Bajo la misma estrella…

 

Me despedí de Madrid justo una noche antes de mi cumpleaños. He estado de vacaciones. Necesitaba desconectar del mundo entero (y aún así no me resistí a subir alguna foto a mi Instagram). Llevaba unas semanas con una presión mental demasiado fuerte y nada buena, necesitaba desconectar de todo y todos, por eso no he escrito nada estos días, he tenido, incluso, la mayor parte del tiempo el teléfono desconectado (muy raro en mí).

Me encanta celebrar mi cumpleaños, lo celebro durante días, porque ese año ya no se repite y porque nunca más volveré a cumplir 27 años (si me pongo negativa, no sé si cumpliré los 28, como no lo sabes tú). Me gusta reunir a mis amigos y a mi familia, me gusta ver junto a mí a las personas a las que quiero y ver cómo reímos, nos abrazamos y nos queremos… Lo hacemos cada vez que nos vemos, pero ya os digo que mi cumpleaños es especial para mí. Me llenaron de felicidad (y de regalos). Sergio esperó al último momento de la última celebración para sacar sus regalos… El último venía con una nota “No puedo escribir un libro por ti, pero si puedo ayudarte a plasmarlo… Te quiero” Y dentro del paquete venía mi nuevo juguete, con el que hoy os escribo. Después me instalé junto al mar y dejé descansar la mente, me llené de paz y de energía, me olvidé del trabajo, del ruido y del tráfico de Madrid.

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De vez en cuando, me gusta leer libros sobre adolescentes… Supongo que siempre habrá algo en mí de aquella adolescente que fui. A nuestro adolescente interior le tenemos marginado. Nos encanta decir que aún queda algo del niño que fuimos, nos produce ternura y una sonrisa, en cambio, nunca reconocemos que queda algo de adolescentes en nosotros, porque es la época tonta, el paso entre la infancia y la madurez y reconocer que guardamos algo de eso nos pone la etiqueta de no estar preparados para presentarnos al mundo como verdaderos adultos. Soy una persona adulta y madura (creo), pero espero que siempre haya en mí algo de la niña y la adolescente que fui.

En mi adolescencia fui muy feliz, muchísimo. Ya no sé si es que siempre he sido feliz o es que, pasado el tiempo, sólo soy capaz de recordar y guardar las cosas buenas. Creo que más bien es lo segundo y creo que es algo bastante importante que todos deberíamos hacer.

El primer amor llega en la adolescencia y eso es indiscutible (aunque seguramente no el verdadero), pero todos creímos en algún momento que éramos las personas más adultas del mundo cuando sólo teníamos quince años y que jamás podríamos volver a querer tanto como queríamos a ese chico o chica que nos volvía completamente locos. Ese chico o chica por el que después lloramos, por supuesto, y creímos que el dolor era tan grande que jamás podríamos superarlo. Sonríes, ¿verdad? Porque al final lo superamos, y porque no somos tan distintos.

Antes de salir de casa sabía que tenía que escoger un libro. Iba a estar unos días relajada y sólo me apetecía perderme entre páginas de papel y alguna historia que no me pertenecía. Me acerqué a las estanterías del pasillo y eché un ojo a unos cuantos que llegaron hace poco, su portada azul me llamó la atención y al leer el título pensé que me sonaba, segundos después supe que me sonaba. La película está ahora mismo en el cine, lo había visto en los carteles del metro. Prometía ser romántico y bonito, así que… ¿por qué no? Lo metí en la maleta.

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Lo leí en dos días. A veces me reía y Sergio me observaba, yo no alzaba la vista, pero de reojo podía ver como él sonreía sólo por mirarme. Era una historia de adolescentes, en la que en momentos veía reflejada a la adolescente que alguna vez fui y de la que espero aún llevar algo dentro. Me pegué a la sombra de Hazel Grace y seguí, a su lado, cada uno de los pasos de la historia que ha protagonizado.

Hazel es una adolescente que tiene cáncer de pulmón. Dos tubos van enganchados siempre a su nariz desde una botella de oxígeno para ayudarla a respirar y alargar, de este modo, su vida. La vida que ella sabe que más pronto que tarde acabará. Hazel está cargada de sueños, es una chica dura y valiente con una sensibilidad poco común. Inteligente, divertida y coherente. Detesta a muchas personas, y quiere mucho a muchas otras. Una de las tardes en las que acude a un grupo de apoyo de adolescentes con cáncer conoce a Augustus, un chico guapísimo que no deja de mirarla. Su media sonrisa, un paquete de tabaco que nunca se fumará y sus ganas de vida, enamorarán a nuestra protagonista y a los que observemos en silencio. Gus es el chico divertido, bueno, detallista y sorprendente que todas quisimos conocer de adolescentes, un chico hecho de sueños que pocas veces encuentras en la vida real (para nuestra tranquilidad, a veces hay suerte y lo encuentras. Existir, existen).

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El daño colateral de esta historia es el cáncer, del que todos vamos a ser “víctimas” a través de estas páginas. Hospitales, enfermeros, familiares detrozados, sueños arrancados, lágrimas, gemidos de dolor, jóvenes, niños, mayores, enfermos, sanos… Todos tienen cabida en una historia que lamentablemente se encuentra en la vida de muchas personas alrededor del mundo. El final ya se anunciaba triste desde la primera página y yo lloré a mares antes de llegar a las últimas diez.

Os invito a leer el libro, sin ninguna duda.

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Efectivamente, lo he hecho y he visto la película.

Nunca un libro se compara con una película, aunque la obra cinematográfica sea buena, el libro es la historia que conseguirás hacer tuya, visualizando a tu antojo cada rasgo de la cara de sus personajes o cada detalle de su habitación. Esa es la magia de la literatura, que tu imaginación y las palabras se funden para dar rienda suelta a tus sueños.

Yo sabía cómo acababa la historia, y desde la mitad de la película empecé a llorar. Al final, todo el cine lloraba. La película me encantó, casi tanto como el libro. La verdad que es buena. La interpretación de los protagonistas es brillante, y aunque al principio me decepcioné un poco porque no eran la Hazel Grace ni el Augustus que yo tenía en mi mente, pero a medida que avanzaba la trama, supe que Shailene Woodley y Ansel Elgort encajaban perfectamente con los protagonistas del libro. Todas las escenas principales de la novela están representadas en la versión cinematográfica, citando frases textuales del libro en la mayoría de los casos y no dejando nada en el tintero. El libro es más profundo, pero eso ya sabéis que pasa siempre.

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Cuando lees un libro así, con una historia como la de Hazel y Gus, sabes que hay amores adolescentes que son eternos, primeros amores que no se suplantarán bajo ningún concepto. En la vida real, a veces, el verdadero amor llega mucho después de la adolescencia, pero aún así te emociona recordar la inocencia con la que lo sentiste. Cuando lees una historia como la de Hazel y Gus, sabes que la vida es demasiado injusta con quien menos lo merece y que los que merecen ser castigados, muchas veces, acaban disfrutando demasiado. El cáncer no entiende de corazones buenos y malos, llega sin más, eligiendo al azar a sus víctimas, a quien lo padecerá y a todos los que lucharán junto al enfermo. El cáncer me da miedo, mucho miedo.

“Llegará un momento en que todos estaremos muertos. Todos nosotros. Llegará un momento en que no habrán seres humanos que quedan para recordar a alguien que alguna vez existió o que nuestra especie nunca hizo nada. ¡No habrá nadie a quien recordar! Ni Aristóteles o Cleopatra, y mucho menos a ti . Todo lo que hicimos y construimos , escribimos , pensamos y descubrimos será olvidado y todo esto habrá sido en vano. Quizá ese momento es muy pronto y tal vez hay millones de años de distancia, pero incluso si sobrevivimos al colapso de nuestro sol, no vamos a sobrevivir para siempre…”

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Buenos días, amigos.

Lorena.

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Los ojos de Margarita.

Esta mañana me he levantado dando los buenos días en mi página de Facebook, anunciando que hoy venía con nuevo post y que vendría en forma de relato. También hablaba de mi necesidad y mis ganas de un cambio político y social en este país. LLevo todo el día tumbada en el sofá, malísima de la tripa, con dolor de piernas y brazos y con la sensación de no tener fuerza ni en los dedos, pero lo prometido es deuda y si yo he prometido un relato, un relato tiene que haber.

Por lo general, los relatos son de vuestros posts favoritos. Tanto, que a veces siento mucha presión a la hora de escribirlos, por si no cumplo vuestras expectativas o por si resulta que acaba siendo malo… Os dejo una nueva historia, para que hagáis como siempre quiero que hagáis, para que la leáis despacito, para que saboreéis las palabras y nos olvidemos durante un ratito de nuestras preocupaciones y nuestras vidas…. Que no paren las letras.

 

Los ojos de Margarita. 

Me resultan demasiado tristes las historias de amores imposibles. Me producen tanta tristeza que a veces prefiero no escucharlas, o no conocerlas. Me da pena la gente que ama de verdad y no consigue estar con la persona a la que desea. A veces, me planteo lo rápido que pasa el tiempo y me pregunto qué hemos hecho para que corra tan deprisa, me pregunto si nos hemos detenido a saborear de verdad la vida, o si simplemente nos hemos pasado la mayor parte de ella sufriendo por unas cosas u otras. Mi padre me dijo una vez que el ser humano es así, que no sabe disfrutar sin más, que la vida nos pone obstáculos para que aprendamos a sobrevivir, a ser fuertes, a superar problemas, miedos y desgracias. A mí, desde pequeño, eso me ha asustado mucho.

Me miro las manos y todavía no soy consciente de que todo ha pasado, las arrugas me recorren la piel, las manchas y los lunares son sólo las manchas de un viejo que lleva corbata y un pañuelo de tela guardado siempre en el bolsillo. Inexplicablemente, hay un momento en tu vida en el que sabes que ya no queda mucho tiempo. El paso de los años es importante en esta idea, por supuesto, pero es verdad cuando sabes que con ochenta años aún te queda toda una vida y cuando sabes que la vida se está acabando… Hace meses que tengo un fuerte dolor en el pecho y los médicos lo sentenciaron como un cáncer de pulmón que me va a arrebatar los suspiros en cuestión de semanas, o meses. Miro a mi alrededor y creo que he podido y he hecho todo lo mejor que he sabido, pero también creo que he tenido un sufrimiento aferrado al alma desde hace demasiados años.

Todavía es pronto, siento que aún tengo muchas cosas por vivir, tengo muchas cosas por hacer y sé que ya no hay remedio. Mi nieta mayor, Patricia, está a punto de dar a luz a su primer hijo, mi primer bisnieto y yo eso no me lo quiero perder. A veces, lloro por la noche porque tengo miedo. A mi edad todavía existe el miedo. Me siento afortunado por conservar mi salud mental en perfecto estado, por ser capaz de recordar cada momento de mi vida. María, mi esposa, murió hace más de una década, dejando a su familia sin el pilar que la sostenía. Mis hijos y nietos vienen a visitarme y mi hija Paquita no deja de cocinar para mí ni un sólo día. Es una santa, una mujer buena y noble, con una vida feliz y un marido que la cuida y la quiere. Era la que más unida estaba a su madre y sé que nunca ha podido, ni podrá, superar su pérdida.

Por alguna extraña razón, llevo varios días soñando con unos días que quedan tan atrás que ahora dudo si de verdad han existido o si los sueños me confunden. En cuestión de segundos sé que fue real, porque todavía recuerdo sus ojos y puedo sentir su aroma. Y eso, también eso, me asusta.

La vida en el pueblo era una vida humilde y tranquila. Sólo tenía siete años cuando oí a mi madre gritar. A mi padre, hombre bueno y trabajador donde los hubiese, lo acababan de encontrar muerto en el campo, mientras labraba la tierra. Un accidente me dijeron que había sido, años después supe que le habían pegado un tiro por tener una ideología distinta a la de sus asesinos, por querer luchar por sus derechos y buscar un futuro mejor para los suyos. Desde niño, acudía a la iglesia sólo para oír el viejo piano que tenía don Raimundo, el párroco de mi pueblo. Una noche, él se presentó en casa y habló con mi madre en la cocina, susurraban y llegué a entender que hablaban de mí, de mi futuro como músico y de mis dotes para ello. Tenía quince años cuando dejé a mi madre y a mis hermanos solos en el pueblo y me trasladé a Valencia capital a vivir con mi tía Remedios, que se había casado con un hombre rico y respetado. Gracias a los contactos de mi tío, al que yo no soportaba, empecé a estudiar música y a dar clases particulares a hijos y vecinos de sus amigos. Con el dinero que ahorraba, conseguía ayudar a mi familia y ser feliz trabajando en lo que más me gustaba.

Conocí a Margarita una tarde de enero. A las cinco estuve puntual en su casa para dar su primera clase de piano. Por aquel entonces, las mujeres de cuna alta, se refinaban a través de la música y finos vestidos de seda que cosían para ellas. La piel, pálida y delicada se escondía bajo una melena aterciopelada de color caoba y en su cara dos ojos verde esmeralda daban luz a aquella estancia. Jamás había visto nada igual, ni mujer más bella, ni mirada más pura. Supe que iba a enamorarme de ella hasta el fin de mis días. Semana a semana fuimos compartiendo melodías, notas y aprendizaje. Era inteligente, divertida, risueña y atrevida. Una tarde, antes de marcharme me preguntó si estaba libre la tarde siguiente y asentí.

Nos encontramos a las cuatro en la Estació del Nord y paseamos por las calles del centro mientras sus padres creían que ella estaba merendando churros con chocolate en casa de una de sus amigas. Tarde a tarde, fuimos haciendo de los encuentros nuestra rutina, y de la rutina nuestras vidas. No nos cogíamos de la mano por la calle, pero reíamos y compartíamos nuestros sueños. La besé por primera vez en una de nuestras clases. La besé durante muchos meses, en el cuello y en los labios, le acaricié el pelo, la piel, las piernas y los secretos. La hice mía tantas veces como la soledad nos lo permitía… Me miraba fijamente a los ojos y yo me perdía en ese mar que me regalaba su mirada. Margarita era el amor, Margarita era mi vida.

Una tarde, al llegar a casa, mi tío me esperaba fumando una pipa al lado de la ventana, mientras mi tía Remedios sollozaba en el sofá. Tenía las maletas listas y no querían volver a verme nunca más. El padre de Margarita, un empresario de renombre y con el poder de tener a toda la ciudad comiendo de su mano, había intentado organizar el matrimonio de su hija, cuando ésta se negó y dijo que ya estaba enamorada. Llamó a mi tío y le aseguró que le arruinaría los negocios y su fortuna si no me hacía desaparecer, juró matarme con sus manos si me veía. A mí, un chico de pueblo, de campo, a cuyo padre habían asesinado por pertenecer a un bando político y no a otro, a mí, a un pobre profesor de piano. No supe qué decir, me volví cobarde y me ahogué en el miedo. Cogí mis cosas y miré a mi tía, alcancé a ver en sus labios un “lo siento” empapado por las lágrimas que corrían en forma de cascada. Me fui de allí.

Durante dos tardes esperé en la puerta de la estación, a las cuatro en punto, como tantas otras veces. Al tercer día volví al pueblo. Me rendí a los tres días, me rendí por amor, por cobardía y por su bienestar. Ella no podría ser feliz conmigo, tenía pocos bienes que ofrecerle, ella estaba en otro mundo, en uno inalcanzable en el que yo sólo entraba para servirle, un mundo donde se aprendía a tocar el piano porque lo marcaba la sociedad y el estatus, un mundo en el que se fabricaban vestidos de seda a medida.

Años me costó superar aquello. A través de mi madre, que seguía hablando con mi tía, a quien nunca más volví a ver, me enteré que Margarita estuvo destrozada, que estuvo meses encerrada, llorando, sin comer, sin ganas de nada. Me enteré que con el tiempo se había casado con un amigo de la infancia, que la amaba, que la hacía feliz y la cuidaba. Me enteré que había sido madre cuando yo ya tenía a Juan, mi segundo hijo.

María fue una buena mujer, era maestra y adoraba el arte. Le encantaba escucharme tocar el piano, aunque a mí cualquier melodía, después de mis años en Valencia capital, me resultaba triste. Fuimos un matrimonio muy feliz. Me quiso con todo su corazón y yo la quise todo lo que pude. La respeté, la cuidé y juntos formamos una familia maravillosa, de gente buena, honrada y trabajadora.

No me gusta escuchar historias de amores imposibles, siempre me ponen muy triste.

Inexplicablemente, llega un momento en tu vida en el que sabes que no queda mucho tiempo. Te planteas qué has hecho mal, qué has hecho bien, y por qué el tiempo y los años han corrido tan deprisa.

Esta mañana, le he pedido a mi hija Paquita que coja el coche y me lleve hasta Valencia capital. Me enteré hace años que había heredado el señorial piso del cetro donde vivía con sus padres, donde tantas tardes de clases de piano compartimos, donde la besé una y mil veces y donde hice el amor como, lamentablemente, no recuerdo haber vuelto a hacer nunca.

Me miro las manos y todavía no soy consciente de que todo ha pasado, las arrugas recorren mi piel y me atrevo a entrar en ese edificio dónde observo un sólo nombre en el buzón. Margarita Martínez. Sólo su nombre. El de nadie más.

Mi hija Paquita ha aprovechado para hacer unas compras en la ciudad y yo he cogido el elegante ascensor hasta el piso tres. El portón de madera y pomo dorado aguarda en silencio. El timbre suena como si no hubiese pasado el tiempo. Tras la puerta abierta una mujer con cabellos blancos, elegante, distinguida, firme, serena, preciosa. Las arrugas le besan las mejillas y un sello imborrable ilumina su cara. Sus ojos verde esmeralda y el mar que en ellos habita me miran en silencio y se llenan de lágrimas. Sólo soy capaz de pronunciar a media voz, con el llanto en el pecho: Margarita

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Gracias Gabo…

Sé que muchos esperabais que el siguiente post fuese la continuidad del relato que os dejé con el final a medias. Os prometo que la segunda parte de Por amor al arte llegará estos días, pero tras las vacaciones de Semana Santa y un intento fallido por desconectar del mundo, hoy debería dedicar unas humildes palabras a quien me regaló tantas palabras mágicas. Hoy te lo quería contar.

Estos días atrás a penas he estado mirando el móvil, no he visto las noticias en televisión ni un sólo día y no he leído los periódicos. Leía vuestras menciones en Twitter y poco más. La noche del jueves fue la única noche que sin saber muy bien por qué leí unos cuantos Tweets de todos aquellos a los que sigo… Tweets y RT… La noticia ya ocupaba todo el protagonismo en Twitter. No lo podía creer. Me crujió el alma.

Como bien os decía en mi página de Facebook, la vida está inevitablemente condenada a la muerte, pero cuando muere alguien tan grande entre millones y millones de personas… El corazón duele. Inevitablemente me acordé de José Luis Sampedro y ese post que les dedicaba a él y a su Vieja Sirena hace unos meses… Y otra vez la literatura llorando de rabia, y las letras gritando de dolor.

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Como a muchos los grandes, Amparo, mi profesora de literatura del instituto, se encargó de presentarmelo. El amor en los tiempos del cólera fue nuestro primer contacto, nuestras primeras caricias, mi amor incondicional por él, a primera vista. Aquella historia me enamoró por querer hacerla tan mía que quise compararla con un pequeño trozo de mi vida. En el protagonista, Florentino Ariza, enamorado toda su vida de la protagonista, vi un reflejo basado en la inocente y soñadora adolescencia de mi misma. Durante muchos años, le recordé esta historia a un chico que me había gustado desde siempre con el que durante muchos años soñé que me casaría. Con el tiempo, él se convirtió en mi amigo y pude explicarle cómo años atrás leyendo las palabras de García Márquez y una historia de amor que había costado más de 53 años para hacer feliz a su protagonista, había pensado en él y había sonreído al saber que nada es imposible y que el tiempo en el que estemos vivos será nuestra garantía para poder cumplir todo aquello que soñamos, sin importar el cómo y el cuándo. Quizás, simplemente por esto, aquella se convirtió en una de mis obras favoritas de todos los tiempos.

En mi primer año de universidad y con la moda aún creciente de celebrar el “amigo invisible” por Navidad, uno de mis profesores propuso hacer un amigo invisible en el que sólo se pudiesen regalar libros. A Ana, a quién por aquel entonces a penas conocía y con quien unos años después compartiría uno de los mejores viajes de mi vida, no dudé en regalarle un libro de uno de mis escritores favoritos y recuerdo que en la dedicatoria le puse que sólo esperaba que lo disfrutase tanto, como lo había disfrutado yo. La obra elegida fue Noticia de un secuestro.

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García Márquez es uno de esos escritores que forman el boom latinoamericano, uno de esos genios que han dedicado su vida al arte, a las letras y las palabras. Además de escritor, su vida ha tenido una larga trayectoria en el mundo del periodismo, aunque él estudiase derecho. Recuerdo cuando hace años se publicó aquella carta de despedida en la que sólo quería recalcar las cosas importantes de la vida y como mi amiga Norma me la envió en un e-mail para que me emocionase tanto como lo había hecho ella…

Yo, con una ideología bien lejana al catolicismo y a su iglesia, no dudé quien era el verdadero protagonista de este jueves santo que dejaba sin un brazo a la literatura contemporánea. Me emocioné de ver a tantísima gente citándole en las redes sociales y deseé que todos ellos le hubiesen leído, al menos, alguna vez. Me emocioné de ver a la literatura tan viva y saber que muchos genios fueron reconocidos también en vida. A García Márquez su Premio Nobel de Literatura en el año 1982 no le supuso el premio a una carrera literaria finalizada, el reconocimiento a un “ya está todo hecho”. Por el contrario, jamás dejó de escribir. Nos ha dejado una herencia literaria que viajará por los años, por los tiempos y las generaciones, y nosotros, estemos donde estemos, podremos contar, hasta que la vida nos lo permita, que estuvimos vivos en aquellos años en los que él todavía escribía historias, hacía reflexionar al mundo y creaba arte con sus libros y sus cuentos.

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En el año 2000, un año después de que le diagnosticaran un cáncer linfático que finalmente ha acabado con su vida, decía en una entrevista a El Tiempo en Bogotá:

Hace más de un año fui sometido a un tratamiento de tres meses contra un linfoma, y hoy me sorprendo yo mismo de la enorme lotería que ha sido ese tropiezo en mi vida. Por el temor de no tener tiempo para terminar los tres tomos de mis memorias y dos libros de cuentos que tenía a medias, reduje al mínimo las relaciones con mis amigos, desconecté el teléfono, cancelé los viajes y toda clase de compromisos pendientes y futuros, y me encerré a escribir todos los días sin interrupción desde las ocho de la mañana hasta las dos de la tarde. Durante ese tiempo, ya sin medicinas de ninguna clase, mis relaciones con los médicos se redujeron a controles anuales y a una dieta sencilla para no pasarme de peso. Mientras tanto, regresé al periodismo, volví a mi vicio favorito de la música y me puse al día en mis lecturas atrasadas”

Escribió por pasión, por vocación y nos regaló al mundo entero miles de páginas llenas de sabiduría, verdad, crítica, vida, política y amor… Y yo sólo puedo estar agradecida.

Duele el corazón cuando del mundo desaparecen personas tan necesarias, tan sabias. Cruje el alma cuando un genio muere.

“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”

Entre otros, la crónica de una muerte anunciada nos parecerá cien años de soledad en las memorias de sus putas tristes

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GRACIAS GABO. 

Feliz lunes, amigos.

Lorena.

Por amor al arte… (Parte I)

Hace días que una historia me viene rondando la mente, una historia que tenía muchas ganas de plasmar y compartirla con vosotros. Una historia que mi mente, que siempre va más allá de la realidad, ha creado para convertirla en relato. Tendríais que verme… Estoy muerta. He llegado de trabajar y mi cuerpo me pedía a gritos que me tumbase en el sofá, que descansase y me pusiese a leer un rato, pero hoy tenía que escribir. Necesitaba hacerlo.

Voy a aventurarme a hacer algo que no sé si saldrá bien… Os traigo un relato para que lo leáis despacito, como a mí me gusta… Pero sólo os traigo la primera parte. Todavía no sé si lo publicaré en dos partes, o en tres, porque os tengo que confesar que aunque ya sé el final, no he tenido tiempo real para poder terminarlo. Quiero leeros, quiero que me digáis cómo creéis que va a acabar la historia, qué creéis qué va a pasar… Hace unas horas he publicado en Twitter lo mucho que me gusta observar a la gente en el metro, lo mucho que me gusta ver lo diferentes que nos creemos y lo parecidos que realmente somos. Con nuestras preocupaciones, nuestras alegrías, nuestros sueños y nuestras realidades… Quiero saber si al final de verdad no somos tan distintos, quiero saber qué pensáis al leer esta historia y qué imagináis que pasará o qué os gustaría que pasase…. No sé si saldrá bien, no sé  si habrá quien lea esto y no lo encuentre interesante y por ello no lea lo que vendrá más adelante…. Pero me apetecía jugar, y hoy te lo quería contar. 

Poneos cómodos, porque empezamos….

POR AMOR AL ARTE

Estaba nerviosa, claro que lo estaba. Era la primera vez que él iba a ir a su casa, y eso para una chica siempre es algo importante. Todo tenía que estar perfecto, el aroma de la casa tenía que saber a paraíso, la cena preparada, buena música de fondo, la mejor ropa interior, las copas relucientes, las ganas gritando, el alma bailando.
Claro que se había enamorado. De hecho, se había enamorado de tantos chicos que ya no sabía cuál había sido el primero, los había ido olvidando, tachando de una lista que guardaba su mente y que sabía que a él no le hacía gracia que conservara. Sin ninguna duda, él era su gran amor, él que había llegado por casualidad y le estaba regalando los mejores meses de su vida… Él que tanto la quería y tanto la protegía…

Fue puntual, la verdad es que siempre lo era. A las nueve y media, como un clavo, un mensaje en el móvil para que le abriese la puerta. Apareció con su mejor sonrisa y en su mano unos pasteles que anunciaban ser lo más light del postre… Él… tan guapo, tan cariñoso, tan carismático, tan atento, él que tan bien olía…

-Bonita casa… ¿Suelen viajar mucho tus padres?

-La verdad es que no… Tenemos una casa en el norte y es al único sitio al que van, se escapan al menos un fin de semana al mes y eso les hace olvidar toda la rutina. Allí desconectan del mundo y sienten paz…

Se puso a mirar las fotos del salón y sabía que la pregunta estaba al caer. Aquella foto en la que ella estaba sola, riendo en la playa, con el cabello flotando abrazándole la cara, su sonrisa siempre intacta, la luz de sus ojos verdes, la piel tostada… Era preciosa. Siempre lo fue.

-¿Quién es esta chica?

-Lucía… Mi hermana.

-¡Vaya! Nunca me habías dicho que tenías una hermana…

-Murió hace cinco años…- Y aún se le encogía el alma.

-Pequeña… lo siento. No sabía nada, ¿por qué no me lo habías contado nunca?

Nunca hablaba del tema, el dolor era tan fuerte que era imposible sacar el tema. Ellas, tan distintas y tan iguales… Lucía, su hermana mayor, su primera amiga, su mayor confidente, su alma gemela… Lucía que enamoró a todos con su simpatía, con su ternura, tan delicada, tan alocada, tan frágil, tan serena, tan dulce, tan risueña, tan divertida, tan inteligente, tan educada… Lucía era la hermana que todos quieren tener, la amiga que todo el mundo desea, la hija perfecta, la alumna ejemplar, la novia ideal, la chica hecha de sueños que vivía llena de ilusión…

-¿Cómo fue? Era preciosa…

-Se suicidó.

Y claro… El silencio inundó su casa. Inundó su velada, su cena perfecta, su cita idealizada… Se deslizó hasta la cocina y él la siguió… La abrazó despacio, la acarició con ternura, sin decir nada la abrazaba a gritos, diciéndole que no pasaba nada, que él estaba ahí, para salvarla de todo…

Aquella noche fue perfecta. Tras la cena, pusieron música y se sirvieron unas copas… Decidieron hablar… Hablar durante horas, abrir sus almas y sus recuerdos, llegar a conocerse cómo no lo habían hecho nunca… Bebieron toda la noche, entre confesiones y lágrimas, entre risas y caricias, entre besos que acabaron en fuego en la cama… manos entre las piernas, fuerza en los cuerpos, locura… eso era su amor. Locura, locura que sentían el uno por el otro.

Le había conocido hacía cinco meses, casi por casualidad. María, su mejor amiga, llevaba días diciéndole que aquel chico no paraba de mirarla… Se conocieron en la biblioteca, entre apuntes y libros, en medio de una agotadora época de exámenes… Era verdad. Aunque no quisiera reconocerlo, ella también se había dado cuenta que aquel chico no dejaba de mirarla. Aquella tarde, María tuvo que llevar a su gata al veterinario y salió antes… Ya había anochecido y sabía que sus padres no soportaban que ella llegase tarde.

Lo que le pasó a su hermana les pilló a todos desprevenidos, nunca habrían imaginado que alguien como ella estuviese sufriendo por algo y que ninguno hubiese sido capaz de saberlo. Sentían la culpa de no poder haberla ayudado. Llevaba un tiempo rara, pero ella sabía que era porque estaba enamorada. Había conocido a un chico del cuál no hablaba. Nunca le había contado nada, a ella, que era su hermana pequeña, en quien siempre confiaba. Jamás le había dicho su nombre, nada. Pero le quería, le quería mucho. Desde que estaba con él estaba cambiada, más distante, más defensiva… Y mientras su madre se preocupaba, su padre siempre decía que la dejara, que era joven y eso eran cosas de la edad…. Aquella noche sonó el teléfono… Se había tirado por el puente… al río, sin decirles nada, sin dejar que le dijesen nada. Todavía recuerda el grito desgarrador que salió de la boca de su madre, recuerda como su padre se hizo pequeño en cuestión de segundos y como ella sintió que la vida se acababa. Jamás podrán superarlo, porque esas cosas no se superan, aunque escuchaba a sus padres decir que tenían que ser fuertes porque les quedaba ella, porque tenían que hacerlo por ella, pero ella sabía que sus padres habían muerto aquella noche, bajo aquel puente y las aguas de ese río… En ocasiones efímeras, llegó a odiar a su hermana, odiaba su egoísmo por haberles destrozado la vida, por haberles dejado sin ella, por haberse marchado cuando más felices eran, cuando todo estaba perfecto y no faltaba absolutamente nada… Luego, se arrepentía de esos pensamientosy lloraba durante días… Jamás podría culparla por aquello… Porque estaba segura que su mente le había jugado una mala pasada y si había sido capaz de hacerlo era porque había dejado de ser ella… La echaba mucho de menos. Su casa no volvería a ser la misma, su habitación, todavía intacta, parecía que seguía guardando su perfume y esa magia que la caracterizaba… Aquello era, sin duda, lo más doloroso que podía pasar en la vida.

Cerró los libros. Salió de la biblioteca antes de que fuese más tarde y mientras andaba, bajo el silencio de la noche y acompañada por la tristeza del frío del invierno, sintió como alguien caminaba justo detrás de su espalda… Paró en seco y sintió como una sonrisa, sin sentido, le iluminaba la cara. El chico de la biblioteca, tímido y con una media sonrisa dibujada en los labios, le preguntó por qué se reía… Y a ella le pareció tan divertido que le dijo que pensaba seguirle, pero ya que lo había hecho él, le parecía todo muy fácil.

-Historia del arte…- Dijo él mirando los libros que ella sostenía.

-Por amor al arte…- Dijo ella jugando a hacerse la interesante.

-¿Me dejarás invitarte a un café?

-Mañana a las cinco, en la puerta de la biblioteca.- Dijo tajante. Dio media vuelta y se fue andando tranquilamente mientras sentía como él, con esa tímida sonrisa, la perseguía con la mirada.

Era muy guapo. Era tan guapo que casi no se lo podía creer. Llamó a María y le contó lo sucedido, le pidió, con ese tono de voz cómplice que sólo ponen las amigas de verdad, que no fuese con ella al día siguiente a la biblioteca. Quería estar con él, y quería conocerle… “Estás loca”, le decía a carcajadas.

A las cinco la esperaba en la puerta. Con su pelo despeinado, su abrigo marrón y sus gafas de sol… Era el chico más guapo que había visto jamás. Dicen que sólo se puede creer en el amor a primera vista en el momento en el que te sucede… Lo suyo, aunque tardó varios días de miradas en dar sus frutos, estaba claro que había sido un flechazo, una locura, una historia de amor que todo el mundo desearía tener… Ángel parecía un regalo que alguien le había querido enviar. Con él olvidaba los problemas, las tristezas, y sentía los revuelos en el estomago que la hacían estar viva, llena de sueños, llena de ilusión, de ganas, de fuerza, de risas…

Aquella noche, en su casa, él le había contado cosas que sólo ella conocería… Cosas que se quedarían enterradas en los besos, la comprensión, las penas, las lágrimas, el amor y el alcohol… Le habló de su soledad, de lo solo que se sentía… Sus padre, empresario de éxito, a penas se daba cuenta que tenía un hijo. Todos sus caprichos y gastos materiales estaban solucionados. Absolutamente todos y de todo tipo, pero estaba solo. Solo frente a un mundo que le atemorizaba y ahora que la había encontrado a ella era feliz… Muy feliz.

Al poco tiempo de conocerla, le regaló un viaje a Roma, a ella que estudiaba historia del arte, por amor al arte, su estancia tendría lugar en una suite maravillosa donde todos sus deseos se harían realidad, dónde sólo existirían ellos y el mundo a sus pies… Sus padres, siempre creyeron que estaba con María en casa de unas amigas cerca de la playa pasando el fin de semana. Le dolía en el alma tener que mentirles, pero si hubiesen sabido la verdad no la habrían dejado irse… Ángel no quería que hablase de él a sus padres, temía las relaciones familiares y creía que serían más felices así… Ella, también prefirió ahorrarse las presentaciones oficiales, en su casa se respiraba un ambiente demasiado gris, totalmente justificado, que contagiaba la tristeza y la clavaba a puñales en el alma.

Sin querer hacerlo, era cierto que hacía demasiado tiempo que no pasaba una tarde con María, pero no le gustaba que ella se lo reprochase. A veces pensaba que su amiga sentía celos de verla tan feliz… Sentía ser así, pero el poco tiempo que tenía después de las clases quería pasarlo con él, deseaba estar a su lado, abrazarle, besarle, verle sonreír…

El sol bañaba los pies de la cama y el olor a jazmín entraba por la ventana, en aquella habitación se respiraba paz…. Se respiraba amor. Cuando él se despertó la encontró mirándole, con aquella sonrisa dulce que tenía, con el pelo enlazado bajo una suave trenza, con los ojos llenos de sueños y la vida en los labios… La besó, se besaron. Hicieron el amor con ternura, con una suavidad que pronto estallaba como un volcán en erupción… Sus cuerpos hechos uno, sus piernas cruzadas, él dentro de ella, ella cabalgando sobre él… Ellos, sólo ellos, convertidos en un solo ser.

-Tengo una sorpresa para ti, pequeña…

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Disfrutad mucho todos aquellos que os vayáis de vacaciones por Semana Santa…

Buenas noches, amigos!!!!

Lorena.