19 de marzo.

Parecía que la primavera había llegado a Madrid… Dejamos a un lado los abrigos y nos lanzamos todos a la calle. Las terrazas estaban llenas, el sol, incluso, picaba un poquito y a la gente se la veía feliz. No es una novedad para nadie que el sol y el buen clima nos llenan de alegría, las personas están más felices, sienten más energía y eso se respira en el ambiente. Sabíamos que no podíamos hacernos ilusiones, siempre pasa. Aunque nos guste el invierno, los abrigos, las mega-bufandas, los gorritos y el café bien caliente, como de todo en la vida, nos acabamos cansando de él. Nos pasa lo mismo con el verano, lo cogemos siempre con más fuerza, pero cuando ya llevamos meses con shorts, mini vestidos y sandalias tenemos ganas de ponernos los jerseys y chaquetones. A mí, al menos, me ocurre con cada estación y cada año de mi vida. ¿A vosotros no os pasa? El ser humano es así, inconformista por naturaleza, siempre se cansa de aquello que tiene, aunque lo adore.

Efectivamente, la llegada del calor era una falsa alarma. Aunque las temperaturas han subido, estos días el cielo gris ha vuelto a cubrir Madrid, las terrazas vuelven a estar vacías y la gente sigue llevando sus abrigos. A mí, si os soy sincera, no me disgusta del todo. Adoro los días grises, los días de frío y también los de lluvia. Son mi excusa perfecta para quedarme en casa, para estar en pijama, para poder ver películas que me encantan, para taparme con la manta y comer palomitas o chocolate.  Hoy es uno de esos días. 🙂

Estos días no dejo de ver fotos de mis amigos y conocidos de siempre en las redes sociales, todo el mundo se ha acercado hasta Valencia capital para disfrutar de las fallas y creo que soy a la única (o de las pocas) valenciana que no le gustan las fallas (perdonadme, es que no les acabo de pillar la gracia). En las fotos de mis amigos, veía felicidad y fiesta, lamentablemente cada vez que veo las noticias no me ocurre lo mismo, porque claro, en las noticias destacan (y menos mal que lo destacan) la actitud lamentable de una alcaldesa que me avergüenza hasta lo más profundo de mi ser. No voy a hablar de esto, al menos en este post, pero no podía dejar de mencionarlo. 😉

Mientras algunos disfrutan las fallas, hoy me he acordado que pasado mañana es fiesta, el 19 de marzo, el día que termina esa fiesta, el día de la cremà y además un festivo nacional con motivo de San José (en este país es que somos muy devotos), y ese mismo día se celebra el día del padre y para mí, siempre ha sido un día muy especial (no por el tema religioso, claro).

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Con el Día del Padre me pasa un poco lo mismo que con San Valentín. No soy de pensar qué regalo voy a comprar para que resulte un día especial. Creo que el hecho de no comprar, lo hace más especial. Ahora os lo explico.

Hace sólo unos días, publicaba mi artículo quincenal en Bface Magazine y justo hablábamos de esto. Para este tipo de ocasiones, creo que es mucho más especial poder hacer un regalo “no material”, como por ejemplo, escribir una carta bonita y regalarle una foto en la que aparezcáis los dos, hacer un álbum con miles de recuerdos de toda una vida juntos, dedicar una canción, preparar un buen desayuno o una comida especial, o simplemente hacer algo con él que hace años que no has hecho y que os encantaba: desde un paseo en bici a una tarde en el cine. Está claro que los padres se merecen ser mimados durante todo el año, por todos los mimos incondicionales que ellos nos dan a lo largo de la vida, pero si hay un día oficial para ellos, al menos, durante ese día, deben ser protagonistas sin ningún tipo de condición. Estoy segura que muchos padres se lo merecen, y digo muchos porque también estoy segura que no todos.

Hace muchos años que no puedo celebrar el 19 de marzo con mi familia, porque nunca coincido en casa, pero para mí siempre ha sido algo especial, comida en casa de mi abuela, larga sobremesa, risas, unión y felicidad.

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Aún recuerdo aquellos años en los que en el colegio estábamos durante días preparando alguna anualidad para el día del padre, y recuerdo en especial, una que hice. Era una especie de tablita sobre la que iba un vaso (realmente era un cilindro de cartón), cubierto de mitades de pinzas de madera, tanto la tableta como el vaso, y era un vaso para poner bolis y sobre la tableta poder apoyar una pequeña libreta dónde escribir cualquier cosa. La verdad es que no era una maravilla, pero por alguna extraña razón lo recuerdo, quizás porque recuerdo el momento en el que se lo regalé, llena de ilusión, a mi abuelo. Pero realmente, ¿sabéis de dónde viene la fiesta del Día del Padre?

La fiesta del Día del Padre, nació en Estados Unidos a raíz de la gratitud de una hija, Sonora Smart Dodd, hacia su padre, un veterano de la guerra civil estadounidense llamado Henry Jackson Smart. La esposa de Henry falleció al dar a luz a su sexto hijo y él cuidó y educó a sus hijos sin ayuda y con todo el cariño del mundo en una granja del estado de Washington.

A Sonora Smart Dodd se le ocurrió la idea de celebrar el Día del Padre mientras escuchaba un sermón del Día de la Madre en 1909. Al principio propuso el 5 de junio, fecha del cumpleaños del señor Smart, pero la elección de la fecha no prosperó.

La idea de instituir un ‘Día del Padre’, sin embargo, sí que fue ganando aceptación. En 1924 el presidente Calvin Coolidge apoyó la idea de establecer un día nacional del padre, y en 1966 el presidente Lyndon Johnson firmó una proclamación que declaraba el tercer domingo de junio como el Día del Padre en Estados Unidos.

La celebración se extendió rápidamente a Europa, América Latina, Asia y África como una manera de homenajear a los padres y reconocer su papel en la crianza y la educación de sus hijos.”

Estoy segura que el 19 de marzo es un día especial para muchos, para los que son padres y sobre todo para los que son padrazos. Un día muy especial para los padres primerizos. Un día muy especial para los padres con niños pequeños que sacan de su escondite, cual tesoro, la manualidad que han preparado en el colegio. Un día muy especial para aquellos padres con hijos más mayores que les demuestran lo orgullosos que se sienten de ellos, y entonces, quizás, son más conscientes de lo bien que lo han hecho, ese y cada uno de los días. Un día muy especial para los hijos que quieren sorprender, o simplemente agradecer un año más. Un día muy especial para las madres, para aquellas que pueden sentirse inmensamente orgullosas de la elección que hicieron, del hombre que escogieron para crear su familia. Un día muy especial para aquellos hombres que han criado a los hijos de sus parejas como si fuesen los suyos propios. Un día que sabrán hacer especial todos aquellos que por alguna razón tienen a sus padres lejos. Un día muy especial para todos aquellos que seguro, rendirán un pequeño homenaje a esos padres que no están, que ya no estarán, pero que se quedarán para siempre, de una forma u otra.

Hoy te quería contar que cuando esta mañana he pensado que pasado mañana es el día del padre ha sido inevitable acordarme de mi abuelo, al que sólo hace un par de semanas que no veo y al que echo de menos cada día que estoy lejos. He pensado cómo es él, tan bueno, tan noble, incapaz de levantar la voz, tan dulce, tan amable, tan risueño, tan elegante, tan tranquilo, tan entregado… Pienso en cómo ha educado a sus hijas y cómo se ha volcado con todos y cada uno de sus nietos y sé que no he podido tener más suerte. Él sabe lo orgullosa que estoy de él, porque se lo he dicho muchas veces, pero por alguna extraña razón, los seres humanos tenemos ese punto de estupidez en el que a las personas más importantes de nuestras vidas nos cuesta más repetirles lo mucho que las queremos, seguramente porque damos por hecho que lo saben.

Hoy quería dedicarle este post a todos esos padres que han sabido estar de forma incondicional, que han dado biberones y han cambiado pañales, que han ayudado a hacer deberes, que han leído cuentos, que han enseñado a nadar y montar en bici, a todos esos padres que han aprendido a peinar, que han dado baños y han preparado cenas, a todos esos padres que han dado consejos, que han sabido escuchar, que se han preocupado, a todos esos padres que se entregan de forma incondicional cada día, para dar lo mejor de sí mismos, a todos esos padres… GRACIAS.

Y cómo no, este post va dedicado a todos esos hijos que habéis pensado en vuestros padres cuando habéis leído todo esto. No os olvidéis de recordarles, y no sólo el 19 de marzo, lo importantes que son en vuestras vidas. (Si no habéis visto este video, que ya se ha convertido en viral, en el que una niña escribe una carta a su padre, os aseguro que os va a encantar: https://www.youtube.com/watch?v=J06M7ziYJ74)

Este post va dedicado, sobre todas las cosas, a mi abuelo, por ser el mejor padre del mundo. Al que siempre, de forma eterna, le dedicaré esta canción que un día escribió Alejandro Sanz:

“Con tu sonrisa de medio lao cuántos te quiero te habrás callao, cuántas cosas de chiquillo aún conservas en los bolsillos. Con tu eterno cigarrillo, con tu ojera y tu descuido. La más bella de las danzas es tu cojera al caminar. Imagino que engordaste para que el alma te entrase. Imagino que tus canas son recuerdos en tus bodas de plata.

Con ni sonrisa de medio lao cuántos te quiero me habré callao. Tú me diste el primer brillo, me sacaste de un bolsillo. Frágil como una pelusa, como una inocente excusa, en una arruga de tu abrigo me sentía protegido.

No eres sólo aquel que firma en el libro de familia. Ni eres el silencio en el sofá, viendo un partido en zapatillas. Eres mucho más, eres ese amigo que me dio vida, y eres ese amigo que me dio vida.

Por eso no quiero dejarte aparcao, por eso no puedo seguir callao, hoy que al fin me he dado cuenta que me sumabas de tu resta.

Y, déjame por esta noche ser las manos que te arropen. Y, déjame que te regale un abrigo nuevo en condiciones. Y, déjame gritar que orgulloso estoy de ti, y que eres ese amigo que me dio vida, y eres ese amigo que me dio vida. 

Ese que es mi amigo, me dio la vida”

 

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Sólo quedan dos días para que sea 19 de marzo. ¿Vais a preparar algo especial?

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

 

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Sólo a ti te pertenece.

Hoy es uno de esos días en los que llevo todo el día pensando en un nuevo post. Me acabo de sentar frente al ordenador y la verdad que no sé ni sobre qué tema escribir… El otro día, una fiel lectora del blog me pidió a través de Twitter (mi cuenta como muchos ya sabéis es @lorenacorcoles) que escribiese un relato sobre un tema delicado y le prometí intentarlo.

Ojalá pudiese daros un abrazo y un beso a cada uno de vosotros, por hacerme tan feliz cada vez que me comentáis, me compartís o me leéis, cada vez que alimentáis esta ilusión y estas ganas de crear historias y hacer que siempre tenga algo nueva que os quiera contar. 

Leed despacito, como siempre os digo, como siempre hacéis…

Sólo a ti te pertenece.

Recuerdo perfectamente cuando no tenía más de seis años y en el colegio empezaban a hablarnos del cuerpo humano. Aquello me parecía tan fascinante que al volver a casa le dije a mi madre que de mayor quería ser médico, porque pensaba que sólo de esa forma conseguiría conocer cada rincón que se esconde dentro de nosotros. Con el tiempo, y con la idea totalmente metida en mi cabeza, descubrí también que los médicos curaban a las personas, salvaban vidas y además ayudaban a los bebés a nacer y yo quería ser parte de todo aquello.

Siempre fui buena estudiante, con unas notas normales, pero con el esfuerzo y la constancia que mis padres me habían inculcado desde muy niña. Siempre tuve una envidia muy sana de mi amiga Paula. Ella, sólo necesitaba leer por encima los apuntes para sacar una notaza, cuando yo me tiraba tardes enteras entre libros para poder conseguir buenos resultados, nunca excelentes. Mis profesores siempre hablaban de lo orgullosos que se sentían de mi por todos los esfuerzos que hacía. Cuando hice la selectividad, sucedió lo que todos temíamos, mi nota no alcanzaba para que pudiese ir a la facultad de medicina, y como ya sospechábamos que esto pasaría, aposté por mi segundo opción: enfermería. Recuerdo mis años de universidad como los mejores de mi vida. Dicen que esos son los amigos que se quedan para siempre, los que conoces en esa etapa y esos años cruciales de madurez y experiencias. Me esforcé muchísimo, dediqué todo mi tiempo, mi cuerpo y mi alma a sacar buenos resultados y a ir aprobando curso por año. Lo conseguí. De hecho, mi expediente conserva unas notas mucho mejores de las que hubiese imaginado. Mi primer contacto fueron mis prácticas y supe, más que nunca, que aquello era a lo que yo me tenía que dedicar.

Corren unos tiempos difíciles, a veces, incluso me asustan. Las oportunidades laborales son escasas y la mayoría de mis compañeros de promoción no trabajan de aquello que estudiamos juntos, con tantas ganas e ilusión. Muchos de ellos se han ido fuera del país, y algunos trabajan de enfermeros fuera de aquí. Se me parte el alma cuando lo pienso. Son felices, trabajan y aprenden otro idioma. Tienen lejos a su familia, a sus amigos y a su vida, y sé que sufren, como yo sufriría. Desde hace poco más de un año soy muy feliz y me siento afortunada por tener un trabajo al que acudir cada día y un sueldo que llega a mi cuenta de forma puntual a final de mes.

En una residencia de ancianos se ve absolutamente de todo. Desde personas que son plenamente felices por estar allí, rodeadas de personas de su misma edad, personas que sufren y lloran en silencio porque se sienten abandonadas y necesitan y quieren estar ahí fuera, en sus calles, en su casa, haciendo una vida normal, a personas que no son conscientes ni de donde están.

Maribel llegó hace seis meses y desde el primer momento me robó el corazón. Desde siempre, las personas mayores han causado en mi una ternura infinita, sobre todo y no me preguntes por qué, los ancianos con el pelo blanco. En ellos siempre he visto reflejadas a la sabiduría y la bondad. Las personas mayores, sólo por todos los recuerdos y experiencias que llevan consigo mismas, son verdaderos tesoros de la naturaleza, que merecen el cariño y respeto de todo el mundo. Los primeros días Maribel casi no hablaba, se quedaba horas sentada al lado de la ventana y aunque yo insistía e intentaba darle conversación, ella me contestaba con monosílabos. Una tarde, con una sonrisa, me acarició la mano y me dijo que era muy linda.

Uno de sus hijos la visita casi todas las semanas. Sus nietos vienen a verla una o dos veces al mes. Está y se siente sola. Una tarde de domingo, en mi día libre, me vestí y vine a visitarla porque sólo quería estar con ella, sentada con ella y hablar con ella. Quería escuchar sus historias y envolverme de su magia…

Maribel mezcla el tiempo y el espacio y repite la misma historia mil veces. Me habla de su padre, de su madre, de sus hermanas, de sus días en el pueblo, de lo mucho que le habría gustado poder ir al colegio. Y siempre, siempre habla de Antonio, el gran amor de su vida.

Una tarde, cuando su hijo vino a visitarla, le pregunté por su padre, Antonio.

-¿Antonio? Mi padre se llamaba Miguel y falleció hace cinco años.

Asentí en silencio y pedí disculpas por haberme confundido. Al llevarle la cena, aquella noche, le pregunté:

-Maribel, ¿quiere hablarme de Antonio?.- Y a ella se le escapó una sonrisa dulce, pícara, de niña pequeña, como si el tiempo se hubiese detenido muchos años atrás.

Antonio y yo nos conocimos siendo unos críos. Mi padre no lo veía con buenos ojos. Él era más mayor que yo y venía de una familia todavía más pobre que la mía. Mi padre nunca habría visto a nadie bien para mí, porque yo era la niña de sus ojos. Antonio era de mi mismo pueblo y por aquel entonces a penas podíamos vernos. No podían vernos a solas por la calle, ni podíamos cogernos de la mano. Pero yo le quería, le quería tanto que le pedí matrimonio. ¡Fijate tu! Yo, que era una niña, que no sabía de nada y me quería casar con él, y además, no podía esperar a que él me lo pidiese. A mi padre no le quedó otra opción que aceptar mi decisión y desde ese momento quiso a mi novio y futuro esposo como a un hijo suyo. Mi Antonio era el hombre más bueno del mundo, era guapo, trabajador y estaba loquito por mí. Hicimos el amor dos meses antes de la boda, porque a mi me gustaban los retos y yo venía siendo revolucionaria desde la cuna y no entendía esa estupidez de tener que pasar por la iglesia primero. Aquel fue el día más bonito y feliz de mi vida. Mis padres estaban elegantes, mis hermanos muy contentos, y nosotros éramos los novios más guapos del mundo. Nos casamos en la pequeña iglesia de la plaza del pueblo, y después nos fuimos todos a la casa de mis abuelos, que tenían un patio bien grande, a comer chocolate y bizcochos. Eran otros tiempos y con muy poco conseguíamos ser felices. Dos meses, sólo dos meses de casados, cuando una mañana de sábado, tumbados en la cama, mi Antonio no se despertó. Por aquel entonces nadie sabía de qué había sido, no es como ahora que te lo dicen todo, pero sentenciaron que había sido un paro del corazón. Yo me desperté al lado de mi marido muerto y mis gritos se oyeron en todo el pueblo. Grité y lloré durante días y meses, y del disgusto perdí al hijo que llevaba en mis entrañas, sin nosotros saberlo. Mi vida estaba perdida. No quería levantarme de la cama y le suplicaba a ese Dios que me prometían que existía a que se me llevase a mi también, al ladito de mi Antonio, porque él se había llevado mis ganas de vivir y de seguir en este mundo. No quería que los años siguiesen y pasarlos sin él. Y mira bien lo que he aguantado…

Tres años después, y con el luto todavía, me mudé con mi hermano y su mujer a la ciudad para poder cuidar de mi sobrino Juanito. Allí conocí a Miguel, que me devolvió la ilusión y la vida. Él fue el padre de mis hijos y junto a él formé la maravillosa familia que tengo, mis seis hijos preciosos y mis catorce nietos. No ha habido ni un sólo día de mi vida en el que no me haya acordado de mi Antonio y de aquel hijo que no llegó, ni un sólo día en el que no me haya preguntado cómo habría sido mi vida con ellos y en el que no me haya lamentado por no tenerlos. Jamás he superado aquello. Mis hijos, no saben que yo me había casado antes. Miguel y yo decidimos que así fuese. Yo guardaba mi dolor en forma de secreto y ellos creían que su padre era al único hombre al que había amado en mi vida…”

Maribel lloraba a moco tendido como si fuese una niña mientras me miraba a los ojos y me apretaba la mano. Entendí su dolor a través de su mirada y se me partió el alma al ver a esa mujer, que no conseguía recordar prácticamente nada de su vida. Las pocas veces que sus nietos se dignaban a visitarla ella los confundía, incluso, en los días malos, ni si quiera los reconocía.

Maribel me miró sin saber por qué lloraba y me preguntó dónde estaba su hermana, le expliqué que no estaba y que ella estaba hablando de Antonio y su juventud.

-Quién es Antonio?.- Me dijo.

Nunca he sabido si aquella historia era real o no. Desde aquella noche, Maribel jamás volvió a hablarme de Antonio, aunque seguía viajando en el tiempo y mezclado su presente y su pasado. A veces, pensaba que aquella historia había sido producto de su imaginación, y otras veces, pensaba que aquella tarde, tras pronunciar aquellos recuerdos en voz alta, los había eliminado en un suspiro de su alma, había eliminado el dolor callado. Los recuerdos son uno de los tesoros más valiosos que poseemos, y si ahora mismo me preguntasen con qué recuerdo de mi vida me gustaría quedarme, no sabría la respuesta. Por alguna extraña razón, Maribel había querido guardar en su cabeza aquella historia a la perfección, aunque seguidamente no supiese de lo que hablaba, aunque jurase que su hermana había venido a visitarla o aunque repitiese la misma cosa una y mil veces.

Creo que no es justo que el tiempo haga con nuestra mente lo que hace. El Alzheimer es capaz de arrancarnos nuestras vidas, la única vida que tenemos está compuesta por nuestras vivencias, por nuestros recuerdos y por todo lo que hemos ido creando y consiguiendo a lo largo de los años. Pero un día, llega esta enfermedad y de la forma más cruel te lo arrebata, llevándose consigo algo que sólo a ti te pertenece.

Esta mañana, cuando he llegado a trabajar me han anunciado que Maribel murió anoche, mientras dormía, en silencio y soledad, con días a la espalda sin recibir ni una sola visita de esa familia que tanto había querido, esa familia a la que tanto había ayudado y cuidado. He ido a su habitación y con un dolor que me pesaba en el alma y sin poder parar de llorar, he decidido empaquetar sus cosas, guardar en una caja los marcos de fotos que envolvían su habitación, y meter en bolsas su ropa. He visto la Biblia sobre su mesilla, esa Biblia de la que no se separaba nunca. Me he acercado y la he acariciado en silencio, como si algo de ella todavía estuviese en esa habitación, conmigo. Yo, atea hasta la médula, he cogido el libro para guardarlo entre sus cosas cuando algo ha resbalado y ha caído suave y lento. Me he agachado para cogerlo y he tenido que sonreír mientras lloraba… En esa fotografía, en blanco y negro, arrugada por el tiempo, por el dolor y los recuerdos, podía verse a una joven Maribel, con la sonrisa en los labios y la vida en la mirada, feliz e ilusionada,  abrazada a un hombre alto y guapo el día de su boda. Detrás, escrito a boli y con una letra casi borrada por los años e ilegible por la caligrafía he podido llegar a leer: “Siempre tuyo. Antonio.”

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Buenas noches, amigos.

Lorena.