Como agua para chocolate.

“Elige un trabajo que te apasione y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”. Hace un rato estaba en el sofá, era mi momento de relax del día. Un té verde caliente me abrazaba de vez en cuando los labios y el silencio hacía eco en mi casa. Ojeando Facebook me he topado con esta frase, que la compartía mi amiga Stella con una imagen, y me ha hecho sonreír. No hay nada más cierto.

En los últimos tiempos nos han acostumbrado a dos cosas muy distintas. Por un lado, la sociedad nos envuelve con mensajes positivos, en un sinfín de objetos y en un sinfín de mensajes e imágenes en las redes sociales, y por otro lado, los tiempos que corren y la situación del país, te hacen auto-convencerte de que tener un trabajo es un privilegio. Vivimos un momento social en el que los sueños quieren arrancar con fuerza, y la situación, muchas veces los acaricia con pena, los frena, y aquí volvemos a repetirnos que no nos podemos rendir. No queremos hacerlo nunca. Queremos trabajar, y queremos trabajar en aquello que realmente nos hace felices, queremos llevar a cabo nuestros sueños y queremos que nuestro trabajo sea nuestra inspiración, ¿verdad?.

Si todo el mundo pudiese dedicarse a lo que realmente ama, a su verdadera vocación y su trabajo fuese su pasión, viviríamos en un mundo menos complicado, dónde seríamos más eficaces y más felices. Parece fácil, ¿no?

Algunos de los momentos más felices de mi vida los encuentro aquí, cuando todo está en silencio y yo me dispongo a escribir. Cuando me olvido de que todo lo demás existe, cuando me relajo, cuando pienso y hablo a través de palabras a las que otros le pondrán la voz…Pero he de confesaros que hace poco he descubierto algo que me relaja también mucho, algo que hasta el momento me había llamado la atención, pero quizás, no había descubierto de verdad. Hoy te lo quería contar…

A veces me río cuando pienso que esto sólo me está pasando porque me estoy haciendo mayor, pero jamás habría imaginado que cocinar fuese uno de los grandes placeres de mi vida. Hace unos meses empecé a probar recetas que mis amigas me contaban o que encontraba en internet, a encerrarme en la cocina, sin prestar atención al móvil, con algún disco bonito de fondo, podía (y puedo) pasarme incluso horas… y cuando terminaba de elaborar el plato y de recoger y limpiar todo, empecé a darme cuenta de lo bien que me sentía, de lo mucho que me gustaba. He empezado a organizar mi tiempo para que me dé tiempo a cocinar, es más, hay momentos en los que directamente, sé que no puedo hacer algo, porque ya tenía pensado ponerme entre fogones a experimentar cosas nuevas. Me divierte, me relaja… Ultimamente, les mando fotos a mis amigas, a mi madre y a mis tías, de lo que voy haciendo y nos reímos juntas, porque he de reconocer que no se me da nada mal y sí, nos reímos también de lo mayor que estoy haciendo. No os preocupéis, de momento, podéis estar tranquilos. Ni esto se va a convertir en un blog de cocina (que por cierto, me encantan!) ni voy a intentar que cocinar sea mi nueva profesión. Lo pienso seguir disfrutando en mi casa. 😉

Esta mañana, mientras preparaba la comida y picaba una cebolla me he puesto a llorar. Siempre me pasa, como le pasaba a Tita. Cada vez que corto una cebolla y no puedo abrir los ojos porque me pican y porque están llenos de lágrimas, me acuerdo de ella.

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A Tita la conocí en mi época adolescente, cuando en el instituto, mi profesora de literatura me hizo el favor de ponerme como deber leer Como agua para chocolate  (¡Ay, Amparo! Cuántas cosas tengo que agradecerte…). Recuerdo que cuando lo leí en el instituto, no me compré el libro, alguien me lo prestó y que unos años después, mi amiga Mireia me regaló su ejemplar con una dedicatoria bien bonita. Ella sabía que yo estaba enamorada de aquel libro, y os prometo que no sé cómo, hasta hoy, no os he hablado de él.

Hoy me he acordado de Tita, de su historia de amor, de las aventuras de la novela y he pensado que no podría escribir sobre ello porque ya os lo habría contado. Cuál ha sido mi sorpresa cuando al revisar Google y el blog, me he dado cuenta que nunca os he hablado de esta historia. Entonces he sonreído y he sabido que este sería nuestro post de hoy.

La maravillosa Laura Esquivel publicó Como agua para chocolate en el año 1989, yo sólo tenía dos años y jamás podría imaginar que mientras yo iba aprendiendo prácticamente las primeras cosas de la vida, estaba naciendo, al mismo tiempo, el que mucho tiempo después se convertiría en uno de mis libros favoritos. Un libro que es una pieza fundamental de la literatura contemporánea.

La historia gira entorno a Tita, su protagonista, una mujer dulce y valiente. Tita es la menor de tres hermanas y nació de forma prematura en la cocina de su casa, y así pasará el resto de su vida, entre fogones, especias, sopas, leche y cebollas… En esta historia, dónde lo extraordinario se mezcla con lo mundano, la protagonista encuentra a través de sus platos su forma de expresión, transmitiendo a aquellos que los prueban sus sentimientos más profundos, desde la tristeza más grande hasta el más ardiente deseo.

Cada capítulo del libro empieza con una receta de cocina y a través de ellas, el lector se adentra en una historia de amor, injusticia, deseo y desesperación.

En la familia de Tita existe una costumbre que no se puede romper y recuerdo que a mi me impactó muchísimo. La hija menor no podrá casarse, ya que deberá quedarse al cargo y cuidado de sus padres cuando estos sean mayores. Mamá Elena, la madre de Tita, acabe siendo un personaje siniestro y aterrador en esta historia. El problema viene cuando Tita se enamora locamente de Pedro y su familia se opone rotundamente, ya que ella debe seguir la tradición. Pedro, perdidamente enamorado de Tita, se casará con su hermana mayor, Rosaura, para poder estar cerca de ella.

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Ambientada en la revolución mexicana y en su gastronomía, los ingredientes y los platos que cocinan nos servirán de nexo y metáfora a lo largo de la historia, como símbolos de dolor, fe o pasiones incontrolables.

Como agua para chocolate es una de las obras principales del movimiento literario “realismo mágico” y además fue llevada al cine a principios de los años noventa y está considerada como una de las mejores películas mexicanas. Pocas veces, tras leer un libro, me convence su versión cinematográfica, y en este caso, no pude hacer una excepción. Prefiero la novela, la magia de las páginas, las letras acariciadas y sus personajes inventados en mi mente, mil veces.

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Hoy, mientras lloraba picando cebolla, me ha sido inevitable, una vez más, acordarme de ella, a la que también le pasaba, de ella, de su historia de amor y dolor, de esas que me gusta leer, y claro, también escribir.

Os invito a haceros con un ejemplar y a adentraros en esta historia que estoy segura os va a encantar.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

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