Y le quise ver mil veces…

Reconozco mi poca vergüenza. Os prometo que la reconozco, que no tengo excusas, sólo falta de tiempo…

El otoño ha llegado con fuerza a Madrid y si os digo la verdad, a mí me gusta tener que ir sacando ya alguna que otra chaqueta del armario, la chupa de cuero, los botines o los pantalones largos. Esta mañana he empezado mi lunes trabajando desde aquí, mi ciudad adoptiva, que cada día me tiene más enamorada (aunque parezca imposible) y la terminaré trabajando desde Italia, con una compañía inmejorable y eso, además de que no puede sonar mejor, es una auténtica gozada. A estas horas he decidido prepararme un té verde calentito, mientras el fresquito golpea la ventana y yo me reencuentro con vosotros. ¿De qué forma? Pues a través de un relato… No he encontrado otro modo. Es lo único que hoy necesitaba y os quería contar…

Leed despacio, como siempre, acurrucaos en el sofá y dejar, por unos minutos, de lado la realidad.


 

Y le quise ver mil veces…

Aquel día le vi, y fue casi sin querer, pero fue inevitable. Le vi. Y eso que aquella mañana mi amiga Sofía me había advertido de lo que iba a suceder. Ella sabía que yo saldría de casa y que le iba a ver, y yo negaba, y me reía y le decía que no, que tenía otros planes, que no me iba a cruzar con él… Que no iba a hacer por cruzarme con él. Pero lo hice, como lo llevaba haciendo durante meses…

Nos habíamos conocido muchos años atrás. Habíamos coincidido en una academia de verano de esas a las que van los pringados que, de un modo u otro, necesitan tener una obligación para levantarse cada mañana y estudiar para septiembre. Nos caíamos bien, es que eso se notó desde el principio. Por aquel entonces, él tenía novia y yo… Yo no tenía absolutamente nada. A ver, pongámonos en situación… Compartimos unas clases particulares en una academia, un verano, nada más (¿qué más da si tenía novia o no?). Si digo que no me fijé en él, miento. ¿Quién no se fijaba en él? Era prácticamente imposible. No sé muy bien si por esos ojos verdes, si por esa piel tostada, si por ese pelo despeinado o por esa chulería que le hacía irremediablemente adorable (y apetecible). Compartimos risas y buenos momentos, después, obviamente, cada uno siguió su vida. Es más, creo que él se fue de la ciudad… Bueno, no lo creo. Lo sé. Se fue a estudiar fuera y no le volví a ver hasta que no pasaron dos años, en una noche de viernes, por pura casualidad. Los dos nos alegramos de vernos, es verdad. Se notó, incluso desde lejos. Nos dimos un abrazo, nos regalamos las sonrisas que se regalan aquellos que hace tiempo que no se ven y se caen bien y estuvimos un rato charlando, entre risas, entre tonterías y complicidad (imposible negarlo). Dijimos de tomar un café, algún día, ya nos llamaríamos, si eso…

Pues me llamó. Me llamó al día siguiente y acepté. Lo que iba a ser un café se convirtió en horas y horas de cañas, de risas, de miradas, de parar el tiempo, de olvidarse del planeta, de paseos sin objetivo, sin lugar de destino, de entrar a cualquier bar, de no mirar alrededor, de comernos con los ojos y divertirnos… Sobre todo eso. Y me besó. Y yo he de reconocer que aquel beso me gustó, no sé muy bien si me gustó de verdad o si fueron las cañas de más, pero me gustó, aunque casi ni lo recuerde. Después de ahí, creo que no hablamos mucho más, y no porque no nos hubiese gustado aquella tarde… Es más, creo que los dos decidimos guardarla como una tarde especial en nuestros recuerdos y dejarla ahí, bien conservada, para no estropearla… A veces, hay cosas que pasan en un momento concreto y deben quedarse así, como si las guardases dentro de una cajita y mucho tiempo después la volvieses a abrir, para mirar que sigue igual y sonreír y saber que el tiempo no ha estropeado absolutamente nada. Es difícil, pero a veces, hay cosas que deben pasar así. Creo que alguna vez nos volvimos a escribir, cada muchos meses, un qué tal estás o un hoy por casualidad me he acordado de ti… Sin más. Dos frases cordiales llenas de cariño (y pasión) cada cierto tiempo. Y así, durante cuatro años más.

Yo habría seguido tranquilamente con mi vida, con mi rutina, con mi casa y mi pareja. Habría seguido con la tranquilidad, respirando la paz en mi zona de confort. Habría seguido así mucho tiempo, habría seguido así para siempre y seguramente habría sido cobarde, ¿verdad? O quizás aburrida, o quizás jamás habría descubierto que se puede estar mejor. Bueno, olvidemos la última frase, porque realmente siempre se puede estar mejor, y peor, así que a veces, es mejor quedarse como uno está, pero es que otras veces… Es que otras veces el destino te manda una señal y sabes que todo tiene que cambiar, aunque te vuelvas completamente loca.

Cuatro años después nos encontramos en un bar, él con un grupo de amigos solteros y depredadores y yo con un grupo de amigas guapas y divertidas. Obvio, no fue difícil entablar conversación, ni si quiera alargarla a unas horas, ni si quiera acabar todos juntos de copas y fiesta por el centro de la ciudad… Y aquella noche nos reímos, como lo habíamos hecho cuatro años atrás, y nos mirábamos y sabíamos que ocurría algo, algo inexplicable, algo que nadie podía entender, aunque todos lo viesen, seguramente, más claro que nosotros… Insistimos en decirnos que no nos habíamos echado de menos y, entre risas, incluso que habernos reencontrado había sido el error del fin de semana. Y resulta ser que aquel error nos llevó a querer vernos prácticamente cada día.

A medida que le veía a él, mi  rutina se desmoronaba, mi zona de confort se iba haciendo pequeña y empezaba a ahogarme. Cada vez que le veía quería salir corriendo y decirle que me llevase de bar en bar, a tomarnos unas cañas, a reírnos y a besarnos como aquel día en el que sólo queríamos tomar un café. Pero no lo hicimos, nunca lo hicimos. Porque no nos besamos, ni una sola vez. Compartimos muchos cafés, muchas risas y compartimos una complicidad que de forma egoísta nos iba uniendo cada vez más. Una complicidad que pedía a gritos que nos abrazásemos, que nos apretásemos fuerte las manos y que apostasemos por aquello que sentíamos, que era lo que, realmente, nos estaba manteniendo vivos. Y sentíamos miedo, sin decirlo. Porque nunca se lo dije. A veces, no es necesario decirlo. Supongo que me lo leía en la mirada, como yo leía en la suya que quería que fuese suya, sólo suya, para siempre, de nadie más…

Hubo un día en el que no podía más. Llevaba viéndole meses, fingiendo que era mi mejor amigo, fingiendo que era su mejor amiga, fingiendo que no nos queríamos devorar, arrancar la ropa a mordiscos, tocarnos el alma con las manos y desgastarnos los labios y la piel a besos… No podía quitarlo de mi cabeza y sólo sonreía si él me escribía un mensaje. Tenía un problema, un verdadero problema. Aquel día le vi. Y fue casi sin querer, pero fue inevitable. Me había prometido no escribirle, no verle, distanciarme. No hacer daño a quien creía en mí, hacer caso a la razón… Pero, inevitablemente, yo siempre fui más del corazón. Le vi con la excusa de darle algo, su libro favorito, en edición limitada que lo había encontrado por casualidad, cuando se habían agotado todos los ejemplares y yo estuve semanas para comprar uno. Y sólo nos dimos un abrazo, y le sentí temblar como temblaba yo. Y entonces, sólo entonces, supe que había dos caminos: salir corriendo para siempre o quedarme y arriesgar. Pero joder, alguien saldría herido, y yo, sólo yo, sería la culpable.

Aquella noche volví a casa, y ni el abrazo de mi gata me dio el calor que yo esperaba. Encontré mi casa, mi hogar, completamente vacío, desangelado, frío. Miré a la persona que más había querido jamás, a quien más me había querido, y me pregunté cuánto tiempo hacía que habíamos dejado de estar enamorados y le abracé en silencio. Y lloré, lloré mucho. Y no nos hicieron falta las palabras, porque hacía mucho que lo nuestro no funcionaba, porque hacía demasiado que sólo éramos amigos… Y nos hicimos daño. Claro que nos lo hicimos y nos echamos de menos, y seguramente lo haremos el resto de nuestras vidas… Pero, a veces, el destino te manda una señal, y te pone a prueba, y tu eliges cómo jugar, qué hacer, si arriesgar o quedarte cómodo, sin más.

Y yo arriesgué. Y le llamé. Y le vi. Y sólo me hizo falta abrazarle para sentir que ya nada era igual, que todo había cambiado, en cuestión de segundos, que ahora podía ser verdad, que podíamos tener la oportunidad de intentarlo, sin saber si saldría bien o saldría mal… Y me vio llorar, y lo entendió todo. Y me besó. Aquel día me besó. Me volvió a besar, como hacía años que no lo hacía nadie, como si el mundo se acabase allí mismo, y me abrazó y supe que no quería que me soltase jamás… Y tuvimos que intentarlo.

Y pasaron los años. No sólo cuatro, pasaron ocho, y diez… Y un día nos casamos, rodeados de amigos, en una fiesta divertida, sin excentricidades ni extravagancias. Fue una ceremonia bonita, llena de cariño, de pasión y de mucho amor… Y tuvimos dos hijos, y son maravillosos, con los ojos de su padre y la mirada de su madre. Y los miro, y entonces sé que lo hice bien y que hay veces que, simplemente, la vida te manda una señal, un aviso, de la forma que sea… Por un encuentro casual, un tropiezo o una canción. Hay caminos que aunque no los quieras recorrer, si están en tu destino, acabarás por perderte en ellos. Y le vi, y menos mal que le vi. Y que le quise ver mil veces…

destino

Buenas noches, amigos.

Lorena.

Desmonté el mundo.

Queridos míos, os he insistido tanto en que la primavera es mi estación favorita del año que hoy mismo me cuestionó si yo he perdido la razón o la ha perdido el tiempo, porque la primavera, como tal, ha desaparecido. El calor del pleno verano, ha llegado sin avisar, y mientras hace una semana todavía llevaba pantalón largo y chaqueta, hoy visto ropa que me pongo en pleno mes de julio.

He pasado unos días en mi tierra, disfrutando de las fiestas de Palomar con mis amigas, dónde me reencontré, después de diez años, con uno de los profesores que han marcado mi vida y fue para mí algo tan, tan bonito…  y estuve en l’Olleria, disfrutando de la comunión de mi prima Marta (ella es una de mis cosas favoritas de la vida), viviendo un fin de semana súper familiar y especial para nosotros… Porque en l’Olleria, las comuniones, más que un acto de fe, son toda una tradición y celebración y yo he sido muy feliz de verla a ella con tantísima ilusión…

Al llegar a Madrid, me doy cuenta lo bien que se está en el Mediterráneo, porque allí, aunque el calor sea igual de exagerado, el mar está bien cerca. Hoy me reencuentro con vosotros con un post en forma de relato sobre una de las caras del amor, una de esas caras que desde lejos, nos atrevemos siempre a juzgar, sin pensar realmente qué sienten sus protagonistas… Y aunque yo siempre he sido de las de defender que las cosas se pueden evitar y sobre todo, en estos temas, suelo estar en contra de los que se enamoran… Hoy he necesitado ponerme en su piel, porque a veces, la locura y el dolor, son los únicos que nos llevarán a la cordura y la felicidad.

Leed despacito, como siempre.


Desmonté el mundo.

Por aquel entonces yo debía tener unos veintitrés años. Tenía las ganas de vivir aferradas al alma, tenía ganas de comerme el mundo, estaba en mi segundo año de facultad y todo era bonito. Me había trasladado a la ciudad y vivía en un antiguo piso que mi abuela paterna conservaba, un piso deshabitado desde hacía muchísimos años y que mientras a mi madre la horrorizaba, yo vi su encanto desde el minuto uno. Recuerdo la primera vez que entré en él. Aquella casa olía a soledad y polvo, era un lugar oscuro al que sólo hacía falta abrir las ventanas, limpiar a fondo y darle una mano de pintura para convertirlo en un lugar acogedor. Cambié algunas cosas, algunas cortinas, algunos muebles, parte de la decoración, las almohadas, el colchón… Poco más. Me gustaba aquella casa, combinando lo antiguo con lo moderno, lo viejo, lleno de recuerdos y vivencias, con las cosas recién estrenadas. En el salón, un gran ventanal se abría a un pequeño balcón al que le puse una pequeña mesa de madera y un par de sillas, unas flores y mi café cada mañana. Al lado de aquel ventanal, en el interior de la casa, conservé un viejo tocadiscos que me parecía maravilloso, y justo a su lado, una estantería llena de libros e historias que otros habían escrito para que me acompañasen en el camino de la vida. Mi gata Lulú se mudó conmigo y cuando todo estuvo terminado, las dos nos miramos y asentimos. Nos gustaba nuestro nuevo hogar.

Acudía a clase por las mañanas, estudiaba y pasaba apuntes por las tardes. Los fines de semana, trabajaba en una cafetería y en verano aprovechaba para dar clases particulares a aquellos niños que en septiembre tenían que recuperar algunas asignaturas del curso anterior. Desde muy pequeña supe que quería ser abogada, seguramente lo supe antes de saber en qué consistía realmente aquello, pero una vez, viendo una película con mi madre, le dije que yo quería hacer lo mismo que hacía el señor de la pantalla, quería hablar por otros y ayudarles, quería defender a los buenos y meter en la cárcel a los malos, y entonces ella me dijo que para eso, tendría que estudiar mucho y sacar muy buenas notas en el colegio. Así lo hice.

Por aquel entonces yo tenía veintitrés años, veintitrés años recién estrenados y un sin fin de planes en los que por supuesto, él no entraba. Todo cambió aquella tarde de junio en la que se cruzaron nuestras vidas…

Marisa, una señora de voz dulce y educada, me había llamado hacía sólo unos días porque había visto mi anuncio sobre las clases particulares. Su hijo Víctor, necesitaba ayuda en los exámenes finales y además, seguramente, iba a necesitar ayuda durante todo el verano para preparar los exámenes de septiembre. Me avisó que tenía 13 años y la tontería eterna del adolescente que se cree mayor y lo sabe absolutamente todo.  Vivían sólo a dos manzanas de mi casa. Vivían en un quinto piso, en un edificio de color marrón y tostado. Aquella casa me daba paz, quizás por lo silenciosa y sola que estaba. Olía a limpio y tenía las paredes blancas. En el salón, donde daríamos nuestras clases, habían fotos familiares repartidas por estanterías y muebles, algunas en la playa, otras en la nieve, todas ellas enmarcaban sonrisas y felicidad, enmarcaban la infancia de unos niños que ya habían perdido su inocencia. La madre de la criatura me pareció más dulce todavía en persona que por teléfono y el rebelde adolescente, en el fondo, me hacía gracia, se ponía rojo cada vez que le hablaba y no se atrevía a levantar los ojos y mirarme a la cara. Como por aquellas fechas, yo también estaba de exámenes, nos veíamos todas las tardes, de lunes a jueves, una hora y media cada día. Me pagarían al final de cada semana, y a mi me parecía genial para mis gastos y caprichos que llegaban al mismo tiempo que el viernes en el calendario. Víctor tenía un hermano mayor, de dieciséis años que al parecer, aunque no fuese un estudiante brillante, cumplía con sus obligaciones y una hermana pequeña, de ocho años que era una preciosidad y, sin ninguna duda, la princesa de la casa. Una tarde en la que Marisa salió a recoger un vestido que tenía encargado llegó Jaime, el padre. No había coincidido nunca con él y en el momento que se cruzaron nuestras miradas supe que mi vida estaba perdida para siempre.

No podía creer que aquel hombre, que era increíblemente guapo y atractivo, pudiese ser tan mayor como para tener tres hijos y una mujer. Nuestras miradas se cruzaron en silencio, como se cruzan las miradas de dos personas que ya se han visto antes, que se suenan de algo y no saben de qué, se cruzaron como se cruzan las miradas de quienes se devoran con las mismas y sienten que el resto del mundo se ha desvanecido a sus pies. Me levanté para presentarme y en el momento que me dio dos besos se me erizó toda la piel, ni yo misma podía entender qué era lo que estaba sucediendo. Cuando salió del salón, me miró con una delicadeza que no había visto jamás en ningún ser humano y asintió. Entonces supe que él sabía lo que a mí me estaba pasando, y lo que es peor, supe que a él le estaba pasando lo mismo.

Aquella noche no pude dormir. Sin saber cómo, ni por qué, me estaba volviendo loca de rabia, sólo le había visto una vez y sólo quería estar a solas con él, y quizás, como sabía que era imposible todavía lo deseaba más. Desde aquel día, mis clases particulares tenían un motivo de ser, sólo deseaba que fuese la hora para acudir a aquella casa, todas las tardes con la esperanza de volverle a ver. Tardé una semana en volver a coincidir con él, nuestras miradas volvieron a cruzarse, en silencio, calmadas, ardiendo, fuertes, seguras, irracionales, apasionadas… Y sabía que me estaba quemando, pero no quería dejar de jugar. Era una locura, pero necesitaba vivirla. Desde aquel segundo reencuentro, acudía casi todas las tardes, a la misma hora, con una excusa tonta. Su despacho estaba en el piso de abajo, así que era muy fácil para él. No había pasado absolutamente nada, ni habíamos cruzado más de dos palabras, pero empecé a tener miedo de que su mujer me viese mirarle, o que le viese a él mirarme a mí, empecé a temer que me dijese un día que ya no hacía falta que volviese más.

Una tarde, mientras su hijo se había escapado al baño, pasó por el salón y me vio sola, entró a preguntar si quería agua o algún refresco, que hacía mucho calor… Le dije que no se molestase, estaba a punto de marcharme a mi casa, y entonces, en ese instante me preguntó qué estudiaba… Cuando escuchó la palabra derecho le salió una medio sonrisa que a mí me hizo temblar el corazón y entonces me dijo que él era abogado y que cualquier cosa que necesitase, podía contar con él.

Mis ganas de verle, o simplemente de estar a solas con él, crecían por segundos. No me reconocía. No me importaba su familia, ni su mujer, ni nada, sólo quería estar con él y quería vivir, al menos una vez en la vida, las cosas con las que llevaba soñando desde que le había visto por primera vez. Una tarde, al cruzarme con él, le pregunté si podría echarme una mano con un tema que tenía atravesado y sobre el cuál me examinaba una semana después. Me dijo que al terminar la clase, pasase por su despacho. En aquella oficina trabajaban varios abogados, entre todos habían alquilado el local para que les saliese más rentable, y cada una de las habitaciones de aquel piso, eran las oficinas personales de cada uno de ellos. La suya daba a la calle, y el sol entraba con ganas por pequeños espacios que esquivaba a través de las cortinas. Me senté y empecé a exponerle mis dudas, me temblaba la voz y me sudaban las manos. Me miraba fijamente, en silencio, y entonces se puso a mi lado y me acarició la mano. Un silencio nos envolvió, y sin saber cómo, sentí sus labios sobre mi cuello, cogí sus manos y apreté mis senos, le besé cómo jamás había besado a nadie, le desabroché cada botón, le arranqué la camisa, le dejé subirme el vestido y apreté su espalda contra mi cuerpo que reposaba ya contra la pared y sentí como nos convertíamos en solo uno, con fuerza, rabia, pasión y miedo.

Cuando terminamos lloré en silencio, mientras él me abrazaba y me acariciaba el pelo… Aquel día cambió mi vida para siempre. Dejó de subir a su casa cuando yo estaba, nos veíamos en su despacho, con la excusa de mis dudas y su experiencia. A veces, sólo nos abrazábamos y nos besábamos, otras nos pasábamos un buen rato hablando, otras hacíamos el amor, y otras simplemente nos acariciábamos las manos. Me enamoré de él como jamás me he enamorado de nadie. La primera vez que vino a mi casa era un domingo, había dicho en casa que iba a comer con unos amigos, preparé pasta con tomate y bajé las persianas para que la luz del pleno agosto entrase con delicadeza por lo bajo. Alquilé unas películas, y estuvimos tirados todo el día, comiéndonos a besos, saboreando cada poro de nuestra piel, desnudándonos el alma y queriendonos sin límites ni por qués… Lulú nos miraba cómplices, sabía de él sin conocerle y sabía que yo jamás había sido tan feliz. Mi olor favorito era el de su piel, mis caricias favoritas las de sus manos y sabía que ya no quería hacer el amor con alguien que no fuese él…

Aquel fue uno de los veranos más tristes y bonitos de mi vida. Bonito por la pasión y las ganas y tristes por una clandestinidad que me hacía cada vez más daño, por seguir subiendo a aquella casa y ver aquellas fotos en el salón, por pasar por el lado de su mujer y sentirme tan desgraciada de su desgracia, por verle en una familia que no era mía, yo, que era suya… y él, que tanto me quería…

En septiembre mi dolor ya era insoportable y le dije a Marisa que no podía seguir dandole clases a Víctor porque debía centrarme en mi carrera. Nunca supe si lo hice por vergüenza, o por egoísmo, pero necesité salir de allí. Un año después, la situación era insostenible y yo sabía que estábamos locos el uno por el otro. Vivíamos ya dentro de nuestra locura, que era sólo nuestra, pero era la única forma en la que éramos felices. Se divorció. Sus hijos mayores tardaron muchos meses en poder perdonarle lo que le había hecho a su madre y a mí tardaron años en querer hablarme.

Mi madre montó en cólera cuando se enteró, me echó la culpa de absolutamente todo, pero con el tiempo supo entenderme y perdonarme. Nos instalamos en el viejo piso de mi abuela paterna, y lo hicimos nuestro hogar. Terminé mis estudios y nos casamos cinco años después. Olivia llegó a nuestras vidas cuando yo cumplí los veintinueve y Claudia sólo quince meses después. Montamos nuestro propio bufete de abogados y trabajamos juntos formando un equipo que no podría ser mejor.

A veces, me pregunto si algún día la vida me perdonará el daño que hice, o si la vida, mirándonos desde lejos, sonríe y entiende que a veces, no podemos controlar nuestros destinos, nuestros caminos y nuestros actos, y si quizás ella, me ha perdonado ya, entendiendo que el amor, a veces, simplemente nos vuelve locos y necesita desmontar el mundo para que dos almas se lleguen a encontrar. Yo desmonté el mundo, infinitamente egoísta, para buscar mi felicidad.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Café enfriado, como siempre.

Ya tenía ganas de que la semana se volviese a parar en el martes, pero, de verdad, los días pasan tan rápido, que no parece que hayan pasado tantos desde la última vez que nos leímos. Ha dejado de llover en Madrid y hoy el sol ha querido salir a pasearse por la ciudad, a ver si le dejan quedarse, que las nubes ya sabéis que son muy peleonas, pero bueno, ya sabéis que no me importa. Ayer, por ejemplo, disfruté de una tarde de lluvia maravillosa.

Tenía ganas de volver con un relato, de eso sí que hacía mucho, así que aquí os lo traigo. Es un relato diferente, en la estructura, en la expresión y en la forma. Es un relato en el que seguro más de una persona se sentirá identificada y un relato con el que espero que, al llegar al final, reflexionen sobre cómo quererse a sí mismo por encima del dolor que intenten causar los demás, o que causan sin querer. Como decía Shakira en una de sus canciones: “Siempre supe que es mejor, cuando hay que hablar de dos, empezar por uno mismo…” . Nunca supe si ella lo decía de esta misma forma, pero yo siempre lo entendí así. Cuando te enamores, enamórate mucho y quiere con mucha fuerza, pero no te olvides, si te están haciendo daño, de quererte a ti más.

Hoy te lo quería contar…

Café enfriado, como siempre. 

Creo que empecé a tomar café más bien tarde, no sé a qué edad empiezan normalmente las personas a tomar café, pero yo debería tener, al menos, veinte años. Quizás fue en la facultad, entre clase y clase, en las épocas de exámenes, no sé muy bien cuando ni por qué. Nunca me lo he planteado. Lo que si sé es que siempre me pasaba igual, me gustaba calentar el café hasta el punto en el que al coger la taza con mis manos estuviese bien caliente y su aroma subiese lentamente. Una vez servido, me costaba beberlo así, lo dejaba enfriar y al final, siempre se enfriaba demasiado. Y siempre me pasaba igual. Y siempre me pasa. ¿Te acuerdas?

Hoy miro la taza, que me espera impaciente, caliente, humeante, y sé que todavía no nos podemos encontrar, tendrá que pasar un rato, mientras asimilo todo lo que me está pasando. El teléfono no deja de sonar, un sin fin de mensajes y llamadas que no me apetece contestar. Es más, no me apetece ni si quiera mirar. Necesito soledad. Necesito silencio. Porque me ha costado mucho tiempo encontrarme, pero al final, encontrarse a sí mismo, aunque no sea una tarea fácil, es imposible que salga mal, y  mira que yo, he estado perdida.

Me perdí hace mucho tiempo, todo ese tiempo en el que dejé de sonreír. Porque yo antes sonreía mucho, ¿sabes? Sonreía siempre, cuando me despertaba, cuando bajaba a la calle y me cruzaba con algún vecino en el portal, cuando iba hasta la esquina a comprar el pan recién hecho a primera hora del día, sonreía cuando llegaba al trabajo, aunque odiase trabajar para una compañía de seguros y odiase tener que estar pegada al teléfono todo el día para reclamar a los clientes una gran cantidad de impagos que llevaban a sus espaldas, y todos con la misma historia: no tenían dinero, era la crisis del país, y tenían razón. Aún así yo sonreía, sonreía cuando salía del trabajo, cuando me paraba en el Starbucks a comprar un Mocca Blanco que me iba bebiendo por el camino hasta llegar a casa, sonreía mientras recogía mi casa y la limpiaba, sonreía cuando preparaba la cena, cuando veía la tele o cuando leía un buen libro. A veces también lloraba, pero siempre fui más risueña que melancólica. Los fines de semana me reunía con mis amigos, en alguna terraza del barrio, entre cervezas y risas. Me gustaba mi vida y sonreía porque era feliz.

Cuando te conocí sonreía todavía con más fuerza. No te esperaba, ¿sabes? Llegaste sin avisar, cuando no me apetecían compromisos, cuando no me apetecían explicaciones, ni tenerlas que dar, cuando me apetecía estar sola y disfrutar de una libertad que tú prometías y que con el tiempo traicionaste. Entonces, cuando te conocí, supe que era una sorpresa, un regalo de la vida, una oportunidad de ser más feliz, de encontrar ese amor, que aunque no me apeteciese, tanto anhelaba. Y me enamoré de ti, me enamoré locamente, como seguro que no había hecho antes, y te lo dije, te lo dije una y otra vez, que eras lo mejor que me había pasado jamás, y tu me decías lo mismo, me prometías una y otra vez que nunca habías estado así con nadie, que lo nuestro era fuerte e irrompible, que la vida había cruzado nuestros caminos y no permitiríamos que se separasen jamás. Me mirabas y yo veía en tus ojos todas y cada una de las verdades de tus palabras, estabas locamente enamorado de mí  y sólo me hacía falta adentrarme en tus pupilas para sonreír como nunca antes había sonreído, para sentirme afortunada y especial, para saber que tenía que ser así, para darle fuerza y credibilidad al destino, que había cruzado nuestras vidas y nuestros corazones. ¿Te acuerdas cómo nos mirábamos? Nos mirábamos con tantísima fuerza, con tanta pasión… ¿Te acuerdas cómo nos besábamos? Lo hacíamos constantemente, en cualquier rincón, como una extraña fuerza que se apoderaba de nosotros y no nos dejaba utilizar la razón. Nos rozábamos la piel y ardían nuestras almas, ¿te acuerdas? Éramos puro fuego, deseo y pasión. Recuerdo perfectamente la primera vez que nos tumbamos en una cama. Queríamos hablar y contarnos cada uno de los detalles de nuestras vidas, mientras nos acariciábamos la piel, y no pudimos evitarlo, a los tres segundos nos estábamos devorando. Me besaste con tantas ganas, me cogiste con tanta fuerza… Me llevaste al paraíso mientras yo bordeaba con mis piernas tu cintura, mientras te sentía mío con tanta fuerza que quería gritar y llorar ahí mismo, en aquel instante, en aquella habitación, porque nunca había sido tan feliz. ¿Te acuerdas cómo me acariciabas? Te encantaba pasar tus dedos, finos y delicados, suaves y señoriales, por mi espalda, lentamente, de arriba a abajo, mientras nos reíamos y soñábamos, mientras planeábamos nuestro futuro, nuestras vidas, e imaginábamos el paso del tiempo, mientras imaginábamos cómo íbamos a recorrer el tiempo cogidos de la mano, mientras tus manos acariciaban mi espalda desnuda, entre nuestras sábanas, entre las cuatro paredes de la que habíamos hecho nuestra casa.

¿Te acuerdas cuándo me preparabas sorpresas? Cuando un día, por que sí, me llenabas la casa de flores y el aroma del jazmín se impregnaba en cada rincón, en cada almohada, en cada libro, en cada camisa o en cada canción que sonaba. Cuando otro día, sin motivo alguno, me llenabas las paredes de notas con frases que habías rescatado de conversaciones que yo había olvidado. Cuando, de repente, me sorprendías y me llevabas a cenar a mi restaurante favorito, cuando nos tumbábamos en el sofá a ver películas mientras comíamos palomitas, cuando nos despertábamos un domingo, sin ningún tipo de prisa, y nos pasábamos horas y horas mirándonos a los ojos, acariciándonos las manos, riéndonos a carcajadas, besándonos hasta el alma…

Yo era consciente de que algún día todo podía cambiar, ¿sabes? Claro que lo era, no por nada, sino porque siempre he sido racional y realista. Sabía que nada es eterno y que en las relaciones, la magia del principio hay que aprovecharla con todas las fuerzas que uno tiene, porque cuando menos te lo esperas… Llega la rutina y la arrasa. No sólo la rutina, perdóname, llega también la confianza y la confianza tiene cosas buenas y cosas malas. Desgraciadamente, a veces, ganan las malas. El mal humor se encierra en casa, incluso el que viene de la calle, ese también se queda en casa. Podía haber sido bonito, estoy totalmente segura de ello, porque me conozco, porque sé como soy, porque las mujeres somos así, porque somos más pasionales en todos los aspectos, en las guerras y en el amor, porque le ponemos más ganas a todo, a lo bueno y a lo malo, a la alegría y a una discusión, pero en el fondo, siempre queremos que las historias de amor salgan bien, porque por alguna extraña razón queremos que así sea, porque somos más sensibles, más nostálgicas y porque, joder, de pequeñas todas hemos soñado con un cuento de hadas. Por eso sé que no me han faltado ganas, por eso sé que no me habrían faltado nunca. Pero claro, me quitaste la ilusión, ¿te acuerdas también de eso?

¿Te acuerdas cuando dejaste de mirarme con esa ternura y esa magia? ¿Te acuerdas cuándo empezaste a gritarme? ¿Te acuerdas en qué momento empezaron a molestarte todas y cada una de las cosas que hacía? No sé si te acordarás del momento exacto, pero vamos, acordarte, supongo que te acuerdas. Yo me acuerdo perfectamente, me acuerdo cuando en alguna discusión ni si quiera levantabas la vista del televisor, me acuerdo perfectamente cuando empezaste a llegar tarde a casa y siempre era porque tenías mucho trabajo, menos cuando era porque algún amigo te había insistido para que te quedases a tomar unas cervezas. Me acuerdo perfectamente cuando dejaron de brillarte los ojos al mirarme, cuando dejaste de tocarme con pasión o cuando dejaste de prepararme sorpresas. Me acuerdo cuando los domingos, te molestaba quedarte horas en la cama y el problema era que yo era una aburrida y quería estar siempre en casa, me acuerdo la primera vez que me tumbé boca abajo, entre nuestras sábanas blancas, y mi espalda desnuda se quedó esperando que la recorrieras de arriba a abajo, se quedó sola y fría, esperando tus manos que ya no resultaban ser tan bonitas. Me acuerdo cuando a penas me hablabas, cuando siempre estabas cansado o cuando te pasabas horas y horas enviando mensajes en tu teléfono (e-mails de trabajo, siempre). 

¿Te acuerdas de la mañana en la que me di cuenta de todo? Una camisa blanca llena de maquillaje, incluso restos de pinta labios de un rojo bastante feo, por cierto. ¿Te acuerdas cuándo me decías que todo tenía una explicación? ¿Te acuerdas cómo lloraba? ¿Te acuerdas cómo gritaba de dolor? Y no, no se te caía la cara de vergüenza. Es más, te atrevías a pedir perdón, a decir que había sido un error. Me gustaría recordarte que no dejamos de hacer el amor porque yo me quedaba dormida, me gustaría recordarte que no dejaste de llenar la casa de flores o notas porque yo estaba distante, me gustaría recordarte que no nos quedábamos viendo películas y comiendo palomitas porque ya las hubiésemos visto todas, me gustaría recordarte que pisoteaste mi dignidad, mi confianza, mi respeto, mi amor incondicional, mis besos, mis caricias, mis ilusiones, mis sueños y mis lágrimas. Me gustaría recordarte que me hiciste daño, porque podría decirte que me arruinaste la vida, pero no, no te iba a permitir también eso. Conseguiste que llorase durante muchas noches, eso sí. Pero bueno, ya lloraba durante horas cuando estábamos juntos y tú ni te inmutabas, ¿te acuerdas también de eso?

A veces me he sentido estúpida, ¿sabes? Por no haberme dado cuenta antes, por no haber hecho yo lo mismo… Pero eso sólo lo pensaba cuando estaba muy enfadada, después me daba cuenta que yo no lo había hecho, porque ¡YO NO SOY IGUAL QUE TÚ!

Hace un rato me he dado una ducha lenta, en silencio, con velas, con agua muy, muy caliente, y la he dejado bajar lentamente por mi cuerpo, la he dejado acariciar suavemente mi espalda, porque si ahí, por alguna de esas estúpidas casualidades de la vida, todavía quedaba alguna de tus huellas, las borrase con calma, que se llevase consigo cada una de tus caricias impregnadas en la memoria de mi piel, que se llevase todos y cada uno de los recuerdos que aún guardo tuyos, lentamente, sin prisa, que en ocasiones como esta, a veces, no está mal hacer larga una despedida. 

Tras la ducha he preparado café, muy, muy caliente, que por cierto, ya está completamente frío en la taza, como siempre. Ahora me lo beberé, pero claro, al haber dejado ir cada resquicio de dolor que quedaba en mí, por el desagüe de la bañera, he creído que podía darte las gracias, ¿por qué no? Si yo siempre he sido muy educada. Gracias por cada grito, porque ahora estoy segura que jamás volveré a permitir que nadie me levante la voz, gracias por cada muestra de indiferencia, porque ahora, jamás me entregaré a alguien que no me merezca, gracias por cada falta de cariño, porque ahora, jamás volveré a estar con nadie que no me demuestre cada día que me quiere con todas sus fuerzas. Gracias por todas las lágrimas que he derramado, porque te aseguro que todas y cada una de ellas me han hecho, cada día, un poquito más fuerte, hasta convertirme en alguien invencible. Gracias por las mentiras, porque ahora sé que no podré confiar en el primer cretino que se cruce en mi camino. Gracias por esta experiencia, porque te aseguro que he aprendido muchísimo de ella.

Gracias y, por cierto: buena suerte, porque créeme que tú, la suerte, la vas a necesitar. Es más, vas a necesitar mucha (ya sabes, por eso del karma, que yo siempre he sido de creer en esas cosas, y el karma es muy sabio…)

Por cierto, que he vuelto a sonreír, ¿sabes? Como antes hacía, ¡Qué fuerte! Casi ni lo recordaba, y ahora, que por fin me he encontrado, sé que nada sucede por casualidad y que no puedo ser más feliz. 

Ni un abrazo de cordialidad.

Sara.

Envió aquel e-mail para despedirse de aquella historia, porque a veces, cuando pasa el tiempo y el dolor se suaviza, podemos ver las cosas de otra forma, y muchas veces, es necesario poner un punto final. Cogió la taza de café y dio el primer sorbo, se había enfriado, como siempre.

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Buenas tardes-noches, amigos.

Lorena.

Infiel.

Vengo con una semana de retraso. Los que me seguís en mis redes sociales, sabéis que la semana pasada me escapé unos días a mi casa y por eso no hubo post el martes anterior. Me fui tres días que como bien podréis imaginar supieron a muy poco, pero exprimí mi tiempo al máximo. Estuve con mis amigas, con mi familia, en casa de mis abuelos, fui a comer a la playa, paseé por las calles de l’Olleria, aproveché para recoger a mi prima Marta del colegio… pequeños detalles que, al final, son los que a mí, al menos, me dan la vida. Es cierto, también, que prometí que aplazaba el post para el fin de semana, pero al volver a Madrid, un catarro se apoderó de mí y en mis ratos libres sólo necesitaba un sofá, una manta y un caldo bien caliente. Así que, por fin, hoy, me vuelvo a reencontrar con vosotros, y os aseguro que os he echado de menos.

Hoy te quería contar algo de lo que me he dado cuenta hace algún tiempo. Para muchos de vosotros, los relatos son vuestra parte favorita del blog, y he de decir, como ya he dicho otras veces, que también son la mía. Me gusta tanto escribirlos e inventarlos, como reencontrarme con ellos un tiempo después, me gusta, sobre todo, ver vuestra respuesta ante ellos, los sentimientos que os han provocado, hasta dónde os han hecho viajar por vuestra memoria y vuestra reflexión, me gusta que os sintáis, de vez en cuando, identificados con ellos y me gusta que rescatéis frases que cuando las leo en vuestros mensajes o vuestros tweets es cuando me doy cuenta de lo bien que suenan, porque las habéis hecho vuestras, y sin ninguna duda, de una forma mágica e inconsciente, hemos conectado.

Cuando invento alguna historia, es inevitable no escribir sobre el amor, y en esta semana, que se acerca San Valentín, es imposible no ver mensajes publicitarios llenos de corazones y amor por todas partes. Yo, a pesar de ser muy romántica, no soy mucho de celebrar esta fecha, no por nada, sino porque es algo que está impuesto y que me hacía mucha ilusión, quizás, con quince años, pero ya no. (Menos mal que no me ha pasado lo mismo con el día de los Reyes Magos!).

He de reconocer que no soy de celebrar San Valentín, no soy de hacer regalos, ni de esperar recibirlos, seguramente saldré a cenar, pero como cualquier otro día, como algo normal, no me esforzaré en tener que hacerlo porque el calendario lo indica. Al final, eso acaba pareciéndome algo incómodo.  He de reconocer que, a pesar de ello, me gusta que haya un día dedicado al amor, como me gusta que haya un día dedicado a la lucha contra el cáncer, un día contra la violencia de género, un día de la sonrisa… Porque es importante que se dediquen días a algo que forma parte de nuestra historia, de nuestra sociedad, o de nosotros como personas. Es bonito que se celebre San Valentín y me encanta que haya gente que lo viva con ilusión y prepare su celebración como algo especial, sólo espero que quien así lo viva, se acuerde de vivirlo de esta misma forma el resto del año, porque, al final, es lo que enriquecerá nuestro corazón y acabará siendo importante en nuestras vidas.

Una vez, hace mucho, mi amigo Pepe me dijo que era una luchadora en el amor, y aunque ahora lo recordemos entre risas, razón no le faltaba. El amor es uno de los ingredientes esenciales en mi vida, y aunque ya haya dedicado algún post a hablar de ello, creo que es bueno recordarlo de vez en cuando. El amor nos complementa desde que no somos conscientes de ello, desde el amor de tu madre que es la primera persona a la que te aferras cuando comienzas el minuto cero de tu historia, el resto de tu familia, hasta el amor de los amigos que irán pasando por tu lado a lo largo de la vida. El amor de tu pareja acabará de formarte como persona en un punto exacto de tu vida. Supongo que los chicos que han pasado por mi vida, de los que alguna vez me he enamorado, me han enseñado muchas cosas. Algunas de ellas, cosas que sé que nunca más querré que se repitan, y otras que rescataré y seguiré haciendo una y mil veces, pero, sin duda, me han dado eso: aprendizaje y momentos que me han hecho crecer y acabar de crear mi personalidad, mi actitud y mi posición frente a las relaciones y el amor, y aunque algunos se queden para siempre en la memoria y otros hayan sido olvidados hace tanto que ni me acuerdo, forman parte de mí como mujer, de mi historia y mis sentimientos.

Llega un momento, en el que sólo necesitas una cosa del amor: que te dé paz. Hace casi tres años que sentí por primera vez una unión indescriptible con otra persona y entonces empezamos una aventura juntos: la aventura de ser amigos, de querernos, cuidarnos, protegernos, entender nuestros más y nuestros menos, la aventura de arrancarnos sonrisas, de dar abrazos en silencio, de secar lágrimas, de apoyar sueños, de respetarnos, de entregarnos toda la confianza del mundo, de darnos libertad, de crear complicidad, de aprender a convivir, a crecer, y a recorrer el tiempo cogidos de la mano… Eso es para mí el amor. Así, tan simple y fuerte cada día, todo el año, y no solamente porque se acerque el 14 de febrero.

En las historias que escribo tengo el poder de decidir qué quiero que les suceda a cada uno de los personajes, me gusta ponerles dificultades que no querría en mi vida real, y me gusta hacerles sufrir para regalarles, algunas veces, un final feliz. En el tiempo y la vida, aprendes a vivir con el amor bueno y el amor malo, porque el malo, aunque no lo quieras, lo conocerás. El amor malo es aquel que hace daño y hace llorar, el que no sale bien o ni si quiera empieza con buen pie, el que ahoga y mata, hasta que llega el que sonríe y salva, y eso, amigos míos, siempre pasa.

Hace tiempo me di cuenta que en muchas de mis historias escribo sobre amores imposibles, sobre infidelidades y sobre historias que aparentemente son perfectas pero acaban siendo algo totalmente roto en pedazos. Esas historias existen, y aunque no nos gusten, nos cuesta menos implicarnos en ellas, porque sabemos que hablan sobre la vida misma, sobre las rutinas, sobre las pasiones, sobre las vidas estancadas y las ilusiones momentáneas, sobre la pasión olvidada y la recién estrenada, sobre el renacer…  Sobre historias que quizás alguna vez hemos vivido, sobre historias que quizás algún día viviremos, sobre historias que han vivido nuestros amigos, o sobre historias que aún de lejos, te resultan familiares. Hace poco me topé de nuevo con una película que hacía muchos años que no veía. La disfruté en silencio y cuando terminó, pensé que ojalá la hubiese escrito yo. Porque a mí me gusta escribir sobre el amor, en todas sus variedades, sobre el amor bueno y el amor malo, sobre el que da paz y el que hace daño.

Dirigida por Adrian Lyne, Infiel se estrenó en el año 2002. Edward (Richard Gere) y Connie Summer (Diane Lane) son el matrimonio perfecto: tienen dinero, un buen trabajo, un hijo al que adoran y una casa preciosa a las afueras de Nueva York. Un día, por pura casualidad, Connie conoce en el centro a Paul (Olivier Martinez), un joven francés que colecciona libros y que resulta ser muy atractivo. Entre ellos empieza una fuerte relación de pasión y juego que acabará destrozando la vida de todos.

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No es una película que vería cada día, pero me gustó verla de nuevo. No es la película más apropiada para recomendar en la maravillosa semana del amor, pero me apetecía hablar de ella. Si no la habéis visto, ya sabéis.

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Para los más románticos, os diré algo que me acaba de llegar ahora mismo en un mensaje de whatsapp. Me lo envía mi tía Ivana, que me conoce bien y sabe que es una de mis favoritas. Esta noche, en Nova, podremos disfrutar de El diario de Noah, que quienes me lleváis leyendo mucho tiempo, ya sabéis que es una historia que me apasiona. Una película que siempre me emociona, que nunca me canso de ver y para mí, una de las películas de amor más bonitas de la historia. Además, está basada en un hecho real y eso hace creer, aún más, en las historias mágicas, en el amor que puede doler y salvar a la vez, aunque tenga que esperar mucho tiempo.  Esa sí me habría gustado, de verdad, escribirla yo. Es más, esa me habría, incluso, encantado vivirla. 😉

A veces, el amor duele, a veces es maravilloso, y a veces nos hace volvernos completamente locos.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

De esta agua no beberé…

Sabéis que los martes siempre intento volver, es uno de los días en el que más tiempo libre tengo y me gusta sentarme frente al ordenador, con el café en la mano, y algo que te quería contar.

Los relatos cada vez gustan más y a mí cada vez me gusta más escribirlos. Hoy traigo una historia sobre el amor y la pasión, que a veces, traiciona a la razón.

Leed despacito y ya me contaréis qué tal…

De esta agua no beberé…

Entré en el restaurante y el camarero me acompañó a la que iba a ser mi mesa, todavía estaba sola. Aquel era nuestro restaurante favorito, mi restaurante favorito de todo el mundo, su salón parecía transportado de otra época, cuadros gigantes envolvían el salón principal, con sillones y grandes ventanales, música celestial y silencio. Allí se respiraba paz y la comida y atención eran exquisitas. Empezaron a tocar el piano y sonó esa canción que me paró el corazón…

En nuestro primer aniversario de boda, Alberto me llevó allí a cenar. Era una sorpresa. Había oído hablar del lugar, pero nunca imaginé que lo que había en su interior fuese tan bonito. Recuerdo mi cara de sorpresa, la sonrisa que se dibujó en la suya al ver mi expresión, la felicidad que por aquel entonces se respiraba en nuestras miradas, en nuestras caricias, las ganas que teníamos de todo, de comernos y besarnos, de mirarnos y querernos.

Alberto formaba parte de mi familia prácticamente desde que yo nací. En cada uno de mis recuerdos, estaba él. Sus padres, íntimos amigos de los míos, y él, compañero inseparable de cada una de las batallas y juegos de mi hermano mayor, eran parte esencial de nuestra familia. A mi solían excluirme de sus aventuras, no cabía en sus historias de indios y vaqueros y normalmente les molestaba mi presencia.

En el verano de 1981, cuando yo tenía quince años, fuimos todos juntos de vacaciones a Palma de Mallorca. A mi padre le habían recompensado con un sueldo honorífico, por su lealtad y servicio, y aquel año decidieron que saldríamos de la península. Aquel verano, ni si quiera recuerdo por qué, mi hermano no vino con nosotros. Raul, el hermano pequeño de Alberto, que tenía cuatro años menos que yo y nunca hablababa porque su tímidez le provocaba un pánico excesivo a la hora de dirigir la palabra a alguien que estuviese más allá de las personas que vivían en su casa (es decir, su hermano y sus padres), también había venido con nosotros. A Alberto, que por aquel entonces tenía diecisiete años, no le quedaba más compañía para aquel verano la isla que intentar entablar conversación con una adolescente a la que había visto crecer desde la cuna.

El segundo día de estar allí, mientras nuestros padres alargaban la sobremesa con su café, sus risas, las críticas hacia esos amigos a los que fingían apreciar, el tabaco y las primeras copas de whisky, Alberto y yo decidimos irnos a la playa. Todavía estabámos en esa edad en la que las conversaciones de los adultos nos aburrían. Alberto siempre me había tratado del mismo modo que me trataba mi hermano, de hecho, estoy segura que tenían casi los mismos sentimientos. Yo era su hermana pequeña, a la que había visto crecer, a la que tenía que cuidar y proteger.

-Bueno, ¿y qué? ¿Ya tienes novio?.- Me preguntó mientras nos tostabamos bajo el sol del Mediterráneo.

-No.- Contesté en seco y con un tono molesto.

Sonó una carcajada y me preguntó si me había molestado la pregunta, me dijo que no me enfadase y que no iba a decirle nada a mi hermano. Podía contarle todo a él, y decía, entre risas, que el día que tuviese un novio, él tendría que darle el visto bueno, a nuestra familia no podía entrar un miembro nuevo así como así.

Le miré en silencio. Con la madurez que siempre me había caracterizado en la mirada, con la tranquilidad con la que se mira a alguien a quien has mirado toda tu vida, y con una fuerza que ni Dios podría saber de dónde saqué.

-¿Quieres que te cuente algo que nunca te he contado? ¿Algo que callarás y no le contarás a mi hermano, a mis padres, ni a los tuyos?

Asintió victorioso.

-Estoy enamorada de ti desde donde soy capaz de recordar. No sé si me enamoré de ti siendo una niña o si me enamoré ayer, pero sé que siempre has formado parte de mis pensamientos. Sé que cuando veo que mi hermano y tu quedáis con chicas, me muero, y sé que no quiero besar a otro chico que no seas tú.- Su cara iba cambiando de color y parecía que la sangre le había bajado a los pies de un sólo golpe.- No quiero que digas nada, tú querías saberlo y tú guardarás mi secreto. No te preocupes, sobreviviré sin ti, pero creo que ya que me has sacado el tema, y con la confianza que nos une, era importante que te contase lo que sentía.- Terminé mi discurso con un aire irónico que me estaba resultando bastante divertido. Vi su cara y supe que el pobre no sabía qué decir, ni cómo reaccionar, así que le di una palmadita en la espalda y le miré con ojos de piedad, di un suspiro mientras me aguantaba la risa y me metí en el mar.

No me giré a ver si seguía en la toalla, sobre la arena, o si había huído de allí pensando cómo iba a contarle a mi hermano cuando volviesemos a casa lo que le acababa de decir. No me preocupaba, ni si quiera tenía prisa, desde muy pequeña siempre supe que Alberto acabaría enamorado de mí.

No se había fugado de la toalla, cuando salí del agua, un silencio a voces nos envolvía a ambos. Aquellos días él decidió actuar con total normalidad, como si aquella conversación en la playa nunca hubiese existido. Yo me limité a hacer lo mismo, la diferencia es que yo me reía cuando me acercaba a él y sentía como le temblaban las manos. le ponía nervioso y eso me resultaba divertido. Supongo que por aquel entonces, el amor, incluso el verdadero, me parecía un juego, un juego por descubrir y estaba segura con quien quería jugar y ganar la partida.

La noche antes de volver a Madrid, el hotel había organizado una fiesta de esas donde las banderitas de colores, la música y el bronceado de la piel danzaban por la terraza a modo de despedida de verano. Estabámos sentados en una silla mientras nuestros padres bailaban y reían y Alberto me preguntó si me apetecía dar un paseo por la playa. No sabía si aquella invitación era una escapada fugaz de aquel espectáculo que nos aburría o si de verdad le apetecía estar conmigo a solas. Nos sentamos frente al mar en silencio y recuerdo que aquella noche había luna llena.
Esta vez, el silencio me resultaba un tanto incómodo.

-Alberto… Respecto a lo del otro día… Yo… de verdad… No me hagas caso…- Me silenció con la mirada y me selló los labios con un beso. El primer beso de mi vida. Mi estómago estalló con miles de mariposas saliendo a empujones de su interior y mi corazón se aceleraba como si una bomba fuese a explotar llevándoselo con ella. Nos abrazamos en silencio y supe que mi vida acababa de cambiar para siempre.

Tardamos seis meses en contarles a nuestros padres que estábamos enamorados. Seis meses de sonrisas disimuladas y caricias escondidas, seis meses clandestinos y bonitos. La noticia no les pilló por sorpresa y les hizo muy felices a todos, incluso a mi hermano, que no entendía nada. El doce de mayo de 1987 nos convertimos en marido y mujer en la pequeña iglesia de nuestro barrio, con una fiesta y un banquete en los que nuestros padres tiraron la casa por la ventana. Alberto se había convertido en mi mejor amigo, en mi amante, en el amor más puro, en mi mirada más cómplice y unos años después en el padre de mis hijos.

Mi amiga Silvia siempre dice que todo ser humano es infiel por naturaleza, que en algunos casos hay personas que nunca destapan ese deseo y que la razón siempre predomina en sus sentimientos, otras veces, el ser humano decide experimentarlo en algún momento de su vida, cuando sus ganas no pueden reprimirse más y el deseo es más fuerte que la norma establecida y por último están los sinvergüenzas que toman esta faceta como rutina de sus días. Yo siempre me reía y le decía que eso no era verdad, que el infiel es infiel cuando no ama de verdad, cuando su avaricia y egoísmo ganan al amor verdadero, cuando esa necesidad muestra la cobardía y el egocentrismo. Ella me sonreía y me decía siempre lo mismo: “Nunca digas de esta agua no beberé”.

La vida siempre me ha sonreído. Es cierto que siempre he sido una mujer llamativa para el sexo masculino, pero siempre he estado muy, muy enamorada de mi marido. Hace dos años publiqué mi primer libro sobre psicología infantil y la verdad que los resultados fueron mucho más positivos de lo que jamás podría haber imaginado. Una buena editorial, cuyo director era viejo conocido de mi suegro, decidió apostar por mí, por mis teorías y lanzar una publicidad que me resultó muy beneficiosa. Desde entonces, he hecho presentaciones de mi libro por todo el país, en charlas a madres y padres, en facultades y en conferencias de psicología. Puedo decir que no me falta nada en la vida.

Las historias de amor que vemos en el cine o leemos en las novelas, confunden nuestras vidas. El amor, en la realidad, no está vivo de forma eterna. El amor tiene etapas, como cualquier asunto de la vida. Los seres humanos evolucionamos, como lo hacen nuestros sentimientos y nuestras prácticas. Aunque lo desease con todas mis fuerzas, no podía pretender que mi matrimonio, después de más de veinte años siguiese siendo como el primer día. El respeto y la educación nunca habían faltado en mi casa, pero la rutina no mantenía viva la pasión que sentíamos con diecisiete años, cuando aún estábamos descubriendo la vida.

En una de mis conferencias, en la Universidad Autónoma de Barcelona, conocí a Pau, un catedrático de psicología que me parecía el hombre más inteligente del mundo. Lo que empezó siendo una relación profesional, acabó convirtiéndose en una amistad fuerte, tan fuerte que empecé a soñar con él y a desear que nuestro trabajo y nuestro destino nos reuniesen. En uno de sus viajes a Madrid, me invitó a cenar al restaurante que había al lado de su hotel, muy cerca de Atocha. Por alguna extraña razón, hice algo que jamás había hecho. Alberto siempre había confiado en mí, nuestros trabajos nos obligaban a estar con gente y conocer pesonas nuevas, no habría habido ningún problema en decir a dónde iba, pero mis deseos me traicionaban y mi corazón sabía que decir la verdad era gritar a voces unos sentimientos que yo quería callar con fuerza. Le dije que iba con Silvia, a cenar y al teatro y que seguramente llegaría tarde a casa.

Pau me hizo reir como hacía años que no hacía. No recordaba la última vez que Alberto, mi marido y mi mejor amigo, me devoraba con la mirada. No recordaba la última vez que me había desnudado con deseo, o me había besado como si se nos fuese la vida. No sabía si eso era lo que tenía que pasar cuando llevabas veinte años casada o si realmente mi matrimonio se había ido apagando poco a poco, sin que yo lo supiese y sin que nosotros lo hubiesemos evitado.

Aquella noche me sentía especial, única, guapa, radiante, querida y cuidada. Me había puesto un vestido negro, me había recogido el pelo con una coleta y unos pendientes gigantes de plata y piedras negras acompañaban mi mirada, que por unos instantes, se sentía loca y adolescente. Tras una botella de vino, vino otra y cuando me quise dar cuenta estaba en su habitación bebiendo gintonics y con el fuego y la pasión estallando en mi alma. No sé que me pasó, pero me sentía más viva que nunca.

Me acordé de Silvia, de su teoría sobre la infidelidad, sobre el agua que algún día yo también bebería. Dejé que me desnudase, que me besase, que acariciase cada rincón de mi cuerpo, ese cuerpo al que ya le iba pesando el tiempo, dejé que me susurrase cosas bonitas al oído, que me llenase de te quieros y de quiero estar siempre contigo, me dejé llevar por la pasión, por el momento, encerrando la razón en un pequeño bolso plateado que me acompañaba aquella noche, para que no me mirase y yo no me muriese de vergüenza. Me dejé querer y quise.

Cuando llegué a casa, Alberto y mis hijos dormían y yo no sabía si gritar de rabia o de felicidad. Había sido una de las noches más bonitas que recordaba. Me senté en la cocina, con la luz apagada y me puse a llorar.

Alberto sabía que algo me pasaba, era mi marido, me conocía desde que era una niña, me conocía mejor que nadie en el mundo, pero le dije que estaba cansada y un poco confundida en mi vida. No preguntó y estoy segura que sabía que había otra persona en mi cabeza, lo que no imaginó es que había otra persona que acariciaba mi piel y mis sueños.

Mis encuentros con Pau se repitieron durante cuatro meses, en Madrid o Barcelona, unos meses en los que no sabía si estaba más viva o más muerta que nunca, unos meses de deseo y dolor, de felicidad y tristeza, de rabia y amor, de pasión y miedo… Me había enamorado. Estaba enamorada de dos personas al mismo tiempo y esta vez la psicología que tanto dominaba no era capaz de encontrar solución. ¿Cómo me podía haber enamorado a estas alturas de la vida? Me había dejado llevar, por el impulso y el egoísmo, por las ganas de sentirme viva y romper con mi rutina, mi error había sido dar el primer paso y ahora ya no había marcha atrás. ¿Qué iba a hacer? ¿Dejaba mi vida entera, mi familia, mi marido y mis hijos por un hombre al que a penas conocía? ¿Me quedaba con mi marido al que ya había traicionado y engañado de por vida? Me estaba volviendo loca. Podría haberme callado, haber dejado de ver a Pau y haber hecho como si nada. Yo no era así, no podría vivir con esa mentira dentro de mí, no podía enterrar esos sentimientos como si nada, porque yo le quería, también a él le quería.

Alberto y yo firmamos los papeles de separación hace un año. Le destrocé la vida. Le destrocé la vida a mi compañero de vida, a quien me había querido y protegido desde la cuna, a quién había sido mi primer y gran amor, al que había sido mi confidente, mi amigo, mi amante, el padre de mis hijos.

Alquilé un pequeño apartamento en el centro de Madrid, mis hijos repartían su tiempo entre nuestra casa y la que ahora era la mía. Me miraban con reproche y aunque no dejaban de quererme en sus ojos veía la rabia y el odio. Entre Madrid y Barcelona cabalgaba mi vida. Pau era la pasión y el deseo, las ganas de estar viva. No había ni un sólo día en el que no echase de menos a Alberto, nuestra complicidad y nuestra vida. El ser humano es caprichoso y egoísta.

Dicen que la vida siempre pone todo en su lugar, y a veces, en su infinita sabiduría devuelve el dolor que se ha causado, todo lo que entregas, se te devolverá tarde o temprano, como dicen los más sabios, los actos se pagan con la misma moneda. Hace dos meses, Pau decidió volver con su ex mujer, de la que llevaba siete años divorciado y a la que, al estar conmigo, había echado mucho de menos. El día que me lo contó, sonreí en silencio. Entendí que mi capricho, mi irracionalidad, mi deseo por encima de la razón, me había salido muy caro.

En todo un año no volví a ver a Alberto, sé de él por mis hijos. No he visto a mis suegros porque la vergüenza no me lo permite y practicamente no he sido capaz de mirar a la cara a mis padres.
Hace dos semanas, un día antes de firmar nuestros papeles de divorcio, Alberto me envió un mensaje al móvil. En él, una hora y la dirección de un lugar que yo conocía bien.

Entré en el restaurante y el camarero me acompañó a la que iba a ser mi mesa, todavía estaba sola. Aquel era nuestro restaurante favorito, mi restaurante favorito de todo el mundo, su salón parecía transportado de otra época, cuadros gigantes envolvían el salón principal, con sillones y grandes ventanales, música celestial y silencio. Allí se respiraba paz y la comida y atención eran exquisitas. Empezaron a tocar el piano y sonó esa canción que me paró el corazón…

La canción que siempre sonaba, en aquel lugar que era nuestro, en aquella mesa, con aquellos recuerdos, con aquella melodía, con el dolor presente que por aquel entonces no existía… Con su caballerosidad y elegancia, con su saber estar y educación, le vi acercarse a la mesa con una media sonrisa y pude ver en sus ojos que me había echado de menos, como yo a él, pero mientras mi mirada aclamaba, avergonzada, el perdón, la suya derrochaba tristeza y gritaba que no… No podía perdonarme. No iba a hacerlo. Nos miramos en silencio y fue inevitable darnos un abrazo, las lágrimas caían en silencio por mi cara y entendí que aquella era nuestra despedida definitiva. En nuestro lugar favorito, con aquella canción que me paraba el corazón, con el hombre de mi vida, al que había perdido por un capricho del corazón…

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Feliz martes, amigos.

Lorena.

El juego prohibido, la pasión y la mentira.

Me gusta escuchar historias, me gusta inventarlas, me gusta escribirlas, me gusta contarlas… Hoy os traigo este relato. Para aquellos que tienen en su vida un “qué habría pasado si…”, y eso, amigos míos, lo tenemos todos. Porque hay historias que marcan, otras que se olvidan, algunas que se recuerdan, otras que se entierran… Pero las historias siempre son nuestras, y seguro que todos habéis sufrido alguna vez por haber perdido un tren… Seguro que también habéis sonreído cuando habéis decidido no subir. Porque no olvidéis, que al final, no somos tan distintos.

Os dejo este relato, para que leáis despacito… Que es jueves, y los jueves siempre son bonitos.

EL JUEGO PROHIBIDO, LA PASIÓN Y LA MENTIRA

“Perdóname. Sólo puedo y debo empezar así. Perdóname por aparecer ahora mismo, de la nada, desde la sinrazón, desde dónde esto ya no tiene sentido. Perdóname por el tiempo, por la distancia, por matar los sentimientos. Perdóname por haberme ido, por no saber darte, por no poder hacer, por no encontrar el valor. Perdóname por estas palabras, por empezar como tú lo hiciste, porque ya nada puede empezar, porque ya no queda nada, porque ya no es nuestro, porque sé que siempre creíste que nunca lo fue. Hoy he escuchado tu voz y sin querer, he sentido el aroma de tu piel e inevitablemente he tenido esta estúpida necesidad de decirtelo. Perdóname…”

Releyó tantas veces como pudo, le temblaban las manos, le temblaba el corazón. Cerró los ojos y le dio al botón. Mensaje enviado.

Qué día tan agotador… Parecía que todo estaba demasiado oscuro, el día era gris, el cansancio se le pegaba a las pestañas y las ojeras arrastraban la evidencia de unos días de trabajo interminables. Sonó el móvil, era un correo electrónico y estaba segura que sería alguien de la oficina, esos inoportunos que no saben controlar su reloj, que no saben respetar el horario, que no asimilan el descanso. No quería mirarlo, no le apetecía, así que lo dejó sobre la mesa, se preparó un te verde, su favorito, y se tumbó en el sillón. El gato dormía, y los niños estaban con su padre. En aquella casa tan grande y solitaria se respiraba silencio. Por fin, silencio. Se quedó dormida casi sin querer y cuando se despertó, como una cruel manía que ya  parecía algo innato, cogió el teléfono. Había demasiados mensajes sin leer, y demasiados correos sin abrir. Sólo había dormido un rato y aquello parecía arder. Con uno ojo abierto y el otro incapaz de despertar, miró por encima. Lo que sospechaba era una realidad. E-mails inagotables de trabajos, de dudas y propuestas, hasta que un nombre abrió como platos los ojos aún dormidos y la mirada que se resistía a despertar. No, la verdad es que no dudó en abrirlo, leyó rápidamente mientras el corazón, inconsciente, se aceleraba. Volvió a leer, palabra por palabra. Leyó con calma y sentía cómo le iban temblando las manos. Leyó y volvió a leer hasta casi aprenderse esas palabras, que sin saber por qué estaban acuchillando sus recuerdos, hasta aprendérselas de memoria. Soltó el móvil sobre la mesa y se quedó tumbada. No tenía ningún derecho a escribirle. Ya no.

Habían pasado cinco horas y sabía perfectamente que ese correo había llegado a sus manos. ¿Cómo no iba a llegar, si se pasaba veinticuatro horas pendiente del teléfono? Seguramente lo había leído nada más enviarlo, pero no iba a contestar. Al fin y al cabo, era lógico. Estaba en todo su derecho.

Ya era tarde, y el frío penetrante encerraba a la gente en casa. Aún así decidió dar un paseo, necesitaba darlo. Se puso el gorro de lana que le acababan de regalar por su cumpleaños, unos guantes, el abrigo más caliente que tenía y con las manos en los bolsillos, decidió lamentarse por las calles. ¿Por qué le había escrito? No tenía derecho a entrar en su vida así. Pero, ¿por qué no? Ella hizo lo mismo. No iba a contestar a ese correo, lo sabía, pero había sido inevitable escribirle. Aquella chica… ¡Dios mío! Aquella chica tenía su misma voz. La había oído de lejos, en una simple cola de supermercado, pronunciar a penas dos palabras con la cajera, palabras con una sonrisa que inevitablemente le recordaron a su sonrisa. Como una bomba de recuerdos, en cuestión de segundos, las imágenes habían vuelto a su cabeza, las risas, las lágrimas, su pelo, su piel, sus besos… Su voz.

Es increíble, pero siempre pasa. Un momento, un hecho concreto, un segundo del tiempo, un instante y el mundo se para, la mente viaja y eres capaz de revivir algo que habías enterrado hacía tiempo, demasiado tiempo. Eran jóvenes, y tenían tantos sueños, que creyeron que juntos podrían comerse el mundo, que superarían los obstáculos y que el tiempo sólo era una cuestión que debían atravesar juntos…

Era un domingo por la noche, con un invierno a las espaldas y la primavera casi llamando a la puerta, cuando un mensaje, entre risas, entró en su correo. Ella se estaba riendo, de la situación, de él y de la vida. Era la mejor amiga de alguien demasiado cercano, pero a penas había oído mencionar su nombre. Por entonces, era una absoluta desconocida. Aquel mensaje fue fresco y gracioso, no había maldad, ni intenciones. Hasta que las hubo. Decidió contestarle, sin saber por qué, entrar en su juego. Ni si quiera sabía cómo era, pero le resultaba divertido, poco común, una huída de lo rutinario. Los mensajes se fueron encadenando, y el juego fue demasiado peligroso. No sabía ni cómo, ni por qué, pero a medida que pasaban las semanas sólo necesitaba saber de ella, cada vez más, quería saberlo todo. Qué le divertía, qué le asustaba. La había visto en fotos. Era evidente que le gustaba. Le gustaba mucho más de lo que hubiese deseado.  Llegó a desearla sin ni si quiera haberla visto, sin saber cómo era su voz, cómo caminaba, como sonaba su risa… Pero deseaba acariciar su piel, y morder sus labios. Deseaba abrazarla, dormir junto a ella. La deseaba. 

Dudó si debía contestarle. No podía saber si debía o no. ¿Se lo debía a él? ¿Se lo debía a si misma? ¿Se lo debía al tiempo? Por quién no se lo debía, sin duda, era por él. Él, quién compartía sus sueños con ella. Quien la abrazaba cada día y la cuidaba cada noche…  Había pasado demasiado tiempo, y no lo necesitaba. Pero le temblaban las manos… sólo quería saber cómo estaba, si era feliz, si lo había sido, si estaba bien, si necesitaba algo… A ella siempre le preocupaba si los demás necesitaban algo, aunque últimamente incluso eso descuidaba.

Volvió a leer el e-mail… Habían pasado tantos años…

Pasaron semanas hablando, sin conocerse, sin verse, deseándose, queriéndose, jugando a lo imposible, desafiando a la realidad, burlándose de la lealtad. Ella le deseaba tanto como él la deseaba a ella. Sabía a lo que se exponía, sabía en qué lugar estaría, sabía que sería una mentira, sabía que sería escondida, que sería inexistente, ella, que siempre quería ser protagonista. Le hizo un guiño al tiempo y al dolor que sabía que llegaría, pero se abrazó a la ilusión y a la esperanza de que al final ganaría. Preparó una maleta pequeña, compró un billete de tren y le dijo que estaba de camino. Huía de la ciudad, y de la vida misma. La acompañaba esa persona en común, ese nexo de unión que sin querer había cruzado sus vidas. La acompañaba hasta el destino, que bien lo conocía, y allí, en el momento oportuno desaparecería. Él les esperó con una sonrisa, y hubo una presentación oficial, con dos besos que morían por ser miles en sólo uno, por juntar labios y unir vidas… Se fueron a su casa de la playa, y aquel fue el mejor fin de semana de su vida. La pasión gritaba por toda la casa, las paredes se hacían pequeñas ante tal inmensidad, ante lo que ellos sentían. Hicieron el amor, toda la noche, todo el día, se comían a besos y se comían a risas. Se querían, el juego se les había ido de las manos y volver atrás ya no sabían…

Acabado el fin de semana, volvieron los mensajes, ahora acompañados por un “te echo de menos…”. Pero ella era la sombra, frente a quien ante el mundo, ante familiares y amigos era la protagonista, la oficial, la verdadera. Ante todos menos ante su confidente, su nexo, su cómplice, que empezaba a sufrir demasiado por todo lo que venía… Dos ciudades distintas, una pareja de tres, dónde la tercera era ella, dónde la sobra era ella, era sobra y también sombra. Y ahora, al recordarlo, se daba cuenta que lloraba…

La noche caía con fuerza, y además empezaban a caer los primeros copos de nieve, el invierno venía vestido de tipo duro y decidió volver a casa, aún con las manos en los bolsillos, preguntándose mil veces por qué le había mandado ese correo y recordando lo mucho que le gustaba… Cabizbajo al recordar su cobardía y lo infeliz que le habían resultado los años, y los días. Aquello duró demasiado tiempo, habían sido los mejores meses de su vida. Ella era luz, era vida, era alegría, era risas. Es más, ella era su luz, era su vida, era su alegría, era su risa. Se sentía cobarde, egoísta y era capaz de revivir el juego, el único juego de su vida del que se sentía un absoluto perdedor frente a quienes le consideraban frío y calculador. Habría muerto por ella, no tenía duda. Pero eran unos niños, ella estaba lejos, tenía ganas de comerse el mundo y él se conformaba con comerse su pequeña ciudad de costa, quedarse cómo estaba, con su rutina de siempre, con sus cosas de siempre. Recordaba cómo se sintió totalmente perdido… ¿Realmente había amado a dos mujeres al mismo tiempo? Lo que era real es que a una la había engañado totalmente, y a la otra, sin duda, le había fallado. En las promesas y en los sueños. Sus recuerdos estaban vivos, demasiado vivos. Recordaba cada encuentro, cuando ya no hacían falta cómplices, cuándo sólo estaba ella, ella por encima de todo, por encima de la realidad y la mentira, ella, su risa y su voz. Recordaba cada vez que la había besado, aquí o allí, cada abrazo, cada caricia, cada vez que le había hecho el amor, como no se lo habían hecho nunca, recordaba sus lágrimas, sus noches en vela ante la indecisión, ante dos caminos tan distintos. Uno, le acomodaba. Otro, le atemorizaba. ¿Valiente o cobarde? Esa era la cuestión. Llevaban así muchos meses, mucha distancia, mucho dolor y lo que tendría que haber pasado, más bien pronto que tarde, pasó. Ella le pidió que tomase una decisión.

La amaba, sabía que la amaba y que posiblemente se arrepentiría siempre si no luchaba por demostrarle que esa era su verdad.

Esa noche, su marido no había ido a dormir, las cosas no iban demasiado bien, el trabajo la tenía tan absorbida que había dejado de lado las cosas más importantes de su vida. Su relación se marchitaba poco a poco y había días que él ni si quiera aparecía. A penas pasaba tiempo con sus hijos, y siempre acudía a su ex marido para que se hiciese cargo de ellos, porque había salido a última hora una reunión. Su vida personal se estaba destruyendo mientras la profesional alcanzaba su máximo esplendor, y era una lástima no ser consciente de poder combinar las dos.

Y ahora aquel e-mail… ¿Por qué? ¿Por qué le había escrito? ¿Qué quería? ¿Qué buscaba? Sin saber por qué, al despertar por la mañana fue en lo único que pensó. En él. Él, cobarde y egoísta, que no supo hacer frente a la situación, que salió vencedor del juego, viviendo en la mentira. Él que tomó una decisión, y como todo en su historia esa decisión llegó a través del ordenador. ¡Un correo electrónico a modo de despedida! Un correo electrónico en forma de adiós, para acabar cómo todo había empezado, obviando los besos, las caricias, la complicidad y el amor. Y ahora… ¡Diez años después volvía a enviarle un e-mail! No lo podía creer…

Llamó a la oficina, y sin saber muy bien por qué, le dijo a su secretaria que no se encontraba bien y que no iría a trabajar. Prometía volver al día siguiente y ponerse al día con todo y todos, pero le dijo que ese día no iba a estar disponible para nadie. Se preparó un te y sujetó el móvil en la mano, mientras se paseaba de arriba a abajo por todo el salón.

¿De verdad seguía sintiendo algo? ¿De verdad un simple correo le estaba provocando todo esto? Quería contestarle, quería decirle que le odiaba, que había estado pensando en él durante todo ese tiempo, que se había casado, que tenía dos hijos preciosos y un ex marido engreído al que no soportaba, quería decirle que se había casado por segunda vez con un hombre maravilloso, al que amaba, sólo a él, y que su relación se estaba pudriendo porque ella había conseguido ser dueña de una multinacional que crecía por segundos.

Quería verle. Quería besarle. Ella también quería volver a sentir su voz, a acariciar su piel, a jugar al juego prohibido, a ver sus ojos, a hacer el amor en la casa de la playa, y a decirle al oído que siempre sería suya… Pero al idealizar todo aquello vivido en plena juventud, se acordó de lo mucho que echaba de menos los besos de su marido, las caricias y las risas, las flores frescas, el desayuno de la risa, el color en las paredes y la alegría en su mirada. Las infidelidades le habían dolido demasiado, y el juego prohibido había sido un juego lleno de dolor arrastrado por el tiempo, una cicatriz en la espalda que seguramente no desaparecería jamás. Lo que sí había quedado era el tiempo y la distancia, los recuerdos y el olvido. Cogió el móvil y borró aquel correo.

Salió de casa y cogió el primer taxi que vio. Su marido estaba desayunando, en la cafetería de siempre, en la mesa de siempre.  Ella se sentó con una sonrisa.

-¿Me invitas?.- Le dijo. Y vio como la mirada se le encendió como el primer día.

Borró aquel correo y enterró aquellos recuerdos, sonrío para si misma y supo, más que nunca, que hay trenes que pasan y no vuelven, aunque lo intenten.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.