Sólo a ti te pertenece.

Hoy es uno de esos días en los que llevo todo el día pensando en un nuevo post. Me acabo de sentar frente al ordenador y la verdad que no sé ni sobre qué tema escribir… El otro día, una fiel lectora del blog me pidió a través de Twitter (mi cuenta como muchos ya sabéis es @lorenacorcoles) que escribiese un relato sobre un tema delicado y le prometí intentarlo.

Ojalá pudiese daros un abrazo y un beso a cada uno de vosotros, por hacerme tan feliz cada vez que me comentáis, me compartís o me leéis, cada vez que alimentáis esta ilusión y estas ganas de crear historias y hacer que siempre tenga algo nueva que os quiera contar. 

Leed despacito, como siempre os digo, como siempre hacéis…

Sólo a ti te pertenece.

Recuerdo perfectamente cuando no tenía más de seis años y en el colegio empezaban a hablarnos del cuerpo humano. Aquello me parecía tan fascinante que al volver a casa le dije a mi madre que de mayor quería ser médico, porque pensaba que sólo de esa forma conseguiría conocer cada rincón que se esconde dentro de nosotros. Con el tiempo, y con la idea totalmente metida en mi cabeza, descubrí también que los médicos curaban a las personas, salvaban vidas y además ayudaban a los bebés a nacer y yo quería ser parte de todo aquello.

Siempre fui buena estudiante, con unas notas normales, pero con el esfuerzo y la constancia que mis padres me habían inculcado desde muy niña. Siempre tuve una envidia muy sana de mi amiga Paula. Ella, sólo necesitaba leer por encima los apuntes para sacar una notaza, cuando yo me tiraba tardes enteras entre libros para poder conseguir buenos resultados, nunca excelentes. Mis profesores siempre hablaban de lo orgullosos que se sentían de mi por todos los esfuerzos que hacía. Cuando hice la selectividad, sucedió lo que todos temíamos, mi nota no alcanzaba para que pudiese ir a la facultad de medicina, y como ya sospechábamos que esto pasaría, aposté por mi segundo opción: enfermería. Recuerdo mis años de universidad como los mejores de mi vida. Dicen que esos son los amigos que se quedan para siempre, los que conoces en esa etapa y esos años cruciales de madurez y experiencias. Me esforcé muchísimo, dediqué todo mi tiempo, mi cuerpo y mi alma a sacar buenos resultados y a ir aprobando curso por año. Lo conseguí. De hecho, mi expediente conserva unas notas mucho mejores de las que hubiese imaginado. Mi primer contacto fueron mis prácticas y supe, más que nunca, que aquello era a lo que yo me tenía que dedicar.

Corren unos tiempos difíciles, a veces, incluso me asustan. Las oportunidades laborales son escasas y la mayoría de mis compañeros de promoción no trabajan de aquello que estudiamos juntos, con tantas ganas e ilusión. Muchos de ellos se han ido fuera del país, y algunos trabajan de enfermeros fuera de aquí. Se me parte el alma cuando lo pienso. Son felices, trabajan y aprenden otro idioma. Tienen lejos a su familia, a sus amigos y a su vida, y sé que sufren, como yo sufriría. Desde hace poco más de un año soy muy feliz y me siento afortunada por tener un trabajo al que acudir cada día y un sueldo que llega a mi cuenta de forma puntual a final de mes.

En una residencia de ancianos se ve absolutamente de todo. Desde personas que son plenamente felices por estar allí, rodeadas de personas de su misma edad, personas que sufren y lloran en silencio porque se sienten abandonadas y necesitan y quieren estar ahí fuera, en sus calles, en su casa, haciendo una vida normal, a personas que no son conscientes ni de donde están.

Maribel llegó hace seis meses y desde el primer momento me robó el corazón. Desde siempre, las personas mayores han causado en mi una ternura infinita, sobre todo y no me preguntes por qué, los ancianos con el pelo blanco. En ellos siempre he visto reflejadas a la sabiduría y la bondad. Las personas mayores, sólo por todos los recuerdos y experiencias que llevan consigo mismas, son verdaderos tesoros de la naturaleza, que merecen el cariño y respeto de todo el mundo. Los primeros días Maribel casi no hablaba, se quedaba horas sentada al lado de la ventana y aunque yo insistía e intentaba darle conversación, ella me contestaba con monosílabos. Una tarde, con una sonrisa, me acarició la mano y me dijo que era muy linda.

Uno de sus hijos la visita casi todas las semanas. Sus nietos vienen a verla una o dos veces al mes. Está y se siente sola. Una tarde de domingo, en mi día libre, me vestí y vine a visitarla porque sólo quería estar con ella, sentada con ella y hablar con ella. Quería escuchar sus historias y envolverme de su magia…

Maribel mezcla el tiempo y el espacio y repite la misma historia mil veces. Me habla de su padre, de su madre, de sus hermanas, de sus días en el pueblo, de lo mucho que le habría gustado poder ir al colegio. Y siempre, siempre habla de Antonio, el gran amor de su vida.

Una tarde, cuando su hijo vino a visitarla, le pregunté por su padre, Antonio.

-¿Antonio? Mi padre se llamaba Miguel y falleció hace cinco años.

Asentí en silencio y pedí disculpas por haberme confundido. Al llevarle la cena, aquella noche, le pregunté:

-Maribel, ¿quiere hablarme de Antonio?.- Y a ella se le escapó una sonrisa dulce, pícara, de niña pequeña, como si el tiempo se hubiese detenido muchos años atrás.

Antonio y yo nos conocimos siendo unos críos. Mi padre no lo veía con buenos ojos. Él era más mayor que yo y venía de una familia todavía más pobre que la mía. Mi padre nunca habría visto a nadie bien para mí, porque yo era la niña de sus ojos. Antonio era de mi mismo pueblo y por aquel entonces a penas podíamos vernos. No podían vernos a solas por la calle, ni podíamos cogernos de la mano. Pero yo le quería, le quería tanto que le pedí matrimonio. ¡Fijate tu! Yo, que era una niña, que no sabía de nada y me quería casar con él, y además, no podía esperar a que él me lo pidiese. A mi padre no le quedó otra opción que aceptar mi decisión y desde ese momento quiso a mi novio y futuro esposo como a un hijo suyo. Mi Antonio era el hombre más bueno del mundo, era guapo, trabajador y estaba loquito por mí. Hicimos el amor dos meses antes de la boda, porque a mi me gustaban los retos y yo venía siendo revolucionaria desde la cuna y no entendía esa estupidez de tener que pasar por la iglesia primero. Aquel fue el día más bonito y feliz de mi vida. Mis padres estaban elegantes, mis hermanos muy contentos, y nosotros éramos los novios más guapos del mundo. Nos casamos en la pequeña iglesia de la plaza del pueblo, y después nos fuimos todos a la casa de mis abuelos, que tenían un patio bien grande, a comer chocolate y bizcochos. Eran otros tiempos y con muy poco conseguíamos ser felices. Dos meses, sólo dos meses de casados, cuando una mañana de sábado, tumbados en la cama, mi Antonio no se despertó. Por aquel entonces nadie sabía de qué había sido, no es como ahora que te lo dicen todo, pero sentenciaron que había sido un paro del corazón. Yo me desperté al lado de mi marido muerto y mis gritos se oyeron en todo el pueblo. Grité y lloré durante días y meses, y del disgusto perdí al hijo que llevaba en mis entrañas, sin nosotros saberlo. Mi vida estaba perdida. No quería levantarme de la cama y le suplicaba a ese Dios que me prometían que existía a que se me llevase a mi también, al ladito de mi Antonio, porque él se había llevado mis ganas de vivir y de seguir en este mundo. No quería que los años siguiesen y pasarlos sin él. Y mira bien lo que he aguantado…

Tres años después, y con el luto todavía, me mudé con mi hermano y su mujer a la ciudad para poder cuidar de mi sobrino Juanito. Allí conocí a Miguel, que me devolvió la ilusión y la vida. Él fue el padre de mis hijos y junto a él formé la maravillosa familia que tengo, mis seis hijos preciosos y mis catorce nietos. No ha habido ni un sólo día de mi vida en el que no me haya acordado de mi Antonio y de aquel hijo que no llegó, ni un sólo día en el que no me haya preguntado cómo habría sido mi vida con ellos y en el que no me haya lamentado por no tenerlos. Jamás he superado aquello. Mis hijos, no saben que yo me había casado antes. Miguel y yo decidimos que así fuese. Yo guardaba mi dolor en forma de secreto y ellos creían que su padre era al único hombre al que había amado en mi vida…”

Maribel lloraba a moco tendido como si fuese una niña mientras me miraba a los ojos y me apretaba la mano. Entendí su dolor a través de su mirada y se me partió el alma al ver a esa mujer, que no conseguía recordar prácticamente nada de su vida. Las pocas veces que sus nietos se dignaban a visitarla ella los confundía, incluso, en los días malos, ni si quiera los reconocía.

Maribel me miró sin saber por qué lloraba y me preguntó dónde estaba su hermana, le expliqué que no estaba y que ella estaba hablando de Antonio y su juventud.

-Quién es Antonio?.- Me dijo.

Nunca he sabido si aquella historia era real o no. Desde aquella noche, Maribel jamás volvió a hablarme de Antonio, aunque seguía viajando en el tiempo y mezclado su presente y su pasado. A veces, pensaba que aquella historia había sido producto de su imaginación, y otras veces, pensaba que aquella tarde, tras pronunciar aquellos recuerdos en voz alta, los había eliminado en un suspiro de su alma, había eliminado el dolor callado. Los recuerdos son uno de los tesoros más valiosos que poseemos, y si ahora mismo me preguntasen con qué recuerdo de mi vida me gustaría quedarme, no sabría la respuesta. Por alguna extraña razón, Maribel había querido guardar en su cabeza aquella historia a la perfección, aunque seguidamente no supiese de lo que hablaba, aunque jurase que su hermana había venido a visitarla o aunque repitiese la misma cosa una y mil veces.

Creo que no es justo que el tiempo haga con nuestra mente lo que hace. El Alzheimer es capaz de arrancarnos nuestras vidas, la única vida que tenemos está compuesta por nuestras vivencias, por nuestros recuerdos y por todo lo que hemos ido creando y consiguiendo a lo largo de los años. Pero un día, llega esta enfermedad y de la forma más cruel te lo arrebata, llevándose consigo algo que sólo a ti te pertenece.

Esta mañana, cuando he llegado a trabajar me han anunciado que Maribel murió anoche, mientras dormía, en silencio y soledad, con días a la espalda sin recibir ni una sola visita de esa familia que tanto había querido, esa familia a la que tanto había ayudado y cuidado. He ido a su habitación y con un dolor que me pesaba en el alma y sin poder parar de llorar, he decidido empaquetar sus cosas, guardar en una caja los marcos de fotos que envolvían su habitación, y meter en bolsas su ropa. He visto la Biblia sobre su mesilla, esa Biblia de la que no se separaba nunca. Me he acercado y la he acariciado en silencio, como si algo de ella todavía estuviese en esa habitación, conmigo. Yo, atea hasta la médula, he cogido el libro para guardarlo entre sus cosas cuando algo ha resbalado y ha caído suave y lento. Me he agachado para cogerlo y he tenido que sonreír mientras lloraba… En esa fotografía, en blanco y negro, arrugada por el tiempo, por el dolor y los recuerdos, podía verse a una joven Maribel, con la sonrisa en los labios y la vida en la mirada, feliz e ilusionada,  abrazada a un hombre alto y guapo el día de su boda. Detrás, escrito a boli y con una letra casi borrada por los años e ilegible por la caligrafía he podido llegar a leer: “Siempre tuyo. Antonio.”

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

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¡¡¡Ganamos las chicas!!!!

¡Qué pesados son los lunes y qué poco nos gustan! Yo suelo odiarlos, como estoy segura que los odias tú, pero la verdad que hoy he tenido un lunes muy bonito, lleno de reencuentros con amigos a las que no suelo ver y eso siempre trae mucha paz y felicidad. Además, hoy me he levantado llena de energía positiva y es quizás por todo lo que viví ayer y lo que hoy te quería contar.

Los que me conocen de hace tiempo, se sorprenden cuando saben que he empezado a interesarme por correr y hacer deporte… Pero la verdad es que cada vez me gusta más. Hace un mes me enteré que en Madrid se iba a celebrar la décima edición de la carrera de la mujer y siendo por la causa que era, no me lo quería perder. Más de treinta mil mujeres corriendo juntas por un solo motivo: la lucha contra el cáncer de mama. El centro de Madrid vestido de color rosa y las emociones a flor de piel (ya me conocéis…)

El deporte es capaz de unir muchos corazones y a muchas personas de distintas edades, culturas e ideas… Pero el deporte unido a una causa solidaria es capaz, y me di cuenta ayer, de mover montañas. A las ocho de la mañana los metros estaban abarrotados de chicas vestidas de rosa, a ninguna nos importaba el madrugón, estábamos felices e ilusionadas. Jamás imaginé que una carrera pudiese resultar ser algo tan emotivo…

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Me emocioné al ver a una chica hacerse una foto con una pancarta que decía: “Este año corro por ti, el año que viene correremos juntas” (todavía se me ponen los pelos de punta al recordarlo), me emocioné cuando vi a chicas en sillas de ruedas dispuestas a estar ahí apoyando la causa, me emocioné cuando vi a madres con sus hijas, cuando vi a niñas pequeñas, me emocioné cuando vi a señoras que podrían ser mi abuela, me emocioné cuando vi a gente sosteniendo carteles en los que pedían que no se recortase más en sanidad, me emocioné cuando vi a mujeres con esta maldita enfermedad y su pañuelo rosa sobre la cabeza, me emocioné cuando vi a gente con pancartas dando ánimos desde sus terrazas o desde cualquier punto del recorrido, me emocioné cuando vi a hombres con pelucas apoyando a sus mujeres y amigas, me emocioné cuando vi a mi amiga Pilar ahí a mi lado, embarazada, aunque sólo pudo llegar al quilómetro dos (pero sé que el año que viene correremos juntas empujando el carrito de Jorge), me emocioné de ver a tantas, tantas personas emocionadas, entregadas, unidas y solidarizadas por un tema tan delicado como éste…

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Me emocioné al pensar en todas esas mujeres que padecen ahora mismo esta enfermedad, me emocioné al pensar en todas las que a lo largo de la vida no han podido vencer la batalla, me emocioné al pensar que cualquiera de nosotras podríamos ser cualquiera de ellas… Me emocioné al pensar en las hijas, en las madres, en las amigas, en las tías o las sobrinas de las víctimas del cáncer y sonreí al pensar que ahí estábamos, todas unidas, luchando las unas por las otras.

Cada inscripción valía diez euros, y más de treinta mil personas se inscribieron y a mí eso me hace muy feliz. Somos solidarios y nadie debe hacernos cambiar eso, aunque nos recorten la vida y los sueños. Es realmente triste pensar que todos tenemos algún familiar, una amiga, una vecina o una simple conocida que haya sufrido esta enfermedad. Nos encontramos ante una lucha constante, ante una batalla que todos, hombres y mujeres queremos ganar, queremos unirnos, queremos gritar, queremos luchar con fuerza para vencer… Todos queremos luchar en esta guerra, luchar los unos por los otros, porque esta es la única guerra que debería existir y es la guerra en la que sólo se debería ganar.

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Lamentablemente, el cáncer gana a veces, sin entender de edad, de sexo o emociones… Sin entender situaciones, ni vidas… Da igual, tu y yo, todos somos víctimas, todos podemos serlo. Ayer, hoy y mañana muchas personas lucharán contra el cáncer de mama, lucharán ellas, lucharán sus maridos, sus hijos, sus médicos… Pero sé que ayer, en esa carrera, me llené de emociones, de energía, de ganas de vivir, de ganas de superarme, de disfrutar, de exprimir lo bueno, me llené de sonrisas, de lágrimas, de compañerismo, de buena energía… Porque el maldito cáncer gana a veces, pero ayer el centro de Madrid se vistió de rosa y lo aceptó en silencio, orgulloso y con una sonrisa, lo aceptaron sus calles y su gente… Porque ayer, sin ninguna duda…. ¡¡¡GANAMOS LAS CHICAS!!!!

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Gracias a Sandra, Pilar, Carmen y Sara por hacer que viviésemos juntas esta aventura. Felicidades a todas las participantes, y a las que no han participado nunca os animo a que lo hagáis. Es una experiencia maravillosa y la carrera de la mujer se celebra en cualquier ciudad. Porque juntas debemos correr esta carrera cada día. Mucho ánimo y cariño a todas esas mujeres que luchan cada día, a sus familias y a sus amigos… Correremos por vosotras, correremos con vosotras y lucharemos juntas.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.