19 de marzo.

Parecía que la primavera había llegado a Madrid… Dejamos a un lado los abrigos y nos lanzamos todos a la calle. Las terrazas estaban llenas, el sol, incluso, picaba un poquito y a la gente se la veía feliz. No es una novedad para nadie que el sol y el buen clima nos llenan de alegría, las personas están más felices, sienten más energía y eso se respira en el ambiente. Sabíamos que no podíamos hacernos ilusiones, siempre pasa. Aunque nos guste el invierno, los abrigos, las mega-bufandas, los gorritos y el café bien caliente, como de todo en la vida, nos acabamos cansando de él. Nos pasa lo mismo con el verano, lo cogemos siempre con más fuerza, pero cuando ya llevamos meses con shorts, mini vestidos y sandalias tenemos ganas de ponernos los jerseys y chaquetones. A mí, al menos, me ocurre con cada estación y cada año de mi vida. ¿A vosotros no os pasa? El ser humano es así, inconformista por naturaleza, siempre se cansa de aquello que tiene, aunque lo adore.

Efectivamente, la llegada del calor era una falsa alarma. Aunque las temperaturas han subido, estos días el cielo gris ha vuelto a cubrir Madrid, las terrazas vuelven a estar vacías y la gente sigue llevando sus abrigos. A mí, si os soy sincera, no me disgusta del todo. Adoro los días grises, los días de frío y también los de lluvia. Son mi excusa perfecta para quedarme en casa, para estar en pijama, para poder ver películas que me encantan, para taparme con la manta y comer palomitas o chocolate.  Hoy es uno de esos días. 🙂

Estos días no dejo de ver fotos de mis amigos y conocidos de siempre en las redes sociales, todo el mundo se ha acercado hasta Valencia capital para disfrutar de las fallas y creo que soy a la única (o de las pocas) valenciana que no le gustan las fallas (perdonadme, es que no les acabo de pillar la gracia). En las fotos de mis amigos, veía felicidad y fiesta, lamentablemente cada vez que veo las noticias no me ocurre lo mismo, porque claro, en las noticias destacan (y menos mal que lo destacan) la actitud lamentable de una alcaldesa que me avergüenza hasta lo más profundo de mi ser. No voy a hablar de esto, al menos en este post, pero no podía dejar de mencionarlo. 😉

Mientras algunos disfrutan las fallas, hoy me he acordado que pasado mañana es fiesta, el 19 de marzo, el día que termina esa fiesta, el día de la cremà y además un festivo nacional con motivo de San José (en este país es que somos muy devotos), y ese mismo día se celebra el día del padre y para mí, siempre ha sido un día muy especial (no por el tema religioso, claro).

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Con el Día del Padre me pasa un poco lo mismo que con San Valentín. No soy de pensar qué regalo voy a comprar para que resulte un día especial. Creo que el hecho de no comprar, lo hace más especial. Ahora os lo explico.

Hace sólo unos días, publicaba mi artículo quincenal en Bface Magazine y justo hablábamos de esto. Para este tipo de ocasiones, creo que es mucho más especial poder hacer un regalo “no material”, como por ejemplo, escribir una carta bonita y regalarle una foto en la que aparezcáis los dos, hacer un álbum con miles de recuerdos de toda una vida juntos, dedicar una canción, preparar un buen desayuno o una comida especial, o simplemente hacer algo con él que hace años que no has hecho y que os encantaba: desde un paseo en bici a una tarde en el cine. Está claro que los padres se merecen ser mimados durante todo el año, por todos los mimos incondicionales que ellos nos dan a lo largo de la vida, pero si hay un día oficial para ellos, al menos, durante ese día, deben ser protagonistas sin ningún tipo de condición. Estoy segura que muchos padres se lo merecen, y digo muchos porque también estoy segura que no todos.

Hace muchos años que no puedo celebrar el 19 de marzo con mi familia, porque nunca coincido en casa, pero para mí siempre ha sido algo especial, comida en casa de mi abuela, larga sobremesa, risas, unión y felicidad.

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Aún recuerdo aquellos años en los que en el colegio estábamos durante días preparando alguna anualidad para el día del padre, y recuerdo en especial, una que hice. Era una especie de tablita sobre la que iba un vaso (realmente era un cilindro de cartón), cubierto de mitades de pinzas de madera, tanto la tableta como el vaso, y era un vaso para poner bolis y sobre la tableta poder apoyar una pequeña libreta dónde escribir cualquier cosa. La verdad es que no era una maravilla, pero por alguna extraña razón lo recuerdo, quizás porque recuerdo el momento en el que se lo regalé, llena de ilusión, a mi abuelo. Pero realmente, ¿sabéis de dónde viene la fiesta del Día del Padre?

La fiesta del Día del Padre, nació en Estados Unidos a raíz de la gratitud de una hija, Sonora Smart Dodd, hacia su padre, un veterano de la guerra civil estadounidense llamado Henry Jackson Smart. La esposa de Henry falleció al dar a luz a su sexto hijo y él cuidó y educó a sus hijos sin ayuda y con todo el cariño del mundo en una granja del estado de Washington.

A Sonora Smart Dodd se le ocurrió la idea de celebrar el Día del Padre mientras escuchaba un sermón del Día de la Madre en 1909. Al principio propuso el 5 de junio, fecha del cumpleaños del señor Smart, pero la elección de la fecha no prosperó.

La idea de instituir un ‘Día del Padre’, sin embargo, sí que fue ganando aceptación. En 1924 el presidente Calvin Coolidge apoyó la idea de establecer un día nacional del padre, y en 1966 el presidente Lyndon Johnson firmó una proclamación que declaraba el tercer domingo de junio como el Día del Padre en Estados Unidos.

La celebración se extendió rápidamente a Europa, América Latina, Asia y África como una manera de homenajear a los padres y reconocer su papel en la crianza y la educación de sus hijos.”

Estoy segura que el 19 de marzo es un día especial para muchos, para los que son padres y sobre todo para los que son padrazos. Un día muy especial para los padres primerizos. Un día muy especial para los padres con niños pequeños que sacan de su escondite, cual tesoro, la manualidad que han preparado en el colegio. Un día muy especial para aquellos padres con hijos más mayores que les demuestran lo orgullosos que se sienten de ellos, y entonces, quizás, son más conscientes de lo bien que lo han hecho, ese y cada uno de los días. Un día muy especial para los hijos que quieren sorprender, o simplemente agradecer un año más. Un día muy especial para las madres, para aquellas que pueden sentirse inmensamente orgullosas de la elección que hicieron, del hombre que escogieron para crear su familia. Un día muy especial para aquellos hombres que han criado a los hijos de sus parejas como si fuesen los suyos propios. Un día que sabrán hacer especial todos aquellos que por alguna razón tienen a sus padres lejos. Un día muy especial para todos aquellos que seguro, rendirán un pequeño homenaje a esos padres que no están, que ya no estarán, pero que se quedarán para siempre, de una forma u otra.

Hoy te quería contar que cuando esta mañana he pensado que pasado mañana es el día del padre ha sido inevitable acordarme de mi abuelo, al que sólo hace un par de semanas que no veo y al que echo de menos cada día que estoy lejos. He pensado cómo es él, tan bueno, tan noble, incapaz de levantar la voz, tan dulce, tan amable, tan risueño, tan elegante, tan tranquilo, tan entregado… Pienso en cómo ha educado a sus hijas y cómo se ha volcado con todos y cada uno de sus nietos y sé que no he podido tener más suerte. Él sabe lo orgullosa que estoy de él, porque se lo he dicho muchas veces, pero por alguna extraña razón, los seres humanos tenemos ese punto de estupidez en el que a las personas más importantes de nuestras vidas nos cuesta más repetirles lo mucho que las queremos, seguramente porque damos por hecho que lo saben.

Hoy quería dedicarle este post a todos esos padres que han sabido estar de forma incondicional, que han dado biberones y han cambiado pañales, que han ayudado a hacer deberes, que han leído cuentos, que han enseñado a nadar y montar en bici, a todos esos padres que han aprendido a peinar, que han dado baños y han preparado cenas, a todos esos padres que han dado consejos, que han sabido escuchar, que se han preocupado, a todos esos padres que se entregan de forma incondicional cada día, para dar lo mejor de sí mismos, a todos esos padres… GRACIAS.

Y cómo no, este post va dedicado a todos esos hijos que habéis pensado en vuestros padres cuando habéis leído todo esto. No os olvidéis de recordarles, y no sólo el 19 de marzo, lo importantes que son en vuestras vidas. (Si no habéis visto este video, que ya se ha convertido en viral, en el que una niña escribe una carta a su padre, os aseguro que os va a encantar: https://www.youtube.com/watch?v=J06M7ziYJ74)

Este post va dedicado, sobre todas las cosas, a mi abuelo, por ser el mejor padre del mundo. Al que siempre, de forma eterna, le dedicaré esta canción que un día escribió Alejandro Sanz:

“Con tu sonrisa de medio lao cuántos te quiero te habrás callao, cuántas cosas de chiquillo aún conservas en los bolsillos. Con tu eterno cigarrillo, con tu ojera y tu descuido. La más bella de las danzas es tu cojera al caminar. Imagino que engordaste para que el alma te entrase. Imagino que tus canas son recuerdos en tus bodas de plata.

Con ni sonrisa de medio lao cuántos te quiero me habré callao. Tú me diste el primer brillo, me sacaste de un bolsillo. Frágil como una pelusa, como una inocente excusa, en una arruga de tu abrigo me sentía protegido.

No eres sólo aquel que firma en el libro de familia. Ni eres el silencio en el sofá, viendo un partido en zapatillas. Eres mucho más, eres ese amigo que me dio vida, y eres ese amigo que me dio vida.

Por eso no quiero dejarte aparcao, por eso no puedo seguir callao, hoy que al fin me he dado cuenta que me sumabas de tu resta.

Y, déjame por esta noche ser las manos que te arropen. Y, déjame que te regale un abrigo nuevo en condiciones. Y, déjame gritar que orgulloso estoy de ti, y que eres ese amigo que me dio vida, y eres ese amigo que me dio vida. 

Ese que es mi amigo, me dio la vida”

 

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Sólo quedan dos días para que sea 19 de marzo. ¿Vais a preparar algo especial?

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

 

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El ser humano es un animal racional, o eso dicen.

Necesité desconectar y no sabéis lo bien que me ha venido… Tener unos días de vacaciones y tomarte los días totalmente para ti y los tuyos es un verdadero placer. Quienes me conocen saben que soy una persona que prácticamente no se separa del teléfono y os aseguro que en estas casi dos semanas que he estado fuera lo he mirado muy poco, y entonces me he dado cuenta que existe más tiempo en el día del que creo, o mejor dicho, el tiempo que hay se puede aprovechar mucho más y mucho mejor de lo que hago y seguramente hacemos. Es curioso, porque todos sabemos que nos hemos convertido en seres totalmente dependientes de la tecnología, y no sé hasta qué punto nos hemos vuelto un poco tontos (muy tontos) con todo esto.

Hace unos días, o quizás unas semanas (no lo sé), el servicio de whatsapp dejó de funcionar unas horas y la gente se volvió loca. ¿Dónde están nuestros límites? Parece que estamos con el móvil y no perdemos nada de nuestro tiempo, porque lo usamos cuando vamos en el metro, mientras andamos por la calle, cuando ya nos tumbamos en el sofá para relajarnos o incluso en la cama antes de dormir… Pero es que también lo usamos cuando estamos en una mesa, tomando algo con unos amigos, o cenando con gente a la que queremos… Y yo, que me considero una de esas personas que lleva a cabo todo esto, soy consciente de que es un verdadero horror.

No decidí mirar el móvil menos de lo habitual, simplemente surgió así… Estos días han sido dedicados para mí, para respirar paz, para reencontrarme con gente a la que no suelo ver, con gente a la que hacía demasiado tiempo que no veía, para conocer nuevas personas y para pasear tranquila por las calles que me han visto crecer… Sonriendo a los de siempre y siendo consciente de que muchos ya no nos reconocemos. Hace demasiados años que me fui de allí.

Cuando vives en un pueblo eres consciente de que a la gente le encanta alimentarse de la vida de los demás. Los que sois de pueblo sé que lo sabéis, y los que no lo sois, estoy segura que me entenderéis… A la gente le preocupa quien está saliendo con quién, qué le ha pasado a este y qué le está preocupando al otro… Lo lamentable, es que la mayoría de las veces, esta preocupación nace de la maldad, del simple “chismorreo”, de la simple necesidad de cotillear que a todos nos persigue… Y es muy triste. Cuando vives en una ciudad, crees que estas cosas no pasan, pero al final, pasan. Los seres humanos somos demasiado parecidos, los de aquí y los de allí, en una ciudad acabas creando un círculo cerrado, que bien podría compararse con un pueblo, y al final, acabas sabiendo sobre la vida de los demás, y la comentas, y te sorprendes, y juzgas. Es cierto que en una ciudad todo es distinto, la mente de las personas es mucho más abierta, y sí en un circulo están hablando de ti, no te preocupa demasiado, porque salir del circulo resulta sencillo… En un pueblo no.

Debo reconocer que desde que vivo fuera de mi pueblo, poco me importa lo que opinen los demás. Incluso, bien poco me importa lo que se hable sobre los demás. No sé si es cuestión de vivir en una ciudad, o simplemente es cuestión de personalidad. Quizás es la segunda. Como os he dicho alguna vez, soy una persona con un defecto (o virtud, según se mire) entre otros muchos, y es el de entregarme demasiado  a las personas. Esto me ha dado las mayores decepciones de mi vida, pero sin ninguna duda, también las mayores alegrías, porque cuando alguien se entrega de corazón a los demás, siempre acabarán pesando más las alegrías que los disgustos. Hace tiempo, sin ni si quiera planearlo, me planteé una forma de vida que estaba segura me haría feliz. Aprendí a echar fuera a los que hacen daño y aprendí a quedarme rodeada de quienes me quieren de verdad. Es increíblemente gratificante estar rodeada de las personas que quieres y te quieren, las personas de las cuales no temes si te fallarán, porque sabes que no lo harán,  las que sabes que te abrazarán en los fracasos y te aplaudirán en los éxitos, sin envidia, sin maldad. Y estos días, sin duda, sólo me he rodeado de ese tipo de personas.

Una de estas tardes, entre café y buen humor, tenía una conversación con alguien esencial en mi vida. Una conversación con alguien que sé que me quiere y con quién tras un debate entendí las cosas que nos hacen diferentes,  y lo maravilloso que es que nuestras diferencias no nos distancien. Intentaba explicarle a este alguien que no se puede vivir con rencor, yo al menos, no lo concibo. Creo que soy tan feliz, que no puedo tener rabia hacia otra persona, no puedo odiar a otros, aunque me hayan hecho daño, a esos sólo les tengo pena, y les deseo mucha suerte, porque a la gente mala le hace falta suerte, sólo eso. Con este alguien hablaba de lo rápido que pasa el tiempo, y de lo insano que es vivir a través de él llenos de pensamientos negativos y energías llenas de odio. Decidme, de verdad, ¿para qué sirve eso? En cada uno está la libre elección de perdonar o no, de seguir con su vida y dedicarse sólo a ella o pensar por qué le han hecho tanto daño y pensar que ojalá los culpables paguen ese mal (Todo dentro de unos límites. Si asesinasen a alguien a quien quiero, me pasaría toda mi vida deseándole lo peor a esa persona. Soy persona, no hay más).

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Seamos realistas y no nos equivoquemos, no somos dioses justicieros, dejad que pase el tiempo, que es más viejo y sabio y pondrá todo en su lugar.

Pero claro, el ser humano es así, estamos llenos de sentimientos buenos y malos. Sé que hay personas realmente nobles, pero también creo que el mundo está lleno de salvajes e irracionales y lo difícil es que aprendamos a convivir los unos con los otros. No olvidemos que el ser humano es un animal (racional, dicen algunos), y educados en sociedad, aparentemente podemos ser normales, pero hay cosas innatas que nadie ni nada puede cambiar. José Saramago escribió una frase que tengo que recordarme a menudo: “Aún está por nacer el primer ser humano desprovisto de esa segunda piel a la que llamamos egoísmo”

Este mismo escritor, genio eterno, publicó en 1995 un libro que llegó a mis manos casi una década después. Un libro que me emocionó, que me hizo sufrir, que me hizo llorar y me hizo comprender lo miserables que somos. Ensayo sobre la ceguera relata la historia de una extraña enfermedad que se expande en todo un país. Poco a poco, la gente se va contagiando y se va quedando completamente ciega. Al principio, deciden poner en cuarentena a los primeros enfermos, encerrándoles en un antiguo manicomio abandonado. Los soldados daban órdenes y actuaban de forma inhumana, y a mí siempre me pareció un guiño a la barbarie nazi y a los campos de concentración. Inevitablemente, la ceguera se expande y todo el mundo acaba contagiado. Todo el mundo es ciego y el instinto animal del ser humano por sobrevivir cometerá verdaderas locuras que no somos capaces de imaginar que haríamos. Hay una esperanza entre tanta locura, porque el ser humano, siempre tiene esperanza. Una mujer todavía ve. Ella es la única que puede ver todo lo que ocurre a su alrededor, y tal como en La libertad guiando al pueblo, de Delacroix, ella será la esperanza de los ciegos y los lectores.

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En el año 2008 se estrenó A ciegas, la película basada en la novela y dirigida por Fernando Meirelles. Recuerdo haberla visto y sé que en su momento no me defraudó, pero como siempre, me quedo con el libro.

El ser humano puede llegar a límites inimaginables, y en su vida cotidiana y dentro de la maldad aceptada, la gente no es consciente del daño que puede llegar a hacer, ni si quiera es consciente que de nada sirve hablar de los demás, así como preocuparse de las vidas ajenas, porque quien es realmente feliz no lo necesita.

Seguro que para algunos seré mala, ¿por qué no? Pero a mí lo que me importa es que la gente que me rodea crea que soy buena, que me quiera y se sienta orgullosa de tenerme en su vida. Sólo eso.

Porque como dijo Mecano una vez… “lo que opinen los demás está demás…”

Buenas noches de nuevo, amigos.

Lorena.

El amor bueno merece ser feliz.

Hay situaciones que merecen ser mimadas, como hay personas que lo merecen también. Hace unos días me senté con una amiga en una terraza del centro de Madrid, nos acompañaban dos copas de vino y unos cigarrillos. Dejamos de lado nuestros teléfonos móviles y nos dejamos llevar por las confidencias, los secretos y las risas… Porque a veces es necesario mimar los momentos.

Empezamos a hablar de historias, de las que recordábamos, de las de ahora, de las de siempre… Y acabamos debatiendo sobre el amor y las personas. El amor… Aún recuerdo cuando en plena adolescencia un profesor me decía que el amor era un ideal, y yo defendía con uñas y dientes que el amor era una realidad y la más bonita del mundo, sin ni si quiera haberlo conocido. Está claro, que recibimos el amor como un sentimiento, como la forma de querer a alguien. No sólo podemos hablar del amor hacia una pareja… Yo estoy enamorada de tantas cosas!!! Estoy enamorada de un hombre maravilloso, de mi familia, de mi perro, de mis amigas y mis amigos… Incluso estoy enamorada de algunos sabores, olores y lugares. El amor es demasiado amplio, y el amor puro y sano, sin duda, es maravilloso.

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Otras veces, el amor duele. Claro, el ser humano experimenta siempre el lado positivo y negativo de las mejores cosas y a veces, el amor duele. A mi también me ha dolido. Tanto y hasta tal punto que pensé que ya nada tendría solución… Pero es verdad que pasado el tiempo, te das cuenta que el drama no fue para tanto y que al final fue una cosa más, a la que con el tiempo aprendes a quitarle importancia y además aprendes a sonreírle por todo lo bueno que ha nacido del momento más oscuro.

Entre vinos y tabaco hablábamos del amor como obsesión, de esa necesidad que muchas personas sienten por aferrarse fuerte a un recuerdo y no ser capaces de limpiarse los ojos ante la realidad. El amor hace cometer locuras, está claro. Francisco de Quevedo decía: “No hay amor sin temor de ofender o perder lo que se ama.” Y es verdad. Cuando uno ama, se niega a perder lo que ama, lo que quiere, lo que está alimentando su vida y sus ilusiones… Esto sucede incluso en las relaciones dónde el amor ofende y hace daño. Pero si es cierto, y esto no lo podemos discutir, es que alguien debe intentar luchar por lo que quiere, pero sobretodo debe saber hasta qué punto y qué momento puede hacerlo. El problema, sin duda, viene cuando alguien arrastra una ilusión más allá de lo que permite el tiempo. Mi amiga y yo, entre complicidad y comprensión, nos contamos una historia que más bien parece sacada de una película americana… y que obviamente a una película me recordó.

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Hablábamos de una persona a la que conocimos, que siempre tuvo miedo de si misma, y quizás si se hubiese valorado un poco más habría sabido llevar las cosas de otro modo. (Es tan importante que confiemos y nos queramos a nosotros mismos!)… Esta persona luchó con todas sus armas para impedir que otras dos se conociesen. Sabía, de algún modo, que si esto ocurría, estas personas se enamorarían. Intuiciones que a veces se tienen, aunque no gusten. Lo impidió y lo consiguió. Pero claro… lo consiguió durante un tiempo. Consiguió que dos personas estuviesen alejadas en el espacio y el tiempo, y evitó que sus vidas se cruzasen, aunque sólo fuese andando por la misma calle.

Y aquí viene la cuestión… ¿El destino es capaz de jugar las cartas del amor? Pues a veces pasa. Esas dos personas, muchos años después, se conocieron por casualidad. Y no hubo remedio, ni nadie lo pudo evitar. Tenían que conocerse, y eso había sido así desde muchos años atrás. Se enamoraron. Se enamoraron como jamás habían logrado hacer. Fusionaron risas, sueños y vida. De estas dos personas, una es buena amiga mía, de esas con las que comparto vinos y cigarrillos… Y os prometo que jamás he visto a nadie mirarse cómo lo hacen ellos. Y entonces, sé que la magia entre las personas existe, que el destino se ríe ante la maldad de la gente, y que todo ocurre cuando y dónde tiene que ocurrir. Entonces sonrío, porque sé que el amor bueno existe, el puro y verdadero, y que al final, siempre supera al que hace daño. O al menos intenta hacer daño (como veis, no siempre lo consigue).

Quienes hayáis visto la película, la habréis visualizado al leer esto… No tan lejos de la realidad, OBSESIÓN fue llevada al cine de la mano de Paul McGuigan en el año 2004. Con un reparto de lujo, Josh Harnett, Diane Kuger y Rose Byme forman ese trío amoroso en un film de etapas retrospectivas, de corte mixto, dramático y romántico a la vez.

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Matt es un joven que vive en Chicago cuando ve por casualidad a Lisa, una joven y atractiva bailarina. Hará todo lo posible por conocerla y conseguir que ella le conceda una cita. Lo consigue. Desde ese momento son inseparables. Se aman locamente y saben que ya no podrían estar el uno sin el otro. Todo cambia cuando, a punto de irse a vivir juntos, Lisa desaparece sin decir nada. Matt, destrozado, abandona la ciudad y decide empezar de cero. Dos años más tarde, y prometido con otra joven, la casualidad y el destino les brindan una oportunidad juntándoles de nuevo en la misma ciudad. Lo que Matt no sabe es que Lisa lleva dos años sintiendo la misma sensación de abandono, lleva dos años sin una explicación y que sigue tan enamorada de él como lo está él de ella. Alex, la mejor amiga de Lisa, y enamorada de Matt en la sombra, ha hecho y hará todo lo posible para que ellos no se vuelvan a encontrar.

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Si no la habéis visto, os la recomiendo para una de estas tardes grises y frías que ya han llegado. Porque a veces, hay gente mala que lucha por hacer daño a los demás, y porque la mayoría de las veces, el destino sabe cómo jugar.  Porque a todas esas personas, que siguen obsesionadas con una realidad que no les corresponde, la vida las sabe frenar, y yo desde esa terraza del centro de Madrid, con una copa de vino y un cigarrillo en la mano, les quise sonreír. Y desearles suerte, que les hace y les hará mucha falta.

Porque sin ninguna duda, el amor bueno se merece ser feliz.

Feliz martes, amigos.

Lorena.

Elegancia con Playmobil. Life is LAF…

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Hace un par de días me topé con uno de esos estados largos que se pegan en los muros de Facebook a modo de “cadena”, uno de esos estados que suelen gustar a mucha gente y suelen arrancar muchas sonrisas. … Sigue leyendo

Tu viniste, yo me voy.

Empezar las vacaciones siempre trae felicidad. Salir de la rutina es liberarse de muchos quebraderos de cabeza que inevitablemente forman parte del día a día.
Por unos días me alejo de la ciudad hechicera, de su ruido, sus luces, sus prisas y su vida. Y sonrio. No sonrío por alejarme, porque a penas la he dejado y ya la echo de menos. Sonrío por la paz que me produce ir a reencontrarme con los míos. Con la gente que conozco desde que mi memoria es capaz de alcanzar, por saborear durante unos días el dulce olor de mi casa o respirar el aroma de la comida de mi abuela. Esos son los pequeños detalles y las pequeñas cosas que a mi me dan la vida.

Te quería contar que me he acordado, de repente, de una columna de opinión que leí hace muchos años en El País. La escribía Susana Fortes y hablaba de los olores de su infancia, de su abuela y su casa.

Todos soñamos y muchos decidimos perseguir nuestros sueños, por eso nos alejamos de nuestras casas y nuestras familias, no es fácil, pero tomamos la decisión de no conformarnos, de buscar nuestra felicidad en otro lugar, lejos de quienes, al fin y al cabo, son las personas más importantes de nuestra vida. Y nos vamos. Y es entonces, cuando estás lejos, cuando te acuerdas de lo bonitas que son las calles de tu pueblo, de lo mucho que te gusta reír con tu familia o de lo bien que sabe la comida que menos te gustaba.
Recuerdo que leí aquella columna de Fortes cuando aún vivía en mi casa y aún no era consciente de lo mucho que se pueden llegar a echar de menos los olores del día a día. Y con el tiempo, aunque eres verdaderamente feliz luchando por lo que quieres y aquello a lo que aspiras, sabes que la felicidad en estado puro les pertenece a los que te arroparon siempre, desde que naciste. Las calles que te vieron crecer tienen el poder de enamorarte en la distancia como nunca fueron capaces de hacerlo y el lugar de donde vienes te hace saber que no debes olvidarlo. No debes olvidar nunca lo que fuiste, de dónde viniste, ni con quién estuviste.

Me quedo en silencio y sé que yo no estoy tan lejos. Y entonces se me encoge el corazón cuando pienso en esos miles de jóvenes que tienen que emigrar a otros países en busca de una, sólo una, simple oportunidad. Pienso en los miles de jóvenes de mi generación que tienen que “huir” a buscar un trabajo, a aprender un idioma, a empezar de cero, con títulos universitarios, con títulos de post grado, o simplemente con las ganas y la necesidad de tener un trabajo. Todo colgado a la espalda, con una maleta llena de sueños y nostalgia.

Se van del país que hasta hace unos años les brindaba becas y apostaba por ellos, les encendía la sonrisa y les decía que estudiasen y se formasen profesionalmente. Podrían comerse el mundo. Les decían, claro. Y en las palabras de quedaron las promesas y se ahogaron las esperanzas.

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La realidad que nos bombardea no nos brinda una oportunidad. Y muchos se marchan con la ilusión de una nueva vida, otros lloran porque no tienen otra salida. Una vez leí en una red social que alguien decía: “Mar, tierra y aire, esas son las salidas tras acabar la universidad”. Y entonces siento mucha pena. Más que pena siento impotencia. Siento tristeza. Siento rabia ante un gobierno que me ahoga, que ahoga a una generación perfectamente preparada, formada, capacitada. Siento rabia ante un gobierno que está recortando mi sanidad, y por tanto mi vida, y también la tuya. Siento rabia ante un gobierno que recorta mi educación, y ante un gobierno al que pudre la corrupción.

Y al mismo tiempo que pienso en todos los que de van, pienso en todos los que un día vinieron. Gente que al igual que nosotros hacemos ahora, tuvo que dejar su familia, su país, su vida por buscar simplemente un trabajo, al que supuestamente todos tenemos derecho. Recuerdo a arquitectos trabajando de albañiles, o la historia de un médico que aquí trabajaba en la obra en pésimas condiciones. Pienso en la “grave enfermedad” que es la xenofobia, en el veneno de la gente que excluye socialmente a quienes vienen de cualquier otro rincón del mundo. En la irracionalidad de quienes de creen seres superiores por el color de su piel, o en la intolerancia de quien rechaza sin saber que quizás un día la vida dé un giro y las cosas se pongan del revés.

“Nihil novum sub sole” me enseñó mi profesor de latín. No hay nada nuevo bajo el sol. Y es que a muchos de les olvidó que la historia siempre se repite, que sus antepasados tuvieron que emigrar y que sus descendientes también lo harán.
Y en este contexto de xenofobia e injusticia social, quiero recomendarte un libro que leí en la facultad. Cabeza de turco, del periodista alemán Günter Walrraff.
En el libro se narra su propia experiencia, al hacerse pasar por un inmigrante turco, para tener acceso a los peores trabajos en la Alemania Occidental de la década de 1980.
Decidió investigar a fondo las calamidades que los inmigrantes soportan argumentando que “hay que enmascararse para desenmascarar a la sociedad”.

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Quizás a más de uno le vendría bien concienciarse a través de estas páginas. Y a todos los demás, a los que sienten pena por los que deben irse y por los que tuvieron que venir, que por suerte somos la mayoría, estoy segura que os encogerá el corazón y tendréis más ganas que nunca de luchar contra la irracionalidad. Porque siempre, para entender cualquier situación, debemos ponernos en el lugar de los demás. Porque no somos tan distintos, porque al igual que tu viniste, yo me voy.

Ya veis que una no descansa ni si quiera en el momento de desconectar, pero la felicidad de volver a casa, aunque sólo sea por unos días, me ha hecho pensar en la tristeza de quienes no pueden hacerlo, ni saben cuando podrán.

Feliz martes, amigos.

Lorena.

Las malas lenguas siempre mueren.

A veces, es mejor guardar silencio. Porque la mayoría de las veces el silencio no es una falta de respuesta, sino que el silencio se convierte en la respuesta más sincera. Hay una frase en una de mis películas favoritas, La Vida es Bella, que me encanta y dice: “El silencio es el grito más fuerte”.

A veces, uno necesita silencio para responderse a sí mismo, para echar un vistazo a su alrededor y sonreír por lo que gusta, e incluso lamentarse por lo que está mal. Nos encontramos en una sociedad llena de ruidos, de relaciones sociales, de tecnología y comunicación durante las veinticuatro horas del día. Yo, personalmente, debo reconocer que soy una adicta a las redes sociales, a internet y la comunicación en general. Donde incluyo, por supuesto, las relaciones personales y la comunicación no verbal.

Hoy te quería contar que he decidido regalarme unos minutos de silencio. Quizás es gracias a un libro que terminé de leer hace unos días. En las fechas señaladas la gente sabe con qué regalo acertar y eso pasó en mi cumpleaños. Muchos de mis amigos me regalaron libros, los cuales, por cierto, aún tengo por leer. Mi amigo Marc me regaló varios, uno de ellos es del que te vengo a hablar. 99 Maneras de ser feliz, de Gottfried Kerstin, una guía de pequeños placeres que te ayudan a iluminar la vida, a valorar las cosas, a verlo todo desde otro punto de vista.

Soy una persona muy positiva, con mucha energía y os prometo que la mayoría de los días me levanto con ganas de comerme el mundo. Intento siempre vestirme con una sonrisa y salir a la calle sin dejarla en casa. Siempre suelo ver el lado bueno de las cosas  y de las cosas malas aprendo, como todos. También me lamento y también me duelen, pero si es cierto que las olvido facilmente. Y no es por nada, pero se vive muy tranquila si te tomas la vida así.  Por eso, quizás, nunca he sido mucho de libros de autoayuda (no porque crea que no los necesito, sino porque muchas veces me olvido de ellos). Pero éste, edición bolsillo, pequeño y fácil de leer, me ha enseñado que la vida hay que gozarla, disfrutarla, hay que vivirla y hay que ser feliz. 

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Otra de mis frases favoritas se la leí una vez a Alejandro Sanz en una dedicatoria de uno de sus discos, y decía: “Si todo el mundo supiera que funciona eso de trabajar codo con codo, en vez de a codazos…” y hoy, al pensar en el libro, hacerle caso y regalarme unos minutos de silencio, la he recordado.

El silencio me ha hecho pensar en la competitividad que no es sana, en la envidia profesional y personal, en la gente que necesita preocuparse e intentar solucionar la vida de los demás. Cuando esto pasa, este intento nefasto de solución no es una ayuda, sino un intento de destrucción. De destrucción que hay veces que afecta, y otras que te hace fuerte. Pues yo soy más de la segunda parte, porque es más saludable y porque hace tiempo decidí echar a la gente mala de mi vida en el momento de detectarla. Decidí rodearme de gente buena, de corazones sanos, de quienes se alegran por los triunfos y no sonríen ante los fracasos. De los que dan la mano, de los que te aprietan fuerte, porque como siempre digo, por suerte, a nuestros amigos los elegimos. 

 

“La envidia es la religión de los mediocres. Los reconforta, responde a las inquietudes que los roen por dentro y, en último término, les pudre el alma y les permite justificar su mezquindad y su codicia hasta creer que son virtudes y que las puertas del cielo solo se abrirán para los infelices como ellos, que pasan por la vida sin dejar más huella que sus traperos intentos de hacer de menos a los demás y de excluir, y a ser posible destruir, a quienes, por el mero hecho de existir y de ser quienes son, ponen en evidencia su pobreza de espíritu. Mente y redaños. Bienaventurado aquel al que ladran los cretinos, porque su alma nunca les pertenecerá”.

Carlos Ruiz Zafón.

 

Hace poco me enteré del daño que las malas lenguas intentaban hacerle a una persona a la que quiero, a la que quiero mucho. Y hoy el silencio me ha llevado a pensar en ella, a querer protegerla y mimarla, a estar a su lado y sonreír mientras aprende, mientras se hace fuerte y no deja que le afecte. A todas esas personas que se preocupan tanto por las vidas ajenas, sin estar en ellas, les aconsejo, desde mi humilde conocimiento, que lean 99 Maneras de Ser Feliz. Quizás sonríen un poco más y quizás la vida no les resulta tan amarga. Porque al final, las malas lenguas siempre mueren.

 

Feliz jueves, amigos.

Lorena.

Arrugas de algodón.

En mi último post os hablaba de Marina, y en Marina Oscar Drai decía: “… desaparecí del mundo durante una semana. Por espacio de siete días y siete noches, nadie supo de mi paradero”.

Yo sólo he desaparecido porque estaba de vacaciones. Porque necesitaba desconectar, mimarme y disfrutar, porque necesitaba recargar energías para volver con fuerza. He estado en mi casa, en las calles que me vieron crecer, con mi gente de siempre, y también me he perdido unos días por Italia, de dónde he vuelto completamente enamorada de cada rincón, de cada esquina.

Pero hoy te quería contar algo que me pasa cada vez que me alejo de casa. Hoy me voy a atrever a reflexionar sobre la vida. Es más, me voy a atrever a reflexionar sobre una vida que ni si quiera es mía, pero estoy segura que quien la vive, no se va a molestar porque lo haga.

Cada vez que paso unos días en mi pueblo y luego me voy, aparece el mismo sentimiento. Tristeza. Nostalgia. Pena. Me enfado con el tiempo, por correr tan rápido. De vez en cuándo me pregunto qué hago aquí, en esta ciudad. Me pregunto si cuando los años sean muchos y eche la vista hacia atrás no me arrepentiré de haberme perdido demasiadas cosas, del día a día, de las personas más importantes de mi vida. Luego se me pasa, y sé que Madrid me da la felicidad que necesito, y que no me imagino, hoy por hoy, en otra ciudad que no sea ésta. Estas calles que he sabido hacer mías. Estos sueños que aún vuelan.

Hace unos días, mientras estaba allí, estuve con una persona a la que conozco desde que nací. Las arrugas le acarician la piel en forma de sonrisas. Su mirada a veces se pierde. A ratos no recuerda qué ha pasado. No sabe dónde está. No sabe quién la cuida y quién la abraza. Otras veces sonríe, y sabe perfectamente lo que pasa en cada instante. Me dijeron que quizás no me recordaba, pero cuando entré en su habitación, la vi sentada junto a la ventana, me sonrió y me dijo que no me había reconocido con las gafas de sol puestas. Creo que ella nunca había producido en mí tanta ternura como aquella tarde. Creo que nunca me había sonreído así.

Sentada en un sillón me acariciaba la mano, me preguntaba qué tal todo y me contaba historias que yo sabía que nunca habían ocurrido. Pero yo también le sonreía, me hacía la sorprendida y le daba a sus relatos la importancia que merecían. Para mí, los recuerdos son uno de los bienes más preciados que posee el ser humano. No seríamos nada sin ellos. Los recuerdos son nuestro recorrido. Quienes somos y quienes hemos sido. Y entonces, me permití el lujo de enfadarme con la vida. Me enfadé porque me parecía injusto verla tan indefensa, perdiendo momentos que la habían hecho sonreír o llorar. Me enfadé con la vida porque no es justo que una persona pase los últimos meses, o años, de su vida estando perdida. Me enfadé con la vida porque no me parece justo que alguien sufra, incluso cuando ya no es capaz de saber diferenciar el sufrimiento de la felicidad.

Pasé una tarde con ella, que creo que ambas nos debíamos. La vi tranquila, cansada, la vi reír, pero también la vi perderse en la tristeza. Ella sabe que nunca más se levantará de ese sillón. Sabe que no volverá a ver el mar, o el pueblo donde nació. Sabe que ahora sólo queda afrontar los días como vienen, disfrutar de las visitas y sonreír mientras se pueda. A veces pide perdón, porque cree que se porta mal cuando no es ella. Pero no sabe que no hace falta, porque ya está todo perdonado. Me enfadé con la vida por hacer de la vejez la más tierna sabiduría y darle luego el trago amargo de arrancarle los días.

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Hoy no he hablado de ninguno de los temas que hasta ahora estaba tratando. Porque hoy quería hacer una reflexión, y te quería contar que me enfadé con la vida. 

Cuando un niño pequeño está sobre protegido se dice que está entre algodones“. Algunas personas mayores vuelven a ser niños. Vuelven a necesitar estar mimados y cuidados. Vuelven a necesitar que les comprendan y les enseñen. Vuelven a empezar. Sólo que esta vez el tiempo ha ido penetrando en su cuerpo y en su mente. Esta vez, el tiempo pone arrugas sobre su piel. Arrugas que son los años, que son las vivencias, que son las lágrimas, que son las sonrisas, que son los bailes, que son el amor, que son la música, que son los paseos, que son la familia, que son los amigos, que son los días, que son los momentos (los que están y los que se fueron)… Porque cambian los escenarios, cambian los tiempos. Pero a todos nos envolverán estas arrugas.  Arrugas que no son más que arrugas de algodón.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

Anoche me comí a Carlos Ruíz Zafón.

“Marina me dijo una vez que sólo recordamos lo que nunca sucedió”, y Marina es uno de esos libros que llevo en mí, en mi alma y mi memoria. Siempre.

Hace mucho tiempo que descubrí a mi escritor favorito, Carlos Ruíz Zafón. De hecho, hoy, por suerte, sus libros venden miles y miles de ejemplares, pero yo descucbrí La Sombra del Viento cuando casi nadie lo conocía. Me enamoré de cada una de las palabras, de cada uno de sus personajes, de cada una de sus frases, de cada una de sus historias, y le juré amor eterno. Pero pronto te hablaré de ello, hoy no.

Hoy te quería contar que ayer fue mi cumpleaños, y dicen que la felicidad no es felicidad hasta que no la compartes con los demás. Por suerte, tengo mucha gente con la que compartir la mía.

A medida que pasan los años, me doy más cuenta de la importancia que tiene rodearse de gente buena, recargar las energías de esa gente que te quiere y a la que quieres, y lo necesario que es echar a la gente que te hace daño fuera.

Ayer pasé uno de los días más bonitos de mi vida, y mira que llevo 26 años celebrando cumpleaños… pero ninguno había sido como este. Hace tiempo que siento que mi felicidad ha alcanzado la cima. Porque sí, la felicidad absoluta existe. Y sólo consiste en valorar lo que tenemos, disfrutarlo, exprimirlo y saborearlo al máximo.

Marina es uno de esos libros que cada vez que leo me arranca una sonrisa, uno de esos libros que cada vez que cierro cuando lo termino, me hace llorar como si fuese la primera vez que lo descubro. Supongo que en eso consiste la magia de la literatura. Bueno, supongo no. Estoy segura de ello.

Ayer tuve una fiesta sorpresa, con las personas más importantes de mi vida. Ayer fue una noche hecha de sueños, e inventada para soñar. Y Marina se convirtió en mi tarta de cumpleaños.

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Nunca había visto una tarta más bonita, y nunca podría haber sentido una tarta tan mía. Hoy quería compartir mi felicidad contigo, quería enseñarte mi preciosa tarta, y quería dar las gracias a las personas que me endulzan cada uno de mis días. Sobretodo, quería darle las gracias a Raquel, una persona que me quiere y a la que quiero. La persona que puso todo su amor y toda su imaginación en crear el pastel de mi vida. Ella supo transportar los sentimientos a través de las manos y crear, pensando sólo en mí, esta maravilla. No sabes cómo me emocioné y cómo estoy de agradecida.

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Os invito a visitar la página “Sucre i xocolate” en Facebook, descubriréis verdaderas maravillas que estoy segura os sorprenderán.

Yo, por mi parte, nunca me imaginé que Carlos Ruíz Zafón y yo nos encontraríamos de esta manera. Con una taza de café, con muchísimo azúcar y hablando de Marina. Tampoco me imaginé que nos acompañaría El Prisionero del Cielo, que fue el tercer libro que publicó de los cuatro que formarán la trama de La Sombra del Viento, ni me imaginé que me lo comería.

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Nunca os olvidéis de sonreír cada día, de disfrutar de la vida.

Buenas noches, amigos.

Lorena.