Septiembre.

Con el calor tan asfixiante que hace en Madrid (y me consta que en otros puntos de nuestro país), casi no apetece ni salir a la calle. Por alguna extraña razón, cuando volví hace sólo una semana, di por finalizado el verano, pero qué equivocada estaba. Lo que no podemos negar es que septiembre tiene el poder de poner un punto y final, de tener ese sabor a año nuevo que tan apetecible puede resultarnos, al menos a mí. Me gustan las cosas nuevas y, sin ninguna duda, mi vida se enfrenta a un montón de ellas.

En los últimos meses (prácticamente en el último año), además de tener un poco abandonado el blog, me han pasado un montón de cosas que han cambiando el rumbo de mis días, algunas muy bonitas, otras no tanto, pero os aseguro que he cogido, para que se queden conmigo, sólo las buenas experiencias de cada una de ellas. Este ha sido un verano distinto y, de un modo u otro, muy bonito. El mes de agosto lo he pasado entero con mi familia en el campo, entre el silencio de los árboles y la piscina, entre el cariño del hogar, entre las páginas de un libro del que hoy, por supuesto, os tengo que hablar. Hoy, te lo quería contar…

Los que lleváis tiempo aquí ya me vais conociendo un poco y sabéis, casi al mismo nivel que lo saben mis amigos, que leer es la gran pasión de mi vida. Por eso, cuando alguien tiene que hacerme un regalo sabe que hay algo que nunca puede fallar. En julio de 2015 (sí, he tardado un año en cogerlo y devorarlo), mi amiga Rebeca decidió regalarme por mi cumple su libro favorito y aunque por alguna extraña razón lo dejé un poco apartado, ahora sé que él esperó a ser rescatado de mi estantería justo hasta que hubiese llegado el momento perfecto para que nos conociésemos, porque no pude presentarme a Sira Quiroga en un momento más crucial de mi vida…

Quizás algunos, al leer su nombre, ya sabéis que voy a hablaros de El Tiempo Entre Costuras porque quiénes lo hayan leído, estoy segura, no lo olvidarán jamás. Sólo me hicieron falta unos días para conocer la historia de su protagonista de principio a fin, para recorrer las calles de un Madrid gris y triste o para viajar a Tánger y Tetuán y saborear el aroma de sus calles, visualizar el color de sus casas o acariciar la tela de la ropa de sus personajes. Sira Quiroga se ganó mi respeto y mi amor en cuestión de pocas páginas, ¡qué maravilla de mujer! Valiente, guerrera, luchadora, con miedos, por supuesto, pero con la fortaleza de afrontarlos y, sobre todo, superarlos. Marcus Logan consiguió robarme el corazón incluso a mí y la maldad de Ramiro me partió el alma en dos. Una historia llena de magia, vida, almas y personalidades totalmente distintas, personajes históricos vistos desde otro punto de vista, una historia capaz de conquistar a cualquier ser humano, una historia a la que María Dueñas supo darle vida de la forma más exquisita.

Quizás sabéis que la novela tuvo tanto éxito que Antena 3 decidió llevarla a la pequeña pantalla y cuando cerré su última página decidí que también quería verla en esta versión. Siempre que veo una película o una serie basada en un libro que me ha gustado tanto como este, sé que nada podrá ser igual pero en contra de mis prejuicios he de admitir que la adaptación televisiva es una auténtica gozada. He visto ya todos los capítulos y sé que nadie podría haberle dado vida a Sira (y a Arish) como lo hizo Ariana Ugarte. Qué dulzura, qué elegancia, qué fortaleza… ¡Inmensa! Rosalinda Fox y su vitalidad, Dolores y su bondad, La Matutera y su atrevimiento, doña Manuela y su saber estar, Manuel Da Silva y su sonrisa envenenada, Marcus Logan y su amor incondicional (interpretado por un Peter Vives brillante), han sido encarnados tal y como los había imaginado y nada ha podido ser más especial que disfrutarles también de este modo, ¡qué pasada!

Septiembre siempre supo a año nuevo y no encuentro mejor momento para que, si todavía no conoces esta historia ni a sus personajes, corras a cualquier librería y te hagas con un ejemplar de El Tiempo Entre Costuras porque estoy segura que te enamorarás. Si por lo contrario, ya conoces la historia, estaré más que encantada de saber qué te pareció y si te enamoraste de sus páginas tanto como yo.

He vuelto, y esta vez para quedarme.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

 

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Hay un amigo en mí…

Hoy llego tarde, pero llego… En primer lugar, creo que debo avisaros de que a partir de ahora no sé si mi día fijo para publicar será los martes, como hasta el momento. Os explico por qué. Ahora, con mi nuevo trabajo, me paso el día pegada al ordenador y eso hace que, a veces, acabe un poco saturada o simplemente que tenga otras cosas que hacer y no pueda quedarme más horas junto a él. No obstante, lo que tengo claro es que voy a seguir estando con vosotros una vez a la semana, y ojalá me organice y puedan ser más. No sabéis lo feliz que me siento cada vez que nos contamos historias…

Tras el relato de la semana pasada que tanto os gustó y que creo que se convierte en uno de mis favoritos desde ya, hoy vengo con algo mucho más simple pero no menos importante. A veces, la tele nos regala cosas muy bonitas y ayer fue una de esas noches en las que Antena 3 quiso alegrarme el final de julio… Top Story es, sin ninguna, mi película Disney favorita. Cuando era más pequeña adoraba La Cenicienta, La Sirenita y Aladdín, pero desde que conocí a Buddy, Buzz y sus compañeros supe que se habían ganado, con fuerza, mi corazón. Toy Story 2 siempre me recordará a mi hermano Alex, él era muy pequeño cuando salió a la venta y se (nos) la compramos, ¡le encantaba! Se pasaba el día viéndola, una y otra vez, y yo, que sólo quería estar a su lado y mimarle, la veía con él… Nos diferencian 12 años de edad, así que podéis imaginar cómo me moría de amor por él… Sin ninguna duda, Toy Story 3 ya me pilló mayor, pero la viví con la misma ilusión y hoy, te lo quería contar.

Recuerdo que fui a verla al cine, yo todavía vivía en Elche, pero había venido a pasar el fin de semana a Madrid. ¡Tenía tantas ganas de conocer sus nuevas aventuras! Pues bien, cargada de palomitas y refrescos, fui a verla en 3D si no recuerdo mal… ¡Me encantó! Es que me encantó tanto que lloré mucho con el final… Sí, como una niña pequeña. Ya sabéis que soy muy sensible y de lágrima muuuy fácil. La he visto más veces, por supuesto, pero anoche me di cuenta que hacía demasiado tiempo que no lo hacía. La disfruté como el primer día… ¡Es una auténtica obra de arte! ¿Cómo puede haber tanta magia, tantas risas y tantos valores concentrados en aproximadamente dos horas? Lloré de nuevo cuando Andy se despedía de Buddy, Buzz, Jessie, Perdigón, Rex, El señor y la Señora Patata o Slinki… y no lloré porque me acordase de aquellas Barbies que tanto me gustaban o aquellas muñecas que me hacían creerme madre con poco más de seis años… Lloré, como imagino que habéis llorado con ella todos a los que os haya pasado, por las cosas que tiene la vida… Por esa maravilla de darnos cosas que nos hacen felices y un día, de repente, quitárnoslas. Bien sea porque nos hemos hecho mayores, porque hay que cambiar de vida o porque simplemente la vida se acaba… ¿Os dais cuenta que todo lo que tenemos algún día se irá? Todo, absolutamente todo… Y entonces, miré a Cometo, que estaba dormido a mi lado en el sofá, y pensé en la maldad del ser humano.

No sé si alguna vez os he contado algo muy curioso que me pasa (seguro que no soy la única). Cuando de repente pasa algo, ese algo me lleva a pensar en otra cosa, y esa cosa en otra… y así, en cuestión de segundos, puedo pensar en, por ejemplo, diez cosas distintas, donde la primera no tiene nada que ver con la última… Cadena de pensamientos, lo llamo yo. Pues ayer, mi cadena de pensamientos no fue muy extensa, pero de repente pensé en todas esas imágenes que estoy viendo estos días en las redes sociales de tantos, tantísimos, perros que necesitan casas de acogida, de tantos, tantísimos perros que son abandonados por sus dueños por un sinfín de excusas hipócritas y vacías de sentimientos, desde una separación matrimonial a las ganas de irse de vacaciones… pero, ¿en qué asco de mundo vivimos? Os prometo que se me parte el alma y me lleno de rabia cuando pienso en esas cosas. Cuando me regalaron a Cometo, creo que tardé medio segundo en quererle (bueno, quizás un poco más, porque al principio no daba crédito ante tal maravillosa sorpresa), y creo que me fueron suficientes un par de horas para saber que no quería separarme nunca de su lado, para saber que nos íbamos a querer con todas nuestras fuerzas, a acompañar en mil historias, en el tiempo, en los espacios, en las alegrías y las penas y que entre nosotros, de repente, se había creado un vínculo de unión tan sumamente fuerte que creo que sólo son capaces de entender las personas que conviven con una mascota. A veces, le miro y sé que sólo le hace falta hablar, pero es que ni si quiera necesito que me hable para entenderle, en su mirada puedo ver si está cansado, si está triste o si tiene ganas de jugar… Él tampoco entiende mi idioma y os aseguro que conoce mejor que nadie cada uno de mis estados de ánimo. Sabe cuando estoy triste, cuando estoy feliz, cuando necesito que se acurruque a mi lado o cuando necesito un rato de silencio… Os prometo que lo sabe, y os prometo que lo sabe mucho mejor que la mayoría de seres humanos que me rodean, es algo tan mágico y especial que es difícil de explicar.

No puedo entender cómo pueden existir seres humanos que abandonen a sus mascotas, no puedo entender cómo hay personas que pagan una barbaridad de dinero por asesinar a un león en peligro de extinción y que eso se permita, como no entiendo vivir en un país donde maltratar a un animal en medio de una plaza sea catalogado por muchos como “cultura” o “tradición”. Entonces, una vez más, me avergüenzo del planeta en el que vivo… Bueno, me avergüenzo de las personas que viven en él y pienso que ojalá pudiésemos parecernos, sólo un poquito, a ellos. Nosotros, que supuestamente somos “el animal racional”, nosotros que destrozamos el mundo en el que vivimos… Hoy, paseando por el parque (todavía con la resaca Disney de ayer), tarareaba en mi cabeza la conocida canción de Toy Story… y cuando me he escuchado (sin cantar en voz alta, lo prometo) decir: Hay un amigo en mí…” he mirado a Cometo y he entendido que hay muy pocos amigos como él, y eso que tengo la suerte de rodearme de amigos maravillosos, fieles e incondicionales a los que quiero con todo mi corazón.

Por favor, que los padres lo metan en la conciencia de sus hijos, que la educación cambie, que el ser humano aprenda las bases cuando todavía las puede absorber sin poner pegas… Quiero ver un mundo en el que el abandono o maltrato de un animal nos parezca una salvajada a todos y no sólo a unos cuantos, quiero vivir en un mundo donde la irracionalidad del ser humano se castigue y se corrija. Ellos nunca nos fallan, y nosotros les fallamos demasiado. Ojalá vosotros penséis exactamente como yo, en otros temas me da igual, pero en este: ojalá.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Ojalá.

Un té frío con sabor a piña colada, un mugcake de plátano y canela recién sacado de la nevera, Cometo durmiendo a mis pies, el sol fuerte al otro lado de la ventana… Martes, las letras, tú y yo. Mi momento favorito de la semana.

Hoy vengo con un relato, porque ya sabéis que son mi parte favorita, porque me encanta inventar historias y me encanta meterme dentro de los sentimientos y emociones de personas que no conozco, pero acabo haciendo que formen, de un modo u otro, parte de mí.

Este relato viene de forma distinta, en una especie de reflexión o monólogo interno en el que espero que mucha gente se siente identificada o que, al menos, encontréis un momento de vuestras vidas en las que estas líneas podrían haberos descrito perfectamente, porque estoy segura que a lo largo de la vida, todo ser humano conoce a un amor imposible que guarda con cariño en su corazón y entierra en su alma… Hoy te lo quería contar.

Leed despacito y disfrutad…

Ojalá

Ojalá supieses que recuerdo perfectamente la primera vez que te vi. Hace unos cuántos años y en aquel momento no sabía ni si quiera cómo te llamabas. Quién me iba a decir que mucho tiempo después acabarías robándome el sueño y las ganas. Siempre he pensado que no fue una casualidad que fuésemos en el mismo vagón de metro aquella mañana de marzo, como no fue casualidad que bajásemos en la misma parada, como no fue casualidad que aquella vez, perdida entre las páginas de un libro, levantase la mirada y me diese un vuelco el corazón. Aquellos vaqueros desgastados, aquellas zapatillas destrozadas, llenas de caminos hechos y de historias que yo no conocía, aquella camiseta verde que era la compañera perfecta para tus ojos y tu piel tostada… Supe que si quería volver a verte, debía hacer exactamente lo mismo que aquel día, al menos, esa era mi única esperanza. A la misma hora, en la misma zona del andén, para entrar al metro y encontrarte en ese vagón y así fue cómo me aseguré de verte cada mañana, de lunes a viernes, mientras durase el curso escolar. Ni si quiera me mirabas, todavía vestía el uniforme del colegio y tú ya ibas al instituto con los mayores. Nos separaba una calle entre tu instituto y mi colegio, mi amiga Claudia me acompañó a seguirte para confirmarlo. Nunca tuve tantas ganas de ir a clase, ni tantas ganas de despertarme por las mañanas. Ojalá supieses que te miraba cada mañana, que analizaba tus gestos, tu ropa e imaginaba cómo sería tu olor, a qué sonaría tu risa, cuáles serían tus películas favoritas o qué querrías ser de mayor… El cinco de mayo de aquel año hubo una avería en el metro, y estuvimos quince minutos parados en Alonso Martínez que a mí me pareció una maravilla, fue la primera vez en la que nuestras miradas se cruzaron y me sonreíste como quien sonríe a alguien en el metro, seguido de un suspiro, un “¡menudo rollo!” con la mirada… y a mi me tembló el corazón. Empecé a obsesionarme contigo y a saber que quería conocerte. Muchas veces me he preguntado si alguna vez te diste cuenta que estaba ahí todas las mañanas, la niña rubia del uniforme que se ponía nerviosa sólo de sentirte cerca… Jamás me atreví a preguntarlo.

Ojalá supieses que empecé a quererte cuando no sabía ni lo que era querer, que empecé a averiguar quienes eran tus amigos e incluso quien era la chica que te gustaba. Visto desde lejos, resulta obsesivo, pero sé que fue algo inocente y bonito, algo puro y verdadero, fue una necesidad de saber de ti, de querer que nuestros caminos encontrasen el modo de cruzarse… Aquellos primeros meses pasaron como relámpagos, demasiado rápidos, y muy a mi pesar el curso terminó. Por aquel entonces ya sabía tu nombre y sabía que quizás aquellos días serían los últimos de nuestra historia, de una historia que para mí era nuestra y para ti no existía. Aquel verano empecé a salir con mi primer novio, rogándole a la vida que nos volviésemos a cruzar, sólo necesitaba verte una vez más, al menos una.

Llegó septiembre y tras una semana sin coincidir en ese vagón que tanta ilusión me había regalado, me acerqué un día a la puerta de tu instituto y no te vi entrar, vi a tus amigos e incluso a la chica que te gustaba, pero no, no estabas. Podría haber sido más valiente y haberme acercado a preguntar, ¿pero qué les decía si querían saber quién preguntaba por ti? Nunca lo hice.

Ojalá supieses que los años que siguieron fui muy feliz, tuve varios novios en varias relaciones de las que siempre solía cansarme. Empecé la universidad y puedo decirte que no todos los días, pero si de vez en cuando, pensaba en ti. Me preguntaba dónde estarías, qué habría sido de ti, a qué te dedicarías, si tendrías novia o si seguirías en Madrid… Cuando las relaciones y los caminos se cruzan, acabamos pensando lo pequeño que es el mundo, cuando en realidad sabemos que vivimos en un mundo muy grande, donde viven millones de personas, y no nos damos cuenta que estas conexiones no son porque el mundo sea pequeño, son porque simplemente hay vidas y caminos destinados a estar conectados, por coincidencias de la vida o en forma de amigos en común.

En segundo de carrera, organizamos una fiesta maravillosa, con las emociones de los universitarios a flor de piel, con las ganas de comernos el mundo y la seguridad de que nos lo íbamos a comer, con los juramentos de amor eterno a esos compañeros que eran amigos inseparables desde el año anterior. Ojalá alguien me hubiese preparado para aquello, para entrar a aquel garito, con aquellas copas de más y encontrarte en la barra, riendo con unos amigos. Ojalá me hubiesen preparado para ver cómo Olivia, una de mis mejores amigas de la universidad, te daba un abrazo u ojalá alguien me hubiese preparado para asimilar que en aquel primer reencuentro, después de varios años, tú me ibas a devorar con la mirada y a sonreír y pedir que nos presentasen. “Este es mi primo Juan“, cayó en seco sobre mis oídos, intentando asimilar las cosas que tiene la vida, intentando averiguar si quería reírme a carcajadas o salir corriendo porque sentía miedo. Sí, ojalá supieses que aquel día sentí miedo, miedo de tenerte tan cerca, miedo de que me mirases así, miedo de que algo con lo que había soñado durante tantos días e incluso años, fuese una realidad. A veces, los seres humanos somos así.

Ojalá supieses que recuerdo todas y cada una de las veces en las que fuimos coincidiendo, sin coincidencia, después. Empecé a creer que te gustaba, es más, estaba completamente segura de ello, porque era verdad. Ojalá supieses que cuando me enviaste el primer mensaje, yo ya tenía guardado tu número de teléfono y que me dio un vuelco el corazón cuando vi tu nombre en la pantalla de mi teléfono. Ojalá supieses que no te besé la primera vez que quedamos a solas porque no quería estropearlo, aunque me estuviese muriendo por hacerlo. Ojalá supieses que grabé a fuego en mi memoria tu perfume la primera vez que te di un abrazo.

Ojalá supieses que aquella noche, en la que mis padres no estaban y dormiste en mi cama, fue la mejor noche de mi vida. Ojalá supieses que intenté memorizar cada beso, cada caricia, cada risa, cada suspiro, cada gota de sudor y felicidad en nuestros cuerpos… Ojalá supieses que me he alimentado de esos recuerdos en infinitos momentos de mi vida. Ojalá supieses que estaba locamente enamorada de ti, desde que llevaba uniforme e iba al colegio. Ojalá te hubiese contado que cada mañana cogía aquel metro sabiendo que estarías dentro de aquel vagón. Ojalá te hubiese dicho lo importante que eras para mí, y que llevaba media vida soñando contigo. Ojalá no te hubiese idolatrado tanto y hubiese asimilado que eras un ser humano más, normal, corriente, un chico con una vida normal, con ambiciones e inquietudes, con ganas de risas y buen rollo, con ganas de sexo sin compromiso. Ojalá no me hubiese enamorado de ti. Ojalá.

Ojalá no hubiese tenido que escuchar aquello de eres “la mejor amiga del mundo“, cuando habría matado por poner en tus labios “eres el amor de mi vida“. Ojalá hubiese tenido más fuerza para contarte toda la verdad y explicarte toda nuestra historia, sí, que para mí era nuestra y para ti lo era a medias. Ojalá no me hubiese querido comportar como colega, sólo para mantenerte cerca, ojalá no hubiese tenido que acostumbrarme a ello sin poder besarte ni si quiera una vez más, sin tener que tragar un dolor que me estaba quemando el alma, ojalá te hubiese olvidado.

Ojalá me hubiese enamorado de otra persona como tú lo hiciste, ojalá no hubiese encontrado tu nombre y tu cara en mil canciones, en mil novelas de amor o en mil películas que me habría encantado ver contigo. Ojalá hubiese querido al resto de chicos que pasaron por mi vida después, la mitad de lo que te quise a ti. Ojalá, al menos, no te hubieses olvidado también que era tu amiga. Ojalá no la hubieses conocido a ella y ojalá no me hubieses apartado del todo.

Ojalá supieses que sigo mirando el móvil, mientras veo que estás “en linea“, mientras deseo con rabia un “escribiendo…” que no llega ni ha llegado nunca más. Ojalá supieses que sigo mirando tus fotos y que te sigo queriendo como el primer día, como tú nunca pudiste quererme, como tu nunca sabrás que yo te quería…

Ojalá no tuvieses tu vida y ojalá yo no tuviese la mía, ojalá nos hubiésemos encontrado de otra forma, ojalá nos hubiesen acompañado otros sentimientos, ojalá volvamos a vivir otra vida para empezar nuestra historia desde el principio. Ojalá no supiese que mañana te casas y ojalá hoy no hubiese derramado ni una sola lágrima.

Ojalá pudiese volver a aquel vagón, y cambiar todo desde el minuto cero, ojalá pudiese volver a aquel instante y mirar hacia otro lado, sin fijarme en tus vaqueros desgastados o esa camiseta verde que tanto te favorecía. Ojalá pudiese volver y haberme retrasado tres minutos en todos los días de después para coger el siguiente metro…

Ojalá me hubieses querido, como yo te quise, como yo te quiero.

Imagen de Google.

Imagen de Google.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Desmonté el mundo.

Queridos míos, os he insistido tanto en que la primavera es mi estación favorita del año que hoy mismo me cuestionó si yo he perdido la razón o la ha perdido el tiempo, porque la primavera, como tal, ha desaparecido. El calor del pleno verano, ha llegado sin avisar, y mientras hace una semana todavía llevaba pantalón largo y chaqueta, hoy visto ropa que me pongo en pleno mes de julio.

He pasado unos días en mi tierra, disfrutando de las fiestas de Palomar con mis amigas, dónde me reencontré, después de diez años, con uno de los profesores que han marcado mi vida y fue para mí algo tan, tan bonito…  y estuve en l’Olleria, disfrutando de la comunión de mi prima Marta (ella es una de mis cosas favoritas de la vida), viviendo un fin de semana súper familiar y especial para nosotros… Porque en l’Olleria, las comuniones, más que un acto de fe, son toda una tradición y celebración y yo he sido muy feliz de verla a ella con tantísima ilusión…

Al llegar a Madrid, me doy cuenta lo bien que se está en el Mediterráneo, porque allí, aunque el calor sea igual de exagerado, el mar está bien cerca. Hoy me reencuentro con vosotros con un post en forma de relato sobre una de las caras del amor, una de esas caras que desde lejos, nos atrevemos siempre a juzgar, sin pensar realmente qué sienten sus protagonistas… Y aunque yo siempre he sido de las de defender que las cosas se pueden evitar y sobre todo, en estos temas, suelo estar en contra de los que se enamoran… Hoy he necesitado ponerme en su piel, porque a veces, la locura y el dolor, son los únicos que nos llevarán a la cordura y la felicidad.

Leed despacito, como siempre.


Desmonté el mundo.

Por aquel entonces yo debía tener unos veintitrés años. Tenía las ganas de vivir aferradas al alma, tenía ganas de comerme el mundo, estaba en mi segundo año de facultad y todo era bonito. Me había trasladado a la ciudad y vivía en un antiguo piso que mi abuela paterna conservaba, un piso deshabitado desde hacía muchísimos años y que mientras a mi madre la horrorizaba, yo vi su encanto desde el minuto uno. Recuerdo la primera vez que entré en él. Aquella casa olía a soledad y polvo, era un lugar oscuro al que sólo hacía falta abrir las ventanas, limpiar a fondo y darle una mano de pintura para convertirlo en un lugar acogedor. Cambié algunas cosas, algunas cortinas, algunos muebles, parte de la decoración, las almohadas, el colchón… Poco más. Me gustaba aquella casa, combinando lo antiguo con lo moderno, lo viejo, lleno de recuerdos y vivencias, con las cosas recién estrenadas. En el salón, un gran ventanal se abría a un pequeño balcón al que le puse una pequeña mesa de madera y un par de sillas, unas flores y mi café cada mañana. Al lado de aquel ventanal, en el interior de la casa, conservé un viejo tocadiscos que me parecía maravilloso, y justo a su lado, una estantería llena de libros e historias que otros habían escrito para que me acompañasen en el camino de la vida. Mi gata Lulú se mudó conmigo y cuando todo estuvo terminado, las dos nos miramos y asentimos. Nos gustaba nuestro nuevo hogar.

Acudía a clase por las mañanas, estudiaba y pasaba apuntes por las tardes. Los fines de semana, trabajaba en una cafetería y en verano aprovechaba para dar clases particulares a aquellos niños que en septiembre tenían que recuperar algunas asignaturas del curso anterior. Desde muy pequeña supe que quería ser abogada, seguramente lo supe antes de saber en qué consistía realmente aquello, pero una vez, viendo una película con mi madre, le dije que yo quería hacer lo mismo que hacía el señor de la pantalla, quería hablar por otros y ayudarles, quería defender a los buenos y meter en la cárcel a los malos, y entonces ella me dijo que para eso, tendría que estudiar mucho y sacar muy buenas notas en el colegio. Así lo hice.

Por aquel entonces yo tenía veintitrés años, veintitrés años recién estrenados y un sin fin de planes en los que por supuesto, él no entraba. Todo cambió aquella tarde de junio en la que se cruzaron nuestras vidas…

Marisa, una señora de voz dulce y educada, me había llamado hacía sólo unos días porque había visto mi anuncio sobre las clases particulares. Su hijo Víctor, necesitaba ayuda en los exámenes finales y además, seguramente, iba a necesitar ayuda durante todo el verano para preparar los exámenes de septiembre. Me avisó que tenía 13 años y la tontería eterna del adolescente que se cree mayor y lo sabe absolutamente todo.  Vivían sólo a dos manzanas de mi casa. Vivían en un quinto piso, en un edificio de color marrón y tostado. Aquella casa me daba paz, quizás por lo silenciosa y sola que estaba. Olía a limpio y tenía las paredes blancas. En el salón, donde daríamos nuestras clases, habían fotos familiares repartidas por estanterías y muebles, algunas en la playa, otras en la nieve, todas ellas enmarcaban sonrisas y felicidad, enmarcaban la infancia de unos niños que ya habían perdido su inocencia. La madre de la criatura me pareció más dulce todavía en persona que por teléfono y el rebelde adolescente, en el fondo, me hacía gracia, se ponía rojo cada vez que le hablaba y no se atrevía a levantar los ojos y mirarme a la cara. Como por aquellas fechas, yo también estaba de exámenes, nos veíamos todas las tardes, de lunes a jueves, una hora y media cada día. Me pagarían al final de cada semana, y a mi me parecía genial para mis gastos y caprichos que llegaban al mismo tiempo que el viernes en el calendario. Víctor tenía un hermano mayor, de dieciséis años que al parecer, aunque no fuese un estudiante brillante, cumplía con sus obligaciones y una hermana pequeña, de ocho años que era una preciosidad y, sin ninguna duda, la princesa de la casa. Una tarde en la que Marisa salió a recoger un vestido que tenía encargado llegó Jaime, el padre. No había coincidido nunca con él y en el momento que se cruzaron nuestras miradas supe que mi vida estaba perdida para siempre.

No podía creer que aquel hombre, que era increíblemente guapo y atractivo, pudiese ser tan mayor como para tener tres hijos y una mujer. Nuestras miradas se cruzaron en silencio, como se cruzan las miradas de dos personas que ya se han visto antes, que se suenan de algo y no saben de qué, se cruzaron como se cruzan las miradas de quienes se devoran con las mismas y sienten que el resto del mundo se ha desvanecido a sus pies. Me levanté para presentarme y en el momento que me dio dos besos se me erizó toda la piel, ni yo misma podía entender qué era lo que estaba sucediendo. Cuando salió del salón, me miró con una delicadeza que no había visto jamás en ningún ser humano y asintió. Entonces supe que él sabía lo que a mí me estaba pasando, y lo que es peor, supe que a él le estaba pasando lo mismo.

Aquella noche no pude dormir. Sin saber cómo, ni por qué, me estaba volviendo loca de rabia, sólo le había visto una vez y sólo quería estar a solas con él, y quizás, como sabía que era imposible todavía lo deseaba más. Desde aquel día, mis clases particulares tenían un motivo de ser, sólo deseaba que fuese la hora para acudir a aquella casa, todas las tardes con la esperanza de volverle a ver. Tardé una semana en volver a coincidir con él, nuestras miradas volvieron a cruzarse, en silencio, calmadas, ardiendo, fuertes, seguras, irracionales, apasionadas… Y sabía que me estaba quemando, pero no quería dejar de jugar. Era una locura, pero necesitaba vivirla. Desde aquel segundo reencuentro, acudía casi todas las tardes, a la misma hora, con una excusa tonta. Su despacho estaba en el piso de abajo, así que era muy fácil para él. No había pasado absolutamente nada, ni habíamos cruzado más de dos palabras, pero empecé a tener miedo de que su mujer me viese mirarle, o que le viese a él mirarme a mí, empecé a temer que me dijese un día que ya no hacía falta que volviese más.

Una tarde, mientras su hijo se había escapado al baño, pasó por el salón y me vio sola, entró a preguntar si quería agua o algún refresco, que hacía mucho calor… Le dije que no se molestase, estaba a punto de marcharme a mi casa, y entonces, en ese instante me preguntó qué estudiaba… Cuando escuchó la palabra derecho le salió una medio sonrisa que a mí me hizo temblar el corazón y entonces me dijo que él era abogado y que cualquier cosa que necesitase, podía contar con él.

Mis ganas de verle, o simplemente de estar a solas con él, crecían por segundos. No me reconocía. No me importaba su familia, ni su mujer, ni nada, sólo quería estar con él y quería vivir, al menos una vez en la vida, las cosas con las que llevaba soñando desde que le había visto por primera vez. Una tarde, al cruzarme con él, le pregunté si podría echarme una mano con un tema que tenía atravesado y sobre el cuál me examinaba una semana después. Me dijo que al terminar la clase, pasase por su despacho. En aquella oficina trabajaban varios abogados, entre todos habían alquilado el local para que les saliese más rentable, y cada una de las habitaciones de aquel piso, eran las oficinas personales de cada uno de ellos. La suya daba a la calle, y el sol entraba con ganas por pequeños espacios que esquivaba a través de las cortinas. Me senté y empecé a exponerle mis dudas, me temblaba la voz y me sudaban las manos. Me miraba fijamente, en silencio, y entonces se puso a mi lado y me acarició la mano. Un silencio nos envolvió, y sin saber cómo, sentí sus labios sobre mi cuello, cogí sus manos y apreté mis senos, le besé cómo jamás había besado a nadie, le desabroché cada botón, le arranqué la camisa, le dejé subirme el vestido y apreté su espalda contra mi cuerpo que reposaba ya contra la pared y sentí como nos convertíamos en solo uno, con fuerza, rabia, pasión y miedo.

Cuando terminamos lloré en silencio, mientras él me abrazaba y me acariciaba el pelo… Aquel día cambió mi vida para siempre. Dejó de subir a su casa cuando yo estaba, nos veíamos en su despacho, con la excusa de mis dudas y su experiencia. A veces, sólo nos abrazábamos y nos besábamos, otras nos pasábamos un buen rato hablando, otras hacíamos el amor, y otras simplemente nos acariciábamos las manos. Me enamoré de él como jamás me he enamorado de nadie. La primera vez que vino a mi casa era un domingo, había dicho en casa que iba a comer con unos amigos, preparé pasta con tomate y bajé las persianas para que la luz del pleno agosto entrase con delicadeza por lo bajo. Alquilé unas películas, y estuvimos tirados todo el día, comiéndonos a besos, saboreando cada poro de nuestra piel, desnudándonos el alma y queriendonos sin límites ni por qués… Lulú nos miraba cómplices, sabía de él sin conocerle y sabía que yo jamás había sido tan feliz. Mi olor favorito era el de su piel, mis caricias favoritas las de sus manos y sabía que ya no quería hacer el amor con alguien que no fuese él…

Aquel fue uno de los veranos más tristes y bonitos de mi vida. Bonito por la pasión y las ganas y tristes por una clandestinidad que me hacía cada vez más daño, por seguir subiendo a aquella casa y ver aquellas fotos en el salón, por pasar por el lado de su mujer y sentirme tan desgraciada de su desgracia, por verle en una familia que no era mía, yo, que era suya… y él, que tanto me quería…

En septiembre mi dolor ya era insoportable y le dije a Marisa que no podía seguir dandole clases a Víctor porque debía centrarme en mi carrera. Nunca supe si lo hice por vergüenza, o por egoísmo, pero necesité salir de allí. Un año después, la situación era insostenible y yo sabía que estábamos locos el uno por el otro. Vivíamos ya dentro de nuestra locura, que era sólo nuestra, pero era la única forma en la que éramos felices. Se divorció. Sus hijos mayores tardaron muchos meses en poder perdonarle lo que le había hecho a su madre y a mí tardaron años en querer hablarme.

Mi madre montó en cólera cuando se enteró, me echó la culpa de absolutamente todo, pero con el tiempo supo entenderme y perdonarme. Nos instalamos en el viejo piso de mi abuela paterna, y lo hicimos nuestro hogar. Terminé mis estudios y nos casamos cinco años después. Olivia llegó a nuestras vidas cuando yo cumplí los veintinueve y Claudia sólo quince meses después. Montamos nuestro propio bufete de abogados y trabajamos juntos formando un equipo que no podría ser mejor.

A veces, me pregunto si algún día la vida me perdonará el daño que hice, o si la vida, mirándonos desde lejos, sonríe y entiende que a veces, no podemos controlar nuestros destinos, nuestros caminos y nuestros actos, y si quizás ella, me ha perdonado ya, entendiendo que el amor, a veces, simplemente nos vuelve locos y necesita desmontar el mundo para que dos almas se lleguen a encontrar. Yo desmonté el mundo, infinitamente egoísta, para buscar mi felicidad.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Por Siempre Jamás.

He de reconocer que os he echado de menos… y mucho, pero también he de reconocer que me hubiese quedado de vacaciones dos semanas más. Volver a la rutina siempre cuesta, aunque esta vez he de decir que mi vuelta a la realidad ha sido menos dolorosa, quizás porque estos meses van a ser muy bonitos, con toda la preparación del libro, con la llegada de la primavera que es mi época favorita del año, con todas las cosas buenas que están por venir.

Volví de Nueva York completamente enamorada de esa ciudad. Ya sabía que me ocurriría, de hecho, ¿habrá alguien que la haya visitado y piense lo contrario? sólo puedo decir que fue un viaje maravilloso en el que pasé mucho frío y en el que comí muchísimo. Cuando volví, aproveché para ir unos días a mi pueblo y disfrutar de mi familia. Ahora, instalada de nuevo en Madrid y con las pilas totalmente recargadas, me toca ponerme, de nuevo, a escribir para vosotros.

No sé si alguna vez os he contado (seguro que sí) que de pequeña era una niña muy extrovertida, me encantaba estar en todos los “saraos”, me encantaba bailar, cantar, ser la protagonista en las obras de teatro del colegio, siempre era la primera en levantar la mano cuando tocaba leer en voz alta… Era una niña muy viva y con mucha energía. Hoy te quería contar que cuando era pequeña, como a cualquier otra niña, me encantaba imaginar cómo iba a ser mi vida cuando fuese mayor, yo quería historias bonitas, quería ganar siempre las batallas contra las cosas malas que me fuese encontrando por el camino, soñaba con un amor de los de verdad, de los de película y cuentos. Me encantaba leer todo tipo de historias: de misterio, de miedo, de aventuras… Pero en cuanto a películas se trataba, es cierto que siempre me decantaba por el cine en el que había princesas de por medio… Claro, Disney fue gran protagonista de mi infancia, cómo seguramente también lo fue de la tuya.

Recuerdo cuando nació mi hermano Alex (yo tenía doce años), cómo viví tan consciente sus primeros pasos de la vida, sus descubrimientos, sus gustos y preferencias… Y recuerdo, perfectamente, cómo le encantaba Toy Story 2 (a mi también!). Podía ver la película absolutamente todos los días, una vez detrás de otra… Y yo me preguntaba por qué no se cansaba nunca. Los que tenéis hijos o hermanos pequeños, o incluso los que sois capaces de recordarlo de vuestra propia infancia, sabréis que los niños son capaces de ver una y otra vez sus dibujos favoritos y seguir viéndolo con la misma pasión y entusiasmo que cuando los descubrieron. Es la magia de la infancia: que lo que sienten, lo sienten de verdad, y que tienen mucho tiempo libre.

Pues bien, yo recuerdo perfectamente algunas de las películas que veía una y otra vez sin cansarme nunca. Me acuerdo perfectamente cuando llegaba el fin de semana y mi madre me llevaba al videoclub (en el caso de mi pueblo, en aquella época, era una pequeña tienda que bien podía ser una réplica en miniatura de algún centro comercial. Allí se alquilaban películas, había gominolas de todo tipo, bollería, zona de papelería e incluso joyería y zapatería. Os lo prometo. Estoy segura que la gente de l’Olleria sabe de qué tienda hablo. Con el tiempo, dejó de existir, nada dura para siempre. Ya lo sabéis.). Una vez estaba ahí, delante de todas esas películas sabiendo que podía elegir la que quisiese, me sentía nerviosa y emocionada, era tan divertido tener la posibilidad de tener al alcance todas aquellas maravillas… Normalmente elegía dos. Una distinta cada fin de semana, y otra que siempre era la misma: La Sirenia o La Cenicienta. Claro, con el tiempo, a mi madre le salió mucho más rentable comprarme un ejemplar de cada una. La Sirenita no recuerdo muy bien cómo llegó a mí, pero sí recuerdo que La Cenicienta me la regalaron mis abuelos un año por Papá Noel. (Ambas, en VHS, por supuesto, siguen en casa de mis padres). Entre las pelis de mi infancia puedo rescatar unas cuentas que vi una y otra vez: Mary Poppins, El Rey León, Jumanji, La Princesa Cisne, El niño invisible (la película de Bom BOm Chip!), Aladdín, Dos por el precio de una, Willow… Pero entre todas ellas, los dos clásicos de Disney de los que os hablo se llevan la palma.

La Cenicienta me encantaba por el triunfo ante la maldad desorbitada. No podía creer que la mujer que se había casado con su padre le hiciese todo aquello a esa pobre muchacha, en su propia casa y me encantaba que al final ella le hubiese dado dónde más le dolía a su madrastra, casándose y siendo feliz con el aclamado príncipe. Unos cuantos años después, descubrí esta misma historia en película, con personajes de carne y hueso y he de reconocer que me encantó muchísimo más.

El día que volví de Nueva York, en el avión, tenía una especie de tablet delante de mi asiento en la que podía elegir entre muchas películas, e incluso se podía jugar a videojuegos (la última vez que hice un viaje tan largo, la tele era la misma para todo el mundo. No hace tantos años, pero todo avanza). De repente la vi ahí, entre todas las candidatas a la reproducción y tuve que sonreír. Hacía años que no la veía y, por supuesto, no dudé que ella me iba a acompañar durante un trozo de vuelo.

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Dirigida por Andy Tennant y protagonizada por Drew Barrymore, Anjelica Huston y Dougray Scott en los papeles principales, Por Siempre Jamás, se estrenó en el año 1998.

“En el siglo XIX, la Gran Dama Marie Thérèse hace llamar a los hermanos Grimm a su palacio, donde debaten sobre la interpretación del cuento de ‘’Cenicienta’’ y observan un retrato en la habitación. María enseña entonces un zapato de cristal y les cuenta la historia de Danielle de Barbarac, la verdadera historia de ‘’Cenicienta’’.

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En la Francia del siglo XVI, Auguste de Barbarac, padre de una joven Danielle, contrae matrimonio con Rodmilla de Ghent, una rica baronesa con dos hijas, Marguerite y Jaqueline,  pero muere de un ataque al corazón poco después. Esto causa que la Baronesa sienta envidia de la afección que tenía Auguste por su hija Danielle, y la trata miserablemente.  Para cuando Danielle cumple los 18, se ha convertido en una sirvienta en su propio hogar, cuidando de abejas y huertos, y sin separarse del último regalo de su padre, una copia de Utopía de Tomás Moro. Mientras está recogiendo manzanas, Danielle ve a un hombre robar el caballo de su padre y lo desbanca con una de las manzanas. Al reconocer que es el Príncipe Enrique, se avergüenza de sus actos. El príncipe le da un saco de oro a cambio de su silencia, que ella utiliza para rescatar a su sirviente, Maurice, al cual la Baronesa vendió para hacer frente a sus deudas.

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La huida de Enrique de sus responsabilidades en la corte se ve frustrada cuando se encuentra con un grupo de gitanos robando a un hombre. El hombre es Leonardo da Vinci, que ha sido llamado a la corte, y vuelve con él. Mientras tanto, Danielle se ha preparado como una “señora de la corte” y ha ido a comprar a Maurice, pero los guardas se niegan alegando que ha sido deportado a las colonias del Nuevo Mundo. Discute por su liberación, y cuando el Príncipe Enrique escucha la conversación, ordena que lo liberen. Asombrado por la inteligencia de Danielle, suplica por su nombre. Danielle, en su lugar, le da el nombre de su madre, ‘’Contesa Nicole de Lancret’’.

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El Rey Francis y la Reina Marie de Francia le dicen a Enrique que debe elegir una mujer antes de la fiesta de máscaras que han organizado, o tendrá que casarse con la princesa española Gabriella. Todas las familias de la nobleza reciben una invitación.  Momentos después de que Danielle llegue al baile, con “hada madrina” incluida, la Baronesa descubre la verdad de su identidad frente a Enrique y toda la corte. Enfadado y en shock por su mentira, Enrique se niega a escuchar cualquier explicación por su parte. Cuando sale corriendo del castillo, Danielle cae y pierde uno de sus zapatos, que más tarde encontrará Leonardo…

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Marie cuenta a los hermanos Grimm que Danielle era su tatarabuela y que aunque su historia se vio reducida a un cuento de hadas y que Danielle y Enrique vivieran felices para siempre, lo cierto era que existieron. Los hermanos dejan el palacio de Marie para contar al mundo la verdadera historia de ‘’Cenicienta’’.

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Es una historia muy similar a la que conocemos, pero con aspectos muy distintos. Quizás su toque de “realidad” hizo que me encantase de aquella forma. La aparición de Da Vinci en esta versión es uno de mis puntos favoritos. El final lo conocéis, aunque en esta película el final viene con más detalles que el cuento que conocemos de siempre, y el verdadero castigo hacia su madrastra y su hermanastra se disfruta por parte del espectador (una de las hermanastras es buena).

Ya sé que esto va a atraer más a las chicas que a los chicos, pero a todas aquellas o aquellos que de pequeñas/os disfrutabais con las películas de princesas y castillos, a todos aquellos que seguís recordando La Cenicienta con una sonrisa y la seguís viendo de vez en cuando, no os perdáis Por Siempre Jamás, porque estoy segura que os va a encantar. Ya me contaréis.

Este post se lo dedico a mi amiga Marta, que sé seguro que sonríe tanto como yo al recordar esta película.

Me alegro de haber vuelto. 🙂

Buenas noches, amigos.

Lorena.

Dejar de ser.

Martes 13, siempre me ha gustado. Me gusta el 13 y no soy nada supersticiosa. El 13 es el día que nací y creo que el 13 es un día de buena suerte. También me gusta la manzanilla caliente, con dos cucharadas de azúcar moreno, que tengo ahora a mi lado, el silencio que se respira ahora mismo en mi casa, con el calor del hogar y Cometo a mis pies para despedir este martes con vosotros.

Después de estar todo el día sin saber qué iba a escribir hoy, finalmente he decidido que fuese un relato. Hoy te quería contar una historia que tanto tú como yo sabremos hacer nuestra. Este es mi primer relato de 2015, así que léelo despacio, como siempre…. Espero que te guste.

Gracias, de nuevo, a los que seguís conmigo en este nuevo año y gracias a los que acabáis de llegar…

Dejar de ser

Aquel podría haber sido un día normal, como lo había sido el anterior, como lo podía haber sido el siguiente. Aquel podría haber sido un día más, sin alterar el estado emocional en el que llevaba acomodada muchos meses, con la calma de la rutina y el buen sabor de creer y sentir que en mi vida todo era perfecto. Aquel podía haber sido un día normal… pero no lo fue.

Desde muy pequeña creí que la vida estaba siempre marcada por señales del destino. Recuerdo cuando en mi adolescencia siempre creía que yo iba a vivir un amor de película, cómo me entregaba con fuerza a las causas imposibles y cómo jamás dejé de decirle a un chico que me gustaba lo que sentía por él. Me gustaba creer en el amor, como siguen haciendo los adolescentes y siempre creí que en la vida había que jugar así, sin intentar perder oportunidades, si alguien me gustaba, yo siempre encontraba una señal para saber que debía luchar por él. Unas veces esas señales fueron creíbles, en otros muchos casos no.

Aquel día me levanté bien temprano, tenía una importante reunión de trabajo y no podía llegar tarde. Me duché con prisa mientras el sonido de la cafetera expandía suavemente el olor a café por mi casa. Era el aroma de los buenos días. Me puse unos vaqueros y una camisa blanca, uno zapatos altos de aguja y trencé mi pelo a un lado. Un poco de maquillaje y un color suave en los labios. Me bebí el café de un sorbo, cogí el bolso y salí de casa. Iba bien de tiempo. Cogí un taxi hasta la oficina. Llegué justo al mismo tiempo que Luis, mi jefe, así que decidimos fumarnos un cigarro en la puerta, sonriendo y deseando que aquel fuese un gran día. Mi relación con él era fantástica. Hacía cinco años que había empezado a trabajar allí con un puesto de telefonista que poco a poco fue creciendo. Había ascendido hasta ser responsable de mi departamento y en una hora nos reuníamos con el director de la empresa para saber si me ascendían a responsable de zona. Luis confiaba en mí, siempre lo había hecho. Era un buen hombre, educado, divertido y responsable. Más de una vez había estado cenando o tomando unas copas en su casa, un precioso ático en el que vivía con su marido en una de las zonas más residenciales y caras de la ciudad. Aquella mañana, su mirada me transmitió seguridad y fuerza, y mis ganas me animaban a pensar que ese puesto iba a ser mío, había trabajado muy duro para ello y sabía que lo tenía merecido.

En la reunión me temblaban las piernas, aunque entré con paso firme a la sala, me sudaban las manos y mi sonrisa escondía los nervios que me estaban revolviendo el estomago. Allí había dos chicas más, que trabajaban en la misma ciudad, pero en otras oficinas, ellas optaban a mi mismo puesto y les sonreí sabiendo que, seguramente, estaban tan ilusionadas como yo. Cuando, finalmente, dijeron el nombre de la persona elegida para ascender y ocupar el cargo al que aspirábamos y escuché que no era el mío, he de confesar que no me alegré ni lo más mínimo por ella. No la conocía de absolutamente nada y aunque quería creer que seguramente era porque se lo merecía, sentí mucha pena e impotencia. Luis me miró con la tristeza en la mirada, y negó por lo bajo dándome un abrazo a través de sus ojos y un “lo siento” que leí en sus labios, aunque no lo hubiese pronunciado. Le sonreí para que entendiese que no pasaba nada, que otra vez sería… Y creo que jamás he sonreído de una forma más amarga. Aunque no había querido hacerme ilusiones, me las había hecho. No le había contado a nadie lo de aquella reunión, yo nunca contaba las cosas hasta que no estaba segura que me habían salido bien, siempre me excusaba diciendo que no quería que se gafasen, pero en verdad era porque no me gustaba perder.

Cuando salimos a comer, Luis no sabía qué decirme, sabía lo mucho que me había esforzado para aquello y sabía lo feliz que me hubiese hecho ese ascenso. Me vio tan triste que me dijo si me quería coger la tarde libre, le dije que no. La vida seguía y no pasaba absolutamente nada. Aquel día, le había escrito a mi hermana y a mi cuñado para que viniesen a cenar a casa, porque pensaba que tendríamos algo que celebrar. Le escribí de nuevo para decirle que no me encontraba bien y mejor lo dejábamos para otra ocasión.

A las seis de la tarde salí de trabajar, una manifestación pasaba por el centro y justo habían cortado la calle principal. Ni un coche, ni un taxi. No recordaba la última vez que había ido en metro, no tenía nada en contra de ello, pero me acostumbré a ir en taxi a todos sitios y me autoconvencí que era la forma más rápida de llegar al destino. Normalmente era mentira. Mi hermana Paula siempre me lo echa en cara, a ella le parece fatal que no vaya en transporte público y que yo sea una contribuyente más del tráfico y la contaminación de la ciudad.

En tres minutos exactos, el metro llegó al andén. Ocho paradas hasta mi casa. Cuando la puerta se abrió y me dispuse a salir del vagón, me topé con la gente que iba a entrar en él… Y ahí, de repente, después de años sin saber nada de él, me topé con su mirada, con su cara y con su cuerpo. Estaba exactamente igual, como si nada hubiese cambiado. Nuestras miradas en silencio, enfrentadas, encontradas, con rencor, tristeza, alegría y confusión. Fueron los segundos más largos de mi vida. Ni un hola, ni un gesto con la cabeza, ni una media sonrisa, nos miramos como se miran dos desconocidos que se suenan y no saben de qué, nos miramos como dos personas que se habían querido con fuerza y miedo, con pasión y ganas, que se habían amado y prometido amor eterno y que posteriormente se habían odiado para siempre. Le cedí el paso y sentí su olor, se me paró el corazón y me dio un vuelco al mismo tiempo. Acababa de viajar en el tiempo. Estaba totalmente desubicada, confusa, atontada. Escuché el sonido de las puertas cerrarse a mi espalda y sólo fui capaz de girarme cuando sabía que el tren había desaparecido. No me lo podía creer.

Salí de la estación y las primeras horas de una noche fría de diciembre, caía con calma sobre mí. Pasé por el escaparate de mi pastelería favorita y entré a por un par de milhojas de crema, mis favoritas desde niña. Había sido un día de demasiadas emociones, así que me las comería en casa con calma. Me senté en el sofá mientras Silva, mi gata, se paseaba entre mis piernas dándome la bienvenida al hogar. Seguramente ella sabía que había sido un día raro. Me comí aquellas milhojas todavía en estado de “shock”, en silencio, con el café de la mañana recalentado, con un bombardeo de recuerdos acribillándome con fuerza la cabeza, con mil imágenes pasando como diapositivas borrosas a mil por hora dentro de mi alma. ¿Estaría también él pensando en mí?

Sin ninguna duda, el encuentro nos había pillado a los dos por sorpresa. Hacía años que no sabía nada de él, ni si quiera sabía si seguía en la ciudad, no sabía a qué se dedicaba, si le iba bien, si se habría casado o si tendría hijos. Nada, absolutamente nada. No nos quedaban amigos en común y nos habíamos odiado tanto que decidimos olvidarnos, o al menos intentarlo.

Sabía perfectamente dónde las guardaba. Cogí una silla y me subí para alcanzar el altillo del armario de la habitación de invitados. Allí siempre acababa almacenando todas esas cosas de las que, por una razón u otra, nunca me quería deshacer. Viejas fotografías, un jersey que jamás me pondría pero que era incapaz de tirar, papeles de todo tipo, antiguos discos, pequeños objetos que en algún momento de mi vida habían formado parte de mí. Al fondo, una antigua caja de metal que una vez estuvo llena de galletas de mantequilla. La cogí y la acaricié. Habían pasado ocho años y jamás la había vuelto a abrir. No sabía si sería buena idea, pero estaba segura que nada de aquel día había pasado por casualidad. Ni aquella reunión de la que en esos momentos era incapaz de acordarme, ni aquella manifestación, ni aquel viaje en metro, justo en ese momento, a esa hora, en esa estación…

Me senté y fui releyendo todas y cada una de aquellas cartas. Había pasado tanto tiempo que era incapaz de recordar muchas de ellas, otras, en cambio, me parecía haberlas leído hacía unas horas por última vez. Me di cuenta que nos quisimos de verdad. Nos queríamos mucho, nos queríamos con inocencia, con muchas ganas, con muchas aspiraciones y sueños, nos sentíamos agradecidos por habernos encontrado, por todo lo que nos regalábamos, por los momentos y las risas, nos decíamos que los momentos malos los superaríamos juntos, queríamos una casa en la playa y tener como mínimo tres hijos, nos sentíamos grandes cuando estábamos juntos y jurábamos no haber querido nunca cómo nos queríamos nosotros, nos prometíamos que aunque algún día no estuviéramos juntos siempre pensaríamos el uno en el otro… Incluso nos prometíamos que si lo nuestro fallaba y se acababa, algún día encontraríamos la manera de volvernos a encontrar,  a pesar del tiempo y la distancia…

Nunca dejamos de dejarnos cartas debajo de la almohada en aquellos tres años que compartimos. El último había sido tormentoso. Se le olvidó contarme en una de esas cartas que había conocido a otra persona y que llevaba un par de meses engañándome. Le descubrí y le perdoné, pero no fui capaz de perdonar de verdad. Perdimos el respeto y la pasión, la pureza y la naturalidad que siempre nos había unido, la transparencia y la confianza. Discutimos por absolutamente todo durante mucho tiempo, nos despreciábamos y nos queríamos a la par, con intensidad, por días y momentos. Al final, con una historia que ya no era sana, ni bonita, acabé refugiándome en uno de mis compañeros de la universidad, del que me enamoré y por el que decidí abandonarlo todo, con el que un año después pasé de novio a mejor amigo, porque no sabía quererle, ni olvidar a aquel que me había hecho tanto daño. Me reprochó mil veces aquella ruptura y yo le reproché otras mil aquella aventura, nos hicimos mucho, mucho daño. Nos machacamos psicológicamente el uno al otro. Nos enviábamos mensajes para recordarnos lo mucho que nos odiamos, y fuimos envenenando nuestras almas hasta llegar a ser dos completos desconocidos. Nosotros, que habíamos compartido tanto…

Aquel podía haber sido un día normal… pero no lo fue. Quizás el destino había querido reencontrarnos, con la madurez y la herida curada, o al menos olvidada. A día de hoy, me sigo preguntando si dejé de odiarle, así como me pregunto si dejé de quererle. No me reconocí en aquellas cartas, pero supe lo que había ahí escrito, por su parte y por la mía, eran frases escritas desde el corazón. Me había olvidado de lo mucho que nos habíamos querido. Lo había olvidado hacía mucho tiempo. No me reconocí en aquellas cartas, ni supe qué quedaba de aquella chica que fui en la que soy hoy en día. Entonces me di cuenta que a veces somos alguien cuando estamos con otro alguien, sólo en ese transcurso somos otra versión de nosotros mismos, que nunca volverá, que enterramos cuando todo acaba, para ser capaces de renacer entre las cenizas. Quizás algún día volvamos a parecernos a aquella versión que fuimos, porque seguro que algún día volvemos a querer con las mismas ganas, pero siempre de forma diferente.

A veces, esa versión que fuimos se pierde con el tiempo, porque las experiencias nos hacen convertirnos en alguien diferente o porque a veces, si no estamos con ese alguien, simplemente dejamos de ser.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Quiero despertar.

Si os digo la verdad, hoy no sabía sobre qué escribir. Llevo varios días con un resfriado que se me ha llevado las energías y quien sabe si quizás en cada estornudo se haya ido también la inspiración…

Hoy te quería contar que mis compañeros del colegio son muy especiales para mí. Con ellos crecí y con ellos tengo la suerte de, todavía hoy, conservar una amistad maravillosa. Quienes me conocen saben que mis sueños son dignos de guión de película americana, mi imaginación es capaz de desvariar y rozar los límites más extremos y lo mejor es que siempre, al despertar, me acuerdo perfectamente de lo que he soñado… Sólo lo olvido cuando han pasado varias horas o varios días. Mis amigos del colegio y yo tenemos un grupo de whatsapp bastante activo en el que seguimos contandonos nuestros proyectos y compartiendo nuestros recuerdos. Hace una semana, más o menos, les escribí a las cinco de la madrugada para decirles que me había despertado llorando de una pesadilla en la que ellos eran los protagonistas. Hoy, he querido convertir ese sueño, adaptando detalles a mi historia, en un relato.

Casual y desgraciadamente, estos últimos días, un trágico accidente de autobús protagoniza las portadas de la prensa de nuestro país. A veces, creo que no somos conscientes de la cantidad de vidas que se cobra la carretera y en la mayoría de los casos, los accidentes son consecuencia de la irresponsabilidad del ser humano.

Aquí te dejo esta historia, para leer despacito, como siempre….

*Per a la classe C, per continuar siguent companys d’aventures més enllà de l’espai i el temps… ;)*

QUIERO DESPERTAR.

Hay momentos en los que quieres cerrar los ojos con fuerza, con tanta fuerza que al despertar nada siga igual, que todo haya cambiado, que todo haya pasado, que los miedos y el dolor sean una mentira, que sean una pesadilla de la que poder despertar. Hay veces, que por mucho que cierres los ojos con fuerza y por mucho que desees que todo haya cambiado, cuando los abres sientes que el dolor aprieta con más ganas y que la realidad te va a consumir, que la pesadilla es real.

Crecimos juntos. Cuando los años pasan y miras hacia atrás sabes que tus compañeros del colegio siempre serán una parte imborrable de tu vida, aquellos con los que tantos años, tantas horas y tantos momentos pasaste, aquellos con los que soñaste, con los que inventaste historias o con los que te peleaste, aquellos con los que celebraste cumpleaños y a los que les prometiste que siempre estarías a su lado… La mayoría de las veces, nuestros compañeros del colegio se quedan como un recuerdo bonito en la memoria, algunos de ellos te acompañan a lo largo de los años como ese “amigo de toda la vida”, pero desgraciadamente, cuando crecemos tomamos caminos tan distintos que pocas veces es fácil seguir conservándoles más allá de unos bonitos momentos almacenados en la mente, como fotografías en blanco y negro.

Hace más o menos cinco años, Rosana nos escribió un e-mail de esos en grupo para preguntarnos qué había sido de nuestras vidas, para contarnos que ella iba a salir del país por mucho tiempo para estudiar un doctorado y le había entrado la nostalgia, para intentar que nos volviésemos a reunir y nos pusiésemos al día en todo. Conseguimos reunirnos la mayoría, fuimos felices de volver a sentarnos, de contarnos cómo nos habían tratado los días, cómo habían sido nuestras épocas universitarias y cómo eran nuestras vidas de adultos. En aquel reencuentro reímos sin parar, nos dimos cuenta que habíamos cambiado, pero algo dentro de cada uno de nosotros seguía igual: el cariño que nos teníamos los unos a los otros.

Hicimos oficiales aquellas quedadas, dos veces al año, en Navidad y en verano, aprovechando las vacaciones en las que siempre volvíamos a casa los que nos habíamos ido hacía ya unos cuantos años. Nuestras vidas eran muy distintas, estaban los que todavía vivían en el pueblo y los que no, los que habían ido a la universidad y los que no, los que ya eran padres y los que no. Entre nosotros, varios músicos, un pintor, una psicóloga, una periodista, una peluquera, una esteticista, una bióloga, una militar, un empresario… Nuestros sueños nos habían llevado bien lejos y compartirlos en el tiempo era todo un privilegio.

Hace seis meses, a Joan se le ocurrió la idea de organizar un viaje juntos, nosotros, sin parejas, sin hijos, sin trabajos, un viaje dedicado a nuestros recuerdos, un viaje inolvidable que seguramente no habíamos podido hacer jamás. Cuando teníamos diez años habíamos viajado a Toledo, una semana y todo gratis, gracias a un concurso que habíamos ganado, y aunque con el tiempo, aquel nos seguía pareciendo uno de los viajes más bonitos de nuestra vida, la idea de hacer una escapada todos juntos empezó a gustarnos. Los destinos se barajaron entre mil posibilidades, desde un fin de semana en Benidorm, hasta unos días en Praga. Iba a ser difícil cuadrar agendas y presupuestos, pero no era imposible. La idea se nos fue tanto de las manos que acabamos contratando el viaje de nuestros sueños: ocho días en el caribe. Como si de una excursión de fin de curso se tratase, vivimos los preparativos como auténticos adolescentes, incluso hicimos mecheros y vendimos lotería para sacar algo de dinero. La situación era tan surrealista…

Convertimos nuestra ilusión en una realidad. Viajamos desde Valencia hasta Madrid en autobús para coger el avión que nos llevaría a las mejores playas de México. Iba a ser inolvidable. Nuestro viaje había salido de una locura, y sabíamos que las locuras son las cosas más divertidas de la vida.

Aquel viaje nos cambió la vida.

Ya no existían los niños que habíamos sido, pero convertidos en adultos, fuimos capaces de crear una convivencia maravillosa y hacer de cada momento algo indescriptible. Creo que a ninguno se nos había olvidado el amor que nos teníamos los unos a los otros, pero si algo allí creció, fue eso, el amor y el cariño. La felicidad de desconectar de la vida real, de la rutina, la felicidad de revivir momentos, la felicidad de compartir algo inolvidable y lo mágico de hacerlo con personas con las cuales unos años antes no lo habríamos imaginado.

Nos dedicamos a hacer excursiones, a ser turistas en estado puro, pero no nos olvidamos de relajarnos, de bañarnos en las playas, de comer libremente en los hoteles, de beber durante todo el día…

En algún momento quisimos volver a ser quienes fuimos, revivir amores que nunca vivieron… La última noche, entre risas, bailes y copas, se me ocurrió decirle a Javi que siempre me había gustado. No sé por qué lo hice, mi vida y mi pareja seguirían estando ahí cuando bajase del avión de vuelta. Me dejé llevar por el momento, por la situación y el estado de mi mente y cuerpo. Él se reía y me abrazaba para bailar. Nos reíamos y nos dejábamos abrazar y encontramos en salir a tomar el aire la excusa perfecta para perder la cabeza. Nunca nos habíamos besado y aquella noche nos besamos cómo si supiésemos que nunca más nos podríamos besar. Nos besamos como adolescentes, con esa pasión y ganas, pero con el miedo que a veces tienen los adultos. Nos dejamos llevar y nos habríamos dejado llevar mucho más allá si no hubiese sido porque escuchamos a Marc, Paco y Jose, tambaleándose a nuestras espaldas. Sólo cuando me separé de sus labios sentí la culpa sobre mí y me arrepentí de lo que había hecho.

A las doce del mediodía, nos encontramos todos en la recepción del hotel. Todos sabían lo que había sucedido, aunque nadie se atreviese a decir nada. Me sentí inmadura e irresponsable, quería morirme de vergüenza y me dije a mi misma que tenía que olvidar que aquello había sucedido. No fui capaz de mirarle a la cara, ni le volví a dirigir la palabra, quizás así podría borrar mi error.

Siempre tuve mucha facilidad para dormir en cualquier medio de transporte y ya había pasado todo el camino de ida durmiendo en el avión, pero esta vez, mi conciencia me lo impedía. A mi lado, Pepi i Jenni dormían plácidamente, combatiendo los estragos que el alcohol había dejado en sus cuerpos la noche anterior. Mientras intentaba leer una revista que no me interesaba lo más mínimo, Javi se me acercó sonriendo para preguntarme si podíamos hablar.

-Lo siento, no quiero hablar. Es mejor que no hablemos. Siento mucho lo que pasó ayer.

-Sólo venía a decirte que no quiero que te preocupes por nada, por mi parte está todo olvidado. Lo que ha pasado en Riviera Maya, se queda en Riviera Maya.

Asentí sin ni si quiera mirarle, pude ver de reojo su cara de indignación y cómo volvía hacia su asiento.

Aquellas doce horas de vuelo se me hicieron eternas, sólo quería llegar a España y que los días pasasen. Es más, quería tardar mucho tiempo en volver a verle, tanto que el olvido ya se hubiese apoderado de mis recuerdos sobre esa noche.

Por otro lado, me era inevitable sonreír. Habían sido unos días maravillosos, habíamos sido muy, muy felices todos. Habíamos viajado en el tiempo y habíamos fortalecido hasta el infinito nuestra amistad del presente.

Cuando llegamos al aeropuerto de Madrid el autobús que nos llevaría de nuevo a Valencia ya nos estaba esperando. En el fondo, aunque todos nos habríamos quedado con aquella maravillosa vida que habíamos tenido en el paraíso, teníamos ganas de ver a nuestras familias, a nuestros perros, y en al caso de algunos, a sus hijos.

La noche guardaba el silencio de la carretera. Me senté en el fondo del autobús, porque por alguna extraña razón siempre me gustaba ir en esa parte. La mayoría se volvieron a dormir en este trayecto… Pasamos por un pueblo pequeño, lleno de luces, en silencio y con frío, con el tostado de nuestra piel y el olor a coco y mar en las maletas, me pareció tan bonito que busqué unos ojos despiertos cerca de mí. Llorenç también miraba por la ventana y me sonrió cuando le dije que aquel pueblo me parecía precioso… No sé si llegué a terminar la frase… No sé muy bien qué pasó después… Escuche un golpe fuerte, empecé a sentir cómo todo a nuestro alrededor se desordenaba, empecé a escuchar gritos de los que dormían y sentí como el autobús empezaba a dar vueltas infinitas… No soy capaz de recordar con claridad.

Lo siguiente que recuerdo es que me desperté en el suelo, rodeada de cristales, de sangre y silencio. No había llantos, ni gritos, ni ruido. Un pitido fuerte penetraba en mis oídos… Quise levantarme, pero no tenía fuerzas. Tenía miedo, mucho miedo. No sé cuánto tiempo pasó hasta que vi a Alex acercarse a mí, arrastrándose por el suelo, fui capaz de incorporarme y decirle que estaba bien. Estaba llena de sangre, me dolía todo el cuerpo, seguramente tenía el brazo roto, pero estaba viva y eso era suficiente como para sentir que estaba bien.

Escuché voces, vi luces de otros coches que se habían detenido, escuché sirenas y supe que las ambulancias corrían rompiendo el silencio de aquella noche y los sueños de aquel viaje… No fui capaz de ponerme de pie hasta que dos médicos me ayudaron a ello, aun así, el silencio me parecía demasiado fuerte…

No les había visto a casi ninguno de ellos. Los vi cuando consiguieron ponerme de pie, los vi tumbados en el suelo, los vi muertos… Me desplomé en ese mismo instante y me desperté en el hospital. Había sobrevivido. Yo era una superviviente. Superviviente de un trágico accidente. Cuando abrí los ojos vi a mi madre, llorando desconsoladamente, vi a mi marido y no me atrevía a preguntar qué había pasado realmente.

Ruth, Álex, Lorena y yo habíamos sido los únicos supervivientes. El conductor se había dormido al volante.

No quería moverme de aquella cama, ni de aquel hospital, no era capaz de ser feliz por seguir con vida, no era capaz de asimilar que aquello no era una pesadilla. La imagen de sus cuerpos, en el suelo, sin vida, me perseguirá cada vez que cierre los ojos el resto de mi vida. Mis amigos, mis amigos de siempre, con quienes compartí sueños, juguetes y peleas, con los que me burlé del paso del tiempo, con los que me volví a reunir, con los que hice el viaje más maravilloso de mi vida… Javi, a quien había deseado no volver a ver en mucho tiempo… Todos ellos ya no estaban, ya no estarían jamás, por la imprudencia de un conductor, por no saber parar a tiempo, por dejarse llevar por el cansancio y el sueño. Mis compañeros, mis amigos…

Hay momentos en los que quieres cerrar los ojos con fuerza, con tanta fuerza que al despertar nada siga igual, que todo haya cambiado, que todo haya pasado, que los miedos y el dolor sean una mentira, que sean una pesadilla de la que poder despertar.

Hay veces, que por mucho que cierres los ojos con fuerza y por mucho que desees que todo haya cambiado, cuando los abres sientes que el dolor aprieta con más ganas y que la realidad te va a consumir, que la pesadilla es real.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

El miedo.

Cuando salgo de Madrid, me gusta desconectar de todo. Aparezco menos en las redes sociales, y apago el ordenador. He estado unos días en mi casa, en mi pueblo, entre sus calles y mi gente, con reencuentros, con cariño y sonrisas, y he sido muy feliz. Ya estoy de vuelta, en la ciudad y aquí, con una historia nueva que te quería contar.

Traigo nuevo post, que ya tocaba, y viene en forma de relato… Para que leáis despacito, para que el miedo no se apodere de vosotros y para que intentéis arriesgar y luchar en la vida por aquello que deseáis… Muchas veces, como le pasa a la protagonista, no somos capaces de afrontarlo.

El miedo

Suena una canción triste de fondo, lenta, suave y melancólica, de esas en las que es esencial que reine el silencio, para que sólo se la escuche a ella, para que entre dentro de ti, para que la vivas y la sientas.

Me miro al espejo mientras voy borrando con un trozo de algodón embadurnado de leche limpiadora la apariencia de mi rostro. Voy quitando poco a poco la capa que me cubre, la capa de belleza y fortaleza, de mujer guerrera y valiente y siento cómo me voy quedando desnuda. Veo cómo reaparecen mis pecas, escondidas, camufladas, cómo salen tímidamente, cómo me cubren el rostro, y las voy recorriendo una a una, dejándolas libres, sabiendo que son parte de mí.

Voy borrando poco a poco el rojo pasión que cubre mis labios, ese rojo permanente que ha estado ahí durante todo el día, dueño de sonrisa imborrable y de tristeza escondida. Lo voy borrando y observo mis labios, pienso en todos esos besos que han regalado y pienso en todos esos besos que le quedan por regalar, en aquellos besos que siempre serán recordados o aquellos que se olvidaron sólo unas horas después… Pienso en esos besos que nunca han dado y esos besos que nunca darán. Esbozo una sonrisa y siento una lágrima juguetona y triste llegar hasta mi boca. Me observo y tengo miedo. Me tiemblan las manos. No sé si lo estoy haciendo bien o lo estoy haciendo mal, y la incertidumbre, en la mayoría de los casos, me mata. Me observo y me pregunto quién soy, quien quiero ser y pienso que no importa lo que piensen los demás. Hace mucho tiempo que eso dejó de darme miedo.

La canción ha acabado, pero el silencio sigue reinando, y acordes con mi vida, siguen sonando las baladas, las canciones lentas y melancólicas, de historias con finales tristes o de historias que ni si quiera han tenido un principio…
Oigo el sonido del vino caer contra el cristal, una copa más, he escogido un buen vino, porque hoy es día de eso, de tomar un buen vino en silencio y pensar… Con la música de fondo.

Siempre he querido solucionar el mundo, siempre he querido ganar y siempre he querido tener más. Nunca he sabido conformarme, siempre he regalado amor y siempre he sido un poco egoísta, siempre he sido una luchadora y siempre he tenido muchas aspiraciones profesionales, siempre he conseguido todo aquello que me he propuesto y nunca he tenido miedo. Nunca. Hasta que le conocí. Y ahora, de nuevo.
El silencio invade mi casa y mi vida, el silencio y la soledad son necesarias a lo largo de la vida, siempre que se necesiten y siempre que no hagan daño. Hoy el silencio duele, y la soledad también. Y yo, que nunca he sido de llorar, hoy lloro. Lloro mucho.

Nos conocimos hace tiempo, hace unos años que a mí me parecen toda una vida, por todo lo vivido y por el amor regalado. Dafne quiso celebrar su despedida de soltera en Ibiza, por todo lo alto, durante días en los que reímos, comimos, bebimos y nos divertimos como si se nos fuese a acabar la vida. Cuando estás con tus amigas, las de siempre, las que te conocen de verdad, las que te explican en qué te estás equivocando y lo hacen con cariño, las que sienten tus éxitos como los suyos, cuando todo eso ocurre, una no puede estar más feliz. Estábamos en uno de los mejores hoteles de la isla. La verdad, que hacía muchos años que no nos dedicábamos unos días a nosotras solas, a recordar viejos momentos y a brindar por los que todavía están por llegar. La vida nos ha tratado con cuidado, como nosotras la hemos tratado a ella, y a ninguna nos ha ido nada mal. Una de las noches, una de esas noches en las que el cuerpo sigue pidiendo más, conocimos a un grupo de chicos con los que compartimos risas y poco más. Al día siguiente nos los volvimos a encontrar. Sin ni si quiera saber cómo, ni por qué, Álvaro y yo compartimos sonrisas y miradas esquivas, y cuando nos pusimos a hablar, nos dimos cuenta que teníamos más cosas en común de las que habríamos imaginado. Casualmente era actor, y yo trabajaba para una agencia de actores. Le di mi tarjeta y le dije que se pusiese en contacto conmigo, le ayudaría en todo lo que estuviese en mis manos.

Los primeros mensajes fueron más bien cordiales, y dos semanas después de haber vuelto de Ibiza, vino a verme a Barcelona, porque le había conseguido una entrevista con la directora de la agencia, para ver si encajaba en nuestro perfil y saber si podríamos llevar su trabajo e intentar darle oportunidades en un mundo cada vez más complicado. Álvaro conquistaba solamente con sonreír, pero sólo bastaban diez minutos a su lado para quedar totalmente enganchada a él, a su risa y su sentido del humor, a su desparpajo y humildad. No tenía un trabajo fijo y su economía no sobrepasaba los límites de la supervivencia mensual, así que le invité a quedarse en mi casa. A las afueras de Barcelona, tenía un piso maravilloso en el que sentía que me sobraba espacio, así que podía ocupar la habitación de invitados siempre que lo desease.

Llegó un martes por la tarde y su entrevista sería al día siguiente. Le recogí en la Estació de Sants y fuimos en coche hasta mi casa. He de reconocer que me ponía nerviosa tener a un hombre tan guapo a mi lado, pero como siempre, guardé la compostura y me disfracé de distanciamiento y cierto aire de frialdad. Preparé una cena básica para no llevar a confusiones y le dije que teníamos que descansar, nos esperaba un día largo a la mañana siguiente. Le dejé toallas limpias y puse unas sábanas que olían a limpieza y soledad sobre la que iba a ser su cama, le deseé buenas noches y caí rendida entre mis almohadas.

La reunión fue mejor de lo que pensamos y a la directora de la agencia le encantó. Pronto se organizó una sesión de fotos para crear su imagen de presentación para nuestra web, y le aseguramos que en menos de lo que esperaba, estaría trabajando. Se sentía completamente agradecido, estaba feliz e ilusionado, sus ojos brillaban de entusiasmo y eso hacía que resultase más apetecible. Intentaba mantenerme distante y ser una mujer profesional, decliné su invitación para cenar y le dije que prepararíamos cualquier cosa en mi casa. Preparé una ensalada y compré un par de pizzas, me obligó a abrir una botella de vino y me hizo brindar varias veces para celebrar el futuro que le habían prometido y que yo, en cierto modo, le había presentado. Dos botellas de vino cayeron rendidas a nuestros pies y el calor y las risas llenaron de color mi casa. Me miró a los ojos y no pude decir nada. Me besó con fuerza y me dejé besar. Nos tambaleamos hasta mi cama y le dejé desnudarme con pasión, le quité la camiseta con fuerza e hice el amor como si fuese la última vez de mi vida.

Pasamos cinco días conviviendo en mi casa, entre sexo y risas, y tras la sesión de fotos y trámites finalizados, volvió a su casa, un pequeño pueblo de Castellón, al menos, hasta que consiguiese su primer trabajo.

Durante las semanas siguientes nos dedicamos a enviarnos dos tipos de e-mails, los profesionales por parte de la agencia y los personales llenos de “te echo de menos” y “me muero por volver a verte…”. Nunca había mezclado lo profesional con lo personal, pero poco a poco, la historia se me fue yendo de las manos. Un mes después, tuve que llamarle para anunciarle que iba a hacer su primer casting para una obra de teatro muy importante en Barcelona. Aquella fue la segunda vez que le vi y aunque en la agencia creían que se hospedaba en un hostal del centro, esta segunda vez, también se instaló en mi casa. Le ayudé a repasar el guion y a preparar aquella prueba que tanta ilusión le hacía. El papel fue suyo. Tenía un talento indiscutible y un carisma que no dejaba a nadie indiferente. Supe desde el primer momento que iba a llegar muy lejos.

Los ensayos empezaban un mes después y me pidió que le ayudase a buscar piso. En un principio, le dije que podía quedarse en casa y entonces me di cuenta que ya estaba locamente enamorada de él. Fue entonces cuando me escribió un correo que cambió mi vida y mis ilusiones. Pedía perdón no sé cuántas veces, tantas, que yo ya no las alcanzaba a leer. Se le había olvidado contarme que llevaba cuatro años con su chica y que aunque yo le gustaba muchísimo y conmigo había pasado los mejores momentos de su vida, ella había decidido trasladarse con él a su nueva aventura y que él no tenía valor para decirle que no. Lloré tanto, de rabia y traición que me prometí que esa sería la última vez que lloraría por un hombre. Durante unas semanas mi estado de ánimo cambió, estaba triste, desolada y no quería volver a verle nunca más. Por desgracia, comenzábamos a trabajar juntos y le vería más de lo que hubiese deseado. Intenté, una vez más, separar lo personal de lo profesional, y una vez más, no supe. En la agencia todo el mundo hablaba de su talento, de lo guapo y bueno que era y yo tragaba en silencio un dolor que no era capaz de argumentar con lógica. Tres meses después, el día del estreno, la conocí. Era tímida y dulce y aunque entendí que ella no tenía la culpa, la odié con todas mis fuerzas. No supe llevar la situación y me fui consumiendo poco a poco, los días se me hicieron tan insoportables que decidí pedir un traslado en la agencia e irme a trabajar a la sede que teníamos en Madrid. Era buena y respetada en mi trabajo. Mucho. Al mes y medio me vi instalada en la capital de nuestro país, mirando de lejos su éxito y deseando que no volviésemos a coincidir, empezando mi vida de cero, de la forma más cobarde: llena de miedo.

Nunca me he vuelto a enamorar de nadie como me enamoré de él. Él, con quien sólo compartí una pequeña parte de mi vida, unos días, unas semanas o unos meses, nada comparado a todos los años que llevaba sobre la espalda. Pero a veces, hay historias que entran tan fuertes que se quedan, de un modo u otro, para siempre dentro de ti. Pensé que no volvería a confiar en nadie y lo hice, volví a querer y renací. Me centré en mi trabajo, en nuevas amistades y no dejé de estar, aún en la distancia, con las amistades de siempre. Con el tiempo, volví a tener ilusión y ganas y yo, que estaba en contra del matrimonio y toda esa parafernalia, me casé tres años después y mi matrimonio duró apenas seis meses, porque nunca fui capaz de volver a querer de verdad. Me casé con un chico normal, con un trabajo normal, mientras veía, en la sombra, cómo la carrera de Álvaro iba creciendo, cómo le iban adorando, y cómo se le habían relacionado un sinfín de relaciones tras dejar a su novia de siempre. Le seguía odiando cada vez que le veía en la prensa o la televisión, y a pesar, de seguir trabajando en mi misma agencia, cada vez que venía a Madrid, me las apañaba para no coincidir con él. Nunca me había gustado perder y sabía que jamás podría perdonarle.

No dejamos de ser simplemente seres humanos, que no somos capaces de controlar absolutamente todo, que nos equivocamos y cometemos errores.

Hace un par de meses, acudí al teatro con unas amigas, nos habían invitado a un estreno, y allí, entre los invitados, sin querer, mi corazón se paró cuando le vi a lo lejos. Quise irme en aquel mismo instante y me reí de mí misma, por no ser capaz de aguantar algo que había pasado hacía ya demasiados años. Me quedé. Intenté no estar pendiente, no saber ni dónde se sentaba, ni con quién hablaba, pero estaba tan nerviosa que empecé a encontrarme mal de verdad. Conseguí aguantar hasta el final de la obra y antes de que la gente empezase a salir, me excusé y me fui a la puerta para coger el primer taxi que pasase. La Gran Vía iluminada, ella que siempre vive y sonríe, pero aquella noche a mí me pareció triste y apagada.

Horas después recibí un mensaje. Me había visto y quería volver a verme. No contesté, pero a él la vida ya le había concedido el poder de creerse capaz de tener todos sus caprichos, de no aceptar un no por respuesta y creer que podía con todo lo que se propusiese. Como yo lo creía de mí misma, como siempre lo había creído, menos cuando le conocí a él. En varias ocasiones me citó en sitios distintos, desde cualquier cafetería hasta la habitación de un hotel, sin obtener respuesta, sin obtener mi presencia. Él sabía dónde podría encontrarme, pero le gustaba jugar y yo no se lo iba a permitir.

Empecé a recibir flores en la agencia. El primer día fueron seis, los años que llevábamos sin vernos, y cada semana se sumaba una más, como el paso del tiempo. La situación empezaba a ahogarme, y aunque me muriese por verle, le odiaba con todas mis fuerzas y jamás iba a darle ni una sola oportunidad.

Esta tarde, al salir por la puerta, un coche flamante me esperaba. Un conductor sonriente me hacía señas para que me acercase y él esperaba en el asiento trasero con una tímida sonrisa en los labios, donde he querido leer un “lo siento”. Iba a pasar de largo, pero he sabido que la situación no podía alargarse más. Sin pronunciar palabra, he abierto la puerta y me he sentado dentro. Le he visto asentir, con tristeza en los ojos y ha intentado acariciarme la mano. La he quitado bruscamente y le he indicado yo al chofer dónde quería ir. No podía ir a ningún hotel, ni aparecer en cualquier sitio, por desgracia, la prensa vive pegada a sus talones y salir en ella sería lo último que yo querría en mi vida. Hemos venido a mi casa, un pequeño apartamento en el barrio Salamanca, y él me ha seguido sin decir palabra. He cerrado la puerta a sus espaldas, mientras me temblaba la vida, y he servido dos copas de vino sin ser capaz de mirarle a la cara. Le he indicado con un gesto que se sentase en el sofá y le he dicho que tenía media hora para explicarme el porqué de todo en las últimas semanas.

He querido ver en él el arrepentimiento, pero no me lo he creído. Me ha jurado que nunca ha dejado de pensar en mí y que al haberme visto aquella noche en el teatro se había dado cuenta que tenía que luchar hasta que no le quedasen fuerzas para que yo le diese otra oportunidad. Le he escuchado en silencio, con mi mirada clavada en la suya, con una frialdad y entereza que no me creía ni yo, con los labios rojos y unos tacones de aguja que me dan el poder de una mujer fuerte, y esconden el dolor y la tristeza que hay dentro de mí. Le he visto llorar, y he visto en mi sofá, la escena que he deseado ver durante muchos años de mi vida. No le he dejado ni rozarme, aunque me moría por besarle, desnudarle y entregarme en cuerpo y alma a él, entregarle mi vida y mis ganas, como ya hice una vez. Cuando ha terminado su discurso, sollozando como un niño, al que me he dado cuenta que el éxito y la fama, hacen muy infeliz, al que me he dado cuenta que le faltan las cosas más básicas de la vida como amigos y cariño, le he invitado a marcharse. Le he explicado que ha conseguido que le escuchase, pero le he dicho que no quería volver a tener ningún tipo de relación con él. No quiero ser su amiga y no quiero tenerle en mi vida, lo he dicho mientras mi voz interior gritaba: ¡Cásate conmigo ahora mismo!

Le he visto salir, con su copa de vino intacta sobre la mesa, con los ojos inundados en un mar de lágrimas, que nunca sabré si eran ciertas o no. A veces, no somos tan fuertes como nos gusta aparentar, y yo sólo sé que he sentido miedo. Miedo a volver a ser traicionada por la única persona a la que he amado en toda mi vida. Miedo a volver a tener y volver a perder, miedo a arriesgar y no ganar, miedo a volverme a sentir vacía. Miedo a volver a tocar sus labios o besar su espalda desnuda, miedo a volver a abrazarle y querer que el mundo se pare. Miedo a no volver a saber vivir sin él, miedo a volver a entregarme, miedo a volver a despertar junto a él, miedo a compartir sus sueños… Y aunque realmente es lo único que deseo, el miedo, a veces, no nos deja elegir bien.

copa-vino

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Se ahoga el corazón

Me gusta el café de media tarde, tranquilo y en silencio, los que me seguís en Instagram o seguís la página del blog en Facebook, habréis podido ver una foto que he subido hoy, de un regalo muy especial con el cual, a partir de hoy, mis cafés van a saber mucho mejor.

Me gusta el café de media tarde, mientras oigo a niños jugar al otro lado de la ventana, con la energía inagotable y las ganas de jugar y correr toda la tarde.

Hoy vengo con un nuevo relato, sobre un tema que me produce miedo y un total y absoluto rechazo. Porque hoy, todavía en muchos países, se castiga a aquellos que sólo quieren transmitir la información a la que tenemos derecho. Hoy, te lo quería contar.

Leed despacito, como siempre…

SE AHOGA EL CORAZÓN.

Se me ahogaba el corazón y me dolía el alma. Me dolía como sólo es capaz de doler la soledad que sabes que no tiene solución, como duele el amor cuando te mata, duele mucho más que la primera vez que pruebas con tus labios el sabor de la decepción, duele mucho más que una primera caída en bicicleta, o la pérdida de ese juguete que ha sido tu favorito desde donde te llega la memoria, cuando aún ni si quiera sabes cómo es el dolor de verdad…

Se me ahogaba el corazón y me dolía el alma por haber fallado, por haberme fallado a mí mismo y por no haber sabido afrontar con fortaleza una de esas duras pruebas que pone la vida, para simplemente eso, hacerte más fuerte y hacerte aprender. Lo que la vida a veces no se da cuenta es que hay pruebas que sobrepasan la razón, y tu mente queda tan destrozada que no es capaz de obligar a fingir una sonrisa apagada.
Se me ahogaba el corazón y me dolía tanto el alma que mi vida se estaba quedando sin fuerzas…

Desde joven había alzado la bandera de la revolución, en mis actos y pensamientos siempre había estado como prioridad la opción de luchar contra las injusticias, a favor de los menos favorecidos e intentar con un lema de energía positiva pegado a la piel, hacer frente a todos los baches que la vida ponía en mi camino y en el camino de los que estaban a mi alrededor.

Demasiado joven aguanté demasiadas injusticias. Injusticias vitales, que la vida, a la que durante mucho tiempo me pregunté qué era aquello que yo le debía, se empeñaba en castigarme y machacarme en una constante caída que parecía no tener fin. Mi madre me abandonó cuando sólo tenía cuatro años. Mi padre, que nunca tuve la menor duda de que era un buen hombre y me quería, no sabía organizarse bien para demostrarme que así era, no tenía tiempo para una mirada, un abrazo o una sonrisa sincera. Le molestaba que inventase historias, que escribiese hasta altas horas de la madrugada, que leyese libros en vez de intentar tener un oficio de provecho con el que poder trabajar y ganarme la vida. Con mis escritos, siempre decía, no iba a ir a ningún lado. Nos acostumbramos a convivir el uno con el otro. Tuve que aprender, demasiado pronto, a valerme por mí mismo, pero me di cuenta lo mucho que le necesitaba cuando una tarde de julio, cuando yo cumplía veinte años, lo encontré tendido sobre su cama, con una botella de alcohol y un bote de pastillas vació, entregado a un sueño eterno que no fuese capaz de devolverle nunca más a la realidad de sus días. En su puño cerrado encontré una vieja fotografía en la que él observaba a mi madre mientras ella sonreía y yo estaba en sus brazos, con apenas unos meses de vida.
Mi padre se fue sin despedirse de mí y nunca supe cómo debía afrontar aquello. Lloré de rabia durante mucho tiempo, con la culpa dentro de mí cuerpo de que en todos aquellos años no hubiese habido ni un solo motivo por el que se sintiese orgulloso de mí. No sé si fue su culpa, o fue mía.
Por entonces, yo ya estudiaba periodismo y había entregado mi vida, por completo, a las noticias y a la información, quería ser la voz de muchos que no podían levantarla, quería que el mundo cambiase y quería ser yo quien lo consiguiese. Es un pensamiento absurdo que todo ser humano tiene, al menos, una vez en la vida. El problema es que a mí me duró mucho tiempo.
Con un expediente ejemplar y una entrega absoluta a mi vocación y profesión, no tardé mucho tiempo, después de varios meses de prácticas, en encontrar un buen puesto de trabajo en uno de los periódicos más importantes de la ciudad.

Cuando conocí a Alejandra sólo era un joven aprendiz. Ella tenía diecisiete años, la luz en la mirada, la picardía en la sonrisa y la vida en la voz, en el andar y en sus gestos que me hicieron creer que era un ángel bajado del mismo cielo pero con la sensualidad y la cara propia de una actriz de cine, de las de hacía años, de las que deslumbraban con su belleza y misterio. Alejandra era la hija del director del periódico, su única hija.
Habían días en los que visitaba a su padre y con la curiosidad que la caracterizaba se detenía a observar la redacción, los ordenadores y las manos de quienes escribían noticias, atendían el teléfono, sonreían ante un triunfo o se desesperaban ante el fracaso. Otras veces, pasaba corriendo al despacho y volvía a desaparecer en cuestión de minutos, corriendo de arriba abajo, con la inquietud de quien tiene diecisiete años y siente, como yo sentí una vez, que quiere comerse y solucionar el mundo.

Habían pasado siete meses desde que la había visto por primera vez hasta que tuve oportunidad de hablar con ella. Su señor padre, al que con el tiempo aprendí a cogerle cariño, había organizado una cena de Navidad para los empleados en su casa. Alejandra me observaba de reojo mientras sonreía, hasta que se acercó mientras yo me servía una copa para decirme directamente que tenía cara de tener pocos amigos. No se equivocaba. Asentí y a ella le salió una pequeña carcajada. Le sonreí y nos aguantamos durante varios segundos la mirada.

Cuatro años después, nos casábamos en una ceremonia elegante, celebrada por todo lo alto, muy a mi pesar y muy al gusto de mi suegro. Alejandra se licenció en Periodismo y empezó a ser, además de mi esposa, mi compañera de trabajo.

Nuestro amor siempre fue tranquilo y bueno, de los sanos y puros, de los que no gritan ni faltan el respeto, de los que sonríen en silencio cuando hay que callar y los que ríen a carcajadas cuando es el momento. Nuestro amor era un amor de complicidad, amistad, pasión, sexo y promesas eternas, un amor de amigos, amantes y dueños de sueños. Era el hombre más afortunado del mundo.

Nuestra hija Gabriela cumplió siete años hace sólo unos meses y nosotros, cada vez que la miramos, con esa delicadeza que transmite su mirada, esa calidez que regala su sonrisa y esa paz que desprende su alma, nos sentimos los seres más afortunados del planeta por haber sido capaces de crear algo tan hermoso y por seguir queriéndonos cada día como si todavía fuese el primero.

Alejandra, desde hacía mucho tiempo, estaba inmersa en una investigación sobre narcotráfico y prostitución que le estaba robando más horas y energía de la que debía. Cada vez que avanzaba y profundizaba más en el caso, cada vez que descubría algo nuevo, sentía más necesidad de llegar hasta el final, de luchar contra todo aquello que se estaba permitiendo en un mundo en el que ella vivía y en el que estaba dispuesta a dejarse el cuerpo y el alma si era necesario para intentar cambiarlo.
El reportaje final permitió destapar una de las mafias más importantes que se habían detenido en Europa en los últimos años, una mafia dónde gente con mucho peso y renombre había invertido dinero, sudor y maldad. Empresarios, jueces y abogados en una trama de prostitución, drogas y pederastia que consiguió que la policía detuviese a mucha gente y que mi inquieta y justiciera esposa se ganase el respeto de toda una profesión y todo un pueblo que ahora la admiraba y aplaudía… Me sentía muy orgulloso de ella, como compañero de vida y de trabajo. Había estado brillante. La admiraba, seguramente mucho más de lo que ella creía.

Hace dos semanas, salió a cenar con unas amigas, quería celebrar el triunfo y estaba feliz y pletórica. Gabriela y yo nos decantamos por un vestido verde con la espalda escotada y unos buenos tacones entre todas las opciones que nos propuso. Era preciosa. La besé y le dije que se divirtiera, su perfume se me quedó impregnado en la piel al abrazarla antes de que saliese…
No sabía que sería la última vez que lo haría.

A mi esposa la asesinaron en plena calle. Todavía la imagino, riendo, con su caminar y su energía, saliendo de aquel restaurante donde las balas y la vida la pillaron por sorpresa. Cinco tiros acabaron con su risa, con su sonrisa y su energía, acabaron con nuestra vida, le robaron parte de la suya a mi hija.
Mi esposa fue asesinada por transmitir información, por querer luchar contra las injusticias, por contar la verdad, por ser la voz de la noticia… Mi esposa fue asesinada porque todavía hoy vivimos en una sociedad donde el periodismo puede acabar siendo un trabajo de alto riesgo, porque todavía hay demasiados seres humanos que se creen dioses superpoderosos capaces de controlar el mundo, creen tener el poder del dónde, cuándo y cómo.

Mientras espero que se haga justicia y se encuentre a los culpables, he sentido como a poco he ido perdiendo la razón, la fuerza, las energías y la vida, y en el más puro egoísmo, he intentado llevar a cabo el que siempre fue el castigo de mis días. Intenté suicidarme loco de desesperación, sin pensar lo que dejaba. Roto de rabia y egocentrismo, alguien me encontró antes de que fuese demasiado tarde, antes de que pudiese dejar a mi pequeña Gabriela sola en este mundo…

Se me ahoga el corazón y me duele el alma. Me duele como sólo es capaz de doler la soledad que sabes que no tiene solución, como duele el amor cuando te mata, duele mucho más que la mentira en el momento que confías a ciegas, duele mucho más que la primera vez que pruebas con tus labios el sabor de la decepción, duele mucho más que una primera caída en bicicleta, o la pérdida de ese juguete que ha sido tu favorito desde donde te llega la memoria, cuando aún ni si quiera sabes cómo es el dolor…

Se me ahoga el corazón y me duele tanto el alma que la vida se me está quedando sin fuerzas.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

De esta agua no beberé…

Sabéis que los martes siempre intento volver, es uno de los días en el que más tiempo libre tengo y me gusta sentarme frente al ordenador, con el café en la mano, y algo que te quería contar.

Los relatos cada vez gustan más y a mí cada vez me gusta más escribirlos. Hoy traigo una historia sobre el amor y la pasión, que a veces, traiciona a la razón.

Leed despacito y ya me contaréis qué tal…

De esta agua no beberé…

Entré en el restaurante y el camarero me acompañó a la que iba a ser mi mesa, todavía estaba sola. Aquel era nuestro restaurante favorito, mi restaurante favorito de todo el mundo, su salón parecía transportado de otra época, cuadros gigantes envolvían el salón principal, con sillones y grandes ventanales, música celestial y silencio. Allí se respiraba paz y la comida y atención eran exquisitas. Empezaron a tocar el piano y sonó esa canción que me paró el corazón…

En nuestro primer aniversario de boda, Alberto me llevó allí a cenar. Era una sorpresa. Había oído hablar del lugar, pero nunca imaginé que lo que había en su interior fuese tan bonito. Recuerdo mi cara de sorpresa, la sonrisa que se dibujó en la suya al ver mi expresión, la felicidad que por aquel entonces se respiraba en nuestras miradas, en nuestras caricias, las ganas que teníamos de todo, de comernos y besarnos, de mirarnos y querernos.

Alberto formaba parte de mi familia prácticamente desde que yo nací. En cada uno de mis recuerdos, estaba él. Sus padres, íntimos amigos de los míos, y él, compañero inseparable de cada una de las batallas y juegos de mi hermano mayor, eran parte esencial de nuestra familia. A mi solían excluirme de sus aventuras, no cabía en sus historias de indios y vaqueros y normalmente les molestaba mi presencia.

En el verano de 1981, cuando yo tenía quince años, fuimos todos juntos de vacaciones a Palma de Mallorca. A mi padre le habían recompensado con un sueldo honorífico, por su lealtad y servicio, y aquel año decidieron que saldríamos de la península. Aquel verano, ni si quiera recuerdo por qué, mi hermano no vino con nosotros. Raul, el hermano pequeño de Alberto, que tenía cuatro años menos que yo y nunca hablababa porque su tímidez le provocaba un pánico excesivo a la hora de dirigir la palabra a alguien que estuviese más allá de las personas que vivían en su casa (es decir, su hermano y sus padres), también había venido con nosotros. A Alberto, que por aquel entonces tenía diecisiete años, no le quedaba más compañía para aquel verano la isla que intentar entablar conversación con una adolescente a la que había visto crecer desde la cuna.

El segundo día de estar allí, mientras nuestros padres alargaban la sobremesa con su café, sus risas, las críticas hacia esos amigos a los que fingían apreciar, el tabaco y las primeras copas de whisky, Alberto y yo decidimos irnos a la playa. Todavía estabámos en esa edad en la que las conversaciones de los adultos nos aburrían. Alberto siempre me había tratado del mismo modo que me trataba mi hermano, de hecho, estoy segura que tenían casi los mismos sentimientos. Yo era su hermana pequeña, a la que había visto crecer, a la que tenía que cuidar y proteger.

-Bueno, ¿y qué? ¿Ya tienes novio?.- Me preguntó mientras nos tostabamos bajo el sol del Mediterráneo.

-No.- Contesté en seco y con un tono molesto.

Sonó una carcajada y me preguntó si me había molestado la pregunta, me dijo que no me enfadase y que no iba a decirle nada a mi hermano. Podía contarle todo a él, y decía, entre risas, que el día que tuviese un novio, él tendría que darle el visto bueno, a nuestra familia no podía entrar un miembro nuevo así como así.

Le miré en silencio. Con la madurez que siempre me había caracterizado en la mirada, con la tranquilidad con la que se mira a alguien a quien has mirado toda tu vida, y con una fuerza que ni Dios podría saber de dónde saqué.

-¿Quieres que te cuente algo que nunca te he contado? ¿Algo que callarás y no le contarás a mi hermano, a mis padres, ni a los tuyos?

Asintió victorioso.

-Estoy enamorada de ti desde donde soy capaz de recordar. No sé si me enamoré de ti siendo una niña o si me enamoré ayer, pero sé que siempre has formado parte de mis pensamientos. Sé que cuando veo que mi hermano y tu quedáis con chicas, me muero, y sé que no quiero besar a otro chico que no seas tú.- Su cara iba cambiando de color y parecía que la sangre le había bajado a los pies de un sólo golpe.- No quiero que digas nada, tú querías saberlo y tú guardarás mi secreto. No te preocupes, sobreviviré sin ti, pero creo que ya que me has sacado el tema, y con la confianza que nos une, era importante que te contase lo que sentía.- Terminé mi discurso con un aire irónico que me estaba resultando bastante divertido. Vi su cara y supe que el pobre no sabía qué decir, ni cómo reaccionar, así que le di una palmadita en la espalda y le miré con ojos de piedad, di un suspiro mientras me aguantaba la risa y me metí en el mar.

No me giré a ver si seguía en la toalla, sobre la arena, o si había huído de allí pensando cómo iba a contarle a mi hermano cuando volviesemos a casa lo que le acababa de decir. No me preocupaba, ni si quiera tenía prisa, desde muy pequeña siempre supe que Alberto acabaría enamorado de mí.

No se había fugado de la toalla, cuando salí del agua, un silencio a voces nos envolvía a ambos. Aquellos días él decidió actuar con total normalidad, como si aquella conversación en la playa nunca hubiese existido. Yo me limité a hacer lo mismo, la diferencia es que yo me reía cuando me acercaba a él y sentía como le temblaban las manos. le ponía nervioso y eso me resultaba divertido. Supongo que por aquel entonces, el amor, incluso el verdadero, me parecía un juego, un juego por descubrir y estaba segura con quien quería jugar y ganar la partida.

La noche antes de volver a Madrid, el hotel había organizado una fiesta de esas donde las banderitas de colores, la música y el bronceado de la piel danzaban por la terraza a modo de despedida de verano. Estabámos sentados en una silla mientras nuestros padres bailaban y reían y Alberto me preguntó si me apetecía dar un paseo por la playa. No sabía si aquella invitación era una escapada fugaz de aquel espectáculo que nos aburría o si de verdad le apetecía estar conmigo a solas. Nos sentamos frente al mar en silencio y recuerdo que aquella noche había luna llena.
Esta vez, el silencio me resultaba un tanto incómodo.

-Alberto… Respecto a lo del otro día… Yo… de verdad… No me hagas caso…- Me silenció con la mirada y me selló los labios con un beso. El primer beso de mi vida. Mi estómago estalló con miles de mariposas saliendo a empujones de su interior y mi corazón se aceleraba como si una bomba fuese a explotar llevándoselo con ella. Nos abrazamos en silencio y supe que mi vida acababa de cambiar para siempre.

Tardamos seis meses en contarles a nuestros padres que estábamos enamorados. Seis meses de sonrisas disimuladas y caricias escondidas, seis meses clandestinos y bonitos. La noticia no les pilló por sorpresa y les hizo muy felices a todos, incluso a mi hermano, que no entendía nada. El doce de mayo de 1987 nos convertimos en marido y mujer en la pequeña iglesia de nuestro barrio, con una fiesta y un banquete en los que nuestros padres tiraron la casa por la ventana. Alberto se había convertido en mi mejor amigo, en mi amante, en el amor más puro, en mi mirada más cómplice y unos años después en el padre de mis hijos.

Mi amiga Silvia siempre dice que todo ser humano es infiel por naturaleza, que en algunos casos hay personas que nunca destapan ese deseo y que la razón siempre predomina en sus sentimientos, otras veces, el ser humano decide experimentarlo en algún momento de su vida, cuando sus ganas no pueden reprimirse más y el deseo es más fuerte que la norma establecida y por último están los sinvergüenzas que toman esta faceta como rutina de sus días. Yo siempre me reía y le decía que eso no era verdad, que el infiel es infiel cuando no ama de verdad, cuando su avaricia y egoísmo ganan al amor verdadero, cuando esa necesidad muestra la cobardía y el egocentrismo. Ella me sonreía y me decía siempre lo mismo: “Nunca digas de esta agua no beberé”.

La vida siempre me ha sonreído. Es cierto que siempre he sido una mujer llamativa para el sexo masculino, pero siempre he estado muy, muy enamorada de mi marido. Hace dos años publiqué mi primer libro sobre psicología infantil y la verdad que los resultados fueron mucho más positivos de lo que jamás podría haber imaginado. Una buena editorial, cuyo director era viejo conocido de mi suegro, decidió apostar por mí, por mis teorías y lanzar una publicidad que me resultó muy beneficiosa. Desde entonces, he hecho presentaciones de mi libro por todo el país, en charlas a madres y padres, en facultades y en conferencias de psicología. Puedo decir que no me falta nada en la vida.

Las historias de amor que vemos en el cine o leemos en las novelas, confunden nuestras vidas. El amor, en la realidad, no está vivo de forma eterna. El amor tiene etapas, como cualquier asunto de la vida. Los seres humanos evolucionamos, como lo hacen nuestros sentimientos y nuestras prácticas. Aunque lo desease con todas mis fuerzas, no podía pretender que mi matrimonio, después de más de veinte años siguiese siendo como el primer día. El respeto y la educación nunca habían faltado en mi casa, pero la rutina no mantenía viva la pasión que sentíamos con diecisiete años, cuando aún estábamos descubriendo la vida.

En una de mis conferencias, en la Universidad Autónoma de Barcelona, conocí a Pau, un catedrático de psicología que me parecía el hombre más inteligente del mundo. Lo que empezó siendo una relación profesional, acabó convirtiéndose en una amistad fuerte, tan fuerte que empecé a soñar con él y a desear que nuestro trabajo y nuestro destino nos reuniesen. En uno de sus viajes a Madrid, me invitó a cenar al restaurante que había al lado de su hotel, muy cerca de Atocha. Por alguna extraña razón, hice algo que jamás había hecho. Alberto siempre había confiado en mí, nuestros trabajos nos obligaban a estar con gente y conocer pesonas nuevas, no habría habido ningún problema en decir a dónde iba, pero mis deseos me traicionaban y mi corazón sabía que decir la verdad era gritar a voces unos sentimientos que yo quería callar con fuerza. Le dije que iba con Silvia, a cenar y al teatro y que seguramente llegaría tarde a casa.

Pau me hizo reir como hacía años que no hacía. No recordaba la última vez que Alberto, mi marido y mi mejor amigo, me devoraba con la mirada. No recordaba la última vez que me había desnudado con deseo, o me había besado como si se nos fuese la vida. No sabía si eso era lo que tenía que pasar cuando llevabas veinte años casada o si realmente mi matrimonio se había ido apagando poco a poco, sin que yo lo supiese y sin que nosotros lo hubiesemos evitado.

Aquella noche me sentía especial, única, guapa, radiante, querida y cuidada. Me había puesto un vestido negro, me había recogido el pelo con una coleta y unos pendientes gigantes de plata y piedras negras acompañaban mi mirada, que por unos instantes, se sentía loca y adolescente. Tras una botella de vino, vino otra y cuando me quise dar cuenta estaba en su habitación bebiendo gintonics y con el fuego y la pasión estallando en mi alma. No sé que me pasó, pero me sentía más viva que nunca.

Me acordé de Silvia, de su teoría sobre la infidelidad, sobre el agua que algún día yo también bebería. Dejé que me desnudase, que me besase, que acariciase cada rincón de mi cuerpo, ese cuerpo al que ya le iba pesando el tiempo, dejé que me susurrase cosas bonitas al oído, que me llenase de te quieros y de quiero estar siempre contigo, me dejé llevar por la pasión, por el momento, encerrando la razón en un pequeño bolso plateado que me acompañaba aquella noche, para que no me mirase y yo no me muriese de vergüenza. Me dejé querer y quise.

Cuando llegué a casa, Alberto y mis hijos dormían y yo no sabía si gritar de rabia o de felicidad. Había sido una de las noches más bonitas que recordaba. Me senté en la cocina, con la luz apagada y me puse a llorar.

Alberto sabía que algo me pasaba, era mi marido, me conocía desde que era una niña, me conocía mejor que nadie en el mundo, pero le dije que estaba cansada y un poco confundida en mi vida. No preguntó y estoy segura que sabía que había otra persona en mi cabeza, lo que no imaginó es que había otra persona que acariciaba mi piel y mis sueños.

Mis encuentros con Pau se repitieron durante cuatro meses, en Madrid o Barcelona, unos meses en los que no sabía si estaba más viva o más muerta que nunca, unos meses de deseo y dolor, de felicidad y tristeza, de rabia y amor, de pasión y miedo… Me había enamorado. Estaba enamorada de dos personas al mismo tiempo y esta vez la psicología que tanto dominaba no era capaz de encontrar solución. ¿Cómo me podía haber enamorado a estas alturas de la vida? Me había dejado llevar, por el impulso y el egoísmo, por las ganas de sentirme viva y romper con mi rutina, mi error había sido dar el primer paso y ahora ya no había marcha atrás. ¿Qué iba a hacer? ¿Dejaba mi vida entera, mi familia, mi marido y mis hijos por un hombre al que a penas conocía? ¿Me quedaba con mi marido al que ya había traicionado y engañado de por vida? Me estaba volviendo loca. Podría haberme callado, haber dejado de ver a Pau y haber hecho como si nada. Yo no era así, no podría vivir con esa mentira dentro de mí, no podía enterrar esos sentimientos como si nada, porque yo le quería, también a él le quería.

Alberto y yo firmamos los papeles de separación hace un año. Le destrocé la vida. Le destrocé la vida a mi compañero de vida, a quien me había querido y protegido desde la cuna, a quién había sido mi primer y gran amor, al que había sido mi confidente, mi amigo, mi amante, el padre de mis hijos.

Alquilé un pequeño apartamento en el centro de Madrid, mis hijos repartían su tiempo entre nuestra casa y la que ahora era la mía. Me miraban con reproche y aunque no dejaban de quererme en sus ojos veía la rabia y el odio. Entre Madrid y Barcelona cabalgaba mi vida. Pau era la pasión y el deseo, las ganas de estar viva. No había ni un sólo día en el que no echase de menos a Alberto, nuestra complicidad y nuestra vida. El ser humano es caprichoso y egoísta.

Dicen que la vida siempre pone todo en su lugar, y a veces, en su infinita sabiduría devuelve el dolor que se ha causado, todo lo que entregas, se te devolverá tarde o temprano, como dicen los más sabios, los actos se pagan con la misma moneda. Hace dos meses, Pau decidió volver con su ex mujer, de la que llevaba siete años divorciado y a la que, al estar conmigo, había echado mucho de menos. El día que me lo contó, sonreí en silencio. Entendí que mi capricho, mi irracionalidad, mi deseo por encima de la razón, me había salido muy caro.

En todo un año no volví a ver a Alberto, sé de él por mis hijos. No he visto a mis suegros porque la vergüenza no me lo permite y practicamente no he sido capaz de mirar a la cara a mis padres.
Hace dos semanas, un día antes de firmar nuestros papeles de divorcio, Alberto me envió un mensaje al móvil. En él, una hora y la dirección de un lugar que yo conocía bien.

Entré en el restaurante y el camarero me acompañó a la que iba a ser mi mesa, todavía estaba sola. Aquel era nuestro restaurante favorito, mi restaurante favorito de todo el mundo, su salón parecía transportado de otra época, cuadros gigantes envolvían el salón principal, con sillones y grandes ventanales, música celestial y silencio. Allí se respiraba paz y la comida y atención eran exquisitas. Empezaron a tocar el piano y sonó esa canción que me paró el corazón…

La canción que siempre sonaba, en aquel lugar que era nuestro, en aquella mesa, con aquellos recuerdos, con aquella melodía, con el dolor presente que por aquel entonces no existía… Con su caballerosidad y elegancia, con su saber estar y educación, le vi acercarse a la mesa con una media sonrisa y pude ver en sus ojos que me había echado de menos, como yo a él, pero mientras mi mirada aclamaba, avergonzada, el perdón, la suya derrochaba tristeza y gritaba que no… No podía perdonarme. No iba a hacerlo. Nos miramos en silencio y fue inevitable darnos un abrazo, las lágrimas caían en silencio por mi cara y entendí que aquella era nuestra despedida definitiva. En nuestro lugar favorito, con aquella canción que me paraba el corazón, con el hombre de mi vida, al que había perdido por un capricho del corazón…

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Feliz martes, amigos.

Lorena.