El ser humano es un animal racional, o eso dicen.

Necesité desconectar y no sabéis lo bien que me ha venido… Tener unos días de vacaciones y tomarte los días totalmente para ti y los tuyos es un verdadero placer. Quienes me conocen saben que soy una persona que prácticamente no se separa del teléfono y os aseguro que en estas casi dos semanas que he estado fuera lo he mirado muy poco, y entonces me he dado cuenta que existe más tiempo en el día del que creo, o mejor dicho, el tiempo que hay se puede aprovechar mucho más y mucho mejor de lo que hago y seguramente hacemos. Es curioso, porque todos sabemos que nos hemos convertido en seres totalmente dependientes de la tecnología, y no sé hasta qué punto nos hemos vuelto un poco tontos (muy tontos) con todo esto.

Hace unos días, o quizás unas semanas (no lo sé), el servicio de whatsapp dejó de funcionar unas horas y la gente se volvió loca. ¿Dónde están nuestros límites? Parece que estamos con el móvil y no perdemos nada de nuestro tiempo, porque lo usamos cuando vamos en el metro, mientras andamos por la calle, cuando ya nos tumbamos en el sofá para relajarnos o incluso en la cama antes de dormir… Pero es que también lo usamos cuando estamos en una mesa, tomando algo con unos amigos, o cenando con gente a la que queremos… Y yo, que me considero una de esas personas que lleva a cabo todo esto, soy consciente de que es un verdadero horror.

No decidí mirar el móvil menos de lo habitual, simplemente surgió así… Estos días han sido dedicados para mí, para respirar paz, para reencontrarme con gente a la que no suelo ver, con gente a la que hacía demasiado tiempo que no veía, para conocer nuevas personas y para pasear tranquila por las calles que me han visto crecer… Sonriendo a los de siempre y siendo consciente de que muchos ya no nos reconocemos. Hace demasiados años que me fui de allí.

Cuando vives en un pueblo eres consciente de que a la gente le encanta alimentarse de la vida de los demás. Los que sois de pueblo sé que lo sabéis, y los que no lo sois, estoy segura que me entenderéis… A la gente le preocupa quien está saliendo con quién, qué le ha pasado a este y qué le está preocupando al otro… Lo lamentable, es que la mayoría de las veces, esta preocupación nace de la maldad, del simple “chismorreo”, de la simple necesidad de cotillear que a todos nos persigue… Y es muy triste. Cuando vives en una ciudad, crees que estas cosas no pasan, pero al final, pasan. Los seres humanos somos demasiado parecidos, los de aquí y los de allí, en una ciudad acabas creando un círculo cerrado, que bien podría compararse con un pueblo, y al final, acabas sabiendo sobre la vida de los demás, y la comentas, y te sorprendes, y juzgas. Es cierto que en una ciudad todo es distinto, la mente de las personas es mucho más abierta, y sí en un circulo están hablando de ti, no te preocupa demasiado, porque salir del circulo resulta sencillo… En un pueblo no.

Debo reconocer que desde que vivo fuera de mi pueblo, poco me importa lo que opinen los demás. Incluso, bien poco me importa lo que se hable sobre los demás. No sé si es cuestión de vivir en una ciudad, o simplemente es cuestión de personalidad. Quizás es la segunda. Como os he dicho alguna vez, soy una persona con un defecto (o virtud, según se mire) entre otros muchos, y es el de entregarme demasiado  a las personas. Esto me ha dado las mayores decepciones de mi vida, pero sin ninguna duda, también las mayores alegrías, porque cuando alguien se entrega de corazón a los demás, siempre acabarán pesando más las alegrías que los disgustos. Hace tiempo, sin ni si quiera planearlo, me planteé una forma de vida que estaba segura me haría feliz. Aprendí a echar fuera a los que hacen daño y aprendí a quedarme rodeada de quienes me quieren de verdad. Es increíblemente gratificante estar rodeada de las personas que quieres y te quieren, las personas de las cuales no temes si te fallarán, porque sabes que no lo harán,  las que sabes que te abrazarán en los fracasos y te aplaudirán en los éxitos, sin envidia, sin maldad. Y estos días, sin duda, sólo me he rodeado de ese tipo de personas.

Una de estas tardes, entre café y buen humor, tenía una conversación con alguien esencial en mi vida. Una conversación con alguien que sé que me quiere y con quién tras un debate entendí las cosas que nos hacen diferentes,  y lo maravilloso que es que nuestras diferencias no nos distancien. Intentaba explicarle a este alguien que no se puede vivir con rencor, yo al menos, no lo concibo. Creo que soy tan feliz, que no puedo tener rabia hacia otra persona, no puedo odiar a otros, aunque me hayan hecho daño, a esos sólo les tengo pena, y les deseo mucha suerte, porque a la gente mala le hace falta suerte, sólo eso. Con este alguien hablaba de lo rápido que pasa el tiempo, y de lo insano que es vivir a través de él llenos de pensamientos negativos y energías llenas de odio. Decidme, de verdad, ¿para qué sirve eso? En cada uno está la libre elección de perdonar o no, de seguir con su vida y dedicarse sólo a ella o pensar por qué le han hecho tanto daño y pensar que ojalá los culpables paguen ese mal (Todo dentro de unos límites. Si asesinasen a alguien a quien quiero, me pasaría toda mi vida deseándole lo peor a esa persona. Soy persona, no hay más).

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Seamos realistas y no nos equivoquemos, no somos dioses justicieros, dejad que pase el tiempo, que es más viejo y sabio y pondrá todo en su lugar.

Pero claro, el ser humano es así, estamos llenos de sentimientos buenos y malos. Sé que hay personas realmente nobles, pero también creo que el mundo está lleno de salvajes e irracionales y lo difícil es que aprendamos a convivir los unos con los otros. No olvidemos que el ser humano es un animal (racional, dicen algunos), y educados en sociedad, aparentemente podemos ser normales, pero hay cosas innatas que nadie ni nada puede cambiar. José Saramago escribió una frase que tengo que recordarme a menudo: “Aún está por nacer el primer ser humano desprovisto de esa segunda piel a la que llamamos egoísmo”

Este mismo escritor, genio eterno, publicó en 1995 un libro que llegó a mis manos casi una década después. Un libro que me emocionó, que me hizo sufrir, que me hizo llorar y me hizo comprender lo miserables que somos. Ensayo sobre la ceguera relata la historia de una extraña enfermedad que se expande en todo un país. Poco a poco, la gente se va contagiando y se va quedando completamente ciega. Al principio, deciden poner en cuarentena a los primeros enfermos, encerrándoles en un antiguo manicomio abandonado. Los soldados daban órdenes y actuaban de forma inhumana, y a mí siempre me pareció un guiño a la barbarie nazi y a los campos de concentración. Inevitablemente, la ceguera se expande y todo el mundo acaba contagiado. Todo el mundo es ciego y el instinto animal del ser humano por sobrevivir cometerá verdaderas locuras que no somos capaces de imaginar que haríamos. Hay una esperanza entre tanta locura, porque el ser humano, siempre tiene esperanza. Una mujer todavía ve. Ella es la única que puede ver todo lo que ocurre a su alrededor, y tal como en La libertad guiando al pueblo, de Delacroix, ella será la esperanza de los ciegos y los lectores.

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En el año 2008 se estrenó A ciegas, la película basada en la novela y dirigida por Fernando Meirelles. Recuerdo haberla visto y sé que en su momento no me defraudó, pero como siempre, me quedo con el libro.

El ser humano puede llegar a límites inimaginables, y en su vida cotidiana y dentro de la maldad aceptada, la gente no es consciente del daño que puede llegar a hacer, ni si quiera es consciente que de nada sirve hablar de los demás, así como preocuparse de las vidas ajenas, porque quien es realmente feliz no lo necesita.

Seguro que para algunos seré mala, ¿por qué no? Pero a mí lo que me importa es que la gente que me rodea crea que soy buena, que me quiera y se sienta orgullosa de tenerme en su vida. Sólo eso.

Porque como dijo Mecano una vez… “lo que opinen los demás está demás…”

Buenas noches de nuevo, amigos.

Lorena.

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Nos necesitamos los unos a los otros…

José Saramago decía: “En verdad aún está por nacer el primer humano desprovisto de esa segunda piel que llamamos egoísmo”, y esta se convirtió en una de mis frases favoritas. El ser humano, aún con el corazón más noble que exista, y con la bondad más garantizada, siempre tiende a ser egoísta. Aunque sólo sea por un momento, aunque sólo sea en una ocasión puntual o con alguien en concreto. El egoísmo, inevitablemente, forma parte de nosotros y forma esa segunda piel de la que hablaba Saramago.

El otro día hablaba con Carmen sobre algunas circunstancias de la vida y de las personas, sobre el egoísmo y también sobre la envidia. Cuándo el ser humano se siente plenamente feliz, aún cabe en él el sentimiento de la envidia. Es así. La envidia sana siempre me ha parecido bonita, es una envidia vestida de sonrisa y amiga de la admiración, de las cosas buenas. La envidia mala, sin embargo, es un verdadero problema. El problema es de quien la siente, y no de quien la provoca, no tengo dudas. La envidia puede llevar a cometer locuras, e incluso muchas veces, aunque sólo sea de forma inconsciente, acabará haciendo daño. En la mayoría de los casos, quien siente envidia se autoconvence de que no es cierto, que simplemente siente indiferencia y que el triunfo o bienestar de otros le trae sin cuidado.

Y entonces, tenemos un problema. Es tan sano vivir alejado de todo eso! No puedo predicar que el ser humano viste de egoísmo y envidia y decir que nunca he experimentado estos sentimientos, resultaría bastante absurdo, no es cierto? El egoísmo, aunque suene mal, lo he sentido, como lo has sentido tú. Es cierto que en muchos momentos de la vida he pensado antes en los demás que en mí, y esto muchas veces me ha traído consecuencias satisfactorias y otras me ha hecho mucho daño, por entregarme a causas no merecidas y personas que no lo merecían. Pero inevitablemente, en otras ocasiones, el egoísmo, aludiendo a su propio significado, me ha hecho pensar en mí antes que en los demás, en mi beneficio y mi bienestar. Supongo, que mientras no sea en exceso, es algo normal.

De la envidia… De la envidia quedaría mal decir que nunca la he conocido, sea del lado que sea. Pero es verdad, que pocas cosas en la vida me han producido envidia. Quizás porque soy una persona, que aún no teniendo mucho, siempre he sido muy positiva, muy conformista y siempre he valorado muchísimo las cosas de mi alrededor. Siempre he sido de valorar lo que tengo, antes que de anhelar lo que me falta. Ahora, no es que tenga poco, porque no lo es, sino que lo que tengo me parece mucho, y soy feliz. Y la envidia no forma parte de mis pensamientos, al menos, que yo sepa. Pero claro… supongo que alguna vez en la vida la habré sentido. Tampoco creo que haya sido víctima ni objetivo de envidia. Soy una persona demasiado extrovertida y eso tiene un blanco y negro claro. O caigo muy bien, o caigo muy mal. Los que no me soportan, es porque no lo hacen, sin más, no es porque me tengan envidia. Por suerte, creo que las personas a las que quiero me soportan bastante, al menos de momento.

La envidia y el egoísmo son dos sentimientos  muy negativos, que siempre intentamos ocultar, siempre renegamos de ellos y pocas veces somos capaces de afirmar que están ahí, acompañándonos en el tiempo, en los pasos y en la vida. Pero están, y no nos podemos engañar. Hay una película que me ha encantado desde que soy pequeña. En ella, la envidia, el egoísmo, la maldad y la superficialidad son los ingredientes principales que hacen sombra a una dulce y tierna historia de amor.

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Basada en la novela Amistades Peligrosas del escritor Choderlos de Lactos, Crueles Intenciones llegó a la gran pantalla en el año 1999 de la mano del director Roger Kumble. 

En Manhattan viven los ricos y poderosos hermanastros Sebastian Valmant (Ryan Phillipe) y Kathryn Merteuil (Sarah Michelle Gellar), a quienes les encanta divertirse haciendo daño a las personas y riendose de los fracasos de los demás, sin soportar, bajo ningún concepto, que alguien pueda reírse de ellos. Su juego de calculadores y perversos se ve entremezclado con la obsesión de ambos por poseerse, en todos los aspectos. Sus vidas cambian cuando, poco antes de empezar el curso, Sebastian muestra a Kathryn una entrevista que se ha publicado sobre la hija de su nuevo director. La dulce y angelical Anette Hargove (Reese Witherspoon) defiende a través de sus palabras el amor verdadero y la importancia de mantener relaciones sexuales sólo cuándo se esté plenamente enamorado y entregado, afirmando que es virgen. Sebastian encuentra en ella su nuevo juguetito y no descansará hasta conseguir cambiar su filosofía de vida. Kathryn observa con una sonrisa, asegurando que su hermanastro, esta vez, tiene las de perder… Las cosas darán un giro inesperado cuando Sebastian empiece a interesarse realmente por Anette y consiga encender la ira de su hermana…

Un triángulo amoroso envuelto por la maldad que no deja indiferente cuando te paras a pensar de lo que es capaz el ser humano con tal de salirse con la suya… De lo que muchas veces es capaz de hacer el egoísmo y la envidia, cuando rozan límites que jamás podrán ser racionales.

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En la vida real, la gente debería ser consciente que todo tiene unos límites para encajar dentro de la cordura y de lo natural, pero sobretodo, sería importante que todos aprendiésemos que es mucho más fácil y satisfactorio vivir alejados de los malos pensamientos, alegrándonos por los triunfos de los demás e intentar celebrarlo con una sonrisa, porque la vida siempre es justa y todo lo que desees se te devolverá. Porque quizás algún día necesites que ese que provoca en ti la rabia, te eche una mano y te ayude a caminar. Porque aunque nos creamos autosuficientes, nos necesitamos los unos a los otros. 

Feliz lunes, amigos.

Lorena.