Dejar de ser.

Martes 13, siempre me ha gustado. Me gusta el 13 y no soy nada supersticiosa. El 13 es el día que nací y creo que el 13 es un día de buena suerte. También me gusta la manzanilla caliente, con dos cucharadas de azúcar moreno, que tengo ahora a mi lado, el silencio que se respira ahora mismo en mi casa, con el calor del hogar y Cometo a mis pies para despedir este martes con vosotros.

Después de estar todo el día sin saber qué iba a escribir hoy, finalmente he decidido que fuese un relato. Hoy te quería contar una historia que tanto tú como yo sabremos hacer nuestra. Este es mi primer relato de 2015, así que léelo despacio, como siempre…. Espero que te guste.

Gracias, de nuevo, a los que seguís conmigo en este nuevo año y gracias a los que acabáis de llegar…

Dejar de ser

Aquel podría haber sido un día normal, como lo había sido el anterior, como lo podía haber sido el siguiente. Aquel podría haber sido un día más, sin alterar el estado emocional en el que llevaba acomodada muchos meses, con la calma de la rutina y el buen sabor de creer y sentir que en mi vida todo era perfecto. Aquel podía haber sido un día normal… pero no lo fue.

Desde muy pequeña creí que la vida estaba siempre marcada por señales del destino. Recuerdo cuando en mi adolescencia siempre creía que yo iba a vivir un amor de película, cómo me entregaba con fuerza a las causas imposibles y cómo jamás dejé de decirle a un chico que me gustaba lo que sentía por él. Me gustaba creer en el amor, como siguen haciendo los adolescentes y siempre creí que en la vida había que jugar así, sin intentar perder oportunidades, si alguien me gustaba, yo siempre encontraba una señal para saber que debía luchar por él. Unas veces esas señales fueron creíbles, en otros muchos casos no.

Aquel día me levanté bien temprano, tenía una importante reunión de trabajo y no podía llegar tarde. Me duché con prisa mientras el sonido de la cafetera expandía suavemente el olor a café por mi casa. Era el aroma de los buenos días. Me puse unos vaqueros y una camisa blanca, uno zapatos altos de aguja y trencé mi pelo a un lado. Un poco de maquillaje y un color suave en los labios. Me bebí el café de un sorbo, cogí el bolso y salí de casa. Iba bien de tiempo. Cogí un taxi hasta la oficina. Llegué justo al mismo tiempo que Luis, mi jefe, así que decidimos fumarnos un cigarro en la puerta, sonriendo y deseando que aquel fuese un gran día. Mi relación con él era fantástica. Hacía cinco años que había empezado a trabajar allí con un puesto de telefonista que poco a poco fue creciendo. Había ascendido hasta ser responsable de mi departamento y en una hora nos reuníamos con el director de la empresa para saber si me ascendían a responsable de zona. Luis confiaba en mí, siempre lo había hecho. Era un buen hombre, educado, divertido y responsable. Más de una vez había estado cenando o tomando unas copas en su casa, un precioso ático en el que vivía con su marido en una de las zonas más residenciales y caras de la ciudad. Aquella mañana, su mirada me transmitió seguridad y fuerza, y mis ganas me animaban a pensar que ese puesto iba a ser mío, había trabajado muy duro para ello y sabía que lo tenía merecido.

En la reunión me temblaban las piernas, aunque entré con paso firme a la sala, me sudaban las manos y mi sonrisa escondía los nervios que me estaban revolviendo el estomago. Allí había dos chicas más, que trabajaban en la misma ciudad, pero en otras oficinas, ellas optaban a mi mismo puesto y les sonreí sabiendo que, seguramente, estaban tan ilusionadas como yo. Cuando, finalmente, dijeron el nombre de la persona elegida para ascender y ocupar el cargo al que aspirábamos y escuché que no era el mío, he de confesar que no me alegré ni lo más mínimo por ella. No la conocía de absolutamente nada y aunque quería creer que seguramente era porque se lo merecía, sentí mucha pena e impotencia. Luis me miró con la tristeza en la mirada, y negó por lo bajo dándome un abrazo a través de sus ojos y un “lo siento” que leí en sus labios, aunque no lo hubiese pronunciado. Le sonreí para que entendiese que no pasaba nada, que otra vez sería… Y creo que jamás he sonreído de una forma más amarga. Aunque no había querido hacerme ilusiones, me las había hecho. No le había contado a nadie lo de aquella reunión, yo nunca contaba las cosas hasta que no estaba segura que me habían salido bien, siempre me excusaba diciendo que no quería que se gafasen, pero en verdad era porque no me gustaba perder.

Cuando salimos a comer, Luis no sabía qué decirme, sabía lo mucho que me había esforzado para aquello y sabía lo feliz que me hubiese hecho ese ascenso. Me vio tan triste que me dijo si me quería coger la tarde libre, le dije que no. La vida seguía y no pasaba absolutamente nada. Aquel día, le había escrito a mi hermana y a mi cuñado para que viniesen a cenar a casa, porque pensaba que tendríamos algo que celebrar. Le escribí de nuevo para decirle que no me encontraba bien y mejor lo dejábamos para otra ocasión.

A las seis de la tarde salí de trabajar, una manifestación pasaba por el centro y justo habían cortado la calle principal. Ni un coche, ni un taxi. No recordaba la última vez que había ido en metro, no tenía nada en contra de ello, pero me acostumbré a ir en taxi a todos sitios y me autoconvencí que era la forma más rápida de llegar al destino. Normalmente era mentira. Mi hermana Paula siempre me lo echa en cara, a ella le parece fatal que no vaya en transporte público y que yo sea una contribuyente más del tráfico y la contaminación de la ciudad.

En tres minutos exactos, el metro llegó al andén. Ocho paradas hasta mi casa. Cuando la puerta se abrió y me dispuse a salir del vagón, me topé con la gente que iba a entrar en él… Y ahí, de repente, después de años sin saber nada de él, me topé con su mirada, con su cara y con su cuerpo. Estaba exactamente igual, como si nada hubiese cambiado. Nuestras miradas en silencio, enfrentadas, encontradas, con rencor, tristeza, alegría y confusión. Fueron los segundos más largos de mi vida. Ni un hola, ni un gesto con la cabeza, ni una media sonrisa, nos miramos como se miran dos desconocidos que se suenan y no saben de qué, nos miramos como dos personas que se habían querido con fuerza y miedo, con pasión y ganas, que se habían amado y prometido amor eterno y que posteriormente se habían odiado para siempre. Le cedí el paso y sentí su olor, se me paró el corazón y me dio un vuelco al mismo tiempo. Acababa de viajar en el tiempo. Estaba totalmente desubicada, confusa, atontada. Escuché el sonido de las puertas cerrarse a mi espalda y sólo fui capaz de girarme cuando sabía que el tren había desaparecido. No me lo podía creer.

Salí de la estación y las primeras horas de una noche fría de diciembre, caía con calma sobre mí. Pasé por el escaparate de mi pastelería favorita y entré a por un par de milhojas de crema, mis favoritas desde niña. Había sido un día de demasiadas emociones, así que me las comería en casa con calma. Me senté en el sofá mientras Silva, mi gata, se paseaba entre mis piernas dándome la bienvenida al hogar. Seguramente ella sabía que había sido un día raro. Me comí aquellas milhojas todavía en estado de “shock”, en silencio, con el café de la mañana recalentado, con un bombardeo de recuerdos acribillándome con fuerza la cabeza, con mil imágenes pasando como diapositivas borrosas a mil por hora dentro de mi alma. ¿Estaría también él pensando en mí?

Sin ninguna duda, el encuentro nos había pillado a los dos por sorpresa. Hacía años que no sabía nada de él, ni si quiera sabía si seguía en la ciudad, no sabía a qué se dedicaba, si le iba bien, si se habría casado o si tendría hijos. Nada, absolutamente nada. No nos quedaban amigos en común y nos habíamos odiado tanto que decidimos olvidarnos, o al menos intentarlo.

Sabía perfectamente dónde las guardaba. Cogí una silla y me subí para alcanzar el altillo del armario de la habitación de invitados. Allí siempre acababa almacenando todas esas cosas de las que, por una razón u otra, nunca me quería deshacer. Viejas fotografías, un jersey que jamás me pondría pero que era incapaz de tirar, papeles de todo tipo, antiguos discos, pequeños objetos que en algún momento de mi vida habían formado parte de mí. Al fondo, una antigua caja de metal que una vez estuvo llena de galletas de mantequilla. La cogí y la acaricié. Habían pasado ocho años y jamás la había vuelto a abrir. No sabía si sería buena idea, pero estaba segura que nada de aquel día había pasado por casualidad. Ni aquella reunión de la que en esos momentos era incapaz de acordarme, ni aquella manifestación, ni aquel viaje en metro, justo en ese momento, a esa hora, en esa estación…

Me senté y fui releyendo todas y cada una de aquellas cartas. Había pasado tanto tiempo que era incapaz de recordar muchas de ellas, otras, en cambio, me parecía haberlas leído hacía unas horas por última vez. Me di cuenta que nos quisimos de verdad. Nos queríamos mucho, nos queríamos con inocencia, con muchas ganas, con muchas aspiraciones y sueños, nos sentíamos agradecidos por habernos encontrado, por todo lo que nos regalábamos, por los momentos y las risas, nos decíamos que los momentos malos los superaríamos juntos, queríamos una casa en la playa y tener como mínimo tres hijos, nos sentíamos grandes cuando estábamos juntos y jurábamos no haber querido nunca cómo nos queríamos nosotros, nos prometíamos que aunque algún día no estuviéramos juntos siempre pensaríamos el uno en el otro… Incluso nos prometíamos que si lo nuestro fallaba y se acababa, algún día encontraríamos la manera de volvernos a encontrar,  a pesar del tiempo y la distancia…

Nunca dejamos de dejarnos cartas debajo de la almohada en aquellos tres años que compartimos. El último había sido tormentoso. Se le olvidó contarme en una de esas cartas que había conocido a otra persona y que llevaba un par de meses engañándome. Le descubrí y le perdoné, pero no fui capaz de perdonar de verdad. Perdimos el respeto y la pasión, la pureza y la naturalidad que siempre nos había unido, la transparencia y la confianza. Discutimos por absolutamente todo durante mucho tiempo, nos despreciábamos y nos queríamos a la par, con intensidad, por días y momentos. Al final, con una historia que ya no era sana, ni bonita, acabé refugiándome en uno de mis compañeros de la universidad, del que me enamoré y por el que decidí abandonarlo todo, con el que un año después pasé de novio a mejor amigo, porque no sabía quererle, ni olvidar a aquel que me había hecho tanto daño. Me reprochó mil veces aquella ruptura y yo le reproché otras mil aquella aventura, nos hicimos mucho, mucho daño. Nos machacamos psicológicamente el uno al otro. Nos enviábamos mensajes para recordarnos lo mucho que nos odiamos, y fuimos envenenando nuestras almas hasta llegar a ser dos completos desconocidos. Nosotros, que habíamos compartido tanto…

Aquel podía haber sido un día normal… pero no lo fue. Quizás el destino había querido reencontrarnos, con la madurez y la herida curada, o al menos olvidada. A día de hoy, me sigo preguntando si dejé de odiarle, así como me pregunto si dejé de quererle. No me reconocí en aquellas cartas, pero supe lo que había ahí escrito, por su parte y por la mía, eran frases escritas desde el corazón. Me había olvidado de lo mucho que nos habíamos querido. Lo había olvidado hacía mucho tiempo. No me reconocí en aquellas cartas, ni supe qué quedaba de aquella chica que fui en la que soy hoy en día. Entonces me di cuenta que a veces somos alguien cuando estamos con otro alguien, sólo en ese transcurso somos otra versión de nosotros mismos, que nunca volverá, que enterramos cuando todo acaba, para ser capaces de renacer entre las cenizas. Quizás algún día volvamos a parecernos a aquella versión que fuimos, porque seguro que algún día volvemos a querer con las mismas ganas, pero siempre de forma diferente.

A veces, esa versión que fuimos se pierde con el tiempo, porque las experiencias nos hacen convertirnos en alguien diferente o porque a veces, si no estamos con ese alguien, simplemente dejamos de ser.

63541-carta-amor-clasica

Buenas noches, amigos.

Lorena.

Anuncios

Muertos de hambre.

Me gusta el otoño, me recuerda y no sé muy bien por qué a mis años en el colegio, a hojas que empiezan a cambiar de color en los árboles, a tonos amarillos y marrones…. Y ya sabéis que todo lo que venga acompañado de recuerdos, me resultará especial.

Hace un par de semanas, unos amigos vinieron a cenar a casa. David, Diego y Kirian son actores. El caso de kirian, del que muy pronto hablaremos con calma en el blog, es un caso particular porque cuando os diga quién es lo vais a recordar al instante. Le hemos visto crecer en televisión en una de las series más largas y conocidas de nuestro país, empezó siendo un niño y ha trabajado en la profesión prácticamente toda su vida. Hace años que no consigue trabajo. En la cena, en la sobremesa y en la tertulia, también estaba Sergio, actor y músico, al que muchos ya conocéis. Nos juntamos un grupo de buenos amigos y sobre todo, un grupo de personas que aman el arte y no se rinden ante los sueños, y hoy te lo quería contar,

De las personas que nos reunimos, dos viven un buen momento profesional, uno de ellos es protagonista de una serie que se emite en medio mundo y el otro no deja de tocar y vivir de su música, pero nos fue inevitable hablar de cómo se encontraban la mayoría de las personas, muchos de nuestros amigos y conocidos, que quieren entregar su vida al arte. En este país, nos encontramos, desde hace mucho tiempo, en un momento lamentable en el que ni jóvenes ni mayores tienen oportunidad de desarrollar sus capacidades y vivir de su verdadera vocación y profesión.

Si te preguntan a qué te dedicas y dices que eres médico, abogado, psicólogo o profesor… Nadie va a dudar de tu capacidad, y no quiero decir con esto que estos sectores tengan el trabajo más fácil ahora mismo, para nada, sólo quiero explicar que esas profesiones son aceptadas sin cuestionar hasta qué punto eres médico, abogado, psicólogo o profesor. En cambio, cuando vives en una sociedad que entiende el arte como ocio y cuando vives en un país dónde el gobierno intenta machacar la cultura, acabas cuestionando la capacidad de profesionalidad de una persona que te dice que es actor, músico, escritor, pintor, diseñador  o director de cine… Y al final, han hecho que lo cuestionemos, que lo infravaloremos y que entremos en ese bucle de mentes  vacías, aletargadas y lamentables.

la-cultura-no-es-un-lujo

La mayoría de las personas vivimos equivocadas cuando creemos que un actor es sólo aquel que sale en televisión, que un músico es aquel que llena estadios y vende millones de discos, que un pintor es aquel que murió hace años y ahora se expone en las mejores salas de todo el mundo, que un director de cine es aquel que revienta las expectativas en taquilla, que un diseñador es aquel que llena su pase en la Fashion Week y vende sus obras a un precio inalcanzable en las mejores tiendas del mundo o que un escritor es el que vende miles de libros y consigue una cola inmensa en El Corte Inglés ante miles de personas que esperan llevarse su ejemplar firmado a casa. Estamos muy, muy equivocados.

Conozco a muchísimos actores que trabajan en teatro, que no tienen miles de seguidores en las redes sociales pero viven de su trabajo, conozco a músicos que tocan en bares donde no hay más de veinte personas pero componen y son, seguramente, mucho más buenos que algunos que llenan estadios, conozco pintores que venden cuadros y pueden vivir de eso, directores que quizás no han conseguido ser millonarios con su trabajo, pero no por ello dejan de hacerlo, diseñadores de moda que venden sus prendas a precios asequibles a pesar de ser verdaderas obras de arte y conozco a escritores que llevan media vida escribiendo sin vender miles de libros.

Pero lo que es peor aún, conozco a muchísimos actores, músicos, pintores, directores, diseñadores o escritores que tienen que trabajar en muchas otras cosas más allá de su vocación (porque hablamos de vocación, señores) para conseguir poder pagar un alquiler, pagar unas facturas y poder tener una vida normal. ¿Cuántos de ellos trabajan de camareros en un bar, o de dependientes en una tienda de ropa? Así como miles y miles de jóvenes licenciados, con la esperanza casi destruida de que sus años por la facultad sólo les va a servir por el conocimiento que han adquirido y guardarán como un pequeño tesoro en su cabeza, porque ponerlo en práctica, desgraciadamente, está complicado.

SALIDA~1

Hace poco alguien me dijo una frase que se me grabó a fuego en la memoria (y en el corazón): “Son muy pocos puestos de trabajo para muchos candidatos…”. Esto es España y esto me llena de tristeza y desesperación.

Mi amiga, la diseñadora Laura Daluna, compartió en su Facebook un video y no dudó en mencionarme, porque al verlo, supo que me iba a encantar. Me conoce bien y no se equivocaba. Quiero que veáis este video, con la cabeza y el corazón, y quiero que todos aquellos que aún tengáis los sueños intactos no dejéis que os los rompan. A los que tenéis los sueños arañados, sabéis que siempre hay tiritas y que con ganas e ilusión, nunca vamos a dejar que acaben con nosotros… Somos unos muertos de hambre, pero nuestras almas están muy bien alimentadas.

Feliz comienzo de semana, amigos.

Lorena,

Tormenta de verano.

Sábado y el calor bailando ya por las calles de Madrid. No sabéis cuánto echo de menos el mar, mi tierra y mis playas cuando llega el verano. Estos días estoy muy, muy feliz. Vienen cosas muy bonitas de las que todavía no os puedo contar nada, pero siento paz y una felicidad absoluta. Ahora sé, más que nunca, que con trabajo, esfuerzo, empeño, dedicación y gente buena alrededor, los sueños pueden hacerse realidad y que poco a poco, todo ser humano es capaz de conseguir aquello que se propone. No puedo avanzar nada más, pero os adelanto que os va a encantar.

Hoy traigo un nuevo post. Un relato que trata un tema delicado y doloroso. Ya sabéis, quiero que lo leáis despacito y lo disfrutéis… Hoy, te lo quería contar.

TORMENTA DE VERANO

Te acaricio las manos y todavía me tiembla el alma. Hoy hace justo cuatro años. Te acaricio las manos y siento como tu fuerza grita aferrándose a mi piel. Te acaricio las manos y siento como te late el corazón, como tus ojos me miran en silencio, y como tu sonrisa, a medias, todavía es capaz de decir te quiero…

Dicen que no hay ningún amor comparable al primer amor, a la primera sensación de todo, a las primeras experiencias… Hace poco leí algo que un conocido escritor escribió hace tiempo. Hablaba de dos tipos de amores a lo largo de la vida, uno con el que compartiremos nuestros días, y otro al que siempre echaremos de menos. No sé si eres con quien comparto mis días o a quien echo de menos, no lo sé, y eso duele, duele tanto que a veces siento que me muero… El dolor sigue siendo fuerte, y todavía no me creo que hayan pasado cuatro años.

Me gusta tu perfume, siempre me gustó, pero tu perfume de verdad, el de tu piel, tu piel que siempre ha sido dulce, tostada, cálida, frágil… Me gusta tu cabello, que sigue tan bonito como siempre, me gusta tu sonrisa y me encantan tu mirada, me gusta escucharla y saber todo lo que me quieres decir siempre que me miras.

¿Te acuerdas cuando nos conocimos? ¡Qué bonita estabas! Recuerdo como María te tiraba del brazo mientras os reíais y tu decías que no querías venir… Y al final viniste. Esos desconocidos se convirtieron en tus mejores amigos y yo creo que me enamoré de ti aquella misma noche. Recuerdo los días que siguieron… Las tardes en la playa, los mensajes en el móvil, las tímidas sonrisas, los primeros besos, el primer te quiero, las primeras caricias, los primeros enfados, las primeras risas, las primeras promesas… Me acuerdo de todo. Fuiste la primera, fuiste la única. Me moría por ti, estaba loco por ti, estoy loco por ti, quise quererte, protegerte, cuidarte, amarte… Quiero hacerlo, querré hacerlo siempre.

Los dos sabíamos que éramos especiales, eras mi mejor amiga, mi niña pequeña, lo mejor de mí. Prometí cuidarte siempre, prometiste quedarte siempre a mi lado. Eras tú, sólo podías ser tú. Serías mi amor eterno, la mujer con la que me haría viejo, serías la madre de mis hijos, la abuela de mis nietos… Estábamos tan unidos, tan convencidos de que el mundo era nuestro…

Recuerdo perfectamente aquella tarde. El día de antes te habías enfadado. Íbamos a ir a la piscina y llegué tarde, nunca te gustaron los cambios de planes. Organizada, puntual, todo controlado, todo pensado, sabías cómo querías que pasasen las cosas y así hacías funcionar los días… Llegué tan tarde que no querías ni darme un beso. Siempre fuiste muy pequeña para eso, y aún sonrío cuando lo recuerdo. ¿Te acuerdas tu? Me aprietas fuerte la mano… Sé que eres capaz de recordarlo. De saber quien fuiste, quien eres, quienes fuimos y quienes somos.

No fuimos a la piscina y al final, entre risas, me dejaste dormir contigo. Aquel día sólo faltaba una semana para nuestro aniversario… Para prometernos mil años más como los tres que habíamos compartido. Dormí abrazado a ti, porque no había otra forma de dormir contigo, era inevitable. Aquel día, incluso enfadada, estabas preciosa. Decidí compensarte. Mi impuntualidad te había roto los planes y te dejé elegir… podías elegir el día que quisieras, porque tus deseos iban a ser órdenes. Elegiste tu casa de la playa, porque te encantaba que estuviésemos allí. Elegiste ir por la mañana, tostarnos al sol, comer en una bonita terraza, beber un buen vino, dormir una larga siesta, hacer el amor, darte una ducha fría, quedarnos a cenar en algún restaurante donde se pudiese sentir la brisa del mar y después volver a casa. Cogimos la moto e hicimos todo lo que quisiste. Te miraba en silencio y te veía sonreír. ¡Cómo te gustaba que todo saliese como tu querías! Era tu día perfecto, tu lo habías diseñado y yo quería acompañarte y observarte, verte reír y disfrutar. Nadie podía negarte nada. A ti no se te podía negar nada. Tu eras tan bonita, que merecías una vida hecha de deseos y sueños.

Recuerdo cuando saliste de la habitación, con ese vestido verde agua, con la piel recién tostada, con el pelo húmedo y los rizos cayendo sobre tu espalda, con las pecas en la cara y los labios de color fresa. Tuvimos que hacer el amor antes de salir a cenar. Aquella cena fue especial. Quizás no en aquel momento, quizás entonces fue una cena más, de risas y complicidad, de amistad, de confianza, de respeto, de cariño, de broche final para un día perfecto. Con el tiempo, aquella será la cena más bonita y triste que recuerde el resto de mi vida.

Sin esperarlo llovió. Llovió muchísimo y tu sonreías. Me preguntabas si no adoraba aquel olor, aquel olor que sólo tenían las tormentas de verano, y yo asentía… Me obligaste a cerrar los ojos para sentirlo del mismo modo que lo sentías tú y resonaban tus carcajadas cuando los abriste antes que yo. ¿Ves? Todavía te sale una sonrisa.

Nunca te importó subir a la moto con falda. Tú eras así, divertida, loca, todo te daba igual, y aquel día habías sido tan feliz que te agarraste a mi cintura fuerte… Muy fuerte. Sentía tu sonrisa en mi espalda, aún sin poder verte… Cogimos la carretera y volvíamos a casa. Veinte kilómetros eternos que nos destrozaron la vida. Recuerdo aquel coche, en dirección contraria, tambaleándose por la carretera, de lado a lado, vino directo, sin tiempo para reaccionar, su metal contra nuestros cuerpos, tu cuerpo arrancado de mi cintura, mi cuerpo flotando por el aire, tu choque contra el suelo, un pitido fuerte en mi oído, la vista nublada, las lágrimas corriendo, el dolor gritando, el miedo apuñalando, la rabia llorando, la ambulancia volando… No sabía dónde estabas.

Sí, apriétame la mano. Aprieta fuerte, mi vida…

Me desperté en el hospital y vi a mi madre llorando, tenía un brazo roto, me iban a operar de la rodilla y vi el pánico en sus ojos cuando pregunté por ti.

Tardaste tres días en despertar del coma, los tres días más largos de mi vida. Tu cuerpo estaba intacto, sólo arañazos y quemaduras del asfalto. Tu cabeza se había llevado la peor parte. Tenías la mirada perdida y a penas nos reconocías, tu sonrisa estaba completamente apagada y no eras capaz de mover manos, ni piernas. Durante mucho tiempo quise morirme, quise desaparecer del mundo porque nadie sabía qué decirme para poder aguantar el dolor. Nadie tiene cura para esto. Todos los días, cada segundo, odiaba a la vida, al destino, odiaba a la carretera y quería volver a matar a ese conductor borracho que murió en el acto.

Los médicos nos contaron que poco a poco te irías recuperando. Había muchas esperanzas, eras joven y saldrías de esta. Sobreviviste los momentos más duros, y pusiste toda tu fuerza y voluntad, lo mejor que supiste, en poder seguir adelante. Sonríes y esbozas sonidos que yo intento interpretar a la perfección, mientras te sonrío y te aprieto fuerte las manos, mientras te acaricio y tu aprietas fuerte las mías, mientras me dices con la mirada que me quieres y yo te lo susurro con mis labios, pegados a los tuyos… Cuando veo a periodistas en la tele, reporteras por las calles, siempre pienso lo bien que lo habrías hecho. Tenías claro que ese era tu sueño y estoy seguro que lo habrías alcanzado.

Llevo cuatro años viviendo por ti, ayudando a tu madre a darte la comida, llevándote en peso a la ducha y dándote masajes en los pies para que los vuelvas a mover. Sigues estando preciosa. Siempre serás la más bonita, mi niña pequeña. Te seguiré cuidando el resto de mi vida.

Ayúdame a contarte esto y que no me den ganas de tirarme por la ventana… Te noto en la mirada que sabes lo que pasa, y en tu mirada me das la comprensión que necesito, pero sabes que nado en un dolor infinito.

La conocí hace unos meses, empezó a trabajar conmigo en la oficina. No sé si la quiero, no sé si es lo correcto, no sé si alguien merece aguantar toda la pena que yo llevo dentro… Pero creo que debo intentarlo. Tu madre dice que debo seguir haciendo mi vida y yo me derrumbo cuando la oigo. No sonrías, yo quiero estar a tu lado. Quiero quedarme aquí, abrazado a ti como siempre, pero quiero que nos despertemos y te enfades porque te he robado la manta, quiero que te lances a darme un beso, quiero oírte reír a carcajadas, quiero que bailes y cantes en la ducha, que me digas que soy un pesado o que me pidas que te haga cosquillas en los brazos…

Quiero parar el tiempo, quiero volver atrás y quiero quedarme en esa cena en la playa, con los ojos cerrados y el olor a una tormenta de verano.

temporal_en_la_costa_HDRultra_firma

Feliz sábado, amigos.

Lorena.

Nuestros sueños, amigos, son sólo nuestros.

¡Por fin sábado! Hoy es uno de esos días que voy a coger con ganas…El té de frutos rojos deja su aroma por toda la habitación y yo me siento frente al ordenador para hablaros de unas historias que ni si quiera son mías, pero creo que es necesario que conozcáis.

Podríamos hablar, de nuevo, de la persecución de los sueños. Ultimamente, es una moda establecida que la gente mande mensajes positivos, que enmarque fotos con frases gritando que el día va a ser estupendo, o que puedes comerte el mundo, si quieres. Una vez más, nos damos cuenta que todos somos excesivamente parecidos. A todos nos encantan esos mensajes. Nos encanta dar consejos de felicidad y nos encanta creer que podemos ser realmente felices, porque como bien sabéis, la esperanza es lo último que se pierde.

Sí es cierto, que las cosas en este país parecen cada vez más feas. Sólo necesitamos echar un vistazo a un periódico, o ponernos a ver un día las noticias de la televisión. La información que nos rodea es realmente lamentable, y no lo son los informadores, lo es el contenido. El otro día escuchaba la noticia de un matrimonio de 80 años que en menos de un mes van a ser expropiados, les van a quitar su casa. ¿Cuándo vives en un país así, puedes sentir otra cosa que no sea vergüenza? ¿Si se atreven a destruir la vida de unos ancianos, que siempre han sido reyes merecedores de respeto, cómo no lo van a hacer con los jóvenes a los que muchas veces no han tomado en serio? Pensé en todos nosotros, en toda nuestra generación, pensé en todos los niños que van a crecer y convertirse en adultos y pensé en lo negro que se les presenta el panorama. A mí lo que más rabia me da en este país, en esta situación económica y social es que no todos estamos en las mismas condiciones. Ricos y pobres han existido siempre, ya no podemos hacer nada frente a eso. El problema es cuando unos cuantos se hacen ricos a causa de los pobres. Ahí, amigos míos, radica el problema y la irracionalidad de todo lo que estamos viviendo. Tenemos unos políticos llenos de corrupción, de sonrisas frías frente a las cámaras, de falsedad, de despreocupación a los que les encanta decir que las cosas se van a solucionar mientras nos roban, mientras siguen con sus vidas caras y dejan que miles de niños en nuestro país sean víctimas de la desnutrición. Vergüenza, rabia, impotencia. Sólo puedo decir eso.

Si ante las cosas vitales, básicas, a las que tenemos derecho, nos estamos quedando desnudos… ¿Cómo se van a ocupar de nuestros sueños? Pues de nuestros sueños, señores, nos ocuparemos nosotros, que para eso son nuestros. El poder de las redes sociales no encuentra fronteras, y cada vez son más los jóvenes que apuestan por buscar ahí una salida, y demostrar ahí sus capacidades, sus ilusiones y su arte.

Mi amiga Alba es una de esas personas que la vida ha querido regalarle al mundo, es la bondad pura en forma de ser humano. Alba es ternura, es dulzura, es delicadeza, es amor, es una dulce fragancia, es una sonrisa sincera y un abrazo puro… Y mientras escribo estas cosas, me doy cuenta lo afortunada que soy teniéndola en mi vida. Instagram es una de las redes sociales más populares actualmente. La gracia consiste en subir una foto, ponerle un título y esperar que tus seguidores le den me gusta o no. En Instagram nos hemos acostumbrado a ver la vida de las personas en fotos, qué comen, a dónde viajan, qué ropa han comprado o cuáles son sus cafeterías favoritas… Muchos artistas han escogido Instagram como escenario de sus trabajos. Miles son los fotógrafos que llegan a todo el mundo a través de esta aplicación de móvil, miles son las personas que muestran su trabajo en imágenes, y Alba es una de ellas. Lo curioso es que Alba no es fotográfa, pero utiliza la fotografía como portada de unos microcuentos que son, sinceramente, maravillosos. Hace unas semanas que decidió empezar con esta aventura y yo, observándola en silencio, entre “me gusta” y comentarios de la gente, sabía que tarde o temprano necesitaría hablar de ella y lo que crea con sus manos.

Hoy te quería contar unos microcuentos que no me pertenecen… Estoy segura que tras leerlos, vas a querer ir a Instagram y seguir su cuenta: @microarte_

Poneos cómodos y disfrutad… Aquí os dejo algunos de ellos.

la foto-70

“Dónde está el límite, ¿qué se puede considerar ilícito? Todos los días apuntaba en un cuaderno las veces que se engañaba al día. Como si de un juego se tratase, ella sabía que esta vez la máxima puntuación era la que le hacía perdedora. Buscó en el diccionario y leyó en alto: “2.m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda lo contrario a lo que desea.” Sabía que le faltaba algo a esa definición… Una especie de moraleja, cuando recurrimos a esa definición lo más probable es que ya esté sucediendo lo contrario a lo que deseas o ya haya sucedido. Decidió cerrar los ojos, dejar de respirar y esperar. Siempre pensó que en último suspiro la mente se llenaría de imágenes reveladoras, respuestas ocultas y reacciones desconocidad. Algo le rozó la espalda y subió a su pierna. Inmediatamente supo qué tenía que hacer, a veces sólo hace falta que alguien apoye  su mano en tu espalda o, en este caso, su pata en la piel para ayudar a calmar escalofríos, para despejar laberintos sin salida.”

———-

la foto-73

“Tienen vida propia, saben qué piensas y cómo vas a reaccionar. Cuando estás dejando de creer en ellas aparecen y cuando aparecen, sentencian. O, ¿somos nosotros? ¿Necesitamos creer en algo aparentemente ajeno a nuestras decisiones para poder decidir? Ató desesperadamente su vida a ‘las señales del destino’ como fuerza mayor. Si se enamoraba de alguien, y una foto de esa persona se caía de la pared de su habitación, tenía que alejarse de ella. O, ¿quizás eso sólo la ayudaba a decidir sin sentirse desprotegida? Las señales se lo indicaban… No estaba sola en esta decisión. Ya. Cobardía o cierta fe. No ha tenido más miedo en su vida como el que tiene ahora. Porque ahora sigue viendo señales, pero no van en la dirección que ella quiere ir. ¿Quién nos asegura que la decisión que tomamos es la correcta? Nadie. Eso es lo bueno o malo de la vida. Nosotros, al final, somos los que elegimos, ¿no?”

———-

la foto-72

“No tengo palabras, de corazón, no las tengo…” Martina hundió sus ganas en el abrazo más largo que supo dar. Leticia le había enseñado un lienzo, hecho para ella, para su nuevo escondite de magia y religión sin Dios. Le quería robar toda la tristeza que tenía en las manos, quería romper esa oscuridad que no le dejaba amasar la vida a su gusto. Las lágrimas de Martina eran señales que anunciaban una calle cortada por Leticia. No sabía cómo salir de allí, y sobre todo, no sabía cómo sacarla… Llevaban años dibujándose, una a la otra, fantasías en el cielo, sin querer saber que la solución era crear realidad en la Tierra”.

———-

la foto-71

“Todos sabían qué ocurría, nadie quería empezar esa guerra. Una guerra llena de dolor. Con abrazos como curas y con recuerdos dolorosos como armas, tiros en el pecho y cortes en la piel. La guerra de las cicatrices abiertas. De la película con final infeliz e inevitable. Las imágenes se mezclaban en la cámara de su interior, en sus sueños. Hospitales, luces cegadoras, sonidos desagradables, palabras que se apagan, lágrimas que nacen y no morirán nunca. Una vida se apaga y nadie hace nada. Y no hay mayor explicación: nadie hace nada porque no hay nada que pueda hacer nadie. Ante el ladrón de sístoles y diástoles, nadie tiene la carta vencedora, nadie tiene un as en la manga ni otro juego al que recurrir. Bajó la mirada  mientras una lágrima recorría su cara, pidió un minuto de silencio completo. de ojos cerrados y lentos latidos. Un minuto de sol en blanco y negro. Un minuto de silencio como homenaje al silencio eterno que se creó en su cuerpo una vez el corazón de su madre dejó de latir.”

———-

Porque el arte puede estar en las cosas más pequeñas, porque podemos encontrar arte en aquello que nos emocione, que nos transporte, que nos haga soñar. Porque creo que Alba todavía no es consciente del talento que tiene en esa cabecita y en esas manos que traducen lo que su corazón dicta. Porque creo que todos deberíais seguir su cuenta, y deberíais leerla… Con cada historia, con cada emoción, con cada microcuento. Porque me siento afortunada de rodearme de personas como ella. Porque aunque haya quienes se creen con el poder de arrancarnos nuestros derechos y nuestras vidas… Que nunca crean que podrán arrancarnos nuestros sueños. Porque nuestros sueños, amigos, son sólo nuestros.

Feliz sábado,

Lorena.

Siempre acabamos hablando de amor…

Al final, siempre pasa. Siempre acabamos hablando de amor. Si eres músico acabarás componiendo una canción que hable de amor, si eres escritor acabarás escribiendo sobre una historia que hable de amor, si en tu trabajo no tienes la necesidad de desarrollar ninguna faceta creativa, también acabarás hablando de amor… Y claro, es que siempre pasa.

Hoy te quería contar que el amor es como el pan de cada día, pero sé que eso ya lo sabes. Nos guste más o nos guste menos, estemos enamorados o no lo estemos, el amor siempre será admirado o anhelado, e incluso cuando nos convencemos y queremos odiarle, acabaremos echándole de menos. Muchas veces pienso que hay miles de personas que no están realmente enamoradas. El amor es como el agua, es capaz de adaptarse a la forma que desees darle. Miles de personas serán felices con quienes compartan sus vidas, pero no estarán enamoradas. Y eso, lo pensamos todos. Todos sabemos que nuestro amor es el más fuerte, que nadie quiere como nosotros queremos y que no hay historia más bonita que la nuestra. Todos creemos que queremos cómo nunca antes hemos hecho, y si al final, la historia fracasa, no pasa nada, volveremos a querer cómo nunca habíamos imaginado hacer. Y así es el amor, orgulloso y elegante, caballeroso y cobarde, enternecedor y grosero, seco y adorable, bueno y malo, fugaz y eterno… El amor es capaz de ser todo.

Aunque no estés enamorado, y aunque proclames y grites a los cuatro vientos que no quieres estarlo, te emocionarás cuando escuches una bonita historia de amor, se te encenderá el alma cuando oigas una canción o te saltarán las lágrimas cuando lo veas en el cine. Ese el poder del arte, y la igualdad de los seres humanos. No podemos negarlo. Somos iguales. Cambian los escenarios, los personajes y los cuentos, pero todos somos iguales.

Quizás viene implantado por la sociedad desde que nacemos, o quizás son sentimientos de verdad, pero desde muy pequeña siempre me he sentido enamorada. Lo más curioso es que del niño que me enamoré cuando tenía seis años, hoy es el hombre al que quiero y abrazo cada día, pero ese es otro tema que hoy no debemos tocar.  ¿El amor es para siempre? Y empiezan a reírse de nosotros las opiniones diversas que nos llevarán a los debates… Quizás sí, quizás no. Yo pienso que puede ser, sin ninguna duda. Dicen que el amor sólo puede durar tres años… Mis abuelos fruncirían el ceño al escucharlo, y sonreirían al recordar que llevan juntos desde que tienen doce, queriéndose cada vez más y sabiendo que no es imposible.

el-diario-de-noa-foto6

Lo creamos o no, nos gusta pensar que puede serlo. Nos gusta imaginar que hay historias emocionantes que son capaces de viajar en el tiempo y el espacio, de jugar con el destino, y bailar con lo que no son casualidades. Hay una historia que estoy segura conocéis la mayoría. Una historia de amor que traiciona la realidad creando expectativas, una historia de amor que simplemente fue real. “Esas cosas sólo pasan en las películas“, lo habéis escuchado muchas veces, ¿verdad? Pues es mentira. En la vida real también pasa.

Os habéis emocionado con la historia de Allie y Noah, estoy segura. Habéis querido esperar que el amor de vuestra adolescencia vuelva para quedarse para siempre, habéis deseado vivir una historia de amor que os lleve a la locura y habéis soñado con esa casa blanca con ventanas azules que se ha construido para dar vida a vuestros sueños.

el-diario-de-noa_7

El diario de Noah (The Notebook) fue llevada al cine de la mano de Nick Cassavetes en el año 2004. La historia empieza en una residencia de ancianos, donde un señor le relata a una amiga la historia de dos jóvenes que se enamoraron locamente en el verano de 1940, en Seabrook, Carolina del Sur. Ryan Gosling y Rachael McAdams dan vida a Allie y Noah. Ella, procedente de una familia adinerada de la ciudad y él un chico de campo, que trabaja en una fábrica de madera, darán forma a la historia de amor que ha hecho soñar a miles de espectadores en todo el mundo. Por diferencias sociales, al acabar el verano, sus vidas se ven separadas en contra de su voluntad. Siete años después, el destino les echa una mano y hace que Allie encuentre en el periódico una fotografía de Noah, delante de la casa que siendo unos “niños” le prometió que haría para ella.  Estoy segura que conoces bien la historia, y si no lo haces, no te seguiré contando nada porque quiero que la veas.

el_diario_de_noa1

La película recaudó 115.6 millones de dólares y cuenta con 12 premios y 3 nominaciones. Yo me enamoré de ella la primera vez que la vi, en mi piso de estudiante, en el año 2005. La he visto mil veces y sé que la veré mil más. Hace dos días se emitía en un canal de televisión y las redes sociales se hacían eco, una vez más, de lo mucho que le gusta a la gente. Es cierto, que suele gustar más a mujeres que a hombres y una encuesta realizada hace unos años, la sitúa en el número 1 de películas románticas. Pero si aún sabiendo que la mayoría conocéis esta historia, yo he venido a hablaros de ella, es porque más allá de la película, quiero hablaros del libro.

Cada año, por Navidad, mis abuelos me regalan un libro que ellos mismos firman con su puño y letra y que yo guardo como auténticos tesoros. En las navidades de 2008, El Cuaderno de Noah llegó a mis manos. Siempre soy más de las historias de los libros que de las películas, en el cine siempre pienso que se han olvidado de algún detalle que para mi era esencial. En este caso, creo que la película basada en la novela está realmente muy conseguida. No obstante, en el libro encontrarás detalles que no se llevaron a la gran pantalla. Como ver a Allie convertida en toda una artista internacional, o podrás trasladarte a su cocina, dónde ya siendo mayores, cuentan a sus hijos la enfermedad que ella padece.

Traducida a dieciocho idiomas, y conmoviendo a millones de lectores en todo el mundo, El Cuaderno de Noah fue la primera novela de Nicholas Sparks, que no tuvo más que basarse en la historia de amor de los abuelos de su esposa para explicar con exquisita sensibilidad una de las historias de amor más bonitas que he conocido jamás.

la foto-49

Porque puede ser para siempre, lo sabemos y queremos creerlo. Porque en el fondo, todos somos soñadores profesionales y nos guste o no, estemos enamorados o no, dispuestos a estarlo o no… siempre acabamos hablando de amor. 

Feliz martes, amigos.

Lorena.

Tu viniste, yo me voy.

Empezar las vacaciones siempre trae felicidad. Salir de la rutina es liberarse de muchos quebraderos de cabeza que inevitablemente forman parte del día a día.
Por unos días me alejo de la ciudad hechicera, de su ruido, sus luces, sus prisas y su vida. Y sonrio. No sonrío por alejarme, porque a penas la he dejado y ya la echo de menos. Sonrío por la paz que me produce ir a reencontrarme con los míos. Con la gente que conozco desde que mi memoria es capaz de alcanzar, por saborear durante unos días el dulce olor de mi casa o respirar el aroma de la comida de mi abuela. Esos son los pequeños detalles y las pequeñas cosas que a mi me dan la vida.

Te quería contar que me he acordado, de repente, de una columna de opinión que leí hace muchos años en El País. La escribía Susana Fortes y hablaba de los olores de su infancia, de su abuela y su casa.

Todos soñamos y muchos decidimos perseguir nuestros sueños, por eso nos alejamos de nuestras casas y nuestras familias, no es fácil, pero tomamos la decisión de no conformarnos, de buscar nuestra felicidad en otro lugar, lejos de quienes, al fin y al cabo, son las personas más importantes de nuestra vida. Y nos vamos. Y es entonces, cuando estás lejos, cuando te acuerdas de lo bonitas que son las calles de tu pueblo, de lo mucho que te gusta reír con tu familia o de lo bien que sabe la comida que menos te gustaba.
Recuerdo que leí aquella columna de Fortes cuando aún vivía en mi casa y aún no era consciente de lo mucho que se pueden llegar a echar de menos los olores del día a día. Y con el tiempo, aunque eres verdaderamente feliz luchando por lo que quieres y aquello a lo que aspiras, sabes que la felicidad en estado puro les pertenece a los que te arroparon siempre, desde que naciste. Las calles que te vieron crecer tienen el poder de enamorarte en la distancia como nunca fueron capaces de hacerlo y el lugar de donde vienes te hace saber que no debes olvidarlo. No debes olvidar nunca lo que fuiste, de dónde viniste, ni con quién estuviste.

Me quedo en silencio y sé que yo no estoy tan lejos. Y entonces se me encoge el corazón cuando pienso en esos miles de jóvenes que tienen que emigrar a otros países en busca de una, sólo una, simple oportunidad. Pienso en los miles de jóvenes de mi generación que tienen que “huir” a buscar un trabajo, a aprender un idioma, a empezar de cero, con títulos universitarios, con títulos de post grado, o simplemente con las ganas y la necesidad de tener un trabajo. Todo colgado a la espalda, con una maleta llena de sueños y nostalgia.

Se van del país que hasta hace unos años les brindaba becas y apostaba por ellos, les encendía la sonrisa y les decía que estudiasen y se formasen profesionalmente. Podrían comerse el mundo. Les decían, claro. Y en las palabras de quedaron las promesas y se ahogaron las esperanzas.

no-mas-recortes-en-la-educacion-leiamos
La realidad que nos bombardea no nos brinda una oportunidad. Y muchos se marchan con la ilusión de una nueva vida, otros lloran porque no tienen otra salida. Una vez leí en una red social que alguien decía: “Mar, tierra y aire, esas son las salidas tras acabar la universidad”. Y entonces siento mucha pena. Más que pena siento impotencia. Siento tristeza. Siento rabia ante un gobierno que me ahoga, que ahoga a una generación perfectamente preparada, formada, capacitada. Siento rabia ante un gobierno que está recortando mi sanidad, y por tanto mi vida, y también la tuya. Siento rabia ante un gobierno que recorta mi educación, y ante un gobierno al que pudre la corrupción.

Y al mismo tiempo que pienso en todos los que de van, pienso en todos los que un día vinieron. Gente que al igual que nosotros hacemos ahora, tuvo que dejar su familia, su país, su vida por buscar simplemente un trabajo, al que supuestamente todos tenemos derecho. Recuerdo a arquitectos trabajando de albañiles, o la historia de un médico que aquí trabajaba en la obra en pésimas condiciones. Pienso en la “grave enfermedad” que es la xenofobia, en el veneno de la gente que excluye socialmente a quienes vienen de cualquier otro rincón del mundo. En la irracionalidad de quienes de creen seres superiores por el color de su piel, o en la intolerancia de quien rechaza sin saber que quizás un día la vida dé un giro y las cosas se pongan del revés.

“Nihil novum sub sole” me enseñó mi profesor de latín. No hay nada nuevo bajo el sol. Y es que a muchos de les olvidó que la historia siempre se repite, que sus antepasados tuvieron que emigrar y que sus descendientes también lo harán.
Y en este contexto de xenofobia e injusticia social, quiero recomendarte un libro que leí en la facultad. Cabeza de turco, del periodista alemán Günter Walrraff.
En el libro se narra su propia experiencia, al hacerse pasar por un inmigrante turco, para tener acceso a los peores trabajos en la Alemania Occidental de la década de 1980.
Decidió investigar a fondo las calamidades que los inmigrantes soportan argumentando que “hay que enmascararse para desenmascarar a la sociedad”.

índice

Quizás a más de uno le vendría bien concienciarse a través de estas páginas. Y a todos los demás, a los que sienten pena por los que deben irse y por los que tuvieron que venir, que por suerte somos la mayoría, estoy segura que os encogerá el corazón y tendréis más ganas que nunca de luchar contra la irracionalidad. Porque siempre, para entender cualquier situación, debemos ponernos en el lugar de los demás. Porque no somos tan distintos, porque al igual que tu viniste, yo me voy.

Ya veis que una no descansa ni si quiera en el momento de desconectar, pero la felicidad de volver a casa, aunque sólo sea por unos días, me ha hecho pensar en la tristeza de quienes no pueden hacerlo, ni saben cuando podrán.

Feliz martes, amigos.

Lorena.