La vuelta al cole depende de ti

Madrid hoy ha amanecido totalmente gris y envuelto por una lluvia que iba siendo ya más que necesaria. Poco ha durado, la verdad, pero parece que, por fin, el calor asfixiante ha pasado y que el otoño, tímidamente, va asomándose por la ventana. Atrás quedan los días de playa y las vacaciones (al menos para mí) y, sin ninguna duda, la rutina va cobrando su forma y un claro ejemplo de ello es la vuelta al cole. Niños y niñas cargados de ilusiones, mochilas, libros nuevos y reencuentros con amigos, llenan las aulas de todo nuestro país y en una fecha tan señalada para ellos es esencial hacer hincapié en algo que realmente me preocupa y que hoy te quería contar… 

No soy madre (bueno madre perruna sí, claro, pero no es el caso), pero tengo primos pequeños, hijos de amigas y niños a los que quiero muchísimo y a los que no me gustaría ver sufrir por nada del mundo. Siempre he pensado que no puede haber nada peor para unos padres que el sufrimiento de sus hijos y aunque haya miles de campañas contra el bullying, desgraciadamente, este tema está a la orden del día, ¿qué podemos hacer frente a eso?

Justo ayer vi un vídeo que alguien compartía en Facebook denunciando el acoso a un niño en el baño de su colegio, sólo era uno el que atacaba, pero varios los que grababan y reían, siendo cómplices de un acoso y un trauma que a mí me encogió el corazón.

Nosotros, los adultos, tenemos el poder de que la vuelta al cole cambie. Creo que sería esencial que los niños vean en su casa el claro ejemplo de tolerancia y que los padres, desde bien pequeños, les acostumbren a no ver diferencias en los demás. Por ejemplo, sé que el día que tenga hijos, ellos crecerán rodeados de chicos que tienen novio, de chicas que tienen novia, y de parejas compuestas por hombres y mujeres porque yo tengo amigos homosexuales, amigas lesbianas y amigos heterosexuales por igual e intentaré desde que sean pequeños que eso sea lo más natural para ellos, que entiendan que el amor es libertad y que hay niños que tienen dos papás, dos mamás o un padre y una madre y entre ellos no hay ninguna diferencia.

Si acostumbramos a nuestros hijos, primos, hermanos, alumnos, si hablamos con ellos y les explicamos que no hay niños raros, que todos somos iguales, que todas las familias valen, quizás ellos lo vean como algo tan normal que no se preocupen en buscar la diferencia. No hay ningún niño que sea inferior por ser más tímido, más bajito, por estar más gordito o más delgado, por llevar gafas, porque le guste jugar con muñecas, por tener otra cultura o por haber nacido en una familia diferente a la nuestra. La educación es esencial y aunque en esta sociedad quedan muchos pasos gigantes por dar, nosotros y nuestros descendientes somos el futuro para mejorarla y ahí es donde tenemos que actuar. Los más pequeños vuelven al cole pero la forma en la que vuelvan, por supuesto, depende de ti, de mí, de nosotros. 

El bullying es un tema que me preocupa muchísimo, de verdad, y ya lo reflejé en un relato que forma parte de mi libro Me Olvidé Decir Te Quiero y otros relatos cortos y estoy segura que quienes ya lo hayáis leído os habéis acordado de inmediato de A Todo Cerdo Le Llega Su San Martín. Por favor, que el respeto, la tolerancia, la diversidad y la educación estén por encima de todo. Nos lo merecemos, se lo merecen.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

 

Me gusta todo, menos tú.

Como cantaba mi amigo Mario en una de sus canciones: algo estamos haciendo mal. No ha sido nuestra culpa, o tal vez sí, pero algo estamos haciendo mal.

Hoy te quería contar algo en lo que todos deberíamos estar de acuerdo, con nuestras diferencias y preferencias, pero con las ideas superficiales, al menos, iguales. El problema es que estamos de acuerdo muchos, pero no todos, y ahí es cuando algo falla, porque algo falla.

Hoy quiero hablarte de lo mucho que me gusta el país en el que vivo y lo poco que me gustas tú. Quizás suena un poco frío, pero es la verdad.

Me gusta mucho mi país, es un país bonito, aparentemente tranquilo… Me gusta su sur, con sus rincones, sus colores, su calorcito, su arte, su acento, su clima, la gracia de su gente… Me encanta su norte, con esos paisajes de ensueño, tan verdes, tan bonitos, su agradecido fresquito en verano, sus lluvias, su comida, la bondad de su gente… Me gusta Barcelona, por ejemplo, la ciudad de mi libro favorito, la ciudad que para mí es un sueño, tan cosmopolita, tan avanzada siempre, me gusta su gente, su idioma, me gustan sus valores… Me gusta (y mucho) la capital de mi país, esta ciudad que he hecho un poco (bastante) mía,  me gustan sus calles, su vida, su mezcla, su cultura, sus pocas ganas de dormir, me gusta su gente, sus costumbres… Me gustan todos los rincones de mi país, unos más bonitos que otros, cada uno con sus cosas, una maravilla en su conjunto… Me gusta, por supuesto, Valencia, mi tierra, mi casa, me gusta el clima del Mediterráneo, su comida (¡viva la paella y la cassola!), me gustan sus playas, sus fiestas de Moros i Cristians, me gusta su lengua, me gusta su gente…

Me gustan tantas, tantísimas cosas… Me gusta todo, menos tú.

Vivo en un país precioso, de verdad te lo digo. Un país donde se hablan varios idiomas, un país que me transmite buen rollo, energía y felicidad. De mi país me gusta casi todo, y digo casi, porque no me gustas tú.

Me gusta mi país, me gustan sus médicos, me gustan sus profesores, me gustan sus periodistas, me gustan sus músicos, me gustan sus actores, sus directores de cine, me gustan sus escritores, me gustan sus deportistas, me gustan sus profesionales, porque los hay, perfectamente preparados y capacitados en cualquiera de los ámbitos. Me gusta su historia, su cultura, sus monumentos, me gusta la Giralda, la Sagrada Familia, la Catedral de Santiago, La Alhambra, El Palacio Real o La Puerta del Sol… Me gusta todo esto que se ha ido conservando y cuidando a lo largo de los siglos, con el paso de la gente y del tiempo.

No me gustas tú, porque lo estás destruyendo casi todo.

Vivo en un país maravilloso, con personas maravillosas… Pero siento una vergüenza extrema cada vez que veo a cualquiera de los políticos que creen que nos representan. Vivo en un país donde la corrupción está a la orden del día, donde nos roban por todos lados y  donde se consiente. Vivo en un país donde roba todo el mundo que tiene el mínimo poder, desde el alcalde de un pequeño pueblo hasta el yerno del rey, y eso me llena de tristeza, de rabia y de impotencia.

Vivo en un país dónde algunos tapan a los que roban, los esconden, y si salen a la luz, se atreven a justificarles. Vivo en un país donde nos han recortado en sanidad, siendo una de las mejores de Europa, donde nos han recortado en educación, tan básica y esencial, vivo en un país donde violan su cultura, manteniendo un IVA del 21%.  Vivo en un país donde siento tanta tristeza…

Supongo que muchos sabéis que mi lengua materna es el valenciano, es mi primer idioma, y en valenciano me he criado y educado. He estudiado en valenciano e incluso hice la selectividad en valenciano. Siempre he defendido mucho mi lengua, tan digna, tan bonita, tan nuestra… El valenciano es mi familia, mi pueblo, mis amigos de siempre, es mi tierra, es mi historia y es mi cultura.

Hace unos meses, al comenzar las fallas, la alcaldesa de Valencia (no voy ni a escribir su nombre, no quiero manchar este post) daba un discurso lamentable inventando todas y cada una de las palabras que pronunciaba en valenciano. Mi lengua, y la de muchos. No pude sentir más vergüenza… ¿Cómo una señora que cobra un sueldo que multiplica el de cualquier trabajador no sabe ni si quiera hablar el idioma de su tierra, el idioma oficial de la ciudad a la que representa? ¿No os parece surrealista? Desgraciadamente, esto no fue lo peor. No lo fue. Mientras las redes sociales se llenaban de comentarios y de videos sobre el discurso, mientras la mayoría de los ciudadanos no daban crédito a lo que había sucedido… Pasó algo realmente alucinante, que os prometo me hace plantearme dónde está la razón del ciudadano y dónde está la cultura de las personas. Lo peor, para mí, fue que hubo gente que se atrevió a salir en su defensa, se plantó ante el balcón del ayuntamiento con pancartas como “¡Viva nuestra alcaldesa!” o “Yo con el valenciano también me lío, pero de Rita me fío” (esta última me mató). Os prometo que tenía ganas de llorar…

Que los políticos nos roban es un secreto a voces, pero que se destapen constantemente tramas de corrupción y que la mayoría de ellos estén tranquilamente en la calle, cobrando sueldos de por vida y riéndose a carcajadas de todos los ciudadanos me da mucho asco. Hace unos días salían a la luz unas facturas de esta misma señora, la alcaldesa de Valencia, en las que se reflejaba que en los peores momentos de la crisis gastaba dinero de forma desorbitada, en cosas innecesarias como suites de hoteles, comidas de lujo, bebidas alcohólicas o coches privados con chófer… Mientras tanto, miles de ciudadanos se preguntaban cómo poder pagar las facturas de luz y agua, cómo comprar los libros de los colegios de sus hijos o cómo poder darles de comer en condiciones. Cuando los periodistas le preguntaron, tuvo la poca vergüenza de responder, para justificar estos elevados gastos, que no quiere “cutrerías” para Valencia. Ay, perdone, ¿es que ese dinero estaba siendo destinado a un colegio, a un hospital, o a un parque infantil? Porque me pierdo.

La alcaldesa de Valencia sólo es una entre cientos. Todos ellos me dan asco, mucho asco,  pero quien no me gusta eres tú. Si, tú, el que les vota, el que aún sabiendo todo eso, les apoya, como si a ti no te estuviesen robando nada, como si sólo me lo estuviesen robando a mí.

frases-del-economista-jose-luis-sampedro-306533_562190567143008_1299037760_n

Dentro de unos días empieza mayo, uno de mis meses favoritos, con su día uno como festivo: el día del trabajador. Yo estoy muy contenta porque ese día descanso. Desde hace unos años me acuerdo de todos los que tenemos suerte de tener un trabajo, pero, sobre todo, me acuerdo de todas esas personas que llevan mucho tiempo luchando por un trabajo digno. Me acuerdo de todos esos padres de familia que ya no encuentran trabajo porque “ya son muy mayores”, me acuerdo de todas esas mujeres que luchan incansablemente por poder tener un trabajo y mantener sus familias y sus hogares… Me acuerdo de todos y cada uno de esos jóvenes licenciados, brillantes, con un curriculum impecable, que están trabajando de camareros o limpiando hoteles en cualquier rincón de Europa, me acuerdo de los que tuvieron más “suerte”, y ejercen su profesión y vocación en otro rincón del mundo, con la consecuencia de estar lejos de su gente, de sus familias, de sus casas, de sus ciudades y sus calles… Y entonces, me vuelve a invadir la pena. Entonces me acuerdo de todos estos malditos políticos corruptos, a los que la gente ha elegido para representarles, para que luchen por sus derechos y mejoren su bienestar social, pero no lo han hecho, y aún así, les vuelven a votar. Entonces me acuerdo de esa gente que les vota y me encantaría que me explicasen por qué lo hacen y entonces pienso “tenemos lo que nos merecemos”, pero no, no nos lo merecemos. Se lo merecen los que les apoyan, pero no nosotros, no el resto.

Trabajar es un derecho, pero mientras miles de personas en mi país no tienen un trabajo digno, mientras miles de personas no tienen trabajo, sus políticos roban y viven vidas de lujo.

Vivo en un país muy bonito, te lo prometo… De él me gusta todo, menos tú.

snte

Buenas tardes/noches, amigos.

Lorena.

A todo cerdo le llega su San Martín.

Como muchos ya sabéis, llevo ya más de una semana de vacaciones y aún me quedan unos días más. Después de haberme perdido durante una semana por un exquisito paraíso como es el norte de España, ayer por fin llegué a mi pueblo para pasar aquí unos días con mi familia y con mis amigos de siempre, para disfrutar de mis queridas fiestas de Moros y Cristianos y para estar en el que siempre será mi lugar favorito del mundo, porque no hay nada como estar en casa.

Me tomé unos días de desconexión, pero aún siguiendo de vacaciones era necesario volver con vosotros, con algo nuevo que hoy te quería contar.

Mi vuelta viene en forma de relato. Hace un tiempo, una lectora del blog me escribió para pedirme que escribiese alguna historia sobre el acoso escolar, algo que ella había sufrido. No sé qué le pasó realmente, por lo tanto, esta historia, como todos mis relatos, es pura ficción. El acoso escolar es un tema que me produce una tristeza infinita y es un tema tan delicado que me daba muchísimo respeto tratarlo. Sólo espero que, como siempre, leáis despacito y saboreéis la historia.

Ya me contaréis qué tal.

A todo cerdo le llega su San Martín

En el momento que el mal de una persona te alegra, sabes que eres mala persona.

Siempre fui una persona más preocupada por el futuro que por el presente. Estaba siempre pensando cómo sería todo dentro de tantos años, o cómo quería que fuese. Quizás, la única razón era que quería escapar de la realidad.

Nunca tuve amigos, la verdad es que no era por qué no quisiese tenerlos. Más bien, el resto de niños decidió rechazarme de una forma totalmente gratuita y a día de hoy me sigo preguntando qué generó todo aquello, dónde, cómo y cuándo empezó… Lo que está claro es que empezó desde donde mi memoria es capaz de empezar los recuerdos de mi vida.

A veces, le preguntaba a mi madre qué era lo que hacía mal para que el resto no me quisiese, a ella se le llenaban los ojos de lágrimas y me decía que yo no hacía nada mal, que eran esos niños que resultaban ser tan estúpidos que se estaban perdiendo la oportunidad de poder conocerme y dejarme formar parte de su vida. Con el tiempo, además de hacerte fuerte y ser capaz de poder vivir sin esas personas, eres consciente de lo mucho que sufren los padres. No hay nada peor que ser un niño marginado o maltratado psicológicamente que el dolor de unos padres que ven cómo marginan y maltratan a su hijo, y luchan contra la impotencia y el dolor que no quieren demostrar en casa.

Me miraba al espejo y me preguntaba a mí misma qué era lo que fallaba… No había nada fuera de lo normal, era una niña como las demás, quizás un poco más gordita, más sensible y más tímida, pero, ¿de verdad eso hacía que no tuviese amigos? Es más, ¿de verdad eso hacía que el resto de niños me insultase y me intimidase? Se reían a carcajadas cuando me ponían la zancadilla y me caía, cuando me insultaban hasta conseguir que empezase a llorar y me fuese corriendo, cuando me robaban el bocadillo en el recreo o cuando me quitaban la mochila y se la pasaban entre ellos cómo si fuese una pelota de baloncesto.

Los profesores daban charlas y castigaban, intentaban hablar con los padres e intentaban concienciar a los alumnos del daño que estaban haciendo, pero a ninguno de ellos les importaba. Después de cada charla, todo se incrementaba, a todo lo demás se añadían “chivata”, “bocazas”, “friki”, “niñata”… Aprendí a refugiarme en libros y música que no hicieron más que hacer mi alma mucho más sensible y, a su vez, mucho más fuerte. Las historias de los cuentos y las canciones me hacían escapar de la realidad y sólo en esos momentos conseguía respirar con tranquilidad y no llorar. No quería ir al colegio, siempre quería estar enferma y a veces soñaba que Marta, la niña más guapa de la clase, se convertía en mi amiga del alma, y otras veces soñaba que yo era quien empujaba a todos y cada uno de mis compañeros del colegio mientras lloraba y les preguntaba cuál era su problema.

El tiempo no consiguió calmar aquello. Tuve la infancia más triste del mundo, a pesar de los esfuerzos incansables de mis padres por darme amor y hacerme sentir especial. Fuera de las paredes de mi casa, una dura y cruel realidad envolvía mi triste vida. Me pusieron gafas cuando cumplí los nueve años. Por supuesto, jamás tuve una fiesta de cumpleaños llena de niños. En mis cumpleaños estaba mi familia, mis abuelos, mis tíos y algunos de mis primos, aunque el más pequeño me sacaba cinco años. Nunca tuve hermanos.

Me miraba al espejo con aquellas gafas de pasta transparente que ya sabía que me iban a causar la ruina. Dos días me duraron, dos días en los que se reían y me llamaban “cuatro ojos”, “cegata”… Dos días hasta que Juan Luis, el graciosillo de la clase, respaldado por el resto, me las quitó de la cara y las estalló contra el suelo… Lloré sin parar y llegué a casa con un ataque de ansiedad porque sabía que mis padres no tendrían dinero para pagar otras, me sentía culpable y quería desaparecer.

Algunas noches, escuchaba a mi madre llorar y mi corazón se encogía. Yo la estaba haciendo sufrir. Su niña pequeña, su única niña, su sueño, y era un bicho raro al que nadie quería, me sentía tan culpable que siempre quise pedirle perdón por existir.

Cuando empezó el instituto, las cosas no mejoraron mucho, pero algo mejoraron. Allí conocí a Sandra, una niña que acababa de llegar nueva al instituto y a la que la gente no le prestó mucha atención. Me acerqué tímidamente y cagada de miedo y le dije mi nombre. Ella me sonrío y mi alma se tranquilizó. Era la primera vez que una niña me sonreía. Se convirtió en mi mejor y única amiga.

Mientras saboreo este café y absorbo un cigarrillo tras otro, se me oprime el corazón por sentirme bien por el mal de otra persona, me siento cruel y aunque no me reconozco, sé que algo dentro de mí esperaba este momento, el momento del dolor ajeno. Me es inevitable no acordarme de aquel día.

Cuando cumplí quince años, la adolescencia hacía un efecto bastante negativo en mi físico. El acné protagonizaba mi cara y la verdad es que estaba mucho más gordita que el resto de mis compañeras del instituto. Con el tiempo, si cabe, fui haciéndome más introvertida y Sandra seguía siendo mi única amiga, el problema es que desde hacía unos meses estaba saliendo con un chico y a penas la veía. Podemos decir que estaba sola, sola con mis libros y mi música. Los demás chicos de mi edad empezaban a salir por la noche y yo me pasaba los días en casa, iba al centro comercial con mis padres e intentaban entretenerme con juegos de mesa el fin de semana después de cenar. Imagina lo divertido que puede resultar eso para un adolescente.
Como cualquier chica de mi edad, empecé a fijarme en los chicos, aunque yo fuese invisible para ellos. Dani me volvía completamente loca. Había llegado dos años antes al instituto porque la empresa de su padre le acababa de trasladar a nuestra ciudad. Era tan, tan guapo… Por supuesto, con ese físico, le costó bien poco colocarse en una posición privilegiada entre el resto de alumnos y sobre todo de alumnas. Estaba segura que jamás me había mirado, no sabía ni que yo existía, y era consciente que jamás podría alcanzar a un chico como él, pero me recordaba tanto a esos chicos que me gustaban de las películas, a los que imaginaba en las historias de los libros que fue inevitable enamorarme de él. Los insultos y las burlas en el instituto casi pasaban desapercibidos, porque ahora tenía un motivo para ir a clase y era poder verle, aunque fuese de lejos.

Una mañana, en el recreo, mientras me comía mi bocadillo al lado de Sandra y su chico, Dani, respaldado por sus amigos, todos esos que durante años me habían hecho la vida imposible, se acercó a mí y me dijo que el sábado iba a hacer una fiesta en su casa y que podía ir si quería. Me temblaron las piernas y el alma y no pude ser más feliz. La suerte estaba de mi lado y parecía que ya podía empezar a tener vida social o al menos la vida normal de cualquier adolescente. Sabía que él era distinto al resto, además de perfecto.

Le conté a mi madre lo que había pasado mientras comíamos un plato de cocido y su mirada se cruzó con la de mi padre en un silencio que me resultó excesivamente molesto. Me dijeron que no creían que fuese apropiado que acudiese a la fiesta. Esa gente me había hecho mucho daño y no se merecían que perdiese tiempo de mi vida con ellos. Me enfadé muchísimo. Les grité y les dije que no entendían nada, que por fin iba a poder tener amigos y que iría a esa fiesta sí o sí. Me levanté de la mesa y me metí en mi habitación tras un sonado portazo. Nunca les había gritado a mis padres y no podía dejar de llorar, del enfado que tenía con ellos y de mi comportamiento injustificado. Seguro que sólo intentaban protegerme, al fin y al cabo, yo siempre había sido un bicho raro y les costaría asimilar que pudiese tener una vida normal.
Mi madre entró en mi habitación y me dijo que había hablado con mi padre, que lo sentían mucho y que si de verdad me apetecía ir a esa fiesta, podría ir. Es más, habían decidido llevarme al centro comercial para que eligiese algo de ropa que estrenar en la ocasión.

Me llevaron en coche hasta la casa de Dani, estaba muy, muy nerviosa. Me dejaron en la puerta y me repitieron una y otra vez que les llamase si no estaba cómoda, que nuestra casa sólo estaba a diez minutos en coche y que podrían venir a recogerme cuando quisiese. Les dije que no se preocupasen porque todo saldría bien. Los hijos siempre creemos que no hay nada por lo que preocuparse.

Me abrió la puerta Ainoa, la chica que peor me caía de todo el instituto. La guapa oficial, la que todo el mundo adoraba y quien me parecía la persona más cruel que había conocido jamás. Con su risita burlona al verme ya me puse nerviosa, tragué saliva y decidí entrar sonriendo, Dani me había invitado y nada podía salir mal. Por supuesto, la gente había llegado mucho antes que yo, estaban bebiendo alcohol, algo que yo nunca había probado, y estaban bailando desenfrenados una música que estaba bien lejos de mis gustos musicales. Nadie, absolutamente nadie me saludó. No veía a Dani por ningún lado, así que decidí sacar valor de donde fuese e integrarme. Era mi oportunidad. Me acerqué a la mesa y observé las botellas, ¿qué me podría gustar de todo aquello? Cogí una botella con un líquido transparente donde ponía “vodka” y miré a mi alrededor, dios mío, había todo tipo de refrescos, así que me arriesgué y eché coca cola. Y ahora, ¿qué? Me negaba a ponerme a bailar con ellos, toda esa gente que tanto daño me había hecho, de forma gratuita, a lo largo de mi infancia, ellos que sin motivo alguno habían hecho que mi paso por el colegio fuese un auténtico infierno. Me quedé de pie al lado de la mesa y vi como Ainoa y su séquito de seguidoras venía hacia mí, me dijeron que Dani me estaba buscando y mi corazón se aceleró. Me indicaron que estaba en la habitación que había al lado de la cocina y que quería que entrase sola.

Abrí la habitación y vi que estaba a oscuras, cuando encendí la luz, la puerta ya estaba cerrada a mi espalda. No daba crédito a lo que veía. Habían fotos mías por todas las paredes, fotos pintadas con cuernos, con palabras como “friki”, “pardilla”, “gorda” y una foto en el centro de Ainoa y Dani besándose. Nunca en mi vida me había sentido peor. Sentí como la oscuridad se desvanecía sobre mis ojos y cómo mis manos y mis piernas temblaban. Escuché sus risas al otro lado de la puerta que se incrementaron en el momento que intenté abrir. Me dejaron encerrada ahí durante horas, mientras lloré y lloré sin parar, mientras me sentía pequeña, ridícula y supe que nunca jamás había sentido tanto miedo, sólo quería estar en mi casa, jugando a un juego de mesa después de cenar.

Jamás entendí por qué necesitaban hacerme daño. Jamás, y te aseguro que me lo pregunté cada día.

Me abrieron la puerta cuatro horas después y cuando salí todos aplaudían y reían, apestando a alcohol, a carcajadas.

Salí de allí corriendo, sin saber a dónde ir. Cuando llegué a casa, lloraba como una niña pequeña y mi madre me abrazaba llorando sin saber ni si quiera por qué. Durante tres días seguidos no me levanté de la cama, no quería volver a salir a la calle, no quería volver al instituto, y deseé sin descanso que todas esas personas estuviesen muertas. Es más, pensé que lo mejor era que me muriese yo y me desperté en el hospital, dónde me habían ingresado tras ingerir un bote de pastillas que esperaba que me quitasen la vida, si resultaba que mi vida molestaba tanto al mundo.

Mi madre no se había separado de mi lado y cuando me desperté me abrazaba llorando y diciéndome que todo había pasado… Hubieron denuncias de por medio por acoso escolar que con el tiempo de poco sirvieron. El dolor estaba hecho, impregnado en mi memoria y mi corazón. No quería hablar con nadie, no quería seguir viviendo, no quería comer, ni si quiera me apetecía leer libros.

Nos mudamos un año después. Mi padre tuvo que dejar su trabajo y empezar una vida de cero y sólo con el tiempo entendí lo injusto que eso había sido. Mis padres habían antepuesto la búsqueda de mi felicidad a sus propias vidas. Y la vida cambió, mejoró y con los años, sin olvidar las cicatrices que permanecerían de forma eterna en mi alma, conseguí ser feliz.

Conseguí tener amigos, algo que había desconocido a lo largo de mi vida, a excepción de Sandra. Conseguí tener amigos de verdad, que quisieron conocerme sin juzgarme, que acabaron queriéndome sin condiciones. Mi físico cambió notablemente con el paso del tiempo y seguramente a eso ayudó que yo, gracias a la ayuda de los psicólogos y mi nueva vida, empecé a creer en mi misma, a quererme poco a poco y a ser más fuerte que el resto.

Empecé a quererme a mí por encima de todas las cosas y entendí que ese era el motor esencial para poder afrontar el dolor que intentan hacer aquellos que resultan insignificantes.

Nunca he sido una chica espectacular físicamente, pero pasada la adolescencia perdí mucho peso, cambió mi forma de vestir, pero jamás perdí mi esencia, mi pasión por perderme entre libros y buena música.

Me licencié en matemáticas y cuatro años después me casé con el mejor hombre del mundo, al que conocí en mi segundo año en la facultad. Mi compañero de clase, mi compañero de vida. Soy madre de una niña, y ahora entiendo el sufrimiento que tuvieron que pasar mis padres por querer protegerme y ver el tiempo pasar escapándose de sus manos el poder de hacerlo más allá de las cuatro paredes de su casa.

A nadie le deseo la infancia que tuve. La educación de los niños es esencial, jamás supe dónde estaba esa inocencia de la que se supone que se posee en la infancia en todos aquellos que me hicieron la vida imposible. Ahora, con los años, entiendo que gran parte de culpa la tuvieron sus padres, que jamás supieron frenar algo tan grave. El acoso escolar es un tema que protagoniza el día a día en la vida de miles de niños, en muchos rincones del mundo. La inocencia de un niño puede ser el arma más cruel.

La vida fue sabia y supo darme aquello que ya me había rendido de pedir. Sólo quería tener una vida normal, ser feliz, y para ser feliz, créeme, que necesitaba muy poco.

En el momento que el mal de una persona te alegra, crees que eres mala persona. A veces, sólo necesitamos que la vida haga por nosotros lo que jamás estuvo en nuestras manos.

Mientras saboreo un café y absorbo un cigarro tras otro, pienso en la noticia que mi madre me ha contado nada más levantarme. Ainoa, aquella líder del instituto, que me encerró en una habitación y se rio de mis lágrimas a carcajadas, consiguió casarse con un hombre rico que le había dado una vida de lujos que siempre vi vacía de sentimientos. Acababa de ser abandonada, se había quedado sin casa, sin oficio, ni beneficio, sola en la vida, sin sus lujos, mientras su marido apresuraba los trámites de divorcio para casarse con una chica mucho más joven y guapa. Ella, por lo que decía la gente, estaba totalmente destrozada y a mí aquella noticia me estaba haciendo muy, muy feliz.

Quizás soy mala persona, pero hoy sonrío y pienso que a todo cerdo le llega su San Martín.

images

Feliz tarde, amigos.

Lorena.

Juntos, podremos con todo.

No se puede negar que hay días malos, malísimos, en los que no tienes fuerzas para nada. Una vez al mes me pongo enferma, muy enferma, por un tema que sólo a las mujeres nos acontece. Hoy he sido incapaz de moverme del sofá en todo el día pero ahora, aprovechando que me encuentro un poquito mejor, he decidido que os quería regalar a vosotros este momento de fuerza y sentarme frente al ordenador, os quería regalar a vosotros este inicio de semana.

El sábado publiqué una foto en mi página de Facebook, y grité a los cuatro vientos el derecho fundamental que tienen los seres humanos a amar y ser amados. Les dediqué mis palabras a mis amigas, a las que están enamoradas de una mujer y a mis amigos, los que están enamorados de un hombre, les quise mostrar mi apoyo incondicional, mi respeto y todo mi amor a todas esas personas que han tenido que sufrir el rechazo social a lo largo de la historia, y a quienes, a día de hoy, lo siguen sufriendo. Era el día del orgullo gay, y para mí, el amor está por encima de cualquier sexo o condición sexual, el amor es una de las cosas más bonitas de la vida y sabéis que yo, romántica empedernida, no podía dejar de abrazar con mis palabras al colectivo homosexual para que siga recorriendo con fuerza un camino de respeto e igualdad.

Hoy, viendo las noticias, he visto algo que ha pasado este fin de semana en el metro de Barcelona. Un joven asiático era agredido y su agresión era grabada en video y colgada en la red a modo de trofeo, simplemente por ser de otra raza. Según han comentado en los informativos, el agresor, ya detenido, aireaba con orgullo en sus RRSS su afín con la ideología nazi.

No sabéis cómo me duelen estas cosas. De verdad, no os lo podéis imaginar. No puedo sentir más que dolor cuando leo o escucho alguna discriminación social en alguna etapa de la historia, bien sea por racismo o por condición sexual. Me duele porque no entiendo qué pasó por la cabeza de miles de personas a lo largo de los siglos. No entiendo esa necesidad de hacer daño extremo a los demás, esa necesidad de apuntar y castigar las diferencias de las personas, porque para mí la diversidad siempre ha sido la verdadera riqueza de los seres humanos, de la historia y de la vida. Jamás podré entender a quién le puede molestar una persona por su color de piel o los rasgos de sus ojos, jamás podré entender a aquellos a los que les molesta que un hombre bese a otro hombre o que una mujer coja la mano de una mujer, pero lo que no consigo entender, más si cabe, es que esto en pleno siglo XXI, donde parece que todos somos racionales y coherentes, libres y con una buena educación a nuestra espalda, estas cosas sigan sucediendo. Me muero de pena, os lo prometo.

Bandera_Gay,_Dia_del_Orgullo_Gay,_Madrid

Desde que llegué a Madrid, es verdad que la mayoría de mis amigos son homosexuales y es algo que veo con la mayor naturalidad del mundo. A veces, me cuestiono si lo veo normal desde que estoy acostumbrada y porque ese es mi día a día y sólo un segundo después me doy cuenta que obviamente no. Creo que desde pequeña, incluso cuando no había salido del pueblo, nunca hice diferencias entre tendencias sexuales, siempre, incluso siendo una niña, para mí el amor y la felicidad de las personas estaba por encima de todo esto.

Hace un año, más o menos por estas fechas, se inauguraba este blog, con el que tantas alegrías me estáis dando, y uno de mis primeros post, fue sobre el orgullo gay en Madrid y sobre Federico García Lorca, a quien fusilaron por ser homosexual. Siempre he sentido la necesidad de defender las injusticias sociales y jamás he sido de las que piensa qué voy a conseguir con ello, si yo sólo soy una entre millones, pero la unión, amigos míos, hace la fuerza, y si todos luchamos por estas injusticias, como se ha hecho muchas veces a lo largo de la historia, seguiremos consiguiendo el progreso y la evolución constante que seguimos viviendo. Hay mucho camino por recorrer, pero juntos lo conseguiremos.

El tema del racismo y el nazismo es algo que, sin ninguna duda, rompe todos los esquemas de mi mente como persona. Soy incapaz de ver una película o leer un libro sobre la II Guerra Mundial y no acabar llorando a mares de pura rabia, incomprensión y dolor. Uno de los libros que más me impactó en mi adolescencia fue El Diario de Ana Frank.

ana-frank-diario-ed-de-bolsillo_MLA-F-2741029396_052012

Este libro recoge la historia contada en primera persona, a través de sus diarios personales (un total de tres cuadernos), de la niña judía Ana Frank entre el 12 de junio de 1942 y el 1 de agosto de 1944, dónde relata su historia como adolescente y los dos años durante los cuales tuvo que ocultarse de los nazis en Amsterdam durante la Segunda Guerra Mundial. 

Oculta con su familia y otra familia judía (los Van Daan), en una buhardilla de unos almacenes de Amsterdam durante la ocupación nazi de Holanda. Ana Frank, con trece años, cuenta en su diario, al que llamó «Kitty», la vida del grupo. Ayudados por varios empleados de la oficina, permanecieron durante más de dos años en el achterhuis (conocido como «la casa de atrás») hasta que, finalmente, fueron delatados y detenidos.  El 4 de agosto de 1944, unos vecinos (se desconocen los nombres) delatan a los ocho escondidos en “la casa de atrás”. Además del Diario escribió varios cuentos que han sido publicados paulatinamente desde 1960. Su hermana, Margot Frank, también escribió un diario, pero nunca se encontró ningún rastro de éste.

El 4 de agosto de 1944, una comisión de agentes de la Gestapo al mando del SS Oberscharführer Karl Silberbauer, detienen a todos los ocupantes y son llevados a diferentes campos de concentración.

Después de permanecer durante un tiempo en los campos de concentración de Westerbork en Holanda y Auschwitz en Polonia, Ana y su hermana mayor, Margot, fueron deportadas a Bergen-Belsen, donde ambas murieron durante una epidemia de tifus entre finales de febrero y mediados de marzo de 1945 (el tifus fue causado por la extrema falta de higiene en el campo de concentración). Edith Holländer (madre de Margot y Ana) muere de inanición en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Su padre, Otto Frank, fue el único de los escondidos que sobrevivió a los campos de concentración. Cuando regresó a Ámsterdam, Miep Gies, una de las personas que les había ayudado durante su estancia en el anexo, le entregó el diario contenido en cinco libros y un cúmulo de hojas sueltas que su hija había escrito mientras estaban escondidos. En 1947 según el deseo de Ana, su padre decide publicar el diario y, desde entonces, se ha convertido en uno de los libros más leídos en todo el mundo.

12724

image

ANA FRANK LA NACION

Vivimos en una época en la que en nuestra educación y formación académica se nos muestra la triste realidad que forma parte de la historia de nuestro mundo y me consuela saber que la mayoría de personas sentimos total rechazo y repudiación hacia toda aquella irracionalidad que vivieron los judíos, hacia toda aquella barbarie nazi, y hacia todas aquellas vidas y sueños asesinados en los campos de concentración. Pero, dentro de este consuelo, me duele el alma cada vez que veo en las noticias un indicio de esta irracionalidad y esta locura, cada vez que sé que en nuestros tiempos y en nuestras ciudades, en nuestro país o en nuestro mundo, se siguen dando casos, por suerte ya minoritarios, en los que el racismo, nazismo o la homofobia siguen cobrando protagonismo. Porque no entiendo la mente de algunos seres humanos, porque no entiendo a algunas personas, porque seguiré sintiendo dolor mientras el respeto y la libertad no sean conceptos reales.

Quizás hoy estoy muy sensible, quizás la rabia por lo que he visto en las noticias me ha ayudado a escribir este post en este día en el que no podía ni moverme del sofá, quizás hoy es uno de esos días en los que estoy muy enfadada con el mundo…

Juntos, cogidos de la mano, podremos con todo. No lo olvidéis nunca.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

El Rey León

¡Buenos días a todos! Un jueves con sabor a domingo, a sábado… Un jueves festivo, y a mí, como supongo que nos pasa a todos, los días festivos me encantan. Hoy vengo con un post cargado de unos temas que abrazan la actualidad desde hace unas semanas y que han cobrado protagonismo precisamente esta. Unos temas que a mí, me preocupan un poco.

No es que yo entienda mucho de fútbol, la verdad. No suelo ver partidos porque sí, pero cuando se trata de la selección, siempre que puedo lo veo. Claro que sí, ¿por qué no? El fútbol es un deporte que gusta a mucha gente y yo me alegro cuando el equipo que prefiero que gane gana un partido, me alegro cuando la selección gana un partido, pero no se me va la vida cuando no. Es un juego, es así. Unas veces se pierde, otras se gana. Ayer, tras el partido en el que la selección española fue eliminada del Mundial de Fútbol, aluciné con los comentarios de la gente en Twitter. Aluciné con los insultos, la rabia y la frustración. Para empezar, las faltas de respeto por un partido de fútbol me parecen algo descabellado, y me dan pena aquellos que insultaban a unos jugadores que hace años les hicieron muy felices. Así de irracionales somos. Pero creedme que lo que más me sorprende es que a la mayoría de los ciudadanos sólo les preocupe esto.

images

No puedo entender, ni podré entender jamás como la gente lucha incondicionalmente por defender a su equipo en un partido y como no lucha por defender sus derechos sociales, los de sus hijos, los de sus hermanos, los de sus padres, los de sus abuelos o los de sus amigos. Que el ambiente, el buen ambiente, que produce el fútbol es muy divertido, que no lo niego. Obviamente, me gusta ver un partido rodeada de mis amigos, entre cervezas, risas y buen rollo. De ahí, a que el fútbol sea mi máxima preocupación, con la que esta cayendo en mi país, dista muchísimo todo. Insisto, que no quiero que haya confusiones, no critico a los que disfrutan y viven este deporte, a los que lo aman con pasión como yo pueda amar la música o el cine, simplemente estoy diciendo que debemos ser un poco más racionales y coherentes y debemos empezar a asimilar que no podemos darle toda la importancia a un partido cuando a nuestro lado hay mucha gente pasando hambre. Somos egoístas por naturaleza porque somos seres humanos, ahí no hay tema de discusión, pero por favor, vamos a luchar y a dejarnos la vida por lo que realmente nos está pasando.

A mí me da pena que España haya sido eliminada del mundial, claro, pero lo que realmente me preocupa es que a los ancianos les quiten sus pensiones, me da pena que un español tenga que esperar la escalofriante cifra de 67 días de media  para ser atendido por un médico especialista, lo que me da pena es que este verano miles de niños de nuestro país no vayan a poder comer en condiciones porque acaba el curso escolar y cierran los comedores escolares (ya casi sociales), lo que me da pena es la gente que se queda sin casa porque los desahucian, lo que me da pena es que las mujeres no puedan elegir si quieren abortar o no, lo que me da pena es que nuestra población sea casi la única con pobreza infantil de toda Europa, lo que me da pena es que haya padres de familia que no puedan dar de comer a sus hijos, lo que me da pena es que miles y miles de jóvenes recién licenciados, preparados, y con una formación académica brillante se hayan tenido que ir fuera de su país, obligados, para poder tener una oportunidad de trabajo… Esas cosas, amigos míos, esa realidad que nos rodea día tras día, a la que a veces, por dolor, muchos deciden no mirar, esa realidad y esas cosas son las que me preocupan. Estas son las cosas que me duelen, que me hierven la sangre y me hacen morir de pena.

Por suerte, tengo un trabajo estable (no el trabajo de mi vida ni en lo que quiero trabajar, claro), y tengo un sueldo fijo cada mes, y me han hecho asumir que tengo que dar las gracias por tener trabajo, que es un derecho, y han confundido y nos han hecho confundir con un privilegio. Es absurdo repetir la impotencia que me produce la corrupción, los sueldos desorbitados de nuestros políticos, que no contentos con ello, roban y estafan. Pero por encima de todo esto, si no estoy dispuesta a algo, es a retroceder en el tiempo. No quiero recortes en nuestros derechos sociales, en nuestros derechos vitales. Ya está bien, hombre, ya está bien.

300c2018232e1f189f1acc084c1ddca4

No os imagináis cómo está el centro de Madrid desde hace días. Arreglo de calles, muchísimos policías vestidos de paisano, banderas por todos lados, medidas de seguridad extrema, un gasto que no quiero ni imaginar… Ayer intentaba explicarle a una chica extranjera que hoy el centro iba a estar lleno de gente porque se coronaba al príncipe, que pasaba a ser rey, ella me preguntó si eso era cada cierto tiempo y si lo habíamos elegido nosotros. Con mucha vergüenza le dije que no. Vamos a ver, os prometo que dentro de todo, Felipe y Letizia son personas que no me caen mal del todo, pero de ahí a que quiera que se me impongan como reyes, varía mucho todo.

Vivimos un momento histórico importante, una abdicación, una coronación, infantas que ya no serán nadie, reyes, príncipes y princesas… En el sigo XXI. ¿No os parece un poco medieval todo? Pero como yo, desde aquí, quiero respetar la opinión de todos, lo único que voy a defender es que, al menos, nos dejen elegir al pueblo. Vivimos en un país democrático y si somos mayores para votar unas cosas, digo yo que también lo somos para votar otras, no?

Tras 40 años de monarquía creo que todo ha cambiado. Los tiempos, la sociedad, las personas, las generaciones… Y creo que es el momento de poder tomar decisiones, al menos, tener el derecho a ello. Creo que si hubiese un referéndum seguiría habiendo monarquía, o quizás no, quizás hace unos cuantos años si, pero, ¿sabéis cuál es el problema ahora? Que la gente está cansada. La gente está pasándolo realmente mal. La gente no puede comer, no puede darle una vida digna a sus hijos, hay gente que vive en condiciones infrahumanas y que no tiene casi fuerzas ni ilusión, pregúntale a una de esas personas si está dispuesta a pagar la vida de los reyes, el colegio de sus hijas o la ropa que diseñan exclusivamente para ellas. Me muero de pena, os lo prometo.

El día que el rey hizo pública y oficial su abdicación y anunció que su hijo sería el próximo rey de España, esa misma tarde, miles de personas, en todas las grandes ciudades de nuestro país, se lanzaron a las calles, pidiendo un referéndum y haciendo fuerza sobre su derecho de poder elegir o no. Yo pensé en Letizia. Pensé en Letizia Ortiz como periodista, como ciudadana de a pié, como hasta hace unos años era, pensé en ella profesionalmente y pensé si de verdad no se le estaría encogiendo el corazón.

Puerta-Juan-Carlos-Luis-Sanchez_EDIIMA20140602_1041_14

El mundial de fútbol y la monarquía invaden nuestras noticias, los kioscos y las portadas de la prensa. Perdonadme si me preocupan más otras cosas que creo que deberían preocuparnos más a todos. Si nosotros tenemos una vida buena, un trabajo estable y no nos falta de nada, pensemos que a miles de personas, a nuestro lado, en nuestra misma calle y en nuestra misma ciudad,  les falta mucho y nada de lo que está pasando es justo.

Perdonadme los más monárquicos, pero yo no quiero una monarquía que se va de safari y mata elefantes por diversión, no quiero una monarquía manchada por la corrupción, no quiero una monarquía impuesta que lo primero que está recortando es la libertad de expresión.

Perdonadme los más monárquicos, pero a mí, si hay un rey que me produce ternura, amor y sonrisas es sólo el Rey León. 

Unknown

Feliz jueves, amigos.

Lorena.

Tu viniste, yo me voy.

Empezar las vacaciones siempre trae felicidad. Salir de la rutina es liberarse de muchos quebraderos de cabeza que inevitablemente forman parte del día a día.
Por unos días me alejo de la ciudad hechicera, de su ruido, sus luces, sus prisas y su vida. Y sonrio. No sonrío por alejarme, porque a penas la he dejado y ya la echo de menos. Sonrío por la paz que me produce ir a reencontrarme con los míos. Con la gente que conozco desde que mi memoria es capaz de alcanzar, por saborear durante unos días el dulce olor de mi casa o respirar el aroma de la comida de mi abuela. Esos son los pequeños detalles y las pequeñas cosas que a mi me dan la vida.

Te quería contar que me he acordado, de repente, de una columna de opinión que leí hace muchos años en El País. La escribía Susana Fortes y hablaba de los olores de su infancia, de su abuela y su casa.

Todos soñamos y muchos decidimos perseguir nuestros sueños, por eso nos alejamos de nuestras casas y nuestras familias, no es fácil, pero tomamos la decisión de no conformarnos, de buscar nuestra felicidad en otro lugar, lejos de quienes, al fin y al cabo, son las personas más importantes de nuestra vida. Y nos vamos. Y es entonces, cuando estás lejos, cuando te acuerdas de lo bonitas que son las calles de tu pueblo, de lo mucho que te gusta reír con tu familia o de lo bien que sabe la comida que menos te gustaba.
Recuerdo que leí aquella columna de Fortes cuando aún vivía en mi casa y aún no era consciente de lo mucho que se pueden llegar a echar de menos los olores del día a día. Y con el tiempo, aunque eres verdaderamente feliz luchando por lo que quieres y aquello a lo que aspiras, sabes que la felicidad en estado puro les pertenece a los que te arroparon siempre, desde que naciste. Las calles que te vieron crecer tienen el poder de enamorarte en la distancia como nunca fueron capaces de hacerlo y el lugar de donde vienes te hace saber que no debes olvidarlo. No debes olvidar nunca lo que fuiste, de dónde viniste, ni con quién estuviste.

Me quedo en silencio y sé que yo no estoy tan lejos. Y entonces se me encoge el corazón cuando pienso en esos miles de jóvenes que tienen que emigrar a otros países en busca de una, sólo una, simple oportunidad. Pienso en los miles de jóvenes de mi generación que tienen que “huir” a buscar un trabajo, a aprender un idioma, a empezar de cero, con títulos universitarios, con títulos de post grado, o simplemente con las ganas y la necesidad de tener un trabajo. Todo colgado a la espalda, con una maleta llena de sueños y nostalgia.

Se van del país que hasta hace unos años les brindaba becas y apostaba por ellos, les encendía la sonrisa y les decía que estudiasen y se formasen profesionalmente. Podrían comerse el mundo. Les decían, claro. Y en las palabras de quedaron las promesas y se ahogaron las esperanzas.

no-mas-recortes-en-la-educacion-leiamos
La realidad que nos bombardea no nos brinda una oportunidad. Y muchos se marchan con la ilusión de una nueva vida, otros lloran porque no tienen otra salida. Una vez leí en una red social que alguien decía: “Mar, tierra y aire, esas son las salidas tras acabar la universidad”. Y entonces siento mucha pena. Más que pena siento impotencia. Siento tristeza. Siento rabia ante un gobierno que me ahoga, que ahoga a una generación perfectamente preparada, formada, capacitada. Siento rabia ante un gobierno que está recortando mi sanidad, y por tanto mi vida, y también la tuya. Siento rabia ante un gobierno que recorta mi educación, y ante un gobierno al que pudre la corrupción.

Y al mismo tiempo que pienso en todos los que de van, pienso en todos los que un día vinieron. Gente que al igual que nosotros hacemos ahora, tuvo que dejar su familia, su país, su vida por buscar simplemente un trabajo, al que supuestamente todos tenemos derecho. Recuerdo a arquitectos trabajando de albañiles, o la historia de un médico que aquí trabajaba en la obra en pésimas condiciones. Pienso en la “grave enfermedad” que es la xenofobia, en el veneno de la gente que excluye socialmente a quienes vienen de cualquier otro rincón del mundo. En la irracionalidad de quienes de creen seres superiores por el color de su piel, o en la intolerancia de quien rechaza sin saber que quizás un día la vida dé un giro y las cosas se pongan del revés.

“Nihil novum sub sole” me enseñó mi profesor de latín. No hay nada nuevo bajo el sol. Y es que a muchos de les olvidó que la historia siempre se repite, que sus antepasados tuvieron que emigrar y que sus descendientes también lo harán.
Y en este contexto de xenofobia e injusticia social, quiero recomendarte un libro que leí en la facultad. Cabeza de turco, del periodista alemán Günter Walrraff.
En el libro se narra su propia experiencia, al hacerse pasar por un inmigrante turco, para tener acceso a los peores trabajos en la Alemania Occidental de la década de 1980.
Decidió investigar a fondo las calamidades que los inmigrantes soportan argumentando que “hay que enmascararse para desenmascarar a la sociedad”.

índice

Quizás a más de uno le vendría bien concienciarse a través de estas páginas. Y a todos los demás, a los que sienten pena por los que deben irse y por los que tuvieron que venir, que por suerte somos la mayoría, estoy segura que os encogerá el corazón y tendréis más ganas que nunca de luchar contra la irracionalidad. Porque siempre, para entender cualquier situación, debemos ponernos en el lugar de los demás. Porque no somos tan distintos, porque al igual que tu viniste, yo me voy.

Ya veis que una no descansa ni si quiera en el momento de desconectar, pero la felicidad de volver a casa, aunque sólo sea por unos días, me ha hecho pensar en la tristeza de quienes no pueden hacerlo, ni saben cuando podrán.

Feliz martes, amigos.

Lorena.