Olvidé olvidarme de ti.

Como muchos ya sabéis porque me leéis en mis redes sociales, estoy viviendo un momento de muchos cambios profesionales en mi vida… Cambios muy bonitos que recibo con muchas ganas y energía. Un nuevo trabajo, el placer de haber podido acariciar ya mi primer libro (Me olvidé decir te quiero y otros relatos cortos será vuestro a partir de septiembre y yo me muero de ganas)… Estos están siendo días de emociones muy fuertes para mí, días de lágrimas, risas, miedos y sueños… y no hay una mezcla de sentimientos más bonita. Y hoy, de todas las cosas que te quería contar, no se me ha ocurrido nada mejor que escribir un relato… Para acabar así un martes de sol y verano, de los que el día dura hasta bien tarde y en los que acabarlo leyendo puede resultar la mejor opción.

Leed despacito, como siempre…


 

Olvidé olvidarme de ti.

De entre todas las historias que han ido formando, paso a paso, los capítulos de mi vida, la nuestra siempre me pareció especial, porque tú llegaste de forma especial para hacer de nosotros algo mágico e irrepetible… Aquella noche de junio, entre aquella marea de gente, podría haber conocido a cualquier persona o tú podrías haber conocido a cualquiera, y no sé si fue aquel empujón torpe que tanto te molestó lo que acabó por robarte una sonrisa o simplemente era la magia del lugar… Porque la música es magia y eso lo sabíamos antes de conocernos. Si nos hubiesen preguntado, seguramente no habríamos encontrado un escenario mejor que aquel concierto de aquel grupo que tanto nos gustaba, en una ciudad que solíamos frecuentar, donde el olor a mar se llevaba consigo todas las penas. Aquellas cervezas de más, aquel olor a crema en la piel calmando el reflejo impregnado del sol, aquellas ganas de bailar… Aquella noche de junio.

A medida que pasaron los meses y te fui conociendo, me sonreía a mí mismo y me decía que no había sido una casualidad, porque desde entonces, más que nunca, empecé a afirmar contra todo pronóstico que las casualidades no existen, que la vida está marcada por pequeños detalles que de alguna forma alguien ha preparado para que haya caminos que acaben por encontrarse, que haya vidas que tengan que tocarse… A veces, y tampoco por casualidad, estas vidas se tocan en el momento equivocado, o se tocan de una forma confundida, dejada llevar por la emoción y pasión de las cosas nuevas… A veces, esas vidas se tocan para hacerse daño, aunque tarden un tiempo en saberlo. A veces, un pequeño detalle puede cambiar el rumbo de una vida.

Sin ninguna duda, aquellos fueron los mejores años de mi vida, y tú siempre decías que la vida dura muy poco y que había que celebrarla constantemente, había que celebrarla con una sonrisa, había que celebrar simplemente el estar vivos. Aprendí tantas cosas de ti… Sin ser consciente, me contagiabas tu magia, y no sólo aprendí a ver las cosas desde otro punto de vista, sino que creo que aprendí a ser mejor persona, aprendí a valorar los detalles insignificantes, aprendí a querer más a quienes me rodeaban y aprendí a entregarme sin esperar nada a cambio cuando mi corazón me lo dictaba. No sé si te dije las veces suficientes lo mucho que me gustabas, lo mucho que me gustaba despertar a tu lado, recibir un mensaje imprevisto a cualquier hora del día, u oler tu piel mientras dormías… No sé en qué momento, entre tantas cosas bonitas, empecé a descuidarte para que finalmente te fueses de mi vida, no sé porque no le di importancia cuando me lo advertías… No sé que es lo que hice mal, no sé si me centré demasiado en mi trabajo, no sé si hice de las cosas especiales una simple rutina que acabó consumiéndote a ti, que necesitabas tanta energía diaria para sobrevivir. Tú, que para sonreír, necesitabas estar en todo momento en la cima de una montaña rusa, porque no te gustaban las bajadas y porque, por alguna cosa u otra, no eras capaz de soportar los momentos en los que no se podía ser feliz al cien por cien. No te culpo, cada uno es como es…

Te recuerdo en un final lleno de silencio, apagada, con una mirada que ya no me miraba como antes, con una carcajada que ya no resonaba en toda la casa… No eras capaz de decir nada y cuando te preguntaba me decías que estabas perdiendo la ilusión… Y yo, que te quería más que a mi vida, no sabía como controlar aquello, como cambiarlo, como no dejar que se me fuera de las manos… Te repetía que te quería y me explicabas que eso no te valía y sólo con el tiempo aprendí que no se quiere con palabras… Que los seres humanos, las historias y la vida, están construidos de hechos a los que acompañan las palabras, pero que sin lo primero, lo segundo no tiene ningún sentido. Eso lo aprendí con el tiempo, demasiado tarde, demasiado lento.

Fue aquella mañana de sábado cuando te olvidaste el teléfono en el momento de ir a la ducha y empezó a sonar, vi un nombre que no me sonaba de nada y quizás por esa razón me apuñaló el corazón, quizás fue un sexto sentido, o quizás… quizás a día de hoy todavía no sé lo que fue. Yo, que nunca había estado celoso por nada… Empecé a entender, sin saber cómo ni por qué, que algo fallaba, y que algo estaba pasando, mucho más real y duro de lo que me había imaginado.

No he conocido a nadie más valiente que tú, de verdad lo digo. No es fácil sostener la mirada para explicar que el amor se acaba… para explicar que has dejado de querer, que se te fue la ilusión de tal forma que vació todos tus sentimientos, que no sabías realmente de quien había sido la culpa, que no querías buscar culpables, pero simplemente necesitabas salir de ahí… y cuando dijiste “ahí” no te referías a esa casa que era nuestra, ni a esa habitación que tantos besos y caricias guardaba en la memoria de sus paredes, con ese “ahí” te referías a salir de nuestra historia, necesitabas empezar una tú sola, o con alguien que no era yo… Necesitabas buscar otras formas de ser feliz, de ser feliz de una forma que, según tú, ya ni recordabas.

Entonces lloré. Lloré de rabia y me llené de odio…

Te vi recoger hasta tu última camiseta y vi como esa habitación y esa casa se quedaron completamente sin alma. No supe luchar, porque entendí que la guerra estaba perdida, la guerra había acabado hacía demasiado y yo ni si quiera me había dado cuenta. En vez de reflexionar y preguntarme por qué había pasado aquello, en vez de intentar saber qué había fallado, no fui capaz de asumir culpa alguna y entre todo mi odio y toda mi rabia, decidí olvidarte.

Decidí olvidar cada una de tus risas, decidí olvidar tu forma de andar, decidí olvidar tus lágrimas, tus besos, tus caricias, decidí olvidar tus películas favoritas, tus canciones y los libros que más te gustaba leer, decidí olvidar tu olor, decidí olvidar tu mirada, el tacto de tus manos, los lunares de tu espalda y tu número de teléfono.

Decidí olvidarte entregándome a otras, con rabia y rencor. Decidí olvidarte intentando buscar a alguien que pudiese sustituirte y cuando creía que lo había conseguido, un pequeño detalle o cualquier forma de ver el mundo, me daban una bofetada de realidad insoportable.

Te odié durante mucho tiempo. Intenté no saber nada de ti, pero en el fondo sabía que serías feliz, porque tú eres una de esas personas que no se quedan quietas si no logran ser felices, eres una de esas personas a las que la vida, sin ninguna duda, debe tratar bien.

No sé cuantos años han pasado desde la última vez que te vi… pero hoy, por una de esas jodidas (no) casualidades de la vida, he visto una foto tuya en una red social. Sonreías como cuando yo te conocí, como aquella noche de junio en la que un concierto y un par de cervezas nos presentaron, sonreías como muchos meses después te vi sonreír y como otros muchos después te vi dejar de hacerlo… Y entonces, sólo entonces, me he dado cuenta que a pesar de todo el empeño por odiar y olvidar, lo único que olvidé fue olvidarme de ti.

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Imagen de Google.

*A veces, simplemente hay que saber valorar las cosas que tenemos en nuestras vidas e intentar no descuidarlas ni un sólo día.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

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Ojalá.

Un té frío con sabor a piña colada, un mugcake de plátano y canela recién sacado de la nevera, Cometo durmiendo a mis pies, el sol fuerte al otro lado de la ventana… Martes, las letras, tú y yo. Mi momento favorito de la semana.

Hoy vengo con un relato, porque ya sabéis que son mi parte favorita, porque me encanta inventar historias y me encanta meterme dentro de los sentimientos y emociones de personas que no conozco, pero acabo haciendo que formen, de un modo u otro, parte de mí.

Este relato viene de forma distinta, en una especie de reflexión o monólogo interno en el que espero que mucha gente se siente identificada o que, al menos, encontréis un momento de vuestras vidas en las que estas líneas podrían haberos descrito perfectamente, porque estoy segura que a lo largo de la vida, todo ser humano conoce a un amor imposible que guarda con cariño en su corazón y entierra en su alma… Hoy te lo quería contar.

Leed despacito y disfrutad…

Ojalá

Ojalá supieses que recuerdo perfectamente la primera vez que te vi. Hace unos cuántos años y en aquel momento no sabía ni si quiera cómo te llamabas. Quién me iba a decir que mucho tiempo después acabarías robándome el sueño y las ganas. Siempre he pensado que no fue una casualidad que fuésemos en el mismo vagón de metro aquella mañana de marzo, como no fue casualidad que bajásemos en la misma parada, como no fue casualidad que aquella vez, perdida entre las páginas de un libro, levantase la mirada y me diese un vuelco el corazón. Aquellos vaqueros desgastados, aquellas zapatillas destrozadas, llenas de caminos hechos y de historias que yo no conocía, aquella camiseta verde que era la compañera perfecta para tus ojos y tu piel tostada… Supe que si quería volver a verte, debía hacer exactamente lo mismo que aquel día, al menos, esa era mi única esperanza. A la misma hora, en la misma zona del andén, para entrar al metro y encontrarte en ese vagón y así fue cómo me aseguré de verte cada mañana, de lunes a viernes, mientras durase el curso escolar. Ni si quiera me mirabas, todavía vestía el uniforme del colegio y tú ya ibas al instituto con los mayores. Nos separaba una calle entre tu instituto y mi colegio, mi amiga Claudia me acompañó a seguirte para confirmarlo. Nunca tuve tantas ganas de ir a clase, ni tantas ganas de despertarme por las mañanas. Ojalá supieses que te miraba cada mañana, que analizaba tus gestos, tu ropa e imaginaba cómo sería tu olor, a qué sonaría tu risa, cuáles serían tus películas favoritas o qué querrías ser de mayor… El cinco de mayo de aquel año hubo una avería en el metro, y estuvimos quince minutos parados en Alonso Martínez que a mí me pareció una maravilla, fue la primera vez en la que nuestras miradas se cruzaron y me sonreíste como quien sonríe a alguien en el metro, seguido de un suspiro, un “¡menudo rollo!” con la mirada… y a mi me tembló el corazón. Empecé a obsesionarme contigo y a saber que quería conocerte. Muchas veces me he preguntado si alguna vez te diste cuenta que estaba ahí todas las mañanas, la niña rubia del uniforme que se ponía nerviosa sólo de sentirte cerca… Jamás me atreví a preguntarlo.

Ojalá supieses que empecé a quererte cuando no sabía ni lo que era querer, que empecé a averiguar quienes eran tus amigos e incluso quien era la chica que te gustaba. Visto desde lejos, resulta obsesivo, pero sé que fue algo inocente y bonito, algo puro y verdadero, fue una necesidad de saber de ti, de querer que nuestros caminos encontrasen el modo de cruzarse… Aquellos primeros meses pasaron como relámpagos, demasiado rápidos, y muy a mi pesar el curso terminó. Por aquel entonces ya sabía tu nombre y sabía que quizás aquellos días serían los últimos de nuestra historia, de una historia que para mí era nuestra y para ti no existía. Aquel verano empecé a salir con mi primer novio, rogándole a la vida que nos volviésemos a cruzar, sólo necesitaba verte una vez más, al menos una.

Llegó septiembre y tras una semana sin coincidir en ese vagón que tanta ilusión me había regalado, me acerqué un día a la puerta de tu instituto y no te vi entrar, vi a tus amigos e incluso a la chica que te gustaba, pero no, no estabas. Podría haber sido más valiente y haberme acercado a preguntar, ¿pero qué les decía si querían saber quién preguntaba por ti? Nunca lo hice.

Ojalá supieses que los años que siguieron fui muy feliz, tuve varios novios en varias relaciones de las que siempre solía cansarme. Empecé la universidad y puedo decirte que no todos los días, pero si de vez en cuando, pensaba en ti. Me preguntaba dónde estarías, qué habría sido de ti, a qué te dedicarías, si tendrías novia o si seguirías en Madrid… Cuando las relaciones y los caminos se cruzan, acabamos pensando lo pequeño que es el mundo, cuando en realidad sabemos que vivimos en un mundo muy grande, donde viven millones de personas, y no nos damos cuenta que estas conexiones no son porque el mundo sea pequeño, son porque simplemente hay vidas y caminos destinados a estar conectados, por coincidencias de la vida o en forma de amigos en común.

En segundo de carrera, organizamos una fiesta maravillosa, con las emociones de los universitarios a flor de piel, con las ganas de comernos el mundo y la seguridad de que nos lo íbamos a comer, con los juramentos de amor eterno a esos compañeros que eran amigos inseparables desde el año anterior. Ojalá alguien me hubiese preparado para aquello, para entrar a aquel garito, con aquellas copas de más y encontrarte en la barra, riendo con unos amigos. Ojalá me hubiesen preparado para ver cómo Olivia, una de mis mejores amigas de la universidad, te daba un abrazo u ojalá alguien me hubiese preparado para asimilar que en aquel primer reencuentro, después de varios años, tú me ibas a devorar con la mirada y a sonreír y pedir que nos presentasen. “Este es mi primo Juan“, cayó en seco sobre mis oídos, intentando asimilar las cosas que tiene la vida, intentando averiguar si quería reírme a carcajadas o salir corriendo porque sentía miedo. Sí, ojalá supieses que aquel día sentí miedo, miedo de tenerte tan cerca, miedo de que me mirases así, miedo de que algo con lo que había soñado durante tantos días e incluso años, fuese una realidad. A veces, los seres humanos somos así.

Ojalá supieses que recuerdo todas y cada una de las veces en las que fuimos coincidiendo, sin coincidencia, después. Empecé a creer que te gustaba, es más, estaba completamente segura de ello, porque era verdad. Ojalá supieses que cuando me enviaste el primer mensaje, yo ya tenía guardado tu número de teléfono y que me dio un vuelco el corazón cuando vi tu nombre en la pantalla de mi teléfono. Ojalá supieses que no te besé la primera vez que quedamos a solas porque no quería estropearlo, aunque me estuviese muriendo por hacerlo. Ojalá supieses que grabé a fuego en mi memoria tu perfume la primera vez que te di un abrazo.

Ojalá supieses que aquella noche, en la que mis padres no estaban y dormiste en mi cama, fue la mejor noche de mi vida. Ojalá supieses que intenté memorizar cada beso, cada caricia, cada risa, cada suspiro, cada gota de sudor y felicidad en nuestros cuerpos… Ojalá supieses que me he alimentado de esos recuerdos en infinitos momentos de mi vida. Ojalá supieses que estaba locamente enamorada de ti, desde que llevaba uniforme e iba al colegio. Ojalá te hubiese contado que cada mañana cogía aquel metro sabiendo que estarías dentro de aquel vagón. Ojalá te hubiese dicho lo importante que eras para mí, y que llevaba media vida soñando contigo. Ojalá no te hubiese idolatrado tanto y hubiese asimilado que eras un ser humano más, normal, corriente, un chico con una vida normal, con ambiciones e inquietudes, con ganas de risas y buen rollo, con ganas de sexo sin compromiso. Ojalá no me hubiese enamorado de ti. Ojalá.

Ojalá no hubiese tenido que escuchar aquello de eres “la mejor amiga del mundo“, cuando habría matado por poner en tus labios “eres el amor de mi vida“. Ojalá hubiese tenido más fuerza para contarte toda la verdad y explicarte toda nuestra historia, sí, que para mí era nuestra y para ti lo era a medias. Ojalá no me hubiese querido comportar como colega, sólo para mantenerte cerca, ojalá no hubiese tenido que acostumbrarme a ello sin poder besarte ni si quiera una vez más, sin tener que tragar un dolor que me estaba quemando el alma, ojalá te hubiese olvidado.

Ojalá me hubiese enamorado de otra persona como tú lo hiciste, ojalá no hubiese encontrado tu nombre y tu cara en mil canciones, en mil novelas de amor o en mil películas que me habría encantado ver contigo. Ojalá hubiese querido al resto de chicos que pasaron por mi vida después, la mitad de lo que te quise a ti. Ojalá, al menos, no te hubieses olvidado también que era tu amiga. Ojalá no la hubieses conocido a ella y ojalá no me hubieses apartado del todo.

Ojalá supieses que sigo mirando el móvil, mientras veo que estás “en linea“, mientras deseo con rabia un “escribiendo…” que no llega ni ha llegado nunca más. Ojalá supieses que sigo mirando tus fotos y que te sigo queriendo como el primer día, como tú nunca pudiste quererme, como tu nunca sabrás que yo te quería…

Ojalá no tuvieses tu vida y ojalá yo no tuviese la mía, ojalá nos hubiésemos encontrado de otra forma, ojalá nos hubiesen acompañado otros sentimientos, ojalá volvamos a vivir otra vida para empezar nuestra historia desde el principio. Ojalá no supiese que mañana te casas y ojalá hoy no hubiese derramado ni una sola lágrima.

Ojalá pudiese volver a aquel vagón, y cambiar todo desde el minuto cero, ojalá pudiese volver a aquel instante y mirar hacia otro lado, sin fijarme en tus vaqueros desgastados o esa camiseta verde que tanto te favorecía. Ojalá pudiese volver y haberme retrasado tres minutos en todos los días de después para coger el siguiente metro…

Ojalá me hubieses querido, como yo te quise, como yo te quiero.

Imagen de Google.

Imagen de Google.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Desmonté el mundo.

Queridos míos, os he insistido tanto en que la primavera es mi estación favorita del año que hoy mismo me cuestionó si yo he perdido la razón o la ha perdido el tiempo, porque la primavera, como tal, ha desaparecido. El calor del pleno verano, ha llegado sin avisar, y mientras hace una semana todavía llevaba pantalón largo y chaqueta, hoy visto ropa que me pongo en pleno mes de julio.

He pasado unos días en mi tierra, disfrutando de las fiestas de Palomar con mis amigas, dónde me reencontré, después de diez años, con uno de los profesores que han marcado mi vida y fue para mí algo tan, tan bonito…  y estuve en l’Olleria, disfrutando de la comunión de mi prima Marta (ella es una de mis cosas favoritas de la vida), viviendo un fin de semana súper familiar y especial para nosotros… Porque en l’Olleria, las comuniones, más que un acto de fe, son toda una tradición y celebración y yo he sido muy feliz de verla a ella con tantísima ilusión…

Al llegar a Madrid, me doy cuenta lo bien que se está en el Mediterráneo, porque allí, aunque el calor sea igual de exagerado, el mar está bien cerca. Hoy me reencuentro con vosotros con un post en forma de relato sobre una de las caras del amor, una de esas caras que desde lejos, nos atrevemos siempre a juzgar, sin pensar realmente qué sienten sus protagonistas… Y aunque yo siempre he sido de las de defender que las cosas se pueden evitar y sobre todo, en estos temas, suelo estar en contra de los que se enamoran… Hoy he necesitado ponerme en su piel, porque a veces, la locura y el dolor, son los únicos que nos llevarán a la cordura y la felicidad.

Leed despacito, como siempre.


Desmonté el mundo.

Por aquel entonces yo debía tener unos veintitrés años. Tenía las ganas de vivir aferradas al alma, tenía ganas de comerme el mundo, estaba en mi segundo año de facultad y todo era bonito. Me había trasladado a la ciudad y vivía en un antiguo piso que mi abuela paterna conservaba, un piso deshabitado desde hacía muchísimos años y que mientras a mi madre la horrorizaba, yo vi su encanto desde el minuto uno. Recuerdo la primera vez que entré en él. Aquella casa olía a soledad y polvo, era un lugar oscuro al que sólo hacía falta abrir las ventanas, limpiar a fondo y darle una mano de pintura para convertirlo en un lugar acogedor. Cambié algunas cosas, algunas cortinas, algunos muebles, parte de la decoración, las almohadas, el colchón… Poco más. Me gustaba aquella casa, combinando lo antiguo con lo moderno, lo viejo, lleno de recuerdos y vivencias, con las cosas recién estrenadas. En el salón, un gran ventanal se abría a un pequeño balcón al que le puse una pequeña mesa de madera y un par de sillas, unas flores y mi café cada mañana. Al lado de aquel ventanal, en el interior de la casa, conservé un viejo tocadiscos que me parecía maravilloso, y justo a su lado, una estantería llena de libros e historias que otros habían escrito para que me acompañasen en el camino de la vida. Mi gata Lulú se mudó conmigo y cuando todo estuvo terminado, las dos nos miramos y asentimos. Nos gustaba nuestro nuevo hogar.

Acudía a clase por las mañanas, estudiaba y pasaba apuntes por las tardes. Los fines de semana, trabajaba en una cafetería y en verano aprovechaba para dar clases particulares a aquellos niños que en septiembre tenían que recuperar algunas asignaturas del curso anterior. Desde muy pequeña supe que quería ser abogada, seguramente lo supe antes de saber en qué consistía realmente aquello, pero una vez, viendo una película con mi madre, le dije que yo quería hacer lo mismo que hacía el señor de la pantalla, quería hablar por otros y ayudarles, quería defender a los buenos y meter en la cárcel a los malos, y entonces ella me dijo que para eso, tendría que estudiar mucho y sacar muy buenas notas en el colegio. Así lo hice.

Por aquel entonces yo tenía veintitrés años, veintitrés años recién estrenados y un sin fin de planes en los que por supuesto, él no entraba. Todo cambió aquella tarde de junio en la que se cruzaron nuestras vidas…

Marisa, una señora de voz dulce y educada, me había llamado hacía sólo unos días porque había visto mi anuncio sobre las clases particulares. Su hijo Víctor, necesitaba ayuda en los exámenes finales y además, seguramente, iba a necesitar ayuda durante todo el verano para preparar los exámenes de septiembre. Me avisó que tenía 13 años y la tontería eterna del adolescente que se cree mayor y lo sabe absolutamente todo.  Vivían sólo a dos manzanas de mi casa. Vivían en un quinto piso, en un edificio de color marrón y tostado. Aquella casa me daba paz, quizás por lo silenciosa y sola que estaba. Olía a limpio y tenía las paredes blancas. En el salón, donde daríamos nuestras clases, habían fotos familiares repartidas por estanterías y muebles, algunas en la playa, otras en la nieve, todas ellas enmarcaban sonrisas y felicidad, enmarcaban la infancia de unos niños que ya habían perdido su inocencia. La madre de la criatura me pareció más dulce todavía en persona que por teléfono y el rebelde adolescente, en el fondo, me hacía gracia, se ponía rojo cada vez que le hablaba y no se atrevía a levantar los ojos y mirarme a la cara. Como por aquellas fechas, yo también estaba de exámenes, nos veíamos todas las tardes, de lunes a jueves, una hora y media cada día. Me pagarían al final de cada semana, y a mi me parecía genial para mis gastos y caprichos que llegaban al mismo tiempo que el viernes en el calendario. Víctor tenía un hermano mayor, de dieciséis años que al parecer, aunque no fuese un estudiante brillante, cumplía con sus obligaciones y una hermana pequeña, de ocho años que era una preciosidad y, sin ninguna duda, la princesa de la casa. Una tarde en la que Marisa salió a recoger un vestido que tenía encargado llegó Jaime, el padre. No había coincidido nunca con él y en el momento que se cruzaron nuestras miradas supe que mi vida estaba perdida para siempre.

No podía creer que aquel hombre, que era increíblemente guapo y atractivo, pudiese ser tan mayor como para tener tres hijos y una mujer. Nuestras miradas se cruzaron en silencio, como se cruzan las miradas de dos personas que ya se han visto antes, que se suenan de algo y no saben de qué, se cruzaron como se cruzan las miradas de quienes se devoran con las mismas y sienten que el resto del mundo se ha desvanecido a sus pies. Me levanté para presentarme y en el momento que me dio dos besos se me erizó toda la piel, ni yo misma podía entender qué era lo que estaba sucediendo. Cuando salió del salón, me miró con una delicadeza que no había visto jamás en ningún ser humano y asintió. Entonces supe que él sabía lo que a mí me estaba pasando, y lo que es peor, supe que a él le estaba pasando lo mismo.

Aquella noche no pude dormir. Sin saber cómo, ni por qué, me estaba volviendo loca de rabia, sólo le había visto una vez y sólo quería estar a solas con él, y quizás, como sabía que era imposible todavía lo deseaba más. Desde aquel día, mis clases particulares tenían un motivo de ser, sólo deseaba que fuese la hora para acudir a aquella casa, todas las tardes con la esperanza de volverle a ver. Tardé una semana en volver a coincidir con él, nuestras miradas volvieron a cruzarse, en silencio, calmadas, ardiendo, fuertes, seguras, irracionales, apasionadas… Y sabía que me estaba quemando, pero no quería dejar de jugar. Era una locura, pero necesitaba vivirla. Desde aquel segundo reencuentro, acudía casi todas las tardes, a la misma hora, con una excusa tonta. Su despacho estaba en el piso de abajo, así que era muy fácil para él. No había pasado absolutamente nada, ni habíamos cruzado más de dos palabras, pero empecé a tener miedo de que su mujer me viese mirarle, o que le viese a él mirarme a mí, empecé a temer que me dijese un día que ya no hacía falta que volviese más.

Una tarde, mientras su hijo se había escapado al baño, pasó por el salón y me vio sola, entró a preguntar si quería agua o algún refresco, que hacía mucho calor… Le dije que no se molestase, estaba a punto de marcharme a mi casa, y entonces, en ese instante me preguntó qué estudiaba… Cuando escuchó la palabra derecho le salió una medio sonrisa que a mí me hizo temblar el corazón y entonces me dijo que él era abogado y que cualquier cosa que necesitase, podía contar con él.

Mis ganas de verle, o simplemente de estar a solas con él, crecían por segundos. No me reconocía. No me importaba su familia, ni su mujer, ni nada, sólo quería estar con él y quería vivir, al menos una vez en la vida, las cosas con las que llevaba soñando desde que le había visto por primera vez. Una tarde, al cruzarme con él, le pregunté si podría echarme una mano con un tema que tenía atravesado y sobre el cuál me examinaba una semana después. Me dijo que al terminar la clase, pasase por su despacho. En aquella oficina trabajaban varios abogados, entre todos habían alquilado el local para que les saliese más rentable, y cada una de las habitaciones de aquel piso, eran las oficinas personales de cada uno de ellos. La suya daba a la calle, y el sol entraba con ganas por pequeños espacios que esquivaba a través de las cortinas. Me senté y empecé a exponerle mis dudas, me temblaba la voz y me sudaban las manos. Me miraba fijamente, en silencio, y entonces se puso a mi lado y me acarició la mano. Un silencio nos envolvió, y sin saber cómo, sentí sus labios sobre mi cuello, cogí sus manos y apreté mis senos, le besé cómo jamás había besado a nadie, le desabroché cada botón, le arranqué la camisa, le dejé subirme el vestido y apreté su espalda contra mi cuerpo que reposaba ya contra la pared y sentí como nos convertíamos en solo uno, con fuerza, rabia, pasión y miedo.

Cuando terminamos lloré en silencio, mientras él me abrazaba y me acariciaba el pelo… Aquel día cambió mi vida para siempre. Dejó de subir a su casa cuando yo estaba, nos veíamos en su despacho, con la excusa de mis dudas y su experiencia. A veces, sólo nos abrazábamos y nos besábamos, otras nos pasábamos un buen rato hablando, otras hacíamos el amor, y otras simplemente nos acariciábamos las manos. Me enamoré de él como jamás me he enamorado de nadie. La primera vez que vino a mi casa era un domingo, había dicho en casa que iba a comer con unos amigos, preparé pasta con tomate y bajé las persianas para que la luz del pleno agosto entrase con delicadeza por lo bajo. Alquilé unas películas, y estuvimos tirados todo el día, comiéndonos a besos, saboreando cada poro de nuestra piel, desnudándonos el alma y queriendonos sin límites ni por qués… Lulú nos miraba cómplices, sabía de él sin conocerle y sabía que yo jamás había sido tan feliz. Mi olor favorito era el de su piel, mis caricias favoritas las de sus manos y sabía que ya no quería hacer el amor con alguien que no fuese él…

Aquel fue uno de los veranos más tristes y bonitos de mi vida. Bonito por la pasión y las ganas y tristes por una clandestinidad que me hacía cada vez más daño, por seguir subiendo a aquella casa y ver aquellas fotos en el salón, por pasar por el lado de su mujer y sentirme tan desgraciada de su desgracia, por verle en una familia que no era mía, yo, que era suya… y él, que tanto me quería…

En septiembre mi dolor ya era insoportable y le dije a Marisa que no podía seguir dandole clases a Víctor porque debía centrarme en mi carrera. Nunca supe si lo hice por vergüenza, o por egoísmo, pero necesité salir de allí. Un año después, la situación era insostenible y yo sabía que estábamos locos el uno por el otro. Vivíamos ya dentro de nuestra locura, que era sólo nuestra, pero era la única forma en la que éramos felices. Se divorció. Sus hijos mayores tardaron muchos meses en poder perdonarle lo que le había hecho a su madre y a mí tardaron años en querer hablarme.

Mi madre montó en cólera cuando se enteró, me echó la culpa de absolutamente todo, pero con el tiempo supo entenderme y perdonarme. Nos instalamos en el viejo piso de mi abuela paterna, y lo hicimos nuestro hogar. Terminé mis estudios y nos casamos cinco años después. Olivia llegó a nuestras vidas cuando yo cumplí los veintinueve y Claudia sólo quince meses después. Montamos nuestro propio bufete de abogados y trabajamos juntos formando un equipo que no podría ser mejor.

A veces, me pregunto si algún día la vida me perdonará el daño que hice, o si la vida, mirándonos desde lejos, sonríe y entiende que a veces, no podemos controlar nuestros destinos, nuestros caminos y nuestros actos, y si quizás ella, me ha perdonado ya, entendiendo que el amor, a veces, simplemente nos vuelve locos y necesita desmontar el mundo para que dos almas se lleguen a encontrar. Yo desmonté el mundo, infinitamente egoísta, para buscar mi felicidad.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Como agua para chocolate.

“Elige un trabajo que te apasione y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”. Hace un rato estaba en el sofá, era mi momento de relax del día. Un té verde caliente me abrazaba de vez en cuando los labios y el silencio hacía eco en mi casa. Ojeando Facebook me he topado con esta frase, que la compartía mi amiga Stella con una imagen, y me ha hecho sonreír. No hay nada más cierto.

En los últimos tiempos nos han acostumbrado a dos cosas muy distintas. Por un lado, la sociedad nos envuelve con mensajes positivos, en un sinfín de objetos y en un sinfín de mensajes e imágenes en las redes sociales, y por otro lado, los tiempos que corren y la situación del país, te hacen auto-convencerte de que tener un trabajo es un privilegio. Vivimos un momento social en el que los sueños quieren arrancar con fuerza, y la situación, muchas veces los acaricia con pena, los frena, y aquí volvemos a repetirnos que no nos podemos rendir. No queremos hacerlo nunca. Queremos trabajar, y queremos trabajar en aquello que realmente nos hace felices, queremos llevar a cabo nuestros sueños y queremos que nuestro trabajo sea nuestra inspiración, ¿verdad?.

Si todo el mundo pudiese dedicarse a lo que realmente ama, a su verdadera vocación y su trabajo fuese su pasión, viviríamos en un mundo menos complicado, dónde seríamos más eficaces y más felices. Parece fácil, ¿no?

Algunos de los momentos más felices de mi vida los encuentro aquí, cuando todo está en silencio y yo me dispongo a escribir. Cuando me olvido de que todo lo demás existe, cuando me relajo, cuando pienso y hablo a través de palabras a las que otros le pondrán la voz…Pero he de confesaros que hace poco he descubierto algo que me relaja también mucho, algo que hasta el momento me había llamado la atención, pero quizás, no había descubierto de verdad. Hoy te lo quería contar…

A veces me río cuando pienso que esto sólo me está pasando porque me estoy haciendo mayor, pero jamás habría imaginado que cocinar fuese uno de los grandes placeres de mi vida. Hace unos meses empecé a probar recetas que mis amigas me contaban o que encontraba en internet, a encerrarme en la cocina, sin prestar atención al móvil, con algún disco bonito de fondo, podía (y puedo) pasarme incluso horas… y cuando terminaba de elaborar el plato y de recoger y limpiar todo, empecé a darme cuenta de lo bien que me sentía, de lo mucho que me gustaba. He empezado a organizar mi tiempo para que me dé tiempo a cocinar, es más, hay momentos en los que directamente, sé que no puedo hacer algo, porque ya tenía pensado ponerme entre fogones a experimentar cosas nuevas. Me divierte, me relaja… Ultimamente, les mando fotos a mis amigas, a mi madre y a mis tías, de lo que voy haciendo y nos reímos juntas, porque he de reconocer que no se me da nada mal y sí, nos reímos también de lo mayor que estoy haciendo. No os preocupéis, de momento, podéis estar tranquilos. Ni esto se va a convertir en un blog de cocina (que por cierto, me encantan!) ni voy a intentar que cocinar sea mi nueva profesión. Lo pienso seguir disfrutando en mi casa. 😉

Esta mañana, mientras preparaba la comida y picaba una cebolla me he puesto a llorar. Siempre me pasa, como le pasaba a Tita. Cada vez que corto una cebolla y no puedo abrir los ojos porque me pican y porque están llenos de lágrimas, me acuerdo de ella.

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A Tita la conocí en mi época adolescente, cuando en el instituto, mi profesora de literatura me hizo el favor de ponerme como deber leer Como agua para chocolate  (¡Ay, Amparo! Cuántas cosas tengo que agradecerte…). Recuerdo que cuando lo leí en el instituto, no me compré el libro, alguien me lo prestó y que unos años después, mi amiga Mireia me regaló su ejemplar con una dedicatoria bien bonita. Ella sabía que yo estaba enamorada de aquel libro, y os prometo que no sé cómo, hasta hoy, no os he hablado de él.

Hoy me he acordado de Tita, de su historia de amor, de las aventuras de la novela y he pensado que no podría escribir sobre ello porque ya os lo habría contado. Cuál ha sido mi sorpresa cuando al revisar Google y el blog, me he dado cuenta que nunca os he hablado de esta historia. Entonces he sonreído y he sabido que este sería nuestro post de hoy.

La maravillosa Laura Esquivel publicó Como agua para chocolate en el año 1989, yo sólo tenía dos años y jamás podría imaginar que mientras yo iba aprendiendo prácticamente las primeras cosas de la vida, estaba naciendo, al mismo tiempo, el que mucho tiempo después se convertiría en uno de mis libros favoritos. Un libro que es una pieza fundamental de la literatura contemporánea.

La historia gira entorno a Tita, su protagonista, una mujer dulce y valiente. Tita es la menor de tres hermanas y nació de forma prematura en la cocina de su casa, y así pasará el resto de su vida, entre fogones, especias, sopas, leche y cebollas… En esta historia, dónde lo extraordinario se mezcla con lo mundano, la protagonista encuentra a través de sus platos su forma de expresión, transmitiendo a aquellos que los prueban sus sentimientos más profundos, desde la tristeza más grande hasta el más ardiente deseo.

Cada capítulo del libro empieza con una receta de cocina y a través de ellas, el lector se adentra en una historia de amor, injusticia, deseo y desesperación.

En la familia de Tita existe una costumbre que no se puede romper y recuerdo que a mi me impactó muchísimo. La hija menor no podrá casarse, ya que deberá quedarse al cargo y cuidado de sus padres cuando estos sean mayores. Mamá Elena, la madre de Tita, acabe siendo un personaje siniestro y aterrador en esta historia. El problema viene cuando Tita se enamora locamente de Pedro y su familia se opone rotundamente, ya que ella debe seguir la tradición. Pedro, perdidamente enamorado de Tita, se casará con su hermana mayor, Rosaura, para poder estar cerca de ella.

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Ambientada en la revolución mexicana y en su gastronomía, los ingredientes y los platos que cocinan nos servirán de nexo y metáfora a lo largo de la historia, como símbolos de dolor, fe o pasiones incontrolables.

Como agua para chocolate es una de las obras principales del movimiento literario “realismo mágico” y además fue llevada al cine a principios de los años noventa y está considerada como una de las mejores películas mexicanas. Pocas veces, tras leer un libro, me convence su versión cinematográfica, y en este caso, no pude hacer una excepción. Prefiero la novela, la magia de las páginas, las letras acariciadas y sus personajes inventados en mi mente, mil veces.

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Hoy, mientras lloraba picando cebolla, me ha sido inevitable, una vez más, acordarme de ella, a la que también le pasaba, de ella, de su historia de amor y dolor, de esas que me gusta leer, y claro, también escribir.

Os invito a haceros con un ejemplar y a adentraros en esta historia que estoy segura os va a encantar.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Infiel.

Vengo con una semana de retraso. Los que me seguís en mis redes sociales, sabéis que la semana pasada me escapé unos días a mi casa y por eso no hubo post el martes anterior. Me fui tres días que como bien podréis imaginar supieron a muy poco, pero exprimí mi tiempo al máximo. Estuve con mis amigas, con mi familia, en casa de mis abuelos, fui a comer a la playa, paseé por las calles de l’Olleria, aproveché para recoger a mi prima Marta del colegio… pequeños detalles que, al final, son los que a mí, al menos, me dan la vida. Es cierto, también, que prometí que aplazaba el post para el fin de semana, pero al volver a Madrid, un catarro se apoderó de mí y en mis ratos libres sólo necesitaba un sofá, una manta y un caldo bien caliente. Así que, por fin, hoy, me vuelvo a reencontrar con vosotros, y os aseguro que os he echado de menos.

Hoy te quería contar algo de lo que me he dado cuenta hace algún tiempo. Para muchos de vosotros, los relatos son vuestra parte favorita del blog, y he de decir, como ya he dicho otras veces, que también son la mía. Me gusta tanto escribirlos e inventarlos, como reencontrarme con ellos un tiempo después, me gusta, sobre todo, ver vuestra respuesta ante ellos, los sentimientos que os han provocado, hasta dónde os han hecho viajar por vuestra memoria y vuestra reflexión, me gusta que os sintáis, de vez en cuando, identificados con ellos y me gusta que rescatéis frases que cuando las leo en vuestros mensajes o vuestros tweets es cuando me doy cuenta de lo bien que suenan, porque las habéis hecho vuestras, y sin ninguna duda, de una forma mágica e inconsciente, hemos conectado.

Cuando invento alguna historia, es inevitable no escribir sobre el amor, y en esta semana, que se acerca San Valentín, es imposible no ver mensajes publicitarios llenos de corazones y amor por todas partes. Yo, a pesar de ser muy romántica, no soy mucho de celebrar esta fecha, no por nada, sino porque es algo que está impuesto y que me hacía mucha ilusión, quizás, con quince años, pero ya no. (Menos mal que no me ha pasado lo mismo con el día de los Reyes Magos!).

He de reconocer que no soy de celebrar San Valentín, no soy de hacer regalos, ni de esperar recibirlos, seguramente saldré a cenar, pero como cualquier otro día, como algo normal, no me esforzaré en tener que hacerlo porque el calendario lo indica. Al final, eso acaba pareciéndome algo incómodo.  He de reconocer que, a pesar de ello, me gusta que haya un día dedicado al amor, como me gusta que haya un día dedicado a la lucha contra el cáncer, un día contra la violencia de género, un día de la sonrisa… Porque es importante que se dediquen días a algo que forma parte de nuestra historia, de nuestra sociedad, o de nosotros como personas. Es bonito que se celebre San Valentín y me encanta que haya gente que lo viva con ilusión y prepare su celebración como algo especial, sólo espero que quien así lo viva, se acuerde de vivirlo de esta misma forma el resto del año, porque, al final, es lo que enriquecerá nuestro corazón y acabará siendo importante en nuestras vidas.

Una vez, hace mucho, mi amigo Pepe me dijo que era una luchadora en el amor, y aunque ahora lo recordemos entre risas, razón no le faltaba. El amor es uno de los ingredientes esenciales en mi vida, y aunque ya haya dedicado algún post a hablar de ello, creo que es bueno recordarlo de vez en cuando. El amor nos complementa desde que no somos conscientes de ello, desde el amor de tu madre que es la primera persona a la que te aferras cuando comienzas el minuto cero de tu historia, el resto de tu familia, hasta el amor de los amigos que irán pasando por tu lado a lo largo de la vida. El amor de tu pareja acabará de formarte como persona en un punto exacto de tu vida. Supongo que los chicos que han pasado por mi vida, de los que alguna vez me he enamorado, me han enseñado muchas cosas. Algunas de ellas, cosas que sé que nunca más querré que se repitan, y otras que rescataré y seguiré haciendo una y mil veces, pero, sin duda, me han dado eso: aprendizaje y momentos que me han hecho crecer y acabar de crear mi personalidad, mi actitud y mi posición frente a las relaciones y el amor, y aunque algunos se queden para siempre en la memoria y otros hayan sido olvidados hace tanto que ni me acuerdo, forman parte de mí como mujer, de mi historia y mis sentimientos.

Llega un momento, en el que sólo necesitas una cosa del amor: que te dé paz. Hace casi tres años que sentí por primera vez una unión indescriptible con otra persona y entonces empezamos una aventura juntos: la aventura de ser amigos, de querernos, cuidarnos, protegernos, entender nuestros más y nuestros menos, la aventura de arrancarnos sonrisas, de dar abrazos en silencio, de secar lágrimas, de apoyar sueños, de respetarnos, de entregarnos toda la confianza del mundo, de darnos libertad, de crear complicidad, de aprender a convivir, a crecer, y a recorrer el tiempo cogidos de la mano… Eso es para mí el amor. Así, tan simple y fuerte cada día, todo el año, y no solamente porque se acerque el 14 de febrero.

En las historias que escribo tengo el poder de decidir qué quiero que les suceda a cada uno de los personajes, me gusta ponerles dificultades que no querría en mi vida real, y me gusta hacerles sufrir para regalarles, algunas veces, un final feliz. En el tiempo y la vida, aprendes a vivir con el amor bueno y el amor malo, porque el malo, aunque no lo quieras, lo conocerás. El amor malo es aquel que hace daño y hace llorar, el que no sale bien o ni si quiera empieza con buen pie, el que ahoga y mata, hasta que llega el que sonríe y salva, y eso, amigos míos, siempre pasa.

Hace tiempo me di cuenta que en muchas de mis historias escribo sobre amores imposibles, sobre infidelidades y sobre historias que aparentemente son perfectas pero acaban siendo algo totalmente roto en pedazos. Esas historias existen, y aunque no nos gusten, nos cuesta menos implicarnos en ellas, porque sabemos que hablan sobre la vida misma, sobre las rutinas, sobre las pasiones, sobre las vidas estancadas y las ilusiones momentáneas, sobre la pasión olvidada y la recién estrenada, sobre el renacer…  Sobre historias que quizás alguna vez hemos vivido, sobre historias que quizás algún día viviremos, sobre historias que han vivido nuestros amigos, o sobre historias que aún de lejos, te resultan familiares. Hace poco me topé de nuevo con una película que hacía muchos años que no veía. La disfruté en silencio y cuando terminó, pensé que ojalá la hubiese escrito yo. Porque a mí me gusta escribir sobre el amor, en todas sus variedades, sobre el amor bueno y el amor malo, sobre el que da paz y el que hace daño.

Dirigida por Adrian Lyne, Infiel se estrenó en el año 2002. Edward (Richard Gere) y Connie Summer (Diane Lane) son el matrimonio perfecto: tienen dinero, un buen trabajo, un hijo al que adoran y una casa preciosa a las afueras de Nueva York. Un día, por pura casualidad, Connie conoce en el centro a Paul (Olivier Martinez), un joven francés que colecciona libros y que resulta ser muy atractivo. Entre ellos empieza una fuerte relación de pasión y juego que acabará destrozando la vida de todos.

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No es una película que vería cada día, pero me gustó verla de nuevo. No es la película más apropiada para recomendar en la maravillosa semana del amor, pero me apetecía hablar de ella. Si no la habéis visto, ya sabéis.

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Para los más románticos, os diré algo que me acaba de llegar ahora mismo en un mensaje de whatsapp. Me lo envía mi tía Ivana, que me conoce bien y sabe que es una de mis favoritas. Esta noche, en Nova, podremos disfrutar de El diario de Noah, que quienes me lleváis leyendo mucho tiempo, ya sabéis que es una historia que me apasiona. Una película que siempre me emociona, que nunca me canso de ver y para mí, una de las películas de amor más bonitas de la historia. Además, está basada en un hecho real y eso hace creer, aún más, en las historias mágicas, en el amor que puede doler y salvar a la vez, aunque tenga que esperar mucho tiempo.  Esa sí me habría gustado, de verdad, escribirla yo. Es más, esa me habría, incluso, encantado vivirla. 😉

A veces, el amor duele, a veces es maravilloso, y a veces nos hace volvernos completamente locos.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Invierno de cobardía.

Diciembre siempre ha sido de mis favoritos, siempre lo fue. Diciembre es un mes agridulce, de despedidas y cosas buenas, de dejar atrás todo lo que hemos vivido durante un año y de guardar con fuerza todo aquello que queremos conservar en el siguiente. Diciembre me sabe a sueños, a algunos cumplidos, a otros que no, pero sobre todo, me sabe a sueños por cumplir, a los que vienen con ganas, a los que vas calentando para empezar en enero a darles la explosión y la forma que necesitan para seguir viviendo o, más bien, para empezar a vivir. Diciembre, a pesar de gustarme tanto, también me produce tristeza, por la necesidad de asimilar lo rápido que pasa el tiempo, por asimilar que ha pasado un año más, que queda uno menos, empezar diciembre es empezar el principio del fin.

Diciembre sabe a Navidad y reencuentros, a mi época favorita del año, a frío y luces de colores, a corazones alegres y ciudades encendidas.

Diciembre me gusta mucho y hoy te lo quería contar… Para estrenar el mes de la lotería y las cartas a Papá Noel, he creído que lo mejor era hacerlo con un relato, que ya sabemos que son nuestros favoritos, los tuyos y los míos…

Leed despacito, como siempre, y que los diciembres, aunque lleguen tan rápido, lleguen durante muchos, muchos años…

Invierno de cobardía.

No sabía qué le gustaba más del frío, si el olor a castañas en la calle o el chocolate caliente abrazado bajo una taza entre las manos, tras la ventana. Lo que sabía es que le gustaban las historias de amor, las buenas y las malas, las experiencias de la vida, los juegos de dos, las derrotas y las batallas vencidas… Aquel invierno arrojaba suspiros de nostalgia, de miedo y frustración. Aquel invierno iba a ser un invierno de cobardía, o quizás no.

Le gustaba el chocolate y odiaba el café, le gustaba la música clásica y odiaba la música pop, le gustaba leer en silencio y odiaba los lugares con mucho ruido… Siempre fue de polos opuestos, de blanco y negro, nunca entendió los tonos grises. Le gustaban las personas educadas, solía querer más a los animales que a los seres humanos, pero en su infinita esperanza por creer que el ser humano también podía ser bueno en exceso, le gustaba creer en los demás, confiar en el resto, entregar su corazón y recibir los corazones de otros, con tacto y con cuidado, para no hacer daño y que la vida jamás se lo pudiese devolver, porque ella sabía que la vida lo devolvía todo, hasta el último centavo de un gesto de maldad y que tarde o temprano acabamos sintiendo el daño que hemos provocado, ella no quería eso, no le apetecía sufrir en este paso tan fugaz por el mundo. Le gustaba disfrutar de los pequeños detalles, rodearse de buenos amigos, le gustaba elegirlos bien, le gustaba el dolor de tripa cuando llevas mucho rato riendo, le gustaban las risas y los caramelos, creía en un mundo mejor porque necesitaba pensar que era posible, se negaba a admitir que el mundo en el que vivía estuviese tan lleno de desgracias, de cosas tan malas que sólo el ser humano, con años y siglos de historias y hazañas había ido creando. Siempre creyó que los infieles se arrepentirían de mentir y de hacer daño, y que todos los que hacían llorar a otros volverían algún día para pedir perdón.

Esas cosas nunca solían suceder, pero a ella le gustaba creer que era posible.

Una vez, hace ya mucho tiempo, le habían jurado amor eterno, un amor de ese que se promete con la mirada y con el roce de los labios, de ese que entra suave por el oído y no te deja tener ninguna duda sobre él. Le prometieron cuidarla siempre, no dejar que nunca le sucediese nada malo. Le prometieron preparar chocolate los domingos por la mañana, aunque fuese a las dos de la tarde, le prometieron una vida con dificultades y realidades, pero a la que se haría frente cogidos de la mano, juntos para siempre. Creyó en aquellas palabras, en aquellas caricias y aquellos besos durante días, durante meses y durante años. Se entregó en silencio a noches de pasión, a días de discusiones, a momentos felices, a días de lágrimas, entregó su cuerpo y su alma a la vida misma, a una historia de dos, a una relación que creía que era lo mejor que tenía…

Un día, le fallaron.

Encontró un papel al que no le habría prestado importancia si no hubiese sido porque estaba en el bolsillo de un pantalón que iba a meter en la lavadora, tuvo que cogerlo y se sintió estúpida al ver cómo le temblaban las manos. Creía conocerlo absolutamente todo de él, y se sentía ridícula por dudar que aquella tarjeta de hotel, de la que nunca había oído hablar, no tendría una explicación. Durante horas estuvo dándole vueltas a una cuestión que la estaba matando por dentro mientras se negaba con una sonrisa, era imposible que él hubiese estado en aquel hotel, era imposible que él pudiese tener una amante, era imposible todo aquello que se le pasaba por la mente… Finalmente, y sin saber por qué, actuó con normalidad y no levantó la voz, se convenció tanto de no levantarla que fue incapaz de dejarla susurrar. Prefirió callar que dudar. Su corazón, sin querer, estaba cambiando, y su cabeza empezó a observar hechos que nunca antes había sido capaz de asimilar… Reuniones hasta tarde, cenas con amigos, mañanas de tenis sólo para chicos… Ausencias aparentemente justificadas que ella ya no creía.

Una mañana de sábado decidió seguirle, primero andando, callejeando, dando vueltas sin sentido, hasta coger un taxi. El nombre del hotel reflejaba en el cristal del coche cómo una llama de fuego, de las que queman y hacen daño, de las que carbonizan en alma y derriten los sueños. Se quedó en silencio y contempló el reencuentro. Era guapa, más joven que ella, quizás. Un beso y un abrazo que le parecieron no haber recibido jamás de forma igual, unas sonrisas envenenadas, una traición que ya no podía ser silenciada.

Fue incapaz de humillarse, de gritar y pelear, de escupir por su boca todo lo que pensaba, se llenó de dignidad, el odio se convirtió en fuerza, en frialdad, recogió sus cosas y dejó una nota. Justo al salir, con las maletas cargadas y la impotencia en los ojos, se encontró con aquel que le había prometido un amor eterno. Él no entendía dónde iba, y ella le explicó que tenía que marcharse, que tenía prisa y que cuando subiese a casa lo entendería. No le dejó abrazarla, ni besarla, ni retenerla, ni pedirle explicaciones, no le dejó pronunciar palabra. Le gustó dejarle allí, de pie con la duda, con el miedo y la incomprensión. Una nota le esperaba reposando en la mesa del salón. Le contaba que ella se había enamorado de otra persona, que llevaba años engañándole y que lo sentía, pero el amor que sentía por él sólo había sido una fachada de apariencia, que seguramente nunca le había querido de verdad. Le deseó suerte en la vida y le pidió que jamás intentase ponerse en contacto con ella, le pidió disculpas de forma cordial y le dijo que ahora podía empezar ella su verdadera vida. Ni un beso, ni un te quiero. Era la carta más fría y cruel que se había escrito en la vida.

Jamás volvió a verle. Le odió durante mucho, mucho tiempo, todavía hoy cree que le seguirá odiando de por vida. Jamás supo si aquella mujer había sido siempre la misma, o si las quedadas en aquel hotel habían sido con mujeres distintas. Ella tenía la fuerza y la capacidad de empezar de cero, de sobrevivir, de crear una vida con cosas sinceras y de verdad. Se instaló en un hostal durante unos días, hasta encontrar un pequeño apartamento dónde sentirse cómoda. Una vez quedó finalizada su nueva casa, desempaquetada la pequeña mudanza, y tener todos los detalles colocados en su sitio, se metió en la cama durante siete días, en los que lloró sin parar y descargó la rabia, en los que le maldijo y le deseó todo el desamor del mundo y en los que se juró a sí misma que ni un sólo hombre más la haría llorar, es más, se juró no dejar que nadie le volviese a prometer nada relacionado con la palabra amar…

Ella siempre fue de blanco o negro, nunca entendió los tonos grises, y su extremo en todas las decisiones de su vida, la llevaron a convertirse en una persona solitaria y triste. Se rodeó de amigos que le arrancaban risas, pero en cada una de sus sonrisas, los ojos de tristeza hacían de sombra enfermiza. La gente que la quería intentó ayudarla, intentó que volviese a ser la misma, la de los extremos, la del blanco o negro, pero la que sonreía de verdad, la que reía a carcajadas y la que creía en el amor y las personas. A ella le habían arrancado el alma.

Llevaba meses coincidiendo con él, siempre a la misma hora, en la misma parada de metro, en el mismo andén. Era alto y delgado, guapo, distraído y parecía simpático. Tenía el pelo oscuro y siempre iba un poco despeinado, escuchaba música con unos cascos y siempre llevaba un maletín. Vestía elegante y discreto. Jamás se admitió que empezaba a despertarle curiosidad, ni si quiera se lo contó a nadie. A veces intercambiaban miradas y ella rápidamente las esquivaba. Una vez, él hizo el amago de saludarla con una sonrisa, a lo que ella asintió sin despegar los labios, sin dejar que hiciesen ninguna mueca, con frialdad y miedo. Sabía que él la miraba, y ella no era capaz de volver la cabeza para confirmarlo. No quería acercarse a él y quería dejar de sentirse estúpida por la gracia que le provocaba aquel desconocido. Sin querer, empezó a sentir cómo se miraba dos o tres veces en el espejo antes de salir de casa, quería sentirse guapa. Un lunes por la mañana, a la misma hora de siempre, él no estaba. Empezó a ponerse nerviosa y dejó pasar el metro, no pasaba nada si esperaba al siguiente. Miraba de reojo las escaleras, esperando verle bajar corriendo, por haber llegado tarde a aquella cita diaria que les venía reuniendo desde hacía mucho tiempo. El metro llegó y él no apareció. Subió al metro y se odió a sí misma, por aquellos sentimientos que tenía y que se había prometido hacía mucho tiempo que no volvería a tener. Ni martes, ni miércoles. No estaba. Pensó que quizás había cambiado de trabajo, que quizás había decidido coger otra línea de metro para no tener que cruzársela… O lo que es peor, pensó que le podría haber pasado algo. El jueves se olvidó del tema, pensó que era mejor así, no quería que le gustara, porque no iba a permitir que ningún impulso la hiciese acercarse a él, pero cuando bajó al andén, ahí estaba, como siempre, con su maletín y sus cascos y entonces ella sintió como además de su boca, su corazón sonreía. Se sintió aliviada y se alegró de volver a verle. No hizo ningún gesto, y no se lo demostró.

Durante todo el día estuvo pensando que todo estaba bajo control, que le podía seguir viendo cada mañana. Segundos después se decía a sí misma qué habría pasado si realmente ya no le hubiese vuelto a ver, se preguntó qué habría sentido si realmente hubiese sabido que le había ocurrido algo y supo que ya no habría querido sentirse guapa por las mañanas. Supo que ya no querría estar en ese andén y supo que habría lamentado no haber intentado hablar nunca con él.

El viernes pidió un chocolate caliente, que sujetaba entre las manos bajo el frío de la primera hora del día. Se metió en la estación de tren y bajó las escaleras. Antes de asomarse al andén, se observó a sí misma, observó sus recuerdos, sus miedos y sus dudas y decidió quitarse todo eso de encima, decidió tirarlo a una papelera que vio cerca, y decidió que quería volver a creer en las personas, a creer que en el mundo existían las personas buenas, se quitó las dudas y la tristeza, cargó con la sonrisa y con las ganas. Dejó salir, poco a poco, la felicidad en su mirada y sintió que aquella mañana, estaba más guapa que nunca. Se puso a su lado. al lado del chico del maletín y los cascos y le sonrió. Vio cómo a él se le iluminaba la mirada y cómo se quitaba los auriculares. El metro estaba llegando y entonces ella le dijo:

-¿Tienes algo que hacer esta tarde?

Vio su sonrisa y supo que ya no tenía miedo.

La vida nos regala malas experiencias, nos pone a personas que no se van a quedar con nosotros en el tiempo, nos presenta a personas que nos hacen daño, pero también a otras que nos querrán siempre. La vida nos da una de cal y una de arena, una de blanco y una de negro, eso siempre. Pero los tonos grises, la mayoría de las veces, también están presentes, y entre la felicidad absoluta y la destrucción conviven la confianza, los miedos y las dudas, pero la vida es eso, un aprendizaje, nuevas cosas y nuevas oportunidades.

Aquel podía haber sido un invierno de cobardía, pero no lo fue.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

 

 

El miedo.

Cuando salgo de Madrid, me gusta desconectar de todo. Aparezco menos en las redes sociales, y apago el ordenador. He estado unos días en mi casa, en mi pueblo, entre sus calles y mi gente, con reencuentros, con cariño y sonrisas, y he sido muy feliz. Ya estoy de vuelta, en la ciudad y aquí, con una historia nueva que te quería contar.

Traigo nuevo post, que ya tocaba, y viene en forma de relato… Para que leáis despacito, para que el miedo no se apodere de vosotros y para que intentéis arriesgar y luchar en la vida por aquello que deseáis… Muchas veces, como le pasa a la protagonista, no somos capaces de afrontarlo.

El miedo

Suena una canción triste de fondo, lenta, suave y melancólica, de esas en las que es esencial que reine el silencio, para que sólo se la escuche a ella, para que entre dentro de ti, para que la vivas y la sientas.

Me miro al espejo mientras voy borrando con un trozo de algodón embadurnado de leche limpiadora la apariencia de mi rostro. Voy quitando poco a poco la capa que me cubre, la capa de belleza y fortaleza, de mujer guerrera y valiente y siento cómo me voy quedando desnuda. Veo cómo reaparecen mis pecas, escondidas, camufladas, cómo salen tímidamente, cómo me cubren el rostro, y las voy recorriendo una a una, dejándolas libres, sabiendo que son parte de mí.

Voy borrando poco a poco el rojo pasión que cubre mis labios, ese rojo permanente que ha estado ahí durante todo el día, dueño de sonrisa imborrable y de tristeza escondida. Lo voy borrando y observo mis labios, pienso en todos esos besos que han regalado y pienso en todos esos besos que le quedan por regalar, en aquellos besos que siempre serán recordados o aquellos que se olvidaron sólo unas horas después… Pienso en esos besos que nunca han dado y esos besos que nunca darán. Esbozo una sonrisa y siento una lágrima juguetona y triste llegar hasta mi boca. Me observo y tengo miedo. Me tiemblan las manos. No sé si lo estoy haciendo bien o lo estoy haciendo mal, y la incertidumbre, en la mayoría de los casos, me mata. Me observo y me pregunto quién soy, quien quiero ser y pienso que no importa lo que piensen los demás. Hace mucho tiempo que eso dejó de darme miedo.

La canción ha acabado, pero el silencio sigue reinando, y acordes con mi vida, siguen sonando las baladas, las canciones lentas y melancólicas, de historias con finales tristes o de historias que ni si quiera han tenido un principio…
Oigo el sonido del vino caer contra el cristal, una copa más, he escogido un buen vino, porque hoy es día de eso, de tomar un buen vino en silencio y pensar… Con la música de fondo.

Siempre he querido solucionar el mundo, siempre he querido ganar y siempre he querido tener más. Nunca he sabido conformarme, siempre he regalado amor y siempre he sido un poco egoísta, siempre he sido una luchadora y siempre he tenido muchas aspiraciones profesionales, siempre he conseguido todo aquello que me he propuesto y nunca he tenido miedo. Nunca. Hasta que le conocí. Y ahora, de nuevo.
El silencio invade mi casa y mi vida, el silencio y la soledad son necesarias a lo largo de la vida, siempre que se necesiten y siempre que no hagan daño. Hoy el silencio duele, y la soledad también. Y yo, que nunca he sido de llorar, hoy lloro. Lloro mucho.

Nos conocimos hace tiempo, hace unos años que a mí me parecen toda una vida, por todo lo vivido y por el amor regalado. Dafne quiso celebrar su despedida de soltera en Ibiza, por todo lo alto, durante días en los que reímos, comimos, bebimos y nos divertimos como si se nos fuese a acabar la vida. Cuando estás con tus amigas, las de siempre, las que te conocen de verdad, las que te explican en qué te estás equivocando y lo hacen con cariño, las que sienten tus éxitos como los suyos, cuando todo eso ocurre, una no puede estar más feliz. Estábamos en uno de los mejores hoteles de la isla. La verdad, que hacía muchos años que no nos dedicábamos unos días a nosotras solas, a recordar viejos momentos y a brindar por los que todavía están por llegar. La vida nos ha tratado con cuidado, como nosotras la hemos tratado a ella, y a ninguna nos ha ido nada mal. Una de las noches, una de esas noches en las que el cuerpo sigue pidiendo más, conocimos a un grupo de chicos con los que compartimos risas y poco más. Al día siguiente nos los volvimos a encontrar. Sin ni si quiera saber cómo, ni por qué, Álvaro y yo compartimos sonrisas y miradas esquivas, y cuando nos pusimos a hablar, nos dimos cuenta que teníamos más cosas en común de las que habríamos imaginado. Casualmente era actor, y yo trabajaba para una agencia de actores. Le di mi tarjeta y le dije que se pusiese en contacto conmigo, le ayudaría en todo lo que estuviese en mis manos.

Los primeros mensajes fueron más bien cordiales, y dos semanas después de haber vuelto de Ibiza, vino a verme a Barcelona, porque le había conseguido una entrevista con la directora de la agencia, para ver si encajaba en nuestro perfil y saber si podríamos llevar su trabajo e intentar darle oportunidades en un mundo cada vez más complicado. Álvaro conquistaba solamente con sonreír, pero sólo bastaban diez minutos a su lado para quedar totalmente enganchada a él, a su risa y su sentido del humor, a su desparpajo y humildad. No tenía un trabajo fijo y su economía no sobrepasaba los límites de la supervivencia mensual, así que le invité a quedarse en mi casa. A las afueras de Barcelona, tenía un piso maravilloso en el que sentía que me sobraba espacio, así que podía ocupar la habitación de invitados siempre que lo desease.

Llegó un martes por la tarde y su entrevista sería al día siguiente. Le recogí en la Estació de Sants y fuimos en coche hasta mi casa. He de reconocer que me ponía nerviosa tener a un hombre tan guapo a mi lado, pero como siempre, guardé la compostura y me disfracé de distanciamiento y cierto aire de frialdad. Preparé una cena básica para no llevar a confusiones y le dije que teníamos que descansar, nos esperaba un día largo a la mañana siguiente. Le dejé toallas limpias y puse unas sábanas que olían a limpieza y soledad sobre la que iba a ser su cama, le deseé buenas noches y caí rendida entre mis almohadas.

La reunión fue mejor de lo que pensamos y a la directora de la agencia le encantó. Pronto se organizó una sesión de fotos para crear su imagen de presentación para nuestra web, y le aseguramos que en menos de lo que esperaba, estaría trabajando. Se sentía completamente agradecido, estaba feliz e ilusionado, sus ojos brillaban de entusiasmo y eso hacía que resultase más apetecible. Intentaba mantenerme distante y ser una mujer profesional, decliné su invitación para cenar y le dije que prepararíamos cualquier cosa en mi casa. Preparé una ensalada y compré un par de pizzas, me obligó a abrir una botella de vino y me hizo brindar varias veces para celebrar el futuro que le habían prometido y que yo, en cierto modo, le había presentado. Dos botellas de vino cayeron rendidas a nuestros pies y el calor y las risas llenaron de color mi casa. Me miró a los ojos y no pude decir nada. Me besó con fuerza y me dejé besar. Nos tambaleamos hasta mi cama y le dejé desnudarme con pasión, le quité la camiseta con fuerza e hice el amor como si fuese la última vez de mi vida.

Pasamos cinco días conviviendo en mi casa, entre sexo y risas, y tras la sesión de fotos y trámites finalizados, volvió a su casa, un pequeño pueblo de Castellón, al menos, hasta que consiguiese su primer trabajo.

Durante las semanas siguientes nos dedicamos a enviarnos dos tipos de e-mails, los profesionales por parte de la agencia y los personales llenos de “te echo de menos” y “me muero por volver a verte…”. Nunca había mezclado lo profesional con lo personal, pero poco a poco, la historia se me fue yendo de las manos. Un mes después, tuve que llamarle para anunciarle que iba a hacer su primer casting para una obra de teatro muy importante en Barcelona. Aquella fue la segunda vez que le vi y aunque en la agencia creían que se hospedaba en un hostal del centro, esta segunda vez, también se instaló en mi casa. Le ayudé a repasar el guion y a preparar aquella prueba que tanta ilusión le hacía. El papel fue suyo. Tenía un talento indiscutible y un carisma que no dejaba a nadie indiferente. Supe desde el primer momento que iba a llegar muy lejos.

Los ensayos empezaban un mes después y me pidió que le ayudase a buscar piso. En un principio, le dije que podía quedarse en casa y entonces me di cuenta que ya estaba locamente enamorada de él. Fue entonces cuando me escribió un correo que cambió mi vida y mis ilusiones. Pedía perdón no sé cuántas veces, tantas, que yo ya no las alcanzaba a leer. Se le había olvidado contarme que llevaba cuatro años con su chica y que aunque yo le gustaba muchísimo y conmigo había pasado los mejores momentos de su vida, ella había decidido trasladarse con él a su nueva aventura y que él no tenía valor para decirle que no. Lloré tanto, de rabia y traición que me prometí que esa sería la última vez que lloraría por un hombre. Durante unas semanas mi estado de ánimo cambió, estaba triste, desolada y no quería volver a verle nunca más. Por desgracia, comenzábamos a trabajar juntos y le vería más de lo que hubiese deseado. Intenté, una vez más, separar lo personal de lo profesional, y una vez más, no supe. En la agencia todo el mundo hablaba de su talento, de lo guapo y bueno que era y yo tragaba en silencio un dolor que no era capaz de argumentar con lógica. Tres meses después, el día del estreno, la conocí. Era tímida y dulce y aunque entendí que ella no tenía la culpa, la odié con todas mis fuerzas. No supe llevar la situación y me fui consumiendo poco a poco, los días se me hicieron tan insoportables que decidí pedir un traslado en la agencia e irme a trabajar a la sede que teníamos en Madrid. Era buena y respetada en mi trabajo. Mucho. Al mes y medio me vi instalada en la capital de nuestro país, mirando de lejos su éxito y deseando que no volviésemos a coincidir, empezando mi vida de cero, de la forma más cobarde: llena de miedo.

Nunca me he vuelto a enamorar de nadie como me enamoré de él. Él, con quien sólo compartí una pequeña parte de mi vida, unos días, unas semanas o unos meses, nada comparado a todos los años que llevaba sobre la espalda. Pero a veces, hay historias que entran tan fuertes que se quedan, de un modo u otro, para siempre dentro de ti. Pensé que no volvería a confiar en nadie y lo hice, volví a querer y renací. Me centré en mi trabajo, en nuevas amistades y no dejé de estar, aún en la distancia, con las amistades de siempre. Con el tiempo, volví a tener ilusión y ganas y yo, que estaba en contra del matrimonio y toda esa parafernalia, me casé tres años después y mi matrimonio duró apenas seis meses, porque nunca fui capaz de volver a querer de verdad. Me casé con un chico normal, con un trabajo normal, mientras veía, en la sombra, cómo la carrera de Álvaro iba creciendo, cómo le iban adorando, y cómo se le habían relacionado un sinfín de relaciones tras dejar a su novia de siempre. Le seguía odiando cada vez que le veía en la prensa o la televisión, y a pesar, de seguir trabajando en mi misma agencia, cada vez que venía a Madrid, me las apañaba para no coincidir con él. Nunca me había gustado perder y sabía que jamás podría perdonarle.

No dejamos de ser simplemente seres humanos, que no somos capaces de controlar absolutamente todo, que nos equivocamos y cometemos errores.

Hace un par de meses, acudí al teatro con unas amigas, nos habían invitado a un estreno, y allí, entre los invitados, sin querer, mi corazón se paró cuando le vi a lo lejos. Quise irme en aquel mismo instante y me reí de mí misma, por no ser capaz de aguantar algo que había pasado hacía ya demasiados años. Me quedé. Intenté no estar pendiente, no saber ni dónde se sentaba, ni con quién hablaba, pero estaba tan nerviosa que empecé a encontrarme mal de verdad. Conseguí aguantar hasta el final de la obra y antes de que la gente empezase a salir, me excusé y me fui a la puerta para coger el primer taxi que pasase. La Gran Vía iluminada, ella que siempre vive y sonríe, pero aquella noche a mí me pareció triste y apagada.

Horas después recibí un mensaje. Me había visto y quería volver a verme. No contesté, pero a él la vida ya le había concedido el poder de creerse capaz de tener todos sus caprichos, de no aceptar un no por respuesta y creer que podía con todo lo que se propusiese. Como yo lo creía de mí misma, como siempre lo había creído, menos cuando le conocí a él. En varias ocasiones me citó en sitios distintos, desde cualquier cafetería hasta la habitación de un hotel, sin obtener respuesta, sin obtener mi presencia. Él sabía dónde podría encontrarme, pero le gustaba jugar y yo no se lo iba a permitir.

Empecé a recibir flores en la agencia. El primer día fueron seis, los años que llevábamos sin vernos, y cada semana se sumaba una más, como el paso del tiempo. La situación empezaba a ahogarme, y aunque me muriese por verle, le odiaba con todas mis fuerzas y jamás iba a darle ni una sola oportunidad.

Esta tarde, al salir por la puerta, un coche flamante me esperaba. Un conductor sonriente me hacía señas para que me acercase y él esperaba en el asiento trasero con una tímida sonrisa en los labios, donde he querido leer un “lo siento”. Iba a pasar de largo, pero he sabido que la situación no podía alargarse más. Sin pronunciar palabra, he abierto la puerta y me he sentado dentro. Le he visto asentir, con tristeza en los ojos y ha intentado acariciarme la mano. La he quitado bruscamente y le he indicado yo al chofer dónde quería ir. No podía ir a ningún hotel, ni aparecer en cualquier sitio, por desgracia, la prensa vive pegada a sus talones y salir en ella sería lo último que yo querría en mi vida. Hemos venido a mi casa, un pequeño apartamento en el barrio Salamanca, y él me ha seguido sin decir palabra. He cerrado la puerta a sus espaldas, mientras me temblaba la vida, y he servido dos copas de vino sin ser capaz de mirarle a la cara. Le he indicado con un gesto que se sentase en el sofá y le he dicho que tenía media hora para explicarme el porqué de todo en las últimas semanas.

He querido ver en él el arrepentimiento, pero no me lo he creído. Me ha jurado que nunca ha dejado de pensar en mí y que al haberme visto aquella noche en el teatro se había dado cuenta que tenía que luchar hasta que no le quedasen fuerzas para que yo le diese otra oportunidad. Le he escuchado en silencio, con mi mirada clavada en la suya, con una frialdad y entereza que no me creía ni yo, con los labios rojos y unos tacones de aguja que me dan el poder de una mujer fuerte, y esconden el dolor y la tristeza que hay dentro de mí. Le he visto llorar, y he visto en mi sofá, la escena que he deseado ver durante muchos años de mi vida. No le he dejado ni rozarme, aunque me moría por besarle, desnudarle y entregarme en cuerpo y alma a él, entregarle mi vida y mis ganas, como ya hice una vez. Cuando ha terminado su discurso, sollozando como un niño, al que me he dado cuenta que el éxito y la fama, hacen muy infeliz, al que me he dado cuenta que le faltan las cosas más básicas de la vida como amigos y cariño, le he invitado a marcharse. Le he explicado que ha conseguido que le escuchase, pero le he dicho que no quería volver a tener ningún tipo de relación con él. No quiero ser su amiga y no quiero tenerle en mi vida, lo he dicho mientras mi voz interior gritaba: ¡Cásate conmigo ahora mismo!

Le he visto salir, con su copa de vino intacta sobre la mesa, con los ojos inundados en un mar de lágrimas, que nunca sabré si eran ciertas o no. A veces, no somos tan fuertes como nos gusta aparentar, y yo sólo sé que he sentido miedo. Miedo a volver a ser traicionada por la única persona a la que he amado en toda mi vida. Miedo a volver a tener y volver a perder, miedo a arriesgar y no ganar, miedo a volverme a sentir vacía. Miedo a volver a tocar sus labios o besar su espalda desnuda, miedo a volver a abrazarle y querer que el mundo se pare. Miedo a no volver a saber vivir sin él, miedo a volver a entregarme, miedo a volver a despertar junto a él, miedo a compartir sus sueños… Y aunque realmente es lo único que deseo, el miedo, a veces, no nos deja elegir bien.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Se ahoga el corazón

Me gusta el café de media tarde, tranquilo y en silencio, los que me seguís en Instagram o seguís la página del blog en Facebook, habréis podido ver una foto que he subido hoy, de un regalo muy especial con el cual, a partir de hoy, mis cafés van a saber mucho mejor.

Me gusta el café de media tarde, mientras oigo a niños jugar al otro lado de la ventana, con la energía inagotable y las ganas de jugar y correr toda la tarde.

Hoy vengo con un nuevo relato, sobre un tema que me produce miedo y un total y absoluto rechazo. Porque hoy, todavía en muchos países, se castiga a aquellos que sólo quieren transmitir la información a la que tenemos derecho. Hoy, te lo quería contar.

Leed despacito, como siempre…

SE AHOGA EL CORAZÓN.

Se me ahogaba el corazón y me dolía el alma. Me dolía como sólo es capaz de doler la soledad que sabes que no tiene solución, como duele el amor cuando te mata, duele mucho más que la primera vez que pruebas con tus labios el sabor de la decepción, duele mucho más que una primera caída en bicicleta, o la pérdida de ese juguete que ha sido tu favorito desde donde te llega la memoria, cuando aún ni si quiera sabes cómo es el dolor de verdad…

Se me ahogaba el corazón y me dolía el alma por haber fallado, por haberme fallado a mí mismo y por no haber sabido afrontar con fortaleza una de esas duras pruebas que pone la vida, para simplemente eso, hacerte más fuerte y hacerte aprender. Lo que la vida a veces no se da cuenta es que hay pruebas que sobrepasan la razón, y tu mente queda tan destrozada que no es capaz de obligar a fingir una sonrisa apagada.
Se me ahogaba el corazón y me dolía tanto el alma que mi vida se estaba quedando sin fuerzas…

Desde joven había alzado la bandera de la revolución, en mis actos y pensamientos siempre había estado como prioridad la opción de luchar contra las injusticias, a favor de los menos favorecidos e intentar con un lema de energía positiva pegado a la piel, hacer frente a todos los baches que la vida ponía en mi camino y en el camino de los que estaban a mi alrededor.

Demasiado joven aguanté demasiadas injusticias. Injusticias vitales, que la vida, a la que durante mucho tiempo me pregunté qué era aquello que yo le debía, se empeñaba en castigarme y machacarme en una constante caída que parecía no tener fin. Mi madre me abandonó cuando sólo tenía cuatro años. Mi padre, que nunca tuve la menor duda de que era un buen hombre y me quería, no sabía organizarse bien para demostrarme que así era, no tenía tiempo para una mirada, un abrazo o una sonrisa sincera. Le molestaba que inventase historias, que escribiese hasta altas horas de la madrugada, que leyese libros en vez de intentar tener un oficio de provecho con el que poder trabajar y ganarme la vida. Con mis escritos, siempre decía, no iba a ir a ningún lado. Nos acostumbramos a convivir el uno con el otro. Tuve que aprender, demasiado pronto, a valerme por mí mismo, pero me di cuenta lo mucho que le necesitaba cuando una tarde de julio, cuando yo cumplía veinte años, lo encontré tendido sobre su cama, con una botella de alcohol y un bote de pastillas vació, entregado a un sueño eterno que no fuese capaz de devolverle nunca más a la realidad de sus días. En su puño cerrado encontré una vieja fotografía en la que él observaba a mi madre mientras ella sonreía y yo estaba en sus brazos, con apenas unos meses de vida.
Mi padre se fue sin despedirse de mí y nunca supe cómo debía afrontar aquello. Lloré de rabia durante mucho tiempo, con la culpa dentro de mí cuerpo de que en todos aquellos años no hubiese habido ni un solo motivo por el que se sintiese orgulloso de mí. No sé si fue su culpa, o fue mía.
Por entonces, yo ya estudiaba periodismo y había entregado mi vida, por completo, a las noticias y a la información, quería ser la voz de muchos que no podían levantarla, quería que el mundo cambiase y quería ser yo quien lo consiguiese. Es un pensamiento absurdo que todo ser humano tiene, al menos, una vez en la vida. El problema es que a mí me duró mucho tiempo.
Con un expediente ejemplar y una entrega absoluta a mi vocación y profesión, no tardé mucho tiempo, después de varios meses de prácticas, en encontrar un buen puesto de trabajo en uno de los periódicos más importantes de la ciudad.

Cuando conocí a Alejandra sólo era un joven aprendiz. Ella tenía diecisiete años, la luz en la mirada, la picardía en la sonrisa y la vida en la voz, en el andar y en sus gestos que me hicieron creer que era un ángel bajado del mismo cielo pero con la sensualidad y la cara propia de una actriz de cine, de las de hacía años, de las que deslumbraban con su belleza y misterio. Alejandra era la hija del director del periódico, su única hija.
Habían días en los que visitaba a su padre y con la curiosidad que la caracterizaba se detenía a observar la redacción, los ordenadores y las manos de quienes escribían noticias, atendían el teléfono, sonreían ante un triunfo o se desesperaban ante el fracaso. Otras veces, pasaba corriendo al despacho y volvía a desaparecer en cuestión de minutos, corriendo de arriba abajo, con la inquietud de quien tiene diecisiete años y siente, como yo sentí una vez, que quiere comerse y solucionar el mundo.

Habían pasado siete meses desde que la había visto por primera vez hasta que tuve oportunidad de hablar con ella. Su señor padre, al que con el tiempo aprendí a cogerle cariño, había organizado una cena de Navidad para los empleados en su casa. Alejandra me observaba de reojo mientras sonreía, hasta que se acercó mientras yo me servía una copa para decirme directamente que tenía cara de tener pocos amigos. No se equivocaba. Asentí y a ella le salió una pequeña carcajada. Le sonreí y nos aguantamos durante varios segundos la mirada.

Cuatro años después, nos casábamos en una ceremonia elegante, celebrada por todo lo alto, muy a mi pesar y muy al gusto de mi suegro. Alejandra se licenció en Periodismo y empezó a ser, además de mi esposa, mi compañera de trabajo.

Nuestro amor siempre fue tranquilo y bueno, de los sanos y puros, de los que no gritan ni faltan el respeto, de los que sonríen en silencio cuando hay que callar y los que ríen a carcajadas cuando es el momento. Nuestro amor era un amor de complicidad, amistad, pasión, sexo y promesas eternas, un amor de amigos, amantes y dueños de sueños. Era el hombre más afortunado del mundo.

Nuestra hija Gabriela cumplió siete años hace sólo unos meses y nosotros, cada vez que la miramos, con esa delicadeza que transmite su mirada, esa calidez que regala su sonrisa y esa paz que desprende su alma, nos sentimos los seres más afortunados del planeta por haber sido capaces de crear algo tan hermoso y por seguir queriéndonos cada día como si todavía fuese el primero.

Alejandra, desde hacía mucho tiempo, estaba inmersa en una investigación sobre narcotráfico y prostitución que le estaba robando más horas y energía de la que debía. Cada vez que avanzaba y profundizaba más en el caso, cada vez que descubría algo nuevo, sentía más necesidad de llegar hasta el final, de luchar contra todo aquello que se estaba permitiendo en un mundo en el que ella vivía y en el que estaba dispuesta a dejarse el cuerpo y el alma si era necesario para intentar cambiarlo.
El reportaje final permitió destapar una de las mafias más importantes que se habían detenido en Europa en los últimos años, una mafia dónde gente con mucho peso y renombre había invertido dinero, sudor y maldad. Empresarios, jueces y abogados en una trama de prostitución, drogas y pederastia que consiguió que la policía detuviese a mucha gente y que mi inquieta y justiciera esposa se ganase el respeto de toda una profesión y todo un pueblo que ahora la admiraba y aplaudía… Me sentía muy orgulloso de ella, como compañero de vida y de trabajo. Había estado brillante. La admiraba, seguramente mucho más de lo que ella creía.

Hace dos semanas, salió a cenar con unas amigas, quería celebrar el triunfo y estaba feliz y pletórica. Gabriela y yo nos decantamos por un vestido verde con la espalda escotada y unos buenos tacones entre todas las opciones que nos propuso. Era preciosa. La besé y le dije que se divirtiera, su perfume se me quedó impregnado en la piel al abrazarla antes de que saliese…
No sabía que sería la última vez que lo haría.

A mi esposa la asesinaron en plena calle. Todavía la imagino, riendo, con su caminar y su energía, saliendo de aquel restaurante donde las balas y la vida la pillaron por sorpresa. Cinco tiros acabaron con su risa, con su sonrisa y su energía, acabaron con nuestra vida, le robaron parte de la suya a mi hija.
Mi esposa fue asesinada por transmitir información, por querer luchar contra las injusticias, por contar la verdad, por ser la voz de la noticia… Mi esposa fue asesinada porque todavía hoy vivimos en una sociedad donde el periodismo puede acabar siendo un trabajo de alto riesgo, porque todavía hay demasiados seres humanos que se creen dioses superpoderosos capaces de controlar el mundo, creen tener el poder del dónde, cuándo y cómo.

Mientras espero que se haga justicia y se encuentre a los culpables, he sentido como a poco he ido perdiendo la razón, la fuerza, las energías y la vida, y en el más puro egoísmo, he intentado llevar a cabo el que siempre fue el castigo de mis días. Intenté suicidarme loco de desesperación, sin pensar lo que dejaba. Roto de rabia y egocentrismo, alguien me encontró antes de que fuese demasiado tarde, antes de que pudiese dejar a mi pequeña Gabriela sola en este mundo…

Se me ahoga el corazón y me duele el alma. Me duele como sólo es capaz de doler la soledad que sabes que no tiene solución, como duele el amor cuando te mata, duele mucho más que la mentira en el momento que confías a ciegas, duele mucho más que la primera vez que pruebas con tus labios el sabor de la decepción, duele mucho más que una primera caída en bicicleta, o la pérdida de ese juguete que ha sido tu favorito desde donde te llega la memoria, cuando aún ni si quiera sabes cómo es el dolor…

Se me ahoga el corazón y me duele tanto el alma que la vida se me está quedando sin fuerzas.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Boyhood (Momentos de una vida)

Me faltan horas al día… ¿No os pasa? Recuerdo cuando era pequeña y escuchaba aquello de que a medida que te haces mayor, el tiempo pasa mucho más rápido, y es verdad. Claro, a medida que creces, las obligaciones en ti también lo hacen, nuestra cabeza está a mil cosas a la vez: nuestra casa, nuestro trabajo, nuestros hobbies, nuestras quedadas con amigos… A veces, siento que me falta mucho tiempo para mí misma y sobre todo, me falta mucho, muchísimo tiempo para escribir. Necesito escribir más, mucho más.

De vez en cuando, es importante que nos dediquemos un día a nosotros mismos, a mimarnos, a ser felices, porque eso nos llenará de paz y eso hará que estemos más contentos con el resto del mundo.

Hace un par de semanas lo hice. Dormí sin prisa, comí mi comida favorita, leí, vi mi peli favorita y mi mente estaba totalmente relajada…

Hay tantas pelis buenas que pueden alegrarte el día…

Creo, sin embargo, que hay muy pocas películas que se basen en una vida real, en la vida de la mayoría de las personas, en la vida de alguien que no vive una gran historia de amor, que no sufre un grave accidente o no tiene una enfermedad. En la mayoría de los casos, el cine trata temas que existen en la vida real, claro, pero siempre con esa pizca de emoción que necesitamos ver en la gran pantalla, ese melodrama que nos hará quedarnos sin lágrimas o esa historia que nos hará soñar y querer vivir una igual.

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Hace justo una semana, estuve en el Matadero de Madrid disfrutando de la premiere de Boyhood (Momentos de una vida), una película que ha tardado doce años en rodarse, así que como mínimo, sabía que me iba a parecer interesante. Doce años y sólo 39 días de rodaje para crear una historia de verdad, para que los personajes de la trama no fuesen sustituidos por otros en el paso del tiempo, para que cada uno de ellos avanzase a través de la cámara como lo hacían en sus vidas cotidianas.

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Dirigida por Richard Linklater, la película se centra en la historia de Mason (Ellar Coltrane), un niño de seis años al que acompañaremos por el recorrido de su vida, le veremos crecer y descubriremos con él la adolescencia: la primera borrachera, el primer beso, el primer amor, la primera ruptura, las discusiones con su hermana, la relación con sus padres, sus amigos, los que van y los que vienen…

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Unos padres divorciados y una hermana mayor son sus compañeros de vida, aunque a lo largo de la historia encontraremos otros personajes y otras nuevas familias que formarán parte de su vida.

Fin. No hay más. Es una vida normal, como la de muchos chicos que se mudan de ciudad, que llegan nuevos a un instituto, que hacen nuevos amigos, que se enamoran y se decepcionan… No hay ni si quiera un mínimo punto en el que la historia se ponga excesivamente emocionante, es una trama lineal porque es como si alguien hubiese estado grabando tu vida (¿Te lo imaginas?).

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Sinceramente, a mí se me hizo un poco larga, pero es verdad, que también me parece un proyecto muy, muy interesante aunque no innovador porque todos sabemos que se han grabado otros documentales de este tipo, pero quizás presentarlo como una película más sin el apodo de documental, y basada en la ficción, es lo diferente en este caso.

Sí, se me hizo larga y es verdad, pero no por ello es una película que no recomendaría. Al contrario, creo que es importante para el espectador acercarse de este modo a una vida normal a través del séptimo arte, porque esto le va a hacer empatizar de una forma muy especial con los personajes y va ayudarle a reír o emocionarse en algunas escenas.

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Si tenéis la oportunidad, tenéis que verla, y sobre todo, no olvidéis nunca de cuidaros a vosotros mismos. Uno debe quererse, mimarse y cuidarse, aunque haya gente dispuesta a hacerlo. Hazme caso y dedícate un día para hacer las cosas que más te gustan, en una soledad voluntaria que traerá paz a tu mente y a tu alma.

Disfrutad del martes y tened siempre ganas de comeros la vida!!!!

Buenos días, amigos.

Lorena.

A todo cerdo le llega su San Martín.

Como muchos ya sabéis, llevo ya más de una semana de vacaciones y aún me quedan unos días más. Después de haberme perdido durante una semana por un exquisito paraíso como es el norte de España, ayer por fin llegué a mi pueblo para pasar aquí unos días con mi familia y con mis amigos de siempre, para disfrutar de mis queridas fiestas de Moros y Cristianos y para estar en el que siempre será mi lugar favorito del mundo, porque no hay nada como estar en casa.

Me tomé unos días de desconexión, pero aún siguiendo de vacaciones era necesario volver con vosotros, con algo nuevo que hoy te quería contar.

Mi vuelta viene en forma de relato. Hace un tiempo, una lectora del blog me escribió para pedirme que escribiese alguna historia sobre el acoso escolar, algo que ella había sufrido. No sé qué le pasó realmente, por lo tanto, esta historia, como todos mis relatos, es pura ficción. El acoso escolar es un tema que me produce una tristeza infinita y es un tema tan delicado que me daba muchísimo respeto tratarlo. Sólo espero que, como siempre, leáis despacito y saboreéis la historia.

Ya me contaréis qué tal.

A todo cerdo le llega su San Martín

En el momento que el mal de una persona te alegra, sabes que eres mala persona.

Siempre fui una persona más preocupada por el futuro que por el presente. Estaba siempre pensando cómo sería todo dentro de tantos años, o cómo quería que fuese. Quizás, la única razón era que quería escapar de la realidad.

Nunca tuve amigos, la verdad es que no era por qué no quisiese tenerlos. Más bien, el resto de niños decidió rechazarme de una forma totalmente gratuita y a día de hoy me sigo preguntando qué generó todo aquello, dónde, cómo y cuándo empezó… Lo que está claro es que empezó desde donde mi memoria es capaz de empezar los recuerdos de mi vida.

A veces, le preguntaba a mi madre qué era lo que hacía mal para que el resto no me quisiese, a ella se le llenaban los ojos de lágrimas y me decía que yo no hacía nada mal, que eran esos niños que resultaban ser tan estúpidos que se estaban perdiendo la oportunidad de poder conocerme y dejarme formar parte de su vida. Con el tiempo, además de hacerte fuerte y ser capaz de poder vivir sin esas personas, eres consciente de lo mucho que sufren los padres. No hay nada peor que ser un niño marginado o maltratado psicológicamente que el dolor de unos padres que ven cómo marginan y maltratan a su hijo, y luchan contra la impotencia y el dolor que no quieren demostrar en casa.

Me miraba al espejo y me preguntaba a mí misma qué era lo que fallaba… No había nada fuera de lo normal, era una niña como las demás, quizás un poco más gordita, más sensible y más tímida, pero, ¿de verdad eso hacía que no tuviese amigos? Es más, ¿de verdad eso hacía que el resto de niños me insultase y me intimidase? Se reían a carcajadas cuando me ponían la zancadilla y me caía, cuando me insultaban hasta conseguir que empezase a llorar y me fuese corriendo, cuando me robaban el bocadillo en el recreo o cuando me quitaban la mochila y se la pasaban entre ellos cómo si fuese una pelota de baloncesto.

Los profesores daban charlas y castigaban, intentaban hablar con los padres e intentaban concienciar a los alumnos del daño que estaban haciendo, pero a ninguno de ellos les importaba. Después de cada charla, todo se incrementaba, a todo lo demás se añadían “chivata”, “bocazas”, “friki”, “niñata”… Aprendí a refugiarme en libros y música que no hicieron más que hacer mi alma mucho más sensible y, a su vez, mucho más fuerte. Las historias de los cuentos y las canciones me hacían escapar de la realidad y sólo en esos momentos conseguía respirar con tranquilidad y no llorar. No quería ir al colegio, siempre quería estar enferma y a veces soñaba que Marta, la niña más guapa de la clase, se convertía en mi amiga del alma, y otras veces soñaba que yo era quien empujaba a todos y cada uno de mis compañeros del colegio mientras lloraba y les preguntaba cuál era su problema.

El tiempo no consiguió calmar aquello. Tuve la infancia más triste del mundo, a pesar de los esfuerzos incansables de mis padres por darme amor y hacerme sentir especial. Fuera de las paredes de mi casa, una dura y cruel realidad envolvía mi triste vida. Me pusieron gafas cuando cumplí los nueve años. Por supuesto, jamás tuve una fiesta de cumpleaños llena de niños. En mis cumpleaños estaba mi familia, mis abuelos, mis tíos y algunos de mis primos, aunque el más pequeño me sacaba cinco años. Nunca tuve hermanos.

Me miraba al espejo con aquellas gafas de pasta transparente que ya sabía que me iban a causar la ruina. Dos días me duraron, dos días en los que se reían y me llamaban “cuatro ojos”, “cegata”… Dos días hasta que Juan Luis, el graciosillo de la clase, respaldado por el resto, me las quitó de la cara y las estalló contra el suelo… Lloré sin parar y llegué a casa con un ataque de ansiedad porque sabía que mis padres no tendrían dinero para pagar otras, me sentía culpable y quería desaparecer.

Algunas noches, escuchaba a mi madre llorar y mi corazón se encogía. Yo la estaba haciendo sufrir. Su niña pequeña, su única niña, su sueño, y era un bicho raro al que nadie quería, me sentía tan culpable que siempre quise pedirle perdón por existir.

Cuando empezó el instituto, las cosas no mejoraron mucho, pero algo mejoraron. Allí conocí a Sandra, una niña que acababa de llegar nueva al instituto y a la que la gente no le prestó mucha atención. Me acerqué tímidamente y cagada de miedo y le dije mi nombre. Ella me sonrío y mi alma se tranquilizó. Era la primera vez que una niña me sonreía. Se convirtió en mi mejor y única amiga.

Mientras saboreo este café y absorbo un cigarrillo tras otro, se me oprime el corazón por sentirme bien por el mal de otra persona, me siento cruel y aunque no me reconozco, sé que algo dentro de mí esperaba este momento, el momento del dolor ajeno. Me es inevitable no acordarme de aquel día.

Cuando cumplí quince años, la adolescencia hacía un efecto bastante negativo en mi físico. El acné protagonizaba mi cara y la verdad es que estaba mucho más gordita que el resto de mis compañeras del instituto. Con el tiempo, si cabe, fui haciéndome más introvertida y Sandra seguía siendo mi única amiga, el problema es que desde hacía unos meses estaba saliendo con un chico y a penas la veía. Podemos decir que estaba sola, sola con mis libros y mi música. Los demás chicos de mi edad empezaban a salir por la noche y yo me pasaba los días en casa, iba al centro comercial con mis padres e intentaban entretenerme con juegos de mesa el fin de semana después de cenar. Imagina lo divertido que puede resultar eso para un adolescente.
Como cualquier chica de mi edad, empecé a fijarme en los chicos, aunque yo fuese invisible para ellos. Dani me volvía completamente loca. Había llegado dos años antes al instituto porque la empresa de su padre le acababa de trasladar a nuestra ciudad. Era tan, tan guapo… Por supuesto, con ese físico, le costó bien poco colocarse en una posición privilegiada entre el resto de alumnos y sobre todo de alumnas. Estaba segura que jamás me había mirado, no sabía ni que yo existía, y era consciente que jamás podría alcanzar a un chico como él, pero me recordaba tanto a esos chicos que me gustaban de las películas, a los que imaginaba en las historias de los libros que fue inevitable enamorarme de él. Los insultos y las burlas en el instituto casi pasaban desapercibidos, porque ahora tenía un motivo para ir a clase y era poder verle, aunque fuese de lejos.

Una mañana, en el recreo, mientras me comía mi bocadillo al lado de Sandra y su chico, Dani, respaldado por sus amigos, todos esos que durante años me habían hecho la vida imposible, se acercó a mí y me dijo que el sábado iba a hacer una fiesta en su casa y que podía ir si quería. Me temblaron las piernas y el alma y no pude ser más feliz. La suerte estaba de mi lado y parecía que ya podía empezar a tener vida social o al menos la vida normal de cualquier adolescente. Sabía que él era distinto al resto, además de perfecto.

Le conté a mi madre lo que había pasado mientras comíamos un plato de cocido y su mirada se cruzó con la de mi padre en un silencio que me resultó excesivamente molesto. Me dijeron que no creían que fuese apropiado que acudiese a la fiesta. Esa gente me había hecho mucho daño y no se merecían que perdiese tiempo de mi vida con ellos. Me enfadé muchísimo. Les grité y les dije que no entendían nada, que por fin iba a poder tener amigos y que iría a esa fiesta sí o sí. Me levanté de la mesa y me metí en mi habitación tras un sonado portazo. Nunca les había gritado a mis padres y no podía dejar de llorar, del enfado que tenía con ellos y de mi comportamiento injustificado. Seguro que sólo intentaban protegerme, al fin y al cabo, yo siempre había sido un bicho raro y les costaría asimilar que pudiese tener una vida normal.
Mi madre entró en mi habitación y me dijo que había hablado con mi padre, que lo sentían mucho y que si de verdad me apetecía ir a esa fiesta, podría ir. Es más, habían decidido llevarme al centro comercial para que eligiese algo de ropa que estrenar en la ocasión.

Me llevaron en coche hasta la casa de Dani, estaba muy, muy nerviosa. Me dejaron en la puerta y me repitieron una y otra vez que les llamase si no estaba cómoda, que nuestra casa sólo estaba a diez minutos en coche y que podrían venir a recogerme cuando quisiese. Les dije que no se preocupasen porque todo saldría bien. Los hijos siempre creemos que no hay nada por lo que preocuparse.

Me abrió la puerta Ainoa, la chica que peor me caía de todo el instituto. La guapa oficial, la que todo el mundo adoraba y quien me parecía la persona más cruel que había conocido jamás. Con su risita burlona al verme ya me puse nerviosa, tragué saliva y decidí entrar sonriendo, Dani me había invitado y nada podía salir mal. Por supuesto, la gente había llegado mucho antes que yo, estaban bebiendo alcohol, algo que yo nunca había probado, y estaban bailando desenfrenados una música que estaba bien lejos de mis gustos musicales. Nadie, absolutamente nadie me saludó. No veía a Dani por ningún lado, así que decidí sacar valor de donde fuese e integrarme. Era mi oportunidad. Me acerqué a la mesa y observé las botellas, ¿qué me podría gustar de todo aquello? Cogí una botella con un líquido transparente donde ponía “vodka” y miré a mi alrededor, dios mío, había todo tipo de refrescos, así que me arriesgué y eché coca cola. Y ahora, ¿qué? Me negaba a ponerme a bailar con ellos, toda esa gente que tanto daño me había hecho, de forma gratuita, a lo largo de mi infancia, ellos que sin motivo alguno habían hecho que mi paso por el colegio fuese un auténtico infierno. Me quedé de pie al lado de la mesa y vi como Ainoa y su séquito de seguidoras venía hacia mí, me dijeron que Dani me estaba buscando y mi corazón se aceleró. Me indicaron que estaba en la habitación que había al lado de la cocina y que quería que entrase sola.

Abrí la habitación y vi que estaba a oscuras, cuando encendí la luz, la puerta ya estaba cerrada a mi espalda. No daba crédito a lo que veía. Habían fotos mías por todas las paredes, fotos pintadas con cuernos, con palabras como “friki”, “pardilla”, “gorda” y una foto en el centro de Ainoa y Dani besándose. Nunca en mi vida me había sentido peor. Sentí como la oscuridad se desvanecía sobre mis ojos y cómo mis manos y mis piernas temblaban. Escuché sus risas al otro lado de la puerta que se incrementaron en el momento que intenté abrir. Me dejaron encerrada ahí durante horas, mientras lloré y lloré sin parar, mientras me sentía pequeña, ridícula y supe que nunca jamás había sentido tanto miedo, sólo quería estar en mi casa, jugando a un juego de mesa después de cenar.

Jamás entendí por qué necesitaban hacerme daño. Jamás, y te aseguro que me lo pregunté cada día.

Me abrieron la puerta cuatro horas después y cuando salí todos aplaudían y reían, apestando a alcohol, a carcajadas.

Salí de allí corriendo, sin saber a dónde ir. Cuando llegué a casa, lloraba como una niña pequeña y mi madre me abrazaba llorando sin saber ni si quiera por qué. Durante tres días seguidos no me levanté de la cama, no quería volver a salir a la calle, no quería volver al instituto, y deseé sin descanso que todas esas personas estuviesen muertas. Es más, pensé que lo mejor era que me muriese yo y me desperté en el hospital, dónde me habían ingresado tras ingerir un bote de pastillas que esperaba que me quitasen la vida, si resultaba que mi vida molestaba tanto al mundo.

Mi madre no se había separado de mi lado y cuando me desperté me abrazaba llorando y diciéndome que todo había pasado… Hubieron denuncias de por medio por acoso escolar que con el tiempo de poco sirvieron. El dolor estaba hecho, impregnado en mi memoria y mi corazón. No quería hablar con nadie, no quería seguir viviendo, no quería comer, ni si quiera me apetecía leer libros.

Nos mudamos un año después. Mi padre tuvo que dejar su trabajo y empezar una vida de cero y sólo con el tiempo entendí lo injusto que eso había sido. Mis padres habían antepuesto la búsqueda de mi felicidad a sus propias vidas. Y la vida cambió, mejoró y con los años, sin olvidar las cicatrices que permanecerían de forma eterna en mi alma, conseguí ser feliz.

Conseguí tener amigos, algo que había desconocido a lo largo de mi vida, a excepción de Sandra. Conseguí tener amigos de verdad, que quisieron conocerme sin juzgarme, que acabaron queriéndome sin condiciones. Mi físico cambió notablemente con el paso del tiempo y seguramente a eso ayudó que yo, gracias a la ayuda de los psicólogos y mi nueva vida, empecé a creer en mi misma, a quererme poco a poco y a ser más fuerte que el resto.

Empecé a quererme a mí por encima de todas las cosas y entendí que ese era el motor esencial para poder afrontar el dolor que intentan hacer aquellos que resultan insignificantes.

Nunca he sido una chica espectacular físicamente, pero pasada la adolescencia perdí mucho peso, cambió mi forma de vestir, pero jamás perdí mi esencia, mi pasión por perderme entre libros y buena música.

Me licencié en matemáticas y cuatro años después me casé con el mejor hombre del mundo, al que conocí en mi segundo año en la facultad. Mi compañero de clase, mi compañero de vida. Soy madre de una niña, y ahora entiendo el sufrimiento que tuvieron que pasar mis padres por querer protegerme y ver el tiempo pasar escapándose de sus manos el poder de hacerlo más allá de las cuatro paredes de su casa.

A nadie le deseo la infancia que tuve. La educación de los niños es esencial, jamás supe dónde estaba esa inocencia de la que se supone que se posee en la infancia en todos aquellos que me hicieron la vida imposible. Ahora, con los años, entiendo que gran parte de culpa la tuvieron sus padres, que jamás supieron frenar algo tan grave. El acoso escolar es un tema que protagoniza el día a día en la vida de miles de niños, en muchos rincones del mundo. La inocencia de un niño puede ser el arma más cruel.

La vida fue sabia y supo darme aquello que ya me había rendido de pedir. Sólo quería tener una vida normal, ser feliz, y para ser feliz, créeme, que necesitaba muy poco.

En el momento que el mal de una persona te alegra, crees que eres mala persona. A veces, sólo necesitamos que la vida haga por nosotros lo que jamás estuvo en nuestras manos.

Mientras saboreo un café y absorbo un cigarro tras otro, pienso en la noticia que mi madre me ha contado nada más levantarme. Ainoa, aquella líder del instituto, que me encerró en una habitación y se rio de mis lágrimas a carcajadas, consiguió casarse con un hombre rico que le había dado una vida de lujos que siempre vi vacía de sentimientos. Acababa de ser abandonada, se había quedado sin casa, sin oficio, ni beneficio, sola en la vida, sin sus lujos, mientras su marido apresuraba los trámites de divorcio para casarse con una chica mucho más joven y guapa. Ella, por lo que decía la gente, estaba totalmente destrozada y a mí aquella noticia me estaba haciendo muy, muy feliz.

Quizás soy mala persona, pero hoy sonrío y pienso que a todo cerdo le llega su San Martín.

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Feliz tarde, amigos.

Lorena.