Y le quise ver mil veces…

Reconozco mi poca vergüenza. Os prometo que la reconozco, que no tengo excusas, sólo falta de tiempo…

El otoño ha llegado con fuerza a Madrid y si os digo la verdad, a mí me gusta tener que ir sacando ya alguna que otra chaqueta del armario, la chupa de cuero, los botines o los pantalones largos. Esta mañana he empezado mi lunes trabajando desde aquí, mi ciudad adoptiva, que cada día me tiene más enamorada (aunque parezca imposible) y la terminaré trabajando desde Italia, con una compañía inmejorable y eso, además de que no puede sonar mejor, es una auténtica gozada. A estas horas he decidido prepararme un té verde calentito, mientras el fresquito golpea la ventana y yo me reencuentro con vosotros. ¿De qué forma? Pues a través de un relato… No he encontrado otro modo. Es lo único que hoy necesitaba y os quería contar…

Leed despacio, como siempre, acurrucaos en el sofá y dejar, por unos minutos, de lado la realidad.


 

Y le quise ver mil veces…

Aquel día le vi, y fue casi sin querer, pero fue inevitable. Le vi. Y eso que aquella mañana mi amiga Sofía me había advertido de lo que iba a suceder. Ella sabía que yo saldría de casa y que le iba a ver, y yo negaba, y me reía y le decía que no, que tenía otros planes, que no me iba a cruzar con él… Que no iba a hacer por cruzarme con él. Pero lo hice, como lo llevaba haciendo durante meses…

Nos habíamos conocido muchos años atrás. Habíamos coincidido en una academia de verano de esas a las que van los pringados que, de un modo u otro, necesitan tener una obligación para levantarse cada mañana y estudiar para septiembre. Nos caíamos bien, es que eso se notó desde el principio. Por aquel entonces, él tenía novia y yo… Yo no tenía absolutamente nada. A ver, pongámonos en situación… Compartimos unas clases particulares en una academia, un verano, nada más (¿qué más da si tenía novia o no?). Si digo que no me fijé en él, miento. ¿Quién no se fijaba en él? Era prácticamente imposible. No sé muy bien si por esos ojos verdes, si por esa piel tostada, si por ese pelo despeinado o por esa chulería que le hacía irremediablemente adorable (y apetecible). Compartimos risas y buenos momentos, después, obviamente, cada uno siguió su vida. Es más, creo que él se fue de la ciudad… Bueno, no lo creo. Lo sé. Se fue a estudiar fuera y no le volví a ver hasta que no pasaron dos años, en una noche de viernes, por pura casualidad. Los dos nos alegramos de vernos, es verdad. Se notó, incluso desde lejos. Nos dimos un abrazo, nos regalamos las sonrisas que se regalan aquellos que hace tiempo que no se ven y se caen bien y estuvimos un rato charlando, entre risas, entre tonterías y complicidad (imposible negarlo). Dijimos de tomar un café, algún día, ya nos llamaríamos, si eso…

Pues me llamó. Me llamó al día siguiente y acepté. Lo que iba a ser un café se convirtió en horas y horas de cañas, de risas, de miradas, de parar el tiempo, de olvidarse del planeta, de paseos sin objetivo, sin lugar de destino, de entrar a cualquier bar, de no mirar alrededor, de comernos con los ojos y divertirnos… Sobre todo eso. Y me besó. Y yo he de reconocer que aquel beso me gustó, no sé muy bien si me gustó de verdad o si fueron las cañas de más, pero me gustó, aunque casi ni lo recuerde. Después de ahí, creo que no hablamos mucho más, y no porque no nos hubiese gustado aquella tarde… Es más, creo que los dos decidimos guardarla como una tarde especial en nuestros recuerdos y dejarla ahí, bien conservada, para no estropearla… A veces, hay cosas que pasan en un momento concreto y deben quedarse así, como si las guardases dentro de una cajita y mucho tiempo después la volvieses a abrir, para mirar que sigue igual y sonreír y saber que el tiempo no ha estropeado absolutamente nada. Es difícil, pero a veces, hay cosas que deben pasar así. Creo que alguna vez nos volvimos a escribir, cada muchos meses, un qué tal estás o un hoy por casualidad me he acordado de ti… Sin más. Dos frases cordiales llenas de cariño (y pasión) cada cierto tiempo. Y así, durante cuatro años más.

Yo habría seguido tranquilamente con mi vida, con mi rutina, con mi casa y mi pareja. Habría seguido con la tranquilidad, respirando la paz en mi zona de confort. Habría seguido así mucho tiempo, habría seguido así para siempre y seguramente habría sido cobarde, ¿verdad? O quizás aburrida, o quizás jamás habría descubierto que se puede estar mejor. Bueno, olvidemos la última frase, porque realmente siempre se puede estar mejor, y peor, así que a veces, es mejor quedarse como uno está, pero es que otras veces… Es que otras veces el destino te manda una señal y sabes que todo tiene que cambiar, aunque te vuelvas completamente loca.

Cuatro años después nos encontramos en un bar, él con un grupo de amigos solteros y depredadores y yo con un grupo de amigas guapas y divertidas. Obvio, no fue difícil entablar conversación, ni si quiera alargarla a unas horas, ni si quiera acabar todos juntos de copas y fiesta por el centro de la ciudad… Y aquella noche nos reímos, como lo habíamos hecho cuatro años atrás, y nos mirábamos y sabíamos que ocurría algo, algo inexplicable, algo que nadie podía entender, aunque todos lo viesen, seguramente, más claro que nosotros… Insistimos en decirnos que no nos habíamos echado de menos y, entre risas, incluso que habernos reencontrado había sido el error del fin de semana. Y resulta ser que aquel error nos llevó a querer vernos prácticamente cada día.

A medida que le veía a él, mi  rutina se desmoronaba, mi zona de confort se iba haciendo pequeña y empezaba a ahogarme. Cada vez que le veía quería salir corriendo y decirle que me llevase de bar en bar, a tomarnos unas cañas, a reírnos y a besarnos como aquel día en el que sólo queríamos tomar un café. Pero no lo hicimos, nunca lo hicimos. Porque no nos besamos, ni una sola vez. Compartimos muchos cafés, muchas risas y compartimos una complicidad que de forma egoísta nos iba uniendo cada vez más. Una complicidad que pedía a gritos que nos abrazásemos, que nos apretásemos fuerte las manos y que apostasemos por aquello que sentíamos, que era lo que, realmente, nos estaba manteniendo vivos. Y sentíamos miedo, sin decirlo. Porque nunca se lo dije. A veces, no es necesario decirlo. Supongo que me lo leía en la mirada, como yo leía en la suya que quería que fuese suya, sólo suya, para siempre, de nadie más…

Hubo un día en el que no podía más. Llevaba viéndole meses, fingiendo que era mi mejor amigo, fingiendo que era su mejor amiga, fingiendo que no nos queríamos devorar, arrancar la ropa a mordiscos, tocarnos el alma con las manos y desgastarnos los labios y la piel a besos… No podía quitarlo de mi cabeza y sólo sonreía si él me escribía un mensaje. Tenía un problema, un verdadero problema. Aquel día le vi. Y fue casi sin querer, pero fue inevitable. Me había prometido no escribirle, no verle, distanciarme. No hacer daño a quien creía en mí, hacer caso a la razón… Pero, inevitablemente, yo siempre fui más del corazón. Le vi con la excusa de darle algo, su libro favorito, en edición limitada que lo había encontrado por casualidad, cuando se habían agotado todos los ejemplares y yo estuve semanas para comprar uno. Y sólo nos dimos un abrazo, y le sentí temblar como temblaba yo. Y entonces, sólo entonces, supe que había dos caminos: salir corriendo para siempre o quedarme y arriesgar. Pero joder, alguien saldría herido, y yo, sólo yo, sería la culpable.

Aquella noche volví a casa, y ni el abrazo de mi gata me dio el calor que yo esperaba. Encontré mi casa, mi hogar, completamente vacío, desangelado, frío. Miré a la persona que más había querido jamás, a quien más me había querido, y me pregunté cuánto tiempo hacía que habíamos dejado de estar enamorados y le abracé en silencio. Y lloré, lloré mucho. Y no nos hicieron falta las palabras, porque hacía mucho que lo nuestro no funcionaba, porque hacía demasiado que sólo éramos amigos… Y nos hicimos daño. Claro que nos lo hicimos y nos echamos de menos, y seguramente lo haremos el resto de nuestras vidas… Pero, a veces, el destino te manda una señal, y te pone a prueba, y tu eliges cómo jugar, qué hacer, si arriesgar o quedarte cómodo, sin más.

Y yo arriesgué. Y le llamé. Y le vi. Y sólo me hizo falta abrazarle para sentir que ya nada era igual, que todo había cambiado, en cuestión de segundos, que ahora podía ser verdad, que podíamos tener la oportunidad de intentarlo, sin saber si saldría bien o saldría mal… Y me vio llorar, y lo entendió todo. Y me besó. Aquel día me besó. Me volvió a besar, como hacía años que no lo hacía nadie, como si el mundo se acabase allí mismo, y me abrazó y supe que no quería que me soltase jamás… Y tuvimos que intentarlo.

Y pasaron los años. No sólo cuatro, pasaron ocho, y diez… Y un día nos casamos, rodeados de amigos, en una fiesta divertida, sin excentricidades ni extravagancias. Fue una ceremonia bonita, llena de cariño, de pasión y de mucho amor… Y tuvimos dos hijos, y son maravillosos, con los ojos de su padre y la mirada de su madre. Y los miro, y entonces sé que lo hice bien y que hay veces que, simplemente, la vida te manda una señal, un aviso, de la forma que sea… Por un encuentro casual, un tropiezo o una canción. Hay caminos que aunque no los quieras recorrer, si están en tu destino, acabarás por perderte en ellos. Y le vi, y menos mal que le vi. Y que le quise ver mil veces…

destino

Buenas noches, amigos.

Lorena.

Quiero

¡Ay, amigos! La verdad es que estos días, entre estar en casa (porque sí, me he venido un mes entero a mi pueblo y ni recordaba la última vez que había paso aquí tanto tiempo), entre tanto trabajo y demás… se me van los días sin actualizar el blog. Supongo, que cuando pase el verano todo será diferente. Hoy es día de reencontrarnos, para empezar así la semana y quiero hacerlo en forma de relato, porque no se me ocurre mejor forma de estar juntos, y hoy, que mi amiga Alba me ha pedido que lo haga, te lo quería contar. Un relato que habla de los sentimientos del ser humano en general porque todos, alguna vez, nos hemos enamorado con tanta fuerza que nos ha sido imposible que nos respondan de la misma manera… y todo, de un modo u otro, acabamos viviendo las mismas historias.

Leed despacio, como siempre…


QUIERO

Quiero que te duela la tripa como me duele a mí cuando pienso en ti, cuando pienso en aquella primera vez que nos vimos o cuando pienso en todas las que, casi por casualidad, nos hemos cruzado en la vida. Quiero que recuerdes aquel día en el que nuestras miradas se cruzaron por primera vez, aquel día en el que alguien pronunció nuestros nombres e hizo de nosotros una presentación oficial, para pasar de desconocidos a ser conocidos de forma cordial. Quiero que recuerdes aquella noche de verano, en la playa, entre música y sonrisas, en la que bailamos sin parar y bebimos juntos alguna copa de más. Quiero que te acuerdes de la ropa que llevaba, de aquel vestido de flores que  cubría con suavidad mi piel. Quiero que recuerdes cómo me mirabas o las primeras palabras que compartimos, quiero que las grabes a fuego en tu memoria y que cada vez que recuerdes esos instantes, una sonrisa tonta se apodere de tu cara. Quiero que recuerdes el momento en el que me pediste mi número de teléfono y que recuerdes aquel primer mensaje que nos encendió el corazón. Quiero que recuerdes esas noches, en las que nos pasábamos horas escribiéndonos, hasta que la fuerza de nuestros ojos por cerrarse se resistía a nuestras ganas, esas noches en las que te quedabas dormido con la pantalla del teléfono encendida, que se apagaba al mismo tiempo que nosotros, sin querer, nos quedábamos dormidos. Quiero que recuerdes cuándo me preguntaste si estaba disponible aquel martes por la tarde, en el que nuestra primera cita marcaría con fuerza el calendario y nuestras vidas.

Quiero que recuerdes el primer café, los nervios de la primera vez, la falta de palabras y las ganas de hablar sin parar. Quiero que recuerdes las ganas de los besos y la vergüenza que te impedía darlos. Quiero que recuerdes aquella primera cena, en la que una hamburguesa en aquel rinconcito de Madrid, pareció el mejor manjar y la velada más romántica. Quiero que recuerdes la primera cerveza, la primera de muchas que acompañaron a todas y cada una de las mariposas que revolotearon en nuestros estómagos. Quiero que recuerdes cada una de las risas a medias, donde temblaban los labios y la voz, donde las miradas se sostenían con la misma fuerza que tenían nuestros corazones por aquel entonces. Quiero que recuerdes el primer paseo por el parque o la primera vez que quisimos hacer un picnic en el Retiro. Quiero que recuerdes la primera vez que patinamos por Madrid Río y me cogiste de la mano, prometiendo que no me soltarías jamás. Quiero que recuerdes el primer helado que compartimos en La Puerta del Sol, paseando hasta la Plaza Mayor y sintiendo que el mundo se paraba y que todo a nuestro alrededor desaparecía. Quiero que recuerdes la primera vez que subiste a casa y te puse aquel disco que tanto me gustaba y que tanto detestabas, aquel disco que aceptaste con una sonrisa y aquel disco por el te burlaste de la música que me apasionaba. Quiero que recuerdes aquella noche en la que decidiste que te quedarías a dormir.

Quiero que recuerdes la primera vez que hicimos el amor, en la que me acariciaste como si mi piel fuese a desaparecer bajo tus dedos. Quiero que recuerdes cada uno de los besos con los que me recorriste el cuerpo y me erizaste el alma. Quiero que recuerdes cada uno de nuestros despertares, entre miradas cómplices y besos, en los que las sábanas eran nuestras mejores aliadas y nada más tenía importancia. Quiero que recuerdes los te quiero porque sí, sin importar el día ni el lugar. Quiero que recuerdes, porque yo todavía no soy capaz de recordarlo, qué fue lo que te impulsó a desaparecer, poco a poco, de mi vida. Quiero que recuerdes qué era lo que te pasaba por la mente cuando no te apetecía escribirme un mensaje o cuando cualquier excusa era suficiente para impedir que nos volviésemos a ver. Quiero que recuerdes si te preguntaste si yo estaría llorando en mi habitación. Quiero que recuerdes si alguna vez me echaste de menos y si alguna vez te preguntaste si la que te echaba de menos era yo. Quiero que recuerdes cuándo fue el momento en el que te fijaste en otra persona y en el que otros besos llenaron tus labios de ilusión. Quiero que recuerdes si alguna vez volviste a mirar a alguien cómo me miraste a mí, si volviste a hacer rabiar, entre sonrisas, a alguien como lo hiciste conmigo, o simplemente, si alguien te llenó de felicidad como yo te llené a ti, o como tú me llenaste a mí.

Quiero que cuando suene tu móvil corras a mirarlo, esperando que quien te haya escrito sea yo. Quiero que mires, de vez en cuando, mi última conexión y que cada vez que me veas en línea, desees con todas tus fuerzas verlo convertido en un escribiendo… que te acelere el corazón. Quiero que si no lo hago, lo hagas tú, que me escribas y quieras sacarme una sonrisa, que quieras volver a ser tú quien me haga sonreír. Quiero que te inventes cualquier excusa para saber de mí, que le hagas una foto a tu cena o compartas conmigo una foto cada vez que veas el mar. Quiero que se te ocurra cualquier tontería que a mí me alegre el día, quiero que lo hagas cada día. Quiero que tengas ganas de luchar por mí y que te dé igual todo lo que haya llegado nuevo a mi vida. Quiero que entiendas que sigo pensando en ti cada vez que me voy a dormir y que si sueño contigo cada noche, no es por pura casualidad. Quiero que te mueras por llamarme y decirme que me vuelves a necesitar, que me echas de menos y que tarde o temprano necesitarás gritar que quieres volver a dormir abrazado a mi piel, a mi respiración, a mi aliento y al aroma de mi piel. Quiero que te pasen todas y cada una de estas cosas, porque son las que me pasan a mí.

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Buenas tardes, amigos.

 

Lorena.

 

Empezó mi vida…

Cuando me marché y escribí el último post, tenía claro que hoy era el día que iba a volver. A veces, los planes no salen como uno quiere. Hace dos días que llegué a España y en menos de 48 horas he tenido que hacer muchos km para ir hasta casa a arropar a mi familia, para despedirme de un ser querido, y hacerle frente a la muerte, que es lo único que temo en la vida… Hoy ha sido un día muy triste y os prometo que no creía tener fuerzas, pero tras llegar (de nuevo) a Madrid y estar en el sofá, me he dado cuenta que esto era lo único que me podía desahogar: escribir.

Estas dos semanas en París han sido de las mejores de mi vida. Si de por sí esa ciudad enamora, yo he tenido la suerte de conocer y rodearme de personas increíbles que no me han dejado sola en estos quince días, que me han abierto los brazos desde el minuto cero y que me han hecho sonreír constantemente. París es una ciudad que enamora, cada rincón, cada calle desprende una magia inexplicable… y como no podía ser de otro modo, tenía que volver con un relato, con una historia imaginada en esa ciudad de ensueño… Ya había escrito alguna vez sobre ella, sin conocerla, pero esta vez, estoy segura que será diferente. Leed despacito, como siempre…


Empezó mi vida

Las ganas de comerme el mundo siempre me jugaron malas pasadas. Aquel martes no había sido un buen día. Marta gritaba al teléfono, reprochándome un sinfín de historias que a mi ya me cansaban. La quería, la quería con todas mis fuerzas, pero sin embargo, aquella no estaba siendo una buena época. Llevaba meses pensando que todos tenemos malas rachas y que aquello, tarde o temprano, tenía que cambiar. Sólo faltaban dos semanas para que yo volviese a España y seguro que, entonces, con el verano, los planes y el reencuentro, todo volvería a estar en su lugar. Llamé a Antonio esperando que me ofreciese un buen plan, necesitaba salir de casa y París en una tarde de julio tenía toda la vida que yo anhelaba. Sabía que él no me iba a fallar, él siempre sabía cómo organizar los días y cómo hacer de cada uno de ellos una aventura. A las siete en punto nos reuniríamos en Bastille para ir a tomar unas cañas. Decidí salir de casa con la sonrisa puesta, más por necesidad que por casualidad, pero lo que nunca imaginaba es que esa sonrisa iba a ser mi única aliada en los próximos días… Antonio y el resto de gente de la oficina me esperaron puntuales, había alguien a quien yo no conocía. Ni si quiera me fijé bien en ella. Me la presentaron, sin más. Era la hermana de Juan, otro de mis compañeros, y había venido a pasar unas semanas a la ciudad del amor para hacer turismo e intentar buscar un trabajo que le asegurase un futuro mejor. Sigo sin entender qué fue lo que pasó. No sé en que momento empezamos a hablar, no sé en que momento nos empezamos a reír o en qué momento cogimos la confianza suficiente como para gastarnos bromas que nadie más podía entender… Lo único que sé es que unas horas después deseé que el mundo desapareciese y me olvidé de todo lo que había en él.

La mañana siguiente me desperté pensando en ella, sin saber muy bien cómo ni por qué. Sabía que tenía poco tiempo y quizás la debilidad en mi relación con Marta, quizás la novedad y las circunstancias o quizás el destino hicieron que aquel día y todos los que vendrían a continuación me inventase mil excusas y mil planes en grupo para poder volver a verla. Propuse fiestas y turismo, cualquier cosa que a ella le pudiese interesar. Necesitaba, de forma inexplicable, verla y hablar con ella. Conseguí hacer todos esos planes, el verano también ayuda a salir a recorrer la ciudad, a sentarse en los bares, a beber cerveza fría, a ver caer la noche y ver las luces intermitentes que cada hora en punto llenan de magia la Torre Eiffel. ¿Qué me estaba pasando? Yo, que estaba completamente enamorado de mi chica, a la que durante tres años había visto superior a cualquier mujer, con la que sabía que quería compartir el resto de mis días, el resto de mis vidas… Algo cambió y algo falló en aquella tarde de martes en la que tuve que recoger con fuerza mi sonrisa para salir de casa.

Dudé mucho en contarle mis sentimientos o no… ¡Era una locura! Tenía unos cuantos años más que yo, un chico que la esperaba, una vida en otro país, unos planes de futuro sin mí. Pero a veces, en la vida, cuando dos personas se cruzan, sus caminos encuentran un punto de unión tan fuerte que la conexión es brutal, explosiva, inexplicable, irracional… Ni si quiera la conocía realmente y no podía dejar de pensar en ella. Me robó el alma, el corazón y los días. Me conformaba con verla sonreír, con escuchar su voz, con aguantarle la mirada y ver a través de sus ojos que ella sentía exactamente lo mismo que estaba sintiendo yo. A veces, esa conexión es tan fuerte que sobran las palabras… Aquel viernes decidimos salir. El Pont Alexandre III nos acogió bajo sus luces, con toda esa gente que estaba ahí, desde cualquier ciudad de Europa, desde cualquier rincón del mundo, compartiendo risas, botellas de vino y amores de verano… Bebimos más de la cuenta y la noche nos invitó a vivir. Bailamos y reímos casi hasta el amanecer y entonces, todavía me preguntó por qué, le dije:

-No hace falta que te lo diga, ¿verdad?

Sonrió y negó con la cabeza, con una tristeza que en cuestión de milésimas de segundo se había apoderado de  su mirada.

-No… no hace falta, pero sabes que es imposible.

Asentí y le di un abrazo. Me conformé con un abrazo. Yo, que siempre había sido de luchar por los imposibles, de convertirlos en posibles. Yo, que la había conocido hacía solamente tres días y no podía dejar de pensar en ella. Yo, que prefería caer mil veces antes que no haberlo intentado. Yo, que en aquel momento olvidé que tenía que volver a España y que ella volvería a Italia… Yo, que había olvidado que tenía una vida en la que ella no estaba. Yo, que había olvidado que ella tenía otra en la que yo no pintaba nada.

Seguimos viéndonos y coincidiendo, entre miradas cómplices y sonrisas a medias. La sentí distanciarse de mí, la vi alejarse de forma sutil, como se alejan los que no quieren hacer daño… Mientras iba contando los días y sabiendo que cada minuto era uno menos, y que cada día que pasaba ya no iba a volver. Entonces, empecé a sentir miedo porque sabía que sin querer, había empezado a quererla, con todas mis fuerzas, desde aquel martes de julio en el que el destino quiso que nos encontrásemos.

Me estaba volviendo loco, me ponía nervioso si pensaba en ella… Necesitaba salir de trabajar y encontrarla. Necesitaba escuchar su voz.  Me creí el imposible y empecé a querer, simplemente, verla sólo una vez más, porque empecé a tener miedo, empecé a temer no volver a verla y empecé a repetirme, una y otra vez, que me estaba volviendo loco… Me había enamorado, locamente además, de alguien a quien ni si quiera conocía, alguien a quien seguramente había idealizado en mi cabeza y alguien a quien seguramente no podría tener jamás. Me sentía culpable y egoísta… ¿Cómo podía sentir tanto por alguien a quien había visto cuatro veces en mi vida? Y entonces supe que no podemos sentirnos culpables por sentir… Porque sentir amor, sea en la condición que sea, es lo que realmente nos enciende el corazón y nos hace temblar el alma… Y además de París, no hay nada más mágico que eso.

Sabía que podía ser un gran error, pero no pude evitarlo. Faltaban dos días para coger aquel avión que me llevaría de vuelta a unas vacaciones que venían en forma de realidad, una realidad que me estaba atormentando. Le envié un mensaje y la cité en las escaleras de Montmartre para beber unas cervezas, para reírnos de las risas y sentir la ciudad a nuestros pies justo en el momento del atardecer… Apagué el teléfono. No quería ver la respuesta. Cogí el metro y fui hasta allí para estar puntual a la hora prevista. Esperé cinco, diez, quince, veinte minutos… Esperé una hora, esperé dos… Vi a muchas chicas rubias a lo lejos, con la sonrisa en los labios y su imagen se me borraba al tenerlas cerca… Me había equivocado, y lo peor, me había metido en una burbuja de un mundo que no era el mío, en un lugar donde no tenía que estar, suplicando poder ver a la mujer que no tenía que ser… Decidí hacer el camino de vuelta andando, perdiéndome entre la noche parisina, entre los jóvenes que se devoraban a besos y las familias que paseaban disfrutando del verano… Me sentí estúpido y avergonzado. No esperaba encontrar un mensaje cuando encendiese el teléfono. Bueno, miento. Sí lo esperaba. Esperé a llegar a casa y lo encendí. Me había escrito quince minutos antes de la hora a la que yo la había citado, me había escrito un: “Lo siento, me es imposible. Cuídate mucho.”, que me provocó una pequeña carcajada que me quemó el alma y la voz.

No le volví a escribir, pero no podía dejar de pensar en ella. Era incontrolable. El mismo domingo que cogía mi avión de vuelta, me crucé con Antonio y entre risas, estupidez y vergüenza, le conté lo que me había pasado…

-Yo estaba con Juan en ese momento. Ella estaba subiendo a Montmartre cuando su novio la llamó, por sorpresa, para decirle que estaba aquí. Me parece, amigo mío, que si no hubiese sido por ese pequeño detalle, habría acudido a la cita.

Sonreí cabizbajo y quise quitarle importancia. Nada, absolutamente nada, sucede por casualidad. Quizás tenía que ser así, tenía que aparecer él para evitar que yo la viese, para evitar que el mundo se desmontase a nuestro antojo, cuando ambas vidas respiraban tranquilas en su rutina y estabilidad. Me recuerdo perfectamente en el aeropuerto, apurando un cigarro en silencio, respirando el aire de París, sabiendo, a ciencia cierta, que cuando volviese dos meses después, ya nada volvería a ser como antes. La ciudad en la que había vivido los últimos dos años había cobrado vida en sólo dos semanas.

Cuando vi a Marta me sentí un cobarde y el mundo se me vino abajo cuando aquella noche, entre besos y sonrisas, quise hacerle el amor y sólo fui capaz de pensar en Isabella…

Dejé mi vida, dejé mi relación, dejé mi mundo porque me estaba encerrando en una mentira. Dejé todo de lado por una ilusión, por una chica mucho más mayor que yo, a la que sólo había visto sonreír entre cervezas, con la que sólo había hablado de la vida… Dejé todo de lado por una chica a la cual no había acariciado, a la cual ni si quiera le había robado un beso, una chica de la cual no sabía cómo era su aroma, cómo olía su pelo… ni si quiera cual era su película, su canción o su comida favorita… Dejé de lado mi mundo por un amor imposible, por una historia surrealista, por una persona que el destino había cruzado en mi vida para hacerme vivir de una forma que no conocía… Para hacerme sentir, aunque resultase imposible, que me estaba enamorando por primera vez… de alguien a quien no conocía, como las historias de verano, las de cuando tienes quince años. Ella, a la que no sabía si volvería a ver alguna vez en la vida… Hasta aquel día, dos meses después, en el que recibí un mensaje que decía: “No he dejado de pensar en ti… Te espero en Montmartre, esta vez de verdad”.

Y entonces, sólo entonces, empezó mi vida…

HIce esta foto desde el metro, camino a Trocadero y supe, desde aquel instante, que tenía que escribir sobre esta ciudad mágica...

HIce esta foto desde el metro, camino a Trocadero y supe, desde aquel instante, que tenía que escribir sobre esta ciudad mágica…

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Olvidé olvidarme de ti.

Como muchos ya sabéis porque me leéis en mis redes sociales, estoy viviendo un momento de muchos cambios profesionales en mi vida… Cambios muy bonitos que recibo con muchas ganas y energía. Un nuevo trabajo, el placer de haber podido acariciar ya mi primer libro (Me olvidé decir te quiero y otros relatos cortos será vuestro a partir de septiembre y yo me muero de ganas)… Estos están siendo días de emociones muy fuertes para mí, días de lágrimas, risas, miedos y sueños… y no hay una mezcla de sentimientos más bonita. Y hoy, de todas las cosas que te quería contar, no se me ha ocurrido nada mejor que escribir un relato… Para acabar así un martes de sol y verano, de los que el día dura hasta bien tarde y en los que acabarlo leyendo puede resultar la mejor opción.

Leed despacito, como siempre…


 

Olvidé olvidarme de ti.

De entre todas las historias que han ido formando, paso a paso, los capítulos de mi vida, la nuestra siempre me pareció especial, porque tú llegaste de forma especial para hacer de nosotros algo mágico e irrepetible… Aquella noche de junio, entre aquella marea de gente, podría haber conocido a cualquier persona o tú podrías haber conocido a cualquiera, y no sé si fue aquel empujón torpe que tanto te molestó lo que acabó por robarte una sonrisa o simplemente era la magia del lugar… Porque la música es magia y eso lo sabíamos antes de conocernos. Si nos hubiesen preguntado, seguramente no habríamos encontrado un escenario mejor que aquel concierto de aquel grupo que tanto nos gustaba, en una ciudad que solíamos frecuentar, donde el olor a mar se llevaba consigo todas las penas. Aquellas cervezas de más, aquel olor a crema en la piel calmando el reflejo impregnado del sol, aquellas ganas de bailar… Aquella noche de junio.

A medida que pasaron los meses y te fui conociendo, me sonreía a mí mismo y me decía que no había sido una casualidad, porque desde entonces, más que nunca, empecé a afirmar contra todo pronóstico que las casualidades no existen, que la vida está marcada por pequeños detalles que de alguna forma alguien ha preparado para que haya caminos que acaben por encontrarse, que haya vidas que tengan que tocarse… A veces, y tampoco por casualidad, estas vidas se tocan en el momento equivocado, o se tocan de una forma confundida, dejada llevar por la emoción y pasión de las cosas nuevas… A veces, esas vidas se tocan para hacerse daño, aunque tarden un tiempo en saberlo. A veces, un pequeño detalle puede cambiar el rumbo de una vida.

Sin ninguna duda, aquellos fueron los mejores años de mi vida, y tú siempre decías que la vida dura muy poco y que había que celebrarla constantemente, había que celebrarla con una sonrisa, había que celebrar simplemente el estar vivos. Aprendí tantas cosas de ti… Sin ser consciente, me contagiabas tu magia, y no sólo aprendí a ver las cosas desde otro punto de vista, sino que creo que aprendí a ser mejor persona, aprendí a valorar los detalles insignificantes, aprendí a querer más a quienes me rodeaban y aprendí a entregarme sin esperar nada a cambio cuando mi corazón me lo dictaba. No sé si te dije las veces suficientes lo mucho que me gustabas, lo mucho que me gustaba despertar a tu lado, recibir un mensaje imprevisto a cualquier hora del día, u oler tu piel mientras dormías… No sé en qué momento, entre tantas cosas bonitas, empecé a descuidarte para que finalmente te fueses de mi vida, no sé porque no le di importancia cuando me lo advertías… No sé que es lo que hice mal, no sé si me centré demasiado en mi trabajo, no sé si hice de las cosas especiales una simple rutina que acabó consumiéndote a ti, que necesitabas tanta energía diaria para sobrevivir. Tú, que para sonreír, necesitabas estar en todo momento en la cima de una montaña rusa, porque no te gustaban las bajadas y porque, por alguna cosa u otra, no eras capaz de soportar los momentos en los que no se podía ser feliz al cien por cien. No te culpo, cada uno es como es…

Te recuerdo en un final lleno de silencio, apagada, con una mirada que ya no me miraba como antes, con una carcajada que ya no resonaba en toda la casa… No eras capaz de decir nada y cuando te preguntaba me decías que estabas perdiendo la ilusión… Y yo, que te quería más que a mi vida, no sabía como controlar aquello, como cambiarlo, como no dejar que se me fuera de las manos… Te repetía que te quería y me explicabas que eso no te valía y sólo con el tiempo aprendí que no se quiere con palabras… Que los seres humanos, las historias y la vida, están construidos de hechos a los que acompañan las palabras, pero que sin lo primero, lo segundo no tiene ningún sentido. Eso lo aprendí con el tiempo, demasiado tarde, demasiado lento.

Fue aquella mañana de sábado cuando te olvidaste el teléfono en el momento de ir a la ducha y empezó a sonar, vi un nombre que no me sonaba de nada y quizás por esa razón me apuñaló el corazón, quizás fue un sexto sentido, o quizás… quizás a día de hoy todavía no sé lo que fue. Yo, que nunca había estado celoso por nada… Empecé a entender, sin saber cómo ni por qué, que algo fallaba, y que algo estaba pasando, mucho más real y duro de lo que me había imaginado.

No he conocido a nadie más valiente que tú, de verdad lo digo. No es fácil sostener la mirada para explicar que el amor se acaba… para explicar que has dejado de querer, que se te fue la ilusión de tal forma que vació todos tus sentimientos, que no sabías realmente de quien había sido la culpa, que no querías buscar culpables, pero simplemente necesitabas salir de ahí… y cuando dijiste “ahí” no te referías a esa casa que era nuestra, ni a esa habitación que tantos besos y caricias guardaba en la memoria de sus paredes, con ese “ahí” te referías a salir de nuestra historia, necesitabas empezar una tú sola, o con alguien que no era yo… Necesitabas buscar otras formas de ser feliz, de ser feliz de una forma que, según tú, ya ni recordabas.

Entonces lloré. Lloré de rabia y me llené de odio…

Te vi recoger hasta tu última camiseta y vi como esa habitación y esa casa se quedaron completamente sin alma. No supe luchar, porque entendí que la guerra estaba perdida, la guerra había acabado hacía demasiado y yo ni si quiera me había dado cuenta. En vez de reflexionar y preguntarme por qué había pasado aquello, en vez de intentar saber qué había fallado, no fui capaz de asumir culpa alguna y entre todo mi odio y toda mi rabia, decidí olvidarte.

Decidí olvidar cada una de tus risas, decidí olvidar tu forma de andar, decidí olvidar tus lágrimas, tus besos, tus caricias, decidí olvidar tus películas favoritas, tus canciones y los libros que más te gustaba leer, decidí olvidar tu olor, decidí olvidar tu mirada, el tacto de tus manos, los lunares de tu espalda y tu número de teléfono.

Decidí olvidarte entregándome a otras, con rabia y rencor. Decidí olvidarte intentando buscar a alguien que pudiese sustituirte y cuando creía que lo había conseguido, un pequeño detalle o cualquier forma de ver el mundo, me daban una bofetada de realidad insoportable.

Te odié durante mucho tiempo. Intenté no saber nada de ti, pero en el fondo sabía que serías feliz, porque tú eres una de esas personas que no se quedan quietas si no logran ser felices, eres una de esas personas a las que la vida, sin ninguna duda, debe tratar bien.

No sé cuantos años han pasado desde la última vez que te vi… pero hoy, por una de esas jodidas (no) casualidades de la vida, he visto una foto tuya en una red social. Sonreías como cuando yo te conocí, como aquella noche de junio en la que un concierto y un par de cervezas nos presentaron, sonreías como muchos meses después te vi sonreír y como otros muchos después te vi dejar de hacerlo… Y entonces, sólo entonces, me he dado cuenta que a pesar de todo el empeño por odiar y olvidar, lo único que olvidé fue olvidarme de ti.

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Imagen de Google.

*A veces, simplemente hay que saber valorar las cosas que tenemos en nuestras vidas e intentar no descuidarlas ni un sólo día.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Ojalá.

Un té frío con sabor a piña colada, un mugcake de plátano y canela recién sacado de la nevera, Cometo durmiendo a mis pies, el sol fuerte al otro lado de la ventana… Martes, las letras, tú y yo. Mi momento favorito de la semana.

Hoy vengo con un relato, porque ya sabéis que son mi parte favorita, porque me encanta inventar historias y me encanta meterme dentro de los sentimientos y emociones de personas que no conozco, pero acabo haciendo que formen, de un modo u otro, parte de mí.

Este relato viene de forma distinta, en una especie de reflexión o monólogo interno en el que espero que mucha gente se siente identificada o que, al menos, encontréis un momento de vuestras vidas en las que estas líneas podrían haberos descrito perfectamente, porque estoy segura que a lo largo de la vida, todo ser humano conoce a un amor imposible que guarda con cariño en su corazón y entierra en su alma… Hoy te lo quería contar.

Leed despacito y disfrutad…

Ojalá

Ojalá supieses que recuerdo perfectamente la primera vez que te vi. Hace unos cuántos años y en aquel momento no sabía ni si quiera cómo te llamabas. Quién me iba a decir que mucho tiempo después acabarías robándome el sueño y las ganas. Siempre he pensado que no fue una casualidad que fuésemos en el mismo vagón de metro aquella mañana de marzo, como no fue casualidad que bajásemos en la misma parada, como no fue casualidad que aquella vez, perdida entre las páginas de un libro, levantase la mirada y me diese un vuelco el corazón. Aquellos vaqueros desgastados, aquellas zapatillas destrozadas, llenas de caminos hechos y de historias que yo no conocía, aquella camiseta verde que era la compañera perfecta para tus ojos y tu piel tostada… Supe que si quería volver a verte, debía hacer exactamente lo mismo que aquel día, al menos, esa era mi única esperanza. A la misma hora, en la misma zona del andén, para entrar al metro y encontrarte en ese vagón y así fue cómo me aseguré de verte cada mañana, de lunes a viernes, mientras durase el curso escolar. Ni si quiera me mirabas, todavía vestía el uniforme del colegio y tú ya ibas al instituto con los mayores. Nos separaba una calle entre tu instituto y mi colegio, mi amiga Claudia me acompañó a seguirte para confirmarlo. Nunca tuve tantas ganas de ir a clase, ni tantas ganas de despertarme por las mañanas. Ojalá supieses que te miraba cada mañana, que analizaba tus gestos, tu ropa e imaginaba cómo sería tu olor, a qué sonaría tu risa, cuáles serían tus películas favoritas o qué querrías ser de mayor… El cinco de mayo de aquel año hubo una avería en el metro, y estuvimos quince minutos parados en Alonso Martínez que a mí me pareció una maravilla, fue la primera vez en la que nuestras miradas se cruzaron y me sonreíste como quien sonríe a alguien en el metro, seguido de un suspiro, un “¡menudo rollo!” con la mirada… y a mi me tembló el corazón. Empecé a obsesionarme contigo y a saber que quería conocerte. Muchas veces me he preguntado si alguna vez te diste cuenta que estaba ahí todas las mañanas, la niña rubia del uniforme que se ponía nerviosa sólo de sentirte cerca… Jamás me atreví a preguntarlo.

Ojalá supieses que empecé a quererte cuando no sabía ni lo que era querer, que empecé a averiguar quienes eran tus amigos e incluso quien era la chica que te gustaba. Visto desde lejos, resulta obsesivo, pero sé que fue algo inocente y bonito, algo puro y verdadero, fue una necesidad de saber de ti, de querer que nuestros caminos encontrasen el modo de cruzarse… Aquellos primeros meses pasaron como relámpagos, demasiado rápidos, y muy a mi pesar el curso terminó. Por aquel entonces ya sabía tu nombre y sabía que quizás aquellos días serían los últimos de nuestra historia, de una historia que para mí era nuestra y para ti no existía. Aquel verano empecé a salir con mi primer novio, rogándole a la vida que nos volviésemos a cruzar, sólo necesitaba verte una vez más, al menos una.

Llegó septiembre y tras una semana sin coincidir en ese vagón que tanta ilusión me había regalado, me acerqué un día a la puerta de tu instituto y no te vi entrar, vi a tus amigos e incluso a la chica que te gustaba, pero no, no estabas. Podría haber sido más valiente y haberme acercado a preguntar, ¿pero qué les decía si querían saber quién preguntaba por ti? Nunca lo hice.

Ojalá supieses que los años que siguieron fui muy feliz, tuve varios novios en varias relaciones de las que siempre solía cansarme. Empecé la universidad y puedo decirte que no todos los días, pero si de vez en cuando, pensaba en ti. Me preguntaba dónde estarías, qué habría sido de ti, a qué te dedicarías, si tendrías novia o si seguirías en Madrid… Cuando las relaciones y los caminos se cruzan, acabamos pensando lo pequeño que es el mundo, cuando en realidad sabemos que vivimos en un mundo muy grande, donde viven millones de personas, y no nos damos cuenta que estas conexiones no son porque el mundo sea pequeño, son porque simplemente hay vidas y caminos destinados a estar conectados, por coincidencias de la vida o en forma de amigos en común.

En segundo de carrera, organizamos una fiesta maravillosa, con las emociones de los universitarios a flor de piel, con las ganas de comernos el mundo y la seguridad de que nos lo íbamos a comer, con los juramentos de amor eterno a esos compañeros que eran amigos inseparables desde el año anterior. Ojalá alguien me hubiese preparado para aquello, para entrar a aquel garito, con aquellas copas de más y encontrarte en la barra, riendo con unos amigos. Ojalá me hubiesen preparado para ver cómo Olivia, una de mis mejores amigas de la universidad, te daba un abrazo u ojalá alguien me hubiese preparado para asimilar que en aquel primer reencuentro, después de varios años, tú me ibas a devorar con la mirada y a sonreír y pedir que nos presentasen. “Este es mi primo Juan“, cayó en seco sobre mis oídos, intentando asimilar las cosas que tiene la vida, intentando averiguar si quería reírme a carcajadas o salir corriendo porque sentía miedo. Sí, ojalá supieses que aquel día sentí miedo, miedo de tenerte tan cerca, miedo de que me mirases así, miedo de que algo con lo que había soñado durante tantos días e incluso años, fuese una realidad. A veces, los seres humanos somos así.

Ojalá supieses que recuerdo todas y cada una de las veces en las que fuimos coincidiendo, sin coincidencia, después. Empecé a creer que te gustaba, es más, estaba completamente segura de ello, porque era verdad. Ojalá supieses que cuando me enviaste el primer mensaje, yo ya tenía guardado tu número de teléfono y que me dio un vuelco el corazón cuando vi tu nombre en la pantalla de mi teléfono. Ojalá supieses que no te besé la primera vez que quedamos a solas porque no quería estropearlo, aunque me estuviese muriendo por hacerlo. Ojalá supieses que grabé a fuego en mi memoria tu perfume la primera vez que te di un abrazo.

Ojalá supieses que aquella noche, en la que mis padres no estaban y dormiste en mi cama, fue la mejor noche de mi vida. Ojalá supieses que intenté memorizar cada beso, cada caricia, cada risa, cada suspiro, cada gota de sudor y felicidad en nuestros cuerpos… Ojalá supieses que me he alimentado de esos recuerdos en infinitos momentos de mi vida. Ojalá supieses que estaba locamente enamorada de ti, desde que llevaba uniforme e iba al colegio. Ojalá te hubiese contado que cada mañana cogía aquel metro sabiendo que estarías dentro de aquel vagón. Ojalá te hubiese dicho lo importante que eras para mí, y que llevaba media vida soñando contigo. Ojalá no te hubiese idolatrado tanto y hubiese asimilado que eras un ser humano más, normal, corriente, un chico con una vida normal, con ambiciones e inquietudes, con ganas de risas y buen rollo, con ganas de sexo sin compromiso. Ojalá no me hubiese enamorado de ti. Ojalá.

Ojalá no hubiese tenido que escuchar aquello de eres “la mejor amiga del mundo“, cuando habría matado por poner en tus labios “eres el amor de mi vida“. Ojalá hubiese tenido más fuerza para contarte toda la verdad y explicarte toda nuestra historia, sí, que para mí era nuestra y para ti lo era a medias. Ojalá no me hubiese querido comportar como colega, sólo para mantenerte cerca, ojalá no hubiese tenido que acostumbrarme a ello sin poder besarte ni si quiera una vez más, sin tener que tragar un dolor que me estaba quemando el alma, ojalá te hubiese olvidado.

Ojalá me hubiese enamorado de otra persona como tú lo hiciste, ojalá no hubiese encontrado tu nombre y tu cara en mil canciones, en mil novelas de amor o en mil películas que me habría encantado ver contigo. Ojalá hubiese querido al resto de chicos que pasaron por mi vida después, la mitad de lo que te quise a ti. Ojalá, al menos, no te hubieses olvidado también que era tu amiga. Ojalá no la hubieses conocido a ella y ojalá no me hubieses apartado del todo.

Ojalá supieses que sigo mirando el móvil, mientras veo que estás “en linea“, mientras deseo con rabia un “escribiendo…” que no llega ni ha llegado nunca más. Ojalá supieses que sigo mirando tus fotos y que te sigo queriendo como el primer día, como tú nunca pudiste quererme, como tu nunca sabrás que yo te quería…

Ojalá no tuvieses tu vida y ojalá yo no tuviese la mía, ojalá nos hubiésemos encontrado de otra forma, ojalá nos hubiesen acompañado otros sentimientos, ojalá volvamos a vivir otra vida para empezar nuestra historia desde el principio. Ojalá no supiese que mañana te casas y ojalá hoy no hubiese derramado ni una sola lágrima.

Ojalá pudiese volver a aquel vagón, y cambiar todo desde el minuto cero, ojalá pudiese volver a aquel instante y mirar hacia otro lado, sin fijarme en tus vaqueros desgastados o esa camiseta verde que tanto te favorecía. Ojalá pudiese volver y haberme retrasado tres minutos en todos los días de después para coger el siguiente metro…

Ojalá me hubieses querido, como yo te quise, como yo te quiero.

Imagen de Google.

Imagen de Google.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Dejar de ser.

Martes 13, siempre me ha gustado. Me gusta el 13 y no soy nada supersticiosa. El 13 es el día que nací y creo que el 13 es un día de buena suerte. También me gusta la manzanilla caliente, con dos cucharadas de azúcar moreno, que tengo ahora a mi lado, el silencio que se respira ahora mismo en mi casa, con el calor del hogar y Cometo a mis pies para despedir este martes con vosotros.

Después de estar todo el día sin saber qué iba a escribir hoy, finalmente he decidido que fuese un relato. Hoy te quería contar una historia que tanto tú como yo sabremos hacer nuestra. Este es mi primer relato de 2015, así que léelo despacio, como siempre…. Espero que te guste.

Gracias, de nuevo, a los que seguís conmigo en este nuevo año y gracias a los que acabáis de llegar…

Dejar de ser

Aquel podría haber sido un día normal, como lo había sido el anterior, como lo podía haber sido el siguiente. Aquel podría haber sido un día más, sin alterar el estado emocional en el que llevaba acomodada muchos meses, con la calma de la rutina y el buen sabor de creer y sentir que en mi vida todo era perfecto. Aquel podía haber sido un día normal… pero no lo fue.

Desde muy pequeña creí que la vida estaba siempre marcada por señales del destino. Recuerdo cuando en mi adolescencia siempre creía que yo iba a vivir un amor de película, cómo me entregaba con fuerza a las causas imposibles y cómo jamás dejé de decirle a un chico que me gustaba lo que sentía por él. Me gustaba creer en el amor, como siguen haciendo los adolescentes y siempre creí que en la vida había que jugar así, sin intentar perder oportunidades, si alguien me gustaba, yo siempre encontraba una señal para saber que debía luchar por él. Unas veces esas señales fueron creíbles, en otros muchos casos no.

Aquel día me levanté bien temprano, tenía una importante reunión de trabajo y no podía llegar tarde. Me duché con prisa mientras el sonido de la cafetera expandía suavemente el olor a café por mi casa. Era el aroma de los buenos días. Me puse unos vaqueros y una camisa blanca, uno zapatos altos de aguja y trencé mi pelo a un lado. Un poco de maquillaje y un color suave en los labios. Me bebí el café de un sorbo, cogí el bolso y salí de casa. Iba bien de tiempo. Cogí un taxi hasta la oficina. Llegué justo al mismo tiempo que Luis, mi jefe, así que decidimos fumarnos un cigarro en la puerta, sonriendo y deseando que aquel fuese un gran día. Mi relación con él era fantástica. Hacía cinco años que había empezado a trabajar allí con un puesto de telefonista que poco a poco fue creciendo. Había ascendido hasta ser responsable de mi departamento y en una hora nos reuníamos con el director de la empresa para saber si me ascendían a responsable de zona. Luis confiaba en mí, siempre lo había hecho. Era un buen hombre, educado, divertido y responsable. Más de una vez había estado cenando o tomando unas copas en su casa, un precioso ático en el que vivía con su marido en una de las zonas más residenciales y caras de la ciudad. Aquella mañana, su mirada me transmitió seguridad y fuerza, y mis ganas me animaban a pensar que ese puesto iba a ser mío, había trabajado muy duro para ello y sabía que lo tenía merecido.

En la reunión me temblaban las piernas, aunque entré con paso firme a la sala, me sudaban las manos y mi sonrisa escondía los nervios que me estaban revolviendo el estomago. Allí había dos chicas más, que trabajaban en la misma ciudad, pero en otras oficinas, ellas optaban a mi mismo puesto y les sonreí sabiendo que, seguramente, estaban tan ilusionadas como yo. Cuando, finalmente, dijeron el nombre de la persona elegida para ascender y ocupar el cargo al que aspirábamos y escuché que no era el mío, he de confesar que no me alegré ni lo más mínimo por ella. No la conocía de absolutamente nada y aunque quería creer que seguramente era porque se lo merecía, sentí mucha pena e impotencia. Luis me miró con la tristeza en la mirada, y negó por lo bajo dándome un abrazo a través de sus ojos y un “lo siento” que leí en sus labios, aunque no lo hubiese pronunciado. Le sonreí para que entendiese que no pasaba nada, que otra vez sería… Y creo que jamás he sonreído de una forma más amarga. Aunque no había querido hacerme ilusiones, me las había hecho. No le había contado a nadie lo de aquella reunión, yo nunca contaba las cosas hasta que no estaba segura que me habían salido bien, siempre me excusaba diciendo que no quería que se gafasen, pero en verdad era porque no me gustaba perder.

Cuando salimos a comer, Luis no sabía qué decirme, sabía lo mucho que me había esforzado para aquello y sabía lo feliz que me hubiese hecho ese ascenso. Me vio tan triste que me dijo si me quería coger la tarde libre, le dije que no. La vida seguía y no pasaba absolutamente nada. Aquel día, le había escrito a mi hermana y a mi cuñado para que viniesen a cenar a casa, porque pensaba que tendríamos algo que celebrar. Le escribí de nuevo para decirle que no me encontraba bien y mejor lo dejábamos para otra ocasión.

A las seis de la tarde salí de trabajar, una manifestación pasaba por el centro y justo habían cortado la calle principal. Ni un coche, ni un taxi. No recordaba la última vez que había ido en metro, no tenía nada en contra de ello, pero me acostumbré a ir en taxi a todos sitios y me autoconvencí que era la forma más rápida de llegar al destino. Normalmente era mentira. Mi hermana Paula siempre me lo echa en cara, a ella le parece fatal que no vaya en transporte público y que yo sea una contribuyente más del tráfico y la contaminación de la ciudad.

En tres minutos exactos, el metro llegó al andén. Ocho paradas hasta mi casa. Cuando la puerta se abrió y me dispuse a salir del vagón, me topé con la gente que iba a entrar en él… Y ahí, de repente, después de años sin saber nada de él, me topé con su mirada, con su cara y con su cuerpo. Estaba exactamente igual, como si nada hubiese cambiado. Nuestras miradas en silencio, enfrentadas, encontradas, con rencor, tristeza, alegría y confusión. Fueron los segundos más largos de mi vida. Ni un hola, ni un gesto con la cabeza, ni una media sonrisa, nos miramos como se miran dos desconocidos que se suenan y no saben de qué, nos miramos como dos personas que se habían querido con fuerza y miedo, con pasión y ganas, que se habían amado y prometido amor eterno y que posteriormente se habían odiado para siempre. Le cedí el paso y sentí su olor, se me paró el corazón y me dio un vuelco al mismo tiempo. Acababa de viajar en el tiempo. Estaba totalmente desubicada, confusa, atontada. Escuché el sonido de las puertas cerrarse a mi espalda y sólo fui capaz de girarme cuando sabía que el tren había desaparecido. No me lo podía creer.

Salí de la estación y las primeras horas de una noche fría de diciembre, caía con calma sobre mí. Pasé por el escaparate de mi pastelería favorita y entré a por un par de milhojas de crema, mis favoritas desde niña. Había sido un día de demasiadas emociones, así que me las comería en casa con calma. Me senté en el sofá mientras Silva, mi gata, se paseaba entre mis piernas dándome la bienvenida al hogar. Seguramente ella sabía que había sido un día raro. Me comí aquellas milhojas todavía en estado de “shock”, en silencio, con el café de la mañana recalentado, con un bombardeo de recuerdos acribillándome con fuerza la cabeza, con mil imágenes pasando como diapositivas borrosas a mil por hora dentro de mi alma. ¿Estaría también él pensando en mí?

Sin ninguna duda, el encuentro nos había pillado a los dos por sorpresa. Hacía años que no sabía nada de él, ni si quiera sabía si seguía en la ciudad, no sabía a qué se dedicaba, si le iba bien, si se habría casado o si tendría hijos. Nada, absolutamente nada. No nos quedaban amigos en común y nos habíamos odiado tanto que decidimos olvidarnos, o al menos intentarlo.

Sabía perfectamente dónde las guardaba. Cogí una silla y me subí para alcanzar el altillo del armario de la habitación de invitados. Allí siempre acababa almacenando todas esas cosas de las que, por una razón u otra, nunca me quería deshacer. Viejas fotografías, un jersey que jamás me pondría pero que era incapaz de tirar, papeles de todo tipo, antiguos discos, pequeños objetos que en algún momento de mi vida habían formado parte de mí. Al fondo, una antigua caja de metal que una vez estuvo llena de galletas de mantequilla. La cogí y la acaricié. Habían pasado ocho años y jamás la había vuelto a abrir. No sabía si sería buena idea, pero estaba segura que nada de aquel día había pasado por casualidad. Ni aquella reunión de la que en esos momentos era incapaz de acordarme, ni aquella manifestación, ni aquel viaje en metro, justo en ese momento, a esa hora, en esa estación…

Me senté y fui releyendo todas y cada una de aquellas cartas. Había pasado tanto tiempo que era incapaz de recordar muchas de ellas, otras, en cambio, me parecía haberlas leído hacía unas horas por última vez. Me di cuenta que nos quisimos de verdad. Nos queríamos mucho, nos queríamos con inocencia, con muchas ganas, con muchas aspiraciones y sueños, nos sentíamos agradecidos por habernos encontrado, por todo lo que nos regalábamos, por los momentos y las risas, nos decíamos que los momentos malos los superaríamos juntos, queríamos una casa en la playa y tener como mínimo tres hijos, nos sentíamos grandes cuando estábamos juntos y jurábamos no haber querido nunca cómo nos queríamos nosotros, nos prometíamos que aunque algún día no estuviéramos juntos siempre pensaríamos el uno en el otro… Incluso nos prometíamos que si lo nuestro fallaba y se acababa, algún día encontraríamos la manera de volvernos a encontrar,  a pesar del tiempo y la distancia…

Nunca dejamos de dejarnos cartas debajo de la almohada en aquellos tres años que compartimos. El último había sido tormentoso. Se le olvidó contarme en una de esas cartas que había conocido a otra persona y que llevaba un par de meses engañándome. Le descubrí y le perdoné, pero no fui capaz de perdonar de verdad. Perdimos el respeto y la pasión, la pureza y la naturalidad que siempre nos había unido, la transparencia y la confianza. Discutimos por absolutamente todo durante mucho tiempo, nos despreciábamos y nos queríamos a la par, con intensidad, por días y momentos. Al final, con una historia que ya no era sana, ni bonita, acabé refugiándome en uno de mis compañeros de la universidad, del que me enamoré y por el que decidí abandonarlo todo, con el que un año después pasé de novio a mejor amigo, porque no sabía quererle, ni olvidar a aquel que me había hecho tanto daño. Me reprochó mil veces aquella ruptura y yo le reproché otras mil aquella aventura, nos hicimos mucho, mucho daño. Nos machacamos psicológicamente el uno al otro. Nos enviábamos mensajes para recordarnos lo mucho que nos odiamos, y fuimos envenenando nuestras almas hasta llegar a ser dos completos desconocidos. Nosotros, que habíamos compartido tanto…

Aquel podía haber sido un día normal… pero no lo fue. Quizás el destino había querido reencontrarnos, con la madurez y la herida curada, o al menos olvidada. A día de hoy, me sigo preguntando si dejé de odiarle, así como me pregunto si dejé de quererle. No me reconocí en aquellas cartas, pero supe lo que había ahí escrito, por su parte y por la mía, eran frases escritas desde el corazón. Me había olvidado de lo mucho que nos habíamos querido. Lo había olvidado hacía mucho tiempo. No me reconocí en aquellas cartas, ni supe qué quedaba de aquella chica que fui en la que soy hoy en día. Entonces me di cuenta que a veces somos alguien cuando estamos con otro alguien, sólo en ese transcurso somos otra versión de nosotros mismos, que nunca volverá, que enterramos cuando todo acaba, para ser capaces de renacer entre las cenizas. Quizás algún día volvamos a parecernos a aquella versión que fuimos, porque seguro que algún día volvemos a querer con las mismas ganas, pero siempre de forma diferente.

A veces, esa versión que fuimos se pierde con el tiempo, porque las experiencias nos hacen convertirnos en alguien diferente o porque a veces, si no estamos con ese alguien, simplemente dejamos de ser.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Me olvidé decir te quiero…

Es inevitable que nos gusten los días festivos, sin prisa, sin pausa… Anoche escribí un relato y no sabía cuando lo iba a publicar, lo que sé es que me parece uno de los relatos más bonitos que he escrito jamás, espero que a vosotros, al menos os guste.

No he podido aguantar mucho y hoy te lo quería contar.

A dos días de irme de nuevo de vacaciones os dejo esta historia, de amor y desamor, de distancia y sentimientos, de letras y circunstancias, para que lo leáis despacito y lo saboreéis como me gusta que hagáis y como sé que cada vez os gusta más hacerlo…

Gracias por seguir ahí, al pie del cañón, a mi lado, al otro lado de la pantalla… No sabéis lo feliz que soy.

Me olvidé decir te quiero…

“¿Se puede echar de menos algo que nunca has tenido? Muchos os preguntaréis quién soy y quienes me conocéis, al menos de vista, os preguntaréis qué hago aquí. Hoy quiero hablar de mi mejor amigo, de quien llenó de vida mi alma y de sueños mis días…”

Así empezaba aquello que yo había escrito.

Me habría gustado contarle la primera vez que le vi, porque yo la recuerdo. Me habría gustado sonreírle y explicarle que sólo tenía once años cuando jugaba con mis amigas del colegio en la calle y una de ellas me pidió que gritase su nombre, se giró y todas nos reímos. Aquella fue la primera vez, aquel día supe cómo se llamaba y aquel día me enamoré de él. No podíamos tener nada en común, ni amigos, ni aficiones, ni nada. Nuestra diferencia de edad, aunque no era exagerada, era suficiente para separar nuestras vidas e inquietudes. Algún día sería mayor y seguro que algún día podría conseguir estar cerca suya. Me conformaba con ser su amiga, mientras soñaba con sus besos.
Recuerdo las tardes de verano, en la plaza principal, o en la heladería junto a la iglesia, le recuerdo riendo con sus amigos, sobre motos y adolescencia, mientras yo observaba siendo sólo una niña, una niña pequeña. Era el chico más guapo que había visto jamás. Risueño, dulce, simpático, su piel tostada bajo su melena rubia… Estaba hecho de sueños.
Pasé de niña a adolescente y él seguía protagonizando mis pensamientos, protagonizaba con su nombre bajo tinta mis carpetas y libros del instituto, los corazones y las ilusiones. Estaba segura que jamás podría querer a nadie como le quería a él. Le deseaba y ya no quería ser sólo su amiga.

Con el tiempo, la diferencia de edad, aún siendo la misma, se apreciaba menos. Empezábamos a frecuentar los mismos bares e incluso, de vez en cuando, compartíamos amistades. Recuerdo la primera vez que coincidí con él en una discoteca. Yo me sentía muy guapa. Me había puesto mis mejores galas, la minifalda más bonita del momento, con los tacones más altos de mi vida. Le sonreí mientras le saludaba. Me sonreía educado, siempre lo hacía, cordial, carismático. Era la niña a la que llevaba conociendo de vista desde hacía unos cuantos años. Por supuesto, no fue mi primer beso, ni mi primer amor carnal, no perdí la virginidad en sus brazos ni le pude decir te quiero. El destino, con el paso de los años, parecía no estar de mi lado.

Paula era mi mejor amiga desde que íbamos al colegio y llevaba un par de meses saliendo con uno de sus amigos. Paula cumplió 21 años y preparó una fiesta maravillosa en su casa. Sus padres estaban de vacaciones y creíamos que podíamos comernos el mundo. ¡Bendita juventud! Qué felices fuimos. Estábamos radiantes y guapas, con las ganas en las pestañas y los sueños en la mirada, rodeadas de todos nuestros amigos de siempre, entre risas, alcohol y buena música. La sonrisa pícara de Paula me hizo un guiño hacia la puerta y le vi entrar. Él y todos sus amigos también estaban invitados, pero yo no lo sabía.

Por aquel entonces yo acababa de volver de pasar un año en Alemania con una beca Erasmus y además acababa de dejar una relación de dos años con el que le hubiese jurado al mundo que era el amor de mi vida. Cuando le vi entrar a él, me olvidé del mundo, de los amores y la vida, mi corazón estallaba de felicidad y miles de mariposas revoloteaban en mi estómago. Hacía mucho tiempo que no le veía y seguía estando tan guapo como siempre. Creo que aquella fue la primera vez que él se dio cuenta, realmente, de que yo existía, al menos yo como mujer y ya no como niña. Todos bailábamos, reíamos y bebíamos, él se acercaba y yo estaba, con dos copas de más, muy divertida. Mientras aguantaba que su amigo me tirase los trastos, sonreía sabiendo que era él por quien en aquel momento me moría. Se ofreció a llevarme a casa y acabamos en la suya. Había bebido tanto para contener la emoción de la noche y la vergüenza que al día siguiente apenas fui capaz de recordar nada. Siempre lo lamenté. Nos recuerdo besándonos cómo si se nos fuese la vida, nos recuerdo desnudándonos y recuerdo el momento en el que abrí los ojos y le vi durmiendo a mi lado. Nunca había sido tan feliz.

Es cierto que no sé muy bien qué pasó después. Los días siguientes me quedé esperando un mensaje o una llamada que nunca llegaron y supe que lo mejor era aceptar que había sido así, una noche fugaz, de borrachos y besos. Había que aceptar que había conseguido más de lo que unos años atrás habría imaginado, dormir abrazada a él había sido un regalo, un capricho que la vida me había regalado.

Perdimos el contacto, a lo que supongo que ayudó que yo me fuese del país. Había conseguido una beca para estudiar un master en Buenos Aires, la ciudad que acabé haciendo mía. No recuerdo la última vez que le vi, quizás hace seis o siete años, en Navidad, una noche que nos cruzamos por la calle.

Hace dos años recibí un e-mail en mi correo, me dio un vuelco el corazón cuando vi el remitente. Me enlazaba un artículo que acababa de leer sobre publicidad y marketing y creía que me podía interesar. Sabía, incluso, lo que había estudiado. Aproveché aquel correo de vuelta para agradecerle el interés y saber qué había sido de su vida, cómo le habían tratado los días, dónde vivía y a qué se dedicaba. Aquel fue el primer correo de muchos.
Al principio hablábamos de cosas generales, sobre cómo nos trataba la vida, cómo eran mis días en Argentina o cómo seguían los suyos por nuestra ciudad… Hablábamos del tiempo, del trabajo y de los sueños, a veces de los recuerdos, pero jamás hablamos de aquella noche. Nuestra noche. La noche de borrachos y besos. Empezamos a buscar excusas tontas para escribirnos, para saber uno del otro, al principio una o dos veces a la semana, al final todos los días. Acabamos hablando de nuestras preocupaciones, de cómo habíamos amanecido y cómo nos iríamos a dormir, acabamos dependiendo de aquellos correos que en silencio eran la ilusión de mis días. Me despertaba y miraba el móvil y cada mañana me encontraba con una respuesta suya, nunca tonteamos, jamás, pero nos necesitábamos en la distancia. Nos deseábamos sin decirlo y nos arrancábamos sonrisas.

No me atreví a contarle que Julio, mi novio, con quien vivía desde hacía años, me había pedido matrimonio. Nosotros no hablábamos de eso. Yo no quería perderle, perder algo que no tenía, no quería dejar de recibir sus e-mails con la historia de su día a día, no sabía si él tenía novia, y tampoco me interesaba. Julio era un hombre bueno, educado y sereno, un empresario de éxito que me daba la estabilidad, la paz que mi vida y mi nerviosismo necesitaban, pero Julio siempre viajaba, por trabajo, nunca estaba. Muchísimas veces me sentía sola y descuidada, pero cuando él volvía a casa sabía que me adoraba sólo por cómo me miraba. Julio estaba locamente enamorado de mí, era el hombre que más me había querido en mi vida y seguramente nadie sería capaz de quererme tanto como lo hacía él.

Jamás me atreví a enviarle un e-mail y decirle que le quería, que le quería desde aquella primera vez que le vi, en aquella calle, jugando con mis amigas cuando sólo tenía once años. Jamás me atreví a decirle que le quería porque tenía miedo de que él no me quisiese como Julio me quería. Es lo más cobarde y egoísta que he hecho en mi vida.

A veces, soñaba con él, nos imaginaba en una terraza, riéndonos a carcajadas, comiéndonos la vida. No recordaba su voz, hacía demasiado tiempo que no le veía. Jamás nos llamamos por teléfono, pero acabó siendo mi mejor amigo y sus e-mails siendo el motor y la alegría de mi vida. Deseaba abrir la bandeja de entrada, ver su nombre y abrir el correo, deseaba que me dijese que me necesitaba, que me quería y que quería regalarme el mundo, que volviese a España, que estuviese a su lado y que recuperásemos todo el tiempo que se nos había esfumado de los dedos. Nunca lo hizo.

Llevaba dos días sin saber nada de él. Durante dos años, cada día, había recibido un e-mail con su nombre. Dos días sin noticias. Estaba segura que pasaba algo. Busqué a Paula en Facebook, con quien hacía años que había perdido el contacto, pero de quien sabía que se había casado con su mejor amigo, aquel que le trajo aquella noche a aquella fiesta. Le resumí mi historia, la verdad, ella me había conocido, y sabía lo mucho que yo le había querido, ella era la única que podía darme una respuesta. Su mensaje tardó tres horas en llegarme, tres horas que me parecieron eternas. Mi corazón se paró en seco y las letras se me hicieron borrosas. Cogí el primer avión que volaba a Madrid, no me importaba el precio.

Cuando aterricé él ya no estaba. Ya no estaba. Mi mejor amigo, mi primer amor, mi verdadero amor, mi amor platónico, mi ilusión, el motor de mis días ya no estaba. Un accidente de tráfico le había dejado en coma durante cuatro días, había muerto sólo una hora antes de que yo llegase. Abracé a Paula y nos fundimos entre silencios y lágrimas, no nos hacía falta decir nada.

No sabía si ir al tanatorio, no quería ir a ese lugar. No quería verle allí, a quien hacía muchos años que no veía, a quien sólo había abrazado una vez en mi vida, a quien no sabía cómo sonaba su voz, ni su risa, no quería verle allí, no quería ver al guardián de mis secretos e historias, no quería ver allí a mi mejor amigo, al amor de mi adolescencia, al amor de mi vida.

Me esperé en la puerta mientras le incineraban, mientras veía a amigos y familiares, a viejos rostros conocidos con el paso del tiempo pegado en la piel y la tristeza tatuada en el alma… Reconocí a su hermano, y a él se le iluminaron los ojos.
-Clara, ¿verdad?
Asentí con la tristeza gritando en mi sonrisa apagada.
-Dios mío… Estás aquí… Él te quería, ¿sabes? Estaba enamorado de ti.
Mi corazón se estrujaba, el dolor gritaba.
-Pronunció tu nombre cuando llegó la ambulancia…

Mi mundo se derrumbó y me cagué en la vida. Me cagué en esa vida en la que él me había enseñado a no cagarme, a no enfadarme con ella, en esa vida en la que él me había enseñado a querer, a tranquilizar y a cuidar…

Paula me dio un codazo y la miré atontada, me hizo un gesto con la cabeza y miré al frente. El cura que conducía el funeral me sonreía con los ojos, me tocaba hablar, tenía que leer aquello que había escrito para él. Le miré con el dolor encendido en la mirada y le negué con la cabeza, le supliqué con la misma que siguiera y que entendiese que no tenía fuerzas… Agarré el papel que había escrito, destinado a los que no sabían quién era y a aquellos que me conocían de vista, aquel papel en el que hablaba de mi mejor amigo, y lo guardé en el bolsillo. Paula me acarició la mano.

Decidieron expandir sus cenizas en la montaña, en la montaña que envolvía nuestra pequeña ciudad, donde tanto le gustaba perderse y donde tanto disfrutaba. No fui capaz de acudir a su despedida.

He pasado dos semanas en España, luchando contra el dolor, reencontrándome con mi familia y mis amigos, sin explicarle a nadie por qué estaba aquí. Mañana vuelvo a Buenos Aires, a mi vida real, a mi rutina, a mis días de soledad, donde ya no habrá e-mails de buenos días…

He subido a la montaña y he roto el papel que escribí para su despedida, me he sentado en el suelo y lo he roto en tantos pedazos como he podido, he abierto las manos y he visto como corrían, risueños, miles de papelitos, a través del viento, ese viento que también le lleva, ese viento que acaricia mi cara y me abraza… Esta es nuestra historia, mezclada con el viento, con su aliento, para que sea sólo nuestra.
Me olvidé decir te quiero…

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Feliz fin de semana, amigos.

Lorena.

Tormenta de verano.

Sábado y el calor bailando ya por las calles de Madrid. No sabéis cuánto echo de menos el mar, mi tierra y mis playas cuando llega el verano. Estos días estoy muy, muy feliz. Vienen cosas muy bonitas de las que todavía no os puedo contar nada, pero siento paz y una felicidad absoluta. Ahora sé, más que nunca, que con trabajo, esfuerzo, empeño, dedicación y gente buena alrededor, los sueños pueden hacerse realidad y que poco a poco, todo ser humano es capaz de conseguir aquello que se propone. No puedo avanzar nada más, pero os adelanto que os va a encantar.

Hoy traigo un nuevo post. Un relato que trata un tema delicado y doloroso. Ya sabéis, quiero que lo leáis despacito y lo disfrutéis… Hoy, te lo quería contar.

TORMENTA DE VERANO

Te acaricio las manos y todavía me tiembla el alma. Hoy hace justo cuatro años. Te acaricio las manos y siento como tu fuerza grita aferrándose a mi piel. Te acaricio las manos y siento como te late el corazón, como tus ojos me miran en silencio, y como tu sonrisa, a medias, todavía es capaz de decir te quiero…

Dicen que no hay ningún amor comparable al primer amor, a la primera sensación de todo, a las primeras experiencias… Hace poco leí algo que un conocido escritor escribió hace tiempo. Hablaba de dos tipos de amores a lo largo de la vida, uno con el que compartiremos nuestros días, y otro al que siempre echaremos de menos. No sé si eres con quien comparto mis días o a quien echo de menos, no lo sé, y eso duele, duele tanto que a veces siento que me muero… El dolor sigue siendo fuerte, y todavía no me creo que hayan pasado cuatro años.

Me gusta tu perfume, siempre me gustó, pero tu perfume de verdad, el de tu piel, tu piel que siempre ha sido dulce, tostada, cálida, frágil… Me gusta tu cabello, que sigue tan bonito como siempre, me gusta tu sonrisa y me encantan tu mirada, me gusta escucharla y saber todo lo que me quieres decir siempre que me miras.

¿Te acuerdas cuando nos conocimos? ¡Qué bonita estabas! Recuerdo como María te tiraba del brazo mientras os reíais y tu decías que no querías venir… Y al final viniste. Esos desconocidos se convirtieron en tus mejores amigos y yo creo que me enamoré de ti aquella misma noche. Recuerdo los días que siguieron… Las tardes en la playa, los mensajes en el móvil, las tímidas sonrisas, los primeros besos, el primer te quiero, las primeras caricias, los primeros enfados, las primeras risas, las primeras promesas… Me acuerdo de todo. Fuiste la primera, fuiste la única. Me moría por ti, estaba loco por ti, estoy loco por ti, quise quererte, protegerte, cuidarte, amarte… Quiero hacerlo, querré hacerlo siempre.

Los dos sabíamos que éramos especiales, eras mi mejor amiga, mi niña pequeña, lo mejor de mí. Prometí cuidarte siempre, prometiste quedarte siempre a mi lado. Eras tú, sólo podías ser tú. Serías mi amor eterno, la mujer con la que me haría viejo, serías la madre de mis hijos, la abuela de mis nietos… Estábamos tan unidos, tan convencidos de que el mundo era nuestro…

Recuerdo perfectamente aquella tarde. El día de antes te habías enfadado. Íbamos a ir a la piscina y llegué tarde, nunca te gustaron los cambios de planes. Organizada, puntual, todo controlado, todo pensado, sabías cómo querías que pasasen las cosas y así hacías funcionar los días… Llegué tan tarde que no querías ni darme un beso. Siempre fuiste muy pequeña para eso, y aún sonrío cuando lo recuerdo. ¿Te acuerdas tu? Me aprietas fuerte la mano… Sé que eres capaz de recordarlo. De saber quien fuiste, quien eres, quienes fuimos y quienes somos.

No fuimos a la piscina y al final, entre risas, me dejaste dormir contigo. Aquel día sólo faltaba una semana para nuestro aniversario… Para prometernos mil años más como los tres que habíamos compartido. Dormí abrazado a ti, porque no había otra forma de dormir contigo, era inevitable. Aquel día, incluso enfadada, estabas preciosa. Decidí compensarte. Mi impuntualidad te había roto los planes y te dejé elegir… podías elegir el día que quisieras, porque tus deseos iban a ser órdenes. Elegiste tu casa de la playa, porque te encantaba que estuviésemos allí. Elegiste ir por la mañana, tostarnos al sol, comer en una bonita terraza, beber un buen vino, dormir una larga siesta, hacer el amor, darte una ducha fría, quedarnos a cenar en algún restaurante donde se pudiese sentir la brisa del mar y después volver a casa. Cogimos la moto e hicimos todo lo que quisiste. Te miraba en silencio y te veía sonreír. ¡Cómo te gustaba que todo saliese como tu querías! Era tu día perfecto, tu lo habías diseñado y yo quería acompañarte y observarte, verte reír y disfrutar. Nadie podía negarte nada. A ti no se te podía negar nada. Tu eras tan bonita, que merecías una vida hecha de deseos y sueños.

Recuerdo cuando saliste de la habitación, con ese vestido verde agua, con la piel recién tostada, con el pelo húmedo y los rizos cayendo sobre tu espalda, con las pecas en la cara y los labios de color fresa. Tuvimos que hacer el amor antes de salir a cenar. Aquella cena fue especial. Quizás no en aquel momento, quizás entonces fue una cena más, de risas y complicidad, de amistad, de confianza, de respeto, de cariño, de broche final para un día perfecto. Con el tiempo, aquella será la cena más bonita y triste que recuerde el resto de mi vida.

Sin esperarlo llovió. Llovió muchísimo y tu sonreías. Me preguntabas si no adoraba aquel olor, aquel olor que sólo tenían las tormentas de verano, y yo asentía… Me obligaste a cerrar los ojos para sentirlo del mismo modo que lo sentías tú y resonaban tus carcajadas cuando los abriste antes que yo. ¿Ves? Todavía te sale una sonrisa.

Nunca te importó subir a la moto con falda. Tú eras así, divertida, loca, todo te daba igual, y aquel día habías sido tan feliz que te agarraste a mi cintura fuerte… Muy fuerte. Sentía tu sonrisa en mi espalda, aún sin poder verte… Cogimos la carretera y volvíamos a casa. Veinte kilómetros eternos que nos destrozaron la vida. Recuerdo aquel coche, en dirección contraria, tambaleándose por la carretera, de lado a lado, vino directo, sin tiempo para reaccionar, su metal contra nuestros cuerpos, tu cuerpo arrancado de mi cintura, mi cuerpo flotando por el aire, tu choque contra el suelo, un pitido fuerte en mi oído, la vista nublada, las lágrimas corriendo, el dolor gritando, el miedo apuñalando, la rabia llorando, la ambulancia volando… No sabía dónde estabas.

Sí, apriétame la mano. Aprieta fuerte, mi vida…

Me desperté en el hospital y vi a mi madre llorando, tenía un brazo roto, me iban a operar de la rodilla y vi el pánico en sus ojos cuando pregunté por ti.

Tardaste tres días en despertar del coma, los tres días más largos de mi vida. Tu cuerpo estaba intacto, sólo arañazos y quemaduras del asfalto. Tu cabeza se había llevado la peor parte. Tenías la mirada perdida y a penas nos reconocías, tu sonrisa estaba completamente apagada y no eras capaz de mover manos, ni piernas. Durante mucho tiempo quise morirme, quise desaparecer del mundo porque nadie sabía qué decirme para poder aguantar el dolor. Nadie tiene cura para esto. Todos los días, cada segundo, odiaba a la vida, al destino, odiaba a la carretera y quería volver a matar a ese conductor borracho que murió en el acto.

Los médicos nos contaron que poco a poco te irías recuperando. Había muchas esperanzas, eras joven y saldrías de esta. Sobreviviste los momentos más duros, y pusiste toda tu fuerza y voluntad, lo mejor que supiste, en poder seguir adelante. Sonríes y esbozas sonidos que yo intento interpretar a la perfección, mientras te sonrío y te aprieto fuerte las manos, mientras te acaricio y tu aprietas fuerte las mías, mientras me dices con la mirada que me quieres y yo te lo susurro con mis labios, pegados a los tuyos… Cuando veo a periodistas en la tele, reporteras por las calles, siempre pienso lo bien que lo habrías hecho. Tenías claro que ese era tu sueño y estoy seguro que lo habrías alcanzado.

Llevo cuatro años viviendo por ti, ayudando a tu madre a darte la comida, llevándote en peso a la ducha y dándote masajes en los pies para que los vuelvas a mover. Sigues estando preciosa. Siempre serás la más bonita, mi niña pequeña. Te seguiré cuidando el resto de mi vida.

Ayúdame a contarte esto y que no me den ganas de tirarme por la ventana… Te noto en la mirada que sabes lo que pasa, y en tu mirada me das la comprensión que necesito, pero sabes que nado en un dolor infinito.

La conocí hace unos meses, empezó a trabajar conmigo en la oficina. No sé si la quiero, no sé si es lo correcto, no sé si alguien merece aguantar toda la pena que yo llevo dentro… Pero creo que debo intentarlo. Tu madre dice que debo seguir haciendo mi vida y yo me derrumbo cuando la oigo. No sonrías, yo quiero estar a tu lado. Quiero quedarme aquí, abrazado a ti como siempre, pero quiero que nos despertemos y te enfades porque te he robado la manta, quiero que te lances a darme un beso, quiero oírte reír a carcajadas, quiero que bailes y cantes en la ducha, que me digas que soy un pesado o que me pidas que te haga cosquillas en los brazos…

Quiero parar el tiempo, quiero volver atrás y quiero quedarme en esa cena en la playa, con los ojos cerrados y el olor a una tormenta de verano.

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Feliz sábado, amigos.

Lorena.

Lo que le falta al tiempo.

No sabéis lo mucho que me cuesta levantarme por las mañanas, siempre me ha pasado igual. Siempre he sido un poco vampiro, desde pequeña me ha gustado mucho más la noche que el día. Prefería leer por la noche, incluso estudiar después de cenar… Ahora, aunque el trabajo prefiero hacerlo durante el día, es verdad que nunca tengo prisa por acostarme. Me encanta ver la tele hasta bien tarde o leer un buen libro mientras la calle se queda en silencio y claro, por las mañanas, no hay quien me despegue de las sábanas. Ha sonado la alarma durante más de media hora, he preparado una gran taza de café  y aquí empieza mi miércoles… Aquí empieza lo que hoy te quería contar. 

El otro día, publiqué un relato, Los ojos de Margarita, que me dio muchas sonrisas, que me disteis muchas sonrisas, porque gustó mucho. Obviamente, cuando escribo un relato, lo que escribo en él es ficción, pero creo que  cuando uno escribe es inevitable regalarle algo de sí mismo a alguno de los personajes. En este caso, la frase con la que empezaba la historia podía hablar perfectamente de mi misma. No me gustan las historias de amores imposibles.

A través del cine, la televisión y la literatura, nos hemos acostumbrado a que nos encanten las historias de amor más complicadas, aquellos personajes que encuentran mil y una dificultades para poder amarse con total libertad y tranquilidad, esos personajes que parece que nunca van a conseguir estar juntos y que, al final, como toda buena historia de amor, consiguen reencontrarse para no separarse jamás. En la vida real, la verdad es que me gustan las historias bien distintas.

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Supongo que es la edad, las experiencias en la piel y las vivencias aferradas ya para siempre en el corazón, pero no me gustan las historias de amores imposibles y sufrimiento aunque tengan un final feliz. Una de mis películas favoritas es El diario de Noah y en ella hay una frase que dice “discutían todo el tiempo, pero tenían algo en común, estaban locos el uno por el otro…“. Muchísimas veces he visto esta frase mencionada por niñas a través de las redes sociales y seguro que en algún momento del pasado quise hacerla mía, ahora pienso que es un horror, aunque adore la historia de Allie y Noah.  ¿Cómo se puede ser feliz con alguien con quien discutes todo el tiempo? La vida real no es una película, ni una novela, las cosas no van a ser maravillosas porque sí, nosotros tenemos que hacer que las cosas sean maravillosas, nosotros somos lo únicos con el poder de elegir cómo van a ser nuestros días y de qué forma queremos vivirlos. No defiendo un amor cómodo. No me gustan, tampoco, esas historias en las que no existe un amor puro, pasional y verdadero, y en la que los protagonistas se aferran a la rutina y a la comodidad y aceptan así su forma de vida. Cada uno es libre de elegir sus días, pero estas historias tampoco me convencen, al menos, no para vivirlas.

El amor, desde la pasión, la confianza y el respeto, es lo más maravilloso del mundo, y se puede alcanzar la felicidad plena y absoluta. Existirán las discusiones, porque somos seres humanos, simplemente por eso, pero mientras no existan las faltas de respeto, las historias podrán ser maravillosas. Quizás es la edad, pero a mi me gustan las historias de amor puro y verdadero que son capaces de transmitirte paz y tranquilidad emocional. No me gustan las historias de amores imposibles. Hay historias de amor tormentosas y otras dolorosas desde el silencio…

El verano pasado, por mi cumpleaños, mi mejor amiga me regaló a Cometo, mi perro (el mejor regalo que me han hecho y me harán en toda mi vida) y además me regaló un libro, un libro que hasta hace unos meses no empecé a leer. Lo devoré en cuestión de días y me enamoré de él, de sus historia y sus personajes. Con Ángela Becerra y sus palabras en Lo que le falta al tiempo, me trasladé a las calles de París para vivir una historia de amor llena de arte, locura, deseo e irracionalidad.

Mazarine es una joven estudiante de pintura que vive sola en el Barrio Latino de París. En su casa encierra un valioso secreto que ha sido conservado a través de generaciones y puede cambiar el rumbo del arte. Su mundo se verá conmocionado por la aparición en su vida de Cádiz, un maduro genio de la pintura, creador de un mo vimiento revolucionario que despierta en ella una pasión sin límites”. 

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Mazarine, la protagonista, se convierte desde el principio en mi personaje favorito. Es sensible, solitaria, mística, dulce, valiente, atrevida, artista… Está completamente loca. Se enamora locamente de Cádiz, su profesor, un aclamado y reconocido pintor a nivel mundial que accederá a darle clases y a trabajar con ella. Él, casado con una fotógrafa de éxito, no podrá resistirse a la pasión que arde entre sus manos y la piel de la joven aprendiz. Una historia de amor imposible, complicada que se agravará a medida que avanza la trama y aparecen nuevos personajes en ella. Una historia de amor de locura, de miedo, de traición, de deseo, de silencios, de reproches…. Una historia de amor que me encantó descubrir a través de las páginas pero de la cual no me gustaría ser la protagonista. Demasiado sufrimiento. Querer amar y tener que hacerlo en silencio, ser un secreto, ser una sombra, sentir dolor al dar un beso seguido por la esperanza de una caricia, una contradicción de sentimientos, una inestabilidad emocional de la que no quiero ser nunca víctima. Una historia llena de historia, de historia del arte, con un tema principal sobre el cual girará el amor de los personajes, un tema principal relacionado con la religión y sus misterios, un secreto que podría cambiar la historia de muchos años de creencias.

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Lo que le falta al tiempo es una de esas novelas que te atrapa, que te hace viajar y soñar, sufrir y desear, con un final impactante. Una de esas novelas que yo, desde Lo que te quería contar, te recomiendo que leas. Aprovechad ahora que viene el verano, que los días son más largos, que llegan las vacaciones, que la noche invita a quedarse despierto y perdeos entre sus páginas, entre sus letras, entre la locura de Mazarine y la irracionalidad de Cádiz, entre el amor de dos artistas, completamente locos.

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Feliz día, amigos.

Lorena.

Los ojos de Margarita.

Esta mañana me he levantado dando los buenos días en mi página de Facebook, anunciando que hoy venía con nuevo post y que vendría en forma de relato. También hablaba de mi necesidad y mis ganas de un cambio político y social en este país. LLevo todo el día tumbada en el sofá, malísima de la tripa, con dolor de piernas y brazos y con la sensación de no tener fuerza ni en los dedos, pero lo prometido es deuda y si yo he prometido un relato, un relato tiene que haber.

Por lo general, los relatos son de vuestros posts favoritos. Tanto, que a veces siento mucha presión a la hora de escribirlos, por si no cumplo vuestras expectativas o por si resulta que acaba siendo malo… Os dejo una nueva historia, para que hagáis como siempre quiero que hagáis, para que la leáis despacito, para que saboreéis las palabras y nos olvidemos durante un ratito de nuestras preocupaciones y nuestras vidas…. Que no paren las letras.

 

Los ojos de Margarita. 

Me resultan demasiado tristes las historias de amores imposibles. Me producen tanta tristeza que a veces prefiero no escucharlas, o no conocerlas. Me da pena la gente que ama de verdad y no consigue estar con la persona a la que desea. A veces, me planteo lo rápido que pasa el tiempo y me pregunto qué hemos hecho para que corra tan deprisa, me pregunto si nos hemos detenido a saborear de verdad la vida, o si simplemente nos hemos pasado la mayor parte de ella sufriendo por unas cosas u otras. Mi padre me dijo una vez que el ser humano es así, que no sabe disfrutar sin más, que la vida nos pone obstáculos para que aprendamos a sobrevivir, a ser fuertes, a superar problemas, miedos y desgracias. A mí, desde pequeño, eso me ha asustado mucho.

Me miro las manos y todavía no soy consciente de que todo ha pasado, las arrugas me recorren la piel, las manchas y los lunares son sólo las manchas de un viejo que lleva corbata y un pañuelo de tela guardado siempre en el bolsillo. Inexplicablemente, hay un momento en tu vida en el que sabes que ya no queda mucho tiempo. El paso de los años es importante en esta idea, por supuesto, pero es verdad cuando sabes que con ochenta años aún te queda toda una vida y cuando sabes que la vida se está acabando… Hace meses que tengo un fuerte dolor en el pecho y los médicos lo sentenciaron como un cáncer de pulmón que me va a arrebatar los suspiros en cuestión de semanas, o meses. Miro a mi alrededor y creo que he podido y he hecho todo lo mejor que he sabido, pero también creo que he tenido un sufrimiento aferrado al alma desde hace demasiados años.

Todavía es pronto, siento que aún tengo muchas cosas por vivir, tengo muchas cosas por hacer y sé que ya no hay remedio. Mi nieta mayor, Patricia, está a punto de dar a luz a su primer hijo, mi primer bisnieto y yo eso no me lo quiero perder. A veces, lloro por la noche porque tengo miedo. A mi edad todavía existe el miedo. Me siento afortunado por conservar mi salud mental en perfecto estado, por ser capaz de recordar cada momento de mi vida. María, mi esposa, murió hace más de una década, dejando a su familia sin el pilar que la sostenía. Mis hijos y nietos vienen a visitarme y mi hija Paquita no deja de cocinar para mí ni un sólo día. Es una santa, una mujer buena y noble, con una vida feliz y un marido que la cuida y la quiere. Era la que más unida estaba a su madre y sé que nunca ha podido, ni podrá, superar su pérdida.

Por alguna extraña razón, llevo varios días soñando con unos días que quedan tan atrás que ahora dudo si de verdad han existido o si los sueños me confunden. En cuestión de segundos sé que fue real, porque todavía recuerdo sus ojos y puedo sentir su aroma. Y eso, también eso, me asusta.

La vida en el pueblo era una vida humilde y tranquila. Sólo tenía siete años cuando oí a mi madre gritar. A mi padre, hombre bueno y trabajador donde los hubiese, lo acababan de encontrar muerto en el campo, mientras labraba la tierra. Un accidente me dijeron que había sido, años después supe que le habían pegado un tiro por tener una ideología distinta a la de sus asesinos, por querer luchar por sus derechos y buscar un futuro mejor para los suyos. Desde niño, acudía a la iglesia sólo para oír el viejo piano que tenía don Raimundo, el párroco de mi pueblo. Una noche, él se presentó en casa y habló con mi madre en la cocina, susurraban y llegué a entender que hablaban de mí, de mi futuro como músico y de mis dotes para ello. Tenía quince años cuando dejé a mi madre y a mis hermanos solos en el pueblo y me trasladé a Valencia capital a vivir con mi tía Remedios, que se había casado con un hombre rico y respetado. Gracias a los contactos de mi tío, al que yo no soportaba, empecé a estudiar música y a dar clases particulares a hijos y vecinos de sus amigos. Con el dinero que ahorraba, conseguía ayudar a mi familia y ser feliz trabajando en lo que más me gustaba.

Conocí a Margarita una tarde de enero. A las cinco estuve puntual en su casa para dar su primera clase de piano. Por aquel entonces, las mujeres de cuna alta, se refinaban a través de la música y finos vestidos de seda que cosían para ellas. La piel, pálida y delicada se escondía bajo una melena aterciopelada de color caoba y en su cara dos ojos verde esmeralda daban luz a aquella estancia. Jamás había visto nada igual, ni mujer más bella, ni mirada más pura. Supe que iba a enamorarme de ella hasta el fin de mis días. Semana a semana fuimos compartiendo melodías, notas y aprendizaje. Era inteligente, divertida, risueña y atrevida. Una tarde, antes de marcharme me preguntó si estaba libre la tarde siguiente y asentí.

Nos encontramos a las cuatro en la Estació del Nord y paseamos por las calles del centro mientras sus padres creían que ella estaba merendando churros con chocolate en casa de una de sus amigas. Tarde a tarde, fuimos haciendo de los encuentros nuestra rutina, y de la rutina nuestras vidas. No nos cogíamos de la mano por la calle, pero reíamos y compartíamos nuestros sueños. La besé por primera vez en una de nuestras clases. La besé durante muchos meses, en el cuello y en los labios, le acaricié el pelo, la piel, las piernas y los secretos. La hice mía tantas veces como la soledad nos lo permitía… Me miraba fijamente a los ojos y yo me perdía en ese mar que me regalaba su mirada. Margarita era el amor, Margarita era mi vida.

Una tarde, al llegar a casa, mi tío me esperaba fumando una pipa al lado de la ventana, mientras mi tía Remedios sollozaba en el sofá. Tenía las maletas listas y no querían volver a verme nunca más. El padre de Margarita, un empresario de renombre y con el poder de tener a toda la ciudad comiendo de su mano, había intentado organizar el matrimonio de su hija, cuando ésta se negó y dijo que ya estaba enamorada. Llamó a mi tío y le aseguró que le arruinaría los negocios y su fortuna si no me hacía desaparecer, juró matarme con sus manos si me veía. A mí, un chico de pueblo, de campo, a cuyo padre habían asesinado por pertenecer a un bando político y no a otro, a mí, a un pobre profesor de piano. No supe qué decir, me volví cobarde y me ahogué en el miedo. Cogí mis cosas y miré a mi tía, alcancé a ver en sus labios un “lo siento” empapado por las lágrimas que corrían en forma de cascada. Me fui de allí.

Durante dos tardes esperé en la puerta de la estación, a las cuatro en punto, como tantas otras veces. Al tercer día volví al pueblo. Me rendí a los tres días, me rendí por amor, por cobardía y por su bienestar. Ella no podría ser feliz conmigo, tenía pocos bienes que ofrecerle, ella estaba en otro mundo, en uno inalcanzable en el que yo sólo entraba para servirle, un mundo donde se aprendía a tocar el piano porque lo marcaba la sociedad y el estatus, un mundo en el que se fabricaban vestidos de seda a medida.

Años me costó superar aquello. A través de mi madre, que seguía hablando con mi tía, a quien nunca más volví a ver, me enteré que Margarita estuvo destrozada, que estuvo meses encerrada, llorando, sin comer, sin ganas de nada. Me enteré que con el tiempo se había casado con un amigo de la infancia, que la amaba, que la hacía feliz y la cuidaba. Me enteré que había sido madre cuando yo ya tenía a Juan, mi segundo hijo.

María fue una buena mujer, era maestra y adoraba el arte. Le encantaba escucharme tocar el piano, aunque a mí cualquier melodía, después de mis años en Valencia capital, me resultaba triste. Fuimos un matrimonio muy feliz. Me quiso con todo su corazón y yo la quise todo lo que pude. La respeté, la cuidé y juntos formamos una familia maravillosa, de gente buena, honrada y trabajadora.

No me gusta escuchar historias de amores imposibles, siempre me ponen muy triste.

Inexplicablemente, llega un momento en tu vida en el que sabes que no queda mucho tiempo. Te planteas qué has hecho mal, qué has hecho bien, y por qué el tiempo y los años han corrido tan deprisa.

Esta mañana, le he pedido a mi hija Paquita que coja el coche y me lleve hasta Valencia capital. Me enteré hace años que había heredado el señorial piso del cetro donde vivía con sus padres, donde tantas tardes de clases de piano compartimos, donde la besé una y mil veces y donde hice el amor como, lamentablemente, no recuerdo haber vuelto a hacer nunca.

Me miro las manos y todavía no soy consciente de que todo ha pasado, las arrugas recorren mi piel y me atrevo a entrar en ese edificio dónde observo un sólo nombre en el buzón. Margarita Martínez. Sólo su nombre. El de nadie más.

Mi hija Paquita ha aprovechado para hacer unas compras en la ciudad y yo he cogido el elegante ascensor hasta el piso tres. El portón de madera y pomo dorado aguarda en silencio. El timbre suena como si no hubiese pasado el tiempo. Tras la puerta abierta una mujer con cabellos blancos, elegante, distinguida, firme, serena, preciosa. Las arrugas le besan las mejillas y un sello imborrable ilumina su cara. Sus ojos verde esmeralda y el mar que en ellos habita me miran en silencio y se llenan de lágrimas. Sólo soy capaz de pronunciar a media voz, con el llanto en el pecho: Margarita

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Buenas noches, amigos.

Lorena.