Me gusta todo, menos tú.

Como cantaba mi amigo Mario en una de sus canciones: algo estamos haciendo mal. No ha sido nuestra culpa, o tal vez sí, pero algo estamos haciendo mal.

Hoy te quería contar algo en lo que todos deberíamos estar de acuerdo, con nuestras diferencias y preferencias, pero con las ideas superficiales, al menos, iguales. El problema es que estamos de acuerdo muchos, pero no todos, y ahí es cuando algo falla, porque algo falla.

Hoy quiero hablarte de lo mucho que me gusta el país en el que vivo y lo poco que me gustas tú. Quizás suena un poco frío, pero es la verdad.

Me gusta mucho mi país, es un país bonito, aparentemente tranquilo… Me gusta su sur, con sus rincones, sus colores, su calorcito, su arte, su acento, su clima, la gracia de su gente… Me encanta su norte, con esos paisajes de ensueño, tan verdes, tan bonitos, su agradecido fresquito en verano, sus lluvias, su comida, la bondad de su gente… Me gusta Barcelona, por ejemplo, la ciudad de mi libro favorito, la ciudad que para mí es un sueño, tan cosmopolita, tan avanzada siempre, me gusta su gente, su idioma, me gustan sus valores… Me gusta (y mucho) la capital de mi país, esta ciudad que he hecho un poco (bastante) mía,  me gustan sus calles, su vida, su mezcla, su cultura, sus pocas ganas de dormir, me gusta su gente, sus costumbres… Me gustan todos los rincones de mi país, unos más bonitos que otros, cada uno con sus cosas, una maravilla en su conjunto… Me gusta, por supuesto, Valencia, mi tierra, mi casa, me gusta el clima del Mediterráneo, su comida (¡viva la paella y la cassola!), me gustan sus playas, sus fiestas de Moros i Cristians, me gusta su lengua, me gusta su gente…

Me gustan tantas, tantísimas cosas… Me gusta todo, menos tú.

Vivo en un país precioso, de verdad te lo digo. Un país donde se hablan varios idiomas, un país que me transmite buen rollo, energía y felicidad. De mi país me gusta casi todo, y digo casi, porque no me gustas tú.

Me gusta mi país, me gustan sus médicos, me gustan sus profesores, me gustan sus periodistas, me gustan sus músicos, me gustan sus actores, sus directores de cine, me gustan sus escritores, me gustan sus deportistas, me gustan sus profesionales, porque los hay, perfectamente preparados y capacitados en cualquiera de los ámbitos. Me gusta su historia, su cultura, sus monumentos, me gusta la Giralda, la Sagrada Familia, la Catedral de Santiago, La Alhambra, El Palacio Real o La Puerta del Sol… Me gusta todo esto que se ha ido conservando y cuidando a lo largo de los siglos, con el paso de la gente y del tiempo.

No me gustas tú, porque lo estás destruyendo casi todo.

Vivo en un país maravilloso, con personas maravillosas… Pero siento una vergüenza extrema cada vez que veo a cualquiera de los políticos que creen que nos representan. Vivo en un país donde la corrupción está a la orden del día, donde nos roban por todos lados y  donde se consiente. Vivo en un país donde roba todo el mundo que tiene el mínimo poder, desde el alcalde de un pequeño pueblo hasta el yerno del rey, y eso me llena de tristeza, de rabia y de impotencia.

Vivo en un país dónde algunos tapan a los que roban, los esconden, y si salen a la luz, se atreven a justificarles. Vivo en un país donde nos han recortado en sanidad, siendo una de las mejores de Europa, donde nos han recortado en educación, tan básica y esencial, vivo en un país donde violan su cultura, manteniendo un IVA del 21%.  Vivo en un país donde siento tanta tristeza…

Supongo que muchos sabéis que mi lengua materna es el valenciano, es mi primer idioma, y en valenciano me he criado y educado. He estudiado en valenciano e incluso hice la selectividad en valenciano. Siempre he defendido mucho mi lengua, tan digna, tan bonita, tan nuestra… El valenciano es mi familia, mi pueblo, mis amigos de siempre, es mi tierra, es mi historia y es mi cultura.

Hace unos meses, al comenzar las fallas, la alcaldesa de Valencia (no voy ni a escribir su nombre, no quiero manchar este post) daba un discurso lamentable inventando todas y cada una de las palabras que pronunciaba en valenciano. Mi lengua, y la de muchos. No pude sentir más vergüenza… ¿Cómo una señora que cobra un sueldo que multiplica el de cualquier trabajador no sabe ni si quiera hablar el idioma de su tierra, el idioma oficial de la ciudad a la que representa? ¿No os parece surrealista? Desgraciadamente, esto no fue lo peor. No lo fue. Mientras las redes sociales se llenaban de comentarios y de videos sobre el discurso, mientras la mayoría de los ciudadanos no daban crédito a lo que había sucedido… Pasó algo realmente alucinante, que os prometo me hace plantearme dónde está la razón del ciudadano y dónde está la cultura de las personas. Lo peor, para mí, fue que hubo gente que se atrevió a salir en su defensa, se plantó ante el balcón del ayuntamiento con pancartas como “¡Viva nuestra alcaldesa!” o “Yo con el valenciano también me lío, pero de Rita me fío” (esta última me mató). Os prometo que tenía ganas de llorar…

Que los políticos nos roban es un secreto a voces, pero que se destapen constantemente tramas de corrupción y que la mayoría de ellos estén tranquilamente en la calle, cobrando sueldos de por vida y riéndose a carcajadas de todos los ciudadanos me da mucho asco. Hace unos días salían a la luz unas facturas de esta misma señora, la alcaldesa de Valencia, en las que se reflejaba que en los peores momentos de la crisis gastaba dinero de forma desorbitada, en cosas innecesarias como suites de hoteles, comidas de lujo, bebidas alcohólicas o coches privados con chófer… Mientras tanto, miles de ciudadanos se preguntaban cómo poder pagar las facturas de luz y agua, cómo comprar los libros de los colegios de sus hijos o cómo poder darles de comer en condiciones. Cuando los periodistas le preguntaron, tuvo la poca vergüenza de responder, para justificar estos elevados gastos, que no quiere “cutrerías” para Valencia. Ay, perdone, ¿es que ese dinero estaba siendo destinado a un colegio, a un hospital, o a un parque infantil? Porque me pierdo.

La alcaldesa de Valencia sólo es una entre cientos. Todos ellos me dan asco, mucho asco,  pero quien no me gusta eres tú. Si, tú, el que les vota, el que aún sabiendo todo eso, les apoya, como si a ti no te estuviesen robando nada, como si sólo me lo estuviesen robando a mí.

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Dentro de unos días empieza mayo, uno de mis meses favoritos, con su día uno como festivo: el día del trabajador. Yo estoy muy contenta porque ese día descanso. Desde hace unos años me acuerdo de todos los que tenemos suerte de tener un trabajo, pero, sobre todo, me acuerdo de todas esas personas que llevan mucho tiempo luchando por un trabajo digno. Me acuerdo de todos esos padres de familia que ya no encuentran trabajo porque “ya son muy mayores”, me acuerdo de todas esas mujeres que luchan incansablemente por poder tener un trabajo y mantener sus familias y sus hogares… Me acuerdo de todos y cada uno de esos jóvenes licenciados, brillantes, con un curriculum impecable, que están trabajando de camareros o limpiando hoteles en cualquier rincón de Europa, me acuerdo de los que tuvieron más “suerte”, y ejercen su profesión y vocación en otro rincón del mundo, con la consecuencia de estar lejos de su gente, de sus familias, de sus casas, de sus ciudades y sus calles… Y entonces, me vuelve a invadir la pena. Entonces me acuerdo de todos estos malditos políticos corruptos, a los que la gente ha elegido para representarles, para que luchen por sus derechos y mejoren su bienestar social, pero no lo han hecho, y aún así, les vuelven a votar. Entonces me acuerdo de esa gente que les vota y me encantaría que me explicasen por qué lo hacen y entonces pienso “tenemos lo que nos merecemos”, pero no, no nos lo merecemos. Se lo merecen los que les apoyan, pero no nosotros, no el resto.

Trabajar es un derecho, pero mientras miles de personas en mi país no tienen un trabajo digno, mientras miles de personas no tienen trabajo, sus políticos roban y viven vidas de lujo.

Vivo en un país muy bonito, te lo prometo… De él me gusta todo, menos tú.

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Buenas tardes/noches, amigos.

Lorena.

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Asesinos.

Nunca pensé que llegaría a gustarme tanto el sabor de la manzanilla… Últimamente estaba tomando demasiado café y aunque bebo manzanilla de vez en cuando desde hace años, es verdad que en las últimas semanas se ha convertido en una infusión casi diaria, y me encanta. Con una manzanilla caliente y el gris tras la ventana, con el frío temprano que ha llegado con tanta fuerza a la capital, hay algo que hoy te quería contar.

Hoy me he reafirmado en algo que llevo pensando desde hace mucho tiempo, y es que… la mayor parte de mi tiempo libre la invierto en el móvil, y me parece un absoluto error (¡y horror!). Me gusta estar enterada de todo al momento, los que me conocéis de verdad y los que sólo me conocéis a través de internet, sabéis de sobra que soy una gran adicta a las redes sociales y a la comunicación. Cuando decido coger el día con calma, sin ningún tipo de prisa, cojo el teléfono y abro una red social, empiezo a leer noticias o a ver fotos de amigos y conocidos… y así, sin querer, quedo totalmente absorbida y soy incapaz de controlar el tiempo. La verdad es que me preocupa, y sobre todo me preocupa pensar que no soy la única y que somos esa nueva generación de la tecnología que vivimos rodeados de mensajes instantáneos, redes sociales y móviles en nuestras manos…

Mi cuenta de Facebook personal la uso para compartir fotos más personales con mis amigos, para ver las suyas, para escribirnos y comentarnos y Twitter es la red social que utilizo para leer noticias, para leer y hablar con gente que no conozco, para informarme, para hablar sobre el blog y por supuesto, muchísimas veces para dar mi opinión sobre temas de actualidad y otros que no lo son.

Al abrir Facebook hoy, me he encontrado, como siempre, con un montón de fotos de amigos con sus mascotas, me he encontrado con fotos de protectoras de animales que no paran de subir cada día casos nuevos sobre perros abandonados que necesitan adopción… Y al abrir Twitter, la noticia que predomina la gran parte de los medios de comunicación que sigo es la llegada del ébola a España, el contagio de la enfermera y su evolución. Inmediatamente, he mezclado estos dos temas y me he acordado de su perro.

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Durante toda esta semana, aunque hablé del tema de forma breve en mis redes sociales, he estado pensando mucho sobre si escribir o no sobre ello, pero hoy, he sentido la necesidad de hacerlo.

La noticia sobre el contagio de otra enfermera en Estados Unidos y el protocolo que se ha seguido con su perro (al que han puesto en cuarentena y observación para poder analizarlo y hacerle pruebas), deja claro, una vez más, la falta de cordura de las personas que gobiernan este país. Deja claro, una vez más, que somos el hazme reír del mundo. Los pardillos por excelencia.

Cuando me enteré que iban a sacrificar a Excalibur, el perro de la enfermera española, sin ni si quiera hacerle ningún tipo de prueba para saber si había contraído la enfermedad, se me paró el corazón. Cuando escuché a su marido, en una intervención telefónica en un programa de televisión pidiendo a los ciudadanos que, por favor, hiciesen campaña y no dejasen que esto ocurriese, cuando explicaba que su perro llevaba doce años con ellos y que era, sin ninguna duda, parte de su familia, cuando explicaba el dolor que sentían, desde un hospital en el que están ingresados sin poder salir, entendí su rabia y se me partió el alma. El alma se me partió de dolor, de impotencia y de indignación.

Me da mucha vergüenza el país en el que vivo. Muchísima. Mi país es precioso, si intento observarlo, veo un país lleno de color, de gente cálida, alegre, con su encanto del norte y su gracia del sur, un país dónde se come de maravilla, un país maravilloso. Pero resulta que mi país lo están destruyendo. Lo están destruyendo una panda de políticos corruptos, incompetentes, egoístas, sin escrúpulos, y no, no me refiero que estén destruyendo sus ciudades y sus calles, están destruyendo a TODOS los ciudadanos que representan (Sí, incluso a aquellos que todavía se atreven a defenderles). Están destruyendo las ilusiones de las personas, los sueños, las ganas, la economía y su bienestar social, pero se ríen. Ellos roban nuestro dinero, viven en casas de lujo, visten ropa carísima y comen en restaurantes que muchos españoles jamás podrán pagar. Así es España, un país de desigualdad, de un gobierno sinvergüenza que nos está quitando la vida (nunca mejor dicho).

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Siempre he sido una gran defensora de que cualquier ser humano puede equivocarse, claro, no somos perfectos, pero cuando unos políticos se equivocan en absolutamente todo y no hacen nada, nada bien, es que algo está fallando, ¿no? Pero tranquilos, ellos no sufren. Les da igual que un país entero esté desesperado pidiendo su dimisión, les da igual todo eso, lo que yo me pregunto es a qué tipo de personas representan, porque a mí, desde luego, NO.

Me puede dar mucha pena que un señor español se haya ido a realizar una labor humana a un país tercermundista y haya contraído una enfermedad, puedo entender que sus familiares quieran que vuelva a casa para darle su último adiós, pero ojo, lo entenderé siempre y cuando esto no ponga en peligro la vida de miles y miles de personas. ¿En qué momento al gobierno se le ocurrió traer a un enfermo de ébola a Madrid cuando ningún hospital estaba preparado para ello? ¿En qué momento pusieron en peligro la vida de trabajadores y ciudadanos? ¿En qué momento nos prometieron que estaba todo controlado? ¿Habrían hecho lo mismo si los enfermos en vez de ser curas, hubiesen sido voluntarios, militares, o periodistas, por ejemplo?

Hijos de puta.

Si mi amigo Fermín me viese ahora mismo, me diría que no es bueno tener tanta rabia dentro, pero en cuanto a esto, no sé sentir otra cosa.

La realidad es que hay una enfermera enferma, en estado grave, que seguramente no sobreviva, un marido destrozado, una familia rota, un país consternado. Además de ello, porque les corría mucha prisa, asesinaron a su perro. Sin ningún tipo de prueba, sin ningún tipo de escrúpulos. Un país entero gritando y haciendo ruido en las redes sociales, expertos pidiendo que por favor no se hiciese, asociaciones de animales queriendo hacerse responsables del animal, pero nada, una vez más, nuestra voz no importaba. Sinvergüenzas, asesinos.

Cuando mataron a Excalibur, tuve ganas de llorar todo el día. Quienes tenemos mascotas, no es que pensemos que son parte de nuestra familia, es que sentimos que es así. Quien conoce el amor de un animal sabe que es puro, incondicional, fiel… Quien conoce el amor de un animal, sabe que es mucho mejor que el de los seres humanos, que aunque nos duela, somos egoístas por naturaleza. Quienes conocemos el amor de un animal sentimos la muerte de Excalibur como una descabellada e injustificada noticia. Habían opciones, porque las había. Quienes sentimos el amor de un animal, aquel día sentimos como la rabia se apoderaba de nuestros corazones y como el odio hacia aquellos que nos gobiernan (que no representan, insisto) se incrementaba por momentos.

Aquella misma noche, leí algo que me sorprendió muchísimo, algo que a mi amigo Antonio le sorprendió tanto como a mí, y con quien pude estar un buen rato hablando sobre ello. Resulta que hubo (y hay, supongo) gente que publicaba en sus redes sociales que mientras miles de niños se mueren de hambre o sida en el mundo, la gente se estaba preocupando por un perro, y  eso les parecía insensato. No daba crédito a lo que leía.

Vamos a ver, todos aquellos que publicasteis cosas similares, ¿qué nos preocupemos por el sacrificio de un animal inocente, del cual no había ninguna prueba de que estuviese enfermo, significa que no nos importe que muera gente en el mundo? ¿Me explica alguien qué tiene que ver una cosa con la otra? ¿Me explica alguien el por qué de esos comentarios absurdos? ¿Estamos locos? Desgraciadamente, muere muchísima gente diariamente en el mundo, gente inocente, gente sin recursos, niños pequeños… y a mí, por supuesto, se me rompe el alma. Pero entonces, ¿si defiendo la vida de un animal es que están dejando de importarme la vida de las personas? Perdonadme, pero me parece ridículo.

Pero bueno, como todo en la vida, siempre habrá gente a la que no le parezca bien lo que hagas. Por suerte, a raíz de este tema, me he dado cuenta, una vez más, que queda todavía mucha gente buena, gente con corazón, gente con ganas de gritar las injusticias y gente con ganas de acabar con esta maldita situación de corrupción  e incompetencia.

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Hoy, sin ninguna duda, os he escrito desde la rabia y el corazón, intentaré volver con un post más alegre.

Feliz tarde, amigos.
Lorena.

Silencio

Qué día más gris ha hecho hoy en Madrid, quizás se ha vestido del color de ánimo y realidad que ahora mismo vive la ciudad, el estado de ánimo, realidad y preocupación que envuelve a nuestro país. Creo que los seres humanos tienen el derecho a equivocarse, porque no somos perfectos, pero cuando un gobierno no hace nada, absolutamente nada bien, cuando tu país está gobernado por una panda de corruptos y sinvergüenzas, entonces te preguntas qué tipo de seres humanos les eligieron para representarnos.

No es noticia ni novedad que os diga lo indignada que estoy por la falta de responsabilidad de una odiosa ministra de sanidad que ha permitido que el ébola haya llegado a nuestro país. La noticia del sacrificio del perro de la pobre enfermera infectada, sin ni si quiera haberle sometido a ningún tipo de análisis y bajo la petición de ciudadanos y expertos de que esto no se llevase a cabo, me ha encogido el corazón desde que me enteré.

Hoy te quería contar que es necesario que escapemos, aunque sea unos minutos, de esta triste realidad que ha superado la ficción. Os traigo un nuevo relato, que no es que no sea triste, es simplemente una fuga a través de las palabras…

Leed despacito, como siempre.

Silencio

Como si de un cuentagotas se tratase, como si esas gotas las pudieses estar observando, mirando fijamente, oyéndolas caer, despacio y lentamente, una a una… pum, pum, pum… Sin ningún sonido más alrededor, más que ese dolor desangrándose y los latidos de tu corazón, entremezclados. Latidos acelerados que se paran en seco para ir despacio sólo un instante después… La sensación más triste y dolorosa de una vida, la sensación de final, de no querer seguir, de no tener ganas, del amor golpeando, haciéndote daño, machacándote el alma, cortándote la respiración, llevándose tu aliento, tus manos dormidas, las piernas temblado…

Desde que empezamos a tener conciencia de la realidad, aun siendo unos niños, sabemos que la vida acabará en la muerte y que ese es un hecho que no puedes evitar, pero por entonces, sabes que tienes mucho tiempo por delante y que aquello, si sigue el orden natural del transcurso del tiempo tardará mucho en llegar. Entonces, todavía no tienes miedo.

Siempre fui una persona valiente y dispuesta, entregada a mi trabajo, a mis familiares y a mis amigos, entregada al amor y dispuesta a recibirlo sin medida. El amor es un ideal tan implantado en la sociedad que crees que sin él, no podrás vivir jamás, y seguramente es verdad, o quizás sólo es a lo que nos han acostumbrado desde que tenemos conciencia de la realidad, como la muerte.

El ser humano tiene la capacidad de enamorarse varias veces en su vida y en algunos casos es capaz de saber quién fue su gran amor y en otros crees que el gran amor ha llegado, pero cuando se va y llega uno nuevo, te auto convences y te cuentas que estabas equivocado y que ésta vez, por fin, será la definitiva.

Yo tenía veintitrés años cuando conocí al amor de mi vida.

Andrés y yo nos conocimos siendo unos adolescentes en uno de esos veranos en la playa que consiguen quedarse atrapados para siempre en la memoria. Uno de esos veranos que seguramente, si los pudieses volver a vivir o, al menos, observar de cerca, te darías cuenta que no es tan idílico como lo habías llegado a guardar en tu cabeza, pero como nunca podrás volver a revivirlo del mismo modo, prefieres que se quede así, como algo precioso y mágico.

Siempre fui una persona muy soñadora y sabía que todo ser humano conoce la sensación de locura que se vive con un amor de verano. Yo sólo era una chica de pueblo, de un pueblo bordeado por el mar, donde el clima siempre era cálido y donde los veranos se llenaban de luz y felicidad, donde las tardes en la playa se alargaban hasta que entraba la noche, cuando no tenías prisa por nada, ni más compromiso que disfrutar aquellos días antes de que el curso volviese a empezar. Él venía de la ciudad, de unos trescientos quilómetros de distancia, de una ciudad de la que yo sólo había oído hablar. Sin querer lo idealicé, me parecía guapo e interesante, me imaginaba su vida en la capital y me gustaba creer que era un revolucionarlo que se manifestaba y luchaba por los derechos en esas quedadas masivas que yo veía a través de la televisión. Por aquel entonces yo tenía los sueños intactos, sin ningún tipo de arañazo y las ganas de comerme el mundo se reflejaban en mis palabras y mis planes. Algún día yo también me trasladaría a la ciudad, quería estudiar derecho y convertirme en una abogada revolucionaria que conseguiría salvar todas las causas perdidas, quería vivir en una gran ciudad para tener muchos casos y muy diversos que solucionar. Él se enamoró de mí, locamente, además. Nos hicimos promesas que jamás pudimos cumplir, como hacen todos los adolescentes. Nos prometimos estar juntos, sin que importase la distancia y nos prometimos visitar todos aquellos países que teníamos en nuestra mente, cogidos de la mano, muchos años después. Con él hice el amor por primera vez, una noche en la playa, sobre una toalla, envueltos por otra, con el sonido del mar y la luz de la luna, con las promesas en los ojos y los te quiero infinitos en los labios, creyéndonos dueños de nuestro destino y sintiendo que teníamos el poder para poder seguir toda la vida juntos. De un modo u otro, nos quisimos. Nos quisimos mucho, nos quisimos con una inocencia que perdimos con el tiempo… Septiembre siempre fue un golpe de realidad, aquel septiembre fue un septiembre lleno de lágrimas, de despedidas amargas y de falsas esperanzas…

Nos escribíamos cartas que todavía guardo en un cajón, porque yo siempre he sido de guardar esas cosas que forman parte de los momentos más importantes de mi vida.

Al volver al instituto, el chico que me había gustado desde hacía mucho tiempo empezó a fijarse en mí, y la distancia sin querer hizo el olvido. Me olvidé de aquel chico de Madrid y empecé a salir con aquel que podía abrazarme cada día. No tenía la edad ni la fortaleza para tener una relación a distancia y sé que le hice mucho daño. Tanto, que jamás volví a hablar con él. Le volví a ver, pero su mirada de odio y rencor siempre miraba hacia otro lado. Perdí al amor más inocente y sano que conocería jamás…

Con el chico del instituto estuve saliendo durante varios años, pero la universidad dividió nuestros caminos y las ganas por conocer mundos nos separó de un modo que no nos dolió demasiado a ninguno. Teníamos ganas de vivir nuevas experiencias y experimentar la vida de la mano de gente nueva. En la universidad conseguí a esos amigos que después me acompañaron por la vida, fortalecí relaciones recién estrenadas que acabaron quedándose a mi lado de forma eterna, supongo que le pasa a mucha gente. Es el principio de una madurez en la que empiezas a elegir quienes van a ser tus compañeros de aventuras, de alegrías y penas.

En el transcurso de mi vida universitaria conocí a varios hombres, pero a pocos amores y era feliz así. Cuando sentía que alguien adquiría un aire de compromiso más elevado que el mío le frenaba los pies y la palabra relación me causaba verdadero terror. A veces, me sorprendía a mí misma por la frialdad que me caracterizaba en cuanto a ellos. En mi vida cotidiana siempre me caractericé por ser una mujer fuerte, divertida y muy, muy cariñosa, simplemente era que los hombres, para más de cuatro ratos, dejaban de parecerme interesantes. Me gustaba ser libre, no dar explicaciones a nadie, hacer y deshacer a mi antojo, sentirme querida, pero no querer y eso sé que es bastante egoísta, pero esa era mi forma de ser feliz.

Cuando terminé la universidad me fui a vivir a Madrid. Mi amiga Sandra, mi mejor amiga de la infancia, vivía allí desde hacía un par de años. Ella era actriz y triunfaba en pequeños teatros de la capital y yo quería empezar mi vida profesional en esa ciudad, era algo que había tenido claro desde siempre. Vivíamos en un pequeño apartamento con otra chica más muy cerca de Tirso de Molina y a los pocos meses en la ciudad conseguí mis primeras prácticas en un bufete de abogados que me sirvió como escuela aunque el sueldo que me pagaban parecía más una limosna que el salario por todo un mes de trabajo, pero con la ayuda de mis padres, conseguí superar aquellos primeros meses profesionales y de penurias. Sólo tenía veintitrés años y me sentía fuerte y valiente, guerrera y luchadora, poderosa frente al resto. Pablo tenía diez años más que yo y era un abogado de éxito, respetado en la profesión y un señor dentro de aquellos despachos, al que todos admiraban y pedían consejos. A pesar de su juventud, era brillante en su trabajo. Me parecía guapo e inteligente y me reía de mi misma cuando pensaba lo mucho que me gustaría acostarme con él sobre la mesa de su oficina.

Yo notaba como él me miraba y una mañana, mientras tomábamos café y apurábamos cigarros en la puerta del edificio, él pasó y nos dio unos buenos días con una sonrisa de galán que me transmitía poca confianza pero, tenía que reconocer, me apasionaba.

-No tienes nada que hacer… Este sólo se junta con mujeres explosivas a las que les promete amor eterno y de las que se olvida sólo una semana después.- Me dijo Rosi, una señora de unos cuarenta y tantos años que llevaba trabajando en esas oficinas desde hacía muchos años.

Me reí.

-Bueno, pues entonces es de los míos… A mí los que me dan miedo son los que prometen amor eterno en la primera semana y después lo cumplen. Eso, finalmente, siempre acaba siendo una mentira.

En aquellos primeros meses de prácticas llegó la Navidad, y como toda empresa, organizamos una fiesta.

Siempre había sido una persona que había conseguido todo aquello que se había propuesto y en cuanto a hombres se trataba, siempre me había encantado tener el poder de la elección y el triunfo en la recompensa. Aquella noche, me apetecía estar especialmente apetecible y si acababa, entre copa y copa, en casa de Pablo, no me iba a importar lo más mínimo.

Cenamos todos juntos en un restaurante y las botellas de vino duraban poco tiempo en las mesas. Risas, bromas y unos compañeros maravillosos… La verdad es que había tenido mucha suerte. Por desgracia, él se había sentado bastante lejos de mí, no podía verle a penas y no hablé con él durante la cena. Tras las copas en el restaurante, algunos decidimos entrar a un local que había cerca de allí, habíamos bebido lo suficiente para que las risas tontas no nos abandonaran y las ganas por mover el cuerpo en la pista de baile se incrementaban por momentos. La noche era joven, demasiado joven. Pablo era uno de los que se animaron a salir y eso hizo que mis ganas de fiesta creciesen por segundos, quería beber mucho y disfrutar. Todos nos reíamos, nos hacíamos fotos y bailábamos unos con otros… Yo le sonreía y él me sonreía. Es más, me sonreía del mismo modo que yo le estaba sonriendo a él, con pasión y deseo, con ganas de comernos a besos. Me acerqué a la barra, tambaleándome divertida, cuando él se puso a mi lado y le dijo a la camarera que le sirviese lo mismo que a mí y que además pagaba él. Le sonreí y asentí, levantando la copa hacia la suya en un gesto de brindis y agradecimiento. Quise hacerme la interesante y sin dejar que hablase más, me volví hacia donde estaban el resto de nuestros compañeros. Al salir de la discoteca, me preguntó si quería que me acercase a casa, él no había bebido mucho y podía conducir y yo desde luego, no estaba en condiciones para irme sola a ningún sitio. Quise asentir cuando tropecé y me caí, de forma literal, sobre sus brazos, mientras escuché las carcajadas divertidas y apestando a alcohol de los demás.

Cuando subí al coche me preguntó dónde vivía, y cómo pude le dije que prefería ir a su casa que a la mía. Él sonrió y arrancó. No sabía ni por qué había dicho eso. Empecé a marearme y tuve que bajar la ventanilla, el aire frío de aquella noche de diciembre no era capaz de devolverme a un estado normal en el que poder resultar una chica interesante si al menos me quería llevar una noche de sexo apasionante. Nada, cada vez me encontraba peor. Subí a su casa cogida de su brazo, riéndome y sin ser capaz de dar dos pasos seguidos en línea recta.

Mi cabeza iba a estallar cuando mis ojos no soportaron más los rayos de sol que entraban por el cristal de la ventana, no reconocía la habitación donde estaba, que por cierto me pareció preciosa, y no sabía cómo había llegado hasta allí… Un maravilloso olor a café se filtraba por debajo de la puerta y decidí salir.

Encontré a Pablo en su salón, que estaba separado por una barra americana de su cocina. Me sonrió y me dio los buenos días. No sabía si salir corriendo o volver hacia atrás y esconderme debajo de las sábanas.

Llevaba puesta una camiseta que por supuesto no era mía y no recordaba absolutamente nada de la noche anterior. Debió ver la confusión en mi mirada, en mi cara demacrada y me dijo sonriendo que había bebido mucho la noche anterior y que después de estar más de media hora vomitando en el baño, me había dado aquella camiseta suya para que me acostase en su cama. Es decir, no había pasado nada entre nosotros, algo que no acabó de sentarme del todo bien. Me senté a su lado en el sofá y le dije que me estaba muriendo de vergüenza y que, por favor, al llegar el lunes a la oficina, olvidase aquel capítulo de mi vida. Nos reímos y me dijo que iba a preparar unos macarrones a la boloñesa y si me apetecía quedarme a comer, sin saber por qué, asentí. Me quedé a comer y me quedé dormida de nuevo en el sofá viendo una película.

Cuando me desperté eran las ocho de la tarde y me sentí una sinvergüenza. Le dije que era hora de marcharme, que ya había abusado demasiado de su hospitalidad. Me vestí con la ropa de la noche anterior que olía a tabaco y alcohol y pensé lo desagradable que podía resultar subir al metro con aquellas pintas. Le pregunté dónde podía coger un taxi y me dijo que me llevaba a casa. Cuando llegamos a la puerta de mi piso no sabía qué decir ni qué hacer para salir de allí como una persona normal, ante uno de mis jefes y uno de los mejores abogados de la ciudad. Me lo puso fácil cuando me sonrió y me dijo: “Hasta mañana…”.

Cuando le conté a mis compañeras de piso lo sucedido fui consciente de lo ridícula que había resultado la situación y me sentía fatal. Le había pedido a un tío que me encantaba, con el que trabajaba, que me llevase a su casa, para acabar vomitando y durmiendo en su cama.

La semana transcurrió con normalidad, me moría cada vez que me lo cruzaba y apenas era capaz de mirarle a la cara. Él sonreía y yo entendí lo divertida que le parecía aquella situación en la que una niña se estaba muriendo de vergüenza cada vez que le miraba, una niña que se le había insinuado, que había acabado entregada a él pero no había sido capaz de hacer absolutamente nada, y entonces me pregunté por qué demonios me estaba preocupando todo aquello, y me di cuenta. Me gustaba más de lo que había imaginado.

Entendí su juego de miradas y sonrisas y decidí aparcar la vergüenza y sacar la garra que siempre me había caracterizado, si quería jugar, jugaríamos. El jueves de la semana siguiente, tuve que quedarme hasta tarde para solucionar un caso que me traía de cabeza desde hacía tiempo. No quedaba casi nadie en la oficina cuando vi luz en su despacho. Me acerqué y di un par de golpes en la puerta antes de abrir. Le encontré frotándose los ojos frente al ordenador y sentí como se le escapaba una sonrisa al verme. Le dije que si no le quedaba más de media hora podíamos ir a tomarnos unas cañas, que nos lo habíamos ganado. Me invitó a pasar y se levantó de la silla. Vi como cerraba la puerta del despacho a mi espalda y vi como clavaba sus ojos en los míos, como acaricio mi cuello y como sus labios se desataron frente a los míos. Apagó la luz y me quitó el jersey, empezó a desabrocharme la camisa y mis manos recorrían su espalda como si nunca hubiese vivido nada igual. Sentí fuego estallando en mis entrañas, sentí un cosquilleo entre las piernas y me dejé llevar por la pasión que explotaba tras muchas semanas contenida.

Cerca de su mesa había un pequeño y señorial sofá, en el que me tumbó y me quitó con fuerza los vaqueros, le sentí sobre mí, recorriendo con su lengua mi vientre y mis secretos. Hice el amor como no lo había hecho con nadie. Me senté sobre su cintura mientras me clavaba los dedos en la espalda, mientras no dejaba de besarme y mientras me hizo sentir el placer más absoluto que podía imaginar. Cuando terminamos, me quedé en silencio abrazada a él, sentada sobre él, con mis piernas ejerciendo de cinturón todavía, cruzadas a su alrededor, fundida en un abrazo y tuve ganas de llorar, de felicidad y pasión. Entonces, supe que estaba perdida.

Pablo y yo nos acostumbramos a vernos fuera del trabajo, a abrir botellas de vino en su sofá y a acabar horas y horas mirándonos a los ojos, con nuestros cuerpos desnudos bajo las sábanas y nuestras manos convirtiendo el tacto en caricias infinitas.

Mis prácticas acabaron y conseguí un puesto de trabajo fijo, con un sueldo mejor de lo que habría imaginado y durante meses nos encantó jugar al secreto, a los encuentros en el despacho, a las caricias aescondidas, a los tropiezos fingidos involuntarios. Nos resultaba muy divertido, y lo era.

Cuando no pudimos esconder nuestro amor y ya era un amor consolidado, me trasladé a vivir con él, en su maravilloso apartamento en plena plaza de Vázquez de Mella. Dos años después y con su ascenso, alquilamos un precioso chalet a las afueras de Madrid, con jardín y piscina, donde criaríamos a nuestros hijos y nos haríamos viejos juntos.

Nueve años de amor y dos hijos en común. Una vida maravillosa, llena de pasión, de deseo, de felicidad, de sexo, de besos, de libertad, de compromiso, de respeto, de cariño… Nunca imaginé que se podía querer tanto. Yo, que no quería compromisos, me había enamorado locamente a mis veintitrés años y cada día que pasaba sentía que mi vida dependía más y más de aquel hombre que me volvía loca cada segundo.

Por alguna extraña razón, hace meses que le noto extraño, que no me mira igual y que apenas me toca. El exceso de trabajo lo está apartando de mí, de nuestra familia y nuestro hogar y a pesar de mis intentos por acercarme a él y regalarle mi amor y mi cuerpo, cada vez le siento más lejos.

¿Alguna vez te han dicho que el amor se acaba? A mí me lo dijeron hace tres días. Con una frialdad disfrazada de tristeza en su mirada, sin ni una sola lágrima y con mi locura y rabia entrelazadas, Pablo me contó que ya no estaba enamorado de mí. El desamor, en este caso, tenía nombre y apellidos, veinte años y un cuerpo de infarto.

Hace tres días que no soy capaz de levantarme de la cama. Hace tres días que Carmen, la niñera de mis hijos, se encarga de ellos, de sus deberes y su colegio, de sus duchas y su comida y mi fuerza agotada no para de repetirme que soy cobarde y egoísta, por no sacar ganas de donde no las tenga, por ellos y por mi vida.

El silencio se ha apoderado de mi mente. Como si de un cuentagotas se tratase, como si esas gotas las pudieses estar observando, mirando fijamente, oyéndolas caer, despacio y lentamente, una a una… pum, pum, pum… Sin ningún sonido más alrededor, más que ese dolor desangrándose y los latidos de tu corazón, entremezclados. Latidos acelerados que se paran en seco para ir despacio sólo un instante después… La sensación más triste y dolorosa de una vida, la sensación de final, de no querer seguir, de no tener ganas, del amor golpeando, haciéndote daño, machacándote el alma, cortándote la respiración, llevándose tu aliento, tus manos dormidas, las piernas temblado…

Se llama egoísmo, pero quiero que el silencio se apodere de mi vida.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Muertos de hambre.

Me gusta el otoño, me recuerda y no sé muy bien por qué a mis años en el colegio, a hojas que empiezan a cambiar de color en los árboles, a tonos amarillos y marrones…. Y ya sabéis que todo lo que venga acompañado de recuerdos, me resultará especial.

Hace un par de semanas, unos amigos vinieron a cenar a casa. David, Diego y Kirian son actores. El caso de kirian, del que muy pronto hablaremos con calma en el blog, es un caso particular porque cuando os diga quién es lo vais a recordar al instante. Le hemos visto crecer en televisión en una de las series más largas y conocidas de nuestro país, empezó siendo un niño y ha trabajado en la profesión prácticamente toda su vida. Hace años que no consigue trabajo. En la cena, en la sobremesa y en la tertulia, también estaba Sergio, actor y músico, al que muchos ya conocéis. Nos juntamos un grupo de buenos amigos y sobre todo, un grupo de personas que aman el arte y no se rinden ante los sueños, y hoy te lo quería contar,

De las personas que nos reunimos, dos viven un buen momento profesional, uno de ellos es protagonista de una serie que se emite en medio mundo y el otro no deja de tocar y vivir de su música, pero nos fue inevitable hablar de cómo se encontraban la mayoría de las personas, muchos de nuestros amigos y conocidos, que quieren entregar su vida al arte. En este país, nos encontramos, desde hace mucho tiempo, en un momento lamentable en el que ni jóvenes ni mayores tienen oportunidad de desarrollar sus capacidades y vivir de su verdadera vocación y profesión.

Si te preguntan a qué te dedicas y dices que eres médico, abogado, psicólogo o profesor… Nadie va a dudar de tu capacidad, y no quiero decir con esto que estos sectores tengan el trabajo más fácil ahora mismo, para nada, sólo quiero explicar que esas profesiones son aceptadas sin cuestionar hasta qué punto eres médico, abogado, psicólogo o profesor. En cambio, cuando vives en una sociedad que entiende el arte como ocio y cuando vives en un país dónde el gobierno intenta machacar la cultura, acabas cuestionando la capacidad de profesionalidad de una persona que te dice que es actor, músico, escritor, pintor, diseñador  o director de cine… Y al final, han hecho que lo cuestionemos, que lo infravaloremos y que entremos en ese bucle de mentes  vacías, aletargadas y lamentables.

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La mayoría de las personas vivimos equivocadas cuando creemos que un actor es sólo aquel que sale en televisión, que un músico es aquel que llena estadios y vende millones de discos, que un pintor es aquel que murió hace años y ahora se expone en las mejores salas de todo el mundo, que un director de cine es aquel que revienta las expectativas en taquilla, que un diseñador es aquel que llena su pase en la Fashion Week y vende sus obras a un precio inalcanzable en las mejores tiendas del mundo o que un escritor es el que vende miles de libros y consigue una cola inmensa en El Corte Inglés ante miles de personas que esperan llevarse su ejemplar firmado a casa. Estamos muy, muy equivocados.

Conozco a muchísimos actores que trabajan en teatro, que no tienen miles de seguidores en las redes sociales pero viven de su trabajo, conozco a músicos que tocan en bares donde no hay más de veinte personas pero componen y son, seguramente, mucho más buenos que algunos que llenan estadios, conozco pintores que venden cuadros y pueden vivir de eso, directores que quizás no han conseguido ser millonarios con su trabajo, pero no por ello dejan de hacerlo, diseñadores de moda que venden sus prendas a precios asequibles a pesar de ser verdaderas obras de arte y conozco a escritores que llevan media vida escribiendo sin vender miles de libros.

Pero lo que es peor aún, conozco a muchísimos actores, músicos, pintores, directores, diseñadores o escritores que tienen que trabajar en muchas otras cosas más allá de su vocación (porque hablamos de vocación, señores) para conseguir poder pagar un alquiler, pagar unas facturas y poder tener una vida normal. ¿Cuántos de ellos trabajan de camareros en un bar, o de dependientes en una tienda de ropa? Así como miles y miles de jóvenes licenciados, con la esperanza casi destruida de que sus años por la facultad sólo les va a servir por el conocimiento que han adquirido y guardarán como un pequeño tesoro en su cabeza, porque ponerlo en práctica, desgraciadamente, está complicado.

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Hace poco alguien me dijo una frase que se me grabó a fuego en la memoria (y en el corazón): “Son muy pocos puestos de trabajo para muchos candidatos…”. Esto es España y esto me llena de tristeza y desesperación.

Mi amiga, la diseñadora Laura Daluna, compartió en su Facebook un video y no dudó en mencionarme, porque al verlo, supo que me iba a encantar. Me conoce bien y no se equivocaba. Quiero que veáis este video, con la cabeza y el corazón, y quiero que todos aquellos que aún tengáis los sueños intactos no dejéis que os los rompan. A los que tenéis los sueños arañados, sabéis que siempre hay tiritas y que con ganas e ilusión, nunca vamos a dejar que acaben con nosotros… Somos unos muertos de hambre, pero nuestras almas están muy bien alimentadas.

Feliz comienzo de semana, amigos.

Lorena,

Animales.

Café calentito en mano y los primeros amagos del otoño en Madrid… Uno de esos días grises que golpean la ventana y el cielo viene del color del estado de ánimo porque vivo en un pais que me avergüenza… y hoy te lo quería contar.

¡Estoy tan triste y enfadada!

Los que me seguís en algunas de mis redes sociales, sobre todo en Instagram, sois conscientes de lo mucho que quiero a Cometo, mi perro. Cometo llegó hace un año y unos meses a mi vida, como el mejor regalo de cumpleaños que me han hecho jamás, tan pequeño, tan travieso… Desde que le conocí, aunque siempre me han gustado mucho los perros, es verdad que siento un amor infinito hacia cadauno de ellos.

Cometo me ha enseñado tantas, tantas cosas… Él no entiende de rencor, nunca se enfada conmigo, se pone triste cuando no le tengo mucho tiempo en brazos y quiere estar a mi lado de forma incondicional, me mira y si estoy triste me observa y vigila, siempre quiere jugar conmigo y aunque le grite no consigo que me odie ni unos segundos… Sé que me quiere más a mí de lo que se quiere a sí mismo, y sé que nos une una conexión tan fuerte que le necesito a mi lado siempre.

Hay animales que nos producen más ternura que otros… Bien sea por su físico, su condición o su tamaño… hasta ahí estamos de acuerdo. De ahí a maltratarles y torturarles… Dista bastante todo.

Mi incultura taurina me había permitido escuchar vagamente hablar del Toro de la Vega, pero es verdad, que gracias a las redes sociales que tienen ese maravilloso poder de acercarnos a noticias de todo tipo, hace un par de días pude saber realmente qué era. Hoy, por fin, tengo un hueco para sentarme frente al ordenador y leer acerca de esta horrible tradición.

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Para empezar, no hay nada que me avergüence y me dé más asco que vivir en un país en el que se permite que asesinen y torturen a los animales… Me enciendo cuando alguien intenta convencerme que los toros y toreros son una tradición  y parte de nuestra cultura… ¿Nuestra? te aseguro que no de la mía. Antes también se lapidaba a las personas, o se fusilaba a los homosexuales, se quemaba viva a la gente y se asesinaba a los que no pensaban igual que otros… ¿Te imaginas que eso se hubiese mantenido y convertido en una tradición?

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Por favor y de verdad que nunca voy a ser capaz de entenderlo… ¿qué tienen en la mente aquellos que ven la diversión y los aplausos frente a la sangre de un animal que, por supuesto, no ha acudido voluntariamente al encuentro? ¿Cómo alguien puede aplaudir algo así? ¿Cómo un gobierno en pleno s.XXI permite que esto sea una fiesta? Una vez más nos duele y la mayoría miramos hacia otro lado. Por suerte, cada año acuden manifestantes y personas que luchan contra el maltrato animal a esta fiesta, a esa tortura del Toro de la Vega. Ahora, algunos de ellos resultan apedreados y heridos. La irracionalidad está tocando sus límites…

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En Wikipedia he encontrado lo siguiente: “El Torneo del Toro de la Vega es un evento taurino de origen medieval, únicamente celebrado en la localidad de Tordesillas. El torneo consiste en -según fuentes- lucha, caza o persecución de un toro por centeranes de lanceros, en la cual algunos de estos últimos intentarán alcanzar al toro hasta la muerte, después de que este haya sido soltado por las calles del pueblo y conducido por los corredores y aficionados hasta campo abierto”. No os imagináis el terror y horror que me produce esto.

En las Bases reguladoras del desarrollo del Inmemorial Torneo Toro de la Vega, adaptándolas al Reglamento de Espectáculos Taurino Populares aprobado por la Junta de Castilla y León mediante Decreto 14/1999 de 8 de febrero, me encuentro artículos como estos, que me ponen la piel de gallina:
Art. 30.- Queda terminantemente prohibido alancear premeditadamente al toro con el fin de NO matarlo, sino mermarle sus facultades físicas. Si así ocurriera, el jurado emprenderá las medidas necesarias sobre dicho lancero.”

“Capítulo IV: 12º El que asistiere de otras partes del mundo o universo y quisiere ser torneante, tendrá derecho a ser infomado muy cumplidamente; más si su intención, Dios no lo quiera, fuera denostar e infamar este torneo, teniéndole por necio ante tal circunstancia, despídasele en mala hora.”

Oh! Gracias por querer asesinar al toro directamente, pobrecitos, no quieren que sufra. Y Dios, padre todo poderoso, aquí presente, si hay algún ateo en la sala… Se siente!
Os juro, de verdad y con el corazón en la mano, que me he sentido estudiando un capítulo de historia sentada en la facultad o el instituto y sientiéndo que estaba estudiando algo que pasó hace cientos de años.

La realidad es que hace dos días el animal fue asesinado, y la foto del que le mató, aplaudido y admirado por la gente que aprueba esa tradición, ha corrido por Twitter, Facebook y todo Internet. A mi me daban nauséas.

No quiero que nadie intente explicarme que es una tradición. En mi pueblo, también se celebran unos encierros taurinos desde hace muchos años, en las fiestas patronales, donde una vaquilla corre dentro de una plaza mientras tres o cuatro chavales intentan correr delante de ella haciendo que dé vueltas sin parar. ¡Ojo! En ningún momento se permite pegar al animal y aún así me parece una auténtica salvajada.

Me gustaría ver a muchos ahí, en medio de una plaza, con el rabo entre las piernas, porque me muero de vergüenza, rabia y pena. Vivo en un país donde los toros son torturados por los verdaderos animales.

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Buenas tardes, amigos.
Lorena.

Me olvidé decir te quiero…

Es inevitable que nos gusten los días festivos, sin prisa, sin pausa… Anoche escribí un relato y no sabía cuando lo iba a publicar, lo que sé es que me parece uno de los relatos más bonitos que he escrito jamás, espero que a vosotros, al menos os guste.

No he podido aguantar mucho y hoy te lo quería contar.

A dos días de irme de nuevo de vacaciones os dejo esta historia, de amor y desamor, de distancia y sentimientos, de letras y circunstancias, para que lo leáis despacito y lo saboreéis como me gusta que hagáis y como sé que cada vez os gusta más hacerlo…

Gracias por seguir ahí, al pie del cañón, a mi lado, al otro lado de la pantalla… No sabéis lo feliz que soy.

Me olvidé decir te quiero…

“¿Se puede echar de menos algo que nunca has tenido? Muchos os preguntaréis quién soy y quienes me conocéis, al menos de vista, os preguntaréis qué hago aquí. Hoy quiero hablar de mi mejor amigo, de quien llenó de vida mi alma y de sueños mis días…”

Así empezaba aquello que yo había escrito.

Me habría gustado contarle la primera vez que le vi, porque yo la recuerdo. Me habría gustado sonreírle y explicarle que sólo tenía once años cuando jugaba con mis amigas del colegio en la calle y una de ellas me pidió que gritase su nombre, se giró y todas nos reímos. Aquella fue la primera vez, aquel día supe cómo se llamaba y aquel día me enamoré de él. No podíamos tener nada en común, ni amigos, ni aficiones, ni nada. Nuestra diferencia de edad, aunque no era exagerada, era suficiente para separar nuestras vidas e inquietudes. Algún día sería mayor y seguro que algún día podría conseguir estar cerca suya. Me conformaba con ser su amiga, mientras soñaba con sus besos.
Recuerdo las tardes de verano, en la plaza principal, o en la heladería junto a la iglesia, le recuerdo riendo con sus amigos, sobre motos y adolescencia, mientras yo observaba siendo sólo una niña, una niña pequeña. Era el chico más guapo que había visto jamás. Risueño, dulce, simpático, su piel tostada bajo su melena rubia… Estaba hecho de sueños.
Pasé de niña a adolescente y él seguía protagonizando mis pensamientos, protagonizaba con su nombre bajo tinta mis carpetas y libros del instituto, los corazones y las ilusiones. Estaba segura que jamás podría querer a nadie como le quería a él. Le deseaba y ya no quería ser sólo su amiga.

Con el tiempo, la diferencia de edad, aún siendo la misma, se apreciaba menos. Empezábamos a frecuentar los mismos bares e incluso, de vez en cuando, compartíamos amistades. Recuerdo la primera vez que coincidí con él en una discoteca. Yo me sentía muy guapa. Me había puesto mis mejores galas, la minifalda más bonita del momento, con los tacones más altos de mi vida. Le sonreí mientras le saludaba. Me sonreía educado, siempre lo hacía, cordial, carismático. Era la niña a la que llevaba conociendo de vista desde hacía unos cuantos años. Por supuesto, no fue mi primer beso, ni mi primer amor carnal, no perdí la virginidad en sus brazos ni le pude decir te quiero. El destino, con el paso de los años, parecía no estar de mi lado.

Paula era mi mejor amiga desde que íbamos al colegio y llevaba un par de meses saliendo con uno de sus amigos. Paula cumplió 21 años y preparó una fiesta maravillosa en su casa. Sus padres estaban de vacaciones y creíamos que podíamos comernos el mundo. ¡Bendita juventud! Qué felices fuimos. Estábamos radiantes y guapas, con las ganas en las pestañas y los sueños en la mirada, rodeadas de todos nuestros amigos de siempre, entre risas, alcohol y buena música. La sonrisa pícara de Paula me hizo un guiño hacia la puerta y le vi entrar. Él y todos sus amigos también estaban invitados, pero yo no lo sabía.

Por aquel entonces yo acababa de volver de pasar un año en Alemania con una beca Erasmus y además acababa de dejar una relación de dos años con el que le hubiese jurado al mundo que era el amor de mi vida. Cuando le vi entrar a él, me olvidé del mundo, de los amores y la vida, mi corazón estallaba de felicidad y miles de mariposas revoloteaban en mi estómago. Hacía mucho tiempo que no le veía y seguía estando tan guapo como siempre. Creo que aquella fue la primera vez que él se dio cuenta, realmente, de que yo existía, al menos yo como mujer y ya no como niña. Todos bailábamos, reíamos y bebíamos, él se acercaba y yo estaba, con dos copas de más, muy divertida. Mientras aguantaba que su amigo me tirase los trastos, sonreía sabiendo que era él por quien en aquel momento me moría. Se ofreció a llevarme a casa y acabamos en la suya. Había bebido tanto para contener la emoción de la noche y la vergüenza que al día siguiente apenas fui capaz de recordar nada. Siempre lo lamenté. Nos recuerdo besándonos cómo si se nos fuese la vida, nos recuerdo desnudándonos y recuerdo el momento en el que abrí los ojos y le vi durmiendo a mi lado. Nunca había sido tan feliz.

Es cierto que no sé muy bien qué pasó después. Los días siguientes me quedé esperando un mensaje o una llamada que nunca llegaron y supe que lo mejor era aceptar que había sido así, una noche fugaz, de borrachos y besos. Había que aceptar que había conseguido más de lo que unos años atrás habría imaginado, dormir abrazada a él había sido un regalo, un capricho que la vida me había regalado.

Perdimos el contacto, a lo que supongo que ayudó que yo me fuese del país. Había conseguido una beca para estudiar un master en Buenos Aires, la ciudad que acabé haciendo mía. No recuerdo la última vez que le vi, quizás hace seis o siete años, en Navidad, una noche que nos cruzamos por la calle.

Hace dos años recibí un e-mail en mi correo, me dio un vuelco el corazón cuando vi el remitente. Me enlazaba un artículo que acababa de leer sobre publicidad y marketing y creía que me podía interesar. Sabía, incluso, lo que había estudiado. Aproveché aquel correo de vuelta para agradecerle el interés y saber qué había sido de su vida, cómo le habían tratado los días, dónde vivía y a qué se dedicaba. Aquel fue el primer correo de muchos.
Al principio hablábamos de cosas generales, sobre cómo nos trataba la vida, cómo eran mis días en Argentina o cómo seguían los suyos por nuestra ciudad… Hablábamos del tiempo, del trabajo y de los sueños, a veces de los recuerdos, pero jamás hablamos de aquella noche. Nuestra noche. La noche de borrachos y besos. Empezamos a buscar excusas tontas para escribirnos, para saber uno del otro, al principio una o dos veces a la semana, al final todos los días. Acabamos hablando de nuestras preocupaciones, de cómo habíamos amanecido y cómo nos iríamos a dormir, acabamos dependiendo de aquellos correos que en silencio eran la ilusión de mis días. Me despertaba y miraba el móvil y cada mañana me encontraba con una respuesta suya, nunca tonteamos, jamás, pero nos necesitábamos en la distancia. Nos deseábamos sin decirlo y nos arrancábamos sonrisas.

No me atreví a contarle que Julio, mi novio, con quien vivía desde hacía años, me había pedido matrimonio. Nosotros no hablábamos de eso. Yo no quería perderle, perder algo que no tenía, no quería dejar de recibir sus e-mails con la historia de su día a día, no sabía si él tenía novia, y tampoco me interesaba. Julio era un hombre bueno, educado y sereno, un empresario de éxito que me daba la estabilidad, la paz que mi vida y mi nerviosismo necesitaban, pero Julio siempre viajaba, por trabajo, nunca estaba. Muchísimas veces me sentía sola y descuidada, pero cuando él volvía a casa sabía que me adoraba sólo por cómo me miraba. Julio estaba locamente enamorado de mí, era el hombre que más me había querido en mi vida y seguramente nadie sería capaz de quererme tanto como lo hacía él.

Jamás me atreví a enviarle un e-mail y decirle que le quería, que le quería desde aquella primera vez que le vi, en aquella calle, jugando con mis amigas cuando sólo tenía once años. Jamás me atreví a decirle que le quería porque tenía miedo de que él no me quisiese como Julio me quería. Es lo más cobarde y egoísta que he hecho en mi vida.

A veces, soñaba con él, nos imaginaba en una terraza, riéndonos a carcajadas, comiéndonos la vida. No recordaba su voz, hacía demasiado tiempo que no le veía. Jamás nos llamamos por teléfono, pero acabó siendo mi mejor amigo y sus e-mails siendo el motor y la alegría de mi vida. Deseaba abrir la bandeja de entrada, ver su nombre y abrir el correo, deseaba que me dijese que me necesitaba, que me quería y que quería regalarme el mundo, que volviese a España, que estuviese a su lado y que recuperásemos todo el tiempo que se nos había esfumado de los dedos. Nunca lo hizo.

Llevaba dos días sin saber nada de él. Durante dos años, cada día, había recibido un e-mail con su nombre. Dos días sin noticias. Estaba segura que pasaba algo. Busqué a Paula en Facebook, con quien hacía años que había perdido el contacto, pero de quien sabía que se había casado con su mejor amigo, aquel que le trajo aquella noche a aquella fiesta. Le resumí mi historia, la verdad, ella me había conocido, y sabía lo mucho que yo le había querido, ella era la única que podía darme una respuesta. Su mensaje tardó tres horas en llegarme, tres horas que me parecieron eternas. Mi corazón se paró en seco y las letras se me hicieron borrosas. Cogí el primer avión que volaba a Madrid, no me importaba el precio.

Cuando aterricé él ya no estaba. Ya no estaba. Mi mejor amigo, mi primer amor, mi verdadero amor, mi amor platónico, mi ilusión, el motor de mis días ya no estaba. Un accidente de tráfico le había dejado en coma durante cuatro días, había muerto sólo una hora antes de que yo llegase. Abracé a Paula y nos fundimos entre silencios y lágrimas, no nos hacía falta decir nada.

No sabía si ir al tanatorio, no quería ir a ese lugar. No quería verle allí, a quien hacía muchos años que no veía, a quien sólo había abrazado una vez en mi vida, a quien no sabía cómo sonaba su voz, ni su risa, no quería verle allí, no quería ver al guardián de mis secretos e historias, no quería ver allí a mi mejor amigo, al amor de mi adolescencia, al amor de mi vida.

Me esperé en la puerta mientras le incineraban, mientras veía a amigos y familiares, a viejos rostros conocidos con el paso del tiempo pegado en la piel y la tristeza tatuada en el alma… Reconocí a su hermano, y a él se le iluminaron los ojos.
-Clara, ¿verdad?
Asentí con la tristeza gritando en mi sonrisa apagada.
-Dios mío… Estás aquí… Él te quería, ¿sabes? Estaba enamorado de ti.
Mi corazón se estrujaba, el dolor gritaba.
-Pronunció tu nombre cuando llegó la ambulancia…

Mi mundo se derrumbó y me cagué en la vida. Me cagué en esa vida en la que él me había enseñado a no cagarme, a no enfadarme con ella, en esa vida en la que él me había enseñado a querer, a tranquilizar y a cuidar…

Paula me dio un codazo y la miré atontada, me hizo un gesto con la cabeza y miré al frente. El cura que conducía el funeral me sonreía con los ojos, me tocaba hablar, tenía que leer aquello que había escrito para él. Le miré con el dolor encendido en la mirada y le negué con la cabeza, le supliqué con la misma que siguiera y que entendiese que no tenía fuerzas… Agarré el papel que había escrito, destinado a los que no sabían quién era y a aquellos que me conocían de vista, aquel papel en el que hablaba de mi mejor amigo, y lo guardé en el bolsillo. Paula me acarició la mano.

Decidieron expandir sus cenizas en la montaña, en la montaña que envolvía nuestra pequeña ciudad, donde tanto le gustaba perderse y donde tanto disfrutaba. No fui capaz de acudir a su despedida.

He pasado dos semanas en España, luchando contra el dolor, reencontrándome con mi familia y mis amigos, sin explicarle a nadie por qué estaba aquí. Mañana vuelvo a Buenos Aires, a mi vida real, a mi rutina, a mis días de soledad, donde ya no habrá e-mails de buenos días…

He subido a la montaña y he roto el papel que escribí para su despedida, me he sentado en el suelo y lo he roto en tantos pedazos como he podido, he abierto las manos y he visto como corrían, risueños, miles de papelitos, a través del viento, ese viento que también le lleva, ese viento que acaricia mi cara y me abraza… Esta es nuestra historia, mezclada con el viento, con su aliento, para que sea sólo nuestra.
Me olvidé decir te quiero…

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Feliz fin de semana, amigos.

Lorena.

El Rey León

¡Buenos días a todos! Un jueves con sabor a domingo, a sábado… Un jueves festivo, y a mí, como supongo que nos pasa a todos, los días festivos me encantan. Hoy vengo con un post cargado de unos temas que abrazan la actualidad desde hace unas semanas y que han cobrado protagonismo precisamente esta. Unos temas que a mí, me preocupan un poco.

No es que yo entienda mucho de fútbol, la verdad. No suelo ver partidos porque sí, pero cuando se trata de la selección, siempre que puedo lo veo. Claro que sí, ¿por qué no? El fútbol es un deporte que gusta a mucha gente y yo me alegro cuando el equipo que prefiero que gane gana un partido, me alegro cuando la selección gana un partido, pero no se me va la vida cuando no. Es un juego, es así. Unas veces se pierde, otras se gana. Ayer, tras el partido en el que la selección española fue eliminada del Mundial de Fútbol, aluciné con los comentarios de la gente en Twitter. Aluciné con los insultos, la rabia y la frustración. Para empezar, las faltas de respeto por un partido de fútbol me parecen algo descabellado, y me dan pena aquellos que insultaban a unos jugadores que hace años les hicieron muy felices. Así de irracionales somos. Pero creedme que lo que más me sorprende es que a la mayoría de los ciudadanos sólo les preocupe esto.

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No puedo entender, ni podré entender jamás como la gente lucha incondicionalmente por defender a su equipo en un partido y como no lucha por defender sus derechos sociales, los de sus hijos, los de sus hermanos, los de sus padres, los de sus abuelos o los de sus amigos. Que el ambiente, el buen ambiente, que produce el fútbol es muy divertido, que no lo niego. Obviamente, me gusta ver un partido rodeada de mis amigos, entre cervezas, risas y buen rollo. De ahí, a que el fútbol sea mi máxima preocupación, con la que esta cayendo en mi país, dista muchísimo todo. Insisto, que no quiero que haya confusiones, no critico a los que disfrutan y viven este deporte, a los que lo aman con pasión como yo pueda amar la música o el cine, simplemente estoy diciendo que debemos ser un poco más racionales y coherentes y debemos empezar a asimilar que no podemos darle toda la importancia a un partido cuando a nuestro lado hay mucha gente pasando hambre. Somos egoístas por naturaleza porque somos seres humanos, ahí no hay tema de discusión, pero por favor, vamos a luchar y a dejarnos la vida por lo que realmente nos está pasando.

A mí me da pena que España haya sido eliminada del mundial, claro, pero lo que realmente me preocupa es que a los ancianos les quiten sus pensiones, me da pena que un español tenga que esperar la escalofriante cifra de 67 días de media  para ser atendido por un médico especialista, lo que me da pena es que este verano miles de niños de nuestro país no vayan a poder comer en condiciones porque acaba el curso escolar y cierran los comedores escolares (ya casi sociales), lo que me da pena es la gente que se queda sin casa porque los desahucian, lo que me da pena es que las mujeres no puedan elegir si quieren abortar o no, lo que me da pena es que nuestra población sea casi la única con pobreza infantil de toda Europa, lo que me da pena es que haya padres de familia que no puedan dar de comer a sus hijos, lo que me da pena es que miles y miles de jóvenes recién licenciados, preparados, y con una formación académica brillante se hayan tenido que ir fuera de su país, obligados, para poder tener una oportunidad de trabajo… Esas cosas, amigos míos, esa realidad que nos rodea día tras día, a la que a veces, por dolor, muchos deciden no mirar, esa realidad y esas cosas son las que me preocupan. Estas son las cosas que me duelen, que me hierven la sangre y me hacen morir de pena.

Por suerte, tengo un trabajo estable (no el trabajo de mi vida ni en lo que quiero trabajar, claro), y tengo un sueldo fijo cada mes, y me han hecho asumir que tengo que dar las gracias por tener trabajo, que es un derecho, y han confundido y nos han hecho confundir con un privilegio. Es absurdo repetir la impotencia que me produce la corrupción, los sueldos desorbitados de nuestros políticos, que no contentos con ello, roban y estafan. Pero por encima de todo esto, si no estoy dispuesta a algo, es a retroceder en el tiempo. No quiero recortes en nuestros derechos sociales, en nuestros derechos vitales. Ya está bien, hombre, ya está bien.

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No os imagináis cómo está el centro de Madrid desde hace días. Arreglo de calles, muchísimos policías vestidos de paisano, banderas por todos lados, medidas de seguridad extrema, un gasto que no quiero ni imaginar… Ayer intentaba explicarle a una chica extranjera que hoy el centro iba a estar lleno de gente porque se coronaba al príncipe, que pasaba a ser rey, ella me preguntó si eso era cada cierto tiempo y si lo habíamos elegido nosotros. Con mucha vergüenza le dije que no. Vamos a ver, os prometo que dentro de todo, Felipe y Letizia son personas que no me caen mal del todo, pero de ahí a que quiera que se me impongan como reyes, varía mucho todo.

Vivimos un momento histórico importante, una abdicación, una coronación, infantas que ya no serán nadie, reyes, príncipes y princesas… En el sigo XXI. ¿No os parece un poco medieval todo? Pero como yo, desde aquí, quiero respetar la opinión de todos, lo único que voy a defender es que, al menos, nos dejen elegir al pueblo. Vivimos en un país democrático y si somos mayores para votar unas cosas, digo yo que también lo somos para votar otras, no?

Tras 40 años de monarquía creo que todo ha cambiado. Los tiempos, la sociedad, las personas, las generaciones… Y creo que es el momento de poder tomar decisiones, al menos, tener el derecho a ello. Creo que si hubiese un referéndum seguiría habiendo monarquía, o quizás no, quizás hace unos cuantos años si, pero, ¿sabéis cuál es el problema ahora? Que la gente está cansada. La gente está pasándolo realmente mal. La gente no puede comer, no puede darle una vida digna a sus hijos, hay gente que vive en condiciones infrahumanas y que no tiene casi fuerzas ni ilusión, pregúntale a una de esas personas si está dispuesta a pagar la vida de los reyes, el colegio de sus hijas o la ropa que diseñan exclusivamente para ellas. Me muero de pena, os lo prometo.

El día que el rey hizo pública y oficial su abdicación y anunció que su hijo sería el próximo rey de España, esa misma tarde, miles de personas, en todas las grandes ciudades de nuestro país, se lanzaron a las calles, pidiendo un referéndum y haciendo fuerza sobre su derecho de poder elegir o no. Yo pensé en Letizia. Pensé en Letizia Ortiz como periodista, como ciudadana de a pié, como hasta hace unos años era, pensé en ella profesionalmente y pensé si de verdad no se le estaría encogiendo el corazón.

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El mundial de fútbol y la monarquía invaden nuestras noticias, los kioscos y las portadas de la prensa. Perdonadme si me preocupan más otras cosas que creo que deberían preocuparnos más a todos. Si nosotros tenemos una vida buena, un trabajo estable y no nos falta de nada, pensemos que a miles de personas, a nuestro lado, en nuestra misma calle y en nuestra misma ciudad,  les falta mucho y nada de lo que está pasando es justo.

Perdonadme los más monárquicos, pero yo no quiero una monarquía que se va de safari y mata elefantes por diversión, no quiero una monarquía manchada por la corrupción, no quiero una monarquía impuesta que lo primero que está recortando es la libertad de expresión.

Perdonadme los más monárquicos, pero a mí, si hay un rey que me produce ternura, amor y sonrisas es sólo el Rey León. 

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Feliz jueves, amigos.

Lorena.

Mil millones de GRACIAS.

Hoy el martes viene con la sensación de ser jueves, mañana damos por finalizada una semana muy corta y nos vamos de puente! Yo, que me he querido adelantar, ya vengo de desconectar unos días en un pequeño y maravilloso paraíso como es el norte de España, en mi página de Facebook compartí una foto preciosa del lugar donde he pasado los últimos días, alejada de todo y dedicándolos para mí y los míos.

Hoy vuelvo con un nuevo post lleno de agradecimientos. Marcel Proust decía: “Seamos agradecidos con las personas que nos hacen felices, ellos son los encantadores jardineros que hacen florecer nuestra alma” y yo no puedo estar más de acuerdo. No hay nada más maravilloso que ser agradecidos y no podemos sentirnos más afortunados cuando tenemos motivos para dar las gracias. No me gusta la gente que se pasa la vida recalcando sus esfuerzos, todos hacemos esfuerzos cuando queremos conseguir algo, si fuese fácil, no resultaría tan excitante. Sin embargo, me gusta y mucho la gente que da las gracias.

Por ejemplo, lo primero que hago cuando me compro un CD (Sí, soy de las que todavía va a la tienda a comprar el CD) es abrir el libreto que lo acompaña con las letras de las canciones y buscar los agradecimientos… Cuando compro música, compro música de alguien que me gusta y descubrir algo por lo que se siente agradecido es una forma distinta de conocer al artista al que admiras. Es muy triste que haya personas que no tengan la necesidad de dar las gracias, cuando las gracias se pueden dar muchas veces a lo largo de todo el día… A la chica del supermercado que te acaba de cobrar, al chico de una tienda de ropa que te acaba de atender, al camarero que te acaba de servir el café… Pero, ¿y a todas las personas que no están haciendo su trabajo y hacen cosas por ti, simplemente por que te quieren?

Como bien sabéis muchos, Lo Que te Quería Contar es un blog  que ha estado arropado, abrazado y mimado desde el minuto cero… Y yo, ante eso, no tengo suficientes GRACIAS ni suficiente tiempo para darlas… Porque son eternas.

¿Cómo puedo agradecer yo que haya tanta, tantísima, gente que comparta mis palabras sin pedir nada a cambio? Esta gente sólo lo hace por ayudarme a conseguir sueños, lo hacen para que llegue a todas las personas posibles y lo hacen porque creen en mí… Y creedme que no hay palabras de agradecimiento suficientes.

Hoy quiero acercarme a cada uno de vosotros, y que me perdonen de ante mano aquellos a los que posiblemente me olvidaré…

Mil millones de GRACIAS a mis amores Zara (mi Cometa del alma), Xandrita, Gabri, Mireia, Marta, Patrick… que comparten todos y cada uno de mis posts en sus muros de Facebook para que todos sus contactos sepan que ha habido algo nuevo que quería contar, mil millones de GRACIAS a mi hermanito Diego (mi chachi) que tiene la capacidad de llegar a miles y miles de personas de todo el mundo a través de Twitter y ha hecho que mi blog llegue a tantos rincones y a tantas personas que gracias a él me adoran y me siguen, mil millones de GRACIAS a mi amigo Angel Capel, que no ha dejado de apostar por mí y repetirle a sus miles de seguidores que lean mi blog, mil millones de GRACIAS a mis amores Rebe, Alba (MJDMV), María Paula y mi brother David que sin pedir nada a cambio han retwitteado los posts y han repetido mil veces que creen en mí… mil millones de GRACIAS a mi querida amiga Sara Sálamo que directamente ha enlazado su cuenta oficial de Twitter a mi blog para que cada post salte ante sus miles de seguidores, mil millones de GRACIAS a la diseñadora Laura Daluna que me sorprendió el día del libro presentándome ante sus seguidores y recomendando mis relatos, mil millones de GRACIAS a los que en algún momento han compartido mis posts, mis enlaces, mis palabras, a los que me han mencionado y han pedido a la gente que me lea y siga, mil millones de GRACIAS a todos los que habéis invitado a vuestros amigos de Facebook a darle “me gusta” a mi página…

Y si todo esto me llena de orgullo y amor, imaginad como me siento cada vez que lo hacen personas que no me conocen absolutamente de nada, que sólo saben de mí a través de las redes sociales, del blog y las palabras… No puedo sentirme más orgullosa, querida y agradecida… mil millones de GRACIAS a Merche y su cuenta oficial del club de fans de Diego por mencionar cada post, mil millones de GRACIAS a Inma por compartir y comentar siempre, por hacer sus reflexiones de cada post y siempre tener palabras bonitas para mí, mil millones de GRACIAS a Sandra Torre y a Vichi por emocionarse y compartirlo conmigo, por compartir mis letras con todos los suyos y querer desconectar del mundo a través de este blog, mil millones de GRACIAS a Daniela por darme su opinión siempre y darme los buenos días cada mañana con un mensaje positivo y lleno de amor, mil millones de GRACIAS a la página en Twitter de Violetta en Venezuela, por hacerme llegar a tanta gente, mil millones de GRACIAS a todas esas niñas que desde Rusia apoyan incondicionalmente cada cosa que hago o escribo, mil millones de GRACIAS a los que me hacéis llegar a Brasil, Colombia, Mexico, Argentina, Chile, Italia… Gracias infinitas a todos, a todos los que alguna vez habéis interactuado conmigo, a todos los que alguna vez me habéis querido escribir y contarme vuestras historias, a todos y cada uno los que me habéis dado vuestra opinión sobre un post, tanto en Facebook como en Twitter, a todos y cada uno de los que me leéis desde el silencio y GRACIAS también a los que no os gusta y no lo decís, porque no podemos gustar a todo el mundo y seguro que también hay muchos de esos… Me olvido a muchos, seguro, pero sentíos reflejados en estas palabras, porque os aseguro que todos los que las leéis formáis parte de esto y yo sólo puedo dar las GRACIAS e intentar dar de mí mediante las letras, todo lo que recibo de vosotros.

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Hace casi una semana se celebró el día del libro, y como podéis imaginar es un día que me fascina, siempre me ha gustado que la gente potencie la literatura y me encanta que haya un día oficial en el que todo el mundo tome a los libros como los verdaderos protagonistas, ya sólo me queda la esperanza que todos aquellos que siguen el llamado postureo en las redes sociales leyesen de verdad todos aquellos libros que subieron en forma de imagen.

Os adelantaba en el anterior post que había sido cómplice de algo que estaba pasando en la biblioteca de l’Olleria aquel día y hoy te lo quería contar. 

Unas semanas antes, me contaron que para la diada de Sant Jordi, la biblioteca de l’Olleria había organizado una serie de actividades, las librerías del pueblo montarían stands en la calle y la gente pasaría por allí a comprar y compartir el dia del llibreMe propusieron ser cómplice de una sorpresa para la gente de mi pueblo y a mi no me pudo hacer más ilusión. Junto a un relato del autor Angel Cano Mateu, uno de mis relatos sería editado e impreso y se regalaría a todo aquel que participase en las actividades o comprase libros aquel día. Me parecía una idea maravillosa y para la ocasión elegí un relato ya publicado aquí en el blog; El juego prohibido, la pasión y la mentira (lo encontraréis en el apartado de “relatos”).

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No tardé en recibir mensajes, fotos y sonrisas a través de mi teléfono de la gente que me quiere, de los que me conocen bien y de los que no me conocen tanto, pero la gente de mi pueblo se alegraba por mí y todos ellos querían compartir la felicidad conmigo, no hay nada más bonito que eso. Siempre digo, y siempre diré, que mientras una sola persona se emocione con algo que yo escriba, me daré por satisfecha… No os imagináis lo bonita que es la sensación cuando alguien me dice que tiene los pelos de punta tras uno de mis posts, que ha llorado o que ha viajado por sus recuerdos y se ha emocionado… No hay nada, absolutamente nada, más gratificante que eso. Por eso no me canso de dar las GRACIAS, por eso sé que si todo ser humano se dedicase a hacer lo que realmente le gusta viviríamos en un mundo mucho más fácil.

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La biblioteca de l’Olleria, además, organizó un concurso de fotos a través de Instagram en el cual una de mis fotos quedó finalista y cuyo obsequio recogió mi madre orgullosa. Muchas veces me digo a mi misma lo mucho que me gustaría que l’Olleria tan sólo estuviese a media hora de Madrid para poder estar en momentos que lamentablemente me pierdo… El miércoles pasado fue uno de esos días.

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Invité a a gente a enviarme fotos y a compartir conmigo el libro con el relato de Angel y el mío… porque este post quería dedicárselo al día del libro  y a lo feliz que me hizo formar, de algún modo, parte de él… mil millones GRACIAS a todas y cada una de las personas que han querido hacerlo, que quisieron escribirme aquel día para contarme que mi relato impreso estaba en sus manos… Hoy quería que ellos fuesen protagonistas de Lo Que Te Quería Contar, porque la gente que arranca sonrisas merece ser protagonista, al menos en la vida de quienes las reciben.

Moltissimes gràcies a Loreto, Emma, Ania, Lurdes, Angi, Jesús, Patri, Jenni, Sheila, Mireia, Maria Oviedo, Sandra, Maria Albiñana, Rafa, Jose, Julio, Ylenia, Maria, Martina, Sara, Tamara i Valeria, Ivana, Carles, Paco, Maria José, Paco Borràs, Marta, Jordi, Elisa, Julia, Mari i Pepe.

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Muchas GRACIAS a todos, los que estáis de forma incondicional y los que han estado de pasada… Hoy esto es vuestro y las palabras sonríen y bailan.Que no paren las letras, que no paren los sueños…

MOLTES GRÀCIES.

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Imagen de “Elles Audiovisual”

Feliz martes, amigos.

Lorena.

Yo decido volver a mi infancia en una noche de terror…

Ultimamente me he dado cuenta que a la gente le gusta emocionarse. Me doy cuenta por lo que la gente me cuenta cuando me escribe, y me doy cuenta cuando observo a todos los que están a mi alrededor. Una de las formas por la cual el ser humano siempre se emociona es a través de sus recuerdos. Tanto de los buenos, como de los malos. Los recuerdos buenos nos emocionarán a través de la sonrisa y los malos a través del dolor. Emociones distintas, pero emociones, al fin y al cabo. Y sin ninguna duda, si hay recuerdos que a la mayoría consiguen emocionarnos, son los recuerdos de nuestra infancia.

Hoy me he despertado con muchas fotos en las redes sociales y muchos comentarios sobre la fiesta de Halloween. Esta fiesta, de origen anglosajón, llegó a Estados Unidos a través de los irlandeses que emigraron al continente americano, y en los últimos años, y cada vez más, se ha ido implantando en nuestro país.

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Hoy te quería contar que la primera vez que me disfracé por Halloween fue cuando tenía unos nueve o diez años, no más. Mis amigos del colegio y yo, nos disfrazamos y fuimos a casa de nuestros familiares para que nos diesen caramelos. Creo que éramos los únicos niños del pueblo que lo hicimos. Ahora, cada vez hay más niños que se disfrazan de muñecos terroríficos. Más allá de los niños, muchos adultos decidimos celebrar Halloween. Entre decoración, comida, amigos y risas, las veladas junto a esta tradición son cada año más frecuentes. A mí, personalmente, no es algo que me haga especial ilusión, me parece algo divertido, sin más, una buena excusa para juntarme con mis amigos y divertirme. Pero si no lo celebro, no sufro. ¿Seguirá siendo así para las futuras generaciones? Seguramente no. Esta fiesta se va a ir implantando cada vez más y seguramente los niños de ahora la van a ir celebrando cada vez con más intensidad. Todo cambia, y las tradiciones, a veces, también.

He empezado a hablarte de los recuerdos de mi infancia, porque si algo me ha encantado desde muy niña, han sido las películas de terror. Inexplicablemente, siempre me ha encantado la sensación de miedo y la necesidad de cubrirme los ojos frente al televisor cuando llegaban escenas que no era capaz de ver. Hoy, al ver a tanta gente colgando fotos de calabazas, brujas y fantasmas me ha venido a la mente una película que adoraba de niña, que muchos de vosotros conoceréis.

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El retorno de las brujas se estrenó en 1993, bajo la dirección de Kenny Ortega. Bette Midler, Kathy Najimi y Sarah Jessica Parker dan vida a las hermanas a las hermanas Sanderson, tres brujas que regresan del pasado en la noche de Halloween. La historia empieza en el año 1693, en Salem, cuando una niña es secuestrada por tres ancianas que pretenden robar la juventud de todos los niños del pueblo para ser cada vez más jóvenes y hermosas. Castigadas y ahorcadas por la muerte de la pequeña Emily, las brujas prometen volver algún día para seguir con su malévolo plan.

300 años después, Max (Omri Katz) se ve obligado a acompañar a su hermana pequeña (Thora Birch) en la noche de Halloween a recaudar caramelos y dulces. Max y su recién conocida amiga Allison, deciden visitar la antigua casa museo de la familia Sanderson. Allí, Max encenderá una vela y con esa llama las brujas regresarán del más allá.

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Divertida y apta para los más pequeños de la casa. Y para todos esos adultos, que siguen sabiendo y presumiendo del niño que vive en ellos, seguro que les gustará. A los que la vimos en nuestra infancia, siempre resultará un guiño y una sonrisa a nuestra inocencia seguramente ya perdida.  Porque, en el fondo, a todos nos encanta emocionarnos, recordar y regresar a los momentos más dulces de la vida,  y porque yo decido volver a mi infancia en una noche de terror.

Feliz noche de Halloween, amigos.

Lorena.

Cuando lo pienso, me duele.

Siempre he sido un poco vampiro. Siempre he sido de escribir por las noches y dormir por el día, aunque últimamente hago más lo contrario, ¿me estaré haciendo mayor? Siempre he sido más de noche que de día, más de verano que de invierno, más de chocolate que de vainilla, más de playa que de montaña, más de salado que de dulce, más de alegrías que de penas, más de series que de programas.

Con el cambio de temperatura de las últimas semanas, estos días ha llegado a mí uno de esos resfriados tontos que te arrancan las fuerzas del cuerpo y la mente, te hacen permanecer inmóvil en el sofá, aferrarte a la manta y beber caldos para recuperar la vida. Y claro, tantas horas de sofá y manta van acompañadas de televisión. De verdad que soy más de series que de programas, pero ayer después de las noticias, empecé a ver un programa que me rompió el alma.

Espera, te he mentido.

Intento ser más de alegrías que de penas, pero no siempre lo consigo. Aún con mi positivismo, creo que suelo llorar una vez al día. Melodramática desde la cuna, y sensible desde antes de existir, siempre hay algo que me emociona y me hace llorar. Pero bueno, dicen que igual de sano es llorar que reír, así que por ahí me salvo. Lamentablemente, en este país, ver las noticias o los programas de televisión, muchas veces e inevitablemente, es sinónimo de llorar.

Hoy te quería contar que ayer lloré viendo un programa de televisión de esos en los que la gente con pocos recursos pide ayuda. Gente con pocos recursos. Son tantos y tantos ahora mismo… ¿Os acordáis cuándo veíamos galas de televisión para recaudar dinero para niños de países tercermundistas? ¿Os acordáis cuando era despectivo ser mileurista? Ahora se recauda dinero para niños españoles, y quien gana mil euros al mes debe dar gracias cada día.

Entre todos es un programa de la uno de TVE, y ayer lo vi por primera vez. Hoy debatía con unas amigas sobre ello, y algunas me decían que no soportaban la dosis de sensacionalismo que se inyecta cada día en programas así. Yo, lamentablemente, sólo pude llorar. Quizás porque no necesito encender la televisión para ver como gente a la que quiero no llega a fin de mes, es más, gente a la que quiero no sabe ni cómo empezar el mes. 400 euros para mantener una familia, y en algunos casos, ni si quiera eso. Pero ese programa me hizo ver como aún queda gente buena en este país… gente realmente buena. Hubieron personas que llamaron para donar 50 euros, una señora llegó a donar tres mil. Llamó mucha gente. Ofrecieron dinero, casas, incluso trabajo. Es lo único que piden la mayoría de estas familias. Trabajo. ¿No era esto un derecho? La mujer que pedía ayuda tenía 5 hijos, y la mayor sólo tenía nueve años. Muchas noches no podían cenar, y os juro que en ningún momento la vi perder la sonrisa. Entre lágrimas, pero con una sonrisa. Volvemos a lo de siempre, ¿en qué país vivimos? ¿Cómo podemos permitir que nuestros representantes vivan en el lujo mientras un país entero está sufriendo? ¿Cuántos padres lloran cada noche por qué no saben que le darán de comer al día siguiente a sus hijos?

A mi perdonadme, pero a veces, insisto, programas de este tipo son necesarios para saber que lo que está pasando es real. Tanto los corazones envenenados de los que roban, como los corazones rotos de los que lloran. Y claro, la gente no tiene dinero. Incluso la gente que trabaja, no puede llegar a fin de mes. Si no tienes dinero para llegar a fin de mes, ¿cómo vas a poder pagar 8 euros por una entrada de cine? 

Como muchos sabéis, estos últimos tres días se ha celebrado la Fiesta del Cine. Casi tres mil salas en toda España se han sumado a esta promoción en la que sólo debías registrarte para poder disfrutar del cine por 2,90 euros. La semana pasada entrevisté a varios actores y directores sobre ello, y todos coincidían en que es necesario bajar los precios. La gente no tiene dinero, y la gente no va al cine. Punto. ¿Qué ha pasado? Pues que las salas que hace unas semanas estaban vacías proyectando maravillas, se han vuelto a llenar de color, ilusión y sonrisas. Las redes sociales se han hecho eco de cómo las colas de los cines en toda España eran realmente desbordantes. Señores políticos, a ver si les queda claro… Que no es que a la gente no le guste ver películas en pantallas gigantes, con una calidad maravillosa y un sonido increíble, que no es que no nos guste sentarnos al lado de gente que no conocemos de absolutamente nada para compartir risas o lágrimas por una historia que estamos viendo, que no es que no queramos sentarnos en butacas y disfrutar de las películas… Que no, señores, que no, que se están confundiendo. Que resulta que la gente no va al cine porque no tiene dinero. Porque una familia que tiene varios hijos, no puede permitirse el lujo de pagar 8 euros por cada uno de ellos… Y el error está aquí, señores. En ese 21% que nos han implantado. Que el cine es cultura, y la cultura NO es un lujo, la cultura es necesaria para educarnos, para formarnos e incluso para ilusionarnos.

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Yo de pequeña iba mucho al cine. La primera película que recuerdo haber visto en el cine fue Milagro en la ciudad, pero seguro que ya había ido antes. Iba al cine muchos fines de semana… con mis primos, mis padres, mis tíos… era una niña y sentía esa magia. Era un plan perfecto y a todos nos encantaba. Los cines estaban llenos, y la gente sonreía. Ahora las salas están vacías, y para muchos, ver una película se ha convertido en un capricho que darse de vez en cuando. Y así vamos por mal camino… ¿No deben, de verdad, plantearse las cosas? ¿No es mejor llenar salas cada día por un precio más reducido, que tenerlas vacías? Ya que han decidido retroceder en tantas cosas esenciales, a ver si retroceden por algo que nos beneficie. Dejen de recortarnos la vida y apuesten por facilitarnosla, ya verán como eso también funciona, y seguirán durmiendo tan tranquilos. De verdad, que luchar por el bienestar social no es peligroso.

Hoy me voy a dormir un poco enfadada. Me enfado mucho, ¿no es verdad? Perdonadme. Pero es que cuando pienso en lo que nos estamos convirtiendo, me duele.

Buenas noches, amigos.

Lorena.