Pura casualidad.

Qué bonitos están siendo estos días, a pesar de volver de puente, de que ayer fue lunes, del trabajo, de todo… Qué energía me da la primavera! Me encanta el calor, el olor a verano, la gente en las terrazas, las calles llenas, los colores en la ropa… Y hoy tenía muchas ganas de escribir. Por eso os traigo un nuevo post, en forma de relato, para leer despacito, ya sabéis, como siempre hacemos… 🙂

Pura casualidad

No le gustaban los gatos, ni el chocolate, ni el verano. Últimamente se había olvidado de lo qué le gustaba y sólo le daba por recordar lo que no.

Aquella mañana los niños corrían en la plaza, se escuchaban sus voces tras la pelota y sus risas y gritos llenos de inocencia y vida. Echo la vista atrás y la nostalgia se le pegó a la piel aferrándose con tanta fuerza que parecía que ya no iba a desaparecer. Echó de menos su casa, el olor de aquellas sábanas, la voz de su madre, los ronquidos de su padre y las discusiones con su hermana. Echaba de menos su vida.

Su historia era una entre otras muchas, entre muchos jóvenes que habían dejado atrás una vida entera para buscar nuevas oportunidades que se prometían en el aire en una ciudad encantada. Sin apenas planteárselo, se había instalado en esa ciudad para buscar las oportunidades que estaba seguro no podían llegar si se quedaba para siempre en su pequeño pueblo del alma, al que nunca había conseguido verle nada especial y al que ahora echaba de menos en exceso. Sus calles, su gente, sus paellas y su mar. Habían pasado mucho tiempo y aún recordaba con una tímida sonrisa el día que se sentó en el sofá a contarle por primera vez a su madre que se había enamorado. Ella, como siempre, le miraba con ternura, le regalaba comprensión en cada gesto y le abrazaba con firmeza para demostrarle lo orgullosa que se sentía y el amor incondicional que sólo pueden prometer las madres con la mirada.

Nunca le gustaron las personas atrevidas, era más bien de observar y callar, por eso se dedicaba a estar detrás de los focos, de las cámaras y los objetivos. Cuando sólo era un niño le regalaron su primera cámara, aquel aparatoso instrumento que le hizo crecerse y sentir que era grande frente a todo lo que allí quedaba inmortalizado. Las cámaras digitales ya le parecieron lo más maravilloso del mundo y se lamentaba que no hubiesen llegado mucho antes, cuando era joven y viajaba. Ahora, incluso, había dejado de viajar.

A veces, se preguntaba si el verdadero motivo de no estar en su casa había sido la necesidad de huir. Huir de los rumores, de los chismes y susurros que sonaban fuertes y hacían daño, a él y a su familia. La mayoría de las veces la gente habla y se toma el derecho de juzgar, de sentir y valorar sin saber el daño que pueden llegar a causar. Siempre pensó en lo aburridas que serían sus vidas para que tuviesen que hablar de las de los demás. Por supuesto, la infancia sólo fue bonita dentro de su casa, en su mundo, dónde nadie hablaba ni reía, dónde nadie se burlaba. Los niños tienen esa maldita inocencia de no controlar los límites y no ser conscientes del daño y los traumas que son capaces de generar y en la mayoría de los casos los padres son los culpables por no sentarse a explicar que todo entra dentro de la normalidad, y que el respeto hacia los demás es el valor que más debe predominar. La adolescencia siguió el mismo camino y realmente en la universidad, en aquella gran ciudad y en aquellas calles gigantes, entre cientos de desconocidos, fue donde realmente empezó a ser feliz. Quizás sí, quizás había huido más por buscar su felicidad personal que por conseguir su sueño profesional.

Estudió publicidad y antes de terminar su carrera, fue contratado como becario en una agencia de comunicación donde finalmente acabó siendo contratado, en aquella época en la que los becarios todavía conseguían un contrato después de sus esfuerzos. Habían pasado quince años desde aquello y en ocasiones parecía que la vida hubiese corrido tanto, que el tiempo le había sido robado.

Se había enamorado muchas veces, aunque nunca como esta vez. Como todo ser humano, se había enamorado en la adolescencia donde no había sido correspondido y donde había sufrido tanto por ese desamor que sentía que la vida no tenía sentido. Menos mal, que con el tiempo podía reírse de aquellos sentimientos primerizos de un aprendiz de la vida. Realmente aquella historia le marcó y le acompañó durante muchos años, pero eso siempre pasa con el primer amor, al que se le acaba tachando de platónico e imposible. Había tenido amores de verano, de hecho, de esos había tenido unos cuantos. Se había enamorado en la ciudad, de jóvenes y maduros, de guapos y listos, de estúpidos e increíbles, incluso una vez se enamoró de alguien a quien nunca llegó a contárselo y al que siempre prefirió tener como amigo.

Su vida profesional era estable y satisfactoria, su trabajo estaba bien valorado y adoraba a las personas con las que compartía trabajo, oficina y objetivos cada día. Lejos de aquella triste época de pocos amigos y soledad, el tiempo había sabido recompensarle y su vida social era maravillosa, contaba con un teléfono siempre sonando y planes sobre planes dispuestos a ser devorados cada día.

Le conoció casi por casualidad. Aquella mañana, Beatriz, su compañera, su mejor amiga y la mejor fotógrafa que él conocía, se encontraba con fiebre y una infección en las anginas que le impedían levantarse de la cama. Tuvo que cubrir una sesión de fotos para una firma de relojes que se vendían como churros, a pesar de sus precios desorbitados. El modelo, por supuesto, era el actor de moda del momento y la campaña sería lanzada en televisiones y revistas, así que él se encargaría de las fotos. Por temas de caché, las fotografías donde no se viese la conocida cara del actor las haría otro chico, que cobraba mucho menos por dejarse fotografiar las manos. Se notaba que era joven e inexperto, pero era quizás el hombre más guapo que había visto en su vida. Empezaron a hablar cordialmente, y al final, tras una larga jornada de trabajo, entre risas y bromas, decidieron ir a tomar unas cañas. A día de hoy se sigue preguntando cómo y por qué y sin encontrar explicación alguna, aquella noche acabaron en la misma cama, entre besos, caricias y una pasión que arañaba las paredes de la casa. Había sido maravilloso y le habría prometido amor eterno en aquel mismo instante. De hecho, cuando se despertó a su lado, deseó con todas sus fuerzas que aquella mañana durase para siempre. Podría haber sido una noche de locura más, aquel joven modelo podría haber salido de su casa y no haber vuelto a dar señales de vida. Podría haber sacado su teléfono de la base de datos de la agencia y podría haberle buscado, pero no hizo falta, porque el modelo se encargó del resto. Dos días habían pasado sin que se lo hubiese quitado de la cabeza cuando abrió el buzón para retirar toda la publicidad que se había ido almacenando durante semanas, y encontró un pequeño papel, una pequeña nota en la que se le indicaba hora y lugar para volverle a ver.

Le contó a sus amigas lo sucedido y lo excitante que le parecía haber encontrado aquella nota ahí, cuando unas horas antes había decidido no buscarle si no era él quien le quisiese ver. Aquella tarde, volvieron a terminar en la cama. A penas hablaban, sólo se besaban, se abrazaban y se deseaban. Se mordían con la mirada y se mataban con las caricias, se resucitaban con los besos, las lenguas entrelazadas y la saliva. Durante semanas dejaron que las cosas sucediesen así, con notas en un buzón que ahora era revisado cada instante, con encuentros apasionados y emociones encendidas. Empezaron a escribirse e-mails y a contarse poco a poco cómo eran sus vidas, sus ilusiones, sus trabajos, su pasado y su presente, sus preocupaciones y sus alegrías. Pasaban tardes en la cama, abrazados y en silencio. A veces se reía de la locura en la que se estaba convirtiendo su vida, ni si quiera tenía su número de teléfono, ni se había hecho junto a él una fotografía. Por su cumpleaños, en el buzón y como vieja costumbre, le regaló una escapada de fin de semana, sólo para ellos, alejados de la rutina, experimentando otra forma de encontrarse en sus vidas. Aquel fin de semana fue maravilloso. Extraño, pero maravilloso.

Intentó cogerle de la mano. Llevaban meses compartiendo sábanas casi todos los días y nunca había paseado de su mano, pero sintió como ésta se separó suavemente, en un desliz que le golpeó la seguridad que empezaba a tener en aquella historia y en aquel joven modelo al que había conocido en una sesión de fotos, por pura casualidad.

-Lo siento, es que hay algo que no te he contado…- Por el tono, entendió lo que pasaba y se acordó de la ternura que había sentido cuando su madre le escuchó aquella primera vez en la que le dijo que se había enamorado. Le dejó continuar.- Es la primera vez que estoy con un chico…

Lo entendió todo. Su timidez, su desenfreno y pasión como si el mundo se acabase, sus miedos, sus largas conversaciones a través de los e-mails, desde el otro lado de un ordenador, tras el cual poder esconderse y no encontrar miradas que le juzgasen… Le sonrió.

-No pasa nada, absolutamente nada.- Y le contó con la mirada que estaría a su lado, queriéndole y apoyándole en todo.

Aquel fin de semana fue maravilloso y cuando volvieron a la realidad supo que no quería separarse de su lado. Se había enamorado.

Sus encuentros siguieron siendo como siempre, en casa, en la cama. Había pasado un año y desde hacía semanas le decía que no era normal que no hiciesen vida más allá de aquellas cuatro paredes. Le notaba triste y distante. Se negaba a darle su número de teléfono, no quería agregarle en sus redes sociales y en él empezaba a aflorar una inquietud que les estaba matando.

Una mañana, tras haberse despertado a su lado, se marchó a la oficina. Aquella mañana hubo un cambio de planes en la jornada, acababa de llegar un correo, a primera hora, en el que se convocaba a los medios de comunicación esa misma tarde para cubrir la inauguración de una tienda de moda. Se negaba rotundamente, pero al final le tocó ir. Acabó  casi a las diez de la noche, estaba agotado y muy lejos de casa. Cargó con la cámara y decidió recorrer un par de calles para ahorrarse unos euros en el taxi. Como si de una extraña fuerza se tratase, su mirada se giró hacia la terraza de un restaurante que no había visto en su vida, y en la terraza cenaba, entre otros, una pareja de jóvenes que se besaban y abrazaban. Escuchó su risa y se le paró el corazón. Se quedó en silencio, mirándoles, viendo como se devoraban los labios y se acariciaban las piernas, y sintió como el corazón le estallaba en mil pedazos. No podía decir nada y el sonido de la cámara contra el suelo paralizó en seco al joven modelo de la rubia despampanante. Se encontraron sus miradas, perdidas, rabiosas, agonizantes, asesinas. La chica les miró extrañada y le dijo a su acompañante:

-¿Conoces a ese hombre?

Él negó con la cabeza y le miró con desprecio.

-Eh, tú, ¿Qué coño miras?

Le quemó el alma. Recogió su cámara, rota, como le hubiese gustado recoger el corazón, que estaba gritando de dolor, tirado en el suelo, pisoteado y moribundo. Se dio la vuelta y se marchó de allí. Aquella noche tuvo un ataque de ansiedad, aquella noche y todas las siguientes durante varias semanas. Recibía e-mails diciendo que todo tenía una explicación, notas y flores pidiendo perdón y comprensión. Aquella rubia era su esposa, con la que se había casado hacía sólo tres meses, pero a la que aseguraba no querer. El joven modelo juraba tener mucho miedo, no podía decir que era gay.

Desactivó aquella cuenta de correo electrónico y decidió no abrir, al menos durante un tiempo, el buzón. Se negó a ir a sesiones de fotos con modelos masculinos durante mucho tiempo.

Aquella mañana los niños corrían en la plaza, se escuchaban sus voces tras la pelota y sus risas y gritos llenos de inocencia y vida. Echo la vista atrás y la nostalgia se le pegó a la piel aferrándose con tanta fuerza que parecía que ya no iba a desaparecer. Echó de menos su casa, el olor de aquellas sábanas, la voz de su madre, los ronquidos de su padre y las discusiones con su hermana. Echaba de menos su vida.

Últimamente se había olvidado de lo qué le gustaba y sólo le daba por recordar lo que no. No le gustaban los gatos, ni el chocolate, ni el verano. Pero sin duda, lo que menos le gustaba era la gente que jugaba con los sentimientos de los demás.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

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Agárrate que viene Curvos.

Juan Luis Aceytuno y Manuel Notario son dos jóvenes madrileños cargados de sueños, talento e ilusión y ya sabéis que a mí me gusta apostar por la gente que hace las cosas de este modo, me gusta apostar por los valientes que se atreven a hacer realidad sus sueños, sobre todo en una época en la que nos están recortando incluso la vida.
Amigos desde hace muchos años, han decidido embarcarse en un proyecto audiovisual que estoy segura será el inicio de un largo camino. Sin duda, tienen todos los ingredientes necesarios para que el trabajo sea recompensado. Ilusión, esfuerzo y ganas, muchas ganas.
Conocí a Juan Luis hace unos años por una de esas casualidades que a veces plantean las redes sociales. Cuando hace unas semanas supe de la existencia de este proyecto, no dudé que tenía que ponerme en contacto con ellos, que me contasen todo sobre este corto y hoy te lo quería contar.
Curvos es un cortometraje que no alcanza ni los cuatro minutos, pero estoy segura que os va a encantar. En tres minutos y poco eres capaz de recibir plenamente el mensaje que intentan transmitir, y lo que es más importante, pasados esos tres minutos y medio te quedarás otros cuantos preguntándote cómo estamos haciendo las cosas y por qué las estamos haciendo así.
Nochebuena de 1979, un mundo al revés. Dos padres (Alonso Posadas y Raúl Sáez), de ideología muy conservadora, están cenando con su hijo (Victor Palmero) mientras critican a todos esos jóvenes que tienen la poca vergüenza de decir que son heterosexuales. ¿Qué pasará cuándo su hijo les diga que se ha enamorado de una mujer?
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Curvos es uno de los trabajos presentados al Festival de Cortos en Internet Notodofilmfest.com. Guión y dirección originales, impecables y la interpretación de los actores inmejorable. Cuando vi el resultado era mucho mejor de lo que había imaginado.
Este cortometraje es una muestra de lo estúpidos que resultamos a veces los seres humanos, la libertad que nos tomamos a la hora de criticar y juzgar a los demás por ser diferentes a nosotros, lo poco que nos preocupamos sólo por ser felices nosotros mismos y la absurda necesidad que tenemos de meternos en las vidas de los demás.
Podéis ver CURVOS pinchando directamente aquí. Podéis seguirles también en Facebook (Facebook.com/somoscurvos) y  Twitter (@curvos).
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Nos reunimos en una terraza en el corazón del centro de Madrid y creo que no te puedes perder la entrevista que me concedieron los directores de este maravilloso cortometraje.
Ahora sí, Agárrate que viene Curvos…
Lo que te quería contar. Juan Luis y Manuel, bienvenidos a Lo Que te Quería Contar. Muchas gracias por estar aquí
Juan Luis, Manuel: Gracias a ti.
LQTQC. Vamos a empezar por el principio de todo. ¿Dónde y cuándo nace CURVOS?
Juan Luis: Curvos nace de una necesidad por parte de ambos de hacer cosas juntos, sobretodo trabajos audiovisuales, porque ambos estamos enamorados de esto y un día dijimos vamos a hacer algo. Le comenté la idea que tenía a Manuel. Juntos la empezamos a desarrollar. Era una idea que trataba de demostrar lo hipócritas que somos a veces los seres humanos, nos guíamos mucho por lo que dice el de al lado, por todo lo que nos han enseñado desde que somos pequeños, y es un poco burla. Lo empezamos a trabajar, primero era una versión de unos diez minutos. Finalmente la idea se nos queda en tres minutos y algo que es la duración ideal para poder participar en el festival.
LQTQC. ¿La idea se crea para participar en el festival, o CURVOS nace antes?
Manuel: La idea en general ya estaba. Si es verdad que el festival nos hizo ponernos las pilas para llevarla adelante.
Juan Luis: Lo importante es que teníamos una idea, y finalmente al quitarle todo ese tiempo que nos sobraba se quedó perfecta para poder participar en el festival. Primero fue el guión y luego el festival, sin duda. De hecho, creo que escribir algo para un festival ya te pone unos parámetros que ya te anulan un poco. Creo que lo mejor es escribir y ver qué ha salido o para qué te ha salido.
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LQTQC. Habéis hablado ya de las ganas que teníais ambos por trabajar juntos. ¿A la hora de elegir el tema y desarrollar la idea os ha sido fácil o quizás la confianza os ha hecho tener más diferencias?
Manuel: Ha sido muy fácil, porque somos amigos desde hace mucho tiempo y teníamos clara la forma de trabajar. Es el segundo proyecto que hacemos, el primero sigue en postproducción y siempre hemos tenido muy clara la forma de trabajar juntos.
Juan Luis: A mí me gusta mucho su forma de trabajar. Yo soy una persona que me agobio más facilmente y él pone mucha cabeza en esto. A raíz del primer proyecto nos dimos cuenta de qué no teníamos que hacer, qué no teníamos que repetir y esto es un proceso de aprendizaje. Y en este cortometraje la coordinación que hemos tenido entre nosotros ha sido perfecta.
LQTQC. Raúl Sáez, Alonso Posadas y Victor Palmero son los protagonistas de este cortometraje. ¿Cómo fue el proceso de selección de los actores?
Juan Luis: Gracioso. A Alonso Posadas ya lo conocíamos de antes porque estuvo en el anterior corto que hicimos y la verdad es que es encantador, muy sensible, es muy profesional. Viene con el texto aprendido y además él hace su propio esquema del personaje, aunque le demos el nuestro, él se trae cosas diferentes, un análisis psicológico del personaje increíble. A Victor Palmero le visualicé en el momento que escribí el guión, le conocíamos por la serie “Con el culo al aire” (Antena 3), pero personalmente no le conocíamos, así que contactamos con él, le enviamos el guión y le gustó. Es encantador.
Manuel: Hemos tenido mucha suerte, hemos encontrado a los actores que queríamos, a ellos les ha gustado el proyecto y ha sido todo muy fácil. A Raúl le conocimos a través de una actriz que estuvo con nosotros en el anterior trabajo que hicimos y teníamos muy buenas referencias, además encajaba perfectamente en el papel.
Juan Luis: Además, el papel de Raúl creo que es el más difícil. Él es el padre conservador, el padre franquista…Era difícil elegir al actor que encarnase este personaje, pero Raúl lo ha hecho perfectamente. Ahora creo que no se nos ocurriría nadie que lo hubiese hecho mejor que él.
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LQTQC. Curvos trata un tema tan debatido por algunos sectores como es la homosexualidad, pero en un mundo al revés. ¿Cuál es el mensaje que se intenta transmitir al público?
Juan Luis: El mensaje principal es ridiculizarnos. Reírnos de nosotros mismos, preguntarnos por qué somos así. Preguntarnos por qué todo es así. Todo surge de una serie de preguntas que un día me hice, ¿por qué las cosas son así y no son de otra manera? Y al final te das cuenta que si somos tal como somos ahora es porque la historia se ha dado así. Lo que plantea el corto es ¿qué hubiese pasado si las cosas hubiesen sido diferentes? Y lo que hubiese pasado sería lo mismo que pasa ahora, pero al contrario. Seríamos igual. En un mundo homosexual, el conservador sería conservador y defendería la homosexualidad. En ningún momento hemos querido criticar ni ridiculizar a la iglesia ni a sus creencias, sólo queríamos demostrar un mundo diferente.
LQTQC. Curvos se ambienta en Madrid de 1979. ¿Os ha sido difícil desarrollar la historia en este contexto?
Manuel: Ha sido curioso. Ha sido muy gracioso, la verdad.
Juan Luis: Ha sido complicado, porque además es la Navidad de 1979. Como anécdota te podemos contar que el espumillón que se pone en el árbol de navidad antes era fino, y ahora es grueso y eso ya te desvincula del año 79. La vajilla donde comen tenía que ser una vajilla color caramelo, tuvimos que irnos hasta un pueblo de la sierra de Madrid, rescatamos cosas de un familiar mío que murió en el año 70 y su casa sigue intacta. El vestuario también ha sido muy importante y para ello encontramos una tienda en Lavapiés (Pepita is dead), que son quienes alquilaban la ropa a las primeras temporadas de Cuéntame, y ahí pudimos alquilar la ropa para este corto nosotros también.
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LQTQC. ¿Por qué 1979 y no 2014?
Juan Luis: Pues por una sencilla razón. En la sociedad actual, el niño que le dice a su padre que es homosexual y el padre le dice que no le acepta, él se levanta de la mesa y se va. Duele, pero sigues con tu vida. En la España de 1979 se tenía muchísimo respeto a la figura paterna, y lo que tu padre decía, se hacía. Además, en el año 79 se estaba gestando un periodo de libertad, estaba a punto de estallar la movida madrileña y la gente empezaba a tener libertad de expresión.
LQTQC. Ya habéis hablado que es el segundo proyecto en el que os embarcáis juntos. ¿El anterior también estaba dirigido por vosotros?
Manuel: Sí, también fuimos los directores. Pero era un trabajo para la universidad, entonces estaba muy condicionado. Aunque tuviese unos parámetros muy generales, tenías que respetar ciertos puntos, como por ejemplo qué tipo de personajes debían aparecer.
Juan Luis: Trabajar con unas condiciones así, hace que todo sea distinto, porque cuando escribo algo, tiene que ser algo que nazca de mí. Fue complicado, pero bueno, aprendimos mucho de ese corto. Curvos es una idea muy personal, una critica que yo consideraba necesaria, una comedia que realmente te está hablando de un drama. Un chico que les dice a sus padres que es heterosexual y que sus padres no le acepten es un absoluto drama.  Sin duda, la libertad de crear la historia con total libertad ha sido lo mejor de esta experiencia.
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LQTQC. ¿Por qué la gente tiene que ver CURVOS?
Manuel: Es difícil esta pregunta (Risas). Curvos es un corto de tres minutos y medio, y la gente tiene que verlo para reírse, reflexionar y no quedarse indiferente.
Juan Luis: Porque la gente debe dejar de mirar al de al lado y hablar de lo que hace, tenemos que ser capaces de hacer criticas sobre nosotros mismos y preocuparnos por lo qué hacemos nosotros y nos hace felices a nosotros. Tienes que ver CURVOS porque tenemos que darnos cuenta que la vida está para reírse, disfrutarla y para hacer lo que nos dé la gana sin molestar al de al lado, porque a veces, cuando juzgas al de al lado, puede que ese de al lado esté sufriendo mucho… entonces, ya basta, no? Tenemos que ayudarnos entre nosotros y parece que nos matamos los unos a los otros. ¿Cómo vamos a querer cambiar las cosas si no nos unimos, si no somos sinceros entre nosotros y nos cuidamos?
LQTQC. El cortometraje ha sido en muchas ocasiones el inicio de grandes directores. ¿Os imagináis dirigiendo una película?
Manuel: Es nuestro sueño. Esto es el inicio, pero a mí, sin duda es lo que más me gustaría. Incluso teatro, me apetece mucho hacer teatro y nos gustaría mucho hacer una obra de microteatro.
Juan Luis: Un largometraje es un sueño, pero la verdad que en el cortometraje estamos muy a gusto. Que hagas un cortometraje no quiere decir que vayas a dirigir tarde o temprano una película, nuestro sueño lo es, sin duda, pero conozco a muchos directores que sólo hacen cortometrajes y son increíbles y no quieren hacer largometrajes.
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LQTQC. Nos encontramos en un momento social y económico muy complicado, dónde la cultura se está viendo muy afectada. Parece que no existen las oportunidades pero sin embargo hay quienes creen que es el momento de los emprendedores. ¿Creéis que es un buen momento para arriesgar y apostar por algo tan difícil como es el género cinematográfico?
Manuel: Sí, pero porque creo el arriesgar y perseguir lo que uno quiere debería pasar siempre. Están las cosas muy difíciles, pero hay que sacar ingenio y sacar las cosas como puedas pero nunca dejar de luchar por conseguirlo. Hay que apostar por lo que uno realmente quiere.
Juan Luis: A mí el concepto “emprendedores” no me gusta nada. Creo todos emprendemos cada día al levantarnos e irnos a trabajar, estamos emprendiendo una acción. Creo que se ha creado una burbuja de los emprendedores, relacionada en el mundo empresarial, he estado dentro de ella y no me ha gustado. Yo, por ejemplo, he tenido un cambio muy drástico en mi vida, he dejado mi carrera de químicas por esto. No tenía expectativas de futuro de trabajar de químico, estaba condenado a ser infeliz, he tomado una decisión muy difícil, pero es que hay que luchar por lo que a uno le gusta. Puede salir bien o salir mal, pero hay que arriesgar. Sería muy fácil trabajar de químico en una empresa privada, pero es que no quiero. Prefiero ganar lo justo para vivir haciendo lo que me gusta que ganar seis mil euros al mes haciendo algo que no me gusta. Es cuestión de felicidad.
LQTQC. ¿Se pueden cumplir sueños con poco dinero?
Juan Luis: Se pueden cumplir sueños con mucha ilusión, lógicamente hay una parte económica importante, pero se puede.
LQTQC. Si ganaseis el concurso, ¿en qué invertiríais el dinero?
Manuel: Lo invertiríamos en el próximo corto o en futuros proyectos, sin ninguna duda.
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LQTQC. ¿Creéis que el cortometraje es un formato suficientemente apoyado y reconocido en este país?
Juan Luis: Creo que no. No está reconocida, sobre todo, la gente que está detrás de un cortometraje, tanto equipo técnico, como directores… Está reconocido porque existe, claro. Por ejemplo, en los Goya de este año, entregaron los premios a corto de ficción, corto documental y corto de animación en tres minutos seguidos. Se acabó. No me meto con este hecho, me meto con el hecho de que se vea como algo tan pequeño. Un corto es un proyecto que lleva meses de preparación y creo que a veces no se reconoce el esfuerzo que hay que hacer para realizarlo. Hay muchos festivales de cortos, pero aún así creo que deberían subir un peldaño más en el escalón de la importancia.
Manuel: Hay cortos que están muy reconocidos, claro. Este año, por ejemplo, va un corto español a los Óscar.
LQTQC.¿Para cuándo el siguiente proyecto?
Manuel: Nos vamos a poner ya en la siguiente idea.
Juan Luis: De hecho, ya tenemos varios cortos escritos.
LQTQC. Ya hemos hablado de la importancia que tiene el que uno luche por lo que realmente quiere, pero ¿qué mensaje le mandaríais a toda esa gente que quiere pero no se atreve?
Juan Luis: Bueno, nosotros estamos empezando… pero sin duda, si quieren hacer algo, que lo hagan.
Manuel: No puedes estar el resto de tu vida sin hacer lo que te gusta, aunque sea difícil yo diría que todo el mundo luche por lo que realmente quiere.
LQTQC. Muchísimas gracias por haber compartido parte de vuestro tiempo y vuestras ilusiones conmigo. Ojalá nos volvamos a ver pronto, con nuevos proyectos y nuevas historias, ya sabéis que en Lo Que Te Quería Contar lo vamos a contar siempre.
Juan Luis, Manuel: Muchísimas gracias a ti. Nos veremos pronto.
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Fotografía: Miriam Agudo de Blas.
Feliz lunes, amigos.
Lorena.

Volveré a París, a abrazarla a ella.

Los días de lluvia siempre me han parecido perfectos para escribir. Si os dijese que esta tarde me he sentado con un café calentito y mi perro durmiendo sobre mis piernas a escribir este relato, podría parecer demasiado utópico, pero es real. Ojalá no hubiesen motivos para un día como hoy. Hoy, día mundial contra el cáncer, os dejo este relato, ya sabéis, para leer con calma, despacito, para saborear los rincones, las vidas, las ilusiones, los miedos y la cobardía que a veces nos destroza la vida. Para todos los luchadores que han hecho frente a esta enfermedad, para todos los vencedores, para todos los vencidos, para todas y cada una de esas familias que lo han sufrido… Por todos esos malditos recortes en medicina, en estudios que espero algún día encuentren el triunfo de la batalla, por todos los que lucharán… Por todos los que aman la vida, por los que la aprovechan y por los que no… Hoy, te lo quería contar.

Volveré a París, a abrazarla a ella.

Bajé del taxi temblando, el sudor frío me estaba congelando el alma mientras la lluvia empapaba mi rostro, mi ropa y mi cuerpo… El corazón latía con más fuerza que nunca, sin casi tener fuerzas, pero latía de miedo. Llegué a la entrada de la estación casi sin aliento, miles de personas volaban de arriba a abajo, sin ni si quiera mirar a su alrededor. Prisas, relojes, maletas… Algunos esperaban. Abrazos de felicidad, otros de despedidas y todas esas cosas que forman parte de una estación de tren. No fui capaz de ver ningún rostro, ni escuchar ningún sonido claro, corrí  como pude de arriba a abajo, esperando que no fuese tarde, pero cuando llegué al andén… El andén estaba vacío. Algunos encargados de ser oficialmente acompañantes hasta el punto de partida venían en dirección contraria a la mía, y a lo lejos, entre la lluvia y la oscuridad de aquella mañana de domingo podían verse las luces de un tren que desaparecía. Acababa de perder la batalla más importante de mi vida.

Sólo tenía diecinueve años cuando conocí a Marco. Si todos los cuentos tuviesen que basarse en una historia de amor real, estoy segura que aquella hubiese sido digna de ser escrita. Nos conocimos en Inglaterra, en uno de esos veranos a los que estaba acostumbrada desde niña, conviviendo con otros jóvenes en una exquisita y refinada academia, aprendiendo el idioma y las costumbres. Siempre me pregunté si realmente mis padres estaban interesados en mejorar mi educación y enriquecer mi cultura o simplemente era mucho más cómodo no tenerme como responsabilidad durante dos meses que aprovechaban para ir de viajes con sus amigos. La cuestión es que, en el fondo, tampoco me importaba. Mi relación con ellos había sido más bien fría. Mi madre siempre había deseado tener una niña, para vestirla, peinarla y pasearla, no creo que para nada más. Me eduqué en uno de los colegios más prestigiosos de la ciudad y desde que mis recuerdos alcanzaban, las niñeras habían sido mis compañeras de juegos y deberes. Mi padre era un hombre de negocios que a penas pasaba por casa. No le importaba que mi madre se pasase los días exprimiendo su tarjeta de crédito, y a ella no le importaba saber que él estaba acostumbrado a verse con otras mujeres, mucho más jóvenes y guapas. Frente al mundo, eran el matrimonio perfecto y los padres perfectos. Como otros muchos, matrimonios de esos que pasan los años en la apariencia estando completamente vacíos.

Marco era un chico hecho de sueños. Atento, cariñoso, divertido, sorprendente… Le encantaba viajar, descubrir lugares y culturas, y casualmente vivía en la misma ciudad que yo. Tenía una fiel compañera que nunca le dejaba solo, una maravillosa cámara de fotos con la que inmortalizaba pequeños detalles insignificantes que cobraban vida cuando los veías después de haber pasado por ese objetivo. Su sueño era ser un fotógrafo reconocido mundialmente y exponer su arte en exposiciones casi inimaginables. Me gustaba su sonrisa y su risa, su vitalidad, sus ganas de comerse el mundo. La fotografía me llamaba mucho la atención, y lejos de la carrera de derecho que mi padre me obligó a estudiar, mi sueño habría sido estudiar publicidad, pero claro, eso era una carrera absurda para una familia como la mía.

Éramos unos niños y aún recuerdo con nostalgia y una sonrisa aquella inocencia y aquella pasión que se respiraba en nuestras miradas, en nuestras caricias involuntarias y en un país que no nos pertenecía, pero que estábamos dispuestos a hacer nuestro. Teníamos dos tardes libres a la semana, y aprovechábamos para conocernos y querernos. Me enamoré de él sin ni si quiera haberle dado un beso. Cuando le besé por primera vez, tras una tarde de paseo y helado de vainilla, supe que jamás querría besar otros labios. Una noche, se coló en mi habitación. Y en aquella academia inglesa, que creía tener controlados cada uno de nuestros pasos, le dije que me hiciese el amor como nunca antes se lo había hecho a nadie… Nuestra relación era maravillosa. Nuestras risas, nuestro sexo y nuestros besos. Era, sin duda, el hombre de mi vida.

Cuando volvimos de aquel verano del que sólo fuimos protagonistas, empezamos a convivir en nuestra vida real. Vivíamos en la misma ciudad, proveníamos de una vida con un poder adquisitivo demasiado parecido, sólo que a él, sus padres le apoyaban en sus sueños. A mi madre le encantó desde el primer momento… Marco le encantaba a todo el mundo. Y yo no podía ser más feliz.

Habían pasado casi cuatro años desde que nos conocimos, yo estaba a punto de terminar la carrera y él ya había conseguido algunas exposiciones en salas de renombre de Madrid y Barcelona, de las cuales había salido victorioso. Su fotografía no dejaba a nadie indiferente, y yo temía que algún día su talento nos separase. En el fondo, sabía que eso no podía pasar, nuestro amor era mucho más fuerte que cualquier proyecto, cualquier distancia y cualquier tiempo.

Levábamos un tiempo hablando sobre irnos a vivir juntos, pero yo prefería primero terminar mis estudios. Recuerdo perfectamente aquella noche de viernes en la que habíamos quedado para cenar. El clima era suave y las terrazas invitaban a quedarte horas en la calle.

-¡Va a ser maravilloso! Tú y yo, París, una vida nueva y una vida juntos.

Sonreí y asentí. Marco acababa de recibir una oferta de trabajo de una prestigiosa revista francesa, le ofrecían un sueldo de lujo y un trabajo fijo para, al menos, cinco años. No dudé seguir sus pasos, iría con él al fin del mundo. Un mes después estábamos instalados en un precioso apartamento en 5ème arrondissement-Paris, uno de los barrios más prestigiosos de la ciudad. Estábamos felices e ilusionados. Los primeros meses fueron difíciles, Marco pasaba mucho tiempo trabajando y yo tenía demasiado tiempo libre. Me sentía completamente sola. Echaba mucho de menos mi día a día, mis amigos, mis rutinas… Me dediqué a inspeccionar sola los rincones más extraordinarios de la ciudad. Intentaba visitar diferentes distritos y sobretodo aprender el idioma. Mis padres, en su más incuestionable perfección se habían olvidado de que además de inglés, no habría estado mal que hubiese aprendido algo de francés. Empecé a ver mis películas favoritas en francés, y a leer libros y revistas… Además, me apetecía y necesitaba encontrar un trabajo, porque el tiempo libre me estaba matando, incluso en una ciudad tan increíble como aquella.

Una mañana, paseando por el barrio de Ópera, encontré una pequeña librería con un encanto que llamaba a gritos mi atención. Entré a echar un vistazo, en el mostrador había una chica delgada y sonriente, con los ojos claros y el cabello oscuro, que ordenaba una serie de papeles mientras tarareaba una canción. Cuando me acerqué a pagar me dijo algo en francés que no conseguí entender.

-¿Eres española?- Y a mí se me iluminó la cara.

Empezamos a hablar. Se llamaba Laia y era catalana, hacía años había ido a París a estudiar una beca sobre historia del arte y se había quedado a vivir. Le conté mi situación y los motivos que me habían llevado hasta allí, y sin saber muy bien por qué, le expliqué la soledad que sentía y lo mucho que echaba de menos mi día a día. En poco tiempo, Laia se convirtió en mi mejor amiga. Marco estaba feliz, entusiasmado con su trabajo, y aunque intentaba estar pendiente de mí, le quedaba poco tiempo para ello, en la revista le tenían muy considerado y acababan de ofrecerle viajar por Europa una semana al mes para fotografiar ciudades y noticias.

Laia y yo nos convertimos en inseparables, muchas noches en las que Marco estaba fuera se quedaba conmigo en casa. Las dos teníamos una conexión indescriptible. Sentía que nos conocíamos como si hubiésemos pasado juntas toda la vida, pronto aprendimos a reírnos con las mismas cosas, a entendernos con una mirada y a compartir los mismos sueños. Consiguió que un buen amigo suyo me contratase como camarera en una cafetería que había muy cerca de la librería dónde ella trabajaba, así mejoraría el idioma y me sentiría realizada. No me gustaba nada la idea de vivir de Marco,aunque su sueldo nos lo permitía. Obviamente, mis padres no se enteraron de aquel trabajo nunca.

Echo la vista atrás y visualizo cada uno de los momentos, cada detalle, cada instante, pero mirando desde lejos, creo que las cosas pasaron demasiado deprisa. No sabía muy bien por qué, ni si quiera me atrevía a mencionarlo en voz alta para no asimilar que era real, pero mi necesidad por ver a Laia se fue incrementando cada vez más. Mi amiga, mi confidente, mi consejera y compañera. No sólo  necesitaba verla para contarle mis secretos o preocupaciones, empezaba a tener la necesidad de abrazarla fuerte, de besarla, de acariciarle la piel, de desnudarla, de cuidarla, de quererla… ¿Qué me estaba pasando? ¿Qué locura era esa?

Una tarde de marzo, Laia me dijo que me iba a llevar a un sitio que me iba a encantar. Las dos teníamos la tarde libre, Marco estaba en Roma de viaje, y a las cinco nos encontramos en la puerta de su librería. Aquella tarde me llevó al salón de thé Fauchon, y me enamoré de aquella cafetería. Sin saber muy bien cómo, ni por qué, aquella tarde sentí que el mundo a nuestro alrededor se desvanecía, y que nosotras y nuestras sonrisas estábamos por encima de todo y todos. Le dije que se viniese aquella noche a casa, y creo que ambas sabíamos que aquella noche no sería como las demás. Preparé unas pizzas y nos sentamos en el sofá, preparé unos gintonics con frutos rojos y estuvimos riéndonos, bebiendo y fumando hasta casi el amanecer. Lo evitable ya era inevitable, y entre nosotras ya no existían miradas de comprensión, ahora lo que se reflejaba era pasión… y, ¿por qué no? También amor. Cuando nos tumbamos en la cama, todo me daba vueltas… Laia se me acercó y empezó a acariciar mi espalda, recuerdo perfectamente la suavidad de sus manos rozándome, de arriba a abajo, y las mil mariposas que volaban en mi estomago como, sin yo saberlo, no ocurría desde hacía años. Me besó en el cuello, y a pesar de los escalofríos y la felicidad que en esos momentos sentía, tenía miedo, mucho miedo. Me di la vuelta y la miré a los ojos, entonces entendí que nunca había sido tan feliz. Nos besamos como si el mundo no existiese, nos acariciamos, nos quisimos y nos amamos como estoy segura no habríamos sido capaz de hacer con nadie.

Todo lo demás pasa como diapositivas fugaces por mi mente…

Los miedos, las dudas, las lágrimas, el temor, el daño que le hice a Marco, la cobardía de no contarle nada a mis padres, mi ruptura, mi asimilación de los sentimientos nuevos, la pasión que sentía, la felicidad, la locura, el miedo a una sociedad que cree que está civilizada pero es incapaz de aceptar con normalidad a dos mujeres cogidas de la mano…

Dejamos París a los dos meses de estar juntas. Nos trasladamos a Barcelona, y tras un tiempo con un fuerte dolor en la cabeza, en uno de mis viajes a Madrid, fui al médico al que siempre me había llevado mi madre. Me hicieron pruebas durante días. Un tumor me estaba destrozando la vida. No había casi esperanzas, ni si quiera mucho tiempo. El mundo oscureció de repente, y sentí la rabia y la impotencia, el odio eterno contra la vida, que me estaba fallando en el momento que más la quería. Pensé en Laia, en su dulce voz, en su piel preciosa, y en su eterna sonrisa. Me quedé en casa de mis padres unos días, antes de tomar una decisión, antes de hacerle frente a la realidad… ¿Cómo yo, que tenía tantas ganas de vivir, iba a dejarla a ella sola? Quise contarle lo que pasaba cuando se me quebraba la voz al teléfono pero no tenía valor, no tenía valor para destrozarla. Una muerte nunca se supera, una ruptura acaba curándose con el tiempo. Nadie muere de amor, y eso todos lo sabemos. Nunca me habían gustado las mujeres, hasta que la conocí a ella. Todo había sido tan rápido, tan fugaz, tan bonito, tan nuestro… Un año a su lado me parecía una vida entera que me pertenecía, que nos pertenecía. Intenté hacerlo lo mejor que pude, y cuando volví a Barcelona y la vi, sólo pude echarme en sus brazos a llorar…

-¿Qué pasa? ¿Qué te pasa?.- Repetía una y otra vez mientras lloraba también, sin saber por qué.

Le dije que no podía ser, que mis sentimientos hacia ella habían cambiado, que era maravillosa, que era una de las cosas más bonitas que me habían pasado jamás, pero había estado confundida. Le mentí hasta dónde no se puede ni si quiera llegar a mentir, le dije que necesitaba que nos distanciásemos, que yo iba a volver a Madrid, que nuestros caminos se separaban, que me había dado cuenta que había confundido la amistad con el amor, y que todo había sido un error… Saqué fuerzas de dónde no las había y le pedí cien veces perdón. Se apartó de mis brazos, lloraba en silencio y me miraba. No me estaba creyendo, y me odió, me odió como sólo se puede odiar a alguien a quien en algún momento has amado, dejando atrás todo lo bueno. Me odió y sintió que le había destrozado la vida. En pocos días, sola en aquel piso, recogí todas mis cosas y me marché de allí.

Estuve meses sin saber nada de ella. Volví a casa de mis padres, que parecía que me querían más que nunca y que por primera vez necesitaban demostrarme que se preocupaban por todo lo me pasase. En los meses que siguieron mi vida estaba totalmente apagada, me pasaba el día llorando y quienes me rodeaban me pedían que fuese fuerte ante una enfermedad que me estaba arrancando la vida. Yo no lloraba por eso, yo lloraba porque la echaba mucho de menos y porque sólo necesitaba estar con ella. Mi cuerpo se iba debilitando y mi cara había perdido el color. Pedí que nadie se lo contase a Marco, ya había sufrido demasiado por mí.

Un sábado por la mañana recibí un mensaje de texto.

“Estoy en Madrid, te espero a las dos del mediodía en el metro de Velázquez. Mañana a las once de la mañana cojo un tren a Barcelona y de ahí cojo un avión.  Vuelvo a París.”

Leí y releí mientras el corazón se me rompía en pedazos que dolían. Me dolía el pecho, la cabeza, el cuerpo y el alma. Miré cada segundo el reloj y pensé en acudir a la cita. Estaba al lado de mi casa. Ella estaba allí, había venido por mí, con la última esperanza, con una ilusión a punto de ser enterrada. Me estaba demostrando que no me odiaba tanto como yo pensaba, y me estaba pidiendo a gritos que volviese a su lado. Si me veía se daría cuenta que me quedaba poco tiempo, ya no tenía pelo, no tenía fuerzas, y estaba totalmente destrozada. Le iba a hacer mucho daño. Vi el reloj posarse en las dos, las tres, las cuatro y cada una de las horas de aquel sábado. Lloré cuando ya no me quedaban lágrimas, y me mantuve despierta cuando ya no tenía fuerzas ni para ello. Aquella noche volví a París, entré en aquella librería y la vi ahí, tarareando detrás de un mostrador, aquella noche vi luz, vi su sonrisa y vi sus ojos, aquella noche sentí su piel y el sabor de sus labios, sentí la felicidad abrazándome la espalda, y me vi a mi misma sonreír, bailar, divertirme. Me vi llena de amor, y también de vida. Me desperté con el sudor empapando mi cuerpo, seguramente tenía fiebre. No tenía casi fuerzas para vestirme, mis padres aún dormían, me vestí como pude y bajé a coger un taxi.

-A Atocha, por favor.

Bajé del taxi temblando, el sudor frío me estaba congelando el alma mientras la lluvia empapaba mi rostro, mi ropa y mi cuerpo… El corazón latía con más fuerza que nunca, sin casi tener fuerzas, pero latía de miedo. Llegué a la entrada de la estación casi sin aliento, miles de personas volaban de arriba a abajo, sin ni si quiera mirar a su alrededor. Prisas, relojes, maletas… Algunos esperaban. Abrazos de felicidad, otros de despedidas y todas esas cosas que forman parte de una estación de tren. No fui capaz de ver ningún rostro, ni escuchar ningún sonido claro, corrí  como pude de arriba a abajo, esperando que no fuese tarde, pero cuando llegué al andén… El andén estaba vacío. Algunos encargados de ser oficialmente acompañantes hasta el punto de partida venían en dirección contraria a la mía, y a lo lejos, entre la lluvia y la oscuridad de aquella mañana de domingo podían verse las luces de un tren que desaparecía. Acababa de perder la batalla más importante de mi vida. Sentí como me flaqueaban las piernas, como mi cabeza me estaba matando a martillazos y sentí el fuerte sonido de mi cuerpo al desplomarse contra el suelo.

Dos días después me desperté en el hospital, donde sigo, donde sé que ya no me queda tiempo. Quizás quedan un par de días, quizás unas horas, o quizás unos minutos. El cáncer me ha ganado la batalla, pero sólo me siento perdedora ante la cobardía. Sé que cerraré los ojos, y sólo volveré a París, a abrazarla a ella.

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Buenas noches, amigos.

Lorena

Entre risas y aplausos… La llamada.

Como bien sabéis, soy sensible por naturaleza. Me emociono con millones de cosas, me duelen otros millones de cosas más y suelo llorar una vez al día. Soy muy feliz, y eso también me hace llorar a veces. Muchas veces lloro por el dolor ajeno, por historias y personas que no conozco, pero de las cuales conozco alguna historia y sé que la vida a veces ni es justa, ni fácil.  Muchas veces lloro de alegría, también por personas a las que no conozco absolutamente de nada, pero de las cuales conozco alguna historia, algún sueño, y veo cómo lo consiguen. Me gusta mucho que la gente consiga lo que desea… Y sobretodo, me gusta porque esa gente, en la mayoría de los casos, ha luchado para ver sus sueños hechos realidad. Ha puesto ilusión, esfuerzo, constancia y sobre todo, muchas ganas.

Ahora mismo, nos encontramos en una situación dónde las cosas son difíciles, y dónde todos los sectores se ven muy afectados, y uno de ellos es el arte, la cultura, que tanto deberíamos cuidar y proteger mientras quienes tienen el poder intentan derribarla. La literatura, es una de las grandes pasiones de mi vida. Leer y escribir son cosas esenciales para mí, porque me gusta leer y contar historias. También me gusta escucharlas, y cómo no, verlas. Sin saber muy bien cómo, Madrid me ha regalado muchos, muchos amigos a los que adoro que se dedican a la interpretación, que al igual que yo, pero de otro modo distinto, cuentan historias que no les pertenecen y saben hacer suyas. Quizás por eso nos entendemos bien. En estos últimos tres años, he vivido el amor por actuar muy de cerca, y eso me ha hecho valorarlo y quererlo más. Ver todas las caras que envuelven ese maravilloso mundo, que parece fácil desde el otro lado del televisor, o desde debajo de un escenario, pero que lleva muchas horas y años de sacrificio y dedicación. Incluso conlleva muchos momentos de éxito, y muchos meses sin trabajo. Es el sabor agridulce de un trabajo complicado en cuanto a estabilidad, y gratificante y mágico para quien lo ama de verdad.

Hace poco hablaba de la TV MOVIE de los Niños Robados. Te hablaba de monjas y de Macarena García… Hoy vuelven a ser protagonistas de mi post, pero por algo totalmente distinto.

Hoy te quería contar una historia que estoy segura que ni los propios protagonistas recuerdan. Hace unos meses, una noche cualquiera en un bar cualquiera de Madrid, estaba con unos amigos y entre el grupo de gente que éramos estaban Javier Calvo y Javier Ambrossi, a los que conocía por primera vez, por esos amigos en común que nos unían. Aquella noche, ellos me hablaron de La LLamada. Me hablaron de un musical que se iba a estrenar en el hall del Teatro Lara, del cual eran directores  y cuya protagonista sería Macarena García, que recientemente había ganado el Goya 2013 a Mejor Actriz Revelación por Blancanieves. El musical, que contaba con pocos recursos pero con un pequeño y maravilloso elenco, me lo presentaron con muchas ganas e ilusión. Y eso, como ya os he dicho, nunca falla. La historia se basaría en un campamento de monjas, dónde a una de las protagonistas se le aparecería Dios por las noches, cantándole canciones de Whitney Houston. Además de ello, habría una banda de rock tocando en directo. Buena pinta tenía, sin ninguna duda. Y prometí ir. Las entradas se agotaban casi todos los días, y por unas cosas u otras, al final no pude ver la obra. Sabía que volverían a representarla unos meses después, así que esta vez no fallaría.

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Hace justo un mes, se presentaba ante la prensa el retorno del musical y esta vez sobre el escenario principal. Acudí a la cita de prensa con mis compañeros de La Caja de Música, dónde pude ver quince minutos de la obra y entonces supe que necesitaba verla.

Madrid, por suerte, es una ciudad con mucha vida cultural. No sólo las obras de más renombre acarician los teatros de la ciudad. Hay muchísimos actores, muchísimos escenarios y muchísimas historias en los teatros de las calles paralelas dispuestos a emocionarte y hacerte soñar. El viernes pasado, por fin, fui a ver La Llamada.

Si te digo la verdad, tenía un poco de miedo. Había puesto grandes expectativas en el musical, y le había prometido a quién me acompañaba que le iba a encantar. Tenía miedo a decepcionarme, a pesar de haber leído muchas críticas buenas. Mi acompañante es actor, entiende de interpretación mucho más que yo y sabía que él iba a ser mucho más crítico, y quizás temía más su opinión que la mía, porque la obra la había elegido yo. Pero, ¿sabéis que nos pasó? Que reímos a carcajadas, sin descanso. Y fue maravilloso.

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María (Macarena García) y Susana (Andrea Ros) son dos adolescentes comunes, que quieren divertirse, salir de fiesta, bailar y hacer locuras. Además, su consolidada amistad está combinada por su amor a la música y su sueño de crear un grupo de electro-latino. Ambas son extrovertidas, risueñas, llenas de vida y locura… Aunque todo cambia cuando María empieza a tener un comportamiento extraño, que Susana no entiende y que ella no es capaz de confesar. Ve a Dios (Richard Collins-Moore) , cada noche, vestido de traje y cantándole canciones de esa negra que murió, cuyo nombre no consigue recordar…

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Custodiadas por dos monjas con actitud totalmente antagónica, serán castigadas tras haberlas pillado en una de sus escapadas nocturnas. Milagros (Belén Cuesta) es una monja joven, que te hará reír con ternura, te emocionará y sacará tu lado más sensible. Inocente, dulce y comprensiva, su cabeza está llena de dudas que no se atreve a pronunciar en voz alta. Por otro lado, Bernarda (Gracia Olayo) es una monja estricta, de carácter fuerte que te arrancará las carcajadas desde la imposición y el respeto, y que te descubrirá que todo ser humano tiene un lado sensible por descubrir…

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Canciones originales, música en directo y una mezcla de sentimientos y valores que no dejarán a nadie indiferente. A los ateos les hará reír sin parar, sin revelarse al pensar que están viendo una obra que habla de religión y fe. A los más creyentes, por otro lado, les arrancará las mismas risas, porque se habla de la religión desde el respeto y la originalidad. Exquisita es la interpretación de las actrices y el actor. Salí realmente fascinada con cada uno de ellos, y también mi acompañante, al que le gustó mucho más de lo que él mismo esperaba. Nos sorprendió mucho la faceta de cantantes de Andrea y Macarena, que están brillantes las dos. La LLamada es una de esas obras que hay que ver. Un musical al alcance de todos, con entradas por sólo 18 euros, en uno de los teatros más importantes de Madrid. Mientras ríes te emocionarás con temas como la amistad, el respeto, el amor, la incertidumbre, la homosexualidad y la fe. Podéis seguir todas sus noticias en su Twitter oficial: @lallamada_ y disfrutar de la obra los viernes a las 22.30h, los sábados a las 23.30h y los domingos a las 20.30h.

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“La llamada es un sueño”, Andrea Ros.

Siempre insisto en la ilusión, los sueños y la persecución de ellos, pero ya veis que es realmente importante que uno luche por lo que realmente desea. No podemos quedarnos de brazos cruzados y esperar que nuestros objetivos vengan a buscarnos. Corren tiempos difíciles y todos lo sabemos, por eso ahora, con más ganas que nunca, debemos luchar por lo que queremos, por lo que deseamos, haciendo el camino para llegar a nuestra meta. Si nos ponen la zancadilla, la saltaremos, y si nos caemos, nos levantaremos siempre con una sonrisa… Si quieres, todo llega. Id a ver La llamada, dejad que os empape la risa, que os entren las ganas de cantar, de gritar, de saltar y de luchar… Apoyad el arte, haced fuerza para respaldar la cultura. No os rindáis jamás.

Yo ya he sentido la llamada. Y tú, ¿a qué esperas? La vida es más bonita si la vivimos entre risas y aplausos…

Buenas noches, amigos.

Lorena.

He paseado por Madrid y he pensado en ti…

No sabéis lo bonitas que están ahora mismo las calles de Madrid. El centro huele a colores y alegría, y a pesar del calor asfixiante, la gente sonríe tranquilamente. Chueca es uno de mis barrios favoritos de esta ciudad, y estos días se llena más de vida que nunca.

Hoy me ha dado por observar a la gente, como muchas veces hago. Esta ciudad tiene la capacidad de permitirte ese placer. Puedes observar en silencio, y nadie se dará cuenta de ello. Nadie se molestará, y tu sabrás que es maravilloso ver en una misma acera, en unos mismos segundos, tanta diversidad.

Os quería contar que yo sólo era una adolescente cuando Bodas de Sangre llegó a mis manos. Tuve la suerte de tener una profesora de literatura que no se cansó jamás de presentarme a los más grandes (a día de hoy y muchos años después, en la distancia, lo sigue haciendo), y así fue como conocí a Federico García Lorca. Por entonces, yo ya supe que aquel hombre era un genio. Pues hoy, paseando por Madrid, me he acordado de él. He recordado la amargura de las cicatrices más oscuras de la historia de nuestro país, y he pensado en su fusilamiento, en agosto de 1936, cuando tan sólo tenía 38 años de edad.

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Garcia Lorca es el poeta de mayor influencia y popularidad de la literatura española del siglo XX. Y le fusilaron, entre otras cosas, por ser homosexual. Aquella madrugada no sólo asesinaron a un hombre. Aquella noche fusilaron a las palabras, al arte, nos arrancaron parte de nuestra cultura, y ahogaron la sabiduría.

Hoy paseando por Madrid he pensado en ti, Federico García Lorca. He pensado en todos esos hombres y mujeres que a lo largo de la historia han tenido que sufrir, que han sido condenados socialmente, sólo por el hecho de amar, cometiendo el único error de enamorarse de quien se quisieron enamorar.

La fiesta del Orgullo Gay no sólo es diversión. Es un reclamo, es una celebración, es un brindis por la libertad, por esta sociedad que parece que poco a poco va cambiando. Son días de defender esa bandera de colores sin tener miedo de nada.

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Y si me lo permitís, este post se lo dedicaré a todos mis amigos y amigas homosexuales, que son muchos. Porque no hace falta que les diga lo orgullosa que me siento de ellos.

Lorena.