Ju(z)gando.

¿Sabéis que suelen aburrirme bastante las rutinas? Al final, con el tiempo, siempre me pasa: me aburro de todo. No sé si es porque siempre quiero más, porque soy tan nerviosa que necesito movimiento constante y necesito cambios, pero lo cierto es que cada X tiempo, necesito cambiar un poco las cosas, por eso mismo, hoy he decidido publicar por la mañana, aunque supongo que sólo será hoy, como excepción, porque me apetecía hacerlo así, y porque a la hora de escribir, siempre prefiero la noche.

Pasada la Semana Santa, las escapadas, los reencuentros con amigos o familiares, disfrutar la playa y el pueblo o la felicidad de la desconexión, la vuelta a la rutina tiene un sabor agridulce. Por un lado, te sientes con las pilas totalmente recargadas y llenas de energía y por otro, lamentas que el tiempo haya pasado tan rápido.

Además de las rutinas, muchas veces, los seres humanos también me aburren. Nos pasamos la vida juzgando a los demás, y eso, amigos míos, me aburre bastante. 

Nos encanta convertirnos en justicieros y creer que sabemos toda la verdad y creemos tener el poder para hablar y sentenciar, para opinar con toda libertad y razón y juzgar las actitudes de los demás ante la vida, como si además de nuestra vida,  también la de ellos nos perteneciese.

En los pueblos, estos juicios se incrementan y a la hora de opinar, todos son capaces de hacerlo. En las ciudades también pasa, a menor escala, pero pasa.

Juzgamos a esa persona que ha dejado a su pareja porque se ha enamorado de otra, sin saber lo más mínimo de cómo ha sido su relación o su vida, pero juzgamos que lo hagan, porque… ¡Qué poca vergüenza!

Juzgamos a aquellos que se acaban de conocer y gritan su amor a los cuatro vientos, que suben fotos constantemente a las redes sociales y nos resultan un poco pesados… Sin saber si realmente están viviendo la etapa más bonita de su vida y compartirla con los demás les hace felices…

Juzgamos a aquellos que se pasan la vida de fiesta, como si su diversión nos estuviese molestando. Nos encanta opinar y cuestionar.

Juzgamos a esa pareja que lo dejó hace tiempo, pero se siguen viendo a escondidas, mientras esos encuentros son un secreto a voces, les juzgamos y comentamos, y si nos paramos a pensar… ¿Qué más nos da?

Juzgamos a esas personas que deciden tener un amante distinto cada semana, sin pararnos a pensar que el sexo es uno de los placeres más absolutos  y que cada uno decide qué hacer con su cuerpo y su vida… Pero nos encanta juzgar.

Cuando somos pequeños, juzgamos a ese niño que le encanta jugar con muñecas, o a esa niña que juega al fútbol, sin entender que lo único que podría faltar en nuestra sociedad para que fuese totalmente irracional, es que siendo niños no se pudiese jugar a lo que uno quiere…

Juzgamos a las personas por su forma de vestir, como si esas prendas estuviesen dañando nuestra vista de forma real.

Juzgamos a nuestros vecinos, a nuestros conocidos, a nuestros compañeros de clase o compañeros de trabajo, algunas personas se atreven a juzgar a sus amigos, e incluso, juzgamos a los desconocidos.

¿En qué mundo vivimos? ¿Dónde están nuestros límites? Juzgamos por juzgar, juzgamos porque creemos que tenemos derecho a hacerlo, porque creemos que nos da poder y control, juzgamos por pasar el rato, por tener una conversación (y después nos quejamos de que a la gente le guste ver telebasura y morbo en televisión) y siempre, siempre, diremos que nos da igual lo que hagan los demás, es más, solemos insistir, sobre todo, en que nos da igual lo que piensen los demás de nosotros, pero en la mayoría de los casos es mentira.

Nos encanta juzgar y nos creemos justicieros cada vez que abrimos la boca para dar nuestra opinión, pero sin embargo, no soportamos a aquellos que se creen jueces cuestionando y juzgando nuestras vidas. Eso nos molesta, nos incomoda y nos enfada. ¿Qué sabrá ese de mi vida para hablar así de ella? A todos nos ha pasado alguna vez, ¿verdad?

Nos encanta juzgar, pero odiamos ser juzgados y no nos damos cuenta que ninguno de nosotros, absolutamente ninguno, somos jueces y que las vidas de las personas, sus rutinas y su día a día, en ningún momento están siendo sometidas a ningún tipo de juicio, no nos damos cuenta que no conocemos ni una mínima parte de las cosas que cuestionamos y juzgamos, y no nos damos cuenta que aunque la conozcamos, son cosas que realmente no nos interesan.

El ser humano se aburre demasiado, con la de cosas que hay por las que realmente preocuparse ahora mismo en este mundo que está tan loco.

Nos acostumbramos a juzgar desde pequeños y no nos damos cuenta que juzgando, estamos jugando con los sentimientos de los demás.

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El día que consigamos ser libres de juicios, de ser jueces, testigos y juzgados, estoy segura que todos conseguiremos ser un poquito más felices.

Supongo que ha sido un post diferente, pero como hoy necesitaba cambiar mi rutina, me parecía necesario.

Feliz martes, amigos.

Lorena.

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Animales.

Café calentito en mano y los primeros amagos del otoño en Madrid… Uno de esos días grises que golpean la ventana y el cielo viene del color del estado de ánimo porque vivo en un pais que me avergüenza… y hoy te lo quería contar.

¡Estoy tan triste y enfadada!

Los que me seguís en algunas de mis redes sociales, sobre todo en Instagram, sois conscientes de lo mucho que quiero a Cometo, mi perro. Cometo llegó hace un año y unos meses a mi vida, como el mejor regalo de cumpleaños que me han hecho jamás, tan pequeño, tan travieso… Desde que le conocí, aunque siempre me han gustado mucho los perros, es verdad que siento un amor infinito hacia cadauno de ellos.

Cometo me ha enseñado tantas, tantas cosas… Él no entiende de rencor, nunca se enfada conmigo, se pone triste cuando no le tengo mucho tiempo en brazos y quiere estar a mi lado de forma incondicional, me mira y si estoy triste me observa y vigila, siempre quiere jugar conmigo y aunque le grite no consigo que me odie ni unos segundos… Sé que me quiere más a mí de lo que se quiere a sí mismo, y sé que nos une una conexión tan fuerte que le necesito a mi lado siempre.

Hay animales que nos producen más ternura que otros… Bien sea por su físico, su condición o su tamaño… hasta ahí estamos de acuerdo. De ahí a maltratarles y torturarles… Dista bastante todo.

Mi incultura taurina me había permitido escuchar vagamente hablar del Toro de la Vega, pero es verdad, que gracias a las redes sociales que tienen ese maravilloso poder de acercarnos a noticias de todo tipo, hace un par de días pude saber realmente qué era. Hoy, por fin, tengo un hueco para sentarme frente al ordenador y leer acerca de esta horrible tradición.

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Para empezar, no hay nada que me avergüence y me dé más asco que vivir en un país en el que se permite que asesinen y torturen a los animales… Me enciendo cuando alguien intenta convencerme que los toros y toreros son una tradición  y parte de nuestra cultura… ¿Nuestra? te aseguro que no de la mía. Antes también se lapidaba a las personas, o se fusilaba a los homosexuales, se quemaba viva a la gente y se asesinaba a los que no pensaban igual que otros… ¿Te imaginas que eso se hubiese mantenido y convertido en una tradición?

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Por favor y de verdad que nunca voy a ser capaz de entenderlo… ¿qué tienen en la mente aquellos que ven la diversión y los aplausos frente a la sangre de un animal que, por supuesto, no ha acudido voluntariamente al encuentro? ¿Cómo alguien puede aplaudir algo así? ¿Cómo un gobierno en pleno s.XXI permite que esto sea una fiesta? Una vez más nos duele y la mayoría miramos hacia otro lado. Por suerte, cada año acuden manifestantes y personas que luchan contra el maltrato animal a esta fiesta, a esa tortura del Toro de la Vega. Ahora, algunos de ellos resultan apedreados y heridos. La irracionalidad está tocando sus límites…

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En Wikipedia he encontrado lo siguiente: “El Torneo del Toro de la Vega es un evento taurino de origen medieval, únicamente celebrado en la localidad de Tordesillas. El torneo consiste en -según fuentes- lucha, caza o persecución de un toro por centeranes de lanceros, en la cual algunos de estos últimos intentarán alcanzar al toro hasta la muerte, después de que este haya sido soltado por las calles del pueblo y conducido por los corredores y aficionados hasta campo abierto”. No os imagináis el terror y horror que me produce esto.

En las Bases reguladoras del desarrollo del Inmemorial Torneo Toro de la Vega, adaptándolas al Reglamento de Espectáculos Taurino Populares aprobado por la Junta de Castilla y León mediante Decreto 14/1999 de 8 de febrero, me encuentro artículos como estos, que me ponen la piel de gallina:
Art. 30.- Queda terminantemente prohibido alancear premeditadamente al toro con el fin de NO matarlo, sino mermarle sus facultades físicas. Si así ocurriera, el jurado emprenderá las medidas necesarias sobre dicho lancero.”

“Capítulo IV: 12º El que asistiere de otras partes del mundo o universo y quisiere ser torneante, tendrá derecho a ser infomado muy cumplidamente; más si su intención, Dios no lo quiera, fuera denostar e infamar este torneo, teniéndole por necio ante tal circunstancia, despídasele en mala hora.”

Oh! Gracias por querer asesinar al toro directamente, pobrecitos, no quieren que sufra. Y Dios, padre todo poderoso, aquí presente, si hay algún ateo en la sala… Se siente!
Os juro, de verdad y con el corazón en la mano, que me he sentido estudiando un capítulo de historia sentada en la facultad o el instituto y sientiéndo que estaba estudiando algo que pasó hace cientos de años.

La realidad es que hace dos días el animal fue asesinado, y la foto del que le mató, aplaudido y admirado por la gente que aprueba esa tradición, ha corrido por Twitter, Facebook y todo Internet. A mi me daban nauséas.

No quiero que nadie intente explicarme que es una tradición. En mi pueblo, también se celebran unos encierros taurinos desde hace muchos años, en las fiestas patronales, donde una vaquilla corre dentro de una plaza mientras tres o cuatro chavales intentan correr delante de ella haciendo que dé vueltas sin parar. ¡Ojo! En ningún momento se permite pegar al animal y aún así me parece una auténtica salvajada.

Me gustaría ver a muchos ahí, en medio de una plaza, con el rabo entre las piernas, porque me muero de vergüenza, rabia y pena. Vivo en un país donde los toros son torturados por los verdaderos animales.

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Buenas tardes, amigos.
Lorena.

Duele, pero aceptamos.

La verdad que nunca he sido de madrugar mucho, ni en verano, ni en invierno, pero es cierto que cuando hace frío, estar bajo las sabanas es algo que alargaría durante toda la mañana. En verano, me gusta el aire fresquito que entra a primera hora de la mañana, tener que levantarme a bajar la persiana y seguir durmiendo hasta que mi cuerpo dice basta. Hoy ha sido uno de esos días, sin mucha prisa por levantarme, y me gusta.

Sabéis que soy una persona que muchas veces se enfada con el mundo, sufro y me da mucha rabia ver cómo los seres humanos destrozamos el mundo en el que vivimos, cómo destrozamos nuestros valores y derechos y cómo, muchísimas veces, nos pisoteamos los unos a los otros.

Hoy te quería contar algo que me pasó hace unos días… Eran sobre las nueve de la mañana, café en la mano, salí del Starbucks de Callao, en Madrid, cuando vi como una de las camareras, con un aspirador pequeñito, de esos de mano, se lo acercaba a la cara a un señor que estaba sentado en el suelo, en la puerta de su establecimiento, medio dormido y pidiendo dinero. Él, como es lógico, se sobresaltó con el ruido del aspirador y la camarera empezó a reirse a carcajadas diciéndole a una de sus compañeras “‘¡Lo he asustado!“. No sabéis la pena que me produjo esa escena. ¿Cómo no iba a asustarle si a las nueve de la mañana vamos todos medio dormidos por la calle? ¿Cómo podía reírse de esa forma de una persona que bastante tristeza tendrá por tener que dormir en la calle?

Avancé la Gran Vía con el corazón en un puño… Habían pasado más de 5 minutos y miré el reloj, tenía tiempo de sobra. Di media vuelta y volví a Callao. Justo cuando llegué encontré a la misma camarera entrando por la puerta y la llamé con un, “Perdona…“, ella, con una sonrisa, me quiso atender.

Le expliqué que había dado media vuelta sólo para decirle lo mal que me había parecido su actitud, que me había parecido cruel y cobarde. Ella, me pidió mil veces perdón y me explicó que conocía al hombre en cuestión, que siempre estaba en la puerta y a veces, incluso, le daban agua (Oh! Gracias.), me dijo que lo del aspirador había sido una broma entre ellos, que no podía dejarle estar en su puerta, pero que si no hubiese “confianza” no lo habría hecho así. Me pidió perdón si esa era la imagen que había dado y me agradeció que hubiese vuelto para decírselo. Le expliqué que efectivamente había causado muy mala imagen, como persona y como empleada de ese establecimiento, pero sobre todo, como lo primero. Su gesto y sus risas me habían parecido muy crueles y le dije que estaba cansada de que los seres humanos veamos cosas que nos parecen mal y nos callemos la boca.

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Me fui más tranquila. Si era verdad su historia o no, no lo sé, pero al menos, lo que pude hacer por mi parte lo hice. ¿Sabéis qué pasa? Que he llegado a un punto en mi vida en el que las injusticias sociales (y son muchas) me hacen daño en el corazón, como estoy segura que a ti te pasa. Lo que me duele realmente es que hayamos aceptado a vivir con ese dolor.

Estoy segura que nos duele a todos (quiero pensar que a todos) que haya guerras en el mundo y niños muriendo de hambre… Nos duele, pero lo aceptamos porque creemos que no podemos hacer nada. Nos duele que haya políticos que nos roban y nos recortan derechos, eso nos enciende la sangre y nos llena de rabia, pero aceptamos que eso existe y creemos que no podemos hacer nada. Nos duele que haya niños maltratados y violados en el mundo, en nuestro país, o al otro lado del planeta, nos duele mucho, pero aceptamos que eso existe y creemos que no podemos hacer nada. Nos duele que cada día se abandonen animales, que haya racismo, que exista el maltrato físico a las personas… Hay miles de cosas que nos duelen, pero hemos acabado aceptando que existen y hemos acabado aceptando no podemos luchar contra ellas.

Muchas historias nos duelen cada día, porque las vemos en las noticias, las leemos en la prensa o las vemos en televisión, pero su disfunción narcotizante han hecho que nos acostumbremos a verlas, a saber que existen y nuestra mente ha acabado aceptando que eso forma parte de nuestro mundo, aunque nos llene de sufrimiento.

Me duele vivir en un mundo así. Me duele vivir en un mundo dónde los seres humanos tenemos la capacidad de solucionar los problemas, porque sólo nosotros tenemos esa capacidad y ver que no hacemos nada. No es que no hagamos nada por las cosas que pasan en un país a millones de quilómetros, es que no hacemos nada por las cosas que pasan en nuestra misma ciudad. Somos egoístas por naturaleza y conformistas por costumbre, y eso me da muchísima pena.
Tenemos la capacidad de cambiar el mundo, ese poder sólo es nuestro, así que sólo faltan ganas y unión para intentar mejorar las cosas, sólo eso, porque una vez más tengo que recordar una de mis frases favoritas, que una vez escribió Alejandro Sanz: “Si la gente supiese lo fácil que es trabajar codo con codo, en vez de a codazos…”

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Feliz lunes, amigos.
Lorena.

Juntos, podremos con todo.

No se puede negar que hay días malos, malísimos, en los que no tienes fuerzas para nada. Una vez al mes me pongo enferma, muy enferma, por un tema que sólo a las mujeres nos acontece. Hoy he sido incapaz de moverme del sofá en todo el día pero ahora, aprovechando que me encuentro un poquito mejor, he decidido que os quería regalar a vosotros este momento de fuerza y sentarme frente al ordenador, os quería regalar a vosotros este inicio de semana.

El sábado publiqué una foto en mi página de Facebook, y grité a los cuatro vientos el derecho fundamental que tienen los seres humanos a amar y ser amados. Les dediqué mis palabras a mis amigas, a las que están enamoradas de una mujer y a mis amigos, los que están enamorados de un hombre, les quise mostrar mi apoyo incondicional, mi respeto y todo mi amor a todas esas personas que han tenido que sufrir el rechazo social a lo largo de la historia, y a quienes, a día de hoy, lo siguen sufriendo. Era el día del orgullo gay, y para mí, el amor está por encima de cualquier sexo o condición sexual, el amor es una de las cosas más bonitas de la vida y sabéis que yo, romántica empedernida, no podía dejar de abrazar con mis palabras al colectivo homosexual para que siga recorriendo con fuerza un camino de respeto e igualdad.

Hoy, viendo las noticias, he visto algo que ha pasado este fin de semana en el metro de Barcelona. Un joven asiático era agredido y su agresión era grabada en video y colgada en la red a modo de trofeo, simplemente por ser de otra raza. Según han comentado en los informativos, el agresor, ya detenido, aireaba con orgullo en sus RRSS su afín con la ideología nazi.

No sabéis cómo me duelen estas cosas. De verdad, no os lo podéis imaginar. No puedo sentir más que dolor cuando leo o escucho alguna discriminación social en alguna etapa de la historia, bien sea por racismo o por condición sexual. Me duele porque no entiendo qué pasó por la cabeza de miles de personas a lo largo de los siglos. No entiendo esa necesidad de hacer daño extremo a los demás, esa necesidad de apuntar y castigar las diferencias de las personas, porque para mí la diversidad siempre ha sido la verdadera riqueza de los seres humanos, de la historia y de la vida. Jamás podré entender a quién le puede molestar una persona por su color de piel o los rasgos de sus ojos, jamás podré entender a aquellos a los que les molesta que un hombre bese a otro hombre o que una mujer coja la mano de una mujer, pero lo que no consigo entender, más si cabe, es que esto en pleno siglo XXI, donde parece que todos somos racionales y coherentes, libres y con una buena educación a nuestra espalda, estas cosas sigan sucediendo. Me muero de pena, os lo prometo.

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Desde que llegué a Madrid, es verdad que la mayoría de mis amigos son homosexuales y es algo que veo con la mayor naturalidad del mundo. A veces, me cuestiono si lo veo normal desde que estoy acostumbrada y porque ese es mi día a día y sólo un segundo después me doy cuenta que obviamente no. Creo que desde pequeña, incluso cuando no había salido del pueblo, nunca hice diferencias entre tendencias sexuales, siempre, incluso siendo una niña, para mí el amor y la felicidad de las personas estaba por encima de todo esto.

Hace un año, más o menos por estas fechas, se inauguraba este blog, con el que tantas alegrías me estáis dando, y uno de mis primeros post, fue sobre el orgullo gay en Madrid y sobre Federico García Lorca, a quien fusilaron por ser homosexual. Siempre he sentido la necesidad de defender las injusticias sociales y jamás he sido de las que piensa qué voy a conseguir con ello, si yo sólo soy una entre millones, pero la unión, amigos míos, hace la fuerza, y si todos luchamos por estas injusticias, como se ha hecho muchas veces a lo largo de la historia, seguiremos consiguiendo el progreso y la evolución constante que seguimos viviendo. Hay mucho camino por recorrer, pero juntos lo conseguiremos.

El tema del racismo y el nazismo es algo que, sin ninguna duda, rompe todos los esquemas de mi mente como persona. Soy incapaz de ver una película o leer un libro sobre la II Guerra Mundial y no acabar llorando a mares de pura rabia, incomprensión y dolor. Uno de los libros que más me impactó en mi adolescencia fue El Diario de Ana Frank.

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Este libro recoge la historia contada en primera persona, a través de sus diarios personales (un total de tres cuadernos), de la niña judía Ana Frank entre el 12 de junio de 1942 y el 1 de agosto de 1944, dónde relata su historia como adolescente y los dos años durante los cuales tuvo que ocultarse de los nazis en Amsterdam durante la Segunda Guerra Mundial. 

Oculta con su familia y otra familia judía (los Van Daan), en una buhardilla de unos almacenes de Amsterdam durante la ocupación nazi de Holanda. Ana Frank, con trece años, cuenta en su diario, al que llamó «Kitty», la vida del grupo. Ayudados por varios empleados de la oficina, permanecieron durante más de dos años en el achterhuis (conocido como «la casa de atrás») hasta que, finalmente, fueron delatados y detenidos.  El 4 de agosto de 1944, unos vecinos (se desconocen los nombres) delatan a los ocho escondidos en “la casa de atrás”. Además del Diario escribió varios cuentos que han sido publicados paulatinamente desde 1960. Su hermana, Margot Frank, también escribió un diario, pero nunca se encontró ningún rastro de éste.

El 4 de agosto de 1944, una comisión de agentes de la Gestapo al mando del SS Oberscharführer Karl Silberbauer, detienen a todos los ocupantes y son llevados a diferentes campos de concentración.

Después de permanecer durante un tiempo en los campos de concentración de Westerbork en Holanda y Auschwitz en Polonia, Ana y su hermana mayor, Margot, fueron deportadas a Bergen-Belsen, donde ambas murieron durante una epidemia de tifus entre finales de febrero y mediados de marzo de 1945 (el tifus fue causado por la extrema falta de higiene en el campo de concentración). Edith Holländer (madre de Margot y Ana) muere de inanición en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Su padre, Otto Frank, fue el único de los escondidos que sobrevivió a los campos de concentración. Cuando regresó a Ámsterdam, Miep Gies, una de las personas que les había ayudado durante su estancia en el anexo, le entregó el diario contenido en cinco libros y un cúmulo de hojas sueltas que su hija había escrito mientras estaban escondidos. En 1947 según el deseo de Ana, su padre decide publicar el diario y, desde entonces, se ha convertido en uno de los libros más leídos en todo el mundo.

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ANA FRANK LA NACION

Vivimos en una época en la que en nuestra educación y formación académica se nos muestra la triste realidad que forma parte de la historia de nuestro mundo y me consuela saber que la mayoría de personas sentimos total rechazo y repudiación hacia toda aquella irracionalidad que vivieron los judíos, hacia toda aquella barbarie nazi, y hacia todas aquellas vidas y sueños asesinados en los campos de concentración. Pero, dentro de este consuelo, me duele el alma cada vez que veo en las noticias un indicio de esta irracionalidad y esta locura, cada vez que sé que en nuestros tiempos y en nuestras ciudades, en nuestro país o en nuestro mundo, se siguen dando casos, por suerte ya minoritarios, en los que el racismo, nazismo o la homofobia siguen cobrando protagonismo. Porque no entiendo la mente de algunos seres humanos, porque no entiendo a algunas personas, porque seguiré sintiendo dolor mientras el respeto y la libertad no sean conceptos reales.

Quizás hoy estoy muy sensible, quizás la rabia por lo que he visto en las noticias me ha ayudado a escribir este post en este día en el que no podía ni moverme del sofá, quizás hoy es uno de esos días en los que estoy muy enfadada con el mundo…

Juntos, cogidos de la mano, podremos con todo. No lo olvidéis nunca.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Tengo miedo.

A veces una se sienta frente al ordenador y no sabe muy bien sobre qué quiere escribir, ni cómo lo va a hacer. Hoy es, sin ninguna duda, uno de esos días. Podría presentaros un nuevos relato que tengo en mente, pero me parece que todavía no es el momento, quizás llegue en el siguiente post.  Hay varios temas que me gustaría tratar, temas que últimamente han llamado mi atención y he sabido que tarde o temprano tendría que convertirlos en historia, como por ejemplo hablar de la anciana que toca el violín todas las noches en Gran Vía mientras su marido espera a su lado, podría hablar de imágenes que últimamente aparecen a modo de denuncia en las RRSS sobre el maltrato animal (y no me refiero a los toros, eso todavía es legal y hay irracionales que lo llaman cultura) o podría hablar del miedo que tienen los ciudadanos a perder su trabajo en un país donde no hay oportunidades y por eso aguantan lo inaguantable, como el acoso sexual… Pero estos temas, os prometo, se tratarán más adelante.

Mientras os escribo estas líneas, me ha venido a la mente algo que siempre me ha dado muchísimo miedo y ahora sé que hoy te lo quería contar.

Me da miedo que exista la posibilidad de que algunos seres humanos se sientan con la capacidad y libertad de arrebatar algo tan grande como la vida. Los secuestros y asesinatos siempre ha sido algo que desde muy pequeña me ha impactado, sobre todo cuando las víctimas son niños. Anoche saltaba la noticia de que podrían haberse encontrado restos óseos en uno de los lugares donde se buscaba el cuerpo de Marta Del Castillo. Todavía no se ha confirmado si los restos podrían ser de huesos humanos. Espero que sí y sólo lo espero para que su familia, en la más profunda agonía y el más profundo dolor, sepa al menos dónde está su hija. Para quienes seáis de fuera y no conozcáis el caso, Marta del Castillo era una adolescente sevillana que desapareció en enero de 2009 y cuyos asesinos confesaron el crimen poco tiempo después. Su ex novio, y dos de sus amigos eran los culpables. A día de hoy, detenidos y tras numerosas declaraciones y mucha búsqueda por parte de cuerpos del estado y ciudadanos, no se ha conseguido encontrar los restos del cuerpo de la joven.

El caso de Marta es uno, entre muchos otros. Hoy, este caso vuelve a ser noticia. Muchas veces, cuando oigo cosas así me acuerdo de Jeremy Vargas o Sara Morales, niños desaparecidos, sin ningún tipo de rastro en las islas canarias, me acuerdo de Madeleine o de Josué, un niño de Dos Hermanas (Sevilla) que desapareció de la noche a la mañana y pocas semanas después desapareció su padre. Pienso también en todos esos casos de niños desaparecidos que finalmente han sido encontrados muertos como los niños Ruth y José (secuestrados y asesinados por su propio padre), Rocío Wanninkof, Sonia Carabantes, las tres niñas de Alcasser o el terrible caso de Sandra Palo… Niños que han protagonizado noticias en televisión, portadas de periódicos y dolor, mucho, mucho dolor. Familias destrozadas y un país entero consternado. ¿En qué momento un ser humano cree que tiene el poder y la capacidad de arrebatarle la vida a otro? ¿En qué momento se puede observar a un niño jugando y se decide que te lo llevas  para hacerle daño y asesinarle?  ¿Qué tienen algunas personas en su mente? ¿Por qué?

Es un tema tan delicado que casi me da miedo incluso hablar sobre ello. Pero hablo desde la visión y la opinión de lo que soy, una ciudadana más que siente dolor y rabia ante una situación como ésta. Me gustaría saber qué piensan cada uno de esos padres sobre la justicia de este país, qué piensan cuando ven que los asesinos de sus hijos salen en libertad,  cuándo sienten que el gobierno no les da la ayuda que merecen o qué se siente cuando sabes que hay un programa de  televisión capaz de pagar miles de euros a la madre de uno de los asesinos de tu hija… No quiero, ni puedo, llegar a imaginar el dolor de esos padres ante la injusticia. Ante la injusticia de la justicia, y ante la barbarie que se entierra en la mente de algunas personas que son capaces de destrozar, golpear y asesinar.

Entre todos esos niños desaparecidos, hay miles y miles más que no conocemos, millones de personas desaparecidas en todo el mundo, sin ninguna explicación, sin ninguna lógica que pueda argumentar jamás la mente cruel de algunos seres humanos.

Iba a relacionar este post con una película que me encanta (Venganza) con este tema. Pero no lo haré. No lo hago por el respeto que tengo hacia el dolor de los corazones destrozados de todos los amigos y familiares de las víctimas, porque a veces la realidad supera la ficción y el resultado real es mucho más desgarrador. Necesitamos una justicia fuerte y eficaz que respalde a las víctimas y a sus familiares, necesitamos un gobierno que apoye de verdad y no sólo en palabras a todos los que sufren casos como estos, necesitamos una unión ciudadana y social que creo que es lo único que tenemos de todo esto, necesitamos sentirnos seguros en un país dónde sabemos que los que hacen daño pagarán por ello. Los familiares necesitan estar seguros de que los asesinos de sus hijos, sobrinos, nietos o amigos no volverán a salir a la calle y tener una vida normal (perdonadme por no creer en las segundas oportunidades para este tipo de personas).

Hoy espero, como esperamos todos, que dentro de la desgracia que ya no tiene solución, los restos óseos encontrados en la escombrera de Camas (Sevilla) pertenezcan a Marta, aunque sólo sea para que sus padres, a los que llevamos años viendo destrozados y consumidos por la tristeza puedan tener la certeza de dónde está, al menos, el cuerpo de su hija.

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Tengo miedo de las barbaridades de las que son capaces algunas mentes perturbadas. Tengo miedo de algunas personas, mucho miedo.

 

Feliz martes, amigos.

Lorena.