¡Que empiece la aventura!

Desde el 17 de agosto sin actualizar… No debería tener excusa, pero la tengo. Estuve en casa. No recuerdo la última vez que pasé tanto tiempo en l’Olleria, seguramente aquello fue antes de irme a vivir a Elche… Desde entonces, todo en mi vida cambió, aunque siempre he guardado las cosas esenciales de ella, pero a mi alrededor todo empezó a ser distinto. Septiembre es, para mí, como un año nuevo, donde, tras el verano, alguna aventura nueva empieza. En el septiembre de hace diez años dejé mi pueblo y mis calles para empezar a estudiar periodismo en la ciudad de las palmeras, ciudad a la que, casualmente, mañana vuelvo unos días, después de demasiados meses sin visitarla, porque el sábado se casa una de mis amigas más especiales, porque nos hacemos mayores y porque ya sonrío al pensar en toda la gente que me voy a reencontrar desde el momento que el ave me deje en la estación de Alicante. Entonces, te paras a analizarlo todo un segundo y te das cuenta que la vida pasa demasiado rápido y lo que más me reconforta es mirar hacia atrás, mirarme ahora y decir: me gusta, no ha sido nada fácil, pero lo que ahora mismo veo, me gusta, y es más, quiero que mi futuro sea todavía mejor. Vivir con esa ilusión cada día, es el motor que me hace sentir las cosas de forma tan intensa, os lo prometo.

Un septiembre también, de hace ya cinco años, me vine a vivir a Madrid, con una maleta cargada de sueños, de los cuales algunos fueron pisoteados bastante fuerte, pero supieron escaparse y resurgir… ¡Ay, Madrid! La ciudad que me ha dado tantas, tantas cosas, la ciudad que me ha visto crecer, que me ha regalado momentos mágicos, que me ha regalado ilusiones, cafés en solitario, amigos esenciales, tardes de silencio, días de mucho ruido, la ciudad que me ha regalado el amor, en todos los sentidos. Cuando estaba en l’Olleria, hace sólo unas semanas, no quería que agosto se acabase, quería alargarlo más y de hecho, lo hice. Me daba pena dejar atrás a mi familia, el olor de mi casa o a mis amigas de siempre, pero una vez volví aquí, hace sólo unos días, entendí lo mucho que lo había echado de menos. Estoy completamente enamorada de esta ciudad de la que no quiero marcharme, al menos, en mucho tiempo… En verdad, hace tanto que no vengo por aquí, que hoy te quería contar muchas cosas…

Este podría ser un septiembre también especial, de hecho, lo es. Lo único que si intentas mirar un poco al mundo que nos envuelve, te das cuenta lo podrida que está la sociedad y lo podridos que están algunos seres humanos… Entonces, tienes ganas de volver hacia atrás y encerrarte en casa y un segundo después quieres salir a gritar y a decirles a todos esos que se creen con derecho a limitar a los demás, que no lo pueden hacer, que no queremos que lo hagan. Vivimos en un mundo que cada día me da más asco y vergüenza, donde los seres humanos son tratados como objetos sin importancia para los que son capaces de prohibirles la entrada en un país como si fuesen verdaderos delincuentes, o donde un periodista es capaz de tirar al suelo a una persona en el peor momento de su vida, solamente por captar una imagen… Vivimos en un país donde se persigue a un animal por la calle, con lanzas en la mano, como si de la prehistoria se tratase, para torturarlo hasta que agonice, para maltratarlo hasta matarlo, por pura diversión… Y no, por favor, ya no quiero oír la palabra tradición. Entonces me duele el alma, y me duele el corazón… Y tengo náuseas, lo prometo, y siento rabia, impotencia, dolor, asco… Y me enfado, me enfado mucho.

Hoy, tras tanta reivindicación en las redes sociales y tantas lágrimas al ver las noticias, he decidido que yo quería volver a Lo Que Te Quería Contar con una buena noticia. Porque septiembre es un mes especial, es un nuevo año, y es el comienzo de muchas cosas… Y septiembre de 2015 es el inicio de mis sueños hechos realidad, de mi mayor aventura, de la ilusión de mi vida y de algo que muchísimos de vosotros, sin ni si quiera conocerme, habéis vivido con muchas ganas durante meses, al otro lado de la pantalla. Septiembre de 2015 es el pistoletazo de salida… Y hoy, me hace especial ilusión enseñaros a “mi primer hijo”. Me Olvidé Decir Te Quiero y otros relatos cortos va a estar en breve en vuestras manos. Ahora mismo, se está buscando el lugar ideal para hacer su presentación en Madrid y a partir de ahí, podréis acariciarlo con calma, recorrer cada una de sus páginas y hacer que nos sintamos, si cabe, más cerca.

Os presento, muy emocionada, la portada de mi libro, una portada que me encantó al cien por cien en el momento que la vi, cuando supe que los chicos de Círculo Rojo habían hecho una elección perfecta, simbolizando con algo tan sencillo como nuestras manos, todo lo que este libro guarda: amor, desamor, ilusión, sueños, dolor, tristeza, amistad… Una imagen que abarca cualquiera de mis historias, que sabéis de sobra que también son vuestras. Necesitaba volver así, con fuerza, para contrarrestar, al menos por un segundo, todo lo que está pasando ahí fuera…. Me muero por saber qué os parece, me muero por que lo tengáis en vuestras manos o por que me acompañéis el día que lo presente…. Aquí os la dejo, toda vuestra…

Portada de Me Olvidé Decir Te Quiero y otros relatos cortos... ¡Espero que os guste!

Portada de Me Olvidé Decir Te Quiero y otros relatos cortos… ¡Espero que os guste!

Os iré informando de todos los detalles la presentación a través de mis redes sociales, a través de mi perfil en Twitter y mi página de Facebook… Ahora sí, amigos… ¡Que empiece la aventura!

Buenas noches desde Madrid, la ciudad que te enamora y te atrapa para siempre.

Lorena.

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Por Siempre Jamás.

He de reconocer que os he echado de menos… y mucho, pero también he de reconocer que me hubiese quedado de vacaciones dos semanas más. Volver a la rutina siempre cuesta, aunque esta vez he de decir que mi vuelta a la realidad ha sido menos dolorosa, quizás porque estos meses van a ser muy bonitos, con toda la preparación del libro, con la llegada de la primavera que es mi época favorita del año, con todas las cosas buenas que están por venir.

Volví de Nueva York completamente enamorada de esa ciudad. Ya sabía que me ocurriría, de hecho, ¿habrá alguien que la haya visitado y piense lo contrario? sólo puedo decir que fue un viaje maravilloso en el que pasé mucho frío y en el que comí muchísimo. Cuando volví, aproveché para ir unos días a mi pueblo y disfrutar de mi familia. Ahora, instalada de nuevo en Madrid y con las pilas totalmente recargadas, me toca ponerme, de nuevo, a escribir para vosotros.

No sé si alguna vez os he contado (seguro que sí) que de pequeña era una niña muy extrovertida, me encantaba estar en todos los “saraos”, me encantaba bailar, cantar, ser la protagonista en las obras de teatro del colegio, siempre era la primera en levantar la mano cuando tocaba leer en voz alta… Era una niña muy viva y con mucha energía. Hoy te quería contar que cuando era pequeña, como a cualquier otra niña, me encantaba imaginar cómo iba a ser mi vida cuando fuese mayor, yo quería historias bonitas, quería ganar siempre las batallas contra las cosas malas que me fuese encontrando por el camino, soñaba con un amor de los de verdad, de los de película y cuentos. Me encantaba leer todo tipo de historias: de misterio, de miedo, de aventuras… Pero en cuanto a películas se trataba, es cierto que siempre me decantaba por el cine en el que había princesas de por medio… Claro, Disney fue gran protagonista de mi infancia, cómo seguramente también lo fue de la tuya.

Recuerdo cuando nació mi hermano Alex (yo tenía doce años), cómo viví tan consciente sus primeros pasos de la vida, sus descubrimientos, sus gustos y preferencias… Y recuerdo, perfectamente, cómo le encantaba Toy Story 2 (a mi también!). Podía ver la película absolutamente todos los días, una vez detrás de otra… Y yo me preguntaba por qué no se cansaba nunca. Los que tenéis hijos o hermanos pequeños, o incluso los que sois capaces de recordarlo de vuestra propia infancia, sabréis que los niños son capaces de ver una y otra vez sus dibujos favoritos y seguir viéndolo con la misma pasión y entusiasmo que cuando los descubrieron. Es la magia de la infancia: que lo que sienten, lo sienten de verdad, y que tienen mucho tiempo libre.

Pues bien, yo recuerdo perfectamente algunas de las películas que veía una y otra vez sin cansarme nunca. Me acuerdo perfectamente cuando llegaba el fin de semana y mi madre me llevaba al videoclub (en el caso de mi pueblo, en aquella época, era una pequeña tienda que bien podía ser una réplica en miniatura de algún centro comercial. Allí se alquilaban películas, había gominolas de todo tipo, bollería, zona de papelería e incluso joyería y zapatería. Os lo prometo. Estoy segura que la gente de l’Olleria sabe de qué tienda hablo. Con el tiempo, dejó de existir, nada dura para siempre. Ya lo sabéis.). Una vez estaba ahí, delante de todas esas películas sabiendo que podía elegir la que quisiese, me sentía nerviosa y emocionada, era tan divertido tener la posibilidad de tener al alcance todas aquellas maravillas… Normalmente elegía dos. Una distinta cada fin de semana, y otra que siempre era la misma: La Sirenia o La Cenicienta. Claro, con el tiempo, a mi madre le salió mucho más rentable comprarme un ejemplar de cada una. La Sirenita no recuerdo muy bien cómo llegó a mí, pero sí recuerdo que La Cenicienta me la regalaron mis abuelos un año por Papá Noel. (Ambas, en VHS, por supuesto, siguen en casa de mis padres). Entre las pelis de mi infancia puedo rescatar unas cuentas que vi una y otra vez: Mary Poppins, El Rey León, Jumanji, La Princesa Cisne, El niño invisible (la película de Bom BOm Chip!), Aladdín, Dos por el precio de una, Willow… Pero entre todas ellas, los dos clásicos de Disney de los que os hablo se llevan la palma.

La Cenicienta me encantaba por el triunfo ante la maldad desorbitada. No podía creer que la mujer que se había casado con su padre le hiciese todo aquello a esa pobre muchacha, en su propia casa y me encantaba que al final ella le hubiese dado dónde más le dolía a su madrastra, casándose y siendo feliz con el aclamado príncipe. Unos cuantos años después, descubrí esta misma historia en película, con personajes de carne y hueso y he de reconocer que me encantó muchísimo más.

El día que volví de Nueva York, en el avión, tenía una especie de tablet delante de mi asiento en la que podía elegir entre muchas películas, e incluso se podía jugar a videojuegos (la última vez que hice un viaje tan largo, la tele era la misma para todo el mundo. No hace tantos años, pero todo avanza). De repente la vi ahí, entre todas las candidatas a la reproducción y tuve que sonreír. Hacía años que no la veía y, por supuesto, no dudé que ella me iba a acompañar durante un trozo de vuelo.

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Dirigida por Andy Tennant y protagonizada por Drew Barrymore, Anjelica Huston y Dougray Scott en los papeles principales, Por Siempre Jamás, se estrenó en el año 1998.

“En el siglo XIX, la Gran Dama Marie Thérèse hace llamar a los hermanos Grimm a su palacio, donde debaten sobre la interpretación del cuento de ‘’Cenicienta’’ y observan un retrato en la habitación. María enseña entonces un zapato de cristal y les cuenta la historia de Danielle de Barbarac, la verdadera historia de ‘’Cenicienta’’.

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En la Francia del siglo XVI, Auguste de Barbarac, padre de una joven Danielle, contrae matrimonio con Rodmilla de Ghent, una rica baronesa con dos hijas, Marguerite y Jaqueline,  pero muere de un ataque al corazón poco después. Esto causa que la Baronesa sienta envidia de la afección que tenía Auguste por su hija Danielle, y la trata miserablemente.  Para cuando Danielle cumple los 18, se ha convertido en una sirvienta en su propio hogar, cuidando de abejas y huertos, y sin separarse del último regalo de su padre, una copia de Utopía de Tomás Moro. Mientras está recogiendo manzanas, Danielle ve a un hombre robar el caballo de su padre y lo desbanca con una de las manzanas. Al reconocer que es el Príncipe Enrique, se avergüenza de sus actos. El príncipe le da un saco de oro a cambio de su silencia, que ella utiliza para rescatar a su sirviente, Maurice, al cual la Baronesa vendió para hacer frente a sus deudas.

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La huida de Enrique de sus responsabilidades en la corte se ve frustrada cuando se encuentra con un grupo de gitanos robando a un hombre. El hombre es Leonardo da Vinci, que ha sido llamado a la corte, y vuelve con él. Mientras tanto, Danielle se ha preparado como una “señora de la corte” y ha ido a comprar a Maurice, pero los guardas se niegan alegando que ha sido deportado a las colonias del Nuevo Mundo. Discute por su liberación, y cuando el Príncipe Enrique escucha la conversación, ordena que lo liberen. Asombrado por la inteligencia de Danielle, suplica por su nombre. Danielle, en su lugar, le da el nombre de su madre, ‘’Contesa Nicole de Lancret’’.

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El Rey Francis y la Reina Marie de Francia le dicen a Enrique que debe elegir una mujer antes de la fiesta de máscaras que han organizado, o tendrá que casarse con la princesa española Gabriella. Todas las familias de la nobleza reciben una invitación.  Momentos después de que Danielle llegue al baile, con “hada madrina” incluida, la Baronesa descubre la verdad de su identidad frente a Enrique y toda la corte. Enfadado y en shock por su mentira, Enrique se niega a escuchar cualquier explicación por su parte. Cuando sale corriendo del castillo, Danielle cae y pierde uno de sus zapatos, que más tarde encontrará Leonardo…

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Marie cuenta a los hermanos Grimm que Danielle era su tatarabuela y que aunque su historia se vio reducida a un cuento de hadas y que Danielle y Enrique vivieran felices para siempre, lo cierto era que existieron. Los hermanos dejan el palacio de Marie para contar al mundo la verdadera historia de ‘’Cenicienta’’.

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Es una historia muy similar a la que conocemos, pero con aspectos muy distintos. Quizás su toque de “realidad” hizo que me encantase de aquella forma. La aparición de Da Vinci en esta versión es uno de mis puntos favoritos. El final lo conocéis, aunque en esta película el final viene con más detalles que el cuento que conocemos de siempre, y el verdadero castigo hacia su madrastra y su hermanastra se disfruta por parte del espectador (una de las hermanastras es buena).

Ya sé que esto va a atraer más a las chicas que a los chicos, pero a todas aquellas o aquellos que de pequeñas/os disfrutabais con las películas de princesas y castillos, a todos aquellos que seguís recordando La Cenicienta con una sonrisa y la seguís viendo de vez en cuando, no os perdáis Por Siempre Jamás, porque estoy segura que os va a encantar. Ya me contaréis.

Este post se lo dedico a mi amiga Marta, que sé seguro que sonríe tanto como yo al recordar esta película.

Me alegro de haber vuelto. 🙂

Buenas noches, amigos.

Lorena.

Infiel.

Vengo con una semana de retraso. Los que me seguís en mis redes sociales, sabéis que la semana pasada me escapé unos días a mi casa y por eso no hubo post el martes anterior. Me fui tres días que como bien podréis imaginar supieron a muy poco, pero exprimí mi tiempo al máximo. Estuve con mis amigas, con mi familia, en casa de mis abuelos, fui a comer a la playa, paseé por las calles de l’Olleria, aproveché para recoger a mi prima Marta del colegio… pequeños detalles que, al final, son los que a mí, al menos, me dan la vida. Es cierto, también, que prometí que aplazaba el post para el fin de semana, pero al volver a Madrid, un catarro se apoderó de mí y en mis ratos libres sólo necesitaba un sofá, una manta y un caldo bien caliente. Así que, por fin, hoy, me vuelvo a reencontrar con vosotros, y os aseguro que os he echado de menos.

Hoy te quería contar algo de lo que me he dado cuenta hace algún tiempo. Para muchos de vosotros, los relatos son vuestra parte favorita del blog, y he de decir, como ya he dicho otras veces, que también son la mía. Me gusta tanto escribirlos e inventarlos, como reencontrarme con ellos un tiempo después, me gusta, sobre todo, ver vuestra respuesta ante ellos, los sentimientos que os han provocado, hasta dónde os han hecho viajar por vuestra memoria y vuestra reflexión, me gusta que os sintáis, de vez en cuando, identificados con ellos y me gusta que rescatéis frases que cuando las leo en vuestros mensajes o vuestros tweets es cuando me doy cuenta de lo bien que suenan, porque las habéis hecho vuestras, y sin ninguna duda, de una forma mágica e inconsciente, hemos conectado.

Cuando invento alguna historia, es inevitable no escribir sobre el amor, y en esta semana, que se acerca San Valentín, es imposible no ver mensajes publicitarios llenos de corazones y amor por todas partes. Yo, a pesar de ser muy romántica, no soy mucho de celebrar esta fecha, no por nada, sino porque es algo que está impuesto y que me hacía mucha ilusión, quizás, con quince años, pero ya no. (Menos mal que no me ha pasado lo mismo con el día de los Reyes Magos!).

He de reconocer que no soy de celebrar San Valentín, no soy de hacer regalos, ni de esperar recibirlos, seguramente saldré a cenar, pero como cualquier otro día, como algo normal, no me esforzaré en tener que hacerlo porque el calendario lo indica. Al final, eso acaba pareciéndome algo incómodo.  He de reconocer que, a pesar de ello, me gusta que haya un día dedicado al amor, como me gusta que haya un día dedicado a la lucha contra el cáncer, un día contra la violencia de género, un día de la sonrisa… Porque es importante que se dediquen días a algo que forma parte de nuestra historia, de nuestra sociedad, o de nosotros como personas. Es bonito que se celebre San Valentín y me encanta que haya gente que lo viva con ilusión y prepare su celebración como algo especial, sólo espero que quien así lo viva, se acuerde de vivirlo de esta misma forma el resto del año, porque, al final, es lo que enriquecerá nuestro corazón y acabará siendo importante en nuestras vidas.

Una vez, hace mucho, mi amigo Pepe me dijo que era una luchadora en el amor, y aunque ahora lo recordemos entre risas, razón no le faltaba. El amor es uno de los ingredientes esenciales en mi vida, y aunque ya haya dedicado algún post a hablar de ello, creo que es bueno recordarlo de vez en cuando. El amor nos complementa desde que no somos conscientes de ello, desde el amor de tu madre que es la primera persona a la que te aferras cuando comienzas el minuto cero de tu historia, el resto de tu familia, hasta el amor de los amigos que irán pasando por tu lado a lo largo de la vida. El amor de tu pareja acabará de formarte como persona en un punto exacto de tu vida. Supongo que los chicos que han pasado por mi vida, de los que alguna vez me he enamorado, me han enseñado muchas cosas. Algunas de ellas, cosas que sé que nunca más querré que se repitan, y otras que rescataré y seguiré haciendo una y mil veces, pero, sin duda, me han dado eso: aprendizaje y momentos que me han hecho crecer y acabar de crear mi personalidad, mi actitud y mi posición frente a las relaciones y el amor, y aunque algunos se queden para siempre en la memoria y otros hayan sido olvidados hace tanto que ni me acuerdo, forman parte de mí como mujer, de mi historia y mis sentimientos.

Llega un momento, en el que sólo necesitas una cosa del amor: que te dé paz. Hace casi tres años que sentí por primera vez una unión indescriptible con otra persona y entonces empezamos una aventura juntos: la aventura de ser amigos, de querernos, cuidarnos, protegernos, entender nuestros más y nuestros menos, la aventura de arrancarnos sonrisas, de dar abrazos en silencio, de secar lágrimas, de apoyar sueños, de respetarnos, de entregarnos toda la confianza del mundo, de darnos libertad, de crear complicidad, de aprender a convivir, a crecer, y a recorrer el tiempo cogidos de la mano… Eso es para mí el amor. Así, tan simple y fuerte cada día, todo el año, y no solamente porque se acerque el 14 de febrero.

En las historias que escribo tengo el poder de decidir qué quiero que les suceda a cada uno de los personajes, me gusta ponerles dificultades que no querría en mi vida real, y me gusta hacerles sufrir para regalarles, algunas veces, un final feliz. En el tiempo y la vida, aprendes a vivir con el amor bueno y el amor malo, porque el malo, aunque no lo quieras, lo conocerás. El amor malo es aquel que hace daño y hace llorar, el que no sale bien o ni si quiera empieza con buen pie, el que ahoga y mata, hasta que llega el que sonríe y salva, y eso, amigos míos, siempre pasa.

Hace tiempo me di cuenta que en muchas de mis historias escribo sobre amores imposibles, sobre infidelidades y sobre historias que aparentemente son perfectas pero acaban siendo algo totalmente roto en pedazos. Esas historias existen, y aunque no nos gusten, nos cuesta menos implicarnos en ellas, porque sabemos que hablan sobre la vida misma, sobre las rutinas, sobre las pasiones, sobre las vidas estancadas y las ilusiones momentáneas, sobre la pasión olvidada y la recién estrenada, sobre el renacer…  Sobre historias que quizás alguna vez hemos vivido, sobre historias que quizás algún día viviremos, sobre historias que han vivido nuestros amigos, o sobre historias que aún de lejos, te resultan familiares. Hace poco me topé de nuevo con una película que hacía muchos años que no veía. La disfruté en silencio y cuando terminó, pensé que ojalá la hubiese escrito yo. Porque a mí me gusta escribir sobre el amor, en todas sus variedades, sobre el amor bueno y el amor malo, sobre el que da paz y el que hace daño.

Dirigida por Adrian Lyne, Infiel se estrenó en el año 2002. Edward (Richard Gere) y Connie Summer (Diane Lane) son el matrimonio perfecto: tienen dinero, un buen trabajo, un hijo al que adoran y una casa preciosa a las afueras de Nueva York. Un día, por pura casualidad, Connie conoce en el centro a Paul (Olivier Martinez), un joven francés que colecciona libros y que resulta ser muy atractivo. Entre ellos empieza una fuerte relación de pasión y juego que acabará destrozando la vida de todos.

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No es una película que vería cada día, pero me gustó verla de nuevo. No es la película más apropiada para recomendar en la maravillosa semana del amor, pero me apetecía hablar de ella. Si no la habéis visto, ya sabéis.

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Para los más románticos, os diré algo que me acaba de llegar ahora mismo en un mensaje de whatsapp. Me lo envía mi tía Ivana, que me conoce bien y sabe que es una de mis favoritas. Esta noche, en Nova, podremos disfrutar de El diario de Noah, que quienes me lleváis leyendo mucho tiempo, ya sabéis que es una historia que me apasiona. Una película que siempre me emociona, que nunca me canso de ver y para mí, una de las películas de amor más bonitas de la historia. Además, está basada en un hecho real y eso hace creer, aún más, en las historias mágicas, en el amor que puede doler y salvar a la vez, aunque tenga que esperar mucho tiempo.  Esa sí me habría gustado, de verdad, escribirla yo. Es más, esa me habría, incluso, encantado vivirla. 😉

A veces, el amor duele, a veces es maravilloso, y a veces nos hace volvernos completamente locos.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Empezar de cero

Por fin martes, día de volver a reencontrarnos. Estos días han sido días de reencuentros muy bonitos, con gente a la que hacía mucho tiempo (años) que no veía, y con la que he sido capaz de sentir que no ha pasado el tiempo. ¡Qué sensación tan bonita!

Hace sólo una semana os anunciaba la publicación de mi primer libro, y sólo puedo daros las gracias por tantos mensajes bonitos en mis redes sociales. Gracias de corazón por tanta ilusión, tanto cariño y tanto amor… Jamás sabré cómo responderos.

Hoy te quería contar que no sé muy bien por qué, necesitaba escribir un relato. Me rondaban varias ideas por la cabeza y tenía la necesidad de convertirlas en historia. Ya sabéis lo que toca… Que se quede todo en silencio y leed despacito…

 

Empezar de cero.

Nos reencontramos en silencio, como se reencuentras en el tiempo dos personas que se han amado y se han odiado. Nos reencontramos con un dolor que ya no era nuestro, porque ya lo habíamos olvidado…

Nunca entendí muy bien algunas actitudes de los seres humanos… Nunca entendí el rencor y el odio, nunca entendí a aquellos que podían pasar de un amor absoluto a un odio sonante, o a una indiferencia lamentable… Nunca entendí esos cambios y nunca entendí porque los experimentamos casi todos.

Con el tiempo, de lo que me he dado cuenta es que el ser humano se acostumbra a la realidad compartida y hace de sus desgracias o alegrías una comparación absurda con el resto del mundo. Creces y asimilas que el amor te fallará, al menos, una vez en la vida, sabes que amarás con todas tus fuerzas y te explican que nunca olvidarás el primer amor, que podrás querer a varias personas a lo largo de tu vida pero no podrás quererlas más o menos, simplemente las querrás de forma diferente, sabes que sufrirás y llorarás, que aprovecharás los principios porque después todo cambia, que experimentarás besos irrepetibles y otros que olvidarás sólo unos instantes después… Sabes que todo eso pasará, porque le pasa a todo el mundo. Porque nos acostumbramos a vivir en un mundo de similitudes, dónde da igual en qué lugar estés y en qué momento hayas nacido, porque hay historias que siempre se repiten, en el tiempo y el espacio.

Ella me enseñó que quería ir en contra de estas teorías, ella me enseñó a crear estas conclusiones, ella me enseñó a vivir de una forma distinta, en un mundo que sólo sería nuestro, que moldearíamos a nuestra manera y dónde creceríamos juntos…

Al final, la realidad le quitó la razón, y nos arrancó la ilusión a ambos.

Nuestra historia fue una historia de esas que arrancan sonrisas, a sus protagonistas y a sus observadores. Nos conocimos siendo muy jóvenes, y convertimos un amor de verano en algo inolvidable. Alargamos nuestro amor hasta llegar el frío, y decidimos quedarnos con él unas cuantas primaveras. Se nos veía felices. Éramos capaces de comernos con la mirada y hablar entre silencios. Nos recuerdo tumbados en la cama, durante horas, acariciándonos la piel y los secretos, la ilusión y las ganas, comiéndonos a besos, abrazados sin decir nada, haciendo el amor sólo con el sonido del choque de nuestros labios y nuestros cuerpos, comiéndonos la vida juntos, jurando amor eterno…

Los primeros meses sucedieron de una forma tan perfecta, que casi daba miedo creer en ellos… Pero ella era así, era magia, era locura, era pasión, era divertida, risueña, era frescura… Era mi vida. Yo, que nunca me había enamorado, que siempre había sentido que mi juventud era para vivirla solo, conociendo a mucha gente… y ella, que había aparecido de la nada, en una fiesta, en la playa, con amigos en común, con la piel tostada, con las pecas en la cara, con la vida en los labios, con aquel vestido blanco, aquellas flores en el pelo que caía suave sobre su espalda… Ella, que bailaba y reía a carcajadas, a ella, que todo el mundo miraba… y que yo, sin saber cómo ni por qué, deseaba… Quería que fuese mía, quería ser suyo, quería besarla, abrazarla… Y sin querer, unos meses después, acabó convirtiéndose en el gran amor de mi vida.

Una mañana me llamó para decirme que había recibido un mensaje, que su ex novio quería verla, y hablar con ella. Le pregunté si quería hacerlo y me dijo que sí. Le dije que lo hiciera, yo confiaba en ella. Se vieron un martes por la noche, un martes en el que no pude dormir, esperando su mensaje, una llamada, un “ya estoy en casa“. Nada, absolutamente nada. No quise llamarla, no quería parecer pesado, ni traicionar mi palabra, mi confianza… Confiaba en ella. Me lo repetí constantemente. No pasaba nada, se habría quedado sin batería, no le apetecería hablar… Podían ser mil cosas.

Hasta el miércoles por la noche no supe de ella. Aquellas fueron las horas más largas de mi vida y por fin el teléfono sonó. Lloraba… Lloraba mucho. Me dijo que lo sentía, que no sabía si seguía enamorada de él, que me quería, que le quería a él, que nos quería a los dos, me pedía perdón porque sabía que me iba a hacer daño… Intenté tranquilizarla mientras apretaba la rabia entre mis manos y mis ojos se llenaban de lágrimas. Quería que fuese feliz, aunque no fuese mía. No quería que fuese mía mientras le quería a él, así que le dije que me apartaría si quería, que buscase su felicidad. Era lo más importante de mi vida, sabía que si la dejaba ir, me iba a volver completamente loco… Pero quería ayudarla de verdad.

No me dejó irme. Si me alejaba, ella luchaba para mantenerme ahí, aunque sólo fuese al otro lado del teléfono. No sé si era egoísmo o de verdad se estaba volviendo loca… Cada vez que hablábamos, acababa llorando… Repitiéndome que me quería y suplicando que le prometiese que no me iría jamás. Lo hice. Me quedé para ser suyo cada vez que ella me necesitase. Prefería ser su amigo, antes que no tenerla en mi vida.

Dos semanas después, dijo que quería verme.

Recuerdo que la invité a cenar a casa. Mis compañeros de piso no estaban y yo me había pasado horas limpiando para convertir mi dulce morada en el lugar más acogedor y bonito del mundo… porque necesitaba poner todo de mi parte, y porque quizás aquella noche, esa casa iba a ser nuestro refugio, testigo de nuestros besos, de nuestras caricias y nuestra historia. Preparé una mesa con velas, puse música suave, enfrié una botella de vino y llené las paredes de notas con mensajes. Cuando abrí la puerta no la dejé decirme nada. La abracé. La abracé con mucha fuerza, deseé quedarme así durante años… Su olor, su piel, su pelo, cerré los ojos y volví a aquellos primeros meses en los que todo estaba intacto, en los que ella se reía a carcajadas y me juraba amor eterno… Vi su cara cuando entró al salón y vio aquellas notas, colgadas en las paredes, con frases que alguna vez nos habíamos dicho, con versos de canciones que siempre serían nuestras… Y la vi derrumbarse de nuevo. No fue capaz de mirarme a la cara, agachó la cabeza y negó, empezó a llorar y a decirme que no merecía nada de todo aquello… Entonces supe que la había perdido para siempre. Le pregunté si se había acostado con él y ella lloraba con más fuerza. Entonces, sentí como una fuerza inmensa, dolorosa y destructiva, me apretaba el corazón. Nada de aquello estaba ya en mis manos, la odié sin ser capaz de odiarla… Ella, que era mía, había estado en brazos de otra persona, otra persona a la que un día le había prometido amor eterno como a mí alguna vez en la vida, una persona que había vuelto cuando ya no tenía que volver, para desmontar algo que era nuestro, donde él no encajaba, donde no cabía… Quería echarla de mi casa y no tuve valor. Me senté en el sofá y me puse a llorar. Me estaba volviendo loco yo también.

Se sentó a mi lado y me abrazó. Nos besamos entre lágrimas, entre “lo sientos” y “perdóname…”, entre “te quieros…” Y nos quitamos la ropa. Nos olvidamos de la cena, del vino y del mundo que nos apuñalaba con su realidad al otro lado de la puerta. La llevé hasta la cama y volvimos a hacer el amor, como hacía sólo unas semanas, cuando todavía era mía, cuando todo era perfecto… Nos volvimos a abrazar en silencio y estuvimos callados durante horas, dándonos besos y apretándonos las manos… Vimos salir el sol y supimos que ya no nos pertenecíamos.

Nuestra relación dejó de ser una relación. Se convirtió en encuentros cada cierto tiempo, entre odios y lágrimas, entre si y no, entre ni contigo, ni sin ti… Y acabamos haciéndonos mucho, mucho daño. Acabé formando parte de un trío amoroso en el que no sabía si la pieza que no encajaba era yo. Me fui destruyendo poco a poco.

Un año después, me dijo que quería intentarlo todo. Quería estar conmigo de nuevo, desde el principio, al cien por cien. Sabía que no iba a ser fácil, pero no podía dejar que pasase el tiempo y no saber qué habría podido ser de nosotros… Seguía locamente enamorado de ella, aunque ya no sabía muy bien de qué parte de ella, ni si era de verdad.

Cometimos el peor error de nuestra vida. Entramos en un bucle de obsesión, desesperación, rencor y reproches que nos hizo convertirnos en dos auténticos desconocidos. Entendí que no habían teorías que fuesen en contra de lo que vive el resto de la humanidad, y que había conocido el amor más puro y había llegado a odiarlo con todas mis fuerzas. La dejé y no supe muy bien por qué.

No era cuestión de buscar culpables, no importaba quien de los dos había acabado con todo aquello, ese mismo día o hacía ya mucho tiempo… La realidad es que no podía seguir así. No había respeto, ni confianza, ni ilusión, ni besos, ni ganas… La dejé sin saber si la quería con todas mis fuerzas o si realmente sólo quería quedarme con la sensación de haber tenido la última palabra, de haber sido yo, y sólo yo, el que había tomado aquella decisión. Durante meses me llamó, me llamaba llorando, me suplicaba verme… Y yo sentí que era tarde.

Con el tiempo jamás conseguí olvidarla. De vez en cuando iba sabiendo cosas de ella, de su vida y sus días. Por lo que había sabido, no había vuelto a saber nada de su ex novio, y no se había vuelto a enamorar. Una buena amiga suya, me dijo una vez que no me había olvidado, y que yo le había hecho mucho, mucho daño cuando la dejé.

Conocí a muchas mujeres, pero realmente me di cuenta que seguía enamorado de ella cuando una mañana, me desperté al lado de Laura, con la que llevaba saliendo unos meses, y me dijo algo que me recordó a ella. Mi corazón dio un vuelvo y deseé con todas mis fuerzas que fuese ella quien estuviese entre mis brazos, recordé su mirada, su risa, aquella noche de verano en la playa, aquel vestido blanco, aquellas flores en el pelo, aquella locura, aquella frescura, aquella juventud… Fui incapaz de acordarme de nada malo. Me levanté de la cama y quise gritar por la ventana.

No sé si la vida y el destino siempre nos miran con una sonrisa  o si realmente las casualidades existen, pero tras años sin saber nada de ella, justo hace dos días recibí un mensaje de whatsapp suyo.

“Te preguntarás qué hago escribiéndote, ni si quiera yo lo sé. No quiero preocuparte. Ha pasado mucho tiempo, y ni si quiera tengo derecho a escribirte esto, pero estoy asustada. Hace unos días llegué a urgencias por un dolor muy fuerte en el estómago, llevan días haciéndome pruebas y no saben muy bien qué es, los médicos intentan tranquilizarme diciéndome que no es nada grave, pero veo los ojos de mi madre y sé que mienten. Tengo miedo. Estos días he pensado demasiado, en mi vida, en el miedo, en qué pasaría si es el final de ella, en lo que he vivido, en lo bueno y en lo malo… Y sólo sé que necesito verte. Abrazarte aunque sólo sea una última vez, pedirte perdón, mirarte en silencio, acariciarte la mano, saber que no me odias, decirte que no te odio. Si me voy, necesito estar en paz contigo… Necesito decirte que nunca te he dejado de querer.”

Lo releí varias veces y sentí cómo se me iba haciendo pequeño el corazón. No le contesté.

Cuando llegué me encontré con su padre en el pasillo, que se puso a llorar nada más verme… Entró a decirle a su madre que saliese y me dejaron pasar a mí. La vi en la cama, pálida, pequeña, frágil, triste, apagada… e intentó esbozar una sonrisa cuando me vio.

Nos reencontramos en silencio, como se reencuentras en el tiempo dos personas que se han amado y se han odiado. Nos reencontramos con un dolor que ya no era nuestro, porque ya lo habíamos olvidado… Me acerqué conteniendo las lágrimas y le acaricié la mano.

-Pensaba que no vendrías… Pensaba que me odiabas.- Vi como una lágrima silenciosa le recorría la mejilla.

La abracé y volví a sentir su olor, el de siempre, y entonces supe que era ella, sólo ella, que la seguía queriendo con todas mis fuerzas y que no, no la odiaba. Seguramente nunca la había odiado de verdad, aunque se lo hubiese repetido muchas veces. Entendí en aquel abrazo que sólo era capaz de recordar lo bueno, las risas, nuestros besos y nuestra vida… La besé en los labios, le dije que la quería y se echó a llorar.

-Tengo miedo…- Me dijo.- No te vayas nunca más…

-No me iré, te lo prometo… De aquí saldremos los dos, juntos, de la mano, nos hemos perdido muchas cosas y esas cosas nos siguen esperando ahí fuera…

La vi asentir.

Dos semanas después y tras una operación en la que le extirparon un tumor, salí con ella de aquel hospital… Empezando de cero, esta vez de verdad.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Siempre fui de imaginar historias…

Tras unos días nublados y de lluvia, parece que el sol vuelve a salir por Madrid… El calor, que se ha marchado casi sin despedirse, ya no está, pero si os digo la verdad a mí este tiempo de chaquetas finas y, todavía, vaqueros cortos me gusta mucho.

Hace unos días encendí el ordenador y encontré fotografias de hace unos cuantos años, de mi vida en Elche, de las que ya eran escapadas a l’Olleria, incluso de mis amigos del colegio… de mi gente de siempre. Eso me hizo sonreir, ya sabéis lo mucho que me gustan esas cosas. Me gusta reencontrarme con los recuerdos y desde muy pequeña me ha encantado ver fotos. A veces, cuando iba a casa de mis amigas, veía sus álbumes familiares, siempre me ha gustado observar imágenes en las que muchas veces no conocía a las personas que aparecían en ellas. Es una buena oportunidad para imaginar, para tratar de inventar o saber qué pasaba en aquel momento… Siempre fui de imaginar historias.

Estos días, quizás, estoy un poco nostálgica. No sé si ha sido por esas fotos, pero una vez más, he sido consciente de lo rápido que pasa el tiempo, y a veces, incluso me da miedo preguntarme qué he hecho o qué he dejado de hacer. Éstas, en cambio, son preguntas esenciales para saber qué metas quiero cumplir o qué cosas hay que hacer antes de que el tiempo se nos haya ido, de verdad, de las manos y la vida haya corrido tanto que muchas cosas ya no estén a nuestro alcance. Como siempre os digo, los sueños están ahí para perseguirlos, para luchar por ellos y las personas que nos rodean, cuando tienes una edad, son las personas que nosotros queremos que nos rodeen, y esas son para mí las cosas más importantes de la vida. A dónde quiero llegar y con quién quiero hacerlo.

Me siento feliz, bien acompañada en la vida y con unos sueños aún por estrenar. De hecho, viene algo tan importante y bonito que me muero de ganas por contaróslo pero que hasta, al menos, dentro de unas semanas, me voy a tener que guardar. Algo que sé que va a cambiar, al menos, mis ganas y mis días y algo que sé que a muchos de vosotros os va a hacer mucha ilusión, porque los que estamos aquí somos luchadores y perseguidores de sueños, y siempre tenemos algo que queríamos contar…

Como bien sabéis los que me seguís en mis redes sociales, tras publicar el post sobre El Prisionero del Cielo, tuve la necesidad de volver a sacarlo de la estantería y volver a perderme entre sus páginas de la mano de Daniel y Fermín, mis personajes favoritos. Cuando lo terminé (sólo tardé unos días en devorarlo), supe que tenía que volver a leer el que había sido para mí, el más flojo de los tres: El Juego del Ángel. Me gustó más que nunca. Así que si sois amantes de Ruiz Zafón y de su saga del Cementerio de los Libros Olvidados, haceros ese pequeño regalo y favor y releerlos en este orden. Vais a entender muchas cosas y lo vais a disfrutar mucho más.

Como si fuese parte de esta historia, hace unos días me pasó algo curioso. Venía del parque, de pasear con Cometo, cuando al entrar en mi portal vi en la papelera donde acaban agonizando los muchos papeles de propaganda que dejan en nuestros buzones, un libro solitario.

Yo, que amo los libros hasta el punto que la mayoría de vosotros ya conocéis, no daba crédito a ello. Alguien me dijo una vez que hay que leer todo, incluso las etiquetas del detergente, nunca sabremos si algo es bueno o malo si no lo leemos. No creo que aquel fuese un libro malo, y si lo era, quién lo había dejado ahí ni si quiera lo sabía. El libro estaba intacto, olía a nuevo y agonizaba en aquel pequeño espacio verde sin entender por qué ese debía ser su destino. No estaba en medio de pasadizos llenos de estanterías infinitas bajo una gran cúpula, no estaba en mi querido Cementerio de Los Libros Olvidados, pero lo que tenía claro es que él no se iba a quedar ahí.

Esta mañana, al acercarme a mi pequeña estantería antes de tomar el café para elegir quién iba a ser mi nuevo acompañante de horas y sueños, lo he visto ahí, donde lo dejé, con otros que al igual que él, mueren de ganas por ser acariciados, abiertos y devorados, y he sabido que merecía la oportunidad que alguien le había negado.

No he querido buscar en internet sobre él, no sé si me gustará o no, pero El Hombre Sin Rostro y yo hoy empezamos nuestra aventura y muy pronto os contaré qué tal lo hemos pasado juntos.

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Feliz martes, amigos.

Lorena.

Te encontré.

Las fresas con leche condensada han sido, desde que soy muy niña, mi postre, desayuno o merienda favorita. Mientras me tomo un tazón lleno de ellas y el sol vuelve a asomarse por Madrid, os traigo este post. Viene en forma de relato… Porque sé que los relatos os gustan mucho, y porque hace demasiado que no escribo uno.

Cuando desaparezco varios días de aquí no es por voluntad propia, es por falta de tiempo. Aunque no pueda escribir cada día, sigo estando presente en mis RRSS, tanto en mi página de Facebook y, sobre todo, en mi cuenta personal de Twitter.

Como siempre os digo, leed despacito, saboread las palabras y viajad con ellas allá dónde queráis…

TE ENCONTRÉ

-¿Paula, estás ahí? ¿me oyes? Paula, contesta…Dime algo, joder.

Paula estaba, claro que estaba. El silencio reinaba en el teléfono, reinaba en la habitación, reinaba en su corazón. Paula siempre fue una mujer de apariencia fuerte y alma débil y no es porque le gustase aquello de aparentar lo que uno no es, simplemente, era una coraza que con el tiempo había aprendido a construir. Con la mirada perdida a través de la ventana, colgó el teléfono mientras él seguía preguntando por qué no contestaba. El teléfono volvió a sonar, sonó una y otra, sonó durante días, hasta que decidió apagarlo. No iba a responder, no lo iba a hacer nunca más.

Los días siguientes fueron días llenos de silencios, de soledad (voluntaria e involuntaria), de lágrimas desconsoladas, de consejos de amigos, de risas forzadas, de poco apetito, de copas de alcohol, de noches de insomnio, de ojeras cansadas, de miradas tristes, de alma pesada…

Cuando pierdes a alguien a quien amas crees que el mundo se ha acabado. Llegas a la estupidez de creerte que la vida no tiene sentido, que ya nada podrá ser igual, que nunca se podrá querer a nadie de esa forma, que nadie te volverá a mirar así, que con nadie tendrás esa complicidad y en nadie podrás encontrar esa confianza. Creerás que nadie te hará el amor de esa forma y que con nadie más quieres pasar horas mirándote a los ojos tumbada en una cama… Las rupturas fuertes son todas iguales. Los mismos sentimientos, por eso siempre sirven los mismos consejos, aún con la dificultad de poder llevarlos a la práctica. A Paula, después de su tormentosa relación, de tantas idas y venidas, de tantas lágrimas, tanto rencor, tanto querer y tanta obsesión, se le acabó el amor. Eso le habían dicho, que se había acabado el amor, que el amor se había esfumado, que ya no se podía seguir con esa relación. Se hizo un silencio en el teléfono y el teléfono se colgó. Ella era así, tomaba las decisiones en blanco o negro, nunca había tonos grises, aceptaba y apartaba, aunque el dolor se quedase agarrado a sus pestañas.

Tres meses después la vida había vuelto poco a poco a su forma… Ya no parecía que el mundo se acabaría, y parecía que la vida, pese a todo, aún tenía mucho sentido. Quedaban ganas de risas, de un carmín rojo en los labios y un vestido con el que sentirse la más guapa. Ella, la chica dura, ya había derramado todas sus lágrimas, y en su dureza infinita, había pasado los peores meses de su vida.

El sol bañaba las calles con una luz que casi molestaba al reflejar contra el asfalto… Ella, que venía del sur, siempre creyó que el sol daba la energía necesaria para tener un buen día y sabía que tenerlo, sólo estaba en la actitud. Cuando bajó a la calle, sentía como los ojos de los hombres se clavaban en su espalda, como algunos sonreían con gracia y otros simplemente apestaban. Ella sabía que su belleza nunca había pasado desapercibida, aunque últimamente parecía haberlo olvidado. Cargada con su mochila de piel que había comprado en uno de sus viajes a Marruecos, se sentó a tomar un café en una terraza donde el ruido de la calle se olvidaba al sentirse atrapado por el encanto del lugar. Sacó uno de sus libros y empezó a repasar los primeros apuntes de una larga aventura. En la mesa de al lado, un señor con corbata y traje, bebía el café con prisa, mientras un cigarro se consumía en sus labios a la vez que hablaba por el móvil con cara de enfado, en la mesa siguiente, dos chicas jóvenes reían y contabas entusiasmas historias que parecían ser fantásticas, a su lado, una señora mayor desayunaba una tostada y bebía té mientras su Yorkshire terrier la observaba con la esperanza de que cayesen unas migas de pan que le alegrasen la mañana, y al final, en la última mesa ocupada había un chico que la observaba a través de un periódico y una coca cola.  Él, apartó la vista enseguida, ella decidió mirarle un poco más. No sólo decidió mirarle, sino que también quiso analizarle. Era guapo, la verdad. Muy, muy guapo. De vez en cuando veía como él, tímidamente, levantaba la mirada que en menos de un segundo volvía a bajar y a ella le producía gracia, le producía gracia ese control sobre la situación, esa capacidad de intimidar y dominar algo o a alguien a quien ni si quiera conocía. Era un simple juego, y sonreía, entonces se dio cuenta que le apetecía jugar, porque necesitaba hacer daño. Necesitaba hacer el daño que le habían hecho a ella… ¿Pero le haría daño a un desconocido? Sí. ¿Por qué no?

Se quedó en silencio unos segundos y no sabía porque estaba teniendo esos pensamientos, de hecho, se avergonzaba mucho de esa maldad que no le pertenecía. Echaba de menos la fragilidad y sensibilidad a las que estaba acostumbrada, y le dio tanta vergüenza que se levantó a pagar y se fue de allí lo más rápido que pudo.

Llegó a la biblioteca, practicamente desierta. Los exámenes finales habían acabado hacía poco y los estudiantes ya se habían tomado sus merecidas vacaciones. Los que quedaban, eran los aplicados que necesitaban cogerse el verano para preparar sus asignaturas de septiembre. Ella llevaba tres meses estudiando, y sabía que su verano iba a estar condenado a apuntes y libros. Cuando pasó aquello, cuando recibió aquella llamada, cuando aquella ruptura le supo a puñaladas supo que necesitaba cambiar su vida y entonces decidió preparar la selectividad y empezar una carrera. Filología de lenguas clásicas había sido la elegida.

La segunda mañana que se sentó en aquella terraza, se dio cuenta que prácticamente estaban las mismas personas, menos el hombre que fumaba enfadado, y las dos chicas entusiasmadas. Él si estaba, estaba allí, con el periódico de nuevo. Ni si quiera le miró. No quería hacerle daño.

La rutina de aquel verano se marcó por la casualidad y se convirtió en una tradición. Ya no quería dejar de ir a esa terraza, ni quería dejar de verle. ¿No quería dejar de ver a un desconocido? Así era, no quería dejar de verle, no sabía si quería conocerle, no sabía qué le provocaba aquel hombre, si sólo era curiosidad o si quizás le gustaba, sabía que ya no quería hacerle daño, pero tampoco quería conocerle. Le gustaba todo como estaba, tenerlo todo de lejos, aunque sólo fuese a tres mesas de distancia, le gustaba esa barrera de desconocimiento y desconfianza, quería que fuese así, o eso creía ella.

Algunas mañanas, cargada con su mochila y sus libros, deseaba que alguno de los dos no encontrase mesa y que sintiéndose en la obligación de desayunar en el mismo lugar de siempre, tuviesen que compartirla. Era una de cal y una de arena, un deseo incomprensible y un miedo incontrolable, no quería conocer a ningún hombre, no estaba dispuesta a que le fallasen.

Aquella mañana se miró al espejo y se sintió muy guapa. A las mujeres, muchas veces les pasa, unos días se ven preciosas y otros, aunque lo estén, se sienten tan feas que desearían poder volver a meterse en la cama. Paula siempre pensó que a los hombres eso no les pasa, ellos son mucho más simples, ellas más especiales. Cuando llegó a la cafetería de siempre, vio su periódico sobre la mesa, en una mesa y unas sillas vacías, se quedó unos segundos parada, no sabía si tenía pena o rabia, él ya no estaba.

Él, del que no sabia nada, del que sólo conocía la mirada, la voz que alguna vez había conseguido escuchar… Él, con su melena despeinada, su barba medio afeitada, sus ojos color miel, su vaquero, su camisa y su sonrisa escondida, siempre al otro lado del periódico, ese periódico que posaba ahí, abandonado en una mesa. Justo cuando estaba pensando en qué pasaría si no le volvía a ver, y en lo estúpida que había sido por no haberse acercado nunca a conocerle, sintió como alguien le rozaba el brazo con un gesto de “¿me dejas pasar?” y perdida en sus pensamientos sintió como la piel se le erizaba y como el corazón se le aceleraba cuando se dio cuenta que era él, que salía de la cafetería, que seguramente habría ido al servicio, y se sintió tonta, inocente y pequeña… Quiso reír a carcajadas pero se le secaron antes de abrir la boca. Él le sonrió amablemente, como se sonríe de forma cordial a alguien a quien no se ha visto nunca, y a su lado, una chica joven, morena, con el pelo rizado y la piel tostada, hablaba por teléfono y le siguió hasta su mesa, se sentó con él.

Paula tuvo esa sensación demasiado común en el ser humano de no saber si reír o llorar, se había quedado bloqueada, se sentó en su mesa de siempre, con un libro dónde no atinaba a leer absolutamente nada y se fue sin haber probado a penas el café. Sintió una decepción que no entendía de razón. No podía exigir nada a alguien a quien no conocía, con quien nunca había hablado. Sintió decepción de haber tenido una ilusión injustificada, y sintió el dolor que sintió hace unos meses con una llamada de teléfono y entendió que los hombres no estaban hechos para cuidar a las mujeres. Tuvo tanta rabia que incluso lloró, lloró por un desconocido, lloró por entender que aquellas mañana, en aquella terraza, antes de ir a la biblioteca, sólo habían tenido sentido para ella, había visto la sonrisa cordial de él y sabía que no era la misma que la que sentía ella. Llegó a pensar que estaba completamente loca y centró las semanas siguientes en sus estudios y su selectividad, a la que tendría que haberse presentado diez años atrás.

La selectividad fue superada con éxito y el curso acababa de empezar. Se sentía desencajada en aquellos pasillos donde, a pesar de aparentar más joven de lo que era, se sentía muy mayor. Por suerte, había escogido una carrera dónde había gente de todas las edades y casi predominaban más los adultos que los que acababan de ser adolescentes y dejar el instituto. Los primeros días, como siempre pasa, fueron días de presentaciones y caras nuevas y sólo habían pasado cuatro días cuando le tocó el turno de presentación a la profesora más atractiva, sin duda, que pisaba aquella facultad. Se le paró el corazón. Era ella, aquella mujer preciosa, con esos rizos negros y esa piel tostada que había estado con él en la cafetería, ella era su profesora y llegó a asustarle que todo fuese una casualidad. Paula, tan fuerte y valiente, la chica dura, estaba más confusa y sensible que nunca. Intentaba no mirarla demasiado, para que no se le notase la rabia injustificada que le tenía. No habían pasado ni dos semanas cuando la profesora anunció que en su próxima clase iba a invitar a su hermano, el mejor filólogo e historiador que conocía, para que les diese una charla de motivación sobre la carrera que habían decidido estudiar. Pues sí, era él.

Paula, entretenida ordenando unos papeles, tardó en levantar la mirada al centro del aula, a pesar de escuchar los pasos y el silencio respetuoso de la gente. Cuando levantó la vista, sus miradas se cruzaron y mientras ella se quedó totalmente paralizada, a él le salió una sonrisa como la que nunca antes había visto. No pudo evitar ser feliz y sentir que le temblaba la voz cuando tuvo que iniciar su discurso de motivación.

Cuando acabó la clase, entre los aplausos de los alumnos, el ruido de las sillas y el “ir saliendo” de todo el mundo, él se acercó a ella:

-¿Café manchado?

-Como siempre.- Contestó con una sonrisa.

En aquel momento, sin que hubiese sucedido nada más, pero con esa extraña sensación de la que hablan y no crees hasta que la conoces, Paula sintió que las casualidades no existen y en un segundo se olvidó del dolor que alguna vez tuvo, de los silencios, de las rabias y los miedos. Sintió paz, sintió paz en aquella mirada, en aquella sonrisa y en aquella extraña circunstancia que la vida le brindaba.

Te encontré…“, le dijo él, y a ella se le iluminó la mirada.

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Feliz jueves, amigos!!!

Lorena.

Nuestros sueños, amigos, son sólo nuestros.

¡Por fin sábado! Hoy es uno de esos días que voy a coger con ganas…El té de frutos rojos deja su aroma por toda la habitación y yo me siento frente al ordenador para hablaros de unas historias que ni si quiera son mías, pero creo que es necesario que conozcáis.

Podríamos hablar, de nuevo, de la persecución de los sueños. Ultimamente, es una moda establecida que la gente mande mensajes positivos, que enmarque fotos con frases gritando que el día va a ser estupendo, o que puedes comerte el mundo, si quieres. Una vez más, nos damos cuenta que todos somos excesivamente parecidos. A todos nos encantan esos mensajes. Nos encanta dar consejos de felicidad y nos encanta creer que podemos ser realmente felices, porque como bien sabéis, la esperanza es lo último que se pierde.

Sí es cierto, que las cosas en este país parecen cada vez más feas. Sólo necesitamos echar un vistazo a un periódico, o ponernos a ver un día las noticias de la televisión. La información que nos rodea es realmente lamentable, y no lo son los informadores, lo es el contenido. El otro día escuchaba la noticia de un matrimonio de 80 años que en menos de un mes van a ser expropiados, les van a quitar su casa. ¿Cuándo vives en un país así, puedes sentir otra cosa que no sea vergüenza? ¿Si se atreven a destruir la vida de unos ancianos, que siempre han sido reyes merecedores de respeto, cómo no lo van a hacer con los jóvenes a los que muchas veces no han tomado en serio? Pensé en todos nosotros, en toda nuestra generación, pensé en todos los niños que van a crecer y convertirse en adultos y pensé en lo negro que se les presenta el panorama. A mí lo que más rabia me da en este país, en esta situación económica y social es que no todos estamos en las mismas condiciones. Ricos y pobres han existido siempre, ya no podemos hacer nada frente a eso. El problema es cuando unos cuantos se hacen ricos a causa de los pobres. Ahí, amigos míos, radica el problema y la irracionalidad de todo lo que estamos viviendo. Tenemos unos políticos llenos de corrupción, de sonrisas frías frente a las cámaras, de falsedad, de despreocupación a los que les encanta decir que las cosas se van a solucionar mientras nos roban, mientras siguen con sus vidas caras y dejan que miles de niños en nuestro país sean víctimas de la desnutrición. Vergüenza, rabia, impotencia. Sólo puedo decir eso.

Si ante las cosas vitales, básicas, a las que tenemos derecho, nos estamos quedando desnudos… ¿Cómo se van a ocupar de nuestros sueños? Pues de nuestros sueños, señores, nos ocuparemos nosotros, que para eso son nuestros. El poder de las redes sociales no encuentra fronteras, y cada vez son más los jóvenes que apuestan por buscar ahí una salida, y demostrar ahí sus capacidades, sus ilusiones y su arte.

Mi amiga Alba es una de esas personas que la vida ha querido regalarle al mundo, es la bondad pura en forma de ser humano. Alba es ternura, es dulzura, es delicadeza, es amor, es una dulce fragancia, es una sonrisa sincera y un abrazo puro… Y mientras escribo estas cosas, me doy cuenta lo afortunada que soy teniéndola en mi vida. Instagram es una de las redes sociales más populares actualmente. La gracia consiste en subir una foto, ponerle un título y esperar que tus seguidores le den me gusta o no. En Instagram nos hemos acostumbrado a ver la vida de las personas en fotos, qué comen, a dónde viajan, qué ropa han comprado o cuáles son sus cafeterías favoritas… Muchos artistas han escogido Instagram como escenario de sus trabajos. Miles son los fotógrafos que llegan a todo el mundo a través de esta aplicación de móvil, miles son las personas que muestran su trabajo en imágenes, y Alba es una de ellas. Lo curioso es que Alba no es fotográfa, pero utiliza la fotografía como portada de unos microcuentos que son, sinceramente, maravillosos. Hace unas semanas que decidió empezar con esta aventura y yo, observándola en silencio, entre “me gusta” y comentarios de la gente, sabía que tarde o temprano necesitaría hablar de ella y lo que crea con sus manos.

Hoy te quería contar unos microcuentos que no me pertenecen… Estoy segura que tras leerlos, vas a querer ir a Instagram y seguir su cuenta: @microarte_

Poneos cómodos y disfrutad… Aquí os dejo algunos de ellos.

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“Dónde está el límite, ¿qué se puede considerar ilícito? Todos los días apuntaba en un cuaderno las veces que se engañaba al día. Como si de un juego se tratase, ella sabía que esta vez la máxima puntuación era la que le hacía perdedora. Buscó en el diccionario y leyó en alto: “2.m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda lo contrario a lo que desea.” Sabía que le faltaba algo a esa definición… Una especie de moraleja, cuando recurrimos a esa definición lo más probable es que ya esté sucediendo lo contrario a lo que deseas o ya haya sucedido. Decidió cerrar los ojos, dejar de respirar y esperar. Siempre pensó que en último suspiro la mente se llenaría de imágenes reveladoras, respuestas ocultas y reacciones desconocidad. Algo le rozó la espalda y subió a su pierna. Inmediatamente supo qué tenía que hacer, a veces sólo hace falta que alguien apoye  su mano en tu espalda o, en este caso, su pata en la piel para ayudar a calmar escalofríos, para despejar laberintos sin salida.”

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“Tienen vida propia, saben qué piensas y cómo vas a reaccionar. Cuando estás dejando de creer en ellas aparecen y cuando aparecen, sentencian. O, ¿somos nosotros? ¿Necesitamos creer en algo aparentemente ajeno a nuestras decisiones para poder decidir? Ató desesperadamente su vida a ‘las señales del destino’ como fuerza mayor. Si se enamoraba de alguien, y una foto de esa persona se caía de la pared de su habitación, tenía que alejarse de ella. O, ¿quizás eso sólo la ayudaba a decidir sin sentirse desprotegida? Las señales se lo indicaban… No estaba sola en esta decisión. Ya. Cobardía o cierta fe. No ha tenido más miedo en su vida como el que tiene ahora. Porque ahora sigue viendo señales, pero no van en la dirección que ella quiere ir. ¿Quién nos asegura que la decisión que tomamos es la correcta? Nadie. Eso es lo bueno o malo de la vida. Nosotros, al final, somos los que elegimos, ¿no?”

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“No tengo palabras, de corazón, no las tengo…” Martina hundió sus ganas en el abrazo más largo que supo dar. Leticia le había enseñado un lienzo, hecho para ella, para su nuevo escondite de magia y religión sin Dios. Le quería robar toda la tristeza que tenía en las manos, quería romper esa oscuridad que no le dejaba amasar la vida a su gusto. Las lágrimas de Martina eran señales que anunciaban una calle cortada por Leticia. No sabía cómo salir de allí, y sobre todo, no sabía cómo sacarla… Llevaban años dibujándose, una a la otra, fantasías en el cielo, sin querer saber que la solución era crear realidad en la Tierra”.

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“Todos sabían qué ocurría, nadie quería empezar esa guerra. Una guerra llena de dolor. Con abrazos como curas y con recuerdos dolorosos como armas, tiros en el pecho y cortes en la piel. La guerra de las cicatrices abiertas. De la película con final infeliz e inevitable. Las imágenes se mezclaban en la cámara de su interior, en sus sueños. Hospitales, luces cegadoras, sonidos desagradables, palabras que se apagan, lágrimas que nacen y no morirán nunca. Una vida se apaga y nadie hace nada. Y no hay mayor explicación: nadie hace nada porque no hay nada que pueda hacer nadie. Ante el ladrón de sístoles y diástoles, nadie tiene la carta vencedora, nadie tiene un as en la manga ni otro juego al que recurrir. Bajó la mirada  mientras una lágrima recorría su cara, pidió un minuto de silencio completo. de ojos cerrados y lentos latidos. Un minuto de sol en blanco y negro. Un minuto de silencio como homenaje al silencio eterno que se creó en su cuerpo una vez el corazón de su madre dejó de latir.”

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Porque el arte puede estar en las cosas más pequeñas, porque podemos encontrar arte en aquello que nos emocione, que nos transporte, que nos haga soñar. Porque creo que Alba todavía no es consciente del talento que tiene en esa cabecita y en esas manos que traducen lo que su corazón dicta. Porque creo que todos deberíais seguir su cuenta, y deberíais leerla… Con cada historia, con cada emoción, con cada microcuento. Porque me siento afortunada de rodearme de personas como ella. Porque aunque haya quienes se creen con el poder de arrancarnos nuestros derechos y nuestras vidas… Que nunca crean que podrán arrancarnos nuestros sueños. Porque nuestros sueños, amigos, son sólo nuestros.

Feliz sábado,

Lorena.

Tan cerca de mi vida…

Podría haber colgado un cartel que dijese “cerrado por vacaciones” y no habría estado, para nada, fuera de lugar. Decidí desconectar de todo y todos para disfrutar de la Navidad, junto a mi familia, mis amigos y todas las personas que me rodean día a día… Era necesario y necesitaba esa paz y relajación en mi mente. La Navidad, como todo lo bueno, se fue esfumando demasiado rápido sin dejar apenas tiempo para decirle “hasta el año que viene…” y sí es cierto que a principios de esta semana podía haber vuelto a conectar, a escribir y a contar alguna historia. Si no lo he hecho, es porque he tenido una semana de trabajo agotadora y hoy, por fin, café en mano y sonrisa dispuesta, me siento ante el ordenador sin saber muy bien qué historia escribir…

Quienes me conocen, saben que nunca me faltan temas de conversación, siempre tengo alguna historia nueva, propia o ajena, que me sorprenda, que me guste, que me decepcione, pero siempre hay algo que explicar, que debatir, hablar y reflexionar. Hoy me ha tocado, también, ponerme al día con e-mails, con historias que me cuentan, seguramente ni quien me escribe sabe realmente por qué necesita hacerlo, ni yo sé muy bien cómo estar a la altura para responderles… Pero a ellos les gusta y a mí sus palabras, motor eterno de ilusión, siempre me hacen muy feliz.

Encender la televisión, echar un vistazo a los periódicos de este país es una bomba asegurada para oprimir el pecho a todos aquellos a los que todavía les queda corazón… Hay tantos, tantísimos temas que podría tratar hoy… La nueva ley sobre el aborto, la imputación de un miembro de la casa real por haber estado robando millones a quienes menos lo merecían, las incansables tramas de corrupción por parte de nuestros políticos que, menos mal, siguen saliendo a la luz, la pérdida de tarjeta sanitaria de todos esos jóvenes que se han visto obligados a tener que salir de aquí para poder trabajar y tener, al menos, una oportunidad… Tantas y tantas cosas de las que podríamos hablar… Está tan feo el mundo, tan irracional y deshumanizado este país, que hoy no me apetece hablar sobre nada de esto. Lo hablaremos, seguro, pero hoy no es el momento.

Hoy me siento demasiado bien como para enfadarme más con esta sociedad en la que vivo, me siento demasiado bien cómo para llorar a través de las palabras por todos los que aquí estamos y por todos los niños que crecerán y vivirán aún peor de lo que nosotros estamos viviendo… Me siento demasiado bien como para hablar de la realidad que nos envuelve.

Me apetece hacerle un guiño al amor, que con sus cosas malas y buenas, sabéis que siempre es un tema que me gusta tratar. Hoy he releído un correo que me escribió una chica hace unas semanas y me contaba lo mucho que había sufrido por amor en los últimos meses, y la ilusión que mis historias y mis fotos en una red social le daban para saber que algún día todo iba a cambiar. Atención, mis fotos. Sí. Más allá de mis palabras, de historias que salen de mi cabeza, mi vida real hace que alguien tenga ilusión y eso es, sin saber cómo explicarlo, realmente sorprendente. No sé muy bien cómo se asimila esto.

Hoy te quería contar que como todo ser humano, he sufrido por amor. Mucho. Pero creo que, llegados a este punto, es el momento de contar mi historia favorita…

Hace unos meses, mi amiga Alba me preguntó por qué no escribía una historia basada en mi relación y le dije que si eso intentaba contarlo como algo ficticio, iba a quedar muy surrealista y peligraría de alcanzar lo cutre, en estado puro. A veces no es necesario intentar que las historias formen parte de la ficción, porque contadas desde la realidad quedan mucho más bonitas…

Yo sólo tenía seis años cuando le vi a él por primera vez. Le vi en televisión y me enamoré de él. ¿Puede enamorarse alguien con seis años? Pues así lo sentí yo, sea amor o no, sentí el amor que una niña de seis años pueda llegar a sentir… Durante mucho tiempo le vi en revistas, le escuchaba a través de la radio, intentaba no perderme ni una sola intervención a través de la pantalla… Incluso llegué a tener fotos suyas colgadas en mi habitación. Bom Bom Chip fue la banda sonora de mi infancia y, sin saberlo, Sergio llegó a mi vida para quedarse a través del tiempo y el espacio…

El tiempo pasaba y ambos nos hacíamos mayores… El grupo desapareció, y dejó de ser la música que frecuentaba mi cassette y mi discman poco después… Pero no dejé de pensar en él. Seguía sus pasos a través de pequeñas intervenciones en series de televisión y, sin dudarlo, me adueñé de una cinta de VHS de una película de adolescentes en la que él era el protagonista. Luego pasó a formar parte de una serie de Disney Channel y con la excusa de que mi hermano pequeño la veía, podía seguir observando, cada vez que iba a casa de mis padres, cómo aquel chico al que siempre había visto desde lejos, y al otro lado de la tele, seguía arrancándome una sonrisa. Llegaron las redes sociales y su poder de acercamiento a aquellos que sentimos más lejanos… Y sobre el año 2008 me puse en contacto con él para hacerle una entrevista que publicaría en uno de mis trabajos de la universidad. Me costó meses que me contestase todas las preguntas, por aquel entonces él estaba en Nueva York estudiando interpretación y el e-mail fue la única forma de tener contacto. Muy poco contacto, la verdad. Acabada la entrevista, no volvimos a hablar.

Yo llevaba un año y medio viviendo en Madrid cuando vi en el Facebook de un buen amigo mío una foto dónde salía un grupo de chicos… Tuve que sonreír. Entre ellos estaba Sergio. Le conté a mi amigo mi historia, mi rol de fan desde la niñez y aquella entrevista a través de un ordenador… Jamás había conseguido verle en persona y más que ilusión, sentía curiosidad. El destino me lo acababa de poner demasiado fácil. Nuestros amigos en común nos pusieron en contacto, otra vez, cuatro años después. Jamás olvidaré la primera noche que le vi. A los dos se nos escapaba una sonrisa tonta… Yo era la chica de la entrevista, y él era el ídolo de mi infancia. Estaba nerviosa y casi no supe de qué hablar. Y tras aquella noche, entre amigos y risas, decidí que había sido curioso, incluso graciosa la situación, pero no me gustaba. Por aquel entonces, yo estaba totalmente destrozada y era la mayor defensora de que el amor no existía y no podría existir jamás. Defendía con uñas y dientes mi territorio, mi cuerpo y mi alma, y me prometía cada día que ningún hombre podría ganarse mi confianza.

Con los días y las semanas fui recuperando una ilusión que tenía totalmente enterrada, volvía a sonreír cómo hacía casi dos años que no lo había hecho, y sentía una paz que absolutamente nadie me había transmitido jamás. Decidimos vernos un par de veces, y pasar horas y horas hablando… riéndonos, compartiendo complicidad. Cuando ni si quiera me había dado un primer beso, me confesó que estaba muy enamorado de mí, que no lo había planeado, que sabía que yo tenía una coraza y que estaba dispuesto a olvidarme, pero a su vez, se sentía totalmente convencido de que valía la pena intentarlo. El primer abrazo me transmitió la paz y la seguridad que me hicieron bajar a la tierra y  el tiempo, los gestos, la bondad y la humildad que le caracterizan hicieron que mi “peor temor” se hiciese realidad. Me estaba enamorando. Es más, me estaba enamorando cómo jamás lo había hecho, y me estaba enamorando de alguien de quien, en cierto modo, siempre lo había estado.

Los miedos se fueron hace ya mucho tiempo, tanto, que ni los recuerdo. El amor que duele sólo es una lección de amor, pero no es amor. El amor bueno es el amor que alimenta, el que te da la pasión, la ilusión y las sonrisas. Sergio es mi otro yo, todo lo que me complementa, en todos los sentidos, y también es, sin ninguna duda, mi mejor amigo. Y no hay nada más mágico que eso.

¿Sabéis por qué os he contado esto? Porque la chica que me escribía el correo me decía que sabía que su sufrimiento sólo era el por qué de algo bueno que le iba a suceder y yo, desde aquí, quiero regalarle esta historia para que sepa que no hay nada más cierto. Para que todos sepan que la vida, al final, pone todo en su lugar. Y que el destino, vayas dónde vayas, siempre sabrá cómo hacer para que encuentres tu camino. Que no os engañe nadie, porque el amor bueno no duele jamás…

Y hablando de todo esto, hablando tan desde dentro y tan cerca de mi vida, me ha sido inevitable acordarme de un libro que me robó el corazón hace ya mucho tiempo. Marguerite Duras lanzó en 1984 un libro que a nadie dejó indiferente. El Amante fue reconocido con el prestigioso Premio Gouncort, ha sido traducido a más de cuarenta idiomas y ha vendido más de tres millones de ejemplares.

Esta narración autobiográfica lleva a la autora a recordar el deseo y la pasión de aquella historia entre una joven de quince años y un rico comerciante de veintiséis. A través de sus páginas recuerda el amor, el odio, las circunstancias que desgarraron a su familia y los hechos que la hicieron madurar demasiado pronto. La novela fue llevada al cine en el año 1992, ni si quiera la he visto, pero por lo que sé la crítica cinematográfica no la dejó en muy buen lugar.

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Si no conocéis  el libro, os invito a viajar a través de sus páginas, a dos culturas totalmente distintas y a una historia de amor secreta y prohibida.

Nunca dejéis de sonreír, amigos.

Lorena.

Olor a café y emociones en ayunas.

No es muy temprano, pero tampoco demasiado tarde como para dar los buenos días. Al fin y al cabo, para mi el verano es eso. No tener que madrugar demasiado y menos cuando no te tienes que levantar para ir a trabajar. Y siempre que pienso en esto, me acuerdo de mis veranos y mi infancia En el pueblo, en la playa. El despertar y desayunar con mis abuelos, las mañanas frente a las series infantiles que nos regalaba la televisión y que hoy, por desgracia, no encuentro ninguna ni si quiera parecida. Me acuerdo de las horas de piscina, las risas con mi hermano y los juegos en la calle. Esos sí eran unos buenos veranos. Dónde los horarios no existían, donde los sueños permanecían intactos y dónde los problemas quedaban lejos, demasiado lejos.

Esta mañana he puesto la cafetera y con el sonido y el aroma del café, de repente, me ha bombardeado una sensación. ¿No os pasa, a veces, que un olor es capaz de transportaros a un recuerdo? ¿Cómo es esa magia cuando un olor en concreto te transporta a un momento que ocurrió hace años? Yo tengo dos olores favoritos, que siempre me hacen sonreír por encima de todas las cosas. Uno es el olor de casa de mis padres, ese olor que sólo una madre es capaz de impregnar en la ropa, esa dulzura que te hace sentirte feliz, que todo está bien, que estas con los tuyos. Otro, sin duda, es el olor de la piel de la persona que más quiero en mi vida. Porque el amor tiene la capacidad de regalarte el mejor olor y también es capaz de regalarte el olor que se clava a puñaladas, que hace daño. En este caso, el olor que a mi me gusta es el que me transporta la felicidad, la calma, la paz, la tranquilidad y la locura que ríe sin parar.

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Hoy, sin esperarlo, el aroma del café me ha llevado a pensar en el amor, en las horas sin dormir, en los nervios a flor de piel y la ilusión recorriendo con mucha fuerza cada poro de la piel.
No es que sea muy mayor, ni pueda hablar de una trayectoria larga en sentimientos y amores, pero como todo en la vida, cada uno, más joven o más viejo, tiene ya sus recuerdos almacenados, sus sentimientos guardados y sus historias en la espalda.
El ser humano, desde bien temprano cree que tiene la capacidad de haber amado y haber sufrido lo necesario como para reflexionar y aconsejar sobre la vida. En mi caso, echo la vista atrás y puedo contar amores y desamores, sonrisas y lágrimas, locura y rabia, pasión y dolor. Cada vez he amado de una forma distinta, no sé si más o menos, simplemente distinta. No sólo he amado a hombres. También he amado a amigos y amigas, a familiares y profesores, a gente que ha ido pasando por mi vida. Y es entonces cuando el aroma del café me ha hecho pensar en una ciudad que siempre sentí mía y en la que ya no vivo. Me he acordado de gente que estaba y ya no está. Me he acordado de los que a pesar del tiempo y la distancia han sabido seguir con fuerza. Me he acordado de los que amé y de quienes sigo amando. Y me he sonreído en silencio. Me he sonreído a mi misma porque he pensado que soy feliz. Muy feliz. Y es que en la vida, al final, sólo se quedan los que sintieron amor puro desde el principio, sin nada a cambio, sin odio ni maldad. Los que sienten amor del bueno, del de verdad.

El café me ha hecho pensar que quizás nunca me he enamorado como lo estoy ahora. Estoy segura que nunca lo he hecho. Y entonces me he sentido afortunada. Me he sentido la persona más afortunada del mundo. Por querer con fuerza y que me quieran. Por sentir esa fuerza que no tiene explicación, esa magia, esa sensación que crees que jamás existirá y que es invención del cine y la literatura, que nos han engañado y con ella han disfrazado nuestra vida real. Pero resulta que a veces pasa, cuando menos te lo esperas, pasa.

También hay gente que no se enamora jamás. Hay gente que quiere y vive, que sonríe, pero no se enamora con la fuerza que los libros escriben. Pero claro, ¿quienes somos nosotros para juzgar la forma de amar de cada uno?

Entonces he sentido pena y me he acordado de un libro que leí hace años. Este libro me lo prestó una persona tras leer uno de mis relatos, me dijo que me encantaría y lo devoré en cuestión de horas. “Carta de una desconocida”, de Stefan Zweig. En el libro, se narra la historia de un amor solitario, de una amor sin límites y un amor que, aún no siendo correspondido, viaja por el espacio y el tiempo durante una vida entera. Una de esas historias de amor que encogen el corazón y te hacen ver que la vida, muchas veces, resulta realmente jodida. Hay quien no abre los ojos a tiempo, y quien no lucha con fuerza contra el destino.

Hoy el aroma del café ha despertado en mi todo esto. Y te lo quería contar. 

Ahora os dejo, voy a prepararme el desayuno, que aunque no lo parezca, aún tengo las emociones en ayunas.

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Feliz martes, amigos.

Lorena.