me podía mover, un pitido fuerte retumbaba en mi oído y escuchaba los gritos de los médicos que no dejaban de correr.

No solamente estaba vivo, sino que la vida me estaba dando una segunda oportunidad.

Buenas noches, amigos.

Lorena.