Dejar de ser.

Martes 13, siempre me ha gustado. Me gusta el 13 y no soy nada supersticiosa. El 13 es el día que nací y creo que el 13 es un día de buena suerte. También me gusta la manzanilla caliente, con dos cucharadas de azúcar moreno, que tengo ahora a mi lado, el silencio que se respira ahora mismo en mi casa, con el calor del hogar y Cometo a mis pies para despedir este martes con vosotros.

Después de estar todo el día sin saber qué iba a escribir hoy, finalmente he decidido que fuese un relato. Hoy te quería contar una historia que tanto tú como yo sabremos hacer nuestra. Este es mi primer relato de 2015, así que léelo despacio, como siempre…. Espero que te guste.

Gracias, de nuevo, a los que seguís conmigo en este nuevo año y gracias a los que acabáis de llegar…

Dejar de ser

Aquel podría haber sido un día normal, como lo había sido el anterior, como lo podía haber sido el siguiente. Aquel podría haber sido un día más, sin alterar el estado emocional en el que llevaba acomodada muchos meses, con la calma de la rutina y el buen sabor de creer y sentir que en mi vida todo era perfecto. Aquel podía haber sido un día normal… pero no lo fue.

Desde muy pequeña creí que la vida estaba siempre marcada por señales del destino. Recuerdo cuando en mi adolescencia siempre creía que yo iba a vivir un amor de película, cómo me entregaba con fuerza a las causas imposibles y cómo jamás dejé de decirle a un chico que me gustaba lo que sentía por él. Me gustaba creer en el amor, como siguen haciendo los adolescentes y siempre creí que en la vida había que jugar así, sin intentar perder oportunidades, si alguien me gustaba, yo siempre encontraba una señal para saber que debía luchar por él. Unas veces esas señales fueron creíbles, en otros muchos casos no.

Aquel día me levanté bien temprano, tenía una importante reunión de trabajo y no podía llegar tarde. Me duché con prisa mientras el sonido de la cafetera expandía suavemente el olor a café por mi casa. Era el aroma de los buenos días. Me puse unos vaqueros y una camisa blanca, uno zapatos altos de aguja y trencé mi pelo a un lado. Un poco de maquillaje y un color suave en los labios. Me bebí el café de un sorbo, cogí el bolso y salí de casa. Iba bien de tiempo. Cogí un taxi hasta la oficina. Llegué justo al mismo tiempo que Luis, mi jefe, así que decidimos fumarnos un cigarro en la puerta, sonriendo y deseando que aquel fuese un gran día. Mi relación con él era fantástica. Hacía cinco años que había empezado a trabajar allí con un puesto de telefonista que poco a poco fue creciendo. Había ascendido hasta ser responsable de mi departamento y en una hora nos reuníamos con el director de la empresa para saber si me ascendían a responsable de zona. Luis confiaba en mí, siempre lo había hecho. Era un buen hombre, educado, divertido y responsable. Más de una vez había estado cenando o tomando unas copas en su casa, un precioso ático en el que vivía con su marido en una de las zonas más residenciales y caras de la ciudad. Aquella mañana, su mirada me transmitió seguridad y fuerza, y mis ganas me animaban a pensar que ese puesto iba a ser mío, había trabajado muy duro para ello y sabía que lo tenía merecido.

En la reunión me temblaban las piernas, aunque entré con paso firme a la sala, me sudaban las manos y mi sonrisa escondía los nervios que me estaban revolviendo el estomago. Allí había dos chicas más, que trabajaban en la misma ciudad, pero en otras oficinas, ellas optaban a mi mismo puesto y les sonreí sabiendo que, seguramente, estaban tan ilusionadas como yo. Cuando, finalmente, dijeron el nombre de la persona elegida para ascender y ocupar el cargo al que aspirábamos y escuché que no era el mío, he de confesar que no me alegré ni lo más mínimo por ella. No la conocía de absolutamente nada y aunque quería creer que seguramente era porque se lo merecía, sentí mucha pena e impotencia. Luis me miró con la tristeza en la mirada, y negó por lo bajo dándome un abrazo a través de sus ojos y un “lo siento” que leí en sus labios, aunque no lo hubiese pronunciado. Le sonreí para que entendiese que no pasaba nada, que otra vez sería… Y creo que jamás he sonreído de una forma más amarga. Aunque no había querido hacerme ilusiones, me las había hecho. No le había contado a nadie lo de aquella reunión, yo nunca contaba las cosas hasta que no estaba segura que me habían salido bien, siempre me excusaba diciendo que no quería que se gafasen, pero en verdad era porque no me gustaba perder.

Cuando salimos a comer, Luis no sabía qué decirme, sabía lo mucho que me había esforzado para aquello y sabía lo feliz que me hubiese hecho ese ascenso. Me vio tan triste que me dijo si me quería coger la tarde libre, le dije que no. La vida seguía y no pasaba absolutamente nada. Aquel día, le había escrito a mi hermana y a mi cuñado para que viniesen a cenar a casa, porque pensaba que tendríamos algo que celebrar. Le escribí de nuevo para decirle que no me encontraba bien y mejor lo dejábamos para otra ocasión.

A las seis de la tarde salí de trabajar, una manifestación pasaba por el centro y justo habían cortado la calle principal. Ni un coche, ni un taxi. No recordaba la última vez que había ido en metro, no tenía nada en contra de ello, pero me acostumbré a ir en taxi a todos sitios y me autoconvencí que era la forma más rápida de llegar al destino. Normalmente era mentira. Mi hermana Paula siempre me lo echa en cara, a ella le parece fatal que no vaya en transporte público y que yo sea una contribuyente más del tráfico y la contaminación de la ciudad.

En tres minutos exactos, el metro llegó al andén. Ocho paradas hasta mi casa. Cuando la puerta se abrió y me dispuse a salir del vagón, me topé con la gente que iba a entrar en él… Y ahí, de repente, después de años sin saber nada de él, me topé con su mirada, con su cara y con su cuerpo. Estaba exactamente igual, como si nada hubiese cambiado. Nuestras miradas en silencio, enfrentadas, encontradas, con rencor, tristeza, alegría y confusión. Fueron los segundos más largos de mi vida. Ni un hola, ni un gesto con la cabeza, ni una media sonrisa, nos miramos como se miran dos desconocidos que se suenan y no saben de qué, nos miramos como dos personas que se habían querido con fuerza y miedo, con pasión y ganas, que se habían amado y prometido amor eterno y que posteriormente se habían odiado para siempre. Le cedí el paso y sentí su olor, se me paró el corazón y me dio un vuelco al mismo tiempo. Acababa de viajar en el tiempo. Estaba totalmente desubicada, confusa, atontada. Escuché el sonido de las puertas cerrarse a mi espalda y sólo fui capaz de girarme cuando sabía que el tren había desaparecido. No me lo podía creer.

Salí de la estación y las primeras horas de una noche fría de diciembre, caía con calma sobre mí. Pasé por el escaparate de mi pastelería favorita y entré a por un par de milhojas de crema, mis favoritas desde niña. Había sido un día de demasiadas emociones, así que me las comería en casa con calma. Me senté en el sofá mientras Silva, mi gata, se paseaba entre mis piernas dándome la bienvenida al hogar. Seguramente ella sabía que había sido un día raro. Me comí aquellas milhojas todavía en estado de “shock”, en silencio, con el café de la mañana recalentado, con un bombardeo de recuerdos acribillándome con fuerza la cabeza, con mil imágenes pasando como diapositivas borrosas a mil por hora dentro de mi alma. ¿Estaría también él pensando en mí?

Sin ninguna duda, el encuentro nos había pillado a los dos por sorpresa. Hacía años que no sabía nada de él, ni si quiera sabía si seguía en la ciudad, no sabía a qué se dedicaba, si le iba bien, si se habría casado o si tendría hijos. Nada, absolutamente nada. No nos quedaban amigos en común y nos habíamos odiado tanto que decidimos olvidarnos, o al menos intentarlo.

Sabía perfectamente dónde las guardaba. Cogí una silla y me subí para alcanzar el altillo del armario de la habitación de invitados. Allí siempre acababa almacenando todas esas cosas de las que, por una razón u otra, nunca me quería deshacer. Viejas fotografías, un jersey que jamás me pondría pero que era incapaz de tirar, papeles de todo tipo, antiguos discos, pequeños objetos que en algún momento de mi vida habían formado parte de mí. Al fondo, una antigua caja de metal que una vez estuvo llena de galletas de mantequilla. La cogí y la acaricié. Habían pasado ocho años y jamás la había vuelto a abrir. No sabía si sería buena idea, pero estaba segura que nada de aquel día había pasado por casualidad. Ni aquella reunión de la que en esos momentos era incapaz de acordarme, ni aquella manifestación, ni aquel viaje en metro, justo en ese momento, a esa hora, en esa estación…

Me senté y fui releyendo todas y cada una de aquellas cartas. Había pasado tanto tiempo que era incapaz de recordar muchas de ellas, otras, en cambio, me parecía haberlas leído hacía unas horas por última vez. Me di cuenta que nos quisimos de verdad. Nos queríamos mucho, nos queríamos con inocencia, con muchas ganas, con muchas aspiraciones y sueños, nos sentíamos agradecidos por habernos encontrado, por todo lo que nos regalábamos, por los momentos y las risas, nos decíamos que los momentos malos los superaríamos juntos, queríamos una casa en la playa y tener como mínimo tres hijos, nos sentíamos grandes cuando estábamos juntos y jurábamos no haber querido nunca cómo nos queríamos nosotros, nos prometíamos que aunque algún día no estuviéramos juntos siempre pensaríamos el uno en el otro… Incluso nos prometíamos que si lo nuestro fallaba y se acababa, algún día encontraríamos la manera de volvernos a encontrar,  a pesar del tiempo y la distancia…

Nunca dejamos de dejarnos cartas debajo de la almohada en aquellos tres años que compartimos. El último había sido tormentoso. Se le olvidó contarme en una de esas cartas que había conocido a otra persona y que llevaba un par de meses engañándome. Le descubrí y le perdoné, pero no fui capaz de perdonar de verdad. Perdimos el respeto y la pasión, la pureza y la naturalidad que siempre nos había unido, la transparencia y la confianza. Discutimos por absolutamente todo durante mucho tiempo, nos despreciábamos y nos queríamos a la par, con intensidad, por días y momentos. Al final, con una historia que ya no era sana, ni bonita, acabé refugiándome en uno de mis compañeros de la universidad, del que me enamoré y por el que decidí abandonarlo todo, con el que un año después pasé de novio a mejor amigo, porque no sabía quererle, ni olvidar a aquel que me había hecho tanto daño. Me reprochó mil veces aquella ruptura y yo le reproché otras mil aquella aventura, nos hicimos mucho, mucho daño. Nos machacamos psicológicamente el uno al otro. Nos enviábamos mensajes para recordarnos lo mucho que nos odiamos, y fuimos envenenando nuestras almas hasta llegar a ser dos completos desconocidos. Nosotros, que habíamos compartido tanto…

Aquel podía haber sido un día normal… pero no lo fue. Quizás el destino había querido reencontrarnos, con la madurez y la herida curada, o al menos olvidada. A día de hoy, me sigo preguntando si dejé de odiarle, así como me pregunto si dejé de quererle. No me reconocí en aquellas cartas, pero supe lo que había ahí escrito, por su parte y por la mía, eran frases escritas desde el corazón. Me había olvidado de lo mucho que nos habíamos querido. Lo había olvidado hacía mucho tiempo. No me reconocí en aquellas cartas, ni supe qué quedaba de aquella chica que fui en la que soy hoy en día. Entonces me di cuenta que a veces somos alguien cuando estamos con otro alguien, sólo en ese transcurso somos otra versión de nosotros mismos, que nunca volverá, que enterramos cuando todo acaba, para ser capaces de renacer entre las cenizas. Quizás algún día volvamos a parecernos a aquella versión que fuimos, porque seguro que algún día volvemos a querer con las mismas ganas, pero siempre de forma diferente.

A veces, esa versión que fuimos se pierde con el tiempo, porque las experiencias nos hacen convertirnos en alguien diferente o porque a veces, si no estamos con ese alguien, simplemente dejamos de ser.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

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Me olvidé decir te quiero…

Es inevitable que nos gusten los días festivos, sin prisa, sin pausa… Anoche escribí un relato y no sabía cuando lo iba a publicar, lo que sé es que me parece uno de los relatos más bonitos que he escrito jamás, espero que a vosotros, al menos os guste.

No he podido aguantar mucho y hoy te lo quería contar.

A dos días de irme de nuevo de vacaciones os dejo esta historia, de amor y desamor, de distancia y sentimientos, de letras y circunstancias, para que lo leáis despacito y lo saboreéis como me gusta que hagáis y como sé que cada vez os gusta más hacerlo…

Gracias por seguir ahí, al pie del cañón, a mi lado, al otro lado de la pantalla… No sabéis lo feliz que soy.

Me olvidé decir te quiero…

“¿Se puede echar de menos algo que nunca has tenido? Muchos os preguntaréis quién soy y quienes me conocéis, al menos de vista, os preguntaréis qué hago aquí. Hoy quiero hablar de mi mejor amigo, de quien llenó de vida mi alma y de sueños mis días…”

Así empezaba aquello que yo había escrito.

Me habría gustado contarle la primera vez que le vi, porque yo la recuerdo. Me habría gustado sonreírle y explicarle que sólo tenía once años cuando jugaba con mis amigas del colegio en la calle y una de ellas me pidió que gritase su nombre, se giró y todas nos reímos. Aquella fue la primera vez, aquel día supe cómo se llamaba y aquel día me enamoré de él. No podíamos tener nada en común, ni amigos, ni aficiones, ni nada. Nuestra diferencia de edad, aunque no era exagerada, era suficiente para separar nuestras vidas e inquietudes. Algún día sería mayor y seguro que algún día podría conseguir estar cerca suya. Me conformaba con ser su amiga, mientras soñaba con sus besos.
Recuerdo las tardes de verano, en la plaza principal, o en la heladería junto a la iglesia, le recuerdo riendo con sus amigos, sobre motos y adolescencia, mientras yo observaba siendo sólo una niña, una niña pequeña. Era el chico más guapo que había visto jamás. Risueño, dulce, simpático, su piel tostada bajo su melena rubia… Estaba hecho de sueños.
Pasé de niña a adolescente y él seguía protagonizando mis pensamientos, protagonizaba con su nombre bajo tinta mis carpetas y libros del instituto, los corazones y las ilusiones. Estaba segura que jamás podría querer a nadie como le quería a él. Le deseaba y ya no quería ser sólo su amiga.

Con el tiempo, la diferencia de edad, aún siendo la misma, se apreciaba menos. Empezábamos a frecuentar los mismos bares e incluso, de vez en cuando, compartíamos amistades. Recuerdo la primera vez que coincidí con él en una discoteca. Yo me sentía muy guapa. Me había puesto mis mejores galas, la minifalda más bonita del momento, con los tacones más altos de mi vida. Le sonreí mientras le saludaba. Me sonreía educado, siempre lo hacía, cordial, carismático. Era la niña a la que llevaba conociendo de vista desde hacía unos cuantos años. Por supuesto, no fue mi primer beso, ni mi primer amor carnal, no perdí la virginidad en sus brazos ni le pude decir te quiero. El destino, con el paso de los años, parecía no estar de mi lado.

Paula era mi mejor amiga desde que íbamos al colegio y llevaba un par de meses saliendo con uno de sus amigos. Paula cumplió 21 años y preparó una fiesta maravillosa en su casa. Sus padres estaban de vacaciones y creíamos que podíamos comernos el mundo. ¡Bendita juventud! Qué felices fuimos. Estábamos radiantes y guapas, con las ganas en las pestañas y los sueños en la mirada, rodeadas de todos nuestros amigos de siempre, entre risas, alcohol y buena música. La sonrisa pícara de Paula me hizo un guiño hacia la puerta y le vi entrar. Él y todos sus amigos también estaban invitados, pero yo no lo sabía.

Por aquel entonces yo acababa de volver de pasar un año en Alemania con una beca Erasmus y además acababa de dejar una relación de dos años con el que le hubiese jurado al mundo que era el amor de mi vida. Cuando le vi entrar a él, me olvidé del mundo, de los amores y la vida, mi corazón estallaba de felicidad y miles de mariposas revoloteaban en mi estómago. Hacía mucho tiempo que no le veía y seguía estando tan guapo como siempre. Creo que aquella fue la primera vez que él se dio cuenta, realmente, de que yo existía, al menos yo como mujer y ya no como niña. Todos bailábamos, reíamos y bebíamos, él se acercaba y yo estaba, con dos copas de más, muy divertida. Mientras aguantaba que su amigo me tirase los trastos, sonreía sabiendo que era él por quien en aquel momento me moría. Se ofreció a llevarme a casa y acabamos en la suya. Había bebido tanto para contener la emoción de la noche y la vergüenza que al día siguiente apenas fui capaz de recordar nada. Siempre lo lamenté. Nos recuerdo besándonos cómo si se nos fuese la vida, nos recuerdo desnudándonos y recuerdo el momento en el que abrí los ojos y le vi durmiendo a mi lado. Nunca había sido tan feliz.

Es cierto que no sé muy bien qué pasó después. Los días siguientes me quedé esperando un mensaje o una llamada que nunca llegaron y supe que lo mejor era aceptar que había sido así, una noche fugaz, de borrachos y besos. Había que aceptar que había conseguido más de lo que unos años atrás habría imaginado, dormir abrazada a él había sido un regalo, un capricho que la vida me había regalado.

Perdimos el contacto, a lo que supongo que ayudó que yo me fuese del país. Había conseguido una beca para estudiar un master en Buenos Aires, la ciudad que acabé haciendo mía. No recuerdo la última vez que le vi, quizás hace seis o siete años, en Navidad, una noche que nos cruzamos por la calle.

Hace dos años recibí un e-mail en mi correo, me dio un vuelco el corazón cuando vi el remitente. Me enlazaba un artículo que acababa de leer sobre publicidad y marketing y creía que me podía interesar. Sabía, incluso, lo que había estudiado. Aproveché aquel correo de vuelta para agradecerle el interés y saber qué había sido de su vida, cómo le habían tratado los días, dónde vivía y a qué se dedicaba. Aquel fue el primer correo de muchos.
Al principio hablábamos de cosas generales, sobre cómo nos trataba la vida, cómo eran mis días en Argentina o cómo seguían los suyos por nuestra ciudad… Hablábamos del tiempo, del trabajo y de los sueños, a veces de los recuerdos, pero jamás hablamos de aquella noche. Nuestra noche. La noche de borrachos y besos. Empezamos a buscar excusas tontas para escribirnos, para saber uno del otro, al principio una o dos veces a la semana, al final todos los días. Acabamos hablando de nuestras preocupaciones, de cómo habíamos amanecido y cómo nos iríamos a dormir, acabamos dependiendo de aquellos correos que en silencio eran la ilusión de mis días. Me despertaba y miraba el móvil y cada mañana me encontraba con una respuesta suya, nunca tonteamos, jamás, pero nos necesitábamos en la distancia. Nos deseábamos sin decirlo y nos arrancábamos sonrisas.

No me atreví a contarle que Julio, mi novio, con quien vivía desde hacía años, me había pedido matrimonio. Nosotros no hablábamos de eso. Yo no quería perderle, perder algo que no tenía, no quería dejar de recibir sus e-mails con la historia de su día a día, no sabía si él tenía novia, y tampoco me interesaba. Julio era un hombre bueno, educado y sereno, un empresario de éxito que me daba la estabilidad, la paz que mi vida y mi nerviosismo necesitaban, pero Julio siempre viajaba, por trabajo, nunca estaba. Muchísimas veces me sentía sola y descuidada, pero cuando él volvía a casa sabía que me adoraba sólo por cómo me miraba. Julio estaba locamente enamorado de mí, era el hombre que más me había querido en mi vida y seguramente nadie sería capaz de quererme tanto como lo hacía él.

Jamás me atreví a enviarle un e-mail y decirle que le quería, que le quería desde aquella primera vez que le vi, en aquella calle, jugando con mis amigas cuando sólo tenía once años. Jamás me atreví a decirle que le quería porque tenía miedo de que él no me quisiese como Julio me quería. Es lo más cobarde y egoísta que he hecho en mi vida.

A veces, soñaba con él, nos imaginaba en una terraza, riéndonos a carcajadas, comiéndonos la vida. No recordaba su voz, hacía demasiado tiempo que no le veía. Jamás nos llamamos por teléfono, pero acabó siendo mi mejor amigo y sus e-mails siendo el motor y la alegría de mi vida. Deseaba abrir la bandeja de entrada, ver su nombre y abrir el correo, deseaba que me dijese que me necesitaba, que me quería y que quería regalarme el mundo, que volviese a España, que estuviese a su lado y que recuperásemos todo el tiempo que se nos había esfumado de los dedos. Nunca lo hizo.

Llevaba dos días sin saber nada de él. Durante dos años, cada día, había recibido un e-mail con su nombre. Dos días sin noticias. Estaba segura que pasaba algo. Busqué a Paula en Facebook, con quien hacía años que había perdido el contacto, pero de quien sabía que se había casado con su mejor amigo, aquel que le trajo aquella noche a aquella fiesta. Le resumí mi historia, la verdad, ella me había conocido, y sabía lo mucho que yo le había querido, ella era la única que podía darme una respuesta. Su mensaje tardó tres horas en llegarme, tres horas que me parecieron eternas. Mi corazón se paró en seco y las letras se me hicieron borrosas. Cogí el primer avión que volaba a Madrid, no me importaba el precio.

Cuando aterricé él ya no estaba. Ya no estaba. Mi mejor amigo, mi primer amor, mi verdadero amor, mi amor platónico, mi ilusión, el motor de mis días ya no estaba. Un accidente de tráfico le había dejado en coma durante cuatro días, había muerto sólo una hora antes de que yo llegase. Abracé a Paula y nos fundimos entre silencios y lágrimas, no nos hacía falta decir nada.

No sabía si ir al tanatorio, no quería ir a ese lugar. No quería verle allí, a quien hacía muchos años que no veía, a quien sólo había abrazado una vez en mi vida, a quien no sabía cómo sonaba su voz, ni su risa, no quería verle allí, no quería ver al guardián de mis secretos e historias, no quería ver allí a mi mejor amigo, al amor de mi adolescencia, al amor de mi vida.

Me esperé en la puerta mientras le incineraban, mientras veía a amigos y familiares, a viejos rostros conocidos con el paso del tiempo pegado en la piel y la tristeza tatuada en el alma… Reconocí a su hermano, y a él se le iluminaron los ojos.
-Clara, ¿verdad?
Asentí con la tristeza gritando en mi sonrisa apagada.
-Dios mío… Estás aquí… Él te quería, ¿sabes? Estaba enamorado de ti.
Mi corazón se estrujaba, el dolor gritaba.
-Pronunció tu nombre cuando llegó la ambulancia…

Mi mundo se derrumbó y me cagué en la vida. Me cagué en esa vida en la que él me había enseñado a no cagarme, a no enfadarme con ella, en esa vida en la que él me había enseñado a querer, a tranquilizar y a cuidar…

Paula me dio un codazo y la miré atontada, me hizo un gesto con la cabeza y miré al frente. El cura que conducía el funeral me sonreía con los ojos, me tocaba hablar, tenía que leer aquello que había escrito para él. Le miré con el dolor encendido en la mirada y le negué con la cabeza, le supliqué con la misma que siguiera y que entendiese que no tenía fuerzas… Agarré el papel que había escrito, destinado a los que no sabían quién era y a aquellos que me conocían de vista, aquel papel en el que hablaba de mi mejor amigo, y lo guardé en el bolsillo. Paula me acarició la mano.

Decidieron expandir sus cenizas en la montaña, en la montaña que envolvía nuestra pequeña ciudad, donde tanto le gustaba perderse y donde tanto disfrutaba. No fui capaz de acudir a su despedida.

He pasado dos semanas en España, luchando contra el dolor, reencontrándome con mi familia y mis amigos, sin explicarle a nadie por qué estaba aquí. Mañana vuelvo a Buenos Aires, a mi vida real, a mi rutina, a mis días de soledad, donde ya no habrá e-mails de buenos días…

He subido a la montaña y he roto el papel que escribí para su despedida, me he sentado en el suelo y lo he roto en tantos pedazos como he podido, he abierto las manos y he visto como corrían, risueños, miles de papelitos, a través del viento, ese viento que también le lleva, ese viento que acaricia mi cara y me abraza… Esta es nuestra historia, mezclada con el viento, con su aliento, para que sea sólo nuestra.
Me olvidé decir te quiero…

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Feliz fin de semana, amigos.

Lorena.