Y le quise ver mil veces…

Reconozco mi poca vergüenza. Os prometo que la reconozco, que no tengo excusas, sólo falta de tiempo…

El otoño ha llegado con fuerza a Madrid y si os digo la verdad, a mí me gusta tener que ir sacando ya alguna que otra chaqueta del armario, la chupa de cuero, los botines o los pantalones largos. Esta mañana he empezado mi lunes trabajando desde aquí, mi ciudad adoptiva, que cada día me tiene más enamorada (aunque parezca imposible) y la terminaré trabajando desde Italia, con una compañía inmejorable y eso, además de que no puede sonar mejor, es una auténtica gozada. A estas horas he decidido prepararme un té verde calentito, mientras el fresquito golpea la ventana y yo me reencuentro con vosotros. ¿De qué forma? Pues a través de un relato… No he encontrado otro modo. Es lo único que hoy necesitaba y os quería contar…

Leed despacio, como siempre, acurrucaos en el sofá y dejar, por unos minutos, de lado la realidad.


 

Y le quise ver mil veces…

Aquel día le vi, y fue casi sin querer, pero fue inevitable. Le vi. Y eso que aquella mañana mi amiga Sofía me había advertido de lo que iba a suceder. Ella sabía que yo saldría de casa y que le iba a ver, y yo negaba, y me reía y le decía que no, que tenía otros planes, que no me iba a cruzar con él… Que no iba a hacer por cruzarme con él. Pero lo hice, como lo llevaba haciendo durante meses…

Nos habíamos conocido muchos años atrás. Habíamos coincidido en una academia de verano de esas a las que van los pringados que, de un modo u otro, necesitan tener una obligación para levantarse cada mañana y estudiar para septiembre. Nos caíamos bien, es que eso se notó desde el principio. Por aquel entonces, él tenía novia y yo… Yo no tenía absolutamente nada. A ver, pongámonos en situación… Compartimos unas clases particulares en una academia, un verano, nada más (¿qué más da si tenía novia o no?). Si digo que no me fijé en él, miento. ¿Quién no se fijaba en él? Era prácticamente imposible. No sé muy bien si por esos ojos verdes, si por esa piel tostada, si por ese pelo despeinado o por esa chulería que le hacía irremediablemente adorable (y apetecible). Compartimos risas y buenos momentos, después, obviamente, cada uno siguió su vida. Es más, creo que él se fue de la ciudad… Bueno, no lo creo. Lo sé. Se fue a estudiar fuera y no le volví a ver hasta que no pasaron dos años, en una noche de viernes, por pura casualidad. Los dos nos alegramos de vernos, es verdad. Se notó, incluso desde lejos. Nos dimos un abrazo, nos regalamos las sonrisas que se regalan aquellos que hace tiempo que no se ven y se caen bien y estuvimos un rato charlando, entre risas, entre tonterías y complicidad (imposible negarlo). Dijimos de tomar un café, algún día, ya nos llamaríamos, si eso…

Pues me llamó. Me llamó al día siguiente y acepté. Lo que iba a ser un café se convirtió en horas y horas de cañas, de risas, de miradas, de parar el tiempo, de olvidarse del planeta, de paseos sin objetivo, sin lugar de destino, de entrar a cualquier bar, de no mirar alrededor, de comernos con los ojos y divertirnos… Sobre todo eso. Y me besó. Y yo he de reconocer que aquel beso me gustó, no sé muy bien si me gustó de verdad o si fueron las cañas de más, pero me gustó, aunque casi ni lo recuerde. Después de ahí, creo que no hablamos mucho más, y no porque no nos hubiese gustado aquella tarde… Es más, creo que los dos decidimos guardarla como una tarde especial en nuestros recuerdos y dejarla ahí, bien conservada, para no estropearla… A veces, hay cosas que pasan en un momento concreto y deben quedarse así, como si las guardases dentro de una cajita y mucho tiempo después la volvieses a abrir, para mirar que sigue igual y sonreír y saber que el tiempo no ha estropeado absolutamente nada. Es difícil, pero a veces, hay cosas que deben pasar así. Creo que alguna vez nos volvimos a escribir, cada muchos meses, un qué tal estás o un hoy por casualidad me he acordado de ti… Sin más. Dos frases cordiales llenas de cariño (y pasión) cada cierto tiempo. Y así, durante cuatro años más.

Yo habría seguido tranquilamente con mi vida, con mi rutina, con mi casa y mi pareja. Habría seguido con la tranquilidad, respirando la paz en mi zona de confort. Habría seguido así mucho tiempo, habría seguido así para siempre y seguramente habría sido cobarde, ¿verdad? O quizás aburrida, o quizás jamás habría descubierto que se puede estar mejor. Bueno, olvidemos la última frase, porque realmente siempre se puede estar mejor, y peor, así que a veces, es mejor quedarse como uno está, pero es que otras veces… Es que otras veces el destino te manda una señal y sabes que todo tiene que cambiar, aunque te vuelvas completamente loca.

Cuatro años después nos encontramos en un bar, él con un grupo de amigos solteros y depredadores y yo con un grupo de amigas guapas y divertidas. Obvio, no fue difícil entablar conversación, ni si quiera alargarla a unas horas, ni si quiera acabar todos juntos de copas y fiesta por el centro de la ciudad… Y aquella noche nos reímos, como lo habíamos hecho cuatro años atrás, y nos mirábamos y sabíamos que ocurría algo, algo inexplicable, algo que nadie podía entender, aunque todos lo viesen, seguramente, más claro que nosotros… Insistimos en decirnos que no nos habíamos echado de menos y, entre risas, incluso que habernos reencontrado había sido el error del fin de semana. Y resulta ser que aquel error nos llevó a querer vernos prácticamente cada día.

A medida que le veía a él, mi  rutina se desmoronaba, mi zona de confort se iba haciendo pequeña y empezaba a ahogarme. Cada vez que le veía quería salir corriendo y decirle que me llevase de bar en bar, a tomarnos unas cañas, a reírnos y a besarnos como aquel día en el que sólo queríamos tomar un café. Pero no lo hicimos, nunca lo hicimos. Porque no nos besamos, ni una sola vez. Compartimos muchos cafés, muchas risas y compartimos una complicidad que de forma egoísta nos iba uniendo cada vez más. Una complicidad que pedía a gritos que nos abrazásemos, que nos apretásemos fuerte las manos y que apostasemos por aquello que sentíamos, que era lo que, realmente, nos estaba manteniendo vivos. Y sentíamos miedo, sin decirlo. Porque nunca se lo dije. A veces, no es necesario decirlo. Supongo que me lo leía en la mirada, como yo leía en la suya que quería que fuese suya, sólo suya, para siempre, de nadie más…

Hubo un día en el que no podía más. Llevaba viéndole meses, fingiendo que era mi mejor amigo, fingiendo que era su mejor amiga, fingiendo que no nos queríamos devorar, arrancar la ropa a mordiscos, tocarnos el alma con las manos y desgastarnos los labios y la piel a besos… No podía quitarlo de mi cabeza y sólo sonreía si él me escribía un mensaje. Tenía un problema, un verdadero problema. Aquel día le vi. Y fue casi sin querer, pero fue inevitable. Me había prometido no escribirle, no verle, distanciarme. No hacer daño a quien creía en mí, hacer caso a la razón… Pero, inevitablemente, yo siempre fui más del corazón. Le vi con la excusa de darle algo, su libro favorito, en edición limitada que lo había encontrado por casualidad, cuando se habían agotado todos los ejemplares y yo estuve semanas para comprar uno. Y sólo nos dimos un abrazo, y le sentí temblar como temblaba yo. Y entonces, sólo entonces, supe que había dos caminos: salir corriendo para siempre o quedarme y arriesgar. Pero joder, alguien saldría herido, y yo, sólo yo, sería la culpable.

Aquella noche volví a casa, y ni el abrazo de mi gata me dio el calor que yo esperaba. Encontré mi casa, mi hogar, completamente vacío, desangelado, frío. Miré a la persona que más había querido jamás, a quien más me había querido, y me pregunté cuánto tiempo hacía que habíamos dejado de estar enamorados y le abracé en silencio. Y lloré, lloré mucho. Y no nos hicieron falta las palabras, porque hacía mucho que lo nuestro no funcionaba, porque hacía demasiado que sólo éramos amigos… Y nos hicimos daño. Claro que nos lo hicimos y nos echamos de menos, y seguramente lo haremos el resto de nuestras vidas… Pero, a veces, el destino te manda una señal, y te pone a prueba, y tu eliges cómo jugar, qué hacer, si arriesgar o quedarte cómodo, sin más.

Y yo arriesgué. Y le llamé. Y le vi. Y sólo me hizo falta abrazarle para sentir que ya nada era igual, que todo había cambiado, en cuestión de segundos, que ahora podía ser verdad, que podíamos tener la oportunidad de intentarlo, sin saber si saldría bien o saldría mal… Y me vio llorar, y lo entendió todo. Y me besó. Aquel día me besó. Me volvió a besar, como hacía años que no lo hacía nadie, como si el mundo se acabase allí mismo, y me abrazó y supe que no quería que me soltase jamás… Y tuvimos que intentarlo.

Y pasaron los años. No sólo cuatro, pasaron ocho, y diez… Y un día nos casamos, rodeados de amigos, en una fiesta divertida, sin excentricidades ni extravagancias. Fue una ceremonia bonita, llena de cariño, de pasión y de mucho amor… Y tuvimos dos hijos, y son maravillosos, con los ojos de su padre y la mirada de su madre. Y los miro, y entonces sé que lo hice bien y que hay veces que, simplemente, la vida te manda una señal, un aviso, de la forma que sea… Por un encuentro casual, un tropiezo o una canción. Hay caminos que aunque no los quieras recorrer, si están en tu destino, acabarás por perderte en ellos. Y le vi, y menos mal que le vi. Y que le quise ver mil veces…

destino

Buenas noches, amigos.

Lorena.

Dejar de ser.

Martes 13, siempre me ha gustado. Me gusta el 13 y no soy nada supersticiosa. El 13 es el día que nací y creo que el 13 es un día de buena suerte. También me gusta la manzanilla caliente, con dos cucharadas de azúcar moreno, que tengo ahora a mi lado, el silencio que se respira ahora mismo en mi casa, con el calor del hogar y Cometo a mis pies para despedir este martes con vosotros.

Después de estar todo el día sin saber qué iba a escribir hoy, finalmente he decidido que fuese un relato. Hoy te quería contar una historia que tanto tú como yo sabremos hacer nuestra. Este es mi primer relato de 2015, así que léelo despacio, como siempre…. Espero que te guste.

Gracias, de nuevo, a los que seguís conmigo en este nuevo año y gracias a los que acabáis de llegar…

Dejar de ser

Aquel podría haber sido un día normal, como lo había sido el anterior, como lo podía haber sido el siguiente. Aquel podría haber sido un día más, sin alterar el estado emocional en el que llevaba acomodada muchos meses, con la calma de la rutina y el buen sabor de creer y sentir que en mi vida todo era perfecto. Aquel podía haber sido un día normal… pero no lo fue.

Desde muy pequeña creí que la vida estaba siempre marcada por señales del destino. Recuerdo cuando en mi adolescencia siempre creía que yo iba a vivir un amor de película, cómo me entregaba con fuerza a las causas imposibles y cómo jamás dejé de decirle a un chico que me gustaba lo que sentía por él. Me gustaba creer en el amor, como siguen haciendo los adolescentes y siempre creí que en la vida había que jugar así, sin intentar perder oportunidades, si alguien me gustaba, yo siempre encontraba una señal para saber que debía luchar por él. Unas veces esas señales fueron creíbles, en otros muchos casos no.

Aquel día me levanté bien temprano, tenía una importante reunión de trabajo y no podía llegar tarde. Me duché con prisa mientras el sonido de la cafetera expandía suavemente el olor a café por mi casa. Era el aroma de los buenos días. Me puse unos vaqueros y una camisa blanca, uno zapatos altos de aguja y trencé mi pelo a un lado. Un poco de maquillaje y un color suave en los labios. Me bebí el café de un sorbo, cogí el bolso y salí de casa. Iba bien de tiempo. Cogí un taxi hasta la oficina. Llegué justo al mismo tiempo que Luis, mi jefe, así que decidimos fumarnos un cigarro en la puerta, sonriendo y deseando que aquel fuese un gran día. Mi relación con él era fantástica. Hacía cinco años que había empezado a trabajar allí con un puesto de telefonista que poco a poco fue creciendo. Había ascendido hasta ser responsable de mi departamento y en una hora nos reuníamos con el director de la empresa para saber si me ascendían a responsable de zona. Luis confiaba en mí, siempre lo había hecho. Era un buen hombre, educado, divertido y responsable. Más de una vez había estado cenando o tomando unas copas en su casa, un precioso ático en el que vivía con su marido en una de las zonas más residenciales y caras de la ciudad. Aquella mañana, su mirada me transmitió seguridad y fuerza, y mis ganas me animaban a pensar que ese puesto iba a ser mío, había trabajado muy duro para ello y sabía que lo tenía merecido.

En la reunión me temblaban las piernas, aunque entré con paso firme a la sala, me sudaban las manos y mi sonrisa escondía los nervios que me estaban revolviendo el estomago. Allí había dos chicas más, que trabajaban en la misma ciudad, pero en otras oficinas, ellas optaban a mi mismo puesto y les sonreí sabiendo que, seguramente, estaban tan ilusionadas como yo. Cuando, finalmente, dijeron el nombre de la persona elegida para ascender y ocupar el cargo al que aspirábamos y escuché que no era el mío, he de confesar que no me alegré ni lo más mínimo por ella. No la conocía de absolutamente nada y aunque quería creer que seguramente era porque se lo merecía, sentí mucha pena e impotencia. Luis me miró con la tristeza en la mirada, y negó por lo bajo dándome un abrazo a través de sus ojos y un “lo siento” que leí en sus labios, aunque no lo hubiese pronunciado. Le sonreí para que entendiese que no pasaba nada, que otra vez sería… Y creo que jamás he sonreído de una forma más amarga. Aunque no había querido hacerme ilusiones, me las había hecho. No le había contado a nadie lo de aquella reunión, yo nunca contaba las cosas hasta que no estaba segura que me habían salido bien, siempre me excusaba diciendo que no quería que se gafasen, pero en verdad era porque no me gustaba perder.

Cuando salimos a comer, Luis no sabía qué decirme, sabía lo mucho que me había esforzado para aquello y sabía lo feliz que me hubiese hecho ese ascenso. Me vio tan triste que me dijo si me quería coger la tarde libre, le dije que no. La vida seguía y no pasaba absolutamente nada. Aquel día, le había escrito a mi hermana y a mi cuñado para que viniesen a cenar a casa, porque pensaba que tendríamos algo que celebrar. Le escribí de nuevo para decirle que no me encontraba bien y mejor lo dejábamos para otra ocasión.

A las seis de la tarde salí de trabajar, una manifestación pasaba por el centro y justo habían cortado la calle principal. Ni un coche, ni un taxi. No recordaba la última vez que había ido en metro, no tenía nada en contra de ello, pero me acostumbré a ir en taxi a todos sitios y me autoconvencí que era la forma más rápida de llegar al destino. Normalmente era mentira. Mi hermana Paula siempre me lo echa en cara, a ella le parece fatal que no vaya en transporte público y que yo sea una contribuyente más del tráfico y la contaminación de la ciudad.

En tres minutos exactos, el metro llegó al andén. Ocho paradas hasta mi casa. Cuando la puerta se abrió y me dispuse a salir del vagón, me topé con la gente que iba a entrar en él… Y ahí, de repente, después de años sin saber nada de él, me topé con su mirada, con su cara y con su cuerpo. Estaba exactamente igual, como si nada hubiese cambiado. Nuestras miradas en silencio, enfrentadas, encontradas, con rencor, tristeza, alegría y confusión. Fueron los segundos más largos de mi vida. Ni un hola, ni un gesto con la cabeza, ni una media sonrisa, nos miramos como se miran dos desconocidos que se suenan y no saben de qué, nos miramos como dos personas que se habían querido con fuerza y miedo, con pasión y ganas, que se habían amado y prometido amor eterno y que posteriormente se habían odiado para siempre. Le cedí el paso y sentí su olor, se me paró el corazón y me dio un vuelco al mismo tiempo. Acababa de viajar en el tiempo. Estaba totalmente desubicada, confusa, atontada. Escuché el sonido de las puertas cerrarse a mi espalda y sólo fui capaz de girarme cuando sabía que el tren había desaparecido. No me lo podía creer.

Salí de la estación y las primeras horas de una noche fría de diciembre, caía con calma sobre mí. Pasé por el escaparate de mi pastelería favorita y entré a por un par de milhojas de crema, mis favoritas desde niña. Había sido un día de demasiadas emociones, así que me las comería en casa con calma. Me senté en el sofá mientras Silva, mi gata, se paseaba entre mis piernas dándome la bienvenida al hogar. Seguramente ella sabía que había sido un día raro. Me comí aquellas milhojas todavía en estado de “shock”, en silencio, con el café de la mañana recalentado, con un bombardeo de recuerdos acribillándome con fuerza la cabeza, con mil imágenes pasando como diapositivas borrosas a mil por hora dentro de mi alma. ¿Estaría también él pensando en mí?

Sin ninguna duda, el encuentro nos había pillado a los dos por sorpresa. Hacía años que no sabía nada de él, ni si quiera sabía si seguía en la ciudad, no sabía a qué se dedicaba, si le iba bien, si se habría casado o si tendría hijos. Nada, absolutamente nada. No nos quedaban amigos en común y nos habíamos odiado tanto que decidimos olvidarnos, o al menos intentarlo.

Sabía perfectamente dónde las guardaba. Cogí una silla y me subí para alcanzar el altillo del armario de la habitación de invitados. Allí siempre acababa almacenando todas esas cosas de las que, por una razón u otra, nunca me quería deshacer. Viejas fotografías, un jersey que jamás me pondría pero que era incapaz de tirar, papeles de todo tipo, antiguos discos, pequeños objetos que en algún momento de mi vida habían formado parte de mí. Al fondo, una antigua caja de metal que una vez estuvo llena de galletas de mantequilla. La cogí y la acaricié. Habían pasado ocho años y jamás la había vuelto a abrir. No sabía si sería buena idea, pero estaba segura que nada de aquel día había pasado por casualidad. Ni aquella reunión de la que en esos momentos era incapaz de acordarme, ni aquella manifestación, ni aquel viaje en metro, justo en ese momento, a esa hora, en esa estación…

Me senté y fui releyendo todas y cada una de aquellas cartas. Había pasado tanto tiempo que era incapaz de recordar muchas de ellas, otras, en cambio, me parecía haberlas leído hacía unas horas por última vez. Me di cuenta que nos quisimos de verdad. Nos queríamos mucho, nos queríamos con inocencia, con muchas ganas, con muchas aspiraciones y sueños, nos sentíamos agradecidos por habernos encontrado, por todo lo que nos regalábamos, por los momentos y las risas, nos decíamos que los momentos malos los superaríamos juntos, queríamos una casa en la playa y tener como mínimo tres hijos, nos sentíamos grandes cuando estábamos juntos y jurábamos no haber querido nunca cómo nos queríamos nosotros, nos prometíamos que aunque algún día no estuviéramos juntos siempre pensaríamos el uno en el otro… Incluso nos prometíamos que si lo nuestro fallaba y se acababa, algún día encontraríamos la manera de volvernos a encontrar,  a pesar del tiempo y la distancia…

Nunca dejamos de dejarnos cartas debajo de la almohada en aquellos tres años que compartimos. El último había sido tormentoso. Se le olvidó contarme en una de esas cartas que había conocido a otra persona y que llevaba un par de meses engañándome. Le descubrí y le perdoné, pero no fui capaz de perdonar de verdad. Perdimos el respeto y la pasión, la pureza y la naturalidad que siempre nos había unido, la transparencia y la confianza. Discutimos por absolutamente todo durante mucho tiempo, nos despreciábamos y nos queríamos a la par, con intensidad, por días y momentos. Al final, con una historia que ya no era sana, ni bonita, acabé refugiándome en uno de mis compañeros de la universidad, del que me enamoré y por el que decidí abandonarlo todo, con el que un año después pasé de novio a mejor amigo, porque no sabía quererle, ni olvidar a aquel que me había hecho tanto daño. Me reprochó mil veces aquella ruptura y yo le reproché otras mil aquella aventura, nos hicimos mucho, mucho daño. Nos machacamos psicológicamente el uno al otro. Nos enviábamos mensajes para recordarnos lo mucho que nos odiamos, y fuimos envenenando nuestras almas hasta llegar a ser dos completos desconocidos. Nosotros, que habíamos compartido tanto…

Aquel podía haber sido un día normal… pero no lo fue. Quizás el destino había querido reencontrarnos, con la madurez y la herida curada, o al menos olvidada. A día de hoy, me sigo preguntando si dejé de odiarle, así como me pregunto si dejé de quererle. No me reconocí en aquellas cartas, pero supe lo que había ahí escrito, por su parte y por la mía, eran frases escritas desde el corazón. Me había olvidado de lo mucho que nos habíamos querido. Lo había olvidado hacía mucho tiempo. No me reconocí en aquellas cartas, ni supe qué quedaba de aquella chica que fui en la que soy hoy en día. Entonces me di cuenta que a veces somos alguien cuando estamos con otro alguien, sólo en ese transcurso somos otra versión de nosotros mismos, que nunca volverá, que enterramos cuando todo acaba, para ser capaces de renacer entre las cenizas. Quizás algún día volvamos a parecernos a aquella versión que fuimos, porque seguro que algún día volvemos a querer con las mismas ganas, pero siempre de forma diferente.

A veces, esa versión que fuimos se pierde con el tiempo, porque las experiencias nos hacen convertirnos en alguien diferente o porque a veces, si no estamos con ese alguien, simplemente dejamos de ser.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

Te encontré.

Las fresas con leche condensada han sido, desde que soy muy niña, mi postre, desayuno o merienda favorita. Mientras me tomo un tazón lleno de ellas y el sol vuelve a asomarse por Madrid, os traigo este post. Viene en forma de relato… Porque sé que los relatos os gustan mucho, y porque hace demasiado que no escribo uno.

Cuando desaparezco varios días de aquí no es por voluntad propia, es por falta de tiempo. Aunque no pueda escribir cada día, sigo estando presente en mis RRSS, tanto en mi página de Facebook y, sobre todo, en mi cuenta personal de Twitter.

Como siempre os digo, leed despacito, saboread las palabras y viajad con ellas allá dónde queráis…

TE ENCONTRÉ

-¿Paula, estás ahí? ¿me oyes? Paula, contesta…Dime algo, joder.

Paula estaba, claro que estaba. El silencio reinaba en el teléfono, reinaba en la habitación, reinaba en su corazón. Paula siempre fue una mujer de apariencia fuerte y alma débil y no es porque le gustase aquello de aparentar lo que uno no es, simplemente, era una coraza que con el tiempo había aprendido a construir. Con la mirada perdida a través de la ventana, colgó el teléfono mientras él seguía preguntando por qué no contestaba. El teléfono volvió a sonar, sonó una y otra, sonó durante días, hasta que decidió apagarlo. No iba a responder, no lo iba a hacer nunca más.

Los días siguientes fueron días llenos de silencios, de soledad (voluntaria e involuntaria), de lágrimas desconsoladas, de consejos de amigos, de risas forzadas, de poco apetito, de copas de alcohol, de noches de insomnio, de ojeras cansadas, de miradas tristes, de alma pesada…

Cuando pierdes a alguien a quien amas crees que el mundo se ha acabado. Llegas a la estupidez de creerte que la vida no tiene sentido, que ya nada podrá ser igual, que nunca se podrá querer a nadie de esa forma, que nadie te volverá a mirar así, que con nadie tendrás esa complicidad y en nadie podrás encontrar esa confianza. Creerás que nadie te hará el amor de esa forma y que con nadie más quieres pasar horas mirándote a los ojos tumbada en una cama… Las rupturas fuertes son todas iguales. Los mismos sentimientos, por eso siempre sirven los mismos consejos, aún con la dificultad de poder llevarlos a la práctica. A Paula, después de su tormentosa relación, de tantas idas y venidas, de tantas lágrimas, tanto rencor, tanto querer y tanta obsesión, se le acabó el amor. Eso le habían dicho, que se había acabado el amor, que el amor se había esfumado, que ya no se podía seguir con esa relación. Se hizo un silencio en el teléfono y el teléfono se colgó. Ella era así, tomaba las decisiones en blanco o negro, nunca había tonos grises, aceptaba y apartaba, aunque el dolor se quedase agarrado a sus pestañas.

Tres meses después la vida había vuelto poco a poco a su forma… Ya no parecía que el mundo se acabaría, y parecía que la vida, pese a todo, aún tenía mucho sentido. Quedaban ganas de risas, de un carmín rojo en los labios y un vestido con el que sentirse la más guapa. Ella, la chica dura, ya había derramado todas sus lágrimas, y en su dureza infinita, había pasado los peores meses de su vida.

El sol bañaba las calles con una luz que casi molestaba al reflejar contra el asfalto… Ella, que venía del sur, siempre creyó que el sol daba la energía necesaria para tener un buen día y sabía que tenerlo, sólo estaba en la actitud. Cuando bajó a la calle, sentía como los ojos de los hombres se clavaban en su espalda, como algunos sonreían con gracia y otros simplemente apestaban. Ella sabía que su belleza nunca había pasado desapercibida, aunque últimamente parecía haberlo olvidado. Cargada con su mochila de piel que había comprado en uno de sus viajes a Marruecos, se sentó a tomar un café en una terraza donde el ruido de la calle se olvidaba al sentirse atrapado por el encanto del lugar. Sacó uno de sus libros y empezó a repasar los primeros apuntes de una larga aventura. En la mesa de al lado, un señor con corbata y traje, bebía el café con prisa, mientras un cigarro se consumía en sus labios a la vez que hablaba por el móvil con cara de enfado, en la mesa siguiente, dos chicas jóvenes reían y contabas entusiasmas historias que parecían ser fantásticas, a su lado, una señora mayor desayunaba una tostada y bebía té mientras su Yorkshire terrier la observaba con la esperanza de que cayesen unas migas de pan que le alegrasen la mañana, y al final, en la última mesa ocupada había un chico que la observaba a través de un periódico y una coca cola.  Él, apartó la vista enseguida, ella decidió mirarle un poco más. No sólo decidió mirarle, sino que también quiso analizarle. Era guapo, la verdad. Muy, muy guapo. De vez en cuando veía como él, tímidamente, levantaba la mirada que en menos de un segundo volvía a bajar y a ella le producía gracia, le producía gracia ese control sobre la situación, esa capacidad de intimidar y dominar algo o a alguien a quien ni si quiera conocía. Era un simple juego, y sonreía, entonces se dio cuenta que le apetecía jugar, porque necesitaba hacer daño. Necesitaba hacer el daño que le habían hecho a ella… ¿Pero le haría daño a un desconocido? Sí. ¿Por qué no?

Se quedó en silencio unos segundos y no sabía porque estaba teniendo esos pensamientos, de hecho, se avergonzaba mucho de esa maldad que no le pertenecía. Echaba de menos la fragilidad y sensibilidad a las que estaba acostumbrada, y le dio tanta vergüenza que se levantó a pagar y se fue de allí lo más rápido que pudo.

Llegó a la biblioteca, practicamente desierta. Los exámenes finales habían acabado hacía poco y los estudiantes ya se habían tomado sus merecidas vacaciones. Los que quedaban, eran los aplicados que necesitaban cogerse el verano para preparar sus asignaturas de septiembre. Ella llevaba tres meses estudiando, y sabía que su verano iba a estar condenado a apuntes y libros. Cuando pasó aquello, cuando recibió aquella llamada, cuando aquella ruptura le supo a puñaladas supo que necesitaba cambiar su vida y entonces decidió preparar la selectividad y empezar una carrera. Filología de lenguas clásicas había sido la elegida.

La segunda mañana que se sentó en aquella terraza, se dio cuenta que prácticamente estaban las mismas personas, menos el hombre que fumaba enfadado, y las dos chicas entusiasmadas. Él si estaba, estaba allí, con el periódico de nuevo. Ni si quiera le miró. No quería hacerle daño.

La rutina de aquel verano se marcó por la casualidad y se convirtió en una tradición. Ya no quería dejar de ir a esa terraza, ni quería dejar de verle. ¿No quería dejar de ver a un desconocido? Así era, no quería dejar de verle, no sabía si quería conocerle, no sabía qué le provocaba aquel hombre, si sólo era curiosidad o si quizás le gustaba, sabía que ya no quería hacerle daño, pero tampoco quería conocerle. Le gustaba todo como estaba, tenerlo todo de lejos, aunque sólo fuese a tres mesas de distancia, le gustaba esa barrera de desconocimiento y desconfianza, quería que fuese así, o eso creía ella.

Algunas mañanas, cargada con su mochila y sus libros, deseaba que alguno de los dos no encontrase mesa y que sintiéndose en la obligación de desayunar en el mismo lugar de siempre, tuviesen que compartirla. Era una de cal y una de arena, un deseo incomprensible y un miedo incontrolable, no quería conocer a ningún hombre, no estaba dispuesta a que le fallasen.

Aquella mañana se miró al espejo y se sintió muy guapa. A las mujeres, muchas veces les pasa, unos días se ven preciosas y otros, aunque lo estén, se sienten tan feas que desearían poder volver a meterse en la cama. Paula siempre pensó que a los hombres eso no les pasa, ellos son mucho más simples, ellas más especiales. Cuando llegó a la cafetería de siempre, vio su periódico sobre la mesa, en una mesa y unas sillas vacías, se quedó unos segundos parada, no sabía si tenía pena o rabia, él ya no estaba.

Él, del que no sabia nada, del que sólo conocía la mirada, la voz que alguna vez había conseguido escuchar… Él, con su melena despeinada, su barba medio afeitada, sus ojos color miel, su vaquero, su camisa y su sonrisa escondida, siempre al otro lado del periódico, ese periódico que posaba ahí, abandonado en una mesa. Justo cuando estaba pensando en qué pasaría si no le volvía a ver, y en lo estúpida que había sido por no haberse acercado nunca a conocerle, sintió como alguien le rozaba el brazo con un gesto de “¿me dejas pasar?” y perdida en sus pensamientos sintió como la piel se le erizaba y como el corazón se le aceleraba cuando se dio cuenta que era él, que salía de la cafetería, que seguramente habría ido al servicio, y se sintió tonta, inocente y pequeña… Quiso reír a carcajadas pero se le secaron antes de abrir la boca. Él le sonrió amablemente, como se sonríe de forma cordial a alguien a quien no se ha visto nunca, y a su lado, una chica joven, morena, con el pelo rizado y la piel tostada, hablaba por teléfono y le siguió hasta su mesa, se sentó con él.

Paula tuvo esa sensación demasiado común en el ser humano de no saber si reír o llorar, se había quedado bloqueada, se sentó en su mesa de siempre, con un libro dónde no atinaba a leer absolutamente nada y se fue sin haber probado a penas el café. Sintió una decepción que no entendía de razón. No podía exigir nada a alguien a quien no conocía, con quien nunca había hablado. Sintió decepción de haber tenido una ilusión injustificada, y sintió el dolor que sintió hace unos meses con una llamada de teléfono y entendió que los hombres no estaban hechos para cuidar a las mujeres. Tuvo tanta rabia que incluso lloró, lloró por un desconocido, lloró por entender que aquellas mañana, en aquella terraza, antes de ir a la biblioteca, sólo habían tenido sentido para ella, había visto la sonrisa cordial de él y sabía que no era la misma que la que sentía ella. Llegó a pensar que estaba completamente loca y centró las semanas siguientes en sus estudios y su selectividad, a la que tendría que haberse presentado diez años atrás.

La selectividad fue superada con éxito y el curso acababa de empezar. Se sentía desencajada en aquellos pasillos donde, a pesar de aparentar más joven de lo que era, se sentía muy mayor. Por suerte, había escogido una carrera dónde había gente de todas las edades y casi predominaban más los adultos que los que acababan de ser adolescentes y dejar el instituto. Los primeros días, como siempre pasa, fueron días de presentaciones y caras nuevas y sólo habían pasado cuatro días cuando le tocó el turno de presentación a la profesora más atractiva, sin duda, que pisaba aquella facultad. Se le paró el corazón. Era ella, aquella mujer preciosa, con esos rizos negros y esa piel tostada que había estado con él en la cafetería, ella era su profesora y llegó a asustarle que todo fuese una casualidad. Paula, tan fuerte y valiente, la chica dura, estaba más confusa y sensible que nunca. Intentaba no mirarla demasiado, para que no se le notase la rabia injustificada que le tenía. No habían pasado ni dos semanas cuando la profesora anunció que en su próxima clase iba a invitar a su hermano, el mejor filólogo e historiador que conocía, para que les diese una charla de motivación sobre la carrera que habían decidido estudiar. Pues sí, era él.

Paula, entretenida ordenando unos papeles, tardó en levantar la mirada al centro del aula, a pesar de escuchar los pasos y el silencio respetuoso de la gente. Cuando levantó la vista, sus miradas se cruzaron y mientras ella se quedó totalmente paralizada, a él le salió una sonrisa como la que nunca antes había visto. No pudo evitar ser feliz y sentir que le temblaba la voz cuando tuvo que iniciar su discurso de motivación.

Cuando acabó la clase, entre los aplausos de los alumnos, el ruido de las sillas y el “ir saliendo” de todo el mundo, él se acercó a ella:

-¿Café manchado?

-Como siempre.- Contestó con una sonrisa.

En aquel momento, sin que hubiese sucedido nada más, pero con esa extraña sensación de la que hablan y no crees hasta que la conoces, Paula sintió que las casualidades no existen y en un segundo se olvidó del dolor que alguna vez tuvo, de los silencios, de las rabias y los miedos. Sintió paz, sintió paz en aquella mirada, en aquella sonrisa y en aquella extraña circunstancia que la vida le brindaba.

Te encontré…“, le dijo él, y a ella se le iluminó la mirada.

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Feliz jueves, amigos!!!

Lorena.

El amor bueno merece ser feliz.

Hay situaciones que merecen ser mimadas, como hay personas que lo merecen también. Hace unos días me senté con una amiga en una terraza del centro de Madrid, nos acompañaban dos copas de vino y unos cigarrillos. Dejamos de lado nuestros teléfonos móviles y nos dejamos llevar por las confidencias, los secretos y las risas… Porque a veces es necesario mimar los momentos.

Empezamos a hablar de historias, de las que recordábamos, de las de ahora, de las de siempre… Y acabamos debatiendo sobre el amor y las personas. El amor… Aún recuerdo cuando en plena adolescencia un profesor me decía que el amor era un ideal, y yo defendía con uñas y dientes que el amor era una realidad y la más bonita del mundo, sin ni si quiera haberlo conocido. Está claro, que recibimos el amor como un sentimiento, como la forma de querer a alguien. No sólo podemos hablar del amor hacia una pareja… Yo estoy enamorada de tantas cosas!!! Estoy enamorada de un hombre maravilloso, de mi familia, de mi perro, de mis amigas y mis amigos… Incluso estoy enamorada de algunos sabores, olores y lugares. El amor es demasiado amplio, y el amor puro y sano, sin duda, es maravilloso.

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Otras veces, el amor duele. Claro, el ser humano experimenta siempre el lado positivo y negativo de las mejores cosas y a veces, el amor duele. A mi también me ha dolido. Tanto y hasta tal punto que pensé que ya nada tendría solución… Pero es verdad que pasado el tiempo, te das cuenta que el drama no fue para tanto y que al final fue una cosa más, a la que con el tiempo aprendes a quitarle importancia y además aprendes a sonreírle por todo lo bueno que ha nacido del momento más oscuro.

Entre vinos y tabaco hablábamos del amor como obsesión, de esa necesidad que muchas personas sienten por aferrarse fuerte a un recuerdo y no ser capaces de limpiarse los ojos ante la realidad. El amor hace cometer locuras, está claro. Francisco de Quevedo decía: “No hay amor sin temor de ofender o perder lo que se ama.” Y es verdad. Cuando uno ama, se niega a perder lo que ama, lo que quiere, lo que está alimentando su vida y sus ilusiones… Esto sucede incluso en las relaciones dónde el amor ofende y hace daño. Pero si es cierto, y esto no lo podemos discutir, es que alguien debe intentar luchar por lo que quiere, pero sobretodo debe saber hasta qué punto y qué momento puede hacerlo. El problema, sin duda, viene cuando alguien arrastra una ilusión más allá de lo que permite el tiempo. Mi amiga y yo, entre complicidad y comprensión, nos contamos una historia que más bien parece sacada de una película americana… y que obviamente a una película me recordó.

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Hablábamos de una persona a la que conocimos, que siempre tuvo miedo de si misma, y quizás si se hubiese valorado un poco más habría sabido llevar las cosas de otro modo. (Es tan importante que confiemos y nos queramos a nosotros mismos!)… Esta persona luchó con todas sus armas para impedir que otras dos se conociesen. Sabía, de algún modo, que si esto ocurría, estas personas se enamorarían. Intuiciones que a veces se tienen, aunque no gusten. Lo impidió y lo consiguió. Pero claro… lo consiguió durante un tiempo. Consiguió que dos personas estuviesen alejadas en el espacio y el tiempo, y evitó que sus vidas se cruzasen, aunque sólo fuese andando por la misma calle.

Y aquí viene la cuestión… ¿El destino es capaz de jugar las cartas del amor? Pues a veces pasa. Esas dos personas, muchos años después, se conocieron por casualidad. Y no hubo remedio, ni nadie lo pudo evitar. Tenían que conocerse, y eso había sido así desde muchos años atrás. Se enamoraron. Se enamoraron como jamás habían logrado hacer. Fusionaron risas, sueños y vida. De estas dos personas, una es buena amiga mía, de esas con las que comparto vinos y cigarrillos… Y os prometo que jamás he visto a nadie mirarse cómo lo hacen ellos. Y entonces, sé que la magia entre las personas existe, que el destino se ríe ante la maldad de la gente, y que todo ocurre cuando y dónde tiene que ocurrir. Entonces sonrío, porque sé que el amor bueno existe, el puro y verdadero, y que al final, siempre supera al que hace daño. O al menos intenta hacer daño (como veis, no siempre lo consigue).

Quienes hayáis visto la película, la habréis visualizado al leer esto… No tan lejos de la realidad, OBSESIÓN fue llevada al cine de la mano de Paul McGuigan en el año 2004. Con un reparto de lujo, Josh Harnett, Diane Kuger y Rose Byme forman ese trío amoroso en un film de etapas retrospectivas, de corte mixto, dramático y romántico a la vez.

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Matt es un joven que vive en Chicago cuando ve por casualidad a Lisa, una joven y atractiva bailarina. Hará todo lo posible por conocerla y conseguir que ella le conceda una cita. Lo consigue. Desde ese momento son inseparables. Se aman locamente y saben que ya no podrían estar el uno sin el otro. Todo cambia cuando, a punto de irse a vivir juntos, Lisa desaparece sin decir nada. Matt, destrozado, abandona la ciudad y decide empezar de cero. Dos años más tarde, y prometido con otra joven, la casualidad y el destino les brindan una oportunidad juntándoles de nuevo en la misma ciudad. Lo que Matt no sabe es que Lisa lleva dos años sintiendo la misma sensación de abandono, lleva dos años sin una explicación y que sigue tan enamorada de él como lo está él de ella. Alex, la mejor amiga de Lisa, y enamorada de Matt en la sombra, ha hecho y hará todo lo posible para que ellos no se vuelvan a encontrar.

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Si no la habéis visto, os la recomiendo para una de estas tardes grises y frías que ya han llegado. Porque a veces, hay gente mala que lucha por hacer daño a los demás, y porque la mayoría de las veces, el destino sabe cómo jugar.  Porque a todas esas personas, que siguen obsesionadas con una realidad que no les corresponde, la vida las sabe frenar, y yo desde esa terraza del centro de Madrid, con una copa de vino y un cigarrillo en la mano, les quise sonreír. Y desearles suerte, que les hace y les hará mucha falta.

Porque sin ninguna duda, el amor bueno se merece ser feliz.

Feliz martes, amigos.

Lorena.